XWP Alt » Vida desde la muerte

«Xena Princesa Guerrera» «Life from death» Una historia original de Xena, derechos de autor 1996 por Patricia L. Ennis Jadzia7627@aol.com (DAx =/\=)

Katchoo@ix.netcom.com

Bueno, ahí va el rollo de siempre.

Los nombres y títulos de esta historia son propiedad exclusiva de la MCA. Yo los he tomado prestados para escribir una obra de ficción. No pretendo infringir sus derechos de autor. La historia misma, así como todo a lo que se refiere, excepto lo anteriormente dicho, pertenece a su autora, Patricia L. Ennis. El relato no puede ser vendido, y archivado sólo con permiso y/o en los lugares para los cuáles fue escrito.

Aparte de eso, esta historia es para adultos (de más de 18) que no encuentren ningún tipo de reparo ante escenas de amor gráficas (bueno, o semigráficas… no, definitivamente son gráficas) entre personas del mismo sexo. Si eso te ofende, o tienes menos de 18 años, no sigas leyendo.

Éste es mi primer fanfiction de Xena. Anteriormente escribí de DS9, así que agradeceré enormemente cualquier comentario que me enviéis. ¡Gracias!

Esta historia tiene lugar inmediatamente después de lo acontecido en el templo tesaliano en el episodio «Is There A Doctor In The House?» (¿Hay algún médico en la casa?).

¡Que los Profetas os guarden!

:: VIDA DESDE LA MUERTE ::
(LIFE FROM DEATH)

Por Patricia L. Ennis

Ya era casi de noche cuando Xena miró de soslayo a Gabrielle, intentando dibujar sus rasgos en la creciente oscuridad. Advirtió que su cabello rubio rojizo enmarcaba una cara demasiado pálida, así que tiró de las riendas de Argo deteniéndola de golpe.

—¡Eh! —Gabrielle se agarró al extremo de la silla de montar—. ¿Qué estás haciendo? —Intentó recobrar el equilibrio, pero finalmente fue la mano de Xena lo que la estabilizó, y miró a su amiga guerrera con curiosidad—. Creía que íbamos a intentar llegar a Atwir antes del anochecer.

Xena la ignoró mientras conducía a Argo fuera del camino y se adentraba en la arboleda que les serviría de refugio lo que quedaba de día. Una vez allí descargó la mayor parte de sus cosas, se dirigió hacia Gabrielle con la intención de ayudarla a desmontar y sólo entonces contestó.

—Estás pálida. —Su voz sonó tajante—. Necesitas comer, entrar en calor y dormir. —Miró alrededor del pequeño claro, ladeando la cabeza para escuchar la noche, que iban aumentando casi imperceptiblemente—. Atwir no va a ir a ninguna parte. Hay que acampar, y este lugar es tan bueno como cualquier otro. —Señaló un área concreta en penumbra a unos 75 pies de donde se encontraban—. Hay un río entre esos árboles. Mañana intentaré pescar algo. Se nos está acabando la carne seca.

Gabrielle suspiró dejándose levantar de la silla. Mientras Xena la ayudaba a bajar, sonrió de forma resuelta con una idea dulce, pero extraña, formándose en su mente, y se vio a sí misma fascinada por lo adorable que aquella mujer podía ser… cuando lo intentaba.

—¿Sabes, Xena? —Hizo un esfuerzo por mantener su voz firme—. Ya no soy una niña. Puedo bajarme sola del caballo

Cuando ya estuvo en el suelo los ojos de ambas se encontraron, y deseó no haber pronunciado aquellas palabras. Por un momento, no más de un segundo, creyó ver dolor en los ojos azules de su amiga, pero si alguna vez lo hubo desapareció para dejar paso a la acostumbrada e imperturbable expresión de la guerrera.

—Aún estás herida, Gabrielle. Si yo no evito que acabes contigo misma, ¿quién lo haría?

La joven bardo asintió en silencio, furiosa consigo misma, y se dispuso a extender su manta en el suelo. En cuanto se inclinó, un terrible dolor se desató en su abdomen, obligándola a doblarse sobre sí misma y dejarse caer de rodillas.

—¡Gabrielle! —Xena se situó a su lado al instante, agarrándola por los hombros para evitar que se desplomara—. ¡Déjalo! ¡Te dije que yo lo haría! —Respiró hondo y endulzó su voz—. No puedes recuperarte de una herida como ésta en tan sólo un par de días. Estuviste a punto de morir, Gabrielle. —Tragó saliva al recordar que su amiga de hecho había muerto—. Tienes que tomártelo con calma. —La levantó con cuidado y la llevó hasta un árbol caído, junto al lugar en que tenía pensado encender el fuego. La recostó contra el tronco, levantó la venda que cubría el abdomen de la bardo y sacó un trapo y un frasco de las alforjas de Argo tras echar un vistazo a la herida—. Se ha abierto. —Desenfundó su daga y la puso entre los dientes de Gabrielle—. Te va a doler, así que muerde con fuerza. —Quitó el corcho de la botella y vertió una pequeña cantidad de líquido sobre el profundo corte, y escuchó la aguda aspiración de Gabrielle y el chirrido de sus dientes contra el metal. Antes de que el dolor inicial hubiese desaparecido, la cura estaba lista. Limpió la piel que rodeaba a la herida y centró su atención en el magullado cuello de la joven.

Una vez más, la dulzura de la guerrera la asombró. Los cuidados de los monjes tesalianos habían sido minuciosos, pero también extremadamente dolorosos, casi hasta el punto de hacerle perder el sentido en más de una ocasión. Las manos que ahora la tocaban eran suaves, experimentadas, y sólo le causaban las molestias necesarias.

Xena se había echado a un lado el pelo para evitar que le molestara mientras trabajaba, y Gabrielle se descubrió a sí misma estudiando su rostro. Su piel se había oscurecido por tantos años al sol, aunque parecía suave, y hacía resaltar aún más la claridad de sus ojos, casi tan azules como el más puro de los zafiros. Siguió la línea de una adorable nariz hasta los rojos labios ubicados bajo ella. Estaban ligeramente separados y se movían mientras Xena continuaba examinando las heridas que marcaban su cuerpo. Por un instante, se preguntó lo que se sentiría al tocarlos, al probarlos… y luego apartó la vista.

"Vaya", pensó para sí. "Definitivamente esto es nuevo".

Sacudiendo la cabeza, intentó averiguar por qué se sentía tan nerviosa. Al fin y al cabo, se trataba de Xena.

—¿Te estoy haciendo daño?

—¿Qué? —replicó, sintiéndose ligeramente culpable, y luego negó al escuchar la pregunta de nuevo en boca de su amiga—. No, ¿por qué?

—Como mueves la cabeza… —Miró más de cerca a la bardo—. ¿Seguro que estás bien?

—Sí… Estoy bien. —Intentó sonreír—. Sólo pensaba.

Alcanzó un odre de agua y tomó un sorbo.

—¿Sobre qué?

Gabrielle se atragantó. Dejó caer el odre al suelo y se agarró el costado, tosiendo con fuerza. El dolor era intenso, y apretó los ojos para contener las lágrimas que amenazaban con caer por sus mejillas. La guerrera le golpeó en la espalda hasta que la tos cesó.

—Ya estoy bien —jadeó.

—¿Qué ha pasado? —Xena la miró con preocupación—. No tienes problemas para respirar, ¿verdad? —Sintió un ligero atisbo de pánico le empezó en la boca del estómago mientras estudiaba la cara de Gabrielle.

—No —suspiró—. Sólo… se me fue por el lado equivocado. —Volvió la cabeza para esconder el rubor que empezaba a crecer en sus mejillas.

Xena continuó mirándola unos segundos más antes de recoger el odre del suelo. Tomó un largo trago, pensando para sí que Gabrielle no sabía mentir. Se planteó por un instante el seguir indagando sobre el tema, pero finalmente decidió dejarlo pasar. Ya habría tiempo para eso más tarde, cuando se sintiera mejor.

—Voy a hacer fuego y a preparar el campamento. Si sabes lo que te conviene, quédate donde estás.

Gabrielle asintió, a sabiendas de que ya había enfadado bastante a su amiga por una sola noche. La observó mientras realizaba sus tareas, preguntándose si su mentira habría sido convincente. Y de algún modo, supo que no.

No quedaba ya demasiado por hacer, y aun eso, Xena lo llevó a cabo con su acostumbrada eficacia. Una hora más tarde las mantas estaban en su sitio, el fuego encendido y un conejo chisporroteando sobre el asador. Xena suspiró. Ya no había nada en lo que ocupar su mente, y eso significaba volver a Gabrielle. Por mucho que intentara no pensar en lo que había sucedido en el templo tesaliano, los recuerdos volvían una y otra vez. Nunca en su vida se había sentido tan impotente, y la impotencia no era un sentimiento con el que la Princesa Guerrera estuviera acostumbrada a lidiar. Pero allí, junto a ella… Detuvo sus pensamientos, preguntándose qué era Gabrielle para ella. "Mejor amiga" ni siquiera parecía aproximarse. Pero en aquel lugar, con Gabrielle muerta en sus brazos, había sentido romperse su corazón, algo que no había experimentado desde hacía mucho tiempo. Miró a la bardo y pensó en todas las veces que había intentado dejarla atrás, diciéndose que era por el bien de la joven. Ahora se preguntaba si no lo hizo pensando en sí misma. Alejándose de la única persona que podía traspasar sus defensas, se alejaría también del riesgo de perderla.

Estudió la cara de la bardo como si de una estatua se tratase, con la luz del fuego parpadeando en sus ojos mientras observaba las llamas. Inspiraba delizadeza, confianza… cercanía. Se dio cuenta de que quería abrazarla, sentir aquel cabello rubio rojizo contra su piel, trazar los suaves rasgos de su rostro. Una vez más, libremente, los recuerdos del templo volvieron a ella, mostrándole el rostro de Gabrielle tal y como había estado, pálido, y aun así… salpicado por su propia sangre. Cerró los ojos ante la oleada de pánico que recorrió su cuerpo antes de acabar encogiéndole el corazón. Esperó a que pasara, reuniendo la fuerza necesaria para encarar el doloroso sentimiento que sabía que seguiría a todo aquello. Dejó caer su peso contra un tronco, respiró el aire de la noche e intentó normalizar los salvajes latidos de su corazón.

Una vez recuperada la compostura, se volvió hacia el fuego y encontró a Gabrielle mirándola, mostrando preocupación en sus expresivos ojos verdes.

—Xena… ¿te encuentras bien? Pareces algo pálida.

Xena permaneció en silencio unos segundos, preguntándose qué haría Gabrielle si le dijera la verdad. Suspiró y se encaminó hacia el río.

—Estoy bien, Gabrielle. Voy a darme un baño.

—Pero… ¿y tu armadura? —dijo Gabrielle tras ella.

—Puedo arreglármelas por una noche, Gabrielle. Ya lo hacía antes de conocerte, ¿recuerdas?

El silencio que siguió a sus palabras la hizo girarse una vez más. La joven tenía la mirada fija en el suelo. Su rostro no mostraba la más mínima emoción, pero Xena supo que la había herido. Con un suspiro, volvió al campamento.

—¿Sabes? —Intentó alcanzar su espalda y lo hizo torpemente a propósito—. Estas hebillas están más altas de lo que yo recordaba. Además, creo que he perdido práctica. Voy a necesitar tu ayuda después de todo.

Se sentó con las piernas cruzadas frente a la bardo, y se volvió de espaldas antes de poder ver la sonrisa de Gabrielle.

Al principio simplemente se dejaba hacer mientras Gabrielle desataba los lazos y las hebillas que ceñían la pieza de cuero a su cuerpo, pero a medida que las piezas que lo cubrían iban cayendo, la tibieza de los dedos sobre su piel comenzó a tomar intensidad. Cerró los ojos, saboreando la suavidad de aquellas manos, hasta que de forma vacilante llegaron sobre el último pedazo de tela que la cubría.

—No. —Su voz surgió con un cierto matiz que ella mismo no supo precisar—. Quiero decir… Necesito llevar algo puesto hasta llegar al río.

Se asombró al ver algo parecido al arrepentimiento cruzando el rostro de Gabrielle y tranformarse en alivio. Agarró una camisa limpia y se levantó para irse.

—Xena… —Ésta miró atrás y se encontró a Gabrielle sosteniendo su daga—. Llévatela. —Su voz resonó grave, casi ronca, y los ojos de la bardo mantenían una mirada interrogante—. En esta zona no hay depredadores grandes, pero prefiero que te lleves algún arma, por si acaso. Y Xena…

—¿Qué, Gabrielle? —Estaba segura de que su impaciencia había quedado al descubierto, pero no pudo evitarlo. Más que ninguna otra cosa, necesitaba alejarse de allí y pensar. Un río helado era perfecto para enfriarle la sangre, que sentía como fuego en las venas.

La joven bardo retrocedió y apartó al vista hacia los árboles.

—¿Qué hay de mí? —susurró, casi suplicando—. Me siento tan… sucia.

La cara de Xena se tornó en una expresión mucho más suave mientras se arrodillaba junto a Gabrielle y le apartaba el pelo de la frente.

—Lo siento, debería haberme dado cuenta. —Alcanzó un odre vacío y se lo puso al hombro. Luego buscó unas cuantas rocas grandes, las acercó al fuego y sonrió—. Calentaré un poco de agua cuando vuelva. ¿De acuerdo?

—Gracias —dijo Gabrielle sonriendo.

La guerrera asintió y se dirigió hacía el río.

Gabrielle siguió observándola hasta que la perdió de vista, preguntándose acerca de la naturaleza del placer que sentía al mirar a su amiga. Estaba tan confusa por eso como por lo de sus labios. ¡Oh! Ya había observado a Xena antes, pero como una bardo. Con el fin de reunir los detalles que luego usaría en sus cuentos o estudiándola para aprender el modo de utilizar un cayado o arrojar un chakram. Esto era completamente distinto. Con un suspiro, cerró los ojos y esperó.

***

El agua estaba helada.

No había comprobado la temperatura antes de saltar y se arrepintió inmediatamente. La idea era que estuviera fría, ¡pero no tanto! En cualquier caso, ya era demasiado tarde.

Se sumergió con los dientes castañeando, restregándose el jabón por el cuerpo y el pelo, tratando de darse la mayor prisa posible. Había esperado que el agua la calmara, pero el efecto fue justamente el contrario. Sentía vivo cada centímetro de su piel y cada nervio gritaba mientras el líquido acariciaba su cuerpo. Nadó unos minutos a toda velocidad para probar su resistencia, llenó el odre y se puso la camisa.

Cuando llegó al campamento, Gabrielle estaba dormida. Alejó las piedras del fuego a patadas y colocó el pellejo sobre de ellas. Luego sacudió el hombro de la bardo y sonrió.

—Pensaba que querías un baño.

—Y lo quiero… —murmuró Gabrielle comenzando a quitarse la camisa.

—Espera, déjame ayudarte. —Xena se agachó y lentamente separó la tela de su piel, cuidando especialmente la herida reciente de su costado. Luego le desanudó la falda y se la quitó. Dobló la ropa y la puso a su lado. Volviéndose, miró fijamente a la mujer que tenía frente a ella y su respiración quedó congelada unos segundos.

Al parecer la luna estaba de parte de Gabrielle, o mejor dicho, de Xena. Su arco lucía completo y alumbraba con fuerza, provocando que aquella pálida piel casi resplandeciera. Y Gabrielle era preciosa. Sus pechos eran firmes, su estómago plano, sus caderas esbeltas. La había visto de esa misma forma antes, cuando nadaban juntas, pero de algún modo ésta vez era diferente.

Se aclaró la garganta, sacó un trapo y jabón, agarró el pellejo rebosante de agua tibia y se arrodilló tras ella. Sólo miró a Gabrielle cuando estaba lista para empezar a lavarla.

—Dime si te hago daño —murmuró.

Empezó por los hombros, frotándolos con cuidado, y luego bajó hasta sus pechos. A su alrededor, por encima, y en ese momento creyó sentir temblar a Gabrielle.

—Qué bien… —murmuró la bardo.

—Mmmhmmm. —Xena no dijo nada más. Su atención se centraba enteramente en lo que estaba haciendo. Sus ojos seguían el rastro del trapo antes de pasarlo por su estómago, rodeando la herida ya limpia de la mujer. Cuando llegó a su abdomen, levantó la vista, expectante ante lo que descubrió al hacerlo.

La cabeza de Gabrielle estaba inclinada hacia atrás, su boca abierta ligeramente y su respiración un poco acelerada. Xena tragó saliva. Aquello era demasiado parecido al gesto de una mujer… a quien estuvieran haciendo el amor. Dejó que sus dedos subieran por el pecho de la bardo hasta tocar su rostro, y sólo entonces Gabrielle abrió los ojos sobresaltada.

—Lo siento —se apresuró a decir—. La sensación del agua… —Miró a Xena con miedo en los ojos.

—Lo sé, Gabrielle. —La guerrera suspiró—. ¿Quieres que continúe o prefieres seguir tú?

Gabrielle llevó su mirada hacia abajo, hacia la zona en que reposaba la mano de Xena, contra la piel de su abdomen, justo sobre la zona de pelo rubio rojizo. Su corazón empezó a latir con fuerza al plantearse sus opciones. Era consciente de que no iba a ser capaz de esconder el placer que los cuidados que Xena le estaban proporcionando. Pero la idea de parar tampoco le era apetecible.

—Yo… ¿Puedes? —Giró la cara para esconder su rubor—. ¿Despacio?

Xena asintió, atónita de que Gabrielle quisiera que continuara. Se arrodilló entre las piernas de la bardo y dejó que el agua cayera desde el odre y sobre su cuerpo. Con cuidado, lavó sus pantorrillas y sus muslos antes de seguir hacia arriba, al triángulo de pálidos rizos que habitaba entre sus piernas. Allí, disminuyó la velocidad de su mano, pasando el trapo suavemente sobre la sensible zona. Cuando retiró el trapo para humedecerlo de nuevo, sus dedos rozaron accidentalmente el excitado clítoris de Gabrielle, causándole un temblor que recorrió su pequeña figura. Xena se apartó, sorprendida ante la capa de calidez que había encontrado su mano. Miró los aterrorizados ojos de Gabrielle y, un segundo después, se llevó los dedos a los labios. Inhaló su esencia profundamente y luego… los saboreó.

—Xena… —La voz de Gabrielle surgió como un ronroneo, recordándole al sonido de la de Xena antes de que se dirigiese al río. Con salvaje esperanza, puso su mano contra el pecho de la guerrera—. Creo que estoy enamorada de ti, y… quiero…

Xena cerró los ojos para protegerse de aquellas palabras, pero ya era tarde. La muchacha a la que había salvado hacía tanto tiempo ya no estaba allí. Había sido reemplazada por una joven mujer, esa que le había robado el corazón. No era capaz de recordar cuándo exactamente, pero sí sabía que la amaba.

—¿Estás segura, Gabrielle? No seré capaz de parar una vez hayamos empezado. Creo que he deseado esto durante demasiado tiempo. —Contempló los ojos verde pálido de la bardo—. No podrás volver atrás. El hecho de que sea una mujer no significa que no vaya a contar.

Gabrielle sonrió.

—Eso ya lo sé, Xena. ¿Por qué crees que he esperado tanto? Quería que fueras tú. Siempre has sido tú… —Una mirada de dolor cruzó su rostro, y se echó la mano al costado—. Pero…

—No temas. —La sonrisa de la guerrera surgió dulce y su voz suave—. Las mujeres no son como los hombres, Gabrielle. Todo es más delicado… si queremos que lo sea.

La muchacha asintió y se tumbó boca arriba, respirando profundamente. Pensó por un segundo en cerrar los ojos, pero la idea quedó desechada en el mismo momento en que Xena se quitó la camisa. Había visto a la guerrera medio desnuda muchas veces, pero nunca completamente, y nunca por y para ella.

Xena se agachó hasta ponerse sobre la bardo, asegurándose de no tocar su costado herido. Con una lentitud que amenazaba con volverla loca, hizo descender sus labios hasta que probaron la dulzura de la boca de Gabrielle.

Un rayo de deseo atravesó el cuerpo de la bardo, haciendo que se apretara contra la guerrera mientras abría la boca para probar su lengua. Su primer beso fue lento, largo y dulce. Pensó que nunca podría hartarse de los labios de Xena hasta que la guerrera se encaminó hacia abajo, por su cuello, y los cerró entorno a uno de sus pezones. Nunca había experimentado algo así. Sintió un profundo ardor en el fondo de su estómago que la obligó a levantar los brazos y entrelazar sus dedos en el pelo de Xena. Con una fuerza nacida de la pasión, apretó la cabeza de la guerrera contra sí y levantó la espalda del suelo. Entonces sintió una sonrisa contra su piel.

—Eres tan dulce, Gabrielle. —Llevó su mano al otro pecho de la bardo, usando sus dedos para pellizcarle el pezón ligeramente mientras acariciaba con los dientes el que quedaba más cerca de la boca—. Deseabas esto, ¿no es así? Pero no tanto como yo… —Pasó su mano libre por el muslo de Gabrielle, elevándola hasta tomar el lugar de sus labios en el pecho de la joven mujer. Luego deslizó su boca hacia abajo, introduciendo la lengua en su ombligo. Cuando llegó al borde de sus pálidos y aromáticos rizos colocó la mejilla contra él, inhalando la más dulce esencia que jamás había conocido—. Gabrielle…

—Por favor… —Eran las únicas palabras que la bardo fue capaz de recordar.

Con un suspiro, bajó sus labios hasta Gabrielle, abriéndola para que su lengua pudiera alcanzar lo más profundo de su cuerpo. Sus labios no encontraron nada excepto suavidad y calidez, cubierta de una dulzura que sintió como néctar en su lengua. Abrió los ojos para observar la cara de la bardo mientras continuaba acariciándola. Los ojos de Gabrielle se habían cerrado, su respiración surgía entrecortada, interrumpida por susurros: el nombre Xena. La observó muy de cerca mientras bajaba su mano, rodeando la entrada que conducía a su interior. Lentamente, la penetró con tanto cuidado como fue capaz hasta que el dolor abandonó la cara de Gabrielle y una mirada de deseo la reemplazó. La misma mirada que se volvió éxtasis cuando la velocidad de Xena se incrementó e igualó las acometidas de su lengua. Unos pocos minutos más y la espalda de Gabrielle se arqueó, sus caderas se desbocaron y después se dejó caer respirando con dificultad.

—Xe… Xena… Para… No puedo más. —La guerrera se levantó para echarse a su lado, trazando círculos alrededor de sus pezones con la humedad de sus manos. Cuando se reclinó para besarla, Gabrielle pudo oler su propia esencia sobre los labios de Xena y los palpó lentamente, tanteándolos con su lengua. Después de la primera degustación, sonrió y la miró a los ojos—. ¿Qué tal tú?

—Estoy bien, Gabrielle —afirmó Xena sonriendo con aire cansado—. De hecho, estoy perfectamente.

Abrazó a la bardo y la acercó a su pecho.

—Pero quiero…

—Shhh. —Xena colocó sus dedos todavía húmedos sobre los labios de Gabrielle—. Ya habrá tiempo para eso. No voy a irme a ninguna parte. —Estrechó su abrazo—. Y tú tampoco. Descansa, recupera el aliento. —Su sonrisa iluminaba la oscuridad—. Porque vas a necesitarlo.

***

Gabrielle se dejó sacar del sueño poco a poco, abriendo los ojos al cielo azul oscuro en el que iba retrocediendo la noche. Podía percibir la fragancia del agua através del viento, lo que le ayudó a recordar dónde se encontraba. Con un profundo suspiro, se recorrió el pelo con los dedos y reflexionó sobre su sueño. El sueño en el que Xena la tocaba suavemente, cubriéndola con la suavidad de sus labios…

Le llevó un rato darse cuenta de que el frío que sentía lo producía la brisa acariciando su piel desnuda. Sus ojos se agrandaron ligeramente y se dirigieron a la manta sobre la que estaba tumbada. Bajo ella, observó unos mechones de pelo castaño oscuro cayendo sobre una preciosa frente. Su corazón empezó a martillear dentro de su pecho al tiempo que aceptaba el hecho de que su sueño había sido real. Que Xena la había bañado y hecho el amor a la luz de la luna.

—Ya no soy virgen —susurró suavemente, sonriendo ante el absurdo placer que le producía pronunciar esas palabras—. Tú has sido mi primera vez.

Con una dulzura que surgía del amor que sentía en su corazón, se inclinó hacia Xena y dejó que sus labios se rozaran, acariciándole la mejilla antes de levantarse para echar otro tronco al fuego. Sintió un fuerte rugido en el estómago y miró el asador que aún contenía un pedazo de carne carbonizado. Sonriendo, lo arrojó a los lobos que seguramente merodearían detrás de los arbustos y buscó algo de comer en sus bolsas. Lo único que pudo encontrar fueron unas pocas tiras de carne seca, que no le causaron excesivo entusiasmo.

"Una mañana como ésta merece un festín", pensó ", y no restos de carroña de ve a saber qué animal".

Más en el fondo dio con un cuchillo, lo colocó sobre uno de los extremos de su cayado y lo sujetó a él con una tira de cuero. También halló las raíces que Xena usaba para hacer té, y las puso en una cazuela con agua para que hirvieran mientras ella estaba ausente.

Hecho esto, se puso la camisa de Xena y se dirigió camino abajo hacia el río, utilizando el mismo sendero que la guerrera había recorrido la noche anterior, ahora visible por la tenue luz del amanecer. Cuando llegó a su destino se sentó en la orilla, recostándose sobre los codos para poder mirar directamente al sol que se aproximaba. Con los ojos cerrados, pensó en la túnica que llevaba puesta y también en la mujer que la había llevado la noche anterior. Cuando Xena regresó del río había algo en sus ojos, algo… accesible. Y de algún modo, su cuerpo lo supo. No sabía nada de sexo, o de lo que debía esperar, pero lo que había sucedido excedía incluso sus más hermosas fantasías. Recordó los sueños que había tenido con su amiga; los primeros había sido imágenes de sí misma salvando la vida de la guerrera, siendo útil. Los otros las incluían acercándose más y más, y Gabrielle lo siguió anhelando hasta que se dio cuenta de que esos sueños reflejaban su vida; sólo que su vida los había superado al tomar a Xena como amante.

Sus reflexiones la habían llevado más allá del amanecer, y sintió cómo sus pálidas mejillas comenzaban a calentarse bajo el sol de la mañana. O al menos, ella pensaba que esa era la causa. Posiblemente habían sido los últimos pensamientos que habían recorrido su mente sobre la guerrera y sobre cómo sería hacerle el amor, tocarla… probarla.

Con un suspiro, se puso de pie y se quitó la adorada túnica sobre la que seguramente algún día urdiría una historia, y se introdujo lentamente en el río. Fue capaz de ignorar el dolor hasta que el agua helada cubrió sus costados, y se obligó a apretar los dientes por las intensas punzadas que atravesaban su cuerpo. Cuando pasó, alzo su cayado y permaneció quieta. Tras unos minutos, las sombras oscuras comenzaron a moverse entre sus pies. Dejó ir a varias, sabiendo que no serían suficientemente grandes y que probablemente solo tendría fuerza para llevar a cabo aquel proceso una vez. Ya estaba tiritando de pies a cabeza, cuando un gran bulto nadó entre sus pantorrillas rozándola con sus agallas al pasar. Con un poderos golpe, atravesó el cuerpo gracias a su improvisado arpón hasta que éste se clavó en la arena.

Sonrió ligeramente, sabiendo que aquella no era la manera en que Xena lo haría, pero el resultado era el mismo sin tener en cuenta la herida del pez. Intentó tirar del cayado, pero el dolor se lo impidió. Frunciendo el ceño, agarró al animal por la cola y lo sacó del río con la mano izquierda. Al llegar a la orilla se tumbó en la arena y dejó que el sol secara su piel. Una vez que la humedad hubo desaparecido de su cuerpo, se puso la camisa larga y empezó a impiar su presa. Tras quitarle la piel, las espinas y cualquier cosa que pareciesen tripas, envolvió la carne en unas hojas para que no perdiese el sabor y regresó al campamento. Por el camino, encontró una gran cantidad de hierbas salvajes y recogió algunas que podía necesitar, con cuidado para no impedir que las plantas pudiesen continuar floreciendo.

Se sorprendió al comprobar que Xena seguía dormida junto al fuego. Normalmente a esa hora la guerrera ya estaba abrillantando su armadura o tomando un té. Gabrielle se sintió orgullosa, deseando haber tenido algo de culpa de su cansancio. Roció las hierbas sobre el pescado, volvió a enrollarlo y lo colocó sobre el fuego para que se asara. Las hojas verdes evitarían que se quemase, y las hierbas le darían sabor. El aire se llenó de un maravilloso aroma y cuando terminó de preparar el té, la mujer despertó por fin.

Gabrielle sonrió al observar en el rostro de Xena la misma confusión que ella había sentido aquella mañana, y estalló en carcajadas cuando la guerrera miró bajo la manta y encontró su cuerpo desnudo.

—Ha sido real. —Su mirada se tornó tierna—. Era demasiado maravilloso para ser un sueño.

—Me alegra que tú también lo pienses. —Xena se estiró, tan expresiva como siempre, y Gabrielle notó que sus ojos eran incapaces de apartarse de la suave, morena piel que cubría los músculos de la guerrera. Ésta alargó la mano y recogió el pelo de Gabrielle, que se había aproximado peligrosamente al fuego, sobre su hombro. Con una sonrisa, bromeó—. Déjame vestirme antes de que quemes algo que ambas podamos echar de menos.

La bardo se ruborizó y apartó la vista con una sonrisa culpable bailando en sus labios. Aún observaba a la guerrera de reojo mientras ésta buscaba su túnica, y sólo entonces se dio cuenta de que Gabrielle la tenía puesta.

—¿Sabes? No creo que me valga tu ropa, Gabrielle.

—Pues encuentra algo, porque no vas a recuperar ésta.

—¿En serio? —La ceja de la guerrera se arqueó—. ¿Cuántos dinares te apuestas a que soy capaz de quitártela por la fuerza?

Gabrielle tragó saliva.

—No sabía que pudieras hacer eso…

—Tengo muchas habilidades.

La lujuriosa mirada en la cara de Xena hizo reír a Gabrielle.

—De acuerdo, puedes intentarlo después de desayunar. Ten, ponte esto por ahora. —Sacó de su bolsa una de las camisas más viejas de la guerrera y se la lanzó.

—Hmph. —Xena la miró unos segundos antes de sonreír y deslizarla sobre su cuerpo—. ¿Qué huele tan bien?

—¡Pescado! —Gabrielle sonrió con orgullo—. Lo atrapé esta mañana, ¡mientras estabas durmiendo!

La sonrisa que había esperado no llegó al rostro de Xena. En su lugar, encontró una mirada de ira.

—¿Has ido a pescar? ¿Mientras yo dormía? Gabrielle, ¿tienes idea de lo peligroso que es eso?

—No tanto. —La bardo meneó la cabeza—. No había nadie en muchas millas a la redonda.

—No me preocupa la gente, Gabrielle. —La guerrera avanzó hacia ella y Gabrielle se sentó sobre sus talones—. ¿Qué me dices de los animales? ¿De las serpientes? ¿Qué hubiera pasado si te llegas a desmayar? ¡Podrías haberte ahogado! —Se arrodilló cerca de la bardo y le levantó la camisa para examinar la herida—. ¿Y si se te infecta? ¿La has limpiado desde que fuiste al río?

La bardo clavó su mirada en el suelo.

—No.

Xena suspiró suavemente y acarició el seco cabello de la joven.

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