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Uber » ¿Hay algún médico en la excavación? » 03
:: ¿HAY
ALGÚN MÉDICO EN LA EXCAVACIÓN?
::
(IS THERE A DOCTOR ON THE DIG?)
—¿Cómo
se llamaba el tipo? —preguntó.
Unos ojos verdes
relampaguearon bajo el ala del sombrero de la
arqueóloga.
—Jane Celesta.
Janice sonrió
para sí. Mel se encontraba claramente sorprendida
por su confesión, pero luchó con
eficacia para no dejar ver su estupor. El ligero
movimiento de sus ojos y la dilatación
de sus pupilas, situadas entre un mar de brillante
color azul, fueron los únicos signos visibles.
—¿Y
qué signo era Celesta? —preguntó
Mel manteniendo la calma.
—Leo —respondió
Janice—, el signo más amigable del
zodíaco.
Mel se encontraba
ya a esas alturas un poco introspectiva.
—¿Y
esa Jane era amigable?
Janice se encogió
de hombros.
—Durante
un tiempo, pero creo que su ascendente Acuario
complicó un poco las cosas. Eso o el hecho
de que la engañé con una de mis
colegas.
—Ya entiendo.
—¿Estás
segura, Mel? —preguntó Janice casi
con timidez.
Ahora fue el
turno de Mel para sonreír, esperando mostrar
con ello una seguridad que no sentía del
todo.
—Por supuesto.
Leo no es tu signo más afín.
Janice le devolvió
la sonrisa, aunque poco convencida.
—¿No
lo encuentras algo… —dudó buscando
la palabra adecuada—… poco convencional?
Mel se inclinó
hacia delante y tomó la mano de la arqueóloga
con calidez.
—Es verdad
que no te conozco muy bien Janice, pero no me
pareces poco convencional. Hostil, obstinada e
insegura tal vez. Y dado que encuentro extraordinario
que encontraras a alguien que hiciera aflorar
tu lado romántico… Siento que aquello
no saliera bien.
Janice estaba
aturdida. Alabada, insultada y tranquilizada al
mismo tiempo. Melinda Pappas se estaba convirtiendo
rápidamente en algo demasiado bueno para
ser verdad.
—Mel —dijo
sonriendo con calidez—, eres un bicho raro,
te lo aseguro…
—Vaya,
gracias —respondió Mel con cierto
remilgo.
—Pero no
te equivoques. No tengo ningún problema
en encontrar compañía de tipo romántico.
Un destello de
orgullo crepitó en los ojos de la arqueóloga.
—¿Y
eso por qué? —preguntó Mel
con fingida indiferencia.
—Porque
sé cómo hacer disfrutar a una mujer.
Mel no podría
haber evitado el rubor que le subió inmediatamente
a las mejillas ni aunque lo hubiera intentado.
No estaba segura de si Janice estaba fanfarroneando
o haciéndole una invitación. Y lo
más importante es que dudaba en cuál
de esas dos opciones quería que fuese cierta.
Podía sentir cómo la línea
que la separaba de su antepasada se diluía
cada vez más y más, y le resultaba
difícil mantener separados los sentimientos
de Xena de los suyos propios. Sin saber muy bien
por qué, sospechaba que en un momento dado
el poder de los sueños de la guerrera menguaría
y que sería capaz de ponerlos bajo la perspectiva
de su propia vida. Tal vez debido a que la alternativa,
que su propia personalidad quedase consumida por
la de una guerrera muerta desde hace siglos, la
asustaba demasiado como para aceptarlo.
En un momento
dado Janice dejó a un lado sus mapas y
volvió a reclinarse para dormir. Mel sin
embargo decidió no imitarla. Lo último
que necesitaba por el momento era otra visita
de Xena. Tomó el cuaderno que yacía
justo a un lado de la arqueóloga y leyó
por encima las atestadas páginas. La mayoría
de los pasajes eran sobre Xena. Notas escritas
por la cuidadosa mano de la doctora acerca de
sus descubrimientos, teorías y especulaciones
sobre la vida de la princesa guerrera. Había
también algunos bocetos, principalmente
de excavaciones y su ubicación, pero otros
eran dibujos de cómo Janice suponía
que era aquella mujer. Sonrió al ver las
notas acerca de los recientes acontecimientos
de Macedonia. Encontró una breve descripción
de sí misma y las primeras impresiones
de Janice, y no pudo por menos que fruncir el
entrecejo al leer las palabras "mimada belleza
sureña" en uno de los márgenes.
"Eso ya
lo veremos", pensó para sí
Mel. Luego volvió la página y su
aliento quedó paralizado al ver allí
un dibujo suyo. O tal vez de Xena con su cara.
El pelo suelto, los ojos brillantes y confiados,
nunca podría haber pasado por un dibujo
de ella. Aquella gracia apacible era algo con
lo que Melinda Pappas solamente soñaba,
cuando recuperaba el control de sus sueños.
Mel encontró
el aterrizaje del C46 aún más traumático
que el despegue. Argo se reclinó contra
ella, ofreciéndole tanto apoyo como era
capaz, y Janice se mostró sorprendentemente
comprensiva con ella. Esperó con paciencia
junto a la compuerta hasta que Mel se recuperó
lo suficiente como para que iniciaran la marcha.
Tras un corto trayecto se encontraban a la salida
de la base, avanzando por una de las estrechas
sendas de aquella isla poco poblada.
—No puedo
comprender por qué no usamos linternas
o antorchas o algo así. Nos estamos metiendo
a ciegas en un bosque terriblemente oscuro —se
quejó Mel al comprobar que efectivamente
Janice se dirigía directamente hacia la
maleza.
—Hay luna
llena, Mel, y muchísima luz. Además
—añadió acomodándose
su pesada mochila—, las linternas hacen
desaparecer todo aquello que queda fuera de su
alcance. No creo que la isla sea tan segura. Tú
sígueme —le urgió—,
y estarás a salvo.
Con un suspiro,
Mel dirigió la mirada hacia la senda que
ya seguían la doctora y su perro. Al cabo
de un rato, sus ojos se acostumbraron a la luz
de la luna que iluminaba todo a su paso. Las plantas
tropicales estaban bañadas de una luz azul
pálida. Janice seguía silenciosamente
a Argo, con el machete en la mano y cortando con
él de vez en cuando la vegetación
que se interponía en su camino. Pronto
llegaron al borde de un acantilado que servía
de pantalla al océano color añil.
Mientras superaban con cuidado los zigzags del
camino que bajaba hasta la playa, Janice iba ofreciendo
a Mel su mano para ayudarla en los tramos más
complicados. Argo parecía ajena a cualquier
peligro, ya que avanzaba unos veinticinco pies
por delante de su dueña, deteniéndose
sólo de vez en cuando para que ésta
pudiera alcanzarla. Una vez en la playa, se dirigieron
rápidamente a una zona segura de los acantilados,
protegida por las rocas en tres de sus cuatro
flancos.
—Parece
un mundo totalmente distinto —dijo Mel en
voz baja mientras Janice revolvía en su
mochila.
—Lo es
—le respondió ésta, preparándolo
todo para poder acampar—. Estamos a salvo
de la marea, tenemos leña en abundancia
por los alrededores y podemos arriesgarnos a encender
un pequeño fuego.
—¿Y
los animales? —preguntó Mel en cuanto
se planteó la idea de ir a buscar la leña.
Janice sonrió,
leyéndole el pensamiento.
—Llévate
a Argo. Seguramente no habrá muchos bichos
en la isla que sean más grandes que ella,
y no dejará que ninguno de ellos te ataque.
Con un poco de suerte, hasta puede que volváis
con algo que nos sirva de cena.
Mel asintió,
aunque no demasiado convencida, y se dirigió
hacia los árboles. Janice la siguió
con la mirada y sintió que sus ojos bajaban
casi involuntariamente por la suntuosa silueta
de la mujer de oscuro cabello.
—Ya basta,
Janice —se espetó a sí misma
justo en el momento en que su imaginación
comenzaba a volar.
Para cuando Mel
regresó con los brazos repletos de leña,
Janice había construido un pequeño
círculo de piedras y desplegado sus mantas,
una a cada lado de éste. Al poco rato,
una pequeña fogata arrojaba luz a su alrededor,
dotando al campamento de un tenue brillo dorado.
—¿Qué?
¿Y los conejos? —le preguntó
Janice a Argo cuando el enorme animal se acurrucó
en la arena que quedaba entre las dos camas—.
¡Perezosa!
—¿De
verdad caza para ti? —preguntó Mel,
sospechando que la arqueóloga sólo
le estaba tomando el pelo.
—A veces
—respondió Janice, rebuscando en
su mochila y sacando una pequeña lata de
comida—. ¿Te gustan las sardinas?
—le preguntó abriendo la tapa y mostrando
los pequeños peces que contenía.
La mueca en la cara de Mel fue toda la información
que necesitó. Lanzó un sispiro,
sacó la otra mitad del sandwich que le
quedaba en la cartera y se lo arrrojó—.
También tengo galletas y carne picada en
lata, si lo prefieres.
Sacó otra
lata, la abrió y la puso frente a Argo.
Tras comerse
con rapidez la escasa comida que le sirvió
de cena, Janice se levantó e indicó
con un gesto a sus dos compañeras que se
tranquilizaran.
—Sólo
voy a echar un vistazo. Quedaos aquí.
Mel se comió
su sandwich en silencio, tratando de juntar todas
las piezas de que se componía Janice Covington
y formar con ellas una imagen coherente. Pero
sin mucha suerte.
Veinte minutos
más tarde, Janice volvió a emerger
sin ningún ruido por el límite de
la luz del fuego. Llevaba una piña madura
en su mano y lucía una expresión
enormemente satisfecha.
—Me encanta
la piña —dijo Mel, sonriendo ampliamente
ante aquella sorpresa.
Minutos más
tarde, ambas mujeres saboreaban con deleite el
jugo de la fruta. Luego fueron rápidamente
al rompeolas para lavarse y librarse de la pegajosa
sensación que cubría sus brazos
y sus caras. Mel se levantó, estirando
la espalda y miró al horizonte. La luna
llena brillaba con fuerza, iluminando el océano
con suaves destellos. El cielo estaba despejado
y las estrellas lo llenaban de un lado a otro.
En pocas palabras, aquella era una de las vistas
más maravillosas que Melinda Pappas había
contemplado en su vida.
—Entonces,
Janice Covington, ¿así es la vida
para ti? ¿Saltar de una aventura a otra,
viviendo en un mundo de belleza surrealista?
Janice siguió
la mirada de Mel hacia el océano.
—Algunas
veces —respondió pensativamente—.
Pero he pasado noches en esta isla, con lluvia
cayendo a raudales y lodo y arena mojada por todas
partes. Noches interminables sin fuego, sin comida
y sin saber si volvería a casa alguna vez.
—Y aun
así continúas… —Mel
sonrió a su amiga de vuelta al campamento.
—Como decía
mi padre, los Covington somos demasiados estúpidos
como para abandonar. Un indicio o una pista y
la fiebre del descubrimiento hace que todas las
noches húmedas y frías valgan la
pena.
Al llegar, Janice
y Mel se sentaron juntas en la manta de ésta
mientras la arqueóloga alimentaba el fuego
con unos cuantos pedazos de madera más.
Disfrutando de los sonidos del bosque, así
como de su mutua compañía, Mel comenzó
a sentirse como si estuviera en otro mundo.
—Así
que la miseria vale la pena —dijo Mel finalmente—.
Pero, ¿y la soledad? Ninguna Flora Gates
o Jane Celesta que compartan esa miseria contigo.
Janice ladeó
la cabeza con curiosidad ante esa pregunta.
—Mientras
trabajo no me importa —contestó honestamente—.
O bueno, no demasiado a menudo —prosiguió
sonriendo—. Me gusta pensar que he heredado
la afición de mi padre por las mujeres.
Pero por desgracia también su habilidad
de no ser capaz de mantener a una cerca demasiado
tiempo. A pesar de eso, amó a mi madre
de verdad —añadió en voz baja.
Después, preguntó con más
ánimo—. ¿Y qué hay
de ti, Mel? ¿Debo suponer que no estás
casada?
Mel miró
al fuego y negó con la cabeza.
—Oh, no.
Ni mucho menos. Papá solía contarme
una historia cuando era pequeña. Decía
que hace mucho tiempo las personas tenían
cuatro piernas y dos cabezas, y los dioses lanzaron
rayos y los separaron, de forma que cada uno tuviera
sólo dos piernas y una cabeza. Solía
decirme que buscara la otra mitad de mi alma,
que no me conformase con menos. Y la verdad es
que nunca lo he hecho. Siempre me gustó
esa historia porque por lo visto su abuela se
la contó a él. Al parecer, en algún
lugar hay alguien con dos piernas y una cabeza:
la otra mitad de mi alma.
Janice sonrió
mientras seguía mirando la hoguera, con
sus propios pensamientos a años y años
de distancia.
—Tu padre
también me la contó a mí.
—Sacudió la cabeza riendo—.
Estaba hundida, Diana me acababa de romper el
corazón. Dios, ¡qué joven
era entonces! El caso es que tu padre estaba de
visita en el campus y había aceptado echar
un vistazo a mis estudios a la hora de comer.
Debía tener un aspecto horrible, porque
él supo al instante que algo no iba bien.
Un tipo poco corriente, tu padre. Me dijo que
"ella" no valía la pena y después
me contó ese cuento. Ni siquiera le insinué
que la causa de aquello era una mujer. Siempre
me gustó, y siempre le respeté.
Mel sonrió
ante el recuerdo de su padre, halagada de que
hubiese conectado tan bien con su nueva amiga.
—¿Siempre
te has sentido atraída por mujeres? —preguntó
en voz baja contemplando el matiz anaranjado del
pelo de Janice a la luz de la hoguera.
Janice jugueteó
con las ramas más cercanas y Mel pensó
que tal vez no debía haber dicho aquello,
pero una respuesta interrumpió sus pensamientos.
—No lo
sé. Supongo que sí. Quiero decir
que en realidad nunca me lo había planteado.
Mi padre intentó hacerlo lo mejor posible,
pero tengo entendido que viajar de una excavación
a otra es un modo poco usual de criar a una niña.
Me enseñó a manejar el revólver
a los diez años, y para entonces empecé
también con el látigo. Crecí
como una excavadora, pasando objetos de contrabando
de un país a otro… Supongo que siempre
me consideré como uno más de los
muchachos. Fue terrible para mí tener que
adaptarme al colegio, a la rutina, a la seguridad.
Todo me era muy extraño. No tenía
ningún interés en salir con los
chicos de allí porque me parecían…
no sé… poco interesantes. Diana estaba
en mi clase de antropología y bueno…
—Se ruborizó ligeramente.
—¿La
vida se volvió interesante? —sugirió
Mel.
—Y que
lo digas —convino Janice girándose
hacia la mujer con una sonrisa tímida en
los labios. No estaba preparada para el brillo
que encontró en sus ojos azules, mirándola
con calidez. La expresión de la cara de
Mel era indescifrable. Había una fuerza
y un anhelo en su rostro que Janice nunca jamás
habría asociado con Melinda Pappas. Al
sentir que el rubor volvía a subir a sus
mejillas y que su pulso se aceleraba, echó
un vistazo en derredor, más que nada para
no tener que volver a mirar a su compañera.
—Bueno,
em… Se está haciendo tarde, Mel.
¿Por qué no duermes un poco? Tendremos
que cubrir otras ocho millas mañana por
la mañana.
Confusa por el
repentino cambio de humor de Janice, Mel se sintió
tremendamente culpable por haberse metido en la
vida personal de la arqueóloga.
—Janice
—dijo Mel colocando una de sus manos en
el brazo de Janice cuando ésta intentó
levantarse de la manta —. Si he dicho algo
que te haya molestado, lo siento de verdad.
—No pasa
nada, Mel —contestó Janice obligándose
a mostrar una sonrisa apacible—. Es cierto
que necesitamos dormir.
Mel la soltó,
pero siguió mirando a su impertinente compañera
mientras ésta se tumbaba en su propia manta
y se preparaba para dormir.
—No te
creo, ¿sabes? —dijo Mel cuando Janice
se tapó la cara con el sombrero.
—Eso es
cosa tuya —contestó Janice, quedándose
dormida segundos después.
… Supongo
que fue tremendamente adecuado que las lluvias
empezaran unos cuantos días después
de la muerte de Pérdicas. No recuerdo que
Gabrielle y yo nos hubiésemos sentido alguna
vez más mierables que entonces. Yo aún
estaba lidiando con las implicaciones de su matrimonio,
y Gabrielle estaba de luto. Supongo que yo también,
sólo que llevaba así mucho más
tiempo que ella. La oscuridad me había
envuelto como una mortaja desde el momento en
que le vi declarándosele. Las idas y venidas
de los días siguientes fueron tan agotadoras
como cualquier batalla en la que hubiese luchado.
Me sentía esperanzada por que dijese que
no, y culpable por desear con todas mis fuerzas
que lo hiciera. Le di mi apoyo intentando mantenerme
neutral. No quería que se quedara sólo
por mí. Y la alegría que sentí
cuando me dijo que su respuesta era no…
Casi le confesé mi amor entonces. Pero
al final aceptó. Aceptó justo en
mitad de una batalla, cuando aquel estúpido
dejó caer su espada, arriesgando con ello
la vida de ambos.
Estaba cansada.
No era la primera vez que Gabrielle me había
sorprendido tan de repente, haciéndome
preguntarme en cuestión de segundos si
la conocía realmente. Ya me había
abandonado dos veces antes, una para volver a
su casa, la otra para ir a Atenas. En cada ocasión
me dije a mí misma que eso era lo mejor.
Sabía que me estaba engañando, pero
era el único consuelo que podía
encontrar en un camino que de repente de volvía
demasiado vacío. Más tarde regresó,
y cada vez más fuerte; más entregada.
En cada una de esas ocasiones me sentí
más y más segura de la profundidad
de sus sentimientos hacia mí. En contra
de mi buen juicio, creció la esperanza
de que algún día sus sentimientos
serían tan fuertes como los míos.
Todo aquello quedó destruido por su boda.
Ella no volvería.
Al principio
le abandonó para seguirme, para estar conmigo,
y eso que entonces ni siquiera me conocía.
Él a su vez la abandonó de golpe
en Troya. Tal vez pensó que yo no la dejaría
sin luchar. Pero algo cambió, porque regresó
a ella como un patético miserable, recurriendo
a la generosa naturaleza de Gabrielle. A eso no
podía enfrentarme, así que me venció
sin pelear siquiera. Luego murió, y yo
maté a su asesina.
En cuanto la
lluvia empezó quiso salir de Poteidaia.
Pensé que estaría mejor quedándose
en la casa de su familia, sintiendo su apoyo,
pero en ninguna de las dos cosas acerté.
Quería alejarse del dolor, y como yo me
sentía tan hastiada como ella, sólo
pude sacarla de allí. Lo único que
puedo hacer es suponer lo que pasó por
su cabeza mientras caminábamos milla tras
milla, empapadas y en silencio. Aún se
debatía contra su rabia y su odio por Callisto,
ahora inútiles puesto que para entonces
yo ya había acabado con ella. Estoy segura
de que se sentía furiosa por haber tenido
a Pérdicas tan poco tiempo, y no dudo que
también le echaba de menos. Tal vez estuviera
furiosa conmigo, por haber sido capaz de salvarla
a ella, pero no a su amado. Si me culpaba por
su muerte nunca me lo dijo. Supongo que llegó
un momento en que estaba demasiado consumida con
mi propio dolor como para darle el consuelo y
el apoyo que quería. Tal vez eso también
la enfureció. Sólo sé que
aquella noche, cuando el frío y la humedad
nos llegó al corazón, ella estaba
lista para explotar.
Yo había
encontrado una pequeña cueva después
de caminar todo el día. Quería detenerme,
sin importar si ella quería o no. Había
espacio suficiente para Argo a la entrada, donde
quedaría a cubierto de la rabia de la tormenta.
También había espacio para un pequeño
fuego, y yo podía levantarme sin que mi
cabeza golpeara contra el techo, aunque por poco.
Me quité la espada de la espalda enseguida,
porque una vez dentro no tendría espacio
para desenfundar a mi modo habitual.
—No quiero
parar —dijo Gabrielle rotundamente desde
la entrada de la caverna.
Yo me encogí
de hombros.
—Argo y
yo estamos cansadas. Todas necesitamos descansar.
—¿La
Princesa Guerrera, cansada? —me espetó—.
Lo encuentro difícil de creer.
—A veces
pasa —repliqué sin esforzarme en
ocultar el agotamiento en mi voz—. Gabrielle,
podrías caminar mil millas más esta
noche y segurías sintiéndote igual
de mal. Por favor, ven aquí, sécate
y descansa un poco.
En silencio,
hizo lo que le había pedido.
Hacía
mucho frío allí. Afortunadamente,
las alforjas de Argo habían mantenido secas
nuestras camisolas. Me quité la armadura,
dejándola junto al fuego para que se secara
mientras Gabrielle me miraba sin decir nada, con
los ojos brillando como brasas encendidas. Coloqué
mi manta contra el ángulo suave de una
piedra y me senté. No había sitio
para que ambas durmiésemos tumbadas, pero
la roca me serviría.
—Deberías
cambiarte esas ropas mojadas, Gabrielle —le
sugerí cariñosamente.
—¡Puedo
cuidarme sola! —gritó con furia—.
¿Por qué intentas protegerme siempre?
En un segundo,
estaba de pie. El agotamiento no me permitió,
en aquel momento, aguantar sus impertinencias,
a pesar del dolor que sabía que sentía.
—No intento
protegerte, Gabrielle. Soy tu amiga y sólo
te digo que el sentirte mal no va a hacer que
tu pena sea más pura. No es ni más
ni menos que lo que tú me dirías
a mí si estuviese en tu situación.
Con eso se lanzó
contra mí, llorando. Sus puños cayeron
contra mi pecho y mis brazos mientras gritaba
una incoherencia tras otra. Me quedé quieta
y soporté aquello varios minutos, hasta
que se hizo demasiado. Pude sentir mi propia rabia
crecer; me estaba golpeando con fuerza. Agarré
sus brazos y la atraje contra mi cuerpo, abrazándola
mientras trataba de soltarse. Al fin cejó
en su empeño por golpearme y lloró,
rodeándome son sus brazos congelados. No
protestó cuando la guié hasta el
suelo de la cueva, junto al fuego. No dijo una
palabra cuando me coloqué contra el muro
de roca y la inmovilicé con mis piernas.
No se quejó cuando le quité sus
empapadas ropas y le puse una camisa seca. Luego
rodeé su cuerpo helado con la otra manta
y la acerqué a mí. Siguió
llorando y sollozando contra mi pecho mientras
la abrazaba. Finalmente, se calmó y me
tocó el brazo con su mano de forma apenas
perceptible.
—Gracias,
Xena —susurró contra mi piel.
Yo la apreté
contra mí para darle fuerzas.
—Estoy
aquí para ti, Gabrielle —dije respirando
sobre su cabello.
—Lo sé
—suspiró—. Y eso es parte de
mi problema. Nunca me has fallado, Xena. Y sé
que no se puede decir lo mismo de mí.
¿Qué
podía decir? Era la verdad. No sé
lo que estaba cruzando por su mente. Aquella noche
era tan distinta a la de hacía un par de
días… En lugar de yacer en una cama
llena de tibieza y pasión se veía
confinada en una fría cueva junto a un
señor de la guerra reformado. Me vi sorprendida
al sentir su mano moverse de mi brazo a mi cuello.
Miré hacia abajo, asombrada por el deseo
que encontré en los ojos con que me miraba
a su vez. Aquello me asoló.
Aquella era la
mirada que yo tanto había deseado ver,
y ahora estaba allí por la razón
equivocada. Gabrielle sufría, tanto que
estaba desesperada por encontrar una distracción,
cualquier distracción. Rozó mi rostro
lentamente con sus fríos dedos, siguiendo
la línea de mi mejilla y de mi mandíbula.
—Te pido
perdón por las veces en que te he fallado,
Xena —dijo acariciándome los labios
con sus dedos—. No te merezco —susurró
llevando su mano hasta mi cuello, atrayendo mi
cabeza hacia abajo.
En mis brazos,
ella se sentía helada, pero sus labios
ardieron cuando cubrieron los míos. Me
sentí incapaz de rechazar su deseo de alivio,
pero cuando su lengua rozó mis dientes
pidiendo una mayor intimidad, me alejé
de ella con cuidado. Un segundo más y sabía
que me habría aprovechado de la única
persona a la que había amado de verdad.
Afiancé mis brazos a su alrededor una vez
más deseando que se sintiera cálida
y a salvo. Dejé descansar mi mejilla en
lo alto de su cabeza y le dije, suavemente, que
se durmiera. Así lo hizo, un poco después.
Me quedé despierta toda la noche sabiendo
que tal vez no volviera a tener la oportunidad
de abrazarla así. Pudo haber sido el agotamiento,
pero para mí por aquel entonces aquello
fue suficiente. Y durante esas pocas horas, aun
rodeada de miseria, fui feliz…
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