XWP Alt »La guardiana de los Idus» 01

Disclaimers: Xena y Gabrielle pertenecen a Universal y a Renaissance Pictures. Yo simplemente las/los he adoptado momentáneamente para crear esta pequeña historia, para nada con ánimo de lucro sino con toda la intención de disfrutar, pasar un poquito el rato haciendo uso de la imaginación y deseando que todo el mundo que lo lea lo pase bien al hacerlo.

:: LA GUARDIANA DE LOS IDUS ::

XIRANT

Supongo que el papel de un villano en vida, debe ser el de un villano en muerte. La propia o la ajena. Es un sino. Como una marca de nacimiento. Y pase lo que pase te seguirá siempre, el resto de tu vida, a veces sin querer; otras consciente de que te toca llevar a cabo la sucia labor de quien entrega el alma al tártaro. Sin preguntas. Sin respuestas. En silencio. Y en el momento en que ves que esas almas se convierten en la misma luz del sol, solo entonces, sabes que tu trabajo está bien hecho, sin arrepentimiento. Porque arrepentirse es de humanos. Y quien guarda en vida las almas destinadas a la muerte no puede arrepentirse. Nunca.

***

Os mentiría si dijera que no me he merecido ser la persona que soy. Nací en Mircino, un pequeño pueblo situado junto al río Estrimón, a medio camino entre las verdes llanuras de Tracia y las altas montañas de Macedonia. Nuestra aldea no era mucho más que unas cuantas chozas de madera y paja, sencillas. Frías para pasar el caluroso verano de las tierras griegas, calientes ante la nieve del crudo invierno. Vivíamos de lo que la tierra nos daba, cuidándola con todo el cariño de nuestro sudor y manos. Varios rebaños de ovejas nos aportaban la carne y leche para todas las familias. Vidas sencillas, que convivían juntas. Para una niña de apenas once años los días eran largos y trabajosos. Mi madre me levantaba a su hora para ayudarla a traer agua del río, mientras mi padre se encargaba de buscar leche y algo de pan. El desayuno no era pequeño, aunque teniendo en cuenta que hasta entrada la noche la única opción de comer era coger alguna manzana era normal. El trabajo en el campo era duro, aunque yo me lo tomaba como un juego que hacía que mis manos se endurecieran, mis brazos se reforzaran y mis piernas corrieran más rápido que los chicos de la aldea. No me gustaban las niñas, al menos las que tendían a evitar disfrutar de los placeres de una vida en la naturaleza. Supongo que por eso nunca fui muy cercana a mi hermana.

Las tardes eran con diferencia el mejor momento del día, cuando hecha la labor nos dejaban sueltos para corretear por donde nos apeteciera. Y el río era, sin dudarlo, nuestro lugar de juegos. Nos juntábamos generalmente con los niños de aldeas cercanas, Pidna, Kali, Herso y Amfípolis hasta casi contar un pequeño batallón de pequeños cuerpos. Y dentro de todo el grupo había dos líderes destacadas. Una era yo; la otra era una niña alta, morena y fuerte llamada Xena. Nos llevábamos tan bien como de vez en cuando mal. Chocábamos mucho, sin duda, pero cuando nos juntábamos en una misma idea éramos terribles y no resultaba una gran complicación hacer que el resto nos siguiera.

No resultaba una mala amiga, pero estaba claro que tampoco era de las que dejaban que el mundo se acercara a su alma. Pocas veces tuvimos la posibilidad de hablar más allá de lo que podría ser una "nueva conquista", como solía decir. Pero cuando se sucedía ese momento, simplemente se transformaba. Sus ojos, azules como el estanque más profundo de Grecia, perdían su dureza y dejaban mostrar la nobleza y el carácter que guardaba dentro, como si sacara la pureza de sí misma, sin tener que demostrar nada. A través de esos retazos descubrí que su padre los había abandonado, a ella, sus hermanos y su mujer, hacía ya varios años, y que seguían adelante a través del arduo trabajo de su madre, Cyrene, en la posada que tenían en Amfípolis.

Cada tarde, sin falta, aparecían los tres en lo alto de la loma, al norte de nuestra aldea, bajando a través de los campos de trigo. Toris siempre detrás, tranquilo, queriendo demostrar que era el mayor. Lyceus y Xena casi siempre a una plena carrera que terminaba en la mayoría de las ocasiones con Lyceus rodando cuesta abajo mientras una risueña Xena exhalaba un extraño grito de triunfo. No faltaban nunca; podrían llegar antes o después, pero siempre estaban allí.

Con los años, las tardes de batallas entre pequeños críos pasaron a ser tardes más contadas y más tranquilas. Las guerras de barro a orillas del río y las heridas continuadas en las rodilla dejaron paso a cañas de pescar, paseos y carreras de caballos. Y también las visitas de los tres juntos se fueron perdiendo.

Xena, por supuesto, seguía siendo la líder, si bien no sólo su carácter era lo que atraía; con el paso de los años los azules ojos que enmarcaban su mirada de pantera se convirtieron en un complemento a un extraordinario cuerpo en toda una mujer. Y como era esperable, no se convirtió en lo que podría esperarse de toda mujer, sino que su arte como toda una joven extraordinariamente guapa se añadía a su extraordinario manejo en el arte de la lucha.

Seguramente fue por eso que no dudé un segundo el día en que Lyceus apareció en la aldea gritando que Cortesse estaba atacando Amfípolis. No tardé ni dos minutos en llegar a casa, tomar mi espada y subirme a lomos de Viento.

– ¿Dónde vas? – Los ojos de mi madre me miraban aterrorizados mientras colocaba con manos diestras la silla en el castaño pelaje del caballo.

– ¡Nos necesitan en Anfípolis! – grité, saltando sobre el caballo. – ¡Les están atacando!

–¡No vayas!

– ¡Debo ir, necesitan nuestra ayuda!

Mi madre corrió hacia mí, evitando que azuzara el galope de Viento.

– Hija... Cortesse es un señor de la guerra, nosotros campesinos, ¡no podemos hacer nada! Cortesse atacará nuestra aldea cuando acabe con ellos,...

– No si lo paramos antes. – Mi voz sonó más profunda que de costumbre, sin sentimiento, cortante. Quería callarla. Olvidar sus palabras y con ello las dudas. Quería ir a la batalla, luchar por sus gentes, por las mías, por las nuestras, si fuera necesario bajo su mando. Fue la primera vez que mi madre no tuvo forma de detenerme, y ella lo sabía. Lo supo cuando la miré con rabia mientras volvía a Viento hacia la puerta del establo y lo espoleaba con todas mis fuerzas y cuando a media subida de la loma que separaba la aldea del vado del río me volví para mirarla por última vez. Porque fue la última vez, al menos en esta vida, que la vería. Cuando llegué a Amfípolis las defensas estaban ya preparadas. Los hombres se apostaban tras varias murallas de maderos, provistos de las más variadas armas, desde arcos y espadas a varas de madera y tridentes para la cosecha. Y en medio la figura de una mujer enfundada en una ruda armadura de cuero sobresalía por encima de todo. Con paso firme revisaba metódicamente cada detalle, ordenando con mandato rectificar aquello que no la convencía. Lyceus llegó por delante de mí.

– ¡He conseguido veinte! – le dijo mientras se bajaba de un salto del caballo.

Xena confirmó en un movimiento y me miró. Nunca la había visto así. Sus ojos brillaban con una luz que nunca había visto en ellos, iluminándolos hasta casi parecer transparentes. Su mandíbula estaba firmemente cerrada en un gesto de determinación que recordé haber descubierto años atrás, cuando las pequeñas batallas pasaban a ser más serias. Su mano derecha aferraba con tal fuerza la montura de la espada que los nudillos se le blanqueaban por la presión.

Por un segundo me sonrió. Le devolví el saludo con un movimiento de cabeza antes de bajar de Viento. Me acerqué a ella y acepté el apretón de brazo que me ofreció. Y sin decir nada me volví hacia las defensas, apostándome entre los hombres que guardaban el este de la aldea.

Nunca olvidaré mi bautizo de sangre. Nunca había matado a un hombre, jamás. Y la cara es algo que se queda en el alma para el resto de la vida. Era un hombre repleto de cicatrices que venía frente a mí. Las defensas iniciales habían caído y la lucha había pasado a un cuerpo a cuerpo donde la habilidad y la fuerza marcaban la diferencia entre vivir o morir. Me atacó con una lanza que esquivé y por reflejo, sin pensar, giré y hundí la hoja en su espalda. Entró con suavidad, como el corte de un jugoso queso.

Lo que más me duele ahora mismo, tantos años después de aquello, es que no sólo no puedo olvidarlo, sino que en aquel momento no sentí absolutamente nada. Ningún sentimiento. Nada de miedo. Siempre había considerado que matar a una persona debía ser un antes y un después. Hombres de mayor aplomo que el mío se habían desplomado al sentirlo por vez primera. Pero era como si alguien me hubiera sacado de mi cuerpo y viera la batalla desde el exterior, sin importar lo que hiciera salvo defender lo que quería, pensando que hacía lo correcto. No era yo, o al menos la que yo creía que era.

Nos llevamos la más dolorosa de las victorias, es cierto. Ganamos. Y si hay algo que la vida te enseña con el paso de los años es que en una batalla no hay ganadores: todos perdemos de un modo u otro. Tras la lucha comencé a buscar entre los cuerpos sin saber muy bien lo que buscaba en realidad. Y encontré el rostro de Lyceus inerte, mirando con ojos vacíos de vida un cielo azul impregnado en olor a muerte. Un grito se enclavó en mi garganta mientras buscaba con la mirada a Xena. Pero el grito se quedó allí, quieto, en medio de mi garganta; la boca se me secó de golpe y mi corazón dio un gran en mi interior cuando oí el grito de que los restos del ejército de Cortesse habían huido en dirección a Mircino.

– ¡Nooo...! – grité desquiciada mientras buscaba por los restos una montura a la que aferrarme. Corrí hasta los establos, encontrando milagrosamente a Viento, lo solté lo más rápido que mis nerviosas manos me permitieron y salí al galope de inmediato, en vano. Los resquicios del fuego que se elevaba por encima de la colina indicaban que podría cabalgar tanto como quisiera: no llegaría a tiempo. La imagen del camino, de cada pie de distancia que recorrí hasta alcanzar lo alto de la loma, aparecerían durante años en mis sueños. Y la visión de mi casa ardiendo como el mismísimo tártaro la sigo viendo en el sendero de mis pesadillas.

Bajé la colina espoleando tan fuerte a Viento que mis golpes se convirtieron en heridas. Furioso me lanzó por encima de su grupa antes de huir de mí. Cojeando por el golpe, y con las manos completamente manchadas de sangre, alcancé a ver los cuerpos de mi madre y mi hermana caídos antes siquiera de llegar a la primera casa. Se perdió mi grito en el vacío, en medio de un silencio de muerte. Y mi propia sangre se mezcló con la de mi madre mientras la abrazaba tratando de encontrar un suspiro de vida que nunca hallé. En ese momento, mi alma murió.

***

Odio. Esa es la palabra que me acompañaría durante muchos años desde aquel día. Odio a la vida; odio a lo sucedido, y por encima de todo odio contra mí misma. Un odio escondido hacia mí que quise guardar, en silencio, hasta de mi propia mente. Descubrí con el tiempo que mi padre había seguido mis pasos hacia Anfípolis y que había logrado sobrevivir. Pero había recibido la noticia de que su familia entera había muerto, incluida yo. Antes de pensar en la alegría de una hija viva, di por sentado que su odio hacia mí, por haberme marchado, por haberme tenido que seguir, por haber dejado a su mujer y su otra hija a la suerte de unos asesinos, era tanto como el que yo misma sentía. Y no quise faltar a la mentira, pues realmente había muerto. Me daba lo mismo vivir que morir, nada tenía sentido. Y mi odio se mezcló con el me asco cuando descubrí que no era capaz de quitarme una vida que no quería. Sin saber qué hacer con mi propia vida, dejé que mi destino se quedara en manos de los dioses. Durante varias semanas mis pasos se limitaban a deambular en un sinsentido, sin destino ni razón, sobreviviendo gracias a mi propia falta de escrúpulos, más que a la inexistente caridad humana. Robaba comida, nunca en demasía, sólo lo necesario para malvivir en el mundo y dormía donde el cuerpo terminaba por caer de agotamiento, deseando no volver a levantarme nunca más.

Fue entonces cuando me convertí, de casualidad, en una verdugo de la muerte en vida. Una noche de invierno mis pasos me llevaron a las calles más oscuras de Iasmos, una pequeña ciudad entre las montañas centrales de Macedonia. La nieve cubría la calzada empedrada, haciendo difícil caminar, así que me refugié en la oscura entrada del templo de Hermes. Apoyada contra una de las columnas, me escondí al abrigo de unas pieles que había robado días atrás y dejé que mi mente dormitara bajo la tormenta. De pronto unas presurosas pisadas me sacaron de mi letargo. Miré a mi derecha, mientras mi cuerpo se retiraba un poco más hacia las sombras. Tras la esquina de un pequeño edificio de madera apareció corriendo un pequeño hombre que se ocultó tras girar hacia la plaza frente al templo. Unos segundos pasos se oyeron casi de manera inmediata. A penas unos segundos más tarde un segundo hombre apareció por el mismo sitio. Reluciente, la hoja del cuchillo que portaba en la mano refulgió ante las antorchas que apenas llegaban a iluminar la calle. De inmediato se giró hacia donde el primer hombre se había escondido, descubriéndolo en el quicio de una puerta de piedra. La velocidad del movimiento fue tanta que el hombre casi ni calculó la distancia y estuvo cerca de fallar, haciendo que la hoja no acertara en el punto deseado; aunque acertó en el cuerpo. Me apoyé en el suelo para poder observar la escena, más que nada por curiosidad, sintiendo la punzante textura de la piedra en la palma de mi mano.

El bloque del empedrado del templo estaba parcialmente roto y mi mano envolvió un trozo suelto, del tamaño de mi puño. Si soy sincera fue casi más por jugar que por cualquier otra razón más heroica, sin duda. Y cuando la lancé con toda mi fuerza buscaba e recuerdo de unos juegos de antaño, cuando los dioses me sonreían. No, desde luego, el salvar la vida de un hombre. Pero eso fue lo que pensaron cuando mi puntería recordó también que era tan extraordinaria como yo lanzando. La piedra golpeó la cabeza del asaltante dejándolo fuera de combate de inmediato. Y los gritos de auxilio del primer hombre alertaron rápidamente a la gente de las casas colindantes, que aparecieron de inmediato. No me preguntéis porqué decidí no moverme de donde me encontraba. Las miradas se giraron de golpe hacia mí cuando el hombre me señaló. Y no falté a la verdad, pues en ningún momento negué haber sido yo la que había atinado con el asesino.

Todo lo que los dos siguientes días viví pasó ante mis ojos de manera tan rápida que no recuerdo, por momentos, lo que sucedía a mi al rededor. En apenas unas horas me encontré frente a un hombre de aspecto severo, envuelto en vestimentas de raso muy caras que me miraba de manera acusadora desde la parte de detrás de una mesa repleta de pergaminos. Creo que llegué a repetirle como diez veces lo ocurrido; lo mismo que dije los dos días posteriores delante de numerosas personas mientras el supuesto asesino pedía clemencia una y otra vez. La sentencia de muerte fue dictada bajo la ceremonia victoriosa de los ciudadanos, que jalearon la decisión del juez hasta casi hacer una fiesta en honor a Atenea y su justicia... la verdad es que doy por hecho que Atenea no habría estado demasiado orgullosa precisamente. Y fue un duro golpe cuando las ceremonias se vieron truncadas en el momento en que el juez comunicó

que no había verdugo en varias decenas de millas a la redonda. El pueblo estaba ansioso de sangre, y la noticia no sentó precisamente demasiado bien.

Y, ¡que me maldigan los dioses a mí, y no a él!, fue el hombre al que salvé el que dio con la "perfecta solución".

– ¿Porqué no se lo ofrecemos a ella? – había dicho desde el lecho. – Si alguien se merece matarlo es la persona que me salvó la vida. En sus manos se quedó la mía al librarme de ese asesino. ¡Que cierre la razón de su existencia!.

Gracia de tierra en la que nos encontramos, me ofrecieron sentenciar a un hombre. Y por supuesto, no me negué. La respuesta afirmativa salió de mis labios a una velocidad tal que me sorprendí a mi misma a la vez que mi voz tomaba, una vez más, la profundidad a la que no me terminaba de acostumbrar. Y mi mente, la misma que había dejado que el odio hacia mí misma se escondiera tras los deseos de venganza contra la humanidad, me cegó los ojos, excusándome: "el dolor de mi alma seguramente se verá compensado al poder dar muerte a un hombre que reencarnaba la escoria que ha acabado con la vida de mi familia, y con ella la mía propia". No, no recuerdo su rostro. Ni como se llamaba. Sólo que esos días comí lo que no había comido en los últimos meses, que mi vestimenta de arrastrada del mundo desapareció de mi cuerpo para verme de nuevo con ropa limpia, negra, como mi alma. Y no dudé ni medio segundo cuando el juez bajó el brazo: tomé la vara que activaba el sistema de la soga y tiré con fuerza, deleitándome de ver cómo un hombre que merecía una muerte cruel la recibía de mi mano. Recuperé mi vida sentenciando la ajena.

***

Un hombre se convirtió en dos. Y el dos en tres. Cuando ya fueron diez comencé a plantearme si merecía realmente la pena ir contando. Mi fama como verdugo inalterable fue a más y en poco tiempo fui llamada a formar parte de las comitivas de los más grandes señores de la guerra. Atenas, Argos, Esparta e incluso la lejana isla de Creta: las llamadas pasaban de unas a otras según la escoria del mundo iba cayendo poco a poco. Fue así como volví a saber de Xena. Habían pasado varios años del ataque de Cortesse y esa parte de mis recuerdos habían ido perdiéndose en lo más profundo de mi memoria. Sabía, por el ambiente en el que me rodeaba de asesinos, ladrones y bastardos, que ella había formado parte de ese mundo. No eran pocas las historias que había ido oyendo sobre sus conquistas, sus muertos, sus asesinatos. Supe que había ido arrastrando su huella de destrucción por medio mundo y eran pocos los ejecutados que no habían pasado por sus garras.

Más de una vez me planteé qué pasaría si la siguiente sentencia era para ella. La batalla en mi interior, en esos momentos, pasaba a ser frenética. Con los años, había aceptado el hecho de que inocentes pasaban por mi soga, y que asesinos quedaban fuera de ella. Mi propia noción del odio se fue transformando hasta aceptar que no era yo quien los condenaba, sino quien hacía cargo de la condena. Así callaba mi mente. Pero, ¿y si llegara ese momento? La niña de mi infancia contra la asesina despiadada. No excuso cuando digo que entiendo su odio. Yo lo sentí, durante mucho tiempo. No aceptaba su reacción, pero la hubiera entendido. Sin embargo, culpable de los asesinatos, o inocente por la ceguera del odio, hubiera llevado a cabo la sentencia. Y en parte, en esos momentos, casi la hubiera saboreado. El odio entra dentro de una misma, te corroe y te transforma, tu cuerpo, tu vida, tus recuerdos. Con el poder de decidir sobre la vida o la muerte apenas reciente en mis manos, para mí Xena tenía la culpa, al menos en parte, de lo sucedido en Mircino.

He de decir, igualmente, que ese sentimiento fue cambiando con los años. Y si lo miro desde aquí lejos, poco me diferenciaba de Xena: yo mataba, daba igual que fueran inocentes o culpables. La diferencia era que no apelaba tanto al poder, sino que era el propio poder el que me amparaba. La vida te hace más sabia con los años, aunque sea despacio y comprendí que el valor de una muerte justa era mucho mayor que la de los inocentes. Y me convertí en verdugo, sí, pero justa al fin y al cabo. Lo mismo debió de sucederle a ella, o al menos eso descubrí con el paso de los años. Poco a poco las voces provenientes del oeste, afianzadas en una nueva gran ciudad llamada Roma, se fueron haciendo cada vez más fuertes. La cultura griega iba cayendo en un ostracismo que rompía con la ambición romana de poder y conquista, de dominar el mundo. Y ahí un nombre comenzó a sobresalir por encima de todos; un tal Julio César, un hombre joven, arrogante y ansioso de poder que comenzaba a abrirse paso por los entresijos de la política romana y griega. Sus conquistas se fueron haciendo poco a poco más grandes hasta que se comenzó a temer por las mismas tierras griegas. Fue entonces cuando Xena reapareció, en Britania. No niego que me sorprendió saber que seguía viva, y más, que se enfrentaba a César como aquella primera vez, en busca de salvaguardar un pequeño pueblo frente a la conquista externa. Mis oídos se abrieron un poco y fue las propias gentes humildes de vidas sencillas, como la que yo había tenido hacía ya tantos años atrás, las que me hablaron de una Xena que yo no había conocido hasta el momento salvo en los recuerdos de niña. Hablaban de una mujer morena, fuerte, noble. Alguien que luchaba por la justicia. Por el honor. Por aquellos que no podían defenderse. Y no negaré que dudé, mucho, sobre todo ello. Mis sentimientos hacia la mujer que ellos alababan eran, cuando menos encontrados. Veía en mis recuerdos aquella ya no tan niña que disfrutaba como nadie de una aventura bajo los rayos del sol y de repente la mirada de hielo azul que cruzaba su rostro.

***

Con el paso de los años mi "trabajo" en vida tomó fama. Conocedora de que apelaba a la muerte justa, comenzaron a llamarme "la implacable", o "la ejecutora", aunque debo confesar que de todos los apelativos "La Guardiana" era sin duda la que más me hacía justicia. Yo simplemente consideraba que el mundo debía ser mejor sin personas culpables de muerte en él, y dedicaba mis días a hacer que sus muertes fueran radicalmente similares a las vidas que llevaran. Poco a poco los jueces tomaron la costumbre de darme las llaves de la cárcel donde se encerraba al acusado. Guardaba las llaves de su cautiverio hasta el momento de su caída al Tártaro, según los jueces, porque en mi poder las llaves estaban en el más seguro de los lugares. Y lo que en un principio era algo inusual, pasó a ser uno de los rituales que todo juez ejercía conmigo. En más de una ocasión, acabado el juicio y decidida la sentencia de muerte, el acto de entrega de las llaves de la celda era la ceremonia que culminaba todo el patrón.

Sin embargo, aún me quedaba el que iba a convertirse en el trabajo más duro de mi vida, el que me marcaría para siempre. El último de ellos. Hacía dos días que había llegado a Éfeso, tras una larga travesía de vuelta desde Creta. La ciudad se encontraba más oscura de lo normal. Siempre había resultado una ciudad espléndida, de vivos colores, con el puerto más impresionante que hubiera visto; ni aún la mismísima Rodas podía comparársele a pesar de su extraordinario coloso de piedra. Sin embargo, una leve decadencia parecía gobernar el ambiente. Las calles estaban oscuras, como dejadas bajo el designio de los dioses. La pobreza parecía ir creciendo a la misma velocidad que el juego y las vanas distracciones de un pueblo que sentía que la caída estaba próxima. Los mástiles de las galeras romanas se alzaban vigilantes y ya pocos eran los pescadores que podían salir a la mar sin verse obligados a la paga de unos impuestos que no quedaban nunca en tierra griega. Había más espadas, más suciedad, más tensión que nunca.

Yo me encontraba a la espera de recibir mi pasaje rumbo a Cartago, donde debía cumplir un nuevo cometido bajo las órdenes del juez Filíades, en una pequeña casa de huéspedes, a la entrada del puerto, en una zona tranquila de la ciudad baja. Apoyada en una pequeña mesa de madera situada junto a la ventana de mi humilde habitación, me afanaba en escribir, como siempre hacía, pequeños retazos de lo que había percibido de Creta en pequeños pedazos de pergamino. Miré un momento al exterior. La oscuridad de una temprana noche hizo que un escalofrío recorriera mi espalda. Leí por segunda vez las últimas palabras, satisfecha. Me levanté, buscando con la mirada una pequeña alforja que siempre llevaba conmigo como mi único equipaje, cuando unos golpes secos en la puerta interrumpieron la búsqueda. Me acerqué a la estrecha puerta de madera y abrí. Mi corazón no pudo evitar sentir un leve salto en mi pecho. Dos largas lanzas de madera se elevaban al techo. Las corazas de hierro, pulcramente talladas, relucían hasta casi dañar. Dos soldados romanos se elevaban ante mí con gesto serio.

– Buscamos a Kara de Tracia, La Guardiana.

Miré a ambos hombres por un segundo antes de responder.

– Yo soy Kara de Tracia.

– Tenemos la orden de llevarla ante nuestro superior – dijo con voz profunda. – Acompáñenos.

Volví a mirar los rostros un segundo antes de volverme para coger una capa que me refugiara del frío de la noche y salimos de la casa de huéspedes. Uno de los hombres abría el paso, cerrándolo tras de mí el otro, evitando la posibilidad de una huida que no iba a sucederse. Por unos momentos no pude evitar sentirme una encarcelada más que una carcelera y sonreí, en medio de la tenue oscuridad que las escasas antorchas de las calles intentaban evitar, ante semejante dualidad irónica. Anduvimos varias calle, girando izquierda y derecha a modo de laberinto, hasta que finalmente nos situamos ante una de las entradas del puerto. Recorrimos un tramo de los pequeños espigones de madera. El olor a mar cerrado y a pescado inundaba el ambiente, y varias formas de distinta índole entre humana y animal huyeron ante el sonido de los pasos contra la gravilla y el barro del suelo. Finalmente alcanzamos una pasarela de madera que subía por el lateral del casco de una alta galera. Subí, cerrada por los soldados, y tras esquivar el mástil principal nos encontramos frente a la puerta de entrada que debía conducir a uno de los camarotes principales. El soldado que iba delante abrió sin llamar, dejando que entrara por el hueco antes de cerrarla tras de mí. Sentí, cuando la puerta se vio cerrada, cómo se quedaban a ambos lados en el otro lado, custodiando la salida.

Miré el camarote, buscando alguna abertura que pudiera servirme en caso de necesidad. Y casi no pude evitar suspirar al notar el lujo que me rodeaba. Ante mí la piel de un león abría la estancia. Varias telas rojas cerraban las paredes, cayendo como varios mantos. Varias velas y antorchas arrojaban una tenue luz que la brisa de la noche hacía titilar con nerviosismo.

En el centro una gran mesa de madera se veía ocupada por varios pergaminos y mapas, así como por una gran botella de cristal pulcramente detallada acompañada por dos copas de oro. Tras la mesa, frente a las telas y custodiando toda la estancia, un estandarte de madera y oro, culminado por una enorme águila con las alas desplegadas, guardaba vigilante.

– Impresiona, ¿verdad?

La voz sonó profunda. Unos suaves pasos, apenas audibles sobre el tamiz de madera, surgieron a mi derecha.

– Eso es Roma – continuó la voz. Lentamente un hombre hizo su aparición tras las telas. Su castaño pelo enmarcaba un rostro severo. Los labios, carnosos, mostraban una determinación hacia el hecho evidente de que emanaba poder sobre todo lo que le rodeaba. Sus ojos castaños, profundos, me miraban intensamente. Caminó con lentitud hasta encontrarse casi frente a mí. Ataviado con los ropajes propios de la legión romana, su peto, sin embargo, mostraba la importancia de su persona. Reluciente y dorado, la misma águila que custodiaba la estancia se enmarcaba en su pecho.

– Su grandiosidad reside en su poder. Y su poder reside en mí.

– Déjame adivinar – arriegué sin quitar un sólo hilo de orgullo a mi postura.

– Julio César.

– Veo que has oído hablar de mi persona – se sonrió a sí mismo mientras se sentaba en una butaca tras la mesa.– Eso me complace.

Me miró en silencio, observándome, como si quisiera intuir qué estaba pasándome en ese momento por la cabeza. Por unos instantes no supe qué decir, o hacer, y me mantuve tiesa donde me encontraba, sin reducir ni un ápice el arrojo de mi rostro, hasta que él terminó por moverse, apoyándose en la mesa, cruzando las manos.

– Te complacerá saber que yo también he oído hablar de ti – dijo, manteniendo su mirada en la mía.

– "La guardiana". Eres la mejor en tu campo, según tengo entendido.

– Gracias – murmuré sin opinar sobre lo que pensaba de ello.

– Necesito que me hagas un favor.

– Yo no hago favores. Soy guardiana, no asesina.

– No, no, no... no me malinterpretes – se levantó lentamente y dando un pequeño rodeo se situó frente a mí. Sus ojos me envolvían como atrae la belleza de la serpiente y sentí su poder rodeándome, sibilino. – No te pido que asesines a nadie. Es simplemente una... ejecución.

– ¿Cuales son los motivos? – respondí sin poder evitar mirar sus labios, a penas a veinte centímetros de mí.

– Ellas intentaron matarme.

– ¿Ellas?

– Sí. – Se acercó a la mesa y tomó una uva de un gran caldero. – Espero que eso no implique ningún problema. Moví negativamente la cabeza.

– Bien... Necesito que te asegures de la ejecución de esas dos mujeres. Por un segundo sentí un cosquilleo, difícil de explicar, en mi estómago.

– ¿Puedo saber sus nombres?

Se quedó quieto, observándome. Supongo que quería intentar dilucidar porqué una guardiana deseaba saber los nombres de su ejecutados. Mi rostro no varió un milímetro, mostrando un gesto entre serio y cruel aprendido con los años. Una buena máscara en el rostro de una mujer. Finalmente exhaló un breve suspiro, y dijo:

– ¿Has oído hablar de Xena, la Princesa Guerrera?

***

Partimos de manera casi inmediata, al día siguiente, muy temprano por la mañana. Varios soldados habían adelantado el trabajo de traer todas mis escasas pertenencias de la casa donde me encontraba antes de que aparecieran, y casi sin haber terminado de aceptar el trabajo me vi inmersa en el interior de esa enorme galera.

No sé si César había logrado ver la sorpresa que sus palabras me habían causado. Al menos puedo admitir que intenté no mover ni medio músculo. Y lo cierto es que dudo en rotundo que supiera que nos conociéramos de hacía mucho tiempo. No busqué razones a su petición, dejando que fueran las parcas las precursoras de lo que fuera a darse. Pero es cierto que interiormente había una voz que me gritaba que algo estaba a punto de sucederse, que la historia guardaba un lugar importante a ese hombre. Y que en cierto modo, yo formaría parte de ello. No me dio muchos detalles de todo lo que concernía a la ejecución. Simplemente subrayó que al llegar a Roma partiría de manera inmediata en dirección a las montañas, y que cuando llegara al destino debía esperar a la señal de sus hombres para llevar a cabo la ejecución. Quise preguntar si era una ejecución justa, pero algo en su porte me decía que no importaba si lo era o no: era algo que debía descubrir de otra fuente. Como petición extra me ordenó que no saliera de mi camarote lo que durara la travesía, alegando que sus hombres no eran buena compañía de mujeres. Creo que simplemente quería evitar que preguntara a sus hombres qué delito habían cometido, o de qué se les acusaba. O simplemente si se les había juzgado por alguna razón.

Durante la semana de travesía el tiempo se me hizo largo e incómodo. Los días pasaban lentos, las noches solitarias. Cada día un soldado me traída la comida, y cada vez su rostro era diferente. No sé cuántos podían haber en aquella galera, pero nunca vi dos veces al mismo hombre. Tenían prohibido hablar conmigo, y simplemente llamaban a la puerta portando una pequeña bandeja con comida, cerrando la puerta tras de sí. Sentía el sonido de los pasos por encima de mi cabeza mientras el barco se movía a través de las aguas. Finalmente el vigía alertó de la vista de tierra a los seis días y los gritos que pude percibir desde el interior me avisó de que no era la única que se alegraba. No había sido una travesía demasiado mala, pero el encierro me agobiaba hasta hastiarme. Sin embargo pasaron lo que para mí fueron horas hasta que por fin pude oír unas llaves soltando la cerradura de mi puerta. Me levanté al instante, mirando la puerta con toda la frialdad de que mis ojos eran capaces. El hombre que la abrió no era el que yo esperaba, aunque su mandato era igualmente evidente. Éste era algo más bajo, con ojos algo claros que parecíanesconder un alma buena bajo la necesidad de mostrar la fuerza del cruel romano que debía aparentar. Su emblema, la misma águila en el pecho, evidenciaba encontrarse bajo las órdenes de Julio César, si bien no mostraba esa ansia de poder superior que tuviera el primero. Con reverencia se llevó el puño cerrado al pecho a modo de saludo, portando el casco en la izquierda.

– Me llamo Marco Junio Bruto. Lamento que haya tenido que esperar a salir del camarote – dijo con vehemencia.– Órdenes y protocolo. Le acompañaré a sus aposentos. Mañana partiremos hacia el Monte Amaro. Me quedé mirándole sin gesticular.

– Si queremos llegar con la luz del sol, deberíamos partir ya – le respondí, sin bajar la mirada. Si algo tenía claro es que no debía mostrar debilidad, y ya el hecho de haberme encontrado encerrada en libertad me había demostrado que la posibilidad de mostrar dureza estaba por delante del ser condescendiente.

– El viaje ha sido largo – dijo, mirándome con curiosidad. – ¿No prefiere descansar?

– No – negué rotundamente.

– Pero...

– Cuanto antes llegue antes podré planificar mi trabajo. "Y antes podré descubrir la verdad".

Se me quedó mirando por unos segundos en silencio, sopesándome. Finalmente movió en un pequeño gesto de afirmación el rostro y se retiró para dejarme pasar delante.

***

El bosque de pinos y hayas que nos rodeaba en el ascenso fue, poco a poco, desapareciendo de nuestro camino. La verde hierba que se elevaba silvestre y mansa en la ladera, había dejado de acolchar los cascos de los caballos y la tierra fue enfriándose hasta vernos rodeados de nieve y piedras. Bruto cabalgaba a mi lado, silencioso. De vez en cuando miraba a ambos lados con mirada concentrada. No pude evitar fijarme en que cada vez que giraba la cabeza, rozaba con la punta de los dedo el puño de su espada.

– ¿Porqué miras tan inquisitivamente a los lados? – terminé por preguntarle.

– Por nada – respondió secamente.

– ¿Esperas que nos ataquen?

– No, realmente... pero nunca se sabe. Vivimos tiempos complicados.

El paso de los caballos comenzó a descender en velocidad según la pendiente se pronunciaba.

– ¿Puedo preguntarte una cosa? – dije, sin mirarle. – Conozco la fama de Xena. Dicen que ha sido una asesina despiadada, pero que ha cambiado.

–¿Es eso cierto? Bruto miró al frente, eligiendo las palabras.

– No niego que es noble en la batalla. Pero es enemiga de Roma, y Roma es el poder.

Por un segundo pensé en preguntar si era él quien hablaba, o la voz de César a través de su garganta. Le miré, observándole con el rabillo del ojo. No parecía un hombre falta de carisma; sin embargo, su apostura respecto a Roma delataba un papel de marioneta en manos de su superior.

– Y la otra mujer, ¿es una asesina?

– ¿Gabrielle? – me miró unos segundos antes de responder. Sentí por unos instantes cómo tragaba saliva, como intentando deshacer un nudo apilado en medio de su garganta.

– Es aliada de Xena.

– ¿Aliada?

– Sí, bueno... es una manera de decirlo. Ellas están... han peleado juntas contra los romanos en más de una ocasión– me miró por un instante antes de volver la vista hacia el camino.

– Carece de las maneras de Xena, sin duda.

– Pero es enemiga de Roma.

– Sí.

La pendiente se pronunció un poco más, pasando a convertirse en un tramo de piedras. Tras unos minutos de pelea con el entorno, el camino volvió a la ascensión suave. Volví a colocar mi montura junto a la de Bruto.

– Cuando hablé con César me dio la impresión de que sus sentimientos hacia Xena van más allá de una simple asesina. Bruto siguió hacia delante, sin contestar. "Camino equivocado.", pensé. "Prohibido hablar de César".

– No debió resultar fácil tomar a una mujer de su fuerza.

– No si se pone precio a su cabeza.

– ¿No está encerrada?

– Aún no.

– ¿Aún?

Bruto sonrió levemente.

– Vendrá a la fortaleza del monte Amaro.

Le miré con curiosidad, sin lograr entender.

– ¿Cómo estás tan seguro?

– Digamos que tenemos lo que más quiere en el mundo. Su mayor tesoro, y su mayor debilidad. Me quedé pensando por unos segundos. Xena no era la mujer de antaño. Si la gente decía la verdad, no buscaba riquezas, ni poder, sólo defender al débil, el honor, la justicia. ¿Qué podía ser tan valioso como para querer...?

– Gabrielle – murmuré con sorpresa.

– Exacto – confirmó. Su gesto cambió levemente mientras parecía sopesar las palabras. – César sabe que Xena irá en su busca, que irá a salvarla. Ese será su mayor error y su final.

No pude evitar sonreír con ironía.

– ¿Crees que será tan tonta de arriesgar su vida por una mujer, por muy aliada que ella sea? – jugué a la tentación, apelando al gesto un gesto de indiferencia que buscaba la respuesta. – Ella no es así.

Bruto paró el caballo y me miró.

– ¿Conoces a Xena?

– La conocí – admití. – Hace muchos años.

– La Xena de entonces no es la que conociste, créeme – Sus verdes ojos me miraban con seriedad. – Es capaz de dar su vida por Gabrielle. Y es lo que hará, créeme.

– ¿Porqué? – pregunté, alentando una vez más a mi montura. – ¿Qué puede hacer que Xena arriesgue su vida?

– El amor.

***

Los últimos rayos de sol dejaban escaparse por encima de los picos de las montañas cuando alcanzamos a ver las primeras cruces. Sabía de antemano que era la forma en que César celebraba sus sentencias. Es curioso, cada señor de la guerra, emperador o rey tiene siempre una extraña debilidad para matar a sus enemigos de un modo u otro. Lo que no esperaba ver era la senda de muerte que nos recibiría antes de llegar a la fortaleza. El camino dio un pequeño giro a la izquierda y poco a poco las sombras de los primeros maderos, con sus cuerpos colgando, nos nublaron la luz. Como silenciosas advertencias, los cuerpos se alzaban enclavados en una de las muertes más crueles que el mundo conocía hasta entonces.

Sentí cómo Bruto me miraba de soslayo desde su montura, esperando algún tipo de reacción en contra, supuse. Sin embargo, mantuve el rostro alzado, sin mirar más allá que el paso de mi propia cabalgadura, aunque en mi interior asentía a que semejante visión mandaba una clara advertencia a todo aquel que quisiera acercarse. Hacía ya tiempo que copos de blanca nieve nos acompañaban, dejando una estela blanca bajo los pies de madera, donde el barro y la sangre se entremezclaban con la pulcritud del manto blanco. Finalmente, tras un último recodo de piedras y cruces, alcanzamos a ver la fortaleza. Y no pude menos que aceptar que era, sin lugar a dudas, la más inexorable de las fortalezas que había podido ver en mi vida. Ni siquiera la cárcel de la Isla Tiburón se le podía acercar. Un enorme muro de granito, guardado por cuatro torres vigía se elevaba varios metros por encima de nuestras cabezas. En medio, dos grandes puertas de madera y hierro cerraban la entrada, custodiada por dos soldados que se apresuraron a saludar, puño en pecho, la llegada de Bruto mientras alertaban de nuestra llegada. Rápidamente las puertas comenzaron a abrirse pesadamente, mientras una fila de varios soldados se cuadraban al paso de nuestra entrada.

El patio que guardaba la fortaleza era una enorme trampa. Completamente cuadrado, se veía rodeado por dos torres vigías a cada lado, sin contar las cuatro de entrada. Varios soldados estaban apostados a cada lado, entre torre y torre. No había ventanas, ni grietas. Las caballerizas, situadas al final del patio, se cerraban contra el grueso granito. Nuestro paso se introdujo, cansino, hacia el interior del enorme muro. Un repiqueteo continuo sonaba a ambos lados de la entrada, donde varios hombres se afanaban entre los maderos. Unas enormes cruces descansaban tendidas sobre el firme, mientras los fuertes brazos terminaban de colocar los últimos clavos en ellas. Bruto paró el caballo y descendió. Le imité al momento, siguiéndole hacia la izquierda, donde una pequeña puerta se abría paso en la profundidad del muro. Los goznes chirriaron contra la helada que comenzaba a caer mientras la puerta se abría, dejando paso a unas empinadas espaleras de bajada. Era un pasillo estrecho e incómodo, iluminado por varias antorchas. Al final del mismo, un soldado vigilaba la bajada. Tras un rápido saludo, nos dejó pasar a la zona de los calabozos. El frío allí era insoportable, juntándose a un agobiante olor a humedad. Los muros dejaban caer regueros de nieve derretida y agua por ellos, encharcando parte del suelo. Dejamos unos primeros calabozos a mano izquierda antes de girar hacia la derecha. Al fondo del pasillo de barrotes de hierro dos enormes soldados vigilaban ambos lados

de una gruesa puerta. Cuando estábamos a unos pocos pasos de ellos, Bruto se paró indicando una pequeña puerta que abría una celda a la derecha. En un lado una pequeña mesa provista de varios pergaminos y plumas dejaba apenas un escaso espacio de varios pies a lo que debía ser la litera. Entré en ella silenciosa y me volví hacia él. Con cuidado acercó sus manos al cuello, tomando una fina cinta de cuero de la que colgaba una pequeña llave dorada.

La miró un instante antes de dármela y no dejó de mirarla mientras me la colocaba en el cuello, bajo mis oscuras vestimentas. Después me miró a los ojos y con suavidad se acercó a mi oído.

– Haz que Gabrielle no sufra – me murmuró. Dio un paso atrás, sin dejar de mirarme, hasta que finalmente se dio la vuelta y volvió por el mismo camino por el que habíamos entrado.

Miré cómo su sombra se perdía en las luces de las antorchas antes de dejar caer el pequeño petate. Acomodé mis pocas pertenencias lo mejor que pude antes de volverme y dedicar un poco más de atención a los calabozos. Ninguna otra puerta. Ninguna salida. Ni grieta. "Xena está loca si pretende salvarlos", pensé. Por un segundo me sorprendí a mí misma sintiendo un resquemor de tristeza en mi interior. Suspiré. Sólo cabía esperar. Con curiosidad me acerqué a la puerta de los soldados. Inmediatamente cruzaron las lanzas.

– Está completamente prohibido acercarse a esta puerta.

Miré al enorme soldado que me había hablado. Di dos pasos y me puse cara a cara con él.

– Soy La Guardiana – respondí sin pestañear. – Yo decido quién entra y sale de esta puerta. Y yo quiero entrar.

– No puedo permitírselo, señora.

Mantuve la mirada sin moverme un ápice.

– Tengo el permiso del mismo César – dije con acritud. – Ahora bien, tienes dos opciones: o te niegas, lo que te conllevará un buen castigo en forma de galera, o te apartas de inmediato y me dejas pasar. Tu decides.

Por unos momentos pareció que su cabeza iba a explotar entre dudas, hasta que finalmente se apartó. "Buen chico".

Con rapidez saqué la llave de mi pecho y giré la cerradura. Un sonido sordo salió de su interior antes de que cediera suavemente. Saqué la llave y volví a colocarla en mi cuello. Miré al soldado que seguía mostrando un gesto de duda en su rostro.

– No dejes entrar a nadie, ¿entendido?

Un gesto de su cabeza me confirmó que lo había entendido. Empujé la puerta y la cerré tras de mí. Ante mí me encontré una nueva celda en la que varias personas se agolpaban en su escaso espacio. Sentí varias miradas clavadas en mí mientras me acercaba a los barrotes de hierro. Sólo dos personas no me miraron: un joven hombre de pelo largo y una mujer rubia, de pelo corto. La expresión de ambos era de extrema tranquilidad. No pude reprimir un gesto de curiosidad.

– ¿Quién de vosotros es Gabrielle?

– ¿Quién lo pregunta?

La voz surgió joven y arrogante de la garganta de una muchacha pelirroja. Ataviada con los ropajes propios de las amazonas, era obvio que su orgullo sobresalía por encima de los demás. La miré por unos segundos, observando que se encontraba atada a un poste, junto al hombre de pelo largo.

– Quién lo pregunta no te concierne – respondí tajante.

– Dime, ¿quién es Gabrielle?

– Me concierne, y mucho... así que ya puedes quedarte sentada esperando. Sonreí. Me gustaba ver la fuerza en una mujer, más en la juventud.

–¿Vas a contestarme?

– No.

Suspiré, sintiendo cómo la sangre comenzaba a hervirme por dentro.

– No hará falta que te conteste.

La voz sonó suave, cálida. Miré hacia donde había surgido, encontrándome con dos verdes ojos mirándome con fijeza. Sin juzgarme. Sin rabia. El pelo corto, rubio, enmarcaba un rostro angelical que guardaba una extraordinaria fuerza. Se volvió levemente hacia la muchacha y mirándola con serenidad le sonrió. Se apoyó en su hombro y se levantó con movimientos felinos. Su cuerpo distaba del de una mujer de aldea. Bien torneado, los músculos se confundían con las bien marcadas curvas y me descubrí sonrojándome. Se acercó hasta los barrotes, colocándose frente a mí.

– Yo soy Gabrielle– dijo con suavidad.

Sonreí, sin saber porqué. Había algo en ella que hacía que un suave calor surgiera en mi pecho. Una candidez humana que nunca antes había visto en ninguna otra persona. Sus ojos serenos parecían ver a través de mi alma, sin poder evitarlo.

– Me llamo Kara – dije. – Quisiera hablar contigo, pero necesito que me prometas que no intentarás escapar. Sus verdes ojos me miraron con un destello de curiosidad.

– Te lo prometo.

Me acerqué a la puerta de la celda y abrí, dejándola pasar. Le indiqué con la mano un pequeño rincón donde se ubicaban dos sillas mientras la voz de la muchacha pelirroja volvía a oírse:

– ¡No os entiendo! – parecía estar dirigiéndose especialmente al hombre que la miraba sin gesticular.

– ¿Porqué siquiera os movéis? ¡Había abierto la puerta! ¿Queréis morir?

– Amarice... – dijo Gabrielle, mirándola con cierta severidad.

– Ah no... – dijo la joven. – ¡No me digas que es el camino del amor! Pero ¿cómo es posible que...?

La voz de la muchacha se mantuvo intensa durante unos segundos, mientras se desquitaba. La observé, curiosa.

– No te preocupes, ella tampoco intentará nada – me dijo Gabrielle mirándola con lo que me pareció melancolía mientras la joven luchaba con todas sus fuerzas contra las ataduras. Se sentó en la pequeña silla de madera y paja, volviendo sus ojos hacia mí, interrogante. Tomé asiento.

– Me han dicho que conoces a Xena.

Vi por un instante una sonrisa en sus labios.

– No es ningún secreto – respondió.

– ¿La conoces bien?

– La conozco mejor que a mí misma.

– ¿Y crees que vendrá a salvaros?

Alzó la vista y me miró con curiosidad, sopesándome.

– Si quieres saber cuándo vendrá te diré que no lo sé. Si lo que me preguntas es si vendrá, te lo aseguro. Apreté los labios, sin saber dónde quería llegar con ello.

– ¿Qué te hace estar tan segura?

– Ya te he dicho que...

– La conoces – antepuse. – Ya.

Me levanté de la silla dándole la espalda.

– He visto las defensas de esta fortaleza, los hombres, los soldados – me giré y la miré con fijeza.

– No tiene ninguna posibilidad.

Una suave carcajada se escapó de su garganta.

– No me malinterpretes – replicó. – Tú no la conoces. Xena ha hecho cosas que ninguna otra persona es capaz de hacer. Vendrá.

– Sé que es fuerte – respondí. – Pero...

– Vendrá, estoy segura.

– ¿A pesar de que pueda significar su muerte?

Su mirada cambió. Mantuvo un tenso silencio.

– Sí.

– ¿Porqué?

Se quedó en silencio unos segundos, mirándome con curiosidad.

– Porque somos inocentes.

Me volví para mirarla fijamente y sus ojos me dijeron hablaba con sinceridad.

– ¿Y ella? ¿Crees que es igual de inocente?

– Sin duda. – La voz era firme, la mirada límpida. No digo que sea una gran erudita del interior humano... más bien estaba lejana a saber leer en el corazón de las personas; pero sus palabras partían del corazón.