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XWP Alt » Vida
desde la muerte
«Xena Princesa
Guerrera» «Life from death»
Una historia original de Xena, derechos de
autor 1996 por Patricia L. Ennis Jadzia7627@aol.com
(DAx =/\=)
Katchoo@ix.netcom.com
Bueno, ahí va
el rollo de siempre.
Los nombres y títulos
de esta historia son propiedad exclusiva de
la MCA. Yo los he tomado prestados para escribir
una obra de ficción. No pretendo infringir
sus derechos de autor. La historia misma,
así como todo a lo que se refiere,
excepto lo anteriormente dicho, pertenece
a su autora, Patricia L. Ennis. El relato
no puede ser vendido, y archivado sólo
con permiso y/o en los lugares para los cuáles
fue escrito.
Aparte de eso, esta historia
es para adultos (de más de 18) que
no encuentren ningún tipo de reparo
ante escenas de amor gráficas (bueno,
o semigráficas… no, definitivamente
son gráficas) entre personas del mismo
sexo. Si eso te ofende, o tienes menos de
18 años, no sigas leyendo.
Éste es mi primer
fanfiction de Xena. Anteriormente escribí
de DS9, así que agradeceré enormemente
cualquier comentario que me enviéis.
¡Gracias!
Esta historia tiene lugar
inmediatamente después de lo acontecido
en el templo tesaliano en el episodio «Is
There A Doctor In The House?» (¿Hay
algún médico en la casa?).
¡Que los Profetas
os guarden!
:: VIDA DESDE
LA MUERTE ::
(LIFE FROM DEATH)
Por
Patricia L. Ennis
Ya era casi de noche
cuando Xena miró de soslayo a Gabrielle,
intentando dibujar sus rasgos en la creciente
oscuridad. Advirtió que su cabello
rubio rojizo enmarcaba una cara demasiado
pálida, así que tiró
de las riendas de Argo deteniéndola
de golpe.
—¡Eh! —Gabrielle
se agarró al extremo de la silla de
montar—. ¿Qué estás
haciendo? —Intentó recobrar el
equilibrio, pero finalmente fue la mano de
Xena lo que la estabilizó, y miró
a su amiga guerrera con curiosidad—.
Creía que íbamos a intentar
llegar a Atwir antes del anochecer.
Xena la ignoró
mientras conducía a Argo fuera del
camino y se adentraba en la arboleda que les
serviría de refugio lo que quedaba
de día. Una vez allí descargó
la mayor parte de sus cosas, se dirigió
hacia Gabrielle con la intención de
ayudarla a desmontar y sólo entonces
contestó.
—Estás pálida.
—Su voz sonó tajante—.
Necesitas comer, entrar en calor y dormir.
—Miró alrededor del pequeño
claro, ladeando la cabeza para escuchar la
noche, que iban aumentando casi imperceptiblemente—.
Atwir no va a ir a ninguna parte. Hay que
acampar, y este lugar es tan bueno como cualquier
otro. —Señaló un área
concreta en penumbra a unos 75 pies de donde
se encontraban—. Hay un río entre
esos árboles. Mañana intentaré
pescar algo. Se nos está acabando la
carne seca.
Gabrielle suspiró
dejándose levantar de la silla. Mientras
Xena la ayudaba a bajar, sonrió de
forma resuelta con una idea dulce, pero extraña,
formándose en su mente, y se vio a
sí misma fascinada por lo adorable
que aquella mujer podía ser…
cuando lo intentaba.
—¿Sabes,
Xena? —Hizo un esfuerzo por mantener
su voz firme—. Ya no soy una niña.
Puedo bajarme sola del caballo
Cuando ya estuvo en el
suelo los ojos de ambas se encontraron, y
deseó no haber pronunciado aquellas
palabras. Por un momento, no más de
un segundo, creyó ver dolor en los
ojos azules de su amiga, pero si alguna vez
lo hubo desapareció para dejar paso
a la acostumbrada e imperturbable expresión
de la guerrera.
—Aún estás
herida, Gabrielle. Si yo no evito que acabes
contigo misma, ¿quién lo haría?
La joven bardo asintió
en silencio, furiosa consigo misma, y se dispuso
a extender su manta en el suelo. En cuanto
se inclinó, un terrible dolor se desató
en su abdomen, obligándola a doblarse
sobre sí misma y dejarse caer de rodillas.
—¡Gabrielle!
—Xena se situó a su lado al instante,
agarrándola por los hombros para evitar
que se desplomara—. ¡Déjalo!
¡Te dije que yo lo haría! —Respiró
hondo y endulzó su voz—. No puedes
recuperarte de una herida como ésta
en tan sólo un par de días.
Estuviste a punto de morir, Gabrielle. —Tragó
saliva al recordar que su amiga de hecho había
muerto—. Tienes que tomártelo
con calma. —La levantó con cuidado
y la llevó hasta un árbol caído,
junto al lugar en que tenía pensado
encender el fuego. La recostó contra
el tronco, levantó la venda que cubría
el abdomen de la bardo y sacó un trapo
y un frasco de las alforjas de Argo tras echar
un vistazo a la herida—. Se ha abierto.
—Desenfundó su daga y la puso
entre los dientes de Gabrielle—. Te
va a doler, así que muerde con fuerza.
—Quitó el corcho de la botella
y vertió una pequeña cantidad
de líquido sobre el profundo corte,
y escuchó la aguda aspiración
de Gabrielle y el chirrido de sus dientes
contra el metal. Antes de que el dolor inicial
hubiese desaparecido, la cura estaba lista.
Limpió la piel que rodeaba a la herida
y centró su atención en el magullado
cuello de la joven.
Una vez más, la
dulzura de la guerrera la asombró.
Los cuidados de los monjes tesalianos habían
sido minuciosos, pero también extremadamente
dolorosos, casi hasta el punto de hacerle
perder el sentido en más de una ocasión.
Las manos que ahora la tocaban eran suaves,
experimentadas, y sólo le causaban
las molestias necesarias.
Xena se había
echado a un lado el pelo para evitar que le
molestara mientras trabajaba, y Gabrielle
se descubrió a sí misma estudiando
su rostro. Su piel se había oscurecido
por tantos años al sol, aunque parecía
suave, y hacía resaltar aún
más la claridad de sus ojos, casi tan
azules como el más puro de los zafiros.
Siguió la línea de una adorable
nariz hasta los rojos labios ubicados bajo
ella. Estaban ligeramente separados y se movían
mientras Xena continuaba examinando las heridas
que marcaban su cuerpo. Por un instante, se
preguntó lo que se sentiría
al tocarlos, al probarlos… y luego apartó
la vista.
"Vaya", pensó
para sí. "Definitivamente esto
es nuevo".
Sacudiendo la cabeza,
intentó averiguar por qué se
sentía tan nerviosa. Al fin y al cabo,
se trataba de Xena.
—¿Te estoy
haciendo daño?
—¿Qué?
—replicó, sintiéndose
ligeramente culpable, y luego negó
al escuchar la pregunta de nuevo en boca de
su amiga—. No, ¿por qué?
—Como mueves la
cabeza… —Miró más
de cerca a la bardo—. ¿Seguro
que estás bien?
—Sí…
Estoy bien. —Intentó sonreír—.
Sólo pensaba.
Alcanzó un odre
de agua y tomó un sorbo.
—¿Sobre
qué?
Gabrielle se atragantó.
Dejó caer el odre al suelo y se agarró
el costado, tosiendo con fuerza. El dolor
era intenso, y apretó los ojos para
contener las lágrimas que amenazaban
con caer por sus mejillas. La guerrera le
golpeó en la espalda hasta que la tos
cesó.
—Ya estoy bien
—jadeó.
—¿Qué
ha pasado? —Xena la miró con
preocupación—. No tienes problemas
para respirar, ¿verdad? —Sintió
un ligero atisbo de pánico le empezó
en la boca del estómago mientras estudiaba
la cara de Gabrielle.
—No —suspiró—.
Sólo… se me fue por el lado equivocado.
—Volvió la cabeza para esconder
el rubor que empezaba a crecer en sus mejillas.
Xena continuó
mirándola unos segundos más
antes de recoger el odre del suelo. Tomó
un largo trago, pensando para sí que
Gabrielle no sabía mentir. Se planteó
por un instante el seguir indagando sobre
el tema, pero finalmente decidió dejarlo
pasar. Ya habría tiempo para eso más
tarde, cuando se sintiera mejor.
—Voy a hacer fuego
y a preparar el campamento. Si sabes lo que
te conviene, quédate donde estás.
Gabrielle asintió,
a sabiendas de que ya había enfadado
bastante a su amiga por una sola noche. La
observó mientras realizaba sus tareas,
preguntándose si su mentira habría
sido convincente. Y de algún modo,
supo que no.
No quedaba ya demasiado
por hacer, y aun eso, Xena lo llevó
a cabo con su acostumbrada eficacia. Una hora
más tarde las mantas estaban en su
sitio, el fuego encendido y un conejo chisporroteando
sobre el asador. Xena suspiró. Ya no
había nada en lo que ocupar su mente,
y eso significaba volver a Gabrielle. Por
mucho que intentara no pensar en lo que había
sucedido en el templo tesaliano, los recuerdos
volvían una y otra vez. Nunca en su
vida se había sentido tan impotente,
y la impotencia no era un sentimiento con
el que la Princesa Guerrera estuviera acostumbrada
a lidiar. Pero allí, junto a ella…
Detuvo sus pensamientos, preguntándose
qué era Gabrielle para ella. "Mejor
amiga" ni siquiera parecía aproximarse.
Pero en aquel lugar, con Gabrielle muerta
en sus brazos, había sentido romperse
su corazón, algo que no había
experimentado desde hacía mucho tiempo.
Miró a la bardo y pensó en todas
las veces que había intentado dejarla
atrás, diciéndose que era por
el bien de la joven. Ahora se preguntaba si
no lo hizo pensando en sí misma. Alejándose
de la única persona que podía
traspasar sus defensas, se alejaría
también del riesgo de perderla.
Estudió la cara
de la bardo como si de una estatua se tratase,
con la luz del fuego parpadeando en sus ojos
mientras observaba las llamas. Inspiraba delizadeza,
confianza… cercanía. Se dio cuenta
de que quería abrazarla, sentir aquel
cabello rubio rojizo contra su piel, trazar
los suaves rasgos de su rostro. Una vez más,
libremente, los recuerdos del templo volvieron
a ella, mostrándole el rostro de Gabrielle
tal y como había estado, pálido,
y aun así… salpicado por su propia
sangre. Cerró los ojos ante la oleada
de pánico que recorrió su cuerpo
antes de acabar encogiéndole el corazón.
Esperó a que pasara, reuniendo la fuerza
necesaria para encarar el doloroso sentimiento
que sabía que seguiría a todo
aquello. Dejó caer su peso contra un
tronco, respiró el aire de la noche
e intentó normalizar los salvajes latidos
de su corazón.
Una vez recuperada la
compostura, se volvió hacia el fuego
y encontró a Gabrielle mirándola,
mostrando preocupación en sus expresivos
ojos verdes.
—Xena… ¿te
encuentras bien? Pareces algo pálida.
Xena permaneció
en silencio unos segundos, preguntándose
qué haría Gabrielle si le dijera
la verdad. Suspiró y se encaminó
hacia el río.
—Estoy bien, Gabrielle.
Voy a darme un baño.
—Pero… ¿y
tu armadura? —dijo Gabrielle tras ella.
—Puedo arreglármelas
por una noche, Gabrielle. Ya lo hacía
antes de conocerte, ¿recuerdas?
El silencio que siguió
a sus palabras la hizo girarse una vez más.
La joven tenía la mirada fija en el
suelo. Su rostro no mostraba la más
mínima emoción, pero Xena supo
que la había herido. Con un suspiro,
volvió al campamento.
—¿Sabes?
—Intentó alcanzar su espalda
y lo hizo torpemente a propósito—.
Estas hebillas están más altas
de lo que yo recordaba. Además, creo
que he perdido práctica. Voy a necesitar
tu ayuda después de todo.
Se sentó con las
piernas cruzadas frente a la bardo, y se volvió
de espaldas antes de poder ver la sonrisa
de Gabrielle.
Al principio simplemente
se dejaba hacer mientras Gabrielle desataba
los lazos y las hebillas que ceñían
la pieza de cuero a su cuerpo, pero a medida
que las piezas que lo cubrían iban
cayendo, la tibieza de los dedos sobre su
piel comenzó a tomar intensidad. Cerró
los ojos, saboreando la suavidad de aquellas
manos, hasta que de forma vacilante llegaron
sobre el último pedazo de tela que
la cubría.
—No. —Su
voz surgió con un cierto matiz que
ella mismo no supo precisar—. Quiero
decir… Necesito llevar algo puesto hasta
llegar al río.
Se asombró al
ver algo parecido al arrepentimiento cruzando
el rostro de Gabrielle y tranformarse en alivio.
Agarró una camisa limpia y se levantó
para irse.
—Xena… —Ésta
miró atrás y se encontró
a Gabrielle sosteniendo su daga—. Llévatela.
—Su voz resonó grave, casi ronca,
y los ojos de la bardo mantenían una
mirada interrogante—. En esta zona no
hay depredadores grandes, pero prefiero que
te lleves algún arma, por si acaso.
Y Xena…
—¿Qué,
Gabrielle? —Estaba segura de que su
impaciencia había quedado al descubierto,
pero no pudo evitarlo. Más que ninguna
otra cosa, necesitaba alejarse de allí
y pensar. Un río helado era perfecto
para enfriarle la sangre, que sentía
como fuego en las venas.
La joven bardo retrocedió
y apartó al vista hacia los árboles.
—¿Qué
hay de mí? —susurró, casi
suplicando—. Me siento tan… sucia.
La cara de Xena se tornó
en una expresión mucho más suave
mientras se arrodillaba junto a Gabrielle
y le apartaba el pelo de la frente.
—Lo siento, debería
haberme dado cuenta. —Alcanzó
un odre vacío y se lo puso al hombro.
Luego buscó unas cuantas rocas grandes,
las acercó al fuego y sonrió—.
Calentaré un poco de agua cuando vuelva.
¿De acuerdo?
—Gracias —dijo
Gabrielle sonriendo.
La guerrera asintió
y se dirigió hacía el río.
Gabrielle siguió
observándola hasta que la perdió
de vista, preguntándose acerca de la
naturaleza del placer que sentía al
mirar a su amiga. Estaba tan confusa por eso
como por lo de sus labios. ¡Oh! Ya había
observado a Xena antes, pero como una bardo.
Con el fin de reunir los detalles que luego
usaría en sus cuentos o estudiándola
para aprender el modo de utilizar un cayado
o arrojar un chakram. Esto era completamente
distinto. Con un suspiro, cerró los
ojos y esperó.
***
El agua estaba helada.
No había comprobado
la temperatura antes de saltar y se arrepintió
inmediatamente. La idea era que estuviera
fría, ¡pero no tanto! En cualquier
caso, ya era demasiado tarde.
Se sumergió con
los dientes castañeando, restregándose
el jabón por el cuerpo y el pelo, tratando
de darse la mayor prisa posible. Había
esperado que el agua la calmara, pero el efecto
fue justamente el contrario. Sentía
vivo cada centímetro de su piel y cada
nervio gritaba mientras el líquido
acariciaba su cuerpo. Nadó unos minutos
a toda velocidad para probar su resistencia,
llenó el odre y se puso la camisa.
Cuando llegó al
campamento, Gabrielle estaba dormida. Alejó
las piedras del fuego a patadas y colocó
el pellejo sobre de ellas. Luego sacudió
el hombro de la bardo y sonrió.
—Pensaba que querías
un baño.
—Y lo quiero…
—murmuró Gabrielle comenzando
a quitarse la camisa.
—Espera, déjame
ayudarte. —Xena se agachó y lentamente
separó la tela de su piel, cuidando
especialmente la herida reciente de su costado.
Luego le desanudó la falda y se la
quitó. Dobló la ropa y la puso
a su lado. Volviéndose, miró
fijamente a la mujer que tenía frente
a ella y su respiración quedó
congelada unos segundos.
Al parecer la luna estaba
de parte de Gabrielle, o mejor dicho, de Xena.
Su arco lucía completo y alumbraba
con fuerza, provocando que aquella pálida
piel casi resplandeciera. Y Gabrielle era
preciosa. Sus pechos eran firmes, su estómago
plano, sus caderas esbeltas. La había
visto de esa misma forma antes, cuando nadaban
juntas, pero de algún modo ésta
vez era diferente.
Se aclaró la garganta,
sacó un trapo y jabón, agarró
el pellejo rebosante de agua tibia y se arrodilló
tras ella. Sólo miró a Gabrielle
cuando estaba lista para empezar a lavarla.
—Dime si te hago
daño —murmuró.
Empezó por los
hombros, frotándolos con cuidado, y
luego bajó hasta sus pechos. A su alrededor,
por encima, y en ese momento creyó
sentir temblar a Gabrielle.
—Qué bien…
—murmuró la bardo.
—Mmmhmmm. —Xena
no dijo nada más. Su atención
se centraba enteramente en lo que estaba haciendo.
Sus ojos seguían el rastro del trapo
antes de pasarlo por su estómago, rodeando
la herida ya limpia de la mujer. Cuando llegó
a su abdomen, levantó la vista, expectante
ante lo que descubrió al hacerlo.
La cabeza de Gabrielle
estaba inclinada hacia atrás, su boca
abierta ligeramente y su respiración
un poco acelerada. Xena tragó saliva.
Aquello era demasiado parecido al gesto de
una mujer… a quien estuvieran haciendo
el amor. Dejó que sus dedos subieran
por el pecho de la bardo hasta tocar su rostro,
y sólo entonces Gabrielle abrió
los ojos sobresaltada.
—Lo siento —se
apresuró a decir—. La sensación
del agua… —Miró a Xena
con miedo en los ojos.
—Lo sé,
Gabrielle. —La guerrera suspiró—.
¿Quieres que continúe o prefieres
seguir tú?
Gabrielle llevó
su mirada hacia abajo, hacia la zona en que
reposaba la mano de Xena, contra la piel de
su abdomen, justo sobre la zona de pelo rubio
rojizo. Su corazón empezó a
latir con fuerza al plantearse sus opciones.
Era consciente de que no iba a ser capaz de
esconder el placer que los cuidados que Xena
le estaban proporcionando. Pero la idea de
parar tampoco le era apetecible.
—Yo… ¿Puedes?
—Giró la cara para esconder su
rubor—. ¿Despacio?
Xena asintió, atónita
de que Gabrielle quisiera que continuara.
Se arrodilló entre las piernas de la
bardo y dejó que el agua cayera desde
el odre y sobre su cuerpo. Con cuidado, lavó
sus pantorrillas y sus muslos antes de seguir
hacia arriba, al triángulo de pálidos
rizos que habitaba entre sus piernas. Allí,
disminuyó la velocidad de su mano,
pasando el trapo suavemente sobre la sensible
zona. Cuando retiró el trapo para humedecerlo
de nuevo, sus dedos rozaron accidentalmente
el excitado clítoris de Gabrielle,
causándole un temblor que recorrió
su pequeña figura. Xena se apartó,
sorprendida ante la capa de calidez que había
encontrado su mano. Miró los aterrorizados
ojos de Gabrielle y, un segundo después,
se llevó los dedos a los labios. Inhaló
su esencia profundamente y luego… los
saboreó.
—Xena… —La
voz de Gabrielle surgió como un ronroneo,
recordándole al sonido de la de Xena
antes de que se dirigiese al río. Con
salvaje esperanza, puso su mano contra el
pecho de la guerrera—. Creo que estoy
enamorada de ti, y… quiero…
Xena cerró los
ojos para protegerse de aquellas palabras,
pero ya era tarde. La muchacha a la que había
salvado hacía tanto tiempo ya no estaba
allí. Había sido reemplazada
por una joven mujer, esa que le había
robado el corazón. No era capaz de
recordar cuándo exactamente, pero sí
sabía que la amaba.
—¿Estás
segura, Gabrielle? No seré capaz de
parar una vez hayamos empezado. Creo que he
deseado esto durante demasiado tiempo. —Contempló
los ojos verde pálido de la bardo—.
No podrás volver atrás. El hecho
de que sea una mujer no significa que no vaya
a contar.
Gabrielle sonrió.
—Eso ya lo sé,
Xena. ¿Por qué crees que he
esperado tanto? Quería que fueras tú.
Siempre has sido tú… —Una
mirada de dolor cruzó su rostro, y
se echó la mano al costado—.
Pero…
—No temas. —La
sonrisa de la guerrera surgió dulce
y su voz suave—. Las mujeres no son
como los hombres, Gabrielle. Todo es más
delicado… si queremos que lo sea.
La muchacha asintió
y se tumbó boca arriba, respirando
profundamente. Pensó por un segundo
en cerrar los ojos, pero la idea quedó
desechada en el mismo momento en que Xena
se quitó la camisa. Había visto
a la guerrera medio desnuda muchas veces,
pero nunca completamente, y nunca por y para
ella.
Xena se agachó
hasta ponerse sobre la bardo, asegurándose
de no tocar su costado herido. Con una lentitud
que amenazaba con volverla loca, hizo descender
sus labios hasta que probaron la dulzura de
la boca de Gabrielle.
Un rayo de deseo atravesó
el cuerpo de la bardo, haciendo que se apretara
contra la guerrera mientras abría la
boca para probar su lengua. Su primer beso
fue lento, largo y dulce. Pensó que
nunca podría hartarse de los labios
de Xena hasta que la guerrera se encaminó
hacia abajo, por su cuello, y los cerró
entorno a uno de sus pezones. Nunca había
experimentado algo así. Sintió
un profundo ardor en el fondo de su estómago
que la obligó a levantar los brazos
y entrelazar sus dedos en el pelo de Xena.
Con una fuerza nacida de la pasión,
apretó la cabeza de la guerrera contra
sí y levantó la espalda del
suelo. Entonces sintió una sonrisa
contra su piel.
—Eres tan dulce,
Gabrielle. —Llevó su mano al
otro pecho de la bardo, usando sus dedos para
pellizcarle el pezón ligeramente mientras
acariciaba con los dientes el que quedaba
más cerca de la boca—. Deseabas
esto, ¿no es así? Pero no tanto
como yo… —Pasó su mano
libre por el muslo de Gabrielle, elevándola
hasta tomar el lugar de sus labios en el pecho
de la joven mujer. Luego deslizó su
boca hacia abajo, introduciendo la lengua
en su ombligo. Cuando llegó al borde
de sus pálidos y aromáticos
rizos colocó la mejilla contra él,
inhalando la más dulce esencia que
jamás había conocido—.
Gabrielle…
—Por favor…
—Eran las únicas palabras que
la bardo fue capaz de recordar.
Con un suspiro, bajó
sus labios hasta Gabrielle, abriéndola
para que su lengua pudiera alcanzar lo más
profundo de su cuerpo. Sus labios no encontraron
nada excepto suavidad y calidez, cubierta
de una dulzura que sintió como néctar
en su lengua. Abrió los ojos para observar
la cara de la bardo mientras continuaba acariciándola.
Los ojos de Gabrielle se habían cerrado,
su respiración surgía entrecortada,
interrumpida por susurros: el nombre Xena.
La observó muy de cerca mientras bajaba
su mano, rodeando la entrada que conducía
a su interior. Lentamente, la penetró
con tanto cuidado como fue capaz hasta que
el dolor abandonó la cara de Gabrielle
y una mirada de deseo la reemplazó.
La misma mirada que se volvió éxtasis
cuando la velocidad de Xena se incrementó
e igualó las acometidas de su lengua.
Unos pocos minutos más y la espalda
de Gabrielle se arqueó, sus caderas
se desbocaron y después se dejó
caer respirando con dificultad.
—Xe… Xena…
Para… No puedo más. —La
guerrera se levantó para echarse a
su lado, trazando círculos alrededor
de sus pezones con la humedad de sus manos.
Cuando se reclinó para besarla, Gabrielle
pudo oler su propia esencia sobre los labios
de Xena y los palpó lentamente, tanteándolos
con su lengua. Después de la primera
degustación, sonrió y la miró
a los ojos—. ¿Qué tal
tú?
—Estoy bien, Gabrielle
—afirmó Xena sonriendo con aire
cansado—. De hecho, estoy perfectamente.
Abrazó a la bardo
y la acercó a su pecho.
—Pero quiero…
—Shhh. —Xena
colocó sus dedos todavía húmedos
sobre los labios de Gabrielle—. Ya habrá
tiempo para eso. No voy a irme a ninguna parte.
—Estrechó su abrazo—. Y
tú tampoco. Descansa, recupera el aliento.
—Su sonrisa iluminaba la oscuridad—.
Porque vas a necesitarlo.
***
Gabrielle se dejó
sacar del sueño poco a poco, abriendo
los ojos al cielo azul oscuro en el que iba
retrocediendo la noche. Podía percibir
la fragancia del agua através del viento,
lo que le ayudó a recordar dónde
se encontraba. Con un profundo suspiro, se
recorrió el pelo con los dedos y reflexionó
sobre su sueño. El sueño en
el que Xena la tocaba suavemente, cubriéndola
con la suavidad de sus labios…
Le llevó un rato
darse cuenta de que el frío que sentía
lo producía la brisa acariciando su
piel desnuda. Sus ojos se agrandaron ligeramente
y se dirigieron a la manta sobre la que estaba
tumbada. Bajo ella, observó unos mechones
de pelo castaño oscuro cayendo sobre
una preciosa frente. Su corazón empezó
a martillear dentro de su pecho al tiempo
que aceptaba el hecho de que su sueño
había sido real. Que Xena la había
bañado y hecho el amor a la luz de
la luna.
—Ya no soy virgen
—susurró suavemente, sonriendo
ante el absurdo placer que le producía
pronunciar esas palabras—. Tú
has sido mi primera vez.
Con una dulzura que surgía
del amor que sentía en su corazón,
se inclinó hacia Xena y dejó
que sus labios se rozaran, acariciándole
la mejilla antes de levantarse para echar
otro tronco al fuego. Sintió un fuerte
rugido en el estómago y miró
el asador que aún contenía un
pedazo de carne carbonizado. Sonriendo, lo
arrojó a los lobos que seguramente
merodearían detrás de los arbustos
y buscó algo de comer en sus bolsas.
Lo único que pudo encontrar fueron
unas pocas tiras de carne seca, que no le
causaron excesivo entusiasmo.
"Una mañana
como ésta merece un festín",
pensó ", y no restos de carroña
de ve a saber qué animal".
Más en el fondo
dio con un cuchillo, lo colocó sobre
uno de los extremos de su cayado y lo sujetó
a él con una tira de cuero. También
halló las raíces que Xena usaba
para hacer té, y las puso en una cazuela
con agua para que hirvieran mientras ella
estaba ausente.
Hecho esto, se puso la
camisa de Xena y se dirigió camino
abajo hacia el río, utilizando el mismo
sendero que la guerrera había recorrido
la noche anterior, ahora visible por la tenue
luz del amanecer. Cuando llegó a su
destino se sentó en la orilla, recostándose
sobre los codos para poder mirar directamente
al sol que se aproximaba. Con los ojos cerrados,
pensó en la túnica que llevaba
puesta y también en la mujer que la
había llevado la noche anterior. Cuando
Xena regresó del río había
algo en sus ojos, algo… accesible. Y
de algún modo, su cuerpo lo supo. No
sabía nada de sexo, o de lo que debía
esperar, pero lo que había sucedido
excedía incluso sus más hermosas
fantasías. Recordó los sueños
que había tenido con su amiga; los
primeros había sido imágenes
de sí misma salvando la vida de la
guerrera, siendo útil. Los otros las
incluían acercándose más
y más, y Gabrielle lo siguió
anhelando hasta que se dio cuenta de que esos
sueños reflejaban su vida; sólo
que su vida los había superado al tomar
a Xena como amante.
Sus reflexiones la habían
llevado más allá del amanecer,
y sintió cómo sus pálidas
mejillas comenzaban a calentarse bajo el sol
de la mañana. O al menos, ella pensaba
que esa era la causa. Posiblemente habían
sido los últimos pensamientos que habían
recorrido su mente sobre la guerrera y sobre
cómo sería hacerle el amor,
tocarla… probarla.
Con un suspiro, se puso
de pie y se quitó la adorada túnica
sobre la que seguramente algún día
urdiría una historia, y se introdujo
lentamente en el río. Fue capaz de
ignorar el dolor hasta que el agua helada
cubrió sus costados, y se obligó
a apretar los dientes por las intensas punzadas
que atravesaban su cuerpo. Cuando pasó,
alzo su cayado y permaneció quieta.
Tras unos minutos, las sombras oscuras comenzaron
a moverse entre sus pies. Dejó ir a
varias, sabiendo que no serían suficientemente
grandes y que probablemente solo tendría
fuerza para llevar a cabo aquel proceso una
vez. Ya estaba tiritando de pies a cabeza,
cuando un gran bulto nadó entre sus
pantorrillas rozándola con sus agallas
al pasar. Con un poderos golpe, atravesó
el cuerpo gracias a su improvisado arpón
hasta que éste se clavó en la
arena.
Sonrió ligeramente,
sabiendo que aquella no era la manera en que
Xena lo haría, pero el resultado era
el mismo sin tener en cuenta la herida del
pez. Intentó tirar del cayado, pero
el dolor se lo impidió. Frunciendo
el ceño, agarró al animal por
la cola y lo sacó del río con
la mano izquierda. Al llegar a la orilla se
tumbó en la arena y dejó que
el sol secara su piel. Una vez que la humedad
hubo desaparecido de su cuerpo, se puso la
camisa larga y empezó a impiar su presa.
Tras quitarle la piel, las espinas y cualquier
cosa que pareciesen tripas, envolvió
la carne en unas hojas para que no perdiese
el sabor y regresó al campamento. Por
el camino, encontró una gran cantidad
de hierbas salvajes y recogió algunas
que podía necesitar, con cuidado para
no impedir que las plantas pudiesen continuar
floreciendo.
Se sorprendió
al comprobar que Xena seguía dormida
junto al fuego. Normalmente a esa hora la
guerrera ya estaba abrillantando su armadura
o tomando un té. Gabrielle se sintió
orgullosa, deseando haber tenido algo de culpa
de su cansancio. Roció las hierbas
sobre el pescado, volvió a enrollarlo
y lo colocó sobre el fuego para que
se asara. Las hojas verdes evitarían
que se quemase, y las hierbas le darían
sabor. El aire se llenó de un maravilloso
aroma y cuando terminó de preparar
el té, la mujer despertó por
fin.
Gabrielle sonrió
al observar en el rostro de Xena la misma
confusión que ella había sentido
aquella mañana, y estalló en
carcajadas cuando la guerrera miró
bajo la manta y encontró su cuerpo
desnudo.
—Ha sido real.
—Su mirada se tornó tierna—.
Era demasiado maravilloso para ser un sueño.
—Me alegra que
tú también lo pienses. —Xena
se estiró, tan expresiva como siempre,
y Gabrielle notó que sus ojos eran
incapaces de apartarse de la suave, morena
piel que cubría los músculos
de la guerrera. Ésta alargó
la mano y recogió el pelo de Gabrielle,
que se había aproximado peligrosamente
al fuego, sobre su hombro. Con una sonrisa,
bromeó—. Déjame vestirme
antes de que quemes algo que ambas podamos
echar de menos.
La bardo se ruborizó
y apartó la vista con una sonrisa culpable
bailando en sus labios. Aún observaba
a la guerrera de reojo mientras ésta
buscaba su túnica, y sólo entonces
se dio cuenta de que Gabrielle la tenía
puesta.
—¿Sabes?
No creo que me valga tu ropa, Gabrielle.
—Pues encuentra
algo, porque no vas a recuperar ésta.
—¿En serio?
—La ceja de la guerrera se arqueó—.
¿Cuántos dinares te apuestas
a que soy capaz de quitártela por la
fuerza?
Gabrielle tragó
saliva.
—No sabía
que pudieras hacer eso…
—Tengo muchas habilidades.
La lujuriosa mirada en
la cara de Xena hizo reír a Gabrielle.
—De acuerdo, puedes
intentarlo después de desayunar. Ten,
ponte esto por ahora. —Sacó de
su bolsa una de las camisas más viejas
de la guerrera y se la lanzó.
—Hmph. —Xena
la miró unos segundos antes de sonreír
y deslizarla sobre su cuerpo—. ¿Qué
huele tan bien?
—¡Pescado!
—Gabrielle sonrió con orgullo—.
Lo atrapé esta mañana, ¡mientras
estabas durmiendo!
La sonrisa que había
esperado no llegó al rostro de Xena.
En su lugar, encontró una mirada de
ira.
—¿Has ido
a pescar? ¿Mientras yo dormía?
Gabrielle, ¿tienes idea de lo peligroso
que es eso?
—No tanto. —La
bardo meneó la cabeza—. No había
nadie en muchas millas a la redonda.
—No me preocupa
la gente, Gabrielle. —La guerrera avanzó
hacia ella y Gabrielle se sentó sobre
sus talones—. ¿Qué me
dices de los animales? ¿De las serpientes?
¿Qué hubiera pasado si te llegas
a desmayar? ¡Podrías haberte
ahogado! —Se arrodilló cerca
de la bardo y le levantó la camisa
para examinar la herida—. ¿Y
si se te infecta? ¿La has limpiado
desde que fuiste al río?
La bardo clavó
su mirada en el suelo.
—No.
Xena suspiró suavemente
y acarició el seco cabello de la joven.
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