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XWP Gen » El
renacer de la amistad
DESCARGO:
Estos personajes, así como las referencias
a las anécdotas difundidas aquí,
pertenecen a MCA/Universal y Renaissance Pictures;
no pretendo infringir los derechos de autor.
Las otras partes me pertenecen. Pensad en
esto como las divagaciones de una mente desocupada.
DEDICATORIA:
Esta historia está dedicada, en señal
de agradecimiento, a mi amiga LMC, cuyo cálido
y generoso corazón ha provocado un
renacimiento de mi propio espíritu.
Su ternura y amable afecto, han dado nueva
vida a una visión torpe de la amistad
a la que he estado a punto de rendirme. Gracias,
amiga, por hacerme recuperar mi fe en el concepto.
SÓLO PARA
QUE CONSTE: El compañerismo
(la amistad) no es sólo lo que decimos,
o lo que no decimos, las cosas que recordamos
o las que a veces olvidamos. No significa
aferrarnos a los tiempos en que no recibimos
lo suficiente, o a los momentos en los que
conseguimos menos de lo que nos esperábamos.
La verdadera amistad consiste en extender
tu corazón a otro ser humano sin esperar
absolutamente nada a cambio salvo lo bueno
que pueda ofrecer. Si tus amigos saben eso,
lo serán hasta que todos nos volvamos
a reunir en los Campos Elíseos.
Observa cómo lo
llevan a cabo estas dos. Lo consiguen con
cariño. MMG
El renacer de
la amistad (Amity reborn). Traducción
del Equipo de Inglés de XenaFanfics.
Traducción y publicación autorizada
por la autora, Maggie. Si quieres hacernos
algún comentario escríbenos
a: xenafanfics@hotmail.com
:: EL RENACER
DE LA AMISTAD ::
(AMITY REBORN)
Por
Maggie
Copyright Julio 1997
Prólogo
El corrimiento de tierras
fue repentino y feroz. Retumbó ladera
abajo, llevándose pequeños árboles,
arbustos, césped, raíces, gravilla
suelta o cualquier otra materia que no estuviera
asegurada a lo largo del camino. Las dos mujeres
caminaban por un sendero estrecho y sólo
dispusieron de un instante para girar sus
ojos asustados hacia el inminente peligro
que suponía la estruendosa acometida.
La atención de
la guerrera se centró inmediatamente
en el aterrado caballo encabritado que la
antecedía. Argo se alzó y pataleó
al aire, tensando después las riendas
que sujetaba su resuelta dueña. Por
el hecho de haber enrollado fuertemente las
bridas a su mano en el momento de la explosión,
las acciones del despavorido animal provocaron
que Xena fuera empujada duramente hacia delante
y arrastrada por tierra una distancia no muy
amplia.
Tras unos instantes extremadamente
incómodos, la guerrera se esforzó
por ponerse en pie y llegar a calmar a su
frenética montura. Se volvió
para localizar a Gabrielle y su corazón
cayó vertiginosamente al fracasar en
la búsqueda de la pequeña forma
de su rubia amiga.
Gabrielle estaba a sólo
dos pasos tras ella cuando la cacofonía
estalló en erupción sobre ellas.
La bardo permaneció quieta por un momento,
entonces se encogió ante la ruidosa
devastación que se cernía alrededor
de ella. Se cubrió la cabeza con los
brazos para protegerse y, haciendo esto, dejó
caer el cayado que se había convertido
en una parte esencial de su persona.
Las moribundas ruinas
arrastraron sus pies y la tiraron violentamente,
cayendo sobre su espalda y presionando el
aire de sus pulmones. Escuchó el repugnante
sonido de su propio cráneo golpeándose
contra el duro suelo y luchó instintivamente
por recobrar la conciencia, al tiempo que
se esforzaba por recuperar el aliento.
Los implacables cascotes
se arremolinaron contra aquella delgada figura
que se hallaba postrada boca abajo, empujando
a la pequeña bardo hacia la orilla
del camino. Al tiempo que comenzaba a recobrar
la percepción, se dio cuenta de que
estaba siendo empujada hacia el borde del
precipicio. La bardo trató denodadamente
de combatir aquella carga, pero pesaba más
que ella. Entonces, mientras Xena observaba
impotente, la pequeña rubia desapareció
lentamente por la ladera de la montaña,
gritando desesperadamente a su amiga.
Capítulo Uno
—¡Gabrielle!
—gritó Xena, corriendo hacia
el borde del camino. Se preparó para
un horripilante espectáculo al otro
lado de la montaña y tragó saliva
ante la agradable sorpresa de ver a su amiga
aterrorizada aferrándose desesperadamente
a la larga raíz de un árbol
que sobresalía por la ladera de la
montaña. Xena se tiró al suelo,
intentando alcanzar frenéticamente
a la joven bardo. Blasfemó enérgicamente
cuando su brazo extendido falló al
intentar acercarlo a ella. Retiró su
brazo, luchando por mantener el equilibrio
sobre aquella tierra quebrada y cubierta de
grava—. ¡No te muevas! —gritó
a la aterrorizada chica. Gabrielle lanzó
una mirada vaga en la dirección de
la que provenía la voz de la guerrera,
enroscando frenéticamente sus brazos
en torno a la raíz del árbol
para afianzarse.
—Xena —gimió
la pequeña bardo—, por favor,
ayúdame —pateaba con sus botas
la escarpada superficie del risco, tratando
desesperadamente de ganar pie en la accidentada
superficie.
—¡Resiste!
—gritó de nuevo la guerrera,
con el corazón palpitando de miedo.
Xena se puso de pie de
un salto y se giró hacia la yegua,
ahora parada tranquilamente en el camino.
Apresuradamente tiró de la cuerda enrollada
en la tachuela y ató fuertemente uno
de los extremos al cuerno de la parte delantera
de la montura. Rápidamente desenrolló
más cantidad de cáñamo,
atando a su cintura la parte media de la cuerda
y recogiendo el resto con una mano.
—Atrás, Argo—,
dijo suavemente a la yegua, y ésta
dio varios pasos lentamente hacia atrás,
tensando la cuerda entre ella y la guerrera.
Con inquietud, Xena se giró hacia el
borde del camino, inclinándose para
ver a Gabrielle. La chica se las había
arreglado para clavar el pie en un pequeño
hoyo en la terrosa pared frente a ella, aún
con ambos brazos enroscados alrededor de la
dentada raíz.
—Estoy llegando,
Gabrielle —anunció a la atemorizada
muchacha—, agárrate. Ya bajo
para alcanzarte.
Xena, en el borde, giró
sobre su espalda y enrolló el largo
de la cuerda entre su cintura y el estribo
de la silla. Pasó los pliegues de la
cuerda sobre su hombro y se giró otra
vez hacia el caballo.
—Afloja, Argo. —El
caballo dio un paso indeciso hacia su ama.
Xena aseguró sus
pasos sobre la ruta y se desplazó abajo
por un lado de la montaña, deslizando
sus pies a lo largo de la superficie rugosa
de la cima, mientras sus fuertes manos agarraban
la tensa cuerda que se iba deslizando por
su cintura. Su descenso proseguía mientras
Argo avanzaba regularmente hacia el borde
de la cima, respondiendo exactamente a las
órdenes de la guerrera.
—Adelante, Argo
—gritó la mujer cuando su cuerpo
consiguió acercarse a la figura temblorosa
de su amiga—. Otra vez —ordenó
la guerrera. El caballo avanzó otro
paso hacia la voz, y la mujer tensó
sus piernas contra el lado de la roca.
—¡Resiste,
Argo! —gritó Xena cuando la piedra
de pizarra bajo sus pies cedió a su
paso, haciéndola perder temporalmente
el equilibrio. Cerró sus ojos y giró
el rostro mientras las esquirlas sueltas golpearon
sus brazos y el cuello, luego sacudió
la cabeza con fuerza para desalojar los guijarros
que habían saltado hacia su cabello.
Gabrielle gritó
temerosamente cuando los escombros golpearon
con fuerza su cuerpo en su camino por delante
de ella. Enterró la cara entre sus
brazos, y reanudó su sujección
a la raíz del árbol. Cuando
el torrente de grava finalmente terminó,
ella giró los suplicantes ojos hacia
la figura cercana de la guerrera.
—¡Otra vez!
—gritó Xena y el dorado caballo
reaccionó, bajando a la guerrera más
cerca de la pequeña bardo. El fatigoso
descenso marchaba fácilmente mientras
la guerrera y la yegua coordinaban sus esfuerzos
en una maniobra continua. Después de
varios angustiosos minutos, la guerrera alcanzó
a la pequeña rubia. Xena le tendió
la mano a su amiga, apretando los dientes
cuando sintió el violento temblor sacudiendo
el esqueleto de la chica.
—Gabrielle —dijo
con voz queda para calmar a la chica—.
Está bien. —Envolvió apretadamente
la esbelta cintura con un fuerte brazo—.
Suéltate, Gabrielle. Te tengo. —Tiró
suavemente del pequeño cuerpo, pero
los brazos de la joven estaban cerrados alrededor
de la raíz del árbol.
—Gabrielle, suéltalo
—imploró la guerrera—.
Por favor. Suelta el árbol.
Gabrielle estaba paralizada.
Trataba desesperadamente de reaccionar ante
las palabras de la guerrera, pero parecía
no poder librarse de su agarre sobre la escabrosa
raíz. Sentía el fuerte brazo
tirando de su cintura, pero su propia histeria
se negaba a permitirle reaccionar normalmente.
De repente el pánico
agobió a la bardo. —¡No!
—sollozó y luchó violentamente
contra el abrazo de la guerrera, cerrando
sus rodillas sobre la rocosa superficie ante
ella. Xena rápidamente soltó
a la joven y colocó una apacible mano
sobre la rubia cabeza.
—De acuerdo —canturreó—.
Vale, espera sólo un minuto. —El
miedo de la bardo disminuyó levemente.
Sus sollozos disminuyeron y ella enterró
la cara entre sus brazos de nuevo.
Xena apoyó sus
pies contra la ladera de la montaña
y levantó la totalidad de la cuerda
de su hombro.
—¡Aguanta
Argo! —gritó hacia el borde de
la montaña. Sintió la cuerda
que rodeaba su cintura tensarse. Inclinada
hacia atrás y sujetándose con
fuerza a la cuerda, despacio, con mucho cuidado
hizo un lazo con la soga alrededor de la bardo.
Mientras lo hacía, hablaba suavemente
al rígido cuerpo de su amiga.
—No te preocupes.
Sólo voy a atar esto alrededor tuyo,
¿vale? Simplemente relájate,
¿me entiendes? Re—lá—ja—te.
La bardo levantó
despacio la cabeza, el terror se retiraba
de sus ojos. La voz tan calmada de la guerrera
estaba teniendo el efecto deseado. La chica
levantó la mirada, aún adormecida,
para seguir las acciones de la mujer a su
lado.
—Vas a estar bien
—la voz de la guerrera era calmada y
firme—. Las dos vamos a estar perfectamente.
Cuando la cuerda estuvo
asegurada, Xena colocó la palma de
su mano debajo del tembloroso mentón.
Sus ojos verdes giraron lentamente hacia la
fuente de esa voz tan líquida. Antes
de que la bardo pudiese fijarse en los ojos
azules de su amiga, La guerrera soltó
un rápido pero efectivo codazo en las
mandíbulas del joven rostro. La cabeza
de la bardo rebotó, después
su pequeño cuerpo se desplomó
limpiamente, sus fuertes brazos liberando
lentamente la áspera raíz del
árbol.
En un instante, Xena reunió
el cuerpo junto al suyo, sintiendo la cuerda
entre ambas empujando contra su cadera. Giró
a la bardo para tener su cara frente a ella,
colocando los brazos de la chica sobre sus
propios hombros y colocando con cuidado la
rubia cabeza contra su cuello. Haciéndolo
con rapidez, enrolló la cuerda que
sobraba alrededor de ambas, asegurando a la
pequeña bardo fuertemente contra su
propio cuerpo.
Abrazando a la bardo con
un solo brazo, tiró de la cuerda tensada
que estaba delante y miró hacia el
borde del acantilado por encima de ellas.
—¡Atrás, Argo! —su
orden fue clara y sintió la cuerda
empujándola hacia arriba a lo largo
del borde de la cumbre. Mientras se acercaban
a la cima, susurró en voz baja al cuerpo
inmóvil que sujetaba—: Ya casi
estamos, amiga mía. —La bardo
se agitó ligeramente. Xena la sujetó
con más fuerza alrededor de la esbelta
cintura. Pronto podría ver la cabeza
dorada de su yegua por encima del borde del
camino—. Buena chica, Argo. —La
guerrera intentaba animar al animal, que seguía
tirando de ellas hacia atrás ininterrumpidamente.
Capítulo Dos
Xena cayó de rodillas
sobre el rocoso sendero, tratando de calmar
sus sentidos. Su corazón estaba disparado
y sus pulmones sin aliento. Durante unos pocos
minutos, había luchado contra el pánico
cegador que la había alcanzado cuando
vislumbró por primera vez a Gabrielle
colgando de la raíz de aquel árbol
en un lado de la montaña. Sacudiendo
la cabeza, echó un vistazo con muchos
nervios hacia la aún inconsciente bardo,
enrollada entre sus brazos. La guerrera aflojó
lentamente la cuerda que aseguraba el pequeño
cuerpo de la rubia contra el suyo, y lo depositó
en el suelo.
—¿Gabrielle?
—llamó la guerrera, acariciando
suavemente el joven rostro—. ¿Gabrielle?
—dijo de nuevo, observando más
de cerca la esbelta figura en busca de alguna
reacción. Finalmente, las rubias pestañas
se movieron y sus ojos verdes se abrieron
vagamente. La chica exploró con su
mirada la zona alrededor de ellas, para descansar
finalmente en el preocupado rostro de la guerrera.
Una ligera sonrisa iluminó el broncíneo
rostro—. ¿Estás bien?
La pequeña bardo
tragó saliva y arrastró su mano
sobre los ojos. Parpadeó de nuevo e
intentó enfocar su mirada en aquellos
preocupados ojos azules que la observaban.
Xena puso sus manos en los delgados brazos
de la bardo e intentó ayudar a su amiga
a sentarse. Seguía sin haber respuesta
de la aturdida bardo.
—¿Cómo
te sientes? —preguntó la guerrera.
Ni una palabra de la habitualmente locuaz
rubia. Pasaron unos largos momentos mientras
los sonidos del camino repiqueteaban alrededor
de ellas. Finalmente Argo empujó ligeramente
la espalda de la guerrera y la mujer se giró
hacia el animal. Se puso en pie y acarició
la cabeza de la orgullosa yegua.
—Gracias, chica
—dijo suavemente la guerrera, enterrando
su rostro entre las plateadas crines—,
de las dos —acarició el vigoroso
cuello enterrando sus lágrimas en el
dorado pelaje—, tú has sido la
verdadera salvadora.
Xena respiró hondo
y se giró hacia la chica, aún
sentada vacilante en el suelo detrás
de ella. Luchando contra sus nervios, tendió
una mano a la bardo. Gabrielle miró
la mano un instante, y después a la
mujer que la extendía. Dejó
que la mujer tirara de ella. Cuando estuvo
de nuevo en pie, apartó bruscamente
la mano y con aire distraído quitó
la suciedad y los escombros de sus ropas.
Xena desató la
cuerda que rodeaba su cintura y soltó
el extremo asegurado en el cuerno de la montura.
Cuando hubo recogido la cuerda, caminó
hacia el borde del sendero y recuperó
el cayado de la bardo, para después
tender la vara a la chica. Aquellos ojos verdes
estudiaron el palo un instante, y finalmente
se extendió para aceptarlo de la guerrera.
Mientras la guerrera se
volvía hacia el caballo y ataba la
cuerda enrollada en el costado de la montura,
habló casualmente. —Será
mejor que encontremos un lugar donde acampar.
Se está haciendo tarde —dijo,
esperando que su tono calmado aflojara la
tensión en el ambiente— ¿Estás
lista?
Recogió las riendas
que se hallaban sueltas alrededor del cuello
del caballo y se giró para encontrar
a la pequeña rubia inmóvil,
mirando confusa aquel palo entre sus manos.
Xena observó a la chica; un punzante
temor regresó en su interior. Entonces
los verdes ojos devolvieron una mirada aturdida
a la guerrera. —Sí, de acuerdo
—dijo la bardo, con una risa nerviosa
tras sus palabras temblorosas. Lanzó
otra desconcertada mirada alrededor y se movió
para seguir a la guerrera y al caballo.
Mientras el trío
se alejaba lentamente de aquel lugar aterrador
una pequeña ola de cascotes cayó
rozando la ladera de la colina salpicando
el suelo tras ellas.
Media hora después,
Xena continuaba observando nerviosa a la silenciosa
bardo, sentada tensa sobre una gran rama caída
mientras jugaba con varias ramitas entre sus
temblorosos dedos. Había realizado
un rápido examen del pequeño
cuerpo, tratando de determinar si la chica
había sufrido daños serios durante
su tortura con la raíz del árbol.
La guerrera se sintió un poco culpable
cuando notó el moratón apenas
perceptible que se había vuelto evidente
a lo largo de la mandíbula del joven
rostro pero, a parte de unos pocos rasguños
y cortes en brazos y piernas, que únicamente
habían requerido una menor consideración
y una pequeña aplicación de
ungüento calmante de hierbas, la bardo
había salido prácticamente ilesa
gracias a su experiencia.
Era la falta de conversación
lo que desconcertaba a la guerrera.
Mientras disponía
las ramas secas en un montón para encender
el fuego, Xena vio a su amiga rastrear el
campamento con una mirada de preocupación.
La chica parecía aturdida; su rostro
contenía la inquieta mirada de quien
acaba de despertar de un sueño realmente
perturbador.
La guerrera se puso en
pie y cruzó el campamento, agachándose
de nuevo para recuperar el cayado abandonado
de la bardo. Sujetando el arma, caminó
de vuelta hacia la pequeña rubia y
con cuidado depositó la vara al lado
de la nerviosa chica en la rama del árbol.
Se arrodilló frente a la bardo y puso
una tentativa mano sobre las nerviosas manos
que temblaban en su regazo. Observó
la sorprendida mirada caer sobre su mano y
después subir de nuevo para encontrarse
con sus propios ojos azules. Sonrió
cariñosamente al joven rostro, esperando
el comienzo de la usual disertación
sobre los eventos del día a la cual,
debía admitir, se había acostumbrado,
y que ahora deseaba sinceramente que le relatara
su pequeña acompañante.
Lo que vio en el dulce
rostro fue un enorme grado de confusión
y un alarmante nivel de miedo. La nerviosa
risa de Xena rompió el silencio en
el claro.
—Nunca pensé
que un día llegaría a decir
esto —la guerrera dijo suavemente. La
expresión de la chica cambió
ligeramente mientras esperaba a que la guerrera
continuase. La alta mujer sonrió ampliamente
mientras miraba directamente a los ojos verdes
y decía—: háblame.
La reacción de
la bardo ciertamente no fue la que la guerrera
hubiese previsto. Los verdosos ojos permanecían
vacíos y totalmente inconscientes.
Si era posible, mostraban aún más
confusión. La sonrisa en el moreno
rostro se disolvió lentamente mientras
la tensión se formaba en el pecho bajo
el traje de cuero.
—¿Gabrielle?
—pronunció la guerrera en una
voz ahora teñida de preocupación—.
¿Qué pasa?
La pequeña rubia
tomó una lenta, profunda inspiración
y buscó los ojos azules clavados en
los suyos. Mostrando una insegura sonrisa
que únicamente resaltaba el pánico
tras sus ojos, la bardo sujetó fuertemente
los delgados dedos de la guerrera.
—Ya que continúas
llamándome así, deduzco que
ése es mi nombre. ¿Verdad?
El corazón de la
guerrera latía con fuerza sus contra
sus costillas. Su boca cayó abierta
y sus ojos se agrandaron por la sorpresa.
—Sí, ése
es tu nombre —dijo con tono asombrado.
—De acuerdo. Yo
soy Gabrielle —la joven rubia dijo insegura.
Los verdes ojos recorrían el moreno
rostro—. Entonces, ¿quién
eres tú? ¿Por qué estamos
aquí fuera, en medio de ninguna parte?
¿Y por qué sigues intentando
darme ese palo?
Capítulo Tres
Xena observó con
la boca abierta la cara de su mejor amiga.
Sintió como un agobiante entumecimiento
se posaba sobre ella y se dio cuenta de que
sus manos estaban ahora temblando. Se dejó
caer hacia atrás bruscamente, sentándose
en el suelo, un agudo zumbido sonando en sus
oídos. Respirando pesadamente, sus
ojos azules parpadearon rápidamente
en un intento de recuperar su propia conciencia.
Finalmente forzó una inspiración
a través del nudo que amenazaba con
cerrar su garganta.
—Mi nombre es Xena
—la guerrera susurró, su voz
temblando en alarma.
La joven bardo observó
de cerca la reacción de la mujer. Sintió
una desconcertante preocupación por
la persona tan obviamente aterrada en el suelo
a sus pies. Sin saber por qué, la pequeña
rubia se inclinó para calmar la alarma
que podía ver en los ojos de la mujer.
La alta guerrera tomó la pequeña
mano en su callosa palma y sintió el
paralizador miedo que contraía, su
pecho disminuir ligeramente.
Los ojos de Gabrielle
viajaron sobre el atónito rostro de
la mujer en frente suyo. Su expresión
era cálida, su usual amabilidad irradiaba
a través de su aún insegura
sonrisa. Lentamente retiró su mano
de la de la guerrera y rodeó sus rodillas
con sus brazos.
—Obviamente eres
una guerrera —la pequeña rubia
dijo, sus ojos se posaron momentáneamente
sobre la funda de espada atada a la espalda
de la guerrera—. Las armas, la armadura…
esa cosa redonda en tu cinturón. —La
mujer en el suelo esperó, sin palabras,
abatida por la impersonal cualidad del tono
de la joven mujer.
—Bueno, Xena —la
pequeña bardo dijo suavemente, como
si estuviese presentándose a un extraño—.
Supongo que debería agradecerte que
salvaras mi vida —la gentil, educada
sonrisa en el rostro de la bardo hizo que
a la guerrera le doliera el corazón—.
Gracias… Xena, —la chica dijo
vacilantemente, la falta de reconocimiento
en su voz envió el corazón de
Xena hasta sus rodillas.
—De nada —replicó
Xena titubeando, su propio desconcierto limitando
sus palabras aún más de lo usual.
Las dos mujeres estudiaron
la cara de la otra durante largos, cargantes
momentos. Finalmente la pequeña bardo
tomó otra corta inspiración.
Giró la cabeza para mirar a la yegua
color miel que se encontraba silenciosamente
pastando la jugosa hierba que rodeaba el claro
del campamento. Se giró de nuevo hacia
la guerrera aún sentada inmóvil
en el suelo.
—¿Tu caballo?
—la chica preguntó, gesticulando
con el pulgar en la dirección del animal.
Xena asintió sin
decir nada, entonces pasó su lengua
sobre sus resecos labios. Sintió otra
ola de asombro mientras veía como la
joven rubia al otro lado del campamento acariciaba
el suave cuello de la yegua. Gabrielle frotó
el suave hocico del caballo y habló
gentilmente al animal.
—Debería
darte las gracias a ti también…
—la chica dirigió una inquisitiva
mirada hacia la guerrera.
—Argo —Xena
ofreció.
—Argo —repitió
la chica, girándose de vuelta a la
yegua. Sonrió cuando el dorado corcel
relinchó ligeramente contra su pecho—.
Gracias —la pequeña bardo frotó
la crin, entonces se giró con una nerviosa
mirada de nuevo hacia la mujer vestida de
cuero.
La joven bardo distraídamente
frotó sus ojos con el dorso de su mano.
Los sentidos de Xena finalmente despertaron.
Estiró sus largas piernas, enderezó
su espalda, se puso en pie y caminó
hacia la joven mujer.
—¿Te encuentras
bien? —preguntó a la chica, sus
habituales reflejos regresando. Posó
una tentativa mano sobre el delgado brazo
de la bardo—. ¿Te duele algo?
—la guerrera estudió el rostro
de la joven bardo. En cuanto la chica se giró
hacia ella, el corazón de la guerrera
se sobresaltó al ver el terror en los
suaves, verdes ojos.
—No estoy segura
—la pequeña rubia dijo—.
Mis hombros están un poco doloridos.
Y tengo un nudo aquí detrás
—confesó, señalando hacia
la parte de atrás de su largo cabello
rubio.
La guerrera se acercó
para examinar la parte de atrás de
la cabeza de la chica. Sus dedos encontraron
un área ligeramente hinchada en el
cráneo de la bardo, pero decidió
que no era lo suficientemente serio como para
preocuparse especialmente. La chica estaba
obviamente consciente y por lo demás
no estaba herida físicamente. Sobre
su falta de memoria… el corazón
de la guerrera saltó en su pecho. Tan
sólo podía esperar…
Gabrielle pasó
su mano por su mandíbula, frotando
el área cuidadosamente.
—Y mi mandíbula
está realmente dolorida también
—dirigió una confusa mirada hacia
la morena cara cerca de la suya—. ¿Me
pegaste o algo así?
El pecho de Xena se oprimió
mientras daba un paso atrás, ligeramente
perturbada por la pregunta. Tragó y
bajó su mirada hacia sus propios dedos,
entonces miró arriba de nuevo para
encontrarse con los cautelosos ojos verdes.
—Sí —la
guerrera dijo arrepentida. Su corazón
latía fuertemente ante la leve acusación
en la verde mirada de la bardo—. No
querías soltar la rama del árbol
y… —la voz de la guerrera vaciló—.
Tenía que sacarte de allí. Tenía
que conseguir que la… soltaras de algún
modo —sus palabras menguaron bajo el
escrutinio de la fija mirada de la joven mujer.
La bardo continuó
estudiando el contrito rostro. Sus instintos
le decían que este era un honorable
individuo, sin embargo las armas y la reservada
actitud formaban una extraña paradoja
frente a la ternura que la mujer había
empleado al atender sus arañazos en
brazos y piernas.
Gabrielle asintió,
evidentemente satisfecha con la respuesta
de la guerrera. Después de un momento,
dio la espalda a los ojos azules y avanzó
unos pocos pasos indecisos hacia la hoguera,
entonces se detuvo para dejar su mirada viajar
por el área alrededor del campamento.
Xena vio cómo los asustados ojos observaban
los alrededores y notó la rápida,
cortada respiración que le había
sobrevenido al comportamiento de la bardo.
Esperó, aún en posición
tras la joven rubia, no queriendo entrometerse
por miedo a dificultar la recuperación
de la chica.
De repente, la bardo cubrió
su cara con sus temblorosas manos y la guerrera
instintivamente se movió para rodear
la llorosa forma entre sus brazos. Retrocedió
un poco cuando la chica se tensó ligeramente.
—Está bien,
Gabrielle —la guerrera susurró
gentilmente—. Lo resolveremos. No pasa
nada.
Gabrielle elevó
sus lacrimosos ojos a los compasivos ojos
azules de la guerrera que ahora la sujetaba
tiernamente. Sintió una rara seguridad
entre el abrazo de la mujer; un extraño
consuelo emanaba de esta figura más
bien contradictoria. Casi en contra de su
propia voluntad, la pequeña bardo rodeó
con sus brazos la cintura de la guerrera y
se acurrucó cómodamente contra
el duro metal que cubría el torso de
la mujer.
—Estoy tan asustada…
—la pequeña bardo lloró
tristemente—. No te recuerdo. ¡No
recuerdo nada!
La pequeña forma
tembló entre los brazos de la guerrera.
Xena sujetó el pequeño cuerpo
cuidadosamente, usando una mano para acunar
la rubia cabeza contra ella. Se movió
delicadamente hacia la hoguera, depositando
lentamente a la temblorosa bardo sobre las
mantas extendidas cerca de las llamas. La
pequeña bardo se sentó agotada,
usando sus manos para limpiar las lágrimas
del rostro. La guerrera se acuclilló
encarándola, sus ojos azules preocupados
y comprensivos. Después de unos momentos,
Gabrielle miró de nuevo a la morena
mujer.
Gabrielle estudió
los amables ojos azules fijos en su cara.
Su mente se estaba esforzando dolorosamente
por identificar la profunda conexión
que sentía por esta mujer que ahora
le ofrecía tal consuelo. «¿Por
qué no puedo recordarla? ¿Por
qué el contacto con esta persona me
afecta tan profundamente?» la bardo
se preguntaba. Sintió cómo comenzaba
a devolverle la gentil sonrisa a la mujer.
Toda la incertidumbre que había sentido
antes se desvaneció cuando vio el honesto
afecto brillando en la límpida mirada
azul de la guerrera vestida de cuero. Tomó
la mano de la mujer sin reservas ni dudas.
Xena esperó pacientemente
hasta que vio la calma retornar a la expresión
de su amiga. Se puso en pie y cruzó
el campamento, regresando para entregarle
a la bardo un odre de agua y un suave trapo
limpio de las bolsas. La guerrera se sentó
con las piernas cruzadas junto a la chica,
sus delgados antebrazos apoyados en sus lisos
muslos, sus largos, delgados dedos, entrelazados
relajadamente. Mientras la chica tomó
varias veces del agua fresca, y secaba su
rostro con el trapo, la guerrera ensayaba
una sonrisa cariñosa en su preocupada
expresión.
Después de otro
momento, la temblorosa voz de la bardo se
escuchó en el tranquilo claro.
—Debes de ser mi
amiga —la chica dijo, observando con
cautela los ojos azules. La emoción
en su pecho se desvaneció en cuanto
vio la cálida sonrisa que le devolvió
la guerrera.
—Mejor amiga —Xena
dijo suavemente—. Tú y yo somos
las mejores amigas.
Una suave risa escapó
de la llorosa bardo. Apretó los delgados
dedos descansando suavemente sobre su rodilla
y se relajó cómodamente contra
el fuerte brazo que rodeaba sus hombros.
Capítulo Cuatro
Gabrielle observó
la actividad de la guerrera en la hoguera,
sus ojos evidentemente entretenidos ante los
extraños esfuerzos de la delgada combatiente.
Después de varios frustrados momentos,
Xena se giró para encontrarse con la
sonrisa de la bardo.
—¿Qué?
La chica tímidamente
se humedeció los labios, miró
hacia otro lado, entonces devolvió
una sonrisa juguetona al ceño fruncido
de la guerrera.
—No sé por
qué pero tengo la impresión
de que hay algo muy malo en esta situación.
La cara de la mujer morena
se iluminó con una tenue sonrisa.
—Nunca fui muy buena
cocinera —admitió con aflicción—.
Ésa es usualmente tu especialidad.
La sonrisa de la pequeña
rubia disminuyó un poco.
—¿Yo? —preguntó—.
¿En serio? ¿Yo cocinaba?
La guerrera asintió,
devolviendo su atención al fuego.
—Si, y eras…
eres muy buena.
La bardo parecía
genuinamente sorprendida.
—¿En serio?
—preguntó, sus ojos verdes agrandándose.
Xena se detuvo en su esfuerzo
por mostrar una mirada seria a su amiga rubia.
—Muy buena. —Observó a
Gabrielle considerar esta información.
La mirada de la pequeña bardo recorría
el suelo del campamento, una confusión
renovada se reflejaba en las verdes lagunas.
La guerrera podía leer la enloquecedora
confusión en la expresión de
la chica mientras esperaba a que la pequeña
rubia realizara las preguntas que claramente
asomaban en su cara.
Después de un momento,
la joven alzó sus ojos para mirar de
nuevo a los de la guerrera. —¿Era
buena en algo más?
Xena sintió una
fuerte tensión regresar a su pecho.
Sus ojos azules clavados en el vulnerable
rostro de su más cercana y querida
amiga. Dejó caer la fina rama que había
usado para atizar las brazas y sacudió
sus manos. Se puso en pie y cruzó el
campamento, recogiendo la colorida mochila
de tela que la bardo habitualmente llevaba
colgado de su hombro.
—Cuentas grandes
historias —la guerrera dijo, caminando
de vuelta hacia la chica para dejar la bolsa
suavemente en su regazo—. Aquí.
Léelas por ti misma.
Gabrielle aceptó
la mochila tentativamente y suavemente tiró
de las cuerdas de su apertura. La guerrera
regresó a la hoguera, observando furtivamente
cómo la chica sacaba unos cuantos pergaminos
enrollados de la bolsa, seleccionaba uno y
comenzaba a leer las palabras transcritas
en la página.
Después de varios
minutos, la pequeña bardo devolvió
la mirada a la mujer junto al fuego. Los verdes
ojos brillaban y la chica tragó con
fuerza.
—¿Éstos
son míos? ¿Yo los escribí?
La guerrera asintió,
una suave sonrisa apareció en su cara.
—Los escribiste
todos. Eres una bardo, Gabrielle. Eres una
bardo con mucho talento.
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