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Uber » El
regalo
Esta historia ha sido traducida por MET,
miembro de Xenafanfics, y cuenta con el permiso
de la autora para su traducción y publicación
en Internet.
Si quieres dar tu opinión sobre la
misma, hacer algún comentario o recibir
información sobre las actividades de
nuestro grupo de traducción de fan
fictions de «Xena, Warrior
Princess», escribe un
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O visita nuestra web informativa en: http://personales.ya.com/bibliotecaxff
Revisado por Ellen.
Nota de la revisora: He
tratado de mantener las expresiones de la
lengua de la traductora salvo algún
mínimo cambio para que sea entendible
a ambos lados del océano.
Descargo: A pesar de que
estas adorables damas puedan parecerse a los
personajes pertenecientes a RenPics, es ahí
donde termina su semejanza. Ellas son mías,
totalmente mías, ¿¿me
escucharon?? Pero seré buena y les
dejaré que las disfruten por un tiempo.
Subtexto: Sí, esta
historia pertenece a los anales de 'mujeres
que aman a mujeres'. Quiero decir, ¿qué
más hay en la vida? Pero este relato
no es tan fuerte. Nada realmente gráfico,
(quise mantenerlo como una simple historia
de Navidad).
Violencia: Lo dudo sinceramente,
siempre y cuando Santa Claus no decida volverse
loco o algo así. Oigan, puede pasar.
Nota: Éste es un
Uber/Alt que tiene lugar en mi época
del año absolutamente favorita, la
Navidad.
Nota de la autora: La Navidad
es mi época favorita de año,
y es así desde que era niña.
Quiero contaros una pequeña historia
acerca de cómo he sido alcanzada este
año por el sentimiento de dar a los
demás. Ahora, esta historia puede molestar
a alguien, o simplemente no hacer sentir lo
mismo, si eso ocurre, simplemente aceptadlo
por lo que vale.
Trabajo en la biblioteca de una cárcel
de media-alta seguridad, y los presos que
trabajan para mí de forma más
cercana, me preguntaban si podríamos
decorar la biblioteca para Navidad, así
que dije que sí. Salí y compré
dos pequeños árboles, algunos
ornamentos y dos largos cordones de luces.
Puse mis ofrendas en el mostrador de circulación
y dije: "Divertios". Regresé
a mi oficina y cuando tras aproximadamente
media hora salí de nuevo, me quedé
de pie, traspasada cuando vi a cuatro tipos
transformar la puerta delantera en su propia
versión del mundo de la Navidad. Estaban
muy felices, riendo, y encendiendo las luces
más brillantes que cualquier otro árbol
de Navidad. Supe entonces que cualquier duda
que hubiera podido tener sobre mis acciones,
eran completamente infundadas, y estaba llena
de una completa sensación de paz.
Deseo ese sentimiento en todos y cada uno
de ustedes, así como una Feliz Navidad.
KP.
:: EL REGALO
::
(THE GIFT)
Por
Kim Pritekel
Puedo decir que éste
será un día extremadamente largo.
La multitud, que desde ya está llenando
el centro comercial, parece una manada de
lobos hambrientos listos para atacar. Y en
cierta forma supongo que van a eso, a matar,
o por lo menos a cazar. De todas formas, sí
van a la cacería de una magnifica oferta.
Es viernes, el día después de
'Acción de Gracias', el más
importante para compras de todo el año.
Estoy de pie en mi puesto
como el jefe duendecillo de Santa Claus en
el centro comercial Marlado. Hoy es el primer
día del gran chico de rojo, y los niños
de Nueva York están por comérselo.
—¡Ahí
vienen! —exclamó Tony, más
conocido como Santa
Claus, con sus palabras cubiertas por
su gran barba postiza. Miré al gran
vestíbulo del almacén y mis
ojos verdes casi se salen de sus órbitas.
Una estampida de niños se dirigía
a nosotros, muy excitados, con sus voces chillonas
llenando el gran espacio y haciendo eco en
el techo alto, creando así su versión
de la canción "Oh
Come All Ye Faithful"—. Dios
Santo, ¿quién cielos envió
esto? —Tony se santiguó y enseguida
puso su mejor y más grande sonrisa
en su lugar.
Yo ajusté mi gran
bonete verde y rojo, que realmente nunca me
había quedado bien en los dos años
que llevo haciendo esto, y esperé por
el primero en la fila para saludarlo, preguntarle
su nombre y ubicarlo en el regazo de Santa
Claus. ¿Existen personas qué
están tan desesperadas por algo de
dinero extra, que se someten voluntariamente
a esto… dos veces? Con un suspiro, sonreí.
El día estaba
transcurriendo tranquilamente, hasta ahora.
Sólo un niño se había
orinado en la falda de Santa Claus. Podía
estar satisfecha. Había llegado finalmente
la hora del almuerzo. Caminé a través
del que parecía un infinito corredor
en el inmenso vestíbulo del almacén,
tomando mi paseo diario admirando las vitrinas,
mirando todas las cosas que me encantaría
tener, pero a las que nunca podría
acceder.
Mis padres murieron hace
tiempo y mi hermano no ha vuelto a hablar
más conmigo, así que en realidad
no tengo a quien comprar regalos. Tal vez
podría comprarme algo este año.
Por lo menos mi árbol ya tiene un paquete
bajo él, un regalo para mi gato psicópata,
Sabor.
Miré a través
de una gran vitrina de un nuevo almacén,
que se había instalado justo antes
de la víspera de Todos los Santos.
Seguramente este almacén estará
abierto todo el año con decoraciones
especializadas en las diferentes fiestas.
Cualquier cosa que vaya desde aterradoras
máscaras y sangre falsa hasta adornos
de árboles navideños e inclusive
cornucopias del Día de Acción
de Gracias.
Vi mi reflejo en el cristal
limpio del almacén y tuve que reírme
de mi imagen con aquel bonete, el chaleco
verde adornado con pequeñas campanitas
doradas que anunciaban mi presencia, y el
ajustado buzo rojo bajo éste, luego
llegué con la mirada a los verdes pantalones
de terciopelo que me llegaban hasta las rodillas.
Las mallas de franjas rojas y blancas que
terminaban en unos ridículos zapatos
puntiagudos rojos, con una campanita en cada
una de sus puntas.
Alcé la mirada
y me quedé paralizada. Revisando unos
estantes de graciosos adornos navideños,
estaba la mujer más hermosa que jamás
había visto. Ella lucía mucho
más alta que yo, lo cual no es muy
difícil considerando que me quedé
en 1.65. Ella tenía el cabello largo
y negro, tan brillante y saludable que parecía
como si se lo hubiese cepillado cientos de
veces. Podía ver únicamente
su perfil, pero eso era suficiente. Sus rasgos
eran fuertes, su mandíbula firme, sus
cejas arqueadas sólo lo suficiente
para demostrar poder sin darle un aspecto
malévolo. Yo me quedé petrificada.
Ella estaba quieta con los brazos cruzados
sobre el pecho, la correa de su cartera colgando
precariamente del hombro más cercano
a mí. Su presencia era la de alguien
seguro de si mismo, casi petulante. Ella…
¡CRASH, TILÍN,
TILÁN, TILÍN!
Fui empujada y justo
por un instante pude ver al bribón
que atropellándome corría para
seguir a toda velocidad por el corredor, empujando
a las personas para que se alejaran de su
camino.
¡CRASH, TILÍN,
TILÁN, TILÍN!
Fui empujada nuevamente
y alcancé a ver las espaldas del personal
de seguridad del centro comercial que iban
en persecución del estúpido
chico. De un tirón acomodé mi
sombrero en su lugar y miré a la vitrina.
Estaba totalmente abochornada, la mujer estaba
mirándome fijamente, sus increíbles
ojos azules me sonreían, a pesar de
que su rostro permanecía estoico, casi
como una piedra. Nuestros ojos se encontraron
y tuve que mirar para otro lado.
Me dirigí rápidamente
por el pasillo, no podía soportar la
idea de que ella me viese otra vez con este
estúpido disfraz. Como si importara.
Primero, ¿por qué iba a estar
ella interesada en lo que yo pudiera usar?,
y segundo, ella probablemente no sería
gay. Dios, ¡que embarazoso! Encontré
un baño y me metí en él
ya que sentía que por mi cuello subía
un rubor que pintaba mi cara de carmesí.
Me apoyé en el mostrador y me miré
en el gran espejo que estaba sobre la pared,
mi sombrero otra vez estaba torcido.
—Maldición.
—Lo retiré y pasé los
dedos por mi larga cabellera dorada-rojiza,
tratando de poner algo de orden en mis mechones.
No había forma. El material del sombrero
había hecho que mi cabello estuviera
cargado de estática. Acomodé
nuevamente el bonete en mi cabeza y me dirigí
de regreso hacia el torrente de emociones
festivas.
HO, HO, HO, HO, HO
Cuando por fin salí
de la casa de la locura, me dirigí
hacia mi pequeño apartamento con su
minúsculo dormitorio y su salita-cocina.
Me lancé sobre el sillón verde,
de más de treinta años, el cual
lo compré por veinte pavos, y cerré
mis ojos, apoyé la cabeza en el respaldo.
Con un profundo suspiro dejé que mi
mente recorriera el día. Inevitablemente,
la mujer de la tienda de adornos navideños
pasó por mis ojos. ¿Quién
era ella? Sé que Nueva York es una
ciudad inmensa, pero alguien como ella se
quedaría clavada en mi mente, con seguridad.
Abrí los ojos
al sentir el frío hocico que tocaba
suavemente mi mano. Sabor me estaba mirando
a través de sus ojos verde/gris/azulados,
moviendo la cola elegantemente en el aire,
mientras esperaba que yo le prestara atención.
—Hola, hombrecito.
—Comenzó a frotar su cabeza en
mi mano y yo le acaricié entre las
orejas y los ojos. Ronroneó y de un
salto se subió al sofá para
acomodarse junto a mí. Miré
pensativa a la pared frente a mí, mientras
pasaba distraída la mano por la suave
piel de mi gato. ¿Qué estoy
haciendo aquí?, yo soy del otro lado
del país, del estado de Washington
o para ser exactos de Seattle. Había
decidido aventurarme a salir hace tres años,
cuando mis padres murieron en un accidente
de aviación.
Soy una escritora, bueno,
algo así. Por lo menos eso es lo que
quiero ser. En realidad sólo soy Sarah
Bronson, duendecillo a medio tiempo, camarera
a tiempo completo en un pequeño salón
a ocho calles de mi departamento, y escritora
extraordinariamente frustrada.
Por naturaleza soy una
optimista, pero incluso eso estaba comenzando
a fallar. Tengo pocos amigos, y en ocasiones
siento que únicamente estoy empujando
una rueda sin que ello me lleve a ningún
lado. Es una sensación horrible. Miro
a mí alrededor, las sombras profundas
de la noche pintan todo en tonos grises. Podría
fácilmente empaquetar lo que tengo,
ponerlo en mi auto y dirigirme a casa. Todavía
tengo amigos allá que podrían
ayudarme a salir adelante.
Entonces, desde la esquina
de mi escritorio, mi enorme ordenador me llamó
la atención desde la esquina en que
se encontraba el escritorio, encajonado entre
una estantería y la pared. Ya tengo
una pequeña historia publicada, tal
vez pueda seguir en esto. Lleva tiempo y todavía
soy joven, con sólo 24. En aquel momento
la mujer del centro comercial saltó
a mi mente de nuevo, ¿qué pasa
con ella? Era increíble. Algo me dice
que la voy a volver a ver.
—Claro que lo harás.
Trabajas en el centro comercial —murmuré
para mi misma mientras me levantaba y estiraba
mi cuerpo dolorido. Me quité el estúpido
bonete y lo lancé al sillón.
Sabor lo olfateó y se fue. Incluso
a él no le gusta. Sonreí y comencé
a revisar mis patéticos armarios vacíos
de la cocina. Odio comprar comida, cualquier
cosa menos eso. Es una pérdida de tiempo.
Sin encontrar nada interesante, y con un suspiro
de resignación, me fui a la cama.
HO, HO, HO, HO, HO
El sol era cegador al
salir de mi edificio. Las cinco pulgadas de
nieve que habíamos recibido la noche
anterior tenían a la ciudad molesta.
Miré abajo, hacia los montones de nieve
que se habían acumulado contra la cerca
que bordeaba la propiedad, su blanco brillante
estaba esparcido de lodo y sucio por los autos
que pasaban y las manchas amarillentas que
periódicamente aparecían cuando
algún idiota dejaba a su perro orinar.
Suspiré mientras me dirigía
hasta mi trabajo en el salón. Al parecer
no importa cuan temprano me levante, nunca
consigo ver la nieve clara y limpia antes
de que la ciudad la tome con ella. Oh, bueno,
quizás algún día.
—¡Sarah!
Hola chica. ¿Cómo te va?
—Hola, Raquel.
Bien, y ¿tú?
—Nada mal, nada
mal.
El salón estaba
ya lleno a las siete de la mañana.
¿La gente no duerme? Miré alrededor
a todos los clientes que estaban apretados
en los escasos espacios para sentarse. Fui
rápidamente hacia el cuarto de atrás
y tomé el delantal de mi pequeño
casillero, lo até a mi cintura. Disponiendo
de un limitado vestuario, no puedo permitirme
el lujo de arruinarlo con la comida grasienta
que servimos aquí. Siempre me he admirado
de cómo ninguno de nuestros clientes
cae fulminado con las arterias obstruidas.
Corrí fuera hacia
el mostrador, donde en línea, la gente
hambrienta, mal humorada e impaciente me miraba
con esperanza, mezclada en sus miradas hambrientas,
mal humoradas e impacientes. Tomé una
profunda bocanada de aire, agarré la
jarra de café y puse una sonrisa en
mi cara.
—¿Quién
quiere café?
HO, HO, HO, HO, HO
El centro comercial estaba
tan abarrotado como el día anterior,
quizás más teniendo en cuenta
que hoy es sábado. Tan rápido
como salí del salón cerca de
las seis de la tarde, tomé el metro
y apresuradamente llegué acá.
Santa Claus estaba ya hasta arriba, mi duende
asistente, Marla, quien me reemplaza mientras
estoy en mi otro trabajo, parecía aturdida.
No era una buena señal.
—Hola Marla. ¿Cómo
ha ido esto? —pregunté suavemente
mientras pasaba sobre la cuerda roja que marcaba
el límite del territorio de Santa Claus
de los otros quioscos a nuestro alrededor.
—No tan horrible.
Pero el pequeño Bernard regresó
hoy. ¿No es suficiente ver a Santa
Claus seis veces?
—Creo que está
obsesionado, el chico necesita ayuda. —Marla
sonrió y puso su mano en mi hombro.
—Buena suerte Sarah.
La vas a necesitar.
—Gracias. —Marla
me pasó el balde con los minúsculos
caramelos y comenzó a salir por entre
la multitud de niños ansiosos, hasta
que finalmente escapó.
Lo bueno de este trabajo
es que, como estás tan ocupada, el
tiempo pasa muy, muy rápido. Antes
de darme cuenta, ya eran las ocho y era el
momento de un descanso. Teníamos exactamente
dos horas más antes de poder ir de
regreso al Polo Norte para pasar la noche.
—Sarah, ¿vas
hasta Arby's? —Miré a Tony.
—Sí, ¿quieres
algo?
—Me traes un batido
de moka, ¿por favor?
—Claro, regreso
enseguida.
—¡Oye, y
ésta vez no olvides la pajita! ¡La
última vez tuve que estar retirando
las barbas postizas de mi boca durante dos
días! —me advirtió Tony.
Reí y alcé mi mano para indicarle
que lo había escuchado mientras salía.
Arby's estaba tan lleno
como el resto del centro comercial, había
gente por todos lados. Siempre pensé
que noches como éstas eran la perfecta
oportunidad para un ladrón de hacerla
a lo grande. Nadie está en casa, presa
fácil.
—Hola. ¿Puedo
ayudarla? —Salté sobresaltada,
giré mi asustada cara a la joven que
estaba detrás del mostrador. Se veía
acalorada, cansada y definitivamente irritada
conmigo.
—Perdón.
Hola. —Le sonreí. Ella se quedó
mirándome. Bien, entonces…—.
¿Me da un batido de moka, con una pajita
y una…?
—Las pajitas están
ahí afuera. —Señaló
al mostrador de condimentos detrás
de mí.
—Oh, bien. Muchas
gracias. Es de gran ayuda. —Estaba haciendo
un gran esfuerzo para contener mi voz. Esta
pequeña y fastidiosa adolescente me
estaba sacando de mis casillas. Todos estábamos
cansados, hambrientos, refunfuñones.
Quiero decir, diablos, estábamos trabajando
en la avalancha de Navidad en un centro comercial,
¿verdad? Todos éramos suicidas.
Deberíamos estar juntos frente a la
cara de la locura.
—¿Y? —Me
apresuró.
—Y una limonada
grande, y sí, eso es todo. —La
dejé callada. Comenzó a aplastar
las teclas de su máquina registradora.
¡Ja! Yo también puedo jugar duro.
Me indicó el total a pagar y saqué
mi dinero, saliendo con mi premio fuera del
local. Por una bendición de Dios, pude
encontrar un sitio donde sentarme, un banco
junto a grandes jardineras, que por alguna
razón la gente toma por ceniceros.
Saqué la envoltura
de la pajita y la inserté en el orificio
de la tapa de mi limonada, tomé un
tercio de ella en un solo sorbo. Cerré
los ojos con alivio y me limpié la
boca. Cuando volví a abrirlos nuevamente,
por poco me atraganto. ¡Allí
estaba ella otra vez! La mujer de la tienda
de adornos. Salía de un local de naranjadas,
que estaba junto a la puerta de Arby's. Contemplé
cómo tomaba un sorbo de su bebida,
de repente se giró y se quedó
mirándome directamente. Traté
de no parecer tan estúpida mientras
sonreía. Ella me sonrió. Después,
para mi completo horror, comenzó a
caminar en mi dirección.
—¿Santa
Claus te dio la noche libre? —me preguntó
con un pequeño toque de picardía
en sus ojos azul cobalto. Me quedé
fascinada con ellos.
—No, sólo
un descanso.
—Hmm, estoy segura
de que lo necesitabas. —Me sonrió
nuevamente y luego se alejó. La seguí
con la mirada. ¡Ohhhh, Dios! ¿Quién
eres? ¿Por qué estás
aquí? ¿Quién te envió
para atormentarme?
Lentamente regresé
hacia mi puesto en donde Tony esperaba impacientemente
su batido.
—¿Dónde
te habías metido? ¡Tenemos que
regresar en tres minutos!
—Discúlpame
Tony, las filas eran largas. —Le di
su bebida y sorbí la mía, mientras
mi mente divagaba a lugares donde no debía
ir, teniendo en cuenta que en dos minutos
y medio debía estar trabajando con
niños pequeños.
A menudo me pregunto
cuán locos se volverían sus
padres si conocieran los pensamientos que
pasan por mi cabeza mientras ayudo a sus pequeños
a subir a las piernas de Santa. Sonreí,
puse mi bebida abajo, fuera de la mirada de
los curiosos.
HO, HO, HO, HO, HO
Es domingo, los dioses
están sonriendo y yo también,
ya que tengo el día libre de mis dos
trabajos. ¡Aleluya! Bueno, el domingo
es mi único día libre y punto.
No me molesté en salir de la cama hasta
cerca de las once, y cuando lo hice me quedé
frente a la ventana mirando el maravilloso
invierno. Durante la noche tuvimos otro gran
ataque. La mayoría de la gente con
la que me he cruzado, se ha quejado del clima
de la costa este, pero viniendo de sólo
lluvia, la cual adoro también, aquí
estoy en el paraíso. Por lo que digo,
bienvenida.
Me bañe, rápidamente,
tanto como mi pequeño calentador me
lo permite, ya que sólo provee agua
caliente para una ducha alrededor de cuatro
minutos. Me puse un par de vaqueros desgastados,
un grueso y pesado saco y botas de montaña.
Fui hasta la sala/cocina,
tomé del refrigerador una botella de
Gatorade y me acomodé en el sofá
cerca de Sabor a mirar sin pestañar
mi casi desnudo árbol de Navidad. El
año pasado sólo tuve dinero
para comprar uno pequeño de un metro
más o menos, por lo que este año
mi gigante de 1.80, luce pobremente decorado.
—Tenemos un arbolito
triste, ¿eh Sabor? —El gato alzó
la cabeza y me miró, luego volvió
a dormitar. Con un suspiro me levanté,
tomé el abrigo y las llaves. Puse mi
billetera en el bolsillo y salí a…
se lo imaginan, al centro comercial.
El metro estaba repleto
de gente que iba de aquí para allá,
con los brazos llenos de paquetes de todo
tipo. Quise dejarme llevar por el movimiento
del vagón del metro mientras se desplazaba
por los oscuros túneles y plataformas
rebosantes, para luego salir a la luz del
día, sólo para regresar otra
vez a los túneles, como si estos lugares
fueran donde los trenes se sienten más
seguros. Bajé en mi parada y caminé
las pocas calles que había hasta el
inmenso complejo del centro comercial.
Pasé rápidamente
por el puesto de Santa Claus y su impaciente
ayudante. Odio restregar en sus rostros el
hecho de que yo esté libre, y que no
tengo que lidiar con niños llorando,
gritando y aquellos que tienen una actitud
de niños crecidos. En vez de eso, fui
hacia la tienda de adornos. En vista de que
Navidad está a la vuelta de la esquina
y hay esta nueva tienda que necesita hacer
negocio, tal vez tengan algunas buenas ofertas.
Además, yo tengo un buen 10% de descuento
por ser empleada del centro comercial.
Entrar en la tienda de
adornos, era como entrar en un mundo maravilloso
para niños. La tienda estaba decorada
por completo como si fuese una fábrica
de juguetes, con elfos ubicados estratégicamente
alrededor de las mesas con juguetes a medio
hacer y sus decoraciones. Los elfos estaban
moviéndose, sus brazos martillando
en el último clavo sobre la madera,
o añadiendo el último toque
en la sonrisa de un patito amarillo. Un tren
largo, con todo, su silbato, humo y su sonido
mientras recorría la tienda por sus
rieles de madera. Una gran sonrisa se dibujó
en mi rostro. Estaba completamente encantada.
Me dirigí hacia
una estantería donde estaban colocados
cientos de pequeños adornos de cristal.
Algunos eran de cristal sencillo, otros eran
pintados y tenían diseños dorados
o plateados. Sostuve uno en mi mano, alzándolo
hacia la luz para poder apreciar sus reflejos
sobre los bordes sobresalientes.
—Entonces, Santa
Claus sí da tiempo libre a sus duendecillos.
Con el salto de sorpresa
que di, el adorno se cayó de mi mano
y dio contra el piso con un estruendo. Me
giré para verla parada detrás
de mí. Ella miró al montoncito
de cristal y pintura, una sonrisa apareció
en sus labios.
—Ups. —Me
miró, nuestros ojos se encontraron.
Alzó la vista sobre mi hombro y nuevamente
sonrió. Seguí su mirada y vi
el pequeño cartel con letras negras
que decía: SI LO ROMPE, LO PAGA—.
Creo que acabo de comprarme un adorno, ¿verdad?
Las dos nos giramos cuando
escuchamos el gruñir irritado de la
empleada que estaba a nuestras espaldas, mirando
lo que había pasado, con las manos
en la cadera.
—Tuvimos un accidente
—dijo la mujer de mis sueños.
—Ajá.
—No se preocupe.
Lo pagaremos —anunció tratando
de tapar el sarcasmo con su tono dulce. La
empleada se alejó moviendo la cabeza.
La hermosa mujer regresó
a mí. —No quería asustarte.
—Oh, está
bien. No es difícil hacerlo.
—¿De verdad?
¿Por qué?
—Oh, bueno, no
sé. —Sonreí estúpidamente.
Sólo lo dije para tranquilizarla. Ella
al parecer se dio cuenta de eso y sonrió.
—Realmente debemos
dejar de encontrarnos así. Pero ya
que parecemos destinadas a hacerlo, mi nombre
es Christian. —Extendió la mano.
Miré sus largos dedos, los tomé.
Su saludo era fuerte, seguro, como todo acerca
de ella.
—Sarah.
—Entonces, ¿es
tu día libre?
—Sí, al
fin. —Sonreí y dije esto probablemente
con un poco más de alivio del que debía.
Enarcó la ceja.
—¿Es duro
trabajar para Santa Claus? —Rió.
Tenía una dentadura notablemente blanca
y pareja. Era tan increíble de cerca
como había sido de lejos.
—Sí, bueno,
no, es sólo todos esos niños.
Ellos pueden ser tan exigentes. —Bajó
la mirada y seguí su curso. Estaba
mirando a nuestras manos que aún estaban
agarradas, y que seguían moviéndose
arriba y abajo. Alzó a mirarme con
una sonrisa.
—Yo diría
que la necesito de vuelta.
—¡Oh! —Solté
su mano—. Perdón. —"Dios,
¡qué idiota!".
—¿Qué
haces en el trabajo, por decir así,
en tu día libre?
—Necesito comprar
algunos adornos para mi árbol.
—Ah. ¿Entonces
ya pusiste tu árbol?
—¡Sí!
Lo puse el fin de semana pasado.
—Oh, yo nunca he
sido muy de las cosas de Navidad. No tengo
ni siquiera un árbol. —Dejó
de mirarme y se concentró en las cosas
de la tienda. Dios, ¿soy tan aburrida
que no puedo lograr que mantenga su atención
en mí?
—¿Has comido?
—Fui sacada de mis pensamientos de auto-desprecio.
—¿Qué?
Oh, no.
—Bien, vamos entonces.
—Me sonrió, una sonrisa que podría
detener el corazón, desleír
el alma, convertirte en pudín. Sin
una palabra, la seguí hacia el mostrador
en donde puso un billete de cincuenta dólares,
ante la mirada perpleja de la empleada—.
Por el adorno —dijo dirigiéndose
hacia fuera del local.
—Uh, Christian,
de ninguna forma ese adorno podía costar
tanto. Talvez veinte, pero…
—No te preocupes.
Puede quedarse con el cambio para con eso
pagar la cuenta del hospital, por el ataque
al corazón que tendrá.
HO, HO, HO, HO, HO
Christian escogió
un pequeño y tranquilo sitio en el
que sirven desde comida italiana hasta mexicana
y típica americana.
—¿Has venido
aquí antes? —me preguntó,
mientras se quitaba su pesada chompa.
—No. —Me
fijé que dentro de la chompa llevaba
un hermoso saco con fondo negro, y escenas
invernales decoradas en tonos azules brillantes,
que hacían juego con sus ojos. Sus
vaqueros eran costosos y bien entallados.
Era asombrosa.
Yo me saqué mi
vieja chompa de sempiterno y la coloqué
en el respaldo de mi silla. Saqué la
billetera para revisar cuanto dinero tenía.
No podía imaginarme cómo podría
terminar un maravilloso almuerzo con ella,
para luego darme cuenta de que no tenía
suficiente dinero para pagarlo. Tenía
exactamente doce dólares, y mi tarjeta
de crédito, Visa.
—¡No! Ésta
va por mi cuenta Sarah, no te preocupes —afirmó
con una sonrisa casual.
—No, no puedo.
Yo tengo dinero, yo…
—Yo invito —insistió
de una manera que no me dejó lugar
a ninguna argumentación.
—Oh. Bueno, gracias.
¿Pero por qué lo haces?
—¿Y por
qué no? —Tomó un menú
y me lo pasó.
—¿Tú
no necesitas uno? —Movió la cabeza.
—No, vengo aquí
a menudo. Sé exactamente qué
es lo que voy a pedir. Tú, por otra
parte, puedes pedir cualquier cosa que desees.
La pasta que sirven aquí está
para morirse, o si prefieres comida mexicana,
prueba el plato que tiene de todo un poco,
en pequeñas cantidades. Realmente maravilloso.
—Está bien.
—Sonreí nerviosamente y abrí
un gran menú de color café,
comencé a revisar sus opciones, que
hacían la boca agua. Creo que Christian
no tenía ni idea de dónde se
había metido. Tengo un apetito voraz.
Pero creo que hoy lo mantendré bajo
control. Siempre puedo más tarde pararme
a la vuelta de la esquina y comer un pequeño
bocadillo.
Media hora más
tarde yo estaba casi terminando con mi plato
de comida mexicana, y Christian todavía
estaba jugando con su ensalada de langosta.
Sacudió la cabeza admirativamente,
sus ojos resplandecían con una sonrisa
escondida, ante mi habilidad de comer todo
lo que me ponían enfrente.
—¿Sabes?
Creo que nunca he visto a una mujer de tu
tamaño acabar con el plato entero.
Una vez yo lo hice, pero por supuesto fue
con la ayuda de mi cita. ¿No comes
regularmente?
Gemí para mi misma.
Había llegado justo a la conclusión
a la que esperaba que no llegara.
—Sí, claro
que sí. Es sólo que siempre
he tenido un apetito que puede poner a muchos
hombres en vergüenza. —Sonreí
y después me sonrojé profusamente
mientras sentía que algo de la salsa
picante rodaba por mi quijada. Enseguida la
limpié con la servilleta—. Lo
siento.
—No lo hagas. Creo
que es absolutamente encantador. —Alcé
mis cejas soreprendida. ¿¡Ella
piensa que mis maneras de cerdo en la mesa
son encantadoras!? ¿De qué habla?
—Entonces —continuó,
alejando su plato y sentándose hacia
atrás en la silla, cruzando los brazos
sobre su pecho—, cuéntame sobre
ti, ¿qué haces a parte de tu
simpático trabajo?
Mastique rápidamente
y traté de tragar un gran trozo de
burrito de pollo, pero era demasiado grande
y sentí que comenzaba a atrancarme.
¡Dios, mátame ahora mismo, por
favor!
La sonrisa de Christian
se fue de su rostro y en su lugar apareció
una mirada de preocupación.
—¿Estás
bien, Sarah? —Asentí con entusiasmo,
a pesar de que casi no podía respirar.
Ella se levantó de su asiento y vino
hasta mi lado. Comenzó a golpear mi
espalda, haciendo que mi cara por poco aterrizara
en el plato. Pero sentí que el trozo
comenzaba a aflojarse y podría tragarlo,
a pesar de que parecía que tenía
púas, pues iba llevando consigo un
pedazo de mi esófago con él.
Tosí y traté de aclarar mi garganta—.
¿Estás bien? —repitió,
comenzando a masajear mi espalda. Oh sí,
puedo acostumbrarme a esto. Una parte de mí
quería mantener el drama por un ratito
más para que ella siguiera masajeándome,
pero estaba demasiado avergonzada por todo
el asunto, para hacer nada más que
mover mi cabeza afirmativamente.
—Gracias —pude
decir finalmente. No podía mirarla
a la cara. Nunca querrá tener nada
que ver conmigo. Sarah, creaste nuevos estándares
para la idiotez. Quería solamente desaparecer
bajo la mesa y morir.
—Ahora —dijo
Christian, sentándose en su sitio nuevamente.
Me estaba mirando completamente divertida,
me di cuenta cuando tuve el coraje suficiente
para alzarla a ver—. ¿Donde estábamos?
Oh sí… Tú. Cuéntame
de ti.
Tomé un sorbo
de agua, aclaré la garganta y retiré
mi plato. Todavía tenía un poquito
de hambre, y todavía quedaban algunas
delicias en él, pero atrancarme una
vez era suficiente por una noche.
—¿Qué
es lo que quieres saber?
—Oh, no sé.
¿De dónde eres? ¿Eres
nativa de Nueva York?
—No. Soy de una
tierra distante llamada Seattle. —Christian
se rió de esto.
—He oído
hablar de ella. ¿Y por qué tan
lejos de casa?
—Hace tres años
me mudé para acá, con la esperanza
de cimentar mi carrera de escritora.
—Alzó su
oscura ceja.
—¿Una escritora?
¿Qué es lo que escribes? —Entré
en pánico, ¿cómo puedo
decirle que escribo relatos lésbicos?
Quiero decir, estaba prácticamente
segura en este punto que ella también
era lesbiana, pero no tanto como para compartirlo
con ella. Opté por ser incierta.
—Bueno, muchas
cosas variadas. Todas de ficción, por
supuesto. Algo de poesía, pero esa
no es mi pasión principal.
—¿Cuál
es tu pasión, Sarah? —me preguntó
a la vez que tomaba su limonada. Me miró
sobre el borde de su vaso.
—Uh, no lo sé
—reí y comencé a jugar
con el borde del mantel, tomándolo
accidentalmente muy fuerte, de modo que lancé
un florero vacío que estaba en el centro
de la mesa. Christian alcanzó a agarrarlo
antes de que golpeara la mesa. Lo enderezó
y me miró expectante.
—Estas teniendo
un día difícil, ¿verdad?
—sonrió.
—Sí, así
parece. ¿Te importaría si sólo
desaparezco en el tapiz de la pared? —le
pregunté. Rió sonoramente. Tenía
una hermosa risa, estrepitosa, plena.
—Eres adorable.
—Sólo me quedé mirándola,
no estaba segura de qué decir, así
que no dije nada—. ¿Está
tu familia todavía en la madre tierra?
—Tomó de su bebida otra vez.
—No. Mis padres
murieron hace tres años, y mi hermano
y yo no nos hablamos más.
—Oh, Sarah. Eso
es espantoso. —Estiró su mano
a través de la mesa y tomó la
mía, dándole un apretón
antes de soltarla—. ¿Qué
pasó?
—Un extraño
accidente de avión. Mi padre era un
piloto experto. Volaba para United durante
más de diez años. Tenía
una pequeña avioneta, entonces decidió
llevar a mi madre a Hawai para su aniversario.
En algún lado del camino… —mi
voz se cortó. A pesar de que habían
pasado todos estos años, no me gustaba
hablar de ello más que superficialmente,
aún no podía entrar en muchos
detalles. Pareció que Christian sintió
esto y me sonrió amablemente.
—¿Y tu hermano?
—Oh —respiré,
sentí como una pequeña punzada
de dolor y culpa en mi corazón. —Bueno,
él es diez años mayor que yo,
y es religioso. No aprueba cómo vivo
mi vida.
—¿De verdad?
Eso es malo ¿Entonces el no está
de acuerdo con lo de escribir? —preguntó,
pero por alguna razón tenía
el presentimiento de que ella sabía
exactamente de lo que estaba hablando, sólo
quería escuchármelo decir.
—Uh, bueno, sí
eso, y otras cosas —respondí
nerviosamente
—¿Otras
cosas?
—Sí, otras
cosas. —Me encontré con su mirada
retadora. Bueno, por un segundo, ya que enseguida
miré a otro lado, de repente atraída
por el diseño del tapiz de la pared.
—¿Como qué?
—¡Ay! Realmente me va a hacer
decirlo. Puedo mentir, supongo.
—Él no está
de acuerdo con la gente con la que me rodeo.
—¿Como quiénes?
—preguntó otra vez. ¡Lo
sabía! Puedo ver el brillo en tus ojos,
Christian. Sólo estás jugando
conmigo. Yo también decidí jugar.
—Todas las mujeres.
—Me encontré con su mirada, enfrentando
mi propio reto.
—¿Tantas,
Sarah? Estoy impresionada —susurró.
—No —respondí
honestamente—, pero ha habido algunas
—dije con sinceridad.
—Estoy segura de
que sí. ¿Cuándo fue la
última vez que lo viste o hablaste
con él?
—El día
del funeral de mis padres —contesté
suavemente. Otra vez sentí esa mano
tranquilizadora en mi brazo. Miré sus
intensos ojos azules.
—Lo siento, Sarah.
—susurró suavemente. Yo sonreí
agradecida.
—Yo también.
Tengo un sobrino que vi una vez, y una sobrina
que nunca he visto.
—¿Cómo
lo sabes?
—Todavía
tengo algunos amigos en casa. Ellos me mantienen
al día.
Christian miró
hacia los grandes ventanales que estaban en
el frente del lugar, se viró hacia
mí con una sonrisa.
—Está nevando.
—¿Te gusta
la nieve? —le pregunté, con mi
emoción creciendo.
—¡Absolutamente!
¿No les gusta a todos los neoyorkinos?
—No que yo sepa.
—¡Bah, vamos
a caminar sobre ella! —Antes de que
pudiera responder, Christian ya estaba fuera
de su asiento y poniéndose su abrigo—.
¡Vamos! —exclamó tomando
de la mesa la cuenta y sacando la billetera
de su cartera. Pagó y me dirigió
hacia fuera en lo que ya era bastante tarde.
Respiró profundamente, cerró
los ojos y una sonrisa se formó en
sus labios.
—Huele eso —dijo
inspirando.
Hice lo mismo. —¿Qué,
el humo del combustible de los taxis? —Me
quedé mirándola, con el ceño
fruncido.
—No. —Me
miró nuevamente y golpeó con
suavidad mi brazo—. La nieve, el olor
del frío.
Respiré profundamente
de nuevo, ella tenía razón.
Una vez que tu nariz ha aislado el olor del
humo, sulfuro y hollín de los autos,
la nieve huele maravillosa.
—Ven. —Sonrió
y comenzó a caminar por la acera, con
los brazos extendidos, con las manos enguantadas
tomando los copos de nieve en ellas, rápidamente
convirtiendo a sus guantes de cuero negros
en grises, luego blancos. La seguí,
moviendo mi cabeza con admiración.
Esta mujer es tan asombrosa. Quién
se hubiese imaginado que pudiera tener un
lado tan infantil tras aquel duro y formidable
exterior. Se paró de repente, casi
causando que chocara contra ella. Se giró,
sus ojos brillaban con la idea que tenía—.
Vamos a mi casa, tengo un patio inmenso, lleno
de nieve, nieve virgen. ¡Podemos hacer
un muñeco de nieve! —Tan sólo
me quedé mirándola.
—¿Uh, un
muñeco de nieve?
—¡Sí,
vamos!
—¡Espera…!
—Traté de protestar, pero me
tomó por la mano y me dio un tirón,
llevándome hacia el restaurante, donde
estaba su Jeep.
Las calles estaban llenas,
pero Christian maniobraba su auto negro y
gris de forma casual, como una verdadera nativa
de Nueva York. Mientras nos dirigíamos
a su casa, comencé a darme cuenta de
que no sabía absolutamente nada de
esta mujer. ¿De dónde era, qué
hacía? Nada.
—¿Christian?
—¿Hmm? —murmuró
distraídamente, ya que su atención
estaba en las calles heladas.
—No me has dicho
nada acerca de ti.
—Pregunta. —Devolvió
su mirada sobre su hombro, para escurrirse
por entre un escarabajo VW y un gran camión
de Pepsi.
—Bueno —comencé,
mis dedos agarrándose fuertemente a
la manilla de la puerta, mientras miraba por
el espejo como el camión se acercaba
más y más—. ¿Eres
de aquí?
—No. Nací
en Grecia. Mi padre estaba en el ejército,
y vivíamos alrededor del mundo, hasta
que me gradué en Inglaterra y decidí
que quería ir a la Universidad en los
Estados Unidos. —Miró hacia atrás
y se colocó en nuestro carril original.
—¿A qué
te dedicas?
—Soy corredora
de Bolsa.
—¿De verdad?
—le pregunté interesada—.
¿Como Michael Douglas en la película
'Wall Street', ese tipo de corredor? —Christian
sonrió.
—Sí, como
ése. Pero no tan delincuente.
—Bueno, entonces
creo que estás en el lugar correcto
para tu trabajo —afirmé todavía
impresionada.
—Me ha llevado
mucho tiempo llegar a donde estoy ahora.
—¿Qué
edad tienes, Christian? —Me miró
y sonrió—. ¿Eh?
—Me gusta cómo
lo dices.
—¿El qué?
—Mi nombre. Me
gusta como lo dices. Y cumpliré treinta
el próximo mes. —Puso el intermitente
y giró a la izquierda en la siguiente
calle. Me quedé mirando intimidada.
Estábamos entrando en territorio de
ricos. Demasiado ricos para mi gusto—.
¿Y qué hay de ti, Sarah?
—Encontró
mi mirada, y enarcó su ceja interrogándome
con ella.
—Yo tengo veinticuatro.
—Sonrió y giró nuevamente.
—Veinticuatro.
Ésa es una buena edad.
—¡Es una
edad un tanto confusa! —exclamé—.
Quiero ya tener treinta, y ahí parar.
—¿Por qué
treinta?
Sonreí. —Porque
a esa edad la gente te toma en serio. Ahora
todavía me miran como una niñita.
Puede ser realmente frustrante algunas veces.
—Christian puso su mano sobre la mía
que estaba en el asiento.
—No quieras botar
tu vida, Sarah. Ya tendrás tiempo.
Fíjate, éste es el momento en
el que se supone que puedes cometer errores.
Cuando tienes treinta, ya no te está
permitido hacerlos más. —Quitó
el calor de su mano sobre la mía, poniéndola
nuevamente en el volante. Giró a la
derecha, luego otra vez y entramos en un largo
camino para terminar en un círculo
frente a una gran casa de ladrillos de dos
pisos.
—¿Es ésta
tu casa? —pregunté, con voz llena
de admiración y temor.
—Hogar, dulce hogar.
—Apagó el auto y se sacó
el cinturón. Miré a la inmensa
estructura con ventanas enmarcadas con cortinas
de un verde oscuro y la puerta delantera con
sus diseños en vidrio labrado. Hermosa.
—¡Uau! —Respiré—.
Creo que puedes meter todo mi apartamento
en tu baño. —Christian rió.
—Ven. Toda la nieve
nos está esperando.
Ni siquiera entramos,
pasamos por una entrada lateral hacia atrás,
a un inmenso patio. Un blanco y maravilloso
mundo, como lo había dicho ella, lleno
de nieve virgen. No había pisadas,
ni marcas amarillentas, ni el sucio de la
ciudad que interrumpieran su perfección.
—¡Uau! —Fue
lo único que pude decir. Christian
me sonreía.
—Sabía que
te gustaría. —Lo siguiente que
supe fue que había sido golpeada por
una bola de nieve en la cara—. ¡Te
alcancé! —gritó. Me viré
y agarré también un puñado
de nieve, la hice bola compactándola
bien, mientras Christian comenzaba a escapar
de mí—. Oye, sabes que todavía
tenemos que hacer ese muñeco de nieve,
Sarah. Es mejor que comencemos antes de que
se ponga demasiado obscuro… —¡PLAS!,
justo en la boca. Casi me caigo de la risa—.
¿Entonces, quieres jugar rudo, eh?
—Christian se limpió la nieve
resbaladiza de la cara, y la carrera comenzó.
Escapé sabiendo que debía conseguir
ventaja, teniendo en cuenta nuestra diferencia
de estatura. Grité al escuchar que
comenzaba a seguirme enseguida.
—¡No, lo
siento, lo siento! —De repente fui empujada
desde atrás, y caí de cara contra
el polvo—. ¡Ah! —exclamé
mientras escupía la nieve de mi boca.
—¿Cuánto
lo sientes? —exhaló en mi oído.
Cerré los ojos al tiempo que un escalofrío
me recorría. "¿Realmente
lo siento?", pensé—. ¿Qué
vas a hacer para que te disculpe?
—Tú comenzaste
—me disculpé con la voz débil
por el frío, el peso en mi espalda
y por estar completa y absolutamente excitada.
Se rió en mi oído, causándome
otro escalofrío.
—Y pienso terminarlo.
—Sentí que mi cuerpo era alzado
como el de una muñeca de trapo y colocado
sobre mi espalda. Miré y vi a Christian
sobre mi cuerpo, con las rodillas en cada
uno de los lados de mi cadera, sus manos a
los lados de mis hombros. Me miraba fijamente
a los ojos, su cálido aliento salía
en pequeñas nubecillas. Podía
leer su expresión—. ¿Sarah?
—susurró.
—¿Si? —susurré
también.
—Aquel día
cuando te vi parada fuera de la vitrina del
local, con aquel encantador disfraz de un
pequeño duende… —sonrió
y yo también.
—Si.
—Te deseé
desde ese día. Alcé la mirada,
te vi por un segundo y luego te habías
ido.
—Estaba avergonzada,
¿sabes?, me empujó ese muchachito,
después los guardias de seguridad,
luego ese estúpido disfraz, con todas
las campanitas, y mi sombrero casi cayéndose
otra vez… —Sabía que estaba
balbuceando, pero no podía quitar los
ojos de sus labios y eso me ponía nerviosa.
Luego esos labios comenzaron a descender hasta
que los sentí suavemente apoyarse en
los míos, cortándome en mitad
de la frase. Alcé mis manos y acerqué
su cabeza aún más. Sentí
su boca abrirse, su lengua pasar por mis labios,
buscando entrada, la cual inmediatamente le
di.
—Sarah. —Respiró
en mi boca. Sentí una de sus manos
acariciar mi pelo mientras la otra se mantenía
a un lado de mi cara. Bajé mi mano
por todo lo largo de su espalda, presionando
suavemente hasta que ella lo entendiera y
se pusiera completamente sobre mí.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo
ya que con el peso extra sobre mí,
me hundí un poco más en la fría
nieve.
Christian terminó
el beso, llevó sus labios a mi mandíbula
y a mi cuello. Levanté la cara para
darle más acceso, tenía mis
ojos cerrados. Luego volvió trazando
su camino hasta mi boca.
—Vamos adentro —jadeó.
HO, HO, HO, HO, HO
La casa de Christian
era tan increíble dentro como fuera.
Pisos de madera, brillantes con hermosas alfombras
orientales, bajo un mobiliario antiguo.
Como me había
dicho, realmente no tenía ni el más
pequeño adorno de Navidad en ningún
lugar.
Su dormitorio no era
diferente al resto de la casa. Era inmenso,
y como pieza principal, en el centro estaba
su gigantesca cama, hermosamente antigua.
En uno de los costados tenía una ventana
grande en cuyo borde había colocado
varios cojines de colores para sentarse. Hacia
el otro lado había un baño completo,
con una tina inmensa y su ducha separada.
Otros muebles del mismo estilo adornaban la
habitación.
Christian me dirigió
hacia su cama y se paró justo junto
a ella. Me abrazó por la cintura, acercándome
a ella. Recorrí con mis manos su espalda
hasta llegar a su cuello. Podía sentir
el calor de su cuerpo, casi quemándome
por donde pasaba. Movió sus manos por
mi espalda, deteniéndose al llegar
al dobladillo de mi sudorosa camisa. Me miró
profundamente a los ojos por un momento, quizá
esperando que le diera el sí. En respuesta
atraje su cabeza a mí, y la besé
suavemente, con ternura y luego apasionadamente.
Christian gimió, luego sentí
sus cálidas manos subir dentro de mi
camisa, acariciando la piel de mi espalda.
—Tan suave —jadeó.
Sus manos recorrieron mi columna, trazando
su curva hasta llegar a la cerradura de mi
brazziere,
luego sus dedos zafaron el gancho, liberándome.
Los dos bordes cayeron sin uso en mi espalda
y por mis costados. Tuve un suave escalofrío
cuando sentí que el frente también
se caía, el frío de la habitación
rozaba mis senos desnudos.
—¿Me deseas?
—me preguntó rozando mi boca.
—Sí. —Suavemente
me empujó sobre la cama.
HO, HO, HO, HO, HO
Estaba de pie en mi puesto
usual de los miércoles por la noche,
junto a Santa. Miraba la multitud de caras,
padres nerviosos, niños excitados,
adolescentes aburridos. Pero no estaba Christian.
Habían pasado casi dos semanas desde
la última vez que la vi. Nada desde
aquella increíble noche que pasamos
juntas.
Durante días esperé
su llamada, o que se apareciese inesperadamente
en uno de mis trabajos, o a mi apartamento.
No. No escuché ni una palabra de ella.
—¡Senodita,
oiga, senodita!
—¿Qué?
—grité hacia la pequeña
mano que estaba tirando de mi chaleco. Inmediatamente
me arrepentí de mi tono duro de voz.
La pequeña niña con mejillas
rosadas me estaba viendo con sorpresa y temor,
reflejados en sus ojos azul claro. Los ojos
como los de Christian— ¿Si? —forzando
mi tono para que fuera dulce, aunque yo quería
sacar a tirones el sombrerito con dibujos
de nieve de la cabeza de la pequeña
y destrozarlo.
—¿Ez mi
tudno de id a ved a laz?
Ohh, mi resolución
se deslió y me arrodillé frente
a esta adorable niñita.
—¿Cuál
es tú nombre dulzura? —le pregunté.
—Sada.
—¿Sarah?
—Ajá. —Contestó
con un dramático movimiento de su cabecita.
Sonreí.
—¡Qué
nombre tan lindo! —Me miró orgullosa.
—¡Ho, Ho,
Ho! —Ésa es mi señal.
—Esta bien, Sarah.
Es tu turno.
El resto de la noche
pasó con mi mente perdida en las diferentes
posibilidades de por qué no había
sabido nada de Christian. Tal vez salió
de la ciudad. Sí, claro. No he escuchado
de muchos agentes de bolsa viajeros. ¿Tal
vez está en algún hospital?,
plausible sino fuera que ya los revisaste
todos. Tal vez y sólo tal vez, tú
no le gustas para nada. Sólo te usó.
—¡No puede
ser! —grité a mi departamento
vacío. Sabor me miró fijamente,
como si yo hubiese perdido la razón.
Demonios, sí he perdido la razón,
he llamado a su casa cuatro veces y he dejado
mensaje sólo dos. Pero ella probablemente
tiene identificador de llamadas, por lo que
ahora pensará que la estoy acechando.
Incluso llegué a tomar un taxi y pasé
por su casa. No había luces prendidas,
por lo que no me molesté en detenerme.
Treinta pavos, ¿para qué? Yo
estaba al borde de la ofuscación y
completamente deprimida.
Realmente Christian me
gustaba. No sé en verdad el motivo,
bueno, quiero decir… ya sé que
ella es increíblemente bella, tiene
un magnífico trabajo, una casa absolutamente
espectacular, y el hecho de que es buena,
de verdad buena en la cama, pero va más
allá de todo eso. Hay algo que no puedo
negar. Me está destrozando. Siento
como si finalmente hubiera encontrado lo que
estaba buscando y ahora sencillamente me fuera
arrebatado.
HO, HO, HO, HO, HO
Dos semanas más
tarde, me quitaba el delantal con premura,
más que lista para irme a casa después
de un día increíblemente largo,
doce horas en el restaurante. Raquel llamó
para avisar de que se encontraba enferma,
entonces Ronnie, el dueño, me pidió
que me quedara una hora más. ¡Sí,
claro! Luego llegó la hora de gran
demanda y tuve que decir que estaba enferma
en el centro comercial. ¡Dios, no puedo
esperar más a que Navidad se acabe!
Ésta se está convirtiendo rápidamente
en una de mis peores.
—Oye, gracias por
tu ayuda Sarah. Lo aprecio de verdad.
—No hay problema,
Ronnie. Te veo mañana —murmuré
mientras salía apresuradamente del
salón, que ya comenzaba a llenarse
de nuevo. Abrí la puerta de cristal
mientras buscaba mis guantes en los bolsillos.
Era otra noche fría en Nueva York.
—Te extrañamos
en el Polo Norte.
Alcé la cabeza,
y mis ojos se estrecharon al encontrarse con
dos esferas azul cobalto.
—Sí claro,
seguro que lo hiciste —dije, y me sorprendí
de cuan dura sonó mi voz. Nunca fui
capaz de decir a la gente exactamente lo que
sentía, o pensaba. Mi tono de voz tomó
por sorpresa a Christian tanto como a mí.
—Lo siento —se
disculpó mientras yo pasaba a su lado.
—¿Qué
parte? —le pregunté. Continué
caminando con cuidado por la superficie resbaladiza
por el hielo.
—¿Qué
quieres decir con qué parte? —inquirió,
caminando junto a mí.
—Quiero decir —dije
y la miré—, ¿qué
parte, la parte en que me usaste? ¿La
parte en la que no devolviste ninguna de mis
llamadas? ¡La parte en la que me hiciste
sentir como una maldita tonta! —Ahora
estaba realmente furiosa, comencé a
caminar más rápido.
—Espérame
Sarah. Por favor, ¿podemos por lo menos
hablar de esto?
—¡No! —me
giré. —¡No, nosotras…!
—Sentí como mis pies comenzaran
a resbalar y mis piernas trataran con todas
sus fuerzas de adherirse salvajemente a cualquier
superficie que encontraran en la gruesa capa
de hielo. ¡RAS!, justo en los brazos
de Christian. Me sostuvo, casi perdiendo el
equilibrio ella también.
—¿Cómo
estás? —Sonrió al mismo
tiempo que miraba mi cuerpo torcido. Sentí
su cuerpo cálido a mi costado, sus
brazos a mi alrededor. Tragué fuerte
y la miré.
—Estoy bien. Gracias
por evitar que cayera —dije suavemente
al irme zafando despacio de sus brazos. Quería
llorar, me sentía tan estúpida.
Me separé y una vez más estuve
de pie—. Tengo que irme. Es tarde y
estoy cansada. —De nuevo empecé
a caminar en la dirección de mi edificio.
—Sarah, espera.
Déjame llevarte hasta tu casa. —Me
sujetó del brazo para detenerme—.
¿Por favor? —Miré a la
oscura calle, con el aliento formando nubecillas
de vapor. Era una fría noche en Nueva
York— Está bien —dije.
Christian se mantuvo
en silencio durante el corto viaje de ocho
calles hasta mi casa, su mirada clavada al
frente.
—¿Por qué
viniste esta noche? —le pregunté
finalmente.
—Porque —se
giró para mirarme—, quería
hablar contigo, explicarte.
—Oh, es aquí.
—Christian paró el Jeep en frente
de mi edificio. Miró hacia arriba a
través de la ventana del pasajero.
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