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XWP Alt » Bienvenida
a casa
La temática
de la siguiente historia incluye relaciones
sexuales explícitas entre dos adultos
del mismo sexo con su mutuo consentimiento.
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resto de la historia (enviada el 14 de agosto
de 1997 L. N. James) me pertenece. Ningún
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del subtexto. Si no estás de acuerdo
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leer, por favor. Y para aquellos que abriguen
ideas de naturaleza lasciva sabed que la probabilidad
de que lleve a cabo alguna de mis historias
con vosotros en la vida real o virtual es
la misma que la que tiene una bola de nieve
de sobrevivir en el Tártaro, ¿lo
pilláis? :)
Ahora, vamos
allá…
Esta historia
ha sido traducida íntegramente por
el Equipo Canalla de Xenafanfics,
y cuenta con el permiso de la autora para
su publicación.
Si quieres
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algún comentario o recibir información
sobre la actividad de nuestro grupo de traducción
de fan fictions de «Xena Warrior
Princess», escribe un e-mail
a: xenafanfics@hotmail.com
:: BIENVENIDA
A CASA ::
(WELCOME HOME)
Por
L. N. James
"Coming
up close
everything sounds like welcome home.
Come home…"
"A medida
que me acerco
todo suena como una bienvenida a casa.
Ve a casa…"
A. M.
El fuego
de campamento ardía ya con poca intensidad
y el resplandor anaranjado apenas iluminaba
el pequeño círculo de piedras
que lo rodeaba. No se filtraba mucha luz a
los límites del campamento, la oscuridad
avanzaba paso a paso. Delgadas y etéreas
nubes blancas iban a la deriva atravesando
la luna y las estrellas, cubriendo el cielo
como telas de araña. El crepitar ocasional
de la madera prendida y una multitud de tenues
sonidos se oían a medida que las criaturas
diurnas se preparaban para pasar la noche
y las nocturnas comenzaban su jornada. Un
escalofrío recorría el aire
y dos amantes se acurrucaban la una en la
otra, buscando en su cercanía calor
y comodidad.
—Así
que tu madre está decidida, ¿eh?
Gabrielle
bostezó al terminar la frase, dejando
reposar su cabeza sobre el amplio hombro de
Xena, adoptando su posición preferida.
El fuerte brazo de la guerrera rodeó
a la bardo por la cintura y sus piernas se
enzarzaron. Gabrielle usaba a Xena fundamentalmente
como almohada, pasando la mayor parte de la
noche con medio cuerpo sobre ella.
—Sip.
El suave
aliento de Xena acarició la parte superior
del cabello de Gabrielle mientras se acercaba
para besar su cabeza. Sonrió para sí
cuando sintió a Gabrielle acercarse,
eliminando el más mínimo espacio
que pudiera quedar entre ellas.
—Es
difícil de creer, Xena. Tu madre ha
vivido en la posada desde que naciste, ¿verdad?
Y ahora se muda a una casa en el campo. ¿Tienes
idea de por qué?
Xena se incorporó
un momento, acomodó la sábana
alrededor del hombro desnudo de Gabrielle
y restregó su pie contra la pierna
de la bardo.
—¡Eh!
¡Tienes los pies helados!
Con una risa
suave, la guerrera simplemente acercó
a Gabrielle más hacia ella.
—Por
eso estoy usando tu pierna para calentármelos,
mi amor.
La joven
alzó la cabeza y levantó una
ceja hacia Xena, sonriéndole. Luego
deslizó su mano bajo las colchas y
la colocó sobre el estómago
desnudo de su amante, provocándole
un fuerte estremecimiento.
—¡Ey!
Deberías dejar las manos bajo la manta
a partir de ahora, Gabrielle.
Con eso,
Xena entrelazó sus dedos con los de
Gabrielle y sus manos descansaron en el liso
y tonificado estómago de la guerrera,
subiendo y bajando con cada inspiración.
La bardo se alzó, la besó con
aire adormilado en la comisura de los labios
y reposó la cabeza en la curva de su
cálido y fuerte hombro.
—Y
respondiendo a tu pregunta, creo que madre
sólo quiere un poco de paz y tranquilidad.
Ya ha vivido suficiente en esa ruidosa taberna.
Además, Toris va a seguir allí.
Ella simplemente la regentará durante
el día y se marchará a casa
por la noche. Estoy segura de que el cambio
la hará feliz.
La otra mano
de Xena trazó un dibujo al azar a través
de la espalda de la bardo, rozando levemente
con las yemas de sus dedos la suave piel mientras
comenzaba a sentir cómo Gabrielle se
iba quedando dormida y sonrió cuando
sintió a la bardo estirarse y fingir
que había estado despierta todo aquel
tiempo.
—Mmm…
Así que mañana ayudaremos a
tu madre a mudarse… Menos mal que hemos
acampado cerca… Así no tendremos
que viajar tanto…
Las adormiladas
palabras de Gabrielle se fueron silenciando
mientras ella suspiraba satisfecha en la calidez
de la mujer que amaba.
—Sí,
quiero pasar una noche más a solas
contigo antes de ir a la aldea. Madre quiere
que eche un vistazo a las cosas que todavía
tengo guardadas allí, y eso probablemente
lleve días.
Xena soltó
una suave risita cuando Gabrielle acarició
uno de sus pechos con la nariz y extendió
su brazo alrededor de la guerrera, doblando
la mano bajo su costado.
—De
acuerdo… día de mudanza…
cajas…
Xena sonrió
mientras escuchaba cómo las palabras
de Gabrielle se iban haciendo cada vez más
leves y sentía sobre la piel cada una
de sus respiraciones. Colocó la manta
alrededor suyo y de la bardo e inclinándose
depositó un suave beso en la frente
de Gabrielle. La bardo se revolvió
de nuevo, atrapada a medias entre estar casi
despierta y definitivamente dormida, y sus
palabras empezaron a sonar como susurros incoherentes
contra la guerrera.
—…
cálido… Xena… tengo que
embalar mis pergaminos… esta noche…
pan de nueces… mm hmm… de acuerdo…
está bien…
Xena abrazó
dulcemente a Gabrielle, acariciando su espalda
y animándola a dormir con palabras
suaves susurradas en el aire de la noche.
—Shhh…
duerme mi amor, duerme…
La fresca
niebla de primera hora de la mañana
llenó el campamento, cubriendolo todo
en una capa fina de vapor blanco y húmedo.
El sol por su parte comenzaba a hacer retroceder
al frío y al rocío como una
manta, puliendo todo lo que tocaba. El fuego
de campamento aún humeaba ligeramente,
enviando en las ráfagas de aire un
ligero olor a madera y perfumando con él
aquel claro de bosque. Los pájaros
más madrugadores acababan de comenzar
sus trinos cuando un nuevo día despertó.
La joven
bardo se desperezó, desacostumbrada
a despertarse tan temprano por las mañanas.
La guerrera rió suavemente ante la
tibieza que se revolvía a su lado y
usó su mano libre para agarrar el borde
de la manta y arrojarlo sobre la cabeza de
Gabrielle. Xena sabía que su joven
amor prefería estar bajo las mantas
en las mañanas húmedas y volvió
a reír al sentir a la bardo todavía
durmiente relajarse en sus brazos. Con Gabrielle
pegada a su costado, la pierna de la bardo
abandonada sobre las de la guerrera, su brazo
a través de su estómago y la
cara hundida en su pecho, Xena se dejo devolver
al sueño siguiendo el ritmo apacible
que le marcaba la respiración de Gabrielle.
—Despierta,
dormilona.
Horas más
tarde, esas suaves palabras rozaron el oído
de Gabrielle, pero la bardo sencillamente
se abrazó más fuerte a la guerrera
y siguió durmiendo.
—Gabrielle,
es hora de levantarse.
Xena acarició
ligeramente la rodilla de su bardo, posada
en lo alto de sus propias piernas. Rió
suavemente al ver su pelo dorado bajo la manta
mientras Gabrielle emitía una serie
de sonidos soñolientos, con el deseo
de permanecer para siempre donde estaba claramente
evidente por el abrazo que mantenía
sobre el cuerpo de la guerrera. Xena recorrió
gentilmente con su mano, arriba y abajo, la
espalda hasta el muslo de la bardo, incitándola
suavemente a despertar con ligeros golpecitos.
—Vamos,
amor, arriba.
Con esto,
Xena apartó las mantas y expuso a la
medio dormida bardo a la luz matinal.
—Mmm…
noo… noo…
Las perezosas
palabras de Gabrielle vibraron contra el pecho
de Xena al tiempo que entrecerraba sus ojos
ante la luz el sol. Con una risa suave, observó
cómo Gabrielle se situaba sobre ella
y enterraba la cara en su cálido cuello,
escondiéndose entre el sedoso y oscuro
cabello. Sintió el familiar peso de
la joven descansando sobre ella y los suaves
latidos de su corazón contra su pecho.
Con los brazos alrededor de su amada, Xena
acarició la espalda de Gabrielle y
depositó unos suaves besos en el cuello
y la oreja de la bardo. Esta había
sido su rutina cada mañana desde que
se convirtieron en amantes, una rutina que
ni la una ni la otra querían cambiar
jamás.
—Tenemos
un largo día por delante, Gabrielle.
Xena sonrió
al sentir a Gabrielle desperezarse y arquear
la espalda, incorporándose de mala
gana para mirar con somnolencia a su amante
guerrera. Cuando sonrió, su expresión
adquirió un cierto tinte lascivo.
—¿Por
qué tenemos que empezar tan temprano,
Xena? No me veo capaz de encarar un día
así habiendo dormido tan poco.
La bardo
sintió las vibraciones de la risa de
Xena cuando ésta elevó una ceja
hacia ella.
—Gabrielle,
si por ti fuera estaríamos en la cama
todo el día.
Gabrielle
inclinó la cabeza y depositó
un suave beso en los labios de la guerrera
mientras recolocaba su muslo, apoyado firmemente
contra la calidez de Xena. Con un rápido
desliz de su lengua, la bardo profundizó
el beso mientras presionaba su cuerpo totalmente
contra el de la guerrera, acariciando con
la mano uno de sus redondeados pechos. Se
echó hacia atrás momentos después
y miró a Xena con unos vidriosos ojos
verdes como último rastro del prolongado
y ahora ya desaparecido sueño.
—¿Y
eso sería malo?
Xena contuvo
la respiración por un momento, siempre
sorprendida de lo apasionada que Gabrielle
podía mostrarse por las mañanas.
Para alguien que había estado profundamente
dormida tan sólo momentos antes, la
bardo estaba ya completamente lúcida.
La guerrera luchó contra el impulso
de ceder al sentir que el muslo de Gabrielle
comenzaba a moverse lentamente contra ella.
—Lo
sería, puesto que tenemos que llegar
a casa de mi madre cuanto antes, Gabrielle.
Está esperándonos.
La voz de
Xena se intensificó y sus ojos se entrecerraron
cuando las yemas de los dedos de la bardo
rozaron suavemente su pezón. Gabrielle
inclinó la cabeza hacia Xena, mostrando
seriedad en sus ojos.
—Tienes
razón, no podemos quedarnos en la cama
todo el día.
La guerrera
cerró los ojos cuando sintió
a Gabrielle apretar suavemente su pezón
con los dedos. La bardo agachó la cabeza
y depositó una serie de dulces besos
en un lateral del cuello de Xena formando,
con su cálido aliento, un suave susurro
junto a su oído.
—No
estaría bien.
La guerrera
inclinó su cuello a un lado y se estremeció
ligeramente al sentir a Gabrielle atrapar
el lóbulo de su oreja entre los dientes.
Doblando una de sus rodillas, Xena se apretó
contra el firme muslo al sentir que tiraba
levemente de su pezón. Su bardo había
vuelto a ganar esa temprana batalla mañanera.
—Pero
sin embargo tampoco tan mal, ¿no es
verdad, Xena?
Gabrielle
susurró en la oreja de Xena mientras
su mano bajaba entre su propio y torneado
estómago y el de la guerrera. Sonrió
en el cuello de Xena cuando oyó la
respiración de su amante acelerarse
por su caricia y el esfuerzo que tuvo que
emplear para poder decir algo.
—N…
no… nada mal, Gabrielle.
La bardo
mordió la suave piel del cuello de
Xena, dejando tras de sí un rastro
de marcas rojizas mientras sus dedos se movían
suavemente por la parte superior del triángulo
de oscuros rizos. Levantándose un poco
y apoyando su peso en el otro brazo, Gabrielle
deslizó un dedo hacia abajo, rozando
lentamente piel y humedad. Una sonrisa se
posó en sus labios al oír la
aguda inspiración en Xena. Después
le susurró al oído, cerrando
los ojos ante la humedad que allí había
encontrado.
—Mmm…
de hecho yo diría que bastante bien,
¿y tú?
El gutural
gemido de Xena respondió a la pregunta
mientras la bardo volvía a mover su
dedo hacia arriba, torturando a la guerrera
con sus deliberadamente lentos movimientos
y sus suaves palabras.
—¿Te
he dicho alguna vez que me encanta tocarte?
El musculoso
brazo de la guerrera se dobló contra
la espalda de la bardo mientras su otra mano
alcanzaba ciegamente a enredarse en el cabello
dorado de Gabrielle, atrayendo a su joven
amor a un hambriento beso. Todo lo que Gabrielle
pudo hacer fue separarse de él y deslizar
su dedo hacia abajo, de nuevo a la calidez
de Xena, y apoyar su palma contra la zona
más sensible. Los ojos azules de la
guerrera miraron de forma suplicante a los
verdes de la bardo.
—Te
gusta que te toque, ¿verdad?
Xena movió
sus caderas contra la mano de Gabrielle, y
todo lo que la guerrera fue capaz de hacer
fue asentir. Algunas veces estaba simplemente
indefensa ante las palabras de la bardo, su
suave contacto y su efecto sobre ella. Y ahora
mismo, esta bardo la tenía exactamente
donde quería. Gabrielle sonrió
mientras su dedo se deslizaba dentro de la
calidez de la guerrera.
—Mmm…
eso pensaba.
Con los ojos
fuertemente cerrados, Gabrielle empezó
a tocar y explorar los lugares más
íntimos de su guerrera. Los movimientos
eran suaves, sus dedos acariciaban cada rincón
de Xena con cariñoso detalle. La expresión
de la bardo se tornó seria al estudiar
su rostro, observando cada emoción
y sentimiento que pasaba por él, cómo
cada movimiento que ella hacía se transformaba
en una inspiración más profunda
o su mandíbula se tensaba, o incluso
en una pausada sonrisa. Había algo
tan vulnerable en Xena cuando la bardo le
hacía el amor que despertaba en ella
intensos sentimientos de protección
y el deseo de mantenerla a salvo. Era muy
raro que bajara la guardia, excepto con Gabrielle.
Confiaba en ella completamente y la bardo
lo notaba y lo valoraba.
Con acometidas
suaves y lentas Gabrielle se movió
contra Xena, tocándola profundamente
y retrocediendo cada vez. Cuando sintió
el deseo abrirse paso a través de su
cuerpo, Gabrielle emprendió un ritmo
constante contra el sensible centro con la
palma de su mano y dos dedos ya en su interior.
La respiración y los guturales gemidos
de Xena revelaron a la bardo lo mucho que
la necesitaba. Se inclinó hacia abajo
y depositó sus labios sobre el oído
de la guerrera, respirando con calidez, hablando
con dulzura.
—Te
quiero, ¿sabes?
Las caderas
de Xena comenzaron a moverse en sincronización
con los movimientos de Gabrielle y la tomó
con fuerza entre sus brazos.
—Te
quiero tanto, Xena…
Gabrielle
depositó sus besos sobre las mejillas,
las cejas y los labios de Xena al tiempo que
incrementaba el ritmo y la presión,
absorbiendo cada sensación y sonido
de la guerrera. Comenzó a sentir que
el cuerpo de Xena se crispaba sobre sus dedos
y escuchó los gemidos de placer que
emitía hacerse más y más
fuertes. Ya estaba muy cerca. Gabrielle elevó
la cabeza y miró directamente a los
ojos de Xena, que le devolvieron, en su reflejo,
todo su placer y su amor.
—Tanto…
Tras esa
palabra, Xena cubrió con su mano la
de Gabrielle y gritó cuando las sensaciones
desbordaron su cuerpo. Mantuvo su mano allí,
moviéndose con la bardo mientras ésta
extraía hasta el último atisbo
de placer de su cuerpo, con ambas mirándose
a los ojos. Un último gemido y Xena
elevó sus caderas contra la joven antes
de dejarse caer de nuevo sobre la manta, con
la respiración agitada y los ojos todavía
cerrados.
Gabrielle
sintió que la emoción la barría
por dentro al mirar a la persona que amaba,
y que siempre amaría. El mero hecho
de saberse responsable del placer de aquella
magnífica y hermosa mujer le llenaba
el corazón. Gabrielle atrajo a Xena
entre sus brazos, la abrazó tan fuerte
como pudo y besó suavemente su cuello
y su rostro hasta que fue capaz de recuperar
el aliento. Sus corazones se sintieron mutuamente
y latieron como uno solo.
Al cabo de
un rato, los brazos de Xena encontraron también
el camino alrededor del cuerpo de Gabrielle
y le devolvió el abrazo, girándose
hasta que dar de espaldas contra el suelo
con Gabrielle sobre ella. Los azules ojos
de la guerrera brillaron con fuerza al devolver
la sonrisa de la bardo.
—Gabrielle,
eres…
Xena presionó
el cuerpo de Gabrielle contra el suyo y Gabrielle
rió entre sus brazos. Luego se retiró
y recorrió con su dedo los sonrientes
labios de Xena.
—¿Soy
qué?
La guerrera
hizo amago de atrapar el dedo de la bardo
con sus dientes y rió también.
—Eres
maravillosa, mi pequeña bardo.
Los ojos
de Gabrielle se iluminaron. Se reclinó,
besó los labios de la guerrera y alzó
una ceja mientras se echaba hacia atrás.
—Si
no recuerdo mal, eras tú quien decía
algo sobre lo malo que es quedarse en la cama
todo el día.
Las manos
de Xena descendieron por el cuerpo de Gabrielle
mientras le hacía cosquillas en los
costados, sonriendo mientras la bardo se retorcía.
—Obviamente,
estaba equivocada.
Gabrielle
alcanzó el suelo y con gran esfuerzo
consiguió detener las manos de Xena
mientras una sonrisa burlona le ocupaba todo
el rostro.
—¡Whoa-ho!
¡Uno a cero para la bardo! ¡Xena,
la Princesa Guerrera reconoce que estaba equivocada!
Ambas rieron,
Xena rodó y empujó fácilmente
a Gabrielle sobre la manta, con una ceja levantada.
—Ya
sabes lo que le pasa a quien juega con fuego,
Gabrielle.
La bardo
sonrió abiertamente a Xena, rivalizando
con su característico gesto.
—Eso
es precisamente lo que espero.
Justo cuando
se disponía a morder cariñosamente
el cuello de Gabrielle, la guerrera se detuvo
e irguió la cabeza. Su atención
se centró automáticamente en
algo que se agitaba entre los árboles,
a la derecha del campamento. La expresión
de la bardo se tornó seria al sentir
tensarse el cuerpo de Xena. Indicó
a la bardo con los ojos y la boca que permaneciera
en silencio, se deslizó de entre las
mantas y agarró su espada. Avanzando
con sigilo hacia aquel sonido y escuchando,
la guerrera recorrió el camino hasta
el borde del campamento e inspeccionó
el bosque. De pronto se detuvo y se giró
para encarar a la bardo, con una expresión
de pánico en sus ojos.
—…
Xena… Gabrielle… ¿Dónde
estáis?
Fue en ese
instante cuando la bardo reconoció
el agudo tono de voz de Cyrene atravesando
el aire de la mañana. Abrió
los ojos como platos al caer en la cuenta
de que estaba desnuda, al igual que la guerrera,
y comprendió la urgencia de la situación.
No era como que Cyrene no fuera consciente
de que Gabrielle y Xena eran amantes, sino
más bien la certeza de que ninguna
madre necesita ver realmente cómo se
comportan, la prueba gráfica de lo
que éstas hacen cuando están
a solas.
Xena dejó
caer su espada y empezó a revolver
los alrededores en busca de su ropa;
Gabrielle
trató de deshacerse de las mantas,
pero sus pies se engancharon en ellas y avanzó
a trompicones por el campamento mientras se
lanzaba a por la suya.
—Deprisa,
se está acercando… ¡¿dónde
está mi maldita bota?!
Xena corrió,
ajustándose su ropa de cuero por el
camino y registrando hasta el más mínimo
rincón en busca de su bota, tratando
de recordar si la arrojó cerca de la
silla de montar o de la fogata.
—¡Xena,
no encuentro mi camisa! ¿Dónde
la tiraste?
El susurro
de Gabrielle sonaba frenético mientras
se colocaba la falda e intentaba anudar sus
botas, todo al mismo tiempo, examinando el
caótico lugar por el que sus cosas
habían sido diseminadas por una igualmente
frenética guerrera, ocupada en encontrar
una de sus botas mientras se colocaba el peto
de la armadura.
—…
Gabrielle… Xena… ¿estáis
aquí?
La voz de
Cyrene se oía cada vez más cerca
y bardo y guerrera se detuvieron un segundo,
se miraron la una a la otra, luego en la dirección
en que venía la mujer, a sí
mismas y una vez más la una a la otra.
Sus expresiones eran de terror absoluto. A
la velocidad del rayo, Xena hizo una pirueta
hacia delante y cayó rodando sobre
el campamento, agarrando la codiciada prenda
que buscaba y, continuando el movimiento,
realizó un nuevo salto mortal hasta
ir a caer sobre un tronco. Corrió sobre
él, saltó en el aire, se agarró
a una rama con una mano y lanzó la
camisa de la bardo con la otra hacia donde
ella estaba. Se balanceó, se dejó
caer de la rama y girando de nuevo en el aire
aterrizó junto a Argo.
Para cuando
Cyrene llegó al campamento, Xena estaba
cepillando a la yegua despreocupadamente mientras
Gabrielle se giraba hacia la madre de la guerrera
con la camisa (más o menos) colocada
y abrochada.
—¡Aquí
estáis, chicas! Os he estado llamando.
¿Por qué no contestabais?
Con las manos
en las caderas, Cyrene miró de la bardo
a la guerrera con ojos expectantes. Xena sonrió
sin dejar de cepillar a Argo.
—Buenos
días a ti también, madre. Me
alegra verte levantada tan temprano.
Cyrene entrecerró
los ojos y miro a Xena fijamente, con lo que
la procedencia de algunos de los gestos de
la guerrera quedó por fin perfectamente
clara.
—¿Cómo
que "temprano"? El sol lleva horas
luciendo, más o menos las mismas que
yo esperándoos. ¿Xena?
Los ojos
de la guerrera se clavaron en los de la bardo
y sonrió nerviosa ante el tono de voz
de su madre. Por su parte, Gabrielle trató
de actuar lo más inocentemente posible
cuando Cyrene se giró hacia ella y
luego, de nuevo, hacia Xena.
—¿Sí,
madre?
—¿Y
tu otra bota?
Los ojos
de Xena se abrieron de par en par al ver su
pie descalzo. “Hades”.
—Em…
—¿Y
por qué está tan revuelto vuestro
campamento? ¿Qué esta pasando
aquí, Gabrielle?
Cyrene se
giró hacia la bardo y esperó,
con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Em…
"Hades.
Piensa rápido, piensa rápido".
La bardo sonrió, se dirigió
hacia Cyrene y le rodeó el hombro con
su brazo.
—Verás,
Cyrene, te lo explicaré. Justo momentos
antes de que entraras en nuestro campamento,
un horrible y gigantesco cíclope…
La bardo
volvió la cabeza y guiñó
un ojo a Xena mientras dirigía a la
mujer hacia el camino que conducía
a Amphipolis. A veces era necesaria una mentirijilla
inocente que protegiera a las madres de ciertas…
verdades delicadas. Mientras escuchaba el
cuento de la bardo, Xena dejó escapar
un suspiro de alivio y se sentó en
el suelo. Se secó el sudor de la cara
y examinó el campamento.
Sus ojos
se entrecerraron y luego una repentina mirada
de pánico cruzó su rostro. La
guerrera atravesó corriendo el campamento
y sacó su bota del fuego justo cuando
la piel de la punta empezaba a humear. Hades,
éste iba a ser un día muy largo.
Xena entró
en su pueblo natal tras haberse hecho cargo
de la limpieza del campamento y encontró
a Gabrielle dando feliz cuenta de un gran
desayuno en la taberna de Cyrene. Al entrar,
la bardo le saludó con la boca llena
de pan de nueces.
—¡Xena!
Estoy aquí…
La guerrera
elevó una ceja en su dirección
y se dirigió a la mesa donde estaba
sentada, examinando a la clientela que esperaba
su desayuno en busca de su madre, y respiró
aliviada al no verla todavía. Cuando
Xena se sentó y apoyó una bota
en la silla que tenía al lado, Gabrielle
le sonrió.
—Siento
haberte dejado sola con todo el campamento.
Xena alargó
la mano y le dio una palmadita en el brazo
antes de hacerse con una de las galletas del
repleto plato de la bardo. Saboreó
la pastelería casera de su madre y
cerró los ojos con deleite.
—Mmm…
No pasa nada. Tu talento bárdico nos
han salvado. Gracias.
La guerrera
abrió los ojos y sonrió a su
joven amor, consciente de que una bardo era
tan importante como una guerrera en numerosas
ocasiones. Gabrielle deslizó su silla
hacia la de Xena y compartió su desayuno,
a base de fruta, tortitas dulces y panceta,
con ella. Justo cuando la bardo iba a dar
un buen mordisco a una manzana frunció
el ceño, miró al otro lado de
la mesa y luego a Xena. Se le acercó
y susurró en su oído.
—Xena,
¿qué le ha pasado a tu bota?
Xena miró
el cuero ennegrecido, todavía humeante,
y vio que su madre entraba en el comedor procedente
de la cocina. Bajó el pie y lo puso
bajo la mesa con rapidez antes de murmurar
entre dientes y al tiempo que sonreía
en dirección a su madre.
—Una
hoguera.
Gabrielle
reprimió la risa al ver que Cyrene
se acercaba a su mesa con las manos en las
caderas una vez más, algo que era probablemente
un gesto universalmente materno.
—Vaya,
Xena, por fin has decidido unirte a nosotras.
Gabrielle estaba contándome de camino
hacia aquí que odias levantarte de
la cama por las mañanas y que esa es
la causa de que llegarais tarde. Y también
de que fueses tan poco madrugadora cuando
estabas en casa.
Cyrene sacudió
la cabeza y Xena lanzó una mirada a
Gabrielle, quien eligió ese preciso
momento para ir a rellenar su vaso con la
dulce leche de cabra de una de las jarras
que había en la barra.
—En
cualquier caso, me alegro de que ya estés
aquí.
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