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Uber » ¿Hay
algún médico en la excavación?
Esta historia ha sido
traducida por Eidel, miembro del Equipo
Canalla de Xenafanfics, y cuenta
con el permiso de la autora para su traducción
y publicación en español en
Internet.
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fictions de «Xena, Warrior Princess»,
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Antes que nada me gustaría
decir que a cualquiera que empiece a escribir
una historia antes de acabar la que tiene
a medias deberían pegarle un tiro.
Sin excusas. Deberían llevarle a la
parte de atrás de su casa y ¡bam!,
librarle de su miseria. Bueno, y una vez aclarado
eso debo decir que… no he podido evitarlo.
Simplemente es una de esas ideas que no iban
a desaparecer, y mucho menos a dejarme trabajar
en AOB (que ya está casi terminado,
con un poco de suerte mañana). Me estoy
autojustificando… Denunciadme. Sólo
una cosa más aquí… El
papel de Argo en esta historia es en honor
de mi compa Idgie, que se ha portado maravillosamente
bien con el trajín de su mami de casa
al trabajo y del trabajo a casa. Ella misma
decidió que si Sam Raimi puede meter
a su hermano en la serie, Bat Morda puede
hacer lo mismo con su perro, especialmente
dado que ella es más lista y mucho
más atractiva que Joxer cualquier día
de la semana. Ya sería demasiado si,
además de eso, escribiese mejor.
DESCARGO LEGAL:
Xena, Gabrielle, Argo y todos los demás
personajes que aparecen en la serie «Xena,
la Princesa Guerrera», así
como los nombres, títulos e historia
pasada son única y exclusivamente propiedad
de MCA/Universal y Renaissance Pictures. Este
fan fiction no pretende infringir sus derechos
de autor. El resto de personajes, la idea
original de la historia y la historia en sí
misma son propiedad de la autora. Este relato
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embargo, se puede copiar para uso privado,
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SOBRE AMOR/SEXO: Este fanfic describe
una historia de amor/sexo dos mujeres adultas
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o este tipo de material es ilegal en el estado
en que vives, por favor no lo leas. Si las
descripciones de dicha naturaleza te molestan,
tal vez quieras ir y buscarte otra historia
para leer.
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a su médico o llame a su centro local
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detalles. De acuerdo con el TM-071074 y el
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No fumen, por favor… Y por favor, dejen
libre el acceso a las puertas… El Público
Escucha… THX. La vida no debería
ser tomada demasiado en serio. Al fin y al
cabo, no vas a sobrevivir a ella.
Esta historia tiene lugar
unas semanas después de «Los
pergaminos de Xena» («The
Xena Scrolls»).
:: ¿HAY
ALGÚN MÉDICO EN LA EXCAVACIÓN?
::
(IS THERE A DOCTOR ON THE DIG?)
Por
Bat Morda
21/1/1997
batmorda@ix.netcom.com
Copyright (c) 1997
Todos los derechos reservados
Capítulo
1
Jaula de Estudiantes
—Doctora Covington,
¿cuántos lugares contienen pruebas
fiables de la existencia de Xena, la Princesa
Guerrera?
Janice Covington sonrió
con impaciencia. Los ávidos estudiantes
de antropología y arqueología
no podían esperar para saber más
desde el descubrimiento de los Pergaminos
de Xena. Las palabras viajaban con rapidez,
y tan sólo dos semanas después
de pisar suelo estadounidense la ahora afamada
arqueóloga había sido invitada
a dar conferencias en todas las salas que
una vez mancillaron el nombre de su padre.
Ella se quedó callada
un momento, obligándose a parecer relajada
entre toda aquella bola de pupilos, cualquier
cosa menos relajados.
—Siete emplazamientos
han revelado evidencias claras hasta ahora,
pero es posible que pronto desvele algunas
más. —Antes de volverse hacia
la siguiente mano alzada, Janice se entretuvo
un momento para disfrutar los preciosos ojos
azules de la rubia que acababa de dirigirse
a ella—. Gracias por tu pregunta —añadió
en voz baja, distinguiendo el ligero rubor
que la joven estudiante lucía ya en
su rostro al sentarse de nuevo.
—¿Y dónde
están esos artefactos ahora? —preguntó
un hombre joven antes de que le diese la palabra.
Janice se giró, irritada, justo en
el momento en que la campana de la clase comenzaba
a sonar.
—Me temo que éste
es todo el tiempo de que la doctora dispone
por ahora —les informó el profesor
Solon mientras garabateaba precipitadamente
en la pizarra—. Capítulos cuatro
a seis para el próximo día,
y traed vuestras preguntas preparadas.
Cuando los estudiantes
comenzaron a salir, varios de ellos se detuvieron
para estrechar la mano de la Doctora Covington
y felicitarla por su descubrimiento.
Janice aceptó toda
aquella atención con elegancia, contando
los minutos que faltaban para poder irse a
casa y quitarse aquella incómoda falda,
y también las medias. Al fin y al cabo,
aquello era también parte de la arqueología;
la palabrería y los contactos que hacían
que todo aquello de los proyectos de investigación
y los descubrimientos lucieran de una forma
más apropiada que la de Harry Covington.
—Ha sido una conferencia
maravillosa, Doctora —dijo la preciosa
rubia cuando llegó al primer puesto
de la fila.
—Gracias…
—Flora, me llamo
Flora Gates —le informó la mujer,
olvidándose por un momento de soltar
la mano de Janice.
Ésta no pareció
darle importancia al detalle, así que
lo dejó estar.
—Bien, entonces…
Gracias, Flora Gates.
Otros de los chicos de
la fila comenzaron a impacientarse y a empujar
a los de delante, formando con ello un creciente
embotellamiento.
—Si alguna vez acepta
estudiantes en sus excavaciones… bueno…
aquí tiene mi número. Me interesaría
mucho.
Esa última frase
fue pronunciada con una inflexión que
Janice juzgó, a todas luces, inconfundible.
—Veré qué
se puede hacer —le respondió
aceptando el papel que le tendía con
un brillo especial en los ojos.
Janice cruzó el
aparcamiento del campus con rapidez, localizando
fácilmente su camioneta Ford de dos
plazas.
—¿Cómo
te ha ido, Argo? —preguntó dirigiéndose
al enorme perro que había sentado a
la parte de atrás. Argo sacó
la cabeza por encima de la portezuela, saludando
a la Dra. Covington con un húmedo lametón—.
Vale, vale, chica —dijo Janice entre
risas—. No insistas, ya sabes que no
puedes conducir.
—¡Dra. Covington!
—gritó una voz familiar a poca
distancia de donde ella se encontraba.
Janice hizo una mueca
de disgusto mientras se giraba, puesto que
conocía de sobra a su propietario.
—¿Qué
ocurre, Sal? —preguntó, obligándose
a mantener la calma.
Salvador Monious tomó
aire, puesto que la corta carrera por el aparcamiento
había agotado todas sus reservas de
energía. El conservador del museo,
Sal Monious, era un amigo necesario, aunque
también incorregible, de poca confianza
y completamente inútil.
—Tenemos un problema
—gimoteó—. Los pergaminos
que Jack Kleinman traía de Nueva Jersey
—siguió diciendo entre jadeos,
apoyándose en el auto de Janice—.
Han sido interceptados. Alguien que coincide
con la descripción de la Dra. Callisandra
Leesto los tiene…
—Cal… —murmuró
Janice con ferocidad—. Un momento. Te
pedí que te encargaras de esos pergaminos
personalmente. ¡¿Me estás
diciendo que dejaste que Jack, el idiota de
Jack, fuese a por ellos?!
Para entonces Sal tenía
aspecto de encontrarse claramente incómodo
y nervioso.
—Así salía
más barato. Con el dinero que hemos
ahorrado podremos hacer una exposición
mucho mejor en el museo.
—Eso será
si la consigues —replicó Janice.
—Bueno, de hecho
esperaba que nos ayudaras a recuperarlos.
—Miró a su alrededor para comprobar
que no había nadie escuchando—.
Esperaba que el museo no se enterase de este
pequeño contratiempo. Yo mismo estaré
encantado de financiar personalmente la búsqueda
de los pergaminos, si mantienes el asunto
en secreto.
Janice sonrió.
—Oh, por supuesto
que lo financiarás, y no te preocupes
porque salga a la luz. No tengo ningún
interés en que se sepa que confié
en que podrías hacer algo bien
—Esperaba que no
me costase más de… —Como
que no quiere la cosa, un furioso gruñido
surgió de la garganta de Argo. Noventa
y nueve libras de hostilidad canina fueron
más que suficiente para el turbado
conservador—. Tanto como sea necesario,
por supuesto.
Instantáneamente,
el animal volvió a caminar con tranquilidad.
Asintiendo, Janice abrió
la puerta de la camioneta.
—Bien. Te llamaré
esta noche para decirte lo que necesito. Saldré
a primera hora de la mañana.
Janice rebuscó
en su bolsillo y sacó tres objetos.
Sus llaves, que puso en el el contacto arrancando
el automóvil. Cuando quedó fuera
de la vista del conservador, lanzó
a Argo una galleta.
—Buen trabajo, chica.
El tercer objeto era el
número de teléfono de Flora
Gates, y Janice lo sostuvo un momento en alto.
Suspiró y lo devolvió a su bolsillo.
—Quizá en
otra ocasión, Flora —susurró
casi para sus adentros.
Argo levantó la
cabeza de forma interrogante, pero se mantuvo
en silencio.
En el mismo momento en
que Janice entró en su casa y revisó
su correo, unos suaves golpes resonaron en
la puerta. Se sacó los zapatos de tacón
de dos patadas, se sirvió rápidamente
un whisky escocés y fue hacia allí.
—Un momento…
Mel, ¿qué estás haciendo
aquí?
Allí estaba ella,
de pie junto a su puerta, Melinda Pappas:
Descendiente de Xena. Janice por su parte
se acabó la bebida de un solo trago
—En el aeropuerto
de Macedonia dijiste que tenías que
irte, que tenías cosas que hacer.
Janice esperó que
el gran dolor que sentía por aquello
no se hiciera patente en su voz.
—Y eso es precisamente
lo que hice. Volé hasta casa, arreglé
mis asuntos, tomé el siguiente avión
desde el sur de California y bueno…
—se encogió de hombros de una
manera que Janice encontró absolutamente
irresistible—, aquí estoy.
Completamente atónita,
Janice se giró y fue hacia el salón
para ponerse otra copa. Tomando eso como una
invitación a considerarse como en casa,
Mel entró en la pequeña vivienda,
regresando después con dos viajes de
maletas, imprescindibles en su caso.
Primero en la forma de
una repulsiva y opulenta aristócrata
sureña, y luego como una intrigante
descendente de Xena, Melinda Pappas había
ocupado los pensamientos de la arqueóloga
con mucha frecuencia desde que se habían
separado. A veces, para sorpresa de Janice,
mientras estaba en la cama. No solía
sentirse atraída por mujeres morenas
más altas que ella, pero era innegable
que Melinda Pappas era tremendamente atractiva.
—Y debo añadir,
Janice, que nunca te había visto tan
fem… ¡Oh Dios! —exclamó
Mel cuando Argo asomó la cabeza por
la puerta de la cocina—. ¿Qué
diablos es eso?
—"Eso"
—explicó Janice imitando su tono
despectivo— es ella, y se llama Argo.
—Oh, ya veo —dijo
Mel sonriendo—, como el caballo de Xena.
¿De qué raza es?
—Cruce de labrador
y alsanciano.
—Curioso —comentó
Mel—. A mí me parece más
labrador con pastor alemán.
Con ello, un gutural rugido
emergió de la garganta del animal,
sus belfos se elevaron y comenzó a
avanzar de forma amenazadora hacia la visitante.
Mel por su parte se escudó con rapidez
detrás de Janice, quien tranquilizó
al perro con una señal de su mano.
—Argo prefiere el
término "alsanciano", aunque
sea lo mismo que pastor alemán. Está
tan furiosa por todo el asunto de la guerra
como cualquiera de nosotros.
—Fallo mío
—dijo Mel dirigiéndose al animal,
que meneó la cola en señal de
perdón.
—Has dicho que el
caballo de Xena se llamaba Argo. ¿Cómo
lo sabes? —preguntó Janice ofreciendo
a Mel un vaso de ginger ale.
—Estoy segura de
haberlo visto en alguno de los pergaminos…
Mel trató de dejar
la mirada perdida.
—Ninguno de los
que tuvimos la oportunidad de leer.
Janice aún estaba
furiosa de que su estúpido compañero
hubiese echado a perder una de las más
preciadas antigüedades del mundo. Sabía
con certeza lo que la Dra. Cal Leesto haría
con ellos. Serían subastados al mejor
postor y enviados a las cuatro esquinas del
planeta. Nunca más se sabría
de su existencia.
—Verás, Janice.
He estado teniendo unos sueños muy
raros desde aquello que ocurrió en
Macedonia. Es casi como si reviviera los de
Xena. Algo muy extraño.
Melinda contempló
el apenado asentimiento de Janice y se sintió
mal por haber mencionado aquello. Recordó
lo que Xena había dicho a la arqueóloga
mientras estaba en posesión de su cuerpo
y los temblores de emoción que había
sentido al tener a la descendiente de Gabrielle
frente a ella. Aun así, Janice parecía
seguir creyendo que la bardo era sólo
un exceso de equipaje entre todas las cosas
de Xena, y que no valía más
que una pequeña referencia histórica.
Melinda no estaba segura de qué, pero
tenía que hacer algo para hacerla cambiar
de opinión.
—Entonces, ¿en
qué consistirá nuestra primera
aventura? —preguntó tratando
de cambiar de tema.
—Mañana me
lanzaré a seguir la pista de los pergaminos.
Han sido robados por una doctora con la falta
de ética suficiente como para que hasta
mi padre parezca un santo. Tú…
deberías volver a casa.
—Eh, alto ahí,
Doctora Janice Covington. Me encargué
de las cosas pendientes que tenía en
casa para que pudiésemos ser compañeras.
Ni se te ocurra pensar que me quedaré
sentada aquí tranquilamente y os dejaré
marchar… Si vas a por los pergaminos,
yo voy contigo.
Para hacer sus argumentos
más poderosos, se sentó en el
sofá y se cruzó de piernas,
tomando un trago de su refresco, mirando a
Janice y haciéndole entender que ya
se había hecho a la idea de que estaba
en su propia casa. Para completar el cuadro,
Argo fue hasta ella y se tumbó a su
lado, com la cabeza apoyada en los pies de
Mel.
—Oh, ya entiendo
—dijo Janice—, dos contra una.
Bien, quédate. Si no te importa, voy
a darme un baño y me voy a dormir.
Dicho esto, Janice recogió
su chaqueta, la arrojó sin demasiados
miramientos sobre el respaldo de la silla
del salón y se dirigió hacia
el cuarto de baño.
—Vaya, parece que
tendremos que mejorar sus modales —susurró
Mel a Argo rascándole detrás
de las orejas—. Pero tiene potencial.
Terminó su bebida
y se dispuso a echar un vistazo al salón
de la doctora. El mobiliario era escaso y
antiguo, pero bien cuidado. La sala principal
estaba cubierta de libros que se apilaban
del suelo al techo. Ejemplar tras ejemplar
sobre historia, arqueología, ciencias
y mitología… por todas partes.
Varios montones de ellos descansaban sobre
un escritorio de roble cerca de una chimenea,
y otros más en el suelo, a su lado.
Algo en el escritorio
captó la atención de Mel. Casi
como por inercia, se inclinó y tomó
un pedazo de cuero labrado. Un trozo rasgado
de un brazalete de antebrazo, con metal broncíneo
aún decorando su superficie.
—Mi brazalete…
—susurró Mel deslizándolo
por su brazo y comprobando que aún
se ajustaba perfectamente, a pesar de los
años que habían caído
sobre aquella prenda.
Además de eso,
en la mesa vio un cuaderno desgastado, varias
tiras de cuero y un prendedor metálico.
Melinda se sentó rápidamente
mientras los recuerdos se abrieron paso en
su interior, haciéndole sentirse mareada.
Una imagen relampagueante le mostró
el prendedor en la mano de Gabrielle mientras
ésta le recogía el pelo con
él. Luego vio la tira de cuero en su
propia mano mientras trataba de corresponder
torpemente al regalo de la bardo… su
amor. Un gemido la trajo de vuelta de aquella
realidad y bajó la vista a unos suaves
ojos marrones, que la miraban con preocupación.
—No pasa nada, Argo.
Estoy bien.
Aún inseguro, el
animal empujó a Mel hasta que se separó
de aquellas cosas.
—Tienes razón.
Debería dormir un poco.
De forma ausente, tocó
el cuaderno y los adornos para el pelo y se
sonrojó. Se sonrojó ante los
sueños que sospechaba que iba a tener.
Unos sueños que se repetían
una y otra vez desde que abandonó Macedonia.
Recogiendo la bolsa más
ligera, Mel buscó el cuarto de invitados.
Encontró una puerta que juzgó
como la indicada y probó el picaporte.
No estaba cerrada, así que la abrió
de par en par. Allí, con cara de sorpresa,
estaba la Doctora Janice Covington, desnuda
en una bañera, fumando.
—¿Te importa?
—preguntó Janice sin hacer el
más mínimo gesto de ir a cubrir
su desnudez.
—Um… vaya.
Lo siento, Janice. Nadie me ha dicho dónde
está el cuarto de invitados.
Mel trató con todas
sus fuerzas de mirar hacia cualquier otro
lugar que no fuera el cuerpo desnudo y musculoso
de la arqueóloga.
—No hay un cuarto
de invitados, encanto. Elige, cama o sofá.
A mí me da igual.
—Disculpa —dijo
Mel antes de salir del baño. Se detuvo
un momento en el recibidor para recuperar
la compostura, puesto que se encontraba acalorada
y tremendamente avergonzada—. Deben
ser los sueños —susurró
para sí.
Decidiéndose por
el sofá, se dirigió de nuevo
hacia el salón. Sin embargo, Argo lo
ocupaba ya con ningún aspecto de irse
a mover de allí y, de hecho, se limitó
a seguir con la mirada los numerosos y exagerados
gestos de Mel indicándole que se bajara.
—De acuerdo. Dejaré
que Janice discuta este asunto contigo —decidió
dándose media vuelta y encaminándose
al dormitorio.
Una vez más, se
sintió somnolienta nada más
entrar y cerró los ojos un instante
tratando de reconocer algo. Había un
suave y agradable olor en aquel cuarto. Miró
hacia la cómoda y descubrió
allí un recipiente con brotes de flor
de lavanda. También reconoció
un ligero aroma a cuero. En una mesita de
noche, a un lado de la cama, había
una vieja lamparita tiffany con un diseño
en forma de libélula y varios libros.
Melinda se detuvo un momento para leer los
títulos.
—Experiencia en
vidas pasadas; Memoria genética; Conoce
tus otros "yo"; Vidas desde la tumba
y Terapia de regresión. Interesante
material, Dra. Covington.
Sintiéndose casi
una intrusa, fue hacia el otro lado de la
cama.
Acomodada entre las sábanas,
estaba lista para dejarse arrastrar por el
sueño cuando Janice entró en
tromba a la habitación llevando una
simple camisa de manga larga de hombre, y
Mel se sobresaltó al sentir que su
pulso se aceleraba. Intentó mirar hacia
otro lado, pero sus pies desnudos le llevaron
a los fuertes gemelos y a sus poderosos muslos,
y a las líneas de la camisa que dibujaban
delicadamente la curva de su cadera.
—Bueno, dijiste
que no importaba dónde, y el perro
está ocupando el sofá —le
espetó cuando Janice caminó
hacia el otro lado de la cama. Melinda estaba
segura de que iba a desmayarse cuando la otra
mujer hizo a un lado las sábanas.
—Mel, estoy en mi
casa y no pienso dormir en el sofá.
Ahí estás bien. No te voy a
morder —dijo, sonriendo antes de seguir—…
a menos que me lo pidas cariñosamente.
—Muy amable de su
parte, Doctora Covington —respondió
Mel con no menos sarcasmo—. Buenas noches.
—Buenas noches,
señorita Pappas —le deseó
Janice con una amplia sonrisa.
… Desde el momento
en que Gabrielle puso la ambrosía en
mis labios y recuperé la consciencia,
no creo haber sentido mayor felicidad. Estoy
segura de que sonreí más durante
las horas siguientes que en toda mi vida.
Supongo que debí sentir algo de tristeza.
Después de todo, los cambios que había
hecho en mi vida no habían sido suficientes
como para librarme del Tártaro, pero
no me importaba. Tampoco la idea de que jamás
vería los Campos Elíseos. En
vida había regresado con Gabrielle
y, comparado con eso, hasta éstos palidecían.
"Cuando piensas en
los muertos, los muertos pueden oírte".
Cuando reflexiono sobre esa frase, no creo
que refleje el verdadero impacto que supone
escuchar los pensamientos de los vivos desde
el otro lado. Incluso en su profunda tristeza,
Gabrielle fue una fuente de apoyo y seguridad
para mí. Su tozudez ante el hecho de
perderme alimentó mi decisión.
Yo nada podía hacer para regresar desde
el otro lado, pero una vez reunida con mi
cuerpo haría lo imposible para cambiar
aquello.
Tras despedirnos de Autólicus
fuimos a pasar la noche a la aldea amazona.
No sabíamos nada del estado de Velasca
y celebramos que nuestros problemas, por el
momento, hubiesen terminado. Ephiny insistió
en que Gabrielle y yo nos quedásemos
en su casa y ella, con su hijo, en la de una
amiga. Su cabaña estaba apartada del
núcleo principal de viviendas, lo cual
agradecí enormemente. Intenté
afrontar las miradas de curiosidad de las
demás amazonas con buen humor, pero
el haber regresado de la muerte me agotaba
con rapidez. Gabrielle se quedó en
la cabaña principal un poco más
que yo.
Conociéndola, seguro
que dio personalmente las gracias a todas
y cada una de aquellas mujeres por su lealtad,
profundizando aún más si cabe
en sus corazones.
Vagué por la choza
de Ephiny un buen rato, sintiéndome
extrañamente nerviosa. Había
ocurrido algo entre Gabrielle y yo, y cada
fibra de mi ser esperaba que siguiésemos
adelante, y no al revés. En el cuerpo
de Autólicus respondí al sonido
de la voz de Gabrielle con una pasión
irrefrenable. Tenía que hablar con
ella, tranquilizarla. Desde el momento de
mi muerte, su amor y su devoción habían
envuelto mi alma como una cálida manta.
Era consciente de las cosas que quería,
aunque era incapaz de decirlas y sus pensamientos
reflejaban los latidos de mi propio corazón.
Supongo que por eso la besé. Algo que
había soñado en vida, pero que
nunca tuve el coraje de hacer. Cuando supe
lo que había en su interior no pude
contenerme. Y sus labios, sus labios fueron
tan suaves… y me respondieron como yo
había soñado. Nunca pensé
que podría sentirme tan cerca de alguien.
No hasta que regresé a mi cuerpo.
A pesar de la brevedad
del momento, y consumida por la lucha contra
Velasca, sentí una conexión
con Gabrielle que dudo poder duplicar jamás.
Llena de dudas, pero decidida a intentarlo.
Así que aquí estoy, apoyada
en una ventana, escuchando los sonidos de
la noche, contemplando la luna y tan nerviosa
como una recién casada en su noche
de bodas.
Sentí la presencia
de Gabrielle junto a la puerta incluso antes
de oírla.
—Siento haber tardado
tanto —dijo al entrar con una bandeja
a rebosar en las manos.
—¿Demasiadas
preguntas? —le pregunté quitándosela
y dejándola sobre la mesa. No pude
evitar sonreírle, puesto que mi corazón
se llenaba de alegría al poder verla
con mis propios ojos.
—No muchas, pero
sí las mismas una y otra vez —contestó
alargándome una taza humeante. Inhalé,
dejando que me relajara la característica
fragancia amazona, aderezada con canela y
clavo. Gabrielle tomó un trago de su
taza y luego vino a reunirse conmigo junto
a la ventana.
—Te he echado mucho
de menos, Xena —dijo en voz baja. Solté
mi taza donde primero encontré y la
rodeé con mis brazos, abrazándola
fuerte. Desde mi regreso aquello era todo
lo que podía hacer para no estar tocándola
constantemente. Creo que ella sentía
lo mismo, ya que desde el momento en que me
retiré a descansar, y hasta que desperté,
no se apartó de mi lado ni un segundo.
—Yo también
—dije con tirantez, tratando por centésima
vez aquella noche no llorar.
Levantó la cabeza
y me miró. Lentamente, bajé
la mía y, con delicadeza, cubrí
sus labios con los míos. Por desgracia,
aquel beso se convirtió en la más
amplia de las sonrisas y abrí los ojos,
sólo para encontrarme con otra similar
en el rostro de Gabrielle.
—Mucho mejor sin
el bigote —comentó, aliviando
enormemente mi nerviosismo.
—Me alegra que tú
también lo pienses —murmuré.
Se apartó de mí
y sus mejillas comenzaron a teñirse
de rosa.
—¿Qué
ocurre? —le pregunté.
Sonrió, y contestó.
—Me gustaría
quitarme esto —dijo señalando
su atuendo de amazona—, pero no me lo
puso yo y no sé cómo…
—No diga ni una
palabra más, princesa. Estoy aquí
para servirla —le contesté, acercándome
para ayudarle con la armadura.
—Ah, es "reina",
Xena. Ahora soy reina —puntualizó
con un cierto regodeo.
—Cierto —asentí
yo, deslizando los brazaletes por sus brazos—.
Ya me superas en rango.
Rió con ganas y
me detuve antes de empezar a desatarle las
botas.
—Te perdono el descuido
—añadió de forma altanera—,
siempre y cuando no se vuelva a repetir.
Sentí su mano sobre
mi cabeza, acariciándome el pelo mientras
yo manejaba los lazos. Suspiré placenteramente
y le acaricié el muslo y la pierna
antes de sacar la bota.
—Intentaré
recordarlo —dije sacando la otra bota.
Luego me situé a su espalda para desabrochar
los cierres de su peto. Antes incluso de que
pudiese tocarla se deslizó en el interior
de su camisa y se quitó la falda. No
me importó, dado que entre nosotras
ya no se trataba de si, sino de cuándo.
Nos abrazamos de nuevo y luego llegó
su turno de encargarse de mi armadura.
—No sabía
que esto fuese tarea para una reina amazona
—dije.
—Esta reina nunca
dejará que lo haga nadie más.
Admítelo, estamos juntas en esto, Xena.
Aquellas palabras resonaron
como un canto de sirena en mis oídos.
La voz de Gabrielle se hizo más seria
cuando me preguntó cómo me sentía,
y yo lo consideré un momento antes
de contestar.
—No sé cómo
se supone que debe sentirse alguien después
de resucitar, pero estoy bien. Quizá
un poco anquilosada, pero ¿quién
no lo estaría después de pasar
una buena temporada en un sarcófago?
—Lo suponía
—contestó después de ayudarme
con mi ropa de cuero—. Ephiny me ha
dado aceite de menta para calmarte el dolor.
Túmbate en la cama para que pueda ponértelo.
Tras quitarme las botas,
me tumbé tal y como había ordenado.
Oí cómo recogía algo
de la bandeja y se acercaba a la cama, y sonreí
de nuevo al sentir su reconfortante peso junto
al mío. La sentí moverse y después
el sonido de sus manos al frotarse una contra
la otra. Lo siguiente fue una deliciosa sensación
de calidez y suavidad mientras me aplicaba
el aceite.
Siguió masajeando
la parte alta de mi espalda y mis brazos un
buen rato, y después siguió
hacia abajo, empleándose a fondo en
cada parte de mi cuerpo. Me encontraba en
un estado de felicidad absoluta sintiendo
sus movimientos y, en un momento dado, pasó
a mis piernas y pies.
—Gabrielle, es fantástico
—murmuré.
—Sí, así
es —me contestó—. Date
la vuelta para que pueda seguir. —La
complací y miré sus brillantes
ojos verdes, que a su vez estudiaban mis caderas—.
Iba en serio eso que te dije acerca de que
no volvieras a morirte —dijo con tono
conversativo mientras vertía un poco
más de aceite en sus manos.
—Bien. También
lo de que nunca lo haré —respondí.
Contemplé sus manos descender hasta
mi cuerpo y masajearme dulcemente los hombros
y los brazos antes de alcanzar mis pechos.
Aunque sus caricias no eran en absoluto de
tipo sexual, encontré en ellas un placer
sensual, sintiéndome derretir bajo
sus fuertes manos. Continuó trabajando,
concentrada en mi cuerpo, aplicando el aceite
curativo sobre mi estómago y mis piernas.
Cuando acabó, su roce se hizo más
suave, explorando simplemente los contornos
de mi silueta. La miré durante un rato.
La miré y ella me miró también.
Fue entonces cuando descubrí la humedad
de su cuerpo, cuando se acercó a mí,
cuando tuve que actuar.
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