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:: LA CABAÑA ::
(THE CABIN)

—Sé que lo harás —respondió Gabrielle. Se abrazó a sí misma anticipándose al dolor que sabía que iba a sentir en breve. Xena empezó dándole un suave masaje en los hombros. Esperó hasta notar que los músculos de la bardo se relajaban y después continuó. Se tomó su tiempo, descendiendo hasta que todas las huellas del látigo quedaron cubiertas con el ungüento. Gabrielle se maravilló al pensar en lo feroz que Xena podía mostrarse con un enemigo, y lo cariñosa y sensible que lo hacía con ella. De hecho todo el proceso de curación le dolió mucho menos de lo que había esperado.

—Ya puedes ponerte la camisa —dijo Xena limpiándose las manos. Cada una de aquellas marcas había disparado su rabia y su odio, pero también había colmado su corazón de orgullo hacia la joven. Había soportado una tortura que habría hecho caer de rodillas a cualquiera. Incluso Xena había sucumbido, pero Gabrielle encontró la fuerza necesaria para sobrevivir—. ¿Cuándo dejaste de ser una chicaindefensa y te convertiste en la increíble mujer que tengo delante? —dijo Xena, sin darse cuenta de que estaba hablando en voz alta.

—¿Qué has dicho?

—Nada. —La cara de Xena se tornó pétrea de nuevo, reprochándose a si misma el haber dejado escapar tan distraídamente sus pensamientos—. ¿Sabes? Estoy orgullosa de ti.

—Xena. —Gabrielle se volvió y se sentó junto a la guerrera. Sabía lo duro que era prodigar cumplidos para Xena, y éste era con diferencia el más grande que le había dirigido nunca—. Sólo hice lo que pensé que querrías que hiciera.

—Gabrielle, te enfrentaste a Drax a pesar del dolor. Rechazaste el camino fácil. —Xena bajó la cabeza y apartó la mirada, intentando ocultar a Gabrielle las lágrimas que empezaban a acumularse en sus ojos—. No te dejaste quebrantar. Pero yo sí —admitió en voz baja.

—Xena, mírame. —Gabrielle puso su mano bajo la barbilla de laguerrera y le giró la cara—. ¿A qué te refieres?

—No quiero hablar de eso ahora —dijo secándose los ojos. Gabrielle vio cómo las emociones de Xena desaparecían de sus ojos. "Aquí está su máscara otra vez", pensó al bardo.

—Pero estaría bien hacerlo. No recuerdo demasiado de lo que pasó. Sólo sé que no podía, que no quería decir las cosas que ella pretendía que dijera. No podía hacerte eso. —Liberó la barbilla de Xena, no sabía hasta dónde llegar con la conversación—. Mira, podemos hablar de esto en otro momento. Ahora, voy a hacer pan de nueces. —Se levantó y volvió a la chimenea, dando así tiempo a ambas para reordenar sus pensamientos.

***

—Esta parte no me gusta nada —dijo Xena mientras Gabrielle la ayudaba a volver a la cama, tras una breve visita al "lavabo" de la cabaña.

—Un poco de humildad no te vendrá mal, mi querida guerrera —dijo Gabrielle. Una almohada en la cara fue lo único que recibió como respuesta—. ¿Quieres que te lave? De todas formas tengo que cambiarte ya algunas de las vendas.

—Supongo que es una buena idea. Aún tengo encima el repugnante olor de esa celda.

—Bueno, Hércules no se sentía muy cómodo ante la idea e Iolaus estaba aterrorizado por lo que podrías hacerle después. —Gabrielle rió entre dientes ante la imagen de Iolaus tratando de lavar a Xena. Aún recordaba cómo le habían temblado las manos cuando ella se lo había mencionado. Todavía se reía cuando colocó dos cubos de agua junto al fuego.

—Gabrielle, puedo hacerlo sola —dijo Xena al ver a Gabrielle acercar los cubos a la cama un rato después.

—Tú échate y relájate —dijo la bardo. Comenzó por el cuello y la espalda, tomándose su tiempo y empleándose a fondo en el proceso. Xena se rindió ante el suave contacto de Gabrielle, dejando que el masaje relajara sus músculos. Fue en el momento en que Gabrielle llevó el paño hacia su torso y comenzó a deslizarlo sobre su estómago cuando la guerrera se puso tensa.

—Ya termino yo, Gabrielle —dijo, quitándole el paño de las manos. Se lavó rápidamente el resto del cuerpo antes de devolvérselo a la bardo. Gabrielle se preguntó qué podía haber asustado a Xena en el momento en que había empezado a lavarla por delante. Un breve pensamiento cruzó la mente de la joven bardo, pero sacudió la cabeza para librarse de él.

—Toma, ya está. Ahora voy a darme un gran baño caliente —dijo alejándose en busca de un poco de agua fresca—. Después de todo, tenemos pendiente una charla y mucho pan de nueces —añadió antes de salir a recoger nieve para derretirla después. Xena se recostó y pensó en lo que acababa de ocurrir. El tacto de Gabrielle era delicado, casi como una caricia, y había disfrutado con él mucho más de lo que se atrevía a admitir. Ya era bastante duro no mirarla cuando se vestía o se desnudaba. Su cuerpo se había desarrollado mucho en los dos últimos veranos. Ya no era la joven asustadiza que Xena había conocido. Su Gabrielle era ahora una reina amazona muy hábil con su cayado. Se había convertido en una hermosa mujer.

***

Gabrielle meditó mucho mientras rellenaba los cubos con nieve. Recordó la primera vez que vio a Xena y cómo empezó a seguirla. Entonces era una mujer fría, distante, alguien con quien era difícil convivir. Ahora había veces en las que Gabrielle se sentía muy cerca de la guerrera. Parecía que era capaz de sacar su mejor cara. También le dedicaba halagos más a menudo. Gabrielle apreciaba cada palabra amable, cada pequeño gesto, y era consciente de que recientemente le prestaba más atención. Xena siempre la había sobreprotegido, pero estas últimaslunas aquello se había convertido en algo exagerado. Gabrielle solía poder entrar sola en las tabernas, y ahora Xena insistía en hacerlo primero para asegurarse de que no había peligro. Sabía que se sentía más apegada a aquella mujer que a cualquier otra persona en su vida. No sabia qué haría sin ella. Apartando este último pensamiento de su mente, recogió los cubos y volvió dentro.

***

Xena dirigió al vista hacia la chimenea, pero miró a Gabrielle por el rabillo del ojo. Estaba canturreando, sin saber que ella la observaba. Xena sintió acelerarse su respiración al ver el agua y el jabón deslizarse por su espalda. Cuando se volvió, Xena miró directamente hacia el fuego, y no dejó de hacerlo hasta que Gabrielle dio por terminado su baño y se puso la camisa.

—Y ahora el pan de nueces —dijo Gabrielle alegremente llevando la hogaza caliente hasta la cama. Se sentó con las piernas cruzadas junto a Xena y partió un gran trozo para ella—. Entonces… mmm… dime, ¿qué ocurrió en aquella celda? —preguntó la bardo echándose un gran rozo de pan a la boca. A Xena siempre le había maravillado la capacidad que tenía para comer y hablar a la vez.

—No estoy segura de querer hablar de eso ahora —dijo ella mirando a los ojos verdeazulados de la joven.

—Xena, por favor, dímelo. Necesito saberlo —le pidió Gabrielle apasionadamente—. Antes dijiste que ella te quebrantó. ¿Cómo? ¿Qué ha podido hacerte ella que no te haya hecho ya alguien antes? —Gabrielle estaba pensando en todas las batallas que Xena había librado en sus días como señor de la guerra. Sabía que la guerrera había sufrido heridas mucho más graves que éstas.

—Te hizo daño —dijo Xena en voz baja mientras bajaba la vista hasta sus manos—. Habría hecho cualquier cosa con tal de que parara.

—Oh, Xena —exclamó Gabrielle comprendiendo al fin. Sabía que ella habría hecho lo mismo de haber estado en su lugar. Se inclinó ligeramente hacia ella y le puso la mano sobre su torneado muslo. Xena la cubrió con la suya y la acarició con cariño.

—Le supliqué, Gabrielle. Le rogué y le supliqué que dejara de golpearte. Habría hecho cualquier cosa para librarte de aquel dolor. —La imagen de la espalda de Gabrielle cruzó como un rayo la cabeza de Xena, estremeciéndola. Las lágrimas comenzaron a caer sin control de sus profundos ojos azules—. Me alegro de que me golpeara tanto como para impedirme ver. Pero aún podía oír. Te oía gritar y… y no podía…

—Shh —dijo Gabrielle abrazando a la desconsolada mujer—. Sé que hiciste todo lo posible para protegerme, y te adoro por ello. —Recorrió con sus manos la espalda de Xena para reconfortarla, con cuidado de no forzar sus costillas rotas. Xena enterró su cabeza en el hombro de la bardo y permitió que el dolor la invadiera. Gabrielle siguió acariciándole el pelo mientras la mecía—. Lo sé, lo sé —repetía rítmicamente, intentando calmar a la guerrera. En su debilitado estado, el agotamiento cayó sobre la imponente mujer, por lo que a Gabrielle no le llevó mucho tiempo tumbarla para que pudiera dormir. Y la bardo se acercó, abrazándose a su guerrera.

***

Xena despertó temprano, pero no se levantó como normalmente hacía. Se encontró rodeada por los brazos y las piernas de Gabrielle. Pensó en escabullirse, pero decidió que estaba demasiado a gusto como para acabar con el momento tan pronto. Se permitió vagar en perezosos círculos con sus dedos por el brazo de la bardo, disfrutando la sensación de la suave piel bajo ellos un buen rato antes de desasirse y levantarse por fin. Fue hacia el cayado de Gabrielle y lo usó como muleta para ir hasta el lavabo, ignorando el dolor de su pierna y sus costillas.

Gabrielle sacó la cabeza de entre las mantas bastante después y captó el aroma del desayuno. Xena estaba sentada junto a la chimenea, bebiendo una taza de té. —Ya pensaba que ibas a dormir todo el día —dijo mirando a la bardo, medio dormida aún.

—¿Cuánto tiempo llevas levantada? —le preguntó Gabrielle ya incorporada y desperezándose. Notó que los ojos de Xena no se habían apartado de ella, así que se esforzó por ahogar el gesto. Las ideas comenzaron a formarse de nuevo en la mente de la bardo. Ideas que quería seguir explorando.

—Como una hora y media. —La guerrera preguntó mientras se giraba otra vez hacia la comida, aún a medio hacer—. ¿Tienes hambre? Vaya pregunta. ¿Mi bardo sin hambre? —se rió Xena. El silencio cayó en la habitación un momento mientras ambas mujeres consideraban en silencio, y al mismo tiempo, el "mi bardo" de la frase de Xena. Gabrielle sonrió y rompió el silencio.

—Pues sí, me muero de hambre. ¿Qué has preparado? —dijo deslizándose de la cama y colocándose junto a la guerrera. Xena dio gracias a los dioses de que Gabrielle no mencionara más su pequeño desliz lingüístico.

—Pensé que te apetecería un poco de pan y pescado —dijo Xena apartando este último del fuego y sirviéndolo en dos platos.

—¡Mira el tamaño de ese pez! No sabía que pudieran ser tan grandes —exclamó Gabrielle partiendo un gran pedazo y metiéndoselo en la boca.

—Bueno, el mérito no es mío. He encontrado una pila de peces congelados junto a la puerta.

—Iolaus o Hércules debieron atraparlos para nosotras antes de irse. Nunca me había molestado en mirar. ¿Cómo los encontraste?

—Eché un vistazo rápido afuera mientras estabas durmiendo. Hacía mucho tiempo que no veía tanta nieve.

—¿Cómo te las has arreglado con la pierna rota?

—Utilicé tu cayado para apoyarme. Pero tengo que admitir que ahora las costillas me duelen un poco.

—No me extraña. Te llevaste una buena paliza. —Todo volvió a quedar en silencio, puesto que ninguna de las dos quería hablar del incidente con Drax—. Xena, necesito que me dejes tu espada y tu daga un rato.

—Claro, ¿qué vas a hacer? —Gabrielle nunca le pedía prestadas sus armas, lo cual le disparó la curiosidad.

—Es una sorpresa. Confía en mí. Iré a ver a Argo ya que salgo.

—Vale, pero ten cuidado. No vayas más allá de donde yo pueda oírte.

—Sí, mamá —dijo Gabrielle con tono sarcástico.

***

Gabrielle inspeccionó varios árboles antes de encontrar lo que andaba buscando. Sonriendo, agarró la espada y comenzó a golpear una rama larga y gruesa. Ya sudaba a raudales para cuando logró separarla del tronco. Luego la llevó a rastras hasta el establo. —Hola Argo, ¿cómo estás? —dijo a la preciosa yegua mientras le rellenaba el comedero. Luego se sentó en la esquina opuesta a la que ocupaba el animal y colocó la rama sobre su regazo. Sacó la daga y comenzó a quitarle la corteza y toda la madera que no iba a necesitar. Tal y como había dicho Xena, la daga y la espada estaban bien afiladas. Para cuando hubo terminado tenía varios cortes en las manos y uno más junto a su ombligo, puesto que la hoja se le había resbalado de entre mas manos en varias ocasiones. Cuando logró la forma adecuada, Gabrielle comprobó el tamaño. Xena era mucho más alta que ella, lo cual hizo difícil calcular con precisión la altura. Con frecuencia regresaba a la cabaña, asomaba la cabeza, llevaba agua y dejaba que Xena comprobara con sus propios ojos que se encontraba bien. Habían pasado casi seis horas desde que salió. Por fin, satisfecha con el resultado, abandonó el establo y volvió a la cabaña, aunque dejó de momento lo que había hecho afuera, junto a la puerta.

—¿Dónde has estado? —le dijo Xena cuando entró. Gabrielle tenía el aspecto de alguien que ha llevado a cabo una tarea física. Su cabello rojizo estaba pegado a su cara, y traía las manos sucias—. ¿Qué has hecho? ¿Talar cada maldito árbol del bosque? —bromeó Xena.

—No, sólo una rama —dijo Gabrielle. Abrió la puerta y dejó que Xena viera su invento—. La he hecho para ti. Así no tendrás que usar mi cayado. Mira, esta parte de arriba es en curva y tiene un mango a media altura para que puedas descargar el peso sobre la mano y tus costillas no sufran tanto.

—Gabrielle —dijo Xena sorprendida tomando la muleta de las manos de la bardo—. Es preciosa. Debes haber trabajado en ella todo el día. —Gabrielle se balanceó atrás y adelante, halagada por el cumplido.

—No estaba segura de la altura. La puedo acortar si hace falta.

—No, está perfecta —dijo Xena suavemente. Se la puso bajo el brazo y la probó. Era perfecta. Gabrielle había conseguido la altura y la forma correctas para su constitución—. Muchas gracias, Gabrielle. Significa mucho para mí. —Cojeó ligeramente hacia delante y abrazó a la bardo, que le correspondió al instante. Sabía que Xena estaba emocionada. Le había costado tanto tiempo conseguir que la guerrera le dedicara una alabanza o una sonrisa que el hecho de que ambas se encontraran en aquella situación era casi abrumador. Había valido la pena.

Cuando rompieron el abrazo, Xena distinguió la mancha entre rojiza y marrón del top de la bardo. —¡Gabrielle, te has herido!

—No es nada, Xena. La daga se me escapó, eso es todo. —Gabrielle retrocedió un paso. No había querido que la guerrera viera el corte.

—¿Se te escapó? ¿Y no viniste para que te curara? —Xena deslizó su voz hasta un tono de profunda seriedad—. Ven aquí y déjame ver.

—No es nada grave. Sólo un pequeño corte.

—Gabrielle —dijo Xena con ese tono de "no pienso discutir contigo" señalando hacia la cama—. Ven aquí. —Gabrielle suspiró dándose por vencida y fue hasta ella. Xena puso a hervir un poco de agua y buscó unas hierbas en sus alforjas. Descubrió con agrado que podía moverse mucho mejor gracias a la muleta que Gabrielle le había hecho para sustituir al cayado. De espaldas a la bardo, no fue capaz de ver la sonrisa de oreja a oreja que se dibujó en su cara mientras ella se movía por la cabaña.

La herida no era tan grave como Xena había pensado, pero más profunda de lo que Gabrielle le había dado a entender. Con delicados y suaves movimientos Xena limpió a conciencia la zona para vendarla después. —Bien, he terminado.

—Gracias —dijo Gabrielle sentándose. Al momento captó una expresión sombría en sus ojos azules—. Xena, ¿qué ocurre? —La cara de la guerrera cambió al instante, haciendo visible su máscara una vez más—. Hey, no me des de lado. —Gabrielle se inclinó hacia ella y le agarró la muñeca, obligando a la guerrera a mirarla. —Habla conmigo —le rogó casi con un susurro.

—Resultas herida una y otra vez por mí —dijo Xena lentamente mirando al suelo—, y nunca te quejas.

—No me quejo porque es mi elección estar contigo. Actúas como si todo lo que me pasa fuese culpa tuya. Y no lo es. No eres tú quien me hace daño, excepto… —Gabrielle dejó morir la voz en su garganta. No quería expresar su mayor temor.

—¿Excepto qué? Gabrielle, ¿te he hecho daño de alguna forma? —La idea de que Gabrielle sufriera sin ella saberlo invadía a Xena de una tristeza tan profunda como nunca antes había sentido, ni siquiera cuando murió Marcus. —Dímelo, por favor.

—Me haces daño cuando… —Gabrielle tragó saliva, buscando en su interior la fuerza necesaria para pronunciar aquellas palabras—. Cuando hablas de nosotras yendo por caminos separados. A veces pareces tan enfadada conmigo que tengo miedo de que sea ese el momento en que decidas dejarme atrás. —Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de la bardo—. Xena, no quiero que me abandones. Quiero quedarme contigo. —La voz desapareció cuando las lágrimas dejaron paso a los sollozos. Había admitido su mayor miedo a la persona que más significaba para ella. Xena rodeó a la bardo con sus brazos y la atrajo hacia sí, abrazándola con firmeza y cariño.

—Shh, no voy a dejarte, pase lo que pase. Te lo prometo. —Xena acarició dulcemente la espalda de Gabrielle, con cuidado de no tocar las marcas del látigo. —Gabrielle, no puedo imaginar mi vida sin ti. Las palabras no se me dan bien, ya lo sabes. —Xena calló un momento y parpadeó con fuerza para aclarar su vista de las lágrimas que se empezaban a formar también en sus ojos—. Oye, ¿por qué no me cuentas una historia mientras preparo la cena? Sé que no has comido en todo el día, debes estar muerta de hambre. Haremos un trato. Si la historia es realmente buena me tragaré mi orgullo y te haré una hogaza depan de nueces. ¿Qué te parece? —Xena se irguió y miró a su joven amiga. Gabrielle se secó las lágrimas y sonrió. Le encantaba que Xena le pidiera una historia.

—Trato hecho. ¿Qué clase de historia quieres? ¿Acción? ¿Aventura? ¿Romance?

—Decide tú. Me gustan todas, siempre y cuando no salga yo. —Puso una mano sobre la rodilla de Gabrielle y la apretó cariñosamente antes de levantarse y cojear hasta la chimenea para empezar a preparar la cena. Gabrielle pensó sobre el tipo de historia que iba a contar. Era una elección difícil. Mientras trabajaba en la muleta había decidido que su siguiente historia seríaun cálido romance. Quería ver la reacción de Xena. Las sospechas de Gabrielle sobre sus verdaderos sentimientos se estaban haciendo más y más fuertes con cada roce, con cada sonrisa, con cada palabra amable. Esperaba estar en lo cierto, puesto que con el paso de los días mantener el control se estaba volviendo realmente duro.

—Me parece que ya hemos tenido suficiente acción y aventura por un tiempo. Es hora de un poco de romance —dijo Gabrielle. Xena se giró para mirarla y elevó una ceja.

—¿Perdona?

—Me refiero a la historia, guerrera estúpida —se burló Gabrielle. Luego sonrió para sí, puesto que había obtenido exactamente la reacción que quería. Xena no supo decir qué, pero había algo en aquella sonrisa de Gabrielle que la puso nerviosa.

—Vale, adelante entonces —dijo Xena devolviendo su atención a la comida. Gabrielle se sentó detrás de ella y con voz suave comenzó una de las mejores narraciones de Safo. Xena se permitió perderse en la voz de la bardo, dejando que las palabras acariciaran su mente como si fueran música. Cerró los ojos y dejó que aquella voz la llevara al interior de la historia. Sólo el olor a comida quemada la devolvió a la realidad. —¡Oh, Hades! —exclamó tratando de salvar valerosamente de las llamas la comida chamuscada.

—No tiene importancia —dijo Gabrielle luchando por ahogar la risa. Nunca había visto a Xena tan distraída como para echar a perder una comida. Se había contestado otra de las preguntas que ocupaban la mente de la bardo. Xena, por su parte, maldijo en silencio por haberse dejado distraer con tanta facilidad mientras preparaba una nueva hornada.

Se comieron la cena y, tal y como había sido prometido, hubo pan de nueces de postre. Gabrielle devoró felizmente su pedazo mientras Xena arrojaba más troncos al fuego. Cuando consiguió una hoguera lo suficientemente buena, se recostó utilizando el borde de la cama para apoyar la espalda. Gabrielle se sentó a su lado, un poco más cerca de lo normal.

—Xena, ¿puedo preguntarte algo personal?

—Puedes preguntar lo que quieras, pero no sé si te contestaré. —Xena se irguió, a la expectativa.

—Bueno, me preguntaba…

—¿Qué?

—Pues, lo que se siente… al… —Gabrielle sintió cómo el rubor le subía por el cuello hasta las orejas, y estaba segura de que Xena podía verlo también.

—Gabrielle, suéltalo. Nunca antes te había visto tan falta de palabras. —Xena rogó secretamente para que Gabrielle no las encontrara. Si era algo tan difícil de preguntar, no estaba segura de querer oírlo.

—Bueno… —lo intentó de nuevo.

—Eso ya lo has dicho antes, y varias veces —dijo Xena, ligeramente sorprendida.

—¿Cómo es el sexo? —le espetó finalmente Gabrielle. Xena la miró a la luz del fuego y elevó una ceja. Ese no era en absoluto el tipo de pregunta que esperaba.

—Gabrielle, has estado casada. Seguro que tú y Perdicus… —Dejó la frase colgando. No quería imaginarse a Gabrielle en esa situación, con nadie.

—En realidad no —admitió Gabrielle por primera vez—. Fue un día muy largo y… bueno… él se puso un poco… no pudo esperar…

—¿A qué te refieres? —El miedo cruzó por la mente de Xena junto a varias visiones de Perdicus penetrando a Gabrielle violentamente.

—Nunca lo hizo conmigo. —Las mejillas de Gabrielle se enrojecieron al reconocerlo—. Estaba demasiado excitado. Y después, se quedó dormido.

—Oh Gabrielle —dijo Xena suavemente—. Lo siento. No lo sabía. Quieres decir que él nunca… —intentó reprimir una sonrisa irónica.

—No. Creo que soy una viuda virgen. —Ambas consideraron esas palabras un segundo y luego estallaron en carcajadas. Les llevó un buen rato recuperar el control. Gabrielle se secó los ojos y hablo de nuevo. —Contesta a mi pregunta.

—Um, ¿cuál era? —Xena trató de recordar dónde había quedado la conversación antes de tomar este nuevo rumbo.

—¿Cómo es el sexo?

—Oh, eso. —La guerrera pensó un momento antes de responder—. Depende de con quién estés y lo que busques.

—No lo entiendo —dijo Gabrielle. Realmente no tenía ni idea de lo que Xena quería decir.

—¿Necesitas algo más específico, Gabrielle? —preguntó Xena levantando una ceja.

—No —contestó rápidamente—. Bueno, sí. Quiero que me hables de los besos.

—¿Qué pasa con ellos? —Xena suspiró aliviada en su interior. Al menos no le había pedido que le hablara de su pasado sexual, por otro lado bastante extenso.

—La verdad, yo besé a algunos chicos de mi aldea cuando era pequeña y siempre me pareció algo, bueno, algo asqueroso. Pero he oído historias que dicen que besar puede ser algo placentero. Yo nunca he encontrado placer en un beso.

—Eso es porque aún o has encontrado a la persona adecuada —dijo Xena sonriendo—. Si es ella quien te besa, puedes sentirlo muy adentro, en el centro mismo de tu corazón.

—¿Has sentido tú eso alguna vez? —preguntó Gabrielle. Xena la miró un momento, tomando conciencia de lo mucho que deseaba decírselo.

—No.

—¿No? ¿Y ya está? ¿Significa eso que lo que has dicho antes no es verdad? —Gabrielle se resistía a creer que el beso mágico del que tanto y tantas veces había leído no existiera.

—No sé si es real o no, Gabrielle. Sólo que yo nunca lo he sentido. —Xena esperaba que aquello bastase a la bardo y que la conversación acabara allí. A veces se preguntaba si esa magia se desataría si besaba a Gabrielle.

—Oh —fue todo lo que la bardo contestó. Se metió otro pedazo de pan de nueces a la boca y masticó concienzudamente, dejando a Xena con sus pensamientos. En su interior, Gabrielle sonreía. Todo se desarrollaba según tenía planeado.

***

Xena empezaba a estar sentirse realmente acobardada por el comportamiento de Gabrielle hacia ella. Nada concreto, sino más bien una sensación. Las miradas eran diferentes, las conversaciones más personales. Cada vez le resultaba más difícil quitarse los pensamientos eróticos sobre la bardo de la cabeza y Gabrielle no ayudaba en absoluto con su constante cercanía. Casi parecía como si pudiese leer sus pensamientos.

La mañana la encontró tratando de escabullirse de entre los brazos y las piernas que rodeaban su cuerpo. La durmiente bardo refunfuñó por el movimiento y se dio media vuelta, liberando a Xena de su deliciosa cautividad. La guerrera se puso de costado y estudió aquella silueta un momento antes de obligarse a salir de la cama, agarrar su muleta y dirigirse al lavabo.

Se pasó el resto del día limpiando su armadura y su espada mientras Gabrielle, sentada en la mesa, escribía animadamente. Asumió que la bardo estaba trabajando en otra historia. Contempló su frente, fruncida por la concentración, y luego la vio suavizarse antes de volver a escribir. Encontró tanta fascinación en los movimientos de Gabrielle que dejó inconscientemente de abrillantar su equipo. Simplemente se quedó allí sentada, contemplando a la narradora largo rato, hasta que sus ojos verdeazulados se elevaron sorprendiéndola. Xena desvió en seguida la mirada y comenzó a limpiar de nuevo, sin darse cuenta de la enorme sonrisa que se dibujó en el rostro de Gabrielle un segundo después.

Gabrielle miró su pergamino. Ojalá Xena pudiese ver lo que estaba escribiendo. No era en absoluto una historia. Estaba planeando y detallando su última batalla contra la princesa guerrera, una batalla por su corazón. Anotó un par de cosas más antes de plegar el pergamino y guardarlo en el interior de su camisa. No quería correr el riesgo de que Xena descubriera el plan antes de tener la oportunidad de ponerlo en práctica.

Después de cenar, Gabrielle se dio un baño mientras Xena atendía el fuego. La guerrera se mantuvo deliberadamente de espaldas a Gabrielle durante todo el rato que estuvo secándose y hasta que se puso la camisa de nuevo.

—Xena, ¿me echas una mano con mi pelo? Parece horriblemente enredado —le pidió Gabrielle, sin mencionar que aquello no era en absoluto algo casual.

—Claro, ¿quieres que te haga trenzas? —preguntó Xena al tiempo que se apartaba del fuego y se dirigía hacia la cama.

—Eso suena bien —dijo Gabrielle sentándose entre las piernas de Xena y entregándole el peine. Xena Rodeó con su brazo la cintura de Gabrielle y la acercó a ella para alcanzar mejor su cabello. Contuvo un estremecimiento al sentir los muslos de la bardo contra los suyos. Empezó a desenredarle con cuidado, primero usando los dedos y luego el peine. Se tomó su tiempo, disfrutando del sedoso contacto. Gabrielle estaba lista para la siguiente fase de su plan.

—Xena, ¿me explicas lo que es la lujuria del guerrero? —La mujer casi dejó caer el peine. Intentó encontrar en seguida una respuesta corta que no diera lugar a más curiosidades por parte de la bardo.

—Es um, bueno, ¿por qué lo preguntas? —Xena no recordaba haber estado nunca tan nerviosa como en ese momento.

—Es para una historia que estoy escribiendo. He escuchado el término, pero en realidad no tengo clara la diferencia entre eso y el simple sexo apasionado. —Gabrielle sonrió al sentir ponerse rígido el cuerpo que tenía detrás.

—Bueno… um… la lujuria del guerrero es…

—¿Sí? —insistió Gabrielle con curiosidad perfectamente fingida.

—Es más… tiene más de celebración —dijo Xena por fin.

—¿De celebración? ¿Por qué motivo?

—Por vivir. Por sobrevivir a la batalla. El sexo tiene una calidad diferente después de una batalla. Es casi como para recordarte a ti mismo que todavía estás vivo. —Xena comenzó entonces a separar los mechones de pelo cobrizo y a trenzarlos.

—¿La has sentido alguna vez?

—¡Gabrielle!

—¿La has sentido? —No pensaba a darse por vencida tan pronto.

—Sí, después de cada batalla —admitió Xena, intentando con todas sus fuerzas no pensar en ello.

—¿Incluso ahora? —le preguntó Gabrielle, dudando que Xena tuviese el valor de contestar la verdad. Sabía que solía pasar tiempo a solas, sin ver a nadie, después de luchar. Y creía saber exactamente lo que la guerrera hacía.

—Algunas veces —mintió Xena. Siempre sentía ese tipo de lujuria, pero no estaba dispuesta a admitírselo al objeto de sus fantasías masturbatorias.

—¿Y cómo lo manejas? —insistió Gabrielle.

—Gabrielle, ¿no podemos hablar de algo que no sea mi vida sexual, o la falta de ella? —dijo Xena con tono exasperado. Aquella tarde definitivamente la conversación se estaba volviendo demasiado personal. Y el calor que resultaba de la cercanía de sus cuerpos no ayudaba en absoluto.

—Lo siento, era simple curiosidad. —Gabrielle empleó un tono dolido en esa afirmación, jugando con la compasión de Xena. Y funcionó.

—Perdóname, Gabrielle. No quería ser tan brusca. Es que no es un tema con el que me sienta demasiado cómoda. Me trae muchos recuerdos que prefiero no revivir. —"Y pensamientos a los que prefiero no enfrentarme", pensó para sí. Gabrielle sabía que todo había terminado por esa noche, y estaba satisfecha. Había obtenido exactamente las reacciones que quería y la información que necesitaba para seguir luchando. Decidió dar un respiro a Xena y cambió de tema.

—Parece que Argo está ganando peso.

—Probablemente. Le hace falta ejercicio. —Xena ató el extremo de la trenza con una tira de cuero—. Ya está.

—Gracias —dijo Gabrielle comprobando la forma de su pelo. Aún le maravillaba lo bien que Xena podía llevar a cabo una actividad tan femenina. Consciente de que el seguir sentada tan cerca de Xena provocaría una pregunta por su parte, se levantó y fue hacia uno de los odres—. ¿Quieres un poco de vino? —preguntó alcanzando dos copas.

—Sí, me gustaría. ¿Cuánto nos queda? —dijo Xena, ocultando su disgusto ante la marcha de Gabrielle.

—Mucho. Hércules tenía un tonel aquí cuando llegamos y envió a Iolaus a por dos más —dijo Gabrielle alargándole a Xena su copa antes de sentarse a su lado.

—Bien —dijo Xena apurando el contenido. Gabrielle estaba a una distancia prudencial, pero aún lo suficientemente cerca como para interferir en los pensamientos de la guerrera. Gabrielle no habló, sino que se dedicó a beberse su vino y planear su jugada. Decidió que el plan del día siguiente no incluiría preguntas sobre sexo. Eso pondría nerviosa a Xena, y no quería que ocurriera aún. Gabrielle sonrió con perversidad mientras el tormento de mañana se formó poco a poco en su mente.

—Creo que no quiero saber lo que está pasándote por la cabeza en este momento, a juzgar por tu sonrisa —dijo Xena, sacando a Gabrielle de su ensimismamiento.

—Uh, yo, um, simplemente pensaba en una historia.

—Uh huh —dijo Xena al tiempo que elevaba una ceja. No creía una palabra, pero tampoco estaba segura de querer saber exactamente lo que estaba pensando Gabrielle. —Voy a necesitar que ejercites un poco a Argo hasta que mi pierna se cure —dijo luego, intentando cambiar de tema.

—¿Seguro que no podemos dejarla engordar simplemente? —A Gabrielle no le entusiasmaba la idea de montar a Argo.

—Gabrielle, sabes que lo necesita. ¿Quieres que lo haga yo, con la pierna rota?

—No. Yo lo haré, pero no pretendas que me guste —dijo Gabrielle con desánimo.

—Todos tenemos que hacer cosas en la vida que no nos gustan, Gabrielle.

—Ah sí, pero con suerte, algún día seremos recompensados por nuestras acciones —respondió rápidamente la bardo.

—¿Y exactamente qué clase de recompensa quieres por ejercitar a Argo? —preguntó Xena levantando una ceja. Quería ver el tipo de respuesta que le daría la bardo, considerando la naturaleza de sus últimas conversaciones.

—Mmm, tendré que pensármelo —dijo Gabrielle levantándose con rapidez y subiéndose ala cama—. Lo consultaré con la almohada y mañana te lo digo. Buenas noches. —Se giró para ocultar su sonrisa. "Oh sí, Xena. Espera a ver cuál es la recompensa que quiero", pensó Gabrielle cerrando los ojos. Xena se quedó sentada en el suelo unos cuantos minutos más, intentando relajarse antes de darse por vencida y meterse en la cama junto al objeto de sus sueños. Mantener sus sentimientos bajo control le resultaba cada vez más y más difícil. Tuvo que refrenar el impulso de rodear con sus fuertes brazos el suave cuerpo que yacía junto al suyo. Frustrada, Xena se giró finalmente hasta quedar de espaldas a la bardo y miró al fuego. "¿Tienes idea de qué clase de pasiones estás encendiendo en mi interior?", pensó Xena para sí mientras se apoderaba de ella un sueño intranquilo.

***

Gabrielle planeó sus actos con cuidado. No quería despertar sospechas en la guerrera. Hablar de sexo ya no era una opción, pero sí el contacto físico. Xena estaba de pie junto a la chimenea, inclinada sobre la muleta, y vigilando el desayuno cuando sintió las pequeñas y delicadas manos de la bardo rodear su cintura y abrazarla con firmeza. —Buenos días —dijo Gabrielle al tiempo que la liberaba. Había sentido la rigidez en el cuerpo de Xena ante el roce. "Parece que ha sido una buena idea", pensó para sí la bardo.

—Buenos días —respondió Xena intentando recuperar la flexibilidad—. Guiso de conejo para desayunar. Parece que no hay ningún otro tipo de carne. ¿Quieres un poco de té? —Xena fue cojeando hasta donde se encontraban alineadas las copas, sobre el mostrador. Necesitaba poner espacio de por medio entre ella y la intoxicante presencia de la bardo.

—Eso del té suena bien. Supongo que podría llevar a Argo hasta el arroyo y tratar de conseguir un poco más de pescado. ¿Qué te parece? —preguntó Gabrielle mientras se vestía. Xena se mantuvo de espaldas a ella en todo momento.

—Muy bien, siempre y cuando no te caigas dentro —añadió en tono de broma mientras vertía el líquido en la taza. Gabrielle fue hasta ella y se la quitó de las manos. —Gabrielle, hazme un favor y llévate mi daga. —Alzó una mano para detener la protesta de la bardo—. Sólo por si acaso. Hazlo por mí, por favor. —Gabrielle sabía que no era capaz de discutir con Xena, especialmente cuando le pedía las cosas "por favor".

—De acuerdo. La ataré a uno de los extremos de mi cayado. ¿Te quedas más tranquila así? —Sabía que sí, pero quería oírlo de los labios de Xena.

—Sí. ¿Cómo está tu espalda?

—Mejor.

—Bien. No tardes mucho. No me gusta quedarme aquí sentada preocupándome por ti.

—¿Preocupándote por mí? ¿En qué tipo de problema podríameterme entre la cabaña y el arroyo? —preguntó Gabrielle haciendo uso de su voz más inocente. Ambas se miraron y estallaron en carcajadas—. Tendré cuidado, Xena, lo prometo. —Con eso, le dio otro abrazo rápido, esta vez de cara, y se marchó. Xena contempló la puerta cerrada unos segundos mientras los pensamientos arrasaban su mente. "¿Qué estás tramando? Tengo el presentimiento de que algo planeas, pero no sé qué es. ¿Qué hay en esa pequeña cabecita tuya?" Apartando esas ideas, Xena cojeó hasta la cama y comenzó con los dolorosos ejercicios que le servían para fortalecer su pierna.

Pasaron dos horas antes de que oyese a Argo regresar. Gabrielle entró, mostrando orgullosamente tres peces medio congelados. —¿Ves? Y sin mojarme siquiera. —Su sonrisa fue respondida por otra de la guerrera. Gabrielle se puso ropa seca y se sentó junto al fuego mientras Xena limpiaba el pescado. Se dirigió hacia ella varias veces para ver cómo iba, y cada vez se las arregló para tocarla en el hombro. Eso hacía que la mujer de pelo azabache fuese más y más consciente de la presencia de la bardo, si es que algo así era posible. Gabrielle se relajó y abandonó su estrategia hasta la tarde.

Después de cenar volvieron a sentarse en el suelo con la cama como respaldo. Gabrielle se esforzó especialmente en colocarse muy cerca, lo cual no pasó desapercibido a la guerrera, y tampoco a su cuerpo. Charló distraídamente sobre temas absurdos e inconsecuentes antes de decidir meterse en la cama. Se había asegurado de dotar a su voz de un tono suave, transportando a Xena a un estado semihipnótico varias veces. Se fue a dormir satisfecha por su labor de aquel día, y la guerrera lo hizo terriblemente frustrada.

***

Gabrielle decidió que aquella sería la noche en la que seduciría a Xena. Ya había esperado suficiente por la mujer que amaba. Todas las insinuaciones, miradas y bromas no habían funcionado. Era el momento del asalto definitivo. Gabrielle habló poco durante el día, estaba demasiado ocupada planeando. Xena la miraba caminar por la cabaña, perdida en sus pensamientos. La falta de conversación por parte de la bardo desquiciaba a Xena. Estaba segura de que Gabrielle tramaba algo, sin duda alguna. Era aquel "algo" lo que la ponía tan nerviosa.

Gabrielle rebuscó en una de las cajas de provisiones hasta dar con lo que buscaba, un pequeño frasco de aceite perfumado. Un brillo malvado se asomó a sus ojos al pensar en todas las posibilidades que aquel recipiente le brindaba. Fue hasta la cama y se sentó. —Xena, ¿por qué no me dejas darte un masaje en la espalda? Tengo aceite —dijo tentándola—. Venga, sabes lo mucho que te gustan los masajes. —Xena se puso tensa ante la idea de las manos de aquella preciosa mujer recorriendo su espalda arriba y abajo, pero la anticipación de ese placer le inundó los sentidos.

—De acuerdo, entraré en tu juego —dijo Xena dejando a un lado la muleta y sentándose frente a la bardo.

—Interesante elección de palabras, mi estúpida guerrera —dijo Gabrielle suave y cariñosamente. Luego se acercó hasta que sus piernas quedaron prácticamente bajo las de la guerrera. Se inclinó hacia delante y susurró al oído de Xena. —Quítate la camisa. —Fue más una orden que una petición. El cálido y suave aliento y la autoritaria voz intoxicaron e hipnotizaron a la mujer. Cerró los ojos e hizo lo que se le pedía—. Ahora, voy a contarte una historia. —Gabrielle hizo una pausa y vertió unas gotas de aceite sobre los torneados hombros—. Quiero que escuches con atención. ¿Entendido, Xena? —Deslizó sus manos con suavidad sobre los hombros de la mujer—. Pon mucha atención. —Todo lo que Xena pudo hacer fue asentir. Gabrielle nunca llegó a retirar la cabeza, por lo que su cálido aliento continuó acariciando el oído de la mujer. —Voy a contarte la historia de dos amantes… —Xena fue incapaz de reprimir un ligero gemido. Gabrielle conocía perfectamente el efecto que aquella historia tenía sobre ella, por eso la había elegido. Mientras hablaba, continuó aplicando aceite en la espalda de Xena, haciéndola estremecerse a medida que descendía. El masaje ya había perdido toda su razón de ser. Las manos de Gabrielle vagaban libremente, alrededor de su cuello, bajando por sus brazos, por toda su espalda. No sólo acariciaban, estaban sintiendo y memorizando el cuerpo de Xena. Sus manos y sus dedos delineaban cada músculo, cada cicatriz, entregándolos a su recuerdo. Su dulce y melódica voz, sus sensuales manos y el tibio aliento trabajaban unidos para poner a Xena en un letárgico estado de deseo y relajación—… y cada vez que las olas rompen contra la orilla, los amantes quedan unidos. —Gabrielle terminó con esas palabras. Sus propios deseos se abrían camino ahora haciendo la necesidad de sentir más piel bajo sus dedos algo incontrolable. Titubeaste, rodeó con sus brazos la cintura de Xena, susurrando. —Xena, te quiero. —A continuación besó el lóbulo de su oreja.

Su respiración se hizo más rápida al sentir los brazos de la bardo rodeándola. Una descarga eléctrica viajó desde su oreja hasta el centro de su ser al sentir el contacto de aquellos suaves labios. Todas sus defensas se vinieron abajo al escuchar esas hermosas palabras. Abrió sus ojos, llenos de lágrimas, y volvió la cabeza para mirar a su adoraba Gabrielle. Fue recibida por el azul verdoso que tanto amaba, tan conmovidos como los suyos, llenos de amor y deseo. —Gabrielle… —fue todo lo que su quebrada voz pudo pronunciar. Gabrielle sonrió incorporándose.

—Ven —dijo la bardo extendiendo su mano. Xena se movió lentamente, tratando de convencerse de que aquello no era un sueño, dándole la mano. Con una fuerza desconocida para ella, Gabrielle tiró de Xena hasta ponerla de pie y la llevó hasta la cama. Xena se quedó allí, en equilibrio sobre su pierna sana y contemplando a Gabrielle mientras se quitaba la camisa. Ésta empujó levemente a la mujer por los hombros, transportándolas a ambas sobre la cama. Gimieron levemente ante el placer de sentir el contacto de sus cuerpos. Gabrielle se elevó lo justo para dejar que Xena se acomodara, antes de situarse sobre ella. Esta vez la bardo descendió lentamente, bebiendo cada sensación con cuidado de no presionar las aún delicadas costillas de la guerrera. El contacto las hizo temblar. Xena dejó escapar un gemido de placer cuando sus pechos se encontraron. A la pálida luz del fuego, ambas podían ver la profundidad de su amor en los ojos de la otra. Xena dejó a su temblorosa mano descansar sobre la mejilla de Gabrielle.

—Dioses, mírame. Estoy temblando como una hoja —dijo la igualmente entrecortada voz de Xena. Deslizó su pulgar sobre la esquina de la boca de Gabrielle. Las lágrimas corrían ya libremente en ambas mujeres. —Te quiero, Gabrielle. Que Afrodita me ayude, intenté luchar contra esto, pero no pude. Te quiero. —Gabrielle enterró la cara en su oscuro cabello.

—Yo también te quiero —dijo Gabrielle al tiempo que elevaba la cabeza para mirar en la profundidad de los ojos de su amiga. —No puedo vivir sin ti. Esconder mis sentimientos me estaba volviendo loca. Todo lo que quiero es amarte, estar contigo, darte todo el amor que llevo dentro. Quiero… —El dedo de Xena sobre sus labios la interrumpió.

—Shh, mi pequeña bardo. Este es uno de esos momentos en que los actos dicen más que las palabras. —Para demostrar su teoría, envolvió el cuerpo de la joven con sus fuertes brazos y la acercó a ella. Xena se elevó y rozó sus labios contra los de la narradora. Ambas gimieron ante el estremecimiento que pasó entre sus cuerpos. Gabrielle cerró los ojos y llevó su boca hacia abajo, sintiendo la suavidad de los labios de Xena y la fuerza de su propia necesidad. Xena se recostó y dejó que la joven tomara el control. Gabrielle continuó saboreándola. Besó sus labios, acometiendo una y otra vez, utilizando ocasionalmente su lengua para acariciar el labio inferior de Xena. Todo ello hizo surgir más gemidos de la garganta de la guerrera. Abrió sus labios cuando la joven le manifestó su intención de entrar. Sus lenguas se tocaron, disparando sus deseos y pasiones a extremos más allá de lo razonable. La lengua de Gabrielle se volvió más exigente, recorriendo todas y cada una de las texturas de la boca de la guerrera. Ambas estaban sin respiración para cuando Gabrielle se retiró.

—Justo al centro de mi corazón —murmuró Gabrielle respirando con vehemencia. Xena puso las manos en los hombros de la bardo para prevenirse de otro beso.

—Del mío también, pero tenemos que hablar. —La voz de Xena era ronca y áspera, como si acabara de regresar de una guerra.

—Tú, la reina del silencio, ¿quieres hablar? —dijo Gabrielle con incredulidad, pero a sabiendas de que necesitaban una pausa, aunque sólo fuera para recuperar el aliento. Se apartó de la mujer y se sentó con las piernas cruzadas a su lado. Xena se incorporó también, reclinándose contra la pared. Gabrielle se quedó callada, esperando impacientemente a que Xena hablara.

—Gabrielle —dijo Xena recorriendo con su índice la mandíbula y la barbilla de la bardo—, te quiero. No puedo encontrar palabras que expresen cómo me siento ahora mismo.

—Inténtalo —la instó Gabrielle dulcemente. Xena sabía lo importante que eran las palabras para la joven bardo, así que tragó saliva y empezó de nuevo.

—En realidad de muchas formas. Asustada, feliz más allá de lo creíble, más nerviosa que una novia, y muchas cosas más. Pero lo que siento sobre todo es como si un gran peso hubiese desaparecido de mis hombros. No tienes idea de cuántas noches me he quedado despierta, atormentándome, intentando adivinar cuáles eran tus sentimientos. Tenía tanto miedo de que me volvieras a abandonar… No quiero que eso ocurra. —Silenció de nuevo la respuesta de Gabrielle—. No sé por qué me quieres, pero sé que es así. Puedo verlo es tus ojos. Y eso me asusta un poco. Gabrielle, nunca me había sentido así por nadie. —Fue ahora Gabrielle quien cruzó su dedo sobre los labios de la mujer, pidiéndole que callara por primera vez desde que se conocían.

—Xena, yo estoy tan asustada como tú. No puedo explicar cuándo o como me enamoré de ti. Lo único que sé es que te quiero. Quiero pasar el resto de mi vida contigo, compartiendo tu vida. No puedo vivir si no es a tu lado. —Gabrielle se acercó y se situó sobre la guerrera—. Y en este momento no quiero estar en ningún otro lado que no sea aquí, haciendo el amor contigo. No sé qué hacer, pero estoy segura de que tú me enseñarás —dijo devolviendo sus labios a los de Xena. La guerrera envolvió con sus brazos a la joven y le devolvió el beso, probando con su lengua el sabor la boca de su amante. Xena hizo girar a la bardo y la situó de nuevo sobre la cama. Siguió besándola dulcemente al tiempo que sus experimentados dedos exploraban la suavidad de la garganta de Gabrielle.

—Mmm, dioses, eres tan suave… —murmuró Xena haciendo descender su boca para explorar la zona que sus dedos acababan de abandonar. Luego volvió a ascender, abriéndose camino entre la melena cobriza hasta encontrar el lóbulo de Gabrielle. Besó, lamió y mordió la sedosa piel, provocando leves gemidos de placer en la narradora. Regresó una vez más a saborear la boca de Gabrielle antes de descender entre sus pechos. Xena cubrió con sus manos los suaves montículos, atrapando los pezones entre sus dedos pulgar e índice. Estaban erectos y duros, y rogaban ser besados. Las manos de Gabrielle se enredaron en la oscura melena y guiaron a la guerrera. Su lengua se extendió y rozó ligeramente el anhelante pezón izquierdo. Gabrielle arqueó su espalda ante el exquisito placer, suplicando sin palabras. Xena se tomó su tiempo, chupando y lamiendo sus pechos hasta saciarse. Las caderas de Gabrielle se movían ya con la milenaria fuerza del deseo. Xena se elevó, sin olvidar su pierna rota, y separó las de Gabrielle con la rodilla. —Dulce Afrodita —dijo al sentir la presión de la pierna de la bardo contra su sexo.

Gabrielle gimió al sentir la humedad de Xena en su muslo. Presionó instintivamente contra ella, provocando que la guerrera detuviera sus caricias y comenzase a gemir. Las caderas de Xena empezaron a moverse arriba y abajo, empapando el muslo de Gabrielle con su flujo. Los ojos azules se encontraban fuertemente cerrados, su mente cerrada a todo lo que no fuesen las sensaciones que crecían sin límite entre sus piernas. Gabrielle contempló las diferentes expresiones que volaban por el rostro de la guerrera. Atrapó sus pechos con las manos, acariciando los sensibilizados pezones con los pulgares. Unos ahogados y leves quejidos comenzaron a escapar de los labios de Xena, así como un hondo ronroneo del interior de su garganta. Gabrielle sintió el río de fluidos comenzar a deslizarse por su pierna al tiempo que Xena se ponía tensa, y luego sacudía sus caderas rítmicamente antes de gritar el nombre de la bardo con fuerza suficiente como para despertar a todo el bosque. Gabrielle alivió la presión de su muslo y abrazó a Xena cuando ésta cayó sobre ella. La bardo la sostuvo así, acariciándole suavemente la espalda, hasta que sintió que su respiración volvía a la normalidad.

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