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algún médico en la excavación? » 02
:: ¿HAY
ALGÚN MÉDICO EN LA EXCAVACIÓN?
::
(IS THERE A DOCTOR ON THE DIG?)
Ni siquiera consideré
preguntarle si aquello estaba bien, si era lo
que quería. Habíamos compartido
lo suficiente desde mi muerte como para saber
exactamente lo que sentíamos y que así
es como debía de ser, para ambas. Comencé
a recorrer la parte superior de sus muslos con
mis manos, deslizando ligeramente los dedos hacia
su interior, mientras ella continuaba viajando
sobre mi cuerpo. Gimió de placer y dirigió
hacia mí sus verdes ojos, repletos de deseo.
Recorrí
los contornos que la camisa dejaba adivinar sobre
su cuerpo, embelesada por la textura de la tela
sobre su piel, feliz por su respuesta. Lentamente,
se dejó caer hasta mi anhelante boca y
compartimos un beso que se fue haciendo más
profundo a medida que el deseo crecía,
consumiéndonos, convirtiéndonos
en un infierno. Su lengua era como terciopelo,
haciendo suyos los secretos de mi boca. No le
oculté nada, no le negué nada, ¿cómo
podría? Compartió completamente
su cuerpo y su mente conmigo. Quería que
me conociera tan íntimamente como yo a
ella.
Deposité
besos a todo lo largo de su garganta, deleitándome
en el latir de su corazón, que conocía
tan bien.
—Sí
—susurró, dejándome sentir
las vibraciones que surgieron de ella contra mis
labios.
Era maravilloso.
Abrazándola con fuerza, giré sobre
mí misma. Soporté mi peso con los
brazos y miré hacia abajo, a la que era
fácilmente la cara más radiante
que había visto nunca. Con los ojos resplandecientes,
me sonrió y recorrió mi mejilla
con uno de sus dedos.
Lentamente, me
dejé caer hasta que mis labios quedaron
a unos centímetros de los suyos. Sonriendo,
ambas pronunciamos un "te quiero" a
la vez. Compartimos también la risa, y
después el deseo volvió a reclamarnos,
haciendo desarrollarse las asunciones del amor
sin necesidad de palabras. La realidad de hacer
el amor con Gabrielle sobrepasó de lejos
mis fantasías más salvajes. Para
mí, ella era perfecta en todos los sentidos.
Con deliberada lentitud, deslicé la camisa
de dormir por su cabeza, sintiendo la tibieza
de su piel contra la mía.
Gracias a sus
fuertes manos, llevó mi cabeza hasta sus
pechos y mi lengua vagó sobre su pezón,
incluso aunque su cuerpo temblaba tanto como el
mío. Descubrí una pequeña
zona de su piel, tan blanca que parecía
casi traslúcida.
—¿Qué
es esto? —le pregunté.
—Donde
cayó la ambrosía —me contestó
entre profundas aspiraciones, obligándome
a estrecharme contra ella de nuevo. Cuando besé
aquella zona blanquecina el placer le hizo gritar
y enterrar las yemas de sus dedos en mi espalda.
Podía sentir su humedad crecer contra mi
muslo mientras descansaba entre sus piernas. Con
su excitación, hice descender mi cuerpo
y ella se separó para dejar espacio a mis
hombros. Sus manos viajaron suavemente por mi
espalda hasta llegar a mi cabeza. Las apartó
un segundo al contemplar cómo mis labios
bajaban hacia su centro, clavó su cabeza
en la almohada y un "siiiiiiiiiiii"
nació de su garganta cuando comencé
a lamerla. Estaba tan suave, caliente y húmeda
que podía sentir cada uno de aquellos movimientos
reverberar por todo mi cuerpo. La acaricié
así, con cuidado, hasta que sentí
su cadera lanzarse contra mi cara, llevándome
aún más adentro y con más
fuerza. Mi lengua tocó y consumió
su hinchado clítoris, y entonces la oí
gritar. La confianza y la conexión que
sentí cuando perdió el control y
se entregó a mí fueron absolutas.
Gabrielle y yo
siempre estaríamos unidas y ambas lo sabíamos,
y disfrutamos de esa certeza. Aquella noche liberó
sentimientos en mí que no sabía
que tenía. Supongo que eso es lo que había
hecho hasta entonces. Primero me enseñó
el verdadero significado de la amistad y después
a comprender más profundamente el amor.
No había nada que no hiciese por Gabrielle,
nada que no hiciésemos la una por la otra.
Y aquella noche, aquella noche perfecta con la
luna brillando al otro lado de la ventana, hicimos
todo lo que…
Capítulo 2
Miedo a Volar
—Vamos
Mel, ¡despierta!
Una mano no tan
cariñosa sacudió el hombro de Melinda
Pappas.
—Qu…
¿Qué? —preguntó totalmente
adormilada.
—La gran
aventura, ¿recuerdas? Si quieres ayudarme
a recuperar esos pergaminos, más vale que
estés lista en una hora. —Janice
estaba a punto de seguir haciendo la maleta cuando
miró a Melinda de forma crítica—.
¿Te encuentras bien? Pareces desorientada.
Janice contempló
la silueta tumbada de Mel vestida ya con un pantalón
caqui y camiseta interior encima del sujetador.
Mel miró el cuerpo musculoso y relajado
y luego a las mantas que la cubrían, avergonzada.
—Estaba…
soñando —respondió Melinda
visiblemente sonrojada.
—Parecía
un sueño de los buenos.
Janice sonrió
y se puso a revolver sus cajones en busca de una
camisa.
—Sí,
em… bueno. ¿Entonces a dónde
vamos?
Janice se deslizó
en una camisa caqui y la metió por debajo
de la cintura de sus pantalones. Luego sacó
un revólver del cajón de los calcetines.
Tras comprobar que estaba cargado, lo hizo girar
con habilidad y lo devolvió a la funda.
—Al aeropuerto.
Ayer por la noche llamé a Sal Monious,
un amigo del museo. Nos ha conseguido billetes
hasta más o menos la mitad de camino a
la isla donde se esconde Cal. Estoy segura de
que allí es a donde ha llevado los pergaminos.
El resto del viaje lo haremos en barco.
Janice rebuscó
en su armario y arrojó una bolsa pequeña
sobre la cama, así como un paquete de aspecto
poco usual. Luego llegó el turno del látigo
y una caja extra de balas.
—Podrías
esperar a que me levante, ¿no? —preguntó
Mel, ligeramente irritada al ver que el contenido
del armario comenzaba a llover sobre ella.
—Lo siento,
encanto, pero no tenemos tiempo —respondió
Mel sonriendo—. ¿Qué vas a
ponerte tú?
—Bueno,
tengo una falda lavanda preciosa y una blusa crema…
—Las palabras murieron ante la evidente
mirada de incredulidad que recibió de la
arqueóloga—. ¿Debo interpretar
que lo juzgas poco apropiado?
—Por supuesto
que sí —replicó la suave voz
de Janice—. Lo más probable es que
nos pasemos huyendo la mayor parte del tiempo.
Necesitarás algo un poco más…
práctico. —Entonces una chispa apareció
en sus ojos, una chispa en la que Mel reconoció
sin género de dudas la herencia de su antepasada
Gabrielle. Regresó al armario y prosiguió—.
Tengo justo lo que necesitas.
—No sé,
Janice. Me siento un poco ridícula. No
me favorece.
Mel se miró
reticentemente en el espejo de cuerpo entero que
la arqueóloga tenía detrás
de la puerta del dormitorio. Llevaba puestas las
botas de Harry Covington, pantalones caqui, una
de las camisas de Janice con su propia camiseta
interior debajo, la chaqueta de Harry y el pelo
recogido en una cola de caballo como la de Janice
de forma que, al contemplar su reflejo, Mel se
sentía definitivamente rara.
—Estás
muy bien, Mel. La camisa te queda un poco grande,
pero créeme que donde vamos nadie va a
prestar la menor atención a tu ropa. Me
alegro de que tengas la misma talla que papá.
Además, acuérdate de cómo
terminó tu traje la última vez.
—Cierto
—convino Mel recordando que Xena le había
echado a perder una falda de treinta y siete dólares—.
Pero no tengo intención de que Xena me
posea de nuevo.
—Eso nunca
se sabe —dijo Janice sonriendo.
—Vale,
tú ganas. ¿Y ahora qué?
Janice silbó
con fuerza y Argo subió a la cama de un
salto. Luego le pasó el paquete misterioso
por al cabeza y aseguró las hebillas. El
animal llevaba ahora sobre su lomo dos pequeñas
bolsas que Janice llenó de municiones y
algunas otras cosas.
—Si necesitas
algo de valor, Argo lo llevará. Ella es
lo único que puedo garantizar que regresará
de una pieza. Además, llevaré todo
lo que necesites en mi mochila. De otra forma,
prepárate para perderlo. Voy a por mi cuaderno.
Cuando Janice
salió del cuarto, Mel se apresuró
a abrir su pequeño bolso. Antes de tener
tiempo a cambiar de idea, sacó un morral
de terciopelo y una funda de pergamino y colocó
los dos objetos al fondo de una de las alforjas
de Argo.
—Es un
secreto, Argo —susurró—. No
dejes que Janice lo vea. Todavía no.
Janice regresó
y entregó a Mel unas cuantas cosas más
para que las pusiera en las bolsas. Luego metió
el cuaderno y munición en la suya. Sacó
una mochila del armario y guardó en ella
algunas mantas, latas de comida y recipientes
con agua. Por último, metió en una
de las bolsas del animal una cantimplora de sobra
y otra en su cartera. Llevó un buen rato
de discusión, pero al final Janice aceptó
llevar el maquillaje de Mel y unas pocas cosas
más.
—Supongo
que estamos listas —dijo Janice echando
un último vistazo a las bolsas de Argo
para asegurarse de que el peso estuviese bien
distribuido.
—No del
todo —dijo Mel saliendo del cuarto. Regresó
casi al momento con la chaqueta que Janice se
había quitado la noche anterior—.
Te olvidas esto. Da mala suerte salir de casa
dejando ropa sin recoger.
Arrojó
la prenda a su amiga tras sacar y echar una mirada
a algo que sobresalía del bolsillo.
—¿Quién
es Flora Gates? —preguntó Mel al
tiempo que Janice colgaba la chaqueta junto con
la falda a juego.
—Dame eso
—ordenó Janice de forma acalorada,
alcanzando el trozo de papel que Mel tenía
en la mano.
Una vez fuera,
Mel continuó.
—¿Y
bien?
—Es una
estudiante que quiere ir a una de mis excavaciones,
¿contenta? —murmuró Janice
mientras colocaba su equipaje en la parte de atrás
del camión.
—Tiene
gracia —comentó Mel mientras Janice
le sujetaba la puerta del asiento del copiloto—.
Nunca antes había visto la "o"
de Flora escrita en forma de corazón.
—Eso no
es asunto tuyo —zanjó Janice mientras
las encaminaba a una base cercana del Ejército
del Aire.
—No seas
tonta —dijo Mel sonriendo y tocando cariñosamente
el muslo de Janice —lo cual no pasó
inadvertido a la arqueóloga)—, una
pequeña e inofensiva charla entre chicas
no te matará.
—No me
gustan las charlas de chicas.
—Por eso
deberías practicar. ¿Qué
estamos haciendo aquí? —preguntó
Mel cuando sintió que empezaban a decelerar
conforme se acercaban a la verja de seguridad.
Un centinela bastante atractivo se inclinó
junto a la ventanilla y las miró sonriendo
ampliamente.
—Me alegra
ver que también es capaz de tener amigos
sin pulgas, Dra. Covington. El sargento Ore le
está esperando.
—Gracias,
soldado Maleus.
Janice saludó
con la cabeza al pasar la verja.
—¿Dónde
empezaste a tratar con el ejército? —preguntó
Mel al aproximarse a un enorme avión de
carga que permanecía inmóvil sobre
el asfalto.
—Poker
de viernes por la noche —explicó
Janice—. Me reúno con unos tipos
cuando estoy en la ciudad. No es que apostemos
dinero. Se trata más bien de favores.
—¡Oh
Dios! —exclamó Mel, visiblemente
escandalizada.
—No ese
tipo de favores —afirmó Janice con
una sonrisa—. Greg es el mecánimo
jefe y se encarga de arreglarme al camión,
o yo ayudo a sus hijos con los deberes. Ese tipo
de cosas. En cualquier caso, nos llevamos muy
bien desde hace tres años. Yo necesitaba
volar hasta una excavación. No es fácil
encontrar un trasportista que acepte animales,
y de todas formas su tripulación tiene
que llevar provisiones hasta cerca de donde yo
me dirijo. No le importará.
—¿Y
al gobierno tampoco? —preguntó Mel
intrigada mientras las tres se dirigían
al carguero.
—Cuando
empezó la guerra pensé que seguramente
habría problemas —asintió
Janice—. El primer viaje que hicimos fue
bastante movidito. Las tropas que habían
enviado antes que nosotros sufrieron muchas pérdidas,
pero en nuestro salimos ilesos. Ahora todos creen
que Argo les trae buena suerte, así que
no hay nada que temer. Ni uno solo de los soldados
que han volado con Argo ha muerto en la batalla.
—Eso sí
que es suerte —convino Mel.
—No. —Janice
encendió uno de sus puros—. La suerte
no existe, y tampoco las maldiciones.
Un grupo de soldados
se les acercaron corriendo y uno de ellos estrechó
a Janice en un brusco y fuerte abrazo.
—Me alegro
de verte, Jan.
—Greg,
esta es Melinda Pappas. Melinda, el sargento Greg
Ore, el único hombre vivo que puede llamarme
Jan y seguir conservando todos los dientes.
—Es un
placer, sargento —dijo Melinda estrechando
con calidez la mano del hombre.
—No, señorita.
El placer es todo mío. Es muy raro conocer
a una… amiga de Janice.
Con la sonrisa
congelada en el rostro, Janice golpeó con
el codo las costillas del gigantón. Cuando
él la miró alarmado, ella le sostuvo
la mirada.
—¿Qué?
—preguntó él a la defensiva—.
Pensaba que…
—Creo que
deberíamos embarcar —le cortó
Mel dirigiéndose a la rampa.
En el interior
del cavernoso avión, la tropa estaba ya
asentada y lista para despegar. Argo escaneó
el lugar rápidamente, lamiendo caras y
recibiendo afectuosas palmaditas en el lomo por
parte de los soldados. A poca distancia, entre
los grandes bultos, habían habilitado otra
zona para sentarse a gusto. El sargento Ore les
indicó aquella zona con un movimiento de
cabeza.
—Primera
clase —dijo el hombre.
—¿Por
qué vamos separadas de las tropas? —susurró
Mel a Janice.
El sargento rió
con ganas.
—Tienen
trabajo que hacer, señorita, y sin duda
usted y Janice serían un factor de distracción.
Melinda se sonrojó
ante el halago.
—Además,
aquí detrás se está más
tranquilo —añadió Janice—.
De acuerdo, Greg —añadió alargándole
sus llaves—. Puedes usar el camión.
Sólo asegúrate de que llegue de
una pieza a mi casa. Hay caramelos para Gabriel
en la guantera.
Tras estrechar
la mano de Mel una última vez, el hombre
dirigió a Mel un saludo militar y giró
con fuerza sobre sus talones, dejándolas
allí. Casi inmediatamente, pudieron oír
el rugido de un motor c46. Janice silbó
y Argo fue hasta ella trotando, tumbándose
tranquilamente a los pies de Mel.
—¿Cómo
es que no la vi en Macedonia? —gritó
Mel sobre el creciente rugido del avión.
—No estaba
allí. El hijo de Greg, Gabriel, estaba
enfermo. Adora a Argo, así que la dejé
con él mientras se recuperaba. Y funcionó.
En poco tiempo ya estaba sacándola de paseo.
—No le fue difícil advertir el pánico
en los ojos de Melinda a medida que el avión
se iba preparando para despegar—. No te
gustan los aviones, ¿verdad?
—Les tengo
pánico —confesó Mel estremeciéndose
de arriba abajo.
Janice se inclinó
hacia ella y tomó su mano con decisión.
—Venga,
estás siendo muy valiente.
—¡Oh,
Dios mío! —gimió Mel cuando
el avión empezó a ganar velocidad.
Se soltó de la mano de Janice y agarró
su brazo, enterrando la cabeza en el hombro de
la arqueóloga para evitar gritar.
—Tranquila
Mel, ya casi estamos en el aire —le susurró
Janice al oído, rodeándole los hombros
con el otro brazo.
Tan pronto como
el avión quedó estabilizado en el
aire, el nivel del ruido descendió drásticamente
y cesó el traqueteo. Estaban en camino.
Mel no se soltó de Janice enseguida, y
tampoco ella dio por terminado el reconfortante
abrazo. En un momento dado, Melinda Pappas recuperó
la compostura y, con las mejillas sonrosadas,
regresó a su asiento.
—Lo siento
—murmuró, deseando tener una falda
en ese momento que poder alisar.
—No pasa
nada, Mel, de verdad. Todo el mundo le tiene miedo
a algo. —Janice rebuscó en su bolsa
y sacó un par de mantas. Entregó
una a Mel y enrolló la otra en el suelo
del carguero—. Aún quedan unas horas
hasta la comida. Te sugiero que intentes dormir.
—Pero si
me acabo de despertar…
—De ahora
en adelante, Melinda Pappas, sigue mi consejo.
Duerme donde puedas y come cuanto puedas.
—¿Se
aplica lo mismo para ir al lavabo? —preguntó
con sarcasmo.
—De hecho
sí. No puedo garantizarte la próxima
comida o la próxima noche en que dormirás
en condiciones. La Dra. Leesto es peligrosa, y
también sus secuaces. Smythe era una nenaza
comparado con ella.
Janice se estiró
sobre su manta con Argo tumbado junto a ella,
con la cabeza apoyada en su abdomen.
Mel se desperezó
también, pero antes de que Janice se echara
el sombrero sobre los ojos, le disparó
una nueva pregunta.
—Parece
que conoces a esa Dra. Leesto muy bien.
Janice acarició
distraidamente el lomo de Argo y miró al
techo del carguero.
—Fuimos
juntas al colegio. Hasta se puede decir que éramos
amigas, hace mucho tiempo. Pero descubrió
que la vida era mucho más fácil
si se mantenía al margen de todo. Intentó
robarme mis descubrimientos y las cosas que aprendía
de ellos. Llevamos muchos años peleando
por las cosas de Xena.
—¿Cuándo
fue la última vez que la viste? —preguntó
Mel incorporándose sobre un brazo.
—Hace un
año —suspiró Janice, visiblemente
afectada—, cuando disparó a Argo.
—Mel miró alarmada al perro, que
seguía tumbado con docilidad y pereza sobre
su ama—. Perdió mucha sangre y casi
no lo superó, pero dos cirujanos de las
fuerzas aéreas le ofrecieron su tiempo
y ayudaron al veterinario. Al final pudo sobrevivir.
—Janice sonrió con dulzura al perro—.
Había descubierto algunos artefactos de
la época de Xena como Señor de la
Guerra.
—¿Y
la Dra. Leesto se los quedó? —preguntó
con cuidado Mel.
Janice asintió.
—Sí,
pero me las arreglé para sacar a Argo de
allí.
—¿Y
si intenta hacerle daño otra vez?
Janice estudió
el rostro de Mel un momento antes de contestar
y luego se llevó las manos al suyo.
—Yo la
mataré primero.
***
… Una armadura
puede ser muchas cosas. Es una coraza protectora,
pero puede convertirse en una jaula si no está
diseñada apropiadamente. Puede inspirar
miedo, terror o esperanza dependiento de quién
la lleve. A fin de cuentas, no son las ropas,
sino los actos quienes definen a una persona.
—Y dime,
¿quién diseñó tu armadura?
—me preguntó un día Gabrielle,
aparentemente por hablar de algo. Hacía
poco tiempo que viajábamos juntas, así
que supongo que la franqueza de la pregunta me
sorprendió un poco.
—Yo —le
respondí—. ¿Por qué?
Gabrielle siguió
caminando junto a Argo, lanzándome miradas
cada cierto tiempo. Nos encontrábamos en
un territorio que mi ejército había
conquistado unos cuantos años antes, así
que yo ya tenía los nervios de punta.
—Es que
te sienta muy bien. Quiero decir, que estás
increíble con ella.
Gabrielle siguió
adelante, como si no hubiese hecho más
que un comentario inocente sobre el tiempo. Por
aquel entonces yo aún no me había
dado cuante de que simplemente ella era así:
completamente sincera en todo.
—Ya veo.
¿Así que crees que soy increíble?
Cuando me volvió
a mirar noté un ligero rubor en sus mejillas.
Dioses, fue difícil mantener la serenidad
de mi rostro en aquella ocasión.
—Lo que
quiero decir —trató de explicarme
Gabrielle— es que… bueno, el negro
es definitivamente tu color. Tu pelo, por ejemplo,
la forma en que realza tus ojos, el cuero…
Todo junto forma una imagen impresionante. Luego
está el bronce del peto, que es muy parecido
al tono de tu piel. Es el sueño de cualquier
narrador. En realidad, el único punto de
color en ti son tus ojos. Todo muy dramático.
—¿Debo
dar por hecho entonces que has estado mucho tiempo
contemplándome? —le pregunté
sin rodeos.
—Yo em…
bueno… Los bardos tenemos que ser observadores.
Es una exigencia de la profesión. Por supuesto
que he tenido que mirarte.
—Mmmhmmm.
—¿Llevabas
el mismo atuendo cuando eras un Señor de
la Guerra o era diferente?
Detuve a Argo
y eché un vistazo a mi alrededor. Conocía
el terreno, sabía dónde estaba.
No muy lejos de una cueva que solía usar
en aquel tiempo al que ella se refería.
—Si tanto
te interesa, te lo puedo enseñar.
Íbamos
de camino hacia la próxima ciudad sin ninguna
prisa, y puede que me sintiera un poco indulgente.
Extendí mi mano y, tras un segundo de reticencia,
Gabrielle se unió a mí sobre el
lomo de Argo. Sonreí cuando sus brazo me
rodearon la cintura y sentí el peso de
su cabeza contra mi espalda. Cuando cabalgaba
conmigo, cuando era incapaz de ver mi cara, me
permitía una sonrisa de satisfacción
mientras sus brazos me ceñían con
fuerza al ponernos en marcha.
Era una distracción
muy placentera. Con Gabrielle contra mí,
charlando animadamente acerca de cualquier cosa
que veía, me fue más difícil
reconocer los alrededores y recordar la última
vez que estuve allí; cabalgando a la cabeza
de mi ejército, dejando la tierra carbonizada
y ensangrentada a mi paso. Encontré la
cueva sin problemas, ayudé a Gabrielle
a desmontar antes que yo, encendí una antorcha
y entré. Estaba tal y como la recordaba,
con algunas cosas tiradas por el suelo: espadas,
lanzas… todo echado a perder. Mis hombres
muertos habían sido tratados según
la costumbre, así que no había ningún
cuerpo. Me dirigí a un túnel secundario
y en él encontré el nicho en que
había escondido el baúl. Gabrielle
sostuvo la antorcha en alto mientras yo lo sacaba.
—¿Qué
es eso? —me preguntó, mirando al
desvencijado arcón.
—Unas cuantas
cosas que almacené aquí cuando vine
con mi ejército. Si no recuerdo mal, tenía
una armadura de repuesto aquí dentro.
—¿En
serio? —dijo con asombro acercándose
más cuando abrí la tapa. Sonreí
indulgentemente, acerqué la antorcha y
comprobé satisfecha que todo seguía
tal y como lo había dejado. Objetos de
mi pasado que ya no eran míos, pertenencias
de alguien que ya no era yo.
—Oh —suspiró
Gabrielle levantando con reverencia la forma alámbrica
de mi pectoral. Comparado con el que llevaba ahora,
resultaba terriblemente inefectivo.
Gabrielle me
miró con timidez, y yo ya conocía
esa mirada. Estaba dudando entre si debía
o no preguntarme algo.
—¿Qué?
—dije para facilitarle las cosas.
—¿Podrías
ponértela? —Yo no había esperado
aquello, y debí fruncir el ceño
porque ella se apartó ligeramente y miró
hacia otro lado—. Lo siento —farfulló—.
Si te trae malos recuerdos o algo así,
lo entiendo…
Eso me hizo sentir
mal porque supongo que la pregunta, viniendo de
ella, era lógica. Al fin y al cabo, yo
la había llevado hasta allí.
—No pasa
nada —le aseguré—. No son más
que ropas, ¿verdad?
Asintió
y se sentó en una roca, observándome.
Yo suspiré. Me había metido en ese
lío sola, y sola tenía que salir
de él. Le lancé miradas todo el
rato mientras me desnudaba. La atención
de Gabrielle permanecía férreamente
sobre mí. No creo que parpadeara siquiera
cuando me quité los bracaletes, desenganché
los cierres de la armadura y me deslicé
fuera de mi ropa de cuero. Sus ojos vagaron por
mi cuerpo, estudiando mis brazos, mis piernas,
mis manos. Me pregunté qué estaría
pensando ella. ¿Me miraba con infamia?
¿Con extrañeza? ¿O como una
mujer hambrienta de otra? Tenía que guardarme
mi imaginación para mí. Habría
sido tan fácil convertir este simple juego
en una seducción… pero yo no era
así. Al menos ya no.
Fue extraño
volver a ponerme la vieja armadura. La sentí
pesada, enorme, opresiva. Cuando me volví
hacia Gabrielle, ésta se sobresaltó.
—Es…
bueno, diferente —dijo por fin.
—Y tú
muy poco precisa —le respondí.
—No va
contigo, Xena —me explicó—.
Es oscura, y créeme que pensaba que tu
vestuario ya no podía oscurecerse más.
La capa y todo eso esconde la belleza de tu cuerpo,
su fuerza. Y esas hombreras… Supongo que
lo que quiero decir es que no necesitas llevar
nada para causar temor, algo enorme para ser fuerte
ni algo brillante —señaló
con la cabeza la cota de malla que yo tenía
entre las manos— para resultar increíblemente
hermosa. Es como si tu armadura actual dejara
que tu verdadero ser emergiera, mientras que esta…
lo entierra.
Supongo que fue
entonces cuando empecé a darme cuenta de
que sentía algo muy especial por Gabrielle…
Capítulo 3
Chicas de Campamento
Mel se despertó
sobresaltada y luego suspiró. Una turbulencia
la había arrancado de la tierra de Xena
y devuelto a su propia vida. Echó un vistazo
a Janice, quen respiraba apaciblemente con su
mano sobre la cabeza de Argo. Ignoraba qué
hora sería ni cuánto tiempo había
dormido. Oyó unos pasos aproximándose
y, al instante, Janice estaba incorporada con
el sombrero puesto y totalmente despierta.
—Hora de
comer, Doctora Covington —dijo un hombre
joven acercándose con cuidado.
—Gracias
—respondió Janice aceptando los bocadillos
y las botellas de gaseosa que el soldado le ofrecía.
Éste inclinó
la cabeza formulando con ello una pregunta silenciosa
y Janice sonrió.
—Claro,
adelante. Argo, da las gracias por el desayuno.
El hombre se
arrodilló y jugó con el perro unos
segundos.
—Hay un
tentempié extra para Argo —dijo tímidamente—.
Carne asada.
—¿Cuál
es tu nombre, soldado? —preguntó
Janice.
—Purdy
—le respondió el hombre.
—Entonces
gracias, soldado Purdy. Es muy amable de tu parte.
Él se
levantó y se sacudió las perneras
del pantalón antes de emprender el regreso
a su unidad.
—Gracias
a usted, Dortora Covington. Argo trae buena suerte,
puedo sentirlo.
Mel comió
en silencio unos minutos mientras Janice se encargaba
de dar a Argo su bocadillo.
—¿Por
qué no crees en la suerte? —le preguntó
finalmente.
—Soy una
científica, Melinda. En la ciencia no hay
lugar para la suerte.
—Papá
también lo era, Janice, pero llevó
una pata de conejo en su bolsillo hasta el día
en que murió.
—No creo
que el conejo le trajera demasiada suerte —respondió
Janice con una sonrisa.
—Pero fíjate
en Xena. —Mel decidió probar una
táctica diferente—. Tuvo una gran
suerte el día que Gabrielle entró
en su vida.
Janice se encogió
de hombros.
—Dio la
vuelta a una situación realmente mala,
tal y como yo lo veo. Y Gabrielle no "entró"
exactamente en su vida. Xena la rescató
y después ella se negó a dejarla
en paz.
Mel se cruzó
de brazos de forma desafiante.
—¿Insinúas
que Xena, la Destructora de Naciones, no podría
haberse librado de una insignificante bardo si
hubiera querido? Si en lugar de a ella hubiese
rescatado a Joxer, apostaría cualquier
cosa a que no le hubiera permitido seguirle.
—¿A
dónde quieres llegar? —preguntó
Janice mientras masticaba un gran bocado de su
sandwich.
—Simplemente
me intriga el por qué de que no muestres
ningún tipo de curiosidad hacia la autora
de los pergaminos de Xena. Comprender el papel
de Gabrielle en su vida añadiría
muchísimo sentido a quién era en
realidad. No se la puede definir únicamente
por sus hechos…
—Tal vez
no. Pero no sabemos con seguridad que de hecho
fuera Gabrielle la bardo que escribió los
pergaminos.
Janice se terminó
la mitad de su sandwich y guardó el resto
en su bolsa para más tarde.
—Yo sí
lo sé —respondió Mel rápidamente.
Janice no pareció
haber oído ese comentario. En lugar de
eso, desplegó un mapa bastante desgastado
en el suelo del carguero, justo frente a ellas.
—Aquí
es a donde vamos —dijo señalando
un punto en la línea de costa de la isla—.
Luego seguiremos a pie hasta esta caleta. —Señaló
otra zona, a unas cuantas millas de la base militar.
—¿Por
qué no pueden recogernos allí?
—Porque
los contrabandistas no son bienvenidos en las
bases militares —respondió Janice
en voz baja.
—¿Vamos
a viajar con piratas… ? —Janice cubrió
rápidamente la boca de Mel con la mano.
—No tan
alto, ¿de acuerdo? —Dejó libre
a Mel y añadió, señalando
con la cabeza a los otros pasajeros—. Ellos
no preguntan, y yo no digo nada.
Mel pareció
enmudecer.
—Tiene
amigos realmente interesantes, Doctora Covington.
—Yo no
les llamaría amigos exactamente. Trabajan
por encargo y yo me aseguro de que cobren lo suficiente
como para que quieran seguir manteniendo tratos
conmigo. Conozco al capitán desde hace
un par de años, pero el resto —Janice
se encogió de hombros— son una panda
de rufianes. Yo no les daría la espalda
si fuese tú.
Mel asintió
comprendiendo lo que quería decir.
—¿Y
cuándo nos reuniremos con ellos?
—Suponiendo
que hayan recibido mi mensaje, pasado mañana.
Ya será de noche al aterrizar, así
que cubriremos unas cuantas millas en la oscuridad
y acamparemos. Haremos el resto del camino mañana,
y con un poco de suerte estaremos con Aries por
la noche o a la mañana siguiente.
—¿De
verdad se llama Aries? —preguntó
Mel con incredulidad.
—No, ese
es su signo. Le encanta la astrología.
Tras pensar un
momento, Janice le preguntó a Mel qué
signo era ella.
—Bueno,
si es verdad que a tu amigo le gustan tanto esas
cosas, él mismo te lo dirá —jugueteó
Mel con sus brillantes ojos azul celeste—.
Además, la astrología no me parece
algo muy científico. De hecho me sorprende
que sepas el tuyo.
Janice le devolvió
la sonrisa.
—A esta
pobre Cáncer con ascendente Géminis
no le va demasiado ese rollo, pero estuve saliendo
con alguien a quien sí le gustaba. Me temo
que aprendí más de lo que quisiera
admitir.
Mel estaba intrigada.
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