XWP Alt » El sacrificio de una reina

Descargo 1: Los personajes de Xena, Gabrielle, Argo, etc. son propiedad de MCA/Universal. Yo sólo los he tomado prestados por un rato. No se ha pretendido infringir ningún derecho de autor. El resto de la historia es mía y poseo su copyright. Queda prohibido el uso de esta historia sin mi expreso consentimiento. Puedes ponerte en contacto conmigo en bl@blmiller.net

Descargo 2: "Aviso de Violencia Sexual" Esta historia contiene escenas de violación, específicamente de Gabrielle. Si esto te afecta o te molesta, por favor no leas esta historia. Aunque no explícitamente, es lo suficientemente detallada como para incomodar a algunas personas. Esta historia fue escrita antes de los acontecimientos de la tercera temporada.

Descargo 3: Esta historia contiene escenas de amor entre dos mujeres. Si esto te molesta, o si eres menor de dieciocho años, no la leas. De otro modo, espero que disfrutes de la historia.

Nota de la autora: Me gustaría agradecer a toda la gente que se ha tomado el tiempo para escribirme acerca de mis historias. Los nombres de algunos de los personajes son mi manera de agradecer a algunas de estas amables personas.

A Queen's Sacrifice (El sacrificio de una reina). Traducción del Equipo de Inglés de XenaFanfics. Traducción y publicación autorizada por la autora, B.L. Miller (abril 2003). Toda su obra, en inglés, puede ser encontrada en su página BL's Site. También puedes leer las críticas de Lunacy a sus fanfics.

:: EL SACRIFICIO DE UNA REINA ::
(A QUEEN'S SACRIFICE)

Por B.L. Miller

El caluroso día de verano no contribuía en lo más mínimo a mejorar el humor de ninguna de las mujeres. El polvo del camino se pegaba a la piel de Gabrielle, mezclándose con el sudor para formar una película arenosa sobre su cuerpo. A pesar de que ella soportaba el calor mejor que su joven compañera, Xena seguía deseando encontrar un frío río al que tirarse. El cuero ya estaba pegado a su cuerpo, rozando su morena piel. Gotas de sudor se deslizaban por su rostro, cuello, bajo sus pechos, entre sus piernas y en los puntos en los que sus muslos se encontraban apoyados contra la silla. La incomodidad no hacía más que sumarse a su discusión entre ambas. A pesar de las protestas de Gabrielle, Xena había insistido en seguir el camino en lugar de quedarse en una aldea hasta que la ola de calor cesara.

—Estoy tan mojada que podrías escurrir mi camisa. —Murmuró la bardo. Xena no dijo nada. La rabia de Gabrielle se apoderó de ella.— ¿Sabes, Xena? Lo mínimo que podrías hacer es prestarme atención.

—Sé que estás ahí, Gabrielle. —Xena mantuvo la mirada fija en el camino, intentando intensamente no responder con algún comentario hiriente. Ya se habían intercambiado demasiados de esos últimamente.

—De acuerdo, gracias, guerrera de pocas palabras. —Las palabras de Gabrielle estaban cargadas de hiriente sarcasmo.

—¿Qué Hades quieres que haga, Gabrielle? —Xena explotó.— No puedo hacer nada con el calor

—¡Nunca te lo he pedido! —Dejó de caminar, forzando a Xena a tirar de las riendas de Argo.— Únicamente hice un comentario acerca del calor, eso es todo. ¡No te he pedido que hagas nada!

—Gabrielle, si hubiese alguna forma de la que pudiera hacerte sentir más cómoda, lo haría. —Xena pasó sus dedos a través de su oscuro cabello, deseando que esto no condujera a una nueva discusión. Simplemente hacía demasiado calor para pelear.

—¡Éso ya lo sé, Xena! —Gabrielle comenzó a caminar de nuevo, esta vez con la rabia reflejada en sus pasos.— No te mataría mostrar un poco de consideración, es todo.

—Gabrielle, yo…

—No quiero oírlo, Xena. Ahora no. Estoy harta de rogar por un poco de atención por tu parte. —No había tenido intención de dejar escapar esa última parte, pero allí estaba, colgando en el aire a su alrededor como la niebla. No había marcha atrás ahora.— Simplemente llegemos a donde tengamos que ir. —Sus pasos se volvieron aún más largos y deliberados. Xena observó a la enfadada amazona por un momento antes de hacer que Argo continuase. Estas peleas estaban ocurriendo demasiado a menudo como para que simplemente se tratase del tiempo o su habitual falta de conversación. Algo estaba molestando a Gabrielle, Xena estaba segura de eso. De lo que no estaba segura es de cómo hablarle a su amiga sin empezar otra pelea. Ambas mujeres se encontraban inmersas en sus pensamientos mientras caminaban por el solitario camino.

—Voy a preparar a Argo y a conseguir algo para cenar. —dijo Xena mientras cogía las mantas y las alforjas.— Enciende un fuego.

—¿No lo hago siempre? —El tono de Gabrielle no era juguetón. Xena intentó recordar la última vez que la bardo había le había tomado el pelo o había bromeado a su alrededor. Ya hacía tanto tiempo. Llevó a Argo a una pequeña zona y comenzó a cepillarla.

—¿Por qué no puedo hablar con ella, Argo? —Xena continuó con la conversación unilateral mientras seguía atendiendo al caballo.— Todo lo que digo la enfurece. Si no lo supiese, diría que tiene el periodo. —Su mente regresó a las últimas palabras que se habían dicho la una a la otra, muchas marcas de vela antes, en el camino.— ¿Qué quiere decir con lo de rogar por mi atención? Yo le presto atención, ¿verdad? —Dejó el cepillo a un lado y le dio una ligera palmada al caballo.— No sé qué hacer, Argo. Algo la está molestando, eso lo sé. Lo que no sé es el qué. —Dándose cuenta de que de esta forma no iba a conseguir la respuesta, Xena se fue a buscar la cena.

Cómo había ocurrido durante las últimas cuatro noches, Gabrielle comió rápido, entonces se fue con sus pergaminos, diciéndole a penas dos palabras a Xena. Alzaba la vista de vez en cuando, notando que Xena tampoco decía nada. La guerrera estaba ocupada limpiando su armadura y afilando su espada. Una repentina ira llenó a Gabrielle. Arrugó el pedazo de pergamino en el que había estado trabajando y lo arrojó al fuego. Xena detuvo sus movimientos con la amoladera y miró a la bardo.

—Me voy a dar una vuelta. —Murmuró Gabrielle mientras agarraba su cayado y se alejaba rápidamente. No vió el dolor reflejado en los ojos azules de Xena..

Xena estaba casi lista para ir a buscar a la desaparecida bardo cuando Gabrielle finalmente regresó al campamento. Una marca de vela golpeando árboles no había logrado calmar la frustración que sentía. Sin decir una palabra, se metió entre sus mantas y miró al cielo estrellado.

—¿Gabrielle?

—¿Qué? —El tono dejaba denotar rabia y algo más que Xena no podía identificar.

—¿Quieres hablar de ello?

—No hay nada de lo que hablar, Xena. Es simplemente algo que tengo que resolver por mí misma. —Era cierto. Tenía que encontrar un modo de ocultar sus sentimientos.

—¿Por qué no puedo ayudarte? Gabrielle, siempre hemos sido capaces de resolver todo juntas antes.

—No es algo que tú y yo podamos resolver, Xena. Tengo que hacer esto yo sola. No soy tan buena ocultando mis sentimientos como tú. Dame un poco de tiempo, lo conseguiré. —Pronunció las palabras, sin llegar a creérselas ni por un momento. Los sentimientos con los que había estado lidiando amenazaban con desbordarse cada vez que Xena estaba cerca. ¿Cómo podría decirle que cada vez que Xena la tocaba le recorría un escalofrío? ¿Cómo podría decirle que cada noche soñaba con hacer el amor a la princesa guerrera? No, esos no eran pensamientos o sentimientos para ser compartidos. Tendría que aprender a vivir con ellos.

Xena observó a la dormida bardo, preguntándose qué podía ser lo que le estaba afectando tanto. Intentó recordar cuándo había comenzado el extraño comportamiento. No parecía haber ningún detonante para los arrebatos de Gabrielle, cualquier cosa que Xena dijera o hiciera parecía provocar una explosión. ¿Estaría Gabrielle cansada de viajar? ¿Querría irse? Xena agitó la cabeza, intentando deshacerse de la idea. No era capaz de imaginar su vida sin Gabrielle. Echaba de menos las historias, la charla sin fin, los pequeños gestos que la reconfortaban. Mirándola ahora, Xena pensó en el tiempo que hacía que Gabrielle la había tocado, abrazado, incluso sentado cerca de ella. Gabrielle estaba manteniendo una distancia física entre ellas, se dio cuenta. Un sentimiento de tristeza y dolor sobrevino a la normalmente estoica guerrera al darse cuenta de que Gabrielle lo estaba haciendo por su propia elección. La única persona en la vida de Xena en la que ésta confiaba y por la que más se preocupaba estaba alejándose de ella.

El día siguiente fue aún peor. La humedad era insoportable por la mañana, luego una espesa y caliente lluvia las alcanzó por la tarde. Encontrando una pequeña cueva, corrieron a su interior para evitar el aguacero.

—Estamos atrapadas hasta que la lluvia pare. —Anunció Xena.— A menos que quieras continuar, Gabrielle. —era más una pregunta que una afirmación. En este punto, Xena ya no sabía qué era lo que Gabrielle quería.

—Está bien —replicó la bardo al tiempo que cerraba las alforjas y empezaba a desembalarlas. "Genial, simplemente genial", pensó para sí misma. "No puedo estar a una distancia de diez cayados de ella sin pensar en tocarla y ahora estoy metida en esta cueva con ella. ¿Qué Hades voy a hacer?" Sacando las mantas del montón, buscó el lugar más alejado para situarse, algún lugar preferentemente bien separado de donde Xena fuera a ubicarse.

"Incluso evita estar cerca de mí" —meditó Xena con desánimo—. Voy a conseguir algo de leña.

Gabrielle no respondió, simplemente hizo un ruido de conformidad desde las mantas en su posición por fin encontrada.

—Bueno.

Xena era incapaz de ocultar un tono herido en su voz al tiempo que se adentraba en la lluvia. Gabrielle contempló como se alejaba la figura mientras unas tiernas lágrimas corrían por su cara. La situación se estaba convirtiendo en mucho más de lo que podría soportar. Iba a perder a Xena, ya fuera por no afrontar sus propios miedos o porque la guerrera descubriera sus verdaderos sentimientos.

Una tarde perturbadoramente tranquila dio paso a una noche perturbadoramente tranquila también. El único sonido entre ellas lo producía la piedra de afilar rascando la espada. Finalmente, Xena habló, en parte por el enfado que había crecido entre ellas y en parte por el temor a los pensamientos que pudieran cruzar la mente de la bardo.

—Gabrielle, ¿puedes decirme qué es lo que va mal?

—Nada, Xena. Sigue afilando la espada —Gabrielle concentró su atención en un pequeño punto en el techo de la cueva. Xena colocó la piedra de afilar y la espada en el suelo y se quedó mirando fijamente el fuego.

—Gabrielle, ¿vas a dejarme? —pronunció las palabras tan suavemente que Gabrielle apenas pudo escucharlas. Había un tono en la voz de Xena que hacía mucho tiempo que no escuchaba, era miedo. Se apoyó en los codos y la contempló a través del fuego. Xena tenía la cabeza gacha y sus manos descansaban en su regazo.

—¿Quieres dejarme, Xena?

—No.

—Entonces, ¿por qué me lo preguntas? Ha de haber una razón.

—No quiero que te vayas, Gabrielle.

—Vale —se volvió a recostar en las mantas. Pasó un buen rato hasta que Xena habló de nuevo.

—¿Gabrielle?

—¿Qué?

—¿He hecho algo que te haya molestado? Quiero decir, ¿he hecho o dicho algo que te haga sentir… incómoda conmigo? —las palabras no eran fáciles para la fuerte mujer, sobre todo las palabras que provocaban dejar traslucir sus emociones. Gabrielle dejó escapar una risa ahogada dado lo absurdo de la situación.

—No has hecho nada, Xena —se giró y cerró los ojos, deseando así poner fin a la conversación. Xena advirtió el movimiento y permaneció callada, tratando de hacer acopio de valor para preguntarle qué le había molestado. Pero no podía hacerlo a través de un fuego de campamento. Alzándose con un movimiento fluído, Xena avanzó hasta Gabrielle y se sentó junto a ella, quien se puso notablemente rígida por la cercanía.

—Si no he hecho nada, Gabrielle, ¿por qué te esfuerzas en permanecer lejos de mí?

—No puedo hablar de eso, Xena. Déjalo.

—No. Necesitamos hablar de lo que está pasando, Gabrielle. No puede continuar así, con esta hostilidad y enfado. No me hablas, no compartes tus sentimientos, Hades, ni siquiera me tocas, y cuando yo lo hago, actúas como si te hiciera daño. Gabrielle, si he dicho o he hecho algo que te haya molestado, por favor, debes dejar que lo sepa.

— No eres tú, Xena, soy yo. Es algo que tengo que hacer por mi misma. —Ella ocultó su cabeza en el saco de dormir, intentando evitar más conversación. Xena se sentó allí un momento, pensando qué hacer. No entendía por qué Gabrielle no se volvía hacia ella en busca de ayuda con cualquier problema que estuviera preocupándola. Siempre habían estado tan cerca. Pero Gabrielle siguió insistiendo que ella no había hecho nada mal, así que ¿por qué la bardo no la dejaba adentrarse en el problema? Sabiendo que no conseguiría ninguna respuesta esa noche, Xena volvió a su lado del fuego.

Gabrielle miró a la forma todavía durmiente en la cueva. Es mejor así, pensó. Siendo muy cuidadosa de mantener el silencio, salió sigilosamente. Prefería no estar cerca cuando Xena se despertara y encontrara la nota.

*****

Xena se despertó con la sensación de que algo iba mal. Una rápida mirada alrededor reveló un fuego apagado, Argo, y sus armas. Gabrielle faltaba, pero su saco de dormir estaba todavía allí. Xena se dio cuenta del pedazo de pergamino beige doblado perfectamente sobre el saco. Con manos temblorosas, leyó la nota:

"Xena, ojalá hubiera un modo de decirte como me siento, pero no lo hay. Me di cuenta hace mucho de que te amo más que a nadie en este mundo. Tú eres lo primero que veo cuando me despierto y lo ultimo que veo antes de cerrar mis ojos. No sé cuando cambiaron mis sentimientos hacia ti, solamente sé que cambiaron. No puedo dormir más sabiendo que estás sólo unos pasos de mí. Podría ser también que está unido con el dolor que esto me causa. Yo te quiero, en cuerpo y alma, y saber que no sientes lo mismo rompe mi corazón. Por favor recuerda siempre que te amo y siempre lo haré. Gabrielle"

Xena leía la nota una y otra vez, las asombrosas palabras sonaban profundamente dentro de su alma. Esto es con lo que estaba luchando, pensó Xena. Gabrielle está enamorada de mí y no creía que yo sintiera lo mismo. Si hubiera tenido la fuerza para decírmelo, ¿por qué no lo dijo? Mientras Xena también había luchado con los mismos pensamientos y sentimientos, tampoco ella se los había expresado a la bardo. Maldiciéndose otra vez por esconder sus sentimientos a la única persona con quien deseaba compartirlos, Xena rápidamente comenzó a recoger sus cosas para seguir a la mujer que amaba.

*****

Una rápida comprobación le mostró que Gabrielle había abandonado todo detrás excepto su bastón. Ella tampoco había cogido siquiera un pedazo de comida o un odre de agua. Montando a Argo, Xena se dirigió hacia la aldea amazona, el lugar más probable para que fuera la joven reina.

Gabrielle estaba acalorada, hambrienta, cansada, y sedienta en el momento que decidió parar para pasar la noche. Encontró un árbol con ramas robustas y subió. Sin el pedernal, sería incapaz de comenzar un fuego. Xena podría hacerlo simplemente frotando dos palos, pero lamentablemente, era una de las lecciones a las que Gabrielle no prestó atención. El lugar más seguro para ella era estar arriba, oculta entre los árboles. Colocándose para no caerse mientras dormía, Gabrielle se preparó para un difícil descanso, sus sueños se llenaban de los ojos azul eléctrico de la alta guerrera.

Una vez despierta, Gabrielle descubrió que tenía poca energía para pescar. Se arregló con algunas bayas y nueces que encontró en los árboles cercanos y algunos sorbos de agua que cogió de un arroyo próximo. Intentaba no pensar en que estaría haciendo Xena, sin saber que la guerrera estaba a sólo unas horas detrás de ella.

*****

A Argo se le cayó una herradura y se le partió el casco a menos de una marca de vela después de que abandonaron la cueva. Maldiciendo profusamente, Xena bajó de un salto y llevó al caballo de guerra hasta el pueblo siguiente. Después de pagar una nueva herradura, fue al establo para pedir sitio para Argo. Con un casco reventado, no había ninguna manera de que el caballo fuera capaz de ayudarla a encontrar a Gabrielle. Pagó por un cuarto de luna de alojamiento para Argo y volvió a salir del pueblo. Se había retrasado seriamente por el repentino cambio de acontecimientos. Sin Argo para apresurar las cosas, Xena tenía que seguir a pie, haciendo imposible su oportunidad de alcanzar a Gabrielle antes de que llegara a la aldea amazona.

*****

Erika, Jors, y Rikki andaban a lo largo del camino, dirigiéndose a su querida aldea tras un viaje a Atenas para visitar los templos. Erika dirigía el grupo, con su corto pelo rubio brillando a la luz del sol y la larga espada atada con correa a su espalda. Jors y Rikki llevaban, cada una, cayados y dagas. A pesar de su juventud, la mayor parte de la gente prefería mantenerse lejos de las tres amazonas armadas. Erika no parecía mayor de dieciséis veranos de edad; alta, pero todavía en crecimiento, con una cara llena de vida. Jors era una cabeza más pequeña que Erika, su pelo oscuro rizado caía sueltamente sobre sus hombros, enmarcando su cara de quince veranos. Rikki era la más joven, sólo once, con el largo pelo rubio recogido en la típica trenza amazona. Las tres estaban entusiasmadas con los monumentos que habían visto en su viaje y estaban ansiosas de compartir sus historias con las otras muchachas en el pueblo. Al doblar una esquina, Erika ordenó que se detuvieran repentinamente, siendo casi atropellada por Jors. Cuatro ernormes hombres estaban allí de pie cerca de un carro, el olor de cuerpos sin lavar llegaba por el aire. Cada hombre estaba bien armado. Rikki se movió para estar al lado de Erika, sin ninguna muestra de miedo en su joven cara. El hombre más grande, una masa enorme de músculos y bultos, dio un paso hacia ellas.

—Bien, bien, ¿qué tenemos aquí?

—Parece algo de fina carne amazona, Gronos. —dijo el hombre que tenía al lado.— Apuesto a que valdrían un buen precio.

—No queremos ningún problema. —dijo Erika mientras desenvainaba su espada. Sabía que era hábil con el arma, lo había probado varias veces en las prácticas. Esta sería su primera batalla de verdad.

—Bien, pequeña, si no quieres problemas entonces te sugiero que bajes la espada. —se mofó Gronos. Dándose la vuelta hacia el hombre que hizo el comentario, le dijo—: Tynuis, cógelas.

El sonido de una lucha cercana dio vida a los cansados pies de Gabrielle. Echando una ojeada por los arbustos, vio a una joven amazona que desesperadamente intentaba rechazar a un hombre que fácilmente era tres veces más grande que ella mientras otras dos niñas más jóvenes, que miraban, balanceaban sus cayados en arcos, manteniendo a los hombres alrededor. La más pequeña, una niña de altura parecida a la de Gabrielle, acosada por un atacante, no se había percatado de un hombre que se movía detrás de ella. Rápidamente Gabrielle abandonó su escondrijo en los arbustos y se unió a las Amazonas. En el calor de la batalla, las amazonas no se dieron cuenta que Tynuis se escabullía entre los arbustos para ponerse detrás de ellas. Sólo cuando Gabrielle arrojó un golpe fuerte a la parte de atrás de la cabeza de Gronos ella miró alrededor buscando al hombre que faltaba. No tuvo que mirar lejos. Su olor le descubrió cuando su mano se deslizaba alrededor de su garganta y una daga apretaba contra la piel lisa.

—No te muevas. —gruñó, presionando el cuchillo más fuerte contra su garganta. Gronos descolocado se puso de pie y la miró airadamente. Erika agarró su espada más fuerte, buscando la oportunidad de rescatar a su reina. Gronos la vio y se rió.

—Tira tu arma, niña, o pasaré mi espada directamente a traves de ella. —dando un paso amenazador hacia la reina. Con miedo, Rikki dejó caer su bastón, seguida por Jors. De mala gana, Erika bajó la punta de su espada y la dejo caer al suelo. Él se movió y quitó el cayado de las manos de Gabrielle antes del golpearla en la cabeza con la empuñadura de su espada. Ella cayó a tierra inconsciente.

Al mirar alrededor, Gronos notó que uno de sus hombres yacía sobre la tierra, muerto por la espada de Erika.

—Dejadlo —gruñó.— Atadlas y al carro.

*****

Cuatro guerreras amazonas fueron enviadas para buscar al trío cuando pasaron cuatro marcas de vela de la hora prevista. Ephiny no estaba emocionada con la idea de enviar a las jóvenes solas a Atenas, y sólo lo había hecho así debido a su confianza en la destreza con la espada de Erika. Ahora que ellas se atrasaban, dudaba de su decisión.

*****

Xena tomó un atajo por el bosque, no parando a descansar hasta que se encontró a las afueras del área patrullada por las amazonas. Su ruta la había alejado del camino, donde el muerto y los cayados abandonados ponían en evidencia una batalla. Una llamada de pájaro sonó, a la que ella contestó. Un corto silencio siguió antes de que sintiera la presencia de cuatro guerreras que la rodeaban. Manteniendo sus manos abiertas y lejos de su cuerpo, Xena mostró a las mujeres que ella no significaba ningún peligro. Eponin se movió por los arbustos y apareció ante ella.

—Xena, ¿qué haces aquí? ¿Dónde está Gabrielle?

—¿No está aquí? —Xena sabía que las pistas que encontró el día anterior eran de Gabrielle, y sabía que estas la dirigían en esta dirección.

—No hay ni rastro de ella. Tal vez se cruzó con la partida de búsqueda.

—¿Una partida de búsqueda?

—Tres de nuestras jóvenes aún no han regresado de Atenas. Ephiny envió a un grupo a buscarlas. Puede que Gabrielle las haya encontrado antes.

—Tal vez. —dijo Xena en voz baja.

—Vamos, Ephiny querrá saber que estás aquí. —Eponin guió a la guerrera a través del bosque, hasta el poblado.

El grupo regresó tres horas más tarde con tres cayados, una espada y la preocupación pintada en sus rostros. Uno de los caballos traída además sobre la grupa el cuerpo sin vida de un hombre. Xena, Ephiny y Eponin fueron a su encuentro en el mismo momento que alcanzaron la puerta.

—Le encontramos en el camino. Los cayados y la espada estaban también allí. —dijo la amazona al tiempo que entregaba las armas a Ephiny. Xena se adelantó y agarró uno de los cayados, el único que le resultaba familiar.

—Gabrielle. —susurró. El diseño del cayado que lo identificaba como propiedad de la reina era inconfundible. Xena miró a la guerrera. —¿Dónde encontrásteis esto?

—Como a dos horas en dirección a la ruta principal. Hay huellas de carro alejándose de allí. Dos de nuestras mejores rastreadoras las están siguiendo en este momento.

—El que se llevó a las chicas tiene también a nuestra reina —dijo Ephiny—. Reúne a todas las guerreras de las que podamos prescindir. Tenemos que dar con ellas.

*****

Gabrielle mantuvo los ojos cerrados, fingiendo seguir inconsciente, tal y como Xena le había enseñado. Sintió el movimiento del carro mientras éste avanzaba por un polvoriento camino. Ignorando el dolor que le martilleaba la cabeza, recordó lentamente lo que había ocurrido. Luego abrió los ojos y miró a las aterrorizadas muchachas.

—Mi reina. —dijo Rikki, intentando acercarse a la bardo herida.

—Shhh. —susurró Gabrielle. Tenía las manos atadas a la espalda de un modo que no le resultó conocido. Sintió una cuerda más que le aprisionaba los codos, anulando cualquier posibilidad de escapar. Luego volvió a mirar a las amazonas, y descubrió el mismo tipo de lazo sobre ellas. A continuación echó un vistazo al carro. En él había varias balas de heno, sobre algunas de las cuales se encontraban las chicas. El carro estaba cubierto, ocultándolas de los viajeros que pudiesen cruzarse con ellas. Centró su atención en la chica más joven.— ¿Cómo te llamas?

—R… Rikki. Esta es Jors y aquella Erika. —dijo, señalando a sus compañeras de cautiverio.— Nos dirigíamos a casa desde Atenas.

—No os preocupéis, intentad mantener la calma. A estas alturas las amazonas habrán notado vuestro retraso y sin duda tendrán a gente buscándoos. Es sólo cuestión de tiempo que nos rescaten. —El dolor se incrementaba por momentos—. Rikki, ¿cómo está mi cabeza?

—No puedo decirlo, hay demasiada sangre. —Los labios de la chica temblaron—. Lo siento.

—Shh. —Gabrielle mostró su mirada más consoladora—. Todo irá bien. Estoy con vosotras y las demás amazonas vienen en camino. Tratemos de no hacer enfadar a esta gente hasta que lleguen a ayudarnos, ¿de acuerdo? —Se volvió a mirar a la más alta de las tres—. Tú eres Erika, ¿no? —La chica asintió—. Antes manejaste muy bien la espada. Tu madre debe estar orgullosa de ti. —La amazona se sonrojó ante el cumplido de su reina.

—Hice lo que pude, mi reina. Creo que maté a uno de ellos. —Algo en el interior de la bardo se estremeció al pensar en que alguien tan joven se hubiese visto obligada a quitar una vida.

—¿Ha sido tu primera vez? —La amazona asintió—. Erika, escúchame. Sé que tenías que protegerte, y también a tus hermanas. Tal vez ahora no lo sientas, pero en algún momento el saber que has matado te dolerá. Cuando eso ocurra, no luches contra ello. Si necesitas llorar, hazlo. —Habló como si realmente fuese capaz de leer los pensamientos de la joven.

—Mi reina, ¿tú has matado alguna vez?

—No, no lo he hecho, pero he visto cómo se acaban muchas vidas. No es la mejor de las imágenes, no importa la razón. Puede que acabes teniendo pesadillas tras esto. Si las tienes, por favor, por tu bien, encuentra a alguien en quién confiar y hablarle de ello. Expresar tus sentimientos te ayudará a aliviar el dolor. —El carro se detuvo repentinamente.— Escuchad, permaneced en silencio y dejadme hablar a mi. No importa lo que ocurra, recordad que la ayuda está en camino y no intentéis haceros las heroinas. —le dirigió este último comentario a Erika.

Gronos se movió desde la parte delantera del carro hasta la trasera. Apartando la cubierta, miró fíjamente a las cuatro amazonas.

—¡Será mejor que aprendáis a mantener vuestras bocas cerradas o yo enseñaré cómo hacerlo! —Gabrielle asintió y bajo la cabeza. Las otras amazonas la imitaron. Ella sabía que era mejor hacer lo que les dijese por ahora en lugar de arriesgarse a ser castigada, ya fuese ella o una de las otras chicas. Él gruñó algo acerca de zorras habladoras antes de dejar caer de nuevo la cubierta y regresar a la parte delantera del carro.

*****

Con nuevos caballos, Xena y Eponin se reunieron con el grupo de guerreras asignadas a la puerta norte. Las rastreadoras habían enviado un informe en el que decía que el carro se dirigía hacia el este, hacia la costa. Las madres de las chicas perdidas se encontraban de pie en la puerta, frenéticas con preocupación. No eran las únicas. Xena se había puesto literalmente enferma de preocupación por Gabrielle. Ella sabía que carros llenos de jóvenes mujeres dirigiéndose hacia la costa sólo podía significar una cosa, esclavas. No importaba lo mucho que Ephiny quisiera acompañarlas en la misión de rescate, sus responsabilidades como reina la retenían en la aldea.

—Eponin, tenemos que alcanzarlas antes de que llegen a la costa. —La amazona asintió.— Hiyah. —Xena puso al caballo en movimiento, emprendiendo el camino, las amazonas iban justo tras ella. Como la amazona de mayor rango, Eponin estaba supuestamente al cargo. Sin embargo, tras ver la mirada de Xena cuando el cayado de Gabrielle fue encontrado, la amazona decidió dejar a la guerrera asumir el mando. Sabía que Xena era una excelente rastreadora y que no descansaría hasta que Gabrielle y las otras muchachas fuesen encontradas.

Los esclavistas acamparon poco antes de la puesta de sol. Gronos retiró la cubierta y agarró fuertemente a Rikki, provocando que la joven gritara de dolor. Gabrielle reaccionó sin pensarlo.

—¿Por qué no te metes con alguien de tu tamaño, enorme matón? —gruñó— ¿No ves que le estás haciendo daño? —Él gruñó y empujó a Rikki hacia un lado, tirándola contra el otro lado del carro.

—¿Tal vez con alguien como tú? —La miró con lascivia. Su añejo aliento se extendió sobre Gabrielle, haciendo que ésta se alegrase de no haber comido demasiado ese día. Él observó a las otra dos chicas, sus ojos recorriendo sus cuerpos, apreciándolos.— Parecen lo suficientemente grandes para mi. Puede que me divierta un poco antes de venderos a las cuatro, ¿hmm? —Se acercó para agarrar a Jors. La joven morena se alejó de él, temerosa por su castidad.

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