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:: NOBLE PLEBEYA ::

SEGUNDA PARTE

En París vivían hacinados más habitantes que en cualquier otra ciudad del mundo, unos seiscientos cincuenta o setecientos cincuenta mil.

Era un momento en donde el hombre quería sobre salir ante todos, y el afán de novedad reinaba por doquier en todos los ámbitos, experimentos, megalomanía en el comercio, en el tráfico y las ciencias.

La gente leía libros, incluso las mujeres. Era un siglo de desmoralización, de caída en un pantano intelectual, político y religioso, creado por el hombre.

—¡¡¡Bonjour!!!

—Bonjour Nicolás, ¿Como te ha ido?—Saludo la joven rubia a su amigo en cuanto lo divisó.

—¡¡¡De perros!!!—Indicó este sin mirarla.

— ¿Como así?

—Bueno, es que el patrón la tiene contra mí, todas las idioteces que cometen los demás me las hecha en cara a mí, y todo porque soy el más joven, cree que me puede humillar por eso.

—Pero eso esta mal Nicolás, no debes de permitirlo.

— ¿Y que puedo hacer?, estoy propenso a que me despida en cualquier momento...no puedo hacer nada.

Nicolás se encontraba con la cabeza baja, esto era difícil de contar, pero sentía mucha simpatía por Alein y una confianza muy grande.

—Tranquilo, vas a ver que todo se arregla, solo tenéis que hacerte respetar un poco, si no es posible con tu patrón, hazlo con tus compañeros y verás que se harán cargo de sus propios errores.

—Eso espero, estoy arto de ser el hazme reír de toda la embarcación. Pero y dime, ¿Como te fue a ti en tu primer día?

—Para serte sincera, ¡¡¡Eh!!! Digo sincero, jeje, pues me fue bastante bien, se trabaja en grupo, y creo que me respetan...un poco.

—Bueno parece que te irá muy bien, espero que no te pase lo mismo que a mí.

—Eso espero. —Le indicó Alein.—Oye Nicolás...¿Nunca te ha pasado que quieres que te pase algo...algo que deseáis mucho, pero que tú sabes que es imposible que pase, pero pasa y no sabes que hacer cuando pasa...y te ha pasado más de una vez y tienes como la sensación de que pasará otra y otra vez?...¿Te ha pasado?

—Ehhh... ¿Me lo repites otra vez?—Le propuso el joven que quedó con cara de no entender nada de nada.

—Es que me ha pasado algo muy curioso ahora que venia para acá.

— ¿Queréis decirlo de una vez?—Le decía Nicolás un poco desesperado para que prosiguiera de una vez por todas.

—Bueno, es que...hace rato me he tropezado...no me lo vais a creer, jeje...

—Dale de una vez.

—...Me he tropezado con la Marquesa de Versalles...—Luego de decir eso, Alein miró de reojo a Nicolás para poder ver su reacción.

—¿¿¿Ajaaa???

—...Bien, umm...se ha dado un golpe de muerte, jajaja...igual que yo...jaja...

Nicolás estaba anonadado escuchando al loco de Franco, pensó que no debería de andar por las calles en ese estado.

—Bueno, Franco...esteee... porque no te llevo a tu casa y...

— ¿No me crees verdad?

— ¿Porque debería?

— ¿Porque no?

—Esta bien, esta bien...te creo, pero ¿Porqué la Marquesa de Versalles decidió andar sola por estos rumbos como si fuera una persona normal?...tu me entiendes.

—Que se yo... bueno pues, eso me ha pasado y...fue increíble.

—Seguro que sí, es una delicia de mujer, todos los hombres se morirían por topársela como te ha pasado a vos. Eres un suertudo, ¿Sabes?

—Sí, creo que si.

De repente cambiaron de tema.

— ¿Y dime, tienes algo que hacer?

—Umm...no, no que yo sepa.

—Bien, tengo que ir a una reunión.

— ¿No me digáis, protestantes?

—Aja, ¿Te apetece ir?, es muy buena, además la gente es amigable, bueno ya conocéis a algunos.

—Está bien, iré.

— ¡Excelente!, vamos pues.

Sin más se dirigieron hacia el Pont au Change, un puente que unía la orilla derecha del Sena con la Ile de la Cité que era el centro comercial más distinguido de la ciudad.

Alein iba ensimismada, ni siquiera se daba cuenta de donde estaban, solo seguía a Nicolás como perro con su dueño, una y otra y otra vez su mente difusaza tan fugaz como un resplandor del sol al amanecer unos incansables ojos de cielo.

En eso algo llamó su atención, desde una vitrina de una ventana la joya más hermosa que sus verdes ojos hayan visto jamás.

—Es como...¡¡¡Sus ojos!!!—Señaló la joven plebeya en voz alta sin darse ni cuenta.

— ¿Sus ojos?, ¿qué ojos?, ¿Franco?

— ¡Oh!.. Lo siento Nicolás, me llamó la atención, solo quería ver.

—Y creo que eso es lo único que podrás hacer. —Le comunico este.

—Si claro, ya lo sé. —Le indicó Alein con una mueca de mal humor.

—Es un zafiro muy lindo.

—¿Lindo?, es increíblemente hermoso, es intenso, profundo, es cálido y a la vez frío, suave y físicamente duro, penetrante, sensual, delicioso, es...es...

—¡¡¡Azul!!! Vamos Franco pareces un estúpido enamorado, o ¿Eres así de bobalicón?

—¡¡¡Claro que no!!! Es solo que...me gusta y ya...solo eso. —Dijo esto ultimo casi en un susurro.

Pero Alein bien sabía lo que le pasaba.

—“No puedo sentir esto, no puedo estar como una idiota todo el tiempo pensando en alguien que no conozco en absoluto, Dios....¿¿¿Que me pasa???”—Se replicaba a si misma.

—Vamos Franco, llegaremos tarde.

—Si, al propósito ¿dónde estamos?

—Te estoy empezando a conocer y ya te tengo miedo. —Le informó Nicolás haciéndose el asustado para después echarse a reír.

—Ja ja ja, que gracioso que eres Nicolás.

—jajaja, ¿Verdad?, bueno perdóname, es que todo el tiempo estas volando a la luna.

—¡¡¡No es verdad!!!

—Si lo es, y no me contradigas que lo sabéis muy bien.

—Lo siento, no me doy cuenta. —Le dijo Alein un poco triste.

—No te preocupes, de vez en cuando es bueno que tu mente vuele, pero no debes de ser tan despistado.

—Si lo sé.

—Pues, estamos en la Ile de la Cité.

—Si, ya me había dado cuenta de ello al ver el zafiro

— ¡Bueno nos vamos o que!

—Vamos.

Al parecer se estaban dirigiendo hacia la Plaza de la Catedral de Saint—Pierre. Faltaba poco para que oscureciera, Alein sabía que su madre se preocuparía por ella, así que decidió quedarse solamente un poco y después se iría.

Llegaron a la Plaza, al puro frente de la Gigantesca Catedral, ya casi no había gente por allí, se encaminaron hacia el final de esta y doblaron en la esquina, caminaron un poco más y finalmente pararon en una de las grandes paredes de piedra de la Catedral.

Alein se quedó un poco intrigada, no parecía haber alguna puerta allí, Nicolás vio esto y le sonrió, luego se fue un poco más hacia la pared y empezó a quitar un gran puñado de hojas de un arbusto y de la pared surgió un hoyo bastante grande para que una persona pudiera pasar por allí.

—Vamos, ¿Que esperáis?

—Um...no sé.

—No me digas que tienes miedo.

—No...no es eso, solo que no estoy muy seguro. —Repuso la joven a su amigo tratando de observar dentro del hoyo.

—Adentro están todos, vais a ver que estarás muy cómodo.

—Si tú lo dices...

—Tiene que ser así, no podemos hacer esto así no más, ¿Sabéis lo que pueden hacerte si se dan cuenta?

—No, no lo sé, y no me gustaría averiguarlo.

—Tranquilo es muy seguro, te va a gustar, confía en mí, todo esto lo hacemos porque queremos luchar por nuestros derechos, por nuestro pobre pueblo.

—Está bien.

—Así me gusta.

No muy convencida que digamos, Alein entro por el hoyo seguida de Nicolás hacia al otro lado. Estaba oscuro y frío, estar dentro de una gigantesca Catedral a oscuras y tras de eso con el peligro que los descubrieran, si que era un poco aterrador y más para Alein que no estaba acostumbrada a este tipo de aventura por decirlo de alguna manera, pero confiaba en Nicolás, solo esperaba no estar equivocada sobre ello. Se dio cuenta que no estaban solos, escucho a Nicolás silbar para informar de su llegada, escuchó otro silbido igual y al segundo llegó una chica con un candelabro para poder iluminar el camino.

— ¡Bonne nuit Laure! —Saludó el joven pelirrojo a la chica junto a ellos.

—Bonne nuit Nicolás, te esperábamos.

—Si, lo siento, tuve unos pequeños...contratiempos. —Le comunicó Nicolás a esta mirando de reojo a Alein que estaba con un atisbo de fastidio en su rostro.

— ¿No me vas a presentar a tu amigo?

—Si perdona... Laure—Franco, Franco—Laure.

—Mucho gusto Franco. —Le saludó Laure mirándolo muy detenidamente y más de lo necesario.

—Igualmente Laure. —Le mostró Alein a la chica

—Bueno vamos ya. —Indicó Nicolás rompiendo el momento.

Llegaron a una pequeña sala, esta estaba iluminada, habían unas quince personas, igual como la vez pasada, todos eran jóvenes, la mayoría estaban sentados en unas sillas improvisadas, había un chico hablando de pié delante de todos los demás, Nicolás, Laure y Alein se dirigieron a las sillas, Laure les ofreció un poco de agua, estos aceptaron su ofrecimiento y sin más se dispusieron a escuchar.

—...Y así es, somos un país básicamente rural, de los veintiséis millones de habitantes que hay en todo el país, veinte somos campesinos, la cochina nobleza se muestra absolutamente contraria a contribuir con el déficit de nuestro pueblo. Es necesario que tomemos una iniciativa ante esto...

— ¿Y como haremos eso?—Preguntó alguien.

—No contribuyendo con ellos, no pagando algunos de los impuestos establecidos, y lo más importante, quitándoles a ellos lo que por derecho es nuestro, toda su riqueza, hacerlos desesperar, el maldito Rey se va a dar cuenta de que aquí no hay imbéciles como él piensa…

Alein no compartía ese punto de vista, si empezaban a hacer todo eso, no iban a durar mucho con libertad, y seguramente las leyes se harían más fuertes y la opresión más dura, aunque fuera un grupo pequeño era muy peligroso, y no solo ellos tendrían problemas, esto sería para todo el pueblo, no creía que la burguesía cambiara, siempre sería lo mismo y peor aún.

—…Podemos hacerlo, tenemos que hacer algo. Como ya se habrán dado cuenta, hay extranjeros de otras ciudades en París, es lógico que han venido a tomar parte de los planes del Rey y de sus tontos seguidores, pero este a querido taparlo con el ya más que sabido aniversario de la ascensión al trono. Sabemos bien que ha invitado a la Marquesa de Versalles...

Al escuchar el cargo de esa persona, Alein afinó más su oído, y su corazón como ya otras veces había hecho, empezó a retumbar más rápido de lo normal.

—...Esta noble, es una clave importante para la monarquía, por ello la a convocado y no por lo que se dice, es con la esperanza de ganarse su apoyo y con la ayuda de esta desea tener un mayor poder y poner en definitiva el fin del antiguo régimen...

Alein estaba sorprendida de escuchar tanta información tan pero tan importante para que se dijera así como así, supuso que había una persona infiltrada en los dos bandos, esto parecía ser bastante importante, estas personas no estaban jugando, de verdad deseaban hacer todo ello, era un grupo pequeño y con muchos jóvenes involucrados, pero también poderoso lo cual conllevaba a un gran movimiento contra el absolutismo y la monarquía.

—...Por ende, es muy peligrosa para todo vuestro pueblo, es una mujer sumamente poderosa, y si llega a tomar un mayor rango junto al Rey, sería el fin de nuestra hegemonía. La burguesía tiene en sus manos el mayor poder económico, y en definitiva desea acabar con los privilegios nobiliarios. Por eso compañeros, os ruego que no sean tontos, si dejamos que esto se desarrolle más de lo que ya esta, seremos sus víctimas, no seamos cobardes, aunque en estos momentos somos pocos, pronto se nos unirán más, alguien tiene que empezar por algo, y no hay mejores que nosotros para ello...

—¡¡¡Sííí!!!—Evocaron todos excitados, deseaban pelear, se sentían fuertes.

—...Pero... tenemos que empezar a hacerlo inteligentemente, poco a poco y con mucha sumisión, somos pocos y no queremos que en lugar de crecer, vayamos disminuyendo.

Alein también estaba emocionada, este ego elocuente era muy pegajoso, pero no dejaba aparte lo que esto significaba, no sabía si salir de ese lugar y seguir con su rutinaria vida, ahora como hombre que ya era muy difícil de hacer, o quedarse y ser partícipe de esto, no dejaban de tener razón ante todo, pero aún así era muy peligroso, y más para ella, si por alguna razón la detenían y se daban cuenta de que era mujer, sería su fin, y no solo ella sería afectada, también su familia. Pero el hacer algo nuevo, algo por el que luchar, y hacer el bien a un pueblo reprimido, era algo muy tentativo para ella.

—Y dime, ¿Qué te ha parecido?—Le preguntó Nicolás junto a ella.

—Es bastante interesante y todo es verdad, tienen un fuerte espíritu de lucha, pero también es demasiado peligro estar en contra de la burguesía, es demasiado poderosa y se atreven a hacer lo que sea con tal de destruir lo que se les atraviese en su camino.

—Si, tienes razón, pero como lo dijo Alphonse, nuestro líder, alguien tiene que empezar a luchar por nuestros derechos, por nuestra libertad, y estamos más que dispuestos a enfrentarnos a ellos.

—También tú tienes razón, luchar por la verdad es algo muy noble, y...estoy al igual que ustedes dispuesto a luchar por ello.

Nicolás se le quedó mirando muy seriamente, algo asombrado y a la vez orgulloso.

— ¿Estas seguro de ello?, no quiero llevarte a algo muy difícil para ti.

—Estoy seguro, y tu no me llevarás a ningún lado, lo haré por la libertad de nuestro pueblo, lo haré por mi familia, por ti... y por mí.

—Compañeros...poned atención. —Decía Alphonse que momentos atrás hablaba en el mismo lugar en el que esta ahora.

—Parece que tenemos entre vosotros a un nuevo hermano, por favor Franco, ¿Quieres venir aquí?

Alein al escuchar su falso nombre, algo desconfiada se dirigió hacia el hombre.

—Franco que bueno que estéis aquí, me dijeron que eres amigo de vuestro querido y respetado compañero Nicolás, y si eres amigo de él, también lo eres de nosotros.

—Gracias Alphonse, para mí es un honor estar aquí compartiendo con vosotros, espero serles de utilidad.

—Ya lo hacéis Franco, quiero que te sintáis a gusto, aquí todos somos hermanos, nos somos fieles entre sí, cada uno lucha por el futuro del pueblo, por nuestras familias y amigos. Espero que sintáis lo mismo.

—Así es Alphonse, así es.

—Bien, entonces seáis bienvenido.

—Gracias. —Le expresó Alein la cual era estrechada en un abrazo por parte de Alphonse.

Este último muy contento le sonrió y sin otra cosa se fue dejándola sola en medio del gentío que le daba la bienvenida.

—"Alein ¿en que te has metido?, ya es muy tarde para cambiar de idea, eres una tonta que se cree un héroe solo por haber aceptado tu muerte mas rápido de lo que debería". —Se regañaba a si misma entre abrazos, saludos, besos, apretones, etc...

Todos se despedían quedándose de ver como siempre a la mima hora en ese lugar. Nicolás, Alphonse y Laure se le acercaron a Alein.

—Franco ¿dónde vives?—Le preguntó Laure muy cerca de ella.

—Pues...vivo...en...por la Place de Gréve. —Le contestó Alein un poco nerviosa por el acercamiento de Laure.

—Bien, nosotros vamos por ahí también.

—Bueno, entonces vamos. —Propuso Nicolás dirigiéndose a la salida.

***

—Marquesa, ¿Deseáis algo más?

—No, así esta bien.

—Bien, entonces nos llamais si os apetece algo.

—Si, claro.

— ¡Bonne nuit!

La criada espero dos segundos la contestación, pero no se dio, así que simplemente cerró la puerta tras de sí.

—¡¡¡Maldito día!!!

Después de haber exclamado esa palabra tan descriptiva se postró en su cama de sábanas de seda blanca, apagando un pequeño candelabro de una de las mesitas de los lados de la cama, y se acurrucó sin más. Estaba cansada, había sido un día de mil demonios.

Su intención era dormir, pero no pudo. Imágenes del día empezaron a hacer gala de presentación en su brillante mente.

Primero el bendito golpe, acordándose de ello se pasó la mano suavemente por uno de sus bien formados glúteos, y le apareció una pequeña sonrisa en sus delicados labios.

Después la tediosa y gran parla que le echó la rata del Rey; le habló sobre lo impresionante del Sena, todo el dinero que se podía ganar con la exportación de los pescados a otras ciudades, los ingeniosos planes que tenía para construir más plazas de comercio para la clase social alta, y todo lo que se puede imaginar para la nobleza.

Pero a ella le importaba un comino, sabía lo cretino que era Luis, por lo menos ella en su ciudad hacia lo posible para que no solo la clase alta viviera bien, si no el pueblo en general tratando de que el dinero llegara a cada rincón de la ciudad, por ello Versalles era una de las ciudades con mejores edificaciones, una ciudad muy limpia, y bastante desarrollada. No quería que solo parte de la ciudad tuviera buena impresión, quería que todo fuera por igual.

Después de esa hablada, el Rey Luis empezó a sacar un tema más profundo y conveniente para él.Le hablo de la gran guerra que se avecinaba, sobre como hubieran podido lidiar contra el enemigo si estuvieran juntos y sacar provecho por partes iguales de ello, también sobre el comienzo de la revolución, el rey no era idiota, sabía que en cualquier momento el pueblo iba a alzarse contra él y la burguesía.

—"Es un miserable cobarde"— pensaba Alexandra cuando este le decía todo aquello.

No poder librarse de lo que él mimo sembró, pidiéndole que se uniera a él, que ella también podía tomar un rango más importante del que esta ahora, que sería más poderosa aún, que entre los dos podías llegar a ser indestructibles, que la edad contemporánea y el régimen totalitario se iban a expandir por todo Europa y después hacia el mundo entero gracias a ellos.

—"Un Rey cobarde y tras de eso con ansias de poder y conquista...peligroso, muy peligroso"—Pensaba Alexandra.

Todo eso la dejó muy agotada, era algo en lo que tenía que pensar muy pero muy bien.

Después de hacer el recorrido por el Sena en el lujoso barco, almorzaron allí mismo, después Alexandra se dirigió hacia el Hotel—Dieu donde se había hospedado, para poder descansar un rato, habló con su consejero sobre todo lo que le dijo el Rey Luis, su consejero solo le propuso esperar un poco y no precipitarse, pensar muy bien su propuesta, y darle una respuesta después del aniversario. Ese mismo día el Rey le invitó a cenar en el Palacio de las Tullerías, allí le habló otro poco más, pero Alexandra decidió no sacar más el tema. Después de la cena la joven Marquesa se excusó anunciando que se encontraba cansada, y así llegó de nuevo al Hotel—Dieu.

No tenía ni una pizca de sueño, se levantó de la cama y se apresuró a ponerse un vestido, después se puso un abrigo de pieles encima, para luego salir lo más despacio y con todo el cuidado posible de su cuarto para no ser descubierta.

Deseaba salir de allí, tomar aire fresco y caminar un rato, se sentía ahogada y encerrada como siempre vivió en toda su vida.

Sin ningún problema pudo salir del lugar, y al fin se encamino a paso lento por la calle vacía de la gran ciudad de París.

***

—¡¡¡Uyyy!!! Que frío hace… ¿Podemos ir un poco más rápido?—Proponía Alein a sus compañeros de camino.

Pero no era exactamente por el frío, estaba un poco preocupada por su madre, sabía que era muy tarde, y no sabía que explicación podía darle ante esto.

Iban cruzando la calle del Hotel—Dieu, cuando cerca de allí advirtieron a alguien que caminaba hacia el lado contrario, no se figuraba muy bien, pero si sabían que era una mujer.

—¡¡¡Hey!!! Miren, ¿Que estará haciendo una mujer de la nobleza sola en este lugar? ¿El barrio de Sorbona no queda al otro lado del río?—Preguntó Laure a sus compañeros.

El barrio de Sorbona junto con el Faubourg Saint—Germain, eran los lugares donde los ricos vivían.

— ¿Como sabéis que es de la clase alta?—Le pregunta Nicolás a Laure.

—Desde aquí se ven sus ropas, ese abrigo que usa parece de un material muy costoso.

—Si es verdad, desde aquí puedo oler su despreciable aroma a ricachona. —Comunicó Alphonse haciendo una mueca de asco.

Alein se le quedó mirando, vio el odio que a este le empezó a nacer, se preguntó porqué era así, si esta mujer nunca le había hecho nada y solo por su clase social no quiere decir que sea buena o mala persona. Sintió que el problema era únicamente de él.

—Vamos. —Dijo Alphonse sin más.

— ¿Qué?—Contestaron todos al mismo tiempo mirándolo desconcertados, para después seguirlo sin tener tiempo de protestar.

Se dirigían hacia aquella mujer, la cual caminaba muy despacio y pensativa.

Pararon a una distancia prudencial de esta.

— ¿Qué haces?—Le preguntó Nicolás algo nervioso a Alphonse que estudiaba a la mujer.

—Franco...—Dirigiendo su mirada hacia él. —... ¿Sabes?, para poder ser parte de nuestro grupo, tenéis que demostrar varios aspectos, como por ejemplo... lealtad, compañerismo, respeto, carisma, sinceridad, entre otros, pero lo más importante es pasar una prueba, todos vosotros tuvimos que hacerlo, ¿No es así?—Preguntó Alphonse dirigiéndose hacia sus otros dos compañeros.

—Si, claro...aja, todos...tuvimos que hacerlo....si. —Dijeron estos mirándose entre sí.

— ¿Ves?...Bien, por eso ahora os toca a vos.

— ¿Y que clase de prueba tengo que hacer?—Le indagó Alein nada confiada y muy seria.

—Bueno, lo único que tenéis que hacer es demostrarnos tu valor. —Le contestó Alphonse muy serio también.

—Repito, ¿Que clase de prueba tengo que hacer?—Le recalcó de nuevo Alein aún más desconfiada.

—¡¡¡Vaya!!! Mira tú, tenemos carácter, otro punto para vos.

Alein se estaba impacientando un poco, sabía que no le iba a gustar lo que tenía que hacer, y pensaba que seguro había sido un grave error haberse metido en todo esto, pero no iba a dejar que la humillara así por así.

—Bien, a lo que iba, lo que tienes que hacer es simplemente tomar alguna pertenencia de ella.

— ¿Quieres que robe para poder demostrar mi valor?—Le preguntó Alein con cara de desprecio a Alphonse, el cual ya empezaba a disgustarle.

—No robar, a tomar algo, después se lo puedes devolver si gustas.

—No lo creo Alphonse, eso no va con migo y no tengo porque demostrar nada. —Alein estaba furiosa, no sabía que pensar, este hombre estaba totalmente loco.

Nicolás y Laure estaban absortos, solo prestaban atención a lo que sucedía entre esos dos.

—Como quieras, pero te digo, que si lo haces, no solo te ganaras el respeto de nosotros, y no solo vais a demostrarnos tu valor, también te demostraras a ti mismo que podéis hacer cualquier cosa, ahora es solo esto, solo esta pequeña tontería, pero después me vais a dar la razón, cuando no le vayas a temer a nada... ni a nadie.

Alein se lo pensó, sabía que estaba mal, pero también sabía lo importante que era para el líder del grupo y ahora también para sus compañeros que afirmaban con sus cabezas. ¿Que podía pasar?, lo único era que la mujer empezara a chillar, o que se desmayara, después se lo devolvería.

No muy convencida, se volvió hacia sus compañeros.

—Está bien, lo haré.

—Excelente Franco. —Le animó el líder del grupo.

—Franco, no tienes que hacerlo si no quieres. —Le advirtió Nicolás, encarándolo muy quedamente.—Esta bien Nicolás, no hay problema...creo.

—Bueno, entonces que empiece la función. —Proclamó Alphonse.

Instintivamente, Alein se puso en posición como si fuera a emprender una carrera, su corazón le palpitaba rápidamente, su cuerpo temblaba y su cabeza empezó a dolerle.

Se dió cuenta que la mujer se había quitado su abrigo de pieles y puesto en uno de sus hombros. Ese era ahora su objetivo.

Y sin más empezó a correr, primero como trotando, después aumento un poco la velocidad, mientras se le iba acercando iba más rápido, y así hasta llegar a su víctima por detrás y como un rayo quitarle del hombro izquierdo su objetivo.

Esta quedó inmóvil por un segundo y al otro echó a correr detrás del ladrón.

Alein nunca se imaginó esta posibilidad, y empezó a correr lo más rápido que pudo, pero la otra le iba pisando los talones, gritándole quien sabe que palabras, trató de llevarla a unas callejuelas lo bastante oscuras para poder tomar un poco de ventaja, se dirigía a la Rue des Petits Augustins, trataba de pasar por tantas curvas como podía para que pudiera perderla de vista, unos minutos después pensó que ya la había perdido de vista, y empezó a disminuir la velocidad, mirando tantas veces como podía hacia atrás.

Sí, parecía que la mujer se dio por vencida y ya la había dejado mucho más atrás.

Empezó a caminar tratando de tomar todo el aire que le faltaba, pero en eso lo único que pudo sentir fue a un elefante caerle encima y extirparla contra la calle dándose un tremendo golpe en la cabeza, y desde entonces no volvió a ver ni a sentir nada más.

***

—Alexandra, ¿Queréis repetirme otra vez todo por favor?—Le propuso Dominique.

El consejero de Alexandra no dejaba de observar al muchacho rubio que se encontraba dormitando en la cama de Alexandra.

—Ahí te va otra vez...—Le indicó Alexandra a su consejero, que se preparaba para contarle la historia de nuevo. —...Salí a dar un corto paseo por la ciudad...

—¿¿¿Cómo se te ha ocurrido hacer eso??? Dios mío Alexandra, y a esas horas, te pudo pasar algo, ¡¡¡Mira hasta te robaron!!!—Le regañaba Dominique sin creérselo todavía. —Oh, lo siento, prosigue por favor.

—Bien, como decía...salí a dar un paseo, para tomar un poco de aire, me sentía asfixiada, así que empecé a caminar, despacio, pensando en todo lo que me ha pasado desde que llegué acá...bueno pues, en eso estaba cuando sentí que me arrebataban mi abrigo, me costó reaccionar, no me lo esperaba, pensé que no había nadie a tres cuadras a la redonda, después empezó a hervirme la sangre y no dudé en seguir al bandidillo este que me hizo correr como nunca.—Le exponía a su consejero mirando al que creía era un chico y la persona que la había estado haciendo divagar en todo el maldito día.

—Ayyy...Alexandra solo a vos te pasan esas cosas, y porque las andáis buscando, es tu culpa.

—Si sí, ya no me sigas regañando por favor. Después...lo pude alcanzar, pensó que ya no le seguía, y tuve la oportunidad de caerle encima y sostenerlo contra la calle, pero no me di cuenta que se golpeó la cabeza, me levanté lo más rápido que pude, vi que estaba inconsciente, después le examiné su cabeza para ver el golpe, le sangraba un poco y decidí traerlo, lo acosté en mi cama, le limpié la sangre y lo vendé con uno de mis pañuelos...después te llamé y fin de la historia...creo.

—Umm...ya veo, ¿No es el mismo chico que visteis el otro día en las afueras del Pavillon de flore?

—Sí, eso parece.

—Ehhh.... ¿No será el chico que me contasteis que se había tropezado contigo esta mañana?

—Este...sí, creo que sí.

—Interesante...

Su consejero con uno de sus dedos índices en su mentón, pensaba mientras miraba de nuevo hacia la cama donde se encontraba un pequeño bulto totalmente desparramado, después dirigió su mirada hacia la Marquesa, la cual estaba absorta mirando también hacia el pequeño bulto, le pareció a él ver una pequeñísima, casi imperceptible sonrisilla en esos labios angelicales.

—Bueeeno....que sueño tengo... aaayyyy, sip, creo que mejor me voy a dormir. —Decía esto en pequeño hombre levantando las manos y estirándolas. —Alexandra, veo que tienes todo controlado, me llamas cualquier cosa, sabes que estoy en la otra habitación.

—Esta bien Dominique, perdón que te haya hecho preocuparte, ¡¡¡Buenas noches!!!

—Buenas noches y... ¡Bonne chance! Mi Marquesa.

Dominique se dirigía hacia la puerta con una sonrisa de oreja a oreja.

—"Pobre muchacho, no sabe en lo que se ha metido, más bien suerte para él". —Iba pensando el consejero, al fin salió de la habitación real de la Marquesa y se fue a la suya propia.

— ¿Porque me has robado?—Le decía Alexandra casi en un susurro la dormida chica, acercándose para verla mejor.

—Que cara de angelito tienes...—Decía muy quedamente.—Me has hecho pensar mucho en ti, ¿Sabes?—Le pasó el dorso de la mano suavemente por su lindo rostro.—Me haces sentir cosas...te veo y deseo ser alguien para ti, como tu hermana mayor o algo así, cuidarte, protegerte...y si me dices el ¿Porqué?...no sabría responderte.

Alein empezó a moverse muy despacio, Alexandra le quitó la mano rápidamente como si fuera a morderla, la joven plebeya se empezó a desperezar y junto a un gran bostezo, el cual Alexandra pensó iba a tragarse todo el cuarto y a ella misma, abrió suspequeños ojos poco a poco, se quedó un segundo mirando a Alexandra la cual estaba viéndola muy, pero que muy cerca, parpadeó como cien veces en menos de un segundo y...

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