XWP Alt » El juego de Ares

Antes de leer este relato, debemos recordar que tanto Xena como Gabrielle son personajes propiedad de MCA/Universal Picture y no es mi intención infringir ningún derecho de copyright, mi utilización de mis personajes favoritos es sólo por pura diversión…

En esta historia está presente el amor entre dos mujeres, así que si eso te molesta, no continues leyendo.

A todas aquellas personas que lean mi relato espero que se lo pasen bien. Los comentarios, sugerencias, insultos o para cualquier cosa os podeis dirigir a: Naike76@yahoo.it

Il gioco di Ares (El juego de Ares). Traducción del Equipo de Italiano de XenaFanfics. Traducción y publicación autorizada por la autora, Naike.

:: EL JUEGO DE ARES ::
(IL GIOCO DI ARES)

Por Patrizia.

Xena abrió los ojos y, como hacía todas las mañanas, se giró sobre su costado derecho para ver dormir a Gabrielle. La guerrera se quedó sorprendida al ver la manta desecha y permaneció con la mirada perdida buscando a la bardo. La búsqueda había sido negativa, así que decidió levantarse.

No muy lejos vio a dos hombres en el suelo, se acercó y descubrió que estaban muertos. Al no conseguir ver por ninguna parte a su amiga, empezó a preocuparse y decidió apresurar el paso siguiendo las huellas de sangre sobre la hierba.

Había una ligera neblina que recubría todo el prado, pero consiguió distinguir la silueta de un árbol, y una persona agachada sobre sus raíces.

Empezó a correr, esperando que aquella persona fuese Gabrielle, pero antes de conseguir descubrirlo, su atención fue capturada por otro cuerpo tendido sobre el suelo. El hombre tenía el cuello roto y una herida en la mano derecha provocada por una flecha. Xena continuó hasta llegar a las proximidades del árbol, y de improvisto la alegría invadió a la guerrera al ver que esa mujer era Gabrielle.

Se acercó a ella poniéndole una mano sobre el hombro.

—¿Estás bien? —la bardo no se estremeció, parecía no haberla escuchado.

El rostro de Gabrielle era sombrío, y las lágrimas descendían numerosamente desde sus mejillas.

Xena se acercó más y vio a otra mujer junto al árbol, con la espalda apoyada en el tronco. Se esforzó inútilmente tratando de acercarse para verle el rostro, pero una sombra lo impedía, toda la silueta de la mujer estaba borrosa y no conseguía entender el motivo.

Nadie parecía notar su presencia, hasta que alargó la mano hacia Gabrielle, y ésta la cogió con dulzura. La guerrera se dio cuenta de que la mujer estaba tratando de decirle algo a su amiga, pero no lo consiguió y cayó inconsciente. La bardo cogió el cuerpo sin vida de la mujer y lo estrechó contra ella. Xena no había visto nunca a su amiga desesperarse de aquel modo, las lágrimas le brotaban sin control.

—No me puedes dejar. Yo no puedo vivir sin ti… Xena, ¡Xenaaa!

La guerrera dio un paso hacia atrás, no lo podía creer, esa era ella, pero no estaba muerta.

—Gabrielle, estoy aquí, junto a ti, mírame…

Las palabras le resonaron en la garganta, cuando una luz le reveló el rostro de la mujer que estaba a los pies del árbol, el cuerpo que no conseguía distinguir era el suyo, aquella mujer era ella, lo era.

—Despierta Xena, es hora de continuar. —la guerrera abrió los ojos, delante de ella estaba Gabrielle, que la miraba estupefacta.

La joven no consiguió retener una tierna sonrisa, cuando sus ojos se encontraron con los de Xena, estaba acostumbrada a ser ella a quien la guerrera no consiguiera despertar, todas las veces, la tenía que llamar repetidamente.

Aquella mañana había sucedido algo, la sonrisa despreocupada en sus labios, en ese momento pudo entrever una cosa insólita en el rostro de Xena.

Aquellos ojos azules, que ella nunca se había molestado en esconder, ahora estaban como apagados, un escalofrío le recorrió la espina dorsal por un instante, vio el miedo en los ojos de la guerrera. Gabrielle se acercó, y se quedó al lado de Xena, con la mirada fija en el rostro de la amiga y sin pensárselo, la atrajo hacia ella con sus brazos. La guerrera cerró los ojos y por primera vez se abandonó en los brazos de la bardo.

—¿Estas mejor ahora? —le dijo Gabrielle, acariciándole una mejilla.

Xena se sonrojó ligeramente cuando se dio cuenta de que se había mostrado vulnerable ante los ojos de su amiga.

—Sí, estoy bien. Será mejor que nos preparamos para continuar el viaje.

Después de haber ensillado a Argo, Xena, montó sobre su caballo y alargó una mano para ayudar a Gabrielle a subir. Cuando las manos de su amiga le rodearon el cuerpo, la guerrera halló la misma sensación de desamparo que la había cogido por sorpresa hacía un instante.

De improvisto, el silencio creado tras ellas fue roto por una pregunta de Gabrielle.

—¿Xena, por qué no me hablas de tu sueño?

La guerrera sabía que al final debería de afrontar la pregunta, pero no quería, la idea de ser herida en vano al decirle algo a Gabrielle, le causaba un nudo en la garganta. Era una lucha interna el no saber qué decirle a su amiga, la única solución era decirle la verdad.

En su amistad no había lugar para las mentiras, Xena lo había aprendido rápido, en su relación la guerrera jamás lo había considerado. El respeto, la confianza y el amor, eran pilares de su relación. La palabra amor asociada a Gabrielle le hacían sentir extrañamente bien.

—He soñado que era herida y que moría tratando de decirte algo. —el tono de la voz de la guerrera era muy decidido.

La bardo se aproximó aún más a Xena, se acercó a su oreja y le dijo con un tono tranquilizador.

—No te preocupes, tu sueño no va a cumplirse, por que yo no le voy a permitir a nadie apartarte de mí.

Aquellas palabras confortaron el corazón de la guerrera y una ligera sonrisa apareció en sus labios.

Cabalgaron hasta un claro y en ese momento, encontraron a unos hombres armados. Xena ayudó a Gabrielle a descender de Argo y continuó al galope hasta alcanzar a los guerreros. En realidad eran sólo dos y la guerrera podía resolver el asunto sola. Con un salto hacia delante desmontó del caballo y se colocó delante del primer hombre, que inició el combate. Xena respondió al ataque desenvainando la espada, al mismo tiempo el otro hombre se le situaba a la espalda.

La guerrera se las estaba apañando bastante bien, no obstante el de atrás la atacó. En un error un golpe improvisto la hizo caer a tierra, pero con gran rapidez de reflejos volvió a contraatacar dándole una patada al hombre que estaba delante.

El guerrero que tenía a su espalda la golpeó con gran fuerza con la espada en la cabeza, y por un momento perdió la consciencia.

Gabrielle sacó los sais y lanzó uno contra el hombre que estaba a punto de golpear a Xena. La guerrera abrió los ojos justo a tiempo de ver a su agresor desarmado por el golpe de la bardo.

—Ahora es mío. —gritó Xena, antes de soltar una serie de puñetazos que aturdieron al hombre hasta hacerlo caer. En aquel instante la guerrera se giró para ver a Gabrielle luchar. Sus ojos siguieron los rápidos movimientos de su amiga.

Un ruido detrás de ella la hizo volver a la realidad.

—Tenemos orden de matarte y…

El guerrero no pudo ni siquiera terminar la frase cuando ya tenía el puñal de Xena incrustado en el pecho. Gabrielle combatía bien, sin estar cansada y con un solo sais a su disposición mantenía a raya al hombre. Podía sentir los ojos de la guerrera detrás de ella, lo que la llenaba de orgullo, sabía que había mejorado, y no quería decepcionar a su maestra.

Ahora de vuelta, Xena se quedó hechizada por la belleza de Gabrielle. Su cuerpo esbelto, lo veía tan serio y firme. Todos sus músculos empezaban rápidamente a vibrar cada vez que lanzaba un ataque y cada vez que sucedía eso la guerrera sentía un golpe en el corazón.

De improviso un flashback la llevó de nuevo a su sueño, a las palabras que no habían sido dichas, las que pensaba todos los días y que finalmente ahora había entendido. Su mirada se dirigió de nuevo hacía Gabrielle, mientras su mente recordaba la escena final de aquella pesadilla que tanto la había trastornado. Sabía que el motivo de su miedo no era la muerte sino los sentimientos que sentía hacia su amiga.

Finalmente había encontrado el coraje para admitirlo, pero tenía que afrontar ahora el paso más difícil, tenía que sincerarse al bardo, como jamás había hecho en su vida.

Gabrielle golpeó la espada del hombre, desarmándolo, rápidamente le dio una patada en pleno estómago, el guerrero se encontró de nuevo en el suelo, al lado de su espada, intentó cogerla, pero el gesto fue en vano por que la bardo acabó atravesándolo con el sai.

Xena estaba ahora admirando el gesto de su amiga, cuando de improviso escuchó un silbido que puso en alarma todos sus sentidos. La guerrera se dio cuenta cuando ya era demasiado tarde, sólo consiguió dar unos pasos atrás antes de ser atravesada por una flecha.

Su orgullo herido le permitió permanecer en pie, aunque apenas lo conseguía, cogió el chakram y se lo lanzó al hombre, que se encontraba situado en una rama.

El guerrero estaba a punto de lanzar otra flecha cuando fue golpeado en la mano derecha. En un intento por recuperar el arco, resbaló y cayó del árbol, muriendo en el golpe.

Gabrielle preocupada corrió en ayuda de Xena, la flecha le había atravesado la pierna. La joven cogió el brazo de Xena y lo apoyó sobre su espalda intentando sostener el peso de su amiga. Ninguna de ellas podía esconder la angustia que en esos momentos sentían.

La joven, con gran fatiga, consiguió llevar a Xena hasta apoyar su espalda contra el tronco del árbol.

La mano de la bardo acarició la mejilla de la guerrera. Gabrielle sabía que otro pensamiento llenaba la mente de su amiga, de cualquier forma debía hacerla reaccionar.

—Nosotras podemos cambiar nuestro destino. Eso me lo has enseñado tú Xena, ¿recuerdas?

—No he luchado como debía, me he distraído y un guerrero que se respete no puede permitirse una cosa similar durante un combate.

La voz de Xena sonaba dura, le daba lo mismo, había cometido un error imperdonable.

La bardo miraba la flecha que había traspasado el muslo de la guerrera, la herida era profunda, pero no parecía grave.

—Dime lo que tengo que hacer para extraerte la flecha.

—La tienes que romper y empujar hasta que salga del todo.

Xena estaba dispuesta a aguantar el dolor apretando la mano contra las raíces del árbol. En aquel momento estaba dispuesta a todo, excepto a la pregunta de Gabrielle.

La mano de la bardo agarraba la flecha, preparada para partirla, cuando su voz sutil se volvió hacia la guerrera.

—¿Qué era lo que te distrajo?

—¡Tú me distrajiste! ¡Es culpa tuya! —un sonido de madera partiéndose sonó por el claro, y una mueca de dolor apareció en la cara de Xena.

Gabrielle extrajo la flecha sin problemas.

—¿Culpa mía? Yo sólo estaba luchando.

La sangre empezó a brotar de la herida, la joven no perdió tiempo y desgarró un trozo de su vestido para taponar la herida.

De repente la guerrera cogió la mano de Gabrielle y la apretó contra la suya.

—Sé que no es culpa tuya, fue mía por distraerme. Me quedé fascinada al verte, me hechizaste Gabrielle.

—Xena tienes que tener fiebre. —una ligera sonrisa apareció en los labios de la bardo, y sus ojos se posaron sobre los de la guerrera durante unos segundos, parecía mecerse en aquel azul profundo que tantas veces la había capturado.

El tiempo no prometía nada bueno, al extenderse las nubes oscuras a lo largo del cielo.

—Xena tenemos que buscar un refugio para la noche. ¿Puedes levantarte?

—¡Por supuesto! No será una flecha la que detenga a la Princesa Guerrera. —había usado un tono chistoso, mientras la bardo, como respuesta a sus palabras la abrazó y le dio un beso en la mejilla.

Las jóvenes encontraron refugio en una vieja cabaña abandonada. Gabrielle lentamente condujo a Xena hasta una cama. La herida de la guerrera no había cicatrizado y las telas de su ropa estaban manchadas de sangre.

La bardo encendió el fuego, se acercó a la silla de Argo y sacó una bolsa con hierbas medicinales y vendas. Volvió a los pies de la cama para controlar como se encontraba Xena, le puso una mano en la frente, y en aquel instante la guerrera abrió los ojos.

—Deberías curarme la herida, aunque no te va a gustar saber cómo, no sé si serás capaz.

—Xena, de ninguna manera, puedes pedirme lo que sea, yo…

—Confío en ti Gabrielle, sé que podrás hacerlo. En mi bolsa podrás encontrar todo lo que necesitas.

La bardo cogió todo lo necesario, respiró profundamente y con una aguja e hilo en la mano empezó a cerrar la herida. La guerrera aguantaba, pero al final la venció el dolor y se desmayó. Gabrielle preparó un ungüento de hierbas que aplicó en la herida cosida, y luego lo vendó todo.

Xena se encontraba durmiendo cuando le pareció escuchar una voz familiar. Abrió los ojos y vio a dos personas tratando de poner algo en el fuego, metió un sobresalto al darse cuenta de que una de ellas no era su amiga.

Había algo extraño en el aire, Gabrielle hablaba despacio con el otro interlocutor, la guerrera pensó que no querían despertarla pero la distancia entre ella y las otras dos personas estaba disminuyendo. Xena se dio cuenta de que su amiga estaba abrazando al hombre al que todavía seguía sin poder reconocer. No se podía quitar la imagen de la cabeza, cuando algo del todo inesperado hizo que se le helara el corazón. Con horror vio a Gabrielle besando a Ares.

De su boca salió un soplido.

—Ares —después oscuridad y silencio, de repente Xena se despertó.

En la habitación no había señal alguna de la presencia del dios, estaba sólo la bardo sentada en una silla, con la cabeza apoyada sobre la cama de la guerrera. Su respiración era tranquila y regular. Aquella visión le inspiro mucha ternura a Xena que comenzó a acariciarle los cabellos.

—Desearía apretarte contra mi, abrazarte, sentir el olor de tus cabellos, sentir el latir de tu corazón junto al mío.

—También lo deseo. —los ojos de Gabrielle estaban abiertos y estaban mirando fijamente a los de la guerrera. Xena no sabía que hacer, la bardo había escuchado sus palabras y estaba feliz porque ella también sentía lo mismo.

Las mejillas de la guerrera enrojecieron. Ligeramente preocupada, Gabrielle colocó su mano en su frente para asegurarse que no tuviera fiebre.

—Sólo tuve una pesadilla, estoy bien.

Mientras tanto la amiga se levanto y puso la silla cerca de la mesa, se acerco a la cama. El corazón de Xena latía cada vez mas rápido, hasta que Gabrielle se recostó al lado de ella.

—Xena cuéntame tu sueño.

—Soñé que besabas a Ares, parecía tan real que yo…

—Que tú qué, ¡dímelo Xena!

—¡Estaba celosa! Porque te amo Gabrielle y sólo el pensamiento de no tenerte cerca me hace mal.

—Estoy aquí. —la bardo se acercó a la guerrera y sus labios se encontraron por primera vez. Los besos se hacían cada vez más apasionados, la respiración entrecortada y los latidos de sus corazones de repente enloquecieron. Sus cuerpos vibraban bajo las caricias de sus respectivas manos.

—Yo también te amo Xena.

—¡Qué pareja tan bella! —, una risa acompañaba la entrada de Ares.

Las dos chicas se separaron y se sentaron en la cama.

—No me prestéis atención, ¡adelante continuad! —Xena le lanzó una mirada amenazadora a Ares, quién le respondió con una sonrisa de desafío.

—Estoy aquí por ti Xena, me entere de que te estabas muriendo y… —Ares no tuvo tiempo de terminar la frase porque la guerrera lo hizo callar.

—¡Lárgate! —gritó Xena, intentando en vano de levantarse de la cama. Debido al esfuerzo, en el rostro le apareció una mueca de dolor. La espada, que estaba apoyada en la cama, se cayó, el ruido del metal contra el pavimento de madera resonó en la habitación.

Gabrielle con un brinco saltó por encima de Xena, bajó de la cama, cogió la espada y con tono de desafió se volvió hacia Ares:

—Te han informado mal, fue herida con una flecha pero no se está muriendo, ¡ya te puedes estar yendo!

—¿Pero como? ¿Acaso Xena no te lo ha dicho? —Ares desenfundó su espada y con un golpe imprevisto desarmó a la bardo.

—¿Que debería haberme dicho? —preguntó con voz baja.

—Por ejemplo que la flecha estaba envenenada, ¿no te habías dado cuenta verdad Gabrielle?, creía que eras ante todo una guerrera, no has aprendido nada, pobre pequeña.

El Dios de la guerra sabía muy bien que sus palabras habían herido profundamente a la bardo.

—Xena, ¿es verdad? —el rostro de Gabrielle se había ensombrecido, pero los ojos permanecieron fijos en los de su amiga en busca de una respuesta.

—Sí, es cierto, no quería preocuparte, por eso no te dije nada.

Ares se acercó a la espalda de la bardo.

—¿Sabes qué es lo divertido? —Gabrielle no respondió, permaneció inmóvil llena de rabia.

El Dios se acercó aún más y se inclinó hacia la bardo para susurrarle:

—¿Sabes? —muy pocos conocen el antídoto y Xena no esta entre ellos, entonces, ¿porqué no le dices adiós para siempre?

La guerrera estaba indefensa, habría querido luchar contra Ares en combate, hacérselas pagar por como había tratado a Gabrielle, pero su atención fue capturada por un resplandor procedente de las mejillas de la bardo.

—Y tú mi pequeña Gabrielle, ¿no te diste cuenta de nada? ¡No fuiste capaz de proteger a la mujer a quién dices amar! —Ares comenzó a reír, mientras la bardo no logrando contener la rabia salió de la choza dando un portazo.

—Ahora, ¿quiéres decirme porqué estas aquí? —preguntó Xena con tono impaciente.

—¿No puedo hacerle una visita a mi Princesa Guerrera?

—Tengo el presentimiento que tú tienes algo que ver con todo esto, ¿no es cierto Ares?

—No Xena, me ofendes, jamás podría matarte. ¡Aquella flecha no era para ti! Desgraciadamente aquellos mercenarios eran idiotas, unos incompetentes. ¡Cuando quieres un trabajo bien hecho, lo debes hacer tu mismo! —Ares terminó su discurso con un suspiro lleno de insatisfacción por los imprevistos del plan.

—Si no era yo tu objetivo, entonces, ¿a quién querías matar?

—¡Gabrielle!

—¿Porqué ella? ¡Qué diablos te pasa por la mente Ares!

—Las cosas están así: ¡Si Gabrielle muere tu volverás a ser aquella que eras y finalmente estaremos juntos!

—¿Estas seguro de eso?

—Te conozco bien Xena, estoy seguro… Pero ahora eres tú quien va a morir, ahora debo cambiar mis planes. Tengo curiosidad por saber qué será de Gabrielle cuando se quede sola, quizás ella podría ocupar tu puesto, no me desagradaría.

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