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:: AQUÍ EN CORAZÓN, ALLÍ EN GUERRA ::
Capítulo I
"No puedo volver".
Resultaba extraño que tres simples palabras llegaran a tener tanto significado. Podía sentir la tristeza, la rabia y el enorme dolor del corazón de Gabrielle y le traspasaba el alma por completo. Pero no podía hacerlo.
Ver las lágrimas de Gabrielle correr por sus mejillas… deseba gritarle que tirara sus cenizas a la fuente, gritar que no podía imaginar otra vida sin esos ojos verdes que tanto amaba sonriéndole cada mañana a su lado… Gritar que deseaba vivir, vivir y envejecer, y poder recordar años más tarde cada aventura que habían vivido, juntas. Pero eran demasiadas personas, demasiadas almas, demasiados errores cometidos en un pasado que siempre terminaba por encontrarlas, una y otra vez. "Así es mejor", intentaba convencerse.
Gabrielle apoyó la cabeza en su hombro y ella la envolvió con su brazo por la espalda mientras el sol caía sobre las laderas de las montañas. ¿Cuántas veces había tenido esos rubios cabellos apoyados en ella? ¿Cuántas ella misma se había dejado consolar entre ellos? ¿Cuántas veces ya no podría hacerlo…? Cerró los ojos para no ver el final que el anochecer les estaba obligando a vivir.
"Nos veremos…algún día". Lo mismo que le había dicho a Akemi y sin embargo, qué diferente el dolor que le envolvía al decírselo a Gabrielle…
El calor del sol se fue desvaneciendo por su piel, escuchó cómo Gabrielle cogía aire justo al ver el último rayo caer tras las montañas, la acarició un último segundo… y se fue.
***
"Esto es nuevo", se dijo. Le había costado mucho volver en sí, y su primer pensamiento, como siempre desde hacía tanto tiempo, había sido para su pequeña bardo. Pero no estaba allí, y el dolor le nublaba el alma de una manera difícil de soportar. Finalmente decidió levantarse. Había vivido varias veces lo que se sentía al estar muerta, pero ninguna lo que se había encontrado al desvanecerse. Tras cerrar los ojos notó cómo la ligereza invadía su ser y la cabeza se iba de la realidad que la circundaba. No sabía cuánto tiempo había tardado en volver a abrir los ojos, si un segundo o una eternidad, pero lo que vio al abrirlos no era precisamente un paraíso. "Tampoco un inframundo".
Frente a ella se expandía un mundo gris, esa era la palabra exacta. No era para nada lo que existía como las tierras amazonas que había vivido en Siberia en su lucha contra Alti, y aunque a su modo la devastación y yerma tierra que allí se había encontrado se semejaba algo, no tenía para nada el aspecto de lo que había donde estaba ella ahora. Había despertado en una llanura plagada de matojos y hierbas muertas, polvo y ambiente cargado donde respirar se hacía complicado. No había color, o al menos no lo podría describir como tal, pues la luz era igualmente extraña, inerte. El cielo estaba oscurecido, pero dejaba pasar una mínima claridad abrumante que se acercaba más a una niebla sucia que a algo relacionado realmente con lo que podría considerarse luz. La tierra era seca, dura. No había vida en sus aberturas, sólo piedra, arenisca, ni árboles ni nada parecido a la necesidad de respirar y crecer. Las montañas parecían similares, una especie de montón de piedras colocadas una encima de la otra sin nada más que polvo y roca.
Xena se quedó un segundo quieta, escuchando concentrada al tanto de cualquier sonido que pudiera llegarle de ese lugar. Pero nada se movió. Se levantó del suelo y se miró por un momento. Unas ropas viejas y destrozadas le cubrían a modo de vestimenta. No estaba su armadura, ni tampoco sus armas, aunque después de lo vivido al no poder coger el chakram no esperaba menos. Sus sentidos los tenía alerta, esperando a que cualquier movimiento le dijera dónde estaba exactamente. Podía sentir el dolor en sus músculos, pero ninguna queja salió de sus labios. Movió el cuello y el sonido de las vértebras quejándose fue inmediato. Por un momento se paró, y al siguiente apretó los labios y salió corriendo. Con fuerza, y con su grito de guerra surcando el aire, dio un salto, y apoyándose en las manos, giró en el aire y cayó de pie. "No está mal para estar muerta, ¿eh?", media sonrisa triste se dejó aparecer en sus labios agradeciendo sentir los músculos más sueltos.
Miró a los lados y no vio ningún camino, pero no la retuvo. Puso un pie por delante y comenzó a andar hacia el infinito. "Cualquier cosa menos pensar".
No supo cuánta distancia recorrió hasta percibir que no estaba sola en ese inhóspito lugar, pero la sensación de dolor de sus descalzos pies le alegraba, la idea de no sentir nada era algo que siempre había odiado. Por el camino había visto un río seco y algunos árboles como cosa extraña dentro de lo muerto del lugar, pero nada parecido a indicios de vida en sí... hasta ahora. Lejos podía percibir golpes a la roca, alguien estaba martilleando algo no muy lejos de donde se encontraba ella, en la ladera de una de las montañas, así que como un felino se acercó al inicio de la pendiente y, escondida tras las grandes piedras, fue acercándose poco a poco al lugar el ruido. Sus pasos se hicieron apenas perceptibles, tratando de dejar la menor huella posible iba de roca en roca, vigilando que no apareciera una mala sorpresa. Finalmente el sonido se hizo fuerte y pudo notar el movimiento de los cuerpos. Escondida tras una gran piedra, echó un rápido vistazo para ver de qué situación partía.
Frente a ella, junto a una gran boca en la roca de entrada de cueva, había un hombre con una piedra golpeando un pequeño macizo de roca de manera continua. Parecía mayor, aunque la potencia de sus músculos le decía que tal vez se equivocaba. "No hay enemigo pequeño", se recordó. Iba vestido con harapos sucios, grises, la barba de varios días entreveía unas canas copiosas, pero sus ojos rasgados mostraban determinación. Xena percibió que lo que estaba tallando tomaba forma de punta de lanza, así que su precaución pasó a su punto álgido sin darse cuenta de que si estaba muerta, poco más daño se le podría hacer. El hombre provenía sin duda de oriente, no sólo por sus facciones sino también por la manera curiosa de sentarse sobre sus talones.
En la entrada de la cueva vio a una mujer sentada, quieta, no muy mayor tampoco, con el pelo recogido en un moño completamente desmenuzado y enmarañado. Tenía rasguños y ojos tristes, como inertes, sin vida.
—Alcánzame esa roca—le dijo él a la mujer, que ni se inmutó. Aburrido de esperar se levantó y cogió la roca.—No sé porqué no te echo de aquí.
La mujer apenas giró la cabeza tras la amenaza. El hombre se acercó a ella y le dio un puntapié, a lo que Xena no pudo evitar salir de su escondite.
—¿Porqué no pruebas con alguien de tu fuerza? – le gritó, preparada para atacar.
El hombre se giró de golpe y miró a la mujer que le había desafiado. Cogió el arma que había estado preparando y seguidamente comenzó a correr hacia la guerrera con un grito en sus labios. La guerrera, preparada para la reacción, se retiró en el último momento del camino del hombre y le sacudió una patada en el trasero con una risa irónica.
Levantó las manos y con un gesto en los dedos le dijo:
—Ven por mí.
El hombre volvió a dar la vuelta y atacar a la guerrera, quien sujetó el brazo del atacante y girando sobre sí misma lo lanzó contar la pared rocosa de la montaña.
Xena se preparó para un nuevo intento del hombre, que se iba levantando poco a poco del suelo. Pero cuando éste iba de nuevo a arrancar a correr contra la guerrera, la mujer, que había estado observando la escena se levantó sin hacer ruido y se interpuso entre los dos.
—¡Basta! – gritó.
Xena mantuvo la posición de defensa mientras esperaba a ver la reacción del hombre, quien poco a poco bajó los brazos y se relajó. La mujer se acercó a Xena, mientras él esperaba quieto donde se había levantado. La miró con fijeza, sin decir nada, a la cara. La mujer giró a su alrededor observando los harapos del cuerpo que tenía delante, y tras terminar de escrutarla, volvió a pararse frente a ella, los ojos que antes no tenían nada en su interior refulgían ahora en medio de una mezcla de odio y sorpresa.
—Xena.
La guerrera la miró sorprendida.
—No sé quién eres – le dijo.
—Eso es normal, Xena, Destructora de Naciones – le respondió la mujer sin bajar un ápice la mirada.—Sólo soy una entre cuarentamil.
***
La sombra se distinguió a través de la claridad que la pared de papel daba. Unos ancianos dedos abrieron una pizca la puerta corredera de la habitación y por un momento una miradade profundos ojos negros observó concentrada a la joven que se encontraba dormida. Viendo que el movimiento de su pecho era profundo y acompasado, los ojos se sonrieron y los dedos volvieron a cerrar la puerta. Con un suave rumor los pies descalzos se alejaron.
***
La luz de la pequeña rendija de la puerta ganó poco a poco la distancia y terminó por posarse en el rostro de Gabrielle. Movió la cabeza suavemente a un lado mientras sus músculos comenzaban poco a poco a despertar. Respiró profundamente. Por unos segundos sus pulmones disfrutaron repletos de aire yseguido suspiró sintiendo la relajación. Notaba sus extremidades extremadamente pesadas y sintió un dolor general al intentar doblar las piernas.
—¡Uf! – gimió entre dientes. "¿Me ha pasado un tropel de valkirias por encima y no me he enterado?".
Cuando abrió los ojos tardó unos segundos en acostumbrarse a la poca luz. No estaba muy orientada y notaba un sabor a náusea tardía en la boca. Los cerró de nuevo y se masajeó la cara unos segundos intentado aclarar sus ideas. No recordaba haber estado nunca, ni llegado si quiera a ese lugar. Volvió a abrir los ojos más confiada.
—Que…—susurró mientras intentaba incorporarse apoyándose en los codos. Tenía los músculos tensos, repletos de cansancio. Apretó los dientes y a poquitos se apoyó con la espalda en la pared para ver dónde se encontraba exactamente. Miró a ambos lados.
Estaba en una pequeña habitación cuadrada de paredes semitransparentes que dejaban pasar una tenue claridad. Apenas tenía muebles, sólo una pequeña mesa muy sencilla y realmente bajita a la izquierda de la esterilla que tenía debajo por colchón. En el centro de la estancia había un pequeño agujero cuadrado en el que las brasas habían terminado por apagarse. Su kimono azul, brazaletes y resto de las vestimentas que llevaba estaba pulcramente colocadas a la derecha. Ni rastro de sus botas, observó, ni tampoco de la katana, los sais o el chakram. La pequeña urna de cerámica descansaba a su lado, junto a su kimono.
—¿Dónde se supon…? – murmuró un segundo antes de que un fuerte dolor le cruzara la sien izquierda obligándola a apoyarse en la mano. Oyó pasos al otro lado de la pared acercándose y una figura que se dibujó al otro lado de la puerta. Por instinto, y sin sentir el dolor muscular que su movimiento reflejo le dio, Gabrielle buscó con las manos los sais en sus piernas, descubriendo que no sólo no estaban allí, sino que se encontraba semidesnuda dentro de las mantas, con una fina tela que le recubría de hombros a muslos.
—¿Quién anda ahí? – preguntó con voz firme.
La puerta se abrió dejando entrar mucha más luz. Gabrielle se tensó, mirando fijamente hacia la entrada, preparada para saltar y ponerse en pie, estuviera con o sin ropa. Miró de nuevo rápidamente a los lados buscando cualquier objeto que le sirviera de arma, y a falta de los mismos, se preparó en posición de defensa que bajó al poco tiempo. En la puerta apareció una pequeña anciana, vestida en un kimono negro, moño de pelo cano en la nuca, que la miraba sonriendo desde el umbral. Con las manos entrelazadas dentro de las mangas, se inclinó con una flexibilidad impropia para su vejez e hizo una profunda reverencia.
—Es un honor tenerle en nuestro humilde hogar, Pequeño Dragón – dijo con voz suave mientras se incorporaba. – Me alegra verla despierta.
Gabrielle, que un momento antes iba a seguir con sus preguntas, cerró la boca y levantó una ceja con gesto interrogante.
—¿Pequeño Dragón?
—Así le llaman los aldeanos.
"Tiene gracia", pensó Gabrielle. Intentó incorporarse un poco más pero sus brazos se negaron con un fuerte dolor que le subió hasta el hombro.
—Ufff…—se dolió.
—No debe moverse – la anciana se acercó lentamente a donde la joven. El kimono se le cerraba entre sus pequeñas piernas y su forma de andar a pequeños pasos resultaba un tanto cómica.
—Me tendrían que llamar pequeño dragón cojo– ironizó Gabrielle.
La anciana sonrió. Miró a la joven fijamente, con gesto concentrado y afirmó con voz preocupada:
—Aún necesita descansar, Pequeño Dragón
—Gabrielle—dijo ella.—Me llamo Gabrielle.
—Gabrielle – repitió la anciana sonriendo.—Me llamo Shasako. – Gabrielle afirmó con la cabeza que había entendido yviendo que su interlocutora no seguía hizo un gesto de "y…".
—¿Qué me ha pasado? ¿Dónde estoy?
—Estás en mi casa, en Higutsi, en casa de Yamashae, mi nieta, y mía – la anciana miró a la joven antes de preguntar,—¿No recuerdas lo que te pasó?
Gabrielle cerró los ojos y dio un par de vueltas a sus últimos recuerdos, y una sombra pasó por su rostro al recordar a Xena. Por un momento una punzada de dolor se le clavó en el corazónal recordar que la guerrera ya no estaba allí, ya no existía, y las lágrimas comenzaron a abrirse paso en sus ojos. "No es el momento de llorar. Ahora no". Bajó la mirada y respiró obligándose a concentrarse.
—Recuerdo estar en la ladera, deambular... —dijo en un susurro tragándose el nudo que se había formado en su garganta.—Recuerdo haber visto...—las náuseas salieron de su escondite —...haber visto la cabeza y el cuerpo de Yodoshi y coger la katana. Y recuerdo haberme encontrado con...—Gabrielle miró a Shahako con un halo de esperanza:—¿Dónde está Lao Ma?
—¿Quién? preguntó ella sin entender.
—Es una mujer, morena, de pelo recogido, rasgos orientales. Viene del reino de Chin.
—¿Chin?—la anciana aumentó su sorpresa.
—Sí, Chin —repitió Gabrielle.—Estuve con ella antes de ver... —calló un segundo.—Antes de quedarme inconsciente. ¿Sabés dónde está?
La anciana mantuvo un correcto silencio mientras negaba con la cabeza.
—No había nadie en la ladera contigo, Pequeño Dragón.
—Gabrielle—repitió la joven, mientras la anciana asentía. Las dos mujeres se quedaron en silencio por unos segundos mientras Gabrielle pensaba por dónde continuar.—Shahako, ¿qué me ha pasado? —preguntó finalmente.
La anciana se acercó a Gabrielle, y apoyando las rodillas en el suelo, se agachó acomodándose sobre sus talones justo al lado de la joven.
—Partiste a Higutsi y al ver que nadie regresaba de allí decidimos subir a ver qué había sucedido... —dijo Shahako.—Vimos lo que quedaba de la gran batalla, los restos del duelo y te vimos a ti, hundida en el dolor, como muerta en vida, como un fantasma y tuvimos miedo. Supusimos que sólo quedabas tú, pero no nos atrevimos a decirte nada. Tras meditarlo decidimos que era mejor no molestarte, pues el dolor es algo de muchos pero que cada uno debe aprender a superarlo —los ojos de la anciana miraban a Gabrielle con tristeza. Ésta oía sin mirar a ninguna parte más allá de sus recuerdos.—Desde ese día mi nieta Yamashae y yo te subíamos comida al amanecer, y volvíamos a recogerla por la noche. Hasta que una noche Yamashae volvió corriendo a casa al subir a la noche diciendo que te había visto tendida en el suelo. Llamé inmediatamente a Maki, el curandero, y subimos por ti. Te encontramos inconsciente y con gran fiebre, y te trajimos aquí —la anciana se dio unos momentos para seguir.—Delirabas. Desde que te cogimos para traerte no dejaste de hablar en sueños sobre sangre, dolor, y de algo llamado chakram… y de Xena. —Shahako observó la tristeza que sus últimas palabras habían causado en la joven guerrera, y rápidamente continuó, agachando la cabeza avergonzada, —Debo pedir perdón, yo te quité la ropa. Tenías el cuerpo cubierto de suciedad y sangre, estabas muy débil y tenías varias heridas. Así que hablé con Maki quien te tomó bajo sus cuidados, te trató de los dolores y esperé... hasta ahora.
Silencio.
—¿Cuantos días llevo aquí? —preguntó Gabrielle.
—Dos días.
Gabrielle se quedó sorprendida y calló. Miraba al infinito intentando organizar sus ideas. Aún se sentía muy débil y le costaba encajar cada pieza del relato de Shahako.
—Mis armas...
—Están en la sala, guardadas, ¡son dos cuchillos extraños! —se sonrió la anciana.—El disco metálico tan raro lo tiene a buen recaudo el gran maestro de armas.
—¿El chakram?
La anciana la miró extrañada.
—¿Eso es el chakram?
Gabrielle se sonrió un instante, aún recordaba cómo lo había lanzado y cómo había vuelto a ella obediente. Entonces recordó.
—¿Y la katana?—preguntó.—Está también con el maestro, ¿verdad?
La anciana la miró unos segundos que a Gabrielle se le hicieron eternos antes de contestar.
—Lo siento. La katana no estaba allí.
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