XWP Gen » La bardo y las habichuelas

Esta historia ha sido traducida por Eidel, previa petición y concesión de permiso para ello por parte de su autora, Nene Adams. Cualquier comentario, bueno o no tan bueno, así como preguntas, etc., será bien recibido y, por supuesto, contestado.

:: LA BARDO Y LAS HABICHUELAS ::

©1998 Todos los derechos reservados.
Por Nene Adams

Habla la narradora:

Una vez, hace mucho tiempo, cuando los años pasaban tan imperceptiblemente como la luna y el sol bailan su danza eterna, viajaban por el mundo una guerrera y una bardo.

La bardo se llamaba Gabrielle, también Reina de las Amazonas, y su labor consistía en regatear con los mercaderes de comida y otras provisiones utilizando su fabuloso don de palabra cada vez que llegaban a una aldea o cuidad.

Sin embargo, el corazón de la bardo era inocente, muy inocente, y en uno de los trueques se encontró frente a un hombre hambriento y andrajoso, aunque de modales tan refinados que no concordaban con su aspecto exterior. El hombre afirmó poseer tres habichuelas mágicas, todo lo que le quedaba en el mundo; a pesar de no creerle, Gabrielle le entregó toda la comida que había conseguido, puesto que juzgó que su necesidad era mucho mayor que la de ella o la de su compañera.

El hombre, inclinándose ante ella, insistió en que se quedase las habichuelas como pago a su generosidad. Y la bardo, guiada por su compasivo corazón, no puedo negarse.

***

—¿Habichuelas? —Xena contempló las tres minúsculas semillas que Gabrielle sostenía en la palma de su mano—. Y no una bolsa, no… ¿Tres habichuelas?

La bardo retrocedió ligeramente; aunque no se arrepentía de lo que había hecho, también era cierto que no se había parado a pensar cuál sería la reacción de Xena.

—Em… Sí, sólo tres. Pero él me dijo que son mágicas —aseveró, con una risa nerviosa.

La guerrera, por su parte, la miró fijamente.

—Ya, ¡seguro! —Volvió a mirar las habichuelas y luego al cielo. En aquella época del año la oscuridad caía con rapidez, y el carro de Helios ya había desaparecido en el horizonte—. En fin… ya es muy tarde para ir a cazar o pescar, y acabamos con las últimas provisiones esta mañana.

Gabrielle aguantó la respiración.

—¿Quieres decir…?

Xena, por su parte, le dirigió una sonrisa irónica.

—Sí. Parece que vamos a dormir con el estómago vacío. ¡Y ni se te ocurra comerte eso! —añadió al tiempo que arrebataba las tres habichuelas de la mano extendida de la bardo—. Sólo conseguirías tener más hambre aún. Bebe un poco de agua y luego a descansar.

Consciente de que Gabrielle la estaba mirando, arrojó las semillas por encima de su hombro haciéndolas desaparecer entre la maleza que rodeaba el campamento.

—¡Xena! —protestó, aunque con poco éxito. Las había perdido, para bien o para mal.

La guerrera llevó a Gabrielle hasta su manta con decisión y delicadeza y luego se tumbó detrás de ella. Tras un buen rato de quejas y balbuceos, la bardo acabó por callarse, y sólo entonces Xena cedió. Se acercó más a ella y le susurró al oído.

—Prometo compensarte por la mañana. Con anguilas, si hace falta.

Así, con imágenes de una anguila asada y del aroma de los más deliciosos manjares en la cabeza, Gabrielle cayó en un sueño intranquilo.

***

Al llegar el día, Gabrielle despertó inusualmente temprano. Se quedó tumbada un rato, escuchando el reconfortante sonido de la respiración de Xena, antes de que la llamada de la naturaleza le obligase a levantarse y penetrar entre la maleza.

Dando traspiés y restregándose los ojos, descubrió que aún estaba oscuro… pero de vuelta, decidió ir hacia el arroyo que corría cerca del campamento y lavarse la cara. Incluso a pesar de su estado de semiinconsciencia, se sorprendió al entrar en una zona perfectamente iluminada tan sólo unos metros más allá.

La bardo elevó la vista hacia el sol y, tras sacudir la cabeza, miró una vez más. A juzgar por su posición era ya casi mediodía, aunque tan sólo unos segundos antes era de noche…

Regresó al campamento, y con ello, a una absoluta oscuridad. Echó un vistazo a su alrededor… y sus ojos se abrieron como platos justo antes de gritar.

—¡¡Xena!!

***

Habla la narradora:

Y así fue como la guerrera y la bardo descubrieron el por qué las tinieblas rodeaban, aquella mañana, su pequeño campamento.

Cuál no sería su sorpresa al descubrir que, durante la noche, las tres habichuelas… mágicas después de todo… habían germinado. Un portentoso tallo de dos ramas idénticas entrelazadas con un grosor que ni diez hombres serían capaces de rodear uniendo sus brazos serpenteaban hacia el cielo, tan alto que no podían ver el final.

Sus enormes hojas ensombrecían el campamento. Xena miró a su compañera.

—No sé lo que habrá al final de este tallo de habichuela —dijo—, pero voy a averiguarlo. ¿Qué hombre no quiere ver lo que se esconde en la cúpula del cielo? Tal vez escalando lleguemos a los Campos Elíseos.

Gabrielle asintió.

—Tienes razón. Ven, escalemos este tallo y veamos qué aventura nos espera en la cima.

Y así, tras rellenar sus odres de agua, las dos mujeres comenzaron el ascenso.

***

Sorprendentemente, les llevó poco tiempo conquistar el final del tallo, aunque las horas de esfuerzo hicieron que la guerrera y la bardo cayeran exhaustas, casi desmayadas, tras saltar del último peldaño de su inusual escalera a una región extraña.

—Este terreno es terriblemente duro, Xena —se quejó Gabrielle. Las piernas aún le dolían por la escalada—. Parece piedra, pero no lo es.

Xena suspiró.

—Al menos no está lloviendo —contestó. De repente, aguzó sus sentidos y se enderezó—. ¿Qué demonios…?

Un par de brillantes luces se aproximaban a lo lejos, acompañadas por un sonido rugiente y sostenido que aumentaba de intensidad cada vez más…

—¿Qué es eso? —exclamó Gabrielle, visiblemente asustada.

—No lo sé…—Xena se levantó del suelo y desenvainó la espada—. Podría tratarse de un dragón, pero no nos encontramos en ninguna región de Chin que yo reconozca.

Las luces se acercaban más y más…

Xena gritó.

—¡Cuidado! —Y arrastrando a Gabrielle consigo, se apartó de la trayectoria de la impetuosa embestida.

Un fuerte gemido lastimero las sobrepasó, y su pelo y sus ropas empezaron a aletear hacia atrás llevados por el vendaval que había levantado aquella cosa…

Y el conductor del camión articulado, en el siglo XX, sacudió la cabeza y encendió otro cigarrillo.

—¡Malditas piradas!

***

Habla la narradora:

Y ésta fue la última historia de Xena, Defensora de la Justicia, y de su amada bardo, Gabrielle, Reina de las Amazonas.

Porque ocurrió además que Hércules e Iolaus, ambos intrépidos aventureros, aunque desafortunadamente aficionados a la bebida, descubrieron el gigantesco tallo y se desafiaron el uno al otro. Ganaría aquel que fuera capaz de talar y derribar semejante obra de titanes.

Las hachas cortaron el aire… y Hércules ganó.

Nunca más se volvió a ver a Xena y Gabrielle.

De vez en cuando se oye por ahí que la guerrera y la bardo habitan un país lejano, hechizadas hasta el día en que se las vuelva a necesitar. Cada vez que suene su marcial melodía, aparecerán para asegurar la victoria de la justicia, y el mal perecerá y resultará ineficaz ante su poder.

Viven entre losmortales de esta tierra, ocultas, pero nunca muy lejos la una de la otra, y los cuentos de su amor y sus aventuras continuarán hasta que el último sea contado y puedan dormir otra vez.

Pero eso es otra historia…

FIN

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