Uber » Héroe inesperado

Esta historia ha sido traducida por Maui (Goyur) y revisada por Ellen, ambas miembros de Xenafanfics, y cuenta con el permiso de la autora para su traducción y publicación en Internet.

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Aclaraciones: Estos personajes son míos. Cualquier similitud aparente con la Princesa y una cierta compañera del Xenaverso es, bueno, cuidadosamente imaginaria y completamente irrelevante. Por lo que sé, el Parque Blaylock es un lugar ficticio, así que no vayáis a Tulsa esperando encontrarlo. Oh, ¡y yo escribí esto bastante antes de saber que la serie iba a poner a Gabrielle en un círculo de fuego!

Advertencia de violencia: Esta historia describe escenas de violencia. Una salamandra es asesinada y una puerta resulta bastante dañada. Estáis avisados.

Subtexto/Sexo: Una mujer besa la mano de otra mujer al final. Creo que eso no es ilegal ni en el estado de Oklahoma, pero si eso te incomoda, probablemente sea mejor que te saltes esta historia.

Todos los comentarios son bien recibidos en: gunhilda@brightok.net

Copyright Agosto 2000

:: HÉROE INESPERADO ::
(UNEXPECTED HERO)

Por Leslie Ann Miller

Jane Brunovski se apoyó en su hacha mientras su compañero echaba abajo el último arbusto para acabar el pequeño cortafuegos. Delante de ellos el humo hervía y ondulaba la oscuridad contra el cielo azul de Oklahoma. La ceniza empezaba a caer como nieve alrededor de ellos.

—Dios, esto está caliente —dijo ella enjugándose la frente.

El Capitán estaba transmitiendo por radio y Jane echó un vistazo alrededor. Los vientos bajos y la elevada humedad estaban ayudando a los bomberos. La hierba seca y los altos robles del Parque Blaylock estaban preparados para estallar al menor toque de las llamas en el ardiente calor de aquella tarde. Ella frunció el ceño al descubrir lo que parecía una columna de humo subiendo desde la cumbre que se encontraba detrás de ellos.

—Hey Cap —dijo señalando—. Parece que tenemos un pequeño fuego detrás de nosotros.

—Maldición —exclamó él mirando—. No hay mucho que podamos hacer sin agua o palas. Ve a examinarlo, ¿vale? Hay un área de picnic ahí arriba. Con algo de suerte será sólo una barbacoa abandonada por alguien. —Le dio una radio—. Llámame cuando lo tengas localizado y contactaré al CP si necesitamos ayuda.

—De acuerdo —asintió Jane gimiendo interiormente y levantando su hacha. Obedientemente caminó por la ladera con su pesado traje y sus pesadas botas. Aún llevaba su SCBA, que había necesitado antes, lo que sólo ayudaba a que la subida aún fuese peor.

Finalmente pasó por el último entramado de arbustos hasta el corto césped del área de picnic. Se detuvo para recobrar el aliento y evaluar la situación. La cima de la colina se encontraba rodeada por un perfecto círculo de fuego. A través de las danzarinas llamas pudo ver lo que parecía una muchacha dormida tumbada de espaldas encima de una mesa de picnic justo en la cresta de la colina.

Jane corrió hacia allí ondeando sus brazos y el hacha.

—¡¡Hey!! —gritó—. ¡¡Levántese!! ¡¡¿Qué cree que está haciendo?!! ¡¡Levántese!!

Cuando el calor de las llamas se hizo demasiado fuerte se paró. La muchacha seguía sin moverse. Pero tampoco lo habían hecho las llamas. Parecía como si el fuego hubiera sido provocado deliberadamente usando gasolina u otro líquido inflamable para formar un círculo perfecto alrededor de la mesa de picnic.

—¡Hey! —volvió a gritar. Sacó su radio—. Hey Cap, soy Jane. ¿Me oyes?

—Sí, Jane, te oigo. ¿Qué tenemos?

—Parece un círculo de fuego de gasolina en la cima de la colina. No se está extendiendo rápido, pero hay una chica atrapada en el medio. ¿Puedes traer un equipo aquí pronto? Voy a entrar a por ella.

Pudo imaginar la profusa sudoración que seguramente provocó esta noticia, pero todo lo que oyó desde la radio de su Capitán fue:

—10-4.

Se abrochó la chaqueta y sacó su máscara de SCBA. Abrió el tanque y respiró profundamente del aire embotellado. Cogió el hacha y atravesó las llamas.

Sintió el intenso calor incluso a través de su traje, lo que reafirmó su idea de que lo que ardía era algún combustible sintético. El corto césped no producía llamas de siete pies. Cuando acabó de atravesar las llamas, cerró el tanque y desconectó el regulador mientras se aproximaba a la mesa de picnic. La chica seguía sin moverse, excepto su bastante provocativo vestido de fino tejido blanco que se mecía ligeramente con la humeante brisa y su extraordinaria larga melena roja que caía por los lados de la mesa. Jane se acercó a ella cautelosamente, buscando cualquier indicación que le diese una idea de por qué se encontraba inconsciente. Su piel tenía una palidez mortal y Jane notó con creciente alarma que parecía no estar respirando. ¡¿Sería esto algún tipo de ritual suicida?!

Se quitó la máscara y los guantes.

—¡Hey señorita! —gritó a la chica sacudiéndola por el hombro. Jane notó que, por lo menos, tenía la piel caliente al tacto—. ¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó.

Al ver que la muchacha seguía sin responder, Jane acercó su oreja a la boca de la chica y observó su pecho a ver si subía y bajaba. Ni oyó ni vio nada que le indicase que la muchacha respiraba.

—¡Maldición!

Cerró la nariz de la muchacha con los dedos e inició la respiración boca a boca.

Sin embargo, en el momento en el que sus labios se posaron sobre los de la muchacha, el mundo pareció tambalearse y el estómago de Jane se revolvió cuando intentó agarrarse a la mesa de picnic descubriendo que ya no estaba allí. Se derrumbó sobre sus rodillas agarrándose la cabeza para intentar que ésta no le estallase. Miles de explicaciones le atravesaron su enferma y agonizante mente: golpe de calor, envenenamiento por monóxido de carbono, muerte súbita, ataque cardiaco… todo lo que sabía era que su ser entero se sentía como si estuviera rasgándose desde dentro hacia fuera, como si se estuviera volviendo del revés.

Entonces, la sensación acabó tan abruptamente como había comenzado. Por un momento no se creía que aún estuviese viva. El dolor había sido muy intenso, las náuseas demasiado fuertes… Lentamente abrió los ojos. La chica yacía tumbada en el suelo de piedra delante de ella, mantenía los ojos cerrados y su rostro estaba pacífico y pálido. Jane reparó a bastante distancia que la chica era extraordinariamente bonita.

Jane dio un súbito doble giro mental. ¿Suelo de piedra? Se encontraba de rodillas en el centro de una gran habitación circular de piedra de alto techo abovedado. Las paredes estaban cubiertas por vívidos tapices y el suelo de mármol blanco tenía una espiral negra que comenzaba en el centro y se prolongaba hacia los muros. Se parecía mucho a un castillo medieval. Miró desorientada alrededor. Un muchacho vestido con un traje de malla multicolor dio un salto y salió corriendo, cerrando de un portazo la pesada puerta de madera.

Jane se echó hacia atrás el casco y se pasó los dedos por el pelo negro, cubierto de sudor. De acuerdo. No había nada familiar en este lugar. Ninguna mesa de picnic. Ningún Parque Blaylock. Ninguna compañía 22. Incluso ningún fuego.

De acuerdo, es simple, pensó. Estaba muerta. O quizá sólo estaba delirando. En coma o algo. Tenía que ser eso. Estaba inconsciente. Había tenido un golpe de calor o un ataque cardiaco en la colina y su mente había vagado hacia esta fantástica tierra de ensueño.

—Gran héroe, tu beso me despertó —dijo una voz enronquecida y la atención de Jane se centró en la muchacha.

Se había incorporado sobre un codo y se encontraba sonriendo tímidamente a Jane.

—¿Qué dices? —preguntó Jane limpiándose la frente distraída por la claridad verde esmeralda de los ojos de la chica.

La muchacha sonrió vacilantemente por un momento como si algunos pensamientos perturbadores le hubieran pasado por la mente, pero volvió a hablar.

—Tu beso me ha despertado del sueño, gran héroe. Te estoy agradecida.

Jane pensó que su sueño estaba tomando un tono bizarro.

—Yo… uh… yo no te he besado. Pensé que no estabas respirando, e intenté hacerte la respiración boca a boca.

La chica se puso sobre sus propias rodillas mirando fijamente a Jane con asombro.

—Tú… ¡eres una mujer!

Jane se tragó su inicial respuesta de enfado. Su estatura era alta para una mujer y era frecuentemente confundida con un hombre en sus concentraciones.

—¿Tienes algún problema por eso? —preguntó en su lugar. ¡Era como si no hubiera mujeres trabajando en los departamentos de bomberos de todo el país!

La chica pestañeó ante ella con inocentes ojos durante un momento. Después se cubrió la boca con la mano, enmascarando lo que parecía una pequeña risita sospechosa.

—No —contestó seriamente tras su mano y negando con la cabeza lentamente. Sus ojos verdes observaron a Jane con algo semejante a miedo y temor.

—Bien —dijo Jane—. No necesito ese tipo de tonterías ahora mismo. —Suspiró pesadamente y volvió a mirar la habitación—. Escucha, supongo que no sabrás lo que está pasando aquí, ¿no? Como, ¿estoy muerta o algo? ¿Dónde diablos estamos?

La muchacha se levantó airosamente y negó con la cabeza.

—No, no estás muerta —anunció y Jane comprendió que había algo extraño en la manera cómo hablaba. Dijo algo más y Jane notó que los sonidos que emitía su boca no iban emparejados con los movimientos de sus labios. Era como ver una película con falta de sincronización en el sonido o una película extranjera doblada al inglés. Era irreal verlo en una persona que estaba frente a ella.

—¿Cómo te llamas? —volvió a preguntar la chica al ver que Jane no contestaba.

—Oh, uh, soy Jane. Jane Brunovski. Del Departamento de Bomberos de Tulsa. Y, uh… ¿tú eres?

La muchacha hizo una reverencia tan baja y elegante que Jane se maravilló de que no se lesionase algo.

—Soy la princesa Liadin, la hija más joven del rey Melion Tercero, vuestra humilde y eterna sirvienta.

Jane se rió entre dientes. Demasiado malo que no fuese Lucy Lawless o Reneé O’Connor. Podría habérselas arreglado con cualquiera de las dos como su "humilde y eterna sirvienta". Aún así, la Princesa era bastante intrigante, y ahora que pensaba en ello, se parecía bastante a Reneé.

En ese momento la pesada puerta de madera se abrió y entró en la habitación un hombre alto, de pelo gris que se parecía vagamente a Sir Lawrence Oliver haciendo el papel del Hamlet de Shakespeare, sólo que más viejo. Tras él apareció una larga fila de oscuros hombres viejos con barbas grises que llegaban hasta el suelo y ataviados con túnicas blancas. Para Jane, se parecían sospechosamente a los antiguos ciudadanos del KKK.

—Bienvenido, héroe, al castillo Grumfield —dijo Hamlet gesticulando abiertamente con sus brazos y sonriéndole ampliamente—. Espero que encuentres a mi hija de tu gusto.

Algo en su actitud le recordaba a Jane a un vendedor de coches usados que intentó venderle un El Camino .

—Parece bastante buena persona —dijo lentamente—. ¿Por qué demonios continuáis todos llamándome héroe?

—¡Eres una mujer! —exclamó con horror el hombre y, como si fueran uno solo, los ancianos retrocedieron un paso involuntariamente. El boquiabierto hombre, tomó aire de forma audible en la alta habitación abovedada.

Jane asió más firmemente su hacha.

—Sí, ¡¿y qué problema hay?!

Al ver que nadie más parecía deseoso de hablar, lo hizo la princesa con una mansa voz.

—Se supone que querrás casarte conmigo.

—¿¡Qué!?

La princesa miró a su padre, pero él seguía sin moverse, su rostro alternaba sombras de rojo y blanco.

—Mira —continuó—, el anillo de fuego era para testar tu coraje. Los magos me mandaron mundo tras mundo atravesando las dimensiones para encontrar a aquél que nos pudiera ayudar. Necesitamos un héroe que sea capaz, y que no tenga miedo, de atravesar el fuego sin la ayuda de magia. Cuando me viste, viniste hacia mí, como los magos esperaban que hiciera un héroe. Fue tu beso de amor lo que nos trajo de vuelta a la espiral del castillo. Una vez aquí, mi padre te ofrecería mi mano a cambio de que hicieras un acto heroico para salvar nuestro problemático reino.

Jane se frotó la frente, intentando encontrar sentido en toda esta locura.

—Déjame ver si lo capto, tú y tu círculo de fuego os habéis lanzado alrededor del universo por… ¿dios sabe cuánto tiempo?, ¿intentando atrapar algún Hércules que te diera un beso?

La princesa asintió con gravedad.

Jane frunció el entrecejo.

—Vale, supongo que esto tiene un sentido algo rebuscado. Y, ¿cuál es ese acto heroico que necesitáis que haga alguien?

Hamlet dio un paso adelante, con la barbilla alta y la calma recobrada.

—Necesitamos un gran guerrero para matar una salamandra.

La mente de Jane voló atrás hacia su infancia, a cuando encontró una salamandra de cuatro pulgadas bajo la piedra de un arroyo durante sus vacaciones en el norte del estado de Nueva York. La conservó en un terrario durante cinco años alimentándola a base de gusanos. Decidió que se había perdido algo.

—¿Tenéis algún tipo de alergia a los anfibios o algo así?

La miraron sin comprenderla y Jane se preguntó si el sonido de la película extranjera se había estropeado.

—¿Salamandras, anfibios… ya saben, pequeñas criaturas viscosas que viven bajo las piedras, parecidas a las ranas…?

—¿Te burlas de nosotros? —preguntó el rey.

—¿Burlarme de vosotros? ¡Oh no…! Si me necesitáis para que os mate una salamandra, supongo que probablemente puedo hacerlo.

—No podemos permitir que una mujer se ponga en tan grave peligro. Eso nos pondría a todos en vergüenza.

Jane había oído palabras semejantes demasiado a menudo de los "hombres-de-la-vieja-escuela" que habían protestado largo y tendido en contra de que se les permitiese a las mujeres entrar en el servicio de bomberos.

—Escucha, amigo —comenzó sin importarle ni una pizca si él era rey y pudiese, probablemente, mandar que le cortasen la cabeza por menores ofensas que el ser ruda con él—. ¡No me asusta ninguna estúpida salamandra! ¡Diablos, lucharé contra un demonio por vosotros si queréis! ¡De donde vengo, las mujeres pueden ser heroínas… y muchas de ellas hacen un condenado buen trabajo!

La miraron fijamente con expresiones que variaban entre asustadas, aturdidas, descreídas y espantadas.

Fue Hamlet quien se recompuso primero.

—¿Dices que lucharías con un demonio? El fuego de la salamandra es dos veces más caliente que la respiración de los demonios, y no tendrás ninguna ayuda mágica en este asunto. Llevas un hacha. ¿Sabes cómo usarla?

La pregunta pilló a Jane por sorpresa. Para cortar árboles, atravesar los tejados, derribar puertas… ¿pero para matar monstruos? Toda esta charla de demonios y fuego de repente la estaba poniendo nerviosa a pesar de su muestra de valentía. Aun así, ¿cuántos problemas podría causar algo llamado "salamandra"? Asintió firmemente con la cabeza.

—¿Está encantada?

—Quieres decir… ¿con magia?

—¿Hay otra clase?

Jane se preguntaba si realmente estaba perdiendo la cabeza del todo.

—TDF no siente la necesidad de… uh, encantar sus herramientas. Pero es acero. Con aleación férrica. De hecho es más fuerte que el hierro.

Los de las barbas grises murmuraron entre ellos sobre esta noticia y algunos de ellos asintieron con la cabeza en señal de aprobación.

El rey también asintió.

—Necesito consultarlo con el consejo de magos —comentó mirando al hombre viejo—. Liadin, por favor, mantén acompañada a nuestra invitada durante un momento. —Fue hacia la puerta, con los magos arrastrándose tras él como si fueran muchos patos y, juntos, salieron de la habitación volviendo a dejar a solas a Jane y a la princesa.

La princesa miró tímidamente a Jane.

—¿Sabes lo que es una salamandra? Son grandes, tienen garras y dientes, son muy peligrosas…

Jane intentó imaginarse a su querida salamandra como un monstruo que respirase fuego pero no lo consiguió. Se encogió de hombros.

—¿Y entonces? Estoy deseosa de darle el golpe. De todas formas, probablemente nada de esto sea real, así que, ¿qué más da?

—¡Pero yo te aseguro que esto es real! ¡Podrías acabar muerta!

—Sí, y también podría ser atropellada por un autobús mañana. Ser un héroe es parte de la descripción de mi trabajo, ¿OK?

La princesa la miró con veneración y abrió la boca para contestar, pero la puerta se abrió con estruendo interrumpiéndola. Hamlet volvió a entrar seguido de su bandada.

Cuando comenzó a hablar, sus orejas se ruborizaron con un luminoso color escarlata.

—Porque estamos en tales aprietos desesperados, hemos decidido permitirte intentar este acto… si aún lo deseas, claro —agregó rápidamente.

Jane rodó los ojos.

—Tan sólo enséñame donde está esa maldita cosa.

La boca de Hamlet chasqueó cerrada y él pestañeó ante ella desorientado.

Jane comprendió que ella se encontraba totalmente más allá de su comprensión. Puso a su hija como cebo para capturar a Beowulf o Siegfried, y lo que había conseguido a cambio era una rabiosa feminista, como un pescador de mar profunda que encuentra un gran tiburón blanco en vez del atún esperado. Ella le sonrió abierta y traviesamente al tiempo que señalaba la puerta.

—¿Y bien? ¿Vamos a la caza de la salamandra?

***

Dos horas más tarde, Jane se encontró a sí misma apeándose de un caballo en la negra y desolada ladera de la montaña del valle carbonizado del castillo Grumfield.

No queriendo acercarse mucho a la guarida de la salamandra, el rey y sus magos habían parado a unas buenas cien yardas de distancia. Sólo uno de sus caballeros, un joven de nariz aguileña llamado Cownatcher, fue lo suficientemente valiente como para acompañarla a la humeante entrada de la caverna donde supuestamente acechaba la salamandra.

—Huele a huevos podridos, ¿verdad? —comentó Jane mientras se asomaba dubitativamente hacia la oscuridad.

—Es la salamandra —dijo Cownatcher agarrando las riendas de su caballo y con un ligero temblor en la voz.

—Oh, bueno. —Jane se encogió de hombros—. Aquí todo vale. —No importa lo tonto que sonara, probablemente era mejor prepararse. Se quitó el casco, tiró de su capucha y deslizó las correas de caucho de la máscara por su cabeza, apretándolas hasta que le tapó bien la cara. Volvió a ponerse el casco y respiró a través del tubo. No conectaría su tubo de baja presión al regulador hasta que fuese necesario. Cogió su hacha, encendió la linterna y se adentró en la oscuridad.

El pasaje era bastante llano y sorprendentemente recto. Jane estaba comenzando a preguntarse si conseguiría llegar al final, cuando la temperatura empezase a subir y el olor a huevos podridos fuera peor. El túnel se zambulló en una pendiente empinada y lejos pudo ver una luz de un rojo anaranjado.

Jane apagó la linterna y encendió el tanque de aire, conectando finalmente el regulador. El pasaje abrió paso a una grande sala abovedada. En el centro de la sala, llenando el aire de un intenso calor, había una piscina de burbujeante e hirviente lava.

Con un rugido emergió de la piscina, con todas las espinas, garras y dientes ardiendo en un naranja incandescente. Jane tropezó hacia atrás presa de la sorpresa y un súbito horror. Apenas vio los ojos negro-carbón fijarse en ella, antes de que su buche rojo se abriera lanzando una llama que la envolvió con una explosión. Pudo sentir el calor a través de su equipo y comprendió, horrorizada, que su traje no aguantaría mucho contra tales temperaturas.

Su mente dio vueltas con un pánico repentino, y corrió hacia delante, con hacha en mano, pensando en que esto no era un tipo de salamandra sino un dragón, ¡¿cómo podía alguien confundirlos?!

Corrió fuera de las llamas y observó fijamente la piscina de lava sin señales del monstruo a la vista.

Unos hierros al rojo vivo arañaron su pierna derecha y ella se apartó a un lado girando su hacha ferozmente ante ella. Golpeó algo duro e inflexible y casi perdió su asimiento del mango del hacha mientras se esforzaba en recobrar el equilibrio.

De repente, se encontró libre de las llamas. Los hierros volvieron a rasgarle la pierna y ella giró una vez más, esta vez moviendo el hacha en círculos como si ésta fuera un bate de béisbol. Desapareció entre las luminosas llamas, pero tuvo la satisfacción de sentir la hoja hundirse. Se oyó un aullido ensordecedor y el hacha le fue arrancada de las manos.

Las llamas se avivaron, después vacilaron. Jane se encontró a sí misma mirando fijamente a los ojos de la bestia que se encontraba a sólo tres pies delante de ella. Reparó en que los ojos no eran muy diferentes del negro carbón. Ahora ardían con un fuego del color de la lava fundida. El hacha estaba incrustada en el costado tras una de sus patas delanteras cubiertas de espinas al rojo vivo. Un fuego anaranjado goteó de la herida y la hoja de acero del hacha empezaba a tomar un color rojo por el calor.

Jane luchó contra otra ola de pánico. ¡¿Cómo podía existir una criatura de éstas?! ¡¿Cómo podía esperar luchar contra ella?! ¿Cómo podría matar algo hecho de fuego sin agua? Se puso de pie equilibrándose para poder esquivar, esperando a que la atacase.

En vez de eso retrocedió. Las llamas fluctuaban alrededor de sus orificios nasales y se enroscaron de los dientes de su boca medio abierta. Retrocedió hacia la piscina de lava.

—Oh no, no querida —dijo Jane. No estaba dispuesta a permitirle escaparse.

Abrió la boca y vertió de nuevo fuego sobre ella mientras agarraba el hacha. Sus dedos enguantados se cerraron alrededor del mango y tiró del hacha liberándola.

La salamandra aulló de rabia, fustigando de lado a lado, y Jane giró hacia el espinoso cuello. La hoja volvió a hundirse profundamente y el fuego chorreó de la herida. La salamandra emitió un último rugido poderoso y se derrumbó sobre su costado retorciéndose.

Jane se aproximó y con todas sus fuerzas golpeó el cuello otra vez y otra vez… hasta que la cabeza se separó del cuerpo y dejó de retorcerse.

Miró cautelosamente el cuerpo. Incluso sin cabeza tuvo miedo de que intentara dañarla de alguna manera, pero no se movió.

Finalmente, respiró profundamente y se dio cuenta de que había estado aguantando la respiración. ¡Lo había logrado! ¡La había matado!

Caminó hacia delante y el dolor se disparó en su pierna. Mirando hacia abajo, vio cómo la parte del pantalón de su pierna estaba hecha tiras y la piel de debajo también.

—Maldición. —Tenía mal aspecto pero no sangraba. Las ardientes garras habían cauterizado las heridas incluso al hacérselas.

Contempló el cadáver, que aún se quemaba al fuego. No podría arrastrar todo aquello de vuelta, no con la pierna como la tenía. Por lo que decidió llevar la cabeza en su lugar, por si alguien dudaba de que ella hubiera hecho lo que decía. Se metió el espantoso trofeo bajo el brazo, goteando fuego por su chaqueta y arrastrando su hacha con la otra mano mientras cojeaba fatigadamente por el largo pasadizo hacia la luz del sol.

Salió triunfante, esperando los saludos y felicitaciones de Hamlet, los magos y Cownatcher. En cambio, se encontró con la quemada llanura de la montaña desprovista de toda vida salvo un furioso cuervo que le graznaba desde el esquelético brazo de un árbol muerto.

—Genial —murmuró Jane echándose el casco hacia atrás—. Simplemente genial. ¡Esos bastardos me han abandonado! —Miró la brillante mancha de mármol blanco en el valle, el castillo Grumfield, y gimió. Brevemente se preguntó si habrían obligado a Beowulf y a Siegfried a regresar a pie a la civilización después de matar a sus monstruos. De algún modo las historias simplemente se saltaban esa parte, la del largo camino de regreso con la pierna herida y con una cabeza de salamandra de 50 libras.

—¡¡¡Esos bastardos me dejaron para morirme!!! —gritó al cuervo que graznó de nuevo y salió volando dejándola absolutamente abandonada.

***

La cabeza de la salamandra había dejado de gotear fuego hacía ya muchas horas cuando Jane finalmente cojeó por el puente y el camino tortuoso hacia la entrada del castillo. El camino estaba iluminado por la luz de las dos lunas que brillaban sobre su cabeza.

Cuando alcanzó el muro del castillo dejó la cabeza en el suelo y golpeó la puerta de madera con el extremo de su hacha.

—¡Hola! —gritó—. ¡¿Hola?!

—¡La puerta se cierra al ocaso! —Una voz aburrida flotó en alguna parte de lo alto.

—¡Abra! —gritó Jane—. ¡He matado a la salamandra! ¡Exijo ver al rey!

Una ronca risa le llovió desde las dos torres centinelas y el muro del castillo.

—¡Regresa por la mañana, chiflada!

—¿Chiflada ? —repitió Jane—. ¡Tienes razón en la parte de ENFADADA tío, pero aún no has visto nada! —Tuvo bastantes millas de dolor para subir su enojo y pensó que le haría sentir bien partir algo en pedazos. Se cubrió la cara con su protector y empuñó el hacha. Si ellos no le habrían la puerta, lo haría ella.

Su primera embestida dejó una profunda hendidura de tres pulgadas y el rotundo estampido resultante ayudó a aplacar su furia. Retrocedió para examinar el daño causado.

Dos cabezas se asomaron por la ventana del cuarto de guardia. Otra se asomó por encima del muro del castillo.

Jane les sonrió abiertamente, dio unos pasos hacia delante y volvió a golpear con el hacha. BOOM. BOOM. Normalmente le habría llevado unos cinco golpes abrir la puerta de una casa. La entrada al castillo llevaría un poco más. BOOM. BOOM. BOOM.

—¡Eh! ¡Para con eso! —le gritó uno de los guardias.

—¡Abre la puerta! —volvió a exigir Jane. BOOM. BOOM. Arrancó un grueso pedazo de madera con un satisfactorio ruido de estallido. BOOM.

—¡Te estoy avisando, mujer! ¡Aléjate de esa puerta por tu vida!

Jane oyó pasos de gente corriendo por el muro del castillo sobre la entrada y gritos de urgencia desde el patio de atrás. Analizó la situación. La puerta estaba hundida en el muro un par de pies, por lo que sería sumamente difícil para ellos acertarle con flechas a menos que la abriesen.

—¡Dejadme entrar, maldita sea! —jaleó—. ¡Quiero irme a casa! —BOOM. BOOM. El filo de su hoja de acero cortó fácilmente las cadenas de hierro.

—¡Te ordeno que ceses y desistas! —exclamó un guardia, su voz vino directamente de la abertura en el muro que estaba por encima de su cabeza—. ¡Aléjate!

—¡Abrid! —respondió Jane manteniéndose donde estaba.

—¡Vete!

—¡Abrid!

—¡Tú lo has querido!

Hubo un súbito ruido de algo corriendo y el aceite hirviendo cayó empapándola. Ella se quedó helada en el sitio mientras su casco lo desviaba de su cara y cuello y escurría por los hombros de su chaqueta, cubriéndola con una espesa capa de grasa hirviente. Cuando se detuvo el diluvio, volvió a agarrar su hacha, que ahora estaba escurridiza por el aceite, y decidió que no se preocuparía por esta gente. Con un suspiro, empezó de nuevo a dar hachazos a la puerta.

—¡Detente! ¡Detente! —Una voz frenética lloró desde el otro lado—. ¡Abriremos¡ ¡Abriremos! ¡Pero deja de dar hachazos a la puerta!

Se produjo un ruido de movimiento de cadenas desde la torre de guardia y, lentamente, se alzó la puerta. Del otro lado se encontraban doce guardias armados, con brillantes espadas y armaduras a la luz de la luna.

Jane les sonrió abiertamente. El aceite hirviendo aún goteaba de su casco y alzó la cabeza de la salamandra por uno de sus cuernos.

—Hola chicos. Traigo un presente para vuestro rey.

Doce caras intercambiaron miradas de incredulidad. Un casco emplumado dio unos pasos al frente.

—Tengo que pedirte que dejes tus armas.

—Oh, no lo creo —dijo Jane, aún sonriendo y descansando cómodamente el hacha sobre su hombro—. ¿Por qué no me llevas simplemente hasta tu rey?

El guardia emplumado tragó y nadie se movió.

Jane sacudió un poco del aceite fuera de la salamandra.

—Mirad, chicos, estoy muy cansada. Queríais a alguien que matase la salamandra, ¿cierto? Ya lo he hecho. Así que problema resuelto. Ahora, sólo quiero regresar a casa. Pero primero tengo que entregarle esta cabeza a vuestro rey, ¿entendéis? Así que, ¿por qué no me lleváis a él? Ya estuve aquí antes… con la princesa Liadin y cómo se llama… don Cownatcher. Todo lo que tenéis que hacer es decirles que he regresado.

El guardia emplumado la interrumpió bruscamente y se giró hacia sus hombres.

—Vigiladla —ordenó, después trotó rápidamente por los escalones que llevaban al castillo.

Mientras esperaban a que él volviese, Jane intentó sin éxito sacudirse algo del aceite que cubría su chaqueta y su traje. Olía vagamente a pescado podrido.

—Bonita noche, ¿eh? —comentó en un intento de conversación a pesar de su chaqueta humeante—. ¿Sólo tenéis dos lunas o tenéis alguna más? Debe de provocar cosas raras en las mareas, ¿eh?

Ellos la miraron fijamente en silencio.

Suspiró.

—Bonita armadura —continuó, después se rindió con un encogimiento de hombros.

Tras lo que parecieron décadas, el guardia emplumado reapareció y Jane fue escoltada hasta la sala de audiencias del rey. Hamlet estaba sentado en el trono, en el otro extremo, con la princesa Liadin, que parecía miserable e infeliz, de pie a un lado y con un hombre joven y fuerte al otro lado. Los magos, vestidos de blanco, estaban agrupados detrás del trono. Jane recorrió la sala a lo largo de la sala dejando en el suelo de mármol un sendero de dorado y apestoso aceite, alegrándose de que sus botas tuviesen una buena tracción. Se detuvo ante el trono y alzó la cabeza.

—Majestad, maté a la salamandra.

—Te estamos muy agradecidos —aseguró Hamlet majestuosamente sonrojándose hasta las mismas raíces del cabello y forzando una sonrisa—. ¿Qué puedo hacer para premiar tu servicio?

Jane en realidad no había esperado una disculpa por haber sido abandonada, pero decidió no seguir con ese asunto. Frunció los labios y se encogió de hombros.

—¿Enviarme a casa?

—Claro, claro —dijo el rey suntuosamente—. Pero podría, ah, ser impropio no proporcionarte alguna otra cosa como pago o premio. Si no quieres tomar la mano de mi hija en matrimonio, puedes tomar en su lugar la de mi hijo más joven. —Señaló al fuerte joven que tenía al lado. El joven marcó sus músculos orgullosamente y sonrió ampliamente a Jane.

Jane resopló para sí misma y se frotó la barbilla pensativamente, olvidándose de que tenía el guante cubierto de aceite. Hizo una mueca.

—Bueno, majestad, tu oferta es muy generosa, pero si tengo que escoger entre uno y otro, en realidad preferiría a la princesa, aunque, honestamente, lo que realmente quiero es irme a casa.

Hamlet la miró fijamente, aturdido, pero la princesa levantó la mirada y su expresión de tristeza se transformó en una sobresaltada sorpresa.

Jane le sonrió.

—Llévame contigo —dijo Liadin de repente.

—¡¿Qué?! —exclamó Hamlet volviéndose hacia su hija con el ceño fruncido.

La princesa lo ignoró atrapando los ojos de Jane con los suyos.

—Por favor, llévame contigo. ¿Dices que en tu mundo las mujeres pueden ser héroes?

Jane asintió con la cabeza preguntándose en que se estaría metiendo.

—Entonces, te lo ruego, toda mi vida he soñado ser algo más… —se adelantó, ruborizándose bajo la horrorizada e incrédula mirada de su padre.

Eso fue bastante para Jane.

—Majestad —dijo—, un trato es un trato. Yo he matado vuestra salamandra y en pago os pido a vuestra hija, Liadin.

El rey levantó una ceja, pero Jane casi podía leer sus pensamientos "mejor perder una hija que un hijo".

—Muy bien —consintió él sonriendo suntuosamente.

Tras un breve paseo de regreso por el suelo cubierto de aceite y con los magos resbalándose en todas direcciones alrededor de ella, Jane se encontró de vuelta a la sala del suelo de espiral, con la princesa torpemente de pie a su lado.

Recordando la náusea que la había acompañado en su primer viaje señaló el suelo.

—Quizá sea mejor sentarnos, ¿eh?

La princesa asintió con la cabeza y se sentó elegantemente cruzando las piernas. Jane se dejó caer pesadamente a su lado sintiéndose tan elegante como una yak embarazada con su traje.

Los ancianos comenzaron a cantar y a realizar una extraña danza en la que agitaban los brazos como si estuvieran intentando volar. Mientras Jane se encontraba preguntándose si hacer magia siempre haría parecer a uno como un completo y absoluto chiflado, el mundo se volvió del revés y ella gritó silenciosamente de dolor. De nuevo, justo en el momento en el que pensaba que moriría de agonía, se encontró abruptamente vuelta sobre su lado derecho y otra vez el dolor paró. Abrió los ojos y se encontró rodeada por el Parque Blaylock en el ardiente calor del verano, cercada por un agonizante círculo de llamas.

—Estamos en casa —anunció mirando a la princesa que aún estaba, casi para su sorpresa, sentada al lado de ella.

Tentativamente, Liadin extendió una mano y asió la de Jane.

—Gracias, mi héroe —dijo quedamente besándole los dedos con suaves labios.

Al tacto, el estómago de Jane dio un vuelco que no tenía nada que ver con el del hechizo de los magos. Tragó.

—De nada.

FIN

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