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XWP Gen » Brillantes cintas de oro
Disclaimer: Éste es un trabajo de ficción. Aunque he utilizado datos referentes a diversas tribus nórdicas de las regiones de Ucrania y Siberia (tales como el Chukchee), y diversos cuentos de hadas rusos, la mayoría pertenece a mi propia imaginación. Nada de esto, por tanto, debe ser tomado como material de referencia. Por favor, tened también en cuenta que la tribu descrita en esta historia ficticia no es una descripción de las amazonas del norte tal y como aparecen en los capítulos de XWP, sino una de mi creación, por lo que cualquier error queda como responsabilidad mía.
Esta historia ha sido traducida por Eidel, previa petición y concesión de permiso para ello por parte de su autora, Nene Adams. Cualquier comentario, bueno o no tan bueno, así como preguntas, etc., será bien recibido y, por supuesto, contestado.
Nota de traducción: La tosquedad de la forma en que las amazonas tseromazha habla griego ha sido respetada de la versión original de este relato.
:: BRILLANTES CINTAS DE ORO ::
©2000 Todos los derechos reservados.
Por Nene Adams
A Gabrielle no le gustaban los caballos.
Eran imprevisibles e inestables, tenían arranques violentos, tendían a envenenarse a sí mismos comiendo toda clase de plantas, o a hincharse y morir de todos modos por beber demasiada agua. Los caballos eran rastreros y maliciosos; esperaban el momento adecuado, la oportunidad de morderte, cocearte y abrirte la cabeza, tirarte de su lomo o romperte la rodilla contra el tronco de un árbol.
Por todo ello, Gabrielle se había procurado una mula tranquila y de aspecto confiable en las fabulosas colinas Sabine en lugar de un caballo cuando Xena no apareció en Amphipolis, tal y como habían quedado.
La guerrera llevaba ya más de una luna de retraso. Como respuesta a un mensaje de socorro, Xena se había ido sola a la lejana Tseromazha, saliendo a todo galope de Grecia y Tracia a través de cordilleras aserradas y vastos bosques y hacia las verdes llanuras esteparias. El territorio estaba plagado de guerreros jinetes normandos, que pastoreaban por doquier ovejas y cabras, además de achaparrados y musculosos ponis. Los normandos eran feroces y orgullosos, deslenguados, increíblemente habilidosos con sus arcos dobles… Siempre dispuestos a pelear, a lanzar sangrientas ofensivas sobre las tribus rivales, y con un sentido casi incestuoso de la familia.
Los propios miembros de Tseromazha descendían de un grupo de amazonas griegas escindidas de la Nación hacía tiempo; todo esto había conseguido aprender Gabrielle sobre ellos, pero nada más. Incluso las ancianas, cuya misión era recordar y garantizar así la inmortalidad de la historia y la tradición amazona, estaban visiblemente desinformadas a este respecto.
Por lo que Gabrielle había sido capaz de sacar a su taciturna guerrera, Xena tenía una deuda con la Reina de aquellas extrañas amazonas. Ahora era su deber saldarla. Ni todo el razonamiento del mundo le haría cambiar de idea; cuando se le metía una cosa en la cabeza, ésta se volvía más dura e imbatible que la Roca de Tarpeia. Aquel era un asunto que necesitaba ser tratado, que se remontaba a los tiempos de Xena como señor de la guerra y, con esto, a Gabrielle no le quedaba más opción que hacer una suposición tras otra.
Las circunstancias le habían hecho recordar la ocasión en que Xena la había abandonado para ir a Chin. Y ese recuerdo le hacía estremecerse.
Pero ahora todo es diferente, pensó la bardo, haciéndose sombra sobre los ojos y contemplando los interminables campos de hierba que se extendían frente a ella, brillantes cintas de oro y verde y cobre mecidas por el viento, resplandeciendo bajo el sol. Ares no ha intentado aprovecharse de mis inseguridades, por una vez, y ya no soy una mocosa inmadura. Además, Xena juró que volvería conmigo. Ha ocurrido algo. Algo malo, lo sé. Dioses, por favor, ¡ayudadme a encontrarla!
Durante muchos meses, Gabrielle había esperado la vuelta de Xena con más o menos paciencia. Cuando la guerrera no apareció en el momento pactado, Gabrielle asumió que recibiría un mensaje explicándole el por qué. En una agonía de dudas, esperanza y preocupación, permaneció en Amphipolis tal y como había prometido. Al fin, los nervios pudieron más y la bardo se vio incapaz de seguir esperando. Reunió provisiones y las pocas indicaciones que consiguió recopilar, y salió en busca de Xena.
Tras una ardua caminata, más larga de lo que había imaginado en un principio, se encontró más cerca de su objetivo. De acuerdo con los tratantes de mercancías, cuyas pequeñas poblaciones abastecían las áreas más exteriores de la estepa, Gabrielle llevaba en las lindes de la región de Theromazha casi tres días. Aun así, nada indicaba que ésta estuviera habitada… Ni rebaños, ni patrullas…. Nada.
Es esta hierba, pensó, espoleando a la mula con el talón de su bota cada vez que ésta aminoraba el paso; el animal echaba constantes vistazos a ambos lados, mostrando así su desconfianza en aquel terreno. César podría ocultar hasta siete de sus legiones aquí y no me daría cuenta hasta que los tuviera encima y me rompieran el cuello.
Agarró más firmemente las riendas y siguió adelante, ignorando el escozor que le causaba la hierba al golpear sus piernas desnudas, como cientos de sutiles látigos. Gabrielle tenía la sensación de que la estaban observando, y eso había desatado sus nervios. De hecho, toda aquella tierra desnuda de árboles no ayudaba en absoluto. No se parecía en nada a su Grecia natal; sin montañas, ni bosques, ni océano. Sólo una extensión infinita de cielo azul que cruzaba el horizonte de norte a sur, de este a oeste; un mar de hierba punzante y dura en el que muy de vez en cuando despuntaban flores, como piedras preciosas; y la eterna canción del viento.
La mula, por cuyo sentido común había sido bautizada como Rufus, mordisqueaba el bocado y obedecía las órdenes de la bardo, totalmente ajena a las inseguridades de su amazona.
Gabrielle echó un trago de su odre con un gesto de disgusto. El agua, dentro de la piel de cabra, había adquirido un gusto amargo y tibio; tenía la esperanza de encontrar un arroyo fresco antes del anochecer.
Sin previo aviso, el muro de hierba se abrió con un siseo y dio paso a un jinete sobre un pony moteado, a tan sólo unos pies de donde ella se encontraba. El agua se paralizó en la garganta de Gabrielle, y empezó a toser descontroladamente. Sólo pudo empezar a hacer señas con la mano al intruso y le tranquilizó ver que él, o ella, lo cual era imposible de adivinar en el estado en que se encontraba, se conformaba con esperar pacientemente hasta que se recobrara.
Por fin, la bardo tomó aire y trató de parecer serena.
—Me llamo Gabrielle —dijo, uniendo ambas manos por encima de la cabeza para demostrar que estaba desarmada, tal y como era costumbre entre las amazonas griegas y rogando porque aquel extraño comprendiera el significado—. Busco a las gentes de Tseromazha. ¿Les conoces?
El jinete, aunque se trataba de una mujer, según pudo ahora comprobar Gabrielle, manifestó que no la entendía con un encogimiento de hombros. Iba vestida con una camisa de manga larga y unos pantalones de fieltro gris, ambas prendas bordadas con estilizadas figuras de animales, y botas de punta curvada hacia arriba, de un brillante color rojo. Su rostro era amplio y liso, y no demostraba agresividad, aunque tampoco confianza. Ocultaba su cabello con un sombrero picudo. Unos ojos ambarino claro coronaban sus altos pómulos; las leves arrugas a ambos lados de su boca dejaban ver que probablemente sonreía a menudo, aunque en aquel momento se mostraba muda y seria.
Llevaba un carcaj atado al lado izquierdo del cinturón, y la vaina de una daga al derecho. En la silla de montar, a la mano, colgaba una funda para lanzas. En suma, parecía dispuesta y capaz de entablar una pelea contra cualquiera, incluida una joven griega.
La mirada que dirigía a Gabrielle no era de incomprensión, sino de valoración, casi como si pudiese conocer las intenciones de la bardo, su habilidad con las armas y la amenaza, o no, que suponía.
Gabrielle, por su parte, cerró los ojos, pidiendo ayuda a Artemisa, e hizo un nuevo intento.
—Gab… ri… elle… —pronunció despacio y con cuidado, señalándose con un dedo—. ¿Y tú?
Dirigió el mismo dedo, con movimientos deliberadamente delicados, hacia la mujer. Ésta resopló, casi al mismo tiempo que su fornida montura.
—Hablo griego —contestó. Su acento era espeso y gutural, pero Gabrielle la entendió perfectamente—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Te has perdido de una de las caravanas?
—No. —El alivio por lo que acababa de oír hizo que las lágrimas empezaran a formarse en los ojos de Gabrielle—. Estoy buscando a alguien, mi amiga, en Tseromazha. ¿La has visto o sabes algo de ella? Se llama Xena.
Sin previo aviso, el pony de la mujer se encabritó y pasó un buen rato antes de que ésta consiguiera calmarlo. Cuando el moteado animal quedó quieto de nuevo, la mujer habló.
—No. No hay extraños en Tseromazha, excepto mercaderes durante la Feria Estival. —Su rostro seguía imperturbable, aunque sus dedos estrangulaban las riendas sin parar.
La bardo entrecerró los ojos. Aquella mujer ocultaba algo… estaba segura.
Antes no podría haberlo asegurado, pero ahora sí. Xena está con la tribu, y ella trata de encubrirlo. Debe haber pasado algo… ¿pero qué? ¿Está prisionera? ¡Tengo que averiguarlo!
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Gabrielle, tras una pausa apenas perceptible.
—Vivka. —La amazona contempló a aquella extraña mujer llamada Ga’brelle, que no mostraba el menor signo de temor. Era asombroso, en verdad. La terrible reputación de los nómadas esteparios mantenían a todo el mundo fuera de sus límites, salvando a los más avaros mercaderes.
—¿Eres de los Tseromazha? —interrogó de nuevo la bardo.
—Sí.
—Y vuestra Reina se llama Chebkya, ¿no?
—Así es. Chebkya es nuestra Zarina.
—Bueno, Vivka… —Gabrielle hizo avanzar a su mula hasta situarse a menos de un palmo de la cabalgadura de la mujer. El pony olisqueó la nariz de Rufus y estornudó, con lo que éste echó hacia atrás sus largas orejas en un gesto de sorpresa—. ¿Has oído hablar de las amazonas griegas?
—Sí. A veces comerciamos con sus hermanas del norte. Una vez fuimos una sola tribu, o eso nos cuentan los chamanes, pero yo soy guerrera, no estudiante. En cualquier caso, no estamos en guerra con ellas. —Vivka miró a Gabrielle una vez más, esta vez prestando más atención a los detalles. La mujer tenía el pelo largo y de un color peculiar, un dorado rojizo que le hizo evocar las bayas silvestres en verano. Sus ojos eran tan verdes como la hierba, y vestía falda corta de cuero y un corpiño que le proporcionaban poco abrigo contra el sol y el viento.
La mujer griega no parecía ni por lo más remoto asustada o reticente. De hecho, todo lo contrario. ¿Cómo se había defendido de invasores, bandidos y tratantes de esclavos, si realmente venía desde la lejana Grecia? Un pensamiento repentino hizo que Vivka se estremeciera.
Esta Ga’brelle debe conocer las artes mágicas. Me pregunto si no me habrá lanzado un hechizo.
Por un momento, se inclinó sobre el hombro de su pony y escupió en el suelo, para prevenirse contra el mal de ojo.
La bardo, por su parte, ignoró tanto el gesto como su posible significado.
—¿Y si te dijera que fui Reina de las amazonas griegas por derecho de casta? ¿Y que he venido hasta aquí en misión diplomática para visitar a tu Zarina Chebkya? —Gabrielle se irguió con orgullo en su silla, esforzándose por parecer lo más segura de sí y majestuosa posible—. Dado que no puedo ordenarte nada, me sentiría honrada y agradecida si quisieras escoltarme durante el camino a tu poblado.
Vivka dilucidó unos segundos y asintió finalmente. Aquel encuentro se estaba volviendo problemático por momentos, y decidió que era mejor asegurarse de que todo saliera bien a lamentarse después.
¿Debería contarle a esta cabellera rubia lo de su amiga? No. Eso tendría consecuencias desastrosas. Dejaré que la Zarina y las Babas traten con ella. Por otro lado, no quiero ofender a alguien que podría resultar ser una bruja negra. La tribu ya tiene demasiados problemas. Y luego está lo de la profecía. Yo no me creo una palabra de lo que dice, pero ¿osaría enfrentarme a los designios de la diosa? Oh, Tabiti, Dama de los Tres Rostros, del Viento, las Estrellas y la Llama, extiende Tu mano sobre mí.
—Te llevaré hasta mi gente —dijo Vivka, estrujando inconscientemente el amuleto de hueso que llevaba anudado al cuello—, pero incluso si eres lo que dices ser, los griegos no nos gobiernan, y no les debemos lealtad. Será la Zarina quien juzgue tu sinceridad o tu falsedad, y decida sobre tu destino.
—Entiendo y acepto lo que dices. —Gabrielle se esforzó por no temblar, manteniendo su expresión totalmente neutral y expresando con ella lo que esperaba fuese interpretado como disposición, regia arrogancia y la seguridad que caracteriza a los soberanos.
—¿Estás segura? Arriesgas tu vida, Reina. No aceptamos forasteros así como así, y tu derecho de casta no significa nada fuera de tus territorios. En las tierras de los Tseromazha, sólo aquellos por cuyas venas fluye la sagrada sangre de nuestra tribu son inviolables.
—He dicho que lo he entendido, Vivka. Ahora… llévame ante mi real hermana sin demora. He recorrido un largo camino para llegar hasta donde estoy, y no quiero esperar más de lo necesario.
Vivka suspiró. Había hecho todo lo posible para persuadir a la mujer griega con la esperanza de que Ga’brelle diera media vuelta y se marchara de allí.
Y he fracasado.
—Sígueme —ordenó cortante, dando media vuelta a su animal y abriéndose paso entre la alta superficie de hierba.
Gabrielle espoleó a Rufus al paso y mantuvo la vista fija en la ondeante cola del pony.
Fueras cuales fueran las consecuencias, tenía que encontrar a Xena y asegurarse de que estaba bien.
Nunca te abandonaré.
Ésa fue su promesa, y ni la misma muerte le haría olvidar o renunciar a esas preciosas palabras, pronunciadas por aquella a quien amaba.
***
Vivka penetró en el campamento de los Tseromazha, intercambiando miradas con las dubitativas centinelas. Éstas elevaron sus lanzas en señal de saludo y echaron a andar detrás de la forastera, que avanzaba a lomos de una mula de largas orejas. Una hueste de niñas, ataviadas de brillantes ropajes, abandonaron sus juegos para echar un vistazo a la griega de cabello ígneo. Las mujeres miraron, señalaron y se reunieron en corro, cuchicheando a toda velocidad.
—En nombre de la diosa, ¿qué nos has traído? —murmuró una de las centinelas a media voz, en su propia lengua—. ¿Es una bruja? ¿O aquella a quien anuncia la profecía?
—No lo sé. Se proclama Reina de más allá del mar de hierba y de las montañas del lomo del dragón, de los griegos. —Vivka acarició su amuleto con aire pensativo—. Creo que son las Babas quienes deben decidir. Sabes tan bien como yo que la profecía podría no ser cierta.
La mujer ahogó una carcajada.
—Sí, y yo haber nacido de un huevo. —Empuñó con más fuerza su lanza—. Me revolcaría en estiércol si resultase ser la que hemos estado esperando…
—¡Cierra tu enorme bocaza! Los espías de la bruja podrían estar en cualquier parte, y lo sabes. —Vivka miró a su alrededor con nerviosismo antes de hablar de nuevo—. Se llama Ga’brelle. Va en busca de la que llaman Xena.
—¡Por la Santa Madre! —exclamó la otra centinela, bajando la voz a continuación—. No se lo has contado, ¿verdad?
—¿Me crees tan deslenguada como tu amiga? ¿Crees que quiero hacer que nos masacren? Ahora cállate y cumple con tu deber, antes de que rompas el juramento. —Vivka se giró en la silla y llamó a Gabrielle en griego—. Te llevaré hasta el ger de la Reina Chebkya. Cuando te presente, te quedarás sola.
—Gracias. —Gabrielle echó un vistazo al campamento. El ger al que se había referido Vivka debían ser las extrañas tiendas redondas que aparecían distribuidas fortuitamente por el claro. Los muros exteriores y los tejados de los gers estaban formados por estrujadas capas de fieltro de color ocre, y de las aberturas para pasar pendían pieles enteras de oveja. En una estaca, en el exterior de cada tienda, había clavado un cráneo de caballo con cornamentas de ciervo en la parte superior, y todo ello decorado con brillantes cintas que flotaban con el viento.
En cada lugar al que Gabrielle miraba, descubría algo maravilloso y exótico… Aunque no es tan diferente de cualquier otra comunidad de la Nación, si lo piensas bien.
Un par de mujeres agitaban un saco de piel sobre un recipiente de madera que había entre ellas, haciendo mantequilla. Había rejillas de madera que contenían delgados filetes de carne, secándose sobre hogueras y vigiladas por las más ancianas. Muchachas adolescentes machacaban grano en duros cuencos de piedra, y otras a caballo practicaban su puntería arrojando lanzas contra las dianas que pendían entre las tiendas. En un campo cercano, varias guerreras jóvenes hacían lo propio con arcos, arpones y espadas.
De camino a la choza real, descubrió también a una herrera modelando puntas de flecha sobre su yunque; varias tejedoras en sus telares; algunas abuelas de pelo plateado contando historias a grupos de chiquillas con los ojos como platos… Por cada lugar que pasaban, comprobó que se trataba de una tribu productiva que en nada parecía interesada en la guerra, tal y como le habían dicho los mercaderes.
Y allá por donde pasaban, la gente se le quedaba mirando, hablaban y la señalaban, y le sorprendió descubrir hombres. Las amazonas griegas no permitían a los hombres la entrada a sus campamentos, bajo ningún concepto.
Ya basta, sabes que no son amazonas, pensó. Será mejor que te guardes ese tipo de prejuicios, chica. Limítate a beber todo lo que te ofrezcan e intenta no poner esa estúpida expresión de asombro ante todo como si fueras un granjero en su primer viaje a Roma. Cualquier cosa que aprendas podría ser muy útil.
Vivka se detuvo frente a un ger dos veces más grande que los demás, e indicó a Gabrielle que desmontara. Al instante aparecieron un par de niñas, que se quedaron contemplando en silencio y a distancia la montura de Vivka y la mula de la bardo.
Espero que quieran alimentarlas y llevarlas a un establo, y no cocinarlas para la cena de esta noche.
En el exterior de la tienda de la Zarina Chebkya, dos postes tallados y profundamente enterrados en la tierra se erguían a cada lado de la puerta. Las estilizadas cabezas de un águila, un ciervo, un cerdo y un lobo miraban imperturbables al infinito; tiras de plumas, collares, mechones de pelaje, garras y dientes colgaban desde lo alto. En lugar de pieles de oveja, una puerta de madera de ciprés, salpicada de clavos dorados, impedía la entrada. Gabrielle observó que esa madera debía ser importada, porque los árboles de las planicies eran enanos, retorcidos especímenes moldeados por el incesante viento.
Vivka abrió la puerta y se llevó un puño a la frente en señal de respeto.
—Honorable Zarina, traigo ante ti a una extraña llamada Ga’brelle, Reina de las lejanas amazonas de Grecia. ¿Aceptas la responsabilidad de su presencia en los gers de Tseromazha?
—La acepto —afirmó una voz cavernosa desde el oscuro interior de la tienda.
Vivka empujó levemente a Gabrielle para que entrara y cerró la puerta.
Ocurra lo que ocurra, ya no es cosa mía, pensó Vivka. Sin embargo, en lugar de alivio, sintió un lúgubre presentimiento en la boca del estómago, como la grave brisa que precede a una ventisca. ¿Y si de verdad es la que hemos estado esperando? Bueno, si es así, La Que Cabalga Sobre el Viento la protegerá. En cualquier caso, no me creo la profecía.
Sacudiendo la cabeza, Vivka se retiró a su propio ger y pidió ayuda a Tabiti, la diosa de los Tres Rostros.
***
A Gabrielle le costó un buen rato que sus ojos se adaptaran a la oscuridad reinante en el interior de la tienda. La luz provenía de los rescoldos que brillaban dentro de un cuenco de arcilla, justo en mitad de la sala, y de los pocos candiles que colgaban de los postes del ger. Así, cuando al fin pudo ver algo, descubrió que el suelo estaba cubierto de alfombras fantásticamente tejidas; almohadas de borlas y mesas de patas cortas se apilaban por doquier junto a los muros.
El aroma de las especias, dulce y penetrante, hacía que le picara la nariz; también pudo reconocer el olor a hierba seca y a cuero, a humo y lana mojada, pero bajo todo ello, era más que apreciable el hedor cobrizo de la sangre vieja.
Gabrielle se puso rígida.
Justo frente a ella había un estrado a base de alfombras apiladas; sentada sobre él, en una ornada silla cubierta de oro, se erguía amenazante la Zarina Chebkya.
Su rostro permanecía oculto tras una máscara, el cráneo de un lobo elaboradamente pintado de cuya parte inferior aún colgaba la mandíbula, cubierta de lado a lado por los dientes de su dueño original. Llevaba el pelo recogido bajo una capucha de plumas de águila y la otrora flameante crin de un caballo.
Las ropas de la Zarina estaban hechas de seda, no de fieltro o lino. Una camisa de manga larga con un peto de pequeños huesos unidos entre sí que le corrían desde el cuello a la cintura y se ceñían con fuerza a ésta; una falda carmesí, muy ajustada, decorada con un motivo zigzagueante; y polainas de marfil cosidas hilera tras hilera de cuentas negras y escarlatas, desde el tobillo a la rodilla.
Tras ella, tres mujeres más escoltaban el estrado: dos a la derecha de Chebkya, una a su izquierda. La mirada de Gabrielle se deslizó sobre ellas sin prestar la menor atención, puesto que ésta había volado hacia un objeto apoyado contra uno de los laterales del trono. Una espada envainada que la bardo reconoció al instante.
¡La espada de Xena!
Se humedeció los labios.
—Soy Gabrielle, Reina de las amazonas griegas por derecho de casta, y ofrezco mis respetuosos saludos a mi hermana de Tseromazha, Chebkya.
La Zarina no respondió. En lugar e eso, la mujer que tenía a su izquierda cacareó, acompañando ese sonido con un rápido golpeteo de sus dedos sobre el tambor que tenía entre las piernas.
—La Noble Chebkya te saluda, hermana-de-más-allá de las tierras humanas —dijo en un griego bastante arcaico—. La Zarina pregunta: ¿por qué tu tarea? ¿Para qué has viajado tanto?
—Busco a una amiga —afirmó Gabrielle, dirigiéndose a la todavía silenciosa Chebkya—. Vino aquí hace varios meses, en respuesta a tu petición.
El ger estaba totalmente en silencio salvo por el sordo repiqueteo del tambor. No había en él melodía ni armonía alguna, sólo un patrón monótono que vagaba sin ritmo, aunque su efecto era cuanto menos convincente, casi hipnotizante. Las dos mujeres a la derecha de la Zarina comenzaron también a tocar, rodeando con el gutural sonido de sus tambores al primero.
Gabrielle tenía calor; el sudor perlaba ya su labio superior y le bajaba resbalando por la nuca. Los latidos de su corazón variaban, intentando sin éxito sincronizarse con los irregulares tambores. Sus rodillas flaqueaban, su boca estaba seca, pero aun así tragó saliva y habló de nuevo.
—Mi amiga se llama Xena.
Al oír ese nombre, la Zarina Chebkya se estremeció en su silla. Era el primer movimiento que Gabrielle había advertido en ella desde que entrara en el ger. Los nervios de la bardo se pusieron alerta; algo no iba bien.
A pesar de lo que su instinto le aconsejaba, Gabrielle añadió algo más.
—Sé que Xena recibió tu mensaje, Chebkya. Se puso en camino hacia aquí porque tenía una deuda contigo, y sé también que salió de Grecia. ¿Es que no llegó? ¿La has visto? ¿Sabes dónde puede estar ahora?
Chebkya se estremeció una vez más, y todos sus miembros parecían convulsionarse sin parar. Inmediatamente, la mujer de su izquierda comenzó a tocar con más fuerza, y la Zarina recobró de repente su anterior estado de quietud.
Gabrielle, por su parte, parpadeó y estudió con más detalle el estrado. La extraña mujer que había hablado antes era anciana, con el rostro surcado de líneas más o menos profundas, la piel de la mandíbula colgando y sus oscuros ojos negros brillando entre un cúmulo de zigzagueantes arrugas. Vestía una túnica de piel de potro sin mangas, decorada con lo que parecían ser huesos de dedos humanos que recorrían su cuerpo de arriba abajo, además de plumas y espinas, y su níveo cabello formaba un moño en lo alto de su cabeza, sujeto con orquillas de acero. Todas sus extremidades servían de lienzo a una gran cantidad de tatuajes, emborronados y oscurecidos por los años.
—Yo soy la Baba Yaga —dijo la mujer—, Tercer Rostro de la Diosa, la Sagrada Tabiti. —Sus manos apenas eran visibles por la velocidad que imprimía al ritmo del tambor—. Has pronunciado un nombre prohibido, extraña-de-más-allá. Hazme caso, griega. No sigas por ese camino.
¿Nombre prohibido?
—No os entiendo. Por favor, decidme dónde puedo encontrar a Xena.
Chebkya se sacudió y la bardo casi pudo jurar que la Zarina había susurrado, “¿Gabrielle?”
Aquello era demasiado. La bardo no era capaz de pensar; el insistente tamborileo le estaba taladrando la cabeza. Ya no sabía si había escuchado su nombre o no. Alcanzó el estrado con tres grandes zancadas, más llevada por el instinto que por la lógica, más por el corazón que por el cerebro. Arrancó la máscara de la cabeza de Chebkya, la miró y no pudo por menos que retroceder completamente confundida.
Una cabellera sedosa y oscura enmarcaba aquel rostro familiar. Ni la más mínima expresión, ni una chispa de reconocimiento habitaba en los ojos azules que la contemplaban, y que a continuación se tornaron absolutamente blancos.
La Baba Yaga cacareó, tocando más fuerte y más deprisa, formando una espiral con su ritmo, hasta que los muros de la tienda parecieron temblar con él. Un trueno estalló en la mente de Gabrielle.
Susurró.
—¿Xena?
El silencio y la oscuridad la alcanzaron en un segundo, y perdió el sentido.
***
Vivka miró a la mujer griega y maldijo en silencio. Había sido llamada al ger de la Zarina Chebkya e impelida a sacar a una inconsciente Ga’brelle de allí y llevarla a su propia tienda, y a cuidarla hasta que los khubilgan quisieran traer de nuevo el alma de la amazona hasta su cuerpo. Aquella tarea no sedujo a Vivka. Tenía la esperanza de librarse de toda responsabilidad para con la extraña, pero al parecer la Dama que Cabalga sobre el Viento tenía otros planes.
Una mujer rechoncha y atractiva de brillantes ojos marrones, con una cesta tejida en uno de sus brazos, se asomó al interior de la tienda.
—¿Todavía no han liberado el alma de la extraña los espíritus guardianes? —preguntó, evitando con educación utilizar el nombre de la mujer. Hacerlo hubiese significado la ruptura entre su cuerpo y su alma, condenando a Gabrielle a vagar eternamente en las profundas regiones de los khubilgan.
—Aún no, Rozena. —Vivka suspiró, centrándose luego en su amada. Habían llevado a cabo la ceremonia de unión hacía ya cinco años, y a sus ojos, Rozena aparecía más bella y deseable con cada estación que pasaba—. He intentado meditar y pedirle consejo a Tabiti, pero no me ha contestado.
—A lo mejor es que no le has hecho la pregunta adecuada. —Rozena dejó su cesta en el suelo, se levantó y colgó un caldero de metal de uno de los ganchos que había en los postes de la tienda. Un pequeño hoyo excavado justo en mitad del ger se alineaba perfectamente con el agujero de ventilación del techo; Rozena avivó las brasas calientes de su interior con un par de picas metálicas y depositó el caldero sobre ellas. Mientras tanto, como por casualidad, lanzó una pregunta.
—¿Qué vais a hacer tú y las demás guerreras con respecto a esa malvada bruja?
Vivka, que en ese preciso momento estaba bebiendo agua de un odre, se atragantó y empezó a toser hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas.
—¿Es que no puedes mantener la boca cerrada, mujer? —farfulló por fin—. ¡Sagrada Diosa! ¿Quieres acabar exiliada… o algo peor? Lo que Chebkya y el avatar de Nav hayan hecho con Xena es algo que no nos incumbe.
—¿Ah, no? ¿Entonces por qué no eres capaz de pronunciar el nombre de la bruja, eh? —Rozena arrebató el odre de manos de su compañera y llenó el caldero. Luego se acuclilló frente a la hoguera con un cuchillo y empezó a pelar y cortar vegetales y a echarlos dentro con movimientos rápidos y furiosos. —Es como si repitieras una de esas amenazas que la Baba Yaga disfraza de frases sabias. ¡Bah! La griega de ojos-de-cielo es inocente del crimen —masculló Rozena—. ¿Es que no te das cuenta de que si Chebkya se empeña en mantener esa absurda maldición, la tribu será destruida?
—Yo hago lo que me ordenan —se defendió Vivka, arrodillándose y abarcando con sus manos los hombros de Rozena—. No soy más que una simple guerrera y una cazadora. Tabiti no me dio el don de la sutileza.
—Lo que le hicieron a Xena está mal, aunque fueran órdenes o aunque en verdad estuviese en relación con la bruja. Si cualquiera de tus guerreras tuviese el sentido que Quien Cabalga Sobre el Viento dio hasta a la más pequeña de las criaturas, levantaría su espada contra esa Baba, o moriría en el intento. Estoy harta de vivir con miedo. ¿Tú no?
—¿Es que los niños no merecen vivir? Si tan sólo estuviesen en juego las vidas de las guerreras, moriríamos con gusto por defender a la tribu, incluso del mal que habita dentro de ella. Pero… sabes de sobra lo que hará con los pequeños. No podemos arriesgarnos a eso.
Rozena cedió levemente, pero aún estaba llena de ira. Los niños eran el regalo más precioso de todos, y cada uno de ellos era celebrado y amado, considerado como un símbolo de la salud de la tribu. La pérdida de una de sus vidas era la más horrible tragedia que podía imaginar la gente nómada de las planicies; en tiempos de guerra, ni siquiera el más salvaje de los guerreros se plantearía poner su mano encima de un bebé.
—Sé que ella amenaza nuestro futuro —afirmó la regordeta mujer en voz baja—. No podemos enfrentarla sin asumir grandes pérdidas. Pero, por Tabiti, daría mi vida antes que ver sufrir a los pequeños que han crecido bajo su mando.
—Eso no depende de nosotros. Ahora calla… o despertarás a nuestra invitada.
Gabrielle, quien de hecho llevaba despierta desde que la pareja de Vivka había entrado en el ger, mantuvo los ojos cerrados, buscándole sentido a todo lo que había visto y oído en la tienda de la Zarina. No entendía una palabra del gutural lenguaje de Tseromazha, pero la simple mención del nombre de la guerrera le hizo incorporarse de un salto en la cama, ignorando las fuertes palpitaciones de su cabeza.
—Por favor —dijo en voz baja, mirando de hito en hito a las dos mujeres—, ¿Podría beber un poco de agua?
Vivka acercó el odre hasta Gabrielle y lo sostuvo en alto mientras ésta daba largos sorbos a su contenido.
—¿Has encontrado las respuestas a tus preguntas en el mundo de los khubilgan? —preguntó la nómada con su extraño acento griego.
—¿Dónde? —Gabrielle negó con la cabeza—. No, yo… de hecho cada vez tengo más. —Aspiró profundamente antes de preguntar—. ¿Qué sabéis sobre Xena?
Desde su posición junto a la hoguera, Rozena ahogó un gemido. Su griego no era tan bueno como el de su compañera, pero trató de hacerse comprender.
—Mejor debes preguntarte, qué saben las grandes-mujeres-sabias sobre Xena. —Añadió al asado un hueso de caballo para hacerlo más nutritivo y después dos buenos trozos de carne de oveja y champiñones, que sacó de uno de los recipientes que allí había.
—Ayudadme —suplicó Gabrielle—. Por favor, decidme la verdad. He visto a Xena ahí dentro, bajo la máscara de la Zarina. ¿Dónde está la auténtica Chebkya, y qué le ha hecho a mi amada?
—No puedo… —Vivka apartó la mirada, debido a la vergüenza—. Pides demasiado. Mis votos de sangre son fuertes; mi lengua no tiene permitido pronunciar lo que tú quieres oír.
Rozena se echó a reír, y habló en su arcaico griego una vez más.
—Dile a Gabrielle. Es compañera de un alma atrapada. La verdad merece ser oída, ya basta de secretos, o te tendré por cobarde y sin honor. ¿Cómo puede saber la bruja qué dices en tu tienda privada?
—Un secreto susurrado al viento puede atravesar todo un mundo —contestó Vivka en tono cortante.
—No susurres entonces, habla más bajo aún. Pero habla, de un modo u otro. —Rozena sacudió la cabeza, haciendo que sus pesados pendientes de ámbar bailaran con violencia—. Ahógame en estiércol, pero ella es Reina. Respétala y responde sus preguntas, ¿o la bruja te ha robado el cerebro además de la lengua?
Sólo la conocía de unos pocos minutos, pero Gabrielle pudo afirmar sin reparos que aquella Rozena le gustaba.
La piel de la mujer era de un rico tono broncíneo, y a pesar de su tamaño, parecía fuerte. Vestía un sencillo traje de fieltro, abierto por ambos lados hasta la cadera; las cortas mangas discordaban con los amuletos de plata que lucía. Su pelo oscuro estaba partido en el centro y sujeto a ambos lados con peinetas de marfil, dejando al resto caer en tupidos mechones por su espalda. Collares de ámbar, oro y turquesa decoraban su cuello, y sus pómulos estaban cubiertos por líneas, espirales y puntos tatuados, formando un patrón que parecían reflejar las alfombras que cubrían el suelo del ger.
Al verla Gabrielle recordó a muchas de las madres que había conocido en sus viajes: un auténtico torrente de furia cuando se trataba de proteger a un compañero o a un hijo, pero con la misma capacidad de demostrar amor, y siempre dispuestas a dar lo mejor de sí mismas a cualquier extraño que llamara a su puerta pidiendo ayuda.
Vivka se había quitado la camisa por el calor que hacía en la tienda, dejando al descubierto unos brazos musculosos y tatuados con pájaros y otras figuras de animales. Llevaba el pelo corto, y mantenía sus mechones apartados de la cara con una banda de cuero atada a la frente.
—Rozena, amor mío —dijo en Tseromazha—, no te permitiré romper la promesa de silencio.
—Escupo sobre esa promesa —afirmó Rozena con decisión en la misma lengua—. Y tú deberías hacer lo mismo.
Gabrielle las miró alternativamente.
—¿Quiénes son Tabiti y Nav? ¿Qué le ha hecho Chebkya a Xena? —Su voz se vio súbitamente inundada por la ira, sorprendiéndolas a todas, incluida ella misma—. ¡Malditas seáis! ¡Hablad en griego! ¿Qué habéis hecho con la mujer que amo?
Rozena parpadeó, alcanzó una cuchara y probó el guiso.
—Si no se lo cuentas tú, lo haré yo —sentenció con una voz que no admitiría réplicas.
—¡Piensa en los niños!
—Eso mismo hago, y también en los que aún no han nacido. —Dejó caer la cuchara en el cazo y se acarició con dulzura el vientre; ambas habían llegado a un acuerdo con un varón amigo suyo, el tejedor Felimir, para tener dos niños en dos años. A uno lo criarían ellas, y al otro Felimir. Rozena estaba embarazada de cuatro meses, y aborrecía la idea de que su hijo naciera bajo las deplorables circunstancias en que se encontraban en ese momento.
En seguida, continuó.
—¿Acaso no ha prometido la Profeta Arkhipa que seríamos salvadas, y que el poder de la bruja del invierno caería por obra de una mujer de palabras amables y sangre real proveniente del oeste? Una mujer de una tierra de mujeres, de cabello como el fuego y ojos como la hierba en primavera. ¿Qué más pruebas necesitas, estúpida cabezota? ¿Que aparezca el carro de la diosa y escriba el mensaje en el cielo con nubes y estrellas?
—Arkhipa está más loca que una oveja con el cerebro agusanado. La Zarina la condenó al exilio.
—Después de que proclamara su profecía en público. Además, fue la falsa Zarina quien echó de aquí a Arkhipa. Fue una artimaña de la bruja, ¡porque temía que hubiese dicho la verdad!
A continuación, se miraron a los ojos en silencio. Gabrielle, por su parte, apretó los puños y adoptó un tono cortante.
—¡Hablad en griego, por favor! ¿Podéis decirme alguna qué diablos está pasando aquí? ¿Es que todo el mundo se ha vuelto loco excepto yo?
¡Oh, diosa! Vivka agarró fuertemente su amuleto y oró. ¡Te ofreceré una oveja y un potro en sacrificio si me sacas de ésta!
En menos tiempo del que emplea un corazón mortal en latir nueve veces, su plegaria fue atendida.
***
Una nueva mujer entró en el ger, dejando que la piel de oveja que la flanqueaba cayera de nuevo a su espalda. Inmediatamente, Rozena y Vivka se llevaron el puño a la frente en señal de saludo.
Gabrielle se dejó caer sobre la litera. Se trataba de una de las tres que habían permanecido sentadas en el estrado tras la enmascarada Xena. Su cuerpo se adivinada voluptuosamente maduro tras el vestido de curtida piel de ciervo, decorado con colas de zorro y plumas de ganso. Las palmas de sus manos y las plantas de sus pies descalzos estaban teñidos de color escarlata; sus muñecas ceñidas por pesados brazaletes; las pantorrillas y los antebrazos tatuados con bestias fantásticas de cornamentas floreadas entrelazadas en un patrón zigzagueante. Una corona alta y dorada con un Árbol de la Vida muy estilizado encima ceñía su cabeza y le mantenía recogido el cabello negro azulado.
Su rostro era profundamente sereno, y cuando sonrió, tras contemplar a Gabrielle, decir que era hermosa y encantadora sería quedarse corto.
—Soy la Baba Semislav, Segundo Rostro de la Sagrada Tabiti, avatar de Mat Syra Zemlia, la fértil madre tierra —anunció la mujer en griego—. Si tienes a bien escucharme, Ga’brelle-Reina, intentaré explicarte lo que le ha ocurrido a tu amada.
Vivka dio un respingo, y Semislav añadió dulcemente en griego.
—Una promesa debe basarse en la libertad de cumplirla, y no en amenazas, por lo que Tabiti no te atará con ella. En Su nombre, te libero de aquella que hiciste.
—¿Condenando así a nuestros pequeños a morir?
La sonrisa de Semislav desapareció.
—Todos moriremos, tarde o temprano, si las cosas siguen como hasta ahora.
Vivka cedió al fin, y Rozena le palmeó el dorso de la mano para consolarla.
Así, Semislav volvió al griego y se dirigió a Gabrielle.
—Tal vez sea mejor empezar la historia desde el principio. Cuando haya terminado, responderé a tantas preguntas como quieras hacerme. ¿Te parece bien? —Torció la cabeza a un lado y sonrió nuevamente, con un más que considerable encanto.
Gabrielle tomó conciencia de las oleadas de sexualidad que emanaban de Semislav, un aura de erotismo que hubiera podido afectar hasta a un muerto. Aquello le hizo estremecerse de incomodidad; el aroma de la chamán, profundo y almizclado, le hacían querer estornudar y lanzarse a su delicioso cuello al mismo tiempo. Por un instante, los celos parecieron susurrarle al oído: tal vez Xena no regresó a tu lado porque encontró a alguien mejor, una mujer que es puro sexo, de la cabeza a los pies.
Semislav supo de inmediato lo que la bardo estaba pensando.
—No imagines lo peor, Ga’brelle. Tu amada no te ha cambiado por otra.
Gracias a los dioses.
El pequeño gusanito de los celos murió bajo la amigable y empática mirada de los ojos de la chamán.
—He viajado tanto… —dijo Gabrielle, cubriéndose inconscientemente las rodillas con una manta—. Cuando vi a Xena allí, tras esa máscara, pensé por un momento que aquello debía ser una pesadilla.
—No, no es tu pesadilla, sino la de otra persona. —Semislav se pasó al Tseromazha para dirigirse a Vivka—. Envía un mensaje a los jinetes, a las patrullas, a las partidas de cazadoras y a las guerreras: “En nombre de Quien Cabalga Sobre el Viento, se reclama su presencia esta noche en el ger real como testigos de un desafío”. Repite este mensaje bajo la autoridad de la Baba Laiko y la mía propia.
Después, añadió mirando a Rozena.
—Reúne a tejedoras, ganaderas, lavanderas, curtidoras, madres y artesanas: ellas también acudirán al círculo y presenciarán la justicia de la diosa.
—¿Estás segura, Baba? —Vivka parecía nerviosa—. Si lo hacemos, ya no habrá vuelta atrás.
—Deposita tu fe en la diosa —afirmó sin dudar Semislav—. Ella ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos, y tengo razones para creer que la Reina extranjera es la respuesta a todas nuestras plegarias.
A pesar de esas palabras, Vivka no parecía muy convencida, así que Rozena fue la siguiente en hablar.
—¿La profecía de Arkhipa?
—Arkhipa estaba tocada por el fuego sagrado de Tabiti. Laiko y yo lo sabemos, y si tú escucharas a tu corazón, Vivka, también lo sabrías. Id ahora, porque no queda mucho tiempo. Todo se decidirá antes del anochecer.
Debidamente escarmentada y sólo un poco menos avergonzada, Vivka abandonó la tienda seguida de cerca por Rozena.
Al verlas, Gabrielle preguntó:
—¿A dónde van?
—A cumplir una misión —contestó Semislav, de nuevo en griego. Luego tomó asiento en el suelo, con las piernas cruzadas, junto al lecho—. Y ahora, Ga’brelle, Reina Amazona… estoy dispuesta a contarte una historia de codicia, ambición, intrigas y traiciones. Escucha con atención, porque apenas tenemos tiempo.
Gabrielle se puso cómoda, mientras Semislav comenzaba su relato.
***
—Hace mucho, mucho tiempo, antes de que la madre de la madre de tu madre naciera, vivía bajo la danza del viento una raza que llamaba a su región Tseromazha, y cuya diosa era Tabiti, la de los Tres Rostros, Dama Sagrada de la Luna, las Estrellas y el Sol…
Gabrielle escuchó con avidez la descripción que Semislav hizo de la religión de su gente. La diosa Tabiti estaba representada en la tribu por tres chamanes llamadas Babas, y cada una de ellas adoptaba uno de Sus tres aspectos. El Primer Rostro era el avatar de la Doncella Lada, que simbolizaba la inocencia y la pureza; gobernaba durante la primavera y principios de verano, y sus tareas incluían tejer, sembrar, sanar y el conocimiento de las hierbas. Actualmente, ese cargo estaba ostentado por la Baba Laiko, una virgen de quince años.
El Segundo Rostro era el de Mat Syra Zemlia, la fértil madre tierra. Gobernaba el final de verano y en principio del otoño, y era responsable de la partería (tanto animal como humana), el almacenaje de alimentos, la herrería y los dones guerreros. Era protectora de los niños y las madres, y feroz defensora de la tribu. La Baba Semislav era su avatar.
Finalmente, estaba el Tercer Rostro, llamado Nav, la Bruja Noche. Simbolizaba la muerte y la ruina, el final de la vida y la alegría, el broche de un ciclo natural. Reunía las almas de los fallecidos y las molía todas juntas en su mortero mágico; cuando éste se llenaba, entregaba las cenizas a los sagrados vientos para que pudieran volar y renacer de acuerdo con su destino. Nadie la consideraba malvada, sino inevitable, y mandaba durante el final del otoño y todo el invierno. El avatar de Nav, la Baba Yaga, había pervertido a la Bruja con el fin de saciar sus propios intereses.
—Nuestra Zarina, Chebkya, escucha más a su orgullo que a su inteligencia, más a su lujuria que a su imparcialidad, y le preocupan sólo sus egoístas deseos —afirmó Semislav—. Normalmente, las tres Babas, si permanecen unidas, son capaces de refrenar los excesos de cualquier Zarina que no sea… digamos… la más adecuada de las líderes. Nuestro gobierno se ha mantenido estable de este modo durante cientos de años; sin excepción, la voz de las siervas de Tabiti ha sido respetada por la tribu, incluso más que la de la propia Zarina cuando fue necesario.
»En la Festividad de Verano del año pasado, cuando los tseromazha se reunieron con otras tribus y mercaderes para comprar y vender, Chebkya secuestró a una muchacha de una tribu vecina, los Zhytia. Era muy hermosa, al igual que su voz, y tenía numerosos pretendientes. Chebkya la llevó a un lugar secreto, abusó de ella de una forma horrible y la devolvió a su casa, muda y ajada. Naturalmente, los Zhytia demandaron un pago por tal deshonor, y amenazaron con la guerra si éste no era saldado.
»Pidieron que la Zarina muriera por sus crímenes.
»Chebkya estaba desesperada. Después de todo, ni siquiera una Zarina es inmune a la ley, y aquel día aprendió que su pueblo no la apreciaba tanto como para desatar una guerra en su nombre. Pero la Baba Yaga se reunió con ella en secreto, prometiéndole salvar su vida a cambio de que cumpliera sus ambiciones. Juntas, conjuraron los más demoníacos poderes, asesinando a muchachas inocentes en sus sacrificios de sangre, y el equilibrio se rompió.
»Ni Laiko ni yo descubrimos lo que estaba pasando hasta que fue demasiado tarde, y Yaga nos puso bajo un yugo de poder que no somos capaces de romper. Cuando Xena apareció, respondiendo a la llamada de Chebkya, la Baba Yaga le echó un poderoso sortilegio de control y obligó a la gente a hacer una terrible promesa: no revelar jamás este secreto o sufrirían una muerte horrible y dolorosa… y no sólo ellos, sino también sus familias, incluidos los niños. La tribu vive atemorizada y no osa enfrentarse a ella.
»De acuerdo con el plan de la Zarina, Xena será ejecutada en el plazo de tres días frente a los representantes de los Zhytia, para restaurar su honor. En ese momento, Chebkya abandonará su escondrijo y reclamará el trono, liderando a la tribu, con Yaga a su lado, y reforzando así la fe de su pueblo. Se avecinan días oscuros si no son detenidas.
—Y Xena cayó de cabeza en la trampa —susurró Gabrielle—. ¿Tienes alguna idea de qué “deuda” podía tener con ella?
—Cuando era un señor de la guerra, mató a la hermana de Chebkya, Adaliunda, mientras estaba en una misión en la Tierra de los Dragones. Seguramente fue eso lo que comprometió la presencia de Xena.
Oh, mi pobre guerrera, pensó Gabrielle. Siempre intentando reparar tu pasado, sólo para que éste se vuelva en tu contra.
—De acuerdo. Así que al tercer día desde hoy los Zhytia presenciarán lo que ellos creen que será la ejecución de Chebkya, y no de Xena. Lo que no entiendo es: ¿cómo sabían que ella acudiría? Quiero decir que… si no hubiera aparecido, ¿cómo se las hubieran arreglado?
—Yaga envió probablemente su espíritu en forma de cuervo o cualquier otro ave, con el fin de espiar a Xena y asegurarse así de que obedecía sus órdenes por medio de algún encantamiento. Y diría más, estoy segura de que manipuló el sentimiento de culpa de tu amada a través de sus sueños u otro hechizo más directo.
—¿Y tu diosa no interferirá? Xena es inocente. Lo que Chebkya y Yaga están haciendo no está bien.
—Cierto. Pero Tabiti tiene sus propias razones para mantenerse al margen. Ella es nuestra Madre y nuestra Guardián, y en su sabiduría prefiere dejar que sus hijas cometan errores antes que corregirlos o evitarlos. No, Ga’brelle, todo esto está en manos mortales. Laiko y yo creemos que tú eres la única que tendrá éxito en la derrota de Chebkya y Yaga, y en la salvación de tu compañera.
La resolución se abrió paso en el pecho de Gabrielle. Fuese cual fuese el precio a pagar, incluida su propia muerte, liberaría a Xena del poder de aquella bruja de la muerte.
—Dime qué es lo que tengo que hacer.
—Laiko y yo no podemos ayudarte demasiado. Yaga controla nuestra magia y nos hace débiles. La bruja robó nuestra sangre y la ligó a su tambor, y cuando lo toca, no podemos oponernos a ella. Estamos esclavizadas a su voluntad. Incluso a escondidas, merma nuestras fuerzas. Me ha costado un gran esfuerzo venir hasta aquí, y otro mucho mayor contarte todo esto. —Semislav negó con la cabeza, haciendo que los aretes dorados que pendían de su diadema tintinearan.
—¿La magia de la Baba Yaga reside en su tambor? Eso explica por qué me sentí tan rara allí dentro.
Y también el trance de Xena. Sé que lucha contra él… fue capaz de pronunciar mi nombre… pero el poder de la bruja es demasiado grande. Dioses, dadme fuerzas.
—Sí. Los tambores son la fuente de su poder. Ahora, escucha: estarás en grave peligro, Ga’brelle. Para salvar a Xena, habrás de desafiar a las Babas. Yaga no puede negarse ni ignorarlo, sobre todo si lo haces apelando a la virtud de tu casta amazona. Es un ritual arcaico que rara vez ha sido invocado hoy en día, pero contamos con ancianas que recordarán a la gente las antiguas leyendas. La bruja tratará de disuadirte, pero nuestra ley es clara. Al fin, Yaga no tendrá más remedio que aceptar.
—¿De qué tipo de desafío se trata? —preguntó Gabrielle. Era muy buena defendiéndose con un cayado, pero si resultaba una lucha con palos o cualquier otra arma, fracasaría estrepitosamente.
—No es a nivel físico, sino una prueba de ingenio que durará tres días. Al atardecer de cada uno, una de las Babas te planteará un complicado reto. Si lo realizas antes del amanecer, saldrás victoriosa. Véncenos, y el yugo de Yaga sobre Xena y sobre mi pueblo quedará roto. Pierde tan sólo uno, y perderás la vida.
Gabrielle asintió con aire pensativo.
—¿Y qué hay de Chebkya?
—Si derrotas a la Baba Yaga, Laiko y yo nos encargaremos de nuestra caprichosa Zarina. No tiene descendencia directa, pero una prima suya vive en este asentamiento, y ella subirá al trono. —Semislav se llevó dos de sus dedos tatuados sobre el corazón—. Con la ayuda de Tabiti, y tu valor, pronto tendremos un nuevo avatar de Nav y una nueva Zarina, y el ciclo de la vida se perpetuará de nuevo.
Nunca te abandonaré.
Aquellas palabras repletas de amor se hicieron eco en la mente de Gabrielle bajo la voz de quien significaba más para ella que cualquier otra persona en el mundo. Como por cuenta propia, sus labios se tensaron.
—No quiero esperar más de lo necesario, así que lanzaré mi desafío esta noche. Baba Semislav, quiero que me prometas una cosa antes de irnos.
La chamán extendió al frente las broncíneas palmas de sus manos.
—Juro por mi vida, y la vida de mis hijos, y el futuro de mi estirpe, y el alma de mi amada, que haré cualquier cosa que pidas, si está en mi mano.
—Si no sobrevivo… —Gabrielle se detuvo un momento, antes de continuar—… asegúrate de que la muerte de Xena sea rápida y sin dolor. No quiero que sufra.
Semislav ladeó la cabeza.
—Laiko conoce hierbas que liberarán el alma de Xena de forma grata, e impedirán que su paso a los dominios de los khubilgan sea traumático. Si fracasas, me aseguraré de que muera deprisa, para que ambas renazcáis juntas. Lo juro, y que Quien Cabalga sobre el Viento me condene si no cumplo mi palabra.
Gabrielle se levantó desperezándose, lo cual hizo que su columna crujiera dando más flexibilidad a sus articulaciones. El dolor de cabeza había menguado considerablemente hasta transformarse en un pálpito apagado.
Semislav contempló a la griega con ojos admirados, deleitándose en su cuidada y esbelta figura.
—No deberías acudir al desafío vestida tan pobremente —dijo—. Si me lo permites, pediré a Rozena y a algunas otras mujeres que te procuren un atuendo adecuado a la ceremonia.
—De acuerdo. —Lo último que preocupaba a Gabrielle en ese momento era la elegancia—. ¿Alguna idea de en qué consistirán los retos de las otras Babas?
—Como te he dicho, somos esclavas de Yaga y de su maldito tambor. Puedes estar segura de que la bruja empleará todo su poder para derrotarte. —Semislav se incorporó, alisándose la túnica con manos temblorosas—. Que la diosa extienda su mano sobre ti, Reina-Amazona-Ga’brelle.
—Gracias. Tengo la impresión de que necesitaré toda la ayuda que pueda ofrecerme.
No había lugar ni tiempo para el miedo o las dudas; Gabrielle iba a luchar, elevando su puño contra fuerzas seculares. Debía mantenerse centrada para salvar la vida de su guerrera, así como las de las amazonas tseromazha.
Artemisa, llévame a la victoria, suplicó Gabrielle. O si no, haz que muera junto a mi alma gemela. Sin Xena, mi vida estaría demasiado vacía para continuar.
La rechoncha Rozena regresó en ese momento a la tienda con un saco de ropa en las manos.
—Espero no ofenderte, Ga’brelle —comenzó en griego, aunque entrecortadamente—, pero en esa ropa de viaje no pareces reina. Traigo alguna cosa, si lo permites.
Gabrielle asintió.
—Gracias. —La velocidad con que aquellas mujeres se hacían cargo de ella y de la situación era apabullante. Era como si en el mismo segundo en que había decidido aceptar su plan, un millar de engranajes se hubiesen puesto en furioso funcionamiento.
Semislav ahogó una carcajada.
—Me has leído el pensamiento —afirmó en tseromazha.
—¿Crees que me condenaría permitiendo que esta muchacha se presentara ante la gente vestida con esos harapos? —Rozena resopló—. ¡Bah! Ayúdame a vestirla. ¡Oh, Vivka! —exclamó al ver a su amada entrar en el ger—, corre a buscar a Beleka para que peine a Ga’brelle, y dile a Derska que me preste algunas de sus joyas, y la joyera Koklyr me debe un collar, así que ve corriendo a buscarlo también.
Vivka arqueó las cejas.
—¿Algo más?
Semislav, que estaba arrodillada en el suelo desatando los cordones de las botas de Gabrielle, alzó un murmullo.
  
Nota 01:
La Roca de Tarpeia era el poco afamado lugar en el que se ejecutaba a los traidores (y criminales), los cuales eran llevados hasta su cima y arrojados al vacío. Recibe su nombre de la leyenda de la Virgen Vestal Tarpeia, que traicionó a los romanos permitiendo a los Sabinos traspasar las puertas de Roma, puesto que estaba enamorada de uno de ellos. El ataque fracasó por la intervención del Dios Janus, y a pesar de confiar en que su condición la salvase, fue culpada y aplastada hasta morir bajo el peso de los escudos sabinos. Su cuerpo fue sepultado en lo alto de la roca. VOLVER
Nota 02: Ger es la vivienda tradicional de Mongolia. VOLVER
Nota 03:
Según el folklore ruso, Baba Yaga es una temible bruja con dientes de acero. Junto a sus dos hermanas mayores, tienen la misión de confundir a aquellos con quienes hablan. VOLVER
Nota 04:
Los khubilgan son espíritus con forma de pájaro que, según la mitología de Mongolia, protegían el alma de los chamanes durante sus períodos de trance. VOLVER
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