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:: REINA ::
(QUEEN)
Alcanzando una
hoja de uva, Xena dejó que sus ojos regresaran
a Gabrielle. La reina mostraba una ligera sonrisa
en su rostro, y mantenía la barbilla apoyada
en su mano, decidida a tomarse todas y cada una
de las libertades que deseara. Y ahora mismo,
eso significaba mirar comer a su magnífica
guerrera. Xena aceptó el desafío
y sostuvo el aperitivo con ambas manos. Delicadamente,
comenzó a desenrrollar la hoja y, extendiéndola
con los dedos, Xena mantuvo sus ojos sobre Gabrielle
mientras introducía los labios entre los
liegues y vaciaba su delicioso contenido con la
lengua. Lentamente, paladeó el sabor en
su boca, cerró los ojos, y tragó.
Esta imagen
no pasó inadvertida a Gabrielle.
Xena se sonrió
a sí misma cuando observó el suave
rubor que cubría ahora el cuello y las
mejillas de la reina. No había ninguna
razón por la que la guerrera no pudiera
ser subversivamente rebelde, de una forma sutil.
Lo que hizo con uno de los higos escandalizó
a la camarera cuando vino a reponer sus bebidas,
y la reina se dio cuenta de repente de que estaba
realmente sedienta. Xena la observó, mientras
masticaba distraídamente la dulce fruta,
y vio que las manos de Gabrielle atenzaban los
brazos de su silla. Quizás aún podría
recuperar alguno de aquellos dinares.
De algún
modo, la cena se desarrolló también
en silencio y tan sólo cruzaron unas pocas
palabras. Era casi como si, por ahora, todo lo
que necesitaban decir se transmitiera a través
de sus ojos y de sus cuerpos. Ninguna de las dos
dejó vagar su mirada más allá
de la otra mientras saboreaban el cordero y el
cerdo asados, el sabroso marisco y muchas otras
delicias. No era extraño que esta posada
fuese conocida por su comida, puesto que la cena
de esa noche era digna de los Campos Elíseos.
Toda la comida de Gabrielle le fue servida por
las yemas de los dedos de Xena y no lo habría
querido de ninguna otra forma. La guerrera no
tomó ni un bocado que Gabrielle no le hubiese
concedido antes. Fue difícil para ambas
no sonreír abiertamente cuando Xena rehusó
seguir comiendo y la reina todavía podía
con más. Dioses, la cena fue gloriosa.
En algún
momento de la segunda tanda de comida, Gabrielle
había cambiado sus cervezas por vino y,
extrañamente, ese cambio había resultado
agradable. Los alimentos que estaban comiendo
pedían un sabor más refinado que
la cerveza y ciertamente, fuera lo que fuera lo
que la reina quisiera esa noche, la reina lo obtendría.
Por mucho que le apeteciese algo de postre, ya
estaba completamente saciada y decidió
guardar esos dulces bocados para más tarde.
La taberna estaba
ahora más oscura puesto que algunas de
las más brillantes antorchas se habían
extinguido. La multitud quedó predominantemente
femenina después de que los clientes acabaran
de cenar y se marcharan, mientras en una esquina
un pequeño grupo de músicos se preparaba
para tocar. Melodiosas risas y palabras suaves
flotaban por la habitación y Gabrielle
estiró las piernas y se reclinó
en su silla. Xena había estado de lo más
cortés durante la cena y la verdad, la
reina se sorprendía de que hubiese aguantado
tanto así. El modo en que la guerrera estaba
actuando le hacía sospechar que sería
reina durante toda la noche. Con ese pensamiento,
los labios de Gabrielle se curvaron en una sonrisa
mientras tomaba un sorbo y echaba un vistazo a
la guerrera.
Por su parte,
Xena estaba disfutando realmente con esto. Quizás
era el hecho de que la nueva… majestuosidad…
de Gabrielle fuese tan sugerente para la guerrera.
No era severa y mucho menos resultaba amenazante.
Por supuesto que Xena podía sentir el sutil
poder que Gabrielle rezumaba, pero éste
era completamente encantador y aceptable. Además,
no tenía que preocuparse demasiado por
su renombrada reputación. No era ningún
secreto el que Xena y Gabrielle era amantes. Hades,
era un hecho evidente para todo aquel que las
viera juntas, y el que se dejara controlar por
una Reina Amazona esa noche no iba a cambiar el
hecho de que pudiera perfectamente patear el trasero
de cualquier idiota que se lo echara en cara.
Eso estaba claro.
La música
del cuarto era hipnótica; los tambores
marcaban suavemente el ritmo mientras la flauta
y los instrumentos de cuerda proporcionaban una
melodía seductoramente exótica.
El cuarto zumbaba con lentas y rítmicas
vibraciones mientras varias muchachas bailaban
a su son. El vino, la comida y la música
eran una mezcla embriagadora y pronto los ojos
de la reina vagaron hacia la guerrera. Ésta
era una pieza que valía todas las riquezas
del mundo. La mirada de Gabrielle se detuvo sobre
la musculosa forma de Xena; bajo toda esa armadura,
bajo el cuero y las armas, yacía un maravilloso
cuerpo.
Perfeccionada
por años de lucha y trabajo, Xena transpiraba
poder y destreza. Gabrielle había presenciado
a la guerrera en suficientes hazañas como
para saber que sus habilidades eran poderosas
y feroces, temidas en todas partes. Entrecerrando
los ojos, la reina aspiró profundamente
cuando se dio cuenta de que sólo ella podía
controlar esa imparable fuerza si lo deseaba.
Ese descubrimiento sobre sí misma recorrió
el cuerpo y la mente de Gabrielle dejándole
una estela de cálida excitación.
Xena miró
cómo Gabrielle se ponía en pie,
con la misma elegancia anterior, con movimientos
delicados y augustos. Cuando las guardias amazonas
se dispusieron a seguirla, ella las detuvo con
un movimiento de su mano, sin dejar de mirar fijamente
a Xena. Algo en la expresión de Gabrielle
le dijo a Xena que esa joven mujer tenía
algo más en mente para la noche que una
simple cena. Bajo su majestuosa superficie, la
guerrera captó la chispa de algo ardiente.
Y Gabrielle lo irradiaba.
Xena tragó
saliva cuando la reina se movió hacia ella
y con un ligero empuje de su rodilla, separó
las piernas de la guerrera, reclamando ese espacio
para sí. Sus ojos verdes se oscurecieron
al mirar intensamente a Xena, rozando apenas con
las yemas de los dedos la superficie de sus muslos.
Inclinándose, tomó las manos de
Xena entre las suyas y las llevó hasta
sus propias caderas, deseosa de sentir esa poderosa
presión. Con lentitud insoportable, Gabrielle
se inclinó aún más, colocó
sus manos sobre la parte más alta de los
muslos cubiertos de cuero de Xena, y se detuvo.
Ambas respiraban
el mismo aire, la reina a escasos centímetros
de la cara de Xena. Era como si Gabrielle estuviese
intentando mirar tan profundamente en los ojos
de la guerrera como le fuera posible, intentando
encontrar la fuente de aquel manantial azul. La
verdad del asunto era que Xena sintió que
Gabrielle podía sentir todo lo que yacía
en su interior. Esta mujer era su fuente, Gabrielle
era su corazón. Los ojos de la guerrera
simplemente reflejaban la imagen de la reina con
vívida intensidad.
Reflexivamente,
las piernas de Xena fueron a descansar contra
el exterior de las de la reina y Gabrielle bajó
su mirada para echar un vistazo. Lamiéndose
los labios, la reina miró a Xena de nuevo,
tomó aliento y ordenó.
—Baila
conmigo.
Esas palabras
fueron directamente a la cabeza de Xena, dejándola
aturdida mientras Gabrielle retrocedía
manteniendo sus ojos sobre ella. Con sus manos
todavía en las caderas de la reina, la
guerrera hizo retroceder su silla y quedó
de pie frente a Gabrielle. Hacía ya tiempo
que el resto de la gente que ocupaba la taberna
de había difuminado y Xena sentía
que Gabrielle y ella estaban solas, en un mundo
privado. Ya habían bailado antes, por supuesto,
a menudo solas en mitad de un bosque sin ninguna
música, balanceándose una junto
a la otra. Habían bailado en fiestas delante
de Reyes y Reinas, con las amazonas, incluso ante
la madre y el hermano de Xena. Pero esta noche,
a Xena le parecía que era la primera vez
que bailaba con una verdadera reina, con Gabrielle.
Xena miró
cómo su amante la alcanzaba y ponía
sus brazos alrededor de su cuello, con sus ojos
verdes prendidos de los suyos todo el tiempo.
Lentamente, retiró sus manos de la cintura
de Gabrielle y las llevó sobre la desnudez
de su espalda, atrayendo a la reina delicadamente
hacia sí. En el momento en que sintió
la presión del cuerpo de Gabrielle contra
el suyo, Xena cerró brevemente los ojos
y aspiró con fuerza. Los pechos de la reina
estaban contra su armadura (pero Gabrielle no
pareció notarlo, o sencillamente no le
preocupaba) y podía sentir la calidez del
cuerpo de Gabrielle bajo sus manos y contra el
cuero que la vestía. Una vez más,
la cercanía permitió a la guerrera
captar el intoxicante aroma de la reina, incluso
más intensamente que antes.
Aunque estaba
en posición de llevar el baile, considerando
su estatura y su complexión, Xena dejó
que la reina guiará sus movimientos, que
eran lentos y sensuales. Gabrielle se movió
contra la guerrera, presionando su cuerpo en varios
puntos, el vientre contra la cadera de Xena, la
cadera contra su muslo, la mejilla contra el pecho
de la guerrera. La música era sutil y ondulante,
insistente en su ritmo. Las manos de Xena se movieron
por la espalda de la reina, sintiendo los músculos
bajo ellas y los nudos de su top de cuero. Gabrielle
las unió más estrechamente, exigiendo
más contacto mientras sus ojos se elevaron
y ardieron en los de Xena. El baile era lento,
íntimo y completamente erótico.
La pareja no
se dio cuenta de que el resto de la habitación
miraba embelesado el baile de la reina y la guerrera.
Todas las miradas seguían a Gabrielle moverse
contra su alta compañera, presionando sus
caderas. Miraron cómo las manos de Xena
se movían sobre la espalda de la reina,
sobre sus suaves curvas o contra la cálida
piel que quedaba al descubierto. Era difícil
decir a quién envidiaban más; ambas
parecían penetrar silenciosamente en el
ser de la otra. Era algo impresionante.
Llevando la
vista sobre ella, Gabrielle tomó una de
las manos de Xena y se giró entre sus brazos,
atrayéndola hacia su espalda. Xena se balanceó
con Gabrielle, dejando que su otra mano se deslizara
bajo su brazo y luego sobre el torneado vientre
de la reina. De pie tras Gabrielle, Xena cerró
sus ojos cuando la reina se pegó a ella
y se movió en un lento y rítmico
baile de pura sensualidad. Con Gabrielle entre
sus brazos, la guerrera sintió esa clase
de amor y conexión por los que valía
la pena cada dificultad a la que se había
enfrentado; esto lo merecía todo.
La reina seguía
la mano de su compañera sobre su cálida
piel y presionaba contra ella; eso era suficiente
para volver loca a Xena. Y entonces sintió
a Gabrielle volverse de nuevo y mirarla, con los
ojos coloreados de un verde intenso por la emoción.
Bailaron pegadas la una a la otra, sin perder
el contacto en ningún momento. Xena comenzaba
a adentrarse más profundamente en ese plano
de existencia con Gabrielle. Cada centímetro
de su ser estaba en sintonía con la reina
y le pareció que hubiese bailado con ella
desde siempre. Aquellos increíbles ojos
simplemente la capturaron, tal y como lo harían
durante vidas aún por llegar. Sintiendo
las manos de la reina moverse hasta su pelo, Xena
respiró hondo y habló, con la emoción
que sentía bajando su tono de voz.
—¿Puedo
besarte… por favor?
Los ojos de
Gabrielle se cerraron ligeramente ante la petición.
Enrredando sus manos en el pelo negro de la guerrera,
la reina ralentizó un poco su baile y comenzó
a atraer a Xena hacia sí. La guerrera se
dejó guiar hasta que quedó a escasos
centímetros de los labios de Gabrielle.
Con un leve y cosquilleante suspiro, la reina
susurró su respuesta mirando fijamente
a esos ojos azules.
—Sí.
Fue una respuesta
sencilla, pero Xena sintió como si le hubiesen
concedido un reino entero. 'Sí' nunca había
sonado tan dulce. Era un momento que quedaría
grabado en la mente de la guerrera con cristalizada
seguridad. Gabrielle era de verdad su Reina y
las promesas que le hizo con aquella única
palabra simplemente le aseguraron su cargo. Aspirando
una gran bocanada de aire, la guerrera se preparó.
Suavemente,
las manos de Xena se movieron desde la espalda
de la reina para suavemente tocar su cara. El
calor de la piel de la reina penetró por
las palmas de la guerrera y ésta aspiró
de nuevo con más fuerza cuando sintió
las manos de Gabrielle deslizarse hasta sus caderas
y presionar sobre ellas. ¿Cuándo
había besado a Gabrielle por última
vez? Dioses, se le hacía una eternidad.
¿Serían dignos sus labios? ¿Podría
su beso ser suficiente para Gabrielle?
Con cuidado,
Xena colocó sus labios sobre los de la
reina, cerrando los ojos con el contacto. Durante
un momento, simplemente los mantuvo allí,
disfrutando la sensación de su suavidad.
Lentamente, los separó y con cuidado tomó
el labio inferior de Gabrielle entre los suyos
y lo besó, acariciándolo suavemente
y dejando a su lengua deslizarse contra él.
Cuando sintió las manos de la reina apretar
más fuerte sus caderas, atrajo a Gabrielle
y le demandó más. Con una agradable
petición, su lengua bailó entre
los labios de la reina, resbalando sobre sus dientes
hasta que se introdujo en la boca de Gabrielle.
Casi cayó de rodillas cuando oyó
el suave murmullo de la reina y sintió
su lengua moverse contra la suya. Suave, dulce,
intenso… ese beso era la perfección.
Sin aliento,
momentos más tarde, Xena sintió
a Gabrielle retirarse, sus ojos completamente
oscurecidos por el deseo y sus labios cubiertos
de humedad. La reina mantenía un lazo mortal
sobre sus caderas y su respiración se aceleró.
Tirando de las caderas de la guerrera hasta las
suyas, Gabrielle se apretó contra ella
más fuerte y entrecerró los ojos
mirando a Xena, ordenando con voz desigual.
—Más.
Con esto, la
guerrera encontró permiso para presionar
sus labios contra los de la reina en una demostración
deslumbrante de fuerza y poder. No podía
preocuparles menos que cada mirada de ese cuarto
estuviera puesta sobre ellas y cada mandíbula
caída en el suelo ante semejante intercambio
de pasión. Xena entregó sus primeros
besos con fuerza, mordisqueando los labios de
Gabrielle, presionando con fuerza contra ella,
empleando su lengua lo más profundamente
que podía. La reina poseía una princesa
guerrera y eso significaba que todo lo que Xena
hiciese, era para ella de una intensidad y un
calor que nadie podría igualar. Ahora mismo,
Gabrielle ardía ante aquel resplandor de
amor y lujuria.
La cara de Gabrielle
estaba completamente sonrojada para cuando los
labios de Xena se desprendieron de los suyos.
Inclinándose, la guerrera presionó
su cara contra el cuello de la reina, cerrando
los ojos sobre la acalorada piel y respirando
pesadamente, puesto que el calor de aquellos besos
la habían pillado con la guardia baja.
Sus brazos rodearon a Gabrielle y la abrazó
tan fuerte como pudo, aspirando su olor mientras
lo hacía. Gabrielle pudo sentir entonces
la estremecedora fuerza del cuerpo de Xena, su
respiración, su amor por ella.
Gabrielle había
esclavizado a su guerrera y en ese momento, el
deber de la reina era conseguir un lugar donde
hubiera menos público antes de que ordenara
a Xena que la poseyera allí mismo, sobre
la mesa, entre las hojas de uva (por muy atractiva
que esa idea pudiera ser). Habló firmemente
a su amante.
—Vámonos.
Gabrielle se
deshizo de los brazos de la guerrera y tomó
su mano, sonriéndose ante lo maravillosa
que estaba Xena cuando se excitaba. Sus ojos azules
estaban oscurecidos a causa del deseo y su cara
encendida por un leve rubor. Hizo un gesto hacia
sus guardias y las despidió por esa noche
con una sonrisa genuina. La reina tiró
de Xena por todo el cuarto con elegante facilidad
a pesar del hecho de que sus rodillas estaban
bastante débiles. Sólo tenía
que subir la escalera. Y deprisa.
Esta noche,
Gabrielle iba a gobernar a su princesa guerrera.
Iba a tener a Xena bajo sus condiciones, tal y
como ella quisiera. Domesticar a Xena significaba
darle todo lo que quisiera, pero sólo después
de que se lo hubiera ganado. Y nadie sabía
como dar a la guerrera lo que quería como
Gabrielle. Al fin y al cabo, ella era la Reina.
Todo el trayecto
hacia el cuarto de la reina se estaba desarrollando
con desesperante lentitud. Mientras que antes
Gabrielle se había mostrado deseosa de
llegar, ahora saboreaba cada momento. No es que
le gustara torturar, pero en realidad, adoraba
la idea de hacer esperar a su ansiosa y excitada
guerrera.
Esto ponía
completamente de relieve lo bien que la reina
controlaba su propio cuerpo y lo salvaje que Xena
se había vuelto. Se sonrió a sí
misma. Para domesticar y gobernar a alguien como
Xena, primero tendría que tranquilizarla.
De momento.
El barullo de
la taberna comenzó nuevamente cuando las
dos subieron por las escaleras, con toda aquella
gente murmurando sobre la Reina y su guerrera.
De cualquier modo, con cada paso, el ruido se
fue difuminando en la oscuridad mientras Gabrielle
guiaba a Xena hacia arriba. La mano de Gabrielle
agarraba suavemente la de la guerrera, apretándola
de vez en cuando en un mensaje de amor. En la
cima de la escalera, Gabrielle se detuvo y se
giró, dejando a Xena dos escalones por
debajo de ella y sonriendo. Incluso en aquel corredor
mal iluminado, la belleza de la Reina brillaba
intensamente.
Para la guerrera,
la falta de prisa por parte de Gabrielle en llevarlas
hasta el cuarto… ¡la estaba matando!
El baile había sido una cosa (algo realmente
muy bueno) pero los besos significaron algo sensual,
inspiraron otra cosa. Sus labios todavía
sentían el toque de Gabrielle, y también
su sabor. Xena no conseguía recordar cuándo
un beso había sido tan… intenso.
Ahora mismo, su cuerpo estaba absolutamente invadido
por una estrechamente controlada necesidad, y
comenzaba a pensar que realmente, realmente le
gustaba de todo este asunto de la reina.
Gabrielle permaneció
a la altura de sus ojos desde más arriba
de la escalera, sonriéndole de modo sarcástico.
Eso no era bueno. Al momento, Xena levantó
un insolente y arrogante ceja hacia Gabrielle,
interrogándola sobre el retraso. Uh oh.
Problemas. La propia expresión de la reina
cambió cuando su sonrisa se diluyó
y elevó una de sus roijizas cejas como
respuesta. Alguien parecía estar desafiando
a la Reina, y ese alguien estaba a punto de descubrir
que había tenido una pésima idea.
Dejando caer
la mano de Xena, Gabrielle puso las suyas sobre
sus propias cadera y miró directamente
a la guerrera con una clara expresión de
regia ira. Agravando su voz, la reina habló
firmemente a Xena.
—¿Me
estás cuestionado, guerrera?
Xena se mordió
el labio inferior para evitar una carcajada. Sin
embargo, tenía que admitir que el temperamento
de Gabrielle no era precisamente algo que quisiera
incitar. Créase o no, su compañera,
tan amante de la paz, tenía un temperamento
digno de Hades cuando se la presionaba. La mente
de Xena se transportó instantáneamente
a un alterado tribunal en Argos y una bardo extremadamente
temperamental. Lo que pasaba con Gabrielle, sin
embargo, era que todas sus emociones parecían
estar deliciosamente entrelazadas entre sí,
así que cuando se sentía feliz,
solía llorar. Y cuando se enfadaba, se
volvía muy intensa… y apasionada.
Bajando los
ojos en un gesto para calmar a la reina, Xena
respondió con una voz clara - aunque no
tan respetuosa como probablemente debería
haber sido.
—No,
no la estoy cuestionado… su majestad.
Lanzó
la última parte de esta frase para impresionar
a la Reina. Xena estaba siendo de nuevo subversivamente
desobediente. De cualquier modo, la reina no sólo
encajó perfectamente ese título
(lo había oído de boca de las amazonas
las veces suficientes como para que no le afectase
lo más mínimo), sino que ni tan
siquiera movió un músculo ni mudó
su expresión. Irguiéndose, Gabrielle
tomó la barbilla de Xena en su mano y levantó
el rostro de la guerrera para mirarla duramente.
Gruñendo, emitió una amenaza real.
—Entonces
será mejor que no vuelvas a levantar esa
ceja tuya hacia mí de ese modo… esclava.
Gabrielle lanzó
igualmente esa última palabra sólo
para recordar a Xena que en ese momento y durante
toda la noche ella era la Reina. Parecía
que su salvaje guerrera estaba forzando los límites,
intentando descubrir hasta dónde podía
llegar antes de que Gabrielle decidiese gobernarla
con mano aún más firme. Inclinándose
más, los ojos verdes de la Reina centellearon
cuando tiró de la barbilla de Xena hacia
sí. Con su rostro bien encarado al de la
guerrera, su voz sonó más profunda.
—Porque
si la vuelvo a ver…
Gabrielle extendió
su otra mano tras Xena, deslizándola por
la oscura cabellera, agarrándola suave
pero firmemente. Los ojos de la reina estaban
taladrando a Xena, lanzando por sí solos
un desafío y una promesa de inmisericordia.
Y entonces, un instante después, los labios
de Gabrielle se lanzaron contra los de Xena en
un beso demoledor, impetuoso y exigente, poseyendo
la boca de la guerrera de una forma elegantemente
salvaje. La reina empujó su lengua hacia
el interior de ésta y la gobernó
con pasional fervor. Ardiente.
Comprobando
que Xena estaba sin aliento, Gabrielle se apartó
y capturó de nuevo sus azules ojos. Deslizando
una mano, la reina pasó su dedo sobre los
labios que acababa de tomar. El dulce y arrollador
poder de Gabrielle había encendido de nuevo
el fuego de Xena. Sonriendo, las yemas de los
dedos de la reina tocaron sus nuevamente cálidas
mejillas, y dejó que su voz se suavizara.
—…
no seré tan amable.
Con eso, Gabrielle
elevó su ceja, queriendo asegurarse que
la guerrera entendía claramente cómo
estaba la situación. Firme, pero suave.
Por eso Xena estaba sirviendo a su Reina aquella
noche, y para siempre. Gabrielle administraba
su autoridad de una manera tan delicada que muchas
veces, la guerrera no percibía lo mucho
que su amante influía en ella. Nunca fue
una cuestión manipulativa ni una intromisión.
Era simplemente Gabrielle amando lo suficiente
a Xena como para mantenerse firme en las cuestiones
importantes y sin que se pudiera dudar de su absoluta
devoción y afecto por la guerrera. Para
Xena era un reconfortante sentimiento que le hacía
sentirse más segura de lo que había
estado en toda su vida. Su estabilidad provenía
de Gabrielle y eso era algo que nunca, jamás,
sería cuestionado.
Xena dejó
que sus ojos mostraran cada gramo del amor que
sentía por Gabrielle mientras asentía
con la cabeza. Era completa y totalmente una posesión
de la reina. Y en ese preciso instante, no deseaba
nada más que dar a Gabrielle todo lo que
deseara. La imperiosa necesidad de complacer a
la reina empezaba a ser increíblemente
intensa. Habría caído de rodillas
si Gabrielle lo hubiese querido. Xena estaba conquistada.
Suavemente,
la reina atrajo a Xena hacia sí y apretó
su rostro de la guerrera contra su pecho, cerrando
los ojos al escuchar el suspiro de placer de Xena.
Sonrió cuando la guerrera elevó
los brazos alrededor y la rodeó por la
cintura de forma vacilante, esperando el permiso
para acercarla. Gabrielle se movió hacia
ella y se lo concedió, de forma que pronto
los fuertes brazos de Xena estrecharon a la reina
en un abrazo de absoluta adoración.
Permanecieron
allí un buen rato, reina y guerrera en
la escalera de una posada en medio de Atenas,
sintiendo que sin lugar a dudas habían
sido hechas la una para la otra, en todos los
aspectos. Era como si dos mundos colisionaran
en un todo único. Distintos y sin embargo
complementarios. Oscuros pero perfectamente claros.
El suyo era un amor que transcendería el
tiempo y el espacio en toda su magnitud.
Un suave roce
de Xena las despertó de su ensueño.
Los labios de la guerrera se movían cuidadosamente
sobre la piel situada entre los pechos de Gabrielle,
besando y probando delicadamente. No tenía
permiso para eso, pero la reina no parecía
dispuesta a quejarse. El hambre de Xena por su
amante se podía ver en cada caricia que
proporcionaba a su piel expuesta. Necesitaba a
Gabrielle.
Inclinado su
cabeza, la reina depositó un suave beso
sobre la cima de la cabellera caoba oscura y dejó
sus manos resbalar por los largos cabellos, acariciándolos
cuidadosamente. Luego se retiró y sonrió
al ver a Xena, capturando aquellos ojos azules.
La guerrera había girado la cabeza y descansaba
su mejilla entre los pechos de Gabrielle y simplemente
presionó sus labios contra el interior
de uno de ellos. Estaba claro lo que la guerrera
necesitaba. Con una cariñosa palabra, la
mano de Gabrielle se dirigió al lateral
del rostro de la guerrera para acariciar brevemente
su cálida piel.
—Aquí.
Con ello, Gabrielle
alzó su mano izquierda y tiró del
tirante de cuero de su top deslizándolo
ligeramente por su hombro. Los ojos de Xena se
entrecerraron y suspiró con fuerza cuando
vio a Gabrielle agarrar uno de sus pecho y extraerlo
de su confinamiento.
Con exquisita
delicadeza, la reina deslizó la mano bajo
su suave piel y lo sostuvo mientras su otra mano
acercaba la boca de la guerrera hacia él.
Inmediatamente, los labios de Xena cubrieron extasiadamente
el endurecido pezón. La siguiente orden
de Gabrielle se filtró a través
de su desvaneciente conciencia, que no percibía
nada que no fuese la boca de Xena y su propio
pecho.
—Chupa.
Y Xena lo hizo.
Con entusiasmo.
Lo sorprendente
del caso era que la guerrera no cayese por las
escaleras. Tan intensa era su excitación
que sus piernas temblaban y sus brazos envolvían
a Gabrielle en un esfuerzo por mantenerse estable.
Decir que Xena se encontraba en los Campos Elíseos
era seguramente subestimar la situación.
Sus labios, su lengua y su boca se centraban solamente
en una cosa, complacer a su Reina y cumplir su
mandato. La piel de Gabrielle era dulce al gusto
y Xena gimió con cada profunda succión.
Se sintió completamente humedecida allí,
en aquel preciso momento.
Por su parte,
Gabrielle comenzaba a encontrar dificultades para
sostenerse, con cada increíble movimiento
que Xena le proporcionaba con su lengua. Mientras
una mano siguió sosteniendo la cabeza de
la guerrera estrechándola contra sí,
la otra intentaba empujar tanta carne en la boca
de Xena como fuera posible. Jadeando mientras
las sensaciones viajaban en dirección al
sur de su vientre, Gabrielle cerró sus
ojos y arqueó su cuerpo hacia la guerrera.
Éste expresaba con claridad que lo que
Xena estaba haciendo le hacía sentir muy,
muy bien.
Justo cuando
sus rodillas estaban a punto de flaquear, Gabrielle
se retiró de Xena y capturó esos
intensos ojos azules con los suyos. Situando sus
manos a ambos lados de la cara de la guerrera,
la reina se entregó en el más devastador
beso, salvaje y húmedo. Respiraban mediante
jadeos y sus labios se movían hambrientos
unos sobre los otros. Las lenguas luchaban por
abriese espacio, primero en la boca de la guerrera
después en la de Gabrielle.
Las manos de
Xena descendieron hasta alcanzar las vestidas
y firmes curvas de la reina y la estrechó
contra sí. Mientras ésta, envolviendo
sus brazos alrededor del cuello de la guerrera,
echó su cabeza hacia atrás y gimió
cuando los labios de Xena se despegaron de los
suyos y descendieron por su cuello mordiendo,
chupando y besando al mismo tiempo.
Aquel gemido
reveló a Xena que necesitaba llevar a aquella
particular reina a sus aposentos, y deprisa. Los
fuertes brazos de la guerrera levantaron a Gabrielle,
trabajando todavía con los labios sobre
su cuello y sus hombros, y sintió las piernas
de Gabrielle envolver su cintura. Xena cargó
fácilmente a la reina por los dos escalones
que les faltaba por subir y con prisa la transportó
por el pasillo (¡ella quería correr¡).
Al pasar por delante de una habitación,
uno de los brazos de Gabrielle se alargó
para sujetarse al marco de la puerta, deteniéndolas
de golpe. Los labios de la reina buscaron entonces
los de la guerrera y se besaron de forma entrecortada
y casi violenta. Con un brazo sujetando a Gabrielle,
Xena tanteó a su alrededor, encontró
fácilmente el picaporte y lo giró.
Abriendo la puerta, la guerrera entró y
cerró de nuevo. Habían encontrado
su habitación. Por fin.
Cuando la puerta
dejó fuera al resto del mundo, Xena y Gabrielle
se encontraron solas en la misma habitación
que habían ocupado durante el Festival.
Sin embargo, en ese momento, la atención
de la guerrera estaba en otro lugar, es decir,
sobre cierta apasionada reina cuyos labios se
abrían camino por su cara y su cuello.
Con manos hábiles, Xena echó el
cerrojo y atrancó la puerta, girándose
y presionando la espalda de Gabrielle contra la
superficie de madera. Gabrielle enlazó
sus piernas firmemente alrededor de la cintura
de Xena al mismo tiempo que sus manos viajaban
por su sedoso y oscuro cabello y sobre sus amplios
hombros.
La intensidad
de los besos de la reina, además del peso
de su cuerpo, empezaba a provocar vértigo
en Xena. Podría ser la Princesa Guerrera,
pero tenía algunos límites con respecto
a cuánto podía aguantar de una sola
vez. Y francamente, el hecho de estar apoyada
en Gabrielle, contra la puerta, dejaba sus manos
libres para otras cosas. Mientras besaba el cuello
de Gabrielle de arriba abajo, las manos de Xena
se movieron lentamente a través de los
pliegues de la falda de la reina y encontraron
los laterales de sus muslos desnudos para deslizarse
sobre ellos. Asegurada en sus poderosas piernas,
Xena sujetó a Gabrielle en esa posición
mientras comenzaba a utilizar sus manos y sus
labios.
Eso hasta que
sintió que la reina le agarraba la cara
con las manos y la atraía hacia sí
para besarla. La cara de Gabrielle estaba ruborizada
mientras intentaba recuperar un mínimo
de control, pues no estaba dispuesta a dejar que
Xena simplemente hiciera de ella lo que le viniera
en gana. Y por cómo estaban evolucionando
las cosas, esa idea le sonaba cada vez mejor.
Casi jadeando las palabras, los ojos de la reina
eran de un verde brillante.
—Más
despacio, Xena… despacio…
La guerrera simplemente
refunfuñó y estrechó sus
azules ojos al tiempo que giraba la cabeza, atrapaba
unos cuantos dedos de la mano de la reina y empezaba
a asaltarlos de un modo bastante sugerente. Gabrielle
cerró los ojos cuando sintió sus
dedos deslizarse en el interior de la cálida
boca de Xena y su lengua presionar contra y entre
ellos. Dioses, aquello estaba a punto de echar
por tierra el cuidadoso plan de Gabrielle. De
mala gana, sacó sus dedos de allí
y capturó los labios de la guerrera con
los suyos en un apasionado beso, para captar su
atención. La reina se retiró y volvió
a buscar los ojos de Xena. Esta vez, su orden
fue firme.
—Despacio.
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