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noche antes de Navidad
Esta historia ha sido
traducida por Mendhi,
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con el permiso de la autora para su traducción
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Las palabras o expresiones
escritas entre asteriscos (*) vienen en castellano
en el texto original.
:: LA NOCHE
ANTES DE NAVIDAD ::
(T'WAS THE NIGHT BEFORE CHRISTMAS)
Por Melissa
Good
Kerry cuidadosamente
colgó el último, pequeño
ornamento de madera sobre el árbol,
retrocediendo para inspeccionar su trabajo
cuando hubo terminado.
—Allí —se
dio la vuelta para mirar a la mujer de extensos
miembros y cabello oscuro, reclinándose
sobre el sofá mirándola a su
vez—. ¿Cómo está?
Dar inclinó su
cabeza a un lado y examinó el árbol.
—¿Ése
es el último? —acarició
la cabeza de una Labrador color crema que
estaba dormitando sobre el sofá junto
a ella.
—Síp —Kerry
cruzó sus brazos a la altura del pecho.
—Qué bien,
porque pienso que uno más y nos caería
una avalancha sobre nuestras manos —Dar
se río entre dientes, sonriendo abiertamente
cuando Kerry le dio una falsa mueca—.
Es perfecto, Ker —se ablandó,
admirando los ocho pies de estatura adornados
con las luces, el espumillón, guirnaldas,
y una plétora de brillantes ornamentos—.
La única cosa que falta son las castañas
asadas a fuego abierto.
—Bien, al menos
que quieras estar en la cocina conmigo sosteniéndolas
sobre el gas de los quemadores… —Kerry
caminó y se sentó a lado de
Dar—. Eso es todo lo que podemos hacer
ya que no tenemos fuego abierto en el que
asarlos.
Se sentaron juntas, y
miraron el centelleo del árbol alegremente.
—Además…
—dijo Kerry—. No hay ninguna manera
de que ese árbol se vaya a caer. Hay
demasiado sujetándolo —miró
las pilas y pilas de regalos debajo del árbol—.
No puedo esperar a mañana.
—¿Para abrir
tus regalos? —Dar la molestó—.
¿O para nuestra fiesta?
Kerry le enseñó
su lengua.
—Ambos —admitió—.
Adoro el Día de Navidad, por muchas
razones.
Dar movió los
dedos de sus pies, cubiertos por las medias,
con satisfacción.
—Yo también
—dijo—. ¿Qué te
parece si nos vamos a la cama, para que así
llegue más pronto?
—Está bien
—Kerry se puso en pie—. Déjame
sólo poner el regalo para Santa, ¿sí?
—desapareció en la gran cocina
bien iluminada. Un guante acolchonado estaba
tendido sobre el mostrador, lo recogió
y abrió el horno con él—.
Hm… ¿Hey, Dar?
—¿Sí?
—la voz de Dar sonó justo detrás
de ella, y su respiración hizo cosquillas
a la oreja de Kerry.
Kerry saltó.
—¡Yipe!
—Mmmm —Dar
hizo caso omiso de la moción y miró
con atención sobre el hombro de Kerry—.
Ésos huelen bien.
—¡Son para
Santa! —Kerry apuntó con su guante
a Dar—. ¿Así que no te
hagas ideas —se puso el guante sobre
su mano otra vez y retiró la bandeja
llena de galletas, poniéndolas sobre
un apoyo para que se enfriaran.
—¿Ho ho
ho? —Dar puso su barbilla sobre el hombro
de Kerry, olfateando esperanzadamente.
—Darrrr…
—Vamos. Hay una
docena de galletas. No se dará cuenta
de que falta una —protestó Dar—.
Y además, sabes que terminaré
comiéndomelas para el desayuno.
Kerry suspiró,
entonces recogió la última galleta
sobre la bandeja, rompiéndola por la
mitad y ofreciendo una parte a Dar—.
Es cierto. Toma —observó a Dar
mordisquear el trocito de la galleta de chocolate
caliente con delicadeza, entonces tomó
una mordida de la otra mitad—. Saben
bien ¿huh?
—Perfectas —Dar
asintió—. Ligeramente crujientes
por fuera, suaves por dentro, chispas agradablemente
tibias —caminó hacia el refrigerador—.
La única cosa que necesita es…
—Leche —Kerry
se río mientras apilaba las galletas
sobre un gran platón—. Dame un
vaso para acompañar esto —no
estaba realmente segura de por qué
guardaba la tradición, desde que era
ciertamente suficiente que Dar querría
ir directamente por el platón a la
mañana siguiente, y ambas sabían
de dónde procedían los regalos
debajo de ese árbol en la sala. Pero
era una bonita tradición… una
en que podrían regresar un poco de
lo que se habían dado, y Kerry siempre
se había sentido cómoda con
eso.
Así que llevó
el platón a la sala, así como
al vaso de leche y los puso sobre la mesa
del comedor junto a la hermosa, fragante pieza
de centro. Entonces se dio vuelta y levantó
las manos para sujetar a Dar, sonriendo cuando
su pareja se acercó y se las tomó.
Atrajo a Dar hacia ella y se besaron delante
del árbol, poniendo sus brazos alrededor
una de la otra y simplemente disfrutaron del
momento.
—Vamos, chica del
cumpleaños. Es tiempo de ir…
—¿A ponerme
en mi traje de cumpleaños? —preguntó
Dar.
Kerry sonrió abiertamente.
—Sí —desabrochó
uno de los botones de Dar, y enganchó
su dedo en torno a un segundo, tirando de
ella hacia el dormitorio—. Otra razón
por la que adoro la Nochebuena.
Dar puso sus brazos alrededor
de Kerry y se las arreglaron de algún
modo para pasar por la puerta del dormitorio
sin romper el beso. Chino bostezó y
trotó detrás de ellas, yendo
a su canasta y haciéndose un ovillo
adentro.
En la sala, el árbol
continuó centelleando, lanzando reflejos
llenos de color contra las ventanas de vidrio
deslizables y simulando al ausente cielo estrellado.
La media noche fue interrumpida
por un suave campaneo del reloj de pared que
resonó ligeramente en el usualmente
silencioso y oscuro apartamento.
Las ramas del árbol
se agitaron, balanceándose ligeramente
y produciendo el más bajo de los tintineos,
y las luces bajaron como una dorada neblina
que se expandía entre ellas. Bajaron
y se elevaron, esparciéndose como polvo
en el interior de la sala en forma de una
manta cálida antes de unirse en dos
distintas figuras.
—Ooh. Me gusta
éste, Xe —dijo la primera, y
más pequeña.
La más grande
musitó enseguida.
—Linda —vino
la respuesta—. Pero mira este lugar.
Otra caja. ¿Por qué están
todos en cajas?
—Mm… no es
realmente una caja. Se parece más a
montón de cajas. ¡Mira la ventana!
—¿Qué
océano es ése? —la figura
extendió una mano más allá
del cristal, luego la atrajo de regreso—.
Hace calor afuera.
—No lo sé
—la pequeña se movió a
lo largo de las paredes—. ¡Oh,
Xe, mira! ¡Mira esto!
Las dos formas doradas
se unieron.
—Un pez —la
más grande dijo pragmáticamente.
Un mechón de luz
tocó el marco.
—¿Cómo
pusieron el pez ahí? ¡Está
aplanado!
Una baja, suave risa
imperceptible cruzó el aire.
—Sigues haciendo
preguntas después de todo este tiempo
¿hmmm?
—Bien. ¿Qué
más cosas aprendes? —la más
pequeña se precipitó emergiendo
en un remolino de luz—. Oh, Xe, ¿no
es bonito?
—¿Qué
es?
—No lo sé,
pero mira todas las pequeñas velas.
—No creo que sean
velas. No calientan.
—Lo que sea. Sin
embargo, esto no es diferentes de nuestra
cabaña. ¿ves?
Dos nubes de luz descendieron
y se posaron sobre el sofá.
—Ah —la más
alta rió entre dientes—. Definitivamente
una de nosotras. Huele ese cuero.
La más pequeña
rió suavemente.
—No creo que eso
sea heredado.
—Seguro que sí.
Todas ellas lo tienen —replicó
la más alta—. Asientos de cuero,
bolsas de cuero, ropa de cuero…
—Silencio —la
más pequeña susurró—.
Oh, Xe… —un halo de luz le rodeó—.
Este es un lugar feliz.
La alta figura se extendió
a lo largo del sofá, formando una larga
y elegante imagen descansando en ese lado.
Puntos de luz siguieron la otra ondeante nube.
—¿Cómo
puedes decirlo?
La nube más pequeña
se expandió, lanzando zarcillos que
cruzaron el espacio.
—Puedo sentir el
amor —se movió hacia atrás
pasando al otro lado de la habitación—.
¡Oh!
—¿Ahora
qué? —la más grande se
giró hacia arriba, envolviéndose
alrededor de la más pequeña
con gracia sinuosa—. ¿Más
peces?
—Ellas —un
diminuto chispeo señaló una
escena.
—Nosotras —una
voz más profunda respondió.
—Mm —un momento
de silencio—. Cielos, eso es raro.
—Síp —la
más grande se separó, y vagó
despacio hacia la ventana. Pasó sobre
la mesa, y se detuvo—. Hm.
—¿Qué?
—¿Qué
tenemos aquí? —la figura más
larga se solidificó sobre la mesa,
posándose sobre ella—. Ah hah.
Una risita tonta.
—Imagino que donde
sea que hubiera galletas, las encontrarías.
—¿Eso quiere
decir que tú no quieres ninguna? Bien.
—Xena —la
forma más pequeña giró
hasta allí—. No te puedes comer
sus galletas.
—Sí que
puedo. Mira —una galleta desapareció
en un rizo dorado—. Mmmmm… —otra
más desapareció.
—¿Cómo
hiciste eso? —la más pequeña
se entrelazó con la más grande
con curiosidad—. Oh.
—¿Ves? Fácil
—un polvo de migajas cayó como
lluvia.
—Mm —una
risa de luz—. Sigues aprendiendo cosas
de ti después de todo este tiempo.
Tienes razón. Están geniales.
¿Pero esto no es robar?
—Las galletas no
cuentan —un suave sorbo sonó
enseguida—. Leche de vaca. Buen detalle.
—Me gustan las
pequeñas cosas marrones en la galleta.
¿Qué crees que sean?
—¿Uvas deshidratadas?
—Xena.
—Tú eres
la cocinera en la familia, no yo, Gabrielle
—otra galleta desapareció—.
Creo que es chocolate.
—¿Chocolate?
—Síp.
—Hm… Tengo
que encontrar algo de esto cuando regresemos.
Tiene que haber un poco de esta cosa en los
Campos Elíseos "en alguna parte".
El plato brilló
vacío en poco tiempo. La figura más
pequeña vagó de regreso al árbol.
—Es tiempo de hacer
lo que vinimos a hacer —destellos dorados
giraron alrededor del árbol y los regalos
debajo de él—. ¿Crees
que necesiten obsequios de nosotras? Parece
que tienen muchos.
La nube más grande
rodeó a la más pequeña.
—Los regalos siempre
son buenos.
—¿Sabes
qué les daría si pudiera, Xe?
—¿Qué?
—Una vida juntas
tan larga, y tan feliz como lo fueron la tuya
y la mía
—Mm —la luz
dorada se intensificó—. Nunca
pensé que terminaríamos siendo
capaces de decir eso.
Una clara y encantada
sonrisa.
—La vida es tan
rara —un remolino brillante repentinamente
llamó su atención—. Oh,
Xena. Mira.
La alta figura se movió
hacia la pared, y se colocó ahí
frente a la base en la pared de dura madera,
con un enroscado pedazo de metal montado en
ella. Indecisamente, una mano dorada moldeó
y alcanzó la destruida reliquia, los
dedos se amoldaron alrededor de lo que era
vagamente identificable como la empuñadura
de una espada.
—Por los dioses,
extraño esto.
La forma más pequeña
flotó hasta allí, y se acomodó
alrededor de la más grande.
—Wow. No puedo
creer que haya durado todo este tiempo.
Despacio, la luz dorada
se extendió sobre la vieja espada,
entretejiéndola en el resplandor. Luego
el halo se replegó.
—Un obsequio —el
bajo susurro de Xena resonó.
—Y añadiré
el mío —Gabrielle respondió,
formando un pedazo de su alma en algo real
y gentilmente la colocó sobre la espada.
Por un momento, la luz
dorada se dispersó, esparciéndose
en todo radiantemente, luego se desvaneció
hasta ser sólo dos puntos.
—Es tiempo de irse
—dijo Xena.
—Lo sé —dijo
Gabrielle—. Los dioses estén
con ustedes, nuestras niñas lejanas
—los puntos se unieron, y luego se elevaron
hacia las estrellas.
—Buena suerte —una
voz más profunda les siguió—.
Van a necesitarla.
—Xena.
Una suave y musical risa
se disipó en la noche.
***
Kerry frotó sus
ojos mientras caminaba con dificultad hacia
el otro lado de la sala, con una juguetona
labrador a sus talones.
—Te escucho…
Te escucho…. detén tu cola, Chino
—abrió la puerta trasera, y luego
miró hacia el mar, tomando una honda
respiración del salino y fresco aire—.
¡Feliz Navidad a todos! —gritó,
a pesar de la temprana hora, escuchando sus
palabras en el viento.
Sonrío al amanecer,
luego se giró y alcanzó el interruptor
de la cafetera antes de regresar a la sala
para mirar el centelleo de su árbol.
Después de estudiarlo por un momento,
intuyó algo un poco diferente pero
era incapaz de percibir qué, dirigió
sus ojos inspeccionando la mesa.
Una ceja se alzó.
—Jesus, Dar —empezó
a reírse—. ¿No pudiste
esperar ni siquiera para desayunar?
—¿Esperar
qué? —inquirió Dar, asomando
su cabeza afuera del dormitorio. Tenía
un cepillo de dientes asomando en su boca.
—Para comerte esas
malditas galletas —Kerry continuó
riéndose—. Buena la hiciste.
Dar la miró, luego
miró la mesa, y de regreso a ella.
—Yo no lo hice
—se quitó el cepillo de dientes
de la boca y limpió sus labios—.
Yo no las toqué.
—Vamos —Kerry
puso sus manos en las caderas—. Dame
un momento, Dar. ¿Estás diciendo
que Chino lo hizo? —caminó hacia
adelante y levantó el platón,
luego tomó el baso junto a ella—.
¿Y se tomó la leche? —le
dirigió una amorosa mirada irónica—.
Está bien… te las ibas a comer
de todos modos, ya sabes.
Dar se aproximó
e inspeccionó el platón, sus
cejas se fruncieron.
—Kerry, te lo estoy
diciendo, yo no las toqué —dijo
con voz curiosa.
Kerry la consideró.
—¿De verdad?
Dar tocó una migaja
caída dentro de una de las flores en
el arreglo.
—De verdad —sujetó
la migaja—. Espero que Chino no haya
aprendido a sentarse sobre la mesa.
—Yikes —Kerry
hizo una mueca.
—Síp. No
toqué ninguna galleta —Dar hizo
un mohín.
Kerry se rió entre
dientes, y la encerró en un abrazo.
—Te haré
algunas más tarde, lo prometo —se
giró y regresó hacia la cocina,
sólo para ser detenida por la voz de
Dar.
—¿Kerry?
Kerry se dio la vuelta,
para ver a Dar inspeccionando fijamente la
pared.
—¿Hm? Qué
este dul… Jesús —caminó
de vuelta al lado de Dar y estuvo de pie junto
a ella—. ¿Cómo ocurrió
eso?
Sobre la pared, montado
en el apoyo de madera, lo que una vez fuera
un vestigio enroscado de una vieja espada
ahora brillaba completamente, su hoja de metal
suavemente reflejaba la luz matutina del sol.
Dar sólo parpadeó
ante ella.
—Oh —Kerry
abofeteó su cabeza—. Apuesto
que lo sé —dijo—. Tu papá.
Él me estuvo preguntando acerca de
conseguir restaurar esa cosa… No estaba
segura si tú…
—Papá —la
voz de Dar parecía aliviada—.
Sí, y eso explicaría lo de las
malditas galletas, también —se
rió, y frotó sus cejas—.
Wow. Me atrapó por un minuto. No estaba
segura de lo que estaba ocurriendo.
—Sí, a mí
también. Chico escurridizo —se
sonrieron la una a la otra, y luego Dar dio
una palmadita a Kerry en su costado mientras
se giraba y se dirigía por el café,
dejando que Kerry mirara su nuevo adorno—.
Espera un minuto —Kerry caminó
hacia éste y retiró algo que
colgaba de la espada, desenrollándolo
y revisándolo con ojos curiosos—.
¿Hey, Dar?
—¿Hm? —Dar
echó un vistazo por encima de su tarea.
—¿Papá
habla griego?
—¿Griego?
Una brisa sopló
por la puerta abierta, trayendo con ella la
esencia del pasado, y una suave, fusionada
risa.
FIN
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