Uber » ¿Hay algún médico en la excavación?

Esta historia ha sido traducida por Eidel, miembro del Equipo Canalla de Xenafanfics, y cuenta con el permiso de la autora para su traducción y publicación en español en Internet.

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Antes que nada me gustaría decir que a cualquiera que empiece a escribir una historia antes de acabar la que tiene a medias deberían pegarle un tiro. Sin excusas. Deberían llevarle a la parte de atrás de su casa y ¡bam!, librarle de su miseria. Bueno, y una vez aclarado eso debo decir que… no he podido evitarlo. Simplemente es una de esas ideas que no iban a desaparecer, y mucho menos a dejarme trabajar en AOB (que ya está casi terminado, con un poco de suerte mañana). Me estoy autojustificando… Denunciadme. Sólo una cosa más aquí… El papel de Argo en esta historia es en honor de mi compa Idgie, que se ha portado maravillosamente bien con el trajín de su mami de casa al trabajo y del trabajo a casa. Ella misma decidió que si Sam Raimi puede meter a su hermano en la serie, Bat Morda puede hacer lo mismo con su perro, especialmente dado que ella es más lista y mucho más atractiva que Joxer cualquier día de la semana. Ya sería demasiado si, además de eso, escribiese mejor.

DESCARGO LEGAL: Xena, Gabrielle, Argo y todos los demás personajes que aparecen en la serie «Xena, la Princesa Guerrera», así como los nombres, títulos e historia pasada son única y exclusivamente propiedad de MCA/Universal y Renaissance Pictures. Este fan fiction no pretende infringir sus derechos de autor. El resto de personajes, la idea original de la historia y la historia en sí misma son propiedad de la autora. Este relato no puede ser vendido o utilizado con ánimo de obtener cualquier tipo de beneficio. Sin embargo, se puede copiar para uso privado, en cuyo caso deberán incluirse todos los descargos y las condiciones de los derechos de autor.

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Esta historia tiene lugar unas semanas después de «Los pergaminos de Xena» («The Xena Scrolls»).

:: ¿HAY ALGÚN MÉDICO EN LA EXCAVACIÓN? ::
(IS THERE A DOCTOR ON THE DIG?)

Por Bat Morda
21/1/1997
batmorda@ix.netcom.com
Copyright (c) 1997
Todos los derechos reservados

Capítulo 1

Jaula de Estudiantes

—Doctora Covington, ¿cuántos lugares contienen pruebas fiables de la existencia de Xena, la Princesa Guerrera?

Janice Covington sonrió con impaciencia. Los ávidos estudiantes de antropología y arqueología no podían esperar para saber más desde el descubrimiento de los Pergaminos de Xena. Las palabras viajaban con rapidez, y tan sólo dos semanas después de pisar suelo estadounidense la ahora afamada arqueóloga había sido invitada a dar conferencias en todas las salas que una vez mancillaron el nombre de su padre.

Ella se quedó callada un momento, obligándose a parecer relajada entre toda aquella bola de pupilos, cualquier cosa menos relajados.

—Siete emplazamientos han revelado evidencias claras hasta ahora, pero es posible que pronto desvele algunas más. —Antes de volverse hacia la siguiente mano alzada, Janice se entretuvo un momento para disfrutar los preciosos ojos azules de la rubia que acababa de dirigirse a ella—. Gracias por tu pregunta —añadió en voz baja, distinguiendo el ligero rubor que la joven estudiante lucía ya en su rostro al sentarse de nuevo.

—¿Y dónde están esos artefactos ahora? —preguntó un hombre joven antes de que le diese la palabra. Janice se giró, irritada, justo en el momento en que la campana de la clase comenzaba a sonar.

—Me temo que éste es todo el tiempo de que la doctora dispone por ahora —les informó el profesor Solon mientras garabateaba precipitadamente en la pizarra—. Capítulos cuatro a seis para el próximo día, y traed vuestras preguntas preparadas.

Cuando los estudiantes comenzaron a salir, varios de ellos se detuvieron para estrechar la mano de la Doctora Covington y felicitarla por su descubrimiento.

Janice aceptó toda aquella atención con elegancia, contando los minutos que faltaban para poder irse a casa y quitarse aquella incómoda falda, y también las medias. Al fin y al cabo, aquello era también parte de la arqueología; la palabrería y los contactos que hacían que todo aquello de los proyectos de investigación y los descubrimientos lucieran de una forma más apropiada que la de Harry Covington.

—Ha sido una conferencia maravillosa, Doctora —dijo la preciosa rubia cuando llegó al primer puesto de la fila.

—Gracias…

—Flora, me llamo Flora Gates —le informó la mujer, olvidándose por un momento de soltar la mano de Janice.

Ésta no pareció darle importancia al detalle, así que lo dejó estar.

—Bien, entonces… Gracias, Flora Gates.

Otros de los chicos de la fila comenzaron a impacientarse y a empujar a los de delante, formando con ello un creciente embotellamiento.

—Si alguna vez acepta estudiantes en sus excavaciones… bueno… aquí tiene mi número. Me interesaría mucho.

Esa última frase fue pronunciada con una inflexión que Janice juzgó, a todas luces, inconfundible.

—Veré qué se puede hacer —le respondió aceptando el papel que le tendía con un brillo especial en los ojos.

Janice cruzó el aparcamiento del campus con rapidez, localizando fácilmente su camioneta Ford de dos plazas.

—¿Cómo te ha ido, Argo? —preguntó dirigiéndose al enorme perro que había sentado a la parte de atrás. Argo sacó la cabeza por encima de la portezuela, saludando a la Dra. Covington con un húmedo lametón—. Vale, vale, chica —dijo Janice entre risas—. No insistas, ya sabes que no puedes conducir.

—¡Dra. Covington! —gritó una voz familiar a poca distancia de donde ella se encontraba.

Janice hizo una mueca de disgusto mientras se giraba, puesto que conocía de sobra a su propietario.

—¿Qué ocurre, Sal? —preguntó, obligándose a mantener la calma.

Salvador Monious tomó aire, puesto que la corta carrera por el aparcamiento había agotado todas sus reservas de energía. El conservador del museo, Sal Monious, era un amigo necesario, aunque también incorregible, de poca confianza y completamente inútil.

—Tenemos un problema —gimoteó—. Los pergaminos que Jack Kleinman traía de Nueva Jersey —siguió diciendo entre jadeos, apoyándose en el auto de Janice—. Han sido interceptados. Alguien que coincide con la descripción de la Dra. Callisandra Leesto los tiene…

—Cal… —murmuró Janice con ferocidad—. Un momento. Te pedí que te encargaras de esos pergaminos personalmente. ¡¿Me estás diciendo que dejaste que Jack, el idiota de Jack, fuese a por ellos?!

Para entonces Sal tenía aspecto de encontrarse claramente incómodo y nervioso.

—Así salía más barato. Con el dinero que hemos ahorrado podremos hacer una exposición mucho mejor en el museo.

—Eso será si la consigues —replicó Janice.

—Bueno, de hecho esperaba que nos ayudaras a recuperarlos. —Miró a su alrededor para comprobar que no había nadie escuchando—. Esperaba que el museo no se enterase de este pequeño contratiempo. Yo mismo estaré encantado de financiar personalmente la búsqueda de los pergaminos, si mantienes el asunto en secreto.

Janice sonrió.

—Oh, por supuesto que lo financiarás, y no te preocupes porque salga a la luz. No tengo ningún interés en que se sepa que confié en que podrías hacer algo bien

—Esperaba que no me costase más de… —Como que no quiere la cosa, un furioso gruñido surgió de la garganta de Argo. Noventa y nueve libras de hostilidad canina fueron más que suficiente para el turbado conservador—. Tanto como sea necesario, por supuesto.

Instantáneamente, el animal volvió a caminar con tranquilidad.

Asintiendo, Janice abrió la puerta de la camioneta.

—Bien. Te llamaré esta noche para decirte lo que necesito. Saldré a primera hora de la mañana.

Janice rebuscó en su bolsillo y sacó tres objetos. Sus llaves, que puso en el el contacto arrancando el automóvil. Cuando quedó fuera de la vista del conservador, lanzó a Argo una galleta.

—Buen trabajo, chica.

El tercer objeto era el número de teléfono de Flora Gates, y Janice lo sostuvo un momento en alto. Suspiró y lo devolvió a su bolsillo.

—Quizá en otra ocasión, Flora —susurró casi para sus adentros.

Argo levantó la cabeza de forma interrogante, pero se mantuvo en silencio.

En el mismo momento en que Janice entró en su casa y revisó su correo, unos suaves golpes resonaron en la puerta. Se sacó los zapatos de tacón de dos patadas, se sirvió rápidamente un whisky escocés y fue hacia allí.

—Un momento… Mel, ¿qué estás haciendo aquí?

Allí estaba ella, de pie junto a su puerta, Melinda Pappas: Descendiente de Xena. Janice por su parte se acabó la bebida de un solo trago

—En el aeropuerto de Macedonia dijiste que tenías que irte, que tenías cosas que hacer.

Janice esperó que el gran dolor que sentía por aquello no se hiciera patente en su voz.

—Y eso es precisamente lo que hice. Volé hasta casa, arreglé mis asuntos, tomé el siguiente avión desde el sur de California y bueno… —se encogió de hombros de una manera que Janice encontró absolutamente irresistible—, aquí estoy.

Completamente atónita, Janice se giró y fue hacia el salón para ponerse otra copa. Tomando eso como una invitación a considerarse como en casa, Mel entró en la pequeña vivienda, regresando después con dos viajes de maletas, imprescindibles en su caso.

Primero en la forma de una repulsiva y opulenta aristócrata sureña, y luego como una intrigante descendente de Xena, Melinda Pappas había ocupado los pensamientos de la arqueóloga con mucha frecuencia desde que se habían separado. A veces, para sorpresa de Janice, mientras estaba en la cama. No solía sentirse atraída por mujeres morenas más altas que ella, pero era innegable que Melinda Pappas era tremendamente atractiva.

—Y debo añadir, Janice, que nunca te había visto tan fem… ¡Oh Dios! —exclamó Mel cuando Argo asomó la cabeza por la puerta de la cocina—. ¿Qué diablos es eso?

—"Eso" —explicó Janice imitando su tono despectivo— es ella, y se llama Argo.

—Oh, ya veo —dijo Mel sonriendo—, como el caballo de Xena. ¿De qué raza es?

—Cruce de labrador y alsanciano.

—Curioso —comentó Mel—. A mí me parece más labrador con pastor alemán.

Con ello, un gutural rugido emergió de la garganta del animal, sus belfos se elevaron y comenzó a avanzar de forma amenazadora hacia la visitante. Mel por su parte se escudó con rapidez detrás de Janice, quien tranquilizó al perro con una señal de su mano.

—Argo prefiere el término "alsanciano", aunque sea lo mismo que pastor alemán. Está tan furiosa por todo el asunto de la guerra como cualquiera de nosotros.

—Fallo mío —dijo Mel dirigiéndose al animal, que meneó la cola en señal de perdón.

—Has dicho que el caballo de Xena se llamaba Argo. ¿Cómo lo sabes? —preguntó Janice ofreciendo a Mel un vaso de ginger ale.

—Estoy segura de haberlo visto en alguno de los pergaminos…

Mel trató de dejar la mirada perdida.

—Ninguno de los que tuvimos la oportunidad de leer.

Janice aún estaba furiosa de que su estúpido compañero hubiese echado a perder una de las más preciadas antigüedades del mundo. Sabía con certeza lo que la Dra. Cal Leesto haría con ellos. Serían subastados al mejor postor y enviados a las cuatro esquinas del planeta. Nunca más se sabría de su existencia.

—Verás, Janice. He estado teniendo unos sueños muy raros desde aquello que ocurrió en Macedonia. Es casi como si reviviera los de Xena. Algo muy extraño.

Melinda contempló el apenado asentimiento de Janice y se sintió mal por haber mencionado aquello. Recordó lo que Xena había dicho a la arqueóloga mientras estaba en posesión de su cuerpo y los temblores de emoción que había sentido al tener a la descendiente de Gabrielle frente a ella. Aun así, Janice parecía seguir creyendo que la bardo era sólo un exceso de equipaje entre todas las cosas de Xena, y que no valía más que una pequeña referencia histórica. Melinda no estaba segura de qué, pero tenía que hacer algo para hacerla cambiar de opinión.

—Entonces, ¿en qué consistirá nuestra primera aventura? —preguntó tratando de cambiar de tema.

—Mañana me lanzaré a seguir la pista de los pergaminos. Han sido robados por una doctora con la falta de ética suficiente como para que hasta mi padre parezca un santo. Tú… deberías volver a casa.

—Eh, alto ahí, Doctora Janice Covington. Me encargué de las cosas pendientes que tenía en casa para que pudiésemos ser compañeras. Ni se te ocurra pensar que me quedaré sentada aquí tranquilamente y os dejaré marchar… Si vas a por los pergaminos, yo voy contigo.

Para hacer sus argumentos más poderosos, se sentó en el sofá y se cruzó de piernas, tomando un trago de su refresco, mirando a Janice y haciéndole entender que ya se había hecho a la idea de que estaba en su propia casa. Para completar el cuadro, Argo fue hasta ella y se tumbó a su lado, com la cabeza apoyada en los pies de Mel.

—Oh, ya entiendo —dijo Janice—, dos contra una. Bien, quédate. Si no te importa, voy a darme un baño y me voy a dormir.

Dicho esto, Janice recogió su chaqueta, la arrojó sin demasiados miramientos sobre el respaldo de la silla del salón y se dirigió hacia el cuarto de baño.

—Vaya, parece que tendremos que mejorar sus modales —susurró Mel a Argo rascándole detrás de las orejas—. Pero tiene potencial.

Terminó su bebida y se dispuso a echar un vistazo al salón de la doctora. El mobiliario era escaso y antiguo, pero bien cuidado. La sala principal estaba cubierta de libros que se apilaban del suelo al techo. Ejemplar tras ejemplar sobre historia, arqueología, ciencias y mitología… por todas partes. Varios montones de ellos descansaban sobre un escritorio de roble cerca de una chimenea, y otros más en el suelo, a su lado.

Algo en el escritorio captó la atención de Mel. Casi como por inercia, se inclinó y tomó un pedazo de cuero labrado. Un trozo rasgado de un brazalete de antebrazo, con metal broncíneo aún decorando su superficie.

—Mi brazalete… —susurró Mel deslizándolo por su brazo y comprobando que aún se ajustaba perfectamente, a pesar de los años que habían caído sobre aquella prenda.

Además de eso, en la mesa vio un cuaderno desgastado, varias tiras de cuero y un prendedor metálico. Melinda se sentó rápidamente mientras los recuerdos se abrieron paso en su interior, haciéndole sentirse mareada. Una imagen relampagueante le mostró el prendedor en la mano de Gabrielle mientras ésta le recogía el pelo con él. Luego vio la tira de cuero en su propia mano mientras trataba de corresponder torpemente al regalo de la bardo… su amor. Un gemido la trajo de vuelta de aquella realidad y bajó la vista a unos suaves ojos marrones, que la miraban con preocupación.

—No pasa nada, Argo. Estoy bien.

Aún inseguro, el animal empujó a Mel hasta que se separó de aquellas cosas.

—Tienes razón. Debería dormir un poco.

De forma ausente, tocó el cuaderno y los adornos para el pelo y se sonrojó. Se sonrojó ante los sueños que sospechaba que iba a tener. Unos sueños que se repetían una y otra vez desde que abandonó Macedonia.

Recogiendo la bolsa más ligera, Mel buscó el cuarto de invitados. Encontró una puerta que juzgó como la indicada y probó el picaporte. No estaba cerrada, así que la abrió de par en par. Allí, con cara de sorpresa, estaba la Doctora Janice Covington, desnuda en una bañera, fumando.

—¿Te importa? —preguntó Janice sin hacer el más mínimo gesto de ir a cubrir su desnudez.

—Um… vaya. Lo siento, Janice. Nadie me ha dicho dónde está el cuarto de invitados.

Mel trató con todas sus fuerzas de mirar hacia cualquier otro lugar que no fuera el cuerpo desnudo y musculoso de la arqueóloga.

—No hay un cuarto de invitados, encanto. Elige, cama o sofá. A mí me da igual.

—Disculpa —dijo Mel antes de salir del baño. Se detuvo un momento en el recibidor para recuperar la compostura, puesto que se encontraba acalorada y tremendamente avergonzada—. Deben ser los sueños —susurró para sí.

Decidiéndose por el sofá, se dirigió de nuevo hacia el salón. Sin embargo, Argo lo ocupaba ya con ningún aspecto de irse a mover de allí y, de hecho, se limitó a seguir con la mirada los numerosos y exagerados gestos de Mel indicándole que se bajara.

—De acuerdo. Dejaré que Janice discuta este asunto contigo —decidió dándose media vuelta y encaminándose al dormitorio.

Una vez más, se sintió somnolienta nada más entrar y cerró los ojos un instante tratando de reconocer algo. Había un suave y agradable olor en aquel cuarto. Miró hacia la cómoda y descubrió allí un recipiente con brotes de flor de lavanda. También reconoció un ligero aroma a cuero. En una mesita de noche, a un lado de la cama, había una vieja lamparita tiffany con un diseño en forma de libélula y varios libros. Melinda se detuvo un momento para leer los títulos.

—Experiencia en vidas pasadas; Memoria genética; Conoce tus otros "yo"; Vidas desde la tumba y Terapia de regresión. Interesante material, Dra. Covington.

Sintiéndose casi una intrusa, fue hacia el otro lado de la cama.

Acomodada entre las sábanas, estaba lista para dejarse arrastrar por el sueño cuando Janice entró en tromba a la habitación llevando una simple camisa de manga larga de hombre, y Mel se sobresaltó al sentir que su pulso se aceleraba. Intentó mirar hacia otro lado, pero sus pies desnudos le llevaron a los fuertes gemelos y a sus poderosos muslos, y a las líneas de la camisa que dibujaban delicadamente la curva de su cadera.

—Bueno, dijiste que no importaba dónde, y el perro está ocupando el sofá —le espetó cuando Janice caminó hacia el otro lado de la cama. Melinda estaba segura de que iba a desmayarse cuando la otra mujer hizo a un lado las sábanas.

—Mel, estoy en mi casa y no pienso dormir en el sofá. Ahí estás bien. No te voy a morder —dijo, sonriendo antes de seguir—… a menos que me lo pidas cariñosamente.

—Muy amable de su parte, Doctora Covington —respondió Mel con no menos sarcasmo—. Buenas noches.

—Buenas noches, señorita Pappas —le deseó Janice con una amplia sonrisa.

… Desde el momento en que Gabrielle puso la ambrosía en mis labios y recuperé la consciencia, no creo haber sentido mayor felicidad. Estoy segura de que sonreí más durante las horas siguientes que en toda mi vida. Supongo que debí sentir algo de tristeza. Después de todo, los cambios que había hecho en mi vida no habían sido suficientes como para librarme del Tártaro, pero no me importaba. Tampoco la idea de que jamás vería los Campos Elíseos. En vida había regresado con Gabrielle y, comparado con eso, hasta éstos palidecían.

"Cuando piensas en los muertos, los muertos pueden oírte". Cuando reflexiono sobre esa frase, no creo que refleje el verdadero impacto que supone escuchar los pensamientos de los vivos desde el otro lado. Incluso en su profunda tristeza, Gabrielle fue una fuente de apoyo y seguridad para mí. Su tozudez ante el hecho de perderme alimentó mi decisión. Yo nada podía hacer para regresar desde el otro lado, pero una vez reunida con mi cuerpo haría lo imposible para cambiar aquello.

Tras despedirnos de Autólicus fuimos a pasar la noche a la aldea amazona. No sabíamos nada del estado de Velasca y celebramos que nuestros problemas, por el momento, hubiesen terminado. Ephiny insistió en que Gabrielle y yo nos quedásemos en su casa y ella, con su hijo, en la de una amiga. Su cabaña estaba apartada del núcleo principal de viviendas, lo cual agradecí enormemente. Intenté afrontar las miradas de curiosidad de las demás amazonas con buen humor, pero el haber regresado de la muerte me agotaba con rapidez. Gabrielle se quedó en la cabaña principal un poco más que yo.

Conociéndola, seguro que dio personalmente las gracias a todas y cada una de aquellas mujeres por su lealtad, profundizando aún más si cabe en sus corazones.

Vagué por la choza de Ephiny un buen rato, sintiéndome extrañamente nerviosa. Había ocurrido algo entre Gabrielle y yo, y cada fibra de mi ser esperaba que siguiésemos adelante, y no al revés. En el cuerpo de Autólicus respondí al sonido de la voz de Gabrielle con una pasión irrefrenable. Tenía que hablar con ella, tranquilizarla. Desde el momento de mi muerte, su amor y su devoción habían envuelto mi alma como una cálida manta. Era consciente de las cosas que quería, aunque era incapaz de decirlas y sus pensamientos reflejaban los latidos de mi propio corazón. Supongo que por eso la besé. Algo que había soñado en vida, pero que nunca tuve el coraje de hacer. Cuando supe lo que había en su interior no pude contenerme. Y sus labios, sus labios fueron tan suaves… y me respondieron como yo había soñado. Nunca pensé que podría sentirme tan cerca de alguien. No hasta que regresé a mi cuerpo.

A pesar de la brevedad del momento, y consumida por la lucha contra Velasca, sentí una conexión con Gabrielle que dudo poder duplicar jamás. Llena de dudas, pero decidida a intentarlo. Así que aquí estoy, apoyada en una ventana, escuchando los sonidos de la noche, contemplando la luna y tan nerviosa como una recién casada en su noche de bodas.

Sentí la presencia de Gabrielle junto a la puerta incluso antes de oírla.

—Siento haber tardado tanto —dijo al entrar con una bandeja a rebosar en las manos.

—¿Demasiadas preguntas? —le pregunté quitándosela y dejándola sobre la mesa. No pude evitar sonreírle, puesto que mi corazón se llenaba de alegría al poder verla con mis propios ojos.

—No muchas, pero sí las mismas una y otra vez —contestó alargándome una taza humeante. Inhalé, dejando que me relajara la característica fragancia amazona, aderezada con canela y clavo. Gabrielle tomó un trago de su taza y luego vino a reunirse conmigo junto a la ventana.

—Te he echado mucho de menos, Xena —dijo en voz baja. Solté mi taza donde primero encontré y la rodeé con mis brazos, abrazándola fuerte. Desde mi regreso aquello era todo lo que podía hacer para no estar tocándola constantemente. Creo que ella sentía lo mismo, ya que desde el momento en que me retiré a descansar, y hasta que desperté, no se apartó de mi lado ni un segundo.

—Yo también —dije con tirantez, tratando por centésima vez aquella noche no llorar.

Levantó la cabeza y me miró. Lentamente, bajé la mía y, con delicadeza, cubrí sus labios con los míos. Por desgracia, aquel beso se convirtió en la más amplia de las sonrisas y abrí los ojos, sólo para encontrarme con otra similar en el rostro de Gabrielle.

—Mucho mejor sin el bigote —comentó, aliviando enormemente mi nerviosismo.

—Me alegra que tú también lo pienses —murmuré.

Se apartó de mí y sus mejillas comenzaron a teñirse de rosa.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

Sonrió, y contestó.

—Me gustaría quitarme esto —dijo señalando su atuendo de amazona—, pero no me lo puso yo y no sé cómo…

—No diga ni una palabra más, princesa. Estoy aquí para servirla —le contesté, acercándome para ayudarle con la armadura.

—Ah, es "reina", Xena. Ahora soy reina —puntualizó con un cierto regodeo.

—Cierto —asentí yo, deslizando los brazaletes por sus brazos—. Ya me superas en rango.

Rió con ganas y me detuve antes de empezar a desatarle las botas.

—Te perdono el descuido —añadió de forma altanera—, siempre y cuando no se vuelva a repetir.

Sentí su mano sobre mi cabeza, acariciándome el pelo mientras yo manejaba los lazos. Suspiré placenteramente y le acaricié el muslo y la pierna antes de sacar la bota.

—Intentaré recordarlo —dije sacando la otra bota. Luego me situé a su espalda para desabrochar los cierres de su peto. Antes incluso de que pudiese tocarla se deslizó en el interior de su camisa y se quitó la falda. No me importó, dado que entre nosotras ya no se trataba de si, sino de cuándo. Nos abrazamos de nuevo y luego llegó su turno de encargarse de mi armadura.

—No sabía que esto fuese tarea para una reina amazona —dije.

—Esta reina nunca dejará que lo haga nadie más. Admítelo, estamos juntas en esto, Xena.

Aquellas palabras resonaron como un canto de sirena en mis oídos. La voz de Gabrielle se hizo más seria cuando me preguntó cómo me sentía, y yo lo consideré un momento antes de contestar.

—No sé cómo se supone que debe sentirse alguien después de resucitar, pero estoy bien. Quizá un poco anquilosada, pero ¿quién no lo estaría después de pasar una buena temporada en un sarcófago?

—Lo suponía —contestó después de ayudarme con mi ropa de cuero—. Ephiny me ha dado aceite de menta para calmarte el dolor. Túmbate en la cama para que pueda ponértelo.

Tras quitarme las botas, me tumbé tal y como había ordenado. Oí cómo recogía algo de la bandeja y se acercaba a la cama, y sonreí de nuevo al sentir su reconfortante peso junto al mío. La sentí moverse y después el sonido de sus manos al frotarse una contra la otra. Lo siguiente fue una deliciosa sensación de calidez y suavidad mientras me aplicaba el aceite.

Siguió masajeando la parte alta de mi espalda y mis brazos un buen rato, y después siguió hacia abajo, empleándose a fondo en cada parte de mi cuerpo. Me encontraba en un estado de felicidad absoluta sintiendo sus movimientos y, en un momento dado, pasó a mis piernas y pies.

—Gabrielle, es fantástico —murmuré.

—Sí, así es —me contestó—. Date la vuelta para que pueda seguir. —La complací y miré sus brillantes ojos verdes, que a su vez estudiaban mis caderas—. Iba en serio eso que te dije acerca de que no volvieras a morirte —dijo con tono conversativo mientras vertía un poco más de aceite en sus manos.

—Bien. También lo de que nunca lo haré —respondí. Contemplé sus manos descender hasta mi cuerpo y masajearme dulcemente los hombros y los brazos antes de alcanzar mis pechos. Aunque sus caricias no eran en absoluto de tipo sexual, encontré en ellas un placer sensual, sintiéndome derretir bajo sus fuertes manos. Continuó trabajando, concentrada en mi cuerpo, aplicando el aceite curativo sobre mi estómago y mis piernas. Cuando acabó, su roce se hizo más suave, explorando simplemente los contornos de mi silueta. La miré durante un rato. La miré y ella me miró también. Fue entonces cuando descubrí la humedad de su cuerpo, cuando se acercó a mí, cuando tuve que actuar.

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