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XWP Alt » La
cabaña
Descargo
1: Los personajes de Xena, Gabrielle,
Argo, Hércules e Iolaus pertenecen
a la MCA/Universal, así como todos
sus derechos. Yo sólo los he tomado
prestados para esta historia. El resto es
todo mío. Puedes enviarme cualquier
comentario a la dirección bl@blmiller.net.
Descargo
2: Esta historia contiene escenas
gráficas y explícitas de dos
mujeres haciendo el amor. Si eso te ofende...
no camines, corre. También hay escenas
de violencia física y psicológica.
Estás advertido.
El uso de
la historia de Gabrielle, «Poseidón
y Los Amantes», ha sido autorizado
por L.N. James y se encuentra en su fanfic
«Breaking Bread»,
también de XWP.
Por favor,
disfruta. Ésta fue mi primera incursión
en el mundo del fanfic de Xena.
The
Cabin (La cabaña). Traducción
de Eidel, miembro del Equipo Canalla
de XenaFanfics. Traducción
y publicación autorizada por la autora,
B.L. Miller (abril 2003). Toda su obra, en
inglés, puede ser encontrada en su
página BL's Site. También puedes
leer las críticas de Lunacy a sus fanfics.
:: LA CABAÑA::
(THE CABIN)
Por
B.L. Miller
—Bueno, por lo menos
el suelo está mullido y seco —murmuró
Xena extendiendo su manta. El gélido
aire nocturno la hizo temblar. —Espero
que la temperatura no siga bajando, o seré
incapaz de pegar ojo. —Luego echó
unos cuantos troncos más al fuego.
—Xena, tengo una
idea —dijo Gabrielle—. ¿Por
qué no dormimos juntas? El calor corporal
nos mantendrá aisladas del frío.
—Se puso en pie y llevó su manta
junto a la de Xena.
—¿Y si simplemente hago una hoguera
más grande? —dijo Xena. Últimamente
no se sentía cómoda cuando Gabrielle
se encontraba demasiado cerca de ella.
—No hace falta. Venga, vamos a dormir
un poco. —Gabrielle se tumbó
y palmeó el suelo, a su lado. Consciente
de que no había forma de evitarlo,
Xena se quitó la armadura y se echó
junto a ella.
La bardo se acercó, adaptó su
cuerpo a la forma del de su amiga y se durmió
rápidamente. Xena, por su parte, se
quedó allí, totalmente despierta,
sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba
ante la tibieza de aquella piel, pegada a
la suya. Sus sentimientos hacia la bardo habían
cambiado, con el tiempo, de protectora a amiga.
Ahora no estaba del todo segura de lo que
sentía. La idea de perder a Gabrielle
era algo que no podía soportar, pero
no sabía si sería capaz de contener
sus deseos mucho más tiempo.
—Mmm —susurró la bardo
mientras rodeaba con su brazo el cuerpo de
Xena. La guerrera a su vez le cubrió
la mano con la suya, acariciando cariñosamente
sus dedos. Una sensación familiar surgió
en aquel momento del cuerpo de Xena. Gabrielle
la abrazó con más fuerza, acercándose
a ella.
—Gabrielle, tengo calor. Voy a echarme
en otro sitio —dijo Xena intentando
soltarse del brazo de Gabrielle. Éste
se afianzó al instante, manteniendo
a Xena justo donde estaba.
—No —dijo Gabrielle, levantando
la cabeza para mirar a la guerrera—.
Quédate conmigo. No pasa nada. —Los
dedos de la bardo comenzaron a acariciar el
estómago de Xena a través de
la fina tela de su camisa.
—Creo que no es una buena idea, Gabrielle
—dijo Xena, haciendo girar su cuerpo
y alejándose de la bardo. Luego se
levantó y fue hasta el fuego, arrojando
distraídamente pequeños palitos
a las llamas.
—Xena, ¿he hecho algo malo? —Gabrielle
se incorporó apoyándose sobre
los codos y miró a la guerrera. Deseaba
más que cualquier otra cosa en el mundo
echar abajo los muros que Xena había
construido a su alrededor.
—No, pero tengo que estar pendiente
del fuego. Tú vuelve a dormirte, Gabrielle.
—Los ojos de Xena no se habían
apartado ni por un segundo de las llamas.
La bardo suspiró y le dio la espalda,
consciente de que aquella noche iba a pasarla
lejos de su amiga… otra vez.
***
A la mañana siguiente partieron hacia
Permious, una pequeña aldea cercana.
Xena montada en Argo. Gabrielle caminando
a su lado.
—Gabrielle, quiero llegar antes del
atardecer.
—Sabes que no me gusta montar.
—Lo sé, pero no podemos permitirnos
perder más tiempo. —Xena alargó
un brazo, ofreciéndoselo a la bardo.
Gabrielle se dejó llevar sobre el caballo
a regañadientes. Se acomodó
detrás, rodeando con sus brazos la
cintura de la guerrera por su propia seguridad.
Notó entonces que Xena estaba muy erguida,
casi rígida. Se preguntó si
seguiría dolorida por la batalla de
la semana anterior.
Xena tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad
para no recostarse contra la bardo. La piel
le quemaba donde sus suaves manos mantenían
el contacto. Era perfectamente consciente
de los muslos de Gabrielle contra los suyos,
así como del estómago de la
joven contra su espalda. Esos pensamientos
no eran normales en la guerrera, al menos
a plena luz del día. Trató de
apartarlos de su mente.
***
Permious era sólo una de tantas aldeas
como las que solían cruzar. El procedimiento
normal era esperar a que Xena comprobara la
seguridad de la taberna y luego que Gabrielle
la esperara allí hasta que terminara
de acomodar a Argo en el establo. Esta vez,
sin embargo, Xena se dirigió a él
directamente.
—¿Por qué no vamos primero
a la taberna? —preguntó Gabrielle
saltando de la grupa de Argo hasta el suelo.
—No quiero que te quedes allí
sola. —Xena se volvió y colocó
su mano sobre el hombro de la bardo—.
Gabrielle, mientras estemos aquí quiero
que te quedes siempre donde yo pueda verte,
¿entendido? —Gabrielle miró
profundamente a los ojos azules de Xena, buscando
una respuesta. Lo que vio en ellos la sorprendió.
Preocupación, por supuesto, pero también
algo más. Algo indescifrable.
—Xena, sabes que puedo cuidarm…
—Lo digo en serio, Gabrielle. —La
voz de Xena era firme, y silenció cualquier
protesta. Dio media vuelta y se dirigió
hacia el mozo de cuadra para acordar con él
los cuidados de su yegua. Gabrielle por su
parte comenzó a desatar sus mantas
y alforjas de la silla de montar.
***
A pesar de su apariencia exterior, la taberna
estaba limpia y bien iluminada. Xena entró
primero y echó un vistazo a la habitación
en busca de problemas. Satisfecha, indicó
a Gabrielle que ya podía entrar.
—Búscanos una mesa. Yo conseguiré
comida y una habitación.
—Vale —dijo Gabrielle encaminándose
al fondo de la estancia. Sabía que
a Xena le gustaba estar atrás, en un
lugar desde el cual pudiera controlar toda
la sala. Se sentó frente a una mesa
pequeña y esperó a que Xena
se reuniera con ella.
—¿Qué hace una preciosidad
como tú tan sola? —dijo a la
bardo un tipo enorme y apestoso con acento
visiblemente lascivo. Ella casi perdió
el apetito cuando su aliento le inundó
los pulmones. Instintivamente, sus manos se
crisparon sobre su cayado, preparándose
para utilizarlo en caso de que fuera necesario.
Él se acercó dispuesto a llevarla
hasta su mesa, pero un rápido movimiento
detrás de él le dejó
el brazo doblado contra la espalda.
—Di que sientes haberla molestado —siseó
una voz suave. Gabrielle levantó la
mirada, esperando encontrar a Xena. Se sorprendió
al descubrir que había sido otra mujer
la que la había ayudado en esta ocasión.
Era tan alta como Xena, de constitución
similar, pelo corto y castaño y ojos
grises.
—Lo… lo siento —farfulló
cuando la mujer le retorció el brazo
con más fuerza. Con una sonrisa satisfecha,
le dejó ir. Él se encaminó
inmediatamente hacia la puerta. Gabrielle
sintió entonces una suave mano sobre
su hombro. No necesitó mirar para saber
que, esta vez sí, se trataba de Xena.
—Gracias —dijo la bardo mirando
a la desconocida.
—De nada. —La mujer miró
a Gabrielle, luego a Xena—. Me llamo
Drax. Vi a ese tipo ir hacia ti y pensé
echarte una mano.
—Gracias otra vez, Drax. Yo soy Gabrielle,
y esta es…
—Xena. Ha pasado mucho tiempo —afirmó
Drax. Desde su posición, Gabrielle
pudo ver la gélida mirada que Xena
mantenía sobre la otra mujer.
—Drax —contestó fríamente
Xena al tiempo que afianzaba su abrazo en
torno a los hombros de Gabrielle.
—Bien, disculpadme. Ha sido un placer
conocerte, Gabrielle —dijo Drax irguiéndose.
Después inclinó brevemente la
cabeza en dirección a Xena y se marchó.
—¿La conoces? —preguntó
Gabrielle cuando Xena se sentó a su
lado. La guerrera echó un largo trago
de vino antes de contestar.
—La conozco. —Eso fue todo. Gabrielle
adivinó por el tono de su voz que aquella
conversación había terminado.
—¿Nos has podido encontrar habitación?
—Sí, en el piso de arriba, al
final del pasillo —contestó Xena.
Una joven les puso delante varias bandejas
de comida. Los ojos de Gabrielle se abrieron
desmesuradamente al ver entre ella una hogaza
de pan de nueces.
—¡Xena!
—Sabía que te gustaría
—dijo Xena. Sonrió mientras Gabrielle
se servía un gran pedazo. Nunca dejaba
de sorprenderle el modo en que Gabrielle reaccionaba
ante el más pequeño gesto de
amabilidad por su parte—. Intenta no
comértelo todo de una vez —añadió,
recordando cómo afectaba en concreto
aquel tipo de pan a la bardo.
Comieron en silencio. Gabrielle estaba disfrutando
demasiado de la comida como para darse cuenta
de que los ojos de la guerrera descansaban
en alguien más, alguien de aquella
habitación. Drax.
***
—Xena, ¿de qué conoces
a Drax? —inquirió Gabrielle mientras
se preparaban para irse a dormir. La habitación
era pequeña, apenas con espacio suficiente
para la cama que compartían. Xena ya
estaba tumbada. Se elevó sobre un codo
y miró a la bardo.
—La conozco de hace tiempo.
—¿De cuando eras un señor
de la guerra?
—Gabrielle, ¿no podemos hablar
de otra cosa? —Xena no quería
seguir con aquella línea de interrogatorio.
—De acuerdo. Una extraña viene
en mi ayuda antes que tú y no quieres
hablar del tema. Luego apenas me diriges dos
palabras durante la cena. Ella no te gusta,
¿verdad?
—No —fue la concisa respuesta—.
Gabrielle, ven a la cama. Hablaremos de esto
en otro momento. —Xena se dio media
vuelta, evitando mirar a la bardo.
—Claro que lo haremos —replicó
Gabrielle con sarcasmo mientras se metía
en la cama. Dormía al cabo de pocos
minutos. Xena apenas pudo hacerlo en toda
la noche. Su mente giraba en torno a Gabrielle…
y la guerrera de ojos grises.
***
—Gabrielle. —Xena la movió
ligeramente por un hombro—. Gabrielle,
vamos, es hora de levantarse. —La movió
con más fuerza.
—Estoy despierta, estoy despierta —susurró
Gabrielle dándose media vuelta.
—Tengo que ir a ver a Argo. Quiero que
te quedes en la taberna. ¿Me oyes?
Nada de pasear por la aldea.
—¿Por qué? —Gabrielle
se sentó, ya totalmente despierta.
Xena nunca le había prohibido salir
antes.
—Gabrielle, lo digo en serio. Quédate
aquí —dijo Xena con un tono autoritario
que contenía más enfado del
que realmente sentía.
—Vale. Me quedaré aquí,
como una prisionera —murmuró
Gabrielle.
—No estás prisionera. Simplemente
quiero que te quedes aquí dentro.
—Como ordenéis, mi señora.
—¡Gabrielle! —Los ojos de
Xena se entrecerraron ligeramente.
—Lo siento —farfulló la
bardo. Xena dio media vuelta y se marchó.
Tan pronto como cerró la puerta, Gabrielle
arrojó hacia allí una almohada
y gritó—. ¡Guerrera estúpida!
—Xena sonrío durante todo el
camino hacia el establo.
***
Gabrielle bajó las escaleras y pidió
el desayuno. Luego fue a la misma mesa que
habían ocupado la noche anterior. Una
mano firme la detuvo agarrándola por
el hombro. Con su cayado listo para atacar,
la bardo de giró y vio a Drax frente
a ella.
—¿Te importa desayunar conmigo?
—preguntó la guerrera. Drax ya
había visto salir a Xena—. Parece
que estás sola. Si te sientas conmigo,
dudo que alguno de estos idiotas se atreva
a molestarte.
—Gracias —dijo Gabrielle permitiendo
que Drax la guiara hacia una mesa—.
Y dime, ¿de qué conoces a Xena?
—inquirió la bardo una vez que
se sentaron. Siempre había sentido
curiosidad sobre la gente que formaba parte
del pasado de Xena. Había demasiadas
cosas que desconocía sobre su compañera
de viaje, demasiadas cosas que Xena no podía
o no quería contarle.
—Xena y yo nos conocimos hace años,
cuando estábamos en el mismo ejército.
—¿Erais amigas?
—Dudo que Xena haya tenido "amigos"
alguna vez. Nos conocíamos, eso es
todo. Y dime, ¿qué hace una
preciosa mujer como tú con un señor
de la guerra? —Los ojos de Drax cruzaron
la habitación, atenta al más
mínimo rastro de la otra mujer.
—Xena ya no es un señor de la
guerra. Y yo soy bardo. Voy con ella y cuento
historias.
—Interesante —dijo Drax. Gabrielle
no pudo adivinar si el comentario iba dirigido
a lo que había dicho, a algo o a alguien
más. De pronto, se sintió incómoda.
—¿Qué es interesante?
—Tú, bardo —dijo Drax,
dejando que su voz cayese hasta un tono casi
gutural—. ¿Te gustaría
dar un paseo conmigo? Conozco un par de sitios
estupendos por aquí.
—Lo siento, tengo que esperar a que
Xena vuelva —respondió Gabrielle,
agradeciendo en silencio que Xena le hubiese
ordenado quedarse en la taberna.
—Pensaba que eras adulta y capaz de
hacer lo que quisieras —se mofó
Drax—. A ella no le ha importado dejarte
aquí sola. Sin duda confía en
que sabes valerte por ti misma.
—En lo que confía es en que me
quede aquí hasta que ella regrese —contestó
Gabrielle, esquivando de momento el anzuelo
que Drax le había lanzado.
—Como quieras, pequeña bardo
—dijo la mujer levantándose—.
Sigue a ese señor de la guerra el tiempo
suficiente y acabarás por descubrir
la verdad.
—¿Qué quieres decir? —Gabrielle
se levantó a su vez y agarró
a Drax por el brazo—. ¿Qué
verdad? —La guerrera se giró
y le sonrió, aunque de un modo no demasiado
agradable.
—Quiero decir que si continúas
a su lado terminarás pagando por sus
errores. —Drax dio media vuelta y atravesó
la puerta, planeando ya su próximo
movimiento.
***
Xena regresó a la posada poco tiempo
después. —Me alegro de que hayas
terminado de desayunar. ¿Quieres ir
a buscar provisiones?
—Eso suena bien —contestó
Gabrielle—. Necesito tinta y pergaminos.
—Decidió no mencionar su entrevista
con Drax.
Mientras caminaban por la ciudad, unos ojos
grises seguían cada uno de sus movimientos.
Xena sentía el peligro, pero no era
capaz de identificarlo. Reflexivamente, entraba
la primera en cada tienda, atenta a cualquier
señal de problemas, antes de dejar
que Gabrielle la siguiera.
—¿Qué ocurre, Xena? —preguntó
Gabrielle finalmente—. Te muestras más
cuidadosa de lo normal. ¿Te preocupa
algo?
—No. Simplemente quiero asegurarme de
que no te pase nada, eso es todo. Perdona
si parece que te estoy sobreprotegiendo —mintió
Xena.
—Bueno, así es. Ya soy adulta,
y sé tomar mis propias decisiones.
Puedes estar segura de que me cuido muy bien
sola, Xena. —Gabrielle le estaba dejando
entrever cierta rabia. No sabía por
qué la guerrera veía tan necesario
protegerla del mundo.
—De acuerdo, haz lo que quieras —dijo
Xena en voz baja. Dio media vuelta y se alejó
de Gabrielle, para que no pudiese ver el dolor
que transmitía su rostro en aquel momento.
—Sí, eso es lo que voy a hacer
—susurró Gabrielle antes de encaminarse
a la taberna. Los ojos grises contemplaron
la escena con sigilo, y luego siguieron a
la bardo.
***
Gabrielle estaba sentada en la última
mesa con un vaso de sidra en la mano. Drax
atravesó al estancia y se sentó
junto a ella llevando consigo dos grandes
jarras llenas de vino. —Buenas tardes.
¿Quieres tomar un trago conmigo? —dijo
Drax agradablemente.
—No suelo beber vino —contestó
Gabrielle.
—¿Porque no te gusta o porque
Xena no te lo permite? —se burló
Drax.
—Yo puedo hacer lo que quiera.
—Bueno, entonces… si no vas a
honrarme con tu compañía mientras
bebo, al menos acepta esto como disculpa por
haberte molestado —dijo Drax poniendo
la jarra de vino frente a la joven bardo.
En realidad Gabrielle no quería beber,
pero tampoco enzarzarse en una discusión
con aquella imponente mujer.
—Supongo que un trago no me hará
daño —dijo mientras hacía
a un lado la sidra y agarraba la jarra de
vino. Drax sonrió para sí cuando
la mujer de cabello cobrizo bebió del
vino que ella acababa de drogar.
***
Drax se las había arreglado para que
Gabrielle aceptara tomar una segunda jarra,
similar a la anterior. Estaba convencida de
que la joven bardo se encontraba ya lo suficientemente
drogada y justo cuando iba a poner en práctica
su plan sintió una presencia junto
a ella. No necesitó mirar hacia arriba.
Pudo sentir la ira en los ojos de la guerrera
cayendo sobre ella.
—¿Qué le has hecho? —le
interrogó Xena entre dientes.
—Nada. Solamente le pedí que
tomara un trago conmigo. ¿También
necesita permiso para eso? —preguntó
Drax al tiempo que se levantaba para encararse
con Xena. Gabrielle estaba demasiado drogada
como para seguir la conversación. Ya
tenía bastante tratando de no desmayarse
encima de la mesa. Las dos guerreras se miraban,
midiéndose en silencio.
—Apártate de ella, Drax —dijo
Xena con la ira y el odio transpirándose
en cada palabra.
—Creo que es la joven bardo quien debe
decidir a quién quiere cerca, señor
de la guerra. ¿O prefieres hacerlo
tú por ella? —Drax no ocultó
en absoluto su intención de plantear
abiertamente aquello como un enfrentamiento.
—Gabrielle puede decidir por sí
misma, Drax. Pero por tu bien, apártate
de ella —dijo Xena, devolviéndole
la amenaza. Se apartó de Drax y puso
una mano sobre el brazo de Gabrielle—.
Gabrielle, vamos. Ya has bebido bastante por
hoy. —Ayudó a la bardo a incorporarse
y la llevó hacia las escaleras, a su
habitación. Xena no necesitó
mirar a su espalda para adivinar que los ojos
de Drax las seguían de cerca.
***
—¿A dónde vamos? —dijo
Gabrielle abriendo lentamente los ojos. Acababa
de amanecer, pero Xena ya había recogido
todas sus cosas.
—Tenemos que marcharnos de esta aldea.
Es demasiado peligrosa —dijo Xena en
voz baja. Gabrielle la miró a los ojos
y se dio cuenta de que aquello iba en serio.
Se levantó rápidamente y se
vistió. Mientras se anudaba las botas,
preguntó—. Xena, todo esto tiene
que ver con Drax, ¿verdad?
—Sí. —Fue todo lo que Xena
dijo. No podía contarle a Gabrielle
el gran peligro en que se encontraba. Estaba
agotada por la falta de sueño. Había
pasado toda la noche sosteniendo a la bardo
entre sus brazos, temiendo apartarse de ella
un solo segundo. No podía decirle que
era su vida lo que estaba en juego.
***
Se encontraban ya en el establo. Xena estaba
alimentando a Argo y Gabrielle sujetaba sus
cosas a silla de montar. La guerrera sintió
el peligro demasiado tarde. Se giró
y vio a Drax.
—Muévete y ella morirá,
señor de la guerra —dijo Drax
con una ballesta apuntando a la cabeza de
Gabrielle.
—Gabrielle, no te muevas —le advirtió
Xena. La bardo permaneció inmóvil,
con el miedo reflejado en los ojos. Xena era
consciente de que sólo reflejaban el
suyo propio—. Drax, deja que se vaya.
Nuestros problemas no tienen nada que ver
con ella.
—Ah, pero este sí, señor
de la guerra. —Drax presionó
la punta del proyectil contra el oído
de Gabrielle, provocando el nacimiento de
un pequeño reguero de sangre que le
corrió cuello abajo—. Eligió
estar contigo, seguirte. Ahora comprobará
lo que le ocurre a la gente que se atreve
a tenerte cerca.
—Drax, déjala ir. Es a mí
a quien quieres. —Xena estaba haciendo
todo lo posible para mantener su lado oscuro
bajo control y el terror apartado de su voz.
—No, así estamos perfectamente
bien. Creo que ella significa más para
ti de lo que admites. Y voy a darme el gran
placer de verte sufrir, señor de la
guerra. —Sus palabras se derramaron
como veneno—. Si intentas algo, la mataré.
—Con esto, Drax rodeó la garganta
de Gabrielle con uno de sus fuertes brazos
y la arrastró violentamente fuera del
establo, tanto que el cayado se le escapó
de entre la manos. Con la ballesta aún
demasiado cerca de Gabrielle como para permitir
a Xena el más mínimo movimiento,
la obligó a subir a un caballo—.
Ven con nosotras, Xena. Trae tu caballo y
síguenos. Estoy segura de que no quieres
perder de vista a tu preciosa bardo. —Drax
rió con crueldad.
***
Llegaron a un castillo varias horas después.
Drax seguía llevando a Gabrielle a
punta de ballesta y la guió hasta el
interior, indicando a Xena que las siguiera.
Tan pronto entraron, la guerrera se vio rodeada
por varios hombres.
—Arroja todas tus armas, señor
de la guerra.
—Déjala ir —dijo Xena con
la mano permanentemente adherida al chakram.
Ojalá pudiese apartar a Gabrielle de
Drax, pero aquella flecha estaba demasiado
cerca. Drax dejó que la punta de la
flecha se arrastrara por la cara de la bardo,
dejando tras de sí un rastro de sangre.
—¡¡Arroja las armas!! —ordenó
de nuevo Drax. Lentamente, Xena bajó
sus armas—. Atadla. Tengo planes para
ambas —dijo Drax sacando a Gabrielle
de la habitación a base de empujones.
Los hombres ataron a Xena a conciencia, asegurándose
de que los nudos quedaran bien prietos. Aprovechando
su ventajosa situación, y conscientes
de que tal vez no volvería a repetirse,
la golpearon hasta dejarla inconsciente.
***
Drax arrojó un cubo de agua sobre la
guerrera, obligándola a reaccionar.
Xena abrió sus ahora hinchados ojos
y miró horrorizada a su alrededor.
Gabrielle estaba atada de pies y manos a la
pared, de espaldas a ella, absolutamente indefensa.
Xena intentó soltarse, pero se encontraba
firmemente sujeta a una silla. No podía
proteger a Gabrielle.
—Ella eligió seguirte, señor
de la guerra. Ahora tendrás que contemplar
cómo recibe su castigo. —Drax
desenrolló un látigo.
—¡NO! —gritó Xena,
luchando contra las cuerdas. Drax llevó
su brazo hacia atrás, haciendo restallar
el látigo a su espalda, y descargó
toda su furia contra la espalda de Gabrielle,
arrancando un aullido de su garganta. Gabrielle
sabía que Xena estaba detrás
de ella, pero no podía verla. Drax
la golpeó de nuevo. El cuerpo de la
bardo de sacudió por el impacto del
látigo. El dolor en su espalda era
insoportable. Luchó por no gritar,
pero fue incapaz. No quería que Xena
supiera lo aterrorizada que estaba.
Drax continuó castigando la espalda
de Gabrielle con el arma, reduciendo a la
bardo a un despojo sanguinolento y lloriqueante.
Las muñecas de Xena estaban ya en ese
momento descarnadas, y sangraban revelando
lo mucho que había intentado romper
sus ataduras.
—¡Admite que te equivocaste al
seguirla, bardo! —siseó Drax—.
Admite que el señor de la guerra Xena
jamás podrá redimirse.
—N… nunca —contestó
la mujer desde su semiinconsciencia. Gabrielle
se resistió a renegar de Xena, sin
importarle su situación. Drax maldijo
y disparó su puño, impactando
sólidamente contra la cara de Gabrielle.
—¡Admítelo! —gritó
Drax. Gabrielle giró la cabeza para
mirarla. Xena contempló todo aquello,
aterrorizada de que Gabrielle no fuese capaz
de aguantar mucho más una tortura semejante.
La bardo entrecerró los ojos, dejó
que la sangre se acumulara en su boca y la
escupió directamente sobre la cara
de su torturadora. Drax soltó una maldición
y estampó la cabeza de la bardo contra
el muro, dejándola inconsciente.
—¡Gabrielle! —exclamó
Xena. Drax devolvió su atención
a la guerrera.
—Vaya, parece que la poderosa Xena tiene
un punto débil después de todo
—se burló—. No temas, no
está muerta… todavía.
—Drax levantó de nuevo el látigo
y golpeó ruidosamente a Xena en la
cara—. Voy hacerte sufrir, señor
de la guerra. A ti y a tu pequeña bardo.
—Lanzó una patada contra el pecho
de Xena con todas sus fuerzas, enviándola
a ella y a la silla sobre la que estaba dando
tumbos hasta el otro extremo de la celda.
Xena estaba segura de que le había
roto varias costillas. Mientras luchaba por
hacer que el aire regresara a sus pulmones,
Drax la incorporó bruscamente—.
Tú me quitaste lo que más quería.
Ahora seré yo quien te quite lo que
más quieres —siseó Drax
antes de descargar toda la fuerza de su brazo
contra Xena una y otra vez, hasta que la oscuridad
envolvió a la guerrera.
***
Hércules e Iolaus llegaron a la aldea
y se encaminaron hacia el establo. Ambos estaban
agotados tras su última batalla. Al
entrar, Iolaus descubrió algo en el
suelo. —Oye, ¿no es éste
el cayado de Gabrielle?
—Desde luego se parece bastante —dijo
Hércules sosteniéndolo. Luego
miró al suelo—. Éstas
huellas son de Argo.
—Herc —dijo con una más
que evidente preocupación en su voz—,
ella nunca dejaría atrás su
cayado. —Iolaus volvió a montar
su corcel.
—Tienes razón, sigamos las huellas
—dijo Hércules. Salieron a galope
tendido de la aldea, rogando en silencio por
que sus amigas se encontraran bien.
***
Los ojos de Xena estaban para entonces tan
amoratados que no era capaz de ver nada, aunque
sí de escuchar los lacerantes aullidos
de Gabrielle mientras Drax seguía azotándola.
Intermitentemente, Drax golpeaba a Gabrielle
hasta que ésta rozaba la inconsciencia,
y luego le ordenaba admitir que había
sido un error seguir a Xena. Y cada vez, Gabrielle
se negaba. La bardo creía en su amor
por Xena y en el amor de Xena por ella. Sabía
que decir que estaba equivocada al seguirla
le rompería el corazón. Eso
era lo que Drax quería y Gabrielle
bajaría al Hades antes de hacer algo
así. Quería demasiado a Xena
como para herirla de ese modo, a pesar del
tremendo dolor que estaba padeciendo.
***
Hércules tocó el hombro del
centinela. Al girarse, fue recibido por el
puño del semidiós. —Uno
fuera, faltan cincuenta —dijo Hércules
abriéndose camino hasta el castillo.
Iolaus había atado a Argo a un árbol
cercano. Hércules sólo esperaba
llegar a tiempo.
***
Gabrielle había recibido tantos azotes
que lo poco que quedaba de su ropa colgaba
de su espalda hecha jirones. Su cuerpo estaba
cubierto de marcas rojas allá donde
el látigo le había lacerado
la carne.
Entre los golpes que había recibido
y la falta de comida y de agua, la guerrera
estaba prácticamente acabada. Drax
había acertado en que torturando a
Gabrielle tendría a Xena a su merced.
Después de tres días, la voluntad
de Xena se había derrumbado y comenzó
a suplicar por la vida de Gabrielle.
—Por favor… —La voz de Xena
era débil y ronca—. Deja que
se vaya… no puede aguantarlo más…
por favor.
—Así que la poderosa Xena por
fin ha caído —dijo Drax con un
tono victorioso en su voz—. ¿De
verdad crees que la voy a dejar salir de aquí?
Ese no es mi plan, señor de la guerra.
Mi marido murió por tu culpa. ¡Ahora
verás morir a tu bardo!
Drax hizo retroceder el látigo, preparándose
para lanzarlo de nuevo sobre la descarnada
espalda de Gabrielle. —¡Ah! —gritó
cuando una flecha le atravesó el brazo,
obligándole a soltar el arma.
Iolaus estaba agazapado en la ventana y sonrió
al ver que su puntería seguía
intacta. Drax llamó a los guardias,
pero adivinó por el ruido que llegaba
de fuera de que estaban demasiado ocupados
con sus propios problemas como para venir
en su ayuda.
La ventana era demasiado pequeña para
que Iolaus pasara a través de ella.
Drax recogió el látigo con su
otro brazo y se dispuso a atacar de nuevo.
Hércules atravesó la puerta,
haciéndola volverse y centrarse en
un nuevo objetivo. Justo entonces Iolaus disparó
la segunda flecha, atravesando de lleno el
corazón de Drax. La mujer estaba muerta
antes de que su cuerpo golpeara el suelo.
Iolaus rodeó a toda prisa el edificio
y entró en la celda. Se quedó
allí de pie, asqueado ante la escena
que tenía enfrente. Desde su posición
en la ventana había sido incapaz de
ver la masa sanguinolenta en que se había
convertido Gabrielle. Ahora contemplaba la
violencia con que había sido azotada.
Xena parecía haber luchado contra un
titán… y sin duda había
perdido. Tenía ambos ojos hinchados
y amoratados, la sangre se desbordaba en su
boca y muchos de sus huesos parecían
estar rotos. No tenía aspecto de haberse
dado cuenta de que las habían rescatado.
Iolaus fue incapaz de controlar su estómago
y corrió hacia una esquina.
—Iolaus, dame tu camisa —dijo
Hércules quitándose también
la suya y haciéndola jirones. Iolaus
recuperó lentamente la compostura y
se la entregó.
—Gab… —masculló Xena—.
Por favor… ya basta… —Hércules
fue hasta ella.
—Xena, soy yo, Hércules. No temas,
Iolaus y yo os sacaremos de aquí. —Se
inclinó, deshizo los nudos que la mantenían
atada a la silla y la sostuvo antes de que
cayera al suelo—. Tranquila, ya te tengo.
—A continuación la ayudó
a echarse sobre el suelo—. Quédate
con ella —le dijo a Iolaus. El hombre
asintió mientras Hércules se
dirigía hacia Gabrielle. Alzó
su brazo y arrancó de cuajo las cadenas
del muro. La bardo, semiconsciente, gimió
de dolor al liberarse la tensión de
las ataduras y por la presión que recibió
sobre la espalda al caer en los brazos del
hombre. Inmediatamente, Xena trató
de dirigirse hacia el lugar del que provenía
su llanto.
—Tengo… que ayudar… a Gabrielle…
—dijo tratando de acercarse. Hércules
utilizó la camisa de Iolaus para envolver
a Gabrielle, vendándola y cubriéndola
al mismo tiempo. Gabrielle gimió de
nuevo antes de desmayarse por el dolor.
—Bueno, al menos no sentirá nada
durante un rato —dijo Hércules
pasando a la inconsciente bardo a los brazos
de Iolaus—. Llévala fuera y súbela
a mi caballo. Yo sacaré a Xena. —Se
agachó y recogió a la magullada
guerrera—. Vaya, en el fondo esto no
es más que otro modo de volver a mis
brazos —dijo tratando de aligerar un
poco la situación. Ella no sabía
en brazos de quién estaba y comenzó
a resistirse, débilmente—. Xena,
no pienso pelearme contigo todo el camino
—dijo antes de levantar un puño
y golpearla, dejándola inconsciente
con preocupante facilidad—. Lo siento,
así será más fácil…
para todos.
En el exterior, Hércules comprobó
que Iolaus ya había sujetado firmemente
a Gabrielle a su caballo. Herc cruzó
el cuerpo de Xena sobre la grupa de Argo y
utilizó los jirones de su camisa para
asegurarla a la montura.
—¿A dónde las llevamos?
—preguntó Iolaus, montando a
su vez.
—A mi campamento. Allí estarán
a salvo —dijo Hércules tomando
las riendas de su montura y las de Argo con
la otra mano—. Si viajamos toda la noche,
llegaremos mañana por la tarde. No
creo que a ninguna de ellas les importe.
—¿No deberíamos detenernos
en alguna aldea y buscar un curandero?
—No, estoy seguro de que Drax tenía
más hombres en la aldea. Hay medicinas
en la cabaña. Un día más
no les hará más daño
del que ya han sufrido. Necesitamos llegar
antes de las primeras nieves.
—De acuerdo. —Iolaus preparó
su arco y marchó en cabeza. Hércules
avanzó tras él, con las riendas
de los caballos que transportaban los cuerpos
de las dos mujeres en la mano.
***
Llegaron a la cabaña más o menos
a mediodía. Xena había recuperado
brevemente la consciencia e intentado bajarse
de Argo, pero Hércules la había
golpeado de nuevo. Sabía que los cuerpos
de ambas mujeres iban a necesitar tiempo para
descansar y curarse, y no se veía con
ánimos de discutir con Xena sobre hacia
dónde se dirigían.
Hércules las llevó al interior
y las tumbó sobre una gran cama. El
más joven se ocupó de las alforjas.
—¿Y ahora qué? —preguntó
Iolaus dejándose caer sobre una gran
silla.
—Bueno, lo primero es comprobar la seriedad
de sus heridas. No soy tan buen curandero
como Xena, pero sé lo suficiente. A
pesar del aspecto de la espalda de Gabrielle,
creo que Xena se ha llevado la peor parte.
Me parece que tiene varias costillas partidas
y una pierna rota. Puedo encargarme de eso,
pero va a necesitar tiempo. Por eso las traje
aquí.
—¿Xe… Xena? —La áspera
voz de Gabrielle le interrumpió. Ambos
hombres se acercaron a ella inmediatamente.
—¿Gabrielle? Soy yo, Hércules.
Iolaus también está a aquí.
¿Cómo te encuentras?
—Uh… —Sacudió ligeramente
la cabeza para aclarar sus ideas. Sus ojos
se centraron en la guerrera que yacía
a su lado.
—No pasa nada, Gabrielle. Sólo
está descansando —dijo Iolaus—.
Ambas lo habéis pasado muy mal.
—Parece tan indefensa… —se
lamentó la bardo.
—Gabrielle, necesitas comer y beber
algo. ¿Puedes sentarte? —Hércules
fue hasta las alforjas y trajo consigo un
odre de agua. Gabrielle hizo una mueca de
dolor y se incorporó sin dejar de mirar
a Xena ni un momento. Mientras bebía,
Iolaus calentó un poco de comida para
todos. Luego relataron a la bardo lo que sabían
acerca de lo sucedido. Xena despertó
un rato después, pero pudo poco menos
que tomar unas cuantas cucharadas de comida
de manos de Gabrielle antes de volver a caer
inconsciente.
***
—Bueno, ya está. Mi técnica
no es tan buena como la de Xena, pero al menos
los puntos servirán —dijo Iolaus
cuando terminó de cerrar las heridas
de la espalda de Gabrielle. Ella se puso una
camisa limpia y se giró hacia el hombre.
—Iolaus, quiero daros las gracias a
ti y a Hércules por todo lo que nos
habéis ayudado. Nunca habríamos…
—No te preocupes por eso. Pero que no
se os olvide, nos debéis un favor.
—Gabrielle, ¿podemos hablar un
momento? —dijo Hércules mientras
atravesaba la puerta de la cabaña.
—Claro —respondió ella.
Los tres se sentaron a la mesa.
—Gabrielle, tenemos que irnos pronto.
Una vez que comiencen las nieves, estaréis
atrapadas aquí durante las próximas
cuatro lunas. Si haces una lista Iolaus bajará
al pueblo y os traerá todo lo que necesitéis.
En el establo hay heno y avena suficientes
como para tener a Argo contenta durante al
menos cinco lunas más, así que
cíñete a vuestras necesidades.
A Gabrielle no le llevó demasiado tiempo
confeccionar la lista de artículos.
Junto a ella, entregó a Iolaus todos
los dinares que les quedaban. Éste
asintió y se dirigió hacia el
establo, seguido e Hércules.
—Iolaus, espera. —Hércules
fue hasta el muro del fondo y desencajó
una de las tablas, que reveló tras
de sí varias bolsas repletas de dinares.
Sacó dos de ellas y se las arrojó
a Iolaus—. Déjame ver lo que
ha escrito ahí. —Iolausalargó
a Hércules el pedazo de pergamino para
que lo estudiara un momento—. Muy práctica.
¿Cuántos dinares te ha dado?
—Cincuenta.
—Esa es la razón. Trae tres veces
más de todo lo que te haya pedido…
y también esto. —Acto seguido
procedió a enumerarle toda una letanía
de cosas que debía conseguir.
—¡Herc! Para traer todo eso tendré
que emplear dos caballos, y ni siquiera tendré
sitio para montar yo.
—Mejor, necesitas hacer ejercicio —dijo
Hércules, golpeando con fuerza al hombre
en la espalda—. Llévate a Argo
y mi caballo. Ellos pueden perfectamente con
todo ese peso extra.
—De acuerdo, ¿pero para qué
todas estas cosas? No las necesitan para sobrevivir.
—Iolaus, ambas han pasado por una experiencia
traumática y van a estar atrapadas
juntas aquí arriba los próximos
cuatro meses. Creo que terminarán por
necesitarlas —afirmó con un guiño
de complicidad.
—Espero que sepas lo que estás
haciendo —dijo Iolaus mientras montaba
a Argo—. No me gustaría estar
presente cuando Xena descubra que tiene que
estar encerrada tanto tiempo.
—A mí tampoco —susurró
Hércules cuando su amigo se puso en
camino.
***
—¿Cuánto volverá
Iolaus? —preguntó Gabrielle en
cuanto Hércules volvió a la
cabaña.
—Mañana seguramente. Vamos a
hablar un momento. —Hércules
le indicó que se sentara con él
a la mesa—. Gabrielle, ésta es
mi cabaña de caza. El establo está
al otro lado de ese muro, y es cálido
y acogedor. La cabaña se encuentra
en una zona de Grecia bastante aislada. No
tendréis que preocuparos por merodeadores
ni nada parecido.
—Me alegro. Ambas necesitamos tiempo
para recuperarnos. —Hizo una mueca al
intentar enderezar la espalda.
—De eso vais a tener a raudales. ¿Has
echado un vistazo a las heridas de Xena?
—Sí, las cosiste muy bien. ¿Cuánto
tarda en soldar un hueso roto?
—Depende de cada persona, pero creo
que en su caso será cosa de una luna
más o menos.
—¿Pero no podemos salir de aquí
hasta primavera?
—Es totalmente imposible. Habrá
demasiada nieve como para que Argo siga bien
el camino. Plantéatelo como unas largas
vacaciones, una oportunidad para que paséis
tiempo juntas sin preocuparos de batallas
o ataques. Ahora, voy a preparar algo de cena.
Me muero de hambre, y apuesto que tú
también.
—Prepararé sopa. Así será
más fácil que Xena pueda comer.
—Muy bien. —Hércules miró
a la bardo un momento. Tanta dedicación,
tanta lealtad. Xena necesitaba a esta mujer
en su vida. Era consciente de cuántas
veces él mismo dependía de la
ayuda de Iolaus, y le alegraba ver que Xena
también tenía a alguien que
la cuidara.
***
La guerrera se encontró lo suficientemente
fortalecida al tercer día de estar
allí como para sentarse en la cama.
Hércules e Iolaus por su parte se despidieron
y se marcharon. Nadie le había dicho
a Xena cuánto tiempo iban a tener que
permanecer allí. Gabrielle estaba ocupada
organizando las provisiones cuando Xena le
habló.
—¿Gabrielle?
—¿Qué ocurre? —contestó
la bardo dirigiéndose hasta la cama
y sentándose junto a ella—. ¿Necesitas
algo?
—No. Sólo quiero saber cómo
estás. —Las visiones de los golpes
descargados sobre Gabrielle invadieron su
mente por un momento.
—Xena, me voy a curar, y tú también.
Drax ha muerto. No tenemos que hablar más
de todo esto si no quieres. —Gabrielle
estaba demasiado acostumbrada al estoicismo
de la mujer. Se levantó y volvió
a la chimenea para poner agua a hervir y hacer
un poco de té.
—Gabrielle, lo siento.
—¿Qué sientes? —dijo
Gabrielle sin molestarse en dar media vuelta.
—Lo que Drax te hizo. Resultaste herida
únicamente por mi culpa. Si no estuvieses
conmigo, si hubiese encontrado la forma de
ponerte a salvo…
—Xena, ya basta. —Gabrielle se
volvió y se encaró con ella.
Había cólera en aquellos ojos
verdeazulados—. No podías saber
lo que esa mujer pretendía. Hiciste
todo lo que estuvo en tu mano para protegerme.
—Ella habría dejado de golpearte
simplemente con que le dijeras que te habías
equivocado al quedarte conmigo.
—No podía hacerlo, Xena. Nunca
podría hacerte sufrir de ese modo.
Drax intentaba acabar contigo utilizándome
a mí. Incluso si hubiese hecho lo que
quería, habría intentado matarme.
—Me rompió el corazón
verte sufrir de esa forma —admitió
Xena en voz baja. Gabrielle fue hasta ella
y tomó su mano.
—Xena, escúchame. Ahora estoy
bien. Las heridas tardarán en cicatrizar,
pero estoy viva y tú también.
Eso es lo que importa. Entiéndelo,
guerrera estúpida, no voy a dejarte,
así que vete acostumbrando a tenerme
dando vueltas a tu alrededor todo el tiempo.
—Gabrielle revolvió la oscura
cabellera de Xena y se levantó—.
¿Necesitas algo? Tenemos muchas provisiones.
Cualquier cosa que se te ocurra.
—¿Por qué tantas? —Xena
echó un vistazo a su alrededor y descubrió
las cajas que se apilaban en un rincón
del cuarto—. Gabrielle, ¿qué
está pasando aquí?
—Um, bueno, verás…
—Gabrielle —dijo Xena severamente.
La bardo pudo adivinar por su mirada que lo
mejor que podía hacer era decirle la
verdad, y deprisa.
—Estamos atrapadas en la cabaña
de Hércules durante las próximas
cuatro lunas.
Parte II
—Estamos atrapadas en la cabaña
de Hércules durante las próximas
cuatro lunas —dijo rápidamente,
dando un paso atrás para ponerse fuera
el alcance de la guerrera.
—¡¿Cuatro lunas?!
—Xena, ya no nos queda otro remedio.
La nieve ha empezado a caer. No hay nada que
hacer hasta la primavera. —Sin darse
cuenta, Gabrielle siguió retrocediendo—.
Tómatelo como unas… vacaciones
forzadas.
—¿Cuatro lunas? ¿Estamos
atrapadas aquí durante CUATRO LUNAS?
—Odiaba la idea de quedarse mucho tiempo
en el mismo sitio.
—Ni siquiera puedes andar todavía,
así que ¿a dónde crees
que ibas a ir? —Gabrielle intentó
apelar al sentido práctico de Xena.
—No me gusta estar demasiado tiempo
en el mismo sitio. ¿Y qué hay
de Argo?
—¿Qué pasa con ella? Está
en el establo, resguardada, y Hércules
dijo que hay mucha comida y heno. —A
sabiendas de que acababa de echar por tierra
el único argumento posible de Xena,
Gabrielle sintió una oleada de confianza—.
Acéptalo, Xena, estás encerrada
aquí conmigo te guste o no. Ahora voy
a echar un vistazo a tus heridas.
Xena se recostó y dejó que Gabrielle
la examinara, con el ceño fruncido
todo el rato. Sin embargo prestó mucha
atención, asegurándose de entender
la gravedad de su estado. En un momento dado,
Gabrielle se giró para examinar las
piernas de Xena. La guerrera vislumbró
entonces las aspas rojizas dibujadas a través
de la camisa que Gabrielle llevaba puesta.
—Oh, Gabrielle, tu espalda —dijo
con tristeza. Xena sabía que los golpes
que Gabrielle había sufrido eran tremendos,
pero aun así se estremeció al
comprobar la realidad de las heridas.
—Estoy bien, Xena —dijo Gabrielle
dándose media vuelta. Su espalda aún
parecía estar en llamas, pero no quería
preocupar a Xena.
—Gabrielle, déjame verlas.
—Xena, no pasa nada. Es menos de lo
que parece.
—Déjame —dijo Xena con
firmeza. Suspirando, la bardo se giró
y retiró la camisa de su cuerpo. Escuchó
a Xena contener el aire en el interior de
sus pulmones ante la visión tan cercana
del daño que había sufrido—.
Gabrielle, lo siento mucho. —Su voz
se quebró.
—Xena, no es culpa
tuya —dijo Gabrielle encarándose
con ella. Alcanzó a ver un destello
de miedo y preocupación en los azules
ojos de Xena antes de que la guerrera cambiara
su expresión por la que solía
mostrar, una mortalmente dura.
—Necesitan más ungüento
—dijo con decisión.
—No puedo alcanzar toda la espalda sola.
—Yo lo haré. Trae el frasco.
—Xena se sentó, ahogando una
repentina sensación de náusea.
Gabrielle le puso las manos en los hombros
y la volvió a tumbar con delicadeza.
—Xena, puedo esperar hasta después
de haberte examinado a ti. Túmbate
y deja que traiga todo lo necesario. —Gabrielle
se levantó y volvió a ponerse
la camisa—. Dime si te hago daño,
¿de acuerdo? —dijo al tiempo
que retiraba lentamente algunos de los vendajes
que cubrían el cuerpo de la guerrera.
A pesar del cuidado de la bardo, Xena sentía
un dolor tremendo. Cerró los ojos y
apretó los dientes para no gritar.
Le parecieron horas hasta que Gabrielle terminó
decambiarle los vendajes, aunque en realidad
no pasó de unos pocos minutos—.
Ya está —dijo Gabrielle al terminar
con el último. Aún estaba maravillada
de la capacidad de Xena para sobrevivir a
pesar de todos los ataques que había
sufrido.
—Ahora te toca a ti —dijo Xena
sentándose, aguantando a duras penas
el dolor que reapareció en su cuerpo.
Gabrielle le entregó el ungüento
y luego se sentó a su lado, con la
espalda descubierta—. Prometo tener
cuidado.
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