XWP Gen » El renacer de la amistad » 02

:: EL RENACER DE LA AMISTAD ::
(AMITY REBORN)

La chica devolvió su atención al pergamino que sostenía. Xena decidió concentrarse en asegurar el pescado que había conseguido en la parrilla sobre el fuego. Usó su daga para colocar la trucha mientras mantenía la vigilancia sobre la chica en la manta. Mientras observaba, la expresión de la chica cambió de curiosidad a sorpresa y a incredulidad, quedándose finalmente en un ceño fruncido con perplejidad. Envió una inquisitiva mirada hacia la guerrera.

—¿Me inventé esto… o estas cosas nos suceden realmente? —la bardo bromeó débilmente.

La mujer junto al fuego sonrió. Dirigió gentiles ojos azules hacia la joven mujer.

—La mayoría de los… eventos sucedieron —dijo, riendo ligeramente—. Pero, sospecho que los puedes haber… "suavizado" un poco, para hacer un "cuento" mejor. —La sonrisa de la guerrera se debilitó lentamente cuando notó la preocupación en la expresión de la pequeña rubia. Comenzó a expresar otro comentario, entonces decidió esperar a que la bardo siguiera con el tema.

La joven se había quedado callada de nuevo mientras su morena amiga detectó un grado de confusión regresar al suave rostro. Gabrielle devolvió los pergaminos a la mochila con cuidado y se sentó en silencio, considerando la información que había obtenido de los rollos de pergamino. Finalmente los ojos verdes se alzaron para encontrarse con los azules de cristal una vez más. Mientras la guerrera miraba, un pequeño grado de calma se posó sobre el joven rostro observando el suyo.

—¿Hemos sido… amigas durante mucho tiempo? —la joven preguntó suavemente.

—Hemos viajado juntas durante casi tres veranos —respondió Xena intentando mantener su voz ligera y casual—. Hemos sido… hemos tenido algunas verdaderas… aventuras.

La guerrera sintió cómo su pulso se aceleraba en cuanto se dio cuenta de las posibles consecuencias del actual estado de la memoria de la bardo, o de la falta de ésta, para ser más precisa. Era probable que los recuerdos de la chica no regresaran y por lo tanto su concepto de relación nunca volvería a ser parte de la conciencia de Gabrielle de nuevo. Eso significaría que habría perdido a su mejor amiga de la forma más devastadora, no por ningún acto de violencia o como resultado de ninguna enfermedad. Habría perdido los recuerdos de la bardo sobre su relación, y más importante, el corazón de la chica y a la guardiana de su propia alma.

De repente la pequeña rubia chilló y señaló al humeante fuego junto a la guerrera.

—¡Hey! ¡La comida se está quemando! —rió mientras la alta mujer se giraba hacia las llamas. Xena usó su daga y el delgado palo para intentar salvar el pescado pero pronto se hizo obvio que sus esfuerzos eran en vano. Maldijo por lo bajo mientras metía un chamuscado dedo en su boca, entonces se dio la vuelta avergonzada hacia la chica, que sonreía ampliamente desde la manta.

—Bien, ahora sabes por qué eres tú la que se encarga de la cocina —afirmó la guerrera con un poco de sonrojo en su suave rostro. Raspó las partes quemadas de la parrilla sobre el fuego, entonces, sigilosamente, alzó el enrejado de las llamas y se frotó las manos de nuevo. Exhaló un corto, exasperado suspiro y se puso en pie.

—Voy a ver si puedo conseguir más —dirigió una mirada inquisitiva hacia la bardo—. ¿Estarás bien tú sola durante un rato? No tardaré.

La cara de la chica aún conservaba la amable sonrisa que había aparecido durante el forcejeo de la guerrera con el pescado y las llamas. Estiró sus delgadas y musculosas piernas y se puso en pie, moviéndose hasta el lado de la alta mujer.

—Ve, estaré bien —dijo riendo ligeramente. Con cuidado tomó la daga de la mujer y, agachándose, le ofreció el pequeño tarro de cocina—. Trae un poco de agua —dijo ausentemente, entonces caminó hacia la esquina del campamento—. Veré si puedo encontrar algunos champiñones y tubérculos salvajes para hacer un guiso.

El progreso de la chica se detuvo abruptamente cuando se giró lentamente hacia la otra mujer. La lenta sonrisa de la guerrera había comenzado a reaparecer en cuanto reconoció lo que las acciones de la bardo significaban. Esperó a que la chica reaccionara.

—¿Tubérculos salvajes? —la chica preguntó suavemente. Dirigió una expresión turbada hacia la guerrera—. ¿Cómo supe de los tubérculos salvajes?

La alta mujer posó una gentil mano sobre el hombro de la joven rubia. Habló suavemente a los ansiosos ojos verdes.

—Algunas cosas no se olvidan —dijo con sonrisa cálida—. Una buena cocinera un día, una buena cocinera para siempre.

El nerviosismo de la bardo se desvaneció en cuanto vio el apoyo y el afecto irradiando de los ojos azul cobalto. Una pequeña risa escapó de la chica cuando pareció aceptar la explicación. Entonces cuadró sus hombros y se giró de nuevo hacia el bosque que rodeaba el campamento, marchando a completar su misión.

La guerrera tragó con fuerza mientras observaba cómo la pequeña rubia se alejaba, su visión borrosa por las lágrimas que lentamente llenaban sus ojos azules.

—Sigue intentando, Gabrielle, —murmuró suavemente—. Sigue intentando recordar. Yo no puedo seguir adelante sin tu espíritu brillando a mi lado.

 


Capítulo Cinco

Las dos mujeres se encontraban disfrutando de su muy apetecible, aunque un poco retardada, comida. Xena había regresado del arroyo cercano con otro cordel de truchas y la búsqueda de Gabrielle por el follaje adyacente había producido, de hecho, un modesto grupo de champiñones salvajes y dos tubérculos de buen tamaño. La bardo había cortado expertamente los vegetales dentro del recipiente que la guerrera había llenado de agua. Entonces, añadiendo un puñado de especias y hierbas que había encontrado en una de sus bolsas, había producido un delicioso y satisfactorio guiso. Durante toda la preparación, se había maravillado de su propio talento y el nivel de capacidad que había demostrado.

«Supongo que tiene razón», pensó la bardo. «Evidentemente hay cosas que nunca olvidas».

Miró a la majestuosa mujer que saboreaba su asado al otro lado del fuego.

«Entonces, ¿por qué no puedo recordarla a ella, ni lo que significamos la una para la otra?», se interrogó la joven. Estudió la cara de la guerrera a la luz de las danzantes llamas de la hoguera.

Xena podía sentir sobre ella la muda contemplación de la bardo mientras permanecía con la vista fija en el pescado, sobre el plato de barro, que sostenía entre las manos. Sintió que el pulso se le aceleraba ante la incipiente pregunta que bullía en el interior de la mente de la joven.

—¿Xena? —comenzó la bardo con voz débil y meditabunda. La guerrera levantó la vista hacia su mejor amiga—. Tengo que preguntarte una cosa. —La leve risa de la bardo pasó flotando sobre el fuego—. Como si no fuese lo que llevo haciendo todo el día —bromeó la muchacha con una brillante sonrisa iluminándole el rostro—. ¿Soy así… regularmente?

Sus ojos se enternecieron.

—De hecho, sí —ironizó—. Pero tranquila —añadió en voz baja, inclinándose ligeramente hacia la bardo—. Esta noche puedes hacer todas las preguntas que quieras.

De repente, sus musculosos hombros se relajaron y dejó caer la vista al suelo. ¿Cuántas veces habían estado justo así junto a un fuego, con la bardo tratando de sondearla una y otra vez y ella luchando por controlar su propia impaciencia y participando a regañadientes? Su introspección disparó una enorme sensación de culpabilidad en su interior al ser consciente de su frecuente y constante falta de sensibilidad.

Tras auto-reprenderse un momento, alzó sus pacientes ojos azules hacia la bardo.

—¿Y bien? —le dijo con dulzura—. ¿Qué quieres saber?

Contempló a la joven, que se esforzaba por encontrar las palabras adecuadas.

—¿Por qué estamos…? —comenzó la bardo, aunque se detuvo para reformular la pregunta. Sus ojos verdes se volvieron hacia la guerrera—. ¿Qué es lo que "hacemos", exactamente? —concluyó con torpeza—. Quiero decir, ¿nos dedicamos a viajar juntas sin más o tenemos un… objetivo concreto?

La expresión de la chica era de honesta curiosidad, aunque la guerrera fue capaz de entrever una genuina desesperación en su mirada.

Xena aspiró profundamente y trató de ordenar sus pensamientos, de dar una respuesta sincera al interrogante que con tanta sinceridad había planteado la bardo. Sin embargo, se encontró a sí misma sintiéndose aún más inepta de lo normal por su falta de capacidad para expresarse verbalmente.

«¿Que qué es lo que hacemos?», pensó con la pregunta de Gabrielle resonando en su cabeza. Dejó escapar otro suspiro nervioso y volvió la mirada hacia la ansiosa cara de la bardo.

—Bueno —comenzó la guerrera con inseguridad—, viajamos de un sitio a otro para… ayudar a la gente. Intentamos solucionar problemas y… situaciones que ellos… no pueden solucionar solos.

Contempló a la muchacha mientras ésta intentaba interpretar esta nueva información.

—Oh —dijo Gabrielle, asintiendo—. "Ayudamos" a la gente. —Repitió la frase de la guerrera con un tono reflexivo y profundo y una expresión de contemplación y seriedad. Finalmente devolvió la vista hacia la mujer—. ¿Vienen a buscarnos o algo así? ¿O simplemente… viajamos hasta encontrarlos… por casualidad?

La pregunta era tan sencilla, una expresión tan clara del espíritu puro y limpio de Gabrielle, que hizo aflorar una sonrisa al dulce rostro de la guerrera. La más sincera expresión de la chica respondió con calidez a la risa suave de la mujer.

—Bueno, supongo que las dos cosas. A veces recibimos un mensaje de alguien que nos necesita —dijo con una sonrisa adornando ahora sus cinceladas facciones—. Y otras es como si el "problema" nos encontrara a nosotras.

La risa de Gabrielle se unió a la de Xena con esta última y sutil frase. Se encontró a sí misma respondiendo a la calidez que sentía en la forma de ser de la otra mujer. Aún no había sido capaz de establecer qué era lo que la conectaba con tanta fuerza a aquella persona vestida de cuero, pero tampoco podía negar la innata confianza y la fe ciega que sentía dentro ante la presencia de la mujer y su actitud para con ella.

«Sea lo que sea que hayamos compartido» pensó Gabrielle, «sé que esta persona es importante para mí, y yo importante para ella». Ese convencimiento sembró un sentimiento de paz en la joven mujer, incluso con la mente tan desorientada y agitada como la tenía en aquel momento.

Tras unos instantes, la bardo se pasó una mano por los ojos y dirigió una mirada a la mujer, al otro lado del fuego. Xena contempló la fatiga dibujada en su rostro; reconoció las señales de agotamiento que delataban el formidable esfuerzo que su amiga había realizado hasta entonces. Recordó que ella misma se había visto vencida en ocasiones por la falta de esa reconfortante seguridad después de resultar herida en la batalla. No había nada más aterrador que sentirse incapaz de recuperar la propia identidad de uno.

—Escucha, ¿por qué no descansas un poco? —propuso la guerrera. La muchacha dirigió una vaga expresión de agradecimiento hacia la mujer—. Yo terminaré de recoger. Vamos, intenta dormir.

—De acuerdo —dijo Gabrielle suavemente, quitándose las botas. A continuación echó un rápido vistazo a la cama que yacía frente a ella. Se volvió una vez más hacia la mujer, con una nueva pregunta escrita en los ojos.

—Sí, es la tuya —contestó la mujer envuelta en cuero, anticipándose a ella. Se acercó para ayudar a la pequeña bardo a ponerse cómoda sobre la manta y apartó con dulzura el pelo que le había quedado sobre la cara sonrojada. Gabrielle aspiró profundamente y elevó la vista con confianza hacia la guerrera.

—Duerme un poco. Yo estaré aquí, no te preocupes. Estás a salvo, Gabrielle.

La sonrisa de la pequeña bardo atravesó el galante corazón de la guerrera. Luego, sus ojos verdes se cerraron y, aparentemente, se durmió en seguida.

«Estás a salvo, Gabrielle». Las palabras de la guerrera resonaron con fuerza en el interior de su propia mente. «¡Qué gran mentira!», se reprochó a sí misma la mujer. «¿Cuándo has estado a salvo conmigo?». Contempló el hermoso rostro que quedaba junto al suyo. Lentamente, sus claros ojos azules comenzaron a llenarse de lágrimas.

Xena se sentó junto a su durmiente amiga un buen rato. Se levantó una sola vez para alimentar el fuego y volvió deprisa para recolocar la delgada manta que la bardo había hecho a un lado al moverse. Conforme avanzaba la noche, los sonidos del bosque se sumaron irónicamente a los ininterrumpidos reproches internos de la guerrera.

 


Capítulo Seis

Con los últimos vestigios de oscuridad, mientras el amanecer comenzaba a reemplazar la negrura de la noche, la guerrera abandonó su lugar junto al lecho y silenciosamente terminó de recoger los cacharros de la noche anterior. Reunió los cubiertos, las sartenes y demás utensilios de cocina, fue de una carrera rápida hasta el arroyo, los limpió, rellenó la olla con agua y regresó al campamento en menos tiempo del que hubiese empleado cualquier otra persona.

En el camino de vuelta, Xena se valió de su chakram para conseguir el ingrediente principal para el desayuno. Regresó junto a la hoguera con un par de rechonchos pichones, y utilizó su daga para limpiarlos y prepararlos antes de ponerlos al fuego. Cuando hubo terminado con los pájaros, limpió su cuchillo y echó un poco de agua en las manos para eliminar cualquier rastro de su labor. Colocó los animalillos sobre un pedazo de corteza y los cubrió con una hoja grande y fresca.

Después volvió en silencio a su manta, ahora a menos de un brazo de distancia de donde Gabrielle dormía tranquilamente. La guerrera la había llevado hasta allí durante la noche, puesto que se sentía más necesitada que de costumbre de permanecer cerca de la pequeña bardo, para proteger a su amiga de un trauma mayor, pero principalmente para ser capaz de reconfortarla y ayudarla en caso de que despertara en mitad de la noche.

Lo único que había hecho la bardo era removerse unas cuantas veces a lo largo de la noche para tranquilizarse poco después, murmurando sonidos que la guerrera prefirió no interpretar, y agitarse ligeramente en su sueño intranquilo. Y cada vez, la esbelta mujer vestida de cuero había esperado a que la calma retornara para después recolocar la manta sobre la chica, acariciando dulcemente su pelo rubio hasta que la respiración de la bardo se estabilizaba de nuevo y su figura quedaba tranquila.

Xena se arrodilló junto a la durmiente muchacha y dejó caer la mirada sobre la suave y serena cara de su mejor amiga. La expresión de Gabrielle ya no mostraba ni el más leve atisbo de la confusión que le había atormentado durante todo el día y la noche anteriores. Su casi fatal prueba junto al acantilado había dejado un traumático vacío en su sensibilidad, y la guerrera sentía una inquietante indefensión al saberse incapaz de aliviar los miedos de la bardo, de combatir su terror.

Al incorporarse y recoger su manta, la mente de la guerrera sobrevoló los últimos tres veranos, evocando felizmente el momento en que la bardo había entrado en su vida. Su cincelado rostro se suavizó al recordar cómo la amistad y la confianza de la joven habían curado el dolor de su corazón y rescatado el alma que creía perdida para siempre.

Xena aspiró profundamente para hacer a un lado el doloroso remordimiento que atenazaba su conciencia. Sus pensamientos giraron entonces hacia las muchas pruebas de fe y de valor a las que había sido sometida la lealtad de la bardo; las veces en que Gabrielle había combatido la oscuridad que aún amenazaba su propia cordura con su amistad y su amor. Recordó todas las ocasiones en que había utilizado la bondad de la chica para sancionar su constante batalla contra los demonios que llevaba dentro.

Había llegado a considerar a Gabrielle como un precioso regalo, un legado puesto en su mundo por una fuerza generosa y compasiva. La garganta de la guerrera se cerró sobre sí misma al evocar la firme e inquebrantable devoción que ambas compartían y lo mucho que dependía su espíritu de la presencia de la pequeña bardo, y juró aceptar cualquier dificultad que implicara sacar a su alma gemela de aquel terrible y destructivo vacío.

—Superaremos esto, amiga mía —dijo la guerrera en voz baja a la figura durmiente—. Igual que hemos hecho con todos los demonios a los que nos hemos enfrentado… juntas.

La mujer de pelo negro comenzó a reavivar las moribundas ascuas de la hoguera. Recolocó el asador y colgó la pequeña olla sobre las llamas. Luego miró a la bardo y arrojó unas cuantas hojas secas en el agua. Muy pronto, el especiado aroma de la vasija comenzó a llenar el claro y a despertar los sentidos de la bardo, y Xena sonrió al oír que se desperezaba junto a ella.

La cara de la rubia surgió poco a poco por debajo de la manta.

—¿Qué huele tan bien? —preguntó un segundo antes de bostezar ampliamente.

—Té de hierbas —contestó la guerrera—. Una de las pocas cosas que no soy capaz de echar a perder. —Se giró para contemplar una amplia sonrisa en la cara de la chica.

Gabrielle salió lentamente de entre el lío de ropa que la cubría y se estiró con elegancia. Luego se pasó los dedos por sus rubios mechones de pelo y procedió a ponerse las botas. Cuando acabó, se levantó y fue hasta la guerrera. La vio verter un poco del oscuro té en una de las tazas de barro que descansaba en las piedras que rodeaban la hoguera. La bardo aceptó la copa que la guerrera le ofreció y se sentó en un enorme tronco junto al fuego.

El té era caliente y con fragancia, y la joven agradeció su estimulante sabor. Mientras se inclinaba sobre la taza para dar un nuevo sorbo, observó las ágiles manos de la guerrera manejar la ardiente madera hasta convertirla en una pila consistente y volver a poner el asador en su lugar, sobre las llamas. Quedó hipnotizada por la precisión y el control en sus movimientos y por su habilidad.

Xena se volvió para recoger los pájaros del trozo de corteza y comenzó a llevarlos hacia el asador cuando la voz de Gabrielle la detuvo.

—Si los envolvemos en nogal y los asamos en las ascuas, perderán ese saborcillo suyo tan desagradable —dijo la pequeña bardo, para reír ligeramente un segundo más tarde ante la cara de sorpresa de la guerrera—. Empiezo a creer que tengo todo un libro de cocina dentro de mi cabeza.

Los ojos verdes se suavizaron al encontrar una mirada interrogante del otro lado.

—Y también estoy empezando a captar pequeñas… cosas. Cosas cotidianas, como a ti junto al fuego y… —dejó descansar su mano sobre la vaina atada a la espalda de la guerrera—… afilando tu espada mientras yo preparo la cena. —La broncínea cara le sonrió con dulzura. La pequeña bardo clavó la vista en la taza que tenía entre las manos—. Y a ti cuidándome… quedándote despierta a mi lado toda la noche cuando tengo pesadillas.

Elevó la mirada para encontrarse con la de la guerrera. El corazón de Xena quedó como detenido al contemplar las lágrimas brillando sobre aquellas órbitas verdes.

Gabrielle vio a la guerrera tragar con nerviosismo y sonrió ante su expresión avergonzada. Estudió su estoico rostro, reconfortándose en la calidez y la amistad que vio en él. Tras un momento, la joven tomó otro sorbo de la taza.

—Te diré lo que haremos —dijo depositándola junto al tronco—. Deja que haga "una visita al bosque" y me refresque, ¿de acuerdo? —Se levantó y fue hacia los árboles—. Seguro que quieres ponerte en marcha temprano, como de costumbre.

Una vez más, la bardo sonrió al ver la expresión sorprendida, y aliviada, de la guerrera.

 


Capítulo Siete

Mientras disfrutaban de su desayuno, Xena echó un lento vistazo a la bardo, que se encontraba sentada y cruzada de piernas sobre la manta. Sentía que la muchacha retomaría muy pronto las preguntas que habían dejado en el aire la noche anterior. Su estómago se revolvió nervioso al considerar el modo en que la bardo reaccionaría ante ciertas respuestas.

Incluso a pesar de la tensión, el contemplar el irreprimible modo en que la bardo disfrutaba de su comida disparó una oleada de comodidad al interior de la guerrera. Siempre experimentaba un profundo placer al ver cómo la joven se maravillaba ante las cosas más cotidianas, las de todos los días. Ese era uno de los elementos de la naturaleza de la chica que provocaban en la guerrera un sentimiento de renovación.

Después de un buen rato, la muchacha levantó la vista del plato de barro que tenía sobre su regazo y se chupó sistemáticamente cada uno de sus dedos, limpiando los restos del asado de ave de las yemas. Sin previo aviso, la chispeante risa de la guerrera atravesó el campamento.

—Vaya, eso es algo que no has olvidado… lo mucho que te gusta comer.

La muchacha dirigió una juguetona mirada a su compañera, acompañada por una sonrisa traviesa en respuesta a la suya.

—¿Cómo podría olvidar algo así? —preguntó con sarcasmo. Agitó sus dedos pringosos y se limpió las manos en una esquina de la manta que tenía debajo.

Las dos amigas disfrutaron de ese momento de relajación, aunque los verdes ojos de la bardo recuperaron la seriedad poco después.

—Xena —comenzó en voz baja, provocando que la guerrera centrara su atención en ella—. Si llevamos juntas tres veranos, ¿dónde estaba yo antes? ¿Y dónde estabas tú?

El corazón de la guerrera dio un vuelco. El momento que tanto había temido por fin estaba ante ella. Clavó los ojos en el plato y, muy despacio, dejó la fuente en el suelo.

Elevó la vista con lentitud hasta encontrarse con la de la bardo, aspiró profundamente y tragó saliva contra su propia voluntad.

Gabrielle pudo ver el pánico trasluciéndose en el rostro de la mujer. Era consciente de que la preguntas que formulaba provocaban que se sintiera cada vez más y más incómoda, y ello le hacía sentir arrepentimiento. Se arrepentía de ser la causante de aquel dolor. Aun así, sentía una fe permanente en el honor de aquella persona y sabía que las respuestas, y la cura a su confusión, estaba en manos de la guerrera vestida de cuero. Sabía que podía confiar por completo en aquella mujer, incluso aunque aún no comprendiera el porqué.

De repente, una oleada de pánico atravesó su rostro y dejó escapar un gemido. Su pequeño cuerpo retrocedió como si la hubieran golpeado, y sus ojos se abrieron desmesuradamente por el impacto. Los miedos internos de la guerrera se hicieron reales en un segundo y reaccionó al golpe de terror que sintió en el rostro de la bardo.

—Gabrielle, ¿qué ocurre? —preguntó la guerrera con nerviosismo, leyendo el miedo en la cara de la rubia. Se movió con rapidez hasta quedar de rodillas junto a ella—. Dímelo. Dime lo que estás pensando.

La bardo parpadeó deprisa unas cuantas veces y luego se giró hacia aquellos ojos azules repletos de preocupación. Tomó aire y se agarró con desesperación a los dedos que reposaban sobre su brazo.

—Tan sólo tuve un… un flash de una imagen —ella dijo titubeantemente. Sus ojos se movían temerosamente sobre el bronceado rostro—. Te vi a ti… en un ataúd. Tu cara estaba muy pálida. Estabas… estabas muerta —la desalentadora frase colgó en el silencio del claro. Los ojos azules de la guerrera cayeron de la asustada mirada verde.

—¿Moriste, no es cierto? —el estridente tono en la voz de la bardo condujo a los ojos cobalto de nuevo hacia su cara—. Yo te vi… en tu ataúd, ¿no es cierto? —la pequeña forma estaba temblando y los verdes ojos mostraban verdadero horror.

La garganta de la guerrera se contrajo tensamente mientras trataba de calmar los latidos en su pecho.

—Es una larga historia —comenzó, buscando los asustados ojos verdes—. Gabrielle… por favor déjame… tan sólo intenta…

Inesperadamente, la expresión de la bardo se volvió calmada, el pánico lentamente retrocediendo de la firme mirada. Tomó los delgados dedos de donde se encontraban en su antebrazo y los cubrió con ambas manos. Mientras la guerrera miraba, los ojos de la joven mujer viajaron sobre su cara, y entonces lentamente sobre su cuerpo. La guerrera silenciosamente aguantó el escrutinio de la joven, a pesar del creciente pánico golpeando en su pecho.

—Si tan sólo… leyeras los pergaminos… —la guerrera dijo, su voz suave—. Lee tus propias palabras, Gabrielle. Está todo allí.

La mirada de la bardo viajó de vuelta a los cristales azules. Se acercó para tocar lentamente la suave piel del bronceado rostro. Los ojos verdes se suavizaron en cuanto la chica reconoció el remordimiento y arrepentimiento en la aprehensiva expresión de la guerrera. La pequeña mano se reunió con su compañera, para de nuevo sujetar los largos dedos de la guerrera.

—Los leeré más tarde —la bardo dijo suavemente—. Pero ahora, háblame sobre… lo que vi. Es cierto, ¿verdad? Moriste. Yo estaba allí. Estabas herida… y moriste. ¿No es eso lo que sucedió?

—Sí —Xena susurró, cerrando sus ojos fuertemente contra la desesperación que recordaba sobre el rostro de la joven bardo cuando la guerrera había estado entre el otro lado y la realidad. Cuando abrió sus ojos de nuevo, vio el asombro en los ojos verdes de la chica. Los pozos verdes parecían enfocados en una fugaz visión. Finalmente se encontraron con los azules de la guerrera otra vez.

—Las amazonas —la chica dijo simplemente—. Nos ayudaron. Y Autolycus —los ojos verdes buscaron por los alrededores, persiguiendo las fugaces percepciones que flotaban en su conciencia—. Te llevamos hasta la Cámara de la Ambrosía y… —de repente el abierto rostro se nubló, se volvió más temeroso, y finalmente mostró rabia.

—Velaska, —la chica dijo bruscamente. La guerrera tocó el hombro de la chica, atrayendo la mirada de la bardo de nuevo hasta ella.

—Tranquila —la guerrera susurró—. Ve despacio, te vas a…

—Y alguien llamada… Calisto —la bardo farfulló, sus dientes apretados con disgusto—, ella y Velaska… —la joven cara se contorsionó en horror mientras las odiadas imágenes en su memoria comenzaron a asolar sus sentidos.

Xena tomó fuertemente los delgados brazos. —¡Gabrielle! —llamó bruscamente, sacudiendo a la chica abruptamente. La atención de la chica regresó repentinamente a la guerrera. Por un instante, la guerrera reconoció el mismo nivel de furia y odio que hace tiempo habían controlado su propio espíritu. Entonces el joven rostro se aclaró y la bardo se derrumbó, jadeando débil, contra el acorazado pecho de la guerrera.

La alta mujer sujetó a la chica tiernamente, esperando pacientemente hasta que la raspada respiración se calmó. Finalmente liberó el tembloroso cuerpo un poco y se inclinó hacia detrás para contemplar directamente la asustada mirada verde.

—Lee los pergaminos —Xena dijo deliberadamente—. Son tus propias palabras.

Una expresión de incertidumbre cruzó el sonrojado rostro de la bardo. Intentó concentrarse en los pozos de cristal. La chica tomó una profunda inspiración y tragó con fuerza.

—Los pergaminos —la bardo repitió inexpresivamente. Buscó el rostro de la guerrera y sintió seguridad y tranquilidad en los firmes ojos azules. El desaliento de la bardo se disipó y los latidos de su corazón disminuyeron.

—Llevas razón —dijo suavemente—, debería leer los pergaminos.

Xena miró a la bardo intentando recuperar el control sobre el caos que alborotaba su mente. Después de unos instantes, la mirada verde ascendió lentamente para encontrarse con los lagos color cobalto de la guerrera. Una pequeña sonrisa adornaba la joven cara.

—¿No tenemos que "ayudar a alguien" hoy? —preguntó la bardo, un rastro del humor jovial propio de la joven daba color a su observación.

La guerrera volvió a mostrar su sonrisa burlona. —Pueden vivir sin nosotras por un par de días —afirmó la voz líquida—. Podemos quedarnos aquí mismo —le dijo a la chica—, hasta que te sientas… Hasta que estés lista para continuar.

Gabrielle tomó aliento bruscamente. Asintió con la cabeza despacio y después, educadamente, se soltó del reconfortante abrazo de la guerrera. Se tragó sus miedos y dirigió una mirada penetrante hacia el saco de tela que pendía cerca de la cadera derecha de la guerrera. Echando un decidido vistazo a la alta mujer, puso la bolsa en su propio regazo, tirando con fuerza de las cuerdas del saquito, repitiendo en voz baja: —Lee los pergaminos, Gabrielle. Léelos.

Xena se apartó en silencio de la manta, se puso de pie y se dirigió con grandes zancadas hacia la yegua que permanecía tranquilamente en los límites del claro. La guerrera golpeó el cuello nervudo del inmenso corcel, mientras ambos dirigían su atención hacia la pequeña bardo tumbada en la manta, tratando de examinar los rollos de pergamino. Unos instantes después, la yegua gimoteo de forma casi imperceptible, restregando su cara contra el pecho de la guerrera.

—Está en ello, Argo —susurró la guerrera, pasando su mano por el hocico del animal—. Démosle algo de tiempo, ¿vale? —la yegua relinchó conforme.

Capítulo Ocho

Xena empleó las pocas horas siguientes cepillando a Argo, afilando la espada y haciendo pequeños arreglos al resto del equipo, y mientras entrenaba, echando un ojo a la bardo de tanto en tanto. Veía como la gran cantidad de información que encontraba en los pergaminos dispersos a su alrededor en la manta, se reflejaban en la expresión de la pequeña rubia.

Llegada a un punto, se dio la vuelta para encarar la cauta mirada de la guerrera en su cara. Se encontró también con la inquietud en sus dos lagos y una sonrisa cansada, pasando su pequeña mano por delante de sus ojos. La guerrera dejó lo que estaba haciendo para prestarle atención a la joven, que mostraba una expresión dubitativa.

—Es cierto —dijo la rubita con un toque de incertidumbre—, "hemos" tenido algunas aventuras interesantes.

La guerrera sonrió.

—¿Es cierto que conoces a Hércules? ¿De verdad conocimos a Goliat?

La esbelta guerrera intentó mantener la actitud despreocupada en su lugar. —Sí, conozco a Hércules. Y tú también. Los tres somos grandes amigos.

La bardo asintió, tratando de retener la ingente cantidad de información que había encontrado escrita en los pergaminos. Se levantó y de forma ausente se acercó para coger el pellejo de agua q colgaba de una rama baja. Mientras quitaba el tapón y disfrutaba del frío líquido de su interior, estudió de forma inconsciente el bosque que la rodeaba. Colocó otra vez el tapón al pellejo y se giró de forma violenta hacia la guerrera, que estaba sentada con las piernas cruzadas debajo de un pequeño árbol en el borde del campamento.

—Xena, ¿quién es Lila?

La imponente guerrera vestida de cuero reaccionó, sorprendida, a la inesperada pregunta de la bardo.

—Es tu hermana, Gabrielle. Vive con tus padres en…

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