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Uber » Héroe
inesperado
Esta historia ha sido
traducida por Maui
(Goyur) y revisada por Ellen,
ambas miembros de Xenafanfics,
y cuenta con el permiso de la autora para
su traducción y publicación
en Internet.
Si quieres dar tu opinión
sobre la misma, hacer algún comentario
o recibir información sobre las actividades
de nuestro grupo de traducción de fanfics
de «Xena, Warrior Princess » ,
escribe un e-mail a: xenafanfics@hotmail.com
O visita nuestra web
en: http://personales.ya.com/bibliotecaxff
Aclaraciones:
Estos personajes son míos. Cualquier
similitud aparente con la Princesa y una cierta
compañera del Xenaverso es, bueno,
cuidadosamente imaginaria y completamente
irrelevante. Por lo que sé, el Parque
Blaylock es un lugar ficticio, así
que no vayáis a Tulsa esperando encontrarlo.
Oh, ¡y yo escribí esto bastante
antes de saber que la serie iba a poner a
Gabrielle en un círculo de fuego!
Advertencia de
violencia: Esta historia describe
escenas de violencia. Una salamandra es asesinada
y una puerta resulta bastante dañada.
Estáis avisados.
Subtexto/Sexo:
Una mujer besa la mano de otra mujer al final.
Creo que eso no es ilegal ni en el estado
de Oklahoma, pero si eso te incomoda, probablemente
sea mejor que te saltes esta historia.
Todos los comentarios
son bien recibidos en: gunhilda@brightok.net
Copyright Agosto 2000
:: HÉROE
INESPERADO ::
(UNEXPECTED HERO)
Por
Leslie Ann Miller
Jane Brunovski se apoyó
en su hacha mientras su compañero echaba
abajo el último arbusto para acabar
el pequeño cortafuegos. Delante de
ellos el humo hervía y ondulaba la
oscuridad contra el cielo azul de Oklahoma.
La ceniza empezaba a caer como nieve alrededor
de ellos.
—Dios, esto está
caliente —dijo ella enjugándose
la frente.
El Capitán estaba
transmitiendo por radio y Jane echó
un vistazo alrededor. Los vientos bajos y
la elevada humedad estaban ayudando a los
bomberos. La hierba seca y los altos robles
del Parque Blaylock estaban preparados para
estallar al menor toque de las llamas en el
ardiente calor de aquella tarde. Ella frunció
el ceño al descubrir lo que parecía
una columna de humo subiendo desde la cumbre
que se encontraba detrás de ellos.
—Hey Cap —dijo
señalando—. Parece que tenemos
un pequeño fuego detrás de nosotros.
—Maldición
—exclamó él mirando—.
No hay mucho que podamos hacer sin agua o
palas. Ve a examinarlo, ¿vale? Hay
un área de picnic ahí arriba.
Con algo de suerte será sólo
una barbacoa abandonada por alguien. —Le
dio una radio—. Llámame cuando
lo tengas localizado y contactaré al
CP si necesitamos ayuda.
—De acuerdo —asintió
Jane gimiendo interiormente y levantando su
hacha. Obedientemente caminó por la
ladera con su pesado traje y sus pesadas botas.
Aún llevaba su SCBA, que había
necesitado antes, lo que sólo ayudaba
a que la subida aún fuese peor.
Finalmente pasó
por el último entramado de arbustos
hasta el corto césped del área
de picnic. Se detuvo para recobrar el aliento
y evaluar la situación. La cima de
la colina se encontraba rodeada por un perfecto
círculo de fuego. A través de
las danzarinas llamas pudo ver lo que parecía
una muchacha dormida tumbada de espaldas encima
de una mesa de picnic justo en la cresta de
la colina.
Jane corrió hacia
allí ondeando sus brazos y el hacha.
—¡¡Hey!!
—gritó—. ¡¡Levántese!!
¡¡¿Qué cree que
está haciendo?!! ¡¡Levántese!!
Cuando el calor de las
llamas se hizo demasiado fuerte se paró.
La muchacha seguía sin moverse. Pero
tampoco lo habían hecho las llamas.
Parecía como si el fuego hubiera sido
provocado deliberadamente usando gasolina
u otro líquido inflamable para formar
un círculo perfecto alrededor de la
mesa de picnic.
—¡Hey! —volvió
a gritar. Sacó su radio—. Hey
Cap, soy Jane. ¿Me oyes?
—Sí, Jane,
te oigo. ¿Qué tenemos?
—Parece un círculo
de fuego de gasolina en la cima de la colina.
No se está extendiendo rápido,
pero hay una chica atrapada en el medio. ¿Puedes
traer un equipo aquí pronto? Voy a
entrar a por ella.
Pudo imaginar la profusa
sudoración que seguramente provocó
esta noticia, pero todo lo que oyó
desde la radio de su Capitán fue:
—10-4.
Se abrochó la
chaqueta y sacó su máscara de
SCBA. Abrió el tanque y respiró
profundamente del aire embotellado. Cogió
el hacha y atravesó las llamas.
Sintió el intenso
calor incluso a través de su traje,
lo que reafirmó su idea de que lo que
ardía era algún combustible
sintético. El corto césped no
producía llamas de siete pies. Cuando
acabó de atravesar las llamas, cerró
el tanque y desconectó el regulador
mientras se aproximaba a la mesa de picnic.
La chica seguía sin moverse, excepto
su bastante provocativo vestido de fino tejido
blanco que se mecía ligeramente con
la humeante brisa y su extraordinaria larga
melena roja que caía por los lados
de la mesa. Jane se acercó a ella cautelosamente,
buscando cualquier indicación que le
diese una idea de por qué se encontraba
inconsciente. Su piel tenía una palidez
mortal y Jane notó con creciente alarma
que parecía no estar respirando. ¡¿Sería
esto algún tipo de ritual suicida?!
Se quitó la máscara
y los guantes.
—¡Hey señorita!
—gritó a la chica sacudiéndola
por el hombro. Jane notó que, por lo
menos, tenía la piel caliente al tacto—.
¿Se encuentra bien, señorita?
—preguntó.
Al ver que la muchacha
seguía sin responder, Jane acercó
su oreja a la boca de la chica y observó
su pecho a ver si subía y bajaba. Ni
oyó ni vio nada que le indicase que
la muchacha respiraba.
—¡Maldición!
Cerró la nariz
de la muchacha con los dedos e inició
la respiración boca a boca.
Sin embargo, en el momento
en el que sus labios se posaron sobre los
de la muchacha, el mundo pareció tambalearse
y el estómago de Jane se revolvió
cuando intentó agarrarse a la mesa
de picnic descubriendo que ya no estaba allí.
Se derrumbó sobre sus rodillas agarrándose
la cabeza para intentar que ésta no
le estallase. Miles de explicaciones le atravesaron
su enferma y agonizante mente: golpe de calor,
envenenamiento por monóxido de carbono,
muerte súbita, ataque cardiaco…
todo lo que sabía era que su ser entero
se sentía como si estuviera rasgándose
desde dentro hacia fuera, como si se estuviera
volviendo del revés.
Entonces, la sensación
acabó tan abruptamente como había
comenzado. Por un momento no se creía
que aún estuviese viva. El dolor había
sido muy intenso, las náuseas demasiado
fuertes… Lentamente abrió los
ojos. La chica yacía tumbada en el
suelo de piedra delante de ella, mantenía
los ojos cerrados y su rostro estaba pacífico
y pálido. Jane reparó a bastante
distancia que la chica era extraordinariamente
bonita.
Jane dio un súbito
doble giro mental. ¿Suelo de piedra?
Se encontraba de rodillas en el centro de
una gran habitación circular de piedra
de alto techo abovedado. Las paredes estaban
cubiertas por vívidos tapices y el
suelo de mármol blanco tenía
una espiral negra que comenzaba en el centro
y se prolongaba hacia los muros. Se parecía
mucho a un castillo medieval. Miró
desorientada alrededor. Un muchacho vestido
con un traje de malla multicolor dio un salto
y salió corriendo, cerrando de un portazo
la pesada puerta de madera.
Jane se echó hacia
atrás el casco y se pasó los
dedos por el pelo negro, cubierto de sudor.
De acuerdo. No había nada familiar
en este lugar. Ninguna mesa de picnic. Ningún
Parque Blaylock. Ninguna compañía
22. Incluso ningún fuego.
De acuerdo, es simple,
pensó. Estaba muerta. O quizá
sólo estaba delirando. En coma o algo.
Tenía que ser eso. Estaba inconsciente.
Había tenido un golpe de calor o un
ataque cardiaco en la colina y su mente había
vagado hacia esta fantástica tierra
de ensueño.
—Gran héroe,
tu beso me despertó —dijo una
voz enronquecida y la atención de Jane
se centró en la muchacha.
Se había incorporado
sobre un codo y se encontraba sonriendo tímidamente
a Jane.
—¿Qué
dices? —preguntó Jane limpiándose
la frente distraída por la claridad
verde esmeralda de los ojos de la chica.
La muchacha sonrió
vacilantemente por un momento como si algunos
pensamientos perturbadores le hubieran pasado
por la mente, pero volvió a hablar.
—Tu beso me ha
despertado del sueño, gran héroe.
Te estoy agradecida.
Jane pensó que
su sueño estaba tomando un tono bizarro.
—Yo… uh…
yo no te he besado. Pensé que no estabas
respirando, e intenté hacerte la respiración
boca a boca.
La chica se puso sobre
sus propias rodillas mirando fijamente a Jane
con asombro.
—Tú…
¡eres una mujer!
Jane se tragó
su inicial respuesta de enfado. Su estatura
era alta para una mujer y era frecuentemente
confundida con un hombre en sus concentraciones.
—¿Tienes
algún problema por eso? —preguntó
en su lugar. ¡Era como si no hubiera
mujeres trabajando en los departamentos de
bomberos de todo el país!
La chica pestañeó
ante ella con inocentes ojos durante un momento.
Después se cubrió la boca con
la mano, enmascarando lo que parecía
una pequeña risita sospechosa.
—No —contestó
seriamente tras su mano y negando con la cabeza
lentamente. Sus ojos verdes observaron a Jane
con algo semejante a miedo y temor.
—Bien —dijo
Jane—. No necesito ese tipo de tonterías
ahora mismo. —Suspiró pesadamente
y volvió a mirar la habitación—.
Escucha, supongo que no sabrás lo que
está pasando aquí, ¿no?
Como, ¿estoy muerta o algo? ¿Dónde
diablos estamos?
La muchacha se levantó
airosamente y negó con la cabeza.
—No, no estás
muerta —anunció y Jane comprendió
que había algo extraño en la
manera cómo hablaba. Dijo algo más
y Jane notó que los sonidos que emitía
su boca no iban emparejados con los movimientos
de sus labios. Era como ver una película
con falta de sincronización en el sonido
o una película extranjera doblada al
inglés. Era irreal verlo en una persona
que estaba frente a ella.
—¿Cómo
te llamas? —volvió a preguntar
la chica al ver que Jane no contestaba.
—Oh, uh, soy Jane.
Jane Brunovski. Del Departamento de Bomberos
de Tulsa. Y, uh… ¿tú eres?
La muchacha hizo una
reverencia tan baja y elegante que Jane se
maravilló de que no se lesionase algo.
—Soy la princesa
Liadin, la hija más joven del rey Melion
Tercero, vuestra humilde y eterna sirvienta.
Jane se rió entre
dientes. Demasiado malo que no fuese Lucy
Lawless o Reneé O’Connor. Podría
habérselas arreglado con cualquiera
de las dos como su "humilde y eterna
sirvienta". Aún así, la
Princesa era bastante intrigante, y ahora
que pensaba en ello, se parecía bastante
a Reneé.
En ese momento la pesada
puerta de madera se abrió y entró
en la habitación un hombre alto, de
pelo gris que se parecía vagamente
a Sir Lawrence Oliver haciendo el papel del
Hamlet de Shakespeare, sólo que más
viejo. Tras él apareció una
larga fila de oscuros hombres viejos con barbas
grises que llegaban hasta el suelo y ataviados
con túnicas blancas. Para Jane, se
parecían sospechosamente a los antiguos
ciudadanos del KKK.
—Bienvenido, héroe,
al castillo Grumfield —dijo Hamlet gesticulando
abiertamente con sus brazos y sonriéndole
ampliamente—. Espero que encuentres
a mi hija de tu gusto.
Algo en su actitud le
recordaba a Jane a un vendedor de coches usados
que intentó venderle un El Camino .
—Parece bastante
buena persona —dijo lentamente—.
¿Por qué demonios continuáis
todos llamándome héroe?
—¡Eres una
mujer! —exclamó con horror el
hombre y, como si fueran uno solo, los ancianos
retrocedieron un paso involuntariamente. El
boquiabierto hombre, tomó aire de forma
audible en la alta habitación abovedada.
Jane asió más
firmemente su hacha.
—Sí, ¡¿y
qué problema hay?!
Al ver que nadie más
parecía deseoso de hablar, lo hizo
la princesa con una mansa voz.
—Se supone que
querrás casarte conmigo.
—¿¡Qué!?
La princesa miró
a su padre, pero él seguía sin
moverse, su rostro alternaba sombras de rojo
y blanco.
—Mira —continuó—,
el anillo de fuego era para testar tu coraje.
Los magos me mandaron mundo tras mundo atravesando
las dimensiones para encontrar a aquél
que nos pudiera ayudar. Necesitamos un héroe
que sea capaz, y que no tenga miedo, de atravesar
el fuego sin la ayuda de magia. Cuando me
viste, viniste hacia mí, como los magos
esperaban que hiciera un héroe. Fue
tu beso de amor lo que nos trajo de vuelta
a la espiral del castillo. Una vez aquí,
mi padre te ofrecería mi mano a cambio
de que hicieras un acto heroico para salvar
nuestro problemático reino.
Jane se frotó
la frente, intentando encontrar sentido en
toda esta locura.
—Déjame
ver si lo capto, tú y tu círculo
de fuego os habéis lanzado alrededor
del universo por… ¿dios sabe
cuánto tiempo?, ¿intentando
atrapar algún Hércules que te
diera un beso?
La princesa asintió
con gravedad.
Jane frunció el
entrecejo.
—Vale, supongo
que esto tiene un sentido algo rebuscado.
Y, ¿cuál es ese acto heroico
que necesitáis que haga alguien?
Hamlet dio un paso adelante,
con la barbilla alta y la calma recobrada.
—Necesitamos un
gran guerrero para matar una salamandra.
La mente de Jane voló
atrás hacia su infancia, a cuando encontró
una salamandra de cuatro pulgadas bajo la
piedra de un arroyo durante sus vacaciones
en el norte del estado de Nueva York. La conservó
en un terrario durante cinco años alimentándola
a base de gusanos. Decidió que se había
perdido algo.
—¿Tenéis
algún tipo de alergia a los anfibios
o algo así?
La miraron sin comprenderla
y Jane se preguntó si el sonido de
la película extranjera se había
estropeado.
—¿Salamandras,
anfibios… ya saben, pequeñas
criaturas viscosas que viven bajo las piedras,
parecidas a las ranas…?
—¿Te burlas
de nosotros? —preguntó el rey.
—¿Burlarme
de vosotros? ¡Oh no…! Si me necesitáis
para que os mate una salamandra, supongo que
probablemente puedo hacerlo.
—No podemos permitir
que una mujer se ponga en tan grave peligro.
Eso nos pondría a todos en vergüenza.
Jane había oído
palabras semejantes demasiado a menudo de
los "hombres-de-la-vieja-escuela"
que habían protestado largo y tendido
en contra de que se les permitiese a las mujeres
entrar en el servicio de bomberos.
—Escucha, amigo
—comenzó sin importarle ni una
pizca si él era rey y pudiese, probablemente,
mandar que le cortasen la cabeza por menores
ofensas que el ser ruda con él—.
¡No me asusta ninguna estúpida
salamandra! ¡Diablos, lucharé
contra un demonio por vosotros si queréis!
¡De donde vengo, las mujeres pueden
ser heroínas… y muchas de ellas
hacen un condenado buen trabajo!
La miraron fijamente
con expresiones que variaban entre asustadas,
aturdidas, descreídas y espantadas.
Fue Hamlet quien se recompuso
primero.
—¿Dices
que lucharías con un demonio? El fuego
de la salamandra es dos veces más caliente
que la respiración de los demonios,
y no tendrás ninguna ayuda mágica
en este asunto. Llevas un hacha. ¿Sabes
cómo usarla?
La pregunta pilló
a Jane por sorpresa. Para cortar árboles,
atravesar los tejados, derribar puertas…
¿pero para matar monstruos? Toda esta
charla de demonios y fuego de repente la estaba
poniendo nerviosa a pesar de su muestra de
valentía. Aun así, ¿cuántos
problemas podría causar algo llamado
"salamandra"? Asintió firmemente
con la cabeza.
—¿Está
encantada?
—Quieres decir…
¿con magia?
—¿Hay otra
clase?
Jane se preguntaba si
realmente estaba perdiendo la cabeza del todo.
—TDF no siente
la necesidad de… uh, encantar sus herramientas.
Pero es acero. Con aleación férrica.
De hecho es más fuerte que el hierro.
Los de las barbas grises
murmuraron entre ellos sobre esta noticia
y algunos de ellos asintieron con la cabeza
en señal de aprobación.
El rey también
asintió.
—Necesito consultarlo
con el consejo de magos —comentó
mirando al hombre viejo—. Liadin, por
favor, mantén acompañada a nuestra
invitada durante un momento. —Fue hacia
la puerta, con los magos arrastrándose
tras él como si fueran muchos patos
y, juntos, salieron de la habitación
volviendo a dejar a solas a Jane y a la princesa.
La princesa miró
tímidamente a Jane.
—¿Sabes
lo que es una salamandra? Son grandes, tienen
garras y dientes, son muy peligrosas…
Jane intentó imaginarse
a su querida salamandra como un monstruo que
respirase fuego pero no lo consiguió.
Se encogió de hombros.
—¿Y entonces?
Estoy deseosa de darle el golpe. De todas
formas, probablemente nada de esto sea real,
así que, ¿qué más
da?
—¡Pero yo
te aseguro que esto es real! ¡Podrías
acabar muerta!
—Sí, y también
podría ser atropellada por un autobús
mañana. Ser un héroe es parte
de la descripción de mi trabajo, ¿OK?
La princesa la miró
con veneración y abrió la boca
para contestar, pero la puerta se abrió
con estruendo interrumpiéndola. Hamlet
volvió a entrar seguido de su bandada.
Cuando comenzó
a hablar, sus orejas se ruborizaron con un
luminoso color escarlata.
—Porque estamos
en tales aprietos desesperados, hemos decidido
permitirte intentar este acto… si aún
lo deseas, claro —agregó rápidamente.
Jane rodó los
ojos.
—Tan sólo
enséñame donde está esa
maldita cosa.
La boca de Hamlet chasqueó
cerrada y él pestañeó
ante ella desorientado.
Jane comprendió
que ella se encontraba totalmente más
allá de su comprensión. Puso
a su hija como cebo para capturar a Beowulf
o Siegfried, y lo que había conseguido
a cambio era una rabiosa feminista, como un
pescador de mar profunda que encuentra un
gran tiburón blanco en vez del atún
esperado. Ella le sonrió abierta y
traviesamente al tiempo que señalaba
la puerta.
—¿Y bien?
¿Vamos a la caza de la salamandra?
***
Dos horas más
tarde, Jane se encontró a sí
misma apeándose de un caballo en la
negra y desolada ladera de la montaña
del valle carbonizado del castillo Grumfield.
No queriendo acercarse
mucho a la guarida de la salamandra, el rey
y sus magos habían parado a unas buenas
cien yardas de distancia. Sólo uno
de sus caballeros, un joven de nariz aguileña
llamado Cownatcher, fue lo suficientemente
valiente como para acompañarla a la
humeante entrada de la caverna donde supuestamente
acechaba la salamandra.
—Huele a huevos
podridos, ¿verdad? —comentó
Jane mientras se asomaba dubitativamente hacia
la oscuridad.
—Es la salamandra
—dijo Cownatcher agarrando las riendas
de su caballo y con un ligero temblor en la
voz.
—Oh, bueno. —Jane
se encogió de hombros—. Aquí
todo vale. —No importa lo tonto que
sonara, probablemente era mejor prepararse.
Se quitó el casco, tiró de su
capucha y deslizó las correas de caucho
de la máscara por su cabeza, apretándolas
hasta que le tapó bien la cara. Volvió
a ponerse el casco y respiró a través
del tubo. No conectaría su tubo de
baja presión al regulador hasta que
fuese necesario. Cogió su hacha, encendió
la linterna y se adentró en la oscuridad.
El pasaje era bastante
llano y sorprendentemente recto. Jane estaba
comenzando a preguntarse si conseguiría
llegar al final, cuando la temperatura empezase
a subir y el olor a huevos podridos fuera
peor. El túnel se zambulló en
una pendiente empinada y lejos pudo ver una
luz de un rojo anaranjado.
Jane apagó la
linterna y encendió el tanque de aire,
conectando finalmente el regulador. El pasaje
abrió paso a una grande sala abovedada.
En el centro de la sala, llenando el aire
de un intenso calor, había una piscina
de burbujeante e hirviente lava.
Con un rugido emergió
de la piscina, con todas las espinas, garras
y dientes ardiendo en un naranja incandescente.
Jane tropezó hacia atrás presa
de la sorpresa y un súbito horror.
Apenas vio los ojos negro-carbón fijarse
en ella, antes de que su buche rojo se abriera
lanzando una llama que la envolvió
con una explosión. Pudo sentir el calor
a través de su equipo y comprendió,
horrorizada, que su traje no aguantaría
mucho contra tales temperaturas.
Su mente dio vueltas
con un pánico repentino, y corrió
hacia delante, con hacha en mano, pensando
en que esto no era un tipo de salamandra sino
un dragón, ¡¿cómo
podía alguien confundirlos?!
Corrió fuera de
las llamas y observó fijamente la piscina
de lava sin señales del monstruo a
la vista.
Unos hierros al rojo
vivo arañaron su pierna derecha y ella
se apartó a un lado girando su hacha
ferozmente ante ella. Golpeó algo duro
e inflexible y casi perdió su asimiento
del mango del hacha mientras se esforzaba
en recobrar el equilibrio.
De repente, se encontró
libre de las llamas. Los hierros volvieron
a rasgarle la pierna y ella giró una
vez más, esta vez moviendo el hacha
en círculos como si ésta fuera
un bate de béisbol. Desapareció
entre las luminosas llamas, pero tuvo la satisfacción
de sentir la hoja hundirse. Se oyó
un aullido ensordecedor y el hacha le fue
arrancada de las manos.
Las llamas se avivaron,
después vacilaron. Jane se encontró
a sí misma mirando fijamente a los
ojos de la bestia que se encontraba a sólo
tres pies delante de ella. Reparó en
que los ojos no eran muy diferentes del negro
carbón. Ahora ardían con un
fuego del color de la lava fundida. El hacha
estaba incrustada en el costado tras una de
sus patas delanteras cubiertas de espinas
al rojo vivo. Un fuego anaranjado goteó
de la herida y la hoja de acero del hacha
empezaba a tomar un color rojo por el calor.
Jane luchó contra
otra ola de pánico. ¡¿Cómo
podía existir una criatura de éstas?!
¡¿Cómo podía esperar
luchar contra ella?! ¿Cómo podría
matar algo hecho de fuego sin agua? Se puso
de pie equilibrándose para poder esquivar,
esperando a que la atacase.
En vez de eso retrocedió.
Las llamas fluctuaban alrededor de sus orificios
nasales y se enroscaron de los dientes de
su boca medio abierta. Retrocedió hacia
la piscina de lava.
—Oh no, no querida
—dijo Jane. No estaba dispuesta a permitirle
escaparse.
Abrió la boca
y vertió de nuevo fuego sobre ella
mientras agarraba el hacha. Sus dedos enguantados
se cerraron alrededor del mango y tiró
del hacha liberándola.
La salamandra aulló
de rabia, fustigando de lado a lado, y Jane
giró hacia el espinoso cuello. La hoja
volvió a hundirse profundamente y el
fuego chorreó de la herida. La salamandra
emitió un último rugido poderoso
y se derrumbó sobre su costado retorciéndose.
Jane se aproximó
y con todas sus fuerzas golpeó el cuello
otra vez y otra vez… hasta que la cabeza
se separó del cuerpo y dejó
de retorcerse.
Miró cautelosamente
el cuerpo. Incluso sin cabeza tuvo miedo de
que intentara dañarla de alguna manera,
pero no se movió.
Finalmente, respiró
profundamente y se dio cuenta de que había
estado aguantando la respiración. ¡Lo
había logrado! ¡La había
matado!
Caminó hacia delante
y el dolor se disparó en su pierna.
Mirando hacia abajo, vio cómo la parte
del pantalón de su pierna estaba hecha
tiras y la piel de debajo también.
—Maldición.
—Tenía mal aspecto pero no sangraba.
Las ardientes garras habían cauterizado
las heridas incluso al hacérselas.
Contempló el cadáver,
que aún se quemaba al fuego. No podría
arrastrar todo aquello de vuelta, no con la
pierna como la tenía. Por lo que decidió
llevar la cabeza en su lugar, por si alguien
dudaba de que ella hubiera hecho lo que decía.
Se metió el espantoso trofeo bajo el
brazo, goteando fuego por su chaqueta y arrastrando
su hacha con la otra mano mientras cojeaba
fatigadamente por el largo pasadizo hacia
la luz del sol.
Salió triunfante,
esperando los saludos y felicitaciones de
Hamlet, los magos y Cownatcher. En cambio,
se encontró con la quemada llanura
de la montaña desprovista de toda vida
salvo un furioso cuervo que le graznaba desde
el esquelético brazo de un árbol
muerto.
—Genial —murmuró
Jane echándose el casco hacia atrás—.
Simplemente genial. ¡Esos bastardos
me han abandonado! —Miró la brillante
mancha de mármol blanco en el valle,
el castillo Grumfield, y gimió. Brevemente
se preguntó si habrían obligado
a Beowulf y a Siegfried a regresar a pie a
la civilización después de matar
a sus monstruos. De algún modo las
historias simplemente se saltaban esa parte,
la del largo camino de regreso con la pierna
herida y con una cabeza de salamandra de 50
libras.
—¡¡¡Esos
bastardos me dejaron para morirme!!! —gritó
al cuervo que graznó de nuevo y salió
volando dejándola absolutamente abandonada.
***
La cabeza de la salamandra
había dejado de gotear fuego hacía
ya muchas horas cuando Jane finalmente cojeó
por el puente y el camino tortuoso hacia la
entrada del castillo. El camino estaba iluminado
por la luz de las dos lunas que brillaban
sobre su cabeza.
Cuando alcanzó
el muro del castillo dejó la cabeza
en el suelo y golpeó la puerta de madera
con el extremo de su hacha.
—¡Hola! —gritó—.
¡¿Hola?!
—¡La puerta
se cierra al ocaso! —Una voz aburrida
flotó en alguna parte de lo alto.
—¡Abra! —gritó
Jane—. ¡He matado a la salamandra!
¡Exijo ver al rey!
Una ronca risa le llovió
desde las dos torres centinelas y el muro
del castillo.
—¡Regresa
por la mañana, chiflada!
—¿Chiflada
? —repitió Jane—. ¡Tienes
razón en la parte de ENFADADA tío,
pero aún no has visto nada! —Tuvo
bastantes millas de dolor para subir su enojo
y pensó que le haría sentir
bien partir algo en pedazos. Se cubrió
la cara con su protector y empuñó
el hacha. Si ellos no le habrían la
puerta, lo haría ella.
Su primera embestida
dejó una profunda hendidura de tres
pulgadas y el rotundo estampido resultante
ayudó a aplacar su furia. Retrocedió
para examinar el daño causado.
Dos cabezas se asomaron
por la ventana del cuarto de guardia. Otra
se asomó por encima del muro del castillo.
Jane les sonrió
abiertamente, dio unos pasos hacia delante
y volvió a golpear con el hacha. BOOM.
BOOM. Normalmente le habría llevado
unos cinco golpes abrir la puerta de una casa.
La entrada al castillo llevaría un
poco más. BOOM. BOOM. BOOM.
—¡Eh! ¡Para
con eso! —le gritó uno de los
guardias.
—¡Abre la
puerta! —volvió a exigir Jane.
BOOM. BOOM. Arrancó un grueso pedazo
de madera con un satisfactorio ruido de estallido.
BOOM.
—¡Te estoy
avisando, mujer! ¡Aléjate de
esa puerta por tu vida!
Jane oyó pasos
de gente corriendo por el muro del castillo
sobre la entrada y gritos de urgencia desde
el patio de atrás. Analizó la
situación. La puerta estaba hundida
en el muro un par de pies, por lo que sería
sumamente difícil para ellos acertarle
con flechas a menos que la abriesen.
—¡Dejadme
entrar, maldita sea! —jaleó—.
¡Quiero irme a casa! —BOOM. BOOM.
El filo de su hoja de acero cortó fácilmente
las cadenas de hierro.
—¡Te ordeno
que ceses y desistas! —exclamó
un guardia, su voz vino directamente de la
abertura en el muro que estaba por encima
de su cabeza—. ¡Aléjate!
—¡Abrid!
—respondió Jane manteniéndose
donde estaba.
—¡Vete!
—¡Abrid!
—¡Tú
lo has querido!
Hubo un súbito
ruido de algo corriendo y el aceite hirviendo
cayó empapándola. Ella se quedó
helada en el sitio mientras su casco lo desviaba
de su cara y cuello y escurría por
los hombros de su chaqueta, cubriéndola
con una espesa capa de grasa hirviente. Cuando
se detuvo el diluvio, volvió a agarrar
su hacha, que ahora estaba escurridiza por
el aceite, y decidió que no se preocuparía
por esta gente. Con un suspiro, empezó
de nuevo a dar hachazos a la puerta.
—¡Detente!
¡Detente! —Una voz frenética
lloró desde el otro lado—. ¡Abriremos¡
¡Abriremos! ¡Pero deja de dar
hachazos a la puerta!
Se produjo un ruido de
movimiento de cadenas desde la torre de guardia
y, lentamente, se alzó la puerta. Del
otro lado se encontraban doce guardias armados,
con brillantes espadas y armaduras a la luz
de la luna.
Jane les sonrió
abiertamente. El aceite hirviendo aún
goteaba de su casco y alzó la cabeza
de la salamandra por uno de sus cuernos.
—Hola chicos. Traigo
un presente para vuestro rey.
Doce caras intercambiaron
miradas de incredulidad. Un casco emplumado
dio unos pasos al frente.
—Tengo que pedirte
que dejes tus armas.
—Oh, no lo creo
—dijo Jane, aún sonriendo y descansando
cómodamente el hacha sobre su hombro—.
¿Por qué no me llevas simplemente
hasta tu rey?
El guardia emplumado
tragó y nadie se movió.
Jane sacudió un
poco del aceite fuera de la salamandra.
—Mirad, chicos,
estoy muy cansada. Queríais a alguien
que matase la salamandra, ¿cierto?
Ya lo he hecho. Así que problema resuelto.
Ahora, sólo quiero regresar a casa.
Pero primero tengo que entregarle esta cabeza
a vuestro rey, ¿entendéis? Así
que, ¿por qué no me lleváis
a él? Ya estuve aquí antes…
con la princesa Liadin y cómo se llama…
don Cownatcher. Todo lo que tenéis
que hacer es decirles que he regresado.
El guardia emplumado
la interrumpió bruscamente y se giró
hacia sus hombres.
—Vigiladla —ordenó,
después trotó rápidamente
por los escalones que llevaban al castillo.
Mientras esperaban a
que él volviese, Jane intentó
sin éxito sacudirse algo del aceite
que cubría su chaqueta y su traje.
Olía vagamente a pescado podrido.
—Bonita noche,
¿eh? —comentó en un intento
de conversación a pesar de su chaqueta
humeante—. ¿Sólo tenéis
dos lunas o tenéis alguna más?
Debe de provocar cosas raras en las mareas,
¿eh?
Ellos la miraron fijamente
en silencio.
Suspiró.
—Bonita armadura
—continuó, después se
rindió con un encogimiento de hombros.
Tras lo que parecieron
décadas, el guardia emplumado reapareció
y Jane fue escoltada hasta la sala de audiencias
del rey. Hamlet estaba sentado en el trono,
en el otro extremo, con la princesa Liadin,
que parecía miserable e infeliz, de
pie a un lado y con un hombre joven y fuerte
al otro lado. Los magos, vestidos de blanco,
estaban agrupados detrás del trono.
Jane recorrió la sala a lo largo de
la sala dejando en el suelo de mármol
un sendero de dorado y apestoso aceite, alegrándose
de que sus botas tuviesen una buena tracción.
Se detuvo ante el trono y alzó la cabeza.
—Majestad, maté
a la salamandra.
—Te estamos muy
agradecidos —aseguró Hamlet majestuosamente
sonrojándose hasta las mismas raíces
del cabello y forzando una sonrisa—.
¿Qué puedo hacer para premiar
tu servicio?
Jane en realidad no había
esperado una disculpa por haber sido abandonada,
pero decidió no seguir con ese asunto.
Frunció los labios y se encogió
de hombros.
—¿Enviarme
a casa?
—Claro, claro —dijo
el rey suntuosamente—. Pero podría,
ah, ser impropio no proporcionarte alguna
otra cosa como pago o premio. Si no quieres
tomar la mano de mi hija en matrimonio, puedes
tomar en su lugar la de mi hijo más
joven. —Señaló al fuerte
joven que tenía al lado. El joven marcó
sus músculos orgullosamente y sonrió
ampliamente a Jane.
Jane resopló para
sí misma y se frotó la barbilla
pensativamente, olvidándose de que
tenía el guante cubierto de aceite.
Hizo una mueca.
—Bueno, majestad,
tu oferta es muy generosa, pero si tengo que
escoger entre uno y otro, en realidad preferiría
a la princesa, aunque, honestamente, lo que
realmente quiero es irme a casa.
Hamlet la miró
fijamente, aturdido, pero la princesa levantó
la mirada y su expresión de tristeza
se transformó en una sobresaltada sorpresa.
Jane le sonrió.
—Llévame
contigo —dijo Liadin de repente.
—¡¿Qué?!
—exclamó Hamlet volviéndose
hacia su hija con el ceño fruncido.
La princesa lo ignoró
atrapando los ojos de Jane con los suyos.
—Por favor, llévame
contigo. ¿Dices que en tu mundo las
mujeres pueden ser héroes?
Jane asintió con
la cabeza preguntándose en que se estaría
metiendo.
—Entonces, te lo
ruego, toda mi vida he soñado ser algo
más… —se adelantó,
ruborizándose bajo la horrorizada e
incrédula mirada de su padre.
Eso fue bastante para
Jane.
—Majestad —dijo—,
un trato es un trato. Yo he matado vuestra
salamandra y en pago os pido a vuestra hija,
Liadin.
El rey levantó
una ceja, pero Jane casi podía leer
sus pensamientos "mejor perder una
hija que un hijo".
—Muy bien —consintió
él sonriendo suntuosamente.
Tras un breve paseo de
regreso por el suelo cubierto de aceite y
con los magos resbalándose en todas
direcciones alrededor de ella, Jane se encontró
de vuelta a la sala del suelo de espiral,
con la princesa torpemente de pie a su lado.
Recordando la náusea
que la había acompañado en su
primer viaje señaló el suelo.
—Quizá sea
mejor sentarnos, ¿eh?
La princesa asintió
con la cabeza y se sentó elegantemente
cruzando las piernas. Jane se dejó
caer pesadamente a su lado sintiéndose
tan elegante como una yak embarazada con su
traje.
Los ancianos comenzaron
a cantar y a realizar una extraña danza
en la que agitaban los brazos como si estuvieran
intentando volar. Mientras Jane se encontraba
preguntándose si hacer magia siempre
haría parecer a uno como un completo
y absoluto chiflado, el mundo se volvió
del revés y ella gritó silenciosamente
de dolor. De nuevo, justo en el momento en
el que pensaba que moriría de agonía,
se encontró abruptamente vuelta sobre
su lado derecho y otra vez el dolor paró.
Abrió los ojos y se encontró
rodeada por el Parque Blaylock en el ardiente
calor del verano, cercada por un agonizante
círculo de llamas.
—Estamos en casa
—anunció mirando a la princesa
que aún estaba, casi para su sorpresa,
sentada al lado de ella.
Tentativamente, Liadin
extendió una mano y asió la
de Jane.
—Gracias, mi héroe
—dijo quedamente besándole los
dedos con suaves labios.
Al tacto, el estómago
de Jane dio un vuelco que no tenía
nada que ver con el del hechizo de los magos.
Tragó.
—De nada.
FIN
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