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:: ¿HAY ALGÚN MÉDICO EN LA EXCAVACIÓN? ::
(IS THERE A DOCTOR ON THE DIG?)

Ni siquiera consideré preguntarle si aquello estaba bien, si era lo que quería. Habíamos compartido lo suficiente desde mi muerte como para saber exactamente lo que sentíamos y que así es como debía de ser, para ambas. Comencé a recorrer la parte superior de sus muslos con mis manos, deslizando ligeramente los dedos hacia su interior, mientras ella continuaba viajando sobre mi cuerpo. Gimió de placer y dirigió hacia mí sus verdes ojos, repletos de deseo.

Recorrí los contornos que la camisa dejaba adivinar sobre su cuerpo, embelesada por la textura de la tela sobre su piel, feliz por su respuesta. Lentamente, se dejó caer hasta mi anhelante boca y compartimos un beso que se fue haciendo más profundo a medida que el deseo crecía, consumiéndonos, convirtiéndonos en un infierno. Su lengua era como terciopelo, haciendo suyos los secretos de mi boca. No le oculté nada, no le negué nada, ¿cómo podría? Compartió completamente su cuerpo y su mente conmigo. Quería que me conociera tan íntimamente como yo a ella.

Deposité besos a todo lo largo de su garganta, deleitándome en el latir de su corazón, que conocía tan bien.

—Sí —susurró, dejándome sentir las vibraciones que surgieron de ella contra mis labios.

Era maravilloso. Abrazándola con fuerza, giré sobre mí misma. Soporté mi peso con los brazos y miré hacia abajo, a la que era fácilmente la cara más radiante que había visto nunca. Con los ojos resplandecientes, me sonrió y recorrió mi mejilla con uno de sus dedos.

Lentamente, me dejé caer hasta que mis labios quedaron a unos centímetros de los suyos. Sonriendo, ambas pronunciamos un "te quiero" a la vez. Compartimos también la risa, y después el deseo volvió a reclamarnos, haciendo desarrollarse las asunciones del amor sin necesidad de palabras. La realidad de hacer el amor con Gabrielle sobrepasó de lejos mis fantasías más salvajes. Para mí, ella era perfecta en todos los sentidos. Con deliberada lentitud, deslicé la camisa de dormir por su cabeza, sintiendo la tibieza de su piel contra la mía.

Gracias a sus fuertes manos, llevó mi cabeza hasta sus pechos y mi lengua vagó sobre su pezón, incluso aunque su cuerpo temblaba tanto como el mío. Descubrí una pequeña zona de su piel, tan blanca que parecía casi traslúcida.

—¿Qué es esto? —le pregunté.

—Donde cayó la ambrosía —me contestó entre profundas aspiraciones, obligándome a estrecharme contra ella de nuevo. Cuando besé aquella zona blanquecina el placer le hizo gritar y enterrar las yemas de sus dedos en mi espalda. Podía sentir su humedad crecer contra mi muslo mientras descansaba entre sus piernas. Con su excitación, hice descender mi cuerpo y ella se separó para dejar espacio a mis hombros. Sus manos viajaron suavemente por mi espalda hasta llegar a mi cabeza. Las apartó un segundo al contemplar cómo mis labios bajaban hacia su centro, clavó su cabeza en la almohada y un "siiiiiiiiiiii" nació de su garganta cuando comencé a lamerla. Estaba tan suave, caliente y húmeda que podía sentir cada uno de aquellos movimientos reverberar por todo mi cuerpo. La acaricié así, con cuidado, hasta que sentí su cadera lanzarse contra mi cara, llevándome aún más adentro y con más fuerza. Mi lengua tocó y consumió su hinchado clítoris, y entonces la oí gritar. La confianza y la conexión que sentí cuando perdió el control y se entregó a mí fueron absolutas.

Gabrielle y yo siempre estaríamos unidas y ambas lo sabíamos, y disfrutamos de esa certeza. Aquella noche liberó sentimientos en mí que no sabía que tenía. Supongo que eso es lo que había hecho hasta entonces. Primero me enseñó el verdadero significado de la amistad y después a comprender más profundamente el amor. No había nada que no hiciese por Gabrielle, nada que no hiciésemos la una por la otra. Y aquella noche, aquella noche perfecta con la luna brillando al otro lado de la ventana, hicimos todo lo que…

 


Capítulo 2

Miedo a Volar

—Vamos Mel, ¡despierta!

Una mano no tan cariñosa sacudió el hombro de Melinda Pappas.

—Qu… ¿Qué? —preguntó totalmente adormilada.

—La gran aventura, ¿recuerdas? Si quieres ayudarme a recuperar esos pergaminos, más vale que estés lista en una hora. —Janice estaba a punto de seguir haciendo la maleta cuando miró a Melinda de forma crítica—. ¿Te encuentras bien? Pareces desorientada.

Janice contempló la silueta tumbada de Mel vestida ya con un pantalón caqui y camiseta interior encima del sujetador. Mel miró el cuerpo musculoso y relajado y luego a las mantas que la cubrían, avergonzada.

—Estaba… soñando —respondió Melinda visiblemente sonrojada.

—Parecía un sueño de los buenos.

Janice sonrió y se puso a revolver sus cajones en busca de una camisa.

—Sí, em… bueno. ¿Entonces a dónde vamos?

Janice se deslizó en una camisa caqui y la metió por debajo de la cintura de sus pantalones. Luego sacó un revólver del cajón de los calcetines. Tras comprobar que estaba cargado, lo hizo girar con habilidad y lo devolvió a la funda.

—Al aeropuerto. Ayer por la noche llamé a Sal Monious, un amigo del museo. Nos ha conseguido billetes hasta más o menos la mitad de camino a la isla donde se esconde Cal. Estoy segura de que allí es a donde ha llevado los pergaminos. El resto del viaje lo haremos en barco.

Janice rebuscó en su armario y arrojó una bolsa pequeña sobre la cama, así como un paquete de aspecto poco usual. Luego llegó el turno del látigo y una caja extra de balas.

—Podrías esperar a que me levante, ¿no? —preguntó Mel, ligeramente irritada al ver que el contenido del armario comenzaba a llover sobre ella.

—Lo siento, encanto, pero no tenemos tiempo —respondió Mel sonriendo—. ¿Qué vas a ponerte tú?

—Bueno, tengo una falda lavanda preciosa y una blusa crema… —Las palabras murieron ante la evidente mirada de incredulidad que recibió de la arqueóloga—. ¿Debo interpretar que lo juzgas poco apropiado?

—Por supuesto que sí —replicó la suave voz de Janice—. Lo más probable es que nos pasemos huyendo la mayor parte del tiempo. Necesitarás algo un poco más… práctico. —Entonces una chispa apareció en sus ojos, una chispa en la que Mel reconoció sin género de dudas la herencia de su antepasada Gabrielle. Regresó al armario y prosiguió—. Tengo justo lo que necesitas.

—No sé, Janice. Me siento un poco ridícula. No me favorece.

Mel se miró reticentemente en el espejo de cuerpo entero que la arqueóloga tenía detrás de la puerta del dormitorio. Llevaba puestas las botas de Harry Covington, pantalones caqui, una de las camisas de Janice con su propia camiseta interior debajo, la chaqueta de Harry y el pelo recogido en una cola de caballo como la de Janice de forma que, al contemplar su reflejo, Mel se sentía definitivamente rara.

—Estás muy bien, Mel. La camisa te queda un poco grande, pero créeme que donde vamos nadie va a prestar la menor atención a tu ropa. Me alegro de que tengas la misma talla que papá. Además, acuérdate de cómo terminó tu traje la última vez.

—Cierto —convino Mel recordando que Xena le había echado a perder una falda de treinta y siete dólares—. Pero no tengo intención de que Xena me posea de nuevo.

—Eso nunca se sabe —dijo Janice sonriendo.

—Vale, tú ganas. ¿Y ahora qué?

Janice silbó con fuerza y Argo subió a la cama de un salto. Luego le pasó el paquete misterioso por al cabeza y aseguró las hebillas. El animal llevaba ahora sobre su lomo dos pequeñas bolsas que Janice llenó de municiones y algunas otras cosas.

—Si necesitas algo de valor, Argo lo llevará. Ella es lo único que puedo garantizar que regresará de una pieza. Además, llevaré todo lo que necesites en mi mochila. De otra forma, prepárate para perderlo. Voy a por mi cuaderno.

Cuando Janice salió del cuarto, Mel se apresuró a abrir su pequeño bolso. Antes de tener tiempo a cambiar de idea, sacó un morral de terciopelo y una funda de pergamino y colocó los dos objetos al fondo de una de las alforjas de Argo.

—Es un secreto, Argo —susurró—. No dejes que Janice lo vea. Todavía no.

Janice regresó y entregó a Mel unas cuantas cosas más para que las pusiera en las bolsas. Luego metió el cuaderno y munición en la suya. Sacó una mochila del armario y guardó en ella algunas mantas, latas de comida y recipientes con agua. Por último, metió en una de las bolsas del animal una cantimplora de sobra y otra en su cartera. Llevó un buen rato de discusión, pero al final Janice aceptó llevar el maquillaje de Mel y unas pocas cosas más.

—Supongo que estamos listas —dijo Janice echando un último vistazo a las bolsas de Argo para asegurarse de que el peso estuviese bien distribuido.

—No del todo —dijo Mel saliendo del cuarto. Regresó casi al momento con la chaqueta que Janice se había quitado la noche anterior—. Te olvidas esto. Da mala suerte salir de casa dejando ropa sin recoger.

Arrojó la prenda a su amiga tras sacar y echar una mirada a algo que sobresalía del bolsillo.

—¿Quién es Flora Gates? —preguntó Mel al tiempo que Janice colgaba la chaqueta junto con la falda a juego.

—Dame eso —ordenó Janice de forma acalorada, alcanzando el trozo de papel que Mel tenía en la mano.

Una vez fuera, Mel continuó.

—¿Y bien?

—Es una estudiante que quiere ir a una de mis excavaciones, ¿contenta? —murmuró Janice mientras colocaba su equipaje en la parte de atrás del camión.

—Tiene gracia —comentó Mel mientras Janice le sujetaba la puerta del asiento del copiloto—. Nunca antes había visto la "o" de Flora escrita en forma de corazón.

—Eso no es asunto tuyo —zanjó Janice mientras las encaminaba a una base cercana del Ejército del Aire.

—No seas tonta —dijo Mel sonriendo y tocando cariñosamente el muslo de Janice —lo cual no pasó inadvertido a la arqueóloga)—, una pequeña e inofensiva charla entre chicas no te matará.

—No me gustan las charlas de chicas.

—Por eso deberías practicar. ¿Qué estamos haciendo aquí? —preguntó Mel cuando sintió que empezaban a decelerar conforme se acercaban a la verja de seguridad. Un centinela bastante atractivo se inclinó junto a la ventanilla y las miró sonriendo ampliamente.

—Me alegra ver que también es capaz de tener amigos sin pulgas, Dra. Covington. El sargento Ore le está esperando.

—Gracias, soldado Maleus.

Janice saludó con la cabeza al pasar la verja.

—¿Dónde empezaste a tratar con el ejército? —preguntó Mel al aproximarse a un enorme avión de carga que permanecía inmóvil sobre el asfalto.

—Poker de viernes por la noche —explicó Janice—. Me reúno con unos tipos cuando estoy en la ciudad. No es que apostemos dinero. Se trata más bien de favores.

—¡Oh Dios! —exclamó Mel, visiblemente escandalizada.

—No ese tipo de favores —afirmó Janice con una sonrisa—. Greg es el mecánimo jefe y se encarga de arreglarme al camión, o yo ayudo a sus hijos con los deberes. Ese tipo de cosas. En cualquier caso, nos llevamos muy bien desde hace tres años. Yo necesitaba volar hasta una excavación. No es fácil encontrar un trasportista que acepte animales, y de todas formas su tripulación tiene que llevar provisiones hasta cerca de donde yo me dirijo. No le importará.

—¿Y al gobierno tampoco? —preguntó Mel intrigada mientras las tres se dirigían al carguero.

—Cuando empezó la guerra pensé que seguramente habría problemas —asintió Janice—. El primer viaje que hicimos fue bastante movidito. Las tropas que habían enviado antes que nosotros sufrieron muchas pérdidas, pero en nuestro salimos ilesos. Ahora todos creen que Argo les trae buena suerte, así que no hay nada que temer. Ni uno solo de los soldados que han volado con Argo ha muerto en la batalla.

—Eso sí que es suerte —convino Mel.

—No. —Janice encendió uno de sus puros—. La suerte no existe, y tampoco las maldiciones.

Un grupo de soldados se les acercaron corriendo y uno de ellos estrechó a Janice en un brusco y fuerte abrazo.

—Me alegro de verte, Jan.

—Greg, esta es Melinda Pappas. Melinda, el sargento Greg Ore, el único hombre vivo que puede llamarme Jan y seguir conservando todos los dientes.

—Es un placer, sargento —dijo Melinda estrechando con calidez la mano del hombre.

—No, señorita. El placer es todo mío. Es muy raro conocer a una… amiga de Janice.

Con la sonrisa congelada en el rostro, Janice golpeó con el codo las costillas del gigantón. Cuando él la miró alarmado, ella le sostuvo la mirada.

—¿Qué? —preguntó él a la defensiva—. Pensaba que…

—Creo que deberíamos embarcar —le cortó Mel dirigiéndose a la rampa.

En el interior del cavernoso avión, la tropa estaba ya asentada y lista para despegar. Argo escaneó el lugar rápidamente, lamiendo caras y recibiendo afectuosas palmaditas en el lomo por parte de los soldados. A poca distancia, entre los grandes bultos, habían habilitado otra zona para sentarse a gusto. El sargento Ore les indicó aquella zona con un movimiento de cabeza.

—Primera clase —dijo el hombre.

—¿Por qué vamos separadas de las tropas? —susurró Mel a Janice.

El sargento rió con ganas.

—Tienen trabajo que hacer, señorita, y sin duda usted y Janice serían un factor de distracción.

Melinda se sonrojó ante el halago.

—Además, aquí detrás se está más tranquilo —añadió Janice—. De acuerdo, Greg —añadió alargándole sus llaves—. Puedes usar el camión. Sólo asegúrate de que llegue de una pieza a mi casa. Hay caramelos para Gabriel en la guantera.

Tras estrechar la mano de Mel una última vez, el hombre dirigió a Mel un saludo militar y giró con fuerza sobre sus talones, dejándolas allí. Casi inmediatamente, pudieron oír el rugido de un motor c46. Janice silbó y Argo fue hasta ella trotando, tumbándose tranquilamente a los pies de Mel.

—¿Cómo es que no la vi en Macedonia? —gritó Mel sobre el creciente rugido del avión.

—No estaba allí. El hijo de Greg, Gabriel, estaba enfermo. Adora a Argo, así que la dejé con él mientras se recuperaba. Y funcionó. En poco tiempo ya estaba sacándola de paseo. —No le fue difícil advertir el pánico en los ojos de Melinda a medida que el avión se iba preparando para despegar—. No te gustan los aviones, ¿verdad?

—Les tengo pánico —confesó Mel estremeciéndose de arriba abajo.

Janice se inclinó hacia ella y tomó su mano con decisión.

—Venga, estás siendo muy valiente.

—¡Oh, Dios mío! —gimió Mel cuando el avión empezó a ganar velocidad. Se soltó de la mano de Janice y agarró su brazo, enterrando la cabeza en el hombro de la arqueóloga para evitar gritar.

—Tranquila Mel, ya casi estamos en el aire —le susurró Janice al oído, rodeándole los hombros con el otro brazo.

Tan pronto como el avión quedó estabilizado en el aire, el nivel del ruido descendió drásticamente y cesó el traqueteo. Estaban en camino. Mel no se soltó de Janice enseguida, y tampoco ella dio por terminado el reconfortante abrazo. En un momento dado, Melinda Pappas recuperó la compostura y, con las mejillas sonrosadas, regresó a su asiento.

—Lo siento —murmuró, deseando tener una falda en ese momento que poder alisar.

—No pasa nada, Mel, de verdad. Todo el mundo le tiene miedo a algo. —Janice rebuscó en su bolsa y sacó un par de mantas. Entregó una a Mel y enrolló la otra en el suelo del carguero—. Aún quedan unas horas hasta la comida. Te sugiero que intentes dormir.

—Pero si me acabo de despertar…

—De ahora en adelante, Melinda Pappas, sigue mi consejo. Duerme donde puedas y come cuanto puedas.

—¿Se aplica lo mismo para ir al lavabo? —preguntó con sarcasmo.

—De hecho sí. No puedo garantizarte la próxima comida o la próxima noche en que dormirás en condiciones. La Dra. Leesto es peligrosa, y también sus secuaces. Smythe era una nenaza comparado con ella.

Janice se estiró sobre su manta con Argo tumbado junto a ella, con la cabeza apoyada en su abdomen.

Mel se desperezó también, pero antes de que Janice se echara el sombrero sobre los ojos, le disparó una nueva pregunta.

—Parece que conoces a esa Dra. Leesto muy bien.

Janice acarició distraidamente el lomo de Argo y miró al techo del carguero.

—Fuimos juntas al colegio. Hasta se puede decir que éramos amigas, hace mucho tiempo. Pero descubrió que la vida era mucho más fácil si se mantenía al margen de todo. Intentó robarme mis descubrimientos y las cosas que aprendía de ellos. Llevamos muchos años peleando por las cosas de Xena.

—¿Cuándo fue la última vez que la viste? —preguntó Mel incorporándose sobre un brazo.

—Hace un año —suspiró Janice, visiblemente afectada—, cuando disparó a Argo. —Mel miró alarmada al perro, que seguía tumbado con docilidad y pereza sobre su ama—. Perdió mucha sangre y casi no lo superó, pero dos cirujanos de las fuerzas aéreas le ofrecieron su tiempo y ayudaron al veterinario. Al final pudo sobrevivir. —Janice sonrió con dulzura al perro—. Había descubierto algunos artefactos de la época de Xena como Señor de la Guerra.

—¿Y la Dra. Leesto se los quedó? —preguntó con cuidado Mel.

Janice asintió.

—Sí, pero me las arreglé para sacar a Argo de allí.

—¿Y si intenta hacerle daño otra vez?

Janice estudió el rostro de Mel un momento antes de contestar y luego se llevó las manos al suyo.

—Yo la mataré primero.

***

… Una armadura puede ser muchas cosas. Es una coraza protectora, pero puede convertirse en una jaula si no está diseñada apropiadamente. Puede inspirar miedo, terror o esperanza dependiento de quién la lleve. A fin de cuentas, no son las ropas, sino los actos quienes definen a una persona.

—Y dime, ¿quién diseñó tu armadura? —me preguntó un día Gabrielle, aparentemente por hablar de algo. Hacía poco tiempo que viajábamos juntas, así que supongo que la franqueza de la pregunta me sorprendió un poco.

—Yo —le respondí—. ¿Por qué?

Gabrielle siguió caminando junto a Argo, lanzándome miradas cada cierto tiempo. Nos encontrábamos en un territorio que mi ejército había conquistado unos cuantos años antes, así que yo ya tenía los nervios de punta.

—Es que te sienta muy bien. Quiero decir, que estás increíble con ella.

Gabrielle siguió adelante, como si no hubiese hecho más que un comentario inocente sobre el tiempo. Por aquel entonces yo aún no me había dado cuante de que simplemente ella era así: completamente sincera en todo.

—Ya veo. ¿Así que crees que soy increíble?

Cuando me volvió a mirar noté un ligero rubor en sus mejillas. Dioses, fue difícil mantener la serenidad de mi rostro en aquella ocasión.

—Lo que quiero decir —trató de explicarme Gabrielle— es que… bueno, el negro es definitivamente tu color. Tu pelo, por ejemplo, la forma en que realza tus ojos, el cuero… Todo junto forma una imagen impresionante. Luego está el bronce del peto, que es muy parecido al tono de tu piel. Es el sueño de cualquier narrador. En realidad, el único punto de color en ti son tus ojos. Todo muy dramático.

—¿Debo dar por hecho entonces que has estado mucho tiempo contemplándome? —le pregunté sin rodeos.

—Yo em… bueno… Los bardos tenemos que ser observadores. Es una exigencia de la profesión. Por supuesto que he tenido que mirarte.

—Mmmhmmm.

—¿Llevabas el mismo atuendo cuando eras un Señor de la Guerra o era diferente?

Detuve a Argo y eché un vistazo a mi alrededor. Conocía el terreno, sabía dónde estaba. No muy lejos de una cueva que solía usar en aquel tiempo al que ella se refería.

—Si tanto te interesa, te lo puedo enseñar.

Íbamos de camino hacia la próxima ciudad sin ninguna prisa, y puede que me sintiera un poco indulgente. Extendí mi mano y, tras un segundo de reticencia, Gabrielle se unió a mí sobre el lomo de Argo. Sonreí cuando sus brazo me rodearon la cintura y sentí el peso de su cabeza contra mi espalda. Cuando cabalgaba conmigo, cuando era incapaz de ver mi cara, me permitía una sonrisa de satisfacción mientras sus brazos me ceñían con fuerza al ponernos en marcha.

Era una distracción muy placentera. Con Gabrielle contra mí, charlando animadamente acerca de cualquier cosa que veía, me fue más difícil reconocer los alrededores y recordar la última vez que estuve allí; cabalgando a la cabeza de mi ejército, dejando la tierra carbonizada y ensangrentada a mi paso. Encontré la cueva sin problemas, ayudé a Gabrielle a desmontar antes que yo, encendí una antorcha y entré. Estaba tal y como la recordaba, con algunas cosas tiradas por el suelo: espadas, lanzas… todo echado a perder. Mis hombres muertos habían sido tratados según la costumbre, así que no había ningún cuerpo. Me dirigí a un túnel secundario y en él encontré el nicho en que había escondido el baúl. Gabrielle sostuvo la antorcha en alto mientras yo lo sacaba.

—¿Qué es eso? —me preguntó, mirando al desvencijado arcón.

—Unas cuantas cosas que almacené aquí cuando vine con mi ejército. Si no recuerdo mal, tenía una armadura de repuesto aquí dentro.

—¿En serio? —dijo con asombro acercándose más cuando abrí la tapa. Sonreí indulgentemente, acerqué la antorcha y comprobé satisfecha que todo seguía tal y como lo había dejado. Objetos de mi pasado que ya no eran míos, pertenencias de alguien que ya no era yo.

—Oh —suspiró Gabrielle levantando con reverencia la forma alámbrica de mi pectoral. Comparado con el que llevaba ahora, resultaba terriblemente inefectivo.

Gabrielle me miró con timidez, y yo ya conocía esa mirada. Estaba dudando entre si debía o no preguntarme algo.

—¿Qué? —dije para facilitarle las cosas.

—¿Podrías ponértela? —Yo no había esperado aquello, y debí fruncir el ceño porque ella se apartó ligeramente y miró hacia otro lado—. Lo siento —farfulló—. Si te trae malos recuerdos o algo así, lo entiendo…

Eso me hizo sentir mal porque supongo que la pregunta, viniendo de ella, era lógica. Al fin y al cabo, yo la había llevado hasta allí.

—No pasa nada —le aseguré—. No son más que ropas, ¿verdad?

Asintió y se sentó en una roca, observándome. Yo suspiré. Me había metido en ese lío sola, y sola tenía que salir de él. Le lancé miradas todo el rato mientras me desnudaba. La atención de Gabrielle permanecía férreamente sobre mí. No creo que parpadeara siquiera cuando me quité los bracaletes, desenganché los cierres de la armadura y me deslicé fuera de mi ropa de cuero. Sus ojos vagaron por mi cuerpo, estudiando mis brazos, mis piernas, mis manos. Me pregunté qué estaría pensando ella. ¿Me miraba con infamia? ¿Con extrañeza? ¿O como una mujer hambrienta de otra? Tenía que guardarme mi imaginación para mí. Habría sido tan fácil convertir este simple juego en una seducción… pero yo no era así. Al menos ya no.

Fue extraño volver a ponerme la vieja armadura. La sentí pesada, enorme, opresiva. Cuando me volví hacia Gabrielle, ésta se sobresaltó.

—Es… bueno, diferente —dijo por fin.

—Y tú muy poco precisa —le respondí.

—No va contigo, Xena —me explicó—. Es oscura, y créeme que pensaba que tu vestuario ya no podía oscurecerse más. La capa y todo eso esconde la belleza de tu cuerpo, su fuerza. Y esas hombreras… Supongo que lo que quiero decir es que no necesitas llevar nada para causar temor, algo enorme para ser fuerte ni algo brillante —señaló con la cabeza la cota de malla que yo tenía entre las manos— para resultar increíblemente hermosa. Es como si tu armadura actual dejara que tu verdadero ser emergiera, mientras que esta… lo entierra.

Supongo que fue entonces cuando empecé a darme cuenta de que sentía algo muy especial por Gabrielle…

 


Capítulo 3

Chicas de Campamento

Mel se despertó sobresaltada y luego suspiró. Una turbulencia la había arrancado de la tierra de Xena y devuelto a su propia vida. Echó un vistazo a Janice, quen respiraba apaciblemente con su mano sobre la cabeza de Argo. Ignoraba qué hora sería ni cuánto tiempo había dormido. Oyó unos pasos aproximándose y, al instante, Janice estaba incorporada con el sombrero puesto y totalmente despierta.

—Hora de comer, Doctora Covington —dijo un hombre joven acercándose con cuidado.

—Gracias —respondió Janice aceptando los bocadillos y las botellas de gaseosa que el soldado le ofrecía.

Éste inclinó la cabeza formulando con ello una pregunta silenciosa y Janice sonrió.

—Claro, adelante. Argo, da las gracias por el desayuno.

El hombre se arrodilló y jugó con el perro unos segundos.

—Hay un tentempié extra para Argo —dijo tímidamente—. Carne asada.

—¿Cuál es tu nombre, soldado? —preguntó Janice.

—Purdy —le respondió el hombre.

—Entonces gracias, soldado Purdy. Es muy amable de tu parte.

Él se levantó y se sacudió las perneras del pantalón antes de emprender el regreso a su unidad.

—Gracias a usted, Dortora Covington. Argo trae buena suerte, puedo sentirlo.

Mel comió en silencio unos minutos mientras Janice se encargaba de dar a Argo su bocadillo.

—¿Por qué no crees en la suerte? —le preguntó finalmente.

—Soy una científica, Melinda. En la ciencia no hay lugar para la suerte.

—Papá también lo era, Janice, pero llevó una pata de conejo en su bolsillo hasta el día en que murió.

—No creo que el conejo le trajera demasiada suerte —respondió Janice con una sonrisa.

—Pero fíjate en Xena. —Mel decidió probar una táctica diferente—. Tuvo una gran suerte el día que Gabrielle entró en su vida.

Janice se encogió de hombros.

—Dio la vuelta a una situación realmente mala, tal y como yo lo veo. Y Gabrielle no "entró" exactamente en su vida. Xena la rescató y después ella se negó a dejarla en paz.

Mel se cruzó de brazos de forma desafiante.

—¿Insinúas que Xena, la Destructora de Naciones, no podría haberse librado de una insignificante bardo si hubiera querido? Si en lugar de a ella hubiese rescatado a Joxer, apostaría cualquier cosa a que no le hubiera permitido seguirle.

—¿A dónde quieres llegar? —preguntó Janice mientras masticaba un gran bocado de su sandwich.

—Simplemente me intriga el por qué de que no muestres ningún tipo de curiosidad hacia la autora de los pergaminos de Xena. Comprender el papel de Gabrielle en su vida añadiría muchísimo sentido a quién era en realidad. No se la puede definir únicamente por sus hechos…

—Tal vez no. Pero no sabemos con seguridad que de hecho fuera Gabrielle la bardo que escribió los pergaminos.

Janice se terminó la mitad de su sandwich y guardó el resto en su bolsa para más tarde.

—Yo sí lo sé —respondió Mel rápidamente.

Janice no pareció haber oído ese comentario. En lugar de eso, desplegó un mapa bastante desgastado en el suelo del carguero, justo frente a ellas.

—Aquí es a donde vamos —dijo señalando un punto en la línea de costa de la isla—. Luego seguiremos a pie hasta esta caleta. —Señaló otra zona, a unas cuantas millas de la base militar.

—¿Por qué no pueden recogernos allí?

—Porque los contrabandistas no son bienvenidos en las bases militares —respondió Janice en voz baja.

—¿Vamos a viajar con piratas… ? —Janice cubrió rápidamente la boca de Mel con la mano.

—No tan alto, ¿de acuerdo? —Dejó libre a Mel y añadió, señalando con la cabeza a los otros pasajeros—. Ellos no preguntan, y yo no digo nada.

Mel pareció enmudecer.

—Tiene amigos realmente interesantes, Doctora Covington.

—Yo no les llamaría amigos exactamente. Trabajan por encargo y yo me aseguro de que cobren lo suficiente como para que quieran seguir manteniendo tratos conmigo. Conozco al capitán desde hace un par de años, pero el resto —Janice se encogió de hombros— son una panda de rufianes. Yo no les daría la espalda si fuese tú.

Mel asintió comprendiendo lo que quería decir.

—¿Y cuándo nos reuniremos con ellos?

—Suponiendo que hayan recibido mi mensaje, pasado mañana. Ya será de noche al aterrizar, así que cubriremos unas cuantas millas en la oscuridad y acamparemos. Haremos el resto del camino mañana, y con un poco de suerte estaremos con Aries por la noche o a la mañana siguiente.

—¿De verdad se llama Aries? —preguntó Mel con incredulidad.

—No, ese es su signo. Le encanta la astrología.

Tras pensar un momento, Janice le preguntó a Mel qué signo era ella.

—Bueno, si es verdad que a tu amigo le gustan tanto esas cosas, él mismo te lo dirá —jugueteó Mel con sus brillantes ojos azul celeste—. Además, la astrología no me parece algo muy científico. De hecho me sorprende que sepas el tuyo.

Janice le devolvió la sonrisa.

—A esta pobre Cáncer con ascendente Géminis no le va demasiado ese rollo, pero estuve saliendo con alguien a quien sí le gustaba. Me temo que aprendí más de lo que quisiera admitir.

Mel estaba intrigada.

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