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XWP » Rumores
de amor
Esta historia ha sido
traducida por Mendhi,
miembro de Xenafanfics, y
revisada por Ellen. Cuenta
con el permiso de la autora para su traducción
y publicación en Internet.
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de fan fictions de «Xena, Warrior
Princess», escribe un e-mail
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Copyright © 2003
Ella
Quince. Todos los derechos reservados.
Contenido sexual adulto.
Los personajes de esta
historia pertenecen a MCA/Universal y Renaissance
Pictures. No se pretende infringir ningún
copyright ni obtener ninguna ganancia por
su uso.
Esta historia sucede
después de «The Quest»
y «Ulysses»,
dos episodios aparentemente incompatibles.
O tal vez no…
:: RUMORES
DE AMOR ::
(RUMORS OF LOVE)
Por
Ella Quince
Fuego y agua… una
simple receta para crear los Campos Elíseos,
pensó Xena mientras veía a Ephiny
vaciar el balde sobre los candentes ladrillos.
Se alzaron olas de vapor, llenando la pequeña
cabaña de calor húmedo, lo que
provocó que inmediatamente la guerrera
sintiera emanar sudor por todo su cuerpo.
Delicioso.
Xena suspiró satisfecha
mientras se sentaba en un banco bajo, la corteza
de la madera rozaba suavemente la piel desnuda
de sus muslos. Echando un vistazo sobre Ephiny,
cuya piel exponía una ligera sombra
rosada desde los dedos del pie hasta su rostro,
la guerrera dijo:
—Realmente debo
hacer esto más a menudo.
—Podrías
si nos visitaras más a menudo —la
amazona dejó el balde de agua y se
acomodó sobre un banco cercano—.
Ha pasado demasiado tiempo desde que estuvieron
aquí la última vez.
—Sí, bueno,
tuvimos una pequeña distracción.
—¿Así
es como lo llaman? —bufó Ephiny
y se levantó los húmedos rizos
rubios de su nuca y cuello—. No puedo
esperar a escuchar la versión de Gabrielle
sobre lo que han estado haciendo en los últimos
meses. Algunas veces escuchábamos algunos
malditos rumores acerca de ustedes. Por ejemplo,
había uno sobre que tú acabaste
con una hydra sin ayuda.
—Era un grifo,
no una hydra —explicó Xena, se
reclinó contra una pared y estiró
las piernas—. Habría necesitado
ambas manos para una hydra.
—¿Qué
hay de ese rumor en el que terminaron en una
isla desierta con un dios del mar llamado
Cecrops?
—Era una embarcación,
no una isla, y Cecrops no es un dios.
—Y el mejor de
todos —anunció Ephiny con una
risa ahogada—, un bizarro relato sobre
cómo fuiste corriendo hacia Ítaca
con el rey Ulises.
Los músculos de
Xena se crisparon, aunque se las arregló
para mantener su rostro impasible. Por un
momento consideró dejar pasar esa noticia
por un rumor también, pero ella y Ephiny
habían pasado demasiado tiempo juntas
como para empezar ahora a evitar las verdades
conflictivas. Y Gabrielle necesitaba a una
amiga que la comprendiera. Así que
la guerrera tomó aire silenciosamente
y afirmó:
—Ése era
verdadero.
—Ah —cayó
un pesado silencio cuando la regente reflexionó
sobre esta revelación—. Así
que… ¿dónde estaba Gabrielle
durante todo esto?
—Conmigo —anticipándose
a la creciente indignación de Ephiny,
Xena rápidamente añadió—:
No lo somos. Todos piensan que lo somos, pero
no lo somos.
—¿De verdad?
—la regente dejó de sofocar el
asombro en su voz—. Quiero decir, bueno…
todas nosotras asumíamos…
—Sí, lo
sé —suspiró la guerrera.
—Ustedes actúan
como si lo fueran.
—¿Lo hacemos?
—Sí, lo
hacen —Xena todavía estaba cavilando
sobre esa observación cuando Ephiny
añadió—: ¿no lo
han considerado?
—Lo hicimos, antes
de Ulises. Luego decidimos… Bueno, yo
decidí… Que no podría
ocurrir eso entre nosotras —su actitud
cambió con inquietud sobre las tablas
de madera, recordando esa dolorosa conversación
muy claramente; Gabrielle había aceptado
el rechazo de Xena con gracia y dignidad,
lo que la hizo sentir peor de algún
modo—. Además —la guerrera
habló entre dientes en voz baja—,
yo no sabría qué hacer.
—Sí, es
cierto, yo… —Ephiny se detuvo
repentinamente. Entrecerrando los ojos por
el vapor y el aire climatizado, echó
una mirada más a la mujer al lado de
ella—. Espera un minuto, ¿lo
dices en serio?
Xena se mordió
el labio, consternada por haber divulgado
algo tan confidencial. ¿De dónde
venía esa sensación que le estaba
soltando la lengua?
—¡Es en serio!
—exclamó la regente—. Xena,
ésa no es ninguna excusa. Yo nunca
antes me había acostado con un centauro,
pero eso no me detuvo para acercarme a Phantes.
—Mi situación
es totalmente diferente.
—¿Lo es?
¿O es sólo que eres demasiado
orgullosa para admitir que hay una destreza
que la princesa guerrera no ha dominado?
—Hey, ¿tan
difícil puede ser? —irrumpió
Xena. Afectada por la sonrisa sobre la cara
de la regente, dijo—: No es como si
yo fuera una virgen. Estoy segura que podría
complacerla. —Bien, razonablemente sí.
Después de todo, nunca había
tenido quejas de los hombres con los que se
había acostado. Aunque Gabrielle se
merecía a alguien que fuera hábil
haciendo el amor a una mujer, especialmente
después de su experiencia con aquel
titubeante niño de granja. Por lo poco
que Xena había escuchado sobre su noche
de bodas, se había convencido de que
Perdicus había sido un amante pobre
y Gabrielle era simplemente demasiado ingenua
para darse cuenta de qué era lo que
había faltado. "Agradable"
no era la palabra que una bardo debería
haber usado para describir una noche de pasión.
—¿Así
que cuál es la verdadera razón
para que te echaras atrás? —preguntó
Ephiny, como si fuera un desafío.
Xena se dio cuenta de
que no tenía mucho sentido callarse
ahora.
—Sé cómo
se siente, Ephiny. Ha sido sincera conmigo
desde entonces… Desde que morí.
—Ella te ama…
mucho.
—Sí, lo
hace. Y yo la amo…
—¿Pero?
—resopló Ephiny con un suspiro
de exasperación.
Con un encogimiento de
hombros, Xena dijo:
—No quiero prometer
más de lo que puedo cumplir. Toda mi
vida, me he sentido atraída hacia hombres,
y a un muy especial tipo de hombre. Gabrielle
los llama mis "chicos malos" —se
burló con arrepentimiento, luego dijo,
con un deje de nostalgia—: y Gabrielle…
bueno, es sólo que no es mi tipo.
—Siempre hay excepciones
—proclamó Ephiny firmemente—.
Soy la prueba de eso. Los centauros no son
mi tipo tampoco, pero Phantes era el amor
de mi vida.
—¿Pero,
y si no hubiera resultado esa parte? ¿Hubieran
quedado como amigos, amigos íntimos,
después de hacerse el amor y fallar?
Ahora era el turno de
Ephiny para guardar silencio por un momento.
—Ocurrió
tan rápido, enamorarme, que en realidad
nunca tuve tiempo de preocuparme por mi reacción
para dormir con él. Sólo lo
hicimos, y fue muy agradable para nosotros
dos —pasó un trapo por una cuenta
de sudor de su frente antes de que pudiera
gotear por su nariz—. Tal vez ése
es tu problema. Has tenido demasiado tiempo
para pensar en esto, demasiado tiempo para
preocuparte.
—Tal vez —suspiró
Xena—. Pero nosotras estamos…
de acuerdo con este arreglo.
—Quieres decir
que tú lo estás —dijo
Ephiny peculiarmente—, pero sospecho
que Gabrielle no lo está. Elegiste
a Ulises en lugar de a ella; eso debió
dolerle.
—Le habría
dolido mucho más si hubiéramos
sido amantes cuando recurrí a él.
No arriesgaré nuestra amistad, no me
arriesgaré a lastimarla de nuevo, cuando
ésa es una muy buena razón por
la que no puedo corresponderle.
—Es un riesgo para
ambas. ¿Cómo puedes estar tan
segura de que Gabrielle considera que tú
no eres su tipo. ¿Ella ha
dormido con alguna mujer? —Xena vaciló,
sobresaltada por el cambio repentino de perspectiva.
—No lo sé.
Nunca le he preguntado.
—Bien, si no lo
ha hecho antes, ella ciertamente puede recuperar
el tiempo perdido durante el festival de esta
noche. Hay un buen número de amazonas
que adorarían hacerle pasar un muy
buen rato. —Ephiny miró a la
guerrera y lo que vio fue que pareció
haberse molestado—. Xena, no puedes
disgustarte por eso. Después de todo,
si tú no duermes con…
—Entiendo tu idea
—dijo Xena, más secamente de
lo que había buscado, considerando
que Ephiny simplemente estaba diciendo lo
obvio. En el fondo, la regente deseaba lo
mejor para Gabrielle, tal y como Xena quería
lo mejor para la bardo. Así que si
retozar con un grupo de amazonas guerreras
podía quitar de la mente de Gabrielle
a Ulises… Hades, pero este lugar
es tan caluroso… ¿cómo
puede alguien pensar aquí? Levantándose
del banco, Xena farfulló—: he
tenido suficiente —y se libró
de los opresivos confines de la cabaña.
***
Tal vez es sólo
lujuria, reflexionó Gabrielle
irónicamente cuando observó
a Xena salir de la cabaña sauna e ir
hacia el río. Escondida en el interior
de sus aposentos, la reina amazona miró
fijamente hacia fuera a través de una
ventana y se consintió hacer un estudio
franco de su compañera. La guerrera
de largos miembros era sorprendente vestida
con su túnica de cuero, pero era incluso
increíblemente más hermosa desnuda.
Incluso después de que Xena hubiera
desaparecido de la vista, el impacto de su
presencia persistía, agudizando el
dolor de esos grandes deseos fútiles.
Las cosas podían ser peores, por supuesto.
Si no hubiera sido por Penélope, todavía
estarían en Ítaca y Xena estaría
enzarzada en el abrazo del rey.
Cuando se vistió
formalmente para el espectáculo de
esa noche, las ideas de Gabrielle se vieron
forzadas en una familiar y desagradable manera
de concebir los cambios que hubiera tenido
que tomar para rivalizar con Ulises. Había
ejercitado los músculos suficientemente
bien, pero de algún modo no parecían
tan impresionantes por parte de alguien que
no podía mirar a Xena a los ojos sin
subirse a un tronco. Su técnica personal
era sólida, pero carecía del
don dramático de empuñar una
brillante espada. Por no mencionar que Ulises
no cargaba con la dificultad de mantener su
inocencia de sangre. Era una ventaja injusta,
notó Gabrielle con un poco de amargura,
en tanto que fue Xena quien instó a
la bardo a aceptar la filosofía de
no asesinar. Pero los amantes de Xena, al
parecer, estaban exentos de éticas
que pudieran afectar a su forma de combatir.
Mezquino, Gabrielle,
muy mezquino.
Ah, sí…
el temperamento era otro obstáculo.
Gabrielle tenía un fuerte temperamento
que estallaba en diatribas verbales. Había
tratado de canalizar su cólera hacia
una de esas furiosas, ardientes, insensibles
miradas que Xena encontraba tan hipnotizante
en sus amantes, pero el resultado había
sido un penetrante silencio que dejó
a la bardo con un terrible dolor de cabeza.
Y luego existía
ese intratable problema de ser del sexo equivocado…
Gabrielle estaba mirando
fijamente por la ventana otra vez con la vaga
esperanza de que Xena… todavía
en su gloriosa desnudez… pudiera regresar
pronto, cuando escuchó pasos detrás
de ella. Viró aturdida con las ideas
que giraban en su mente y tartamudeó:
—Oh, Ephiny… Yo sólo estaba…
—No se le ocurrían respuestas
plausibles, pero la expresión sombría
sobre la cara de su regente proveyó
una salida—. ¿Qué pasa?
Miró cuando Ephiny
tiró de su túnica, jalando la
tela húmeda y mostrando su rojiza piel.
Un chapuzón en el río la habría
enfriado, pero evidentemente la regente tenía
asuntos más importantes por ahora.
—Xena me habló
sobre Ulises.
—Oh, bien —dijo
Gabrielle, con un suspiro de alivio—.
Ella necesitaba hablar de él con alguien
más, y yo soy… Bueno, demasiado
cercana a la situación, creo. —Los
ojos de Ephiny se estrecharon.
—¿Y qué
hay de ti? ¿No necesitas hablar de
eso? —Un encogimiento de hombros.
—Oh… No realmente.
Quiero decir que ella es quien tuvo un momento
difícil, perdió a alguien a
quien quiso.
—Tú perdiste
algo también.
Gabrielle miró
hacia arriba, quedando helada por un momento
ante la fija mirada de Ephiny, entonces sonrío
tristemente.
—Nada real. —Agitó
la mano ante la protesta de la Amazona—.
Es verdad, Ephiny. Estoy enamorada de Xena
desde el primer momento en que la vi, pero
realmente nunca pienso en ello a menudo. En
algún lugar, en el fondo de mí,
sabía lo que sentía y lo que
quería, pero era como desear la luna.
Ella está muy lejos, más allá
de mi alcance, con lo que sólo ser
su amiga parecía un obsequio increíble.
Así que siempre esperé encontrar
a alguien… como Perdicus… que
era los suficientemente corriente como para
corresponder a mi amor.
—No hay nada corriente
en ti, Gabrielle.
—No —suspiró
la joven reina—. Por favor, no. Ahí
es dónde cometí el error…
creyendo que había cambiado lo suficiente
como para que incluso Xena pudiera querer…
Fui una tonta. —Tomó una honda
respiración, Gabrielle expresó
la dura verdad que había enfrentado
durante las últimas semanas—.
Si Xena no hubiera muerto, nunca hubiera sabido
cómo me siento respecto a ella, y nunca
se hubiera sentido obligada a tratar de amarme
del mismo modo… Y yo nunca me hubiera
atrevido a soñar que ella podría…
—Gabr…
—De algún
modo, Ephiny, tengo que hacer que volvamos
a ser lo que éramos antes.
—¿Puedes
hacer eso?
—Tengo que hacerlo
—dijo Gabrielle torvamente—, antes
de que Xena encuentre a otro Ulises. No pasaré
por eso otra vez.
Pero su valentía
vaciló cuando Xena finalmente regresó
del río. La simple visión de
la guerrera… tan familiar para ella,
obligatoriamente… trajo un dolor a la
garganta de Gabrielle. Cómo podía
continuar viajando con Xena, pasar la mayoría
de las horas del día con ella y dormir
al lado de ella por la noche, y todavía
contener la inundación de emociones
que surgía de esa intimidad.
Especialmente cuando
Xena se despojaba de sus ropas tan a menudo.
Mantuvo sus ojos revisando
una selección de joyería amazona,
Gabrielle dejó a su lengua funcionar
gratis, esperando que su parloteo sin sentido
ahogara los sonidos de cuero y tela al deslizarse
sobre la suave…
—No tienes que
hacerlo —dijo Xena.
—¿Hmm? ¿Hacer
qué? —preguntó Gabrielle,
tratando de recordar desesperadamente qué
era lo que acababa de decir.
—Regresar aquí…
Esta noche. Si no quieres hacerlo. Si tú…
tienes algún otro lugar a dónde
ir. —Gabrielle miró fijamente
a la guerrera, ajena a su estado a medio vestir
ahora que sus palabras habían hecho
mella.
—Quieres decir
"con alguien más" ¿o
no?
Con un encogimiento de
hombros, Xena dijo: —No es como si nosotras…
Quiero decir, debido a que lo hice, con Ulises,
entonces tú podrías…
—Sí —afirmó
Gabrielle suavemente—, supongo que podría.
—Forzó una sonrisa en su rostro,
decidida a no dar a Xena una razón
para tenerle lástima—. Después
de todo, para qué son las fiestas si
no es para satisfacer nuestros sentidos. Y
tengo una reputación que mantener.
—¿Reputación?
—De gran apetito
—respondió, y tuvo la satisfacción
de ver a la guerrera parpadear con sorpresa.
No era frecuente que Gabrielle viera sobresaltada
a su compañera. Y usando su ventaja,
continuó: —así que, es
mejor no dejar a mis adeptas esperar por mucho
tiempo.
Su majestuosa salida
de la cabaña era una mezcla entre bravura
y una renovada intrepidez. Y fue en busca
de la diversión de esta noche…
comer, beber y bailar… Y quizás
terminara en los brazos de otra mujer. Podría
ser cualquier mujer, mientras no se pareciera
a la princesa guerrera.
***
—Quiero otro más
de esos —farfulló Xena, arrebatando
un jarro de una fuente circulante. Tomó
un hondo trago del vino caliente con especias
y miró al grupo de figuras en el círculo
de baile. Como siempre, inmediatamente su
mirada quedó fija en Gabrielle, y Xena
se sonrió a sí misma mientras
seguía los graciosos movimientos de
la joven reina. La sonrisa se desvaneció
cuando la vista se vio cortada por otra larga
línea de guerreras que se habían
acercado a la reina. Esto se estaba poniendo
realmente irritante, aunque, para ser sincera,
tenía que admirar su persistencia.
Dos años de empuñar
un bastón habían hecho toda
la diferencia. La torpe niña campesina
que no podía coordinar con el latido
de los tambores había sido reemplazada
por una joven mujer que se manejaba con aplomo,
incluso con dignidad. Esa noche, más
temprano, Gabrielle había ganado a
una media docena de guerreras amazonas en
una justa informal que, no obstante, había
probado que su título era más
que una cortesía. Un murmullo de sorpresa
había corrido por la multitud de espectadores
cuando la reina aplastó completamente
a cada una de sus adversarias, y costó
un considerable esfuerzo para Xena ocultar
un intenso orgullo por la victoria de su compañera.
Aunque, en el catálogo
de emociones que había experimentado
mirando a Gabrielle, había uno que
estaba llamativamente ausente: la emoción
de un combate más íntimo, de
dos cuerpos luchando con deseo. Esa había
sido su reacción inmediata al observar
a Ulises pelear en la playa. Incluso ahora,
sólo la memoria de ese lugar provocaba
una opresión en su vientre.
Sin embargo, extrañamente,
casi nunca había pensado en él
desde que ella y Gabrielle navegaron fuera
de Ítaca. De hecho, en el viaje de
regreso había sentido una punzada de
culpabilidad cada vez que notaba una mirada
de velada simpatía en el rostro de
la bardo, pero no se atrevió a confesar
que su amor por Ulises se hubo terminado casi
tan rápidamente como había aparecido.
Cómo podría explicar que alejarse
de Gabrielle… dejarla a ella con Perdicus…
había sido diez veces más difícil
que dejar a Ulises con Penélope. No
estaba segura de comprenderlo ella misma.
Y por alguna razón,
observar a la joven reina flirtear con estas
guerreras amazonas era incluso peor. ¿Dónde
estaban todos esos sensibles y jóvenes
hombres, esos ineficaces chicos, cuando Xena
los necesitaba? En los pocos años que
habían pasado había aprendido
a contar con ellos para mantener a Gabrielle
ocupada.
—Xena, ¡detén
eso!
La reprimenda de Ephiny
sorprendió a la guerrera sacándola
de su ensueño.
—¿Detener
qué? —inquirió, empezando
a ver la furia destellar en los ojos de la
regente.
—Sabes muy bien
a qué me refiero. Quita esa cara de
enfado ante cualquier mujer que se acerca
a menos de diez pies de Gabrielle. Estás
asustando a toda aquella lo suficientemente
sensata para notar que te ocultas en las sombras.
—Xena se encogió de hombros.
—Si se asustan
tan fácilmente, no son dignas de la
atención de Gabrielle.
—Ésta no
es una prueba de valor, Xena. Es un baile.
—Pueden bailar.
No las estoy deteniendo. —Volvió
su atención de nuevo a la joven bardo
y su pareja en curso… quien evidentemente
no se estaba sintiendo muy bien, porque se
tornó ligeramente pálida y se
retiró fuera del círculo.
—Si no te conociera
bien… —dijo Ephiny enigmáticamente—.
Pero ése es tu problema. Ahora mismo
estoy más preocupada por Gabrielle.
No quiero que sea seducida por alguna amazona
imprudente que la haga beber hasta perder
el sentido.
—Eso no ocurrirá
—prometió Xena con gravedad.
—No, no ocurrirá.
La regente dirigió
su camino hacia dentro del círculo
de baile y tomó el brazo de Gabrielle.
Pero el alivio de Xena se cambió a
consternación cuando Ephiny abrazó
a la joven reina y empezaron a bambolearse
al ritmo del compás de los tambores.
***
—Gracias, Ephiny.
Tenía problemas para retener a mis
parejas de baile. —Ephiny se inclinó
cerca, cuchicheando en la oreja de su reina.
—Eso es porque
la mayor parte de la Nación Amazona
piensa que tú y Xena son amantes. —E
inclinó la cabeza hacia la pensativa
guerrera que permanecía de pie en el
perímetro del círculo de baile.
—Oh —Gabrielle
rompió en una sonrisa—. Así
que es eso. Entonces, me sorprenderá
que alguien se vaya a atrever a hablar conmigo,
mucho menos bailar.
—Considéralo
la prueba de tus considerables encantos.
—Sí, cierto.
—Escucha, si doblaras
tu dedo meñique, cualquier amazona
en este pueblo te seguiría a casa.
—De hecho, Ephiny había esperado
ver a Gabrielle ya emparejada. Si la reina
quería seriamente olvidar su pena,
necesitaba enfocar su atención más
allá de Xena—. ¿Cómo
te sientes con esto? ¿Con lo de llevar
a una de estas mujeres a la cama?
—Bien… en
realidad… pensé que sería
divertido. —Gabrielle se ruborizó
con la admisión—. Y ciertamente
quiero hacerlo, pero…
—Pero no estás
lista para esa clase de diversión,
¿cierto? —dijo la regente suavemente.
—No, he pensado
mucho en eso esta noche. Me gustaba la idea
de tomar a una amante, pero cada vez que una
de mis parejas de baile se retiraba, me quedaba
aliviada de ver que se iba. —Con un
suspiro, Gabrielle declaró: —Estoy
enamorada, Ephiny. Quiero estar con Xena.
Y si no puedo estar con ella, supongo que
sólo tendré que esperar hasta
que yo no esté tan… distraída…
por mis sentimientos hacia ella. —Trató
de sonreír, pero Ephiny podía
ver sus ojos avellanados llenándose
con lágrimas—. Por supuesto,
hacerlo me costará algunos años.
El abrazo holgado de
Ephiny se comprimió en un reconfortante
apretón, y por la esquina de su ojo
vio a Xena escapar de la multitud.
—A veces le das
demasiado crédito a Xena. —La
regente sintió el cuerpo de Gabrielle
tensarse. Retrocediendo, Ephiny casi rió
por la expresión erizada de indignación
sobre la cara de su amiga—. Tranquila,
no lo quise decir como un insulto. Sólo
quise decir que a veces tú… todas
nosotras, en este caso… asumimos que
Xena es una experta en todo.
—¿No lo
es? —preguntó Gabrielle sarcásticamente.
—Oh, claro, en
materia de enfrentamientos y estrategia y
guerra. Pero cuando se trata de temas más
personales, tú estás muy por
delante de ella. De hecho, pienso que la princesa
guerrera podría necesitar un poco de
ayuda para comprender sus propios sentimientos.
—¿De qué
estás hablando?
—Bien —dijo
Ephiny—, tengo esta teoría sobre
Xena… y sobre la diferencia entre la
lujuria y el amor. —Gabrielle escuchó
a la amazona atentamente, tan atentamente
que llegaron casi a permanecer inmóviles,
sin bailar.
—Pero ¿y
si estás equivocada?
—¿Qué
si me equivoco? —preguntó la
regente—. ¿En ese caso, qué
podrías perder?
***
La cabaña estaba
silenciosa, demasiado silenciosa.
Ella solía ansiar
la soledad, pero de algún modo durante
los últimos años de viajar con
Gabrielle, Xena se había desacostumbrado
al hosco silencio. Un silencio que le permitía
imaginar las voces que atestaban su mente.
Trató de ignorarlas, pero se hicieron
más fuertes y más claras hasta
poder escuchar a Ephiny cuchichear palabras
para seducir a Gabrielle…
Entonces, con un arrebato
de vergüenza, Xena recordó haber
coqueteado con Ulises en los estrechos cuartos
de su embarcación, con Gabrielle reposando
en una hamaca cerca de ellos.
Esta incómoda
reflexión fue disipada por la sonora
llegada de su amiga al deslizarse silenciosamente
dentro de la cabaña. No había
necesidad para Gabrielle de encender una vela;
la luz de la luna entraba a raudales a través
de la ventana abierta. Xena miró cuando
la reina se deshizo del cuero amazona y se
puso ropas para dormir. La fina tela se ciñó
a ella, delineando las curvas del pecho de
Gabrielle, luego cayó en holgados pliegues
sobre su tonificado abdomen y hasta los músculos
de sus muslos. Es hermosa, pensativamente
Xena dio cuenta de ello.
—No esperaba que
volvieras.
Gabrielle se sobresaltó
con el sonido de la voz de la guerrera.
—No te molesta,
¿o sí? Siempre puedo irme…
—¡No! Uh,
no, yo sólo… En realidad, estoy
acostumbrada a tenerte alrededor. Estaba teniendo
problemas para quedarme dormida con esta cama
sólo para mí.
—Muévete
entonces —pidió Gabrielle con
una sonrisa, y se deslizó al lado de
Xena.
Cuando se adaptaron a
un familiar y confortable arreglo de miembros,
Xena dijo con sinceridad ahora que tenía
a la bardo segura en sus brazos:
—Lamento que las
cosas no resultaran bien.
—¿Qué?
Oh… Eso. Bien, podía haberlo
tenido, si hubiera querido hacerlo. Lo retomaré…
después —colocó su cabeza
sobre el hombro de Xena y pasó un brazo
alrededor de la cintura de la guerrera—.
Pero ahora mismo, aquí es donde quiero
estar.
Xena abrazó a
la bardo, dejando salir un suspiro que disminuyó
la tensión de la ajustada banda que
cruzaba su pecho. Por impulso, presionó
sus labios muy suavemente contra la frente
de Gabrielle. Era curiosamente obligatorio,
era una oleada de ternura que sentía
siempre que estaba cerca de la joven mujer.
Xena había besado a muchos hombres
apasionadamente, hambrientamente, molestándolos
al despertar, pero ellos nunca habían
inspirado esta amabilidad en ella. Nadie,
de esta manera.
—Mmmm —ronroneó
Gabrielle, y Xena se dio cuenta de que había
depositado más besos contra la mejilla
de la bardo.
Se echó para atrás.
—Lo siento, no
debo hacerlo…
—¿Por qué
no? —preguntó Gabrielle suavemente.
—No quiero darte
una idea equivocada sobre…
—Detente —ojos
verde mar inspeccionaron su rostro—.
Deja de preocuparte por lo que pensaré,
o incluso lo que quiero. Sólo dime
qué es lo que tú quieres.
La garganta de Xena se
apretó contra la tentación de
responder sinceramente.
—¿Xena?
¿Sabes lo que quieres tú? Ahora
mismo, en este minuto.
—Sólo…
estar cerca de ti —confesó, moviéndose
por el familiar dolor del toque suave, gentil,
de acariciar la piel de Gabrielle con una
ligereza que no tenía nada que ver
con la sudorosa urgencia del sexo.
—Deseo eso también
—dijo Gabrielle.
—¿Incluso
si eso es todo lo que hacemos?
—Síp —la
bardo se acurrucó más cerca,
bostezando—. Aunque, me puedo quedar
dormida sobre ti. Estoy muy cansada.
—Eso está
bien —dijo Xena, aliviada por el somnoliento
desinterés de Gabrielle.
Una calmante paz cayó
sobre la guerrera cuando sujetó a la
mujer dormitando en sus brazos. Se consintió
en acariciar el cabello claro, deleitándose
en el tacto de hebras sedosas contra su mejilla
cuando inhaló su olor melodioso. Su
mano se movió hacia abajo por el hombro
de Gabrielle, siguiendo los contornos que
eran tan diferentes del brazo de un hombre.
Musculoso, sí, pero más firme
que duro… Piel suave con vello tan fino
como escaso… una pequeña muñeca
y delicados dedos. Pasó a inspeccionar
la superficie del gastado lino, Xena se maravilló
de las airosas líneas de la cadera
y la angosta cintura de Gabrielle… Y
la hinchada curva de la más increíble
suavidad…
Se quedó paralizada,
su corazón parecía azotado de
alarma ante la descuidada libertad que casi
se había tomado. Había límites,
después de todo, incluso entre las
mejores amigas.
Entonces los ojos de
Gabrielle se abrieron ondeándose, observándola
con una fija y firme mirada. Xena no leyó
nada excepto calmada aprobación en
esas profundidades. Si parara su exploración,
no habría ningún reproche. Si
continuara…
¿Qué
es lo que yo quiero?
Tocarla, sólo
tocarla… Xena extendió la mano
otra vez, movida por una curiosidad más
fugaz, se preguntó cómo se sentiría
al aprehender la plenitud del pecho de Gabrielle
en su palma sólo por un momento…
frotar su pulgar sobre el endurecido pezón
debajo de gastado lino…
Con una bocanada, la
bardo se arqueó hacia arriba, su cuerpo
se tensó como un arco.
—Oh, dioses —tragó
con dificultad— lo siento… no
lo esperaba…
Eso era más que
sólo una agradable sensación,
juzgó Xena, su propia respiración
fue capturada por la belleza del rostro de
Gabrielle… sonrojadas mejillas, labios
separados en sorpresa. Así que Perdicus
nunca había hecho que su esposa sintiera
de esta manera. Xena movió su mano
otra vez, sintiendo a la bardo estremecerse…
…Y de la misma
manera que la hierba seca tocada por una chispa,
el amor de la guerrera se encendió.
—Esto es lo que
quiero —Xena cuchicheó roncamente—,
ahora mismo, en este minuto —las manos
de nadie más salvo las suyas sobre
Gabrielle, la boca y lengua de nadie más.
Los dedos de Gabrielle se enredaron en su
cabello, y Xena sintió el gentil tirón
que sin palabras suplicó por más.
Inclinó la cabeza, juntando los labios
de ambas. Por un momento pensó que
un beso podría extinguir esta hambre
inesperada, pero entonces el beso se hizo
más profundo, empujándola dentro
de un torbellino de deseo.
Fue más fácil
hacerle el amor a Gabrielle de lo que había
imaginado. Conocía, sin pensarlo, sin
decidirlo, los lugares sobre el cuerpo de
una mujer que le darían la bienvenida,
que ansiaban ser acariciados. Y con todo era
también más difícil de
lo que podía haber imaginado porque
se sintió marejada de escuchar los
suaves gritos originados por su toque. Nada
podía haberla preparado para la fragancia
mezclada de la excitación de ambas,
las sedosas texturas, los dulces sabores.
Bajo este asalto de sensaciones sus controlados
movimientos cedieron ante el impulso febril
de tocar, haciéndolo aún más
desesperado por las insistencias de su amante.
Entonces miró, anonadada, cómo
Gabrielle estaba perdida en el éxtasis,
atravesada por una caricia de tal profunda
intimidad que Xena sintió como si el
corazón de la bardo latiera en la palma
de su mano
La fuerza acumulada de
su propia liberación tomó a
la guerrera por sorpresa. Movida por nada
más que la visión del placer
de Gabrielle, el cuerpo de Xena fue levantado
como por prominentes mareas y le recorrió
hasta el más lejano límite que
pudo haber imaginado…
Oh.
Oh, mi…
Cuando finalmente el
latido del pulso de Xena empezó a disminuir
la velocidad, Gabrielle se movió lo
suficientemente para susurrar: —Si no
te conociera bien, diría que nosotras
sólo…
Con su aliento irregular,
la guerrera dijo: —¿Lo crees?
Una risa suave hizo cosquillas
a su oreja. —Hey, yo no soy la experta.
Dímelo tú.
—No estoy segura
—se habría reído también
si no estuviera tan agitada aún—.
Eso fue… algo nuevo. Nunca había
hecho eso antes. —No con esta fuente
de emoción que había llenado
cada toque con un trascendental robo de aliento.
—Esto fue nuevo
para mí, también.
—Así que
—dijo Xena, dejando vagar su mano por
la capa de sudor en la espalda de la joven
mujer que yacía a su lado—, no
debemos apresurarnos. Tal vez debamos probar
esto otra vez antes de que lleguemos a alguna
conclusión definitiva.
—¡Qué
práctica eres! —exclamó
Gabrielle—. Siempre he admirado eso
en una princesa guerrera.
—Y minuciosa. No
se te olvide minuciosa.
De común acuerdo,
les tomó hasta el amanecer resolver
el asunto más allá de la duda.
FIN
:: ARRIBA ::
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