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regalo bajo el árbol
Esta historia cuenta con
el permiso de la autora para su traducción
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internet.
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de «Xena Warrior Princess » ,
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ACLARACIONES:
Nop… ninguna. Estos
son mis personajes, mi ciudad, mi pseudocompañía
no lo suficientemente real pero tampoco lo
suficientemente ficticia, y es mi locura estar
escribiendo esto en la noche de Navidad.
:: UN REGALO
BAJO EL ÁRBOL ::
(A PRESENT UNDER THE TREE)
Por
Melissa Good
El barco se movía
ligeramente hacia arriba y hacia abajo con
las suaves olas, el latón golpeando
suavemente contra el viento del este. El cielo
estaba despejado, unas cuantas bocanadas entrometidas
de humo blanco lo cruzaban, emitiendo sombras
a través del agua verde azulada mientras
el sol se dirigía hacia el oeste.
La cubierta del barco
estaba llena de varios instrumentos para bucear,
dos reguladores limpios y secos; junto a ellos
los cinturones, chalecos, redes y unas anchas
aletas tiradas en el centro del hueco de la
escalera. En la parte delantera del barco,
dos figuras estaban tendidas, tomando el sol
de la última hora de la tarde.
—¿Dar?—.
Kerry siguió con los ojos cerrados
y bostezó.
—¿Mm?—.
Su alta compañera solamente gruñó
en respuesta.
—Sabes, es algo
realmente distinto pasar el día antes
de Navidad en traje de baño, bronceándome
en el Océano Atlántico.
—¿Sí?—.
Dar levantó un párpado, mostrando
el azul claro y cristalino de su ojo, y la
miró con atención.
—Sí…
Se supone que en Navidad hay trineos, y se
patina sobre el hielo del lago y Jack Frost
te pellizca la nariz… sudaderas…
electricidad estática… ya sabes—.
Kerry suspiró. —No me puedo creer
estar a 35 grados en Navidad.
—Ah… no hace
suficiente frío ¿eh?—.
Contestó Dar, abriendo el otro ojo
y dedicándole una mirada amorosa. —Creo
que los norteños estáis locos…
ahí afuera cantando a cero grados bajo
cero… deslizándoos por el hielo,
tropezando con el suelo, apartar la nieve
del camino de la entrada… sufriendo
la humedad… —. Extendió
los brazos y dejó que cayeran suavemente
a ambos lados de la cubierta.
—No, no…
no tienes ni idea—. Objetó Kerry.
—En Navidad hay nieve, hace frío…
hay hielo en el lago… la nieve cubre
los tejados de las casas como en las películas,
tu nariz tirita. Eso forma parte de esta estación.
—De acuerdo…
no hay problema… sírvete de aquí—.
Un descomunal puñado de hielo cayó
en la mitad en la que estaba Kerry —¿Algo
así?
—Aaauuuuuuggg—.
La rubia se sacudió, quitándose
el hielo del estómago y cogió
una toalla. —¡Dar!—. Gritó
indignada. —¡Está frío!
—¿No se
trataba de eso?—. La mujer morena preguntó,
razonablemente. —¿No te quejabas
de que hacía demasiado calor?—.
Sonrió un poco, mientras el color de
los ojos de su acompañante estaba a
menos de un centímetro, una distancia
estrechamente calculada. —Uh, oh.
—Uh, oh, es adecuado…
para ti—. Kerry cogió hielo del
bolso-nevera con las dos manos y echó
una gran parte de él sobre la espalda
de Dar mientras ésta intentaba girarse
para que no le cayera. —Ah ah…
Dar reía entre
dientes mientras se levantaba y se sacudía
el hielo de encima, luego se estiró
perezosamente. —Bueno… de todos
modos es hora de regresar… el sol se
está ocultando y tengo tres informes
que revisar—. Tendió una mano
a su amiga. —He estado dejando esto
demasiado tiempo… vamos… está
refrescando aquí fuera.
—Oh, sí—.
Kerry cogió la mano ofrecida. —Podríamos
estar a 80 grados bajo cero si no tenemos
cuidado… eso es peligroso—. Se
acercó a Dar y puso una rápida
mano sobre el cuerpo de la alta mujer, hechizada
por el llamativo traje de baño blanco.
—Me gusta—. Fue un cumplido a
su compañera. —¿Es nuevo?
Dar guardó el
hielo. —No… la verdad es que es
viejo. Lo encontré el otro día
vaciando el cesto de la ropa—. Dijo.
—Encontré alguna otra ropa que
había olvidado que tenía…
y algunas de las cosas que la tía May
dejó cuando me dio la casa.
—Mm… Bueno,
es bonito y me gusta cómo queda—.
Kerry caminó cautelosamente hasta el
final de la curva del barco y, siguiendo su
camino, bajó las escaleras que llevaban
a la cabina. —Voy a ponerme algo seco…
Creo que tengo algas marinas en sitios donde
no deberían estar.
La mujer morena rió
entre dientes. —Asegúrate de
que no cogiste ninguna jibia de nuevo…
La semana pasada me diste un susto de muerte
cuando gritaste—. Sus ojos vagaron hacia
la figura delgada. —De todos modos,
fue gracioso ver tu cara.
Kerry se detuvo en un
escalón y la miró por encima
del hombro. —Gracias… pero si
intentas untarme mantequilla te quedarás
sin sorpresa mañana, así que
olvídalo—. Los ojos verdes pestañearon
traviesamente. —Chica del cumpleaños.
Una ceja oscura se elevó.
—Oh, chico—. Murmuró Dar.
—Estoy en un buen lío. ¿Cómo
me he metido en esto?
—¿Qué?
¿La fiesta, tener un cumpleaños,
o tenerme a mí?—. Kerry preguntó
inocentemente mientras bajaba nuevamente las
escaleras, entonces se apiadó de ella.
—No he preparado nada horrible, lo prometo.
Dar cogió el timón
cuando escuchó como el ancla terminaba
de elevarse, y suavemente puso su mano en
la barbilla de Kerry, la alzó y la
besó con sincera pasión. —Haz
algo malo—. Murmuró mirando dentro
de los ojos verde azulados. —Pero recuerda…
me comportaré como una puta.
—Oooh… ¿qué
es lo que me vas a hacer?—. Bromeó
Kerry.
—Mmm… ¿qué
te pasees por la oficina sin nada de ropa?—.
Ofreció Dar con una amplia sonrisa.
Una momentánea
pausa mientras Kerry parpadeaba.
—Uh… tú
no harías… eso… ¿lo
harías?
Sonrisa deslumbrante.
—Vaya—. Kerry
sonrió, se inclinó hacia delante
y la besó. —No te preocupes…
no he preparado nada que me haga pagar ese
precio—. Le susurró a su compañera.
—Había pensado preparar tu postre
preferido para la fiesta.
—Ah—. Dar
olvidó los mandos de la embarcación
y encontró cosas más interesantes
que explorar en el cuerpo que tenía
delante de ella. —No sabía que
tuviera uno favorito… —. Dijo
cerca del oído de Kerry, y escuchó
el suave sonido de aprobación que salió
de la garganta de la rubia. —Bueno…
no creo que puedas servir esto en una fiesta…
—Llevas razón…
—. Kerry se detuvo un momento para tomar
aliento. —¿Soy mucho mejor que
una tarta de chocolate de muerte?
Una suave y seductora
sonrisa fue la respuesta mientras Dar lentamente
y con facilidad deslizó el tirante
del bañador por el brazo de Kerry y
unos delicados dedos recorrieron la piel bronceada.
Kerry sonrió ante la respuesta mientras
iba trazando una senda de besos por el cuello
de Dar, dando pasos lentos hacia la minúscula
cabina llevando a la alta mujer con ella.
Dar la siguió
complaciente, prestando atención ahora
al otro tirante, sus cálidas manos
en contraste con la húmeda piel de
Kerry. Ésta volvió su atención
hacia la delicada tela sobre los anchos hombros
de Dar y la deslizó por su cuerpo,
recorriendo con sus manos la poderosa espalda
de la alta mujer.
El calor de la colcha
la sorprendió cuando Dar la rodeó
por la cintura y la tumbó sobre ella,
uniéndose ambas sobre la suave superficie
en un movimiento equilibrado, sin dejar de
besarse en ningún momento. Las ventanas
de la cabina estaban abiertas y una cálida
brisa entraba por ellas, trayendo el olor
del agua salada del océano, mientras
sus ropas iban cayendo suavemente dejando
los hombros desnudos, cuando una solitaria
gaviota se oyó.
—¿Todavía
crees que necesitamos nieve?—. La voz
de Dar ronroneando en el oído de Kerry,
mientras fuertes manos se deslizaban por la
cadera de ésta y bajaban a sus muslos.
—No, no—.
Kerry empujó a su compañera
suavemente contra ella y comenzó con
la boca una suave exploración descendente,
empezando por la clavícula, saboreando
la sal del mar en su cuerpo. —No desearía
intentar esto en el norte.
La luz del sol dibujaba
rayos dorados sobre ellas, mientras se desvanecía
en un día de invierno tropical.
***
—Bueno—.
Kerry se echó sobre la consola de mandos,
ahora vestida con unos pantalones de chándal
y una camiseta excesivamente grande. —Siempre
quise ver el ocaso desde esta perspectiva.
Dar dio un sorbo a su
humeante taza de café, cortesía
de la pequeña cocina del barco. —Tuve
suerte al localizar este lugar… hemos
ido a la deriva un poco más lejos de
lo que había pensado—. Dirigió
el barco hacia el noroeste, y el motor rugió
hacia la oscura noche del Atlántico.
—Recuérdame que no eleve el ancla
cuando me distraiga.
Kerry apagó una
risita. —Permíteme que te diga
que nunca había oído tanta sarta
de maldiciones a la vez—. Miró
con atención a la oscuridad que tenía
delante de ella, moteada de vivas luces de
colores. —¿Es ese el centro de
la ciudad?
Dar guiñó
los ojos. —Sí… aquella
es la maldita torre Centrust—. Identificó
el alto edificio, de luces azules y con bulbos
blancos entremezclados imitando los adornos
de Navidad. —Y puedo ver el metro desde
aquí—. La gente se movía
atravesando el centro de la ciudad, en el
cual realmente no vivía nadie y estaba
rodeado por elevadas luces de neón.
El resto provenían del interior de
altos edificios con brillantes luces.
—¿Todavía
existe la torre Centrust?—. Preguntó
Kerry, disfrutando de la vista. —Pensaba
que se había arruinado ¿no es
así?
—Sí, sí…
—. Dar vio la boya del sur. —No
recuerdo qué es ahora… ha cambiado
de dueño tres veces desde entonces,
pero todavía recuerdo la torre Centrust.
—Oh… ahí
está la feria… ¡Guau! Está
llena de luces—. Apuntó Kerry.
—¿El árbol de la cima
es el Hard Rock?
—Algo así—.
Contestó Dar con una risita. —El
ahorcado… estoy intentando sacar tajada
del Gobierno.
Kerry complacientemente
rodeó con sus brazos a la alta mujer,
abrazándola. —De acuerdo…
estoy lista—. Anunció, sintiendo
la risa de Dar a través de su cuerpo
y su calidez mientras un largo dedo acariciaba
el hombro de Kerry, la sudadera cubriendo
su brazo. —Es agradable pasar un par
de días así, ¿eh?
Ciertamente lo era, consideró
Dar, guiando el barco por el canal y dirigiéndolo
hacia la isla donde estaba su casa. Por primera
vez lo tengo todo, supongo, murmuró.
Los años anteriores había pasado
la Navidad en la oficina, brindando por las
vacaciones con el empleado gruñón
de la limpieza que estaba obligado a trabajar
ese día. Ella llevó ponche de
huevo el año pasado y eso la volvió
un poco divertida, halagando con sonrisas
a los trabajadores inmigrantes, quienes no
esperaban ver a nadie en la oficina.
Este año no. Habían
dejado el trabajo a las 5 de la tarde y no
volverían hasta el lunes por la mañana,
y se había encontrado a sí misma
esperando la llegada de su cumpleaños
que amenazaba con una fiesta para ella. —Sí,
he pasado buenos momentos… ¿y
tú?—. Dar preguntó sonriendo.
Kerry afirmó con
la cabeza, ahogando un bostezo. —Muy
buenos… nunca me había fijado
en las palmeras que rodean el flamingo con
esas luces rosas.
Dar disminuyó
la velocidad al entrar en el puerto, y dirigió
el barco entre las dársenas con gran
habilidad. —Ey… las palmeras son
algo natural para las luces—. Señaló
la larga fila de árboles que encabezaban
el paseo del puerto deportivo. Alguien había
puesto minuciosamente diminutas luces blancas
entre todas las hojas. —¿Lo ves?
Kerry miró detenidamente.
—¡Eh! No está mal—.
Suspiró. —Sin embargo, me gusta
más nuestro árbol.
Sin duda. Dar había
insistido en que si tenía que serle
impuesta la adquisición de un árbol,
éste al menos tenía que oler
a pino y no a plástico seco. Así
que salieron y encontraron de las siete tiendas
con un número de árboles astronómico
dispersadas alrededor del mercado, una en
la que los árboles habían sido
transportados desde Carolina del Norte embalados
con nieve y todo, y eligieron un Abeto Douglas
que era un poco más alto que Dar.
Atracó el barco
y avanzaron por el sinuoso sendero hacia la
casa, saludando a varios vecinos que Dar no
conocía hasta que la amistosa Kerry
empezó a pasar mucho más tiempo
con ella. Un canto suave de villancicos se
oía en los altavoces de la isla, himnos
suaves que las siguieron de árbol en
árbol a lo largo del camino, y Dar
se dio cuenta de que estaba tarareando.
—Perdona, ¿he
oído bien?—. Kerry acercó
la cabeza. —¿Has dicho algo?
—Um… no…
solamente… —. Dar chasqueó
un altavoz con la mano. —Tarareaba…
me gusta éste—. Puso una mano
en la espalda de Kerry cuando subieron por
el sendero que llevaba a la puerta de la casa.
—Creo que esta noche recordaré
villancicos… ¿te interesaría
escucharlos?
La mujer rubia la miró
fijamente. —¿Recordar villancicos?
Jesús… no tenía ni idea
de que aquí supierais lo que son…
Claro… me gusta escucharlos… ¿Sabes,
Dar?
—¿Sí?—.
Dar abrió la puerta y se apartó
para dejarla entrar.
Kerry respiró,
de repente, un poco nerviosa sabiendo que
entraba en aguas turbulentas. —Sé
que no eres una persona religiosa pero…
¿querrías ir a misa esta noche?
La mujer morena se detuvo
y la estudió. —Creía que
habías dicho que no había ninguna
iglesia de tu religión por aquí.
—Y no hay…
pero mi antiguo pastor en casa me dio los
nombres de unas cuantas en las que pensó
que me sentiría cómoda…
hay una aquí en South Beach—.
Hizo una pausa. —Esto… no es algo
formal.
Dar torció la
cabeza y lo consideró. —¿Quieres
decir que no es un gran compromiso si vamos
y nos cogemos de la mano?—. Preguntó
con su típica franqueza conteniendo
una sonrisa que hizo ruborizar el cuello y
la cara de Kerry.
—Algo así,
sí—. La mujer rubia murmuró.
—Um… no importa… es una
idea tonta—. Se giró y reanudó
la marcha. —Voy a poner a lavar esta
ropa… ¿quieres que lave también
la tuya?
—¿Kerry?—.
Dar la cogió del brazo y la giró
hacia ella, quedando así una enfrente
de la otra. —Tu fe… es importante
para ti, ¿verdad?—. Kerry desvió
la mirada, sintiendo vergüenza de repente.
—¿Kerry?
De mala gana, los ojos
verdes volvieron su atención a los
de Dar. —Supongo que es algo tonto,
¿eh? Después de todo, las escrituras
dicen que Dios le vuelve la espalda a la gente
como… yo.
Dar suspiró silenciosamente.
—Kerry, ningún Dios le volvería
la espalda a un corazón bondadoso como
el tuyo—. Suavemente acarició
la mejilla de su amiga con el pulgar. —Me
encantaría ir contigo—. Una sonrisa
diminuta se dibujó en su cara. —Aunque
tendrás que empujarme cuando tenga
que levantarme y esas cosas… no sé
mucho sobre eso.
Kerry la obsequió
con una sonrisa. —Creo que podré
hacerlo… no será difícil…
no es como si fuéramos a una misa católica
o algo así.
—Vi una el año
pasado por televisión—. Comentó
Dar. —Salía el Papa. Hizo estallar
el infierno en mí.
Kerry se rió,
ya más tranquilamente. —Sí…
yo también vi la repetición
después de llegar a casa tras la misa
de la noche. Es un verdadero circo—.
Soltó un suspiro. —En fin…
Bueno, eso no es hasta las once así
que… ¿te apetece cenar?
—¿Después
de ocho horas zambulléndonos?—.
Dar resopló. —Podría comerme
el sofá para cenar—. Echó
un vistazo fuera. —Hace una noche preciosa…
¿Podría convencerte para ir
a cenar a la Mansión y sentarnos en
una mesa en el exterior?
—Ooo… la
luz de las estrellas, la luz de las velas,
y tú… Creo que puedo dar mi brazo
a torcer—. Kerry rió. —Con
la condición de que me dejes pagar—.
Levantó un dedo ante la protesta de
Dar. —Ah, ah… recuerda nuestro
trato.
Un suspiro. —De
acuerdo—. Dar se quejó. —Pero
el champán corre de mi cuenta.
—Trato hecho—.
La mujer rubia cedió alegremente. —Vamos…
no creo que los jerseys sudados sean el código
de vestimenta allí por Nochebuena.
—Seguramente no
si llevas puesta mi sudadera—. Dar se
rió. —Pero si te pones un cinturón
podrías decir que llevas un vestido
y te dejarían pasar—. La sudadera
le llegaba casi hasta las rodillas.
Kerry le sacó
la lengua. —Me gustan cuando me quedan
así y ninguno de mis jerseys lo hace.
—Vale… —.
Dar arrastró la palabra. —Ahora
ya sé que tengo que comprarte los jerseys
dos tallas más grandes y serás
feliz.
—No es lo mismo—.
Contestó Kerry tímidamente.
—¿Ah, no?—.
Preguntó la mujer morena.
—No huelen a ti—.
Confesó Kerry, alzando la mirada.
—Oh—. Dar
sintió como la sangre coloreaba su
cara. Se aclaró la garganta. —Entiendo—.
Tuvo un sentimiento repentino e inexplicable
de dèjá vu, pero estaba bastante
segura de que nadie había expresado
alguna vez que quisiera llevar su ropa porque
olía a ella. —Bien entonces—.
Kerry suspiró con satisfacción.
***
—¿Estás
segura de que este traje es apropiado?—.
Dar dirigió con habilidad el Lexus
por la terminal del aparcamiento del barco.
—Siempre pensé que a la iglesia
se iba mucho más formal… ya sabes,
sombreros, pamelas, ese tipo de cosas.
Kerry se sacudió
una hoja de pino de su camisa, la cual estaba
remetida con esmero bajo un par de pantalones
oscuros y cubierta por un chaleco que tenía
bordado un reno y un acebo. —Bueno,
llamé al pastor y me dijo que me pusiera
aquello con lo que estuviera cómoda.
Entonces le dije que si me presentaba en bañador
y con un sombrero de Santa Claus, y todo el
mundo se reía de mí, no me sentiría
muy feliz.
Dar se rió. —Oh,
Dios mío… habría pagado
por ver eso.
—Dar—. Kerry
la miró. —De todos modos me dijo
que la mayoría de la gente va en vaqueros
o en chinos y con camisetas, y que una o dos
personas llevarán vestidos y hay un
tipo que lleva un traje de reno.
—¿Con o
sin cuernos?—. Preguntó seriamente
la ejecutiva.
—Dar—. La
mujer rubia rió. —Ha sido una
mala idea beber esas cinco copas de champán—.
Dar se disculpó. —Por no mencionar
el magnífico pastel, guau—. Exhaló
un poco. —Me parece que voy a explotar.
—Mm… que
me dices sobre eso—. Kerry giró
su cabeza y miró la oscura agua que
discurría a lo largo del barco. —¿Debería
conducir yo?—. Le dirigió a su
compañera una mirada afectada. —Pareces
estar bien.
—No, estoy bien—.
Dar sacudió la cabeza. —No me
ha afectado… sólo tiendo a no
cerrar la boca cuando he bebido unas cuantas
copas—. Se encogió ligeramente
de hombros. —Lo siento.
Kerry acarició
su brazo. —Está bien… estás
graciosa—. Kerry confió en ella.
—Tuerce a la izquierda allí arriba
y luego tres calles abajo a mano derecha.
—Lo sé—.
Murmuró Dar mientras conducía
por el denso tráfico. —Jesús,
menudo lío hay aquí abajo.
Kerry miró a su
amante por el rabillo del ojo, aprobando el
jersey verde que se había puesto sobre
una camisa remetida bajo unos pantalones negros.
El jersey era claro pero alrededor del cuello
y los puños tenía bordadas en
vivos colores unas aves que se perseguían
la una a la otra. —Me gusta mucho ese
jersey—. Comentó, tocando el
bordado. —Te queda realmente bien—.
Cómodo, pero no demasiado, de hecho.
Reflexionó.
—Gracias…
tú también estás muy
guapa—. Comentó Dar casualmente.
—Hemos llegado—. Aparcó
en un hueco adyacente a un viejo edificio
de cemento. La parte de atrás del edificio
había sido convertida en una iglesia
con vidrieras de colores que daban al mar.
—Debe ser agradable estar dentro durante
la salida del sol.
Kerry estuvo de acuerdo,
sintiéndose algo nerviosa ahora que
estaban allí. ¿Era esta una
buena idea? No tenía ni la menor idea
de cómo actuar, considerando la naturaleza
abierta de la iglesia, o que tipo de creencia
o servicios tendrían. El pastor había
mencionado la música, y cuando le confesó
como era, él le dijo que se sentiría
cómoda, pero… Exhaló.
—¿Estás
bien?—. Dar la estudió.
—Sí—.
Kerry se cruzó de brazos. —Es
sólo que… es algo estúpido,
pero nunca he estado en un lugar donde la
mayoría son gays.
—Ah—. Dar
rió entre dientes. —Relájate…
se comportan de manera normal… no te
darán en la frente cuando entres—.
Salió del coche y se estiró
el jersey, entonces esperó a que Kerry
se le uniera. —Piensas que todo el mundo
te va a mirar, así que relájate,
porque ellos son como tú.
—Consolador. Gracias—.
Kerry afirmó con la cabeza, suspirando.
—Sólo piensa
en como fueron los primeros días como
pareja en el trabajo—. Su compañera
la tranquilizó.
—Doy por hecho
que has estado antes aquí, en South
Beach—. Preguntó Kerry cuando
comenzaron a andar por el camino uniéndose
a un pequeño grupo de gente.
—Sí—.
Contestó Dar prontamente. —Solía
frecuentar algunos bares por aquí cuando
era joven—. Devolvía las miradas
de valoración que provenían
de los demás asistentes.
—¿Faltaba
entonces a la escuela secundaria, abuela?—.
Kerry la empujó suavemente.
—En mis años
más jóvenes sí, cuando
íbamos de arriba abajo…
—Kerry—.
Dar puso un brazo alrededor de ella y la atrajo
hacía sí. —Ser natural
de Miami no significa que tengas que subir
siempre a la escuela—. Le recordó.
—A no ser que vivas bajo un paso a nivel.
Ambas se rieron y entraron
en el edificio, y un hombre alto que sostenía
la puerta abierta cortésmente para
que pasasen las saludó con la cabeza.
***
Era extraño. Kerry
miraba aquí y allá, sus ojos
captando a las variadas y singulares parejas
reunidas en la capilla; al menos era ligeramente
familiar, una estructura cuadrada con un altar
al final del pasillo y filas de bancos a través
de él. Los bancos habían sido
donados de otras iglesias, y notó,
en un caso, un templo. Había mezclas
de maderas y tamaños pero a nadie parecía
importarle eso. Notó la ausencia de
las Biblias típicas pero había
libros de himnos y tomó uno, hojeando
sus páginas gastadas para ver los que
ellas conocía y otros que no sabía.
Dar y ella se sentaron
a mitad del pasillo, en el lado izquierdo,
y cuando el recinto se llenó, miró
alarmada a su amante que miraba todo con interés.
Por supuesto, la mitad
de la iglesia, la mitad femenina también
la miraban. Kerry sintió una mezcla
de orgullo y consternación, y en algunos
casos notó miradas no tan veladas de
lujuria dirigidas hacia su compañera,
pero Dar parecía ausente. O tal vez
no. Sintió un roce tibio de un brazo
alrededor de sus hombros cuando Dar se acercó
con el pretexto de examinar su libro de himnos.
—¿Qué es esto?
La llegada del pastor
interrumpió su descripción que
trataba sobre los servicios de misa básicos,
y ambas volvieron su atención al hombre.
Era de estatura media, con pelo castaño
arenoso y ojos pálidos coloreados.
Les ofreció a cada uno una sonrisa
amistosa, y luego hizo un sermón corto.
Era… interesante.
Kerry captó la idea esencial de lo
que decía siendo una súplica
de más tolerancia en el mundo, y sintió
que probablemente era mejor que eso fuera
dicho fuera de ese cuarto, ya que cada uno
de los que allí había era tolerante
con ella. Sin embargo, apreció el gesto
y el pastor tocó varios puntos interesantes
sobre cómo la gente que es perseguida
tiene cuidado de no dejar salir su cólera
y poner en práctica las mismas clases
de discriminación que ellos mismos
sufren.
Entonces tres personas
se levantaron, dos hombres y una mujer, y
leyeron algunos poemas que habían escrito.
A Kerry le gustaron mucho, y también
el hecho de que ellos contribuyeran en algo
a la ceremonia. A ella le pareció una
buena idea y que otras iglesias debería
adoptarla. A veces el seguir usando las viejas
tradiciones hace que no entre sangre nueva
en las iglesias… bueno… ella se
acordó de cómo se aburría
en su iglesia cuando era adolescente, sintiendo
que la gente responsable, la que realmente
tenía el poder, no tenía ni
idea de cómo era su mundo.
Estas personas tenían
poder –en sus trabajos hablaban del
sentimiento de destacar entre la muchedumbre,
de tener a la familia alejada,- y lo último,
dicho por un hombre bajito con gafas de búho
y un zumbido cortante, era que sentían
que podían decir que Dios te odiaba.
Kerry había sentido
eso, pero de alguna manera le ayudó
oírlo porque entendió que no
estaba sola. Se preguntó brevemente
si quizá algún día ella
tendría las agallas suficientes para
subir ahí arriba y hablar de sí
misma, entonces llegó a la conclusión
de que antes de que pasara eso el Infierno
se congelaría.
Dar se inclinó
cuando el hombre terminó.
—No ha estado mal.
—Mm—. Concordó
Kerry suavemente.
—Pero lo que tú
escribes es mejor—. Le confió
la morena casualmente.
Kerry sintió como
si un carámbano se abriera paso en
su estómago. —¿Qué?—.
Puso una mano en el brazo de Dar y lo sujetó.
Una sospecha se dibujó en su cara y
sintió una sacudida en el corazón.
—¿Cómo lo has sabido?
—Uh… —.
Los ojos azules se abrieron aún más
en señal de consternación. —Tú…
tú dejaste un par de páginas
en la impresora… no hice bien…
um—. La gente comenzó a cantar
cuando el coro dio la entrada y Dar miró
alrededor. —Lo siento… no me di
cuenta de… uh… —. Era obvio
que Kerry estaba muy enfadada. —Kerry,
lo siento.
Muy lentamente liberó
el agarre del brazo de Dar.
—No… no…
es culpa mía… yo los dejé
en la impresora—. Dijo. —Ese material
es tan personal… yo sólo…
—. Entonces paró de hablar y
arrugó la frente. —Espera un
momento… ¿te gustó?
Dar soltó el aire
que tenía retenido aliviada.
—Sí…
uno acerca de un gran viento—. Concordó
entusiasmadamente. —Y había algo
familiar… um…
Kerry giró la
cabeza. —Era sobre ti, sí—.
Echó una mirada a su amante, que se
sonrojaba. —¿De verdad te gustó?—.
Dar asintió con la cabeza, enderezándose
luego cuando el pastor volvió a subir
al podio. —Adivino que tendremos algo
de que hablar cuando lleguemos a casa ¿eh?
—Sí—.
Kerry sonrió. —Apuesta que lo
haremos—. Sintió una tranquila
felicidad que le cambió el humor considerablemente,
y abrió el libro de himnos por la página
que indicó el pastor. —Bien…
esto es sencillo. Ellos cantan, tú
cantas—. Instruyó a Dar, sosteniendo
el libro. —Este me gusta.
Se levantaron y esperaron
a que el coro terminara la primera parte,
luego se le unieron cuando el pastor lo indicó.
Kerry comenzó a cantar, y se detuvo
cuando una voz cristalina se elevó
a su lado. Se quedó con la boca abierta
y se giró para mirar a Dar, que se
contenía para no reírse. —¡Jesús!
Su parte terminó
y el coro prosiguió cantando. —¿Algo
va mal?—. Dar preguntó con una
sonrisa satisfecha definida sobre su cara
angular.
—¡Puedes
cantar!—. Susurró Kerry incrédulamente.
—Quiero decir… no solamente cantas
sino que… suena increíble.
Un ligero encogimiento
de hombros. —Sí… Bueno,
supongo que ambas tenemos talentos ocultos,
¿um?—. Comentó Dar en
voz alta, poniendo las manos detrás
de la espalda y mirando fijamente alrededor
del cuarto. Algunos de los allí reunidos
la miraban interesadamente, y ella levantó
una ceja.
El resto de los cantos
fueron rápidos y antes de que se diera
cuenta, Kerry se encontraba metida entre un
montón de gente intentando salir del
edificio al aire puro de la noche. Unas manos
la pararon y se encontró en un círculo
de sucesión rápida de caras,
masculinas y femeninas, la mayor parte de
ellas parecían amistosas, y recibió
bastantes invitaciones para tomar café,
para conversar, y en un caso, hasta una lectura
llevada a cabo por un médium en la
playa.
Todos parecían
fascinados por Dar, quien asumió su
cara de negocios prestando atención
a todo con cortesía enérgica,
hasta que el pastor las alcanzó y les
ofreció la mano. —Sois nuevas—.
Declaró francamente. —¿O
habéis venido porque este es un lugar
apropiado para oír misa?
—Um… la verdad
es que llamé antes… preguntando
por la iglesia—. Contestó Kerry,
un poco vacilante.
—Ah… el traje
de baño y el sombrero de Santa Claus…
Reconozco tu voz—. El hombre sonrió
y le guiñó un ojo. —Querida,
podrías haberte presentado así
y te garantizo que a nadie le habría
importado ni siquiera un poco—. Ofreció
su mano. —Soy David Argnot… el
pastor, el fontanero y el manitas de la Iglesia.
Kerry ligeramente avergonzada
forzó una sonrisita. —Es un placer
conocerle… mi nombre es Kerry y um…
—. Ella cabeceó hacia Dar que
estaba parada con una chica pelirroja asombrosa
casi de la misma estatura que la ejecutiva.
—Esta es mi amiga Dar.
Al oír su nombre,
Dar se giró y prestó atención
al pastor, sus ojos pálidos destacando
con claridad sorprendente. —Encantada
de conocerle—. Le tendió la mano.
El pastor parpadeó.
—¿Alguna vez te han dicho que
tienes unos ojos preciosos?—. Él
tomó la mano y la sacudió cautelosamente.
—Por no mencionar la voz asesina.
Dar le ofreció
una breve sonrisa. —Gracias… ha
hecho un discurso agradable.
—Ah… no ha
sido nada—. Sonrió abiertamente.
—Deberías oírme cuando
no tengo vacaciones y hago la oratoria…
hablando de esto… la misa es los domingos
a última hora de la tarde, por si no
lo he mencionado.
—¿A última
hora de la tarde?—. Kerry se rió,
recordando que las ceremonias en su casa se
hacían al alba.
—Somos hedonistas
y no fingimos por otra parte—. Dijo
él solemnemente. —Tengo una cita
en la playa, con una manta y una cesta de
merienda campestre para el domingo por la
mañana—. Se meció de un
lado a otro. —Y bien… ¿qué
me decís sobre eso? ¿Vendréis?
Dar le mostró
una sonrisa torcida. —Depende…
¿Sirve usted la merienda?—. Sus
ojos centellearon divertidos.
La frente del pastor
se arrugó. —¿Qué?
¿Le parecemos católicos? Con
todo ese vino y queso… y obleas—.
Él escuchó alguna broma de los
oyentes cercanos. —Nah… sólo
estoy bromeando… Por lo general nos
reunimos después de la misa a tomar
café en una cafetería cruzando
esta calle, ya están acostumbrados
a que la invadamos y hacen el agosto con nosotros.
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