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XWP Gen » La belleza despierta
Esta historia ha sido traducida por Eidel, previa petición y concesión de permiso para ello por parte de su autora, Nene Adams. Cualquier comentario, bueno o no tan bueno, así como preguntas, etc., será bien recibido y, por supuesto, contestado.
:: LA BELLEZA DESPIERTA ::
©1998 Todos los derechos reservados.
Por Nene Adams
Habla la narradora:
Sucedió que, tras derrotar a los siete malvados señores de la guerra, Gabrielle y Xena continuaron con sus viajes. Y aunque la amistad entre la Reina de las Amazonas y la Defensora de la Justicia siguió intacta, apareció entre ellas una cierta incomodidad.
Ninguna de las dos deseaba hablar de cierto beso… a pesar de que ocurrió en un momento de gran infortunio y para salvar una vida. Ya no bromeaban por la noche junto al fuego, y cuando terminaban de hacer sus tareas se iban a dormir, en sus respectivos camastros, llenas de incertidumbre y dudas.
Y anhelaban en silencio, y también en silencio esperaban… porque la belleza del amor dormía entre ellas, anhelando ser despertada.
***
Afrodita se plantó, con sus delicados brazos en jarras.
—¡Cupido! ¡Baja aquí ahora mismo, tontín!
El dios se materializó frente a su madre.
—Sí, madre… ¿Qué te ocurre?
Afrodita señaló a algún punto indeterminado a su derecha.
—¿Qué pasa con Xena y Gabrielle? Quiero decir… Ya ni siquiera se hablan, ¡y mucho menos se besan! La verdad, ¡no lo entiendo!
Cupido se pasó una mano por sus rizos dorados y se encogió de hombros.
—No tengo ni idea.
Afrodita le miró con incredulidad.
—¿Qué se supone que quieres decir con que "no tienes ni idea"? Ay, Cupido… ¡eres tan inocente! ¡Está bien claro! Las quiero juntas, ¡como una piña! Ya sabes… ¡que dejen de sonreír y pasen a la acción de una vez!
—¡Lo hago lo mejor que puedo, mamá! ¡Yo no tengo la culpa si son ellas mismas las que no están por la labor! —Cupido enarboló su arco—. Vine, las vi y les disparé, ¿no es cierto?
—Sí, ¡eso seguro! —afirmó Afrodita con mala cara—. Cupi, quiero que Xena y Gabrielle se enamoren, ¿está claro? Así que arrastra tu celestial trasero hasta allí abajo… ¡y ponte a trabajar! —Le despidió con un enérgico movimiento de su mano, ante el que Cupido sólo pudo suspirar y desaparecer—. Está visto que el trabajo de una diosa nunca termina.
***
Habla la narradora:
Y así fue como Cupido, también llamado Eros, se volvió invisible para poder caminar entre los mortales sin riesgo de ser reconocido. Concibió un plan para obligar a Xena y Gabrielle a admitir sus sentimientos y, como corresponde a este dios, fue dicho y hecho.
Utilizó sus poderosas alas para volar hasta la tienda de un señor de la guerra llamado Aegis y, con todo sigilo, creó para el durmiente la visión de una hermosa bardo. Tras encantarle con una flecha especial, Cupido forjó una fascinación sobre el hombre, una obsesión con una sola y única cosa.
Aegis, al despertar, reunió a sus lugartenientes, porque en su mente ardía la belleza que había visto en sueños. Y un nombre le fue susurrado al oído, como el susurro del viento…
"Gabrielle…"
Aegis habló así a sus hombres.
—En verdad os digo que al despertar he contemplado a mi futura esposa y que debo partir en su busca, porque me ha sido mostrado el lugar en que yace dormida. Aunque ahora está en compañía de una mujer guerrera, la encontraré y la traeré conmigo, para que estemos juntos para siempre, mi amada y yo.
Y el señor de la guerra, abandonando a su ejército, montó un caballo y se lanzó a la búsqueda de la mujer que creía era su destino.
Y sus comandantes, creyéndole loco, reunieron a los hombres y se marcharon con un nuevo líder, dejando tras de sí su ya desierto y silencioso campamento.
***
Xena se despertó junto a las heladas cenizas de una hoguera extinta. El corazón que albergaba su pecho parecía de piedra y, por un momento, se planteó cerrar los ojos y fingir que seguía dormida. No quería ver a Gabrielle… no con aquel asunto pendiente entre ellas.
La verdad era que desde hacía ya tiempo consideraba a Gabrielle como algo más que una amiga… y al abrir los ojos tras el desastre de los siete señores de la guerra y sentir los labios de la bardo sobre los suyos… ¡Qué más daba si simplemente se debió a que intentaba salvarle la vida!… Xena se había sentido completa por primera vez.
Pero Gabrielle era tan inocente… tan pura…
Con desesperanza, Xena fue entonces consciente de que nunca llegarían a ser nada más que amigas
Se dio media vuelta, abrió los ojos… y para su sorpresa, ¡Gabrielle había desaparecido!
Xena buscó por todo el campamento, en el arroyo, por el bosque, y a medida que pasaba el tiempo el temor la embargaba más y más. Al fin, descubrió huellas de cascos que se alejaban del lugar en que habían acampado y supo que su amiga había sido secuestrada.
Con una mueca, se ciñó la vaina a la espalda y emprendió la persecución de su bardo y, por añadidura, la de aquel que se la había arrebatado.
***
Gabrielle se despertó desorientada.
Estaba durmiendo plácidamente cuando sintió una mano fuerte que le tapaba la boca. Luego un golpe seco en la nuca la había dejado inconsciente. No sabía dónde estaba ni cómo había llegado allí. Una oleada de pánico hizo que le hirviera la sangre.
El rostro de un hombre apareció de golpe frente a los ojos de la bardo.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó visiblemente nervioso.
Gabrielle, para entonces perfectamente despierta, empezó a alejarse de él a rastras, y sólo se detuvo cuando tomó conciencia de que tenía encadenados los tobillos y las muñecas. Miró a su alrededor y descubrió que el otro extremo de la cadena rodeaba la pata de una cama. Una cama suave y cómoda tal vez… pero su corazón se encogió de miedo al verla.
—¿Quién…? ¿Quién eres? —preguntó.
—Alegis. Un señor de la guerra —dijo él simplemente. Aegis era bien parecido, aunque el pelo grasiento y los dientes astillados no añadían demasiado atractivo al conjunto—. Y tú eres el amor de mi vida. Tú eres Gabrielle. —Y suspiró.
—¿Qué? Pero… ¡si ni siquiera te conozco! —Gabrielle luchó por soltarse—. ¡Déjame ir!
—No, aún no puedo hacerlo —le contestó Aegis—. No hasta que te bebas esto. —Se sacó una botellita de barro de la túnica.
Los ojos de Gabrielle se abrieron como platos.
—¿Qué es eso?
—Un elixir especial. Lo encontré en mi cama cuando te traje aquí. Es una poción de amor, mi dulce Gabrielle. Un solo sorbo y cuando te bese, ¡serás mía para siempre! —Aegis sonrió—. Siento que tenga que ser así, pero no tengo tiempo para galanteos.
Gabrielle contuvo el aliento.
—¡Estás loco!
Aegis sonrió de nuevo.
—Sí, loco de amor. —Descorchó la botella y se le acercó, sentándose en el borde de la cama—. Y ahora prepárate, mi hermosa bardo. Te prometo que no te dolerá…
Y desde una esquina del cuarto, un invisible Cupido sonrió también.
***
Habla la narradora:
Y Xena, a lomos de su yegua Argo, siguió el rastro hasta el campamento del señor de la guerra Aegis. Inmersa como estaba en su horrenda empresa, y con el corazón encogido por lo que pudiese haber ocurrido a su bardo, no se dio cuenta de la extraña claridad de la pista que seguía.
El astuto Cupido la había hecho así.
Al llegar al campamento, se deslizó en el interior de la tienda del comandante con la espada en la mano; apenas sentía el corazón en su pecho y temía por la mujer que amaba. Tampoco se dio cuenta de que no había ningún guardia, y menos aún lo fácil que le había resultado llegar hasta allí. Su pensamiento únicamente estaba con Gabrielle.
Entró en la tienda de Aegis y abrió los ojos porque, ante ella, el señor de la guerra miraba a Gabrielle, quien yacía atada al catre… inmóvil, con los ojos cerrados, y sin respirar.
El alma de la guerrera se estremeció con la idea de que su amada Gabrielle hubiera muerto.
***
Xena irrumpió en la tienda, silenciosa y mortífera.
Segundos después, todo había acabado. Aegis cayó de bruces al suelo, inconsciente.
Había una pequeña botella de barro junto a Gabrielle. Xena la recogió y olfateó su contenido, arrugando la nariz. No se trataba de ningún veneno que ella conociera. Rompió las cadenas que mantenían presa a Gabrielle y luego le dio palmaditas en la cara, susurrando.
—Vamos, Gabrielle… despierta… despierta…
Pero la bardo permaneció inerte, y mortalmente pálida.
Desde su rincón, un Cupido invisible susurró también.
—Una bella durmiente despierta sólo con un beso, Xena.
Ésta miró sobre su hombro. Podría haber jurado que acababa de oír una voz.
Cupido frunció el ceño y dijo, ahora un poco más alto.
—Despiértala con un beso y pronto seguirá la dulce senda del amor.
Xena frunció el ceño a su vez. Había sentido una orden nunca pronunciada en su interior, en su alma, pero no estaba segura de cuál.
Cupido miró al cielo presa de la desesperación.
—¡Xena! ¡Sígueme la corriente y bésala de una vez!
La guerrera miró más de cerca el pálido rostro de Gabrielle. Entonces, una especie de instinto le hizo bajar la cabeza acercándose a ella más y más… hasta que sus labios tocaron los de la bardo.
Momentos después, el color volvió a Gabrielle, rodeó con sus brazos el cuello de Xena y el beso se hizo más profundo, al tiempo que también la mujer rodeaba a la muchacha con sus brazos, y sus corazones las unieron para siempre.
***
Cupido se materializó ante Afrodita.
—¡Hola madre! ¡Misión cumplida!
Afrodita frunció levemente el ceño.
—¡Pero Cupido! ¡Has hecho trampa! Le diste un elixir de amor a Gabrielle. ¡Era obligatorio que se enamorara con el primer beso! ¿Y si ese mentecato señor de la guerra se hubiese adelantado? Me da náuseas sólo de pensarlo.
Cupido sonrió de oreja a oreja.
—Nah… esa poción no era más que esencia de amapolas y un poco de miel. Lo justo para atontarla, y no lo bastante fuerte como para lamentar consecuencias. ¿A que soy bueno?
E hizo el amago de pulirse las uñas sobre su torneado torso.
—¡Oh, Cupido! —Afrodita empezó a aplaudir y a dar saltitos de alegría—. ¡Ha sido brillante! Tu pequeña treta merece ser recordada en los anales de la Historia.
Y el cielo del Olimpo campaneó con las risas de sus satisfechos habitantes.
***
Habla la narradora:
Y así fue como Xena, Defensora de la Justicia, y Gabrielle, bardo y Reina de las Amazonas, fundieron sus destinos en uno y se unieron con el más profundo conocimiento de sus mentes, sus corazones y sus almas.
El futuro les pondría a prueba… les haría dudar… pero dado que la belleza del amor había despertado entre ellas, y sin importar qué giros les tuviese preparado el destino, siempre se tendrían la una a la otra.
Y vivirían felices por siempre jamás.
FIN
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