Uber » ¿Hay algún médico en la excavación? » 03

:: ¿HAY ALGÚN MÉDICO EN LA EXCAVACIÓN? ::
(IS THERE A DOCTOR ON THE DIG?)

—¿Cómo se llamaba el tipo? —preguntó.

Unos ojos verdes relampaguearon bajo el ala del sombrero de la arqueóloga.

—Jane Celesta.

Janice sonrió para sí. Mel se encontraba claramente sorprendida por su confesión, pero luchó con eficacia para no dejar ver su estupor. El ligero movimiento de sus ojos y la dilatación de sus pupilas, situadas entre un mar de brillante color azul, fueron los únicos signos visibles.

—¿Y qué signo era Celesta? —preguntó Mel manteniendo la calma.

—Leo —respondió Janice—, el signo más amigable del zodíaco.

Mel se encontraba ya a esas alturas un poco introspectiva.

—¿Y esa Jane era amigable?

Janice se encogió de hombros.

—Durante un tiempo, pero creo que su ascendente Acuario complicó un poco las cosas. Eso o el hecho de que la engañé con una de mis colegas.

—Ya entiendo.

—¿Estás segura, Mel? —preguntó Janice casi con timidez.

Ahora fue el turno de Mel para sonreír, esperando mostrar con ello una seguridad que no sentía del todo.

—Por supuesto. Leo no es tu signo más afín.

Janice le devolvió la sonrisa, aunque poco convencida.

—¿No lo encuentras algo… —dudó buscando la palabra adecuada—… poco convencional?

Mel se inclinó hacia delante y tomó la mano de la arqueóloga con calidez.

—Es verdad que no te conozco muy bien Janice, pero no me pareces poco convencional. Hostil, obstinada e insegura tal vez. Y dado que encuentro extraordinario que encontraras a alguien que hiciera aflorar tu lado romántico… Siento que aquello no saliera bien.

Janice estaba aturdida. Alabada, insultada y tranquilizada al mismo tiempo. Melinda Pappas se estaba convirtiendo rápidamente en algo demasiado bueno para ser verdad.

—Mel —dijo sonriendo con calidez—, eres un bicho raro, te lo aseguro…

—Vaya, gracias —respondió Mel con cierto remilgo.

—Pero no te equivoques. No tengo ningún problema en encontrar compañía de tipo romántico.

Un destello de orgullo crepitó en los ojos de la arqueóloga.

—¿Y eso por qué? —preguntó Mel con fingida indiferencia.

—Porque sé cómo hacer disfrutar a una mujer.

Mel no podría haber evitado el rubor que le subió inmediatamente a las mejillas ni aunque lo hubiera intentado. No estaba segura de si Janice estaba fanfarroneando o haciéndole una invitación. Y lo más importante es que dudaba en cuál de esas dos opciones quería que fuese cierta. Podía sentir cómo la línea que la separaba de su antepasada se diluía cada vez más y más, y le resultaba difícil mantener separados los sentimientos de Xena de los suyos propios. Sin saber muy bien por qué, sospechaba que en un momento dado el poder de los sueños de la guerrera menguaría y que sería capaz de ponerlos bajo la perspectiva de su propia vida. Tal vez debido a que la alternativa, que su propia personalidad quedase consumida por la de una guerrera muerta desde hace siglos, la asustaba demasiado como para aceptarlo.

En un momento dado Janice dejó a un lado sus mapas y volvió a reclinarse para dormir. Mel sin embargo decidió no imitarla. Lo último que necesitaba por el momento era otra visita de Xena. Tomó el cuaderno que yacía justo a un lado de la arqueóloga y leyó por encima las atestadas páginas. La mayoría de los pasajes eran sobre Xena. Notas escritas por la cuidadosa mano de la doctora acerca de sus descubrimientos, teorías y especulaciones sobre la vida de la princesa guerrera. Había también algunos bocetos, principalmente de excavaciones y su ubicación, pero otros eran dibujos de cómo Janice suponía que era aquella mujer. Sonrió al ver las notas acerca de los recientes acontecimientos de Macedonia. Encontró una breve descripción de sí misma y las primeras impresiones de Janice, y no pudo por menos que fruncir el entrecejo al leer las palabras "mimada belleza sureña" en uno de los márgenes.

"Eso ya lo veremos", pensó para sí Mel. Luego volvió la página y su aliento quedó paralizado al ver allí un dibujo suyo. O tal vez de Xena con su cara. El pelo suelto, los ojos brillantes y confiados, nunca podría haber pasado por un dibujo de ella. Aquella gracia apacible era algo con lo que Melinda Pappas solamente soñaba, cuando recuperaba el control de sus sueños.

Mel encontró el aterrizaje del C46 aún más traumático que el despegue. Argo se reclinó contra ella, ofreciéndole tanto apoyo como era capaz, y Janice se mostró sorprendentemente comprensiva con ella. Esperó con paciencia junto a la compuerta hasta que Mel se recuperó lo suficiente como para que iniciaran la marcha. Tras un corto trayecto se encontraban a la salida de la base, avanzando por una de las estrechas sendas de aquella isla poco poblada.

—No puedo comprender por qué no usamos linternas o antorchas o algo así. Nos estamos metiendo a ciegas en un bosque terriblemente oscuro —se quejó Mel al comprobar que efectivamente Janice se dirigía directamente hacia la maleza.

—Hay luna llena, Mel, y muchísima luz. Además —añadió acomodándose su pesada mochila—, las linternas hacen desaparecer todo aquello que queda fuera de su alcance. No creo que la isla sea tan segura. Tú sígueme —le urgió—, y estarás a salvo.

Con un suspiro, Mel dirigió la mirada hacia la senda que ya seguían la doctora y su perro. Al cabo de un rato, sus ojos se acostumbraron a la luz de la luna que iluminaba todo a su paso. Las plantas tropicales estaban bañadas de una luz azul pálida. Janice seguía silenciosamente a Argo, con el machete en la mano y cortando con él de vez en cuando la vegetación que se interponía en su camino. Pronto llegaron al borde de un acantilado que servía de pantalla al océano color añil. Mientras superaban con cuidado los zigzags del camino que bajaba hasta la playa, Janice iba ofreciendo a Mel su mano para ayudarla en los tramos más complicados. Argo parecía ajena a cualquier peligro, ya que avanzaba unos veinticinco pies por delante de su dueña, deteniéndose sólo de vez en cuando para que ésta pudiera alcanzarla. Una vez en la playa, se dirigieron rápidamente a una zona segura de los acantilados, protegida por las rocas en tres de sus cuatro flancos.

—Parece un mundo totalmente distinto —dijo Mel en voz baja mientras Janice revolvía en su mochila.

—Lo es —le respondió ésta, preparándolo todo para poder acampar—. Estamos a salvo de la marea, tenemos leña en abundancia por los alrededores y podemos arriesgarnos a encender un pequeño fuego.

—¿Y los animales? —preguntó Mel en cuanto se planteó la idea de ir a buscar la leña.

Janice sonrió, leyéndole el pensamiento.

—Llévate a Argo. Seguramente no habrá muchos bichos en la isla que sean más grandes que ella, y no dejará que ninguno de ellos te ataque. Con un poco de suerte, hasta puede que volváis con algo que nos sirva de cena.

Mel asintió, aunque no demasiado convencida, y se dirigió hacia los árboles. Janice la siguió con la mirada y sintió que sus ojos bajaban casi involuntariamente por la suntuosa silueta de la mujer de oscuro cabello.

—Ya basta, Janice —se espetó a sí misma justo en el momento en que su imaginación comenzaba a volar.

Para cuando Mel regresó con los brazos repletos de leña, Janice había construido un pequeño círculo de piedras y desplegado sus mantas, una a cada lado de éste. Al poco rato, una pequeña fogata arrojaba luz a su alrededor, dotando al campamento de un tenue brillo dorado.

—¿Qué? ¿Y los conejos? —le preguntó Janice a Argo cuando el enorme animal se acurrucó en la arena que quedaba entre las dos camas—. ¡Perezosa!

—¿De verdad caza para ti? —preguntó Mel, sospechando que la arqueóloga sólo le estaba tomando el pelo.

—A veces —respondió Janice, rebuscando en su mochila y sacando una pequeña lata de comida—. ¿Te gustan las sardinas? —le preguntó abriendo la tapa y mostrando los pequeños peces que contenía. La mueca en la cara de Mel fue toda la información que necesitó. Lanzó un sispiro, sacó la otra mitad del sandwich que le quedaba en la cartera y se lo arrrojó—. También tengo galletas y carne picada en lata, si lo prefieres.

Sacó otra lata, la abrió y la puso frente a Argo.

Tras comerse con rapidez la escasa comida que le sirvió de cena, Janice se levantó e indicó con un gesto a sus dos compañeras que se tranquilizaran.

—Sólo voy a echar un vistazo. Quedaos aquí.

Mel se comió su sandwich en silencio, tratando de juntar todas las piezas de que se componía Janice Covington y formar con ellas una imagen coherente. Pero sin mucha suerte.

Veinte minutos más tarde, Janice volvió a emerger sin ningún ruido por el límite de la luz del fuego. Llevaba una piña madura en su mano y lucía una expresión enormemente satisfecha.

—Me encanta la piña —dijo Mel, sonriendo ampliamente ante aquella sorpresa.

Minutos más tarde, ambas mujeres saboreaban con deleite el jugo de la fruta. Luego fueron rápidamente al rompeolas para lavarse y librarse de la pegajosa sensación que cubría sus brazos y sus caras. Mel se levantó, estirando la espalda y miró al horizonte. La luna llena brillaba con fuerza, iluminando el océano con suaves destellos. El cielo estaba despejado y las estrellas lo llenaban de un lado a otro. En pocas palabras, aquella era una de las vistas más maravillosas que Melinda Pappas había contemplado en su vida.

—Entonces, Janice Covington, ¿así es la vida para ti? ¿Saltar de una aventura a otra, viviendo en un mundo de belleza surrealista?

Janice siguió la mirada de Mel hacia el océano.

—Algunas veces —respondió pensativamente—. Pero he pasado noches en esta isla, con lluvia cayendo a raudales y lodo y arena mojada por todas partes. Noches interminables sin fuego, sin comida y sin saber si volvería a casa alguna vez.

—Y aun así continúas… —Mel sonrió a su amiga de vuelta al campamento.

—Como decía mi padre, los Covington somos demasiados estúpidos como para abandonar. Un indicio o una pista y la fiebre del descubrimiento hace que todas las noches húmedas y frías valgan la pena.

Al llegar, Janice y Mel se sentaron juntas en la manta de ésta mientras la arqueóloga alimentaba el fuego con unos cuantos pedazos de madera más. Disfrutando de los sonidos del bosque, así como de su mutua compañía, Mel comenzó a sentirse como si estuviera en otro mundo.

—Así que la miseria vale la pena —dijo Mel finalmente—. Pero, ¿y la soledad? Ninguna Flora Gates o Jane Celesta que compartan esa miseria contigo.

Janice ladeó la cabeza con curiosidad ante esa pregunta.

—Mientras trabajo no me importa —contestó honestamente—. O bueno, no demasiado a menudo —prosiguió sonriendo—. Me gusta pensar que he heredado la afición de mi padre por las mujeres. Pero por desgracia también su habilidad de no ser capaz de mantener a una cerca demasiado tiempo. A pesar de eso, amó a mi madre de verdad —añadió en voz baja. Después, preguntó con más ánimo—. ¿Y qué hay de ti, Mel? ¿Debo suponer que no estás casada?

Mel miró al fuego y negó con la cabeza.

—Oh, no. Ni mucho menos. Papá solía contarme una historia cuando era pequeña. Decía que hace mucho tiempo las personas tenían cuatro piernas y dos cabezas, y los dioses lanzaron rayos y los separaron, de forma que cada uno tuviera sólo dos piernas y una cabeza. Solía decirme que buscara la otra mitad de mi alma, que no me conformase con menos. Y la verdad es que nunca lo he hecho. Siempre me gustó esa historia porque por lo visto su abuela se la contó a él. Al parecer, en algún lugar hay alguien con dos piernas y una cabeza: la otra mitad de mi alma.

Janice sonrió mientras seguía mirando la hoguera, con sus propios pensamientos a años y años de distancia.

—Tu padre también me la contó a mí. —Sacudió la cabeza riendo—. Estaba hundida, Diana me acababa de romper el corazón. Dios, ¡qué joven era entonces! El caso es que tu padre estaba de visita en el campus y había aceptado echar un vistazo a mis estudios a la hora de comer. Debía tener un aspecto horrible, porque él supo al instante que algo no iba bien. Un tipo poco corriente, tu padre. Me dijo que "ella" no valía la pena y después me contó ese cuento. Ni siquiera le insinué que la causa de aquello era una mujer. Siempre me gustó, y siempre le respeté.

Mel sonrió ante el recuerdo de su padre, halagada de que hubiese conectado tan bien con su nueva amiga.

—¿Siempre te has sentido atraída por mujeres? —preguntó en voz baja contemplando el matiz anaranjado del pelo de Janice a la luz de la hoguera.

Janice jugueteó con las ramas más cercanas y Mel pensó que tal vez no debía haber dicho aquello, pero una respuesta interrumpió sus pensamientos.

—No lo sé. Supongo que sí. Quiero decir que en realidad nunca me lo había planteado. Mi padre intentó hacerlo lo mejor posible, pero tengo entendido que viajar de una excavación a otra es un modo poco usual de criar a una niña. Me enseñó a manejar el revólver a los diez años, y para entonces empecé también con el látigo. Crecí como una excavadora, pasando objetos de contrabando de un país a otro… Supongo que siempre me consideré como uno más de los muchachos. Fue terrible para mí tener que adaptarme al colegio, a la rutina, a la seguridad. Todo me era muy extraño. No tenía ningún interés en salir con los chicos de allí porque me parecían… no sé… poco interesantes. Diana estaba en mi clase de antropología y bueno… —Se ruborizó ligeramente.

—¿La vida se volvió interesante? —sugirió Mel.

—Y que lo digas —convino Janice girándose hacia la mujer con una sonrisa tímida en los labios. No estaba preparada para el brillo que encontró en sus ojos azules, mirándola con calidez. La expresión de la cara de Mel era indescifrable. Había una fuerza y un anhelo en su rostro que Janice nunca jamás habría asociado con Melinda Pappas. Al sentir que el rubor volvía a subir a sus mejillas y que su pulso se aceleraba, echó un vistazo en derredor, más que nada para no tener que volver a mirar a su compañera.

—Bueno, em… Se está haciendo tarde, Mel. ¿Por qué no duermes un poco? Tendremos que cubrir otras ocho millas mañana por la mañana.

Confusa por el repentino cambio de humor de Janice, Mel se sintió tremendamente culpable por haberse metido en la vida personal de la arqueóloga.

—Janice —dijo Mel colocando una de sus manos en el brazo de Janice cuando ésta intentó levantarse de la manta —. Si he dicho algo que te haya molestado, lo siento de verdad.

—No pasa nada, Mel —contestó Janice obligándose a mostrar una sonrisa apacible—. Es cierto que necesitamos dormir.

Mel la soltó, pero siguió mirando a su impertinente compañera mientras ésta se tumbaba en su propia manta y se preparaba para dormir.

—No te creo, ¿sabes? —dijo Mel cuando Janice se tapó la cara con el sombrero.

—Eso es cosa tuya —contestó Janice, quedándose dormida segundos después.

… Supongo que fue tremendamente adecuado que las lluvias empezaran unos cuantos días después de la muerte de Pérdicas. No recuerdo que Gabrielle y yo nos hubiésemos sentido alguna vez más mierables que entonces. Yo aún estaba lidiando con las implicaciones de su matrimonio, y Gabrielle estaba de luto. Supongo que yo también, sólo que llevaba así mucho más tiempo que ella. La oscuridad me había envuelto como una mortaja desde el momento en que le vi declarándosele. Las idas y venidas de los días siguientes fueron tan agotadoras como cualquier batalla en la que hubiese luchado. Me sentía esperanzada por que dijese que no, y culpable por desear con todas mis fuerzas que lo hiciera. Le di mi apoyo intentando mantenerme neutral. No quería que se quedara sólo por mí. Y la alegría que sentí cuando me dijo que su respuesta era no… Casi le confesé mi amor entonces. Pero al final aceptó. Aceptó justo en mitad de una batalla, cuando aquel estúpido dejó caer su espada, arriesgando con ello la vida de ambos.

Estaba cansada. No era la primera vez que Gabrielle me había sorprendido tan de repente, haciéndome preguntarme en cuestión de segundos si la conocía realmente. Ya me había abandonado dos veces antes, una para volver a su casa, la otra para ir a Atenas. En cada ocasión me dije a mí misma que eso era lo mejor. Sabía que me estaba engañando, pero era el único consuelo que podía encontrar en un camino que de repente de volvía demasiado vacío. Más tarde regresó, y cada vez más fuerte; más entregada. En cada una de esas ocasiones me sentí más y más segura de la profundidad de sus sentimientos hacia mí. En contra de mi buen juicio, creció la esperanza de que algún día sus sentimientos serían tan fuertes como los míos. Todo aquello quedó destruido por su boda. Ella no volvería.

Al principio le abandonó para seguirme, para estar conmigo, y eso que entonces ni siquiera me conocía. Él a su vez la abandonó de golpe en Troya. Tal vez pensó que yo no la dejaría sin luchar. Pero algo cambió, porque regresó a ella como un patético miserable, recurriendo a la generosa naturaleza de Gabrielle. A eso no podía enfrentarme, así que me venció sin pelear siquiera. Luego murió, y yo maté a su asesina.

En cuanto la lluvia empezó quiso salir de Poteidaia. Pensé que estaría mejor quedándose en la casa de su familia, sintiendo su apoyo, pero en ninguna de las dos cosas acerté. Quería alejarse del dolor, y como yo me sentía tan hastiada como ella, sólo pude sacarla de allí. Lo único que puedo hacer es suponer lo que pasó por su cabeza mientras caminábamos milla tras milla, empapadas y en silencio. Aún se debatía contra su rabia y su odio por Callisto, ahora inútiles puesto que para entonces yo ya había acabado con ella. Estoy segura de que se sentía furiosa por haber tenido a Pérdicas tan poco tiempo, y no dudo que también le echaba de menos. Tal vez estuviera furiosa conmigo, por haber sido capaz de salvarla a ella, pero no a su amado. Si me culpaba por su muerte nunca me lo dijo. Supongo que llegó un momento en que estaba demasiado consumida con mi propio dolor como para darle el consuelo y el apoyo que quería. Tal vez eso también la enfureció. Sólo sé que aquella noche, cuando el frío y la humedad nos llegó al corazón, ella estaba lista para explotar.

Yo había encontrado una pequeña cueva después de caminar todo el día. Quería detenerme, sin importar si ella quería o no. Había espacio suficiente para Argo a la entrada, donde quedaría a cubierto de la rabia de la tormenta. También había espacio para un pequeño fuego, y yo podía levantarme sin que mi cabeza golpeara contra el techo, aunque por poco. Me quité la espada de la espalda enseguida, porque una vez dentro no tendría espacio para desenfundar a mi modo habitual.

—No quiero parar —dijo Gabrielle rotundamente desde la entrada de la caverna.

Yo me encogí de hombros.

—Argo y yo estamos cansadas. Todas necesitamos descansar.

—¿La Princesa Guerrera, cansada? —me espetó—. Lo encuentro difícil de creer.

—A veces pasa —repliqué sin esforzarme en ocultar el agotamiento en mi voz—. Gabrielle, podrías caminar mil millas más esta noche y segurías sintiéndote igual de mal. Por favor, ven aquí, sécate y descansa un poco.

En silencio, hizo lo que le había pedido.

Hacía mucho frío allí. Afortunadamente, las alforjas de Argo habían mantenido secas nuestras camisolas. Me quité la armadura, dejándola junto al fuego para que se secara mientras Gabrielle me miraba sin decir nada, con los ojos brillando como brasas encendidas. Coloqué mi manta contra el ángulo suave de una piedra y me senté. No había sitio para que ambas durmiésemos tumbadas, pero la roca me serviría.

—Deberías cambiarte esas ropas mojadas, Gabrielle —le sugerí cariñosamente.

—¡Puedo cuidarme sola! —gritó con furia—. ¿Por qué intentas protegerme siempre?

En un segundo, estaba de pie. El agotamiento no me permitió, en aquel momento, aguantar sus impertinencias, a pesar del dolor que sabía que sentía.

—No intento protegerte, Gabrielle. Soy tu amiga y sólo te digo que el sentirte mal no va a hacer que tu pena sea más pura. No es ni más ni menos que lo que tú me dirías a mí si estuviese en tu situación.

Con eso se lanzó contra mí, llorando. Sus puños cayeron contra mi pecho y mis brazos mientras gritaba una incoherencia tras otra. Me quedé quieta y soporté aquello varios minutos, hasta que se hizo demasiado. Pude sentir mi propia rabia crecer; me estaba golpeando con fuerza. Agarré sus brazos y la atraje contra mi cuerpo, abrazándola mientras trataba de soltarse. Al fin cejó en su empeño por golpearme y lloró, rodeándome son sus brazos congelados. No protestó cuando la guié hasta el suelo de la cueva, junto al fuego. No dijo una palabra cuando me coloqué contra el muro de roca y la inmovilicé con mis piernas. No se quejó cuando le quité sus empapadas ropas y le puse una camisa seca. Luego rodeé su cuerpo helado con la otra manta y la acerqué a mí. Siguió llorando y sollozando contra mi pecho mientras la abrazaba. Finalmente, se calmó y me tocó el brazo con su mano de forma apenas perceptible.

—Gracias, Xena —susurró contra mi piel.

Yo la apreté contra mí para darle fuerzas.

—Estoy aquí para ti, Gabrielle —dije respirando sobre su cabello.

—Lo sé —suspiró—. Y eso es parte de mi problema. Nunca me has fallado, Xena. Y sé que no se puede decir lo mismo de mí.

¿Qué podía decir? Era la verdad. No sé lo que estaba cruzando por su mente. Aquella noche era tan distinta a la de hacía un par de días… En lugar de yacer en una cama llena de tibieza y pasión se veía confinada en una fría cueva junto a un señor de la guerra reformado. Me vi sorprendida al sentir su mano moverse de mi brazo a mi cuello. Miré hacia abajo, asombrada por el deseo que encontré en los ojos con que me miraba a su vez. Aquello me asoló.

Aquella era la mirada que yo tanto había deseado ver, y ahora estaba allí por la razón equivocada. Gabrielle sufría, tanto que estaba desesperada por encontrar una distracción, cualquier distracción. Rozó mi rostro lentamente con sus fríos dedos, siguiendo la línea de mi mejilla y de mi mandíbula.

—Te pido perdón por las veces en que te he fallado, Xena —dijo acariciándome los labios con sus dedos—. No te merezco —susurró llevando su mano hasta mi cuello, atrayendo mi cabeza hacia abajo.

En mis brazos, ella se sentía helada, pero sus labios ardieron cuando cubrieron los míos. Me sentí incapaz de rechazar su deseo de alivio, pero cuando su lengua rozó mis dientes pidiendo una mayor intimidad, me alejé de ella con cuidado. Un segundo más y sabía que me habría aprovechado de la única persona a la que había amado de verdad. Afiancé mis brazos a su alrededor una vez más deseando que se sintiera cálida y a salvo. Dejé descansar mi mejilla en lo alto de su cabeza y le dije, suavemente, que se durmiera. Así lo hizo, un poco después. Me quedé despierta toda la noche sabiendo que tal vez no volviera a tener la oportunidad de abrazarla así. Pudo haber sido el agotamiento, pero para mí por aquel entonces aquello fue suficiente. Y durante esas pocas horas, aun rodeada de miseria, fui feliz…

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