XWP Alt » Aquí en corazón, allí en guerra » 05

:: AQUÍ EN CORAZÓN, ALLÍ EN GUERRA ::

El eco de su propia voz surgió agrandado rebotando en la cavidad. Con tranquilidad se acercó al borde de la pequeña charca y sumergió la mano libre en el agua. Estaba realmente fría. Tomó un poco con el cuenco de su palma y bebió un sorbo. "Fría y deliciosa", se dijo. Iba a ser todo un acopio de energía darse un baño en esa congeladora bañera.

Volvió la cabeza un par de veces buscando con la mirada alguna roca seca cercana al borde de la laguna hasta distinguir una piedra plana un par de metros a su izquierda, que sobresalía unos centímetros con un pequeño agujero en su superficie, lo suficientemente grande como para colocar en él la antorcha sin que tocara el suelo. Subió a ella, sintiendo la sequedad de la roca bajo sus pies. No había barro, lo que era extraño teniendo en cuenta el polvo exterior, pero poco importaba. Con dedos expertos colocó la improvisada antorcha en la hendidura, dejando la llama alzarse un poco para iluminar algo más la roca en la que se encontraba. Suspiró y dejó caer la piel completamente embarrada del túnel que había conseguido mantener con ella, seguidamente del pedazo de tela que cubría su atlético cuerpo. Y desnuda, dejó que su piel respirara.

Por unos momentos que se le hicieron eternos dejó que su piel se envolviera de la frescura de la cueva. No se había dado cuenta de lo sudada que había llegado a estar, y a pesar del frío del exterior el ambiente agobiante y repleto de polvo la había ahogado. Sin embargo allí, rodeada de piedra, agua y luz, se sentía renacer. Podía notar la frescura del aire proveniente de la cascada, cómo la rodeaba y acariciaba su piel. Notó un nuevo escalofrío recorrerla, pero éste era completamente distinto, era un escalofrío de placer salvaje, de libertad pura. La desnudez la vestía, era algo que gustaba disfrutar en su intimidad, tanto en su independencia como con Gabrielle... aún recordaba perfectamente la primera vez que se habían visto así, tal cual, ambas, tantos años atrás, y ese tierno perfume que rezumaba el cuerpo de Gabrielle, sus pequeños ojos verdes mirándola con un rubor que aumentaba por momento, una mirada llena de ternura, inocencia y a la vez de un deseo profundo, enigmático. Para ella había sido más natural, siempre había entendido que las mujeres no tenían nada que esconder, mucho menos que avergonzarse. "Pero también te ruborizaste, Princesa Guerrera..." Sentirse de nuevo así era, aunque fuera sólo por un momento, delicioso.

Respiró profundamente y se acercó al borde, dejando que los dedos del pie rozaran el agua. Fría, muy fría... y sin pensar, dio un salto directamente a las oscuras aguas. La sensación de congelación fue punzante pero a la vez agradable, obligándola a moverse fuertemente en el pequeño espacio para entrar en calor. Por un segundo se quedó sin respiración ante el contraste con el calor, aunque escaso, de su cuerpo, pero rápidamente obligó a sus músculos a nadar con impetuosidad de un lado a otro. Poco a poco su temperatura se acostumbró al frío y tras resoplar un par de veces volvió en sí y salió a la superficie, volviendo la cabeza con fuerza a los lados esparciendo el agua de su rostro. Con suavidad, dando pequeños surcos con los brazos, se acercó a la pequeña cascada y dejó que el agua que caía de ella se extendiera por sus hombros, agradeciendo el golpe sobre sus músculos tensos.

Durante un rato en que no fue consciente de tiempo total que había estado quieta bajo la pequeña fuente, cerró los ojos y dejó a su cuerpo tomar conciencia de su relajación. Al menos hasta que unos pasos profundos y unos lejanos gritos le llegaron por entre el ruido suave del agua. Xena abrió los ojos y su cuerpo, aún debajo del agua, volvió a tensarse. Algo sucedía, algo nada bueno. Rápidamente salió de la cascada y se dirigió a las piedras que bordeaban la laguna. Se acercó hasta alcanzar el borde mismo del agua, y sujetándose a las piedras, sin tocar fondo, fue, apoyándose con las manos, acercándose sin hacer ruido cerca de sus pertenencias, casi al lado del recoveco de salida. Con sumo cuidado, se situó justo detrás de la roca donde estaba la piel, que le servía de parapeto a la entrada, desde el que poder ver con cuidado la abertura de la roca pero desde la que era realmente difícil distinguirla. Apoyando las manos en la piedra se dejó impulsar con sus brazos un poco hacia el fondo, dejando sólo al descubierto la cabeza desde la nariz, sus ojos cerrados centrados en el sonido de lo que sucedía unos metros más allá, sus finos oídos concentrados en captar cualquier cosa que pudiera darle la información que ansiaba.

A lo lejos, unas profundas voces gritaban continuamente mezclándose sus palabras. Sonaban atronadoras por el eco de las piedras y la tensión de sus tonos indicaban claramente órdenes. Unos pasos comenzaron a oírse más cercanos, mientras por debajo de todo el tumulto la ahogada voz de Hasura se distinguía apenas como tenues susurros, mezclados con gritos de dolor.

— ¡No, soltadme! ¡Ya os he dicho que no está aquí!

Xena escuchó atentamente, los pasos, de profundas y duras botas según distinguió, se iban acercando. Rápidamente miró a todos lados calculando sus posibilidades. Dependiendo de cual fuera la situación, sabría hasta qué punto contaba con ventaja, necesitaba esperar. Con rapidez de pantera alcanzó la madera de la que aún colgaba un escaso resto de piel llameante y la introdujo con velocidad en el agua, evitando la luz. Estaba claro que no iba a poder esconder la piel a tiempo, pero algo era algo. Retiró la piel de la madera y la observó con avidez: estaba hueca. Perfecto. Con plena suavidad, como si el momento no fuera de a tensión que realmente se vivía, se adentro un poco más en el agua dejando que la cubriera por completo, y se introdujo la madera en la boca. El sabor era asqueroso, una mezcla entre caucho y arcilla que se le entremezclaba con la saliva, pero al respirar sintió el aire traspasar el hueco de madera vieja y se introdujo en los pulmones. Lentamente se alejó de sus pertenencias y se colocó justo al lado contrario, al otro lado de la abertura a la gruta.

"Vamos... Vamos, venid a por mí..."

Se colocó a ras de agua y fijó los ojos a la hendidura del túnel, respirando suavemente, obligándose a mantener la calma.

"Venid aquí..."

De repente un golpe seco se oyó muy cerca de la gruta y un gemido profundo abarcó por completo la cavidad de la laguna. Las duras botas que anteriormente sonaban sobre la dura piedra, golpearon el suelo con un chasquido a barro expandiéndose. Sin saber lo que podría haber pasado, la guerrera imaginó el plano del túnel entendiendo que fueran quienes fuesen los que se acercaban se encontraban a la altura de la pasta arcillosa, y que, sin duda alguna, uno de ellos debía haberse caído.

— ¡Maldita vieja traidora! — Xena abrió los ojos al distinguir la voz, sintiendo cómo la sangre comenzaba a hervirle en su interior. Un nuevo golpe y un gemido, sin duda de Hasura, que cortó el aire.

De repente el cuerpo de la mujer apareció empujado desde el interior del túnel. Xena, que se había hundido un poco más, dejando que los ojos se sumergieran por momentos en el agua pero quedando completamente escondida en la oscuridad de la laguna, pudo ver cómo el cuerpo de Hasura caía rendido cerca de la orilla y apretó los dientes. La sangre le corría por la comisura de los labios, los ojos rasgados estaban cerrados, intentando enfocar el dolor del golpe que Hio le había dado en la cara. Un gemido salió de entre sus labios dejando con el aire que la sangre fluyera un poco más, mezclada con la saliva. Inmediatamente después apareció él, acompañado de otros cuatro hombres más. Casi apenas entraban en la zona de suelo antes de la orilla del agua.

— No mientas, cerda... — le dijo Hio mirando con odio a Hasura. — Sé que la estás encubriendo... ¡Dímelo! ¡Dime dónde se esconde! — y sin pensarlo lanzó una patada a la boca del estómago de la mujer. Xena sintió la tensión subiéndole por la garganta. "Aún no...", pedía su voz interior.

Emergió con todo el cuidado los ojos del agua y observó con más fijeza. Los cuatro hombres que habían venido con Hio parecían sacados de otro mundo. Las armaduras constaban de placas rojas, similares a las que el comandante de Yodoshi había vestido cuando se enfrentara a su ejército en las llanuras de Higutsi. Piernas cubiertas de plateadas fundas de hierro, hakamas azules en vez de rojas se cerraban guardando junto a los cinturones sendas katanas. Sin embargo, a pesar de mantener las armas cubiertas, estaba claro que no se presentaban en plan amistoso, aunque sí que resultaban todo un contraste ante el embarrado aspecto de Hio. Xena apostó silenciosamente a que Hasura le había dado un buen empujón antes de intentar escaparse. Se lo tenía merecido. Poco a poco pudo distinguir más minuciosamente a los guerreros, fijándose en uno principalmente que sobresalía del resto. Era alto, más robusto y ancho que los otros tres. Su mirada era dura, y se clavaba parcialmente en Hio y después en Hasura, que seguía tendida en el suelo aparentemente inconsciente. Sus ojos rasgados aparecían fríos y su rostro, enmarcado con un largo bigote castaño que llegaba más allá de los labios, estaba marcado desde la oreja hasta la comisura de su lado izquierdo. Quien hubiera sido, desde luego, le había hecho una buena herida en la cara. Había algo más que lo distinguía de los otros tres guerreros, algo que Xena no había distinguido antes. Una marca, en el centro del peto, que sobresalía entre la armadura. Una flor de loto, marcada en negros y rojizos, aparecía refulgente por entre el rojo del peto. Xena alzó una ceja en silencio y volvió a centrarse en la situación. Uno de los hombres, el de menor estatura había desenvainado la katana y señalaba algo a su izquierda. Inmediatamente Hio se acercó a lo que estaba indicando con la espada, agarrando con aprensión la piel apoyada sobre la piedra.

— ¡No miento, mirad! — gritó triunfante, con una sarcástica sonrisa en los labios. — ¡Está aquí!

El grito resonó por toda la estancia como un trueno. Inmediatamente Hio pasó la piel al de la cicatriz que movió con rapidez la cabeza y los tres soldados, junto con Hio, se pusieron a mirar minuciosamente cada recodo y cada centímetro de agua. Xena, con plena suavidad, tomó fuertemente aire y se impulsó hacia el fondo, y sujetándose con una de las rocas aguantó la respiración mientras veía borrosamente como se movían buscándola. Los gritos de los hombres llegaban ahogados en meros susurros bajo el agua, pero estaba claro que los ánimos se habían encendido. Temiendo ser descubierta, se concentró en aguantar lo máximo posible con los pulmones llenos sin apenas moverse para dosificar el oxígeno, hasta que se dio cuenta, casi al límite, que apenas se oían ya las voces. Suavemente dejó que la propia inercia de la presión del agua la llevara a la superficie y aguantó a pocos centímetros del exterior un poco más para asegurarse que no se encontraría con ninguna sorpresa.

Lentamente emergió la cabeza del agua, respirando profundamente para recuperar el aliento perdido en la inmersión, intentando que no saltara ni media gota de agua que pudiera traicionarla.

— Tú, quédate ahí y que la vieja no salga — la voz, mucho más profunda que la de Hio, era amenazante y lejana, a la altura de la abertura en la montaña. Xena supuso que sería del tipo del guerrero de la cicatriz.

— Sí, mi señor — respondió inmediatamente otra voz.

— Tú, sígueme.

Los pasos se alejaron poco a poco. La guerrera sacó la cabeza del todo del agua y miró abiertamente. Se habían ido, al menos por el momento, aunque parecía que habían dejado a un guardia en la entrada. Observó la hendidura del comienzo del túnel y tras unos segundos en los que sus oídos se centraron en distinguir el más mínimo sonido, se acercó suavemente por el agua al borde donde el cuerpo de Hasura seguía tumbado. Xena salió del agua aún desnuda y se acercó a la mujer. Hasura había perdido el conocimiento, aunque al menos la sangre que brotaba de sus labios había coagulado y parado de sangrar. Un morado no muy amplio comenzaba a distinguirse en el costado del rostro de la mujer. Xena tomó un poco de agua entre sus manos y se la acercó a los labios, humedeciéndolos con tacto. La boca de Hasura comenzó a moverse lentamente y con un gemido de dolor cerró los ojos. Con toda la rapidez que sus músculos permitieron, Xena tapó la boca de la mujer que los abrió de golpe revolviéndose. La guerrera se puso un dedo en los labios indicándole que mantuviera el silencio. Hasura se calmó.

— Hay un guardián en la entrada — le informó la guerrera. — Me están buscando.

Hasura intentó hablar pero la herida de los labios le dolía con fuerza.

— Por... por el... agua...

— ¿Qué?

— Sal por... el agua... debajo de... la fuente.

Xena frunció momentáneamente el ceño y miró a las aguas. Efectivamente caía agua pero no sobresalía de su límite, eso significaba que había una salida por algún lado.

Xena miró a Hasura y le hizo un gesto de afirmación dándole a entender que lo había comprendido.

— Deja que te ayude — susurró la joven guerrera apoyando su mano en la nuca de la mujer.

— No — negó Hasura con dificultad. — Debes marcharte... volverán...

— ¡Debo ayudarte!

Hasura negó con la cabeza intentando crear una sonrisa que se quedó en mueca de dolor.

— Te... retrasaría.

Xena miraba con rabia contenida los ojos rasgados de Hasura. Tenía razón. Si no encontraban a Hasura darían por hecho que ella estaba allí, sin embargo, no creía que fueran a hacerle daño si no distinguían huella alguna de ella.

Con pesar movió la cabeza en una leve afirmación. Hasura volvió a sonreír por un momento. Con cuidado acercó su mano al cuello mientras Xena la observaba extrañada. Moviendo los dedos con lentitud, Hasura sacó de entre sus ropas un pequeño colgante que tenia atado a su cuello con un pedacito de cuero. Xena miró incrédula al colgante que tenía ante sí, sin poder creer lo que veía. Hasura, sin darse cuenta del asombro de la guerrera tiró del cuero que se soltó obediente de su cuello y se lo tendió a Xena.

— Si encuentras la otra mitad...

De repente unos profundos pasos de botas volvieron a hacerse audibles al fondo del túnel. Xena volvió la cabeza al notar el sonido: alguien se acercaba.

Hasura la miraba detenidamente, sin terminar la frase, mientras le ofrecía el colgante entre sus dedos. Las voces se acercaban, los pasos eran rápidos.

— Si encuentro la otra mitad, ¿qué?

Hasura apenas la escuchaba, había oído el sonido de los pasos. Miró apremiante a la guerrera levantado aún más el colgante ante los ojos azules. Xena miró a la mujer y sonrió por un momento antes de coger el colgante.

— Hasura...

La mujer le pidió con un movimiento de cabeza que callara. Los pasos eran apremiantes, cada vez más cercanos. La voz de Hio se hacía clara.

— ¡Tiene que estar ahí dentro!

Xena volvió a mirar a la mujer. Hasura le devolvió la mirada.

— Huye.

Y sin pensarlo un segundo más, y aferrando fuertemente el cordel del colgante de Hasura, la guerrera desapareció en las oscuras aguas.

 

Capítulo V

“A ti, mi amor, estés donde estés...

Han pasado ya dos días desde que estuvimos en la cima del monte Fuji. Dolió mucho volver allí, mucho. Cada paso era una herida que se iba abriendo poco a poco en mi pecho, una herida que no se cierra, que no quiero que cierre. Fue una dura prueba porque sabía que volvería a encontrarme de frente con la realidad que intento cambiar, con la realidad del saber que has muerto y con la también cruel realidad de que la idea de conseguir volverte a la vida no sea más que la locura por haberte perdido.

Fui allí consciente de poder encontrar razones suficientes para no seguir adelante, para tener que aceptar la certeza de no tenerte conmigo y tener así que cerrar inevitablemente la puerta a no tenerte conmigo nunca más... nunca más... Pero eres tú, ¿sabes? Tú... Siempre me has dado razones para seguir, para intentar sonreír a un nuevo mañana, a un nuevo sol en el horizonte... pero me faltas, mi sol, mi color y mi vida, y no resulta fácil encontrar las fuerzas. Siempre te las has arreglado para dejarme un mensaje, un guiño, algo que hiciera que mi esperanza no se pierda y eso es lo que me permite mantener las fuerzas de seguir peleando y no sucumbir a la locura de un dolor que no remitirá hasta encontrarme con esos ojos que hacen perderme y volverme a encontrar en una sola mirada.

Sé que has sido tú la que ha hecho que desaparezca la katana, lo sé. Sé que tiene muchos sentidos...

Subí a lo alto de la meseta sólo para pensar. Es curioso, al menos para mí... Durante todos estos años que hemos vivido juntas, siempre te he visto elaborar cada plan, cada estrategia, cada detalle de un siguiente paso... y yo sigo necesitando un pedazo de rama y un poco de barro para poder escribir la situación y sopesar cuál es el destino que debo tomar. Supongo que no te alcanzo como guerrera... supongo que nunca dejé de tener un pequeña alma de bardo.

Subí porque necesitaba pensar... y necesitaba no pensar en ti. Tus huellas aún estaban allí, tan precisas y limpias que casi hubiera podido jurar haberte visto andar un segundo antes por ellas...

Shasako me cuida muy bien, creo que hasta demasiado. Los ungüentos que me ha aplicado y las bebidas de flores que me da están haciendo que me recupere a una velocidad enorme, hasta tú te sorprenderías... Me pregunto qué hubiera dicho de esto la tonta niña de pueblo que encontraste en Potedia hace ya tanto tiempo atrás.

La gente de Higutsi se porta bien conmigo. La mayoría se podría decir que casi hasta me reverencian, cosa que incomoda hasta la médula, no sé cómo conseguías soportarlo. Los ciudadanos me llaman “Pequeño Dragón”... que tontería, ¿verdad?

... ¿Sabes? Shasako me ha dicho que se puede honrar a los difuntos, e incluso escucharles, si sabes orar debidamente y con sinceridad. Me ha insistido varias veces con ello, pero no me siento capaz aún para enfrentarme a... de enfrentarme al silencio, a no oir tu voz, a no poder volver a escucharte. Me da miedo no verte. Me aterroriza no sentirte.

Te amo, Xena...

El tiempo pasa y apenas nada ha cambiado... el dolor sigue igual de profundo, dentro de mí, y tú sigues sin estar aquí, a mi lado, para consolarme... ¿Dónde estás?”

***

Dos días. Largos y cansados días. La vuelta del monte Fuji había sido una mera caminata en silencio mientras la mente de la joven guerrera giraba a toda velocidad buscando una explicación que no lograba entender.

La espada no estaba y no existía nada al rededor que le dijera algo sobre qué había pasado, porqué había desaparecido y si todo ello tenía alguna relación con ella y su sueño, la katana o su amada guerrera... Era esto último lo que más la preocupaba, sin duda alguna. Por mucho que sintiera que había sido Xena la que había hecho que desapareciera la espada, tenía un miedo interno, un terror compuesto de las ansia de volver a ver a su esbelta compañera, de abrazarla, besarla, sentir la suavidad de su piel, el olor de su cuerpo. Un terror que se alimentaba del pensamiento de estar luchando contra la muerte y de tener una esperanza que no existiera de verdad.

Shasako tenía razón: de nada servía volverse loca pensando en qué hacer sin recuperarse. Su cuerpo aún sentía los rastros de la última batalla y aunque odiaba mostrar debilidad en un momento como ese, no podía negar que distaba de encontrarse realmente bien.

Apenas había llegado de nuevo a la casa de la anciana, sus recuerdos se habían desvanecido entre la bruma del agotamiento, y sólo veía de aquel retorno los ojos rasgados de la mujer ayudándola a posarse sobre el colchón y luego una profunda oscuridad.

Dos días...

La ligera puerta de madera blanca semitransparente dejó paso a una pequeña silueta ligeramente encorvada antes descorrerse con ligereza. Los verdes ojos se mantuvieron concentraos en las suaves letras que inundaban el pergamino, mientras sus dedos lo acariciabancon melancolía. No sabía cómo sus manos habían terminado por rebuscar entre sus pertenencias y casi sin querer habían encontrado un pequeño rollo de pergamino que había comprado antes de partir hacia Japa, y, sin pensarlo, como si la necesidad hubiera pasado de anhelo a deseo hiriente, pluma, tinta, lágrimas y letras se habían fundido en un solo.

Necesitaba escribir algo tan sencillo como su sentir, aunque sólo fuera para expresar por unos segundos el vacío interior que la entereza de la situación la obligaba a ocultar bajo una máscara de fortaleza mental que dudaba poseer. Lo necesitaba por verlo todo, aunque fuera un segundo, desde fuera, desde arriba, desde un lugar en el que el yo interno quedara a un lado y pudiera situarse en la realidad que tanto temía que la sobrepasara.

Sus verdes ojos recorrían la tinta sin leer, sólo dejando fluir la fuerza que sentía ganar al miedo una vez más.

— Tienes visita.

Gabrielle volvió finalmente en sí y miró hacia el umbral de la pequeña puerta. Shasako la observaba desde allí, sus ojos fijos en la joven que estaba recostada en el colchón y atentos a cualquier signo de dolor que pudiera denotar. La rubia guerrera fijó la mirada en los rasgados ojos y sonrió, calmando la inquietud de la anciana, justo antes de asentir levemente. Con ligereza, sin apenas crear sonido alguno, Shasako volvió a deslizar la puerta cerrando de nuevo la habitación.

Gabrielle suspiró, resignada. No era la primera visita que recibía, y sabía que no sería la última que iba a recibir. Esa pequeña frase estaba incluso comenzando a resultarle una molestia más que un agradecimiento. En los dos días que habían pasado desde que hubiera vuelto de Fuji la habían ido a visitar poco menos que la mitad de la ciudad, o al menos esa era la sensación que ella tenía. Desde la familia más sentida que le ofrecía lo poco que tenían de posesiones y reverencias hasta sentirse incómoda (lo de su apelativo de “Pequeño Dragón” no había resultado una exageración por parte de su cuidadora), hasta altos cargos de la sociedad, que apenas si la miraban más como un objeto raro que como una persona que había luchado por salvarles.

Ésta clase era con diferencia, a los que peor llevaba. Se limitaban a aparecer de golpe, sin atender a que la joven pudiera estar durmiendo, descansando, cocinando o incluso bañándose. Y daba por completo lo mismo que Shasako pusiera toda su fuerza en hacer que los pasos volvieran por donde habían llegado, incluso su fuerte carácter tenía que vérselas con ellos y más de uno había logrado sus intenciones... al menos en lo que ver a la guerrera se refería, no tanto a los propósitos que muchos de ellos escondían por detrás.

Shasako cerró la puerta con cuidado suspirando a su vez. Ella había podido vivir el mayor dolor que una persona podía padecer, el de perder al ser amado antes de lo debido. Había visto, sentido, vivido ese dolor en los ojos de Gabrielle desde el primer momento en que había ido en su ayuda. Podía observar como los verdes ojos relucían un instante con fuerza justo antes de apagarse, de convertirse en dos sombríos pozos de dolor, cuando las defensas que la joven se había auto impuesto cedían ante el recuerdo del amor perdido. Era una pelea continua en la joven guerrera que descansaba al otro lado de la puerta. Shasako podía sentir el muro de sentimientos que la joven emanaba cada vez que dejaba que el dolor ganara un poco de espacio, sentía la lucha que su mente libraba con su corazón, y callaba ante las lágrimas que silenciosas se escapaban inesperadamente surcando sus mejillas, antes de que Gabrielle las descubriera y limpiara, retomando la fortaleza perdida por unos segundos. Amaba de corazón a la guerrera caída. La amaba con todo lo que una mujer podía amar, con alma, con cuerpo, con todo el ser que ella era. Y ella misma recordaba los azules ojos que habían mostrado una extraordinaria frialdad al acabar con el Señor de las tinieblas, el cómo se convertían en devoción, suavidad, pura adoración cuando se fijaban en los rubios cabellos de la joven. Se amaban, era evidente, y sólo el hecho de que Gabrielle tuviera que lidiar con los cretinos que la ansiaban como trofeo hacía que le ardiera la sangre. Su amor era rompía las barreras de la vida, hasta más allá de la muerte...

Al menos Gabrielle se lo tomaba con la tranquilidad propia de la mujer que era, y se limitaba a despacharlos con una sonrisa en los labios, dejándoles bien claro que preferiría antes pertenecer a un tratante de esclavas persa que a asnos de semejantes tamaños.

Esa reacción al menos había reducido las visitas, pero no las había finalizado, y con toda la paciencia de la que la joven podía hacer gala, aguantaba con energía cada conversación. Sin embargo tantas atenciones le estaban pasando factura. No había tenido apenas tiempo para pararse a pensar en la situación, en los porqués y comos que necesitaba cubrir, y eso le molestaba.

El suspiro de la joven volvió a repetirse.

“Al menos me ha dado tiempo de escribir un poco...”, pensó para sí, comenzando a enrollar con suavidad el pergamino entre sus manos. “Dioses, cómo lo necesitaba...”.

Unos pasos se dejaron escuchar por el pasillo cercano, justo antes de que tres siluetas se dejaran ver al trasluz de la blancura de la puerta. Un nuevo deslizamiento de la puerta y Shasako entró con suavidad en la estancia.

— Déjame adivinar... ¿otro asno?

La anciana respondió con una sonrisa antes de negar con la cabeza. Su mirada mostraba que algo guardaba para sí, y Gabrielle alzó por un segundo una de sus cejas interrogante. Shasako, viendo la curiosidad de la joven, no se hizo de rogar y con movimientos casi estudiados se hizo a un lado e inclinó con leve reverencia su rostro mientras las dos personas que habían quedado en el exterior entraban en la estancia.

— Pequeño Dragón...

Frente a Gabrielle surgieron dos pequeños hombres ataviados con sencillos pantalones de suave tela blanca. Un mismo kimono de tela azul, sin detalles, que les cubría hasta más allá de las rodillas sujeto por un cinturón del mismo color a las delgadas cinturas. Sobre sus serios rostros, unos extraños sombreros de mimbre, amplios, fueron retirados al momento, en cuanto sus descalzos pies entraron en contacto con el suelo de la estancia. Ambos hombres se parecían mucho, si bien, según los verdes ojos se fijaban con detenimiento, diferían igualmente mucho entre sí.

Shasako, que mantenía la inclinación que hiciera al entrar ellos, se retiró con lentitud de la estancia, cerrando tras de sí la puerta. Gabrielle, que había seguido sus movimientos hasta que perdiera el contacto con la mujer, desvió la mirada y fijó la vista en ambos. Los dos hombres se habían quedado quietos frente a ella y sólo cuando sintieron la mirada de los verdes ojos en ellos, se inclinaron al unísono en una reverencia mitad saludo, mitad devoción.

La joven los observó con inicial curiosidad, si bien su instinto le indicó que no debía temer, más bien lo contrario. Algo en su interior hizo que sus sentidos se despertaran al momento y su atención se centró inmediatamente en ellos. Esperó unos segundos más, pero viendo que no se alzaban, se decidió a hablar.

— Levantaros – dijo con suavidad. – Por favor...

Los dos hombres se alzaron a la vez, mirándola con seriedad. Finalmente, y tras un breve instante de silencio uno de ellos, el que parecía mayor, dio un paso adelante e incando una rodilla en el suelo, volvió a agachar la cabeza a la altura de la joven.

— Perdonad nuestra interrupción, Pequeño Dragón... – su cálida voz denotaba devoción y respeto. – Y perdonad nuestra tardía visita.

Gabrielle mantuvo la mirada en el hombre unos segundos antes de decidirse a levantarse. Con suavidad se alzó en pie observando cómo su visitante mantenía su postura. Extendió sus blancas manos hacia el hombro de él y apretó su hombro para llamar su atención. Los rasgados ojos se posaron en ella.

— No tengo nada que perdonar, créeme. – Sonrió con gentileza al hombre. – No soy ninguna diosa, ni considero que lo sea nunca, por favor, no te inclines ante mí.

— Pero...

Los verdes ojos se clavaron en los negros del hombre con determinación, hasta que finalmente él no tuvo más remedio que aceptar y levantarse.

— Sois monjes, ¿me equivoco? – preguntó la joven.

El hombre inclinó suavemente la cabeza a modo de afirmación.

— Me llamo Ogay. Somos monjes de la orden de Hui Ko.

Gabrielle le miró unos segundos a la espera, pero viendo que el hombre no decía nada le indicó con el dedo u pequeño cojín que tenía a su lado.

— Siéntate, por favor – instó la joven, haciendo lo propio. Con suavidad el hombre se giró a su compañero inclinando en un movimiento la cabeza. Éste abrió con suavidad la puerta y salió de la habitación cerrándola tras de sí. Una vez su compañero estuvo fuera, Ogay se acercó al cojín y arrodillándose en él se sentó sobre sus talones, mirando nuevamente a la joven. Un incómodo silencio se impregnó en el ambiente hasta que Gabrielle lo rompió.

— ¿Y bien? – dijo con una suavidad obligada por la impaciencia.

El monje mantuvo su actitud de veneración y con un tono impregnado en respeto, espetó:

— Hemos venido a ayudarte y a pedir tu ayuda.

Un nuevo silencio envolvió la habitación mientras la paciencia de la joven se desgastaba por momentos. Una ceja rubia se levantó brevemente en un gesto aprendido con los años.

— Necesito que seas más explícito.

El hombre, atendiendo a la petición, inclinó la cabeza.

— La orden de Hui Ko es la más antigua de las órdenes de los dioses de Japa. Kenji era uno de nuestros hermanos de la orden – comenzó a explicar. – Fue él quien fue a buscar a la gran guerrera Xena.

Gabrielle afirmó con la cabeza al recordar al joven que hacía unas semanas había aparecido entre la espesura del bosque, mientras ellas hablaban de su futuro, de su camino juntas. Juntas.

Si tan sólo...

— Lamento mucho su muerte – dijo la joven desechando esos pensamientos y sintiéndose momentáneamente mal consigo misma por el egoísmo de los mismos. – Era un gran hombre.

Ogay miró a la joven y afirmó las palabras de la joven.

— Has dicho que necesitas mi ayuda...

El hombre mantuvo un mometo la mirada de Gabrielle antes de bajarla.

— El sacerdote de mi orden me pidió que fuera a buscar a la gran guerrera que salvó Higutsi.

Gabrielle suspiró.

— Yo no soy Xena – dijo con amargura.

– No es a Xena a quien he de buscar – respondió Ogay.

Ahora le tocó a Gabrielle mantener el silenciopor unos segundos antes de que el hombre siguiera.

— Nuestra orden es una de las más antiguas de Japa – repitió. Su voz se agudizó suavemente mientras las palabras surgían de su garganta. – Las órdenes de los dioses somos las responsables de llevar a cabo sus deseos. Cuidamos que el equilibrio de las fuerzas divinas de nuestro mundo se mantenga para lograr así el orden de la vida, evitando que los espíritus de nuestros dioses se encuentren en desacuerdos haciendo que sus deseos se conviertan en desastres para los hombres.

Gabrielle asintió atendiendo concentrada a sus palabras.

— Ese equilibrio es el que da todo el sentido a la vida, y a la muerte – continuó el hombre. – Es el que dirime cuándo un hombre tiene su alma purificada al morir, y cuando no. Nosotros, los hombres, dictaminamos nuestro destino según nuestros actos y aquel que merece la purificación la alcanza tras una vida sin actos que le condenen. Es el equilibrio espiritual dado por los dioses que nos regentan.

Gabrielle miró al hombre completamente atenta.

— Entiendo... ¿Son ellos quienes dictaminan dónde van las almas de los muertos?

— Sí, mientras mantengamos ese equilibrio entre los dioses. Equilibrio que hemos mantenido... – contestó Ogay. Y agachando la cabeza añadió con un tristeza: — al menos hasta ahora.

Por unos momentos ambos se quedaron en silencio mientras la mente de la joven entendía lo que le decía el hombre.

— Yodoshi – dijo Gabrielle con pesar. Ogay afirmó lentamente con la cabeza.

— Sí, Yodoshi. Él rompió ese equilibrio.

Gabrielle suspiró por un segundo.

— Por eso Kenji vino en nuestra búsqueda, para volver a restablecer ese equilibrio. – Por un momento la joven rubia se preguntó porqué el monje no les había explicado ese cometido.

— No.

Gabrielle abrió por instinto sus ojos verdes.

— No entiendo.

— Existe una profecía que nuestra orden ha mantenido de generación en generación en secreto – la voz del hombre sonó por un segundo nostálgica. – Habla de la fuente de la fuerza, de su creación, su muerte y su resurrección.

— La fuente de la fuerza... ¿El monte Fuji? – preguntó Gabrielle.

— Sí. – Ogay se acomodó por un momento sobre sus talones y suspiró. – Por aquellos tiempos se la conocía como la fuente de la vida, una fuente accesible sólo para los más grandes de los hombres. Un día uno de los monjes de nuestra orden pidió permiso a nuestro sacerdote para ir a orar a los pies de la fuente. El sacerdote, conocedor de la tentación que esta fuente era para cualquier hombre, le negó su marcha. Pero el monje no hizo caso a la negativa y aprovechando la oscuridad de la noche se escapó. Tras varios días de viaje, el monje alcanzó la falda del monte Fuji y comenzó su búsqueda de la fuente. Siguió el camino paso tras paso, hasta llegar al último repecho del camino. Y con energías renovadas, comenzó a subir la ladera. Pero algo sucedía, algo hacía que por mucho que él caminara nunca llegaba a terminar el camino.

— El equilibrio de los dioses lo evitaba – dijo Gabrielle.

Un nuevo movimiento de la cabeza del hombre indicó su acierto. Ogay sonrió momentáneamente a la joven.

— Sin embargo el monje no cejaba en su empeño y día tras día seguía sus pasos en ese último espacio. Y así siguió hasta que un día una de las diosas se compadeció de él y liberó el camino, dejando que el monje llegara a la fuente. – Su voz sonó profunda. – Rompiendo el equilibrio de la vida y la muerte.

Gabrielle retuvo por un instante la respiración, completamente concentrada en las palabras del hombre.

— Lo demás dioses se pusieron furiosos y condenaron el permiso de la diosa. Por un momento las fuerzas del bien y del mal temblaron fuertemente. Sin embargo algo sucedió que evitó que el equilibrio se rompiera del todo: el monje alcanzó la fuente, se arrodilló y rezó ante ella. Y una vez terminada la oración, recogió sus cosas y se marchó. Sin embargo, el enfado de los dioses había sido considerable, y la fuente fue vaciada para evitar que la tentación humana y la fuerza del empeño hicieran que se tambaleara nuevamente el equilibrio.

Las palabras se silenciaron unos momentos.

— La profecía nos fue dada por el monje a su vuelta – continuó finalmente Ogay. – Cuando llegó al templo el sacerdote no quería dejarlo entrar, pero los dioses le abrieron las puertas. Y una vez dentro, el monje dijo que llegaría el día en el que finalmente el equilibrio se perdería por el afán de poder del ser humano y que las fuerzas del bien y del mal tendrían su guerra.

— Y Yodoshi rompió ese equilibrio – dijo Gabrielle. Y tras pensarlo por un momento añadió: — Pero si Yodoshi ha sido vencido, el equilibrio debería haber vuelto.

Ogay miró por un largo instante a la joven con mirada triste.

— Como he dicho al principio, los hombres marcamos nuestro destino espiritual según nuestros actos, y ciertamente Yodoshi fue un hombre cuya alma estaba destinada a no ser purificada jamás. Pero fue asesinado...

— ... por Akemi.

— Por su hija.

Ogay mantuvo el silencio mientras dejaba que la información se ubicara en la mente de la guerrera.

— Yodoshi, y su poder en vida, pasaron al lado de la muerte con el alma sin purificar y sin condenar, y con las ansias de vengar su muerte. El equilibrio se vio roto, y las almas de los caídos a raíz de su muerte fueron condenadas junto con su propia alma.

— Los cuarentamil muertos de Higutsi...

Un momento de silencio y la voz del hombre volvió a surgir.

— La profecía del monje también decía que la guerra del bien y del mal llegaría a su final cuando el culpable del desequilibrio fuera vencido en cuerpo y alma.

— Entonces hay que vencer al desequilibrio... a Akemi – Gabrielle sintió un amargo sabor subiendo con lentitud desde su estómago, dejando una estela de sequedad en su garganta. Por un momento sintió un breve mareo mientras la sensación de odio crecía con fuerza en su interior. “Ahora no... todavía no...”. – En cuerpo y alma...

Ogay asintió de nuevo con un leve movimiento de cabeza. Sus ojos se hallaban fijamente clavados en el gesto de la joven. Se dio un momento antes de añadir:

— Cuando una mujer de otra tierra sea capaz de vencer al mal en cuerpo y en espíritu.

La joven le miró con la misma fijeza intentando asimilar las palabras.

— ¿Una mujer?

— Una mujer.

Gabrielle calló de inmediato y se levantó por instinto. Sus músculos, necesitados de movimiento por el nerviosismo, comenzaron a hacerle andar despacio por entre la habitación, mientras su mente trabajaba sin descanso. Un instante después sus pasos frenaron y con cansancio dejó que sus dedos acariciaran sus sienes.

— Entonces... La fuente del desequilibrio era Akemi, no Yodoshi.

Ogay afirmó con la cabeza.

— Y Kenji fue en busca de Xena mandado por Akemi... – Gabrielle apretó un poco más los dedos en sus sienes intentando calmar el movimiento, hasta que suspiró con lentitud. – ¿Akemi conocía la profecía?

— Sí – afirmó con tristeza el hombre. – La conocía. Kenji se la contó mientras su compañero se rendía a los sabores de la carne. Le contó que sería una mujer quien la derrotaría en sus ansias de lograr el poder divino y romper así el equilibrio de la vida con la muerte.

Un incómodo silencio surgió en la habitación. Gabrielle miró un momento a Ogay. Después sus brazos se cruzaron sobre su pecho y sin darse cuenta se giró dando la espalda al hombre.

— La engaño... – murmuró. De repente sintió un amargo sabor en la boca, una fuerza inusitadamente potente recorrió sus venas, mientras no podía evitar sentir cómo sus dientes se apretaban con furia. – Akemi sabía que la derrotaría y la engañó...

— Akemi mandó a buscar a Xena sabiendo que una mujer era la que se interponía entre sus deseos de poder y ella – Ogay miró fijamente a Gabrielle mientras sentía el dolor que sus palabras estaban creando en la joven guerrera. — Sabía que Xena era la indicada e ideó un plan para hacer que ocupara su lugar en el inframundo con el resto de las cuarentamil almas.

Pero Gabrielle no le oía, sólo podía ver la inocente mirada de Akemi al conocerla, su sonrisa, su actitud condescendiente, casi de veneración hacia Xena... y la mirada de esos azules ojos correspondiendo al amor de una lejana amistad, tal vez de algo más que eso... y aceptó el destino que le había marcado esa... esa...

— Xena debía morir... y así evitar que la ganara en vida – el odio comenzó a saborearse en sus labios. – Akemi quería su muerte y yo... yo la dejé morir...

Ogay miróa Gabrielle consciente del dolor que los verdes ojos mostraban y sin saber qué decir.

— Pequeño dragón...

Gabrielle se giró encarándose al hombre que la miraba aún apoyado en el suelo.

— ... no todo es dolor, existe la esperanza.

La bestia amarga de su interior no pudo más y las palabras surgieron casi escupidas de su boca con la rabia contenida.

— ¡Que no todo es dolor...! ¡QUE NO TODO ES DOLOR! – gritó Gabrielle. — ¡La dejé morir...! ¡DEJÉ QUE MURIERA SIN NECESIDAD!

Ogay calló mientras las lágrimas rodaban por las suaves mejillas de Gabrielle. Con lentitud, la fuerza de su interior se hizo de nuevo con el control y con dificultad controló sus sollozos, mientras cubría su rostro con ambas manos. Tras respirar intentando calmarse a sí misma, sorbió con suavidad y miró al hombre.

— No todo es dolor... pero dolor es todo lo que yo tengo... – le dijo con lentitud. — Es todo lo que soy.

Ogay respiró eligiendo bien sus palabras.

— Su muerte no es el final.

Gabrielle cerró los ojos por un momento. El cansancio la ganaba por momentos. Demasiado dolor...

— Hay una cosa con la que Akemi no contó.

Gabrielle pasó el dorso de su mano por las mejillas, sus verdes ojos inundados de dolor miraron al hombre casi sin fuerzas.

— ¿Con que? – susurró sin fuerzas.

Ogay suspiró, sus ojos clavados en los llorosos ojos de la joven.

— La mujer de la profecía... ella debe ser amazona.

 

Capítulo VI

Estaba helada. El agua, su cuerpo y su alma entera. Un frío congelador, inerte, de los que se expulsa por la nariz y sientes el dolor sobrepasándote todo tu ser al saber que nada puedes hacer para hacer lo que debes, lo que tendrías que estar haciendo en esos momentos y resignarte a ver deparar el destino sin poder hacer nada por evitarlo. Y sin embargo no te queda más remedio que mantenerte donde estás y esperar a tener tu oportunidad para actuar… esa oportunidad que no llega.

Los ojos de Hasura le habían pedido en silencio que lo hiciera por ella, que se salvara, no tanto por la opción de no poder con los hombres como por el hecho de que ser descubierta equivalía a perder la opción de la sorpresa. Y esa opción era más que necesaria, aun no habiéndolo hablado con la mujer, era esencial en esos momentos. No había necesitado mucho tiempo para comprender porqué Hasura se había sacrificado,aunque asimilarlo era la cuestión difícil de sobrellevar en ello. Con la sinceridad de quien acepta su destino, los rasgados ojos de Hasura le habían indicado qué hacer y cómo, y con la velocidad felina de sus bien entrenadas piernas, su cuerpo había reaccionado por sí sólo sin dejar que el corazón actuara antes que la cabeza. La morena mujer miró rápidamente por el túnel. Las pisadas

de cuatro pares de botas se acercaban, cada vez más rápidas. Lejanamente podía escuchar las voces de los hombres acercarse a la misma velocidad, confiriendo maldiciones y gritos. No quedaba tiempo.

La mano alcanzó por instinto el colgante de la mujer mientras su corazón se paralizaba ante el símbolo. “Huye”. Un giro en sus rodillas y un salto a las oscuras aguas apenas inaudible. Con todas sus fuerzas tomó todo el aire posible dentro de sus pulmones y se zambulló en el helado líquido sin saber qué iba a encontrar frente a sí. El salto fue limpio y con determinación mantuvo los brazos firmes hacia el frente ante alguna posible roca. El frío era enorme, asfixiante. Como miles de puñales clavándose en su piel, la sangre peleó con sus fuerzas por no quedarse retenida en las venas y aguantando con rabia el dolor de cabeza que le surgió de inmediato ante la congelación de sus músculos, comenzó a mover sus brazos lo más fuertemente posible, haciendo que su corazón bombeara, obligándose a no dejar de pelear. Mantuvo la respiración evitando pensar en los sonidos que recibía del exterior y con prudencia, sin dejar de mover el cuerpo, abrió los ojos intentando descubrir algún recoveco dentro de la cavidad. Oscuridad plena y negra como la misma muerte, no lograba encontrar nada que sus ojos pudieran distinguir. Apretó los dientes adelantando las manos y haciendo que sus piernas fueran su movimiento. Enganchado en su mano derecha, el colgante le rozaba la muñeca, mientras con la izquierda comenzó a tantear bajo el agua las rocas. Sentía el barro aferrarse por entre sus dedos a su piel. Una especie de musgo fangoso hacía que las manos le resbalaran mientras buscaban casi desesperadamente una salida que se antojaba cada vez más inexistente.

El dolor de cabeza se hacía más intenso, una aguda punzada que comenzaba a clavársele en medio de la nuca, el frío comenzaba a ganarle la partida… Y entonces notó el calor. Una corriente de agua de temperatura cálida la envolvía las piernas, por debajo de sí misma. Una corriente de agua que se movía bajo ella, y si había corriente entonces… Apelando a toda la energía de la que podía contar, hizo un último esfuerzo y con fuerza buceó hacia la profundidad cerrando los ojos para no pensar. La calidez del agua era estimulante y por reacción sus músculos despertaron. Las manos palparon las rocas siendo sus ojos dentro de la negrura, mientras apretaba con fuerza los dientes sintiendo que el oxígeno se le escapaba por entre ellos. La necesidad era apremiante. Con la fuerza de la histeria al verse en el final, palpó intensamente la roca hasta que sus dedos alcanzaron un leve saliente donde sujetarse. Cerró los ojos con fuerza, mientras ambas manos se unían al saliente, encogiendo los codos para el impulso y con todo lo que le quedaba dentro tiró del saliente con toda la fuerza de que era posible dejando que un desgarrador e inaudible grito surgiera de sus labios en forma de cántico de burbujas. Era todo lo que quedaba, no había más. Estiró los brazos, dejando que se relajaran, al igual que las piernas, permitiendo que la corriente la llevara. No quedaba aire.

***

Las finas manchas blancas de los primeros copos de nieve comenzaron a caer lentamente dejando una leve huella segundos antes de convertirse en fría agua primero y una suave mancha húmeda después, cubriendo el manto verde que bordeaba el camino. El aire apenas se dejaba escuchar en pequeñas ráfagas, silbando por entre las ramas desnudas de los árboles. Los tres pares de pisadas pararon durante unos segundos para mirar la caída de aquellos copos. Gabrielle alzó la mano y una pequeña mancha blanca, suave y frágil, reposara sobre su piel unos momentos antes de desaparecer tras el calor de su cuerpo. Con el dorso se retiró el flequillo de la frente. La humedad del sudor surgido por el esfuerzo de todo un día de camino, y una leve fiebre que parecía no querer curarse le produjeron un leve escalofrío en la nuca. Tras un momento de descanso levantó su suave rostro y sus verdes ojos miraron al cielo. Unas desafiantes nubes grises se encontraban fijamente ancladas frente a ellos, amenazantes, por delante de un camino que ascendía una vez más. El aire traía aroma de tormenta. Una luz mortecina mezcla entre un amarillo y un oscuro grisáceo impregnaba al cielo de tristeza y oscuridad. Con mirada concentrada,dejó que las frías huellas de hielo cayeran sobre su cara y resbalaran por su rostro. Cerró los ojos, sintiendo su tacto en la piel. Tomó una fuerte respiración y exhaló lentamente el aire relajando su cuerpo.

Pocas veces había visto nevar en su vida. Y siempre que había sucedido era preludio de que algo terriblemente fatal sucedería en su vida. En cierto modo siempre había sido así. Aún se acordaba perfectamente de la primera vez que las pequeñas manchas blancas le habían acompañado en su camino, acercándose a la falda del monte Nestos. Apenas sí había tenido tiempo para pararse a mirarlos caer suavemente, hipnotizándose al surgir entre la oscuridad del cielo por primera vez. Su candidez en la caída había dado paso a una fuerte tormenta de nieve que casi acaba con su vida…acabó con la de Xena... También había nieve en la cumbre del monte Amaro, hacía ya tanto tiempo… al igual que en sus cruces. La había sentido clavarse fría contra su cara mientras el dolor del clavo entre sus manos se suavizaba en un “te amo, Xena” surgiendo de sus labios.

Una vez más el manto blanco dejaba verse cuando su vida se encontraba ante un precipicio, posiblemente el más profundo de todos. Y sin embargo, no podía evitar hipnotizarse ante la suavidad de aquellas pequeñas gotas blancas. Abrió los ojos y dejó que sus verdes pupilas se fijaran en el camino que se abría ante sí. Habían pasado ya dos días desde que los dos monjes llegaran a Higutsi y hablaran con ella. Todavía podía sentir la sorpresa en su interior y cómo su corazón se había acelerado al escuchar las palabras del joven monje sobre la profecía, todo el significado que la historia le había otorgado a lo sucedido. La rabia que había sentido, el dolor que el llanto mostraba al darse cuenta de que su amor, su alma gemela, su todo, había muerto sin necesidad, sin el porqué y sin la redención que siempre había anhelado y que había alcanzado hacía ya tanto tiempo. Por unos minutos se había sentido fuera de su cuerpo, como si realmente escuchara el sonido de una voz lejana. Sentada, frente a Ogay, sentí por primera vez en su vida que no era capaz de seguir las palabras de otra persona, y la voz del joven monje resonaba como el eco en su mente. Apenas había escuchado las últimas palabras que le había dicho y tardó en darse cuenta de la magnitud de las mismas.

Cuando su mente volvió en sí se encontró mirando fijamente los rasgados ojos del joven. Éste la miraba preocupado silenciosamente, manteniendo la distancia, pero atento a lo que pudiera sucederle. Entonces sus últimas palabras regresaron a su mente cada vez más limpias e inteligibles. “Era amazona…”. Bajó levemente la mirada dejando que su mente se centrara en la situación. “La mujer de la profecía era amazona”, pensó con claridad. “Amazona”. Tras unos segundos sus verdes ojos volvieron a fijarse en los del monje, esta vez límpidos y centrados, conscientes de lo que las palabras significaban. “¡Amazona!” — Eso… ¿tiene sentido para ti?

La joven mantuvo la mirada firme y las palabras dudaron en salir por entre sus labios por causa del estupor que contenían.

— Tiene sentido… ¡Mucho sentido!.

Dos días después se hallaban inmersos en medio de las montañas de la región más recóndita de Japa. Apenas habían pasado uno y medio desde que salieran de la ciudad camino al templo de los monjes, y aunque el viaje se hacía duro, era desde luego mejor que quedarse quieta esperando que las respuestas llegaran sin razón aparente. La aparición de Ogay se había convertido en un impulso para la joven guerrera, y en cierto modo una señal de que necesitaba salir si quería encontrar las razones a todos los porqués: porqué desapareció la katana, qué significaba aquella profecía y cómo podía lograr alcanzar la posibilidad de que su amada guerrera volviera a ella. No había existido forma de conseguir que reposara ni un minuto más y Shasako había terminado por ceder ante la evidencia: o la ayudaba o se iría sin su ayuda. Punto. Los preparativos quedaban ya lejanos, en una nebulosa de recuerdos, como si hubiera pasado ya un largo tiempo que no era tal. Y sin mirarse a sí misma más que para cerciorarse de llevar todo lo necesario, la joven se había levantado de inmediato y tomado la determinación de buscar el camino que debía recorrer. Basta de lamentaciones, basta de lágrimas. Su dolor era el compañero, no la retención, y si algo la había hecho parar había sido sus propios miedos. Ya no más. ¡No más!

Debía ir al templo de los monjes y conocer más sobre la profecía, qué significaba. Y ello implicaba un largo camino. Abandonaron Higutsi antes del amanecer, aprovechando la escasa oscuridad de la noche para irse. Gabrielle era consciente de que su marcha sería reclamo en los habitantes de la ciudad, y no deseaba que se supiera rápidamente. Sabía que antes o después debería volver, y que su presencia era una fuente de fuerza en una ciudad cuyas heridas aún eran sangrantes. Shasako coincidía con ella y le había prometido mantener en secreto lo máximo posible su ausencia.

Tras unos cuantos kilómetros siguiendo un claro camino empedrado, Ogay le había indicado un pequeño sendero que se perdía en dirección a las montañas. No podía decirse que fueran grandes compañeros de viaje. En los dos días apenas si habían hablado con ella, pero la intuición de la joven le decía que las razones de ambos eran contradictorias. Ogay no la rehuía. Su mirada contenía respeto, e incluso admiración. Y sus palabras eran amables y agradecidas. Tal vez demasiado posiblemente para la opinión de Ari. Él apenas sí había cruzado alguna frase con la joven guerrera, y su mirada era distante, no la mantenía. Sin embargo, era observador, sobre todo del comportamiento de Ogay, como si no aprobara algo en la actitud de su compañero. La joven decidió, tras descubrir esa diferencia de actitud, que lo mejor era mantenerse a un lado… al menos de momento.

El camino había ascendido según las montañas se acercaban. Los árboles eran cada vez más altos y frondosos, el camino arduo y complicado y el aire había pasado a sentirse frío al inspirar. No tardaron en necesitar abrigos para mantener el calor del cuerpo, y las pieles habían sido realmente necesarias para pasar la primera noche. La segunda sería posiblemente similar.

“Anochecerá pronto”, se dijo Gabrielle, volviendo en sí.

A unos pocos pasos de ella, Ogay y su compañero Ari la observaban con serena curiosidad uno, con cierta distancia el otro.

— Es mejor que acampemos aquí — dijo la joven volviéndose y mirado a ambos hombres.

Ogay asintió e indicó a Ari que hiciera lo propio. La joven dejó que sus verdes ojos estudiaran por unos segundos al distante monje. Su rostro era serio, marcado con una fina marca en la piel que la hacía rugosa para la edad que debía tener. Una posible enfermedad de niñez, supuso, que le había dejado marcado para siempre.

“No confía en mí”, pensó Gabrielle mientras dejaba caer la bolsa de su espalda con cuidado. Se alzó de nuevo y suspiró cansada.

Sus manos se apoyaron por instinto en la cintura, donde el chakram colgaba reluciente de la cinta de cuero, sobre la cadera de la joven. Se había acostumbrado rápidamente a su peso, ya casi era una parte más de sí misma. Con dedos sabios, rozó el filo, dejando que surcaran parte de la letal curva, dejando perderse por la suavidad de su tacto. No había vuelto a lanzarlo, aún no se sentía capaz, y en gran medida el miedo a que no volviera a ella le atenazaba.

Un nuevo suspiro. Sus verdes ojos miraron a su al rededor. Se encontraban en medio de un tupido bosque en el que los arbustos y grandes árboles se mezclaban en la espesura de color verde oscuro. Unas pequeñas huelas de piedras colocadas hacía ya muchos años atrás indicaban parcialmente un camino que hubiera pasado por alto para ojos inexpertos. Para Gabrielle, sin embargo, su continuidad resultaba clara y evidente. Ogay había dejado que ella abriera el camino de la marcha, desconocía si era así porque quisiera ponerla a prueba o porque había entendido que encabezar el camino la ayudaba a sentirse fuerte. O tal vez quería evitarla, o evitarse problemas con su compañero.

Miró hacia la derecha del camino, donde un gran árbol cubría un pequeño remanso de ramas a sus pies. Su tronco era amplio, viejo, recubierto de musgo por su parte exterior, donde el viento había azotado con mayor fiereza. Con paso calmado se acercó a él y con suavidad rozó el tronco por su lado interior: de momento estaba seco. Se agachó al suelo y tomó una brizna de tierra entre sus dedos, sintiendo la sequedad de la misma. Volvió su mirada hacia la parte alta del árbol y vio cómo las ramas altas creaban un leve techo por encima de sus cabezas. Las nubes seguían grises, y los copos mantenían su caída, y si bien tampoco aumentaban en número, la probabilidad de que el tiempo empeorase era alta y aún estaban lejos e las zonas más rocosas, donde una gruta hubiera supuesto un refugio más que agradecido.

— Aquí estaremos calientes por el momento— dijo casi murmurando para sí misma.

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