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XWP Alt » El
sacrificio de una reina
Descargo
1: Los personajes de Xena, Gabrielle,
Argo, etc. son propiedad de MCA/Universal.
Yo sólo los he tomado prestados por
un rato. No se ha pretendido infringir ningún
derecho de autor. El resto de la historia
es mía y poseo su copyright. Queda
prohibido el uso de esta historia sin mi expreso
consentimiento. Puedes ponerte en contacto
conmigo en bl@blmiller.net
Descargo
2: "Aviso de Violencia Sexual"
Esta historia contiene escenas de violación,
específicamente de Gabrielle. Si esto
te afecta o te molesta, por favor no leas
esta historia. Aunque no explícitamente,
es lo suficientemente detallada como para
incomodar a algunas personas. Esta historia
fue escrita antes de los acontecimientos de
la tercera temporada.
Descargo
3: Esta historia contiene escenas
de amor entre dos mujeres. Si esto te molesta,
o si eres menor de dieciocho años,
no la leas. De otro modo, espero que disfrutes
de la historia.
Nota
de la autora: Me gustaría
agradecer a toda la gente que se ha tomado
el tiempo para escribirme acerca de mis historias.
Los nombres de algunos de los personajes son
mi manera de agradecer a algunas de estas
amables personas.
A
Queen's Sacrifice (El sacrificio de una reina).
Traducción del Equipo de Inglés
de XenaFanfics. Traducción
y publicación autorizada por la autora,
B.L. Miller (abril 2003). Toda su obra, en
inglés, puede ser encontrada en su
página BL's Site. También puedes
leer las críticas de Lunacy a sus fanfics.
:: EL SACRIFICIO
DE UNA REINA ::
(A QUEEN'S SACRIFICE)
Por
B.L. Miller
El caluroso día
de verano no contribuía en lo más
mínimo a mejorar el humor de ninguna
de las mujeres. El polvo del camino se pegaba
a la piel de Gabrielle, mezclándose
con el sudor para formar una película
arenosa sobre su cuerpo. A pesar de que ella
soportaba el calor mejor que su joven compañera,
Xena seguía deseando encontrar un frío
río al que tirarse. El cuero ya estaba
pegado a su cuerpo, rozando su morena piel.
Gotas de sudor se deslizaban por su rostro,
cuello, bajo sus pechos, entre sus piernas
y en los puntos en los que sus muslos se encontraban
apoyados contra la silla. La incomodidad no
hacía más que sumarse a su discusión
entre ambas. A pesar de las protestas de Gabrielle,
Xena había insistido en seguir el camino
en lugar de quedarse en una aldea hasta que
la ola de calor cesara.
—Estoy
tan mojada que podrías escurrir mi
camisa. —Murmuró la bardo. Xena
no dijo nada. La rabia de Gabrielle se apoderó
de ella.— ¿Sabes, Xena? Lo mínimo
que podrías hacer es prestarme atención.
—Sé
que estás ahí, Gabrielle. —Xena
mantuvo la mirada fija en el camino, intentando
intensamente no responder con algún
comentario hiriente. Ya se habían intercambiado
demasiados de esos últimamente.
—De
acuerdo, gracias, guerrera de pocas palabras.
—Las palabras de Gabrielle estaban cargadas
de hiriente sarcasmo.
—¿Qué
Hades quieres que haga, Gabrielle? —Xena
explotó.— No puedo hacer nada
con el calor
—¡Nunca
te lo he pedido! —Dejó de caminar,
forzando a Xena a tirar de las riendas de
Argo.— Únicamente hice un comentario
acerca del calor, eso es todo. ¡No te
he pedido que hagas nada!
—Gabrielle,
si hubiese alguna forma de la que pudiera
hacerte sentir más cómoda, lo
haría. —Xena pasó sus
dedos a través de su oscuro cabello,
deseando que esto no condujera a una nueva
discusión. Simplemente hacía
demasiado calor para pelear.
—¡Éso
ya lo sé, Xena! —Gabrielle comenzó
a caminar de nuevo, esta vez con la rabia
reflejada en sus pasos.— No te mataría
mostrar un poco de consideración, es
todo.
—Gabrielle,
yo…
—No
quiero oírlo, Xena. Ahora no. Estoy
harta de rogar por un poco de atención
por tu parte. —No había tenido
intención de dejar escapar esa última
parte, pero allí estaba, colgando en
el aire a su alrededor como la niebla. No
había marcha atrás ahora.—
Simplemente llegemos a donde tengamos que
ir. —Sus pasos se volvieron aún
más largos y deliberados. Xena observó
a la enfadada amazona por un momento antes
de hacer que Argo continuase. Estas peleas
estaban ocurriendo demasiado a menudo como
para que simplemente se tratase del tiempo
o su habitual falta de conversación.
Algo estaba molestando a Gabrielle, Xena estaba
segura de eso. De lo que no estaba segura
es de cómo hablarle a su amiga sin
empezar otra pelea. Ambas mujeres se encontraban
inmersas en sus pensamientos mientras caminaban
por el solitario camino.
—Voy
a preparar a Argo y a conseguir algo para
cenar. —dijo Xena mientras cogía
las mantas y las alforjas.— Enciende
un fuego.
—¿No
lo hago siempre? —El tono de Gabrielle
no era juguetón. Xena intentó
recordar la última vez que la bardo
había le había tomado el pelo
o había bromeado a su alrededor. Ya
hacía tanto tiempo. Llevó a
Argo a una pequeña zona y comenzó
a cepillarla.
—¿Por
qué no puedo hablar con ella, Argo?
—Xena continuó con la conversación
unilateral mientras seguía atendiendo
al caballo.— Todo lo que digo la enfurece.
Si no lo supiese, diría que tiene el
periodo. —Su mente regresó a
las últimas palabras que se habían
dicho la una a la otra, muchas marcas de vela
antes, en el camino.— ¿Qué
quiere decir con lo de rogar por mi atención?
Yo le presto atención, ¿verdad?
—Dejó el cepillo a un lado y
le dio una ligera palmada al caballo.—
No sé qué hacer, Argo. Algo
la está molestando, eso lo sé.
Lo que no sé es el qué. —Dándose
cuenta de que de esta forma no iba a conseguir
la respuesta, Xena se fue a buscar la cena.
Cómo
había ocurrido durante las últimas
cuatro noches, Gabrielle comió rápido,
entonces se fue con sus pergaminos, diciéndole
a penas dos palabras a Xena. Alzaba la vista
de vez en cuando, notando que Xena tampoco
decía nada. La guerrera estaba ocupada
limpiando su armadura y afilando su espada.
Una repentina ira llenó a Gabrielle.
Arrugó el pedazo de pergamino en el
que había estado trabajando y lo arrojó
al fuego. Xena detuvo sus movimientos con
la amoladera y miró a la bardo.
—Me
voy a dar una vuelta. —Murmuró
Gabrielle mientras agarraba su cayado y se
alejaba rápidamente. No vió
el dolor reflejado en los ojos azules de Xena..
Xena estaba
casi lista para ir a buscar a la desaparecida
bardo cuando Gabrielle finalmente regresó
al campamento. Una marca de vela golpeando
árboles no había logrado calmar
la frustración que sentía. Sin
decir una palabra, se metió entre sus
mantas y miró al cielo estrellado.
—¿Gabrielle?
—¿Qué?
—El tono dejaba denotar rabia y algo
más que Xena no podía identificar.
—¿Quieres
hablar de ello?
—No
hay nada de lo que hablar, Xena. Es simplemente
algo que tengo que resolver por mí
misma. —Era cierto. Tenía que
encontrar un modo de ocultar sus sentimientos.
—¿Por
qué no puedo ayudarte? Gabrielle, siempre
hemos sido capaces de resolver todo juntas
antes.
—No
es algo que tú y yo podamos resolver,
Xena. Tengo que hacer esto yo sola. No soy
tan buena ocultando mis sentimientos como
tú. Dame un poco de tiempo, lo conseguiré.
—Pronunció las palabras, sin
llegar a creérselas ni por un momento.
Los sentimientos con los que había
estado lidiando amenazaban con desbordarse
cada vez que Xena estaba cerca. ¿Cómo
podría decirle que cada vez que Xena
la tocaba le recorría un escalofrío?
¿Cómo podría decirle
que cada noche soñaba con hacer el
amor a la princesa guerrera? No, esos no eran
pensamientos o sentimientos para ser compartidos.
Tendría que aprender a vivir con ellos.
Xena observó
a la dormida bardo, preguntándose qué
podía ser lo que le estaba afectando
tanto. Intentó recordar cuándo
había comenzado el extraño comportamiento.
No parecía haber ningún detonante
para los arrebatos de Gabrielle, cualquier
cosa que Xena dijera o hiciera parecía
provocar una explosión. ¿Estaría
Gabrielle cansada de viajar? ¿Querría
irse? Xena agitó la cabeza, intentando
deshacerse de la idea. No era capaz de imaginar
su vida sin Gabrielle. Echaba de menos las
historias, la charla sin fin, los pequeños
gestos que la reconfortaban. Mirándola
ahora, Xena pensó en el tiempo que
hacía que Gabrielle la había
tocado, abrazado, incluso sentado cerca de
ella. Gabrielle estaba manteniendo una distancia
física entre ellas, se dio cuenta.
Un sentimiento de tristeza y dolor sobrevino
a la normalmente estoica guerrera al darse
cuenta de que Gabrielle lo estaba haciendo
por su propia elección. La única
persona en la vida de Xena en la que ésta
confiaba y por la que más se preocupaba
estaba alejándose de ella.
El día
siguiente fue aún peor. La humedad
era insoportable por la mañana, luego
una espesa y caliente lluvia las alcanzó
por la tarde. Encontrando una pequeña
cueva, corrieron a su interior para evitar
el aguacero.
—Estamos
atrapadas hasta que la lluvia pare. —Anunció
Xena.— A menos que quieras continuar,
Gabrielle. —era más una pregunta
que una afirmación. En este punto,
Xena ya no sabía qué era lo
que Gabrielle quería.
—Está
bien —replicó la bardo al tiempo
que cerraba las alforjas y empezaba a desembalarlas.
"Genial, simplemente genial", pensó
para sí misma. "No puedo estar
a una distancia de diez cayados de ella sin
pensar en tocarla y ahora estoy metida en
esta cueva con ella. ¿Qué Hades
voy a hacer?" Sacando las mantas del
montón, buscó el lugar más
alejado para situarse, algún lugar
preferentemente bien separado de donde Xena
fuera a ubicarse.
"Incluso
evita estar cerca de mí" —meditó
Xena con desánimo—. Voy a conseguir
algo de leña.
Gabrielle
no respondió, simplemente hizo un ruido
de conformidad desde las mantas en su posición
por fin encontrada.
—Bueno.
Xena era
incapaz de ocultar un tono herido en su voz
al tiempo que se adentraba en la lluvia. Gabrielle
contempló como se alejaba la figura
mientras unas tiernas lágrimas corrían
por su cara. La situación se estaba
convirtiendo en mucho más de lo que
podría soportar. Iba a perder a Xena,
ya fuera por no afrontar sus propios miedos
o porque la guerrera descubriera sus verdaderos
sentimientos.
Una tarde
perturbadoramente tranquila dio paso a una
noche perturbadoramente tranquila también.
El único sonido entre ellas lo producía
la piedra de afilar rascando la espada. Finalmente,
Xena habló, en parte por el enfado
que había crecido entre ellas y en
parte por el temor a los pensamientos que
pudieran cruzar la mente de la bardo.
—Gabrielle,
¿puedes decirme qué es lo que
va mal?
—Nada,
Xena. Sigue afilando la espada —Gabrielle
concentró su atención en un
pequeño punto en el techo de la cueva.
Xena colocó la piedra de afilar y la
espada en el suelo y se quedó mirando
fijamente el fuego.
—Gabrielle,
¿vas a dejarme? —pronunció
las palabras tan suavemente que Gabrielle
apenas pudo escucharlas. Había un tono
en la voz de Xena que hacía mucho tiempo
que no escuchaba, era miedo. Se apoyó
en los codos y la contempló a través
del fuego. Xena tenía la cabeza gacha
y sus manos descansaban en su regazo.
—¿Quieres
dejarme, Xena?
—No.
—Entonces,
¿por qué me lo preguntas? Ha
de haber una razón.
—No
quiero que te vayas, Gabrielle.
—Vale
—se volvió a recostar en las
mantas. Pasó un buen rato hasta que
Xena habló de nuevo.
—¿Gabrielle?
—¿Qué?
—¿He
hecho algo que te haya molestado? Quiero decir,
¿he hecho o dicho algo que te haga
sentir… incómoda conmigo? —las
palabras no eran fáciles para la fuerte
mujer, sobre todo las palabras que provocaban
dejar traslucir sus emociones. Gabrielle dejó
escapar una risa ahogada dado lo absurdo de
la situación.
—No
has hecho nada, Xena —se giró
y cerró los ojos, deseando así
poner fin a la conversación. Xena advirtió
el movimiento y permaneció callada,
tratando de hacer acopio de valor para preguntarle
qué le había molestado. Pero
no podía hacerlo a través de
un fuego de campamento. Alzándose con
un movimiento fluído, Xena avanzó
hasta Gabrielle y se sentó junto a
ella, quien se puso notablemente rígida
por la cercanía.
—Si
no he hecho nada, Gabrielle, ¿por qué
te esfuerzas en permanecer lejos de mí?
—No
puedo hablar de eso, Xena. Déjalo.
—No.
Necesitamos hablar de lo que está pasando,
Gabrielle. No puede continuar así,
con esta hostilidad y enfado. No me hablas,
no compartes tus sentimientos, Hades, ni siquiera
me tocas, y cuando yo lo hago, actúas
como si te hiciera daño. Gabrielle,
si he dicho o he hecho algo que te haya molestado,
por favor, debes dejar que lo sepa.
—
No eres tú, Xena, soy yo. Es algo que
tengo que hacer por mi misma. —Ella
ocultó su cabeza en el saco de dormir,
intentando evitar más conversación.
Xena se sentó allí un momento,
pensando qué hacer. No entendía
por qué Gabrielle no se volvía
hacia ella en busca de ayuda con cualquier
problema que estuviera preocupándola.
Siempre habían estado tan cerca. Pero
Gabrielle siguió insistiendo que ella
no había hecho nada mal, así
que ¿por qué la bardo no la
dejaba adentrarse en el problema? Sabiendo
que no conseguiría ninguna respuesta
esa noche, Xena volvió a su lado del
fuego.
Gabrielle
miró a la forma todavía durmiente
en la cueva. Es mejor así, pensó.
Siendo muy cuidadosa de mantener el silencio,
salió sigilosamente. Prefería
no estar cerca cuando Xena se despertara y
encontrara la nota.
*****
Xena se
despertó con la sensación de
que algo iba mal. Una rápida mirada
alrededor reveló un fuego apagado,
Argo, y sus armas. Gabrielle faltaba, pero
su saco de dormir estaba todavía allí.
Xena se dio cuenta del pedazo de pergamino
beige doblado perfectamente sobre el saco.
Con manos temblorosas, leyó la nota:
"Xena,
ojalá hubiera un modo de decirte como
me siento, pero no lo hay. Me di cuenta hace
mucho de que te amo más que a nadie
en este mundo. Tú eres lo primero que
veo cuando me despierto y lo ultimo que veo
antes de cerrar mis ojos. No sé cuando
cambiaron mis sentimientos hacia ti, solamente
sé que cambiaron. No puedo dormir más
sabiendo que estás sólo unos
pasos de mí. Podría ser también
que está unido con el dolor que esto
me causa. Yo te quiero, en cuerpo y alma,
y saber que no sientes lo mismo rompe mi corazón.
Por favor recuerda siempre que te amo y siempre
lo haré. Gabrielle"
Xena leía
la nota una y otra vez, las asombrosas palabras
sonaban profundamente dentro de su alma. Esto
es con lo que estaba luchando, pensó
Xena. Gabrielle está enamorada de mí
y no creía que yo sintiera lo mismo.
Si hubiera tenido la fuerza para decírmelo,
¿por qué no lo dijo? Mientras
Xena también había luchado con
los mismos pensamientos y sentimientos, tampoco
ella se los había expresado a la bardo.
Maldiciéndose otra vez por esconder
sus sentimientos a la única persona
con quien deseaba compartirlos, Xena rápidamente
comenzó a recoger sus cosas para seguir
a la mujer que amaba.
*****
Una rápida
comprobación le mostró que Gabrielle
había abandonado todo detrás
excepto su bastón. Ella tampoco había
cogido siquiera un pedazo de comida o un odre
de agua. Montando a Argo, Xena se dirigió
hacia la aldea amazona, el lugar más
probable para que fuera la joven reina.
Gabrielle
estaba acalorada, hambrienta, cansada, y sedienta
en el momento que decidió parar para
pasar la noche. Encontró un árbol
con ramas robustas y subió. Sin el
pedernal, sería incapaz de comenzar
un fuego. Xena podría hacerlo simplemente
frotando dos palos, pero lamentablemente,
era una de las lecciones a las que Gabrielle
no prestó atención. El lugar
más seguro para ella era estar arriba,
oculta entre los árboles. Colocándose
para no caerse mientras dormía, Gabrielle
se preparó para un difícil descanso,
sus sueños se llenaban de los ojos
azul eléctrico de la alta guerrera.
Una vez
despierta, Gabrielle descubrió que
tenía poca energía para pescar.
Se arregló con algunas bayas y nueces
que encontró en los árboles
cercanos y algunos sorbos de agua que cogió
de un arroyo próximo. Intentaba no
pensar en que estaría haciendo Xena,
sin saber que la guerrera estaba a sólo
unas horas detrás de ella.
*****
A Argo se
le cayó una herradura y se le partió
el casco a menos de una marca de vela después
de que abandonaron la cueva. Maldiciendo profusamente,
Xena bajó de un salto y llevó
al caballo de guerra hasta el pueblo siguiente.
Después de pagar una nueva herradura,
fue al establo para pedir sitio para Argo.
Con un casco reventado, no había ninguna
manera de que el caballo fuera capaz de ayudarla
a encontrar a Gabrielle. Pagó por un
cuarto de luna de alojamiento para Argo y
volvió a salir del pueblo. Se había
retrasado seriamente por el repentino cambio
de acontecimientos. Sin Argo para apresurar
las cosas, Xena tenía que seguir a
pie, haciendo imposible su oportunidad de
alcanzar a Gabrielle antes de que llegara
a la aldea amazona.
*****
Erika, Jors,
y Rikki andaban a lo largo del camino, dirigiéndose
a su querida aldea tras un viaje a Atenas
para visitar los templos. Erika dirigía
el grupo, con su corto pelo rubio brillando
a la luz del sol y la larga espada atada con
correa a su espalda. Jors y Rikki llevaban,
cada una, cayados y dagas. A pesar de su juventud,
la mayor parte de la gente prefería
mantenerse lejos de las tres amazonas armadas.
Erika no parecía mayor de dieciséis
veranos de edad; alta, pero todavía
en crecimiento, con una cara llena de vida.
Jors era una cabeza más pequeña
que Erika, su pelo oscuro rizado caía
sueltamente sobre sus hombros, enmarcando
su cara de quince veranos. Rikki era la más
joven, sólo once, con el largo pelo
rubio recogido en la típica trenza
amazona. Las tres estaban entusiasmadas con
los monumentos que habían visto en
su viaje y estaban ansiosas de compartir sus
historias con las otras muchachas en el pueblo.
Al doblar una esquina, Erika ordenó
que se detuvieran repentinamente, siendo casi
atropellada por Jors. Cuatro ernormes hombres
estaban allí de pie cerca de un carro,
el olor de cuerpos sin lavar llegaba por el
aire. Cada hombre estaba bien armado. Rikki
se movió para estar al lado de Erika,
sin ninguna muestra de miedo en su joven cara.
El hombre más grande, una masa enorme
de músculos y bultos, dio un paso hacia
ellas.
—Bien,
bien, ¿qué tenemos aquí?
—Parece
algo de fina carne amazona, Gronos. —dijo
el hombre que tenía al lado.—
Apuesto a que valdrían un buen precio.
—No
queremos ningún problema. —dijo
Erika mientras desenvainaba su espada. Sabía
que era hábil con el arma, lo había
probado varias veces en las prácticas.
Esta sería su primera batalla de verdad.
—Bien,
pequeña, si no quieres problemas entonces
te sugiero que bajes la espada. —se
mofó Gronos. Dándose la vuelta
hacia el hombre que hizo el comentario, le
dijo—: Tynuis, cógelas.
El sonido
de una lucha cercana dio vida a los cansados
pies de Gabrielle. Echando una ojeada por
los arbustos, vio a una joven amazona que
desesperadamente intentaba rechazar a un hombre
que fácilmente era tres veces más
grande que ella mientras otras dos niñas
más jóvenes, que miraban, balanceaban
sus cayados en arcos, manteniendo a los hombres
alrededor. La más pequeña, una
niña de altura parecida a la de Gabrielle,
acosada por un atacante, no se había
percatado de un hombre que se movía
detrás de ella. Rápidamente
Gabrielle abandonó su escondrijo en
los arbustos y se unió a las Amazonas.
En el calor de la batalla, las amazonas no
se dieron cuenta que Tynuis se escabullía
entre los arbustos para ponerse detrás
de ellas. Sólo cuando Gabrielle arrojó
un golpe fuerte a la parte de atrás
de la cabeza de Gronos ella miró alrededor
buscando al hombre que faltaba. No tuvo que
mirar lejos. Su olor le descubrió cuando
su mano se deslizaba alrededor de su garganta
y una daga apretaba contra la piel lisa.
—No
te muevas. —gruñó, presionando
el cuchillo más fuerte contra su garganta.
Gronos descolocado se puso de pie y la miró
airadamente. Erika agarró su espada
más fuerte, buscando la oportunidad
de rescatar a su reina. Gronos la vio y se
rió.
—Tira
tu arma, niña, o pasaré mi espada
directamente a traves de ella. —dando
un paso amenazador hacia la reina. Con miedo,
Rikki dejó caer su bastón, seguida
por Jors. De mala gana, Erika bajó
la punta de su espada y la dejo caer al suelo.
Él se movió y quitó el
cayado de las manos de Gabrielle antes del
golpearla en la cabeza con la empuñadura
de su espada. Ella cayó a tierra inconsciente.
Al mirar
alrededor, Gronos notó que uno de sus
hombres yacía sobre la tierra, muerto
por la espada de Erika.
—Dejadlo
—gruñó.— Atadlas
y al carro.
*****
Cuatro guerreras
amazonas fueron enviadas para buscar al trío
cuando pasaron cuatro marcas de vela de la
hora prevista. Ephiny no estaba emocionada
con la idea de enviar a las jóvenes
solas a Atenas, y sólo lo había
hecho así debido a su confianza en
la destreza con la espada de Erika. Ahora
que ellas se atrasaban, dudaba de su decisión.
*****
Xena tomó
un atajo por el bosque, no parando a descansar
hasta que se encontró a las afueras
del área patrullada por las amazonas.
Su ruta la había alejado del camino,
donde el muerto y los cayados abandonados
ponían en evidencia una batalla. Una
llamada de pájaro sonó, a la
que ella contestó. Un corto silencio
siguió antes de que sintiera la presencia
de cuatro guerreras que la rodeaban. Manteniendo
sus manos abiertas y lejos de su cuerpo, Xena
mostró a las mujeres que ella no significaba
ningún peligro. Eponin se movió
por los arbustos y apareció ante ella.
—Xena,
¿qué haces aquí? ¿Dónde
está Gabrielle?
—¿No
está aquí? —Xena sabía
que las pistas que encontró el día
anterior eran de Gabrielle, y sabía
que estas la dirigían en esta dirección.
—No
hay ni rastro de ella. Tal vez se cruzó
con la partida de búsqueda.
—¿Una
partida de búsqueda?
—Tres
de nuestras jóvenes aún no han
regresado de Atenas. Ephiny envió a
un grupo a buscarlas. Puede que Gabrielle
las haya encontrado antes.
—Tal
vez. —dijo Xena en voz baja.
—Vamos,
Ephiny querrá saber que estás
aquí. —Eponin guió a la
guerrera a través del bosque, hasta
el poblado.
El grupo
regresó tres horas más tarde
con tres cayados, una espada y la preocupación
pintada en sus rostros. Uno de los caballos
traída además sobre la grupa
el cuerpo sin vida de un hombre. Xena, Ephiny
y Eponin fueron a su encuentro en el mismo
momento que alcanzaron la puerta.
—Le
encontramos en el camino. Los cayados y la
espada estaban también allí.
—dijo la amazona al tiempo que entregaba
las armas a Ephiny. Xena se adelantó
y agarró uno de los cayados, el único
que le resultaba familiar.
—Gabrielle.
—susurró. El diseño del
cayado que lo identificaba como propiedad
de la reina era inconfundible. Xena miró
a la guerrera. —¿Dónde
encontrásteis esto?
—Como
a dos horas en dirección a la ruta
principal. Hay huellas de carro alejándose
de allí. Dos de nuestras mejores rastreadoras
las están siguiendo en este momento.
—El
que se llevó a las chicas tiene también
a nuestra reina —dijo Ephiny—.
Reúne a todas las guerreras de las
que podamos prescindir. Tenemos que dar con
ellas.
*****
Gabrielle
mantuvo los ojos cerrados, fingiendo seguir
inconsciente, tal y como Xena le había
enseñado. Sintió el movimiento
del carro mientras éste avanzaba por
un polvoriento camino. Ignorando el dolor
que le martilleaba la cabeza, recordó
lentamente lo que había ocurrido. Luego
abrió los ojos y miró a las
aterrorizadas muchachas.
—Mi
reina. —dijo Rikki, intentando acercarse
a la bardo herida.
—Shhh.
—susurró Gabrielle. Tenía
las manos atadas a la espalda de un modo que
no le resultó conocido. Sintió
una cuerda más que le aprisionaba los
codos, anulando cualquier posibilidad de escapar.
Luego volvió a mirar a las amazonas,
y descubrió el mismo tipo de lazo sobre
ellas. A continuación echó un
vistazo al carro. En él había
varias balas de heno, sobre algunas de las
cuales se encontraban las chicas. El carro
estaba cubierto, ocultándolas de los
viajeros que pudiesen cruzarse con ellas.
Centró su atención en la chica
más joven.— ¿Cómo
te llamas?
—R…
Rikki. Esta es Jors y aquella Erika. —dijo,
señalando a sus compañeras de
cautiverio.— Nos dirigíamos a
casa desde Atenas.
—No
os preocupéis, intentad mantener la
calma. A estas alturas las amazonas habrán
notado vuestro retraso y sin duda tendrán
a gente buscándoos. Es sólo
cuestión de tiempo que nos rescaten.
—El dolor se incrementaba por momentos—.
Rikki, ¿cómo está mi
cabeza?
—No
puedo decirlo, hay demasiada sangre. —Los
labios de la chica temblaron—. Lo siento.
—Shh.
—Gabrielle mostró su mirada más
consoladora—. Todo irá bien.
Estoy con vosotras y las demás amazonas
vienen en camino. Tratemos de no hacer enfadar
a esta gente hasta que lleguen a ayudarnos,
¿de acuerdo? —Se volvió
a mirar a la más alta de las tres—.
Tú eres Erika, ¿no? —La
chica asintió—. Antes manejaste
muy bien la espada. Tu madre debe estar orgullosa
de ti. —La amazona se sonrojó
ante el cumplido de su reina.
—Hice
lo que pude, mi reina. Creo que maté
a uno de ellos. —Algo en el interior
de la bardo se estremeció al pensar
en que alguien tan joven se hubiese visto
obligada a quitar una vida.
—¿Ha
sido tu primera vez? —La amazona asintió—.
Erika, escúchame. Sé que tenías
que protegerte, y también a tus hermanas.
Tal vez ahora no lo sientas, pero en algún
momento el saber que has matado te dolerá.
Cuando eso ocurra, no luches contra ello.
Si necesitas llorar, hazlo. —Habló
como si realmente fuese capaz de leer los
pensamientos de la joven.
—Mi
reina, ¿tú has matado alguna
vez?
—No,
no lo he hecho, pero he visto cómo
se acaban muchas vidas. No es la mejor de
las imágenes, no importa la razón.
Puede que acabes teniendo pesadillas tras
esto. Si las tienes, por favor, por tu bien,
encuentra a alguien en quién confiar
y hablarle de ello. Expresar tus sentimientos
te ayudará a aliviar el dolor. —El
carro se detuvo repentinamente.— Escuchad,
permaneced en silencio y dejadme hablar a
mi. No importa lo que ocurra, recordad que
la ayuda está en camino y no intentéis
haceros las heroinas. —le dirigió
este último comentario a Erika.
Gronos se
movió desde la parte delantera del
carro hasta la trasera. Apartando la cubierta,
miró fíjamente a las cuatro
amazonas.
—¡Será
mejor que aprendáis a mantener vuestras
bocas cerradas o yo enseñaré
cómo hacerlo! —Gabrielle asintió
y bajo la cabeza. Las otras amazonas la imitaron.
Ella sabía que era mejor hacer lo que
les dijese por ahora en lugar de arriesgarse
a ser castigada, ya fuese ella o una de las
otras chicas. Él gruñó
algo acerca de zorras habladoras antes de
dejar caer de nuevo la cubierta y regresar
a la parte delantera del carro.
*****
Con nuevos
caballos, Xena y Eponin se reunieron con el
grupo de guerreras asignadas a la puerta norte.
Las rastreadoras habían enviado un
informe en el que decía que el carro
se dirigía hacia el este, hacia la
costa. Las madres de las chicas perdidas se
encontraban de pie en la puerta, frenéticas
con preocupación. No eran las únicas.
Xena se había puesto literalmente enferma
de preocupación por Gabrielle. Ella
sabía que carros llenos de jóvenes
mujeres dirigiéndose hacia la costa
sólo podía significar una cosa,
esclavas. No importaba lo mucho que Ephiny
quisiera acompañarlas en la misión
de rescate, sus responsabilidades como reina
la retenían en la aldea.
—Eponin,
tenemos que alcanzarlas antes de que llegen
a la costa. —La amazona asintió.—
Hiyah. —Xena puso al caballo en movimiento,
emprendiendo el camino, las amazonas iban
justo tras ella. Como la amazona de mayor
rango, Eponin estaba supuestamente al cargo.
Sin embargo, tras ver la mirada de Xena cuando
el cayado de Gabrielle fue encontrado, la
amazona decidió dejar a la guerrera
asumir el mando. Sabía que Xena era
una excelente rastreadora y que no descansaría
hasta que Gabrielle y las otras muchachas
fuesen encontradas.
Los esclavistas
acamparon poco antes de la puesta de sol.
Gronos retiró la cubierta y agarró
fuertemente a Rikki, provocando que la joven
gritara de dolor. Gabrielle reaccionó
sin pensarlo.
—¿Por
qué no te metes con alguien de tu tamaño,
enorme matón? —gruñó—
¿No ves que le estás haciendo
daño? —Él gruñó
y empujó a Rikki hacia un lado, tirándola
contra el otro lado del carro.
—¿Tal
vez con alguien como tú? —La
miró con lascivia. Su añejo
aliento se extendió sobre Gabrielle,
haciendo que ésta se alegrase de no
haber comido demasiado ese día. Él
observó a las otra dos chicas, sus
ojos recorriendo sus cuerpos, apreciándolos.—
Parecen lo suficientemente grandes para mi.
Puede que me divierta un poco antes de venderos
a las cuatro, ¿hmm? —Se acercó
para agarrar a Jors. La joven morena se alejó
de él, temerosa por su castidad.
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