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:: NOBLE PLEBEYA::
TERCERA PARTE
...Se estremeció, dando la joven plebeya un sobresalto tan grande que hizo a la Marquesa darse un golpe en la frente con la suya propia, esto hizo retroceder a Alexandra, la cual se frotaba con su mano tratando de disminuir la intensidad del dolor mientras refunfuñaba y apretaba los dientes para poder mantener el poco control que tenia y el cual estaba a punto de salírsele de las manos. Alein confusa y muy asustada se acurrucó más en la cama tapando su dolida cabeza con la sábana, la cual en ese momento era su único escondite y su única salvación.
—¡Sal de ahí!—Le ordenaba Alexandra tratando de volver a su compostura normal.—Sal te he dicho.
Al minuto Alein bajo poco a poco la sábana, pero solo dejó ver sus ojos tremendamente temerosos.
Alexandra suspiró y se acercó a la atemorizada chica que no dejaba de temblar y de agarrar la sábana como si esta fuera a escapársele. Alexandra empezó a abrirle las manos con mucho cuidado para que esta pudiera soltar la sábana que estaba toda arrugada por la fuerza con la que la agarraba, Alein empezó a desistirse y abrió por completo sus manos para que la mujer mayor pudiera librarla de la blanca seda.
—Tranquilo muchacho, no te voy a hacer nada.—Le decía Alexandra para tranquilizar al supuesto chico.—Déjame ver como anda tu cabeza.
Alexandra le empezó a quitar el improvisado vendaje, para poder verle la herida.
—Umm, que rápido te curas muchacho, veo que tienes una cabeza muy fuerte...y dura.
Alexandra dijo esto sonriéndole y frotándose la frente donde ya se le veía un pequeño círculo rojo. Esto hizo que Alein le devolviera una sonrisa tímida, y empezó a relajarse un poco.
—Bueno, parece que puedo dejarte sin el vendaje, ¿Te duele mucho?
—Eh...no, un poco solamente, esta bien...gracias.
—No es nada.
Alexandra se fue hacia el lavado para lavar el pañuelo manchado de la sangre de Alein, Alein solo la miraba muy curiosamente, nunca pensó que la Marquesa fuera a actuar así con ella, se merecía que la llevara ante unos oficiales y después a la prisión, para por último ser azotada con un látigo en la plaza central como castigo por lo que le había hecho a tan importante dama.
—Siento lo que os he hecho, Marquesa, es imperdonable...—Le decía Alein con voz quebrada.— ...Solo os ruego que llameéis a los oficiales lo más rápido que podáis, para así acabar con la cobarde fechoría que os he causado.— Le decía Alein cabizbaja y con sus ojos apunto de estallar en lágrimas.
Alexandra dejo de lavar, para mirar a la joven, que empezó a bajarse de la cama y a acomodar como podía la sábana de seda blanca, para después volverse y quedar de pie todavía con la cabeza baja, esperando la decisión de la Marquesa.
—Te diré... no sabes cuanto odio a la gente que hace cosas como la que me acabáis de hacer...—Le informaba Alexandra, acercándose muy despacio a la apenada joven.—...las personas que prefieren coger el camino fácil, tomando lo que no les pertenece...—Cada ves se le iba acercando más y más haciendo que Alein se inquietara y se pusiera más nerviosa de lo que estaba, con cada paso que daba la Marquesa hacia ella, hacía que Alein retrocediera.—...Las personas que hurtan, quitan, despojan, roban, como quieras llamarlo, a otras personas...—Decía esta profundamente, ya Alein no podía retroceder, la tenía contra la pared, veía todo menos esos ojos ahora más azules que el azul, sintió que una mano muy delicada se posaba en su barbilla levantándole la cabeza para que la mirase a los ojos, se sentía tan pequeña, tan insignificante, tan nadie, en otras palabras, peor que la misma mierda.—...Pero...por alguna razón, no te odio a ti.
Alein solo la miraba, no entendía lo que quería decir, pero estas últimas palabras hicieron que se le escapara todo el aire que había comprimido en todo ese tiempo.
De golpe, Alexandra se alejó, sintiéndose de repente un poco mareada, se sentó en la cama sin decir más.
—“¿Que estoy haciendo?, ¿Porque no solamente llamo a alguien para que se lo lleve y reciba su merecido?, pero como pudo hacer algo así, parece que no matara ni una mosca, seguramente es por pura necesidad”—Pensaba Alexandra mirando hacia la chica que estaba esperando sin saber que hacer.
—Te perdono.—Dijo la Marquesa secamente.
Alein la miró incrédula, nunca pensó escuchar esa palabra de alguien a quien le había hecho lo que le hizo, menos a alguien como ella, que perfectamente podía hasta hacer que le mataran si quisiera.
—Gracias...yo...—Le decía Alein, la cual no pudo terminar la frase.
—Con una condición...—Le propuso Alexandra, que la miraba muy seriamente.—Quiero que trabajes para mí.
Alein creyó estar soñando, no podía asimilar nada, todo era muy confuso, y con el miedo de despertar del sueño, le pregunto.
—Marquesa, ¿Esta usted segura de lo que me estáis diciendo?, mira lo que os acabo de hacer, y no he sido más que un estorbo para vos, las pocas veces que nos hemos...umm, tropezado, ha sido frustrante para usted...yo...—Y fue callada por la mano alzada de Alexandra.
—Vas a hacerlo, ¿Si o no?
Alein se dio cuenta que a esta mujer no le gustaban mucho las conversaciones, así que sin más asintió.
—Si, Mademoiselle, me encantaría trabajar para usted...
—Bien...ahora quiero que os vayáis para tu casa, necesitáis descansar, tu cabeza está un poco maltratada, mañana quiero que vengáis en la tarde, ya hablaremos de vuestro nuevo trabajo.
Alein asintió con una sonrisa tan grande que casi no le cabía en el rostro, Alexandra se dirigió a la puerta y llamó a una de sus criadas, a los pocos segundos llegó.
—¿Deseáis algo mi señora?—Preguntó la criada, la cual tenía unas increíbles ojeras que le llegaban a sus grandes cachetes.
—Si, eh...acompaña a este caballero afuera, y dile a uno de mis lacayos que lo lleve a su casa en mi carruaje.
La criada no sabía de quien estaba hablando la Marquesa, hasta que de la puerta se asomó un cabecita rubia sonriéndole y saludándola.
—Como gustes Marquesa.—Le dijo la criada sin ninguna expresión en su rostro cachetón.
Alein salió de atrás de Alexandra.
—Gracias Marquesa, a sido usted muy amable, y perdone de nuevo mi intención de robarle, estoy sumamente arrepentido.
—Está bien chico... ¿Como te llamas?
—Franco, contestó Alein emocionada.
—Nos vemos mañana Franco.
—Si señorita, Buenas noches.
—Buenas noches.
La criada solo miraba y escuchaba, incrédula de verle devolver el saludo al chico, y algo animada la criada trató de que le hiciera lo mismo.
—Bonne nuit, Marquesa.
Y sin otra cosa, Alexandra le cerró la puerta en la cara.
—Maldita.—Refunfuño la criada por lo bajo, girándose para encontrar la sonrisa de Alein la cual ya no soportaba.— ¡Vamos!—Dijo esta.
Alein la siguió, pensando en todo lo que pasó minutos atrás, y con la imagen angelical de la Marquesa que se le había clavado en su mente...y en su corazón.
Alexandra del otro lado, se quedó un momento pensativa, le rondaba por toda su mente la sonrisa del chico cuando le dijo aquello que se le salió como si nada.
—“¿Quiero que trabajes para mí?... ¿Como he dicho tal cosa?, si es un ladronzuelo.”—Se advertía así misma.
Y sin más se desvistió, quedando solamente con un pequeño camisón se seda, se dirigió a su cama acostándose en ella, al segundo le llegó un aroma tan delicado y suave que le provocó inhalar profundamente cerrando sus ojos para percibirlo mejor y llenarla totalmente.
—Umm, que aroma tan exquisito tiene...—Decía Alexandra en vos alta.
Y de golpe abrió sus ojos, como acordándose de algo muy importante.
—¡¡¡Un hombre no huele así!!!...—Informó esta a los cuatro vientos.
Y definitivamente sabía como olía un hombre, toda su vida había estado rodeada de ellos, hombres por allá, hombres por aquí. Y ahora era la soltera más cotizada del momento, bueno desde que nació había sido exhibida como una joya muy valiosa a cientos de cientos de caballeros, pero su padre nunca quiso separarse de ella, la amaba con todo su corazón y decidió mejor esperar a que por ella mima decidiera…cuando llegara el momento.
***
Alein llegó a su casa, apenas entró fue recibida por Mari, su madre, la cual estaba muy preocupada, Alein estaba sumamente cansada, pero hizo un esfuerzo para lanzarse a contar su historia, su madre solo asentía con la cabeza incrédula de lo que escuchaba, pero no le sorprendía, conocía a su hija y todo lo que esta podía hacer…y deshacer.
—…Y eso es todo.—Finalizó Alein con una Mari perpleja al lado.
—Biennn…parece que has tenido un día tremendo hija.
—Así es madre, me ha dicho que me quiere ver mañana para hablar sobre…mi nuevo trabajo.
—¿Y estas segura de eso?, quiero decir, ¿Así nada más?, lo que le hicisteis no fue muy grato que digamos; Alein hija, ¿Porque te metes en problemas?, ya tenéis mucho con hacerte pasar por hombre para que puedas trabajar, ¿Porque meterse en algo tan peligroso?, no quiero que te pase nada malo hija, ¡Por favor!, sal de eso antes de que sea tarde.—Le rogaba una Mari preocupada.
— Madre, se que lo que hice estuvo mal, tu me conoces, yo nunca hubiera hecho algo así, aunque nos estuviéramos muriendo de hambre…bueno ya hemos sentido eso antes, siempre buscamos una salida, pero…no sé, Alphonse hizo que me cegara en ese momento y solo me deje llevar, no quise salir corriendo como una cobarde, de verdad deseo ayudar en lo que puedo para que se haga justicia, tu sabes que no podemos vivir así, además no es muy peligroso, lo único que se hace es hablar sobre esto y aquello...
Mari no estaba muy convencida, pero sabia lo inteligente que era su hija, y si esta quería hacer algo lo hacia, aunque se le prohibiera, siempre fue así, así que no dijo más.
—… Pero por dicha no ha pasado nada madre, la Marquesa fue muy amable con migo, le debo eso.
—Esta bien Alein, como quieras, ya eres muy grande para tomar tus propias decisiones, siempre lo has hecho, desde que murió tu padre.
Alein era muy feliz por como era su madre, más que una madre para ella, era su amiga, y podía decirle todo lo que quisiera, nunca se pondría a regañarle o a prohibirle, pero tampoco deseaba preocuparle, así que no dijo más despidiéndose de su madre para irse con su hermana que minutos antes se despertó de un sueño profundo y se había aferrado al abrazo de su hermana mayor para estar así mientras Alein le hablaba a su madre.
—¡¡¡Bonne nuit!!! Madre, vamos Ani.
—Buenas noches hija, que descanses.
Mari se quedo un segundo mirándolas mientras estas se iban, y con una sonrisa se fue a su cama la cual no quedaba muy lejos del pequeño comedor, donde habían estado conversando.
—Ani… no sabes cuan feliz me siento…—Decía Alein entre suspiros mientras se quitaba los zapatos, pantalones, la camisa, el chaleco, bueno toda la vestimenta de hombre, quedándose solamente en interiores, para posteriormente lanzarse en la pequeña cama junto a su hermana, la cual solo la veía divertida por lo que hacia.
—…Es demasiado para mi...con solo poder tenerla tan cerca me basta y sobra…
—¿Te gusta mucho verdad?—Le preguntaba su hermana menor.
— No te voy a mentir, así es…bueno ¿A quien no?, es una mujer magnífica.
—Creo que a las mujeres no—Le informaba Anabella.—Creo que esto de ser hombre te ha afectado un poco hermana.
—Si, seguro, quien sabe, puede ser, no lo sé…
—Ya, bueno buenas noches, que ni mamá ni yo hemos podido dormir por culpa tuya, “caballero tonto”.
—Alein se volvió a su hermana y las dos cómplices se sonrieron, para después girar hacia el otro lado y apagar el candelabro dispuestas a dormir, cada una con sus respectivos sueños.
Otra mañana, ahora como era ya su costumbre, de pié ante la puerta de su casa Alein se arreglaba su boina poniéndosela de lado para después partir hacia su trabajo.
Antes de que el primer gallo quiquiriquíara, antes de que el primer pájaro cantara, antes de que el panadero pusiera a hornear el primer bollo de pan fresco y el lechero repartiera sus primeras botellas de leche recién ordeñada, antes de que el primer rayo de sol cayera sobre las casas desgastadas y el borracho callejero se perdiera al final de una de las tantas callejuelas, se empezó a propagar por cada rincón de la gran ciudad de París, una de las noticias más aborrecidas por toda persona viviente de ese lugar, más bien de toda Francia.
Los ingleses habían declarado la guerra a Francia, esto no era en sí, y de por sí, nada alarmante, ya queFrancia mandaría sus tropas hacia aquellos países que se habían lanzado contra ellos en un principio, la cuestión era, como terminaría todo aquello, como llegaría ladecadencia a ser partícipe y todas las consecuencias que la maldita guerra podría llegar a tener para todo un gran imperio, pero peor aún, para todo el pueblo agrario.
En el gran palacio se respiraba una tensión obvia, el Rey había citado a una reunión con todos los miembros del gabinete y con sus invitados de honor, los líderes de cada ciudad de Francia empezaban a jugar un papel muy importante, aunque solo fuera por que en esos momentos se encontraban allí, ya que al Rey Luis le gustaba tomar sus propias decisiones sin ninguna ayuda, la única que para él era importante era la Marquesa de Versalles, ningún otro le era significativo, pero dado el caso…no podía hacer menos.
No había ninguno que no se hubiera enterado, desde ese momento sería el tema principal de cada día.
Alein solo deseaba que llegara la tarde y el instante para ir a ver a la Marquesa, no cabía en su mente más que eso, se enteró de la noticia, pero no le importaba, no en ese momento. Como fue en su primer día, se pulió para hacer un buen trabajo, ya era su segundo día, pero sentía como si toda la vida hubiera sido pescadora, lo llevaba en la sangre, su padre se lo había heredado como muchas otras cosas, era la viva imagen de él, su madre siempre se lo vivía recordando y a ella le encantaba que la comparara con su padre, con su amado padre…su héroe.
—¡¡¡Hasta mañana señor Franco!!!—Le despedía un sonriente señor Mirror.
—¡¡¡Hasta Mañana!!!
Alein sentía que desde un principio se había ganado la amistad del señor Mirror, era un hombre muy amigable y amable, trataba muy bien a sus trabajadores, tanto así, que la mayoría de los pescaderos deseaban trabajar para él, y si en alguna oportunidad lo habían hecho lo harían de nuevo.
Alein estaba muy, pero que muy contenta, se le notaba mientras pasaba en medio de la gente, la cual la mayoría tenía caras de mal humor, otros muy pensativos, otros que iban hablando solos, viejas chismeando por ahí, caras largas y amargadas, de todo un poco. Pero ella era la única que generaba felicidad, se salía hasta de sus poros, toda radiante, sin importarle nada ni nadie, bueno excepto una persona.
—¿¿¿Franco??? Heee, ¡¡¡Franco!!!—Le gritaba una chica de cabello rubio muy largo, ojos color miel, delgada, de la misma altura que Alein y muy atractiva, que se iba aproximando a esta con un andar muy sexy.
—¿Laure?, hola que tal, ¿Como estáis?
—En este momento estoy más que bien—Le respondía Laure algo provocativa.
—Eh, bueno… jeje, me alegro…creo.
—Y dime ¿Tenéis algo que hacer?
—Si, me tengo que ver con alguien.
—Oh, que mal, me hubiera gustado ir a charlar un rato con tigo, no sé.—Decía Laure algo decepcionada.
—Lo siento, es algo muy importante y no puedo aplazarlo, que pena.
—No hay problema, será en otra ocasión.
—Claro, bueno si me disculpáis me tengo que ir.
—¿Queréis que te acompañe?—Le preguntó Laure de repente esperanzada.
—¡¡¡No!!!...eh, lo siento, tengo que ir solo, pero gracias.
—Esta bien, de todos modos me acordé que tengo que hacer algo.—Le informaba Laure forzando una sonrisilla.
—Bueno, nos vemos entonces.
—Si, esta noche, ¿Vas verdad?
—Sí, ahí estaré.
—Esta bien, que te vaya bien en…tu cita.
—Sí, gracias.
Y sin otra cosa, Alein se encaminó de nuevo hacia su destino, pero unos pensativos ojos color miel la seguían desde lejos, para después retirarse y seguir su propio camino.
***
—Marquesa Alexandra, ¿que pensáis de todo esto?—Le pregunta un rey puramente alegre para ser el momento que es.
—Sí…pues la verdad yo preferiría esperar un poco antes de llegar a tomar una decisión sumamente importante, esperar a ver como vuestro enemigo actúa ante los demás países, o mejor dicho vuestros aliados, creo que en definitiva me tomaría este punto un poco incierto menos alarmante, con más calma, veo que vuestras tropas están sumamente preparadas para actuar si se les da la orden…
—Así es, de eso no hay que preocuparse.
—Ya veo…sepa que esto va a afectar a nuestra gente, más que todo los plebeyos.
—Ah, Marquesa, no os preocupéis, usted y yo vamos a estar bien, eso es lo importante.
—Yo no puedo estar bien, si eso es lo que vuestra alteza cree, con mi respeto alteza, deseo saber si tenéis bastantes recursos para esto, yo sé que si los tenéis, pero sabes que nuestro pueblo es muy importante, si algo pasa y empiezan a lanzarse contra vosotros, sería muy peligroso para usted alteza, ¿No cree?—Decía Alexandra muy seria.
—Yo… (Tos)…
—¿Esta usted bien majestad?—Le preguntaba uno de sus sirvientes dándole pequeñas estocadas por la espalda.
—Ah, él esta bien.—Informaba Alexandra con un atisbo de riza y maldad en su rostro.
—Si si, estoy bien.—Respondía el aturdido Rey tratándose de recuperar.—Esta bien por hoy, pensaré en vuestras propuestas, pueden retirarse, menos usted Marquesa, deseo hablar con vos en privado.
Alexandra, la cual ya estaba a punto de retirarse junto con los otros, con mucho fastidio mal disimulado y mientras su consejero le suplicaba con la mirada, esta asintió al soberano. En eso vio que se le acercaba una de sus criadas.
—Disculpad Marquesa, hay un joven que pregunta por usted, el muy insolente ha insistido, dice que vos lo estáis esperando, ¿Queréis que lo eche?
—No...Decidle que me espere.
—Como quiera.
Y a secas la criada se retiró.
—¿Quién la está esperando Marquesa, si puedo saberlo?
—No no puede.—Dijo esta sin más.
Dominique la miraba casi hincándosele para suplicarle, esta lo miró poniendo de lado su boca como dudando, para después volverse de nuevo al Rey, y con una pequeña sonrisa decirle.
—Es una persona…muy importante al cual he citado, muy pero muy importante.
—Si queréis hablar luego, esta bien, parece que es…importante.
—Así es, bien, entonces si me disculpa su alteza.
—¡Espera!...espero que vengáis esta noche…para terminar nuestra conversación, a tu honor una cena espléndida.
Alexandra se quedo un momento pensándolo, quería ver al Rey en un momento vergonzoso, esperar por alguien que ha sido invitado por él, no era nada cómodo.
—Bien,—Dijo esta.—Será un placer su alteza.
—Bien, mademoiselle, aquí os espero.
Alexandra se despidió con una pequeña sonrisilla maliciosa y haciendo una pequeña reverencia se retiró junto a su inseparable consejero, dejando a un más que excitado Rey.
—“Esta mujer me encanta, espero que no tengamos problemas, no me gustaría tener que hacerle la vida imposible”.—Pensaba el Rey mientras era despachado a su recámara por sus sirvientes.
—Alexandra, por favor, tenéis que ser más amable con vuestra alteza.—Le apuntaba su consejero.
—Es que…no lo soporto, es algo que no puedo reprimir.
—Lo sé, lo sé, pero has un esfuerzo jovencita.
—Lo intentaré Dominique.
—Ahora dime, ¿Que es eso de que te espera un joven?
—Ya lo verás.
Al llegar al recibidor, Alexandra miró hacia una silla donde se encontraba sentado aquel joven el cual emanaba misterio y secretos para ella, deseaba tanto que se los dijera.
—Bonsoir Franco, ¿Como esta su cabeza?—Le preguntaba Alexandra a el joven sonriente, el cual la esperaba ya de pie, inclinándose un poco como reverencia a su presencia.
—Bonsoir mademoiselle, esta muy bien gracias, he venido hasta acá, uno de los oficiales de entrada del Hotel—Dieu me ha dicho que estabais aquí.
—Bien, te presento a mi consejero personal, Dominique.
—Oh, mucho gusto Monsieur.—Saludó Alein educadamente.
—El gusto es mío joven.—Le señalaba Dominique con una sonrisa auténtica, me han hablado de vos.
—Oh, ¿De verdad?—Decía Alein un poco avergonzada bajando su cabeza, seguro que la Marquesa le contó de su pequeño…accidente.
—Si, me han dicho que eres un joven muy bueno y respetuoso.
—Oh, si, que bueno.—Decía una Alein de repente alegre.
—Vamos.—Dijo con una sonrisa Alexandra cortando la conversación.
Se dirigieron al carruaje seguidos de dos criadas la cuales se miraban entre sí, sin creerse lo que veían.
Ya montados, se dirigían hacia el Hotel—Dieu, Alein estaba mirando hacia afuera, no podía creerse nada, estaba allí, en el carruaje real de una de las mujeres más importantes de toda Francia, aunque ya se había montado, pero esta ves era con ella, la cual estaba al frente suyo también mirando hacia las afueras, hacia el Río Sena, Alexandra de vez en cuando echaba una miraba hacia Alein y le sonreía para después mirar de nuevo hacia fuera.
Dominique las miraba, parecía que se hubieran conocido desde hacía mucho, no sabía bien porqué la Marquesa escogió a este joven, o porqué la tenía tan aturdida, tan, tan…bueno como estaba.
—“Este chico es especial, tiene un no se qué, le produce bienestar, cada ves que lo ve, se ve en sus ojos felicidad, le hace bien a mi niña, le hace muy bien”.—Pensaba Dominique mirando a Alein, la cual se dio cuenta de ello y sin pensar lo miró, el pequeño hombre le cerro un ojo y sin más se dispuso a mirar hacia las calles.
Alein sin entender muy bien el significado de esto, sonrió, le caía muy bien, se veía que la Marquesa lo quería mucho, parecía su padre, pero no lo era, aunque seguro ese sentimiento no estaba muy lejano.
—¿Has comido algo?—Le preguntó de repente Alexandra mirándola seriamente y sacándola de sus pensamientos.
—No, Marquesa.—Le respondió Alein.
—Bien.—Dijo esta.—Comeremos en cuanto lleguemos.
Alein solo atino con una afirmación de su cabeza, para después ver que ya estaban cerca. Deseaba que este paseo tan agradable no terminara nunca, pero todo llega a su fin, así que solo espero a que llegaran.
Alexandra tampoco quería que terminara el paseo, estaba muy contenta, no sabía si porque pudo escaparse de las garras de la rata del Rey, o era porque estaba con el joven…si es que lo era. Ahora no estaba muy segura, pero…lo iba a averiguar.
***
Llegaron al Hotel, se desmontaron del carruaje uno a uno, mientras Alein caminaba por detrás de Alexandra, esta última miraba de vez en cuando hacia atrás, no sabía porque pero no podía dejar de mirar al chico, como si este se fuera a perder o algo así.
—Por favor Dominique, lleva a mí invitado al restaurante del Hotel, como siempre reserva el comedor privado, tengo que ir a mi habitación antes.
El consejero se llevó a Alein con él, mientras Alexandra se dirigía a su habitación seguida de sus dos criadas más amargadas que nunca, Alein y Dominique llegaron a un restaurante muy lujoso dentro del mismo Hotel—Dieu, a Alein se le agrandaron los ojos de tanto lujo, nunca vio nada igual en su vida, solo se lo habían contado, este lugar era solo para gente de glamour como lo era la Marquesa, pero ella…ella no cabía en todo eso, no compaginaba, pero no le importaba, Dominique le sonreía para hacerle ver que estaba bien.
Simplemente se fueron hacia un pequeño comedor privado más lujoso que el principal, con una gran mesa de cedro en el centro y dos estatuas de mármol a los lados, arriba se exhibía en toda su grandiosidad una gran lámpara de oro puro con sus decorativas candelas, era demasiado para un solo comedor, pero así eran ellos, todo para ellos, todo para la aristocracia, mientras afuera de ese lugar habían niños todos flacos y desnutridos, mujeres cargando sus bebes, los cuales ni se sabía si estaban vivos o muertos, así era la vida de afuera, era otro mundo, un mundo olvidado y desolado, los que querían verlo podían verlo y los que no también.
Alexandra no se tardó mucho, le dijo a su consejero que se quedara, pero este dijo que no tenía mucho hambre, así que sin más se fue dejando a solas a Alein y Alexandra, sus criadas tampoco estaban, a Alexandra no le gustaba que estas estuvieran mientras ella comía, al minuto ya estaba siendo servida su comida, primero la entrada, el cual se veía muy delicioso, Alein quería comérselo de golpe, tenía tanta hambre, pero pudo contenerse y copiar a como podía los movimientos tan prácticos de la Marquesa con la cuchara, al terminar de comerse el exuberante platillo, Alein pensó que habían acabado.
—Marquesa, esto estuvo sumamente exquisito, nunca había comido algo tan espléndido, muchas gracias.
—Oh, eso no es nada, ahora viene la mejor parte.
Alein no entendía de qué estaba hablando antes de que llegaran de nuevo los meseros para empezarles a servir el plato fuerte. Alexandra solo sonreía muy contenta de ver la cara que tenía la joven, sabía que esto era algo nuevo para su invitada, y se sintió muy feliz de ser parte de ello.
Después de haber degustado más de cinco platillos diferentes, sin contar el delicioso postre, que en ese momento estaban disfrutando, Alexandra se puso un poco sería para empezar a hablar.
—Estáis…”satisfecho”
—Oh, claro que si, mucho, ha sido toda una exquisitez y toda una nueva experiencia para mí, os lo garantizo.—Le decía Alein poniendo énfasis en la palabra “toda”.
—Me alegro.
—Estoy que si me como algo más estallo como un globo.
—Si, yo también.—Le informaba Alexandra con una sonrisa la cual Alein devolvió.
—Bueno, a lo que iba Franco, primero que todo olvida el…incidente que tuvimos tu y yo ayer, ¿De acuerdo?
—Si, pero, nunca voy a dejar de sentirlo, es algo que no acostumbro a hacer, lo hice solo para…solo porque necesitaba hacerlo.
—Lo sé, se que necesitabas me imagino que algo de dinero, para comida.
—Si…así es.—informaba Alein con la cabeza baja.
—Bueno…ya esta olvidado.
—Si, esta olvidado.—Repitió Alein.
—Pero…te dije que quería que trabajareis para mí, a cambio de no acusarte.
—Así es.
—Bien, quiero que seáis mi mensajero mientras esté en París, no se por cuanto es eso, pero necesito a alguien que lleve mis mensajes, me haga enviados y todo eso, no me fío mucho de el que está haciendo ese trabajo, así que quería contratar otra persona, eso lo pueden hacer por mí, pero me gusta hacerlo yo, no confío en muchas personas ¿Sabes? la noche pasada, me hicisteis correr como nunca, veo que eres rápido, eso es lo que necesito.
—Oh, que pena de verdad yo…
—No, nada de eso, ahora se que eres muy vertiginoso.
Alein solo le sonrió un poco ruborizada. Pensó que como era posible que la gente dijera cosas malas de la Marquesa, todo lo que ella veía le gustaba, era una mujer muy amable, dura, pero en el fondo tenía sentimientos que no dejaba que vieran así como así, trataba de esconderlos, pero a Alein no podía escondérselos, ella misma no lo sabía, pero hacia que las personas de una u otra manera pudieran dejar ver aunque sea un poco su verdadero yo, y no ese que quieren que la gente vea.
—Gracias Marquesa.
—Entonces ¿Estáis de acuerdo?
—Si, estoy de acuerdo, para mí será todo un placer.
—“Para mi también”—Pensó Alexandra.—Bueno, entonces, espero verte mañana, para que empecéis, necesito que vayas por unos encargos, en la mañana…
—Oh, Marquesa, disculpe, pero…es que soy pescador, trabajo en las mañanas en el Sena, en una embarcación, por eso la vez que nos tropezamos…
—Ya veo, pensé que no trabajabas…
Alein sabía porque lo decía, alguien que trabajaba no era ladrón, no necesitaba de eso o eso parecía.
—…Renuncia.—Le aconsejó esta sin esfuerzo.
—Pero…no puedo, mi vida…esta ligada a la pesca Marquesa, esa parte de mí me mantiene viva, no puedo vivir sin eso, ahora no.
—Te pagaré el triple de lo que ganas o más si queréis.
Alein lo pensó, pero si dejaba eso, ahora que lo amaba tanto, que lo necesitaba como la comida, en donde se sentía más cerca de su padre que ninguna otra parte, no podía.…
—Esta bien Marquesa, pero no es necesario que me paguéis tanto, solo lo que a usted le parezca.
Alein de un momento a otro cambió su estado de ánimo, ahora se le veía muy triste, Alexandra vio esto.
—Hagamos algo, porque no tratáis de que te dejen trabajar medio tiempo, veo que es muy importante para ti, aunque no sé lo que veáis con estar siempre apestando a pescado y hacer ese trabajo tan pesado, pero si tú lo quieres intenta eso, la verdad os necesito lo más temprano que puedas.
—Esta bien, lo voy a intentar, gracias por vuestra comprensión Marquesa, es usted muy amable.
—Deja de decir eso por favor, solo te estoy haciendo un favor…solo eso.
—Si, claro, gracias de todos modos.
Alein se quedo un minuto esperando un “de nada”, pero no se dijo más.
—Bueno, eso es todo Franco.—Alexandra se levantó y se acercó a Alein que como si nada se puso nerviosa y mucho más mientras Alexandra más se acercaba, Al fin quedo muy pero que muy cerca, Alexandra inspiró muy profundo, haciendo que a Alein se le pararan los pelitos rubios de sus brazos, después la miro intensamente, como buscando algo, algo que empezaba a ser presencia en Alexandra, la cual no era nada tonta y podía ver más allá de muchas personas.
—Franco no quiero que me ocultes nada, eso lo odio más de lo que odio a la gente que roba.
A Alein le temblaba todo su cuerpo, no tenía ni la menor idea del tan inesperado cambio de esta mujer, de por qué le decía tal cosa, ¿Tanto quería ella a Alein para ese trabajo?,habían miles que les hubiera gustado tener ese trabajo, tenía muchas opciones que escoger, ¿Porque ella?, ¿Que sentido tenía?, solo era una cualquiera, una plebeya que lo único que sabía hacer era pescar y meterse en problemas.
Sin otra cosa Alexandra se retiró un poco, dejando tranquila a la estremecida chica.
—“Ay Dios mío, ¿Se habrá dado cuenta?, no, pero si nadie se ha dado cuenta, ¿Porque ella debería?, ¿Será que es adivina o algo así?, ¿Tendrá poderes?, si ni se nota nada, de verdad parezco un chico, hasta mi propia madre se confundió una vez…espero que no, si no tendré muchos problemas, más de los que ya he tenido”.—Pensaba Alein, mientras se tranquilizaba un poco.
—Nos vemos mañana… “Franco”.
Alein un poco extrañada por el pequeño atisbo de ironía que le puso la Marquesa a sus palabras, le devolvió el despido.
—Hasta mañana Marquesa…gracias por todo.—Y sin más le ofreció una reverencia bastante grande para el gusto de Alexandra.
—¡Ou revoir!—Dijo esta.
Una de las criadas que estaba fuera del comedor asintió a la señal que Alexandra le hizo desde largo.
Alein salió del comedor siguiendo a la Criada, dejando a una más que pensativa e inquieta Alexandra.
—“Franco”… porque te haces pasar…por hombre.
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