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:: AQUÍ EN CORAZÓN, ALLÍ EN GUERRA ::

Capítulo II

Xena miró fijamente a la mujer sin mover un solo músculo. No podía aceptar lo que hacía unos segundos le había dicho, imposible de comprenderlo como algo real. Si su muerte era la venganza que ellos necesitaban, era lo que las víctimas del incendio de Higutsi habían reclamado para redimirlas, era imposible que aquella mujer fuera una de las cuarenta mil víctimas… ella misma había decidido su propia muerte, había renunciado a respirar, a sentir, a una vida de amor y de plenitud junto a su pequeña guerrera rubia para su salvación. Había tenido que ver derramar las lágrimas de esos verdes ojos que tanto amaba, convirtiéndose cada lágrima en un puñal clavado entre sus almas, al ver caer el último rayo de sol. La respiración contenida. El corazón destrozado. Había visto destrozar en dolor la cara de Gabrielle frente a la suya, diciéndole que no era lo correcto, que no era ese el camino... Pero era algo que debía hacer, se lo debía a cada una de sus víctimas, sentía que debía ser así. Akemi se lo había prometido: tenía que morir para que las cuarenta mil almas tuvieran una libertad que les fue robada por su culpa, era el precio. Y ella había tenido que aceptar ese precio, con todo lo que su decisión implicaba.

Pero, ¿y si no hubiera funcionado? ¿Si era verdad…? "No te mientas". Pero y si… Si no había sido así, si las víctimas no habían sido vengadas significaba que su muerte no había servido para absolutamente nada, y algo no habría funcionado como Akemi le había dicho. ¿Porqué no habría sido en ese caso así? "No", se volvió a negar a sí misma. "Akemi sabía lo que se decía, lo viste en sus ojos, Xena, era un dolor real el que había en sus ojos al decirte cual era tu destino".

"Este sitio no es el paraíso…", recordó haberse dicho al abrir por primera vez los ojos entre el gris ambiente de ese páramo sin vida. "Sé que merezco el Infierno, pero estas personas…".

Sus vivos ojos azules seguían clavados en los de la mujer, brillando con una inusual intensidad, mientras se planteaba por un momento cuál debía ser su siguiente paso. La duda entre si atacar o mantenerse a distancia prudencial duró unos instantes. Los músculos tensos, los brazos preparados para defender un nuevo ataque que sin embargo no llegó. Dejando que el silencio se extendiera un poco más, la esbelta guerrera relajó su postura que su instinto había mantenido firmemente. "Nada de luchar, Xena. Necesitas información", pensó, soltando los músculos e irguiéndose tan alta cual era. La fuerte frente se alzó aún desafiante, pero la frialdad de sus ojos se descongeló levemente. Miraba vigilante, pero su cuerpo fue dejando a un lado su actitud guerrera. Un frío viento, que apenas si había sido hasta entonces una brizna de brisa caliente que aumentaba el agobiante ambiente, comenzó a silbar por entre las rocas de la cumbre de la montaña y revolvió su largo cabello moreno. Giró la cabeza en una mueca, entrecerró los ojos estudiando el semblante de su interlocutora y una sonrisa de ironía se abrió paso entre sus labios. Apretando los dientes, no pudo evitar la tensión de su voz:

—No sé quién eres, pero la broma no tiene gracia. Ninguna gracia—recalcó con amargura.

La anciana la miraba igualmente desafiante, pero era un desafío diferente. Podía sentir el dolor de sus ojos castaños y sin embargo la barbilla estaba bien alzada. Tampoco ella movió un solo ápice su postura. A pesar de que sus movimientos habían mostrado el cansancio de un cuerpo ya pasado en años, la determinación que mostraban escondían detrás a una mujer de gran carácter. Finalmente la mujer tomó la palabra.

—No creo que hablar de nuestra muerte sea ninguna broma—dijo seriamente.

—¿Ah, no? —respondió la joven con sarcasmo.

—¿Acaso no me ves?

—No necesito ver nada para saber reconocer una sarta de mentiras.

—¿Crees que miento?

—Creo que tengo mejores cosas que oír estupideces como la que acabas de decir.

—Estupideces... —la mirada de la mujer se congeló.

La guerrera volvió a sentir cómo su mandíbula se apretaba con fuerza. Era evidente que no iba a recibir ningún ataque más, no al menos de la anciana, y al hombre le había dado ya una pequeña lección, el escarmiento había sido suficiente para él. Sin embargo eso no evitó que sus músculos se tensaran una vez más.. No dejó que su cara mostrase la confusión que se estaba dando en su interior, aunque resultaba evidente que la situación era completamente inesperada para ella.

—Estabamos allí, Xena… ¿o debo decir Destructora de Naciones? —la pregunta salió de los labios de la mujer como una flecha envenenada. La joven tragó saliva.—¿Hace falta que te lo demuestre? ¿Quieres que te lo cuente? ¿Que te explique cómo se siente uno cuando el fuego traspasa tu propia carne y no te queda más que desear que ese infierno acabe con tu vida de una vez?

—Todo el mundo sabe que Higutsi cayó entre las llamas —respondió la joven. —Si quieres demostrarme lo que sea que quieres demostrarme vas a tener que buscar otra forma, si no te importa.

Nuevo silencio entre ambas. Apenas se podía escuchar la respiración levemente agitada de la anciana a la que la triste emoción la había podido en sus últimas palabras. Sin lágrimas en los ojos, su voz había dejado vibrar la rabia contenida. El hombre, que se había ido incorporando hasta ponerse firmemente en pie con alguna dificultad, las miraba desde lejos, clavando una vidriada mirada de odio sobre la joven mientras se limpiaba un leve reguero de sangre del labio inferior.

Inesperadamente la mujer soltó la especie de cuerda que sujetaba a su cintura las ropas que le cubrían y dejó que un pequeño espacio resbalara por su espalda, mostrando su hombro y parte de la espalda. Una enorme cicatriz cruzaba su piel creando informes ondulaciones allá donde la quemadura había sido más profunda. La piel no existía, era prácticamente una marca entera.

Xena tragó nuevamente saliva sintiendo cómo un nudo de culpabilidad se ubicaba en su garganta. Los pómulos, que habían ido enfriándose según la brisa había ido en aumento, tomaron un leve color carmesí. Sintió cómo la emoción le pedía paso entre sus párpados. Por un momento agachó la cabeza, sin saber cómo digerir la situación a la que se enfrentaba.

—Se muere, pero la marca de tu final pervive para toda la eternidad —dijo amargamente la anciana.—Decían de ti que ya habías arrasado muchas aldeas con el fuego antes de aparecer en nuestraciudad, así que dime: ¿necesitas más pruebas?

La anciana esperó hasta percibir un ligero movimiento de la cabeza de la joven antes de cubrirse de nuevo. Xena levantó instintivamente la mano y se la pasó por el hombro izquierdo en busca de alguna marca de la batalla contra el ejército de Yodoshi, pero al no encontrar nada dudó. Sin embargo sus dedos continuaron el camino por su clavícula hasta llegar a la base de su cuello. En torno a ella podía sentir una fina imperfección apenas palpable pero que definitivamente no había tenido antes. Dejó que sus dedos recorrieran un par de centímetros la cicatriz antes de bajar el brazo. Su mentón miró por un momento al suelo mirándose las manos algo sucias del polvo del lugar. Cuando levantó la cabeza sus ojos hablaban por ella. No había frialdad, sólo dolor y una fuerte culpabilidad.

—Perdóname —pidió sinceramente a la anciana.—No es tampoco fácil para mí afrontar esta situación. Yo… Mi muerte os tendría que haber vengado, se me dijo que mi destino era una muerte para que vuestras almas fueran finalmente liberadas.

—¡Una muerte bien merecida! —gritó desde el otro lado de las rocas el hombre, que había presenciado la conversación sin hacer nada más que lamerse a herida del orgullo herido.

—¡¡BASTA!! —le gritó la mujer acallándolo.—Por una vez sé útil y ve a buscar madera.

Xena se giró hacia él con cara de pocos amigos esperando una reacción contraria. El hombre la miró en un desafío que duró muy poco antes de que agachara la cabeza.Una sarcástica sonrisa apareció entre sus labios, escupió a un lado y se incorporó de la pared en la que se había quedado apoyado mientras se limpiaba un pequeño reguero de sangre de los labios. Apretó la mandíbula y comenzó a alejarse murmurando unas palabras apenas audibles que el fino oído de la guerrera captó con facilidad.

—Te mataría antes de que la tocaras —los azules ojos de la joven miraban desafiantes el sombrío semblante del hombre. Éste paró los pasos, mantuvo de nuevo un momento la mirada, pero rápidamente la bajó aceptando la derrota. Con pasos desganados se fue alejando. La joven se giró nuevamente a la anciana.

—¿Cómo te llamas?

—Hasura —dijo la anciana. —Me llamo Hasura.

—Hasura —repitió Xena, sonriendo levemente. Inclinó levemente la cabeza a modo de señal ganándose con ello una leve inclinación de la anciana a su vez

—Espera —y diciendo esto la anciana se acercó a la entrada de la cueva, miró un poco alrededor como buscando algo, removiendo con un pie los trastos que rodeaban la parte frontal del recodo que se introducía por la montaña hasta que finalmente una exclamación salió de entre sus labios. Se agachó con algo de dificultad, retiró un par de piedras puntiagudas y tiró de algo que estaba debajo. Se volvió a la guerrera y le tendió una especie de manta parcheada con pieles de muchos animales, pardos, alguno blanco y la gran mayoría negro más por suciedad que por la propia piel en sí. Sin embargo Xena obvió ese hecho sintiendo como su cuerpo temblaba levemente. —Tienes que tener frío con eso.

—Gracias —respondió la esbelta joven poniéndosela por encima. La tensión de hacía unos minutos había sido grande, y no se había dado cuenta de que el frío había ido en aumento por momentos, colándose entre sus huesos a pesar de lo caliente de su sangre. Su cuerpo se agitó en reacción al calor de la manta.

—De nada. —Hasura se volvió hacia el resto de utensilios que rodeaban la entrada a la roca. Se giró a Xena y le indicó una piedra bastante lisa cercana a las brasas restantes de lo que había sido un escueto fuego.—No sería digno de mi parte que no te ofrezca lo poco que tenemos. Y no esperaré menos de ti que el que aceptes —se adelantó a la negativa de la joven mujer. Levantó una nueva piel que estaba algo dentro de la cueva y que escondía una pequeña cavidad de caliza tallada suavemente de manera cóncava y extrajo de ella unos pequeños pedazos de carne fresca y los acercó al suelo sujetándolos por varios palos cruzados, mientras la guerrera bordeaba algunos utensilios que se hallaban desparramados por el pequeño campamento. Con aire de agotamiento se sentó donde Hasura le había dicho. —No hay muchos animales por este páramo —y diciendo esto cogió un cuenco de piedra y se introdujo en la cueva. Por unos instantes la guerrera se quedó mirando la entrada preguntándose qué habría ido a hacer la anciana. Levantó una ceja esperando a decidir si ir dentro o no. Justo cuando se comenzaba a levantar, Hasura volvió a aparecer. Se acercó a la guerrera y le ofreció el cuenco que había cogido. Estaba lleno de agua helada. Xena bebió con cuidado, procurando no derramar una gota, agradeciendo el frescor en su garganta. Las situaciones tensas siempre le habían causado esa reacción y aunque la brisa se había convertido en viento fresco, el polvo y la sequedad del lugar aumentaban la salinidad de la boca. Sintió el dolor de sus pies por vez primera en todo el tiempo, le quemaban las plantas por el continuo contacto con la roca y la tierra seca y al sentarse con el cuenco entre sus manos notó cómo los músculos de piernas y espalda agradecían el descanso. "Pediré a Gabrielle que me los cuid…", fue su primer pensamiento antes de que parara en seco. Miró tristemente al renacido fuego. "Estás muerta, ¿recuerdas?", se increpó a sí misma. Por un momento vio ante ella la sonrisa de su pequeña bardo y el dolor se apuntaló en su pecho. Trató de recomponerse y esparciendo el frescor de unas pocas gotas de agua entre sus labios, volvió a fijarse en la anciana. Ésta se había sentado en una pequeña roca frente a ella y esperaba paciente que la guerrera volviera de sus pensamientos. Xena sonrió momentáneamente a la mujer sin saber qué decir. Las primeras palabras siempre habían sido el fuerte de Gabrielle, no el suyo. "Gabrielle..."

—No eres el demonio que conocimos hace unos años, está claro—terminó por romper el hielo la anciana haciéndole volver. Cogió un ennegrecido palo que se apoyaba en la roca en la que se había sentado y removió las brasas para avivarlas un poco. Xena dejó escapar una media sonrisa entre sus labios. Mantuvo el silencio a la espera de que fuera la anciana la que tomara la iniciativa una vez más.—¿Porqué estás aquí?

Xena, que no esperaba la pregunta, alzó una ceja.

—Supongo que tiene que ver con el hecho de que estoy muerta, ¿no crees?

Hasura hizo caso omiso al sarcasmo de la guerrera.

—Toma —le dijo acercándole un trozo de la carne que había puesto previamente. Xena lo cogió y lo mantuvo unos segundos en la mano sin hacerle mucho caso. Hasura volvió a mirarla.—Me refiero a porqué precisamente aquí.

—No entiendo.

—Aquí, en este mundo. —Pero el gesto de no saber qué decir siguió en el rostro de la morena. —En nuestra cultura hay varios estados a los que un alma puede ir una vez traspasado el umbral de la muerte —explicó entonces Hasura. —Es un poco complicado porque hay varios niveles en cada uno, aunque no importa mucho ahora… —se dijo más a ella misma.—Básicamente se dividen entre aquellos cuyas almas están purificadas al morir, y los que han llevado una vida de dolor y sufrimiento, cuyas almas serán eternamente castigadas.

—Una especie de cielo e infierno, o Campos Elíseos y Tártaro.

Hasura se encogió de hombros.

—Supongo que sí.

—Yo he estado en todos ellos, y no se parecían ni remotamente a donde estamos nosotros —dijo Xena con convicción.

—Es porque nosotros no estamos ni en un sitio, ni en otro.

—Estamos exactamente…

—En medio.

—Ya —Xena masticaba lentamente, pensando según las palabras surgían.

—Todo lo que nos rodea, todo este páramo sin vida, las piedras, las rocas, todo, son un punto medio, algo así como una antesala, ¿entiendes?

—¿Algo así como si los dioses no se hubieran puesto de acuerdo sobre dónde mandarnos?

—Es una manera de decirlo.

Xena siguió masticando distraídamente la misma carne. Frunció el ceño y dijo:

—Entonces lo que debía haber ocurrido realmente era que yo muriera para purificar vuestras almas y pasarais de este umbral. Pero aquí estáis. Y aquí estoy.

El silencio volvió a acomodarse entre las mujeres. Esta vez fue Hasura la que esperó pacientemente a que la guerrera tomara la iniciativa.

—¿Qué ha podido ir mal? Hasta ahora nada de lo que Akemi me hub…

Los ojos de la anciana se abrieron con sorpresa.

—¿Akemi? —le cortó la anciana inesperadamente.

—¿La conoces? —preguntó Xena igualmente sorprendida.

La cara de la mujer apenas se iluminaba por las escasas llamas del fuego, pero eran suficientes para que la joven observara cómo el color de su tez se había empalidecido notablemente.

—Esa zorra bastarda… —dijo Hasura. Su voz había sonado profundamente amarga. Xena se quedó completamente quieta mirando las facciones de la anciana, la carne hecha una bola a un lado de su mandíbula. La seriedad del gesto de Hasurale decía que no estaba bromeando en absoluto, si bien la guerrera no pudo evitar una oleada de desconfianza. Akemi era un ser suave, dulce, poesía viva en una persona rebosante de fuerza y compasión… ¿una zorra bastarda... ?

—¿Cómo puedes hablar así de ella? —le recriminó la joven dolida. —Akemi era un ser…una persona…era mágica, una persona única, compasiva, amable con todo y con todos, ¿cómo se te ocurre dec…?

—Xena —cortó la anciana rompiendo su defensa, —Akemi era una bastarda, era un ser maligno, una despiadada persona que sólo ansiaba el mal ajeno en su propio bien.

—No puedes estar hablando de la misma Akemi, no de la que yo conocí, la que yo conozco.

—Xena, si Akemi fue quien te dijo que debías estar muerta te ha engañado como al tonto que roban y da las gracias.

Xena torció el gesto dolida por las palabras de Harasu.

—Akemi nunca ha hecho ni dicho nada que pudiera hacer daño a nadie. "Mucho menos a mí", pensó recordando las palabras de amor que Akemi le había profesado al conocerse. —Lloró amargamente al confesarme que la batalla con Yodoshi implicaba mi muerte y me juró que hubiera dado toda su vida para evitarme tener que decidir morir definitivamente para salvar vuestras almas.

Una triste carcajada se escapó de la garganta de la anciana.

—¿Te ríes? —el dolor inicial de las palabras de la anciana se estaba transformando por momentos en enfado dentro de la joven morena.

—Efectivamente como a un tonto que da las gracias —repitió ésta.

—¿A qué te refieres?

—Xena, te engañó con rotundidad.

—¿Porqué estás tan…?

—¿…segura? —Hasura tomó aire y miró con tristeza a la guerrera.—Nunca podrías habernos redimido con tu muerte porque es la suya, la de Akemi, la que nos vengaría.

Xena abrió los ojos con sorpresa.

—Pero como…

La anciana se levantó y se acercó a la guerrera, quien la miraba atónita. Y sentándose a su lado, le dijo:

—Cuéntame qué ha pasado.

***

El relato de la joven guerrera había partido desde el día en que Gabrielle y ella se habían encontrado con el monje en los bosques tan lejanos de Grecia. Le explicó cuál había sido el mensaje de Akemi y según la historia tomaba forma en sus palabras, más le iba pareciendo un sinsentido. Hasura sintió cómo la joven eludía en sus palabras a quien había dicho llamar Gabrielle, pero la tristeza de los azules ojos de la joven le habían dicho que mantuviera un respeto por ello. Su cabeza gesticulaba asintiendo de cuando en cuando, manteniendo un silencio respetuoso. Con gesto concentrado, miraba el fuego escuchando atentamente lo que la joven le iba contando.

Xena se guardó su historia inicial, aquella que la había llevado a conocer a Akemi por vez primera, y que llevó desgraciadamente a la quema de Higutsi. No quería ahondar en una herida que estaba más viva que nunca.

—Se puso el sol y aparecí en este mundo —finalizó Xena.

—Ya veo —dijo la anciana conteniendo la concentración de sus facciones. Guardó de nuevo silencio. Xena la miró evidenciando que esperaba algo más que esa simple respuesta.—Bueno… está claro que lo que ella te dijo no se ha cumplido… algo, si te soy sincera, más que esperable.

Xena se mantuvo callada, pero viendo que Hasura no terminaba por iniciar su relato, terminó por instar a la anciana.

—Creo que te toca.

Hasura no reaccionó, ensimismada en sus propios pensamientos. Miró a la joven interrogante.

—¿Qué?

—Te toca —le repitió Xena pacientemente.

—Ah.. ah, sí, sí… bien. Pregunta.

—Esperable. ¿Porqué esperable? ¿Porqué crees que fue más un engaño que un error de Akemi?

Hasura levantó las cejas.

—Es difícil de explicar.

—Inténtalo.

Hasura miró fijamente los azules ojos de la joven. Su avidez por conocer los motivos se reflejaban en sus gestos, ese aire de fortaleza y de seguridad plena impregnaba sus ojos.

—¿Me dices que creerás lo que te diga? —le preguntó Hasura desconfiada.

—Hace tiempo mi…una gran amiga me dijo que escuchara las palabras de voz y de corazón antes de tomar una opinión como correcta.

—Una amiga sabia.

"Mucho". Xena suspiró lentamente.

Hasura dejó que la nostalgia desapareciera de la joven antes de seguir.

—Difícil sobre todo porque entiendo que tu confianza y fe en Akemi harán muy complicado que creas lo que te voy a contar, aunque espero que te ayude a responder varias de tus preguntas —bebió un poco de agua, tomó aire y comenzó su relato. —Y empezaré por la historia que tú has decidido no contar —sonrió con picardía a la joven. —Entiendo que no lo hicieras, y lo agradezco. —Xena sonrió a la anciana. Estaba comenzando a apreciarla.—Antes que nada debo remontarme a mucho antes de que Akemi te llamara, incluso antes de que la conocieras por primera vez… me remontaré a los días en que nuestra ciudad era todavía la gran ciudad que debería haber sido. Éramos una aldea con grandes pastos y muy próspera, en la que el poder había ido creciendo a la vez que aumentaban sus gentes y sus calles. La gran mayoría vivíamos bien, sin grandes necesidades, ni grandes faltas. Al menos hasta la llegada de la familia de Akemi. Llegaron con sus riquezas y sus ansias de gobernarnos. Compraron a la mayoría de la gente, timaron y confabularon convertirse en la voz y voto de todas nuestras posesiones y decisiones. Y para aquellos que no aceptaron ese poder adquirido por malas artes, les quedó el pelear o morir. Muchos lo hicieron. —En este punto Hasura tomó aliento y bebió un poco más de agua. Xena acercó unas astillas sueltas y las arrojó a las llamas dejando que los recuerdos de la anciana vagaran hasta que siguió: —La fuente de este mal se sembró y creció desde generaciones, mis ancestros los padecieron tanto como yo y mis hermanos. Sin embargo hubo un antes y un después en ello, una persona que supo conciliar el poder, el sufrimiento y odio y que ansiaba un más allá que las posesiones que su familia había adquirido a base de terror.

—Yodoshi.

Hasura miró a la guerrera, que la observaba intensamente a su lado.

—Te equivocas —respondió. —Su hija Akemi.

Xena miró con inseguridad a la anciana.

—Aún aceptando que Akemi me haya engañado, nunca podría pensar en hacer daño a nadie. Nunca —respondió la guerrera. —Mucho menos infringirlo. Mató a su padre por venganza a su familia y el peso de ese pecado le llevó a matarse a sí misma… ¡lloró por ello antes de…! —Xena se levantó precipitadamente del lado de Hasura. Su voz se perdió entre el eco de la montaña mientras se veía a sí misma descender la katana que terminó por sesgar la vida de su joven protegida.

—Mató a su padre porque ansiaba su poder.

Xena se giró y fijo su mirada en la anciana. Sus ojos mostraban una frialdad completa.

—¿Y ella se mata después? —respondió con ironía. —Eso no tiene sentido. ¿Para qué matar a alguien y matarse después si lo que se quiere es el poder del que has matado?

—¿Puedo seguir? —la pregunta de Hasura fue respondida por la guerrera con silencio, mientras volvía a sentarse esta vez al otro lado del fuego, frente a la anciana. —Yodoshi era cruel, es cierto. Muchos fueron los que murieron bajo su yugo y bajo su katana, o la de sus samuráis. Pero carecía de ansiedad de sangre, de conquistar el imperio, ¡el mundo! Esa ansiedad y la sed de poder, de conquistar, eran de Akemi, vivían en ella y así se lo quiso contagiar a su benefactor. Su padre se negó continuamente hasta que ella aceptó que el destino de su padre era gobernar la región. Sin embargo no era el destino que ella había elegido para sí misma, ella quería ir más allá. —Las palabras de Hasura brotaban como un torrente mientras ella misma se transportaba a sus recuerdos. —Quería conquistar Japa, conquistar todas las tierras posibles, daba igual el precio. Decía que para qué se debía conformar con cuatro esclavos cuando podía tener todo un imperio a sus pies. Sus palabras eran sibilinas, cautivó a muchos con sus ansias de grandeza, y a aquellos que no convencía por palabra los acusaba de traición a su padre. Sus deseos pasaron a ser hechos y gran parte del ejército de su padre se fue poniendo de su parte..

La tensión de las palabras de Hasura era palpable, y aunque su voz intentaba contener una rabia evidente, no podía menos que mostrar un gesto de odio profundo al recordar a la joven.

—Yodoshi por supuesto se enteró, y bajo sus órdenes condenó a muerte a todos aquellos que supo que le iban a traicionar. Pero llegado el momento no fue capaz de matar a su propia hija, y terminó por desterrarla. —Hasura levantó la cara y miró con sus oscuros ojos los ojos azules que la miraban al otro lado de las llamas. Xena mantenía un pétreo silencio. —Aquí es donde tú apareces en esta historia, Xena.

La guerrera levantó una ceja a modo de interrogación.

—Me decías que Akemi era incapaz de hacer el mal a nadie, yo te he mostrado una persona que es completamente contraria a tu idea y te estarás preguntando cómo es posible que una sola persona viva con dos caras completamente distintas.

Xena se enderezó un momento y tras unos segundos respondió:

—Desconozco el antes de la vida de Akemi, es cierto. Pero mientras estuvo a mi lado, no mostró en ningún momento un ápice de oscuridad en ella.

Hasura calló pero mantuvo firmemente la mirada de la joven sin amedrentarse.

—Bien, entonces creo que debes saber la versión que Higutsi vio en todo lo sucedido, Xena—continuó.—Respóndeme a esta cuestión: cuando conociste por primer vez a Akemi, la primera vez que os vistéis, ¿ella te reconoció?

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a si ella mostró que sabía de ti, o simplemente preguntó quién eras.

Xena abrió la boca para responder negativamente cuando sus recuerdos tomaron vida en su mente. Una joven Akemi se le apareció nítidamente frente a ella. Agachada, mirando el suelo, rodeada de la semioscuridad de la casa de Kao, la figura de Akemi había sido un fuerte contraste de inmediato. Su kimono de suaves colores se desplegaba en la oscura habitación envolviendo el cuerpo de la pequeña muchacha. Su voz suave llegó a sus oídos como un susurro lejano: "Xena, la Princesa Guerrera… he oído que no le temes a nada…". La guerrera apretó los labios con fuerza deseando poder contestar sin ponerse en evidencia.

—Tu silencio evidencia que te sorprendió, incluso imagino que te resultó gratificante saber que ella te conocía —dijo Hasura. —Supongo que su primera imagen de dulzura fue cautivante para ti. Era lo que ella buscaba, al fin y al cabo. —Los ojos de Hasura miraron el mar de los de la joven.—Akemi se dejó secuestrar para dar contigo, Xena —dijo Hasura seriamente.

—Eso es una tontería. ¿Y qué si sabía de mí? —la voz de la guerrera era grave. Aunque su instinto le decía que Hasura tenía parte de razón, su cabeza no podía evitar buscarle una lógica que limpiara el nombre de su protegida. —Mucha gente me conocía por aquel entonces…no me enorgullezco de ello, pero era así. Podía haber sabido fácilmente de mí.

—Cierto —confirmó Hasura. — También en Higutsi se había oído ya hablar de cierta guerrera extranjera sedienta de sangre y de su nefasto paso por Chin. Sí, Xena, conocemos las lejanas tieras de Chin, más al este que nuestras montañas. Igual que entonces supimos del controvertido paso de dos guerreros provenientes del oeste. Tu papel en la política de los dos grandes reinos de Ming y Lao llegó hasta nosotros a través de sus ejércitos, nuestras fronteras están próximas, y no siempre es la paz lo que impera entre nosotros. Pero más allá de ello existía una fuerte comunicación, y al conocer tu forma de masacrar las aldeas, de mostrar tu fiereza con los muertos en batalla temíamos tu llegada y más aún cuando supimos que habías sido expulsada de Chin tras matar a Ming Tsú en una reunión en la que tu libertad estaba puesta en juego. Pero te falló el destino al atacar al hijo de quien te había salvado y fuiste expulsada por la fuerza de una mujer llamada Lao Ma.

Xena sonrió tristemente al recordar ese momento.

—Está claro que la comunicación existía… Me expulsó de Chin tras intentar matar a Ming Tien. —"Te dio una buena patada en el culo"", pensó. —Me alegra saber que su sabiduría traspasó tierras.

Hasura afirmó con la cabeza.

—Lloramos profundamente su muerte, —respondió Hasura. Las dos mujeres se quedaron mudas unos segundos.

—Sigue, por favor —pidió Xena.

La anciana volvió a refrescar sus agrietados labios con el agua del cuenco y prosiguió:

—Como he dicho, Akemi te conocía, y conocía tu reciente debilidad por la búsqueda de una misma que Lao Ma había intentado llevar a cabo en ti. Y conocía tu ambición. Fue con tu ansiedad de dinero y poder con lo que te atrajo hacia sí misma haciéndose secuestrar deliberadamente y liberándose del yugo de Kao a través de ti. Con todas sus armas, consiguió que la tomaras como discípula y le enseñaras, mientras ella te impresionaba con sus pensamientos de amor y vida. Te instruyó en la pureza del kami insultando a los dioses con ello. Incluso llegó a salvarse de tu espada al rezar ante su abuelo, y se aprovechó de esa debilidad para hacerte conocer la existencia de la katana sagrada, de gran poder, que no tardaste en conseguir para ella.

Xena, que había mantenido la mandíbula apretada mientras escuchaba la visión de Hasura de lo sucedido junto a Akemi, volvió a incorporarse de nuevo, y comenzó a pasear como un lobo enjaulado por entre el pequeño campamento mientras las ideas vagaban por su mente.

—Sigue sin encajar todo —dijo con voz fuerte. Miró a Hasura. —Ya que pareces saber tanto dime: incluso aún en el caso de que Akemi hubiera planificado todo, ¿porqué matarse? Tenía ya el poder de su padre,llegó hasta él y lo venció. Tenía todo lo que deseaba, su dinero, su ejército y su poder. ¿Para qué iba a desear morir?

—Tú has seguido el camino del guerrero, Xena —le respondió Hasura. —Conoces la debilidad del que lucha, del ser humano vivo que alza una espada contra otro ser. Su debilidad es la muerte. Incluso los dioses pueden morir.—la voz de Hasura se quedó apenas en un murmullo al terminar la frase: —Pero no los muertos.

La anciana se quedó en silencio. Xena, que había mantenido su frenético andar por entre las piedras, cerca del fuego, paró en seco. La manta había caído de sus hombros, pero era poco el frío que llegaba a sentir en su piel. Su sangre hervía dentro de sus venas. Estaba viviendo una batalla interior entre la Akemi que ella siempre había venerado y por la que tanto había sentido en vida y llorado en muerte, y la realidad de una historia que tenía todo sentido. Su cuerpo volvió a dirigirse a la anciana.

—Hace un tiempo retorné a Chin para recuperar las enseñanzas de Lao Ma —dijo concentrada. —Allí me enfrenté con dos espíritus que se habían unido en uno. ¿Eso es posible también aquí?

Hasura tomó aire y dejó escapar un prolongado suspiro mientras meditaba las posibilidades.

—Esa era la razón real de Akemi, Xena. Debe ser posible. Posiblemente se necesitaría una forma determinada, un rezo, un utensilio, un…

—La katana sagrada.

Hasura meditó las posibilidades por un momento.

—Es posible.

Xena volvió a andar, más lentamente esta vez. Su concentración reflejaba la rápida elaboración de su mente. Sus dedos acariciaban su barbilla y rozaban sus labios mientras las piezas encajaban en su mente..

—Cuando llegué a Higutsi Harukata, el que llamaban asesino de almas, redimía el espítiru de los caídos con la katana para evitar que se unieran al ejército de Yodoshi…muerto. Había imbuido unos rezos determinados a la espada con los que purificar las almas. Akemi decía de ella que era la katana más pura, la más poderosa… sin embargo no me pidió que la usara para matar a su padre, sino que consiguió que yo la usara contra ella… es posible…

Hasura la miró expectante, estaba claro que una idea había surgido en la mente de la guerrera, cuyos ojos se habían abierto mostrando más que nunca su azulado color reflejado por el intenso candor de las llamas.

—Todo tiene sentido… —su tono de voz se había transformado en un murmullo para sí misma que Hasura apenas llegaba a entender. Las palabras se escapaban por entre la comisura de unos labios fuertemente apretados por el calor de la rabia que bullía en el interior de la joven. —Akemi logró absolutamente todo lo que necesitaba para conseguir su oportunidad de ganar el poder espiritual de su padre…lo consiguió a través de mí, y de mi enorme estupidez al creer en ella.

Se acercó a Hasura y se reclinó frente a ella. La anciana la miraba interrogante y a la espera de saber qué era lo que Xena había descubierto. Las palabras de la guerrera surgieron como un torrente, sus ojos cristalinos por el hecho de ver por vez primera una verdad que aún se le antojaba difícil de creer.

—Le enseñé el golpe para matar a su padre. Le enseñé el pinzamiento, mi golpe secreto. Consiguió con mis enseñanzas llegar hasta él y matarlo… —se levantó y paseó lentamente por las piedras mientras los ojos de Hasura le seguían atentos. —Pero asesinar a un ser cruel hace que su alma libere sus pecados, no le da la eternidad pero lo absuelve de ser un alma penitente para el resto de los tiempos… Yodoshi llegó a aquí porque Akemi lo redimió al asesinarle —su voz se tornó en amargura cuando siguió: —y yo la redimí a ella. Había asesinado a su padre y merecía la condena, pero restauré su honor y su alma al usar la katana sagrada. La mandé directamente a donde ella quería, a donde estaba el alma de su padre, su poder espiritual. Le di la oportunidad de conseguir en la muerte lo que no pudo en vida. —La esbelta guerrera paró un segundo sus descalzos pies mientras las ideas fluían por su mente. Su mano derecha se alzó con el índice levantado, como si pidiera que algo, lo que fuera, parara. —Pero algo le falló. Algo le salió mal en todo este tiempo, algo que hizo después de tantos años que tuviera que llamarme. Yodoshi debió volver a ganarle la partida… y su castigo fue ir a la casa del té para conseguir las almas que su padre ansiaba. Me llamó con alguna oscura intención, una intención que se me está escapando…

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