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Capítulo III

— ¿Cómo es que no est...? — el grito quedó cortado en los labios de la joven. Un punzante dolor se le clavó en el pecho cortando de golpe sus palabras. "¡Sí que duele!", pensó Gabrielle entrecerrando los ojos y dejando que sus dientes fueran suavizando lo apretado de su reacción.

Shasako estiró los brazos hacia la joven y la sujetó por unos momentos. Suave pero firmemente alivió la fuerza que el rendido cuerpo de la guerrera necesitaba para mantenerse en pie. Despacio ayudó a Gabrielle a tumbarse con toda la delicadeza y acomodar la cabeza entre los blandos cojines de lana que tenía por almohada. Un suspiro de alivio se escapó por entre los labios de la joven y dejó que el cuerpo y mente se le relajaran. Sintiendo cómo los músculos de su mandíbula volvían en sí, cerró los ojos respirando aún entrecortadamente. El dolor había sido muy intenso y sentía la cabeza saturada. Shasako posó el dorso de su mano en el rostro de Gabrielle.

— Te ha subido la fiebre — murmuró la anciana.

Gabrielle volvió a suspirar. Abrió de nuevo sus verdes ojos y giró la cabeza hacia la mujer que tenía a su lado. Su mirada expresaba el profundo dolor que estaba padeciendo, un dolor mucho mayor que el que su cuerpo le creaba, un dolor proveniente de lo más profundo de su alma, donde el monstruo del vacío se había afianzado con firmeza.

— ¿Cómo es posible? — preguntó casi más a sí misma que a la anciana. La anciana la miró con dulzura. Shasako no sabía que responder así que mantuvo el silencio. — Esto no tiene sentido... — continuó la joven. — Recuerdo perfectamente tener la katana entre mis manos cuando, cuando ella... — sin saber si terminar la frase sus palabras acabaron en un murmullo. — Estaba allí.

El silencio volvió a quedar entre las dos mujeres.

— Necesito levantarme — dijo Gabrielle con firmeza. — Debo hacerlo, no puedo quedarme aquí.

— No debes hacerlo — le replicó Shasako. — Tienes fiebre y está claro que tu cuerpo necesita descansar, aún estás muy débil.

— ¡No puedo quedarme en la cama! — le respondió la joven apretando los dientes. — No puedo — recalcó retomado la serenidad que por un momento había sentido perder.

Shasako la miró fijamente a los ojos de nuevo sopesando las palabras de la joven. Tras un breve momento en el que intentó descubrir alguna grieta en la determinación de los ojos de la joven guerrera, su cabeza negó en un movimiento.

— No debes — repitió.

— Hay muchas cosas que no deberían haberse hecho — las palabras de Gabrielle se transformaron de la firmeza a una profunda amargura. Inmediatamente se dio cuenta de que sus palabras habían sonado hirientes. Suavizó el gesto y esbozó una leve sonrisa a la anciana. — Perdóname — se disculpó. — Sé que debo descansar — "mi cuerpo me lo está suplicando" — pero debo encontrar la katana.

— Entiendo tu premura, y tus ansias, pero tu cuerpo... Estás herida, aún tienes que recuperarte. Pero no debes, no puedes...

Gabrielle miró a la anciana suplicando compresión. Tenía claro qué era lo que debía hacer, y si evitaba discutirlo precisamente con quien la había salvado era un tiempo muy valioso que ganaba. Cortando la réplica que tenía en los labios, Shasako cayó y no pudo más que aceptar con un ligero movimiento de su mentón la petición de la joven. Gabrielle sonrió y tomó aire mientras volvía a colocar los codos como hiciera la primera vez para incorporarse de nuevo. Aguantó la respiración mientras ordenaba a sus músculos que se fueran levantando poco a poco, sintiendo cómo éstos iban despertando a cada nuevo movimiento. Apretó los dientes y cerró los ojos canalizando el dolor que se abría paso por su cuerpo y poder así recoger toda la energía que necesitaba para levantarse sin que las piernas le fallaran. Lentamente el mermado cuerpo de la joven tomó la enérgica postura de guerrera más propia de ella.

Shasako no escondió una exclamación de asombro.

— El nombre no te hace justicia — le dijo a la joven con orgullo en la voz. Gabrielle sonrió.

— Hace mucho que nadie me dice lo que puedo o no puedo hacer — respondió a la anciana con una sonrisa pícara en sus labios. "Sólo Xena", pensó con tristeza.

Alejando esos pensamientos de su mente, se dispuso a probar sus fuerzas y sus piernas se movieron. Dio unos poco firmes pasos... hasta que su energía falló. Flojeó y calló de rodillas.

— Aunque no está mal una advertencia a tiempo, ¿verdad? — ahora era Shasako la que sonreía pícaramente.

Volvió a acercar sus brazos a Gabrielle y con cuidado la ayudó a ponerse de nuevo en pie. Las piernas de la joven, un poco inestables tras el primer intento fallido, volvieron a fijarse con firmeza en el suelo.

— Me lo tengo merecido — rio con buen humor la joven, aceptando la ayuda que Shasako le ofrecía. La anciana devolvió la sonrisa a la joven.

— ¡¡Yamashae!! — llamó con fuerza mientras ambas mujeres daban pequeños pasitos por la habitación.

Inmediatamente se oyeron unas suaves pisadas moverse con rapidez por alguna parte de la casa y en apenas unos segundos una niña apareció en el umbral de la puerta. Sus piernas apenas contaban con los diez años. Ojos rasgados, inquietos y curiosos que miraban con avidez a Shasako y con profunda reverencia a Gabrielle. Ésta respondió con una sonrisa a la aparición de la pequeña. Tenía las mejillas sonrosadas y el pelo negro, que debiera de haber estado pulcramente dispuesto tras su cabeza se mostraba revuelto y despeinado. Aun con la gran diferencia de edad la mirada era similar a la de su abuela. Yamashae era la viva imagen de Shasako dentro de una pequeña niña traviesa. Vestía el kimono y la hakama propios de los samuráis, muy parecidos a los que Gabrielle tenía junto a sus botas y brazaletes. Esto sorprendió gratamente a la guerrera: aún recordaba las miradas de desaprobación que su indumentaria había encontrado entre las mujeres de Higutsi, incluso dentro de las filas del mismo ejército, en el momento en que se había dispuesto a pelear on el general de Yodoshi. Sin embargo esas situaciones distaban ya de amedrentarla, estaba completamente acostumbrada a ese tipo de miradas desaprobadoras. Ya desde su llegada a Japa, Gabrielle había descubierto que las mujeres en esa cultura se asemejaban más a lindas y frágiles flores que a mujeres luchadoras en la vida. Ver la ruptura de sus cánones a través de una niña y con la evidente aprobación de su abuela le causaba un agradable estupor.

Shasako captó el gesto de Gabrielle y sonrió.

— Digamos que no somos mujercitas indefensas — le susurró a la joven guiñando un ojo cómplice. Shasako se volvió hacia la niña. — Coge raíz de glicinia y loto y ponlas al fuego con agua — y dicho esto la niña volvió a desaparecer con sus suaves pisadas sonando de fondo. Entonces Shasako se volvió de nuevo a Gabrielle y apretando con suavidad sus brazos le dijo: — Vamos allá.

Gabrielle afirmó con la cabeza, y volvió a tomar aire, concentrándose en sus pasos que poco a poco se iban haciendo más firmes. Durante unos minutos dieron unas vueltas a la habitación, alrededor del caldero de brasas que calentaba agradablemente la estancia, hasta que la firmeza de las piernas de la joven hicieron que Shasako fuera soltándola. "Esto está mejor", se dijo Gabrielle al sentirse libre de la ayuda pero firme en su andar. Tras unos pocos pasos, un tanto inestables al principio, pero completamente dueños de la situación al poco tiempo, Gabrielle se giró hacia donde la anciana se había detenido para dejar que caminara sola.

— Debo ir a Fuji — le dijo Gabrielle. — Debo encontrar la katana.

Shasako afirmó con a cabeza, escuchando las palabras de la joven atentamente y comprendiendo que su negativa era una respuesta que no tenía cabida en las posibilidades de la joven.

— ¿No será demasiado pronto? — la voz de Shasako mostraba la preocupación que sentía.

Gabrielle dudó en si su pregunta venía más por el estado de su cuerpo que por lo que volver a aquel lugar maldito para ella supondría para su alma. Entendía que volver a sus laderas era la primera de las pruebas que debía superar para encontrar una razón a todo ello, y el fracaso y el miedo eran dos de las posibilidades que se tendrían que quedar a un lado. No podía anteponer su dolor, por profundo que este fuera, al menos por el momento; lo primero era lo primero y el que la katana hubiera desaparecido hacía que su instinto le advirtiera el peligro.

— No te preocupes, Shasako — contestó Gabrielle sonriéndole.

Los pasos lejanos de Yamashae volvieron a hacerse presentes y en unos momentos su negra cabecita volvió a aparecer por la puerta. Shasako se acercó a ella y tomó de sus manos un cuenco con un líquido un tanto turbio. Susurró algo a la pequeña quien sonrió con adoración a su abuela, asintió con la cabeza y volvió a salir corriendo. Hecho esto Shasako se giró de nuevo a Gabrielle y le tendió el cuenco, cuyo aroma distaba de ser agradable.

— Ten — le dijo — bebe.

Gabrielle dudó ante lo poco delicioso que parecía la bebida, pero terminó por aceptarlo. Aguantó la respiración y bebió el cuenco de un tirón. Tras unos segundos de silencio en los que Shasako observaba atentamente la reacción de la joven, esta sonrió.

— Está delicioso, — intentando Gabrielle que no se viera el desagradable sabor que se había quedado clavado en su paladar.

Shasako rió.

— Está muy malo, lo sé — respondió la anciana. — Las plantas transfieren energía. Unas dotan de fuerza a tu espíritu caliente, a tu parte activa. Otras apaciguan y aseveran la tranquilidad. La que te he dado favorece a tu chi, tu fuerza vital.

El sabor de la boca fue remitiendo poco a poco, dejando en los labios de la guerrera un aliento fresco. Un suave calor se le fue transmitiendo por entre su pecho, sintiendo cómo el líquido descendía por su garganta y se extendía por su cuerpo hacia sus articulaciones, renovándola. Gabrielle afirmó con la cabeza. "Tengo mucho que aprender", se dijo.

— Respecto a Fuji — continuó Shasako.

— Debo ir — repitió Gabrielle. La anciana no tenía elección, y era lo que Gabrielle deseaba dejar claro sin necesidad de discutir.

La anciana podía ver a través de la mirada de Gabrielle, pues era la misma que había estado observando durante cinco días en la montaña, que el dolor estaba presente en sus ojos. Pero la fuerza que la joven irradiaba, la determinación de sus palabras, la firmeza en su decisión la obligaban a tener fe. Lo entendía, y así se lo transmitió aceptando con una leve reverencia.

— Deja que te acompañemos — propuso la anciana.

Gabrielle abrió la boca para rechazar la petición, pero ahora era Shasako la que mostraba claramente que si no aceptaba se encontraría igualmente con ellas tras sus pasos.

— No podría pedir mejor compañía — respondió Gabrielle con una sonrisa.

Shasako sonrió a su vez.

— ¿Cúando deseas partir?

— Cuanto antes — respondió la joven.

Las réplicas eran vanas, y Shasako así lo entendió. Evitando un suspiro de paciencia propio de una madre que no tiene más remedio que aceptar el deseo de una hija, afirmó con la cabeza.

— Iré a preparar las cosas — y dicho esto salió de la habitación.

La joven la inclinó mientras la anciana salía y miró cómo la puerta de lo que parecía pergamino se cerraba ante ella.

Sola, finalmente, Gabrielle se giró hacia sus cosas, dejando que sus ojos pasearan por la estancia. Se sentía realmente agotada a pesar de la bebida que había tomado y en lo más profundo de su fuero interno el deseo de tumbarse y sumirse en las sombras del dolor gritaba por abrirse paso en su corazón. Sin embargo, el recuerdo de las palabras de Lao Ma resonaban en su cabeza, vívidas y apremiantes. "Busca la respuesta y ella volverá". "La respuesta... ¿a qué?". La cabeza le daba vueltas, a medio camino de la historia de Shasako y los recuerdos de lo que Lao Ma le había dicho... "porque se lo había dicho, ¿no?"

"No es el momento de dudar, Gabrielle", pensó. Y diciendo esto se acercó lentamente al rincón donde estaban sus cosas. Sus piernas recuperaban su destreza y sentía que sus músculos comenzaban a agradecer el movimiento. Sólo cuando sus manos estaban a punto de recoger el blanco kimono interior, situado bajo sus brazaletes, reparó en la pequeña urna de cerámica negra. "Xena...". Su murmullo se perdió en sus labios. Se agachó lentamente y con una enorme delicadeza la recogió del suelo, envolviéndola entre sus manos. Sintió en su piel el contraste entre el calor de sus palmas y el frío del barro. "Tanto calor en tu corazón y es el frío el que te cobija...", pensó dejando que una silenciosa lágrima se abriera paso entre sus párpados, "te echo tanto de menos". Acercó sus labios a la urna y cerrando los ojos la besó durante unos segundos, pidiendo de corazón que Xena pudiera sentir su calor... estuviera donde estuviera. La lágrima rodó por s mejilla. "No puedo dudar", se dijo, "sé lo que ví, sé lo que oí, lo que viví", y enjuagándose las lágrimas se prometió, "mientras haya una sola posibilidad de que vuelvas conmigo... no pararé, no hasta lograrlo". Delicadamente volvió a besar la urna y la depositó de nuevo en el suelo. Estaba decidida a intentarlo aunque ello le costara la vida.

Con una nueva fuerza surgida de la esperanza, retiró los brazaletes y cogió con energía la hakama negra que recordaba haber vestido los últimos días. Se vistió con el mismo kimono azul notando la limpieza que las ancianas manos de Shasako habían otorgado a la tela, y tras atarse con fuerza la hakama, se abrochó con firmeza los brazaletes de cuero y las botas de piel. Por un momento rozó sus manos contra la piel del costado de sus piernas, buscando los sais a lo que tan acostumbrada se sentía, y que, recordó, Shasako los había llevado al maestro de armas. De golpe recordó el chakram, y sintió inmediatamente la necesidad de ir también a recogerlo. No es que dudara de la confianza que Shasako tenía en él, pero siendo un arma tan importante, tan esencial en su vida, tanto en la vida de su compañera, amiga y alma gemela, que comprendía que estaba bajo su responsabilidad, protección y guarda. Finalmente, tras echarse un rápido vistazo para asegurarse que estaba lista, salió de la habitación.

La casa de Shasako distaba de ser un palacio. Apenas si contaba con tres estancias en las que el lujo relucía por su ausencia y en las que la sencillez del espacio bien aprovechado era sorprendentemente lo que dotaba al lugar de una especial candidez hogareña. Todo estaba limpio y bien cuidado, y resultaba suficiente para que Shasako y su nieta se encontraran cómodas. Las paredes estaban conformadas esencialmente por unos paneles propios de pergamino, con unión al suelo a modo de puertas correderas, pero de un material que otorgaba mayor protección y calor que la simple tela. Eran de un blanco roto, como oscurecido, pero luminoso a la vez, dejando que la luz se colara por entre la suavidad translúcida de las formas. Casi el resto de la casa se levantaba a base de madera, bronceada, algo rojiza, muy diferente de a madera oscura y tan acostumbradamente ya vieja de las casas de los pueblos griego, y que a su vez desprendía un suave aroma a madera húmeda y flores.

Gabrielle disfrutó curioseando alrededor y no pudo evitar que una espina de vergüenza y culpabilidad se le clavara dentro al descubrir que la única estancia preparada como dormitorio era la que ella ocupaba.

Tras un breve vistazo a lo que parecía e pasillo, encontró a Shasako en lo que debía ser la cocina. La anciana se afanaba en cerrar dos pequeños sacos de lona oscura apoyada en una baja mesa de madera. Con dedos ágiles, Shasako cerró el último saquito y unió ambos a cada lado de una larga vara, contraponiéndolos. Levantó todo el sistema a la vez, con ambas manos, como si de una pesa se tratara, y apoyó el palo sobre su hombro comprobando el peso y una vez le quedó confirmado el equilibrio entre ambos volvió a apoyarlos en la mesa con satisfacción. Entonces descubrió a la joven observándola desde el dintel de la puerta y sonrió.

— Algo de comida para el camino — explicó a la joven.

Los pasos de Yamashae volvieron a oírse rápidos por la madera y la niña apareció sofocada por el esfuerzo de su rápida caminata. Esperó a que Gabrielle la viera y dejara pasar por la puerta en la que se había quedado y se acercó a su abuela dándole lo que parecían ser dos objetos muy frágiles, por cómo la niña los movió de suave y cuidadosamente. Shasako le sonrió y le acarició tiernamente la cabeza para satisfacción de la pequeña. Se giró a Gabrielle y le tendió dos relucientes filos.

— Ten.

Los sais de Gabrielle brillaban ante sus ojos con una intensidad que la joven nunca había conocido en ellos. Sus empuñaduras estaban remachadas con un duro pero flexible nuevo cuero negro y en el final de ambos, donde la juntira de laa empuñadura se unía al óvalo que los remataba, Gabrielle descubrió marcado en fuego el dibujo de un dragón muy similar al de su espalda.

— Los llevé a las manos del maestro de Higutsi — dijo la anciana. — Cuando te recogimos los descubrimos junto a ti, completamente sucios y mellados, y supuse que querrías recuperarlos en buen estado — la anciana miró a Gabrielle y sonrió viendo la expresión de la joven.

No acertaba a expresar en palabras su agradecimiento aunque su mirada era una clara imagen de sus sentimientos.

— Por supuesto, — continuó — al decirle a quién pertenecían no dudó en aplicar toda su sabiduría y sus rezos. Dijo que no había visto en la vida armas tan extraordinarias... — y tras pensar unos segundos añadió, — bueno, no hasta que vio el shakaram.

— Chakram — corrigió Gabrielle mecánicamente. — Yo...

Shasako volvió a sonreír abiertamente al descubrir las palabras de la joven a través de simplemente a ilusión de su mirada.

— Somos nosotros quien te debemos agradecer y honrar, por favor, — le cortó la anciana. — Tómalos.

Gabrielle alargó el brazo hacia los sais. Rozó suavemente los mangos de ambas armas con los dedos, deteniéndose en el centro del triple diente. El hierro refulgía con fuerza pidiéndole que los aferrara sin tardar un segundo más. Gabrielle miró a Shasako con ojos suplicantes, como una niña que pidiera permiso para una travesura. Su silenciosa súplica no fue una sorpresa para la anciana, que divertida no pudo evitar un leve tono maternal en sus palabras.

— No rompas nada — pidió.

Gabrielle sonrió ante las maternales palabras de Shasako antes de empuñar con fuerza sus sais. Se alejó prudentemente de la mesa y se situó en el centro de la habitación. Las armas surgían de sus manos como prolongaciones de sí misma. Tensó los músculos y alzó los brazos, tomando la posición inicial de ataque y tras un suave y prolongado suspiro, dejó que toda la energía fluyera y que el silencio tomara conciencia en su mente, como hiciera unos días atrás. "Escucha lo que hay detrás de los sonidos...". Concentró toda su fuerza escuchando el movimiento de las manos de Shasako, su profunda respiración. La misma sensación de tener bajo control todo lo que le rodeaba, tal y como sintiera en su enfrentamiento contra el general de Yodoshi, empezó a embargarla... "¡¡Maldito seas!!", la rabia se adueñó de su mente un momento antes de arrancar a mover fuertemente el cuerpo, atacando al viento, ahora en defensa, ahora en ataque. Los brazos y las piernas eran uno sólo, girando en torno a una mente que ordenaba sabiamente en cada momento lo que quería que hicieran. En un último momento sus piernas arrancaron a correr con toda la potencia hacia la pared y con un grito para reconducir la energía que sentía surgiendo de su garganta, apoyó en tres pasos los pies al muro y giró hacia atrás, cayendo en perfecta posición de ataque una vez más.

Mantuvo la posición hasta que distinguió más allá de su mente que Shasako la miraba fijamente desde el otro lado de la habitación y relajó sus doloridos músculos. Aún necesitaría unos días para encontrarse completamente restablecida, pero sentir la respiración entrecortada por el esfuerzo, la velocidad de la lucha aún sin contrario, le hacía sentirse viva.

Se giró a Shasako y se sorprendió al ver el gesto de la anciana. Entonces miró a la pared.

— ¡Yo lo limpio!

***

El camino a la ladera del monte Fuji fue transformándose de un paseo cómodo por los verdes otoñales de la tierra, a un caminar silencioso y triste a la espera del sitio al que se iban acercando. La jovialidad de Gabrielle, que pudo por un rato disfrutar contando una de sus historias a la pequeña Yamashae, se fue desdibujando según sus pasos se acercaban a la montaña. Poco a poco fue reconociendo el terreno, distinguiendo el camino que hacía unos días había tenido que recorrer con las cenizas de Xena entre sus manos, con el tiempo cayendo sobre sus hombros junto con el sol y con una esperanza en su mente que en esos momentos apenas si era un recuerdo cruel de lo que debería haber sucedido.

Shasako y Yamashae caminaban a su lado, un poco por detrás, respetando el silencio de la joven guerrera. La pequeña, que hacía poco rato atrás había reído clamorosamente mientras Gabrielle le explicaba cuán grande era el cíclope ciego al que engañara hacía ya tanto tiempo, miraba extrañada a la la joven guerrera, en parte sin entender lo que sucedía, pero respetando el espacio y atendiendo a las indicaciones de su abuela de que debía permanecer callada.

Gabrielle respiraba con fuerza. Le dolían las piernas más de lo que ella había esperado, y aunque el principio del camino no había resultado tan duro como recordara, los pasos habían adquirido un peso mayor según los metros se quedaban atrás. Sabía que el camino era largo, pero no había supuesto que le costara tanto esfuerzo según se acercaba a la ladera. Su corazón latía a toda velocidad. Podía notar dentro de sí sus sentimientos enfrentados; deseaba llegar y ver qué había sucedido, empezar a entender lo que Lao Ma le había dicho, encontrar esa respuesta que tanto anhelaba; y quería salir corriendo, escapar, irse de ese fatídico lugar que lo único que había significado en su vida era la peor de sus pesadillas en vida, la mayor de sus pérdidas en cualquier sentido, la de su propia alma. La de Xena. Pero la determinación era su arma, y sabía cómo debía actuar. "Xena no se hubiera rendido, nunca lo hizo... Y no pararé hasta encontrarla de nuevo", se decía a cada paso. Apretó los dientes y aumentó su zancada: por mucho que le pesara todo debía empezar por ese lugar.

Tras una caminata a través de una suave pendiente, Gabrielle pudo distinguir un pequeño hueco entre los árboles del camino y paró. "Esta es la entrada", y sus pies giraron para dirigirse al frondoso grupo de árboles. Sus dos acompañantes la siguieron sin preguntar mientras Gabrielle tomaba una larga rama de árbol desprendida del tronco para ir abriéndose paso por entre la espesura. El olor a madera quemada y a tierra húmeda impregnaban cada vez más el ambiente, trayendo a sus recuerdos el enfrentamiento que había tenido lugar en esa tierra. Sus pies dudaron un momento mientras la visión de aquellos últimos minutos al lado de su amada guerrera se hacían cada vez más vívida. Su cuerpo, su tacto, sus labios, tan suaves... sus azules ojos frente a los suyos, su abrazo, su calor, sus dos almas en una.

Y paró. Shasako paró a su vez a su nieta y esperó nerviosa a la reacción de la joven, sabiendo que había llegado el momento en el que Gabrielle debía decidir si seguir hacia delante o dar la vuelta y tomar el camino de retorno. Y no pudo evitar expirar de alivio al ver cómo la joven seguía con nueva determinación el camino hacia la ladera.

Tras un buen tramo a través de las sombras de los árboles, y después de subir varios metros por una escarpada pendiente de la montaña clavando las uñas por momentos, pudieron ver finalmente la luz del sol. El contraste les obligó a cerrar los ojos por unos breves segundos hasta que se acostumbraron a la luz del astro. Gabrielle fue la primera en reaccionar. Su mirada, tan cordial y afable por naturaleza, se había convertido en un témpano de hielo. Estaba intentando observar la ladera desde fuera de sí misma, como si ella nunca hubiera estado allí, y ni su sangre ni sus lágrimas hubieran sido nunca derramadas entre la tierra y las cenizas de aquel maldito lugar. Estaba todo según recordaba... más o menos. El mismo olor que hacía unos metros atrás lo impregnaba todo se colaba en esos momentos por todos los poros de su piel. Aún estaban las marcas de la batalla, los escombros, la madera quemada y la fuente justo frente a ella. Sus recuerdos pedían paso pero su cabeza se negaba a ellos, e intentando recobrar la fijeza de la que habían ido a comprobar allí para evitar derrumbarse, se giró a Shasako y Yamashae. La joven había palidecido notablemente. El camino y sobretodo la imagen de los restos de la batalla final le habían causado un horroroso impacto. Gabrielle aún recordaba las primeras veces en las que había sentido lo mismo y se sorprendió tristemente a sí misma al pensar lo acostumbrada que estaba ya a estas situaciones. Aún se le revolvía por momentos el estómago, pero ya no sentía el horror en su piel.

Tomó aire obligándose a volver y centrarse en la tarea que debían hacer.

— Está todo según recuerdo — murmuró a sus dos acompañantes.

Comenzó a andar por la hierba, retirando de vez en cuando algún pedazo de madera quemado. Se podían ver perfectamente las huellas en la tierra húmeda. Echó un vistazo a su alrededor antes de acercarse a la fuente. Podía sentirla. Podía olerla. Podía ver las huellas de sus botas en el barro, junto a la fuente, al lado de las rocas donde habían estado juntas por última vez. El nudo que se había ido formando a cada paso en la pendiente explotó en su interior y sus sollozos consiguieron abrirse paso frente a la fuerza de su deber. Sus manos se apoyaron en las rocas, acariciándolas en un principio, agarrándose a ellas cuando la emoción la superó. Y rompió a llorar, con el dolor de haber perdido su vida. Las lágrimas corrían por su barbilla y morían en la tierra, mojando las huellas de la guerrera. Unas lágrimas silenciosas, solitarias, tan llenas de sentimientos que dolía su rastro en la piel. "Debo recobrarme". Se secó las mejillas con el dorso de la mano y miró a Shasako y Yamashae. La pequeña la observaba con ojos asustados.

— Menudo dragón... — dijo Gabrielle dejando escapar una media sonrisa de entre sus labios, sus verdes ojos perdidos en la rojez que las lágrimas le habían dejado en ellos.

Shasako dio un paso hacia ella. Había dejado que el dolor de la joven fluyera y se abriera paso a través de su corazón consciente de que era eso precisamente lo que Gabrielle más necesitaba, pero la palidez del rostro de la joven guerrera era angustiosa. Ésta captó la mirada de la anciana, y levantó la mano frenando sus pasos.

— Estoy bien — la calmó. "No pienses en nada, sólo céntrate en lo que necesitas".

Con el dedo señaló al barro.

— Se ven todavía las huellas — anduvo lentamente por entre la hierba, marcando cada señal que distinguía entre la tierra. — Las de Xena, las de Yodoshi... las mías. — Sus pies pararon en un punto en que las huellas pasaban a ser un borrón de barro en el que sólo unos ojos bien entrenados eran capaces de distinguir sus formas. Junto a él una fina línea bien definida cruzaba parte de la tierra. — Recuerdo haber tenido aquí la katana entre mis manos, se me cayó y se clavó — y señaló la huella donde la punta del arma era clara. — Debió de resbalárseme. — Y señalando al borrón de barro añadió — esto de aquí... debo ser yo.

— Fue ahí donde te encontramos — confirmó Shasako.

Gabrielle asintió con la cabeza inconscientemente. Poco más allá, a unos cuántos centímetros del borrón, la línea del arma seguía y terminaba por transformarse en una nítida huella de un mango, sin duda del de la katana sagrada.

Gabrielle paró en seco mientras Shasako se acercaba al borrón del barro.

— Estas huellas son nuestras — marcó la anciana señalando a tres pares de huellas completamente diferentes. Se alzó y señaló al bosque de sus espaldas. — Vinimos de allí atrás directamente a donde ti.

Gabrielle afirmó con un movimiento de cabeza y se quedó quieta, pensando. Después de unos segundo, sus pies se retrasaron hasta el lugar que Shasako había señalado, por el que entraron en la ladera. Con precisión siguió las huellas dejadas por las botas planas de una persona mayor, una mujer, Shasako seguramente, mientras miraba con fijeza el lugar en el que se veía el borrón dejado por su inerte cuerpo, y el lugar en el que finalizaba la huella del arma. Cuando alcanzó la altura en la que debió estar ella yacente, sus pies pararon y volvió el silencio.

— Es imposible que no vierais la katana desde este punto — sentenció Gabrielle.

— No había ninguna katana cuando llegamos — le recordó Shasako.

Gabrielle se quedó unos segundos pensando en silencio, intentando entender cómo era posible que no la hubieran visto.

— ¿No quitasteis ningún madero, o alguna roca, o...?

— No — respondió Shasako. — Estoy completamente segura.

Tras sopesarlo por unos instantes, decidió acercarse una vez más al lugar donde el mango estaba marcado. Se podía observar con meridiana exactitud las marcas del mango, los elaborados contorneos que el rojo cordón dotaban a la empuñadura de una belleza tan mágica, el arranque del filo, incluso la huella del sello del maestro creador en la base del mismo. Y su mirada tornó escrutadora, había algo que le fallaba a la escena. Hasta que sus ojos se abrieron levemente denotando el detalle que ella misma echaba en falta, unos ojos que se abrieron aún más al descubrir que no había ningún tipo diferente de huella alrededor del mismo. "¡Eso era lo que faltaba!" La marca de su caída estaba a un metro de donde se encontraba la katana, su contorno, el dibujo de hakama y dónde repasó su cabeza se podían ver claramente, el barro era muy blando en ese lugar y las marcas habían quedado perfectamente enclaustradas en el tiempo. Y ciertamente las huellas de Shasako, su nieta y el curandero no pasaban de su propia huella, no habían variado del camino marcado por la anciana y no se acercaban al lugar donde surgía la huella del arma. Acercó sus dedos al suelo y recogió muy suavemente unas briznas de barro: el agua de la fuente había mojado el lugar, estaba completamente húmedo e incluso un roce tan leve de sus propios dedos quedaba marcado. No dudaba de la palabra de Shasako, pero además estaba claro que si hubieran cogido la katana se tendrían que haber acercado irremediablemente y se notarían las pisadas. Incluso ni aún en el caso de que alguien hubiera intentado coger con un palo o con algún instrumento largo el arma, la huella del levantamiento de la misma hubiera quedado más que nítida, perfectamente impresa en el suelo. Sin embargo Gabrielle no distinguía ni un solo gesto, ni una rascadura, nada que le pudiera dar un indicio de que la katana hubiera sido cogida de donde cayó. Era como si simplemente se hubiera... esfumado. "Como hizo Xena...", pensó con tristeza. De repente su gesto cambió radicalmente, sus ojos dejaron pasar el halo de melancolía y se tornaron en una mirada de sorpresa. "¡¡Se ha esfumado como tú lo hiciste!!", pensó la joven abriendo enormemente los ojos. "Es posible...". Según las palabras surgían en su mente, su instinto le decía que no se equivocaba. "Cómo... por qué...", se levantó y miró al cielo con gesto de no saber exactamente qué sentir, si alegría, o preocupación.

A lo lejos un águila chilló al atardecer que se escondía tras las montañas.

 

Capítulo IV

"Enséñame... Sé que serás una gran maestra". La voz impregnada de una suavidad casi reverencial murmuraba una y otra vez en su mente. Como quien abre una pequeña cicatriz, la intensa relación que había disfrutado con Akemi se le aparecía por momentos con toda la claridad por entre las observadas brasas. Su dulce voz, su olor, el calor de su piel. Un sabor extraño pero familiar se coló por entre sus labios y por un segundo cerró los ojos tomando aire. Akemi había sido una persona muy especial en su vida. Una razón y un por qué. Su historia, la de ambas, guardó entre los verdes caminos de Japa una relación íntima y trascendental más profunda que una simple marcha por sus caminos en busca de un rescate. La había cautivado completamente en vida, y eso era algo que no le había sucedido muy frecuentemente. Y había deseado contarle a Gabrielle cada paso por esos montes, pero no así, no de ese modo. La llegada a Higutsi en un momento tan complicado, con la batalla ante el ejército de Yodoshi frente a ellas, había hecho que se decidiera por dejarlo para un momento más acertado y la balanza había caído del lado de evitar explicaciones profundas a razones y por qués y salvar la vida de su pequeña y adorable bardo había imperado.

El dulce sabor de sus labios se transformó en agridulce saliva al pensar en lo ocurrido, y la rabia contenida de sus ojos fijaron la imagen de la joven oriental en su mente de nuevo. Y dolió. "Debo encontrar el por qué y así encontraré el cómo", se dijo volviendo a centrar su pensamiento. La búsqueda del porqué le había fallado el plan a Akemi al llamarla y cómo usar ese error para vencerla y subsanar todo lo sucedido. Resultaba evidente que esa quebradura inesperada podía representar una pequeña ventaja que aprovechar y la mente de la guerrera, tan rápida y hábil como estaba acostumbrada, sentía un extra en su motivación, afanándose por completo en comprenderlo.

Sin embargo el agotamiento se iba haciendo evidente en su rostro. La larga caminata, las inesperadas noticias, suponían una losa pesada e incluso en ese oscuro mundo en medio del cielo y del infierno el cansancio era más que una sensación, algo real y latente. Sus ojos parecían perder parte de su brillo, engastados en unos párpados cada vez más hinchados.

— Debes descansar.

Por un momento Xena salió de su profunda concentración. Había pasado largo rato ya desde que las voces de ambas mujeres se habían extinguido en un profundo silencio. Hasura había comprendido su necesidad de respuestas y durante el tiempo en el que la mente de la enérgica mujer se convertía en un torrente de explicaciones, apenas sí se había movido de su lugar frente al fuego. Observaba por momentos la mirada de ojos azules, que emanaba tanta profundidad, sabiduría y viveza, aguantando sólo unos segundos sus ojos fijos en el hermoso rostro de la mujer.

Hasura se sentía asombrada, e igualmente conmovida. No había podido, ni tampoco querido evitar un primer ramalazo de odio al ver llegar a la culpable de su muerte y destructora de su vida. Y sin embargo la sinceridad del perdón que los azules ojos suplicaban, la petición de una redención que la propia joven no se permitía para sí misma, la habían tomado por sorpresa y sorprendido ante un sentimiento de compasión que creía no ser capaz de sentir por ella. Como quien ve un animal herido, rabioso, orgulloso, dolorido. La guerrera se le aparecía de igual forma: una pantera, fiera, indomable, pero fuerte, leal, orgullosa, y conocedora de su propio peligro y daño. Una profunda herida en un corazón fuerte. Una herida, intuía Hasura sabiamente, que iba más allá de lo sucedido en Higutsi y sus consecuencias.

Lentamente la mujer se levantó de su asiento en la piedra, y dando un pequeño rodeo al rededor del fuego, se acercó a la joven guerrera cuya mirada se perdía en el naranja y su calor. Con suavidad, sin sacarla de golpe de sus pensamientos, apoyó su mano en el firme hombro de la joven, sintiendo la tensión acumulada en sus músculos. Escapando de su mente, unos azules ojos se posaron momentáneamente en los rasgados ojos de la mujer.

— Debes descansar — le repitió Hasura. — No vas a conseguir nada agotándote en ello.

Xena sonrió levemente. Tomó fuertemente un halo de aire, dejando que sus pulmones se hincharan tanto que casi llegaba a dolerle. Se sentía algo agarrotada, cansancio al margen debía darle la razón a la mujer: nada adelantaría si se caía de agotamiento. Dejó escapar el aliento muy suavemente, disfrutando de la suavidad del aire escurriéndose por su nariz. Alzó la mano, y apoyándola en la base de la nuca, giró el cuello a ambos lados. No le sorprendió sentir un leve <<¡crack!>> en las vértebras, tenían todo el derecho a quejarse.

— Tienes razón — admitió la guerrera suspirando levemente una vez más. Miró a Hasura, que había vuelto a sentarse en su lugar, en la piedra frente a ella, al otro lado de lo que quedaba de fuego. Xena se acurrucó en la piel que le había dado, el viento seguía arreciando con fuerza y su cuerpo podía notar un frío colándose por su piel. Seguidamente miró con curiosidad a la mujer. Había tomado una tela curtida, seguramente de algún animal, y la mecía frente a las brasas que quedaban de rescoldo, haciendo que éstas tomaran colores vivos entre anaranjados y rojos fuertes. Sus manos no dejaban de moverse en un compás rítmico. Xena frunció el ceño.

— Le guardas el fuego a él.

— Es justo: si consigue la leña al menos que no tenga que hacerlo, no es algo que resulte fácil de conseguir.

Xena afirmó con la cabeza pensando en la facilidad que curiosamente ella tenía para ello.

— ¿Cómo se llama?

— Hio. — Hasura miraba los restos avivándose al ritmo de sus movimientos. — Llegó a donde mí unos meses después de que llegara.

— ¿No estuvo contigo desde el principio?

— No — negó. El viento salía de su tela, una y otra vez.

— No habla mucho, ¿eh?

— Tú tampoco.

Xena sonrió ante la verdad de las palabras de Hasura. Miró a la mujer, cuya expresión también era algo sonriente, dándole a entender que era una especie de broma.

— No falleció en el incendio — dijo adelantándose a la posible pregunta. — De lo poco que habla de lo que le sucedió, me contó que sus padres y su hermana perecieron entre las llamas. Consiguió salvarse metiéndose de lleno en el barril que su familia tenía de almacén de agua para la casa. No supo reaccionar para ayudarles y esa fue su sentencia. Viéndose sólo en el mundo, en medio de una ciudad deshecha, no pudo soportar el dolor y decidió matarse clavándose un cuchillo a sí mismo y así conseguir que su alma no fuera purificada para poder llegar a aquí y poder buscar las almas de su familia. — La voz de Hasura se tornó algo más grave cuando continuó — Sin embargo, las cosas no salieron como él esperaba, ni mucho menos. Éste no era el mundo que esperaba encontrar, y la búsqueda de su familia fue, asimismo, infructuosa. Debió estar bastante tiempo buscándoles, pero no tuvo suerte ni indicios de ellos... Posiblemente formarían ya parte del ejército de almas de Yodoshi antes de que él apareciera en esta especio de infierno. Todo rastro de ellos acabó en aquellas montañas de allí — y diciendo esto Hasura señaló hacia el horizonte.

Xena giró la cabeza para mirar hacia donde señalaba Hasura. Bajo los pies de la montaña donde ellos se encontraban se abría un valle estrecho y bien formado afinado en todo momento por las laderas de unas prolongadas cimas por sus costados. Era un valle frío y triste. Por mucho que forzara la vista, la guerrera apenas si podía contar con los dedos de su mano los árboles que existían en él, y aún sin necesidad de fijase en profundidad le resultaba evidente que de árboles quedaba ya poco en ellos. Matojos y rocas, mezclados con el mismo polvo que golpeaba sus caras a cada ráfaga de viento, se iban alternando para aparecer aquí y allá. En medio de todo ello una suave marca, un rastro de lo que antaño debía haber conformado un río de más caudal que un arroyo común surcaba inerte y sin gota el camino por entre roca y tierra, dejando pequeñas curvas serpenteantes.

— Había un río... — murmuró Xena. Seguía sorprendiéndole la similitud que la especie de mundo en el que se encontraban tenía con la vida real. Ni siquiera los Campos Elíseos, que tan tristemente recordaba, ni aún las tierras de las amazonas, eran tan cercanos a una vida muerta. Allí había hambre, y sed, seguramente agua y comida. Había dolor y tristeza.

Sus ojos volvieron al camino que el desaparecido río había dejado como huella permanente, y siguiendo su estela, sus ojos terminaron por alcanzar las montañas que Hasura indicaba. Desde allí apenas si parecían pequeñas laderas bastante asequibles, si bien la guerrera era consciente que la distancia no era precisamente un paseo, debían tener una altura más que considerable.

— El camino es largo — admitió Xena. Y mirando la línea que el horizonte le daba de las montañas, añadió — ¿Era allí donde Yodoshi concentró a su ejército de las tinieblas?

— Sí — confirmó Hasura mirando igualmente hacia aquel horizonte. — O al menos es lo que ambos hemos pensado siempre que debe de estar. Cuando aparecí en esta tierra y alcancé este escondite, pude ver cómo una inexplicable fuerza se levantaba sobre los que yacían en el valle y de alguna manera, conseguía siempre que sus pasos fueran hacia ese lugar.

— El lugar donde Yodoshi guardaba su ejército... y su poder — el ceño fruncido dio a entender a Hasura que la mente de la guerrera volvía a convertirse en puro movimiento. — Akemi buscaba ese poder, lo quería, o lo quiere para sí... — "¿Seguirá ese poder allí?", la pregunta se quedó entre sus pensamientos. "Tendré que asegurarme". Volvió a mirar el valle y el surco del río desaparecido. Aparentemente el camino hacia las montañas no parecía complicado, pero la experiencia le decía que lo sencillo tendía ser siempre un error, y del mismo modo que ella observaba desde la privilegiada situación del campamento todo lo que en esas tierras pudiera suceder, estaba completamente convencida que no iban a ser pocos los ojos que se fijaran en ella en caso de tomar ese camino. No, el ir a través del valle era una cuestión descartada por el momento.

Se volvió para contemplar a Hasura una vez más. El movimiento de la tela se había calmado y la constancia era ya un ritmo cansino. Xena levantó una ceja antes de dirigirse a la mujer.

— ¿Cómo te libraste tú de Yodoshi? ¿Por qué tú no fuiste tomada por su ejército?

Hasura se tomó unos segundos hasta decidirse a responder, más por buscar las palabras que por no desear responder a la guerrera.

— Supongo que tuve suerte — dijo finalmente con voz queda. Xena esperó unos segundos, dejando un espacio en el que la mujer decidiera si le iba a contar lo sucedido o no. Hasura parecía triste, y resultaba igualmente triste pensar que la razón de su sentimiento era una herida sucedida hace tantos años y que aún no se hubiera cerrado. Hasta que las palabras tomaron de nuevo forma. — Cuando el fuego se propagó por Higutsi, el viento y las llamas convirtieron a la ciudad en un infierno en vida. Lo que comenzó en el corazón de sus calles, se propagó más allá de lo que cubrían los propios hogares y llegó hasta rodear cada espacio de la ciudad, hasta los mismos lindes, donde se afinaban las familias más pobres. Mi familia era una de ellas. A duras penas habíamos conseguido construir una casa bastante grande en la ladera del monte, toda hecha, como la mayoría de esa zona, a base de cañas y madera, pero algo más alejada de lo que eran las últimas casas de la ciudad. — Los labios se sonrieron por un instante, recordando. — Teníamos algunos animales, cerdos y conejos, y estar algo alejados y prácticamente metidos en la misma montaña daba espacio para poder criarlos con comodidad. Sin embargo, también era una trampa. Cuando el fuego traspasó hasta la última casa de la ciudad, llegó a alcanzar el bosque, ayudado por el viento... daba igual la nieve caída esos últimos días, simplemente parecía que el fuego tuviera una fuerza propia, algo que le daba ansias de arrasar con todo. Y ascendió, ladera arriba, como si lo persiguiera el mismo dios de las tinieblas. — Su voz se tornó en un susurro grave, casi como culpable. — Cometimos el error de ver lo que sucedía pero confiarnos. "No podrá subir hasta aquí, con el agua caída y el terreno que hay", decía mi padre, y tras ver cómo engullía la ciudad hasta los mismísimos cimientos, le dimos la espalda... Hasta que llegó.

Xena miraba a Hasura con el aliento encogido, el rostro serio, concentrado en el relato.

— Estábamos dentro de nuestro hogar y apenas sí tuvimos tiempo de sentir el calor de las llamas acercarse a una velocidad endiablada. Y entonces fue como volvernos locos. Mi esposo había salido de casa y sus gritos nos avisaron de que el fuego nos estaba alcanzando rápidamente. Mi hija, aterrorizada, apenas si tomó la decisión de coger a mis nietas y subir hacia el tejado. Yo simplemente me quedé bloqueada, me acerqué a una ventana y vi cómo mi esposo y mi yerno peleaban una guerra inútil contra unas llamas que nos rodeaban cada vez más — los negros y rasgados ojos de Hasura se empañaron mientras los recuerdos llegaban a ella. Xena no dejaba de observar su rostro, la tristeza le había arrancado una lágrima que recorría su mejilla sin que si quiera fuera consciente de ello. — Recuerdo quedarme allí, en la ventana, viendo la lucha de ambos, una lucha imposible. Cuando el fuego les sobrepasó, cerré los ojos. Y oí el grito de mi esposo, pidiéndome ayuda, sin poder moverme. Creo que nunca podré olvidar su chillido... y cuando abrí de nuevo los ojos, habían desaparecido entre el naranja del fuego... — la voz de Hasura se quebró por un momento. La guerrera le acercó el cuenco donde reposaba aún algo de agua. La mujer tomó el cuenco de sus manos, y por un momento ambas mujeres rozaron sus dedos, a modo de ánimo silencioso, y se miraron. Las lágrimas corrían abiertamente por el rostro de Hasura; Xena bajó el suyo con el dorso de su mano se limpió el rastro que las suyas dejaban en sus mejillas, tratando de recuperarse. — Entonces, sólo entonces, corrí. Salí de mi hogar como si me persiguiera la misma muerte... bueno... era lo que era... Escuché a mi hija desde el tejado gritándome que subiera con ellas, pero no le hice caso. Decidí intentar salvarme. Crucé el huerto, abrí la valla soportando a duras penas los gritos de los animales al ser consumidos, y con horribles arcadas al introducírseme hasta lo más hondo el olor a carne quemada. Y mis piernas subieron lo más rápido que daban de sí por la ladera... pero mis piernas no eran las que fueron, y mi cuerpo tampoco daba para mucho más, y finalmente las llamas me terminaron de alcanzar. Y entonces, supongo que simplemente lo acepté... Cerré lo ojos, y acepté mi destino. — Hasura parecía haberse recuperado algo de

la emoción y sonrió a Xena, que la observaba con ojos llorosos. — Cuando volví a abrirlos me encontré en esta montaña, no en el valle.

Silencio. Profundo. Triste y doloroso. Cada palabra que Hasura había derramado, se había ido convirtiendo en una nueva herida en el alma de la guerrera. Podía sentir la profunda tristeza de Hasura, ver que los años de semivida o semimuerte no habían servido para olvidar cada momento final. Y su fuero interno terminó por convertirse en sangre pura derramándose por su espíritu.

— Lo siento — la voz generalmente segura de Xena salió apenas audible por entre los labios de la guerrera. — Lo siento... de verdad...

Hasura respondió con un atisbo de sonrisa apagada a las palabras de la joven mientras limpiaba su rostro de lágrimas.

— Ojalá — continuó Xena — pudiera retroceder en el tiempo, ojalá pudiera hacerlo y pagar todos los daños que he causado... ojalá puedas perdonarme, aunque entendería que no lo hicieras. Yo no puedo hacerlo.

Hasura miró a la joven agachar su cabeza por el dolor de la culpa e inclinarse de rodillas ante ella. Y aunque el gesto de la guerrera la había tomado por sorpresa, sus pies se acercaron a la alta y fuerte mujer y tras mirar con serenidad el cabello moreno y la nuca de la cabeza inclinada de Xena, sus manos se posaron en la joven, acarician levemente el pelo, mientras murmuraba un pequeño rezo apenas audible por entre sus labios. Xena, que no había esperado esa reacción, abrió los ojos con sorpresa, pero los cerró casi de inmediato, esperando a que la anciana terminara con su plegaria, dejando que el silencio acompañara con su respeto las palabras que eran dichas. Cuando Hasura terminó, alzó las manos y dio un paso atrás. Xena, de rodillas, levantó su rostro y miró a la mujer a los ojos. Los rasgados gestos de Hasura estaban tranquilos, relajados.

— He hablado con mis ancestros — le dijo a la joven. — Les he pedido que te rediman y que hablen por ti a nuestros dioses. — Los dedos de la anciana se posaron por debajo de la barbilla de Xena, quien dejó que le levantara un poco más el rostro. El tacto de Hasura resultaba muy suave, agradable. — Sé que eras un monstruo. Pero también sé que ya no lo eres. La Xena que conozco no es la que nos destruyó. — Y mirando serenamente los azules ojos agregó: — tienes mi perdón, Xena, y deseo que algún día encuentres el tuyo propio.

Xena sonrió débilmente por un momento ante el deseo de Hasura y quedó callada. La mujer, entendiendo la quietud de la joven dejó que sus pensamiento afloraran en plena libertad y siguió con su movimiento sobre las brasas, procurando no dejar que estas murieran antes de la vuelta de Hio, permitiendo a su vez que los recuerdos surgieran por su mente.

El frío arreciaba y Xena sintió cómo un escalofrío le recorría la espina dorsal desde el cuello hasta la parte inferior de sus riñones. Se enfundó un poco más en la piel, respirando con tranquilidad, sintiendo escaparse un suave vaho por entre los labios. De golpe, el viento se alzó en armas y sopló con fuerza haciendo silbara las rocas, con el tiempo suficiente de avisar de su llegada. Hasura y Xena levantaron rápidamente sus manos hacia el rostro para protegerse del polvo que el golpe de aire les llevó. Picaba en la piel, abrasaba, pequeñas piedras se clavaban en la palma de sus manos mientras soportaban con estoicidad la postura evitando que entrara suciedad en sus ojos. Unos segundos más tarde, el viento se calmó. Xena bajó suavemente la mano y de un golpe la sacudió desprendiéndose de una fina capa de polvo que se había incrustado en todo su brazo, mirando con gesto de impotencia la capa semiblanca que había quedado en él.

— ¿El tiempo es siempre así de agradable aquí? — preguntó con consternación.

— Bueno... a veces llueve.

Xena sonrió ante la repuesta de la mujer, que le devolvió la sonrisa. Tomó el cuenco de agua y se lo llevó a los labios, bebiendo un pequeño sorbo con el que limpiar la sequedad que el polvo y aire le habían dejado en los labios. Se miró las manos y estudió por un breve momento la suciedad de debajo de las uñas. "No me vendría mal un baño". Volvió la vista a Hasura, que seguía su movimiento rítmico envuelta en su piel.

— Es así como la conseguís — dijo la guerrera. Hasura la miró sin entender y Xena, viendo el gesto de incomprensión, señaló al cuenco que había tomado. — El agua. ¿La conseguís con la lluvia?

— Aah... — respondió Hasura, quien posteriormente movió la cabeza negando. — No, no. Hay una fuente dentro de la cueva... ¿No creerías que disfruto viviendo como un oso? — los labios de la mujer volvieron a sonreír y Xena rió silenciosamente. Agradecía la pequeña ironía de la mujer y su capacidad de olvidarse de la conversación anterior, no había sido agradable. Y reír, aunque fuera por un segundo, era gratificante. "Te habría caído bien", pensó en Gabrielle y sus labios sonrieron nuevamente.

Los dedos de la guerrera palparon la piel que la cubría. Aunque vieja, aún tenía un poco de la grasa propia que quedaba después de extraerla del animal en los costados de la misma, tomó un poco entre los dedos y la examinó. Con cuidado, sabiendo que los ojos de la mujer estaban fijos en ella, tomó un pequeño utensilio de piedra al que habían atado muy firmemente una sección parecida al metal a modo de hoja, como un pequeño cuchillo. Se quitó la piel y la alzó ante ella, colocando ante sus ojos una pequeña parte irregular que hacía esquina y con enorme rapidez movió el afilado cuchillo por entre la piel, haciendo que un pequeño pedazo se soltara sin que rompiera la forma ovalada de la manta. Hasura dio un respingo.

— Me gustaría entrar en la cueva — explicó Xena. — No me vendrá mal una luz.

Y diciendo esto cogió una pequeña estaca que había a su lado y envolvió la piel en una de sus puntas. Tomó el cuenco en la otra mano y se levantó, acercándose a la mujer. Colocó el cuenco junto a ella y dejó que la antorcha prendiera de las brasas que Hasura mantenía vivas. La piel comenzó a arder con dificultad, hasta alcanzar la parte de grasa que tenía en el borde, entonces la llama prendió sin dificultad.

Hasura miró a Xena y ésta, sonriendo, apoyó la mano en su hombro y se levantó, encaminándose a la pared.

La entrada de la cueva apenas hubiera pasado por tal si uno no se fijara atentamente. Parecía casi más una pequeña hendidura en la pared de la montaña, apenas de la altura de la misma guerrera, a modo de filón vacío. Un hueco alargado y negro que descendía en una pequeña diagonal y que penetraba en la profundidad de la montaña. Por delante de ella, el azar había hecho que dos piedras desprendidas cayeran de manera cruzada una delante de la otra y ambas frente a la hendidura, lo que hacía que sólo el conocimiento de su existencia permitiera encontrarla. Incluso los expertos ojos azules de la guerrera pasaron varias veces por delante, asombrándose de lo que la casualidad de las rocas caídas creaban a modo de guardianes.

Tras bordear ambas piedras, Xena alcanzó el filón de la entrada. Apoyó una de sus manos en el borde de la herida rocosa, y se agachó para entrar, con la antorcha por delante para poder ver con algo más de claridad, apenas medio metro más allá de sus ojos. Curiosamente se había imaginado que tras las dos rocas guardianas, habría un pequeño recoveco de entrada a una gruta no muy grande. Por eso se sorprendió al estirar el brazo con la antorcha y no distinguir el final del túnel.

Con cautela, sus pasos se encaminaron hacia el interior, adentrándose en una profunda oscuridad. La luz de la pequeña antorcha apenas sí le permitía observar hacia dónde se movía sin miedo a golpearse la cabeza en algún cambio de altura del techo. Sentía el negro oscuro envolviéndola alrededor, una negrura tensa, como si miles de ojos estuvieran observando silenciosos cada uno de sus movimientos en el excesivamente reducido espacio. El túnel había ido tomando una pequeña curvatura imperceptible y al mirar por un momento hacia atrás Xena descubrió que ya no conseguía distinguir la poca luz que mostraba el exterior. Tomó aire y soltó un suspiro prolongado. El túnel no llegaba a contar ya con un metro de achura por sus lados, un espacio más que pequeño para la envergadura de la guerrera, que se veía además obligada a cada paso a agacharse con dificultad y limitar sus movimientos, cosa que no le gustaba nada. Aunque los nervios no eran una cualidad propia en ella, debía admitir que los espacios reducidos eran, con diferencia, los que menos le gustaban. Disfrutaba del aire puro, de la sensación de libertad que el cielo raso le regalaba, y aunque jamás se permitía mostrar debilidad por nada (salvo por cierta adorable rubia), esquivaba la posibilidad de meterse en agujeros como aquel si podía evitarlo. "Aunque al menos aquí el aire es fresco", se dijo.

Sus pasos habían seguido unos metros con la precaución felina que la caracterizaba, rozando con los dedos de una mano los costados de la pared que no iluminaba para asegurarse que no se saltaba ninguna hendidura o recoveco que pudiera ser un cruce. La roca era fría y seca, tanto en la pared como debajo de sus desnudos pies hasta que de pronto, apenas unos metros más adelante, algo se reflejó en un lado del túnel. Poco a poco el polvo pasó a ser a cada paso un poco más húmedo, hasta que unos metros más allá la superficie de la roca comenzaba a impregnarse con una masa viscosa. Sus pies se detuvieron, envueltos en esa misma masa, mientras tomaba un poco de la mezcla con la yema de los dedos y se la acercaba a la nariz. "Arcilla y agua", sonrió. Con una sacudida de su muñeca se deshizo de los restos de barro de los dedos y sus pies siguieron despacio, controlando el terreno resbaladizo y la inestabilidad que la arcilla le confería hasta que el pequeño túnel giró de repente con fuerza hacia la izquierda. Xena se detuvo y alzó la antorcha hacia la derecha, palpando con estudiada medición con la palma de la mano libre para asegurarse no dejar atrás ningún inesperado paso alternativo y tras cerciorarse de que nada parecía indicar que existiera una bifurcación, giró hacia donde el camino continuaba. Se podía distinguir una pequeña luz al final de lo que parecía el último tramo de pasillo. Entornó los ojos, quedándose quieta, en completo silencio, distinguiendo un clamor de agua correr muy profundamente, lejano, por debajo de sus pies. Pisando con firmeza retomó el paso agradeciendo la frescura cada vez más latente proveniente del final del recodo, hasta que sus pies le llevaron a la salida de la cueva en sí.

Y no pudo evitar dejar que sus ojos disfrutaran por unos segundos de lo que tenían frente a ellos. Una gruta amplia, no muy grande, se extendía de forma ovalada hacia sus lados. Del techo caían pequeñas porciones de piedra como pequeños castillos volteados de diversas formas puntiagudas que parecían encajar a la perfección con las mismas que había en la tierra, alzándose hacia el techo. El suelo en el que los pies de la guerrera se habían detenido se transformaba unos pasos más adelante en una roca casi plana y húmeda y tras ella una multiplicidad de pequeños cascajos abrían paso a unas aguas negras y cristalinas, cuya superficie sólo se veía alterada por la caída no muy fuerte de una cascada apenas a un metro de altura de la superficie. Una abertura, de no más de medio metro de diámetro, dejaba penetrar la escasa luz del exterior justo encima de las aguas cuyos reflejos provocaban pequeños arco iris en las paredes y dejaban distinguir por momentos la profundidad de la laguna que se extendía hacia los lados.

Xena paseó su mirada por las rocas, distinguiendo cada pequeño saliente al otro lado opuesto de las aguas, sorprendiéndose de que la pequeña cascada de agua no creara mas que un rumor de goteo continuo, apagado.

— Vaya.

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