XWP Gen » La bella en la bestia

Esta historia ha sido traducida por Eidel, previa petición y concesión de permiso para ello por parte de su autora, Nene Adams. Cualquier comentario, bueno o no tan bueno, así como preguntas, etc., será bien recibido y, por supuesto, contestado.

:: LA BELLA EN LA BESTIA ::

©1998 Todos los derechos reservados.
Por Nene Adams

Habla la narradora:

Una vez, hace mucho tiempo, habitaba sobre la tierra una temible señor de la guerra llamada Xena.

Era despiadada y cruel, y disfrutaba llevando sufrimiento a la vida de todos aquellos que se oponían a sus deseos; tanto que mientras ella se llamaba a sí misma La Princesa Guerrera, otros le adjudicaban nombres aún más tenebrosos. Destructora de Naciones, se susurraba con miedo. O aún más sencillo… La Bestia.

El señor de la guerra Xena disfrutaba derramando sangre, y rara vez envainaba su poderosa espada. Miles morían cada vez que sesgaba la tierra al mando de su ejército, y los conquistados aullaban bajo el peso de su dominio.

Ajena a remordimientos de conciencia, puesto que había destruido hasta el más leve sentimiento que pudiese habitar en su interior, guiaba a sus hombres en continuas masacres. Fue entonces cuando algo desconocido comenzó a asediarla.

Por la noche, cuando intentaba dormir, las visiones la perseguían. Visiones de una mujer a la que nunca había conocido… y a la que nunca conocería…

***

—Xena. Despierta.

Aquella voz le resultó familiar. Xena se incorporó del lecho sobresaltada, bañada en sudor a pesar del gélido ambiente nocturno. Se frotó los ojos con la mano… y la vio, una vez más.

Una mujer joven se erguía en uno de los rincones de su tienda. O mejor dicho, estaba materializada allí, puesto que era capaz de ver perfectamente las sogas y la tela de la pared que esa figura tenía detrás. Era ya la séptima noche seguida que ese fantasma, o lo que quiera que fuese, se le aparecía.

La primera vez, Xena había enarbolado su espada y se había lanzado hacia ella. Nunca olvidaría aquel momento.

Le atravesé las tripas, había pensado. Y por mi vida que cuando lo hice me miró del mismo modo que mi madre cuando me sorprendió bebiendo cerveza la primera vez. Dolida, decepcionada y furiosa al mismo tiempo.

Sintió ponérsele los pelos de punta ante ese gesto.

Tras haber estado despierta toda la noche por culpa del fantasma, Xena se preparó para un segundo ataque. Había tragado cantidades considerables de vino, cerveza, y casi cualquier cosa que tuviera al alcance de la mano, y hacia la medianoche ya estaba inconsciente. Había supuesto que en ese estado, el fantasma podía gimotear y recorrer su tienda tanto como quisiera, puesto que ella estaría a salvo en los brazos de Morfeo.

No funcionó. Esa cosa la había tocado, con unos dedos tan fríos como el mármol, y exactamente igual de muertos. Ese contacto no sólo la había despertado, sino que la había devuelto a la sobriedad más absoluta. Xena no volvió nunca a utilizar ese método.

En los días siguientes lo había intentado todo, hasta tener a unos cuantos de sus hombres custodiando la tienda y traer a un sacerdote tembloroso y lloriqueante de alguno de los cultos locales para que llevara a cabo un exorcismo. Nada había funcionado. El fantasma regresó. La única contribución del sacerdote había sido mojarse la túnica y desmayarse, más aterrorizado por el espíritu que por las amenazas de Xena.

Una mañana, cuando se le acabaron las ideas, Xena se disfrazó. Dejó a su ejército atrás y fue hasta una aldea vecina… Una de las que habían accedido a sus demandas y, por tanto, perdonadas… para encontrar a una anciana de la que había oído hablar. Una mujer que hablaba el lenguaje de las sombras… un oráculo.

***

Habla la narradora:

Y así fue como Xena penetró en una humilde aldea para encontrarse con la anciana conocida como la Viuda. La Viuda, una mujer de la que se rumoreaba había vivido por espacio de dos vidas mortales, recibió al señor de la guerra en su choza.

¿A qué has venido? —le preguntó la Viuda.

Eso ya lo sabes dijo Xena, quitándose la capucha de su capa, al igual que quién soy, anciana, y lo que soy.

—Sí. Eres la Bestia —afirmó la mujer, y conforme las palabras abandonaron sus labios, un viento perdido, gélido como el aliento de la muerte, recorrió la estancia—. He visto tus obras, señor de la guerra, y tu desesperación.

—Bien —contestó Xena—. Me temes, y así debe de ser.

—Y sin embargo te equivocas. No temo a mortales ni a dioses —aseguró la Viuda—. Por alguna razón que desconozco, se me ha concedido el don de ver el futuro. Ése es mi regalo, sí, pero también mi maldición. —Y los ojos de la Viuda se tornaron blancos y ciegos, y Xena tuvo la impresión de que la visión de aquella mujer le penetraba el alma.

—Dime —le ordenó Xena—, ¿qué sabes de ese espíritu que me acecha en las horas de sueño?

La Viuda se estremeció.

—Es un espíritu, sí, y te persigue, Bestia. Una visión peligrosa de un tiempo aún por llegar. Para esta mujer, o niña, la vida no existe aún, sino en un tiempo casi inmediato, y su llegada supondrá una enfermedad para el señor de la guerra que eres.

—¿Cómo es posible? Nunca me ha hecho daño, ni me ha amenazado, ni ha agredido mi cuerpo ni mi alma.

—Entonces, ¿por qué temes? ¿Es que no estoy ante la guerrera más poderosa de la tierra? Dime, ¿qué tiene ese espíritu que tortura tu alma y te hace llorar por la noche como a un niño?

Xena desenvainó su espada.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó—. ¿Estás espiándome?

Sus miedos nocturnos suponían una vergüenza para ella. Algo que nadie más debía conocer.

—No, Bestia. Mi visión no tiene límites en este mundo, y tampoco en este tiempo. Cuéntame qué te ha hecho.

En realidad nada, excepto quedarse ahí de pie y mirarme fijamente. Las pocas palabras que pronunció no… no significan nada para mí.

—¿Nada? —La Viuda sonrió—. Te engañas, Bestia. Todas y cada una de las palabras que han salido de la boca de ese espíritu se han clavado en ti como dagas. Te habló de amor, de compasión, de honor… De todo aquello que has dejado a un lado en tu impía búsqueda.

—¡Mi causa es justa! —gritó Xena—. ¡Estoy protegiendo mi hogar!

—Una vez más, te estás engañando —afirmó la Viuda—. En un principio tu propósito era noble. Ahora, ¿no sientes que ha cambiado? ¿No ves que tus intenciones ya no son las mismas? ¿No ves que en tu vida ya sólo hay guerra y crueldad? ¿No ves que todo eso se revela en cada cosa que haces? ¿No ves que te has convertido en aquello que más odiabas?

Xena quiso hablar… pero no pudo. Las palabras de la anciana eran ciertas, sacadas del interior de su mente y leídas con tanta facilidad como un pergamino. Al fin, Xena fue capaz de decir algo.

—Es cierto lo que dices. Y también lo que dice ese espíritu. Pero la guerra es ahora mi vida, y la muerte mi destino.

—¿Te atreves a hablarme a mí del destino? —La viuda señaló al señor de la guerra con uno de sus marchitos dedos—. ¡Escucha mis palabras, Xena de Amphipolis! Haz caso al espíritu, escúchale, y conserva en tu mente cada cosa que aprendas de él. Te encontrarás con muchas encrucijadas en tu vida. Escoge el camino equivocado, repite ese error muchas veces, y ten por seguro que pronto hallarás la muerte. Con la elección adecuada tu vida irá cerrando por sí misma todos los caminos erróneos. Ése es mi consejo. Escucha, si sabes lo que te conviene. Y ahora márchate, Bestia, y no me molestes más.

Profundamente preocupada, Xena salió de la aldea y volvió al campamento… con el alma encogida pensando en el momento en que llegara la medianoche.

***

—Xena.

El señor de la guerra se incorporó y miró al espíritu. Una mujer joven, de pelo rojizo y brillantes ojos verdes, sosteniendo un cayado en una de sus manos y un pergamino en la otra. Xena sabía que nunca había conocido a esa mujer. De ser así, la hubiera tomado como esclava, utilizado y reemplazado como ya había hecho con tantas otras.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Xena al fin.

—A ti —fue la respuesta que recibió, en forma de suspiro.

Xena apretó los dientes y dejó escapar su ira.

—¡Eso no es una respuesta! ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué me haces esto? ¡DÍMELO!

—Oh, Xena… —Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas—. ¿Es que no te das cuenta de que lo que haces está mal? ¿De que tu vida es una serie absurda de batallas sin sentido? ¿De que tu camino no es el correcto? Todas esas muertes, todas las personas a las que has hecho daño…

—¿Todo eso? No soy tan diferente a cualquier otro señor de la guerra, ¿sabes? Torturas, pueblos incendiados, violaciones… —Sonrió con ironía e hizo un gesto despreocupado con la mano—. ¿Por qué no te vas a acosar a otro?

Una lágrima solitaria surcó el rostro de la joven.

—Porque te quiero.

Xena se echó a reír con crueldad.

—¿Que me quieres? Muchacha, ¡si ni siquiera me conoces!

El cabello de la chica comenzó a ondear, movido por un viento invisible.

—¡Te conozco, Xena! ¡Te conozco mejor que tú misma! ¿Es que quieres morir?

—La muerte nos visitará a todos tarde o temprano —afirmó Xena encogiéndose de hombros—. Incluso a mí, algún día.

—Ese día podría llegar antes de lo que imaginas. —Señaló con su cayado al señor de la guerra—. Detén todo esto, Xena. Apártate del mal. Si no por mí, entonces hazlo por ti misma. Llegará un día en que tendrás que elegir, y para bien o para mal, esa elección determinará tu vida. Elige el camino correcto o…

Comenzó a desvanecerse.

—¿O? ¿O qué? —Xena se inclinó hacia delante, esforzándose por escuchar unas palabras que se perdían ya en el límite del tiempo.

—O perderás cualquier oportunidad de redimirte… —fue su respuesta, tan lejana que más pareció el murmullo del viento—. Y también a mí…

¿Redención?

Xena se recostó sobre los cojines y pensó. Pensó durante toda la noche.

***

Habla la narradora:

Durante un tiempo, después de aquello, Xena pareció olvidar por completo a su fantasmal visitante y las palabras del oráculo. Guió a su ejército en victorias y conquistas aún más sangrientas. Como si deseara reducir el mundo a cenizas para saciar su ambición y su sed de sangre.

Pero por la noche, cuando todos dormían, las palabras de la joven regresaban a ella una y otra vez, asediándola como el espíritu lo había hecho una vez. Redención…

Y llegó el momento en que los planes de Xena se volvieron del revés. Al urdir la muerte de Hércules, se vio de repente herida por el recuerdo de aquella joven mujer. Repasó su vida en un segundo, su conciencia emergió de la tumba en que la había confinado y ya no volvió a dejarla descansar en paz. Cuando llegó el momento de enfrentarse al semi-dios, Xena comprendió que su encrucijada había llegado. Aquel momento preciso, perfecto, cristalizado en el tiempo, era la única oportunidad que tenía de elegir su destino.

Al final, la elección fue fácil.

Y así se descubrió que, después de todo, había belleza en la Bestia.

Y así sucedió que un día, Xena… ya no como señor de la guerra, sino como una persona decidida a enmendar su pasado… atravesó a caballo un pueblo llamado Poteidaia, y encontró a una jovencita de pelo rojizo y ojos verdes… Una joven mujer con sueños de ser bardo. Una mujer llamada Gabrielle.

Y Xena supo, en ese momento, que había elegido sabiamente.

***

—¿Xena? —La bardo se acercó a su compañera guerrera y arrojó otro tronco al fuego—. Siempre he querido preguntarte…

Xena sonrió.

—¿Preguntarme qué, Gabrielle?

—Pues… ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué dejaste de ser un señor de la guerra? ¿Fue sólo por Hércules o hubo algo más? Tengo curiosidad. Nunca hablas sobre ese tema…

Xena sacudió la cabeza y rodeó con su brazo los hombros de Gabrielle.

—De hecho, es una historia muy interesante…

FIN

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