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XWP Gen » Brillantes cintas de oro » 02
:: BRILLANTES CINTAS DE ORO
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—Podrías pasarte por mi tienda y decirle a Daromila que te dé mi colgante, y mi segundas mejores babuchas. —Al recibir una mirada de Rozena, se corrigió—. Vale, mis mejores babuchas.
Los ambarinos ojos de la amazona brillaron de emoción. Sus dudas pasadas habían desaparecido; los excitados rostros de las allí reunidas hicieron renacer la esperanza en su pecho. La diosa les había concedido la oportunidad de provocar la caída de la bruja, y haría todo lo que estuviese en su mano para ayudar.
La pobre Arkhipa no estaba tan loca después de todo…
—Ya de paso, ¿no creéis que podría cabalgar hasta las Tierras del Dragón y comprar unos cuantos rollos de seda? —preguntó Vivka con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Un brazalete de esmeraldas? ¿Un manto de dientes de gallina, piel de rana y plumas de oca? O tal vez…
—Amor —le interrumpió Rozena al tiempo que pasaba un peine por el cabello de Gabrielle—, ¡será mejor que te vayas antes de que te eche yo de una patada en el trasero!
Riendo a carcajadas, Vivka alzó las manos en señal de rendición y se fue.
Gabrielle se dejó hacer, al tiempo que escuchaba el incesante parloteo de las mujeres. Su ondulante tono resultaba de alguna forma adormecedor.
Cerró los ojos e intentó no pensar demasiado en lo que le esperaba.
***
El ger real rebosaba luz; docenas de lámparas de aceite colgaban de sus postes, balanceándose suavemente, cubiertos por costosas mamparas de cristal. El aire estaba teñido con las dulces volutas de humo que lanzaba las semillas de anís y cilantro al quemarse, mezclado con grasa de oveja, lana y el olor de multitud de cuerpos encerrados en un espacio demasiado angosto.
Gabrielle se detuvo a la entrada, enjugándose el sudor de la cara con el dorso de la mano. Rozena y las demás mujeres la habían vestido con una camisa estrecha y sin mangas de suave fieltro añil; un peto decorado con dientes de gato salvaje y huesos de corzo formando hileras desde el cuello al dobladillo. En la espalda, cruzando los hombros, habían cosido cintas y delgados flecos terminados en plumas de pato. Una pelambre de zorro blanco caía libremente sobre los brazos, a los que se sujetaba mediante macizos cierres dorados. La camisa estaba ceñida a la cintura mediante un cinturón de cuero tachonado de cuentas de ámbar y oro, aunque sólo a un lado para facilitar el movimiento.
Los pantalones también eran de fieltro, y también de color añil; de la rodilla al tobillo eran rígidos, por las inflexibles hileras de dientes y tejido firmemente trenzado. Le habían recogido el cabello en dos trenzas simétricas atadas atrás con unos prendedores plateados que representaban la cabeza de un lobo.
Dada la importancia que los tseromazha otorgaban a los tatuajes, Semislav había utilizado una mezcla de carbón, jugo de bayas hervidas y un misterioso líquido de olor penetrante para dibujar temporalmente sobre los brazos y pies desnudos de Gabrielle: espirales de singular belleza, animales y flores fantásticas. Sus verdes ojos estaban rodeados de pequeños ciervos a todo galope; sus antenas le llegaban hasta la raíz del pelo, mientras que las pezuñas descansaban sobre sus pómulos.
Collares de ámbar, marfil, turquesa, zafiro, oro y plata decoraban su cuello, hasta el punto que la bardo sintió que tan pesados tesoros podrían hundirle en la tierra. Sus protestas habían sido ignoradas por Rozena, que había cloqueado, debatido y discutido hasta la saciedad para defender su postura.
Cuando al fin estuvo lista, Vivka y Rozena la escoltaron hasta el ger real y le indicaron que entrase, dejándola sola. Gabrielle, por su parte, utilizó aquellos breves momentos de tranquilidad para ordenar sus ideas y prepararse para lo que se le venía encima. Su pulso fluctuaba, tenía la boca seca y sudaba copiosamente, a pesar del frío que reinaba en el exterior.
Espero que no se me borren las pinturas, pensó, aunque Semislav afirmó que durarán varios días. Dioses, ¡ojalá Xena pudiese verme!
El sol acababa de desaparecer en el horizonte cuando Gabrielle entró en la tienda. El ger estaba atestado de gente sentada en el suelo; los pequeños yacían sobre el regazo de sus padres y los ancianos utilizaban asientos con respaldo que aliviaban el dolor de sus huesos. Sobre el estrado, Xena aún ocupaba el Trono-De-Oro, oculta tras el cráneo de lobo de su máscara.
Las Babas Laiko, Semislav y Yaga también estaban en sus respectivos lugares, con los tambores entre las rodillas, lanzando el incesante y monótono ritmo que tanto había afectado a Gabrielle la vez anterior.
Todos los ojos se giraron hacia la bardo; un murmullo quedo surgió al unísono de una docena de gargantas. Las expresiones de los congregados delataban miedo, tristeza e ira, pero sobre todo esperanza. Vivka permanecía de pie junto a las demás guerreras de la guardia de honor rodeando los muros; cuando Gabrielle la miró, asintió para darle ánimos. Rozena, con un nutrido grupo de madres y artesanas, se erguía con orgullo y sonreía ferozmente.
Gabrielle echó a andar lentamente por el estrecho pasillo que habían formado desde la puerta del ger hasta el estrado. Cuando alcanzó los pies del trono, se llevó un puño a la sien y todo el mundo pareció enmudecer en un segundo.
—Yo, Gabrielle, Reina de las Amazonas del Oeste por derecho de casta, acudo a ti con honor y respeto —dijo con voz alta y clara. Tras ella, y dado que algunos de los líderes de otras tribus no entendían el griego, recurrieron a sus compañeros para que les tradujeran sus palabras.
La Baba Yaga golpeó su negro tambor con fuerza, haciendo que la sangre seca que lo cubría saltara formando pequeñas costras y cayera sobre sus manos.
—¿Cuál es tu deseo, extraña-de-más-allá? ¿Por qué has traído a esta gente aquí? ¿Qué esperas conseguir?
¡La bruja no conoce nuestro plan!, pensó Gabrielle sorprendida y aliviada a la vez. La tez de Semislav parecía de piedra, sus ojos cegados, mientras reproducía el sonido del tambor de Yaga con el suyo. A su lado, la Baba Laiko, una muchacha de rostro redondo como la luna, presentaba el mismo aspecto. Tal vez sea capaz de controlar su magia, pero es obvio que Yaga no puede leer en sus mentes.
Cuando Yaga habló, lo hizo con sorna.
—Tal y como dice la Zarina, nosotras somos la ley. Hablas de honor y respeto, pero tus impertinentes preguntas me ofenden. ¡Cómo osas poner en entredicho a la Zarina que gobierna las tierras humanas! Márchate, y regresa a tu hogar en las lejanas regiones del oeste, y nunca más te dejes ver por aquí, bajo pena de muerte.
Por doquier surgieron susurros y explicaciones. Gabrielle permaneció firme, con la cabeza bien alta. Después apretó los puños para hacer menos evidente que estaba temblando de arriba abajo.
Yaga, por su parte, contempló a Gabrielle con aire pensativo.
¿A qué juega esta mocosa? ¿Piensa que este montón de estúpidos la seguirán a ella y no a mí? No, yo tengo el poder. El miedo ha hecho débil a esta tribu. Me obedecen como ovejas, y como ovejas serán llevadas al matadero cuando llegue el momento.
Oculta tras una cortina en la parte de atrás del ger, Chebkya se mordió con fuerza el labio inferior para no estallar en carcajadas. Tenía la esperanza de que la hermosa griega desafiara a Yaga; así, ella podría pedirle a la chica como regalo, un nuevo juguetito con el que satisfacer su lujuria. Sin las riendas de las Babas controlándola constantemente, Chebkya estaba dejando aflorar su más oscura naturaleza y deleitándose con esa sensación de olvidada libertad. Cuando el asunto de los Zhytia hubiese pasado y ella hubiese ocupado el trono una vez más, las cosas serían definitivamente distintas. Nada de hacer las cosas a escondidas, ni pretender que le importaba lo más mínimo lo que le ocurriera a toda aquella gente. Habían nacido para servirla a ella, y sólo a ella; cuando volviese a ser la Zarina, incluso la Baba Yaga inclinaría la cabeza ante ella y le obedecería.
Gabrielle tragó saliva. Allá voy.
—Ofrezco mi desafío a los avatares de Tabiti, La de los Tres Rostros —exclamó en voz alta, repitiendo las palabras tal y como Semislav se las había enseñado—. Exijo que éste sea respetado, por mi derecho como Reina y la hermandad que compartimos, y por vuestras leyes seculares. Si me rechazáis, que vuestro honor pierda su valía; que vuestro cabello caiga como el de las ovejas en primavera; y seáis expulsadas del lado del hombre para nunca más volver. Escuchadme, porque tres veces pronuncio las palabras que os comprometen: yo os desafío, yo os desafío, yo os desafío, en nombre de Tabiti.
Más expresiones de sorpresa se elevaron de la pasmada multitud. Yaga estaba furiosa, principalmente porque no veía forma de librarse de aquello. Debí haber acabado con ella en el momento en que puso un pie aquí. En lugar de eso, le había permitido vivir debido a su curiosidad por descubrir qué fuerza la había movido a viajar tanto por territorio hostil, buscando a una sola e insignificante mujer, y si estaba sola o por el contrario era parte de una avanzadilla. ¿Cómo ha descubierto la existencia del desafío? Juraría que no sabía nada acerca de nuestras costumbres cuando llegó ayer.
La Baba Yaga siguió golpeando su tambor, escudriñando a los allí reunidos con sus chispeantes ojos negros. Bajo su conjuro de control, Semislav y Laiko reproducían el caótico ritmo. ¿Habrá sido Vivka?, pensó, contemplando a la guerrera en cuestión. No ha podido atreverse. ¿Su deslenguada compañera, tal vez? Bien, me ocuparé de ambas más tarde.
La tribu al completo esperaba con impaciencia su respuesta. La bruja era consciente de que si no aceptaba el desafío de Gabrielle, aquello podría significar la gota que desbordara el vaso de su obediencia. Podía mantenerlos a raya amenazando a sus hijos, pero si se hacían fuertes los unos en los otros, la ira podría cegarles tanto como para que incluso eso careciera de sentido.
Por otro lado, sabía que aquella pequeña amazona de cara pálida, que probablemente hasta careciera todavía de vello en ciertas partes de su cuerpo, no era rival para ella.
Y cuando resulte derrotada en el desafío, y sacrificada a los poderes oscuros, mi yugo sobre la tribu será más fuerte que nunca. Nadie osará desafiarme de nuevo.
—Aceptamos, conforme a nuestras antiguas leyes —dijo la Baba Yaga—. Tres retos deberás encarar, uno de cada uno de los avatares de la Dama Que Cabalga Sobre el Viento: la Doncella de la Primavera, la Madre del Verano, la Bruja del Invierno. Desde el anochecer hasta el alba durará tu tarea, y si fracasas sólo en una, tu vida tocará a su fin. Si tienes éxito, podrás pedirnos cualquier cosa, grande o pequeña, y estaremos obligadas a concedértela.
Gabrielle asintió.
—Regresaré aquí al alba. Que así sea, y que la Dama del Viento, de las Estrellas y la Llama sea mi testigo, al igual que todos Sus siervos.
Los tambores se elevaron como truenos para un oído mortal. La tribu quedó satisfecha. El desafío había sido lanzado y respondido correctamente.
Ahora, todo lo que quedaba por hacer era esperar y rezar.
***
A la mañana siguiente, acompañada por el fulgor gris pálido del alba, Gabrielle regresó al ger real para recibir su primer desafío.
Xena ya no llevaba puesta la máscara de cráneo de lobo; su bello rostro lucía de un color fantasmal, y un chorreón de saliva serpenteaba hasta su barbilla.
Gabrielle casi se echó a llorar.
Sobre el estrado, la Baba Laiko tamborileaba suavemente. El cabello almendrado de la joven estaba sujeto con una cinta de cuero; dos cuernos de plata se elevaban a ambos lados de su frente, decorados con cintas, campanillas y flores de piedras semipreciosas. Su vestido era de lino de cáñamo blanqueado, escotado sobre sus aún poco desarrollados pechos, y abundantemente decorado con hojas de vid y bayas encarnadas. El tambor que sostenía entre las piernas estaba cubierto de bandas de cobre y fabricado con piel de potro. Los ojos de Laiko permanecían cerrados, y su deliciosa boca se tensaba con cada golpe asestado al tambor primigenio.
Había una mujer junto a la Baba Yaga. Alta, de complexión poderosa, con muslos y brazos bien delineados por los músculos, y miraba a Gabrielle con ojos hostiles y de un gris helado y tétrico.
—Morirás —afirmó en griego, aunque sin apenas entonación—. Ríndete ahora, y será rápido. Sigue adelante, Reina-extraña, y me encargaré personalmente de que tu muerte se prolongue por tres días completos.
—Chebkya, supongo. —Gabrielle se permitió estudiar con detenimiento la figura de la Zarina, y luego lanzó un bufido deliberadamente insultante—. La mascota de la Baba Yaga. Me sorprende no verte escondida tras alguna esquina. A juzgar por tus actos hasta ahora, diría que tu cobardía te impide hasta enfrentarte a una mujer que no esté bajo los efectos de un hechizo.
Chebkya rugió e hizo amago de lanzarse a por ella, pero quedó inmediatamente paralizada por orden de la Baba Yaga. Su rostro se contrajo por la ira, y la mirada que lanzó a Gabrielle estaba llena del más puro odio, pero se contentó con dirigirle un gesto obsceno, resoplar y replegarse tras una cortina que había al fondo del ger.
La Baba Laiko habló entonces con voz atiplada y cantarina.
—¿Acudes aquí, dispuesta a enfrentarte a nosotras?
—Sí, estoy preparada. —Gabrielle aspiró hondo y dejó escapar el aire poco a poco, intentando relajar sus músculos.
—Escucha entonces tu primer reto… —entonó Laiko. Sólo unos pocos tseromazha permanecían aún sentados en el interior de la tienda; en ese momento, se inclinaron hacia delante, ansiosos por oír lo que aquel maligno desafío impondría a la extraña-de-cabello-ígneo, y rogando porque no fuese algo imposible de conseguir. Todas sus esperanzas de libertad, para ellos y para su progenie, estaban puestas en la Reina extranjera. El silencio y el suspense que llenaban el ger podrían haberse cortado con un cuchillo.
La boca de la joven Baba se tensó un momento, como si se debatiera con una fuerza terrible, y una línea de concentración se dibujó en su frente. De pronto, la puerta se abrió con violencia, dando paso a una ráfaga de viento que llenó la estancia con el aroma de la hierba en primavera, hierbas purgantes, dulces flores silvestres. El viento barrió la tienda, acarició el cabello de Gabrielle y caracoleó rodeando el cuerpo de Laiko. Inmediatamente, los ojos de la joven se abrieron y ésta sonrió. Y durante no más de un segundo, su música cambió, convirtiéndose en una viva melodía que evocaba el sonido de los cascos de los potrillos sobre las estepas.
La Baba Yaga contraatacó y golpeó su tambor con fuerza para recuperar el control, pero ya era demasiado tarde.
—Cuéntame una historia. —Laiko suspiró, y sus palabras parecieron encontrar eco en el viento—. Canta acciones de héroes hasta el anochecer. Esa es tu tarea.
Yaga castigó su ensangrentado tambor con furia mientras sus ojos lanzaban chispas, y la brisa se extinguió. De todas formas, ya nada se podía hacer; de alguna forma, Laiko se había liberado de su influencia el tiempo suficiente como para dañar su plan. El reto no podía retirarse una vez pronunciado.
Bueno, en realidad no tiene importancia, pensó la bruja dominando a Laiko de nuevo con rapidez. Si milagrosamente la muchacha amazona logra cumplir la tarea, tendrá dos más por delante. Y me aseguraré de que sea derrotada en la siguiente.
Gabrielle se aclaró la garganta, con ganas de empezar a dar saltos de alivio. ¿Contar una historia? Por los dioses, ¡si no fuese capaz de hablar del alba al ocaso, no merecería llamarse a sí misma bardo! Reflexionó un momento y sonrió.
—Canto a una heroína —comenzó, sentándose con las piernas cruzadas en el suelo, frente al estrado—. Una heroína nacida de mujer, puesto que ella misma lo es… aunque distinta a cualquier otra. Su vida no se escribió sobre el telar, sino sobre el filo de su espada. Hubo un tiempo en que cientos perecieron bajo ese filo; los cascos de su caballo se tiñeron cabalgando sobre ríos de sangre, y su vida exudaba fuego y muerte. Su nombre es Xena; una vez, Destructora de Naciones; ahora Liberadora, Justiciera, Protectora. Perseguida por sus acciones en la niebla que cubrió su condición de guerrera nata; deseosa por transformar su oscuro pasado en un brillante futuro, es hoy una heroína legendaria. No hace mucho tiempo, esa Xena salvó a una joven de las garras de unos desalmados esclavistas. Una joven cuyos sueños quedaban grandes a la pequeña aldea en que había nacido…
Miró a su alrededor; los escasos ocupantes de la tienda la escuchaban con avidez. Algunos se habían ido, seguramente para contar las novedades a sus vecinos. La bardo sonrió de nuevo y siguió narrando la historia de Xena… la primera y mejor historia que había aprendido, y la que más firmemente llevaba en el corazón.
***
El sol huía ya con rapidez.
Gabrielle habló y habló sin descanso, a pesar de que la voz ya apenas era un susurro abandonando su garganta.
Hacia el mediodía, y también un poco más adelante, Rozena le había llevado en silencio un odre lleno de té de hierbas endulzado con miel. Un trago de vez en cuando habían impedido que se quedara sin voz. Porque las Babas del estrado tamborileaban sin cesar, y tenía que concentrarse enormemente para que las palabras no se le escaparan bajo el confuso efecto del hechizo de la bruja, haciéndole sudar y que le doliera cada milímetro del cuerpo.
El ger real estaba atestado de gente, puesto que ya había pasado una noche desde que desafiara a la Baba Yaga. Poco después de que empezara a hablar, la tribu había ido llegando en grupos de dos o tres, desde bebés en sus canastillas hasta ancianos portados en literas. Con el transcurso del día, hombres y mujeres salían en silencio para regresar al poco rato cargados de comida y bebida para los agradecidos vecinos, que les resumían lo que se habían perdido. Nadie, sin embargo, levantó la voz, suspiró o parpadeó; estaban completamente embargados por la voz de Gabrielle y su fantástica historia.
Les habló de los cíclopes; de las arpías y los centauros; de las sanguinarias bacantes y de un marinero perdido; de titanes y señores de la guerra y de la enloquecida Callisto. Les habló de la legendaria Helena, cuya belleza lanzó contra Troya miles de barcos, y de Prometeo, el que trajo consigo Fuego, y de un caótico panteón de Dioses Olímpicos que rivalizaban, luchaban y se comportaban como los humanos a los que sometían. Los mortales también tuvieron cabida en la narración. Ni un solo detalle fue omitido.
Habló de tragedia y dicha; de vida y de muerte, de guerra y de paz; de amor y de pérdidas. Su audiencia lloró, se enfureció y se regocijó en algún momento, sin excepción. Gabrielle los tenía en la palma de la mano.
Cada cierto tiempo, Xena se estremecía y farfullaba sobre su trono dorado. Si escuchaba o incluso comprendía sus palabras, era algo que la bardo no podía asegurar, pero estaba segura de que su guerrera aún luchaba con todas sus fuerzas para librarse del control de la bruja.
Aguanta, amor mío, pensó. Pase lo que pase, nunca te abandonaré.
Finalmente, mientras sufría un acceso de tos seca, la Baba Laiko habló.
—Ya es suficiente.
La bardo parpadeó, tratando de contener la tos con un trago del odre. La puerta de la tienda estaba abierta, y se dio cuenta de que ya había anochecido. El sol se había puesto y el primer reto había sido cumplido con éxito. Aun así, en lugar de expresar su júbilo, Gabrielle deseaba únicamente comer cualquier cosa que tuviera a mano y dormir durante los próximos mil años.
La Baba Yaga, por su parte, gruñó.
—Has superado la primera prueba, Reina-extranjera. Te felicito. Tu arte te ha dado la oportunidad de descansar hasta que el sol regrese de su viaje al otro lado del mundo.
Vivka y Rozena se levantaron y ayudaron a Gabrielle a incorporarse. Las piernas se le habían quedado dormidas y cosquilleaban de una forma bastante desagradable a medida que la sangre empezaba a circular de nuevo con normalidad.
A medida que avanzaba por el ger, los hombres y mujeres que la rodeaban extendieron sus manos para tocarla con reverencia.
Pasara lo que pasara en los dos próximos retos, Gabrielle ya era una leyenda sobre la que aquellas gentes hablarían a los hijos de los hijos de sus hijos.
Incluso los que no habían dado crédito a la profecía, y aquellos que desconfiaron de la mujer griega, sentían ahora una chispa de esperanza floreciendo en su corazón.
***
La mañana siguiente llegó con premura. Después de comer un cuenco de fresca leche licuada con bayas y avena, Gabrielle se vistió de nuevo con el atuendo de los tseromazha, dejó que Rozena se peleara con su pelo y regresó a la tienda real. Allí comprobó que le esperaba aún más público que en la jornada anterior.
E igual que entonces, Xena no llevaba puesta su máscara. Chebkya estaba de pie junto al trono, jugueteando con uno de los mechones de pelo de la guerrera y sonriendo irónicamente. Al ver aquello, Gabrielle se vio tentada de romperle la cara de un puñetazo.
—¿Seguro que quieres seguir adelante con esto? —le preguntó Chebkya en griego y enarcando las cejas. Recorrió con un dedo la mejilla de Xena y lo hincó con fuerza en su clavícula—. Yo te aconsejo que elijas una muerte rápida ahora que puedes. Esta vez no te será tan fácil ganar.
—¿Vas a hacerme perder el tiempo con sus asquerosos ladridos o podemos ir al grano? —dijo Gabrielle, con desprecio, a la Baba Yaga. La bruja alzó una mano y Chebkya soltó a Xena, lanzó un sonoro beso a la bardo y regresó a su lugar, detrás de la cortina.
Los aros del Árbol de la Vida que decoraba la corona de la Baba Semislav tintineaban a medida que ésta se balanceaba. Su tambor estaba pintado de rojo, al igual que sus manos y sus pies, y su cabeza estaba decorada con plumas de pájaro.
—¿Acudes en calidad de desafiante, preparada para arriesgarlo todo por segunda vez? —preguntó con pesadez y sin la más mínima expresión en el rostro.
—Estoy lista. —Gabrielle dejó escapar el aliento que contenían sus pulmones.
—Escucha entonces el segundo desafío… —Semislav tembló y sus ojos giraron en las órbitas. Soltó el tambor y señaló con sus dedos una zona apartada del ger—. Allí encontrarás dos cestas, y un gran montón de limaduras de hierro y semillas de amapola. Separa unas de otras, antes de que el sol se ponga, o quedarás derrotada.
Los presentes ahogaron un sollozo de horror. Gabrielle se mordió el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar, ante la imposibilidad de la empresa. No había forma humana de separar las oscuras semillas de una amapola de entre las igualmente oscuras limaduras de hierro en el plazo señalado. ¡Tenía la derrota asegurada!
Lo siento, Xena, pensó con el corazón apenado. Lo he intentado, amor mío. De verdad que lo he intentado.
Justo cuando los ojos de la bardo empezaban a anegarse de lágrimas, la puerta giró con violencia sobre sus goznes y un viento con aroma a trigo recién cosechado, fruta rebosante de jugo y sudor animal penetró en la estancia. Arremolinándose en el interior del ger, acarició la humedad del rostro de Gabrielle y rodeó el cuerpo de Semislav. Los ojos de la mujer recuperaron la vida y ésta sonrió con sensualidad. Ignorando el incesante ritmo de Yaga, sus dedos adoptaron otro que todo el mundo reconoció al instante: el lento e irresistible latido de un corazón humano.
—Aun así —susurró Semislav, acompañada por el viento—, en tu favor, podrás utilizar un objeto personal, sea cual sea. Elige sabiamente, y recuerda que todas las cosas, grandes y pequeñas, proceden de los huesos de la Madre Tierra.
El viento murió y la Baba Yaga golpeó con furia su tambor, recuperando el control sobre Semislav. Era consciente de que Tabiti, la de los Tres Rostros, estaba interfiriendo en todo aquello, y eso le hizo sentir tal ira que se volvió hacia atrás y escupió en el suelo. De todas formas, dudaba de que la muchacha griega tuviese éxito por mucha ayuda que recibiese de aquella maldita diosa. Incluso si, por algún tipo de milagro, Ga’brelle conseguía lo imposible… siempre quedará mañana. Y Tabiti no osará utilizar sus trucos contra mí. ¿Me oyes, Estúpida Amazona del Viento? Tócame y reduciré a cenizas hasta el último ser de esta tribu.
Mientras tanto, Gabrielle recapacitaba. También ella sospechaba que Tabiti estaba intentando ayudarla. ¿Qué había querido decir la diosa con “los huesos de la Madre Tierra? Además, el hecho de que le permitiera elegir un “objeto personal” no le pasaba desapercibido.
¿Todas las cosas, grandes y pequeñas? ¿Por qué tendrán los inmortales esa condenada manía de hablar como los sabios borrachos de Chin cuando se trata de darnos pistas indescifrables? ¡Espera! ¡Eso es!
Gabrielle indicó a Vivka que se le acercara.
—Mi mula, Rufus… ¿podrías traerme una cosa de mis alforjas? No sé adónde las llevaron aquellas niñas.
Vivka asintió.
—Tus alforjas están en mi tienda. ¿Qué debo buscar?
—Un paquete pequeño y duro envuelto en seda azul con un dragón pintado encima. No lo abras; simplemente tráelo aquí.
—¡Ahora mismo! —Vivka dio media vuelta y salió corriendo del ger.
Empezaron a alzarse voces, cada vez más fuertes a medida que los vecinos discutían más acaloradamente unos con otros, especulando sobre qué sería aquello que Vivka había ido a buscar. El bullicio ahogó incluso el golpeteo de la Baba, y Gabrielle se limitó a permanecer de pie con una sonrisa misteriosa en los labios.
—¡Una flauta mágica! —exclamó un muchacho de unos doce o trece años—. Yo vi una vez a un mago viajero que podía hacer bailar a las serpientes con su flauta de hueso. ¡A lo mejor la Reina-extranjera puede hacer bailar a las semillas!
—Cállate, Bachuto —dijo Rozena dando un tirón de orejas al chico—. ¡Si sigues diciendo estupideces como esa todo el mundo pensará que te caíste de la cuna cuando eras un bebé!
Una joven con atuendo de guerrera también añadió su opinión.
—¡Santa Madre, Bachuto! Eres tan tonto que me avergüenzo de conocerte. ¡Las únicas serpientes que he visto bailar en mi vida son las que salen de las bañeras de los hombres! Y todos sabemos lo que les pasa a las serpientes en invierno… con el agua fría.
Elevó sus dedos índice y pulgar, con ambas yemas a tan sólo un centímetro la una de la otra, y todo el mundo se echó a reír.
—Callaos los dos —les ordenó Rozena. Luego elevó la voz por encima de todos los demás sonidos—. ¡Y todos los demás también, deslenguados buenos para nada! ¡Deberíais estar rezando a los dioses para que Ga’brelle resulte victoriosa, y no actuando como si esto fuera el Festival de la Estupidez y tuvieseis en las manos jarras repletas de vino!
Vivka regresó con el envoltorio de seda asido fuertemente en su mano. Ignorando los gritos de aquellos cuya curiosidad era más fuerte que su sentido del decoro, fue directamente hacia Gabrielle.
—¿Es éste?
La bardo lo recogió sin perder por un momento la sonrisa.
—Sí —dijo suavemente, echando un vistazo completo al paquete—. Sí, esto servirá.
Sin una palabra más, Gabrielle fue hasta la zona rodeada de cortinas y desapareció en su interior seguida de gritos de ánimo y júbilo.
¿Qué se propondrá esa mocosa?, pensó Yaga, desconcertada ante el aire confiado que demostraba la bardo.
Oculta tras el panel, Chebkya frunció el ceño y acarició son seriedad y decisión la vaina de su cuchillo.
***
Tras la cortina, Gabrielle encontró las dos cestas de caña; entre ellas se alzaba una pila de semillas de amapola y limaduras de hierro. Eran como diez buenos puñados de cada cosa mezclados con furia y luego arrojados sobre una de las alfombras del suelo.
La bardo tomó asiento frente al montón y desató el paquete de seda, revelando en su interior una piedra pequeña y negra del tamaño de un puño de bebé. Un hueso de la Madre Tierra, pensó para sí.
Aquello era lo único que se había traído de Chin. Al llegar allí, por cortesía de Ares, había empleado el tiempo a la espera de Xena charlando con algunos miembros de la corte de Ming Tien. Uno de ellos era un anciano alquimista, que presumía de poder convertir el plomo en oro, entre otras cosas. Él le había mostrado las mágicas propiedades de aquella piedra, a la que la gente de Chin llamaba “mujer-de-la-roca-adoradora-del-hierro”.
De alguna forma, aquella pequeña piedra poseía la extraña habilidad de atraer al hierro. Clavos, pinchos, cualquier cosa de hierro o acero quedaba pegada a ella, y el alquimista le había contado que los mercaderes pagarían el doble de su peso en oro por piedras que podían unir en fila diez agujas de hierro. Al parecer, la gente de Chin las usaban en navegación, pero Gabrielle nunca había tenido la oportunidad de averiguar de qué forma.
Durante días, se entretuvo en pegar la piedra al peto, la espada y el chakram de Xena, fascinada de que nunca se soltara. Sin embargo, se cansó pronto de aquel juego y lo olvidó. Todo aquello le hizo recordar también otra cosa. La bardo no tenía ni idea de por qué había incluido aquel inútil —o lo que entonces consideró como inútil— objeto en su equipaje cuando salió en busca de Xena, pero ahora agradeció a los dioses tan afortunada coincidencia.
Espero que funcione, pensó Gabrielle. Balanceó la piedra sobre la pila y casi estalló de júbilo al ver que las limaduras saltaban literalmente cubriendo toda su superficie. A continuación las sacudió al interior de la cesta con sus dedos y enterró la piedra en el montón una vez más.
Tras varias horas, apenas sentía los hombros, el sudor caía goteándole por la nariz y tenía la vista nublada. Pero estaba haciendo grandes progresos, y siguió adelante hasta asegurarse de que no quedaba ni una sola limadura entre las semillas.
No le llevó más que unos minutos recoger estas últimas y arrojarlas en la otra cesta. Se entretuvo recolectando además las pocas que habían caído fuera de la alfombra, pero la tarea estuvo cumplida antes de darse cuenta.
Gabrielle se frotó el cuello, se levantó y se desperezó intentando deshacerse de un nudo que se le había formado en lo alto de la espalda. Después levantó las dos cestas, atravesó las cortinas y regresó junto al estrado.
Semislav exclamó.
—¡Ya es suficiente!
El sol empezaba, en ese preciso momento, a hundirse tras el horizonte.
Chebkya salió como una exhalación de detrás de su cortina y penetró donde hasta hace unos minutos permanecía la bardo. Cuando salió, sólo ver la expresión de su cara convenció a todos de que Gabrielle, contra todo pronóstico, había cumplido la tarea.
La Baba Yaga habló entonces con voz gutural.
—El Segundo desafío ha sido completado, Reina-extranjera. Nos veremos de nuevo mañana al alba, y te prometo que a mí no me vencerás tan fácilmente.
Gabrielle quedó rodeada al instante por una vivaracha multitud que la sacó en hombros de allí, sollozando, riendo y cantando a un tiempo.
Tras ella, Xena se estremeció en su Trono-De-Oro. Yaga la devolvió al sueño en un segundo.
Durante aquella larga noche, la bruja golpeó su tambor, devanándose los sesos, urdiendo la caída de la Reina. Chebkya, por su parte, se entregó a sus propios planes.
Ninguna de las dos podía esperar a que llegase el alba.
***
Rozena le alargó a Gabrielle una cuchara honda y un cuenco lleno de carne guisada.
—Come —le ordenó en griego—, debes tener fuerzas. —La regordeta mujer pellizcó a la bardo en el brazo y meneó la cabeza—. Eres muy delgada. Come, ¡come! ¿Qué dirá tu amada si te ve así?
—Déjala en paz —dijo Vivka en tseromazha—. A lo mejor a Xena le gusta que su mujer esté así.
—¡Bah! ¿A quién le gustaría compartir cama con un saco de huesos? —Rozena sacudió la cabeza otra vez y siguió hablando en griego—. Ga’brelle, tienes que comer, es preciso. ¡Muy rico! Lo he hecho especialmente para darte más poder. ¡Ahora come!
Para seguirle la corriente, la bardo se metió una cucharada de guiso en la boca. Estaba realmente bueno; especiado, jugoso… delicioso. Casi sin darse cuenta, vació por completo el cuenco y Rozena, tras mirar a Vivka con aire triunfal, le sirvió una segunda ración. Gabrielle devoró ésta también y luego dio buena cuenta de un buen pedazo de pan ácimo cubierto de queso.
Estaba sorprendida del hambre que podía llegar a tener. Por suerte, la preocupación no me quita el apetito. Entonces recordó cómo Xena solía hacerle rabiar dulcemente por eso mismo, y dejó a un lado lo que le quedaba de comida.
—Ga’brelle, ¿qué ocurre? —le preguntó Vivka. Iba ataviada con la versión tseromazha de una armadura: camisa estrecha cubierta con una cota de malla de pequeños anillos de acero, pantalones de fieltro gris y un grueso cinturón del que pendían su carcaj y una espada corta. Las otras guerreras habían sido puestas también en guardia. Si, por gracia de La Que Cabalga Sobre el Viento, aquella Reina griega derrotaba a la Baba Yaga, la tribu debía estar lista para cualquier eventualidad… incluyendo la violencia.
—No lo sé. —Gabrielle adoptó una mueca indescifrable—. Quiero decir… la he derrotado dos veces, por supuesto con ayuda de vuestra diosa. Sin ella, nunca hubiese llegado hasta aquí. Pero… eso se acabó. Es ahora o nunca. Matar o morir. Simplemente es que antes no parecía tan real. Temo fallaros.
Fallarle a Xena. ¡Dioses! ¡No permitáis que lo haga de nuevo!
—Lo estás haciendo bien —dijo Rozena propinándole un fuerte abrazo a la bardo—. ¿Cómo no, cuando el bien lucha contra el mal? Tu Xena da poder a tu corazón. Yo creo en ti, Ga’brelle. Y toda la tribu.
—Espero no defraudaros. —Gabrielle se levantó, apartó a un lado la piel de oveja y echó un vistazo fuera. El cielo estaba teñido de un gris ceniciento, y las estrellas empezaban a desaparecer en el cielo—. Muy bien. Vamos allá.
—Estamos contigo, Ga’brelle. Todos nosotros. —Vivka ciñó el brazo de la bardo con el suyo—. Pase lo que pase, sabemos que estás dando todo lo mejor. Pero también sé que no fallarás. Yo también creo en ti.
Gabrielle regaló a la guerrera tseromazha la más radiante y sincera de sus sonrisas.
—Espero que no te equivoques, por la cuenta que os trae. —Se reacomodó los adornos de su traje, al igual que los collares—. Vámonos.
Rozena escondió un cuchillo de carne bajo su túnica y agarró el cayado de la bardo amazona antes de reunirse con su amada y con Gabrielle.
Pasara lo que pasara, ella también estaría lista.
***
—Escucha ahora el tercer desafío…
Gabrielle estaba de pie ante el estrado, mirando fijamente a la Baba Yaga. Chebkya permanecía al lado de la anciana, con la espada desnuda de Xena en las manos. Los ojos grises de la Zarina parecían un abismo de odio; la bardo era consciente de que si fallaba, ella se encargaría de sesgar su vida.
Hazlo rápido, prometió silenciosamente Gabrielle, porque no tendrás una segunda oportunidad.
La Baba Yaga sonrió, dejando al descubierto los tres únicos dientes que le quedaban, amarillentos sobre la oscuridad de su garganta. Iba vestida por entero de fieltro negro, tanto la túnica como los pantalones, y cosidos a la tela colgaban multitud de huesos y cráneos de pájaro. El hollín ennegrecía la mitad superior de su rostro, bordeado de gruesas líneas ocres tanto por arriba como por abajo. Un tocado de alas de cuervo y garras de algún ave rapaz recogían su escasa y canosa cabellera.
La vieja bruja recorrió con la vista a la multitud, advirtiendo que muchos de los presentes portaban armas. Vosotros seréis los primeros en morir, juró para sí, tan pronto como me haya librado de esta mocosa impertinente.
—Un juego de enigmas —exclamó la Baba Yaga para todos los presentes con su estridente voz—. Por turnos, plantearemos un acertijo que la otra deberá resolver antes lo que tarda un corazón en latir cien veces. Si no eres capaz de contestar, el desafío habrá acabado.
—¿Y si eres tú quien no contesta?
—En ese caso, serás proclamada vencedora. Pero no confíes demasiado en que eso pase. —Yaga sonrió con malicia y comenzó a golpear su tambor con los dedos—. Has demostrado de sobra tu habilidad, ayudada por los avatares de Lada y de Mat Zyra Zemlia. Pero ahora te enfrentas a Nav, la bruja invernal de la muerte, cuya inteligencia es tan profunda como el inacabable océano. La muerte no puede ser vencida ni burlada. Es inevitable como las estrellas, despiadada como las montañas. ¡Encomienda tu alma a cuantos dioses conozcas, Reina de la Nada, porque hoy tus días tocan a su fin!
La tribu dejó escapar un gemido al unísono. En invierno, el pasatiempo favorito de niños y mayores eran los acertijos. Sabían que Yaga era la más hábil de la tribu, y que nunca había sido vencida. Era sólo cuestión de tiempo el que Ga’brelle perdiera. A lo largo de los muros, Vivka y las demás guerreras tocaron sus flechas y aflojaron sus espadas en las vainas mientras, entre la multitud, se elevaban plegarias a los cielos y las madres abrazaban con fuerza a sus hijos.
Gabrielle miró la pétrea cara de Xena y los recuerdos comenzaron a afluir desde las profundidades de su mente. Xena luchando con su espada y su chakram y sus ojos llenos de fiera determinación; Xena curando las heridas de un soldado caído, convirtiéndose así en la más compasiva de las curanderas; Xena sentada junto al fuego, recorriendo el filo de su espada con una piedra de afilar, escuchando los problemas de otra persona, olvidando los suyos.
Mi vida no era nada hasta que Xena me salvó, se dijo a sí misma. Y la suya carecía de sentido hasta que nos conocimos. Separadas, no somos nada. Pero juntas hemos cambiado el mundo y a nosotras mismas, mucho más de lo que nunca creímos posible. Hemos cometido errores —ambas—, pero siempre nos hemos perdonado. Me vi atraída por su oscuridad, y ella por mi luz. Ella es la noche, yo el día; ella es la llama y yo soy la tierra. Somos estrellas gemelas, girando eternamente, unidas por un amor inmortal.
Nunca te abandonaré.
Ni siquiera la muerte, amor mío, podrá separarnos. Siempre estaré contigo.
Gabrielle se recompuso y alzó altaneramente la cabeza. Con la mirada fija en los malignos e insondables ojos negros de Yaga, alzó la voz.
—Puesto que así lo quieres, que así sea. No te tengo miedo. Haz lo mejor que sepas, bruja. Estoy lista.
La Baba Yaga quedó momentáneamente muda ante las orgullosas palabras de la bardo, pero se recuperó enseguida. Lanzó una orden en tseromazha y seis personas subieron al estrado, cada una con un instrumento en las manos: una estructura de madera tallada cruzada de lado a lado con numerosas varillas de latón. Gabrielle advirtió que eran dos hombres y dos mujeres; completaban el grupo un varón de pelo largo de ademanes afeminados y una hembra cubierta de tatuajes y salvaje aspecto masculino.
Entonces, la bruja alzó de nuevo la voz.
—Es mi turno. “Caminando en vida, ni siquiera susurran; caminando en la muerte, murmuran y refunfuñan”. ¿Cuál es tu respuesta?
Tan pronto como expiraron sus palabras, los seis intrusos comenzaron a tocar. Gabrielle se dio cuenta de adoptaban un ritmo cuidadosamente sosegado, marcando el tiempo de que disponía la bardo para resolver el acertijo de la Baba.
De niña, en Poteidaia, había destacado por su talento en este tipo de juegos. Éste, en concreto, era un clásico, y le llevó tan sólo veintidós repiques recordar la respuesta.
—Las hojas de los árboles.
Ignorando la mueca de ira de Yaga, Gabrielle rescató de su memoria un acertijo que aprendió en la Academia de Atenas.
—Mi turno: “la criatura más extraña que puedes encontrar; dos ojos delante y muchos más detrás”.
Catorce repiques después, Yaga respondió.
—La respuesta es un pavo real. Tendrás que hacer algo mejor para vencerme, niña. Ahora: “¿qué cambia de forma aun siendo una esfera, que no siempre se ve, pero siempre se queda?”
Gabrielle también conocía éste. Era muy popular entre las amazonas griegas.
—La luna. Muy bien, escucha esto: “Lo tienes y compartirlo quieres; lo compartes y en seguida lo pierdes”.
La expresión de la Baba Yaga se tornó aún más furiosa y entonces, de repente, cacareó y rompió la cuenta atrás con un feroz golpe de tu tambor.
—Un secreto. ¡Ja! “Si lo nombras, lo rompes”.
—El silencio. —Gabrielle se rascó la nariz—. “Cuanto más grande es, menos se ve”.
—La oscuridad, que es lo único que contemplarán tus ojos cuando haya acabado contigo. —Yaga sacudió la cabeza, haciendo que los adornos de su cabeza se bambolearan tétricamente—. El siguiente: “Aunque pase frente al sol, jamás podrás ver mi sombra”.
La bardo estaba sudando; se enjugó los ojos y movió los labios, repitiendo para sí las palabras de la bruja. Cuarenta y seis repiques pasaron y Gabrielle aún no había dado con la respuesta. Su corazón le martilleaba el pecho desde dentro, amenazando con romperle las costillas, y miró a Xena, deseando que la hechizada guerrera pudiese proporcionarle la más leve pista. Su cerebro se lanzó a una actividad frenética, aunque no daba con la dirección correcta.
En ese momento, una brisa fresca se coló en el ger, silbando en su oído, y con un rápido giro mental encontró lo que andaba buscando.
—¡El viento! Es el viento.
Los ocupantes de la tienda no osaban casi ni respirar, ni moverse; permanecían en silencio, mortalmente serios, mirando alternativamente del estrado a la griega de-cabello-ígneo.
Gabrielle lanzó un suspiro, y recordó de pronto un diabólico acertijo con el que Xena la había entretenido una vez que estuvo en cama con fiebre. Con él consiguió hacerle olvidar el dolor de cabeza y los dolores, y Gabrielle sintió una sonrisa aflorar a sus labios.
—”Soy el negro hijo de un padre blanco, y vuelo sobre las nubes —dijo mirando de nuevo a Yaga—. Atraigo lágrimas de dolor a quienes me conocen, aunque no haya razón para apenarse, y desaparezco nada más nacer”.
Las manos de la Baba Yaga se crisparon sobre la piel de su tambor mientras pensaba furiosamente. A medida que los músicos tocaban y la cuenta iba aumentando, los miembros de la tribu empezaron a murmurar y sus cuerpos a tensarse. Chebkya contemplaba la escena, acariciando con cuidado la vaina de su espada.
Finalmente, cuando ya iban setenta y dos repiques, Yaga exclamó triunfante.
—¡La respuesta es el humo!
Gabrielle ni siquiera la oyó, puesto que acababa de darse cuenta de algo. A medida que la cuenta crecía, la cadencia impuesta a Laiko y a Semislav iba cambiando, tornándose más rítmica, más musical. Era como si estuviesen luchando contra la Baba Yaga, y el sonido de los otros instrumentos debilitara su poder sobre ellas. Tan pronto como la bruja respondió correctamente, ese leve atisbo de autosuficiencia se extinguió, y las dos chamanes retornaron a su trance de obediencia.
Si fuese capaz de captar la atención de Yaga por completo, su hechizo sobre Laiko y Semislav quedaría roto. Dioses, ¡aún tengo una oportunidad! Si quedasen libres, la única de la que tendría que ocuparme sería Chebkya. Lo cual no es poco.
Desde la multitud, su mirada se cruzó con la de Rozena, que elevó en el aire su cayado y asintió de forma apenas perceptible.
Bien. Llegado el momento, al menos contaré con un arma entre mis manos.
Yaga se carcajeó.
—Te crees muy lista, ¿eh? ¿Crees que puedes vencer a la pobre vieja Baba Yaga? Te lo repito, insignificante mocosa, te enfrentas a la muerte, y cada vez te acecha más de cerca.
—No me hagas perder el tiempo con amenazas —dijo Gabrielle con altanería—. ¿O es que ya te has quedado sin acertijos? En ese caso, la victoria es mía.
—¡No tan deprisa! Contéstame a esto: “Nací sin padre ni madre en este mundo, y sin piel. Di un rugido al entrar, y ya jamás hablé”.
Los ojos de Gabrielle se entrecerraron.
—No sabía que estuvieses al tanto del humor que se gasta en las tabernas —dijo—, pero la respuesta es… una ventosidad.
Joxer le había contado ese a la sacerdotisa de Hestia, Leah, y ella le había abofeteado por ser tan obsceno enfrente de sus vírgenes.
Yaga sonrió.
—También podría ser un trueno. ¿Quién es la vulgar ahora?
La bardo se sonrojó, furiosa ante aquella burla.
—Aun así, he acertado, ¿verdad?
—Oh, por supuesto. —La bruja frotó uno de sus asquerosos pies contra el otro, sin dejar de aporrear su tambor—. ¿Cuándo admitirás que tu arte no puede equipararse al mío?
—Jamás. —Gabrielle se cuadró firmemente, intentando que sus músculos dejaran de temblar.
—Entonces pregunta de nuevo, insignificante mujer. El día aún es joven.
Gabrielle abrió la boca, pero la volvió a cerrar. Tenía la mente totalmente en blanco. Por mucho que lo intentaba, no podía dar ni con el más simple de los acertijos, y mucho menos con uno que Yaga fuese incapaz de resolver.
¡Maldita seas, mujer! ¡No puedes rendirte ahora!
Justo cuando el pánico empezaba a apoderarse de ella, la puerta del ger se abrió tan violentamente que cada pluma y cada cabello sucumbió ante su ímpetu. Una ráfaga de viento se abrió paso hasta el interior, trayendo consigo hojas secas y briznas de hierba que se estamparon contra los rostros de la gente con la fuerza de un puño, arrancando las lámparas apagadas de sus ganchos y haciéndolas añicos contra el suelo.
El viento olía a lluvia y a ozono, a relámpagos y muerte, al tipo de tormentas eléctricas que las tribus de la desnuda estepa más temían. Los niños gimieron y hombres y mujeres apretaron los ojos y se abrazaron unos a otros. Vivka y sus guerreras se agarraron a cualquier cosa que tuvieran a mano para evitar caer al suelo. Sólo las enmudecidas Babas del estrado, junto a Chebkya y los músicos, parecían impávidos. En el exterior del ger, el sol había desaparecido tras las negras nubes, que avanzaban hacia ellos de forma amenazante.
Gabrielle dio un paso hacia el estrado con la intención de proteger a la indefensa guerrera de la inminente tormenta. Sin embargo, antes de poder poner un pie en él, el viento cayó sobre ella con la furia de un huracán.
Perdida en la indómita tempestad, cegada y ensordecida, Gabrielle sintió una presencia. Con los ojos de su mente, vio a una mujer que caminaba hacia ella. Alta, delgada, de piel cobriza, hermosa hasta más allá de lo humanamente posible. Ataviada con una túnica de fieltro color marfil profusamente decorada hasta las rodillas, y unas botas de punta redondeada, sus adornos brillaban como si fuesen estrellas. Su pelo, largo hasta los tobillos, era negro; sólo unos mechones de azul, brillante como un rayo, enmarcaban sus infinitos ojos oscuros.
Hay algo extraño en ella, pensó Gabrielle, sobrecogida y sin aliento, aunque curiosamente no sentía miedo. A pesar de parecer una mujer madura, lo bastante como para tener hijos, dos rostros fantasmales se superponían al suyo: el de una chiquilla risueña y el de una anciana, surcado de arrugas.
Aunque sin palabras, Gabrielle recibió un mensaje de aquella mujer nacida del viento. La pesadumbre de su corazón desapareció, reemplazado por la dicha. Una promesa inesperada, una aliada cuyo propósito era similar al suyo.
La mujer le alargó un cuenco lleno de líquido oscuro y de olor almizclado. Gabrielle no se inmutó; rodeó el cuenco con ambas manos y bebió con avidez, desatando en su boca el sabor agrio e intenso de los hongos. Tintes de sal y tierra permanecieron en su lengua aun después de que las lágrimas de la sagrada madre se asentaran en su estómago.
Un fuego nació en la base de la columna de Gabrielle, esparciendo su calor, recorriendo en oleadas de fuerza sus miembros y rejuveneciendo su sangre. A lo lejos, vio pájaros posados en las infinitas ramas del Árbol de la Vida; bajo él, ciervos y otros animales pastaban entre sus milenarias raíces. La visión se desvaneció, como en un sueño, y todo empezó a girar. Más allá, una poderosa águila desplegó sus alas en el cielo, rozando con sus plumas las titilantes estrellas y extendiéndose hasta el infinito.
Con un profundo suspiro, la bardo de dejó llevar, abrió su mente y permitió que ella se uniese con su cuerpo y se fundiese con su alma.
Juntas, Gabrielle y Tabiti, La de los Tres Rostros, se enfrentaron al mal que era la Baba Yaga… y el ciclón rugió con furia, clamando su presa.
***
Aquello fue lo que vio la gente, mientras las nubes de arremolinaban formando un vórtice justo en medio del techo del ger.
Gabrielle, con el cuerpo sostenido y acariciado por el torrente de viento, elevó las manos. En el centro de sus palmas, un feroz símbolo se dibujó como a fuego. Después, su voz surgió, exudando poder.
—¡El acertijo final, bruja! Responde si puedes: “¿Qué arde sin fuego, se consume sin arder, es más necesario que la comida o el vino cuando se extingue; es agonía y éxtasis al mismo tiempo; puede ser asesinado, pero no puede morir?”
La Baba Yaga gritó en tseromazha.
—¡Les mataré a todos, maldita diosa! ¡Esclavizaré sus preciosas almas, y tú no podrás impedírmelo!
La bardo exclamó en la misma lengua y con la fuerza del trueno.
—¡Tú aceptaste el desafío! ¡Ya tienes tu acertijo, bruja! ¡Responde o habrás perdido! Pronunciaste las palabras secretas, estás atada a ellas con lazos de acero… ¡ni siquiera tus demonios abassylar pueden ayudarte!
Los tañidos de latón seguían contando… veintiuno, veintidós, veintitrés…
Contra la tormenta, Yaga elevó un grito de furia sin dejar de golpear su tambor. Laiko y Semislav gimieron, con los ojos en blanco, presas de violentos espasmos. Sin embargo, cada nuevo tañido parecía devolverles pequeños rastros de conciencia, y sus melodías cambiaron, dominando poco a poco el caos imperado por la bruja. Yaga intentaba a toda costa reunir sus oscuros poderes, a los demonios abassylar del mal y el rencor, pero no le contestaron, temerosos del poder de la diosa. Su fuerza estaba sucumbiendo bajo el de las otras dos Babas, que habían escapado a su yugo y se habían unido para destruirla.
El ritmo de los tambores repercutía en su propia sangre, le nublaba la mente, hacía doler sus músculos y sus huesos. El renacimiento se había desatado, los ciclos estaban cambiando, la muerte estaba pereciendo bajo la fuerza de la vida, y todos los esfuerzos de Yaga por evitarlo resultaban inútiles.
Setenta y siete, setenta y ocho, setenta y nueve…
Desesperada al no encontrar la respuesta, la Baba Yaga gritó a Chebkya.
—¡Mata a esa zorra griega! ¡Usa la espada! ¡Acaba con Xena ahora mismo!
Gabrielle gritó, y su grito reverberó en el viento. No podía moverse; tenía los pies enraizados en la tierra. A través de sus labios, la diosa lanzó un encantamiento gutural en tseromazha, materializando unas flechas de plata que se lanzaron contra la Zarina. Pero la Baba Yaga se hirió el dedo pulgar con uno de los huesos de pájaro que decoraban su cabeza y arrojó su sangre sobre la cara de Chebkya, protegiéndola temporalmente. Mientras Gabrielle luchaba por hacer que sus miembros le respondieran, la bruja impelió a su campeona a pasar a la acción.
Chebkya avanzó hacia el Trono-de-Oro, con la espada de Xena empuñada firmemente.
—¡Contempla cómo muere tu amada! —le gritó a la bardo—. ¡Contempla cómo bebo su sangre!
La espada describió un arco mortal, reflejando en su hoja los relámpagos que atravesaban el interior del techo del ger.
En silencio, desde la cárcel en que se había convertido su propia mente, Gabrielle gritó.
Los tañidos restallaron: ¡cien!
Y la espada quedó paralizada en mitad de la estocada.
Los ojos grisáceos de Chebkya se desorbitaron, y de su garganta surgió una plegaria incomprensible.
Xena se levantó lentamente del trono, con la hoja de su propia arma encerrada en el puño. Chebkya retrocedió, murmurando obscenidades, con la consternación pintada en el rostro. Sin soltar la empuñadura, miró salvajemente a la Baba Yaga, después a Gabrielle, y otra vez a la ceñuda guerrera.
—Creo que esto es mío —rugió Xena, arrancando el arma de la mano de la Zarina. Sorprendentemente, la suya no lucía el más leve rasguño.
—Deb… deberías estar muerta. —Chebkya trastabilló, retrocediendo unos cuantos pasos más—. La bruja tenía tu alma encerrada en el Inframundo.
Xena sonrió con una expresión tan fría que convirtió sus ojos en hielo.
—Ya no. Además, la gente tiende a darme por muerta demasiado pronto.
La Zarina se giró hacia Yaga.
—¡Haz algo! —le ordenó presa de la histeria—. ¡Haz algo, maldita seas! ¡Esto no va bien y debes detenerlo!
La frustración hizo que la Baba Yaga golpeara su tambor con tanta fuerza que el cuero que lo cubría se rajó por la mitad. Temblando de ira, se llevó una mano a la cabeza, extrajo de entre sus cabellos una afilada espina de hierro y la lanzó contra Xena, que la esquivó con facilidad.
—¡Yaga! —exclamó Gabrielle/Tabiti levantando el puño sobre su cabeza. Una brillante luz azul empezó a reunirse sobre él, una bola de brillo abrasador que se intensificaba a cada golpe de los tambores de Laiko y Semislav—. ¿Qué arde sin fuego, se consume sin arder, es más necesario que la comida o el vino cuando se extingue; es agonía y éxtasis al mismo tiempo; puede ser asesinado, pero no puede morir? —Enmudeció, y la Baba Yaga respondió con un movimiento de cabeza.
—La respuesta —pronunciaron la diosa y la bardo, hablando como un mismo ser—, es el amor.
Xena miró a Gabrielle, parpadeó un momento, y frunció el ceño.
—Por todos los…
En ese momento, los nervios de Chebkya estallaron. Farfullando incoherencias, sacó una daga de entre los pliegues de su camisa y se lanzó contra Xena.
Una flecha cercenó el aire, clavándosele en mitad del pecho. Chebkya elevó la vista, confundida.
Vivka bajó su arco. Sus facciones parecían aún más duras y recortadas por el destello azul que surgía del puño de Gabrielle.
La expresión de la Zarina se endureció. Dio un paso más hacia Xena, pero el impacto de otra media docena de flechas la detuvieron. La sangre borboteó entre sus labios y le chorreó hasta la barbilla. Dejó caer la daga, y cerró su mano sobre las astas. Desde su posición junto a las paredes del ger, las guerreras de la tribu contemplaron a su falsa reina caer de bruces y convulsionarse antes de quedar mortalmente quieta, con una mancha carmesí brotando de debajo de su cuerpo y cayendo después en espesos chorreones desde lo alto del estrado.
Ni un ápice de pena se reflejaba en sus ojos, ni una sola lágrima fue derramada por ella, y tan sólo sintieron la satisfacción de haber hecho justicia.
—La respuesta es el amor —repitió Gabrielle/Tabiti—. Has perdido, bruja. Ahora, paga el precio.
Con los ojos rebosantes de odio, la Baba Yaga abrió la boca para maldecir a aquellos que habían frustrado sus ambiciones, destruido sus sueños de dominación.
Con un bramido siseante y agudo, la bola de luz salió despedida desde el puño de Gabrielle y atravesó a la bruja. Y por un solo segundo, quedó iluminada con tal intensidad que sus huesos brillaron como si fueran de fuego.
Entonces, con un estruendo, la Baba Yaga estalló convertida en teas y ceniza, que revolotearon y bailaron en el aire antes de convertirse en blanquecinas motas…
… y desaparecer al fin.
El viento murió dando paso a una refrescante brisa; el neblinoso vórtice se disipó, dispersándose en forma de humo. El silencio cayó sobre todos los presentes, que se miraron sorprendidos y tocaron a quien tenían más cerca, a sus hijos y a sí mismos para asegurarse de que no estaban soñando, de que todo aquello era real y de que por fin eran libres.
Xena contempló el cadáver de Chebkya, su rostro permanecía contraído en una mueca de horror. Se arrodilló y cerró los ojos de la Zarina, mirando a continuación a Gabrielle.
La bardo seguía bajo la influencia de la Amazona del Viento. Ante su mirada, la diosa abandonó caminando el cuerpo de Gabrielle, manifestándose tal y como había aparecido en el trance de la joven. En el momento que Tabiti quedó erguida en la tienda, Gabrielle gimió y su cuerpo perdió hasta el más mínimo atisbo de fuerzas.
Xena, por su parte, apretó los labios, se incorporó y saltó del estrado, agarrándola con fuerza del brazo para sostenerla.
—Todo esto ha sido cosa tuya, ¿verdad? —preguntó a la diosa—. Fuiste tú quien sugirió a Chebkya que me enviara ese mensaje. Tú quien se aseguró de que viniera. Tú quien decidió utilizarme como a un cordero en un sacrificio, para liberar a la Zarina de su compromiso con los Zhytia.
Tabiti asintió.
—Sólo quiero saber una cosa más. —Xena hizo girar su espada y apuntó el final de la hoja justo bajo la barbilla de la diosa. Ignoró a las guerreras nómadas, que ahogaron una exclamación, y cargaron y tensaron las cuerdas de sus arcos al tiempo que los asistentes balanceaban sus armas—. ¿Por qué yo?
Tabiti, la de los Tres Rostros, elevó una mano, y todo el mundo cedió sus posiciones. Sus infinitos ojos oscuros relampaguearon, de buen humor.
—Porque tú eres el alma gemela de esta reina, cuya alma brilla más que las estrellas —respondió, señalando a la semiinconsciente Gabrielle—. Yo soy la madre de mis hijos, pero como toda buena madre, no puedo protegerles de los peligros del mundo. Deben tomar sus propias decisiones y cometer sus propios errores, o crecerían débiles y dependientes.
—Esa es una respuesta un tanto vaga a mi pregunta —añadió Xena—. ¡No me gusta que los inmortales me involucren en sus estúpidos juegos! ¡Y aún menos que la vida de aquella a la que amo sea puesta en peligro!
—Mi gente necesitaba una campeona, una que no tuviese lazos aquí. Ga’brelle fue la elección perfecta. Su amor hacia ti le dio la fuerza y el valor para derrotar a la Baba Yaga y echar por tierra su malvado plan. Sin embargo, es cierto que de haber fallado, antes o durante el desafío, ambas hubieseis muerto. Pero también mis amados hijos. Y yo tenía plena confianza en que esta reina de alma brillante saldría victoriosa… con un poco de ayuda.
Xena contempló a la diosa tensando y destensando la mandíbula alternativamente. La expectación reinaba en el ger y los tseromazha dudaban entre defender a su diosa u ovacionar a su campeona.
Por fin, Xena depuso la espada y frunció el ceño.
—De acuerdo… pero que sea la última vez. —Dejó la espada apoyada contra el estrado y levantó a Gabrielle en sus brazos—. Para otra ocasión, limítate a pedir ayuda. Todas estas sorpresas van a hacer que me salgan canas.
La bardo, en ese momento, lanzó un leve murmullo.
—Shhh… Estoy aquí, mi amor. Te pondrás bien. —La fiera expresión de su rostro quedó sustituida por otra, tan repleta de amor que muchas de la mujeres tseromazha suspiraron al verla.
Tabiti sonrió. Elevando las manos, hizo nacer una agradable brisa perfumada de flores recién nacidas y lloviznas primaverales, humo dulce y especias, caballos, cuero y el aroma de la alta hierba. Echando un último vistazo a su pueblo y a su campeona, la diosa avanzó un par de pasos y desapareció.
—La respuesta es el amor. —Su voz recorrió suavemente toda la tienda bajo la forma de un susurro llevado por el viento.
Entre sus fuertes brazos, Gabrielle pegó su oído al pecho de Xena y escuchó los latidos de su corazón, que en un momento dado la transportaron a los parajes del sueño con su reconfortante ritmo.
Xena abrazó a Gabrielle con fuerza, prometiendo que nunca jamás volvería a dejarla marchar.
—El amor siempre es la respuesta —dijo a la durmiente bardo, besándole la frente.
A su alrededor, todos se regocijaron.
***
—Estos tseromazha saben cómo montar una buena fiesta —diría Xena mucho después, estirada sobre un montón de almohadones con un cuerno lleno de vino en la mano.
Acomodada contra su cuerpo, Gabrielle asintió.
—Ya casi no me duele la cabeza. Dioses, ¡recuérdame que no vuelva a acercarme a ese jugo de hongos! Es mucho peor que el pan de nueces aderezado con beleño.
El ger real había sido adecentado para la celebración de por la tarde. Las partidas de cazadoras habían salido trayendo consigo varios verracos que fueron asados sobre unas enormes hogueras al aire libre, así como patos salvajes que habitaban entre la hierba, en los límites de sus tierras. Tras desplumarlos, habían servido como base para un estofado macerado con fruta seca y semillas de trigo, envuelto en hojas y enterrado en una gran olla, y para acompañarlo, pedazos de corzo y cestas enteras de suave pan ácimo, huevos de ganso y bayas silvestres.
Cada hombre y mujer trajo además sus propias recetas, tales como guiso de cordero, queso hervido de oveja, pastel de guisantes, todo un surtido de yogures y grandes cuencos de un plato típico de la zona: sangre fresca de caballo mezclada con leche, que constituía la comida característica durante los tiempos de guerra.
Gabrielle se había estremecido al ver cómo los niños enterraban sus dedos en aquella desagradable sustancia para llevárselos después sin ningún remilgo a la boca, con expresiones de deleite. Xena se rió al ver su cara; ella lo había probado cuando estuvo junto a una tribu nórdica en Chin, varios inviernos antes. Costaba acostumbrarse al sabor, pero no estaba mal del todo.
Aparte de vino, los tseromazha habían dispuesto odres de piel de cabra llenos de la bebida especial de su tribu: el llamado t’koumis se subía a la cabeza con rapidez, a pesar de estar hecho en su mayor parte a base de leche de yegua fermentada. A Xena le bastó un solo trago para decantarse por el vino. No quería emborracharse tan pronto, y aquél era el tipo de bebida que puede llevarte al Olimpo en un momento, y hacerte desear estar muerto a la mañana siguiente.
Fuera habían levantado una enorme pira. Las guerreras más jóvenes la rodeaban bailando, golpeando el suelo con los pies al compás de los tambores, las matracas y unas pequeñas arpas. Las más osadas saltaban por encima, elevándose y apuntando al cielo con sus jabalinas.
Cómodamente instalada junto a Xena, Gabrielle contemplaba a Laiko y a Semislav mientras hablaban con una mujer anciana que se sonrojaba de vez en cuando, presa de la felicidad. Se trataba de la profeta Arkhipa, devuelta al campamento por delegación de los Zhytia, que la habían encontrado vagando por las planicies entre su territorio y el de los tseromazha.
Los presagios y las señales enviadas por la Amazona del Viento indicaban que Arkhipa había sido elegida como nuevo avatar de Nav, sustituyendo a la difunta Yaga, a quien nadie lloró ni extrañó. La mujer aún estaba intentando habituarse al cambio, puesto que había pasado de ser una loca a una respetada chamán, aunque algo decía a Gabrielle que la Baba Arkhipa desempeñaría su cargo a la perfección.
Los delegados Zhytia, o lo que es lo mismo, el padre, la madre y demás parientes de la muchacha violada, habían sido recibidos a las puertas del campamento tseromazha por la nueva Zarina. Obviamente para todos, excepto para Xena y Gabrielle, Vivka había asumido el liderazgo de su pueblo en una sencilla ceremonia que había deshecho a su amada Rozena en un torrente de lágrimas de orgullo.
—No me gusta esto de subir al trono tras la muerte de mi prima —había dicho Vivka a la bardo con una renuente sonrisa—, pero llevo mucho tiempo intentando escapar de esta responsabilidad, y parece que la Sagrada Tabiti ya se ha cansado de mis negativas. Ahora que soy Zarina, me gustaría que las dos hablásemos de estrechar los lazos que unen a la gente de las llanuras con las amazonas griegas.
—A mí también —había respondido Gabrielle sin dudarlo—. Intenté averiguar el motivo por el que los tseromazha se escindieron de ellas hace tanto tiempo, pero ni siquiera los más ancianos supieron decírmelo.
—Tuvo que ver con el estatus de los hombres —le explicó Vivka—. Nosotras creemos que mujeres y hombres pueden vivir juntos en armonía, mientras que las griegas los rechazan. Preferimos irnos y encontrar un nuevo hogar a desatar una guerra entre hermanas. Aquí, cada quien es lo que es, y nadie les juzga por ello, mientras no hagan daño a nadie.
—Parece cosa de los Campos Elíseos.
La bardo había enumerado varios incidentes entre las amazonas, en los que las guerreras habían querido tomar amantes varones y habían sido castigadas por ello. Ephiny, su regente, había sufrido mucho en nombre de su compañero centauro. Xena y ella también habían tenido problemas, ya que algunas parecían empeñadas en hacerles romper su unión. A esto solía seguir alguna nariz rota o alguna mandíbula dolorida, aunque ninguna de las dos disfrutaba con situaciones como aquellas.
Vivka se encogió de hombros.
—Os comprendo muy bien. Nuestro sistema funciona porque nosotros lo hacemos funcionar. Cada tribu cuenta con sus propias mudacks deslenguadas, pero nuestras leyes y costumbres mantienen los males bajo mínimos. Bien, negociaremos las condiciones más tarde. Ahora será mejor que vaya a ver a Rozena antes de que se hinche tanto que no quepa en la tienda. ¡Por como está actuando, cualquiera diría que fue ella y no Tabiti quien ideó todo este asunto!
Ya en el momento actual, Gabrielle sonrió al recordar aquella ocurrencia, recogió el cuerno de vino de manos de Xena y le dio un gran trago.
—¿Te he dicho últimamente lo mucho que te quiero?
Xena respiró hondo y sonrió.
—No en los últimos dos segundos. ¿Y te he dicho yo que la próxima vez que arriesgues tu pellejo metiéndote en territorio hostil a lomos de una mula y en una situación de la que no tienes ni idea, te zurraré hasta que no puedas sentarte en una semana?
—Promesas, promesas —susurró la bardo.
—Lo digo en serio, Gabrielle. Podrías haber muerto.
Gabrielle se incorporó, repentinamente seria.
—Conocía los riesgos. Pero tú me prometiste que nunca me abandonarías. Yo nunca te hice la misma promesa, no con palabras, pero mi corazón sí. Xena, no quiero vivir sin ti. Habríamos muerto, sí, pero lo habríamos hecho juntas.
—Y no quiero que tú mueras —afirmó tajantemente Xena—. Dime que nunca volverás a hacer algo así.
—No. No puedo.
—Corremos tremendos peligros constantemente. Ya tengo bastante con preocuparme de que no resultes herida. Sé que puedes defenderte sola —añadió la guerrera al detectar una muda advertencia en los relampagueantes ojos de la bardo—, pero también necesito saber que no harás ninguna estupidez si… bueno, si se me acaba la suerte.
—Es nuestra suerte —dijo Gabrielle con firmeza—. Está bien, de acuerdo. Tú me prometiste una vez que si algo me ocurriese, no volverías a tu antiguo carácter y a tratar de despoblar el mundo. Honestamente te dijo que no querría seguir viviendo si tú murieses, pero juro que no buscaré la muerte a propósito. Lo que no puedo jurar es que no intentaré salvarte, Xena. Te quiero demasiado como para sentarme a mirar cómo te sacrificas sin hacer lo que pueda para evitarlo.
—Dioses, eres una cabezota.
—Esa es sólo una de las razones por las que me quieres.
—¿Ah, sí? —Xena sonrió plácidamente y atrajo otra vez a la bardo contra su cuerpo—. Mmmmm… ¿y cuánto te quiero? Deja que cuente…
—¡Xena! ¡Xena! ¡Estate quieta! No estamos solas y…
—Oh, vamos, ¡si nadie nos presta atención! De otro modo, empezaría a cobrar por el espectáculo.
—¡Xena!
—¿Ves? Ya me has hecho perder la cuenta. Ahora tender que empezar de nuevo. Y por cierto, siento de verdad que esos tatuajes que llevas en la cara no sean permanentes. Son bastante…
—¿Bárbaros?
—Iba a decir excitantes. Me pregunto si no te habrás hecho más en otros lugares… Mmmm… será mejor que eche un vistazo… aquí… y por aquí…
—Oh, Xena…
Y las estrellas giraron según su curso habitual, y las estaciones se sucedieron tal y como debían. El ciclo de la vida y de la muerte, del día y la noche, de la luz y la oscuridad por fin estaba en equilibrio. La respuesta fue el amor, y aquella hermosa palabra fue comunicada por el viento, susurrada por las brillantes cintas de oro en la hierba, y tuvo su eco en cada corazón.
Aquella noche, las gentes de la estepa rieron, comieron, cantaron y bailaron, felices de que todo fuese bien para el mundo, para cierta bardo y para su amada guerrera, una vez más.
FIN
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