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XWP Alt » La guardina de los Idus» 02
:: LA GUARDIANA DE LOS IDUS ::
– Tú...¿darías la vida por ella? – Volví a enfrentarme a sus inmensos ojos.
Pero no me miraba a mí; sus ojos parecían sumergidos en un mar de recuerdos. Esperé, sin saber qué decir, hasta que sus labios se movieron.
– Cuando te levantas una mañana y descubres que tu primer pensamiento es un rostro, descubres que existen fuerzas capaces de lograr lo imposible. Cada día tiene un sentido; cada paso, cada herida. – Sus ojos verdes se volvieron hacia mí.
– Hace tiempo atrás vivía en una pequeña aldea, se llamaba Potedia. Un día nos atacaron, y ella nos salvó. Sin preguntar; sin pedírselo. Simplemente lo hizo. Ese día me descubrí a mí misma, o quien realmente debía ser. He tenido la fortuna de vivir junto a ella cada uno de los momentos desde entonces. Me hace reír, llorar, sentir. Desear ser mejor... Esa mañana, te despiertas y simplemente piensas en ella. En su sonrisa. En su mirada. En todo lo que significa en tu vida... – alzó la mirada. Sus verdes ojos estaban colmados de lágrimas. – Si me dices que con mi vida puedo salvar la suya, aquí me tienes: te la doy sin dudarlo. Me quedé observando sus verdes ojos mientras una lágrima recorría la suavidad de su mejilla.
– La amas.
Sonrió por un instante. Una sonrisa triste, llena de sentido.
– Es más que eso. Ella es toda mi vida – dijo. Alzó el dorso de su mano y retiró la lágrima. – Por eso sé que vendrá.
Volví a sentarme en la silla, consternada. Ella se quedó quieta, apoyada contra el muro de la pared, perdida en sus propios recuerdos. Sus ojos tristes miraban a un infinito que se encontraba más allá de aquella celda, en aquel frío monte. Los golpes de los martillos se oían lejanos, por encima del techo. Sentada en aquella silla, me pregunté por primera vez qué sentido tenía mi vida. Había aceptado un trabajo contra inocentes; no era la primera vez. Pero ahora era Xena la que tenía ante mí. La misma Xena que había caído, como yo, en el odio. La misma que había sabido salir de él y buscar el perdón para sí misma, haciendo el bien hacia otros. La misma que sabía amar. ¿Y yo? Mis últimos años me había dedicado a enfocar el odio contra lo humano, no sólo de la gente, sino contra la parte humana de mí misma. ¿En qué parte me había perdido a mí misma? Me intenté esconder por un segundo de esos pensamientos, alegando que la decisión de una condena debía esconder, irremediablemente una realidad, pero mi razón, y aún más mi corazón sabía que el ser humano no necesita una excusa para acabar con la vida de un enemigo.
– ¿Puedo hacerte una pregunta?
Su voz me hizo volver en sí.
– Dime.
– ¿Qué te hizo convertirte en guardiana?
Callé, escondiendo el rostro.
– El odio.
– ¿Contra quién?
– Contra mí misma. – Sentí cómo me observaba, en silencio. Tardé unos segundos en reponerme. – Supongo que no tiene mucho sentido. Me sonrió levemente.
– Más del que piensas – respondió, suspirando. – Ella ha tenido que pasar por un camino parecido. Se odiaba tanto a sí misma que estuvo a punto de destruirse. Nunca ha dejado de culparse por todo lo hecho en su vida. Por eso no duda en intentar hacer el bien, aunque ello le conlleve la vida.
– ¿Culpa?
– Sí – afirmó ella. – Hace muchos años atacaron su aldea. Ella llevó a cabo la defensa de su pueblo a cambio de la vida de su hermano y de muchos amigos. El odio y la culpa por lo sucedido la llevó a convertirse en alguien que no sabía lo que era el amor. Ahora cada uno de sus pensamientos es rehacer el dolor causado por todas las personas a las que dañó. – Me quedé mirándola, sin reaccionar. Y la culpa surgió en mi interior, como un cuchillo que se clava en el pecho sin sangrar. Como si fueran los espectros de mi propio pasado , los rostros sin nombre de quienes habían pasado por mis manos se postraron ante mi transparente mirada. Las lágrimas se agolparon en mis ojos, sin poderlas detener. Escondí el rostro, evitando mirarla, esperando dos ojos acusadores como respuesta. Pero cuando conseguí rehacerme su rostro no mostraba odio, ni rencor. Me miraba comprensiva, como a un niño que acaba de hacer una trastada y se ha confesado.
– Nunca es tarde para dejar el odio – dijo, rozándome la mejilla con sus dedos, limpiando mis lágrimas. – Sé que lo harás. De repente un fuerte alarido se escuchó lejano por entre los muros. Gabrielle se volvió de inmediato.
– ¡Es Xena! – dijo volviéndose a sus compañeros.
Las voces de los soldados resonaron en las paredes del calabozo, mientras un profundo grito, uno que hacía quince años que no escuchaba, se alzaba cada vez con más fuerza entre la rabia de las profundas voces de los hombres.
– ¡Cogedla!
Miré a Gabrielle, que seguía de pie frente a la puerta. Un fuerte sonido surgió al otro lado. Me levanté de inmediato, mirando hacia la entrada, sin darme cuenta de que mis pies me llevaban hacia la cerradura. Abrí rápidamente, saliendo a la parte inicial de los calabozos. La ra cabellera giraba acompañando los movimientos de su torneado cuerpo. Cada poro de su piel relucía ante la adrenalina del esfuerzo de la pelea. Movimientos felinos, más de lo que yo recordaba. Miré aquellos ojos azules inyectados energía, los mismos de aquel fatídico día en la ladera de Anfípolis.
Rápidos pasos se acercaban por el estrecho pasillo. Una fuerte sacudida primero, luego dos profundos golpes de puño y los dos únicos soldados que custodiaban la puerta salieron volando de su camino.
Corrí hacia ella, sin saber muy bien qué hacer, cogiendo el cuero que rodeaba mi cuello en las manos. Alcé la llave cerca, mirando fijamente su rostro. Tras asegurarse de que el último soldado no se levantaba corrió hacia la puerta. Sus pasos pararon de golpe al verme. Levantó una ceja, con mirada interrogante.
– Tú...
Dudo mucho que me reconociera, aunque su mirada, sorprendida, se clavó en mí durante unos largos segundos. Los pasos del corredor se acercaban a gran velocidad. Miré hacia la escalinata, calculando el tiempo, y volví a mirar su rostro, confiando en que cogiera la llave. Un leve movimiento de su cabeza me dio a entender que había comprendido lo que estaba pensando, y de inmediato atrapó el lazo de cuero entre sus manos, corriendo hacia la puerta del calabozo. Alcancé a oír a Gabrielle a la par que me acercaba a las escaleras, dispuesta a dar más de un problema.
– Xena...
Un abrazo, profundo, sentido, que lo transmitía todo. Los pasos se acercaban, las voces rabiosas resonaban con el eco de los grandes muros. Pronto las primeras piernas alcanzaron la escalinata de bajada.
– Me alegro de verte...
Cerré oídos y mente, y me lancé con fuerza contra los hombres que bajaban. No sé porqué salió ese calor de mi cuerpo mientras las piernas subían por los escalones como si me persiguiera el mismísimo Caronte, sólo enfoqué las primeras figuras que se acercaban a toda velocidad.
– ¡Quítate de en medio!
Corrí, como nunca había hecho. Cerré lo ojos. Una llanura verde apareció en mi mente. Una ladera, que ascendía y ascendía por entre la hierba, colmada de flores blancas. Subía por ella con la alegría de la juventud. De una juventud que se había quedado tanto tiempo atrás.
– ¡RETÍRATE!
Y al final de la ascensión dos rostros. Familiares. Acogedores. Sonrientes. Mi madre me miraba, casi llorando, con orgullo, alentándome a que siguiera unos pasos más. Sentí el chorro de voz atravesando mi garganta. Chillé con todo lo que mi cuerpo era capaz de albergar.
– ¡He dicho que...!
Y de repente un golpe blando, contra lo que debía ser la armadura de cuero del primer hombre que alcancé, paró mi subida. Mis pies dejaron de inmediato el firme de la piedra y sentí volar, sin poder controlar la situación. Escuché varias voces profundas gritar de dolor y sentí como varios cuerpos se abalanzaban sobre mí en la caída. Noté e primer golpe contra el escalón a la altura de mi muslo, con el peso de los soldados rodando en la escalinata. Otro golpe. Otro. Uno más... y de repente oscuridad.
***
El frío de la nieve descongelada sobre mi cabeza me hizo despertar del letargo. Intenté moverme, pero había algo que lo impedía. Noté la sequedad de los ojos y el sabor amargo a sangre seca en mis labios. Abrí los párpados poco a poco, apretando los dientes ante el punzante dolor que cruzó mi cabeza de sien a sien. Respiré profundamente intentando relajarme. La luz era escasa y mis ojos se fueron acostumbrando a las diferentes formas que me rodeaban con excesiva lentitud.
Cuando por fin pude distinguir con mayor nitidez, me di cuenta de queeguía en los calabozos, pero no donde yo recordaba haber caído. Mis brazos se hallaban encadenados, sujetos por encima de mi cabeza a una argolla de la pared, un codo por encima de mí. Sentí el dolor de los hombros, obligados a alzarse. La sangre recorría en pequeños ríos mis antebrazos en aquellos lugares en los que la cadena había atravesado la piel por el peso de mi propio cuerpo. Intenté tragar saliva pero un fuerte ataque de tos y la falta de aire me lo impidieron. Alargué la lengua: me habían atado un pedazo de tela en la boca. Volví el rostro a uno y otro lado, sin alcanzar a ver mis piernas. Estaba prácticamente incrustada en una brecha del muro, en uno de los calabozos. No había antorchas, ni nada que diera luz cerca de mí, salvo una rendija en el techo que lanzaba un filo de luz a la celda que tenía frente a mí. Un rayo vivo, limpio, que iluminaba los rubios cabellos de Gabrielle, en cuyo regazo una larga melena oscura reposaba aparentemente dormida. Una forma que sujetaba con amor, con dulzura. Sus dedos atravesaban el cabello suavemente, acariciándolo. El rostro de Xena mostraba las señales del combate, restos de una herida en lo alto de su mejilla y el cansancio del esfuerzo.
Sentí el grito perderse en mi atrapada boca, y sin poder exhalar sonido alguno, me quedé observándolas, sin comprender qué podía haber pasado. El rostro de la guerrera estaba completamente relajado, como si supiera que se encontraba bajo unos brazos protectores. Lentamente los azules ojos de la mujer se abrieron. Se quedaron mirando unos momentos el suelo, cristalinos, mientras el tacto de los dedos de Gabrielle acariciaban sus mejillas. La joven acercó su mano con calidez por el rostro de su amada guerrera, ayudándola a volver la mirada hacia sus verdes ojos. La luz que se desprendía del techo iluminaba el rostro de Xena, hasta casi hacer que sus ojos translucieran. O tal vez fue el amor que rebosaba en ellos cuando miró a la mujer que le envolvía con sus brazos.
– Xena... – Una triste sonrisa se escapó entre los labios de la joven mujer.
La fuerte guerrera le devolvió la sonrisa. La mano de Gabrielle volvió a acariciar el rostro con suavidad, antes de que lentamente su cuerpo se acercara. Los labios apenas sí se rozaron unos segundos. El sabor amargo de sus gargantas desapareció lentamente. Gabrielle se separó un poco del rostro de su amada guerrera y volvió a sonreír. No existía nada más que Xena. Sólo ella. Con sus brazos envolvió con más firmeza el pecho de la mujer y la atrajo hacia sí, dejando que sus bocas saborearan con más profundidad la piel de sus labios. Se besaron, con ternura, dejando que la energía fluyera por sus cuerpos hasta que la joven volvió a apoyar el rostro de la guerrera en su regazo, con el cuidado de quien teme que se le escape la vida por entre los dedos. Los verdes ojos se colmaron de lágrimas intentando buscar una nueva sonrisa que se hacía imposible.
– No... no llores... – La voz de Xena sonó suave, como si estuviera consolando a una pequeña niña que no encuentra consuelo alguno.
– No llores, por favor...
Gabrielle alzó la mano lentamente, enjuagándose las lágrimas. Sonrió.
– No lo haré.
Lo labios de la guerrera sonrieron un segundo antes de que el rostro se contrajera ante el dolor.
– Gabrielle...
– Shhh...
– Quiero que sepas...
La joven alzó la mano y acarició los labios de la mujer.
– No digas nada – susurró. Acercó su rostro y besó con suavidad a la guerrera. – No hace falta.
– Mi niña...
Las lágrimas cayeron por el rostro de la joven, abriéndose paso por la suavidad de su piel hasta sus labios. Eran lágrimas amargas, las más amargas que hubiera sentido nunca. Xena levantó con esfuerzo su mano y dejó que sus dedos siguieran la huella del llanto por el rostro que tanto amaba.
– ¿Sabes...? – susurró mientras sus dedos cogían suavemente los rubios cabellos y los volvía por entre sus yemas. – Si tuviera que vivir una nueva vida, sería contigo... sólo contigo... Haría de mi vida conseguir que fueras feliz cada segundo, cada instante...
– Ya lo has hecho...
– No. – Una lágrima resbaló por su rostro hasta caer contra la piedra del suelo. – Te he dado dolor, muerte... no te merecías esta vida... no te mereces acabarla así...
– Xena... – Gabrielle acarició su rostro, volviéndolo para que sus miradas se encontraran. – Tú me has dado esa vida... Nunca había sabido lo que significa amar a alguien, nunca, hasta que te conocí. Me has enseñado a amar, con todo lo que ello implica... me has descubierto un mundo que nunca hubiera podido siquiera imaginar que se podía sentir. Eres mi primer pensamiento, mi primera alegría, mi primer aliento al despertar. No habrá nunca nada, nadie, que pueda robarme ese calor – con suavidad apoyó la palma de su mano sobre el pecho de la guerrera. – Este calor. El de tu corazón, latiendo con el mío.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de la morena mujer. Sus azules ojos miraban fijamente el rostro de la joven mujer. – La primera vez que te vi supe que eras el amor de mi vida – dijo, acariciando el rostro de su pequeña bardo. – Vi tu rostro, la fuerza de tu interior, la pureza de tu corazón, y el mundo simplemente dejó de existir. –
Retiró su rostro, triste. – ¿Cuántas veces me has seguido hacia el dolor, sin preguntar? ¿Cuántas te he hecho daño?
– Tú me has dado la vida – repitió la joven.
– Y por mí está a punto de...
– Por favor, no...
– Te mereces una vida mejor.
– No sin ti. Para mí no existe una vida mejor si ella implica no estar a tu lado.
Unos pasos se acercaron a la celda. Un soldado las miró, con un gesto de desprecio en su rostro.
– Queda poco tiempo... – anunció, sonriendo con malicia.
– Queda una eternidad juntas – susurró Xena.
Los labios se rozaron nuevamente, sintiendo el calor de ambos cuerpos.
– Este no es el final, mi vida... no lo es.
Gabrielle movió la cabeza, asintiendo.
– Quiero que me mires – pidió, acariciando el suave cabello de la mujer. –
Quiero que tu rostro sea lo último que vea en esta vida... ¿me lo prometes?
Xena sonrió tiernamente.
– Jamás deseé tanto mirar tu ojos, tus dulces ojos... Si tuviera que pedir un último deseo, sería ver tu rostro, tu sonrisa, tus labios, tú... – Con esfuerzo se alzó levemente para besarla. – Te prometo que estaré contigo siempre... estés donde estés... no existe barrera capaz de alejarnos. Ni siquiera la muerte.
– ¡Ya es la hora!
Sus ojos se encontraron. Una mirada cargada de significado, de palabras silenciosas que gritaban al viento todo lo que una vida puede llegar a decir. Se besaron, con pasión, con ansiedad, con la ternura del que desea dejar en su alma la huella de quien ha amado. Los soldados comenzaron a entrar en la celda, silenciosos.
– Te amo, Gabrielle...
– Te amo, Xena...
Dos soldados tomaron a la guerrera bajo los brazos y tiraron con fuerza, sacándola de la celda. Un gemido de dolor se escapó por entre sus labios, mientras la arrastraban con fuerza. Gabrielle desechó la mano que le ofreció un tercero y, levantándose, siguió la estela de la guerrera.
El sonido de los martillos ahogaron los susurros del dolor, mientras inconsolables lágrimas empapaban mis mejillas en un silencio cruel. Sentí alzar las cruces, igual que sentí cómo el cielo se cerraba en un gris impregnado de nubes, ocultando su propio llanto.
***
Pasaron varios días, o lo que a mí me pareció una eternidad hasta que un soldado apareció de nuevo en los calabozos. Escuché unos pasos descendiendo por la escalinata de piedra y alcé la cabeza, buscando entre las sombras una mirada humana. Me sorprendió encontrarme de frente con el grave rostro de Bruto. Se me quedó mirando durante unos segundos. No sé si por deleite a lo que la vida me había conllevado. El odio me convirtió en ejecutora, y la muerte en guardiana de las almas de los caídos. Hasta volver a saber lo que era sentirse humano, y descubrir que mi vida había carecido de un sentido real, nada quedaba mas que un cuerpo atado a una argolla contra el muro de la fortaleza.
Pareció dudar durante unos minutos hasta que finalmente tomó una antorcha y abrió la puerta de la celda. Apoyó la llama en un pequeño entrante de hierro y sacó una llave que acercó a mis muñecas. El sonido de la cerradura fue ahogado y mis brazos cayeron como pesadas losas sobre mi regazo. No pude reprimir un gemido de dolor al sentir cómo mis músculos volvían a su lugar, quedándome acurrucada mientras la sangre volvía a correr por mis venas. Agachada contra el muro, sólo alcanzaba a observar los pies de Bruto, apostado frente a mí.
– ¿Porqué me sueltas?
Silencio.
– ¿Qué ha pasado?
– César ha muerto.
Alcé el rostro y miré sus ojos.
– Tu muerte ya no tiene sentido para él. Tampoco para mí. Eres libre.
Observé su rostro, buscando la trampa en él. Pero no movió su cuerpo un ápice mientras miraba cómo me levantaba y salía del calabozo hacia la escalinata. Comencé a ascender, apoyándome en el ancho del muro. Pequeñas muescas de sangre marcaban la caída de los soldados con mi cuerpo, y no pude reprimir una sonrisa.
La sonrisa que se desprendió de mi rostro al ver dos cruces, frente a la entrada, colmadas de sangre. Sin cuerpos. No supe su reír o llorar, si pensar en el dolor, o en la alegría de la huida. Me pregunté por un momento si lo habrían conseguido. Así lo deseé. Y con la fuerza que quedaba en mis piernas, tomé el camino de descenso hacia una nueva vida.
***
Fragmento traducido de los pergaminos encontrados en Macedonia por la Doctora Janis Convington, 1942. "Faltaban dos días para la conmemoración de los Idus y mi curiosidad me llevó a pedirle que fuéramos a ver los restos del monte Amaro. Me miró con curiosidad y me preguntó porqué quería subir a un lugar de tan horrible recuerdo. "Quiero ver dónde yacimos", le contesté. Y aceptó. Tomamos las riendas de nuestras monturas y nos encaminamos hacia las montañas. El camino serpenteaba por la ladera. Había marcas de maderos a los lados, donde las recordaba haber visto cuando nos subieron por la montaña hacia la fortaleza. Ni rastro de los maderos, ni de las cruces salvo los agujeros excavados en el suelo. Caminábamos juntas, en silencio. Xena parecía pensativa. Sé que no era agradable para ella volver a allí, tampoco para mí.
Pero a veces toca enfrentarse con los malos recuerdos para dejar espacio a los buenos. Tardamos un poco más de lo esperado en alcanzar la cima de la montaña. Allí están los restos de la fortaleza, los muros, las piedras caídas. Atamos a los caballos a una de las piedras y descendimos, dejando que nuestros pies deambularan por entre las ruinas, perdiéndome en los recuerdos de ese mismo día, tantos años atrás. Acaricié los muros, con una mezcla de horror y reverencia, transmitiendo el deseo de poder hablar en silencio de una vida pasada, de una historia que no debería olvidarse nunca.
No nos costó encontrar el lugar. Justo frente a la entrada, ante el más grande los muros. Tal vez porque cuando te quedan unos últimos alientos de vida en tu interior, todo lo que te rodea adquiere una importancia mayor a cualquier otra cosa. Supongo que por ello sus azules ojos me acompañarán el resto de mi vida. Nos acercamos al lugar, descubriendo, con sorpresa, que alguien había creado en él un pequeño túmulo de piedras. Una talla de madera, bellamente esculpida, coronaba el túmulo. La talla mostraba dos símbolos entrelazados, una marca que conocíamos muy bien, esculpida por manos diestras.
– Es el emblema de Anfípolis – dijo Xena rozando la madera con la punta de sus dedos. – Y el de Potedia. – Su mano recorrió la talla con cuidado, parándose en el medio. Allí unas palabras escritas en griego antiguo marcaban la leyenda: ‘μια αληθινή αγάπη’. – "Un amor verdadero" – leyó. Me miró unos segundos y sonrió. Sus dedos continuaron hasta la base, donde un pequeño relieve sobresalía por entre las piedras. Con cuidado quitó parte de ellas hasta mostrar la marca: – Mircino.
Se quedó mirando la talla, sin comprender, hasta que de pronto sus dos enormes ojos azules se abrieron de par en par, iluminándose. Fue entonces cuando supo quién había esculpido el túmulo de piedra; la misma persona que le diera la llave en el calabozo. La misma que fuera por primera vez a la batalla junto a ella. La que tantas tardes había vivido a su lado, de niña. Tomó mi mano y me acercó a ella, abrazándome con fuerza. Nos quedamos así, en silencio, durante unos minutos, mirando el túmulo de piedras mientras el viento silbaba por entre las ruinas. Finalmente sentí cómo retiraba sus brazos de mí. Le dejé que se acercara una vez más al túmulo y rozara de nuevo la talla. Y escuché cómo sus labios murmuraban un inaudible "gracias" antes de volverse, con una sonrisa conquistando su rostro, y tomarme de la mano con un suave apretón, mientras nuestros pasos nos llevaban, una vez más, hacia un nuevo camino".
FIN
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