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desde la muerte » 02
:: VIDA DESDE LA
MUERTE ::
(LIFE FROM DEATH)
—Lo siento, Gabrielle.
Sé que lo has hecho de corazón,
pero el agua puede llevar enfermedades, especialmente
si entra en una herida abierta. Deja que la limpie…
—¿Después
de desayunar? —preguntó esperanzada—.
Me muero de hambre. Por si no te has dado cuenta,
anoche tampoco comimos nada.
La guerrera sonrió.
—Muy bien. Tú
ganas. Después de desayunar.
Gabrielle sonrió y
la empujó para que se sentara. Puso té
en dos jarras y usó un extremo de su cayado
para sacar la comida del fuego. Tras apartar las
hojas con cuidado, puso el pescado sobre una roca
y partió un buen pedazo, llevándolo
a la boca de Xena.
—Pruébalo.
La guerrera se acercó
y comió, cerrando sus labios alrededor
de los dedos de la bardo de paso. Gabrielle aguantó
la respiración hasta que quedó liberada,
y luego tragó con dificultad.
—¿Está…
bueno? —Su voz temblaba.
—Mucho —asintió
Xena, y dio de comer un trozo a Gabrielle—.
Te has superado a ti misma. Muchas gracias —añadió
tras pensar unos segundos.
—De nada. —Miró
a la guerrera y sonrió—. Lo que sea
por ti.
Xena levantó la vista
rápidamente pero Gabrielle había
vuelto a comer. Su reacción ante las palabras
de la bardo le había pillado por sorpresa.
No había tenido tiempo de pensar. Tampoco
de estar a solas. Sintió crecer el pánico
en su interior y tuvo que clavar la vista en el
suelo para calmarse. Lo más raro era que
aquella sensación no le resultaba del todo
desagradable. Terminó el desayuno lo más
rápidamente posible y se sentó de
nuevo para beber su té y mirar a la joven,
entregada a la tarea de peinarse.
—¿Quieres que
te cepille el pelo, Xena?
—No, yo… —Dejó
su taza—. ¿Quieres que te peine yo?
La boca de Gabrielle se abrió
ligeramente.
—¿En serio?
Su sonrisa fue suficiente
para iluminar los lugares más oscuros del
corazón de la guerrera. Suficiente para
hacerla pensar que quizás, sólo
quizás, tenía una oportunidad de
ser feliz. Pero en ese caso, ya venía siendo
feliz desde hacía tiempo. Desde que había
salvado a esta molesta pequeña bardo…
—Lo intentaré.
—Se puso detrás de Gabrielle y le
recogió el pelo con la mano—. Dime
si te hago daño. No tengo mucha práctica.
Gabrielle se quedó
sentada pacientemente mientras Xena empezaba a
pasar una y otra vez el cepillo, y su corazón
se llenó de sorpresa al sentir aquellas
fuertes manos temblar contra su cuello. Tras unos
minutos, el movimiento se detuvo y sintió
los labios de Xena junto a su cabeza.
—Gabrielle… —Su
suspiro fue ronco, lleno de necesidad.
Volviéndose, unió
los hambrientos labios de la guerrera con los
suyos propios, cubriéndolos para que la
lengua de Xena pudiera probar su boca. Se dejó
reclinar en el suelo, pasando sus manos bajo la
camisa de Xena y dejando así su torso al
descubierto. Unos labios rozaron su mejilla, su
garganta, encaminándose hacia sus pechos,
pero no se detuvieron ahí, sino hasta llegar
al lugar en que querían estar.
La lengua de Xena se deslizó
por el clítoris de Gabrielle, tomando aquella
delicada zona en su interior, rozándolo
muy ligeramente con los dientes. Mientras su boca
trabajaba allí, sus dedos descendieron
y se deslizaron en el interior de la joven. No
hubo dolor esa vez, sólo una firme oleada
de placer que empezó en sus pies y viajó
hacia arriba, casi hasta hacerle perder la cabeza.
Sus caderas se movieron a su propio ritmo, empujándola
más fuerte contra la lengua y los dedos
de Xena, anidados dentro de la bardo. Habían
encontrado un lugar alto y liso que amenazaba
con robarle todos sus sentidos. Sin pensarlo,
las manos de Gabrielle se elevaron y se enlazaron
en la cabeza de Xena. Incapaz de hablar, le mostraron
a la guerrera el lugar adecuado, y la mantuvo
allí hasta que su visión se ennegreció
y sintió como si su corazón fuera
a pararse. Un hondo grito salió de sus
labios. Jadeando, atrajo hacia arriba la cabeza
de su amante y se derrumbó en el suelo.
—Ha sido… rápido
—susurró.
—Bueno, no estás
acostumbrada. —Xena sonrió mientras
viajaba por el cuerpo de la bardo para instalarse
en sus brazos.
Gabrielle sonrió débilmente
y la besó. El gusto y la esencia de su
boca pasó a través de sus sentidos
mientras paseaba una mano distraída por
el costado de la guerrera.
Xena se la agarró
y la mantuvo entre las suyas.
—Hay tiempo suficiente
para eso más tarde. —Besó
a Gabrielle una última vez y se separó
de ella—. Se ha hecho tarde. Hay que limpiarte
la herida y ponernos en marcha. Necesitaremos
comprar algún ungüento en Atwir para
asegurarnos de que no se infecte, y yo…
—Miró a la bardo con una expresión
ilegible en su rostro—. Voy a tomar un baño
—sonrió—. Lo necesito. Traeré
agua también para ti.
Gabrielle la observó
mientras se alejaba, con la confusión claramente
pintada en su rostro. Su corazón y mente
estaban enfrentadas. La segunda intentaba asimilar
lo que acababa de ocurrir mientras el primero
se perdía en los sentimientos y las emociones
que recorrían desenfrenadamente su joven
cuerpo. Amaba a Xena. Xena tenía que amarla
también. Lo sentía cada vez que
las manos de la mujer tocaban su cuerpo.
—Dale tiempo —se
dijo a sí misma—. Es sólo
cuestión de tiempo.
Recostándose, estudió
el cielo y esperó, pensando lo mucho que
había hecho aquellas dos cosas últimamente.
***
Una hora más tarde
estaban en el camino. Xena había levantado
el campamento en silencio, empaquetando sus cosas
y cargándolas sobre Argo sin mediar palabra.
Había insistido en que Gabrielle montara
en el caballo para ahorrar fuerzas y ella caminaba
a su lado, conduciendo al animal por las riendas
y ayudándole a sortear las múltiples
rocas y hoyos del camino. Gabrielle la observaba,
preguntándose qué es lo que estaría
pensando. La guerrera nunca se había caracterizado
por ser habladora, pero aquel silencio era demasiado
incluso para ella.
—¿Qué
te pasa? —Sintió que su corazón
daba un vuelco cuando los claros ojos azules de
la mujer se volvieron en su dirección.
Contuvo su miedo y susurró—. ¿Te
arrepientes, Xena?
—No, Gabrielle. —La
voz de la guerrera surgió llena de cansancio—.
No me arrepiento. Sólo estoy… pensando.
—Volvió su mirada hacia el camino,
pero no antes de que Gabrielle captara la impresión
que transmitían sus ojos.
Podría haber jurado
que era tristeza.
"Dijiste que le darías
tiempo, ¿recuerdas?", se regañó
a sí misma la joven.
—¿Cuánto
falta para que lleguemos a Atwir?
—Estaremos allí
por la noche. —Alzó la vista hacia
la bardo y suspiró—. Estaba pensando
en ti, Gabrielle. En cuando moriste.
Gabrielle se quedó
sin habla por un momento, pero no demasiado extenso.
—Hipócrates
me dijo que lloraste. ¿Es verdad?
Xena rió suavemente.
—No creo que "llorar"
sea la palabra adecuada para lo que hice. —Se
quitó su chakram del cinto y lo dejó
sobre Argo. En realidad no tenía ningún
motivo para hacerlo, excepto tener las manos ocupadas
en algo. Aún tendían a dirigirse
hacia la joven—. Monté en cólera,
Gabrielle. Creo que habría destrozado el
templo si no hubieses vuelto.
—¿En serio?
—Los ojos de Gabrielle se abrieron como
platos.
Xena asintió.
—No sé…
Supongo que nunca pensé que tú…
pudieras irte. Quiero decir, irte de verdad. No
estaba preparada para eso. Y no quiero estarlo
nunca.
Gabrielle se agachó
y tocó la mejilla de la guerrera, sintiendo
el dolor en su corazón cuando Xena cerró
los ojos y se apoyó en su palma. No se
apartó hasta que Argo tropezó levemente
con algún desnivel del terreno. Con un
suspiro, se agarró a la silla de montar
mientras Xena volvía su atención
de nuevo al camino.
—Supongo que tendremos
que hablar sobre ello más tarde, cuando
lleguemos a Atwir.
La guerrera asintió.
—He oído que
tienen una buena posada allí. —Le
sonrió—. Y con escenario. Creo que
hay un campeonato en esta época del año.
—¿Para bardos?
—La voz de Gabrielle se llenó de
excitación—. ¿Crees que podría…?
—Bueno, tienes aptitudes
de sobra. No intentaré detenerte siempre
y cuando me prometas que no te agotarás
a ti misma.
—¡Lo prometo!
—Su sonrisa era la de una niña. No,
Xena se corrigió a sí misma. Su
sonrisa era la de una preciosa joven, confiada
de su talento.
Xena rió y aligeró
el paso.
—Ya lo veremos.
***
El aire empezaba a refrescar
a medida que se aproximaba la noche para cuando
entraron en la villa de Atwir. Gabrielle miró
a uno y otro lado, a cada uno de los puestos que
se alineaban en la vía principal y sonrió
con deleite. Luego bajó la vista y sorprendió
a Xena mirándola, con una indulgente sonrisa
en su cara.
—¿Qué
te hace tanta gracia?
—Nada… nada.
—La guerrera parecía estar a punto
de echarse a reír. Aminoró el paso
y se puso detrás del caballo—. Sólo
quiero quitarme de en medio por si acaso se te
ocurre entrar con Argo en una de esas tiendas.
Gabrielle rió sin
poder evitarlo.
—Muy graciosa. Pero
no tienes de qué preocuparte. Ahora mismo
lo único que quiero es un baño caliente
y una cama cómoda.
—Eso es todo, ¿eh?
—Una de las cejas de Xena se elevó
al tiempo que su sensual sonrisa bailaba ligeramente
en sus labios.
Gabrielle se ruborizó
hasta la médula, provocando otra suave
carcajada de la mujer.
—Lo siento. —Agarró
las riendas con manos nerviosas—. Supongo
que no estoy acostumbrada a verte así…
conmigo. —Su voz estaba tan llena de dulzura
que hizo sufrir al corazón de Xena. Sin
pensar, levantó la mano y tocó la
pierna de la bardo ligeramente. La sonrisa que
se ganó por ese pequeño contacto
supuso para ella algo así como el primer
rayo de sol tras un día nublado.
Un segundo después,
su cara se volvió fría y su mano
bajó hasta su costado. Por un momento,
Gabrielle pensó que había hecho
algo malo, hasta que siguió la mirada de
Xena hasta un grupo de tres hombres que iban claramente
en su dirección. Llevaban un buen rato
mirando a la bardo con turbadora apreciación,
una apreciación que se volvió formal
cuando Argo se hizo a un lado y la guerrera entró
en su campo de visión.
Xena les lanzó una
desalentadora mirada antes de volverse hacia Gabrielle.
—Ve hacia la posada.
Encuentra alguien con quien hablar, preferiblemente
alguien grande, y espérame allí.
Antes de que la joven tuviese
oportunidad de replicarle, palmeó a Argo
en el costado, empujándola ligeramente
en dirección a la taberna. A Gabrielle
sólo le quedó resignarse.
Xena no la miró mientras
se alejaba. En vez de eso, dirigió una
firme mirada a los hombres que avanzaban hacia
ella y se acomodó la vaina en la espalda
para alcanzar su espada con mayor facilidad. Los
tipos lucían la insignia de algún
ejército menor, pero supo reconocerles
por lo que eran. Mercenarios… dispuestos
a venderse al mejor postor.
Cuando quedaron a diez pies
de distancia, dos de ellos esperaron detrás
mientras el tercero avanzaba con una congraciadora
sonrisa en su cara. No se movió ni pestañeó
mientras sus ojos la observaban de arriba abajo
en un vulgar despliegue de interés, pero
algo en los ojos de Xena se hizo más duro,
y le cogió por sorpresa deteniéndolo
a tan sólo un par de metros de ella. Se
aclaró la garganta y cuadró los
hombros, aunque sin saber muy bien si el gesto
iba dirigido a la mujer o a sus hombres.
—Guerrera. —Inclinó
su cabeza ligeramente como saludo, difícilmente
capaz de levantar los ojos de su pecho—.
Quisiera hablar de… negocios contigo.
—¿Negocios?
—Xena sonrío fríamente, con
una ceja levantándose hasta su flequillo—.
¿De qué tipo?
—La rubia —continuó
el soldado, demasiado tonto para advertir la mirada
de advertencia que le fue dirigida. Aunque bien
es cierto que para ello debería haber mirado
a la mujer a lal cara en algún momento—.
¿Cuánto?
—¿Cuánto
por qué? —La sonrisa abandonó
su rostro y su mandíbula se tensó
reflexivamente.
—Una noche, una semana…
—Su cara se iluminó mientras, finalmente,
levantaba la vista—. A no ser que estés
dispuesta a venderla definitivamente. Puedo ofrecerte
una bonita suma.
Xena le miró fijamente
a los ojos mientras la sonrisa volvía a
sus labios.
—Te diré lo
que haremos… um… —Ladeó
la cabeza—. ¿Cómo has dicho
que te llamabas?
—Kyldus.
—Bien, Kyldus. Haremos
un trato. —Cambió su postura relajada
hacia otra claramente amenazante—. Si eres
capaz de matarme, es tuya.
La boca del mercenario se
abrió ligeramente, aunque luego cambió
hasta formar una sonrisa temible.
—Muy bien, chica. Si
eso es lo que quieres…
—No se me ocurriría
nada mejor.
Permaneció en su sitio
mientras él avanzaba al tiempo que desenvainaba
la espada. Caminaron en círculos, estudiándose
el uno al otro durante unos segundos, antes de
que él gritara y levantara el arma sobre
su cabeza, descargando una poderosa estocada que
nunca llegó a su oponente. Cortó
el aire mientras Xena pasaba por encima de él
con una voltereta, asestándole una fuerte
patada en la base del cráneo. Sintió
los huesos romperse bajo sus botas. Luego volvió
a girar sobre sí misma para encararse con
los otros dos, que ya se le venían encima.
No pensaron antes de atacar. Simplemente corrieron
directos hacia ella con las espadas empuñadas,
esperando atravesarla de lado a lado antes de
que tuviera oportunidad de saltar otra vez
Xena les hizo un favor esperando
con una sonrisa en su cara, las manos extendidas
y llamándoles con descaro. En el último
momento, saltó golpeándoles al mismo
tiempo en la cara. Estaban ya en el suelo para
cuando ella aterrizó.
—Hmph —resopló,
y se dirigió hacia su jefe. Con un rápido
movimiento de sus dedos, le recolocó las
vértebras antes de espabilarle con dos
sonoras bofetadas. El tipo levantó la vista
hacia ella, mezcla de miedo y respeto, por no
mencionar una buena dosis de odio—. Ahora
escúchame, hombrecito. —Rasgó
la insignia de su hombro y la aguantó frente
a sus ojos—. Me llamo Xena. —Esperó
mientras sus ojos se abrían como platos—.
La chica no está en venta y no puedes ganártela,
así que si te vuelvo a ver cerca de ella,
si te vuelvo a sorprender mirándola a menos
de cien pies de distancia, destruiré todo
el ejército de tu señor y haré
caer la culpa sobre ti. —Ondeó el
trozo de piel en su cara—. Y después,
me quedaré mirando cómo desollan
tu cadáver. —Sonrió—.
¿Nos vamos entendiendo?
Kyldus asintió, con
una mueca de dolor provocada por el roce de sus
vértebras.
—Bien. —Xena
guardó el escudo en su corpiño—.
Ahora, lárgate de aquí —dijo
mirando a los otros hombres, que estaban empezando
a moverse—, y llévate tu basura contigo.
—Le apretó contra el suelo y se marchó
sin mirar atrás.
Caminando tan despacio como
fue capaz, Xena se obligó a sí misma
a calmarse. Gabrielle no había resultado
herida, pero la rabia que sentía la quemaba
tan profundamente como cuando Marcus había
muerto. Se dio cuenta con un sobresalto de que
la bardo le había robado más que
su corazón. Poseía también
su alma.
Para cuando divisó
la posada, el corazón había cesado
de golpearle el pecho y fue capaz de forzar una
sonrisa… Una sonrisa que murió con
la misma rapidez con que había surgido
al ver a Gabrielle. La bardo estaba de espaldas
a ella mientras conversaba con una adorable jovencita,
una camarera por su aspecto. Intentó tragar
el agrio sabor de su boca, pero lo sintió
más fuerte cuando la mujer puso una mano
en el brazo de Gabrielle, riendo y abarcando la
estancia con un movimiento de su brazo. Un instante
después la muchacha cambió su actitud
hacia una más comedida, al ver a Xena y
la expresión de su cara. Se despidió
de Gabrielle y salió de allí tan
deprisa como pudo.
La bardo se volvió
con una mirada confusa, aunque sonrió al
ver a la guerrera.
—¡Xena! —gritó—.
Me alegro de verte. ¿Has tenido algún
problema?
—No —dijo simplemente—.
Creí haberte dicho "alguien grande"
—Sí, bueno —dijo
la bardo con una radiante sonrisa—. Delphi
me encontró sentada aquí. No había
más con quien hablar, y puesto que su padre
es el dueño de esto pensé que estaría
segura con ella.
Xena emitió un bufido
y miró el cartel atado al poste de la entrada.
—Posada de las Tres
Hijas. —Sacudió la cabeza—.
Estúpido nombre para una posada. ¿Ya
has conocido también a las otras dos?
Gabrielle la miró
confundida, incapaz de comprender la hostilidad
en la voz de su amante.
—No… No hay ninguna
más. Delphi me ha dicho que su padre pensó
que Posada de la Hija era un nombre bastante absurdo,
así que lo mejoró un poco.
—Oh… Así
que eso te dijo, ¿eh? —La guerrera
se dio la vuelta y liberó a Argo de las
alforjas, consciente de que estaba siendo irrazonable,
pero sin que eso le preocupara por el momento.
Gabrielle miró fijamente
la formidable espalda de Xena por unos momentos
y se decidió por una suave aproximación.
—Dijo que tiene habitaciones
libres en la taberna. —Rodeó a la
guerrera para sonreír frente a ella—.
¿Pido una o dos?
Xena la miró con rostro
pétreo.
—Lo que nos podamos
permitir.
La bardo se quedó
con la boca abierta cuando la guerrera se dio
la vuelta para atender a su caballo y, sin mediar
una palabra más entró en la posada.
Ya en soledad, los hombros de Xena cayeron pesadamente
y apoyó su cabeza contra el cuello de Argo.
—¿Por qué
demonios he hecho eso?
Argo relinchó a modo
de respuesta. Ella tampoco lo entendía.
Se agachó para recoger sus cosas, pero
otra mano llegó antes que la suya. Xena
miró hacia arriba encontrándose
con unos claros ojos verdes y tuvo que tragarse
un hostil comentario al ver a Delphi cargándose
al hombro sus provisiones.
—Mi padre me envia
a recoger vuestras cosas. —Su tono era frío,
pero nada más—. Mandaré al
chico a que meta tu caballo en una cuadra. Se
supone que los invitados no deben hacer esas cosas.
Por favor, sígueme. —Entró
en la posada sin esperar a ver si Xena la seguía
o no. Tras unos momentos, lo hizo.
El ambiente dentro de la
posada era sorprendentemente agradable. Estaba
radiantemente iluminado y tenía un aspecto
limpio. Los bancos y las mesas estaban pulidos
y suaves gracias a años de uso, y la chimenea
estaba libre de las cenizas y escombros que suelen
producir los hogares. A pesar de todo, Xena no
se llamó a engaño. Reconoció
tras las jarras de hidromiel varios rostros tras
los cuales se escondían hombres peligrosos
que atacarían sin necesidad de provocarles.
Tras una ojeada final a la zona común echó
un vistazo a la barra, sorprendiéndose
al encontrar a Gabrielle con la mirada perdida
en su jarra de cerveza. Fue junto a ella, la tocó
suavemente en el hombro y sonrió, tratando
de esconder su turbamiento a la joven.
—Gabrielle, yo…
—Sólo he podido
conseguir una habitación —mintió
la bardo. Tenían cinco habitaciones libres,
pero que la colgasen si dejaba que Xena saliese
impune de todo aquello—. Me temo que tendrás
que compartirla conmigo.
—No me importa lo más
mínimo. —La guerrera sonrió
y se dispuso a tomarla de la mano.
Antes de alcanzarla, Delphi
estaba de pie entre las dos.
—Hemos subido vuestra
ropa a la habitación. —Sonrío
a ambas, pero a Gabrielle en particular—.
Los baños casi están listos, y tendréis
sábanas limpias. Si queréis, podemos
serviros la cena mientras esperáis.
Xena le lanzó una
mirada gélida, pero asintió, permitiendo
que la camarera las guiara hacia una de las mesas
más alejadas de la puerta de entrada. Tras
apoyar la espalda contra la pared, Xena estudió
meticulosamente la sala en lo que Gabrielle tomaba
asiento.
—¿Habrá
bardos esta noche? —le preguntó a
Delphi.
—Por desgracia no.
Ayer nuestro bardo local se lastimó montando
caballo. —Miró a Gabrielle de arriba
abajo con ojo apreciativo—. Tú pareces
del tipo "bárdico". Quizás
podrías…
—¿Bárdico?
—susurró Xena para sí—.
Esa palabra no existe.
Gabrielle la ignoró
y sonrío.
—Soy bardo, aunque
estoy muy cansada. Tal vez mañana por la
noche.
—Buena elección.
La competición empieza mañana.
—¿Podemos comer
algo? —interrumpió Xena.
—Por supuesto —La
camarera sonrió—. Tenemos carne de
cerdo salada, carnero y un buenísimo estofado
de ternera. Hay verdura, fruta y también
pan. —Miró a la guerrera—.
Pareces ser del tipo de persona que come bien.
Traeré un poco de todo. —Con una
sonrisa rítmica, se dirigió a la
cocina.
"Lo sabe", pensó
Xena para sí misma. "Maldita sea".
—¿Xena?
La guerrera dirigió
su atención a la joven sentada frente a
ella.
—¿Qué,
Gabrielle?
—¿Qué
te ocurre?
Xena negó con la cabeza.
—No lo sé. —Se
dio cuenta de lo pobre que era su respuesta y
rápidamente miró a los ojos de la
bardo—. Debes tener cuidado, Gabrielle.
Hay gente que te querrá… y no se
mostrarán precisamente agradables al respecto.
—¿Como esos
tipos del mercado? —Sus ojos brillaban a
la luz de la vela, lo que Xena encontró
muy distrayente.
—Exactamente. Simplemente
vieron algo que les gustaría poseer. —Tocó
ligeramente la mejilla de la bardo—. No
quiero que te hagan daño, Gabrielle.
Como si de una broma del
destino se tratara, un sucio y maloliente gigantón
se dirigió a su mesa, pasando un brazo
alrededor de la pequeña rubia y respirando
ranciamente en su cara.
—Hola, niña.
¿Qué te parece si tú y yo
pasamos un buen rato?
—Escucha… —Xena
empezó a incorporarse, pero quedó
a mitad de camino al escuchar el inconfundible
sonido de una sartén impactando con la
parte de atrás del cráneo del rufián,
y éste cayó a plomo sobre la mesa.
Lo miró fijamente, como petrificada, y
luego levantó la vista para encontrarse
con los risueños ojos verdes de Delphi.
—¡Méndices!
—La camarera se dirigía a un tipo
enorme que pasaba por allí—. Encárgate
de esta escoria. Y asegúrate de que se
aprende las normas antes de volver a poner un
pie en esta posada.
Mendices asintió y
cogió al fallido Romeo bajo sus brazos,
arrastrándolo hasta la calle. Tras unos
segundos, se escuchó el chapoteo de un
cuerpo aterrizando en un abrevadero.
—Siento todo esto.
—Delphi hizo una señal para que uno
de los otros camareros trajera la cena. Depositó
las fuentes frente a ellas y dirigió a
Xena una mirada divertida antes de dirigirse a
servir el bar. La guerrera la siguió con
la mirada unos instantes y luego empezó
a picotear su cena. Tras unos bocados se dio cuenta
de que había perdido el apetito y volvió
a apoyarse en la pared para mirar comer a Gabrielle,
que devoraba todo lo que les habían servido,
hasta que no quedó nada sobre la mesa.
—¿No tienes
hambre? —consiguió decir entre bocado
y bocado.
—No en este momento
—pronunció Xena lentamente—.
Quizá más tarde.
—En ese caso…
—Gabrielle cogió el pan y la carne
de cerdo salada de su plato, además de
la fruta, y rellenó su hatillo—.
Te los guardaré para luego.
Xena sintió suavizarse
su corazón con ese pequeño gesto.
Estaba alargando la mano para tocarla de nuevo,
cuando Delphi depositó dos jarras entre
ellas.
—¿Queréis
algo más? —preguntó dulcemente.
—¡No! —El
tono de la guerrera fue firme mientras se levantaba
y ponía de pie a Gabrielle—. Nos
gustaría irnos a nuestra habitación.
Ahora.
Delphi miró a la bardo,
esperó a que ésta diera su aprobación
y las dirigió a las escaleras. No se separó
de su lado hasta que se encontraron en la misma
puerta del cuarto.
Xena abrió de un empujón
y luego cerró tras ellas de la misma manera.
—Ve a bañarte.
Yo puedo esperar. —Empezó a desabrocharse
el peto, apartando las manos de Gabrielle cuando
ésta intentó ayudarla.
—¿Qué
te pasa? —El tono de la bardo demandaba
una respuesta.
—¿Que qué
ocurre? —repitió Xena, bajando la
mirada a la coraza que tenía en las manos—.
¿Que qué ocurre? —Con una
risotada feroz, lanzó la armadura al otro
extremo de la habitación, llevándose
por delante un pequeño espejo que había
colgado en la pared.
Gabrielle retrocedió
un paso aterrada.
—¿Xena?
La boca de la guerrera formó
una perfecta "O" mientras contemplaba
lo que acababa de hacer.
—Oh, Gabrielle. Lo
siento. —Miró a la bardo y sintió
que el corazón se le encogía en
el pecho. "¡Cree que voy a pegarle!",
pensó. —Por favor, no me mires así.
Nunca te haría daño.
Gabrielle se relajó
ligeramente, y se le acercó hasta tocarle
el brazo.
—¿Puedes decirme
qué te ocurre?
—No —susurró—.
Bueno, aparte de Delphi.
—¿Delphi? —Gabrielle
parecía confusa—. ¿Qué
pasa con ella?
—He visto la forma
en que te mira, Gabrielle. Sé cuánto
te… desea.
—¿Me desea?
—La bardo intentó recordar cualquier
mirada o palabra en ese sentido, y no pudo—.
Sólo está siendo amigable.
—Sí, demasiado
amigable. —Lanzó un suspiro—.
Eres tú la que no se da cuenta.
—Bueno, ¿y qué
si lo hago? ¿Cuál sería la
diferencia? Tal y como yo lo veo, la fidelidad
tiene que venir de mí, no de ella. ¿Crees
que yo sería capaz de…?
—Gabrielle… —Puso
una mano en su brazo.
—Es eso, ¿verdad?
Estás preocupada de que quiera estar con
alguien más. —Apartó la mano
de la guerrera mientras un semblante herido se
instalaba en su rostro. Herido y furioso—.
¿Es así como piensas que soy?
—No, yo…
—Pues yo creo que sí.
—La cara de Gabrielle enrojeció de
furia—. Para tu información, he tenido
muchas oportunidades para estar con otras personas,
y todavía las tengo, pero nunca lo he hecho.
Quería estar contigo.
Los oídos de Xena
no oyeron nada excepto esa frase: "y todavía
las tengo". Cerró los ojos con fuerza
mientras se llevaba una mano al pecho, sobre el
corazón, y formaba un puño con ella.
—Todavía las
tienes, ¿eh? Como Delphi, supongo.
Gabrielle sintió el
calor de las lágrimas en sus ojos.
—Sí… supongo…
—Entonces, ¿por
qué sigues aquí? —Xena sintió
clavársele cada palabra como un cuchillo,
en el corazón. "Oh, bueno", pensó.
"Demasiado tarde para volverse atrás".
—¡Vamos! Ve y encuentra a alguien
a quien puedas tocar. ¡Vete! —Y empujó
a la bardo hacia la puerta.
Gabrielle se tapó
la boca con la mano, tratando de ahogar los sollozos.
Con un sofocado llanto, abrió la puerta
violentamente y escapó.
Xena se sentó muy
quieta, esperando que el dolor en su corazón
pasara. Cuando no lo hizo, suspiró y fue
a quitarse las botas. Con la segunda espinillera,
sintió arrepentimiento por lo que acababa
de hacer y decir. Lanzando el resto de su armadura
tras ella, abrió la puerta y miró
por el pasillo. En ese momento, el nombre de Gabrielle
murió en sus labios.
Las vio al final del pasillo.
Delphi rodeaba a la bardo con su brazo, intentado
hablar con ella mientras la pequeña figura
rubia se estremecía bañada en lágrimas.
Tras unos segundos, depositó un ligero
beso en la frente de Gabrielle y la condujo a
una habitación cercana. Xena se quedó
allí plantada hasta que sintió echarse
el cerrojo, y luego una aterradora rabia que la
recorría. Se puso la armadura violentamente,
agarró la espada y el chakram mientras
deslizaba las espinilleras por sus piernas y,
tras abrir la ventana, se dejó caer a la
calle. No confiaba lo suficiente en sí
misma como para andar entre el gentío que
colmaba la sala del piso de abajo. Dirigió
una mirada llena de dolor a la ventana de la habitación
en la que Gabrielle había entrado tan sólo
unos segundos antes y luego se dirigió
silenciosamente hacia la noche, con el corazón
lleno de ira mientras sus piernas ponían
distancia entre las dos.
***
—No… no lo entiendo.
—La voz de Gabrielle tartamudeaba mientras
iba de un lado a otro, con las lágrimas
cayendo por su rostro. Delphi la tomó por
los hombros e intentó dirigirla hacia la
cama, pero la bardo estaba demasiado nerviosa.
Al notar el calor de la piel de su rostro fue
hacia la ventana y la abrió, esperando
que el gélido aire nocturno la aliviara.
Sin embargo, al bajar la vista, encontró
el pálido óvalo de una cara mirando
hacia ella, y la leve mirada de dolor que le dirigía.
—¡Xena! —gritó,
inclinándose más hacia fuera. Pero
la guerrera ya se había marchado, dejando
tras de sí el suave movimiento de los arbustos
como única prueba de que allí había
habido alguien.
Gabrielle sintió una
oleada de pánico y trató de salir
por la ventana antes de darse cuenta de que Argo
había sido conducido a los establos por
uno de los trabajadores de la posada. Con un suspiro,
miró hacia el lugar por el que Xena había
desaparecido. No le gustaba nada lo que había
sucedido, pero al menos sabía que volvería.
Secándose las lágrimas, se volvió
hacia Delphi.
—Gracias. —Intentó
sonreír—. Realmente agradezco que
me hayas escuchado.
—Hey —Delphi
la tocó suavemente en el brazo y sonrió,
haciendo a Gabrielle preguntarse si Xena había
tenido razón después de todo—,
sólo quería ayudarte.
Gabrielle la miró
con ojos tímidos.
—¿Eso es todo?
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