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Esta historia cuenta con el permiso de la autora para su traducción y publicación en español en internet.

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ACLARACIONES:

Nop… ninguna. Estos son mis personajes, mi ciudad, mi pseudocompañía no lo suficientemente real pero tampoco lo suficientemente ficticia, y es mi locura estar escribiendo esto en la noche de Navidad.

:: UN REGALO BAJO EL ÁRBOL ::
(A PRESENT UNDER THE TREE)

Por Melissa Good

El barco se movía ligeramente hacia arriba y hacia abajo con las suaves olas, el latón golpeando suavemente contra el viento del este. El cielo estaba despejado, unas cuantas bocanadas entrometidas de humo blanco lo cruzaban, emitiendo sombras a través del agua verde azulada mientras el sol se dirigía hacia el oeste.

La cubierta del barco estaba llena de varios instrumentos para bucear, dos reguladores limpios y secos; junto a ellos los cinturones, chalecos, redes y unas anchas aletas tiradas en el centro del hueco de la escalera. En la parte delantera del barco, dos figuras estaban tendidas, tomando el sol de la última hora de la tarde.

—¿Dar?—. Kerry siguió con los ojos cerrados y bostezó.

—¿Mm?—. Su alta compañera solamente gruñó en respuesta.

—Sabes, es algo realmente distinto pasar el día antes de Navidad en traje de baño, bronceándome en el Océano Atlántico.

—¿Sí?—. Dar levantó un párpado, mostrando el azul claro y cristalino de su ojo, y la miró con atención.

—Sí… Se supone que en Navidad hay trineos, y se patina sobre el hielo del lago y Jack Frost te pellizca la nariz… sudaderas… electricidad estática… ya sabes—. Kerry suspiró. —No me puedo creer estar a 35 grados en Navidad.

—Ah… no hace suficiente frío ¿eh?—. Contestó Dar, abriendo el otro ojo y dedicándole una mirada amorosa. —Creo que los norteños estáis locos… ahí afuera cantando a cero grados bajo cero… deslizándoos por el hielo, tropezando con el suelo, apartar la nieve del camino de la entrada… sufriendo la humedad… —. Extendió los brazos y dejó que cayeran suavemente a ambos lados de la cubierta.

—No, no… no tienes ni idea—. Objetó Kerry. —En Navidad hay nieve, hace frío… hay hielo en el lago… la nieve cubre los tejados de las casas como en las películas, tu nariz tirita. Eso forma parte de esta estación.

—De acuerdo… no hay problema… sírvete de aquí—. Un descomunal puñado de hielo cayó en la mitad en la que estaba Kerry —¿Algo así?

—Aaauuuuuuggg—. La rubia se sacudió, quitándose el hielo del estómago y cogió una toalla. —¡Dar!—. Gritó indignada. —¡Está frío!

—¿No se trataba de eso?—. La mujer morena preguntó, razonablemente. —¿No te quejabas de que hacía demasiado calor?—. Sonrió un poco, mientras el color de los ojos de su acompañante estaba a menos de un centímetro, una distancia estrechamente calculada. —Uh, oh.

—Uh, oh, es adecuado… para ti—. Kerry cogió hielo del bolso-nevera con las dos manos y echó una gran parte de él sobre la espalda de Dar mientras ésta intentaba girarse para que no le cayera. —Ah ah…

Dar reía entre dientes mientras se levantaba y se sacudía el hielo de encima, luego se estiró perezosamente. —Bueno… de todos modos es hora de regresar… el sol se está ocultando y tengo tres informes que revisar—. Tendió una mano a su amiga. —He estado dejando esto demasiado tiempo… vamos… está refrescando aquí fuera.

—Oh, sí—. Kerry cogió la mano ofrecida. —Podríamos estar a 80 grados bajo cero si no tenemos cuidado… eso es peligroso—. Se acercó a Dar y puso una rápida mano sobre el cuerpo de la alta mujer, hechizada por el llamativo traje de baño blanco. —Me gusta—. Fue un cumplido a su compañera. —¿Es nuevo?

Dar guardó el hielo. —No… la verdad es que es viejo. Lo encontré el otro día vaciando el cesto de la ropa—. Dijo. —Encontré alguna otra ropa que había olvidado que tenía… y algunas de las cosas que la tía May dejó cuando me dio la casa.

—Mm… Bueno, es bonito y me gusta cómo queda—. Kerry caminó cautelosamente hasta el final de la curva del barco y, siguiendo su camino, bajó las escaleras que llevaban a la cabina. —Voy a ponerme algo seco… Creo que tengo algas marinas en sitios donde no deberían estar.

La mujer morena rió entre dientes. —Asegúrate de que no cogiste ninguna jibia de nuevo… La semana pasada me diste un susto de muerte cuando gritaste—. Sus ojos vagaron hacia la figura delgada. —De todos modos, fue gracioso ver tu cara.

Kerry se detuvo en un escalón y la miró por encima del hombro. —Gracias… pero si intentas untarme mantequilla te quedarás sin sorpresa mañana, así que olvídalo—. Los ojos verdes pestañearon traviesamente. —Chica del cumpleaños.

Una ceja oscura se elevó. —Oh, chico—. Murmuró Dar. —Estoy en un buen lío. ¿Cómo me he metido en esto?

—¿Qué? ¿La fiesta, tener un cumpleaños, o tenerme a mí?—. Kerry preguntó inocentemente mientras bajaba nuevamente las escaleras, entonces se apiadó de ella. —No he preparado nada horrible, lo prometo.

Dar cogió el timón cuando escuchó como el ancla terminaba de elevarse, y suavemente puso su mano en la barbilla de Kerry, la alzó y la besó con sincera pasión. —Haz algo malo—. Murmuró mirando dentro de los ojos verde azulados. —Pero recuerda… me comportaré como una puta.

—Oooh… ¿qué es lo que me vas a hacer?—. Bromeó Kerry.

—Mmm… ¿qué te pasees por la oficina sin nada de ropa?—. Ofreció Dar con una amplia sonrisa.

Una momentánea pausa mientras Kerry parpadeaba.

—Uh… tú no harías… eso… ¿lo harías?

Sonrisa deslumbrante.

—Vaya—. Kerry sonrió, se inclinó hacia delante y la besó. —No te preocupes… no he preparado nada que me haga pagar ese precio—. Le susurró a su compañera. —Había pensado preparar tu postre preferido para la fiesta.

—Ah—. Dar olvidó los mandos de la embarcación y encontró cosas más interesantes que explorar en el cuerpo que tenía delante de ella. —No sabía que tuviera uno favorito… —. Dijo cerca del oído de Kerry, y escuchó el suave sonido de aprobación que salió de la garganta de la rubia. —Bueno… no creo que puedas servir esto en una fiesta…

—Llevas razón… —. Kerry se detuvo un momento para tomar aliento. —¿Soy mucho mejor que una tarta de chocolate de muerte?

Una suave y seductora sonrisa fue la respuesta mientras Dar lentamente y con facilidad deslizó el tirante del bañador por el brazo de Kerry y unos delicados dedos recorrieron la piel bronceada. Kerry sonrió ante la respuesta mientras iba trazando una senda de besos por el cuello de Dar, dando pasos lentos hacia la minúscula cabina llevando a la alta mujer con ella.

Dar la siguió complaciente, prestando atención ahora al otro tirante, sus cálidas manos en contraste con la húmeda piel de Kerry. Ésta volvió su atención hacia la delicada tela sobre los anchos hombros de Dar y la deslizó por su cuerpo, recorriendo con sus manos la poderosa espalda de la alta mujer.

El calor de la colcha la sorprendió cuando Dar la rodeó por la cintura y la tumbó sobre ella, uniéndose ambas sobre la suave superficie en un movimiento equilibrado, sin dejar de besarse en ningún momento. Las ventanas de la cabina estaban abiertas y una cálida brisa entraba por ellas, trayendo el olor del agua salada del océano, mientras sus ropas iban cayendo suavemente dejando los hombros desnudos, cuando una solitaria gaviota se oyó.

—¿Todavía crees que necesitamos nieve?—. La voz de Dar ronroneando en el oído de Kerry, mientras fuertes manos se deslizaban por la cadera de ésta y bajaban a sus muslos.

—No, no—. Kerry empujó a su compañera suavemente contra ella y comenzó con la boca una suave exploración descendente, empezando por la clavícula, saboreando la sal del mar en su cuerpo. —No desearía intentar esto en el norte.

La luz del sol dibujaba rayos dorados sobre ellas, mientras se desvanecía en un día de invierno tropical.

***

—Bueno—. Kerry se echó sobre la consola de mandos, ahora vestida con unos pantalones de chándal y una camiseta excesivamente grande. —Siempre quise ver el ocaso desde esta perspectiva.

Dar dio un sorbo a su humeante taza de café, cortesía de la pequeña cocina del barco. —Tuve suerte al localizar este lugar… hemos ido a la deriva un poco más lejos de lo que había pensado—. Dirigió el barco hacia el noroeste, y el motor rugió hacia la oscura noche del Atlántico. —Recuérdame que no eleve el ancla cuando me distraiga.

Kerry apagó una risita. —Permíteme que te diga que nunca había oído tanta sarta de maldiciones a la vez—. Miró con atención a la oscuridad que tenía delante de ella, moteada de vivas luces de colores. —¿Es ese el centro de la ciudad?

Dar guiñó los ojos. —Sí… aquella es la maldita torre Centrust—. Identificó el alto edificio, de luces azules y con bulbos blancos entremezclados imitando los adornos de Navidad. —Y puedo ver el metro desde aquí—. La gente se movía atravesando el centro de la ciudad, en el cual realmente no vivía nadie y estaba rodeado por elevadas luces de neón. El resto provenían del interior de altos edificios con brillantes luces.

—¿Todavía existe la torre Centrust?—. Preguntó Kerry, disfrutando de la vista. —Pensaba que se había arruinado ¿no es así?

—Sí, sí… —. Dar vio la boya del sur. —No recuerdo qué es ahora… ha cambiado de dueño tres veces desde entonces, pero todavía recuerdo la torre Centrust.

—Oh… ahí está la feria… ¡Guau! Está llena de luces—. Apuntó Kerry. —¿El árbol de la cima es el Hard Rock?

—Algo así—. Contestó Dar con una risita. —El ahorcado… estoy intentando sacar tajada del Gobierno.

Kerry complacientemente rodeó con sus brazos a la alta mujer, abrazándola. —De acuerdo… estoy lista—. Anunció, sintiendo la risa de Dar a través de su cuerpo y su calidez mientras un largo dedo acariciaba el hombro de Kerry, la sudadera cubriendo su brazo. —Es agradable pasar un par de días así, ¿eh?

Ciertamente lo era, consideró Dar, guiando el barco por el canal y dirigiéndolo hacia la isla donde estaba su casa. Por primera vez lo tengo todo, supongo, murmuró. Los años anteriores había pasado la Navidad en la oficina, brindando por las vacaciones con el empleado gruñón de la limpieza que estaba obligado a trabajar ese día. Ella llevó ponche de huevo el año pasado y eso la volvió un poco divertida, halagando con sonrisas a los trabajadores inmigrantes, quienes no esperaban ver a nadie en la oficina.

Este año no. Habían dejado el trabajo a las 5 de la tarde y no volverían hasta el lunes por la mañana, y se había encontrado a sí misma esperando la llegada de su cumpleaños que amenazaba con una fiesta para ella. —Sí, he pasado buenos momentos… ¿y tú?—. Dar preguntó sonriendo.

Kerry afirmó con la cabeza, ahogando un bostezo. —Muy buenos… nunca me había fijado en las palmeras que rodean el flamingo con esas luces rosas.

Dar disminuyó la velocidad al entrar en el puerto, y dirigió el barco entre las dársenas con gran habilidad. —Ey… las palmeras son algo natural para las luces—. Señaló la larga fila de árboles que encabezaban el paseo del puerto deportivo. Alguien había puesto minuciosamente diminutas luces blancas entre todas las hojas. —¿Lo ves?

Kerry miró detenidamente. —¡Eh! No está mal—. Suspiró. —Sin embargo, me gusta más nuestro árbol.

Sin duda. Dar había insistido en que si tenía que serle impuesta la adquisición de un árbol, éste al menos tenía que oler a pino y no a plástico seco. Así que salieron y encontraron de las siete tiendas con un número de árboles astronómico dispersadas alrededor del mercado, una en la que los árboles habían sido transportados desde Carolina del Norte embalados con nieve y todo, y eligieron un Abeto Douglas que era un poco más alto que Dar.

Atracó el barco y avanzaron por el sinuoso sendero hacia la casa, saludando a varios vecinos que Dar no conocía hasta que la amistosa Kerry empezó a pasar mucho más tiempo con ella. Un canto suave de villancicos se oía en los altavoces de la isla, himnos suaves que las siguieron de árbol en árbol a lo largo del camino, y Dar se dio cuenta de que estaba tarareando.

—Perdona, ¿he oído bien?—. Kerry acercó la cabeza. —¿Has dicho algo?

—Um… no… solamente… —. Dar chasqueó un altavoz con la mano. —Tarareaba… me gusta éste—. Puso una mano en la espalda de Kerry cuando subieron por el sendero que llevaba a la puerta de la casa. —Creo que esta noche recordaré villancicos… ¿te interesaría escucharlos?

La mujer rubia la miró fijamente. —¿Recordar villancicos? Jesús… no tenía ni idea de que aquí supierais lo que son… Claro… me gusta escucharlos… ¿Sabes, Dar?

—¿Sí?—. Dar abrió la puerta y se apartó para dejarla entrar.

Kerry respiró, de repente, un poco nerviosa sabiendo que entraba en aguas turbulentas. —Sé que no eres una persona religiosa pero… ¿querrías ir a misa esta noche?

La mujer morena se detuvo y la estudió. —Creía que habías dicho que no había ninguna iglesia de tu religión por aquí.

—Y no hay… pero mi antiguo pastor en casa me dio los nombres de unas cuantas en las que pensó que me sentiría cómoda… hay una aquí en South Beach—. Hizo una pausa. —Esto… no es algo formal.

Dar torció la cabeza y lo consideró. —¿Quieres decir que no es un gran compromiso si vamos y nos cogemos de la mano?—. Preguntó con su típica franqueza conteniendo una sonrisa que hizo ruborizar el cuello y la cara de Kerry.

—Algo así, sí—. La mujer rubia murmuró. —Um… no importa… es una idea tonta—. Se giró y reanudó la marcha. —Voy a poner a lavar esta ropa… ¿quieres que lave también la tuya?

—¿Kerry?—. Dar la cogió del brazo y la giró hacia ella, quedando así una enfrente de la otra. —Tu fe… es importante para ti, ¿verdad?—. Kerry desvió la mirada, sintiendo vergüenza de repente. —¿Kerry?

De mala gana, los ojos verdes volvieron su atención a los de Dar. —Supongo que es algo tonto, ¿eh? Después de todo, las escrituras dicen que Dios le vuelve la espalda a la gente como… yo.

Dar suspiró silenciosamente. —Kerry, ningún Dios le volvería la espalda a un corazón bondadoso como el tuyo—. Suavemente acarició la mejilla de su amiga con el pulgar. —Me encantaría ir contigo—. Una sonrisa diminuta se dibujó en su cara. —Aunque tendrás que empujarme cuando tenga que levantarme y esas cosas… no sé mucho sobre eso.

Kerry la obsequió con una sonrisa. —Creo que podré hacerlo… no será difícil… no es como si fuéramos a una misa católica o algo así.

—Vi una el año pasado por televisión—. Comentó Dar. —Salía el Papa. Hizo estallar el infierno en mí.

Kerry se rió, ya más tranquilamente. —Sí… yo también vi la repetición después de llegar a casa tras la misa de la noche. Es un verdadero circo—. Soltó un suspiro. —En fin… Bueno, eso no es hasta las once así que… ¿te apetece cenar?

—¿Después de ocho horas zambulléndonos?—. Dar resopló. —Podría comerme el sofá para cenar—. Echó un vistazo fuera. —Hace una noche preciosa… ¿Podría convencerte para ir a cenar a la Mansión y sentarnos en una mesa en el exterior?

—Ooo… la luz de las estrellas, la luz de las velas, y tú… Creo que puedo dar mi brazo a torcer—. Kerry rió. —Con la condición de que me dejes pagar—. Levantó un dedo ante la protesta de Dar. —Ah, ah… recuerda nuestro trato.

Un suspiro. —De acuerdo—. Dar se quejó. —Pero el champán corre de mi cuenta.

—Trato hecho—. La mujer rubia cedió alegremente. —Vamos… no creo que los jerseys sudados sean el código de vestimenta allí por Nochebuena.

—Seguramente no si llevas puesta mi sudadera—. Dar se rió. —Pero si te pones un cinturón podrías decir que llevas un vestido y te dejarían pasar—. La sudadera le llegaba casi hasta las rodillas.

Kerry le sacó la lengua. —Me gustan cuando me quedan así y ninguno de mis jerseys lo hace.

—Vale… —. Dar arrastró la palabra. —Ahora ya sé que tengo que comprarte los jerseys dos tallas más grandes y serás feliz.

—No es lo mismo—. Contestó Kerry tímidamente.

—¿Ah, no?—. Preguntó la mujer morena.

—No huelen a ti—. Confesó Kerry, alzando la mirada.

—Oh—. Dar sintió como la sangre coloreaba su cara. Se aclaró la garganta. —Entiendo—. Tuvo un sentimiento repentino e inexplicable de dèjá vu, pero estaba bastante segura de que nadie había expresado alguna vez que quisiera llevar su ropa porque olía a ella. —Bien entonces—. Kerry suspiró con satisfacción.

***

—¿Estás segura de que este traje es apropiado?—. Dar dirigió con habilidad el Lexus por la terminal del aparcamiento del barco. —Siempre pensé que a la iglesia se iba mucho más formal… ya sabes, sombreros, pamelas, ese tipo de cosas.

Kerry se sacudió una hoja de pino de su camisa, la cual estaba remetida con esmero bajo un par de pantalones oscuros y cubierta por un chaleco que tenía bordado un reno y un acebo. —Bueno, llamé al pastor y me dijo que me pusiera aquello con lo que estuviera cómoda. Entonces le dije que si me presentaba en bañador y con un sombrero de Santa Claus, y todo el mundo se reía de mí, no me sentiría muy feliz.

Dar se rió. —Oh, Dios mío… habría pagado por ver eso.

—Dar—. Kerry la miró. —De todos modos me dijo que la mayoría de la gente va en vaqueros o en chinos y con camisetas, y que una o dos personas llevarán vestidos y hay un tipo que lleva un traje de reno.

—¿Con o sin cuernos?—. Preguntó seriamente la ejecutiva.

—Dar—. La mujer rubia rió. —Ha sido una mala idea beber esas cinco copas de champán—. Dar se disculpó. —Por no mencionar el magnífico pastel, guau—. Exhaló un poco. —Me parece que voy a explotar.

—Mm… que me dices sobre eso—. Kerry giró su cabeza y miró la oscura agua que discurría a lo largo del barco. —¿Debería conducir yo?—. Le dirigió a su compañera una mirada afectada. —Pareces estar bien.

—No, estoy bien—. Dar sacudió la cabeza. —No me ha afectado… sólo tiendo a no cerrar la boca cuando he bebido unas cuantas copas—. Se encogió ligeramente de hombros. —Lo siento.

Kerry acarició su brazo. —Está bien… estás graciosa—. Kerry confió en ella. —Tuerce a la izquierda allí arriba y luego tres calles abajo a mano derecha.

—Lo sé—. Murmuró Dar mientras conducía por el denso tráfico. —Jesús, menudo lío hay aquí abajo.

Kerry miró a su amante por el rabillo del ojo, aprobando el jersey verde que se había puesto sobre una camisa remetida bajo unos pantalones negros. El jersey era claro pero alrededor del cuello y los puños tenía bordadas en vivos colores unas aves que se perseguían la una a la otra. —Me gusta mucho ese jersey—. Comentó, tocando el bordado. —Te queda realmente bien—. Cómodo, pero no demasiado, de hecho. Reflexionó.

—Gracias… tú también estás muy guapa—. Comentó Dar casualmente. —Hemos llegado—. Aparcó en un hueco adyacente a un viejo edificio de cemento. La parte de atrás del edificio había sido convertida en una iglesia con vidrieras de colores que daban al mar. —Debe ser agradable estar dentro durante la salida del sol.

Kerry estuvo de acuerdo, sintiéndose algo nerviosa ahora que estaban allí. ¿Era esta una buena idea? No tenía ni la menor idea de cómo actuar, considerando la naturaleza abierta de la iglesia, o que tipo de creencia o servicios tendrían. El pastor había mencionado la música, y cuando le confesó como era, él le dijo que se sentiría cómoda, pero… Exhaló.

—¿Estás bien?—. Dar la estudió.

—Sí—. Kerry se cruzó de brazos. —Es sólo que… es algo estúpido, pero nunca he estado en un lugar donde la mayoría son gays.

—Ah—. Dar rió entre dientes. —Relájate… se comportan de manera normal… no te darán en la frente cuando entres—. Salió del coche y se estiró el jersey, entonces esperó a que Kerry se le uniera. —Piensas que todo el mundo te va a mirar, así que relájate, porque ellos son como tú.

—Consolador. Gracias—. Kerry afirmó con la cabeza, suspirando.

—Sólo piensa en como fueron los primeros días como pareja en el trabajo—. Su compañera la tranquilizó.

—Doy por hecho que has estado antes aquí, en South Beach—. Preguntó Kerry cuando comenzaron a andar por el camino uniéndose a un pequeño grupo de gente.

—Sí—. Contestó Dar prontamente. —Solía frecuentar algunos bares por aquí cuando era joven—. Devolvía las miradas de valoración que provenían de los demás asistentes.

—¿Faltaba entonces a la escuela secundaria, abuela?—. Kerry la empujó suavemente.

—En mis años más jóvenes sí, cuando íbamos de arriba abajo…

—Kerry—. Dar puso un brazo alrededor de ella y la atrajo hacía sí. —Ser natural de Miami no significa que tengas que subir siempre a la escuela—. Le recordó. —A no ser que vivas bajo un paso a nivel.

Ambas se rieron y entraron en el edificio, y un hombre alto que sostenía la puerta abierta cortésmente para que pasasen las saludó con la cabeza.

***

Era extraño. Kerry miraba aquí y allá, sus ojos captando a las variadas y singulares parejas reunidas en la capilla; al menos era ligeramente familiar, una estructura cuadrada con un altar al final del pasillo y filas de bancos a través de él. Los bancos habían sido donados de otras iglesias, y notó, en un caso, un templo. Había mezclas de maderas y tamaños pero a nadie parecía importarle eso. Notó la ausencia de las Biblias típicas pero había libros de himnos y tomó uno, hojeando sus páginas gastadas para ver los que ellas conocía y otros que no sabía.

Dar y ella se sentaron a mitad del pasillo, en el lado izquierdo, y cuando el recinto se llenó, miró alarmada a su amante que miraba todo con interés.

Por supuesto, la mitad de la iglesia, la mitad femenina también la miraban. Kerry sintió una mezcla de orgullo y consternación, y en algunos casos notó miradas no tan veladas de lujuria dirigidas hacia su compañera, pero Dar parecía ausente. O tal vez no. Sintió un roce tibio de un brazo alrededor de sus hombros cuando Dar se acercó con el pretexto de examinar su libro de himnos. —¿Qué es esto?

La llegada del pastor interrumpió su descripción que trataba sobre los servicios de misa básicos, y ambas volvieron su atención al hombre. Era de estatura media, con pelo castaño arenoso y ojos pálidos coloreados. Les ofreció a cada uno una sonrisa amistosa, y luego hizo un sermón corto.

Era… interesante. Kerry captó la idea esencial de lo que decía siendo una súplica de más tolerancia en el mundo, y sintió que probablemente era mejor que eso fuera dicho fuera de ese cuarto, ya que cada uno de los que allí había era tolerante con ella. Sin embargo, apreció el gesto y el pastor tocó varios puntos interesantes sobre cómo la gente que es perseguida tiene cuidado de no dejar salir su cólera y poner en práctica las mismas clases de discriminación que ellos mismos sufren.

Entonces tres personas se levantaron, dos hombres y una mujer, y leyeron algunos poemas que habían escrito. A Kerry le gustaron mucho, y también el hecho de que ellos contribuyeran en algo a la ceremonia. A ella le pareció una buena idea y que otras iglesias debería adoptarla. A veces el seguir usando las viejas tradiciones hace que no entre sangre nueva en las iglesias… bueno… ella se acordó de cómo se aburría en su iglesia cuando era adolescente, sintiendo que la gente responsable, la que realmente tenía el poder, no tenía ni idea de cómo era su mundo.

Estas personas tenían poder –en sus trabajos hablaban del sentimiento de destacar entre la muchedumbre, de tener a la familia alejada,- y lo último, dicho por un hombre bajito con gafas de búho y un zumbido cortante, era que sentían que podían decir que Dios te odiaba.

Kerry había sentido eso, pero de alguna manera le ayudó oírlo porque entendió que no estaba sola. Se preguntó brevemente si quizá algún día ella tendría las agallas suficientes para subir ahí arriba y hablar de sí misma, entonces llegó a la conclusión de que antes de que pasara eso el Infierno se congelaría.

Dar se inclinó cuando el hombre terminó.

—No ha estado mal.

—Mm—. Concordó Kerry suavemente.

—Pero lo que tú escribes es mejor—. Le confió la morena casualmente.

Kerry sintió como si un carámbano se abriera paso en su estómago. —¿Qué?—. Puso una mano en el brazo de Dar y lo sujetó. Una sospecha se dibujó en su cara y sintió una sacudida en el corazón. —¿Cómo lo has sabido?

—Uh… —. Los ojos azules se abrieron aún más en señal de consternación. —Tú… tú dejaste un par de páginas en la impresora… no hice bien… um—. La gente comenzó a cantar cuando el coro dio la entrada y Dar miró alrededor. —Lo siento… no me di cuenta de… uh… —. Era obvio que Kerry estaba muy enfadada. —Kerry, lo siento.

Muy lentamente liberó el agarre del brazo de Dar.

—No… no… es culpa mía… yo los dejé en la impresora—. Dijo. —Ese material es tan personal… yo sólo… —. Entonces paró de hablar y arrugó la frente. —Espera un momento… ¿te gustó?

Dar soltó el aire que tenía retenido aliviada.

—Sí… uno acerca de un gran viento—. Concordó entusiasmadamente. —Y había algo familiar… um…

Kerry giró la cabeza. —Era sobre ti, sí—. Echó una mirada a su amante, que se sonrojaba. —¿De verdad te gustó?—. Dar asintió con la cabeza, enderezándose luego cuando el pastor volvió a subir al podio. —Adivino que tendremos algo de que hablar cuando lleguemos a casa ¿eh?

—Sí—. Kerry sonrió. —Apuesta que lo haremos—. Sintió una tranquila felicidad que le cambió el humor considerablemente, y abrió el libro de himnos por la página que indicó el pastor. —Bien… esto es sencillo. Ellos cantan, tú cantas—. Instruyó a Dar, sosteniendo el libro. —Este me gusta.

Se levantaron y esperaron a que el coro terminara la primera parte, luego se le unieron cuando el pastor lo indicó. Kerry comenzó a cantar, y se detuvo cuando una voz cristalina se elevó a su lado. Se quedó con la boca abierta y se giró para mirar a Dar, que se contenía para no reírse. —¡Jesús!

Su parte terminó y el coro prosiguió cantando. —¿Algo va mal?—. Dar preguntó con una sonrisa satisfecha definida sobre su cara angular.

—¡Puedes cantar!—. Susurró Kerry incrédulamente. —Quiero decir… no solamente cantas sino que… suena increíble.

Un ligero encogimiento de hombros. —Sí… Bueno, supongo que ambas tenemos talentos ocultos, ¿um?—. Comentó Dar en voz alta, poniendo las manos detrás de la espalda y mirando fijamente alrededor del cuarto. Algunos de los allí reunidos la miraban interesadamente, y ella levantó una ceja.

El resto de los cantos fueron rápidos y antes de que se diera cuenta, Kerry se encontraba metida entre un montón de gente intentando salir del edificio al aire puro de la noche. Unas manos la pararon y se encontró en un círculo de sucesión rápida de caras, masculinas y femeninas, la mayor parte de ellas parecían amistosas, y recibió bastantes invitaciones para tomar café, para conversar, y en un caso, hasta una lectura llevada a cabo por un médium en la playa.

Todos parecían fascinados por Dar, quien asumió su cara de negocios prestando atención a todo con cortesía enérgica, hasta que el pastor las alcanzó y les ofreció la mano. —Sois nuevas—. Declaró francamente. —¿O habéis venido porque este es un lugar apropiado para oír misa?

—Um… la verdad es que llamé antes… preguntando por la iglesia—. Contestó Kerry, un poco vacilante.

—Ah… el traje de baño y el sombrero de Santa Claus… Reconozco tu voz—. El hombre sonrió y le guiñó un ojo. —Querida, podrías haberte presentado así y te garantizo que a nadie le habría importado ni siquiera un poco—. Ofreció su mano. —Soy David Argnot… el pastor, el fontanero y el manitas de la Iglesia.

Kerry ligeramente avergonzada forzó una sonrisita. —Es un placer conocerle… mi nombre es Kerry y um… —. Ella cabeceó hacia Dar que estaba parada con una chica pelirroja asombrosa casi de la misma estatura que la ejecutiva. —Esta es mi amiga Dar.

Al oír su nombre, Dar se giró y prestó atención al pastor, sus ojos pálidos destacando con claridad sorprendente. —Encantada de conocerle—. Le tendió la mano.

El pastor parpadeó. —¿Alguna vez te han dicho que tienes unos ojos preciosos?—. Él tomó la mano y la sacudió cautelosamente. —Por no mencionar la voz asesina.

Dar le ofreció una breve sonrisa. —Gracias… ha hecho un discurso agradable.

—Ah… no ha sido nada—. Sonrió abiertamente. —Deberías oírme cuando no tengo vacaciones y hago la oratoria… hablando de esto… la misa es los domingos a última hora de la tarde, por si no lo he mencionado.

—¿A última hora de la tarde?—. Kerry se rió, recordando que las ceremonias en su casa se hacían al alba.

—Somos hedonistas y no fingimos por otra parte—. Dijo él solemnemente. —Tengo una cita en la playa, con una manta y una cesta de merienda campestre para el domingo por la mañana—. Se meció de un lado a otro. —Y bien… ¿qué me decís sobre eso? ¿Vendréis?

Dar le mostró una sonrisa torcida. —Depende… ¿Sirve usted la merienda?—. Sus ojos centellearon divertidos.

La frente del pastor se arrugó. —¿Qué? ¿Le parecemos católicos? Con todo ese vino y queso… y obleas—. Él escuchó alguna broma de los oyentes cercanos. —Nah… sólo estoy bromeando… Por lo general nos reunimos después de la misa a tomar café en una cafetería cruzando esta calle, ya están acostumbrados a que la invadamos y hacen el agosto con nosotros.

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