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(IS THERE A DOCTOR ON THE DIG?)

Capítulo 4

Más allá del mar

Janice giró la cabeza por centésima vez aquella noche para mirar a Mel. Encontraba a aquella belleza de pelo negro extrañamente cautivadora y sintió que probablemente nunca se cansaría de verla dormir. Sus ojos se movían de forma apenas perceptible, arriba y abajo, en sueños, y sus facciones se encontraban relajadas. Argo se había acurrucado junto a ella, y Janice se lo agradeció en silencio. Ya a ella la había mantenido abrigada muchas noches, y se había sentido algo intranquila por la posiblemente escasa tolerancia de Mel al gélido aire nocturno.

"A pesar de todo", razonó para sí "fue decisión suya el venir".

Se preguntó una vez más por qué una mujer tan obviamente mimada querría emprender un camino tan duro. Se encogió de hombros y se recordó a sí misma que eso no era de su incumbencia, ya que todo el mundo vivía y aprendía de sus propios errores. El ser encantadora, dulce y tremendamente hermosa no te protegía de eso. Así, al escuchar el retumbar de las olas rompiendo en la playa, Janice decidió que ya era hora de levantarse.

Con su primer movimiento, los ojos del perro se abrieron y miraron a la mujer con intensidad.

—Tranquila, chica. Quédate con Mel. En seguida vuelvo —le susurró, ordenándole además con la mirada que permaneciese allí. Luego fue hacia unas rocas cercanas que había decidido establecer como cuarto de baño.

***

Mel se despertó gracias al aroma a café que inundaba por completo sus sentidos. Abrió los ojos hacia las estrellas que aún brillaban en el cielo, sobre ella, con Janice Covington sentada al otro lado de un reavivado fuego y bebiendo de una taza humeante.

—¿Qué hora es? —preguntó Mel aún medio dormida.

Janice miró brevemente al cielo antes de contestar.

—Aún quedan un par de horas para que amanezca. Nos queda una larga caminata por delante esta mañana.

—Pero ya no hay luna… ¿Cómo vamos a ver? —preguntó Mel incorporándose con esfuerzo. Aceptó de buena gana la taza esmaltada que Janice le ofrecía, sintiendo el calor de las manos de la arqueóloga contra sus dedos helados.

—Avanzaremos siguiendo la playa. Para cuando tengamos que subir la siguiente cala, el sol ya habrá salido.

Janice estaba impresionada de que Mel no hubiera empezado a quejarse cuando se pusieron a recoger sus cosas. La hija del arqueólogo parecía estar hecha de un material mucho más duro de lo que ella había sospechado.

Cubrieron deprisa la longitud de la costa, varias millas hasta el siguiente afloramiento rocoso. Una enorme formación basáltica emergía del agua y no había forma de rodearla. Tendrían que pasar por encima.

—¿Y ahora qué? —preguntó Mel cuando alcanzaron su base. No era del todo vertical, pero aun así, sí muy empinada.

Janice llamó a Argo y sacó algo de una de sus bolsas. Tras hacer que se sentara justo frente a ella, procedió a colocarle unas fundas de cuero en las patas, asegurándolas después por medio de correas.

—Vamos a escalar —respondió Janice con decisión.

Sacó dos pares de guantes de cuero de su mochila y le tendió uno a Mel.

—El basalto es muy afilado. Argo se cortó en una pata la última vez. Ten cuidado de dónde pones las manos, intenta no apoyar las rodillas y todo irá bien.

Mel miró al acantilado de rocas con poco convencimiento.

—¿Y Argo cómo va a poder…?

Janice sonrió.

—Argo, ¡arriba!

Señaló un punto sobre la cima de las rocas. El perro retrocedió y avanzó un par de veces, buscando el mejor lugar por el que empezar y luego comenzó a trotar ladera arriba. Había la suficiente inclinación como para que el animal subiera haciendo un recorrido en zigzag.

—Nosotras detrás —explicó Janice.

Después se encaró con la roca, con Mel pisándole los talones. Se detuvo varias veces durante el ascenso para asegurarse de que Melinda Pappas avanzaba a un ritmo aceptable. Argo alcanzó la cumbre en unos diez minutos, aunque a las mujeres les llevó algo más del doble de tiempo.

Janice se quitó la mochila y le ofreció una cantimplora de agua a Mel tan pronto como ambas estuvieron arriba.

—Deja que le eche un vistazo a eso —dijo Janice, aunque Mel no estaba segura de a qué se refería. Entonces, siguiendo la mirada de la arqueóloga hasta su pierna, descubrió un hilillo de sangre que le bajaba por la rodilla, sobre el pantalón.

—Ni me había dado cuenta —le aseguró Mel, ahora que comenzaba a sentir el dolor del corte.

—Esta roca es afilada. Hay mucha obsidiana en ella —le explicó Janice mientras le sacaba la pernera de la bota y la deslizaba por encime de su rodilla. El corte era poco profundo, pero largo. Tras sacar un maletín de primeros auxilios de su mochila, Janice limpió la herida con un poco de agua y luego la vendó con una gasa. Las delicadas manos de la arqueóloga sorprendieron a Mel, más porque suponía que si aquello mismo le hubiese ocurrido a ella, simplemente lo hubiera ignorado. Aun así, no dijo nada.

Janice giró sobre sus talones y sonrió.

—No hago esto sólo por ti, encanto. Esos contrabandistas son unos babosos. Ven sangre y creen que estás herida e indefensa. Puedo controlar a Aries hasta cierto punto, pero no sé lo desesperada que estará su tripulación. La última vez que estuve en su barco tenía una herida sangrante en el hombro, y en un momento dado tuve que romperle el brazo a un tipo para que me dejara en paz. Tendremos un camarote a bordo, así que te sugiero que no salgas de él hasta que lleguemos a la isla de Cal. Serán un par de días muy aburridos, pero créeme que preferibles a toda la excitación que viaja en esa nave.

Cuando hubo terminado con la herida de Mel, guardó el equipo y se preparó para bajar por el lado opuesto de la pared rocosa. Sin saber muy bien por qué, Mel se sentía algo amedrentada tras escuchar la explicación de la doctora. Janice notó el repentino silencio y se sonrió mientras seguía a Argo por el acantilado.

No llevaban mucho tiempo en la arenosa playa cuando un pequeño bote emergió por uno de los laterales de la cala. Argo lo vio al instante y reveló su existencia mediante un ladrido.

—Justo a tiempo.

Janice sonrió e indicó a Mel que la siguiera lanzándose a su encuentro. Una vez llegaron a la rompiente poco profunda, uno de los dos tipos que ocupaban la embarcación saltó por la borda y tiró de ella hasta que tocó tierra. Janice estrechó la mano extendida del hombre.

—Aries, me alegro de verte. —Luego añadió hacia el que aún se encontraba a bordo—. Y a ti, Toby.

Éste último sonrió y saludó con la mano mientras Aries se acercaba a Mel.

—Me dijeron que traías compañía, Doctora Covington, pero no que fuera tan hermosa.

Con ello, atrajo con delicadeza la mano de Mel hasta sus labios y la besó suavemente, sobre los nudillos.

Janice miró al cielo un momento y luego se interpuso entre Mel y el capitán.

—Ni se te ocurra —le advirtió.

Mel se tomó unos momentos para estudiar bien al capitán. Era un hombre negro y atractivo, de facciones oscuramente torneadas y músculos bien definidos. Muy atlético. Su compañero de embarcación, por el contrario, nada tenía que ver con él. En pocas palabras, era el tipo más enorme que Mel hubiese visto en su vida. Su cabeza calva estaba cubierta con un tatuaje muy elaborado, un poblado bigote y unos ojos azul brillante. También tenía una sonrisa amigable que le recordaba a un oso de peluche gigante.

—Soy el capitán Aries —dijo el otro hombre ignorando el aviso de Janice—, y en del bote es Tobías Eule, pero le llamamos Toby. No puede hablar, así que no le taches de insociable antes de conocerle.

—Encantada —respondió Mel por encima del hombro de Janice, inclinando la cabeza hacia ambos hombres alternativamente.

—Me alegra ver a Argo recuperada —dijo Aries, mirando finalmente a Janice.

—Está como nueva —le confirmó Janice echándose la mochila al hombro y encaminándose al bote. Una vez allí, sacó un paquete y se lo entregó a Aries. Éste contó el dinero con cuidado y asintió. Después de ayudar a Mel a embarcar, Janice dirigió un fuerte silbido a Argo, quien saltó fácilmente al interior de la pequeña carcasa de madera. Janice subió la última tras acomodar su equipaje al fondo de la embarcación, justo detrás de Mel.

El trayecto hasta El Guantelete fue tranquilo. Mel escuchaba en silencio cómo Janice y Aries se interrogaban sobre sus respectivas vidas, observando con curiosidad la interacción de ambos. La cálida cordialidad que Janice había mostrado para con Greg Ore se había esfumado. Todo sobre ella se le antojaba interesante y formidable. Finalmente, Aries se inclinó hacia delante, de forma que Mel apenas si pudo escuchar su pregunta.

—¿Qué os traéis entre manos esa monada y tú? ¿Sois…?

Janice susurró a su vez.

—Vivirás más si lo das por hecho.

El hombre se rió abiertamente al escuchar aquello.

—A buen entendedor pocas palabras bastan, Doc. Está bien, les diré a los muchachos que se mantengan alejados de tu… compañera. —Sonrió a Mel y le guiñó un ojo. Para cuando devolvió su atención a Mel, ya estaba serio de nuevo—. Silvus sigue a bordo, y yo me mantendría apartado de él si fuese tú. Aún no te ha perdonado por destrozarle el brazo como lo hiciste.

Janice asintió.

—Trataré de evitarle. Y espero que él sea inteligente y haga lo mismo.

No les llevó mucho tiempo alcanzar el carguero. Tras una señal de confirmación por parte del capitán, la pequeña embarcación y sus ocupantes fueron llevados a bordo. Unos cuantos hombres estaban asomados por la barandilla de uno de los costados, silbando y llamando a los nuevos tripulantes mientras el bote se izaba. Sin embargo, Mel notó con satisfacción que, tan pronto como el bote tocó la cubierta y todos quedaron a salvo en el interior del barco, los silbidos y las groserías se silenciaron. De hecho, la mayoría de aquellos tipos encontraron de repente y sospechosamente algo muy urgente que hacer.

Mel siguió a Argo y Janice bajo la cubierta, hasta su camarote. Una vez dentro, Janice dejó caer su bolsa contra la pared y revisó la habitación. Argo se encaramó a la cama, el mueble que dominaba la habitación, y esperó pacientemente a que Janice le librara de su carga. Una canasta servía como mesa o cómoda, con una gran palangana esmaltada sobre ella. Un viejo espejo pendía de la pared, y también varios ganchos para colgar ropa. En el suelo, junto a la canasta, pudo observar la presencia de un enorme contenedor de agua con una tapa. Sentándose en la cama, junto a Argo, Janice comenzó a desatarse las botas.

—El agua está limpia —dijo Janice en tono conversacional mientras se deshacía de la bota con una patada y movía con alivio los dedos del pie—. Aries no es tan tonto como para meterme en un cuarto sin sábanas y agua limpia. Aparte de eso, no puedo garantizar nada.

—¿Son cosas mías o en realidad no te gusta el capitán? —preguntó Mel estudiando su propio reflejo sobre la superficie del espejo. Nunca había pensado que se vería alguna vez tan… desarreglada.

—Oh, sí que me cae bien —respondió Janice observando con interés a Mel—. Es sólo que no confío en él. Diablos, conozco su negocio lo suficiente como para saber que no se sobrevive demasiado si haces de la lealtad algo prioritario.

Mel asintió, distraída, y Janice negó con la cabeza.

—¿Ves algo interesante, Mel?

Ésta se giró justo a tiempo de ver los brillantes ojos verdes que la contemplaban.

—Yo… pues… Estaba pensando que este atuendo es mucho más cómodo de lo que pensaba. Excepto las botas. Los pies me están matando.

Para cuando terminó la frase, Janice ya estaba en pie y buscando su equipo de primeros auxilios.

—Has caminado mucho hoy, podrías tener ampollas.

Hizo un gesto a Argo para que se quitase de la cama y, cuando ésta quedó libre, otro a Mel para que ocupara su lugar. Sentada en el suelo del camarote, Janice comenzó a desatarle los cordones de su bota derecha. Mel contempló los experimentados dedos de la mujer cumplir con su tarea, y sintió que su pulso se aceleraba mientras la habitación empezaba a encogerse.

—No tienes por qué hacerlo, Janice —protestó Mel con timidez cuando la primera bota le liberó el pie. La delicada atención de su amiga estaba provocando que su corazón se desbocara, lo cual ya era inquietante de por sí, aunque pronto comenzaron a unirse otras sensaciones igualmente distrayentes.

—No seas tonta —respondió Janice entregada a su labor—. Si tienes ampollas no podrás caminar —añadió con una gran sonrisa y mirando aquellos claros ojos azules—, y ni siquiera te plantees la posibilidad de que te lleve a cuestas. —Casi como a última hora, Janice elevó la vista de nuevo—. No serás particularmente tímida en lo que se refiere a tus pies, ¿verdad?

Mel quería echar a correr.

—Ah… no especialmente…

Janice asintió.

—Bien, porque hay muy poco lugar para la modestia en arqueología.

Mel miró al techo, asombrada de descubrir colgado allí otro espejo. Era alargado y seguía la trayectoria de la cama. Moviéndose ligeramente, pudo ver el reflejo de Janice cuando le quitó el calcetín y comenzó a masajearle el pie, en busca de rozaduras o ampollas. Era una sensación maravillosa, casi demasiado buena.

—Janice, ¿por qué hay un espejo en el techo? —preguntó finalmente para distraerse, justo en el momento en que la mujer comenzaba a desabrocharle la otra bota.

—Éste es el camarote de Aries. Duermo aquí cuando estoy a bordo. Y no, no con él.

Janice quedó en silencio una vez más, como si el hecho de a quién perteneciera el camarote fuese explicación suficiente para lo del espejo.

—Él dijo algo en el bote, sobre tú y yo…

Janice la miró y se encogió de hombros.

—Siento que tuvieras que oír algo tan desagradable. Estarás más segura si creen que te acuestas conmigo. Más que a nada, respetan a Argo, y sería estúpido que una de nosotras tuviese que dormir en una habitación sin ella. —Tras contemplar la expresión de sospecha de la otra mujer, añadió—. No te preocupes, creo que seré capaz de controlarme. Aquí estás segura.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Mel, un poco asombrada por el comentario.

—Sólo que no intentaré nada contigo —respondió Janice inocentemente.

—¿No soy lo suficientemente buena? ¡¿Es eso lo que intentas decir?! —le espetó Mel con furia, más y más ofendida por las asunciones de la arqueóloga cuanto más pensaba en ello.

—¿Me estás diciendo que quieres que intente algo, Mel Pappas? —le interrogó Janice en voz baja.

—Te pregunto por qué debería asumir que no podrías… —Mel se interrumpió de golpe, apartando el pie de las manos de Janice. No estaba segura de qué le molestaba más. Que Janice diera por hecho que le resultaba desagradable intimar sexualmente con ella o que la arqueóloga no tuviese ni el más mínimo interés en lo que a ella respectaba.

Janice sonrió ante la contundencia de la pregunta.

—Para empezar, Mel, no eres mi tipo. Sospecho que igual que yo tampoco soy el tuyo. Quiero decir… Compañeras de negocios tal vez, pero… Amantes? Nah.

No enteramente convencida de aquello, a pesar de haberlo dicho, Janice estaba decidida a mantener su atracción alejada de aquella sureña mimada. No quería hacer frente a un inevitable arrepentimiento, o a que Mel se sintiera incómoda con ella. Ya le había ocurrido demasiado a menudo en el pasado.

Extrañamente picada por la negativa de la arqueóloga, Mel se giró.

—Me alegra oírlo. Es un buen signo de mi grado de sofisticación y mi madurez —le espetó con acaloramiento—. Y como muy bien has adivinado, tú tampoco eres mi tipo.

—Lo sé, no soy un hombre —dijo Janice encogiéndose de hombros.

—Eso es más que evidente —añadió Mel con frialdad.

—¿Qué quieres decir con eso? —volvió a preguntar Janice.

Nunca recibió su respuesta. Unos golpes en la puerta demandaron su atención.

—¡¿Qué?! —gritó Janice con furia.

—El capitán quiere verte en cubierta. Un barco intenta interceptarnos —dijo la voz al otro lado.

—Genial, esto es genial —farfulló Janice poniéndose de nuevo las botas. Segundos más tarde iba hacia la puerta, pero se detuvo para mirar a Mel y a Argo alternativamente—. Vosotras dos quedaos aquí.

En cuanto Janice desapareció, Argo empezó a caminar arriba y abajo por el camarote. Finalmente se sentó, miró largamente a Mel, luego a la puerta cerrada y empezó a llorar.

—Ha dicho que nos quedemos aquí —le recordó Mel al animal. Sus sollozos se hicieron más fuertes y empezó a arañar la superficie de madera que la separaba de su dueña. La mujer cambió de opinión y se puso también las botas—. Le diré que ha sido culpa tuya —dijo abriendo la puerta y echando a correr tras el perro.

***

Janice conversaba con el capitán Aries, mirando hacia el mar con unos prismáticos, cuando ellas dos llegaron a cubierta.

—¿Es Leesto? —preguntó Aries después de dejar que Janice estudiase un buen rato el barco que se acercaba.

—Nop —respondió la mujer cuando estuvo segura—. Simples contrabandistas. ¿Qué llevas a bordo ésta vez?

—Eso no es de tu incumbencia, Covington —respondió Aries con una sonrisa.

Janice se encogió de hombros.

—Bueno, no creo que puedas perderlos.

—Entonces habrá pelea.

—Oh, genial —murmuró Janice—. Deberías apagar ya los motores. Que se lo piensen dos veces antes de acercarse.

Justo en ese momento Janice sintió una nariz familiarmente húmeda contra su mano

—Creí haberos dicho…

—Argo insistió —respondió rápidamente Mel cuando los ojos de la mujer se dirigieron a ella.

Unos cuantos hombres se rieron por lo bajo.

—¿Qué tiene tanta gracia? —preguntó Janice avanzando hacia los marineros.

—Tranquilízate, Doc —dijo un joven manteniendo la sonrisa y respirando con dificultad—. Yo tampoco soy capaz de controlar a mi mujer.

Otro montón de hombres se unieron al jolgorio ante ese comentario.

—Muy gracioso —le reconoció Janice sonriendo a su vez.

—¿Quién es la putita de esta semana, Jan? —preguntó otra voz, totalmente carente de humor—. ¿Se corre cuando te la comes?

Janice se giró al escucharlo, reconociendo al instante al grosero responsable de aquel comentario.

—¿Cómo está tu brazo, Silvus? —preguntó, sacando un puro de su bolsillo y encendiéndolo.

La única respuesta que recibió fue un gutural gruñido mientras el hombre comenzaba a bajar la escalera lateral de la cubierta. Instintivamente, los demás retrocedieron, dejando a los adversarios el mayor espacio posible. Janice permaneció inmóvil, inhalando con calma el humo de su puro y soltándolo lentamente por la nariz y la boca. Formó con el resto que le quedaba una serie de círculos perfectos, y mordisqueó sin alterarse el cigarro cuando Silvus llegó a su lado.

El tipo era una verdadera montaña humana, aunque más de grasa que de músculos. Su cuello era prácticamente invisible e iba vestido con unos ropajes sucios que colgaban de su cuerpo como jirones grasientos. Janice comprobó una vez más la distacia que los separaba del barco, con una idea en mente. Dio la espalda a Silvus y empezó a quitarse la chaqueta. Caminó hacia Mel, que permanecía junto a Aries, y se la entregó.

—Me encargaré de esos contrabandistas por ti —susurró a Aries al tiempo que se desabrochaba la pistolera—, pero tendrás que proteger de Silvus a estas dos señoritas.

Aries asintió al tiempo que Mel recogía también el cinturón y el revolver de la arqueóloga.

—¿Qué pretendes hacer?

Janice sonrió tomando el puro entre sus dedos.

—Voy a pelearme con él, y voy a perder. —Se giró hacia Aries—. Cuando caiga por la borda, empieza una buena pelea, ¿quieres? —Con aire ausente, se agachó y rascó a Argo detrás de las orejas—. Tú mantente al margen —le susurró con rigidez al perro. Tomando la mano de Mel, hizo que agarrara con fuerza el collar—. No dejes que se entrometa —le dijo a Mel—, y cuando empiece la pelea de verdad, vuelve abajo y bloquea la puerta.

Tras guiñarle un ojo con rapidez, se volvió hacia Silvus.

Éste se mantenía a unos diez pies de Janice, sosteniendo un bate de béisbol con un gancho de hierro atravesado. Su otro brazo colgaba inerte y formando un extraño ángulo a un lado de su cuerpo. Parecía haberse roto en varios lugares y no haber soldado bien. El puño se abría y se cerraba reflexivamente, pero el resto de la extremidad parecía del todo inútil. Ambos comenzaron a caminar en círculo y, para terror de Mel, los demás marineros se lanzaron a hacer apuestas a su alrededor, aunque la mayoría eran a favor de la arqueóloga. Después de todo, ya había vencido al gigantón la última vez.

Con un gruñido, éste lanzó un golpe a Janice, aunque pudo esquivarlo sin dificultad. Golpeó con la rodilla el estómago del tipo y con el puño la parte de atrás de su cuello. Él no pareció sentirlo siquiera. Girando con velocidad, golpeó de nuevo, fallando esta vez el blanco por los pelos. En un segundo, el látigo de la arqueóloga estaba en el aire, enrrollado al extremo del bate. Tiró con fuerza y éste salió volando por la borda. Silvus se lanzó sobre ella, buscando con los puños la cabeza de Janice, pero ésta se agachó y quedó a su espalda.

—Entonces qué, dime —preguntó el hombre encarándose una vez más con ella—, ¿te corres cuando te mete los dedos en el…

La pierna de Janice conectó con su rechoncha rodilla y cayó a plomo contra la cubierta con un ruido sordo. Con la misma velocidad, estaba en pie otra vez y obligando a Janice a retroceder hacia la barandilla.

—De hecho, sí… varias veces.

Sonrió tras tomar una nueva bocanada de humo. Esta vez, sin embargo, no se movió cuando un enorme puño salió disparado contra su estómago. Se dobló por la mitad, fingiendo más dolor del que en realidad le había producido el golpe. Ya podía oír las voces que provenían del otro barco, puesto que su tripulación estaba bien al tanto de la pelea y participaba de ella. Un minuto más y estarían lo suficientemente cerca.

Mel fue advertida por los gruñidos de Argo cuando Silvus golpeó a Mel.

—No, chica —dijo Mel, luchando por mantener al perro fuera de aquello. Se estremeció cuando Silvus propinó un nuevo golpe a Janice y esta aterrizó, con fuerza, sobre el suelo del barco. Con un rugido triunfal, lanzó una patada a las costillas de la mujer y luego arrojó su maltrecho cuerpo por la borda. El gastado sombrero de Janice cayó sobre la cubierta mientras su cuerpo se alejaba, flotando a la deriva hacia el interminable océnado.

—Maldito estúpido… —susurró Aries dirigiéndose luego a Mel—. ¡Si sabes lo que te conviene, lárgate de aquí ahora mismo!

Con un alarido por su parte, golpeó con fuerza al tipo que le quedaba más cerca. Minutos más tarde, toda la cubierta estaba enzarzada en un tumulto de los grandes.

***

Janice golpeó el agua y buceó, tan lejos y tan rápido como pudo. Cuando finalmente rompió la superficie para respirar estaba justo al lado del casco del otro barco. Miró hacia arriba y contempló las caras de los contrabandistas que seguían pendientes de la pelea a bordo de El Guantelete o escudriñando el agua en busca de su cuerpo. Afortunadamente, sus miradas se dirigían hacia el punto en que había caído, y no donde se encontraba. Con cuidado, fue hacia el costado de la nave que quedaba al otro lado de El Guantelete y lanzó su látigo hacia uno de los postes de la baranda, escalando por el lateral. Se mantuvo quieta y en silencio, encaramando su cuerpo hasta quedar, chorreando, sobre la cubierta del carguero.

En el momento en que saltó, toda la tripulación estaba asomada a la baranda y divirtiéndose a costa de la reyerta del barco que ella acababa de abandonar así que, tan silenciosamente como se lo permitió su ropa empapada, se deslizó hasta el piso inferior. Janice había reconocido el barco como el No Recuerdes Nada cuando estaba a bordo de El Guantelete, y dado que Aries no necesitaba conocer ese detalle, Janice tenía una cuenta que ajustar con él.

Los gamberros que regentaban el barco pirata habían robado una de sus piezas en el pasado. Era hora de que pagaran por ello. Sorprendió a uno de los miembros de la tripulación en las escaleras y lo envió volando al piso inferior para silenciarlo allí con un golpe de su bota húmeda. Sin molestarse en apartar el cuerpo, continuó bajando.

Con cuidado, comprobó uno por uno los camarotes que encontró abiertos hasta dar con el del capitán. Éste se encontraba mirándose en un espejo, entregado a la tarea de afeitarse.

—¿Sabes? Algún día tanta vanidad te traerá problemas —dijo Janice en voz baja inclinándose sobre la mesa. Su mano y su muñeca se encontraban relajadas, aunque sin soltar en látigo en ningún momento.

El hombre se giró rápidamente al oírla, fulminándola con la mirada.

—¿Jan? Vaya, ¡qué alegría verte! ¿Debo suponer que me has traído otro regalito? —Se encogió de hombros, contestando a su propia pregunta—. A la Dra. Leesto le encantó el último. El peto de la armadura de Xena, ¿verdad?

—Aún te acuerdas, capitán Crunch. Me siento alagada.

—Es Krykus, capitán Krykus si no te importa, Jan. —Miró con detalle a la empapada arqueóloga—. ¿Qué? ¿Hoy vienes sin el chucho? Oh, ¿no sobrevivió? —preguntó con fingida sinceridad.

En una décima de segundo, el látigo estaba desplegado y rodeando el cuello del capitán. Janice tiró de él con fuerza y estampó su cabeza contra la superficie de la mesa.

—Eso por Argo —siseó Janice arrojado el cuerpo del hombre inconsciente al suelo. Después inspeccionó rápidamente la habitación. No le llevó mucho tiempo encontrar lo que andaba buscando—. Siempre tan predecible… —susurró, desatando el látigo y saliendo de allí.

***

Casi tan de repente como había empezado, la pelea comenzó a remitir. Aries vio con preocupación que el otro barco se estaba acercando peligrosamente. Mucho más de lo que se podían permitir. Ya habían apagado los motores y se encaminaban hacia El Guantelete. Pronto daría la señal de encender los suyos para tratar de alejarse lo más posible, tanto con Janice Covington a bordo como sin ella. Se limpió la sangre de la nariz con cuidado mientras se acercaba a Mel Pappas, quien escudriñaba el océano en el punto exacto en que Janice había caído.

—¿Algún rastro de ella? —preguntó con delicadeza.

Absorta en sus propios pensamientos, respondió rápidamente.

—No, todavía no.

Mel estrujaba inconscientemente el ala del sombrero de Mel, que Argo había recuperado de la cubierta en el mismo momento en que la pelea había empezado. Ambas, la mujer y el animal, parecía apenas conscientes de lo que ocurría a su alrededor, con los ojos fijos en la enorme superficie del agua.

El hombre se unió a la búsqueda.

—Mira, puedo darle cinco minutos más, pero si para entonces no ha aparecido, tendremos que irnos. No puedo arriesgarme a un abordaje.

Mel asintió con aire ausente. No había mucho más que decir, nada que le sirviese para hacer que el capitán cambiase de opinión. Si ni ni siquiera era capaz de articular sus propios sentimientos por la arqueóloga, ¿cómo los iba a explicar a otra persona?

Casi sintiendo su turbación, Aries cambió de tema.

—Mientras esperamos, ¿por qué no me cuentas dónde naciste?

***

Janice colocó rápidamente los cilindros de dinamita en la bodega principal del carguero, sacudiendo la cabeza al ver la cantidad de irreemplazables antigüedades que estaba a punto de destruir.

—No tan deprisa, Covington —gruñó una voz cortante desde la puerta.

Krykus se encontraba apoyado contra el quicio, con su revólver apuntando directamente a Janice y el cuello enrojecido y ampollado por el fuego de su látigo.

—¿Has dormido bien? —preguntó Janice, calculando la distancia entre Krykus y la puerta.

—Se acabó, Jan. Has sido un buen negocio para mí en el pasado, pero se acabó. Tendré que asegurarme de que esa barcaza que te ha traído hasta aquí pague por tratar con escoria como tú.

—Esa no es forma de hablarle a una dama —sonrió Janice con ironía.

—Tú no eres una dama.

Janice se encogió de hombros. Después de todo, él tenía razón, y se lanzó hacia la puerta. Una mano temblorosa siguió su movimiento y el revolver se disparó. Janice gritó de dolor y rodó por el suelo, golpeándose con fuerza. En cubierta reinó la confusión por un momento ante el disparo que se acababa de oír. Aquel segundo de distracción bastó a Janice para propinar otra patada al hombre, y esta vez no falló. La pistola salió disparada de la mano del capitán y resbaló por el suelo. Ella lanzó de nuevo su pierna, golpeándole en la ingle. Éste se dobló sobre sí mismo e, instantáneamente, ella estaba también de pie, gimiendo de dolor.

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