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cabaña » 02
:: LA CABAÑA
::
(THE CABIN)
—Sé
que lo harás —respondió Gabrielle.
Se abrazó a sí misma anticipándose
al dolor que sabía que iba a sentir en
breve. Xena empezó dándole un suave
masaje en los hombros. Esperó hasta notar
que los músculos de la bardo se relajaban
y después continuó. Se tomó
su tiempo, descendiendo hasta que todas las huellas
del látigo quedaron cubiertas con el ungüento.
Gabrielle se maravilló al pensar en lo
feroz que Xena podía mostrarse con un enemigo,
y lo cariñosa y sensible que lo hacía
con ella. De hecho todo el proceso de curación
le dolió mucho menos de lo que había
esperado.
—Ya puedes ponerte la camisa —dijo
Xena limpiándose las manos. Cada una de
aquellas marcas había disparado su rabia
y su odio, pero también había colmado
su corazón de orgullo hacia la joven. Había
soportado una tortura que habría hecho
caer de rodillas a cualquiera. Incluso Xena había
sucumbido, pero Gabrielle encontró la fuerza
necesaria para sobrevivir—. ¿Cuándo
dejaste de ser una chicaindefensa y te convertiste
en la increíble mujer que tengo delante?
—dijo Xena, sin darse cuenta de que estaba
hablando en voz alta.
—¿Qué has dicho?
—Nada. —La cara de Xena se tornó
pétrea de nuevo, reprochándose a
si misma el haber dejado escapar tan distraídamente
sus pensamientos—. ¿Sabes? Estoy
orgullosa de ti.
—Xena. —Gabrielle se volvió
y se sentó junto a la guerrera. Sabía
lo duro que era prodigar cumplidos para Xena,
y éste era con diferencia el más
grande que le había dirigido nunca—.
Sólo hice lo que pensé que querrías
que hiciera.
—Gabrielle, te enfrentaste a Drax a pesar
del dolor. Rechazaste el camino fácil.
—Xena bajó la cabeza y apartó
la mirada, intentando ocultar a Gabrielle las
lágrimas que empezaban a acumularse en
sus ojos—. No te dejaste quebrantar. Pero
yo sí —admitió en voz baja.
—Xena, mírame. —Gabrielle puso
su mano bajo la barbilla de laguerrera y le giró
la cara—. ¿A qué te refieres?
—No quiero hablar de eso ahora —dijo
secándose los ojos. Gabrielle vio cómo
las emociones de Xena desaparecían de sus
ojos. "Aquí está su máscara
otra vez", pensó al bardo.
—Pero estaría bien hacerlo. No recuerdo
demasiado de lo que pasó. Sólo sé
que no podía, que no quería decir
las cosas que ella pretendía que dijera.
No podía hacerte eso. —Liberó
la barbilla de Xena, no sabía hasta dónde
llegar con la conversación—. Mira,
podemos hablar de esto en otro momento. Ahora,
voy a hacer pan de nueces. —Se levantó
y volvió a la chimenea, dando así
tiempo a ambas para reordenar sus pensamientos.
***
—Esta parte no me gusta nada —dijo
Xena mientras Gabrielle la ayudaba a volver a
la cama, tras una breve visita al "lavabo"
de la cabaña.
—Un poco de humildad no te vendrá
mal, mi querida guerrera —dijo Gabrielle.
Una almohada en la cara fue lo único que
recibió como respuesta—. ¿Quieres
que te lave? De todas formas tengo que cambiarte
ya algunas de las vendas.
—Supongo que es una buena idea. Aún
tengo encima el repugnante olor de esa celda.
—Bueno, Hércules no se sentía
muy cómodo ante la idea e Iolaus estaba
aterrorizado por lo que podrías hacerle
después. —Gabrielle rió entre
dientes ante la imagen de Iolaus tratando de lavar
a Xena. Aún recordaba cómo le habían
temblado las manos cuando ella se lo había
mencionado. Todavía se reía cuando
colocó dos cubos de agua junto al fuego.
—Gabrielle, puedo hacerlo sola —dijo
Xena al ver a Gabrielle acercar los cubos a la
cama un rato después.
—Tú échate y relájate
—dijo la bardo. Comenzó por el cuello
y la espalda, tomándose su tiempo y empleándose
a fondo en el proceso. Xena se rindió ante
el suave contacto de Gabrielle, dejando que el
masaje relajara sus músculos. Fue en el
momento en que Gabrielle llevó el paño
hacia su torso y comenzó a deslizarlo sobre
su estómago cuando la guerrera se puso
tensa.
—Ya termino yo, Gabrielle —dijo, quitándole
el paño de las manos. Se lavó rápidamente
el resto del cuerpo antes de devolvérselo
a la bardo. Gabrielle se preguntó qué
podía haber asustado a Xena en el momento
en que había empezado a lavarla por delante.
Un breve pensamiento cruzó la mente de
la joven bardo, pero sacudió la cabeza
para librarse de él.
—Toma, ya está. Ahora voy a darme
un gran baño caliente —dijo alejándose
en busca de un poco de agua fresca—. Después
de todo, tenemos pendiente una charla y mucho
pan de nueces —añadió antes
de salir a recoger nieve para derretirla después.
Xena se recostó y pensó en lo que
acababa de ocurrir. El tacto de Gabrielle era
delicado, casi como una caricia, y había
disfrutado con él mucho más de lo
que se atrevía a admitir. Ya era bastante
duro no mirarla cuando se vestía o se desnudaba.
Su cuerpo se había desarrollado mucho en
los dos últimos veranos. Ya no era la joven
asustadiza que Xena había conocido. Su
Gabrielle era ahora una reina amazona muy hábil
con su cayado. Se había convertido en una
hermosa mujer.
***
Gabrielle meditó mucho mientras rellenaba
los cubos con nieve. Recordó la primera
vez que vio a Xena y cómo empezó
a seguirla. Entonces era una mujer fría,
distante, alguien con quien era difícil
convivir. Ahora había veces en las que
Gabrielle se sentía muy cerca de la guerrera.
Parecía que era capaz de sacar su mejor
cara. También le dedicaba halagos más
a menudo. Gabrielle apreciaba cada palabra amable,
cada pequeño gesto, y era consciente de
que recientemente le prestaba más atención.
Xena siempre la había sobreprotegido, pero
estas últimaslunas aquello se había
convertido en algo exagerado. Gabrielle solía
poder entrar sola en las tabernas, y ahora Xena
insistía en hacerlo primero para asegurarse
de que no había peligro. Sabía que
se sentía más apegada a aquella
mujer que a cualquier otra persona en su vida.
No sabia qué haría sin ella. Apartando
este último pensamiento de su mente, recogió
los cubos y volvió dentro.
***
Xena dirigió al vista hacia la chimenea,
pero miró a Gabrielle por el rabillo del
ojo. Estaba canturreando, sin saber que ella la
observaba. Xena sintió acelerarse su respiración
al ver el agua y el jabón deslizarse por
su espalda. Cuando se volvió, Xena miró
directamente hacia el fuego, y no dejó
de hacerlo hasta que Gabrielle dio por terminado
su baño y se puso la camisa.
—Y ahora el pan de nueces —dijo Gabrielle
alegremente llevando la hogaza caliente hasta
la cama. Se sentó con las piernas cruzadas
junto a Xena y partió un gran trozo para
ella—. Entonces… mmm… dime,
¿qué ocurrió en aquella celda?
—preguntó la bardo echándose
un gran rozo de pan a la boca. A Xena siempre
le había maravillado la capacidad que tenía
para comer y hablar a la vez.
—No estoy segura de querer hablar de eso
ahora —dijo ella mirando a los ojos verdeazulados
de la joven.
—Xena, por favor, dímelo. Necesito
saberlo —le pidió Gabrielle apasionadamente—.
Antes dijiste que ella te quebrantó. ¿Cómo?
¿Qué ha podido hacerte ella que
no te haya hecho ya alguien antes? —Gabrielle
estaba pensando en todas las batallas que Xena
había librado en sus días como señor
de la guerra. Sabía que la guerrera había
sufrido heridas mucho más graves que éstas.
—Te hizo daño —dijo Xena en
voz baja mientras bajaba la vista hasta sus manos—.
Habría hecho cualquier cosa con tal de
que parara.
—Oh, Xena —exclamó Gabrielle
comprendiendo al fin. Sabía que ella habría
hecho lo mismo de haber estado en su lugar. Se
inclinó ligeramente hacia ella y le puso
la mano sobre su torneado muslo. Xena la cubrió
con la suya y la acarició con cariño.
—Le supliqué, Gabrielle. Le rogué
y le supliqué que dejara de golpearte.
Habría hecho cualquier cosa para librarte
de aquel dolor. —La imagen de la espalda
de Gabrielle cruzó como un rayo la cabeza
de Xena, estremeciéndola. Las lágrimas
comenzaron a caer sin control de sus profundos
ojos azules—. Me alegro de que me golpeara
tanto como para impedirme ver. Pero aún
podía oír. Te oía gritar
y… y no podía…
—Shh —dijo Gabrielle abrazando a la
desconsolada mujer—. Sé que hiciste
todo lo posible para protegerme, y te adoro por
ello. —Recorrió con sus manos la
espalda de Xena para reconfortarla, con cuidado
de no forzar sus costillas rotas. Xena enterró
su cabeza en el hombro de la bardo y permitió
que el dolor la invadiera. Gabrielle siguió
acariciándole el pelo mientras la mecía—.
Lo sé, lo sé —repetía
rítmicamente, intentando calmar a la guerrera.
En su debilitado estado, el agotamiento cayó
sobre la imponente mujer, por lo que a Gabrielle
no le llevó mucho tiempo tumbarla para
que pudiera dormir. Y la bardo se acercó,
abrazándose a su guerrera.
***
Xena despertó temprano, pero no se levantó
como normalmente hacía. Se encontró
rodeada por los brazos y las piernas de Gabrielle.
Pensó en escabullirse, pero decidió
que estaba demasiado a gusto como para acabar
con el momento tan pronto. Se permitió
vagar en perezosos círculos con sus dedos
por el brazo de la bardo, disfrutando la sensación
de la suave piel bajo ellos un buen rato antes
de desasirse y levantarse por fin. Fue hacia el
cayado de Gabrielle y lo usó como muleta
para ir hasta el lavabo, ignorando el dolor de
su pierna y sus costillas.
Gabrielle sacó la cabeza de entre las mantas
bastante después y captó el aroma
del desayuno. Xena estaba sentada junto a la chimenea,
bebiendo una taza de té. —Ya pensaba
que ibas a dormir todo el día —dijo
mirando a la bardo, medio dormida aún.
—¿Cuánto tiempo llevas levantada?
—le preguntó Gabrielle ya incorporada
y desperezándose. Notó que los ojos
de Xena no se habían apartado de ella,
así que se esforzó por ahogar el
gesto. Las ideas comenzaron a formarse de nuevo
en la mente de la bardo. Ideas que quería
seguir explorando.
—Como una hora y media. —La guerrera
preguntó mientras se giraba otra vez hacia
la comida, aún a medio hacer—. ¿Tienes
hambre? Vaya pregunta. ¿Mi bardo sin hambre?
—se rió Xena. El silencio cayó
en la habitación un momento mientras ambas
mujeres consideraban en silencio, y al mismo tiempo,
el "mi bardo" de la frase de Xena. Gabrielle
sonrió y rompió el silencio.
—Pues sí, me muero de hambre. ¿Qué
has preparado? —dijo deslizándose
de la cama y colocándose junto a la guerrera.
Xena dio gracias a los dioses de que Gabrielle
no mencionara más su pequeño desliz
lingüístico.
—Pensé que te apetecería un
poco de pan y pescado —dijo Xena apartando
este último del fuego y sirviéndolo
en dos platos.
—¡Mira el tamaño de ese pez!
No sabía que pudieran ser tan grandes —exclamó
Gabrielle partiendo un gran pedazo y metiéndoselo
en la boca.
—Bueno, el mérito no es mío.
He encontrado una pila de peces congelados junto
a la puerta.
—Iolaus o Hércules debieron atraparlos
para nosotras antes de irse. Nunca me había
molestado en mirar. ¿Cómo los encontraste?
—Eché un vistazo rápido afuera
mientras estabas durmiendo. Hacía mucho
tiempo que no veía tanta nieve.
—¿Cómo te las has arreglado
con la pierna rota?
—Utilicé tu cayado para apoyarme.
Pero tengo que admitir que ahora las costillas
me duelen un poco.
—No me extraña. Te llevaste una buena
paliza. —Todo volvió a quedar en
silencio, puesto que ninguna de las dos quería
hablar del incidente con Drax—. Xena, necesito
que me dejes tu espada y tu daga un rato.
—Claro, ¿qué vas a hacer?
—Gabrielle nunca le pedía prestadas
sus armas, lo cual le disparó la curiosidad.
—Es una sorpresa. Confía en mí.
Iré a ver a Argo ya que salgo.
—Vale, pero ten cuidado. No vayas más
allá de donde yo pueda oírte.
—Sí, mamá —dijo Gabrielle
con tono sarcástico.
***
Gabrielle inspeccionó varios árboles
antes de encontrar lo que andaba buscando. Sonriendo,
agarró la espada y comenzó a golpear
una rama larga y gruesa. Ya sudaba a raudales
para cuando logró separarla del tronco.
Luego la llevó a rastras hasta el establo.
—Hola Argo, ¿cómo estás?
—dijo a la preciosa yegua mientras le rellenaba
el comedero. Luego se sentó en la esquina
opuesta a la que ocupaba el animal y colocó
la rama sobre su regazo. Sacó la daga y
comenzó a quitarle la corteza y toda la
madera que no iba a necesitar. Tal y como había
dicho Xena, la daga y la espada estaban bien afiladas.
Para cuando hubo terminado tenía varios
cortes en las manos y uno más junto a su
ombligo, puesto que la hoja se le había
resbalado de entre mas manos en varias ocasiones.
Cuando logró la forma adecuada, Gabrielle
comprobó el tamaño. Xena era mucho
más alta que ella, lo cual hizo difícil
calcular con precisión la altura. Con frecuencia
regresaba a la cabaña, asomaba la cabeza,
llevaba agua y dejaba que Xena comprobara con
sus propios ojos que se encontraba bien. Habían
pasado casi seis horas desde que salió.
Por fin, satisfecha con el resultado, abandonó
el establo y volvió a la cabaña,
aunque dejó de momento lo que había
hecho afuera, junto a la puerta.
—¿Dónde has estado? —le
dijo Xena cuando entró. Gabrielle tenía
el aspecto de alguien que ha llevado a cabo una
tarea física. Su cabello rojizo estaba
pegado a su cara, y traía las manos sucias—.
¿Qué has hecho? ¿Talar cada
maldito árbol del bosque? —bromeó
Xena.
—No, sólo una rama —dijo Gabrielle.
Abrió la puerta y dejó que Xena
viera su invento—. La he hecho para ti.
Así no tendrás que usar mi cayado.
Mira, esta parte de arriba es en curva y tiene
un mango a media altura para que puedas descargar
el peso sobre la mano y tus costillas no sufran
tanto.
—Gabrielle —dijo Xena sorprendida
tomando la muleta de las manos de la bardo—.
Es preciosa. Debes haber trabajado en ella todo
el día. —Gabrielle se balanceó
atrás y adelante, halagada por el cumplido.
—No estaba segura de la altura. La puedo
acortar si hace falta.
—No, está perfecta —dijo Xena
suavemente. Se la puso bajo el brazo y la probó.
Era perfecta. Gabrielle había conseguido
la altura y la forma correctas para su constitución—.
Muchas gracias, Gabrielle. Significa mucho para
mí. —Cojeó ligeramente hacia
delante y abrazó a la bardo, que le correspondió
al instante. Sabía que Xena estaba emocionada.
Le había costado tanto tiempo conseguir
que la guerrera le dedicara una alabanza o una
sonrisa que el hecho de que ambas se encontraran
en aquella situación era casi abrumador.
Había valido la pena.
Cuando rompieron el abrazo, Xena distinguió
la mancha entre rojiza y marrón del top
de la bardo. —¡Gabrielle, te has herido!
—No es nada, Xena. La daga se me escapó,
eso es todo. —Gabrielle retrocedió
un paso. No había querido que la guerrera
viera el corte.
—¿Se te escapó? ¿Y
no viniste para que te curara? —Xena deslizó
su voz hasta un tono de profunda seriedad—.
Ven aquí y déjame ver.
—No es nada grave. Sólo un pequeño
corte.
—Gabrielle —dijo Xena con ese tono
de "no pienso discutir contigo" señalando
hacia la cama—. Ven aquí. —Gabrielle
suspiró dándose por vencida y fue
hasta ella. Xena puso a hervir un poco de agua
y buscó unas hierbas en sus alforjas. Descubrió
con agrado que podía moverse mucho mejor
gracias a la muleta que Gabrielle le había
hecho para sustituir al cayado. De espaldas a
la bardo, no fue capaz de ver la sonrisa de oreja
a oreja que se dibujó en su cara mientras
ella se movía por la cabaña.
La herida no era tan grave como Xena había
pensado, pero más profunda de lo que Gabrielle
le había dado a entender. Con delicados
y suaves movimientos Xena limpió a conciencia
la zona para vendarla después. —Bien,
he terminado.
—Gracias —dijo Gabrielle sentándose.
Al momento captó una expresión sombría
en sus ojos azules—. Xena, ¿qué
ocurre? —La cara de la guerrera cambió
al instante, haciendo visible su máscara
una vez más—. Hey, no me des de lado.
—Gabrielle se inclinó hacia ella
y le agarró la muñeca, obligando
a la guerrera a mirarla. —Habla conmigo
—le rogó casi con un susurro.
—Resultas herida una y otra vez por mí
—dijo Xena lentamente mirando al suelo—,
y nunca te quejas.
—No me quejo porque es mi elección
estar contigo. Actúas como si todo lo que
me pasa fuese culpa tuya. Y no lo es. No eres
tú quien me hace daño, excepto…
—Gabrielle dejó morir la voz en su
garganta. No quería expresar su mayor temor.
—¿Excepto qué? Gabrielle,
¿te he hecho daño de alguna forma?
—La idea de que Gabrielle sufriera sin ella
saberlo invadía a Xena de una tristeza
tan profunda como nunca antes había sentido,
ni siquiera cuando murió Marcus. —Dímelo,
por favor.
—Me haces daño cuando… —Gabrielle
tragó saliva, buscando en su interior la
fuerza necesaria para pronunciar aquellas palabras—.
Cuando hablas de nosotras yendo por caminos separados.
A veces pareces tan enfadada conmigo que tengo
miedo de que sea ese el momento en que decidas
dejarme atrás. —Las lágrimas
comenzaron a correr por las mejillas de la bardo—.
Xena, no quiero que me abandones. Quiero quedarme
contigo. —La voz desapareció cuando
las lágrimas dejaron paso a los sollozos.
Había admitido su mayor miedo a la persona
que más significaba para ella. Xena rodeó
a la bardo con sus brazos y la atrajo hacia sí,
abrazándola con firmeza y cariño.
—Shh, no voy a dejarte, pase lo que pase.
Te lo prometo. —Xena acarició dulcemente
la espalda de Gabrielle, con cuidado de no tocar
las marcas del látigo. —Gabrielle,
no puedo imaginar mi vida sin ti. Las palabras
no se me dan bien, ya lo sabes. —Xena calló
un momento y parpadeó con fuerza para aclarar
su vista de las lágrimas que se empezaban
a formar también en sus ojos—. Oye,
¿por qué no me cuentas una historia
mientras preparo la cena? Sé que no has
comido en todo el día, debes estar muerta
de hambre. Haremos un trato. Si la historia es
realmente buena me tragaré mi orgullo y
te haré una hogaza depan de nueces. ¿Qué
te parece? —Xena se irguió y miró
a su joven amiga. Gabrielle se secó las
lágrimas y sonrió. Le encantaba
que Xena le pidiera una historia.
—Trato hecho. ¿Qué clase de
historia quieres? ¿Acción? ¿Aventura?
¿Romance?
—Decide tú. Me gustan todas, siempre
y cuando no salga yo. —Puso una mano sobre
la rodilla de Gabrielle y la apretó cariñosamente
antes de levantarse y cojear hasta la chimenea
para empezar a preparar la cena. Gabrielle pensó
sobre el tipo de historia que iba a contar. Era
una elección difícil. Mientras trabajaba
en la muleta había decidido que su siguiente
historia seríaun cálido romance.
Quería ver la reacción de Xena.
Las sospechas de Gabrielle sobre sus verdaderos
sentimientos se estaban haciendo más y
más fuertes con cada roce, con cada sonrisa,
con cada palabra amable. Esperaba estar en lo
cierto, puesto que con el paso de los días
mantener el control se estaba volviendo realmente
duro.
—Me parece que ya hemos tenido suficiente
acción y aventura por un tiempo. Es hora
de un poco de romance —dijo Gabrielle. Xena
se giró para mirarla y elevó una
ceja.
—¿Perdona?
—Me refiero a la historia, guerrera estúpida
—se burló Gabrielle. Luego sonrió
para sí, puesto que había obtenido
exactamente la reacción que quería.
Xena no supo decir qué, pero había
algo en aquella sonrisa de Gabrielle que la puso
nerviosa.
—Vale, adelante entonces —dijo Xena
devolviendo su atención a la comida. Gabrielle
se sentó detrás de ella y con voz
suave comenzó una de las mejores narraciones
de Safo. Xena se permitió perderse en la
voz de la bardo, dejando que las palabras acariciaran
su mente como si fueran música. Cerró
los ojos y dejó que aquella voz la llevara
al interior de la historia. Sólo el olor
a comida quemada la devolvió a la realidad.
—¡Oh, Hades! —exclamó
tratando de salvar valerosamente de las llamas
la comida chamuscada.
—No tiene importancia —dijo Gabrielle
luchando por ahogar la risa. Nunca había
visto a Xena tan distraída como para echar
a perder una comida. Se había contestado
otra de las preguntas que ocupaban la mente de
la bardo. Xena, por su parte, maldijo en silencio
por haberse dejado distraer con tanta facilidad
mientras preparaba una nueva hornada.
Se comieron la cena y, tal y como había
sido prometido, hubo pan de nueces de postre.
Gabrielle devoró felizmente su pedazo mientras
Xena arrojaba más troncos al fuego. Cuando
consiguió una hoguera lo suficientemente
buena, se recostó utilizando el borde de
la cama para apoyar la espalda. Gabrielle se sentó
a su lado, un poco más cerca de lo normal.
—Xena, ¿puedo preguntarte algo personal?
—Puedes preguntar lo que quieras, pero no
sé si te contestaré. —Xena
se irguió, a la expectativa.
—Bueno, me preguntaba…
—¿Qué?
—Pues, lo que se siente… al…
—Gabrielle sintió cómo el
rubor le subía por el cuello hasta las
orejas, y estaba segura de que Xena podía
verlo también.
—Gabrielle, suéltalo. Nunca antes
te había visto tan falta de palabras. —Xena
rogó secretamente para que Gabrielle no
las encontrara. Si era algo tan difícil
de preguntar, no estaba segura de querer oírlo.
—Bueno… —lo intentó de
nuevo.
—Eso ya lo has dicho antes, y varias veces
—dijo Xena, ligeramente sorprendida.
—¿Cómo es el sexo? —le
espetó finalmente Gabrielle. Xena la miró
a la luz del fuego y elevó una ceja. Ese
no era en absoluto el tipo de pregunta que esperaba.
—Gabrielle, has estado casada. Seguro que
tú y Perdicus… —Dejó
la frase colgando. No quería imaginarse
a Gabrielle en esa situación, con nadie.
—En realidad no —admitió Gabrielle
por primera vez—. Fue un día muy
largo y… bueno… él se puso
un poco… no pudo esperar…
—¿A qué te refieres? —El
miedo cruzó por la mente de Xena junto
a varias visiones de Perdicus penetrando a Gabrielle
violentamente.
—Nunca lo hizo conmigo. —Las mejillas
de Gabrielle se enrojecieron al reconocerlo—.
Estaba demasiado excitado. Y después, se
quedó dormido.
—Oh Gabrielle —dijo Xena suavemente—.
Lo siento. No lo sabía. Quieres decir que
él nunca… —intentó reprimir
una sonrisa irónica.
—No. Creo que soy una viuda virgen. —Ambas
consideraron esas palabras un segundo y luego
estallaron en carcajadas. Les llevó un
buen rato recuperar el control. Gabrielle se secó
los ojos y hablo de nuevo. —Contesta a mi
pregunta.
—Um, ¿cuál era? —Xena
trató de recordar dónde había
quedado la conversación antes de tomar
este nuevo rumbo.
—¿Cómo es el sexo?
—Oh, eso. —La guerrera pensó
un momento antes de responder—. Depende
de con quién estés y lo que busques.
—No lo entiendo —dijo Gabrielle. Realmente
no tenía ni idea de lo que Xena quería
decir.
—¿Necesitas algo más específico,
Gabrielle? —preguntó Xena levantando
una ceja.
—No —contestó rápidamente—.
Bueno, sí. Quiero que me hables de los
besos.
—¿Qué pasa con ellos? —Xena
suspiró aliviada en su interior. Al menos
no le había pedido que le hablara de su
pasado sexual, por otro lado bastante extenso.
—La verdad, yo besé a algunos chicos
de mi aldea cuando era pequeña y siempre
me pareció algo, bueno, algo asqueroso.
Pero he oído historias que dicen que besar
puede ser algo placentero. Yo nunca he encontrado
placer en un beso.
—Eso es porque aún o has encontrado
a la persona adecuada —dijo Xena sonriendo—.
Si es ella quien te besa, puedes sentirlo muy
adentro, en el centro mismo de tu corazón.
—¿Has sentido tú eso alguna
vez? —preguntó Gabrielle. Xena la
miró un momento, tomando conciencia de
lo mucho que deseaba decírselo.
—No.
—¿No? ¿Y ya está? ¿Significa
eso que lo que has dicho antes no es verdad? —Gabrielle
se resistía a creer que el beso mágico
del que tanto y tantas veces había leído
no existiera.
—No sé si es real o no, Gabrielle.
Sólo que yo nunca lo he sentido. —Xena
esperaba que aquello bastase a la bardo y que
la conversación acabara allí. A
veces se preguntaba si esa magia se desataría
si besaba a Gabrielle.
—Oh —fue todo lo que la bardo contestó.
Se metió otro pedazo de pan de nueces a
la boca y masticó concienzudamente, dejando
a Xena con sus pensamientos. En su interior, Gabrielle
sonreía. Todo se desarrollaba según
tenía planeado.
***
Xena empezaba a estar sentirse realmente acobardada
por el comportamiento de Gabrielle hacia ella.
Nada concreto, sino más bien una sensación.
Las miradas eran diferentes, las conversaciones
más personales. Cada vez le resultaba más
difícil quitarse los pensamientos eróticos
sobre la bardo de la cabeza y Gabrielle no ayudaba
en absoluto con su constante cercanía.
Casi parecía como si pudiese leer sus pensamientos.
La mañana la encontró tratando de
escabullirse de entre los brazos y las piernas
que rodeaban su cuerpo. La durmiente bardo refunfuñó
por el movimiento y se dio media vuelta, liberando
a Xena de su deliciosa cautividad. La guerrera
se puso de costado y estudió aquella silueta
un momento antes de obligarse a salir de la cama,
agarrar su muleta y dirigirse al lavabo.
Se pasó el resto del día limpiando
su armadura y su espada mientras Gabrielle, sentada
en la mesa, escribía animadamente. Asumió
que la bardo estaba trabajando en otra historia.
Contempló su frente, fruncida por la concentración,
y luego la vio suavizarse antes de volver a escribir.
Encontró tanta fascinación en los
movimientos de Gabrielle que dejó inconscientemente
de abrillantar su equipo. Simplemente se quedó
allí sentada, contemplando a la narradora
largo rato, hasta que sus ojos verdeazulados se
elevaron sorprendiéndola. Xena desvió
en seguida la mirada y comenzó a limpiar
de nuevo, sin darse cuenta de la enorme sonrisa
que se dibujó en el rostro de Gabrielle
un segundo después.
Gabrielle miró su pergamino. Ojalá
Xena pudiese ver lo que estaba escribiendo. No
era en absoluto una historia. Estaba planeando
y detallando su última batalla contra la
princesa guerrera, una batalla por su corazón.
Anotó un par de cosas más antes
de plegar el pergamino y guardarlo en el interior
de su camisa. No quería correr el riesgo
de que Xena descubriera el plan antes de tener
la oportunidad de ponerlo en práctica.
Después de cenar, Gabrielle se dio un baño
mientras Xena atendía el fuego. La guerrera
se mantuvo deliberadamente de espaldas a Gabrielle
durante todo el rato que estuvo secándose
y hasta que se puso la camisa de nuevo.
—Xena, ¿me echas una mano con mi
pelo? Parece horriblemente enredado —le
pidió Gabrielle, sin mencionar que aquello
no era en absoluto algo casual.
—Claro, ¿quieres que te haga trenzas?
—preguntó Xena al tiempo que se apartaba
del fuego y se dirigía hacia la cama.
—Eso suena bien —dijo Gabrielle sentándose
entre las piernas de Xena y entregándole
el peine. Xena Rodeó con su brazo la cintura
de Gabrielle y la acercó a ella para alcanzar
mejor su cabello. Contuvo un estremecimiento al
sentir los muslos de la bardo contra los suyos.
Empezó a desenredarle con cuidado, primero
usando los dedos y luego el peine. Se tomó
su tiempo, disfrutando del sedoso contacto. Gabrielle
estaba lista para la siguiente fase de su plan.
—Xena, ¿me explicas lo que es la
lujuria del guerrero? —La mujer casi dejó
caer el peine. Intentó encontrar en seguida
una respuesta corta que no diera lugar a más
curiosidades por parte de la bardo.
—Es um, bueno, ¿por qué lo
preguntas? —Xena no recordaba haber estado
nunca tan nerviosa como en ese momento.
—Es para una historia que estoy escribiendo.
He escuchado el término, pero en realidad
no tengo clara la diferencia entre eso y el simple
sexo apasionado. —Gabrielle sonrió
al sentir ponerse rígido el cuerpo que
tenía detrás.
—Bueno… um… la lujuria del guerrero
es…
—¿Sí? —insistió
Gabrielle con curiosidad perfectamente fingida.
—Es más… tiene más de
celebración —dijo Xena por fin.
—¿De celebración? ¿Por
qué motivo?
—Por vivir. Por sobrevivir a la batalla.
El sexo tiene una calidad diferente después
de una batalla. Es casi como para recordarte a
ti mismo que todavía estás vivo.
—Xena comenzó entonces a separar
los mechones de pelo cobrizo y a trenzarlos.
—¿La has sentido alguna vez?
—¡Gabrielle!
—¿La has sentido? —No pensaba
a darse por vencida tan pronto.
—Sí, después de cada batalla
—admitió Xena, intentando con todas
sus fuerzas no pensar en ello.
—¿Incluso ahora? —le preguntó
Gabrielle, dudando que Xena tuviese el valor de
contestar la verdad. Sabía que solía
pasar tiempo a solas, sin ver a nadie, después
de luchar. Y creía saber exactamente lo
que la guerrera hacía.
—Algunas veces —mintió Xena.
Siempre sentía ese tipo de lujuria, pero
no estaba dispuesta a admitírselo al objeto
de sus fantasías masturbatorias.
—¿Y cómo lo manejas? —insistió
Gabrielle.
—Gabrielle, ¿no podemos hablar de
algo que no sea mi vida sexual, o la falta de
ella? —dijo Xena con tono exasperado. Aquella
tarde definitivamente la conversación se
estaba volviendo demasiado personal. Y el calor
que resultaba de la cercanía de sus cuerpos
no ayudaba en absoluto.
—Lo siento, era simple curiosidad. —Gabrielle
empleó un tono dolido en esa afirmación,
jugando con la compasión de Xena. Y funcionó.
—Perdóname,
Gabrielle. No quería ser tan brusca. Es
que no es un tema con el que me sienta demasiado
cómoda. Me trae muchos recuerdos que prefiero
no revivir. —"Y pensamientos a los
que prefiero no enfrentarme", pensó
para sí. Gabrielle sabía que todo
había terminado por esa noche, y estaba
satisfecha. Había obtenido exactamente
las reacciones que quería y la información
que necesitaba para seguir luchando. Decidió
dar un respiro a Xena y cambió de tema.
—Parece que Argo está ganando peso.
—Probablemente. Le hace falta ejercicio.
—Xena ató el extremo de la trenza
con una tira de cuero—. Ya está.
—Gracias —dijo Gabrielle comprobando
la forma de su pelo. Aún le maravillaba
lo bien que Xena podía llevar a cabo una
actividad tan femenina. Consciente de que el seguir
sentada tan cerca de Xena provocaría una
pregunta por su parte, se levantó y fue
hacia uno de los odres—. ¿Quieres
un poco de vino? —preguntó alcanzando
dos copas.
—Sí, me gustaría. ¿Cuánto
nos queda? —dijo Xena, ocultando su disgusto
ante la marcha de Gabrielle.
—Mucho. Hércules tenía un
tonel aquí cuando llegamos y envió
a Iolaus a por dos más —dijo Gabrielle
alargándole a Xena su copa antes de sentarse
a su lado.
—Bien —dijo Xena apurando el contenido.
Gabrielle estaba a una distancia prudencial, pero
aún lo suficientemente cerca como para
interferir en los pensamientos de la guerrera.
Gabrielle no habló, sino que se dedicó
a beberse su vino y planear su jugada. Decidió
que el plan del día siguiente no incluiría
preguntas sobre sexo. Eso pondría nerviosa
a Xena, y no quería que ocurriera aún.
Gabrielle sonrió con perversidad mientras
el tormento de mañana se formó poco
a poco en su mente.
—Creo que no quiero saber lo que está
pasándote por la cabeza en este momento,
a juzgar por tu sonrisa —dijo Xena, sacando
a Gabrielle de su ensimismamiento.
—Uh, yo, um, simplemente pensaba en una
historia.
—Uh huh —dijo Xena al tiempo que elevaba
una ceja. No creía una palabra, pero tampoco
estaba segura de querer saber exactamente lo que
estaba pensando Gabrielle. —Voy a necesitar
que ejercites un poco a Argo hasta que mi pierna
se cure —dijo luego, intentando cambiar
de tema.
—¿Seguro que no podemos dejarla engordar
simplemente? —A Gabrielle no le entusiasmaba
la idea de montar a Argo.
—Gabrielle, sabes que lo necesita. ¿Quieres
que lo haga yo, con la pierna rota?
—No. Yo lo haré, pero no pretendas
que me guste —dijo Gabrielle con desánimo.
—Todos tenemos que hacer cosas en la vida
que no nos gustan, Gabrielle.
—Ah sí, pero con suerte, algún
día seremos recompensados por nuestras
acciones —respondió rápidamente
la bardo.
—¿Y exactamente qué clase
de recompensa quieres por ejercitar a Argo? —preguntó
Xena levantando una ceja. Quería ver el
tipo de respuesta que le daría la bardo,
considerando la naturaleza de sus últimas
conversaciones.
—Mmm, tendré que pensármelo
—dijo Gabrielle levantándose con
rapidez y subiéndose ala cama—. Lo
consultaré con la almohada y mañana
te lo digo. Buenas noches. —Se giró
para ocultar su sonrisa. "Oh sí, Xena.
Espera a ver cuál es la recompensa que
quiero", pensó Gabrielle cerrando
los ojos. Xena se quedó sentada en el suelo
unos cuantos minutos más, intentando relajarse
antes de darse por vencida y meterse en la cama
junto al objeto de sus sueños. Mantener
sus sentimientos bajo control le resultaba cada
vez más y más difícil. Tuvo
que refrenar el impulso de rodear con sus fuertes
brazos el suave cuerpo que yacía junto
al suyo. Frustrada, Xena se giró finalmente
hasta quedar de espaldas a la bardo y miró
al fuego. "¿Tienes idea de qué
clase de pasiones estás encendiendo en
mi interior?", pensó Xena para sí
mientras se apoderaba de ella un sueño
intranquilo.
***
Gabrielle planeó sus actos con cuidado.
No quería despertar sospechas en la guerrera.
Hablar de sexo ya no era una opción, pero
sí el contacto físico. Xena estaba
de pie junto a la chimenea, inclinada sobre la
muleta, y vigilando el desayuno cuando sintió
las pequeñas y delicadas manos de la bardo
rodear su cintura y abrazarla con firmeza. —Buenos
días —dijo Gabrielle al tiempo que
la liberaba. Había sentido la rigidez en
el cuerpo de Xena ante el roce. "Parece que
ha sido una buena idea", pensó para
sí la bardo.
—Buenos días —respondió
Xena intentando recuperar la flexibilidad—.
Guiso de conejo para desayunar. Parece que no
hay ningún otro tipo de carne. ¿Quieres
un poco de té? —Xena fue cojeando
hasta donde se encontraban alineadas las copas,
sobre el mostrador. Necesitaba poner espacio de
por medio entre ella y la intoxicante presencia
de la bardo.
—Eso del té suena bien. Supongo que
podría llevar a Argo hasta el arroyo y
tratar de conseguir un poco más de pescado.
¿Qué te parece? —preguntó
Gabrielle mientras se vestía. Xena se mantuvo
de espaldas a ella en todo momento.
—Muy bien, siempre y cuando no te caigas
dentro —añadió en tono de
broma mientras vertía el líquido
en la taza. Gabrielle fue hasta ella y se la quitó
de las manos. —Gabrielle, hazme un favor
y llévate mi daga. —Alzó una
mano para detener la protesta de la bardo—.
Sólo por si acaso. Hazlo por mí,
por favor. —Gabrielle sabía que no
era capaz de discutir con Xena, especialmente
cuando le pedía las cosas "por favor".
—De acuerdo. La ataré a uno de los
extremos de mi cayado. ¿Te quedas más
tranquila así? —Sabía que
sí, pero quería oírlo de
los labios de Xena.
—Sí. ¿Cómo está
tu espalda?
—Mejor.
—Bien. No tardes mucho. No me gusta quedarme
aquí sentada preocupándome por ti.
—¿Preocupándote por mí?
¿En qué tipo de problema podríameterme
entre la cabaña y el arroyo? —preguntó
Gabrielle haciendo uso de su voz más inocente.
Ambas se miraron y estallaron en carcajadas—.
Tendré cuidado, Xena, lo prometo. —Con
eso, le dio otro abrazo rápido, esta vez
de cara, y se marchó. Xena contempló
la puerta cerrada unos segundos mientras los pensamientos
arrasaban su mente. "¿Qué estás
tramando? Tengo el presentimiento de que algo
planeas, pero no sé qué es. ¿Qué
hay en esa pequeña cabecita tuya?"
Apartando esas ideas, Xena cojeó hasta
la cama y comenzó con los dolorosos ejercicios
que le servían para fortalecer su pierna.
Pasaron dos horas antes de que oyese a Argo regresar.
Gabrielle entró, mostrando orgullosamente
tres peces medio congelados. —¿Ves?
Y sin mojarme siquiera. —Su sonrisa fue
respondida por otra de la guerrera. Gabrielle
se puso ropa seca y se sentó junto al fuego
mientras Xena limpiaba el pescado. Se dirigió
hacia ella varias veces para ver cómo iba,
y cada vez se las arregló para tocarla
en el hombro. Eso hacía que la mujer de
pelo azabache fuese más y más consciente
de la presencia de la bardo, si es que algo así
era posible. Gabrielle se relajó y abandonó
su estrategia hasta la tarde.
Después de cenar volvieron a sentarse en
el suelo con la cama como respaldo. Gabrielle
se esforzó especialmente en colocarse muy
cerca, lo cual no pasó desapercibido a
la guerrera, y tampoco a su cuerpo. Charló
distraídamente sobre temas absurdos e inconsecuentes
antes de decidir meterse en la cama. Se había
asegurado de dotar a su voz de un tono suave,
transportando a Xena a un estado semihipnótico
varias veces. Se fue a dormir satisfecha por su
labor de aquel día, y la guerrera lo hizo
terriblemente frustrada.
***
Gabrielle decidió que aquella sería
la noche en la que seduciría a Xena. Ya
había esperado suficiente por la mujer
que amaba. Todas las insinuaciones, miradas y
bromas no habían funcionado. Era el momento
del asalto definitivo. Gabrielle habló
poco durante el día, estaba demasiado ocupada
planeando. Xena la miraba caminar por la cabaña,
perdida en sus pensamientos. La falta de conversación
por parte de la bardo desquiciaba a Xena. Estaba
segura de que Gabrielle tramaba algo, sin duda
alguna. Era aquel "algo" lo que la ponía
tan nerviosa.
Gabrielle rebuscó en una de las cajas de
provisiones hasta dar con lo que buscaba, un pequeño
frasco de aceite perfumado. Un brillo malvado
se asomó a sus ojos al pensar en todas
las posibilidades que aquel recipiente le brindaba.
Fue hasta la cama y se sentó. —Xena,
¿por qué no me dejas darte un masaje
en la espalda? Tengo aceite —dijo tentándola—.
Venga, sabes lo mucho que te gustan los masajes.
—Xena se puso tensa ante la idea de las
manos de aquella preciosa mujer recorriendo su
espalda arriba y abajo, pero la anticipación
de ese placer le inundó los sentidos.
—De acuerdo, entraré en tu juego
—dijo Xena dejando a un lado la muleta y
sentándose frente a la bardo.
—Interesante elección de palabras,
mi estúpida guerrera —dijo Gabrielle
suave y cariñosamente. Luego se acercó
hasta que sus piernas quedaron prácticamente
bajo las de la guerrera. Se inclinó hacia
delante y susurró al oído de Xena.
—Quítate la camisa. —Fue más
una orden que una petición. El cálido
y suave aliento y la autoritaria voz intoxicaron
e hipnotizaron a la mujer. Cerró los ojos
e hizo lo que se le pedía—. Ahora,
voy a contarte una historia. —Gabrielle
hizo una pausa y vertió unas gotas de aceite
sobre los torneados hombros—. Quiero que
escuches con atención. ¿Entendido,
Xena? —Deslizó sus manos con suavidad
sobre los hombros de la mujer—. Pon mucha
atención. —Todo lo que Xena pudo
hacer fue asentir. Gabrielle nunca llegó
a retirar la cabeza, por lo que su cálido
aliento continuó acariciando el oído
de la mujer. —Voy a contarte la historia
de dos amantes… —Xena fue incapaz
de reprimir un ligero gemido. Gabrielle conocía
perfectamente el efecto que aquella historia tenía
sobre ella, por eso la había elegido. Mientras
hablaba, continuó aplicando aceite en la
espalda de Xena, haciéndola estremecerse
a medida que descendía. El masaje ya había
perdido toda su razón de ser. Las manos
de Gabrielle vagaban libremente, alrededor de
su cuello, bajando por sus brazos, por toda su
espalda. No sólo acariciaban, estaban sintiendo
y memorizando el cuerpo de Xena. Sus manos y sus
dedos delineaban cada músculo, cada cicatriz,
entregándolos a su recuerdo. Su dulce y
melódica voz, sus sensuales manos y el
tibio aliento trabajaban unidos para poner a Xena
en un letárgico estado de deseo y relajación—…
y cada vez que las olas rompen contra la orilla,
los amantes quedan unidos. —Gabrielle terminó
con esas palabras. Sus propios deseos se abrían
camino ahora haciendo la necesidad de sentir más
piel bajo sus dedos algo incontrolable. Titubeaste,
rodeó con sus brazos la cintura de Xena,
susurrando. —Xena, te quiero. —A continuación
besó el lóbulo de su oreja.
Su respiración se hizo más rápida
al sentir los brazos de la bardo rodeándola.
Una descarga eléctrica viajó desde
su oreja hasta el centro de su ser al sentir el
contacto de aquellos suaves labios. Todas sus
defensas se vinieron abajo al escuchar esas hermosas
palabras. Abrió sus ojos, llenos de lágrimas,
y volvió la cabeza para mirar a su adoraba
Gabrielle. Fue recibida por el azul verdoso que
tanto amaba, tan conmovidos como los suyos, llenos
de amor y deseo. —Gabrielle… —fue
todo lo que su quebrada voz pudo pronunciar. Gabrielle
sonrió incorporándose.
—Ven —dijo la bardo extendiendo su
mano. Xena se movió lentamente, tratando
de convencerse de que aquello no era un sueño,
dándole la mano. Con una fuerza desconocida
para ella, Gabrielle tiró de Xena hasta
ponerla de pie y la llevó hasta la cama.
Xena se quedó allí, en equilibrio
sobre su pierna sana y contemplando a Gabrielle
mientras se quitaba la camisa. Ésta empujó
levemente a la mujer por los hombros, transportándolas
a ambas sobre la cama. Gimieron levemente ante
el placer de sentir el contacto de sus cuerpos.
Gabrielle se elevó lo justo para dejar
que Xena se acomodara, antes de situarse sobre
ella. Esta vez la bardo descendió lentamente,
bebiendo cada sensación con cuidado de
no presionar las aún delicadas costillas
de la guerrera. El contacto las hizo temblar.
Xena dejó escapar un gemido de placer cuando
sus pechos se encontraron. A la pálida
luz del fuego, ambas podían ver la profundidad
de su amor en los ojos de la otra. Xena dejó
a su temblorosa mano descansar sobre la mejilla
de Gabrielle.
—Dioses, mírame. Estoy temblando
como una hoja —dijo la igualmente entrecortada
voz de Xena. Deslizó su pulgar sobre la
esquina de la boca de Gabrielle. Las lágrimas
corrían ya libremente en ambas mujeres.
—Te quiero, Gabrielle. Que Afrodita me ayude,
intenté luchar contra esto, pero no pude.
Te quiero. —Gabrielle enterró la
cara en su oscuro cabello.
—Yo también te quiero —dijo
Gabrielle al tiempo que elevaba la cabeza para
mirar en la profundidad de los ojos de su amiga.
—No puedo vivir sin ti. Esconder mis sentimientos
me estaba volviendo loca. Todo lo que quiero es
amarte, estar contigo, darte todo el amor que
llevo dentro. Quiero… —El dedo de
Xena sobre sus labios la interrumpió.
—Shh, mi pequeña bardo. Este es uno
de esos momentos en que los actos dicen más
que las palabras. —Para demostrar su teoría,
envolvió el cuerpo de la joven con sus
fuertes brazos y la acercó a ella. Xena
se elevó y rozó sus labios contra
los de la narradora. Ambas gimieron ante el estremecimiento
que pasó entre sus cuerpos. Gabrielle cerró
los ojos y llevó su boca hacia abajo, sintiendo
la suavidad de los labios de Xena y la fuerza
de su propia necesidad. Xena se recostó
y dejó que la joven tomara el control.
Gabrielle continuó saboreándola.
Besó sus labios, acometiendo una y otra
vez, utilizando ocasionalmente su lengua para
acariciar el labio inferior de Xena. Todo ello
hizo surgir más gemidos de la garganta
de la guerrera. Abrió sus labios cuando
la joven le manifestó su intención
de entrar. Sus lenguas se tocaron, disparando
sus deseos y pasiones a extremos más allá
de lo razonable. La lengua de Gabrielle se volvió
más exigente, recorriendo todas y cada
una de las texturas de la boca de la guerrera.
Ambas estaban sin respiración para cuando
Gabrielle se retiró.
—Justo al centro de mi corazón —murmuró
Gabrielle respirando con vehemencia. Xena puso
las manos en los hombros de la bardo para prevenirse
de otro beso.
—Del mío también, pero tenemos
que hablar. —La voz de Xena era ronca y
áspera, como si acabara de regresar de
una guerra.
—Tú, la reina del silencio, ¿quieres
hablar? —dijo Gabrielle con incredulidad,
pero a sabiendas de que necesitaban una pausa,
aunque sólo fuera para recuperar el aliento.
Se apartó de la mujer y se sentó
con las piernas cruzadas a su lado. Xena se incorporó
también, reclinándose contra la
pared. Gabrielle se quedó callada, esperando
impacientemente a que Xena hablara.
—Gabrielle —dijo Xena recorriendo
con su índice la mandíbula y la
barbilla de la bardo—, te quiero. No puedo
encontrar palabras que expresen cómo me
siento ahora mismo.
—Inténtalo —la instó
Gabrielle dulcemente. Xena sabía lo importante
que eran las palabras para la joven bardo, así
que tragó saliva y empezó de nuevo.
—En realidad de muchas formas. Asustada,
feliz más allá de lo creíble,
más nerviosa que una novia, y muchas cosas
más. Pero lo que siento sobre todo es como
si un gran peso hubiese desaparecido de mis hombros.
No tienes idea de cuántas noches me he
quedado despierta, atormentándome, intentando
adivinar cuáles eran tus sentimientos.
Tenía tanto miedo de que me volvieras a
abandonar… No quiero que eso ocurra. —Silenció
de nuevo la respuesta de Gabrielle—. No
sé por qué me quieres, pero sé
que es así. Puedo verlo es tus ojos. Y
eso me asusta un poco. Gabrielle, nunca me había
sentido así por nadie. —Fue ahora
Gabrielle quien cruzó su dedo sobre los
labios de la mujer, pidiéndole que callara
por primera vez desde que se conocían.
—Xena, yo estoy tan asustada como tú.
No puedo explicar cuándo o como me enamoré
de ti. Lo único que sé es que te
quiero. Quiero pasar el resto de mi vida contigo,
compartiendo tu vida. No puedo vivir si no es
a tu lado. —Gabrielle se acercó y
se situó sobre la guerrera—. Y en
este momento no quiero estar en ningún
otro lado que no sea aquí, haciendo el
amor contigo. No sé qué hacer, pero
estoy segura de que tú me enseñarás
—dijo devolviendo sus labios a los de Xena.
La guerrera envolvió con sus brazos a la
joven y le devolvió el beso, probando con
su lengua el sabor la boca de su amante. Xena
hizo girar a la bardo y la situó de nuevo
sobre la cama. Siguió besándola
dulcemente al tiempo que sus experimentados dedos
exploraban la suavidad de la garganta de Gabrielle.
—Mmm, dioses, eres tan suave… —murmuró
Xena haciendo descender su boca para explorar
la zona que sus dedos acababan de abandonar. Luego
volvió a ascender, abriéndose camino
entre la melena cobriza hasta encontrar el lóbulo
de Gabrielle. Besó, lamió y mordió
la sedosa piel, provocando leves gemidos de placer
en la narradora. Regresó una vez más
a saborear la boca de Gabrielle antes de descender
entre sus pechos. Xena cubrió con sus manos
los suaves montículos, atrapando los pezones
entre sus dedos pulgar e índice. Estaban
erectos y duros, y rogaban ser besados. Las manos
de Gabrielle se enredaron en la oscura melena
y guiaron a la guerrera. Su lengua se extendió
y rozó ligeramente el anhelante pezón
izquierdo. Gabrielle arqueó su espalda
ante el exquisito placer, suplicando sin palabras.
Xena se tomó su tiempo, chupando y lamiendo
sus pechos hasta saciarse. Las caderas de Gabrielle
se movían ya con la milenaria fuerza del
deseo. Xena se elevó, sin olvidar su pierna
rota, y separó las de Gabrielle con la
rodilla. —Dulce Afrodita —dijo al
sentir la presión de la pierna de la bardo
contra su sexo.
Gabrielle gimió al sentir la humedad de
Xena en su muslo. Presionó instintivamente
contra ella, provocando que la guerrera detuviera
sus caricias y comenzase a gemir. Las caderas
de Xena empezaron a moverse arriba y abajo, empapando
el muslo de Gabrielle con su flujo. Los ojos azules
se encontraban fuertemente cerrados, su mente
cerrada a todo lo que no fuesen las sensaciones
que crecían sin límite entre sus
piernas. Gabrielle contempló las diferentes
expresiones que volaban por el rostro de la guerrera.
Atrapó sus pechos con las manos, acariciando
los sensibilizados pezones con los pulgares. Unos
ahogados y leves quejidos comenzaron a escapar
de los labios de Xena, así como un hondo
ronroneo del interior de su garganta. Gabrielle
sintió el río de fluidos comenzar
a deslizarse por su pierna al tiempo que Xena
se ponía tensa, y luego sacudía
sus caderas rítmicamente antes de gritar
el nombre de la bardo con fuerza suficiente como
para despertar a todo el bosque. Gabrielle alivió
la presión de su muslo y abrazó
a Xena cuando ésta cayó sobre ella.
La bardo la sostuvo así, acariciándole
suavemente la espalda, hasta que sintió
que su respiración volvía a la normalidad.
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