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:: EL JUEGO DE ARES ::
(IL GIOCO DI ARES)

La guerrera estaba muy furiosa, el dios de la guerra se estaba divirtiendo jugando con su vida y con la de su amiga.

Ares se encontraba en los pies de la cama con la mirada fija en la guerrera.

El rostro de Xena reflejaba una expresión seria, y con un gesto arqueó la ceja siniestramente.

—¡¿Qué?!

—Ya falta poco Xena, me estaba preguntando, ¿y si yo tuviera el antídoto? —Ares exploraba los ojos de la guerrera con curiosidad.

—Es lo que tienes que hacer para vivir.

—Renuncia a Gabrielle y vivirás, es tuya la elección Xena.

—Yo ya he tomado mi decisión y nada me hará cambiar de idea.

La guerrera enfadada cogió una almohada y se la tiró a Ares, lo que lo hizo desaparecer, en el preciso instante en que Gabrielle abría la puerta y entraba en la habitación.

—¿Pensabas herirlo con eso? —la sonrisa de la joven irrumpió en el corazón de la guerrera.

—Era la única cosa que encontré a mano. —respondió Xena sonriendo, haciéndole una señal a su amiga para que se sentara a su lado.

—Has tenido éxito al hacerlo desaparecer con una almohada… ¡No da lo mismo!

La joven se protegió y se echó a reír. Gabrielle se había acercado a Xena y por un momento permaneció mirando el techo abrazada a su guerrera.

—Ares tiene razón, yo no estoy en condiciones ni de protegerte como tú haces siempre conmigo.

—Oh, Gabrielle, sabes que eso no es cierto.

—No soy aquello que soñé ser. —la voz de la bardo asumió un tono serio.

Xena se giró para ver la cara de su amiga, pero la bardo se había levantado de la cama.

—Xena, tú habías soñado tener a tu lado a una persona que te pudiera defender en caso de ser necesario y de ayudarte en la batalla, una guerrera como tú, pero yo no lo soy.

Gabrielle se apartó de ella, pero Xena rápidamente le cogió la mano y la apretó contra ella.

—Tú eres y serás mi guerrera, no he soñado ninguna otra cosa a mi lado.

Gabrielle le propinó un beso de gratitud en la frente a su amiga.

—Tu frente está ardiendo, creo que tienes fiebre Xena.

La guerrera se puso muy seria de improvisto y mirando a su amiga a los ojos le dijo:

—No tengo mucho tiempo, debo regresar y llevarme la punta de aquella flecha.

Gabrielle sabía que lo que había dicho Ares respecto del veneno era cierto, desgraciadamente Xena no conocía ningún remedio, pero el dios de la guerra no sabía que ahora había una posibilidad.

Esa última esperanza era una aldea amazona, quizás allí podrían encontrar a alguien en condiciones de ayudarlas.

—Gabrielle, permanece atenta.

—¡Xena, no soy una niña! Sé lo que tengo que hacer, créeme, todo ira bien.

La bardo preparó la silla de Argo y se dirigió hacia la puerta.

—Una última cosa —La voz de la guerrera reclamó su atención.

—¿Qué cosa? —Gabrielle se dirigió hacia la cama.

—¡Un beso!

Las dos se quedaron calladas, -mirándose, hasta que Xena trató de incorporarse de la cama, pero el esfuerzo fue inútil, las fuerzas ya la habían abandonado. La joven vió los ojos azules de la guerrera llenarse de rabia y de dolor. Gabrielle estaba asistiendo a una escena dolorosa, cogió la mano de Xena y la apretó fuerte, después se inclinó y la besó tan dulcemente que por un instante se perdieron la una en la otra.

Argo galopaba veloz, a través del bosque, hasta que llegó al claro que había marcado el destino de Xena. La bardo tiró con fuerza de las riendas, se bajó del del caballo y se puso a buscar la punta de la flecha. El sonido de la batalla resonaba ahora en su cabeza, cuando fue distraida por algo.

—¡Ares, sé que estás aquí, déjate ver!

El Dios de la guerra apareció delante de Gabrielle

—¡No bastaba con Xena, ahora resulta que tú también -sientes mi presencia! ¡Todo esto empieza a irritarme!

—¡No tengo tiempo que perder, déjame en paz! —La joven estaba molesta por su presencia

—¿Estás, quizás, buscando esto? —Ares mostró con aire sastifecho la punta de la flecha envenenada.

—¡Dámela! —Gabrielle alargó el brazo para arrancar el objeto de las manos del dios.

—¿Estás segura de que esta sea la forma correcta de salvarla? ¿Qué harás una vez que Xena haya comprendido de qué veneno se trata? Ah ya, la aldea amazona, ¿y tienes intención de llevarla allí?

—Como voy a saberlo, ni siquiera Xena está al corriente.

—Oh, mi pequeña Gabrielle, ¿se te ha olvidado acaso que soy un dios? Ahora dime, ¿crees que las amazonas se arriesgarán a no sobrevivir a un ataque de mi ejército?

—¿Por qué haces todo esto?

—¡Lo hago para ayudarte, ya no hay esperanza para Xena! ¡Pero por qué los mortales se esfuerzan tanto en cambiar lo que está escrito!

—¡No, aquello que tú has escrito! ¿Por qué motivos lo has hecho, quizás por celos?

Las suposiciones de la bardo habían impresionado a su adversario que trató de negar la evidencia.

—¿Yo, celoso? ¿De quién, de una niñata rubia? ¡Qué tontería! —El dios desapareció tirando al suelo la punta envenenada, todavía manchada con la sangre de la guerrera.

Gabrielle la envolvió en un trozo de tela y la metió en la alforja de Argo. Rapidamente, montó sobre el caballo e inició el galope.

La bardo abrió la puerta de un golpe y como una furia entró en la choza buscando a su amiga.

—Xena tengo la flecha. —Gabrielle se acercó a la cama, con la mano secó el sudor del pálido rostro de la guerrera, que como respuesta al contacto de la mano, abrió los ojos.

En la gran habitación entró un anciano. La bardo no sabía lo que este estaba tramando.

El hombre llevaba puesto un viejo hábito con un gorro que le cubría el rostro, dejando solamente entrever una larga barba blanca, estaba encorvado apoyándose únicamente en un bastón que usaba como apoyo para caminar.

—¿Quién eres?— preguntó Gabrielle estupefacta por la presencia del hombre.

—Soy Suez, joven mujer, una especie de sanador, hay quien me llama brujo, hay quien me dice santo, pero sólo soy un pobre viejo que vive en esta barraca.

—¿Puedes hacer algo por mi amiga?

Suez cogió la flecha de la mano de Gabrielle y olió la punta.

—Ah, lo reconozco, esto es el veneno de los dioses, es muy potente…

La bardo se acercó al anciano preguntándole el significado de aquel nombre.

—Debes saber, que este veneno fue creado por los dioses hace mucho tiempo, es un arma muy eficaz

—Mañana temprano desapareceré en busca de algunas raras hierbas… Oh, mira esto es lo que estaba buscando.

Suez cogió una raíz y la puso a hervir en una olla con agua, y añadió unas cuantas hojas de esa extraña hierba, todo bajo los vigilantes ojos de Gabrielle.

—¿Sabes quién ha usado este veneno? —el anciano interrogó a la joven, que por un momento estaba distraída observando como Xena dormía.

—Sí, ha sido Ares, el dios de la guerra.

—Tú amiga debe de ser muy fuerte, si un dios ha elegido este modo para matarla. No te preocupes, una vez que haya puesto este mejunje sobre su herida verás como sanará.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de la bardo que se lo agradeció al anciano.

Con paso veloz alcanzó la cama, acercó sus labios al oído de Xena y con mucha dulzura susurró:

—Debo combatir en una batalla, no deseo dejarte, pero el destino me ha reservado una dura prueba, y sé que tú estarás cerca, te amo.

La bardo se despidió de la guerrera con un beso en los labios, después se dirigió hacia Suez.

—Debo volver a la vecina aldea amazona, porque dentro de poco se desencadenará un ataque por parte de Ares y yo quiero estar allí.

El anciano puso su mano sobre la espalda de Gabrielle.

—¿Qué motivos puede tener el dios de la guerra de luchar contra las amazonas?

—¿El motivo? Él quiere a Xena, la ha querido siempre, pero ha comprendido que no tiene esperanza, por eso ha decidido ponerse a jugar con nuestras vidas. En el fondo es lo que siempre los dioses han hecho con los hombres.

La voz de la bardo resonaba dura y llena de odio.

—Yo me ocuparé de tu amiga, no te preocupes, estará segura.

El anciano abrazó a la joven que, como respuesta, se lo agradeció, después abrió la puerta y salió al exterior de la choza.

Suez esperó a que Gabrielle montara sobre Argo, y después murmuró:

—Ve, joven mujer, el juego apenas ha empezado.

Cuando Gabrielle llegó a un valle antes de la aldea, se dió cuenta que un grupo de soldados, en su mayoría mercenarios, estaban combatiendo contra las jóvenes amazonas; la bardo sacó los sais y, sin una pizca de vacilación, saltó encima de un hombre, desarmándolo.

Las jóvenes guerreras, con la llegada de Gabrielle, ganaron confianza en sus propias fuerzas, se hicieron con la situación y, uno tras otro, consiguieron vencer a sus atacantes.

Desde lo alto de una colina, Ares observaba la escena sacudiendo con fuerza la cabeza; de improviso, preso de la ira, descargó un golpe sobre Gabrielle.

La joven fue lanzada contra el tronco de un árbol, el impacto le hizo resbalar los sais de las manos. El dios de la guerra no desaprovechó la oportunidad para acercarse y coger las armas de Gabrielle.

—¡Veamos qué haces sin esto! —Ares apretaba los sais entre las manos, cuando salieron de ellas lenguas de fuego que consiguieron derretirlos en un momento. Después, con una risa burlona, desapareció.

La bardo se levantó del suelo, con mirada triste, observó lo que quedaba de las armas, después reunió valor y se acerco a las amazonas.

—¡Tengo que hablar con vuestra reina!

—Sólo una persona del mismo rango puede hablar con nuestra soberana —dijo una jóven de cabellos largos y rubios mirándola a los ojos. Y con aire de desafío, añadió—: ¿Quién te has creido que eres?

—¡Me llamo Gabrielle y también soy reina amazona! —la voz de la bardo asumió un tono irritado, a causa del tiempo que estaba perdiendo en discursos inútiles.

—¡No tienes pinta de ser amazona! —la joven rubia no creía las palabras de Gabrielle.

—¡Déjala, Shana! —otra guerrera se interpuso entre la bardo y la joven rubia. — Ella es reina amazona y es también la bardo que acompaña a Xena en sus viajes. Te doy las gracias por tu ayuda; ahora te acompañaremos a donde está nuestra reina.

Xena abrió los ojos, el sol se estaba ocultando ya y el último rayo de sol asomaba por la ventana. Miró alrededor, el fuego estaba encendido, pero la habitación estaba desierta, no había rastro del viejo y menos de Gabrielle; después, de repente, se acordó de las palabras que la bardo le había susurrado al oído antes de partir: "Debo librar una batalla, no quisiera dejarte, pero el destino me tiene reservada una dura prueba y sé que tú estarás cerca. Te amo. "

—¡No puedes luchar sola, no te lo permitiré! —la guerrera se sentó sobre la cama, después apoyó los pies en el suelo y trató de levantarse. La herida le dolía y para permanecer en pie se vió obligada a buscar un punto de apoyo, vió un bastón sobre la mesa, lo cogió y, cojeando, salió de la cabaña.

Cuando Gabrielle llegó a la aldea, fue escoltada hasta la reina. Una amazona entró para informar a la soberana de la visita. Un minuto más tarde, fue invitada a entrar. "¡Dejadnos solas!", fueron las primeras palabras de la reina, que estaba sentaba en su trono en atención a su huesped.

Gabrielle avanzó por la habitación y se encontró delante de una mujer bellísima, alta, con un cuerpo musculoso y largos cabellos negros. Aquellos ojos, aquella mirada, eran del todo iguales a los de su amada, si no fuera por un pequeño detalle, el color verde.

—Mi nombre es Tara y ahora ¡dime por qué estás aquí!

La bardo le contó todo lo que había sucedido y le explicó también que debían esperar un ataque de Ares.

—¡Por tu culpa, tengo que volver a enfretarme a la ira del dios de la guerra! —dijo la reina

—Lo siento, pero sabía que vendría a esta villa a pedir ayuda. —La voz de la bardo adquirió un tono mortificado.

—Siempre he combatido contra Ares y no es casualidad que haya elegido esta villa. Si llega hasta aquí nos encontrara listas para afrontarlo. —Los ojos de Tara se iluminaron ante el inicio de una batalla.

Gabrielle se acercó a la ventana y miró el cielo iluminado por una luna llena y resplandeciente.

—¿Qué te ocurre?

—Pensaba en Xena, daría cualquier cosa por saber como esta. —su rostro parecía preocupado.

Tara tranquilizó a la chica, prometiendo que enviaría a algunas amazonas, donde había dejado a la amiga. Después la acompañó a la choza.

La guerrera había caminado muchísimo en esa noche, estaba cansada y ya tenía cierta ventaja así que decidió detenerse. Encendió una pequeña fogata y decidió descansar durante algunas horas, antes de dormirse miró la luna en el cielo y sus pensamientos fueron para Gabrielle, sus ojos se cerraron y todo fue oscuridad y silencio.

Ruidos imprevistos de caballos galopando, despertaron a la guerrera del entorpecimiento que el sueño traía consigo. Reconoció un par de amazonas que venían a su encuentro y una de ellas le aseguró que venían para llevarla a la villa, por orden de su reina.

—¿Han visto a Gabrielle?

—Sí, te llevaremos con ella. —La joven bajó del caballo y ayudó a la guerrera herida a montar en la silla.

La bardo dormía en su cama, cuando condujeron a Xena a la choza. Cojeando se acercó a Gabrielle, con la mano apartó un mechón de su rostro y susurró:

—Mi pequeña guerrera. —acerco su rostro al de la bardo, cerró los ojos y la besó dulcemente en los labios, Gabrielle respondió al beso con tanta dulzura que poco a poco se convertía en pasión.

—Deberías despertarme siempre así. —dijo la joven sonriendo maliciosamente a su amiga, después añadió—: ¡Ven aquí!

La guerrera se acostó sobre Gabrielle y comenzó a besarle el cuello, las mejillas, y al final los labios. Un calor imprevisto envolvió sus cuerpos, la bardo se dispuso a desabrochar la armadura de Xena y poco después el resto de ropa, hasta que estuvo totalmente desnuda. La guerrera hizo lo mismo con la bardo y por un instante sus cuerpos fueron acariciados solo sus miradas, ambas llenas de amor.

Ninguna palabra, solo algunos susurros y la luz de la luna para hacer inolvidable su primera noche juntas, no como amigas inseparables, sino como compañeras de vida y algo mas.

Desde su ventana la reina observó las sombras provenientes de la choza vecina, después susurró:

—¡Bienvenida Xena!

La guerrera abrió los ojos al alba, rodeada por los brazos de Gabrielle que dormía profundamente con la cabeza apoyada en su pecho. La bardo se movió dormida e involuntariamente golpeó con la pierna la herida de Xena, que emitió un pequeño gemido de dolor.

—Lo siento, discúlpame Xena. —la bardo alejó la pierna de la guerrera.

—No importa, estoy bien. —la voz de la amiga fue tan dulce que Gabrielle la llenó de besos.

—Preciosa forma de comenzar el día. —dijo la guerrera con una sonrisa.

La bardo rió antes de besarla, después con la lengua bajó hacia el cuello hasta llegar al seno, mientras las manos corrían por los costados de la guerrera que aprobaba cada caricia con ligeros suspiros. En su boca había aprisionado un pezón el cual empezó a succionar y mordisquear, mientras con una mano se ocupaba del otro pezón acariciándolo dulcemente. Después de un poco, descendió hasta el estómago y con las manos abrió delicadamente las piernas de Xena y comenzó a explorar lentamente los muslos con las manos para después continuar con la lengua, hasta que tocaron a la puerta.

—¡Dioses, justo ahora! —Gabrielle se enredó en una manta y descendió de la cama en dirección a la puerta.

—¿Me lo dices a mí? — respondió Xena con fastidio, cubriéndose con una sábana.

La bardo abrió la puerta y con estupor se encontró de frente a la reina, que le explicó el motivo de su visita.

—Algunas amazonas que estaban de guardia en el río, vieron movimientos extraños en el bosque, he dado la orden a un grupo de guerreras de vigilar la zona.

—Esta bien, el tiempo de vestirme y estaré contigo inmediatamente. —pero Tara no tenía la intención de irse, de hecho, entró en la estancia y se dirigió a la guerrera mirándola a los ojos. Gabrielle miraba la escena sin respirar, con curiosidad por el comportamiento de la reina. Xena parecía conocer a la chica que estaba frente a ella, su rostro tenía una expresión un poco aturdida.

—Tara, había pensado que jamás volveríamos a vernos. —dijo la guerrera sonriendo.

—También yo. Es un placer volver a verte, ¿qué haces que no abrazas a una vieja amiga?

—Xena se puso de pie, dejando caer la sábana y abrazó a Tara apasionadamente, obviamente la cosa no escapó a la mirada atenta de la bardo, que permaneció perpleja ante la acción de su amiga.

—¡Tienes una herida muy fea! —la reina hizo sentarse a la guerrera en la cama para examinar mejor la herida en la pierna. Xena le habló del extraño anciano que la había curado, según ella solo en parte, porque el veneno no la había matado, pero le había inmovilizado la pierna.

Según Tara, el veneno estaba aún presente el interior de su cuerpo y se ofreció para poner a su disposición la curandera de la villa para resolver la situación rápidamente.

La reina se levanto y después de haber observado con mucha atención el cuerpo de Xena exclamó:

—Estás más bella de lo que recordaba. —se despidió de Gabrielle y salió de la choza.

—¿Te has dado cuenta que estás desnuda? —la joven estaba muy irritada por lo sucedido.

—Sí, no es la primera vez que me ve desnuda. Ahora supongo que querrás que te lo explique. — Mientras la guerrera se estaba vistiendo.

—Claro que sí. ¿Desde cuando la conoces?

—Todo sucedió hace mucho tiempo, pero no es el momento de hablar de eso, trata de entenderlo Gabrielle, debemos pensar en prepararnos para la próxima batalla. —la expresión de la bardo era indescriptible, se vistió rápidamente sin ni siquiera mirar a su amiga y hecha una furia salió de la habitación.

Mientras tanto en un cementerio delante del río, el Dios de la guerra estaba ocupado formando un ejército.

—¡Surgid oh nobles guerreros! ¡Vuestro Dios os llama! —de la tierra surgieron unos dedos, después las manos y finalmente los esqueletos de algunos guerreros muertos en batalla.

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