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XWP Alt » El
hilo roto
Esta historia ha sido
traducida por Mendhi,
miembro de Xenafanfics. Cuenta
con el permiso de la autora para su traducción
y publicación en Internet.
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de fan fictions de «Xena, Warrior
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Copyright (c) 2003 Ella
Quince. Todos los derechos reservados.
Contenido sexual adulto.
Los personajes de esta
historia pertenecen a MCA/Universal y Renaissance
Pictures. No se pretende infringir ningún
copyright ni obtener ninguna ganancia por
su uso.
Este fue mi primer esfuerzo
para escribir una historia romántica
de X/G. Se sitúa en cualquier momento
de las primeras temporadas, antes de su ruptura.
:: EL HILO
ROTO ::
(THE BROKEN THREAD)
Por
Ella
Quince.
El sentimiento era inconfundible.
El suave vello de su nuca se erizó
ante la alerta de saberse observada.
Xena golpeó el
pedernal en su mano con renovado vigor, entonces
bajó el rostro y sopló en las
astillas que habían capturado la chispa.
Un débil brillo se elevó haciendo
su camino desde el césped hasta las
puntas entrecruzadas de los leños que
había apilado. Con un pausado desenvolvimiento
de su cuerpo, se elevó hasta ponerse
de pie. Y fuera de lo usual, verificó
el perímetro del campamento, pero sabía
que era mejor no depender de la vista una
vez que el sol se había metido en el
horizonte. En vez de ello, enfocó su
mente en otro sentido: escuchó.
Cuando oyó las
suaves pisadas de un caballo que provenía
de las sombras de los árboles, sacó
su espada de la funda. Su armadura estaba
tendida sobre el suelo junto a sus pies, pero
no había tiempo para molestarse en
volver a colocársela.
—¿Quién
está allí? —demandó,
e inspeccionó la oscuridad con una
creciente expectación de una pelea
vespertina.
Después de un
largo silencio, un conjunto de sombras pareció
relucir con movimiento. Una familiar voz exclamó:
—Sólo soy
yo.
—¿Gabrielle?
—aunque, Xena no bajó la guardia.
Un oscuro timbre en el tono de voz de su amiga
activó su sentido del peligro.
—Me cansé
de estar esperándote en la posada —había
solamente un suave susurro del crujir de la
maleza, cuando una figura emergió desde
los árboles, guiando a un caballo por
las riendas. La débil luz de la luna
menguante caía sobre las formas dibujando
sus siluetas mientras se aproximaban al campamento.
Entonces, Xena se cuestionó, ¿Gabrielle
había adquirido la habilidad para andar
con paso cauteloso por un bosque de noche?
—No debiste seguirme
—dijo Xena, pero su ira se fue transformando
por una creciente inquietud. Y resistió
la tentación de enfundar su hoja—.
No estás lista para participar en este
tipo de combate.
Con un crujido de advertencia,
la madera que había recogido finalmente
se incendió y el fuego formó
un circulo de luz alrededor del campamento.
La figura que se estaba aproximando se detuvo
justo afuera del área iluminada, pero
Xena pudo vislumbrar el reluciente cuero y
tiras de metal. El agarre sobre su arma se
apretó.
—¿Dónde
conseguiste esa armadura? Sin mencionar al
caballo.
Había aspereza
en la sonriente respuesta, lo que le restó
gracia.
—Oh, bien, ésa
es una larga historia —la intrusa se
adelantó revelando su rostro. Era el
de Gabrielle.
Pero entonces se acercó
aún más, y Xena siseó
con sorpresa. Incluso con las danzantes llamas
de la fogata pudo esbozar las líneas
de la edad sobre el rostro ante ella. Miró
fijamente en los ojos de la mujer y vio un
duro destello que no había estado ahí
antes.
—Tú no eres
Gabrielle. ¿Dónde está
ella?
—No te preocupes,
está segura, dormida cómodamente
en la posada donde la dejaste —desatendiendo
cualquier peligro, la mujer caminó
más allá de la espada alzada
de Xena, llevando a su caballo hasta un lugar
junto a Argo. Ató las riendas a una
rama baja. Entonces, con practicados movimientos,
retiró la silla de montar, sacó
un cepillo de una alforja, y comenzó
a atender a su caballo—. Sí,
Gabrielle se quedó en la posada durante
días, esperando pacientemente hasta
que escuchó las pisadas de los caballos
de un ejército que regresaba. Entonces
corrió hasta afuera y se sujetó
alrededor de una columna, sujetándose
a sí misma en contra del movimiento
de la multitud que aparecía por montones
en las calles para dar la bienvenida a los
soldados. Pronto la noticia se extendió,
de que el Rey Miklos había sido el
vencedor. Eso no fue ninguna sorpresa. Después
de todo, ¿quién podría
perder con Xena peleando de su lado?
El ritmo y cadencia de
su discurso era un extraño eco del
de Gabrielle; el tono lúgubre e irónico
no lo era.
—¿Quién
eres? —preguntó Xena.
La mujer miró
por encima de su hombro.
—¿No estás
cansada de sujetar esa espada?
Después de considerarlo
un momento, Xena se tranquilizó y envainó
su arma.
—Te hice una pregunta.
¿Quién eres?
Regresando al cuidado
de su caballo, la desconocida dijo:
—Así que
Gabrielle buscó a Xena en el frente
de las tropas, y luego junto al rey cuando
su séquito pasó. Y la buscó
entre los soldados que vigilaban a los enemigos
que habían sido capturados. Pero aún
no sabía de Xena. Finalmente, llamó
a un hombre herido, uno de muchos que venían
rezagados hasta atrás del ejército,
y le preguntó si había visto
u oído hablar del paradero de Xena.
Él asintió y señaló
a la larga línea de carros de procesión
que estaban en último lugar. Entonces,
y sólo entonces, Gabrielle se dio cuenta
de que tendría que buscar entre las
pilas de muertos para encontrar tu fracturado
cuerpo.
—No me importa
mucho tu historia.
La mujer guardó
el cepillo de nuevo.
—Nunca me ha importado
mucho a mí misma.
Xena había notado
los tonificados músculos sobre los
brazos de la mujer cuando retiró la
pesada silla de montar de su caballo. Y cuando
se quitó su armadura, su bien entallada
túnica reveló un torso que era
igualmente musculoso. Era de la misma estatura
que Gabrielle, incluso la forma de sus huesos
era la misma, pero era correosa y compacta,
sin las líneas curvas de una mujer
joven. Alguna vez su cabello pudo haber sido
del mismo color del de Gabrielle, pero la
trenza que se unía detrás de
su cuello y caía por su espalda estaba
enlazada con finas tiras de blanco.
Aún, cuando la
desconocida se alejó de los caballos,
con un manta enrollada y metida bajo un brazo,
Xena contuvo su respiración ante la
aguda sensación de reconocimiento que
su imagen evocó. No podía ser
Gabrielle, aunque…
La mujer leyó
la confusión de su rostro.
—He cambiado, Xena,
pero tú eres exactamente como te recuerdo
—entonces caminó con grandes
zancadas pasando a la guerrera y sacudió
su manta en el suelo junto al fuego—.
¿Estás lista para el resto de
la historia?
Esa fue una frase familiar,
una que Xena había escuchado a penas
ayer. Podría no haber ningún
error.
—¿Gabrielle?
—Por supuesto,
no hay suficiente tiempo pare decirte todo
lo que me ha pasado desde que moriste —dijo
la mujer que era Gabrielle mientras se acomodaba
en el suelo. Empezó muy ligeramente
mientras Xena se sentaba cerca, al lado suyo;
luego cayó el silencio, como si perdiera
su lugar en el relato.
—¿Cómo
es que estás aquí? —apuntó
Xena.
La mujer se encogió
de hombros, recobrando la compostura.
—Las viejas leyendas
me mostraron el camino. Pasé diez años
buscando ciertos artículos adorados
por los dioses, negociando cada uno a un dios
a cambio de un favor con el cual poder acudir
a otro dios, hasta que finalmente pude hacerle
una petición a Los Destinos mismos.
El favor especial por el que pedí no
era uno que quisieran conceder, pero puedo
ser muy persuasiva y estaban en deuda conmigo.
Con un creciente sentimiento
de sospecha, Xena dijo:
—Volver para apoyarme
en el combate de mañana.
—Sí. Esta
vez estoy lista. Esta vez soy una guerrera
que puede proteger tu espalda.
—¿Una guerrera?
—repitió Xena amargamente. ¿La
inocencia de sangre de Gabrielle se había
perdido? Sus manos se apretaron en puños
mientras buscaba en el extrañamente
modificado rostro alguna insinuación
de la amabilidad que siempre había
demostrado antes—. No. No, tú
ibas a ser una bardo, Gabrielle.
—También
pensaba eso —la mujer se volteó
para mirar fijamente el fuego—. Y traté
de seguir ese camino. Durante un año
después de tu muerte, me negué
a empuñar incluso hasta mi bastón…
pero había tanto que no pude decirte
antes de que fueras asesinada, tanto que ni
siquiera me había dicho a mí
misma, que no pude pasar más allá
del silencio entre nosotras. Mis historias
murieron dentro de mí. Todas ellas.
No podía olvidar que debí haber
estado a tu lado ese día.
—¡No! ¡No
estabas lista para luchar en esta batalla!
—No estaba lista
para enterrarte, tampoco —se encontró
con la fija mirada de Xena otra vez, y dijo
con voz llana y dolida—; Fui yo quien
lavó tu cuerpo antes de que fuera envuelto
para el viaje hasta Amphipolis. Le pagué
tres dinares al mesonero para que me dejara
colocarte en el piso del establo de la posada.
Estabas cubierta de sangre… tanta, que
tomó dos baldes de agua para limpiarla
toda. Algunas de las heridas eran tan profundas
que tuve que jalar retazos de tu ropa de cuero
para sacarlos de ellas.
—Gabrielle…
—Lo recuerdo todo.
Había una herida aquí…
—extendió una mano para tocar
ligeramente un punto en el costado de Xena—,
y otro aquí… —tocó
la superficie del hombro de la guerrera—,
pero la que te mató fue…
—Detente —Xena
retuvo la mano de Gabrielle en la suya y la
sujetó fuerte—. No hagas esto.
Gabrielle se estremeció.
Su voz se quebró cuando dijo:
—Y todas las veces
que toqué a una mujer, pensé
en ti… me preguntaba cómo habría
sido hacerte el amor, porque todo lo que alguna
vez conocí fue el tacto frío
de…
—¡Basta!
—Xena cortó el torrente de palabras
jalando a Gabrielle dentro de un feroz abrazo.
Esperó incluso mientras el cuerpo en
sus brazos se movió con una frágil
resistencia al confort—. Está
bien. Estoy viva, y voy a quedarme de esa
manera.
Y siguió abrazándola
hasta que el temblor de los miembros de Gabrielle
le indicó que su rígido control
se estaba haciendo añicos. Sus sollozos
eran secos y agudos, tanto que eran como un
derrame de agotamiento y alivio mientras sentían
la pena.
Cuando la tormenta hubo
pasado, la mujer que estaba acunada en los
brazos de Xena ya no era más una desconocida.
Los pliegues grabados en su rostro se difuminaron
en finas líneas, así como los
tensos músculos de su cuerpo se ablandaron
cuando se acomodó contra el pecho de
Xena. Incluso su silencio era familiar, originado
en uno de esos extraños momentos de
satisfacción que detenían su
usual desbordamiento de palabras e ideas.
En algún punto
los confortantes toques que Xena había
usado para tranquilizarla… el acariciar
de su cabello, el ligero beso en una mejilla…
se quedaron, convirtiéndose en caricias,
y en respuesta una tensión regresó
a los brazos de Gabrielle mientras se abrazaba
con fuerza. El deseo se escapó de sus
cadenas tan sigilosamente que sus labios se
encontraron con los de Xena antes de admitirse
lo que estaba haciendo. La susurrante voz
de su conciencia la instó para que
se retirara del beso, de algún modo
eludir lo que estaba a punto de ocurrir, así
que fue Gabrielle quien lo rompió primero.
—No —dijo
Gabrielle, con un grito entrecortado—.
Una vez me dijiste, "no cambies, me gustas
justo de la forma que eres". Pero he
cambiado. No soy la…
Xena puso un dedo sobre
los labios de Gabrielle para detener su confesión.
—Me has amado más
allá de la muerte. ¿Realmente
piensas que no puedo amarte en vida? —y
sabía que nada podría apartarla
para tratar de borrar la atormentada mirada
del rostro de Gabrielle. Reanudó su
beso con un fervor más grande del que
se hubiera admitido antes, dejó sus
manos pasear libremente y fue recompensada
cuando vio la pasión encenderse en
los ojos de Gabrielle.
La ternura cedió
paso a una urgencia que era menos que gentil,
menos que paciente. Se desnudaron una a otra
del cuero y la tela, y dejaron a sus cuerpos
llenar la brecha de años que había
entre ellas. Había tantas historias
sin contar en el contacto de Gabrielle; era
hábil dando placer. Pero su propia
necesidad finalmente agobió sus avanzadas,
y se sintió torpe e incómoda,
temblando en anticipación a la próxima
caricia de Xena. Cada beso, cada deslizamiento
de su mano y lengua cruzando su piel, era
una respuesta para una pregunta que se habían
hecho solamente en sueños, nunca de
una a otra, y este nuevo lenguaje corrió
por ambas más allá de toda área
de pensamiento, más allá de
la expectativa.
Susurrantes palabras
se agudizaron en gritos que se unieron en
una sola voz, aumentando y recayendo al mismo
ritmo del movimiento de sus caderas. Entonces,
por sólo un dulce momento, estuvieron
perdidas dentro de sí mismas y dentro
de la otra, ajenas a todo, pero los vibrantes
arcos que formaban los dos cuerpos se unían
como uno.
Cuando finalmente se
separaron, para yacer tendidas lado a lado
y dejar que la calidez de la fogata secara
el sudor de su piel, Gabrielle dijo:
—En todo ese tiempo
que estuvimos juntas, ¿por qué
te contuviste? Debiste haber sabido que estaba
enamorada de ti.
Con un suave suspiro,
Xena lo admitió a sí misma,
tanto como a Gabrielle.
—Sí, lo
sabía —sus dedos trazaron la
tenue y blanca línea de una cicatriz
que cruzaba el muslo de su compañera.
Esta mujer era una guerrera, así que
quizás podría comprender mejor
que una joven bardo—. Cuando nos vimos
por primera vez, mi rabia estaba tan a flor
de piel que no me confié a mí
misma ninguna emoción.
—¿Y después
de ello?
—Eras tan joven…
—No tan joven —Gabrielle
dijo firmemente—. Tenía la edad
suficiente para saber lo que quería,
la suficiente para preguntarme por qué
no podías corresponder a mi amor.
—Lo hice…
lo hago… es sólo que… —ésta
era una confesión más difícil,
una que Xena a penas podía expresar
en un susurro—. Tengo mucho por enmendar.
¿Cómo puedo justificar tener
esta clase de placer en la vida?
—¿Y cuánto
tiempo te tomará esta enmienda? —exigió
Gabrielle. Cuando Xena se quedó en
silencio, dijo—: Recuerda, también
das placer cuando amas a alguien.
Y cuando te niegas a ti misma ese placer,
también me lo quitas.
Xena tomó aliento
ante esa cruda verdad, y Gabrielle usó
su ventaja con una nueva demanda.
—Cuando regreses
con la Gabrielle que te está esperando,
no te contengas más. Hay tan poco tiempo
incluso en la vida más larga. No malgastes
un momento de ella; y no la dejes malgastarlo,
tampoco.
—Lo siento.
—No más
disculpas —Gabrielle deslizó
sus brazos alrededor de la cintura de la guerrera.
Atrajo a Xena más cerca, y empezó
a colocar un sendero de cálidos y lánguidos
besos a lo largo de su cuello y hombros—.
No más palabras.
Y no había nada
más, solamente el suave murmullo de
suspiros mientras entrelazaban sus miembros
y empezaban una lenta danza de renovado deseo.
Cuando el aire de la noche se volvió
frío, se envolvieron en una manta y
dormitaron, pero sólo hasta que un
pequeño movimiento las despertó
para explorar mutuamente sus cuerpos otra
vez.
Todo fue demasiado rápido,
la agonizante fogata les advirtió que
se acercaba el amanecer. Y antes de que la
línea del horizonte pudiera aclararse,
las dos mujeres se separaron renuentemente
y se levantaron para hacer sus preparativos.
A pesar del tiempo pasado, Gabrielle hizo
fácilmente su rutina de deshacer el
campamento y ensillar los caballos. Y cuando
Xena se estiró para tomar su peto,
Gabrielle se movió rápidamente
para quitárselo.
—Hey, éste
es mi trabajo, ¿recuerdas?
Xena expresó con
una sonrisa su consentimiento, pero aún
cuando permaneció quieta, temblaba
con el roce ocasional del frío metal.
La sonrisa se desvaneció.
—No importa lo
que pueda pasarme, tengo que ir a esa batalla.
Gabrielle asintió.
—Comprendo. Le
diste tu palabra al rey —abrochó
los enlaces del hombro, entonces se movió
para ajustar los de la cintura—. Además,
la victoria fue difícil de conseguir
ese día. Miklos estaba gravemente herido
y la mayoría de sus generales fueron
asesinados. Sin ti, probablemente habría
perdido su reino.
—Gabrielle, un
guerrero no hace mucha diferencia.
—Sólo cuando
el guerrero es Xena —dijo la mujer con
una sonrisa perspicaz. Dio un tirón
final para evaluar el ajuste de la armadura,
luego retrocedió—. Hecho.
—Es mi turno —dijo
Xena.
—¿Qué?
Agachándose al
suelo, Xena levantó la armadura que
pertenecía a Gabrielle.
—Dije que es mi
turno —e instó a su compañera
para que se moviera más cerca.
Un arrebato de color
llenó las mejillas de Gabrielle, pero
se aproximó.
—No te muevas —la
reprendió Xena, y después de
que Gabrielle se había congelando debidamente
en su lugar, cuidadosamente deslizó
el peto en el cuerpo de su amante. Entonces,
con las manos todavía moviéndose
lentamente en su lugar, Xena presionó
sus labios con la boca de su amante, añadiendo
un agridulce final a un antiguo ritual.
Cuando finalmente se
separaron del beso, Gabrielle extendió
la mano para acariciar el rostro de la guerrera.
—Xena… ésta
fue la cosa más correcta que pude hacer.
Recuerda eso.
—¿Qué
quieres con…?
—No —dijo
la mujer con una sacudida de su cabeza—,
no puedo explicártelo ahora. Sólo
recuérdalo.
Xena frunció el
ceño preocupada y dijo:
—Está bien,
lo haré —la tentación
de besar a Gabrielle una vez más fue
tempestivamente frustrada por el sonido de
impaciencia de Argo, y el intranquilo patear
de las pezuñas de caballos las exhortó
a apurarse.
Xena había guardado
la última de las mantas del campamento
en una alforja cuando vio a Gabrielle sacar
una espada del brezal de su montura y pasar
los dedos ligeramente a lo largo de la hoja
para verificar el filo de su borde.
—¿Dónde
está tu bastón? —demandó
Xena antes de poder detenerse.
Ojos verde bosque conocieron
su fija mirada y la sostuvieron sin estremecerse.
—Guardado. No lo
necesitaré hoy —con habilidad
practicada, Gabrielle deslizó la espada
a su lugar en la espalda. Entonces, sujetándose
de las riendas de su montura, saltó
fácilmente a la silla de montar—.
Es hora. Vamos.
***
La primera luz del amanecer
reveló el rastro que perseguían.
Un difícil camino que bajaba por el
sendero de una tortuosa montaña las
llevó hasta el corazón del valle
donde Miklos estaban reuniendo su ejército,
jerarquías de guerreros con expresiones
sombrías determinados a defender su
región contra la invasión. El
guerrero que había prometido conquistarlos
estaba reuniendo a sus mercenarios sobre una
loma alta del sur.
La mayor parte de las
fuerzas del rey estaban concentradas en proteger
el camino principal que cruzaba por la frontera
del territorio, pero Xena y Gabrielle decidieron
reforzar el débil flanco izquierdo
para bloquear otro paso menos transitado del
valle. Si el límite era pasado, los
pueblos indefensos de más allá
serían invadidos por el enemigo. Debido
a que el suelo que defendían era demasiado
turbulento para el combate a caballo, Xena
se vio forzada a encargar a Argo con un joven
niño pastor que prometió poner
a sus corceles a salvo.
—Verifica sus pezuñas
a menudo —Xena ordenó severamente—.
Esta es un área rocosa. No quiero que
se lesione.
—Y sin importar
qué tanto hagas, no enredes las riendas
—farfulló Gabrielle con una baja
respiración, sólo lo suficientemente
fuerte para que la guerrera la escuchara.
Los labios de Gabrielle formaron una sonrisa
irónica—. Oh, sí, lo recuerdo
todo.
No hubo tiempo para una
réplica. Un estruendoso coro de gritos
de guerra anunció el principio de la
lucha, las dos mujeres viraron y se prepararon
para el primer violento ataque de guerreros
que se apresuraron sobre una colina cercana.
En unos minutos estaban rodeadas por el destello
y el resonar de las armas que esgrimían.
Librándose de
su primer atacante, Xena alcanzó a
ver a un hombre que se arrojó contra
Gabrielle. Mas para su alivio, su amante eludió
el golpe fácilmente, pero Xena no estaba
preparada para el próximo movimiento
de la mujer: arremetió hacia adelante.
Xena miró con horror cuando Gabrielle
clavó su espada a través del
pecho del hombre, luego apartó el cuerpo
de su hoja con un pie.
—¡Cuidado!
—gritó Gabrielle repentinamente.
Xena volvió a
enfocar en el momento justo para agacharse
bajo un vaivén de espada que apuntaba
a su cuello. Arremetió contra su pierna
y pateó a su adversario mandándolo
al suelo. Entonces, cuando ella y Gabrielle
tropezaron con más guerreros, su compañera
le gritó por encima de su hombro.
—Deja de preocuparte
por mí. Puedo cuidarme a mí
misma —y lo demostró con un corte
radical que envió a su agresor tambaleándose
con un brazo gravemente herido.
Rápidamente pusieron
ritmo y cadencia a su unión. Puestas
espalda con espalda, derribaron a todos los
que se aproximaban a ellas. Sin embargo, mientras
más y más de los hombres del
rey caían, ellas iban quedando gradualmente
aisladas de la fuerza principal. Sola, Xena
habría estado abrumada, pero estar
juntas, ella y Gabrielle, la mantenía
firme. Evadieron, empujaron y cortaron hasta
que no hubo más guerreros de pie alrededor
de ellas.
—Bien, parece que
lo hemos logrado —dijo Xena con voz
entrecortada de alivio. Bajó su hoja
para dejar el brillo de sangre escurrir por
la punta.
Gabrielle agitó
la cabeza. Su cuerpo todavía estaba
tenso, su espada todavía levantada
para la defensa.
—La batalla no
ha terminado. Aún no estás a
salvo.
—Pero ya no hay
nadie más con quien pelear.
—Aún no…
—con el ceño preocupado, Gabrielle
estudió el horizonte, y luego apuntó
un dedo hacia el suroeste—. ¡Allí!
—gritó, justo cuando una nueva
ola de merodeadores entraron en el panorama.
Otro feroz combate seguía,
pero uno contra el que las dos mujeres lucharon
con la misma eficiencia despiadada de antes.
El miedo que crecía en los ojos de
sus enemigos indicó una vuelta en el
rumbo de la batalla. Entonces, desde la distancia,
se oyó el sonido de un cuerno zumbando
que indicaba la retirada. Cuando los guerreros
contrarios empezaron a romper filas y a correr,
Gabrielle desvió una espada que bajaba
para golpear la espalda de Xena. Un giro de
la hoja de su propia arma cortó abriendo
la garganta del hombre que había atacado
a su amante.
Cuando cayó sobre
el suelo, Gabrielle gritó con triunfo.
—¡Ése
era! ¡Ése era el último
golpe que pudo haberte matado!
Xena giró alrededor
para mirar fijamente al guerrero moribundo.
—¿Cómo
puedes estar tan segura?
—Yo sólo…
lo sé —el rostro de Gabrielle
se contorsionó con dolor—. Xena…
Ella extendió
la mano, pero cuando sus dedos rodearon el
brazo de Xena, la guerrera no sintió
presión. No pudo sentir el contacto
de la mano ni siquiera sobre su piel desnuda.
—¿Gabrielle?
¿Qué está ocurriendo?
—Me estoy desvaneciendo
—dijo Gabrielle en un susurro hosco—.
Esta vez sobreviviste a la lucha. La mujer
que enterró tu cadáver no existe
más —su imagen se rizó
de la misma manera que un estandarte ondeando
por la brisa—. Los Destinos están
rehilando el tapiz de nuestras vidas.
—¡NO!
No me olvides…
Las palabras resonaron
en la mente de Xena, no en el aire. Y quedó
sola en el campo de batalla.
***
El nudo frío de
temor que había comenzado en su estómago
estaba creciendo. Si no se movía ahora,
la abrumaría. Y tuvo que moverse. El
sol casi estaba tocando el horizonte. Pronto
no hubo la suficiente luz para la labor que
enfrentó.
Tomando una honda respiración,
Gabrielle aflojó las manos del corrugado
poste que, más temprano, había
sido su ancla contra la corriente de personas
que habían arrasado alrededor de ella
ese día. Se forzó a sí
misma a mirar la hilera de carros de áspera
madera alineados a lo largo del otro lado
de la calle. Con paso inseguro se dirigió
hacia ellos, luego a otro.
No está ahí.
Puedo mirar, pero no encontraré su
cuerpo, porque todavía está
viva… en algún sitio…
La calle estaba en silencio
ahora, vacía excepto por los dos vigilantes
que hacían guardia sobre los guerreros
caídos. Los sonidos de la ciudad por
la celebración de la victoria resonaban
desde el interior de las posadas, tabernas
y casas. Ahí no había más
gemidos ni lamentos de las mujeres y niños
que hurgaban en su camino entre los cuerpos
de los carros; las familias se habían
llevado al último de sus muertos hace
una hora, y solamente los que no tenían
amigos habían quedado sin reclamar.
Excepto, tal vez, en
último lugar…
—¡Gabrielle!
Se congeló en
su lugar, sin aliento, luego anduvo por alrededor
para buscar por la larga avenida una vez más.
Esta vez vio a Xena haciendo su camino lentamente
por en medio de la calle, llevando pacientemente
a una Argo que cojeaba desigualmente detrás
de ella. Gabrielle se las había arreglado
para calmar su respiración al tiempo
que se aproximaba, pero su voz aún
temblaba cuando dijo:
—Oh, allí
estás. Me estaba preguntando cuándo
aparecerías.
—Lo hacías
¿huh?
—Bien, es tarde,
y me estoy muriendo de hambre. Estaba a punto
de ir… —su voz la traicionó,
extinguiendo su intento de indiferencia.
Trató de voltearse
antes de que Xena pudiera darse cuenta de
su angustia. En vez de ello, de algún
modo, se encontró envuelta en los brazos
de la guerrera. Sólidos y fuertes brazos
que eran cálidos al tacto; brazos que
desecharon el temor y las imágenes
medio formadas de carne resquebrajada. Con
su rostro enterrado contra el hombro de Xena,
finalmente pudo susurrar:
—Estaba tan asustada
de que no volvieras.
—Sí, lo
sé —dijo Xena. Y el beso que
depositó contra la mejilla de Gabrielle
aceleró el latido del corazón
de la joven mujer de un modo que se parecía
al miedo, aunque era alguna otra emoción
completamente. Ese suave roce provocó
un mar de hambre dentro de ella que quedó
incluso después de que el abrazo había
terminado.
Gabrielle sofocó
el escalofrío de anticipación
que amenazó con correr a través
de su cuerpo. Por qué esta noche habría
de ser diferente a todas las otras noches
que habían pasado durmiendo lado a
lado pero sin tocarse. Nada había cambiado.
No había razón para esperar
que esta vez el desabrochar la armadura de
Xena pudiera marcar un preludio a su atardecer,
en lugar de sólo el fin del día.
Y con todo, mientras
ella y Xena daban un paseo juntas calle abajo
en agradable silencio, Gabrielle sintió
su convicción crecer más fuerte.
Esta noche sería diferente…
por fin.
FIN
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