|
XWP Alt » Reina
Esta historia
ha sido traducida íntegramente por
el Equipo Canalla de Xenafanfics,
y cuenta con el permiso de la autora para
su publicación.
Si quieres
dar tu opinión sobre la misma, hacer
algún comentario o recibir información
sobre la actividad de nuestro grupo de traducción
de fan fictions de «Xena, Warrior
Princess » , escribe un e-mail
a: xenafanfics@hotmail.com
Descargos:
La siguiente historia contiene temas para
adultos que implican relaciones sexuales explícitas
y voluntarias entre dos personas adultas del
mismo sexo. Si tienes menos de 18 años
o la lectura de este material es ilegal en
el lugar en que vives, por favor no sigas
adelante. El autor y la persona que mantiene
la página web en la cual se encuentra
este trabajo, no aceptan ninguna responsabilidad
legal derivada del incumplimiento de esta
advertencia.
Los personajes
de Xena y Gabrielle son propiedad de MCA/Universal
y Renaissance. Aquí no son utilizados
con ánimo de lucro o con la intención
de infringir sus derechos de autor. El resto
de la historia es de mi propiedad (fechada
el 10 de febrero de 1998 por L. N. James).
Ningún aspecto original de esta historia
podrá ser usado en cualquier otro sitio
sin el previo consentimiento por escrito del
autor. La historia no podrá ser alterada
de ninguna forma y esta información
sobre los derechos de autor debe siempre aparecer
junto a la obra. Quisiera agradecer a las
chicas del Whoa Howdy su infinita paciencia,
sus ánimos y su colaboración
en todo lo concerniente a «Queen » .
También quiero dar las gracias a mi
maravilloso editor, cuyas sugerencias realmente
me facilitaron mucho las cosas.
Aquí
está mi Inspiración.
:: REINA ::
(QUEEN)
Por
L.N.
James
Una ligera
brisa primaveral extendía el perfume
de las primeras flores por todo el camino
hacia Atenas. El verdor rodeaba a las viajeras
por ambos lados, hasta donde alcanzaba la
vista. A pesar de lo soleado del día,
el tráfico era muy escaso en esa ruta,
y el camino apenas si era capaz de permitir
el paso de dos personas una al lado de otra,
y mucho menos el de una carreta. Se trataba
de un camino secundario hasta el interior
de la ciudad, mucho más seguro y privado
que algunos de los principales. A veces, se
agradecía contar con eso.
—¡De
eso nada! ¡Cinco dinares dicen que soy
capaz!
Las cejas
de Gabrielle se elevaron de forma desafiante
hacia Xena, sonriendo descaradamente. Deteniéndose,
ésta apoyó una mano sobre su
cadera cubierta de cuero y devolvió
a su amante otra visiblemente irónica.
Mientras, Argo aprovechó la improvisada
pausa para mordisquear un poco de la dulce
hierba que creía a lo largo del camino.
—Gabrielle,
no tendrás 5 dinares que darme cuando
gane.
Apoyándose
en su cayado, la bardo levantó una
mano y apuntó con un dedo hacia la
guerrera, desplegando sus astutas habilidades
para salirse con la suya.
—Ah,
estás asustada. Siempre te sale esa
sonrisa irónica cuando sabes que tengo
razón.
Los azules
ojos de Xena brillaron al mirar a la bardo
mientras sonreía. La luz del sol se
filtró a través de los árboles
y de algún modo alcanzó la sedosa
claridad del pelo de Gabrielle, que se apareció
como hilos de oro a los ojos de la guerrera
(y no es que nunca los hubiera llamado así,
claro). La bardo permaneció de pie
frente a Xena, mirándola de igual a
igual. Los lisos músculos que se dibujaban
sobre el vientre de Gabrielle eran suficiente
para distraer a Xena en el supuesto caso de
que ella lo permitiera. Por supuesto, la guerrera
ya se había mostrado profunda y repetidamente
interesada en todas y cada una de las demás
partes del cuerpo de la bardo en el pasado.
Pero en ese momento, Xena se encontraba cautivada
por la más condenadamente elegante
mueca sobre el puente de la nariz de Gabrielle
que hubiese visto, la que siempre aparecía
junto a su sonrisa. Absolutamente deliciosa.
—Gabrielle,
lamento desilusionarte, pero nadie va a creérselo,
lo siento. Tal vez lo harían si fuera
al contrario…
La bardo
entrecerró los ojos y se acercó
aún más a Xena, sustituyendo
su expresión por otra escrutadora.
A pesar de lo intimidatoria que la princesa
guerrera pudiera ser para otras personas,
Xena se había dejado controlar ligeramente
por una tenaz, valiente y digna de confianza
bardo de Potedaia. Por supuesto, hasta dónde
llegaba ese control era otra cuestión.
—Tienes
miedo, ¿verdad?
La guerrera
soltó una risita y miró por
encima del hombro de la bardo, ajustándose
el peto con un encogimiento de hombros.
—Apenas.
Gabrielle
sonrió mientras elevaba su mano hasta
el cálido cuero que cubría la
cadera de Xena, acariciándolo suavemente
con los dedos. La presión provocó
que los ojos de la guerrera se dirigieran
de nuevo hacia el rostro de Gabrielle y miraran
con intensidad a su hermosa compañera.
Con suaves palabras, la bardo contempló
el interior de sus azules ojos.
—Veamos
si alguien cree que eres mi esclava. Si lo
hacen, bueno, entonces 5 dinares es un precio
muy bajo a pagar.
Xena sonrió
y se inclinó hacia ella, dejando sus
caras a unos pocos centímetros de distancia.
—¿Y
si yo tengo razón y no lo creen?
Gabrielle
tiró de ella, se presionó con
más fuerza contra sus caderas, le sostuvo
la mirada y habló con voz baja y seductora.
—Entonces
tendrás… cualquier cosa…
que desees, guerrera.
Quedaron
en silencio un momento, mientras sus miradas
se atrapaban mutuamente. La proximidad de
ambos cuerpos provocó que el olor del
cuero y la fragancia de la bergamota se entremezclaran.
Con un leve asentimiento, Xena mostró
su conformidad, y una de las cejas de la bardo
se elevó al tiempo que sonreía.
Si Gabrielle hubiera querido, podría
haber exigido ya un dinar por esa pequeña
victoria. Sin embargo, supuso que era justo,
especialmente sabiendo que tenía a
Xena en la palma de la mano. Por supuesto,
eso no significaba que no fuese así
también al contrario, porque lo era.
De hecho ambas, guerrera y bardo, estaban
tan estrechamente unidas que ninguna tenía
pensado soltarse en mucho tiempo. Sin embargo,
les gustaba jugar tal y como lo hacían
los amantes, y algunas veces forzaban ciertos
límites, sólo para ver qué
pasaba.
Apartándose
de la guerrera, Gabrielle se giró y
echó a andar hacia Atenas sin mirar
atrás. Con una sonrisa, Xena agarró
las riendas de Argo y la siguió, jugando
con la idea de que alguien pudiera tomarla
por esclava de Gabrielle. Era absurdo. Absolutamente
increíble. Ha Ha.
Xena había
mirado a la bardo desde cierta distancia mientras
viajaban hacia Atenas, pero ni una sola vez
ella le prestó atención ni hizo
amago de esperarla. Todo lo que Xena podía
ver era el balanceo de las caderas de Gabrielle
mientras su figura se movía casi…
regiamente frente a ella. El caminar de la
bardo era decidido y suave, y daba cada paso
con la elegancia de una Reina Amazona. Pero
era el condenado modo en que la falda de Gabrielle
crujía y cómo la columna de
músculos de la parte baja de su espalda
se flexionaba con cada paso lo que hizo a
Xena reconsiderar su apuesta. Si tuviera que
servir a alguien, esa sería Gabrielle.
Una vez
en la ciudad, Gabrielle fue directamente hacia
una taberna ubicada en una de las calles principales
de la ciudad. Sonriendo, Xena reconoció
el lugar inmediatamente. Se habían
hospedado allí durante el Festival
de Dionisos, ya que sus amigas Diana y Trista
regentaban la taberna y la posada. Buena elección.
Parecía que Gabrielle pretendía
inclinar la balanza a su favor, y qué
mejor modo de hacerlo que elegir un lugar
seguro, familiar. Xena no tenia ni la menor
idea de a cuántas personas necesitaría
convencer, pero de lo que sí estaba
segura era de que sus amigas no iban a encontrarse
entre ellas. Con una sonrisa, Xena llevó
a Argo hasta el establo y decidió hacer
esperar a la bardo mientras ella cepillaba
cuidadosamente a la yegua, empleando en ello
casi una marca de vela. Gabrielle no salió
ni una sola vez a ver qué hacía,
y la guerrera tuvo tiempo de reflexionar en
la silenciosa cuadra.
Muchas cosas
habían cambiado en su vida desde que
Gabrielle había llegado a ella. De
hecho, a pesar de los malos momentos, nunca
se había sentido más feliz.
Era un poco extraño creer que alguna
vez tendría la posibilidad de sentirse
así, dado que su propia juventud había
estado llena de tanta oscuridad. No era sencillo
enfrentarse con un pasado que parecía
salir a la luz allá donde fuesen. De
cualquier forma, con la aceptación
y el amor de la bardo, Xena sentía
que sería capaz de adaptarse y dejar
todo eso atrás. Mejor aún, con
Gabrielle, la guerrera era capaz de contemplar
un presente y un futuro que, a pesar de los
inesperados reveses de la vida, se verían
por fin llenos con la luz del amor de la bardo.
Xena sonrió al inclinarse sobre Argo
y palmearle el flanco.
—Tiene
algo, ¿verdad, chica?
Argo resopló
y sacudió ligeramente la cola mientras
Xena le sonreía. Caminando hacia la
puerta de la cuadra, la guerrera se preparó
para descubrir lo que su "lo que fuese"
tenía planeado para ella. Tal vez jugase
un poco más con Gabrielle sólo
por hacerla feliz porque, la verdad, era increíble
que ella fuese su esclava. Después
de todo, Xena se estiró para alcanzar
toda su altura, ciñó la vaina
de cuero contra su espalda y acomodó
su chakram, ella era La Princesa Guerrera,
¿o no?
Una marca
de vela más tarde, Xena seguía
sentada en la barra, saboreando su cerveza.
Había estado un rato charlando con
las dueñas del local, amigas desde
hacía ya tiempo. La taberna de la posada
estaba a rebosar, llena en su mayoría
por mujeres, como Xena pudo comprobar. No
era sin embargo algo sorprendente, dado quién
la dirigía y el hecho de que su encantadora
reputación se había extendido
por los círculos de amazonas, entre
otros. Había rumores de que incluso
Safo había pasado allí una tranquila
noche, algo sorprendente dada la extrovertida
personalidad de la poetisa. Sin embargo las
habitaciones eran escasas, no más de
10 cuartos para huéspedes, de manera
que la mayor parte del negocio de la taberna
provenía de aquellos que se detenían
simplemente por la fantástica comida
que Diana cocinaba. Aunque conocía
a las dueñas, Atenas era un lugar enorme
y la fama de Xena pasó casi inadvertida
en la estancia. Había tantas mujeres
guerreras en el lugar que una más tenía
la misma importancia que un sombrero viejo.
Con otro
trago de su cerveza, Xena resistió
el impulso de investigar dónde había
ido Gabrielle y qué estaba tramando.
Esperaría, sólo por educación.
No quería descubrir y echar por tierra
los planes de la bardo. Después de
todo, Xena era, más que ninguna otra
cosa, justa; y tenía toda la intención
de permitir a Gabrielle convencer a esa multitud
de que era la dueña absoluta de la
princesa guerrera.
Una ligera
sonrisa cruzó los labios de la guerrera.
Era casi demasiado ilógico como para
considerarlo siquiera, pero Xena estaba de
buen humor esa noche. Su viaje hasta aquí
había sido agradable y los asuntos
que habían tenido que atender (simplemente
depositar algunos de los pergaminos de Gabrielle
en la Academia para su conservación)
apenas entrañaron peligro. De hecho,
la guerrera se estaba planteando, mientras
estiraba las piernas y las volvía a
colocar sobre su taburete, que el pasar un
par de noches en Atenas sonaba francamente
relajante y tentador. Con ese pensamiento,
Xena se llevó de nuevo la copa a sus
labios y comenzó a beber.
De pronto,
las voces y risas que habían llenado
la taberna hasta ese momento dieron paso a
un abrupto parón... un silencio sepulcral
seguido de varios gritos sofocados. Todos
los ojos se dirigieron hacia las escaleras
y Xena giró también hacia allí
su mirada. Distraídamente, dejó
su cerveza y simplemente observó junto
al resto de la sala.
Caminando
despacio y bajando los escalones con grandiosidad,
Gabrielle era la imagen de la perfección,
era La Reina Amazona. Con una leve elevación
de su barbilla, Gabrielle se detuvo sobre
el escalón más bajo y permaneció
de pie, absorbiendo la mirada de toda la habitación
con una indiferencia casi regia, pero transmitiendo
al mismo tiempo que apreciaba a todos y cada
uno de sus ocupantes. Iba vestida con los
mismos atuendos reales que llevó la
última vez que estuvo con las amazonas,
cuando recibió la máscara de
Reina. Su aspecto era sencillamente majestuoso.
Alrededor de su cuello, llevaba un collar
de delicadas plumas y su pelo estaba recogido
en la parte de atrás por una zigzagueante
banda marrón, de forma que unas pocas
trenzas quedaban entrelazadas con la seda
dorada. Su top de ante parduzco y puntadas
brillantes formaba remolinos en un sencillo
pero impresionante modelo. Afortunadamente,
esta particular forma de vestir entrañaba
menos material que su traje habitual y así
la extensión de los músculos
de su abdomen quedaba deliciosamente expuesta.
Colgando de sus caderas, el elaborado cinturón
de amazona sujetaba su falda, en la cual plumas,
joyas e hilo dorado formaban delante un diseño
en V y mantenía las diferentes capas
de la falda en su lugar. Apenas visibles,
los lados de la falda estaban cortados por
encima de sus muslos y una pieza de tela púrpura
oscuro caía por debajo. A lo largo
de sus brazos se había colocado los
tradicionales guanteletes de amazona, de cuero
oscuro tejido y adornado con plumas y ornamentos
artesanos de bronce. Sobre su bícep
izquierdo se situaba un simple brazalete,
rodeando los firmes músculos que Gabrielle
había desarrollado, y que también
estaba hecho a mano con plumas y metal. Finalmente,
y de mayor importancia, estaba la hombrera
de Reina, sobre su brazo derecho. Prendido
del tirante del top, el metal se moldeaba
en forma de curvas y adornos que lo sujetaban
al brazalete. Este único emblema (junto
con la máscara que había sido
destruida) simbolizaba el título y
la posición de Gabrielle como Reina
de las Amazonas. Y, en ese momento, de pie
en aquella posada, Gabrielle era efectivamente,
La Reina.
Detrás
de Gabrielle, sobre los escalones, se erguían
dos hermosas y fuertes amazonas armadas con
lanzas, que observaban a todo el mundo como
si fueran a dar sus vidas para defender a
esa reina. En verdad, así habría
sido, y de hecho casi se habían peleado
entre ellas cuando Gabrielle entró
un rato antes, las vio, y anunció que
necesitaría sus servicios para asistirla
durante la noche. La oportunidad de ser guardia
de la reina, sin importar que fuera innecesario
en esa posada, constituia una oportunidad
única en la vida y un honor concedido
a aquellas dos mujeres. ¡Espera a que
regresaran y se lo contaran a sus amigas!
Ephiny, naturalmente, las gobernaba en casa,
pero el ilustre título de Gabrielle
le otorgaba el derecho de reinado cuando ella
eligiera recurrir a ello. Era una especia
de potestad compartida y, en realidad, a ninguna
de las amazonas le importaba servir ya fuera
a Ephiny o a Gabrielle cuando o donde quisieran.
¿Quién no querría?
Con un barrido
de sus ojos esmeralda, Gabrielle se introdujo
en la sala con desenvoltura, registrando y
manteniéndose brevemente sobre cada
uno de sus ocupantes antes de seguir adelante.
No había necesidad de decir a quienes
no eran amazonas que esa mujer pertenecía
a la realeza. Se podía determinar en
gran medida por su atuendo y su guardia. Sin
embargo, el resto de la sala también
sentía que esta mujer tenía
un delicado poder y una honradez que alcanzaba
a todos aquellos sobre los que reinaba, no
a través de la intimidación,
sino de una personalidad pura. La mujer que
los contemplaba desde arriba era efectivamente
alguien que poseía esa esquiva cualidad
para todos aquellos que le habían declarado
su respeto y su admiración. Estaba
claro que las amazonas reconocían la
posición de esa mujer, y el resto de
las atenienses y los viajeros de la taberna
no parecían estar en desacuerdo. Además,
¿con qué frecuencia podía
uno cenar en la misma sala que una Reina?
La mirada
de Gabrielle se paseó de un lado al
otro de la habitación hasta que, finalmente,
descansó sobre un par de ojos azules.
Xena, por su parte, no sólo había
enmudecido, sino que además estaba
sin aliento. Desde el primer momento en que
había visto a Gabrielle bajar las escaleras
hasta ahora, había quedado total y
absolutamente capturada. Incluso aunque ya
había visto brevemente a Gabrielle
en toda su realeza, realmente no había
tenido tiempo de presenciar lo bien que a
su bardo le sentaba el papel de Reina Amazona.
Había sido aquel un momento agitado,
y su mente había estado en otro sitio
(concretamente luchando por su propia vida)
la última vez, pero ahora, podía
ver realmente en qué se había
convertido Gabrielle. La comprobación
de lo mucho que había cambiado la mujer
que amaba resultaba sorprendente. Esa no era
la chica a la que había rescatado de
los mercaderes de esclavos. Se trataba de
una mujer poderosa, madura y segura de sí
misma que se había ganado los corazones
de las amazonas como su reina y se había
apropiado del corazón de la princesa
guerrera para el suyo propio. Al diablo los
cinco dinares.
Con pasos
deliberadamente lentos, Gabrielle avanzó
por la taberna con sus ojos aún firmemente
unidos con los de Xena. Cuando el resto de
la sala comenzó a cuchichear, sus palabras
eran sensiblemente mucho más suaves
y calmadas que antes. Nadie parecía
querer romper el hechizo mientras contemplaban
a la reina caminar lentamente sobre el suelo
de la taberna, con sus guardia detrás.
De hecho, la mayoría de la gente calló
de nuevo con rapidez cuando se dieron cuenta
de que la reina se dirigía hacia una
imponente mujer guerrera sentada en la barra.
La mujer no era una amazona, todos podían
verlo por su apariencia. Sin embargo, se mostraban
curiosos, puesto que podían sentir
"algo" que irradiaba entre los cuerpos
de ambas mujeres. Indefinible, pero tangible.
Casi podían tocarlo.
Para ser
una sala llena de gente, Xena sentía
que estaba a solas con la reina, absorta en
esos ojos verdes. En realidad, no le importaba
nada el resto de los que allí se encontraban,
simplemente dejaron de existir. Gabrielle
la tenía. Completamente. Y quisiera
lo que quisiera, Xena, la princesa guerrera,
se lo iba a dar.
Tragó
saliva cuando vio a Gabrielle detenerse a
su lado, saboreando la inconfundible esencia
de su amante en la suave brisa que permanecía
tras sus pasos. Era intoxicantemente dulce,
una mezcla de suave cuero, especias, jabón,
aire fresco y el propio sutil aroma de la
reina. A Xena se le subió rápidamente
a la cabeza y puso una mano sobre la barra
para no caerse. Bueno, Xena no era ni mucho
menos una colegiala, pero en ninguna de sus
vastas y variadas experiencias, nadie nunca,
nunca la había afectado como lo hacía
Gabrielle. de hecho, la reina podría
haber pedido entonces su segundo dinar sólo
por el modo en que el cuerpo de Xena estaba
respondiendo.
Silenciosamente,
Xena observó cómo la expresión
de Gabrielle se intensificaba al mirar a la
guerrera, los labios de la reina entreabriéndose
ligeramente mientras los humedecía
sensualmente con su lengua. Los ojos de Gabrielle
abandonaron los de Xena y descendieron, posándose
sobre la bebida que la guerrera tenía
entre las manos. Lentamente, Gabrielle elevó
la vista de nuevo y capturó su azul
profundo una vez más. Con un movimiento
de cabeza hacia la barra y entrecerrando ligeramente
los ojos, la reina le demandó una bebida.
Dándose
la vuelta, Gabrielle dirigió a su guardia
hacia una mesa vacía y espero a que
una de las mujeres le apartase la silla antes
de sentarse con un aire de suave gracilidad.
Tras acomodarse, cruzó lentamente una
pierna sobre la otra y se reclinó hacia
atrás. Descansando su codo en el brazo
de la silla, la mano de la reina fue hasta
su barbilla, y se acarició pensativamente
el labio inferior con el dedo apreciando a
Xena, como si sopesara cómo sería
acostarse con una guerrera como ella. Sus
ojos bebieron de la musculosa figura de Xena
con una confianza relajada mientras comenzaba
a tamborilear con los dedos de la otra mano
sobre el brazo del asiento. La reina estaba
obviamente esperando que Xena la atendiese.
Contemplando
a la reina dirigirse hacia una mesa y sentarse,
Xena casi tuvo que sacudir la cabeza. Había
visto a Gabrielle ser agresiva antes, por
supuesto. Y por supuesto, había sido
el blanco de las… tácticas de
su amante cuando estaban a solas (en honor
a la verdad, a Xena eso le gustaba. Mucho).
Pero esa noche, había algo diferente
en Gabrielle. Y algo diferente en Xena. Aunque
se tratara de una elaborada actuación,
había algo más. La verdad es
que nadie en el mundo podía hacer que
Xena se sometiese. No pertenecía a
ningún dios, a ningún rey, a
nadie. Pero Gabrielle, reflexionó Xena,
la tenía mucho más sujeta de
lo que jamás hubiese creído
posible, con un tipo de poder distinto. Los
dioses controlaban gracias a su habilidad
para manipular a los mortales e intimidarles,
y los reyes gobernaban con sus ejércitos
y su dinero.
Gabrielle
lo hacía con un profundo, completo
e intenso amor.
Xena arrojó
un dinar sobre la barra y esperó a
que Diana llenara dos jarras de cerveza. Allí
de pie, era perfectamente consciente de que
la mirada de la reina se encontraba sobre
su espalda, puesto que sentía dos puntos
de suave calidez recorriendo su piel. Sabía
que estaba siendo examinada y se recompuso
casi imperceptiblemente, como para hacerse
merecedora de la mirada de Gabrielle. Pasándose
rápidamente la mano por el flequillo,
no pudo por menos que reírse de sí
misma. ¡Dioses, estaba nerviosa!
Agarrando
las jarras, se irguió e inició
el camino de vuelta. Como era de esperar,
la reina la estaba mirando. Todo el mundo
lo hacía. Xena avanzó hasta
situarse cerca de la mesa y, curiosamente,
se detuvo. Gabrielle aún no había
dicho una palabra y simplemente paseaba su
mirada arriba y abajo por el cuerpo de la
guerrera, deteniéndose ligeramente
en los lugares en los que su piel quedaba
al descubierto y dibujaba sus bronceados músculos.
Mirándola ahora a los ojos, Gabrielle
elevó una ceja y señaló
con la cabeza hacia la copa que permanecía
en la mano de Xena. Ese pequeño gesto
significó para los que miraban que
la reina encontraba adecuado el pequeño
regalo que se le ofrecía. Con una ligera
sonrisa, Gabrielle emitió entonces
su primera orden.
—Siéntate.
En ese momento,
Xena no tenía planes inmediatos de
salir corriendo de la taberna ni quedarse
de pie durante mucho más tiempo, así
que no le fue difícil obedecer. Y a
pesar de que se sentía impulsada a
sonreír irónicamente a Gabrielle,
sintió de algún modo la obligación
de no hacerlo. Ni de desobedecer. De hecho,
Xena encontró irresistible el sutil
poder de la reina. Divertido. Era como si
el comportamiento y la actitud de Gabrielle
hubiesen cambiado cuando bajó aquellas
escaleras y con ello, Xena hubiese cambiado
también. La guerrera inconscientemente
se dejó llevar y decidió entregarse
completamente en manos de la reina. Internamente,
su mente se resistía a la idea de ser
controlada, pero la respuesta de su cuerpo
ante esa Gabrielle era inconfundible. Se dio
cuenta de que mente y cuerpo lucharían
para someterse o rebelarse al pequeño
juego de Gabrielle. Tragándose su orgullo,
Xena se sentó en una silla cercana
y, silenciosamente, colocó su jarra
de cerveza frente a ella. Parecía que
era capaz de entregar un dinar tan desinteresadamente
como un beso.
La guerrera
observó cómo la mano de Gabrielle
alcanzaba elegantemente el asa de la jarra
y se la llevaba a los labios, dirigiendo su
mirada hacia los ojos azules de la guerrera
mientras tomaba un trago del fresco líquido.
El modo en que sus labios tocaron el borde
del recipiente se le asemejó a una
bendición, un suave beso prometido
sólo a aquien realmente lo mereciera.
Xena no pudo evitar que sus ojos trazaran
el recorrido de la garganta de la reina cuando
la bebida se deslizó lentamente por
su interior.
Esto ya
era demasiado y la guerrera entrecerró
los ojos con reflexiva emoción. Por
ser esa copa que acababa de tocar los labios
de Gabrielle o el líquido que acababa
de beber… dioses, Xena habría
dado un reino.
Silenciosamente,
una de las camareras fue hasta la mesa y se
colocó entre Xena y Gabrielle, claramente
centrada en la reina mientras esperaba el
pedido. Las dos guardias amazonas se habían
situado tras la mesa, pero seguían
vigilando a todo el que se acercaba. Lentamente,
Gabrielle bajó su copa y la depositó
en la mesa, manteniendo sus ojos sobre Xena
en todo momento. Sonrió cuando la guerrera
se dirigió a la muchacha, atrajo su
atención y pidió por ambas.
—Tomaremos…
Antes de
que Xena pudiera decir algo más, sintió
la mano de la reina sobre su muslo. Atrayendo
la mirada de la guerrera hasta que se encontró
con la suya por medio de una suave presión,
Gabrielle se inclinó y le habló
con voz lo suficientemente baja como para
que sólo ella pudiera oírla.
—Yo
ordeno. Tú sirves. Intenta recordarlo.
Los ojos
de Xena se abrieron desmesuradamente mientras
Gabrielle recuperó su posición
y se dirigió hacia la camarera.
—Mi
pedido, por favor.
Asintiendo,
la muchacha desapareció. Por lo visto,
Gabrielle había hecho disposiciones
previas con Diana cuando llegó. (De
hecho, a la bardo le había llevado
algo de tiempo convencer a la amiga de Xena
de que todo estaba controlado y de que le
siguiera el juego). La reina se reclinó
de nuevo mientras sus ojos verdes brillaron
en dirección a la guerrera. Con un
nuevo trago de cerveza, le dirigió
una inclinación de cabeza.
—Puedes
beber.
Bueno, las
cosas claras… Xena decidía si
bebía o no y cuándo lo hacía,
muchas gracias. Elevando su mano, la guerrera
protestó.
—Gabrielle,
esto ya me parece…
Con elegante
rapidez, Gabrielle se encontraba de pie y
con las manos apoyadas en los brazos de la
silla de Xena. Inclinándose sobre la
sentada guerrera, sus ojos relampaguearon
y sus labios se movieron hasta el oído
de Xena.
—Me
perteneces, Xena.
Xena observó
el cuerpo de Gabrielle retirarse y capturar
sus ojos una vez más, ahora de modo
desafiante. La promidad del cuerpo de la reina
y su mirada hicieron que la guerrera reconsidera
su protesta. En realidad, esta noche Gabrielle
poseía a Xena. La reina lo sabía,
la guerrera lo sabía, y el resto de
la taberna podía verlo claramente.
Gabrielle reclamó a Xena desde el momento
en que bajó las escaleras y ejerció
minuciosamente su poder sobre ella. Xena tragó
saliva cuando la mano de Gabrielle se movíó
hasta su cara, recorrió con los dedos
por la firme línea de su mandíbula
y se detuvo en su barbilla. Todo se desvaneció
cuando la reina llevó sus labios hacia
los de Xena y la besó. Gabrielle había
besado antes a Xena un millón de veces,
pero este beso le pareció una bendición
de los dioses por su dulzura. Todo lo que
la guerrera pudo hacer fue cerrar los ojos
y dejar que la suave pero constante presión
de la reina la reclamara. De los labios de
Gabrielle, el azúcar no podría
haber sabido mejor. Y por los labios de Gabrielle,
Xena se vendió completamente.
La guerrera
sintió que Gabrielle se retiraba, pero
sus ojos permanecieron cerrados. Respirando
profundamente, sintió las yemas de
los dedos de la reina viajar por sus mejillas
y sus cejas manifestando su delicado dominio.
Cada roce afirmó que Xena pertenecía
a Gabrielle. Sus dedos eran suaves y ligeros
en su camino por los sedosos y oscuros mechones
que caían a ambos lados de la cabeza
de Xena. A lo largo de su hombro, la guerrera
se estremeció en cada lugar en que
los dedos de Gabrielle le rozaban, siguiendo
por su brazo y entrelazándose con los
de ella al llegar al final. Al sentir una
suave presión, Xena finalmente abrió
los ojos.
Lo que encontró
entonces fue la más maravillosa sonrisa
que había visto nunca sobre la cara
de Gabrielle. Sus ojos verdes irradiaban ligeros
matices dorados, y esa peculiar y elegante
arruga sobre su nariz le provocó una
inevitable sonrisa. Gabrielle habló
suavemente a través de su sonrisa.
—¿Bien?
Con un leve
e inmediato asentimiento, Xena accedió.
A todo.
—Bien.
Una última
caricia de su mano y la reina la soltó,
regresando lentamente a su silla, con la ceja
levantada ante las miradas de algunos de los
presentes. Rápidamente, las mujeres
de la taberna regersaron a sus respectivas
comidas, satisfechas de que la Reina Amazona
hubiese dominado tan fácilmente a la
mujer guerrera. Si antes no era una esclava,
ahora sí.
Sus jarras
habían sido rellenadas y la conversación
era escasa. Esa noche, Gabrielle pareció
inclinarse por un majestuoso silencio en lugar
de sus habituales bromas. Xena no era estúpida,
y dada la reserva general mantuvo la boca
cerrada. Por parte de la reina, sus ojos hablaron
bastante por las dos.
Muy pronto,
la camarera trajo tres platos de sabrosos
aperitivos: Hojas de uva rellenas, higos,
y delgadas galletas de trigo recubiertas con
queso feta derretido, jamón y aceitunas
laminadas. Los ojos de Gabrielle se abrieron
ante todo ello y sonrió ampliamente.
Justo cuando estaba a punto de alcanzar una
galleta, Xena capturó su mirada y la
reina se detuvo. Silenciosamente, asintió
en su dirección, se recostó
de nuevo en su silla y observó cómo
Xena alcanzaba un bocado y se inclinaba hacia
ella para depositarlo en su boca. La joven
reina cerró los ojos ante el sabor
que inundó su paladar y la persistencia
de las yemas de los dedos de Xena. Podría
acostumbrarse a esto. Sí.
Una de las
entusiastas guardias amazonas dirigió
una mirada disimulada a su compañera.
Aunque era cierto que habían visto
el modo en que sus reinas eran atendidas con
anterioridad, muy diferente era contemplar
a una increíblemente fuerte, musculosa
y armada guerrera como Xena alimentando a
Gabrielle. Incluso más alarmante era
lo sensual que esa alimentación estaba
llegando a ser. Con cada bocado, los dedos
de Xena resultaban capturados entre los dientes
de Gabrielle, y cada vez por más tiempo.
La reina estaba disfrutando de los dedos de
su guerrera tanto como de los aperitivos que
comía. Cuando Gabrielle se sació,
volvió a acomodarse en su asiento y
miró fijamente en Xena.
—Sírvete,
por favor.
Xena no
pudo por menos que sonreir ante el "por
favor" con que finalizó su mandato.
Naturalmente, esta palabra significaba para
Gabrielle el conseguir cualquier cosa que
quisiera de la guerrera, pero en este contexto
pareció un poco… redundante.
Xena ya se había mostrado silenciosamente
de acuerdo con las actuales condiciones. Pero
el "por favor" era un curioso toque
típico de Gabrielle.
:: ANTERIOR ::
:: ARRIBA :: ::
SIGUIENTE ::
|