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juego de Ares » 02
:: EL JUEGO DE
ARES ::
(IL GIOCO DI ARES)
La guerrera estaba muy furiosa,
el dios de la guerra se estaba divirtiendo jugando
con su vida y con la de su amiga.
Ares se encontraba en los
pies de la cama con la mirada fija en la guerrera.
El rostro de Xena reflejaba
una expresión seria, y con un gesto arqueó
la ceja siniestramente.
—¡¿Qué?!
—Ya
falta poco Xena, me estaba preguntando, ¿y
si yo tuviera el antídoto? —Ares
exploraba los ojos de la guerrera con curiosidad.
—Es
lo que tienes que hacer para vivir.
—Renuncia
a Gabrielle y vivirás, es tuya la elección
Xena.
—Yo
ya he tomado mi decisión y nada me hará
cambiar de idea.
La guerrera enfadada cogió
una almohada y se la tiró a Ares, lo que
lo hizo desaparecer, en el preciso instante en
que Gabrielle abría la puerta y entraba
en la habitación.
—¿Pensabas
herirlo con eso? —la sonrisa de la joven
irrumpió en el corazón de la guerrera.
—Era
la única cosa que encontré a mano.
—respondió Xena sonriendo, haciéndole
una señal a su amiga para que se sentara
a su lado.
—Has
tenido éxito al hacerlo desaparecer con
una almohada… ¡No da lo mismo!
La joven se protegió
y se echó a reír. Gabrielle se había
acercado a Xena y por un momento permaneció
mirando el techo abrazada a su guerrera.
—Ares
tiene razón, yo no estoy en condiciones
ni de protegerte como tú haces siempre
conmigo.
—Oh,
Gabrielle, sabes que eso no es cierto.
—No
soy aquello que soñé ser. —la
voz de la bardo asumió un tono serio.
Xena se giró para
ver la cara de su amiga, pero la bardo se había
levantado de la cama.
—Xena,
tú habías soñado tener a
tu lado a una persona que te pudiera defender
en caso de ser necesario y de ayudarte en la batalla,
una guerrera como tú, pero yo no lo soy.
Gabrielle se apartó
de ella, pero Xena rápidamente le cogió
la mano y la apretó contra ella.
—Tú
eres y serás mi guerrera, no he soñado
ninguna otra cosa a mi lado.
Gabrielle le propinó
un beso de gratitud en la frente a su amiga.
—Tu
frente está ardiendo, creo que tienes fiebre
Xena.
La guerrera se puso muy seria
de improvisto y mirando a su amiga a los ojos
le dijo:
—No
tengo mucho tiempo, debo regresar y llevarme la
punta de aquella flecha.
Gabrielle sabía que
lo que había dicho Ares respecto del veneno
era cierto, desgraciadamente Xena no conocía
ningún remedio, pero el dios de la guerra
no sabía que ahora había una posibilidad.
Esa última esperanza
era una aldea amazona, quizás allí
podrían encontrar a alguien en condiciones
de ayudarlas.
—Gabrielle,
permanece atenta.
—¡Xena,
no soy una niña! Sé lo que tengo
que hacer, créeme, todo ira bien.
La bardo preparó la
silla de Argo y se dirigió hacia la puerta.
—Una
última cosa —La voz de la guerrera
reclamó su atención.
—¿Qué
cosa? —Gabrielle se dirigió hacia
la cama.
—¡Un
beso!
Las dos se quedaron calladas,
-mirándose, hasta que Xena trató
de incorporarse de la cama, pero el esfuerzo fue
inútil, las fuerzas ya la habían
abandonado. La joven vió los ojos azules
de la guerrera llenarse de rabia y de dolor. Gabrielle
estaba asistiendo a una escena dolorosa, cogió
la mano de Xena y la apretó fuerte, después
se inclinó y la besó tan dulcemente
que por un instante se perdieron la una en la
otra.
Argo galopaba veloz, a través
del bosque, hasta que llegó al claro que
había marcado el destino de Xena. La bardo
tiró con fuerza de las riendas, se bajó
del del caballo y se puso a buscar la punta de
la flecha. El sonido de la batalla resonaba ahora
en su cabeza, cuando fue distraida por algo.
—¡Ares,
sé que estás aquí, déjate
ver!
El Dios de la guerra apareció
delante de Gabrielle
—¡No
bastaba con Xena, ahora resulta que tú
también -sientes mi presencia! ¡Todo
esto empieza a irritarme!
—¡No
tengo tiempo que perder, déjame en paz!
—La joven estaba molesta por su presencia
—¿Estás,
quizás, buscando esto? —Ares mostró
con aire sastifecho la punta de la flecha envenenada.
—¡Dámela!
—Gabrielle alargó el brazo para arrancar
el objeto de las manos del dios.
—¿Estás
segura de que esta sea la forma correcta de salvarla?
¿Qué harás una vez que Xena
haya comprendido de qué veneno se trata?
Ah ya, la aldea amazona, ¿y tienes intención
de llevarla allí?
—Como
voy a saberlo, ni siquiera Xena está al
corriente.
—Oh,
mi pequeña Gabrielle, ¿se te ha
olvidado acaso que soy un dios? Ahora dime, ¿crees
que las amazonas se arriesgarán a no sobrevivir
a un ataque de mi ejército?
—¿Por
qué haces todo esto?
—¡Lo
hago para ayudarte, ya no hay esperanza para Xena!
¡Pero por qué los mortales se esfuerzan
tanto en cambiar lo que está escrito!
—¡No,
aquello que tú has escrito! ¿Por
qué motivos lo has hecho, quizás
por celos?
Las suposiciones de la bardo
habían impresionado a su adversario que
trató de negar la evidencia.
—¿Yo,
celoso? ¿De quién, de una niñata
rubia? ¡Qué tontería! —El
dios desapareció tirando al suelo la punta
envenenada, todavía manchada con la sangre
de la guerrera.
Gabrielle la envolvió
en un trozo de tela y la metió en la alforja
de Argo. Rapidamente, montó sobre el caballo
e inició el galope.
La bardo abrió la
puerta de un golpe y como una furia entró
en la choza buscando a su amiga.
—Xena
tengo la flecha. —Gabrielle se acercó
a la cama, con la mano secó el sudor del
pálido rostro de la guerrera, que como
respuesta al contacto de la mano, abrió
los ojos.
En la gran habitación
entró un anciano. La bardo no sabía
lo que este estaba tramando.
El hombre llevaba puesto
un viejo hábito con un gorro que le cubría
el rostro, dejando solamente entrever una larga
barba blanca, estaba encorvado apoyándose
únicamente en un bastón que usaba
como apoyo para caminar.
—¿Quién
eres?— preguntó Gabrielle estupefacta
por la presencia del hombre.
—Soy
Suez, joven mujer, una especie de sanador, hay
quien me llama brujo, hay quien me dice santo,
pero sólo soy un pobre viejo que vive en
esta barraca.
—¿Puedes
hacer algo por mi amiga?
Suez cogió la flecha
de la mano de Gabrielle y olió la punta.
—Ah,
lo reconozco, esto es el veneno de los dioses,
es muy potente…
La bardo se acercó
al anciano preguntándole el significado
de aquel nombre.
—Debes
saber, que este veneno fue creado por los dioses
hace mucho tiempo, es un arma muy eficaz
—Mañana
temprano desapareceré en busca de algunas
raras hierbas… Oh, mira esto es lo que estaba
buscando.
Suez cogió una raíz
y la puso a hervir en una olla con agua, y añadió
unas cuantas hojas de esa extraña hierba,
todo bajo los vigilantes ojos de Gabrielle.
—¿Sabes
quién ha usado este veneno? —el anciano
interrogó a la joven, que por un momento
estaba distraída observando como Xena dormía.
—Sí,
ha sido Ares, el dios de la guerra.
—Tú
amiga debe de ser muy fuerte, si un dios ha elegido
este modo para matarla. No te preocupes, una vez
que haya puesto este mejunje sobre su herida verás
como sanará.
Una leve sonrisa apareció
en el rostro de la bardo que se lo agradeció
al anciano.
Con paso veloz alcanzó
la cama, acercó sus labios al oído
de Xena y con mucha dulzura susurró:
—Debo
combatir en una batalla, no deseo dejarte, pero
el destino me ha reservado una dura prueba, y
sé que tú estarás cerca,
te amo.
La bardo se despidió
de la guerrera con un beso en los labios, después
se dirigió hacia Suez.
—Debo
volver a la vecina aldea amazona, porque dentro
de poco se desencadenará un ataque por
parte de Ares y yo quiero estar allí.
El anciano puso su mano sobre
la espalda de Gabrielle.
—¿Qué
motivos puede tener el dios de la guerra de luchar
contra las amazonas?
—¿El
motivo? Él quiere a Xena, la ha querido
siempre, pero ha comprendido que no tiene esperanza,
por eso ha decidido ponerse a jugar con nuestras
vidas. En el fondo es lo que siempre los dioses
han hecho con los hombres.
La voz de la bardo resonaba
dura y llena de odio.
—Yo
me ocuparé de tu amiga, no te preocupes,
estará segura.
El anciano abrazó
a la joven que, como respuesta, se lo agradeció,
después abrió la puerta y salió
al exterior de la choza.
Suez esperó a que
Gabrielle montara sobre Argo, y después
murmuró:
—Ve,
joven mujer, el juego apenas ha empezado.
Cuando Gabrielle llegó
a un valle antes de la aldea, se dió cuenta
que un grupo de soldados, en su mayoría
mercenarios, estaban combatiendo contra las jóvenes
amazonas; la bardo sacó los sais y, sin
una pizca de vacilación, saltó encima
de un hombre, desarmándolo.
Las jóvenes guerreras,
con la llegada de Gabrielle, ganaron confianza
en sus propias fuerzas, se hicieron con la situación
y, uno tras otro, consiguieron vencer a sus atacantes.
Desde lo alto de una colina,
Ares observaba la escena sacudiendo con fuerza
la cabeza; de improviso, preso de la ira, descargó
un golpe sobre Gabrielle.
La joven fue lanzada contra
el tronco de un árbol, el impacto le hizo
resbalar los sais de las manos. El dios de la
guerra no desaprovechó la oportunidad para
acercarse y coger las armas de Gabrielle.
—¡Veamos
qué haces sin esto! —Ares apretaba
los sais entre las manos, cuando salieron de ellas
lenguas de fuego que consiguieron derretirlos
en un momento. Después, con una risa burlona,
desapareció.
La bardo se levantó
del suelo, con mirada triste, observó lo
que quedaba de las armas, después reunió
valor y se acerco a las amazonas.
—¡Tengo
que hablar con vuestra reina!
—Sólo
una persona del mismo rango puede hablar con nuestra
soberana —dijo una jóven de cabellos
largos y rubios mirándola a los ojos. Y
con aire de desafío, añadió—:
¿Quién te has creido que eres?
—¡Me
llamo Gabrielle y también soy reina amazona!
—la voz de la bardo asumió un tono
irritado, a causa del tiempo que estaba perdiendo
en discursos inútiles.
—¡No
tienes pinta de ser amazona! —la joven rubia
no creía las palabras de Gabrielle.
—¡Déjala,
Shana! —otra guerrera se interpuso entre
la bardo y la joven rubia. — Ella es reina
amazona y es también la bardo que acompaña
a Xena en sus viajes. Te doy las gracias por tu
ayuda; ahora te acompañaremos a donde está
nuestra reina.
Xena abrió los ojos,
el sol se estaba ocultando ya y el último
rayo de sol asomaba por la ventana. Miró
alrededor, el fuego estaba encendido, pero la
habitación estaba desierta, no había
rastro del viejo y menos de Gabrielle; después,
de repente, se acordó de las palabras que
la bardo le había susurrado al oído
antes de partir: "Debo librar una batalla,
no quisiera dejarte, pero el destino me tiene
reservada una dura prueba y sé que tú
estarás cerca. Te amo. "
—¡No
puedes luchar sola, no te lo permitiré!
—la guerrera se sentó sobre la cama,
después apoyó los pies en el suelo
y trató de levantarse. La herida le dolía
y para permanecer en pie se vió obligada
a buscar un punto de apoyo, vió un bastón
sobre la mesa, lo cogió y, cojeando, salió
de la cabaña.
Cuando Gabrielle llegó
a la aldea, fue escoltada hasta la reina. Una
amazona entró para informar a la soberana
de la visita. Un minuto más tarde, fue
invitada a entrar. "¡Dejadnos solas!",
fueron las primeras palabras de la reina, que
estaba sentaba en su trono en atención
a su huesped.
Gabrielle avanzó por
la habitación y se encontró delante
de una mujer bellísima, alta, con un cuerpo
musculoso y largos cabellos negros. Aquellos ojos,
aquella mirada, eran del todo iguales a los de
su amada, si no fuera por un pequeño detalle,
el color verde.
—Mi
nombre es Tara y ahora ¡dime por qué
estás aquí!
La bardo le contó
todo lo que había sucedido y le explicó
también que debían esperar un ataque
de Ares.
—¡Por
tu culpa, tengo que volver a enfretarme a la ira
del dios de la guerra! —dijo la reina
—Lo
siento, pero sabía que vendría a
esta villa a pedir ayuda. —La voz de la
bardo adquirió un tono mortificado.
—Siempre
he combatido contra Ares y no es casualidad que
haya elegido esta villa. Si llega hasta aquí
nos encontrara listas para afrontarlo. —Los
ojos de Tara se iluminaron ante el inicio de una
batalla.
Gabrielle se acercó
a la ventana y miró el cielo iluminado
por una luna llena y resplandeciente.
—¿Qué
te ocurre?
—Pensaba
en Xena, daría cualquier cosa por saber
como esta. —su rostro parecía preocupado.
Tara tranquilizó a
la chica, prometiendo que enviaría a algunas
amazonas, donde había dejado a la amiga.
Después la acompañó a la
choza.
La guerrera había
caminado muchísimo en esa noche, estaba
cansada y ya tenía cierta ventaja así
que decidió detenerse. Encendió
una pequeña fogata y decidió descansar
durante algunas horas, antes de dormirse miró
la luna en el cielo y sus pensamientos fueron
para Gabrielle, sus ojos se cerraron y todo fue
oscuridad y silencio.
Ruidos imprevistos de caballos
galopando, despertaron a la guerrera del entorpecimiento
que el sueño traía consigo. Reconoció
un par de amazonas que venían a su encuentro
y una de ellas le aseguró que venían
para llevarla a la villa, por orden de su reina.
—¿Han
visto a Gabrielle?
—Sí,
te llevaremos con ella. —La joven bajó
del caballo y ayudó a la guerrera herida
a montar en la silla.
La bardo dormía en
su cama, cuando condujeron a Xena a la choza.
Cojeando se acercó a Gabrielle, con la
mano apartó un mechón de su rostro
y susurró:
—Mi
pequeña guerrera. —acerco su rostro
al de la bardo, cerró los ojos y la besó
dulcemente en los labios, Gabrielle respondió
al beso con tanta dulzura que poco a poco se convertía
en pasión.
—Deberías
despertarme siempre así. —dijo la
joven sonriendo maliciosamente a su amiga, después
añadió—: ¡Ven aquí!
La guerrera se acostó
sobre Gabrielle y comenzó a besarle el
cuello, las mejillas, y al final los labios. Un
calor imprevisto envolvió sus cuerpos,
la bardo se dispuso a desabrochar la armadura
de Xena y poco después el resto de ropa,
hasta que estuvo totalmente desnuda. La guerrera
hizo lo mismo con la bardo y por un instante sus
cuerpos fueron acariciados solo sus miradas, ambas
llenas de amor.
Ninguna palabra, solo algunos
susurros y la luz de la luna para hacer inolvidable
su primera noche juntas, no como amigas inseparables,
sino como compañeras de vida y algo mas.
Desde su ventana la reina
observó las sombras provenientes de la
choza vecina, después susurró:
—¡Bienvenida
Xena!
La guerrera abrió
los ojos al alba, rodeada por los brazos de Gabrielle
que dormía profundamente con la cabeza
apoyada en su pecho. La bardo se movió
dormida e involuntariamente golpeó con
la pierna la herida de Xena, que emitió
un pequeño gemido de dolor.
—Lo
siento, discúlpame Xena. —la bardo
alejó la pierna de la guerrera.
—No
importa, estoy bien. —la voz de la amiga
fue tan dulce que Gabrielle la llenó de
besos.
—Preciosa
forma de comenzar el día. —dijo la
guerrera con una sonrisa.
La bardo rió antes
de besarla, después con la lengua bajó
hacia el cuello hasta llegar al seno, mientras
las manos corrían por los costados de la
guerrera que aprobaba cada caricia con ligeros
suspiros. En su boca había aprisionado
un pezón el cual empezó a succionar
y mordisquear, mientras con una mano se ocupaba
del otro pezón acariciándolo dulcemente.
Después de un poco, descendió hasta
el estómago y con las manos abrió
delicadamente las piernas de Xena y comenzó
a explorar lentamente los muslos con las manos
para después continuar con la lengua, hasta
que tocaron a la puerta.
—¡Dioses,
justo ahora! —Gabrielle se enredó
en una manta y descendió de la cama en
dirección a la puerta.
—¿Me
lo dices a mí? — respondió
Xena con fastidio, cubriéndose con una
sábana.
La bardo abrió la
puerta y con estupor se encontró de frente
a la reina, que le explicó el motivo de
su visita.
—Algunas
amazonas que estaban de guardia en el río,
vieron movimientos extraños en el bosque,
he dado la orden a un grupo de guerreras de vigilar
la zona.
—Esta
bien, el tiempo de vestirme y estaré contigo
inmediatamente. —pero Tara no tenía
la intención de irse, de hecho, entró
en la estancia y se dirigió a la guerrera
mirándola a los ojos. Gabrielle miraba
la escena sin respirar, con curiosidad por el
comportamiento de la reina. Xena parecía
conocer a la chica que estaba frente a ella, su
rostro tenía una expresión un poco
aturdida.
—Tara,
había pensado que jamás volveríamos
a vernos. —dijo la guerrera sonriendo.
—También
yo. Es un placer volver a verte, ¿qué
haces que no abrazas a una vieja amiga?
—Xena
se puso de pie, dejando caer la sábana
y abrazó a Tara apasionadamente, obviamente
la cosa no escapó a la mirada atenta de
la bardo, que permaneció perpleja ante
la acción de su amiga.
—¡Tienes
una herida muy fea! —la reina hizo sentarse
a la guerrera en la cama para examinar mejor la
herida en la pierna. Xena le habló del
extraño anciano que la había curado,
según ella solo en parte, porque el veneno
no la había matado, pero le había
inmovilizado la pierna.
Según Tara, el veneno
estaba aún presente el interior de su cuerpo
y se ofreció para poner a su disposición
la curandera de la villa para resolver la situación
rápidamente.
La reina se levanto y después
de haber observado con mucha atención el
cuerpo de Xena exclamó:
—Estás
más bella de lo que recordaba. —se
despidió de Gabrielle y salió de
la choza.
—¿Te
has dado cuenta que estás desnuda? —la
joven estaba muy irritada por lo sucedido.
—Sí,
no es la primera vez que me ve desnuda. Ahora
supongo que querrás que te lo explique.
— Mientras la guerrera se estaba vistiendo.
—Claro
que sí. ¿Desde cuando la conoces?
—Todo
sucedió hace mucho tiempo, pero no es el
momento de hablar de eso, trata de entenderlo
Gabrielle, debemos pensar en prepararnos para
la próxima batalla. —la expresión
de la bardo era indescriptible, se vistió
rápidamente sin ni siquiera mirar a su
amiga y hecha una furia salió de la habitación.
Mientras tanto en un cementerio
delante del río, el Dios de la guerra estaba
ocupado formando un ejército.
—¡Surgid
oh nobles guerreros! ¡Vuestro Dios os llama!
—de la tierra surgieron unos dedos, después
las manos y finalmente los esqueletos de algunos
guerreros muertos en batalla.
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