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XWP Alt » Aquí en corazón, allí en guerra » 06
:: AQUÍ EN CORAZÓN, ALLÍ EN GUERRA ::
Retomó sus pasos hasta la bolsa, la tomó de nuevo y la acercó al tronco, mientras dejaba que Ogay y Ari buscaran un pequeño espacio algo alejado de ella. Como el día anterior no dormirían a su lado. Shasako ya se lo había previsto: la presencia de mujeres era una cuestión esquiva para los monjes de la orden de Hui Ko. No eran un buen presagio dentro de sus normas, y evitaban acercarse a las mismas siempre que podían evitarlo. El joven monje que acompañaba a Ogay así se lo había mostrado, evitándola en lo máximo posible. No se acercaba a ella salvo necesidad, intentaba no mirarla más que de refilón y sin que ella aparentemente e diera cuenta, cosa que no sucedía. "Supongo que llevar armas en mi cintura n ayuda", se dijo la joven mientras recogía con las manos un pequeño montón de ramas secas. A base de arrastrar pequeños trozos de madera esparcidos consiguió crear un pequeño colchón lo suficientemente bando como para descansar cómoda y echó sobre las ramas una ligera manta de pieles ocre para acomodarse lo mejor posible. Sintió tras ella los pasos de Ogay acercándose y no necesitó mirar para sentir cómo dejaba un pequeño montón de ramas más grandes junto a la bolsa de la joven.
– Gracias – dijo ella mirándole por un segundo. Ogay asintió con un leve movimiento de cabeza sonriendo levemente antes de retirarse hacia su pequeña zona. Tomó las ramas y preparó el montón para la hoguera que sin duda iba a ser necesaria para sentirse caliente. Con manos expertas tomó dos piedras de la bolsa y tras colocar un pequeño trozo de pergamino entre la madera seca golpeó con firmeza ambas rocas entre sí, dejando que la luz de unas leves chispas se reflejaran en el verde intenso de sus ojos, unas luces que pronto prendieron convirtiéndose en fuego. Acercó las manos buscando el calor de la hoguera, las acercó a sus labios y dejó escapar su caliente aliento por entre ellas intentando sentir menos frío en sus dedos. Y con suavidad se sentó sobre la piel. Disimulando observó a ambos jóvenes asegurándose de que estaban bien. Buscó en su bolsa sacando un pequeño pedazo de pan y de queso que Shasako había añadido y masticó con suavidad, mientras revisaba las leves heridas que tenía en u cuerpo. Éstas cicatrizaban más rápido de lo que ella misma había esperado, lo que era un consuelo dentro del dolor muscular que la marcha le estaba otorgando.
Miró nuevamente la hoguera sintiendo que el calor comenzaba a enrojecer sus mejillas a sabiendas que parte del calor pertenecía a la fiebre que arrastraba. Los profundos cuidados de Shasako la habían reducido casi por completo, pero parecía querer resistirse algunos días más. Sacó de la bolsa una pequeña tela de cuero atada con una cinta marrón y la abrió, mirando el polvo verde, entre los restos de hoja machacada, que la mujer le había preparado y con desgana la mezcló con un poco de agua y bebió evitando mostrar gesto de asco a pesar del horrible sabor.
Lentamente se tumbó en la piel y tomando una más de su bolsa, dejó los sais a mano, cerca de su cabeza, junto a la funda azul oscura de su katana, mientras dejaba que el chakram siguiera sobre su cadera y tras mirar el fulgor rojo de las llamas, se prohibió a sí misma dormirse profundo. Los verdes ojos e cerraron y su cuerpo se relajó. "El mañana nos espera".
***
El chillido de un águila sonó en la profundidad del cielo. La noche había traído una mañana cubierta de un alto manto blanco y una desapacible niebla que parecía humedecerlo todo. Cuando Gabrielle abrió los ojos, sintió rápidamente el ambiente helado y tuvo que parpadear varias veces hasta acostumbrarse al frío que la rodeaba. Con lentitud aún algo dormida movió la piel que la protegía y cubría, dejando que la nieve que se había alojado encima cayera por un costado mientras las mejillas se le enrojecían por el contraste al calor de su cuerpo. "Brrr…", un escalofrío recorrió su espalda mientras se levantaba levemente. Con ojos ya más serenos revisó rápidamente el campamento, centrándose momentáneamente en los dos bultos unos escasos metros más allá de ella. Pudo sentir el movimiento regular de dos
respiraciones y suspiró restregándose levemente los ojos con el reverso de su mano. El campamento estaba prácticamente cubierto por el manto de la tormenta de la noche. La hoguera se había apagado y casi cubierto por completo. El pequeño manto de ramas secas había desaparecido por completo y el camino había dejado de mostrar las huellas. "Será un día largo", se murmuró la joven por lo bajo.
Tardó apenas unos minutos en estar preparada e incluso le dio tiempo a preparar un pequeño desayuno frío. Con calma se acercó a los monjes intentando hacer ruido, cosa que funcionó. Ogay levantó la cabeza asustado, mirando con sorpresa los verdes ojos de la joven.
– Hemos de continuar.
No tardaron demasiado en prepararse y tomar camino nuevamente, en completo silencio. Gabrielle abría una vez más el camino, aunque esta vez la razón evidente por la falta de visión del camino había llevado a que tomara por sí misma la opción de revisar las pequeñas señales que les indicaran que iban hacia el camino correcto. Con firmeza el paso de la joven seguía sin dudas la dirección. La capa blanca que los rodeaba no escondía por completo rocas, ramas e intuición, y a estas alturas de su vida, la habilidad de seguir correctamente un rastro era casi un habitual.
Por unos segundos sus pies se pararon y esperó a que Ari y Ogay la alcanzaran. No estaban acostumbrados a un esfuerzo por la nieve, y en comparación con el firme y musculado cuerpo de Gabrielle, era evidente que mantener su ritmo resultaba complicado para ellos. La mano de la joven revisó los bolsillos de su abrigo marrón, encontrando un pequeño paño que ofreció a Ogay una vez llegó a su altura. El joven monje miró interrogante el paño antes de que Gabrielle diera media vuelta y siguiera sus pasos poniéndose al lado del monje. Éste abrió el paño y se quedó mirando los pedazos de queso de su interior.
– He observado que no habéis comido nada – dijo la joven. Ogay la miró agradecido pero negó con la cabeza.
– Lo siento, señora – respondió. – Nos está prohibido comer con mujeres delante.
Gabrielle le miró extrañada. Levantó una ceja interrogante.
– ¿No está bien visto?
Ogay cerró el paño ante la atenta mirada de un retrasado Ari.
– No – dijo secamente.
Gabrielle pensó por un segundo una réplica pero prefirió guardársela al menos por el momento. Aún le costaba entender la posición de las mujeres en esa tierra. Un papel de mujer jarrón no es lo que ella desearía para nadie, y ni aún en los peores reinos había visto una posición semejante.
– ¿Hay algo de mí que te incomode, o que no sea correcto?
Ogay siguió andando. Sus gestos denotaban que distaba de encontrarse incómodo ante la joven, pero la intensa mirada de Ari detrás de él era un aviso, y prefirió callar.
– Ya veo… – murmuró Gabrielle. – No le caigo bien, ¿uh?
Ambos siguieron andando a través del manto blanco entre los árboles, dejando que el tercero en discordia les siguiera siempre a una distancia prudencial pero alejado de la presencia de la guerrera.
– No es eso – respondió Ogay.
– ¿Entonces?
Por unos segundos el joven monje mantuvo el silencio.
– No está acostumbrado a la presencia femenina… – respondió tímidamente el joven. – Y nuestras costumbres no incluyen que la mujer porte…
– …Una espada, ya – terminó la joven. – ¿Me tiene miedo?
Era evidente que algo habían hablado entre ellos, algo relacionado con ella y que tenían puntos de vista diferentes. Ari había pasado de mirarla con un respeto lejano, en parte con un cierto temor, a mirar más a Ogay y estar atento a sus movimientos. "En fin…". Ogay mantuvo el silencio y Gabrielle prefirió dejarlo ahí.
La mañana no trajo consigo una mejora del tiempo, y la humedad de la niebla se pegaba a la piel intensamente. El camino había dado varios giros y a pesar de que la joven guerrera poseía una buena capacidad de orientación, se preguntó hasta que punto debían subir por el laberinto de montañas. El cielo seguía cerrado y la nieve e acumulaba entre las ramas de los árboles.
Ambos monjes seguían n el obcecamiento de dejar que fuera ella quien encabezara el grupo, si bien el ambiente entre los dos se había vuelto tenso. "Hombres".
– Ogay – llamó ella.
El joven monje se quedó mirando a su compañero un momento y aceleró el paso después antes de que Ari dijera nada. Alcanzó a Gabrielle tras un poco de esfuerzo, y mantuvo su paso, dejando una distancia más que evidente entre ellos.
– ¿Va todo bien?
Ogay la miró un segundo, dejando que un leve rubor de sus mejillas surgiera sin quererlo. Gabrielle hizo como si no lo notara.
– Si, solo…
– Hemos llegado – la profunda voz de Ari sonó por detrás de ella con un tono más cortante.
– Que gentil. Ogay agachó la cabeza con aire de culpabilidad y paró, dejando que Gabrielle se adelantara y se separara algo de él.
El camino seguía rodeado de dos frondosas hileras de abetos cuyas ramas desnudas daban un cariz tenebroso. La nieve se había acumulado en sus troncos, como pequeños montones en los que hojas secas, ramas y copos creaban una mezcla grisácea. Podía ver un poco más adelante cómo el camino giraba a la derecha, y en medio de la curva, algo brumoso por una suave niebla, el camino e dividía dando un pequeño giro a la izquierda. En la entrada del giro un pequeño puente de piedra vadeaba el arroyo congelado y cubierto de nieve.
Gabrielle se acercó unos pasos más y pudo distinguir dos pequeñas esculturas en ambos brazos del puente. De apenas unos centímetros de largo, dos pequeños dragones de piedra custodiaban el comienzo del camino. Las mandíbulas abiertas en actitud desafiante mostraban la fiereza propia de lo legendario, pero cada parte, cada detalle, el más mínimo de ellos, pulcramente labrado en la piedra, era idéntico al que su espalda escondía bajo los ropajes. Un suave calor partió en ese momento por su columna, desde la parte inferior hasta centrarse en sus costillas profundamente.
Gabrielle miró uno momento a ambos dragones y se giró hacia los monjes. Ogay mantuvo la mirada un segundo antes de agachar la cabeza en un gesto que la joven no supo interpretar. Ari, sin embargo, la miró desafiante, sus rasgaos ojos negros sonreían por detrás de la seriedad de su rostro.
– Debes seguir… – dijo éste secamente. – Sola.
Gabrielle mantuvo unos segundos la mirada desafiante del monje. "Definitivamente no le caigo bien", pensó por un momento. Giró sobre sí misma y apretó los labios con determinación antes de continuar el camino. "Sea lo que sea lo que me espere…".Su silueta se perdió entre la niebla.
***
– ¡AAAHHHHH…!.
El esbelto cuerpo de la guerrera surgió con fuerza de las aguas boqueando intentando encontrar el aire que se había hecho tan necesario. La boca se abrió buscando oxígeno que parecía no llegar, mientras unas leves convulsiones daban paso a una fuerte tos semiahogada entre el agua que salía de sus pulmones. Abrió los ojos, dejando que las náuseas del esfuerzo ganaran a la tos mientras no podía evitar las arcadas. Intentó calmar la angustia que se agolpaba en su pecho mientras la respiración comenzaba a calmarse y a hacerse regular. Miró a su al rededor sintiéndose incapaz de enfocar. La punzada de dolor que cruzaba su cabeza no dejaba que su mirada pudiera decirle dónde se encontraba. Cerró los ojos nuevamente e intentó relajar el cuerpo. Sintió cómo sus piernas se calmaban tras los últimos momentos de esfuerzo final y subían, condescendientes, a la superficie. Estiró los brazos, haciendo que su cuerpo se quedara en completo reposo flotando sobre las aguas mientras su respiración se tranquilizaba. Tomó aire una vez más, un aire fresco, vivo, que le hizo sentir correr la sangre una vez más por su cuerpo.
Se quedó así durante unos minutos, hasta que sintió que su cuerpo se recomponía después de haber estado sin respirar más tiempo del que nunca hubiera estado, centrándose en los sonidos que surgían por encima del agua. Silencio. Un sonido a goteo cerca de su cabeza le indicó que había techo sobre ella sin necesidad de abrir los ojos. Y al fondo, muy profundamente, sentía que la corriente seguía un curso más profundo. Más cercanamente, su propia respiración sonaba cada vez más fuerte y regular hasta que finamente abrió los ojos. Sobre ella un gran techo de piedra sin aberturas podía distinguirse gracias a una leve luz que surgía lejana a uno de los lados de la cueva. Se alzó en el agua y miró hacia los lados para situarse mejor sin dejar de mover los brazos.
Se encontraba en una nueva abertura, más grande de donde había dejado a Hasura, en la que el agua lo cubría prácticamente todo, como un pequeño estanque. De hecho si no fuera por el calor del agua casi se habría podido jurar a sí misma que se encontraba en la misma cueva.
Xena comenzó a nadar lentamente, intentando evitar salpicar el agua, sin dejar que sonido aluno partiera de ella. Necesitaba conocer dónde se encontraba y qué le rodeaba realmente. Con suavidad alcanzó una de las orillas del estanque sintiendo, al contrario que en el otro lado, que la profundidad se perdía según se acercaba a la piedra seca. Introdujo un momento la cabeza en el agua y abrió los ojos intentando descubrir qué había en la parte inferior, pero la negrura era mayor que la visión. Calculó la profundidad y con movimientos felinos dejó que sus piernas se estiraran bajo el agua hasta alcanzar un saliente. Cuidadosamente dejó que sus dedo fueran sus ojos hasta asegurarse de que no se encontraba nada indeseable bajo ella, y se apoyó finalmente con firmeza sobre la roca sumergida. Lentamente salió del agua escuchando atentamente a cualquier sonido que le indicara peligro o al menos vida, si es que eso era posible en ese inframundo. La luz tenue que apenas ofrecía un rayo con el que iluminar la estancia procedía de una pequeña abertura a unos tres metros de altura sobre su cabeza. Los azules ojos revisaron el terreno al rededor de la guerrera. Agua y unas pocas rocas por encima de la misma, al margen del pequeño rellano tan grande como un pequeño carro en el que se encontraba. "No es mucho…", pensó apretando los labios. "Pero al menos no estoy bajo el agua para siempre".
Giró sobre sí misma y sopesó por unos momentos el camino que debía recorrer para alcanzar la abertura de la luz. Tomó un poco de aire sintiendo el dolor del esfuerzo en sus pulmones y repentinamente el cansancio del esfuerzo y la tensión de hacía unos minutos salieron a la luz. Miró a los lados nuevamente intentando distinguir alguna posible abertura mayor por donde pudieran sorprenderla, palpando con las manos en aquellos rincones donde la luz no le dejaba ver lo suficiente, y ras asegurarse que nadie podía entrar sin ser oído, decidió dejar rienda suelta a su cansancio. Apoyó la espalda sobre la suave pared de piedra lisa y cerró los ojos mientras su cuerpo se deslizaba hasta sentarse con firmeza en el rellano. Sus labios dejaron escapar un suspiro. Estiró las piernas, sintiendo una pequeña punzada de dolor en su muslo derecho. Abrió los ojos y descubrió un feo rasguño atravesando su parte superior de la pierna de unos pocos centímetros. "Debí hacérmelo con alguna roca" se dijo mientras con las manos lo observaba con detenimiento. Nada grave, una pequeña cicatriz para unos días. Agachándose tomó algo de agua del estanque y se limpió la herida lo mejor que pudo, dejando tras hacerlo una clara incisión menos profunda de lo que parecía al principio. Volvió a cerrar los ojos, dejando sus brazos inertes a ambos lados de su cuerpo, hasta sentir el cordón de cuero al rededor de la palma de su mano derecha. La imagen de Hasura ofreciéndole arrancándose el cuero de su cuello traspasó la mente de la morena mujer mientras alzaba el brazo para dejar el colgante a la altura de sus ojos. Y la sorpresa volvió a ellos mientras los azules ojos miraban extasiados un pequeño medio chakram plateado colgar ante sí.
Capítulo VII
Las botas se hundían cada vez más en la nieve y andar se estaba convirtiendo en una cuestión más cercana al imposible que a la realidad. Tomó nuevamente aire, con fuerza, soltándolo según alzaba una vez más su pierna izquierda, dejando que un leve sonido a succión surgiera del suelo al conseguir sacar una vez más el pie completo del manto blanco.
Las mejillas le ardían, no sabía con exactitud si por el esfuerzo o porque la fiebre, persistente, había aumentado algo desde que entrara en ese bosque convertido infierno. Podía sentir en su interior cómo cada respiración le enfriaba los pulmones, congelándolos, y el vaho que la boca expulsaba en cada exhalación hacía que una pequeña parte de su calor se perdiera por entre las ramas de los árboles.
La tormenta de nieve se había transformado en una barrera casi infranqueable en la que el viento, sin contar el hielo que se le clavaba en la piel de su cara a cada soplo de ventisca, blandía con esmero su espada negándole la posibilidad de adelantar más camino del que unos centímetros por paso podía permitir. Los dos dragones de piedra que flanqueaban el puente se habían quedado atrás hacía ya un rato y el camino había perdido por completo sus huellas. La posibilidad de volver sobre sus pasos era algo inútil, a pesar de su orientación, y la oscuridad de la cercanía de la noche hacía acto de presencia con rapidez.
Gabrielle levantó su brazo frente a su rostro, protegiéndose los verdes ojos de una nueva acometida del viento, intentando evitar que los copos se introdujeran en sus pupilas mientras procuraba calcular la distancia que quedaba al recodo superior de rocas que viera al comienzo de la ascensión. Sabía que le quedaban pocos metros, pero con la fuerza que se iba perdiendo a cada momento se le antojaba la sensación de que el paisaje se retrasaba con vida propia de ella. Los árboles, que horas atrás habían conferido una protección agradable para pasar la noche, habían ido transformándose en cúmulos de pequeños y estirados troncos cuyas ramas azotadas por el viento eran látigos silbantes y no en pocas ocasiones su rapidez, cultivada con los años, le había permitido protegerse de más de un golpe.
Con mirada concentrada en el suelo, la rubia joven sintió una nueva ráfaga acercarse por su derecha y el sonido hizo que acertadamente levantara de nuevo con rapidez el brazo, donde un leve golpe seco de madera volvió a fundirse con el cuerpo de su abrigo. Instinto. Es lo que la estaba salvando de caer en alguna de las profundas acumulaciones de nieve que el manto había escondido. Sabía que una caída que la sepultara hasta la cintura era lo peor que podía sucederle en esos momentos: ni podría salir, ni podría pedir ayuda a tiempo. En aquellos sitios que la nieve aparentaba ser blanda giraba sus pasos y esquivaba la pequeña montaña; en los que la duda era mayor, blandía uno de los sais y atacaba el manto para calcular la profundidad y aunque eso la retuviera, al menos sería más seguro para sus pasos.
Con sumo cuidado alcanzó una pequeña roca y consiguiendo el equilibrio suficiente con ambos pies, se elevó con fuerza, afrontando el viento, para ver lo más fielmente posible el camino que aún quedaba por delante. La ventisca y parte de niebla hacían que conseguir descubrir qué existía más allá de dos metros delante de sí misma fuera toda una prueba de esfuerzo a riesgo de que sus ojos se vieran dañados, pero su ávida mirada había aprendido a sentir más allá de lo que sus ojos le decían, y pudo ver con dificultad cómo la sombra de los finos árboles terminaba unos metros más adelante. El bosque terminaba delante de sí, y una amenazante pendiente blanca arrancaba apenas a veinte metros de sus botas como un muro alto. Y más arriba, siguiendo la vista hacia el cielo, el perfil de un encaramado gris rocoso se dejaba vislumbrar entre las ráfagas repletas de nieve.
"Sólo un poco más".
Los verdes ojos se abrieron levemente clavándose en el perfil pétreo del fondo, cargados de determinación. Tras asegurarse de que sus fuerzas acompañaban, miró a ambos lados de sí. Los árboles, efectivamente, ya no eran tan abundantes y la nieve se acumulaba más lentamente sin ellos camino adelante. La posibilidad de hundirse sin esperarlo era igualmente mayor, incluso más. No podría contar con las ramas en caso de hundirse, y las raíces de los árboles endurecían el terreno. Consciente de ello, Gabrielle se agachó para protegerse del viento mientras buscaba ramas cerca de ella. Con rapidez cogió unas pocas bastante grandes e igualmente resistentes y con mano firme, usando uno de los sais con una velocidad que pocos hombres hubieran visto nunca, cortó varios pedazos del tamaño poco mayor de su pie. Cuando consideró que ya tenía los suficientes, los apoyó en la roca, sujetándolos con fuerza bajo su peso. Buscó a tientas dentro de su bolsa y tiró con fuerza en cuanto sintió el tacto de la fina cuerda que buscaba. Con paciencia, dejando que sus pies mantuvieran el equilibrio del cuerpo entre las estocadas del fuerte viento, enganchó poco a poco cada tramo de rama, girando finamente entre las puntas de cada pedazo, dejando las más grandes y gordas en el centro y reduciendo su tamaño según alcanzaba el exterior, hasta que remató el contorno con un trozo más largo de cuerda. Una vez hecho esto, tomó dos hebras y sujetándolas entre los dientes con firmeza, giró entre ellas creando un a trenza simple, lo suficientemente fina como para anudarla sin problemas al contorno exterior a uno y otro lado, y lo suficientemente firme como para soportar la subida que quedaba por delante.
Tras varios minutos de pelea con el frío viento y la velocidad de unos dedos que iban entumeciéndose según la nieve los golpeaba, Gabrielle dio por terminado el trabajo que había trazado en su mente, y miró con cierto orgullo escondido las dos pequeñas raquetas de pie. "Vamos" se dijo con fuerza a sí misma mientras se las calzaba con rapidez. "¡Probemos!", y dicho esto se dejó caer contra el cúmulo de nieve bajo la piedra. Por unos momentos sintió cómo su cuerpo se hundía rápidamente. Un fuerte temor hizo que su corazón comenzara a latir con fuerza, según sus pies se introducían en la nieve. De pronto la bajada frenó en seco, apenas a unos pocos centímetros bajo sus rodillas.
– Funciona… – murmuró, mirando hacia abajo, bajo sus pies, donde las ramas habían soportado sin problemas su peso. Podía ver parte de la madera sobresalir tras haber hecho un profundo semicírculo donde había pisado.– ¡Funciona!
Una amplia sonrisa surgió por un momento en su rostro. Su corazón fue ralentizándose poco a poco, según sus pasos volvían a la guerra personal que mantenían con el terreno. Los árboles dejaban silbar al viento con fuerza mientras la oscuridad de las nubes mantenían el cielo completamente cerrado. Sin embargo la oscuridad fue desapareciendo según sus pasos comenzaban a dejar atrás los últimos árboles y el silbar de la ventisca se perdió poco a poco según las ramas desaparecían de su al rededor. Una explanada blanca se fijaba frente a ella, y sus pasos, fuertes y constantes se vieron acompañados del jadeo ante el esfuerzo que mantener el ritmo implicaba. La joven guerrera apretó con fuera la mandíbula mientras luchaba por mantener el equilibrio dentro de la tormenta y el viento. Con la vista fija hacia el frente, lo que en la distancia eran unas simples sombras oscuras se fueron convirtiendo en un gran grupo de rocas que coronaban la cima de la ascensión. Casi planas, a capas, mostraban un aspecto fiero desde la parte inferior. Gabrielle fijó sus verdes ojos en las sombras y sintió un fuerte calor en el interior mientras se centraba en subir hasta ellas, consciente de que en las rocas el cobijo sería más cómodo que el hielo del suelo.
No quedaban ni veinte metros para llegar cuando una voz en el viento llamó su atención. Los pies de la joven pararon en seco mientras levantaba la cabeza atenta, escuchando completamente concentrada. El viento susurraba con fuerza a través del granito, chillando furioso y por un momento no pudo más que dudar de su oído. Imaginaciones o no, se mantuvo quieta, dejando que el viento la golpeara de frente, sin temor.
En el momento en que iba a retomar su ascensión, volvió a escuchar palabras. De hecho, era el viento el que las traía a ella. Abrió los ojos todo lo que pudo, parando el movimiento de su pierna a un nuevo paso de inmediato, concentrada. Los verdes ojos brillaron con fuerza, dejando de sentir el frío colarse por entre sus ropajes. Había escuchado algo. Sin duda. Y si era el viento el que traía la voz, debía de ser alguien situado en la cima, cerca de las rocas.
En un instinto creado con los años, sacó de golpe sus sais de las botas. Las manos, fuertemente unidas a los mangos, comenzaron a trabajar. Rápidamente descubrió que clavarlos a la nieve le permitía dar pasos cada vez más rápidos, ayudándose de los brazos, a una velocidad que aumentaba con cada metro. Jadeó momentáneamente para recuperar el aliento, sintiendo cómo una gota de sudor recorría la suave piel de su espalda, causándole un leve escalofrío. Entrecerró los ojos y miró: apenas diez metros. Quietud. El viento seguía siendo fuerte e incómodo, pero también un gran mensajero, y tras unos segundos de inmovilidad, llegó claramente a sus oídos.
– ¡SOCORRO!
Gabrielle miró con intensidad, intentando descubrir el lugar más cercano de donde procedía la voz, sin conseguirlo. No tardó ni un segundo de recuperación en dudarlo y con toda la energía que la ascensión había mermado, alargó todo lo que pudo sus zancadas, apoyándose en las ramas atadas a sus botas. Los sais dolían en la palma de sus manos según
los clavaba, una y otra vez, impulsándola. Podía notar cómo los dedos escocían en el corazón del esfuerzo, enclavados en el hielo de la nieve hasta dolerle. No sería la primera vez que peleaba contra los elementos en desventaja, y con la experiencia la batalla se había convertido en una victoria más fácil de alcanzar. Pero debía admitir que estaba siendo más duro de lo que hubiera esperado.
Se le antojó una eternidad hasta que alcanzó la primera roca. Con fuerza impulsó la energía en su mano derecha mientras intentaba clavar el sai. Cuando el filo se introdujo en la nieve notó la imposición de la piedra al final, golpeando el mango a su mano. Levantó sus verdes ojos descubriendo los picos grises del granito. "¡Vamos!". Sintió el calor de la alegría en su interior mientras se colocaba los sais en las botas. Con toda la rapidez que sus congelados dedos le permitían se zafó de las maderas y dio un pequeño salto para alcanzar un terreno más seguro, allá donde la piedra era palpable a simple vista.
– ¡Ayuda!
La voz era ahora más nítida y cercana, una voz suave, extenuada, niña. La joven guerrera intentó moverse lo más rápido que pudo por la roca, pero el abrigo de piel, mojado por la nieve, pesaba mucho y dificultaba sus movimientos. La intensidad del grito le advertía de que no quedaba tiempo: pasara lo que estuviera pasando, no había tiempo. Rápidamente, tiró la alforja al suelo y comenzó a zafarse del abrigo. Tras unos segundos de pelea, brazos y piernas quedaron liberados. El viento golpeó con fuerza y sintió su cuchillo clavarse en su cuerpo, traspasando la hakama a la altura de sus rodillas. Sentía las mejillas ardiendo del esfuerzo y su aliento expulsaba una bocanada de vaho a cada expiración. Alzó el brazo una vez más, protegiendo el rostro de la última ráfaga, mientras se concentraba en intentar escuchar algo más allá del grito etéreo entre las rocas.
Un apenas audible sollozo surgió a su derecha, al otro lado de la cima. Gabrielle giró rápidamente la cabeza, buscando el origen del sollozo, pero no vio nada. Apretó los dientes. Un calor familiar recorrió sus venas; ese que tantas veces surgía cuando un nuevo reto se presentaba frente a ella; el que había sentido tanto tiempo atrás nada más cerrar la puerta de madera antes de alejarse con paso firme de su casa. Volvió la cabeza, buscando el camino más seguro hasta la zona de donde había procedido el sollozo. Con cuidado, aguantando el equilibrio a cada sacudida de viento, alcanzó el pico superior de la roca en la que se encontraba. Una vez llegada arriba, se agachó evitando la fuerza de las ráfagas, enganchándose con dedos firmes a una pequeña hendidura en el granito. Con fuerza se aseguró de poder examinar sin riesgo el lado contrario de la montaña.
Intentando evitar el más leve movimiento brusco, acercó la cabeza al otro lado de la roca. Sus verdes ojos se abrieron de inmediato.
– ¡Dioses! – Exclamó evitando el respingo ante una leve sensación de vértigo que buscaba la boca de su estómago. Tragó saliva, sintiendo la sequedad de su boca.
La caída era enorme, increíblemente profunda. La montaña se partía de golpe hacia su lado inferior, como si un gigante hubiera usado su espada para partirla en dos y hubiera quitado una de las mitades. Una herida vertical tan fuerte que sus verdes ojos no alcanzaron ver el fondo, sólo una espesa niebla, ennegrecida, muy abajo. Fuera lo que fuese lo que se situara más allá del colchón nebuloso, era obvio que no resultaría nada blando. Las piedras grises sobresalían un poco más abajo de su apoyo apenas unos centímetros, de forma intermitentemente escalonada. No había raíces, ni plantas, sólo dura piedra y vacío. Gabrielle cerró momentáneamente lo ojos, intentando enfocar desde su propio interior las fuerzas que iba a necesitar. No le gustaban las alturas. No es que fuera como toda una travesía de barco hasta Grecia, desde luego. Pero la idea de caer y volar sin alas no le entusiasmaba. "¿Donde estará el casco de Hermes cuando se necesita?", bromeó sorprendiéndose de su propio sarcasmo. Sonrió brevemente. "Comienzo a parecerme realmente a ti…".
Los dedos apretaron la roca ante la fuerte insistencia del viento, volviéndola en sí. Con fuerza se alzó aguantando las envestidas del viento. Los sollozos eran muy suaves, agotados, casi inaudibles. Sin embargo, apenas la separaban unos pasos de donde procedían. Miró a su derecha: estuviera donde estuviera quien lo emitiera, estaba cerca, muy cerca. Miró fijamente, recorriendo las rocas palmo a palmo, intentando centrarse en cada pequeño saliente o extraño que pudiera ser algo diferente al gris de la roca. Nada. "¿Dónde…?". Frunció el ceño de impotencia, intentando aumentar lo máximo su mirada y volvió a repasar la pared.
De repente una pequeña mancha de un oscuro azul sobresalió un momento por detrás de un saliente y una pequeña mano se estiró, buscando un sitio donde aferrarse en vano.
– ¡AGUANTA! – Gritó la joven con todas sus fuerzas.
Su mente calculó de inmediato la distancia entre su roca y el pico inmediatamente superior a donde había visto la mano. Flexionó levemente las rodillas y arrancó a correr lo más rápido que pudo, hasta una pequeña elevación gris. En cuanto se acercó apoyó con toda la fuerza que guardaban sus piernas en el saliente y se impulsó hacia delante, dejando que su cuerpo se girase hacia adelante dando un salto mortal. Las piernas amortiguaron la caída, consiguiendo con los brazos el equilibrio que el viento amenazaba con hacerle perder. Una vez recuperada del salto se dio de inmediato a subir hasta el saliente. Con toda la rapidez de que era capaz, se tumbó sobre la dura roca y se impulsó hacia el vacío, dejándose sobresalir hasta su pecho. El viento arreciaba y se hacía toda una hazaña mantener el control de los brazos. Volvió a protegerse una vez más con el dorso del brazo mientras buscaba con desesperación el lugar donde había visto la mano.
Apenas a cinco metros bajo ella una pequeña cabecita negra se afanaba en intentar mirar hacia arriba.
– ¡Ya estoy aquí!
Gabrielle comenzó a mirar al rededor suyo buscando algo que pudiera usar como agarradera. Pero no había nada más que piedra inerte. Ni una raíz, ni nada parecido a un arbusto en el que acomodarse. La desesperación comenzaba a hacerse presa de su corazón, desbocado por el esfuerzo y la tensión. Sus manos palparon de inmediato su propio cuerpo. De repente abrió los ojos de par en par, mientras sus dedos comenzaron a trabajar rápidamente. Con toda la agilidad que la congelación de su piel le permitía, intentó soltar el nudo del cinturón. "Vamos, vamos, vamos….". Tras unos segundos de pelea entre el dolor de sus dedos y la presión del nudo que enmarcaba fuertemente el obi azul en su felino cuerpo, la tela cedió. Tiró de ella, retirándose de su cintura tras varias vueltas, y la lanzó hacia la pendiente. – ¡Cógete del cinturón! – Gritó con toda su alma hacia la nada. – ¡Vamos!
Un pequeño brazo sobresalió del saliente, buscando con la mano desesperadamente. Gabrielle apretó la mandíbula: faltaba un metro, ¡era demasiado corto!.
– ¡Maldición…! – Masculló entre dientes con rabia.
Recogió la azul tela mientras miraba desesperada a su al rededor. La roca estaba repleta de pequeñas heridas, hendiduras de apenas un centímetro de grosor, demasiado pequeñas para sus dedos y sin embargo…
Tomó rápidamente uno de sus sais y cogiendo el puntal del obi se afanó con toda su energía en anudarlos. Cruzó por debajo de ambos tridentes la tela y la ató con fuerza, mientras el viento se peleaba por convertir su haori en una cometa. La joven sintió como su chaqueta volteaba cada vez con más energía hacia fuera, una vez suelta del cinturón, impidiéndole moverse. Los gritos bajo sus pies eran cada vez más desesperados. Finalmente se decidió por dejar a un lado su chaqueta. Sus desnudos hombros, apenas protegidos por la blanca tela inferior que llevara al llegar a Japa, se estremecieron al sentir el frío por ellos, pero al menos así sus brazos estaría libres de incomodidades. Con rapidez endiablada, Gabrielle se acuclilló a lo más cercano del saliente, dejando que una pequeña hendidura se situara entre sus rodillas. Alzó el sai y tomándolo con ambas manos lo lanzó contra el hueco. El sonido entre el filo y la roca chasqueó entre sus dedos, pero fue firme. Con suavidad dejó de sujetar el sai, asegurándose de que a pesar del peso podría aguantar la presión. Tomó la punta contraria del obi y se la aferró con fuerza, dándole un par de vueltas al rededor de su mano.
Relajó unos segundos los músculos de su cuerpo, mientras situaba su esbelta figura de espaldas al vacío. Podía sentir una mirada clavada en su espalda, suplicante. Con agilidad, sus pies comenzaron a descender por la roca. Buscando cada pequeño saliente en el que apoyar aunque fuera apenas la punta de sus pies, los dedos se enclavaban en la hendidura todo lo que podían. Podía sentir las heridas del roce con la piedra abrirse paso por su piel, pero se encontraba más allá del dolor. En unos segundos que se le hicieron eternos consiguió descender más allá de su cabeza, dejando que la pared de piedra se enclavara sobre ella, evitando tirar del cinturón.
A penas quedaba un metro para alcanzar el saliente cuando su pie derecho resbaló por el hielo de la piedra. Por un momento su cuerpo cayó hacia atrás, sintiendo el vacío en su piel. Su mano aferró con todas sus fuerzas el obi mientras era el terror el que se adueñaba de ella.
– ¡AAAAHHHHH!-
El grito se vio de inmediato cortado al sentir un golpe seco en el hombro cuando la tela resistió la sacudida, perfectamente sujeta al sai. Su férreo cuerpo se endureció aguantando el golpe contra la pared. El sonido de sus músculos contra la roca fue seco, y por un segundo su mente esperó que su mano se abriera ante el dolor y la caída fuera inminente. Sin embargo su alma era más fuerte y los reflejos de la lucha por su propia vida soportaron las piedras clavándosele en las costillas de golpe. Un fuerte dolor surgió de su mano mientras intentaba apoyar los pies una vez más, buscando el equilibrio. Su brazo libre se aferró al cinturón con fuerza, aguantando el movimiento pendular por la roca. Finalmente sus pies alcanzaron una grieta y su cuerpo dejó de voltearse. Sintió cómo su estómago dejaba de sacudirse y jadeó, mientras sus ojos, cerrados por la sensación de caída, volvían a mostrar su verde intenso. Su respiración, entrecortada, le enfriaba los pulmones mientras la piel de sus brazos se enrojecía por el esfuerzo y el frío. Buscó calma en su interior, una calma que se le antojaba imposible. Enfocar… aguantó la respiración unos segundos, dejando que sus pulmones se llenaran de vida y suspiró con fuerza mientras sentía que su mente volvía a centrarse. Abrió los ojos y miró a los lados, sin evitar reprimir una sonrisa al ver que a pesar de la caída, el sai había aguantado la sacudida de su peso, dejándola apenas a unos pocos centímetros de las manos que colgaban del saliente. Inmediatamente la joven guerrero alargó su brazo libre, estirándolo lo máximo posible.
– ¡Agárrate a mi mano!
Una cabellera negra, apenas visible hacía un momento, sobresalió algo más por la roca y se volvió hacia la voz de la joven. Dos ojos negros la miraron, aterrorizados. Los ojos de un niño.
– ¡Vamos!
El niño se le quedó mirando fijamente durante unos segundos.
– ¡Me caeré!
– ¡NO! – Exclamó Gabrielle haciendo caso omiso al dolor de la mano que la sujetaba al cinturón, intentando estirar su brazo lo máximo. – ¡Confía en mí!
Los negros ojos, repletos de lágrimas, miraban fijamente a la joven. Gabrielle se mordió los labios, con fuerza, mientras dejaba inclinar su cuerpo todo lo posible. Por un momento consiguió rozar con la yema de sus dedos las manos del pequeño.
– ¡Estoy cerca! ¡Vamos!
Sus verdes ojos buscaron la mirada del niño. El rostro del pequeño se encontraba desencajado, a medio camino entre la angustia y el sobreesfuerzo que amenazaba por ganar. Por un momento ambos se miraron, fijamente. El rostro de la joven se fijó con fuerza en la negrura de los rasgados ojos que la observaban, intentando darle toda la fuerza que podía. Sonrió. Sólo por un segundo. El único momento que sus fuerzas la liberaron. Y el suficiente para que él confiara en ella. De repente una de las pequeñas manos se liberaron de la roca, soltándose, buscando el brazo que Gabrielle le ofrecía. La joven tiró de sí misma con toda la fuerza intentando moverse en busca de la mano del pequeño.
– ¡Ya casi está!
Por unos segundos los dedos se rozaron, aguantando la presión entre ellos durante unos momentos antes de soltarse.
– ¡Un poco más!
Gabrielle cerró los ojos con fuerza, sintiendo como el hombro estaba a punto de estallarle. Abrió los labios y gritó con todo, con rabia, con angustia, con fuerza. De repente sintió una mano aferrando su muñeca y un liviano peso colgando de ella. Abrió los ojos, concentrada en soportar el peso del niño y el suyo propio. El niño la miraba aterrorizado, sollozando.
– ¡Escúchame! – Dijo ella con fuerza. – ¡No puedo levantarte así!
El viento mecía ambos cuerpos hacia los lados colgando hacia un irremediable vacío.
– ¡Tiraré de ti! ¡Cuando estés a la altura de mi cintura, engánchate! ¿De acuerdo? – Los negros ojos la miraban clavados, sin expresar nada más que el miedo que le atenazaba su pequeño cuerpo.
– ¿De acuerdo?
Finalmente el pequeño asintió lentamente. Gabrielle le miró y asintió a su vez con la cabeza. Cerró nuevamente los ojos, silenciándose del mundo. Su mente se centró en acumular toda su energía. No había sonidos. No había viento. Sólo fuerza, en ella, en su interior. Sus dedos aferraron la muñeca del niño y su mandíbula dibujo la energía que iba a necesitar. Sus dientes se apretaron con fuerza un momento antes de que su brazo comenzara a levantar al muchacho. Centímetro a centímetro el cuerpo del niño se elevaba. El cuerpo de Gabrielle comenzó a temblar por el esfuerzo, mientras el sai, clavado sobre ellos, chirriaba de la tensión.
La guerrera notó cómo se le comenzaban a bloquear los músculos del hombro y justo cuando comenzaba a perder la esperanza pudo sentir un brazo rodeando su cintura, liberando el peso de su brazo. De inmediato un segundo brazo la rodeó con fuerza, soltando su mano. Miró bajo sí, observando cómo el niño se había agarrado con todas sus fuerzas a ella.
– ¿Estás bien?
El niño asintió suavemente. Con el brazo liberado, los dedos de la joven recorrieron de inmediato cada saliente de las rocas. Los verdes ojos, ansiosos, examinaban a toda velocidad cada hendidura de la roca mientras se impulsaba, poco a poco, con los pies. Teniendo al pequeño sujeto a su cintura con firmeza el peso no se le antojó tan grande y podía sentir que el equilibrio era sencillo. La ascensión era lenta, buscando la seguridad de los movimientos. En apenas unos minutos pudo sentir cómo sus ojos alcanzaban a parte superior de la pared y el enganche del sai en la roca. Alargó los brazos, buscando a tientas algún hueco en la piedra donde enganchar los dedos.
Fijó izquierda y derecha, tomó aire y se alzó todo lo que pudo, sintiendo la cintura apoyarse en el resquicio y lanzarse hacia el otro lado del vacío. Ambos cuerpos rodaron pendiente abajo durante unos segundos, liberados. Gabrielle se dejó caer hasta la nieve, donde quedó tendida boca arriba. Respiraba entrecortadamente, jadeando por el esfuerzo, los brazos estirados agradeciendo el frío del suelo que tenía bajo ella, dejando que los incesantes copos de nieve cayeran sobre su piel. Por un momento sintió una lágrima deslizarse por su mejilla mientras intentaba controlar su respiración. Despacio, lentamente, se giró sobre sí misma y buscó con la mirada al pequeño, distinguiéndole a unos pocos pasos de ella. Él la miraba, tumbado, sonriendo. Su imagen hizo que ella sonriera, pasando poco a poco a reír sin parar sin saber porqué. Ni siquiera se había dado cuenta de que el viento ya no soplaba.
Continuará ...
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