XWP Gen » Cabello de oro y los tres Ursas

Esta historia ha sido traducida por Eidel, previa petición y concesión de permiso para ello por parte de su autora, Nene Adams. Cualquier comentario, bueno o no tan bueno, así como preguntas, etc., será bien recibido y, por supuesto, contestado.

:: CABELLO DE ORO Y LOS TRES URSAS ::

©1998 Todos los derechos reservados.
Por Nene Adams

Habla la narradora:

Una vez, hace tanto tiempo que ya es imposible contar las estaciones pasadas, como imposible es contar las estrellas del cielo, Xena, Defensora de la Justicia, y su compañera Gabrielle, Reina de las Amazonas, descansaban una noche junto a una resplandeciente hoguera.

—Xena —dijo Gabrielle, cuyo portentoso apetito apenas si se había aliviado tras devorar una buena porción de conejo asado, raíces y bayas silvestres—. Cuéntame, si no te importa, una historia de cuando eras joven, de cuando eras un temible señor de la guerra.

Por que la verdad era que la bardo nunca se cansaba de escuchar las increíbles historias de su normalmente taciturna amiga.

—Creo que ya te las he contado todas —respondió Xena con una sonrisa.

—Y yo no me creo que no quede ni una de tus aventuras por contar —la retó Gabrielle, devolviéndole el gesto—. Te lo suplico, sólo una antes de irnos a dormir.

—Está bien.

Xena se rindió ante la encantadora expresión y el ruego de la bardo, porque en realidad no cabía la menor duda de que su amiga y amada tenía el corazón de la guerrera en sus manos. Xena no podía negarle nada.

Y así comenzó un curioso cuento sobre un señor de la guerra llamado Xena... y tres temibles ladrones...

***

Fue en mis primeros años como señor de la guerra; casi ni podía llamárseme tal cosa, puesto que tampoco puede llamarse "ejército" a lo que entonces lideraba. Un puñado de campesinos y pastores, venidos a menos y poco entrenados; hasta aquel momento, nuestras victorias se debían tanto a nuestros méritos como a la suerte.

Por ello, decidí que lo que necesitaba de verdad era contratar a mercenarios. Espadachines profesionales cuyo respeto me pudiese ganar, y utilizar en mi propio beneficio. Primero compraría su lealtad, y luego me la ganaría. Pero el problema era el dinero; no tenía suficiente, y todo el mundo sabe que un ejército se mueve al oír el rugido de su estómago... pero que un mercenario sólo se mueve al oír el tintineo de un buen puñado de dinares. Entonces fue cuando pensé en los Ursa.

Ursa Mayor, su mujer Ursa Menor, y su hija, Úrsula, eran los tres mejores ladrones de Grecia. Y sí, soy consciente de que Autolycus se llama a sí mismo el Rey de los Ladrones... pero créeme cuando te digo que él es un niño de teta comparado con estos. Se habían apoderado de un rubí del templo de Afrodita llamado "El Corazón del Dragón". Grande como un puño, según los rumores, y de un valor incalculable. Incluso más que su peso en oro. Así que decidí robarles la gema a los Ursa y utilizarla para financiar mi nuevo ejército.

No podía enfrentarme a ellos directamente; contaban con su propia banda de guardias, que cuidaban de ellos y de sus pertenencias con igual celo. Tendría que utilizar la cautela y la astucia en lugar de la fuerza bruta.

Dejé a mis hombres acampados a unas millas de distancia y me encaminé a su guarida, oculta en el interior de una gran cueva. Como medida de precaución, me disfracé; lucía una peluca rubia y un vestido, y me hice llamar Cromachrysos, que en latín significa "cabello dorado". No es muy original, lo admito, pero la imaginación de un bardo no se cuenta entre mis habilidades. Encontrar la cueva no fue difícil. Un guardia muy amable me dejó entrar, y me gané un puesto como ayudante de cocina.

(—¿Tú? ¿Cocinando? —dijo Gabrielle entre risas.)

¿Quieres que te cuente la historia o no? En fin… esperé unos días antes de ponerme en marcha. Los Ursa siempre tomaban gachas a la hora de comer; probablemente porque se atracaban como cerdos en el desayuno y en la cena. Eran enormes, Gabrielle. Incluso Úrsula levantaba seis pies del suelo y abultaba como... bueno, digamos que era una chica de aspecto realmente saludable. De constitución robusta. Fornida. Y aun así hermosa… em… si te gustan de ese tipo.

Dejé inconsciente al jefe de cocina y luego puse a hervir las gachas hasta que prácticamente desbordaron las ollas. Las serví, y me senté a esperar.

No hace falta decir que los Ursa se dieron cuenta de que su comida estaba demasiado caliente para poderla comer, así que aceptaron mi sugerencia de ir a dar un paseo por el bosque hasta que se enfriara un poco.

Lo registré todo; revolví aquel lugar de arriba abajo, pero no encontré ni rastro de la gema. El esfuerzo me dio hambre, así que probé las gachas de Ursa Mayor, pero aún quemaban. Las de Ursa Menor estaban frías. Pero las de Úrsula estaban en su punto, así que antes de darme cuenta, no quedaba nada en el plato.

Ya con el estómago lleno, retomé la búsqueda. El último lugar al que me dirigí fueron los dormitorios. La cama de Ursa Mayor era dura como una roca, y no encontré nada por allí. La de Ursa Menor era demasiado blanda, tanto que llegué a pensar que me ahogaría bajo las plumas, pero allí tampoco encontré "El Corazón del Dragón". Por último, miré en la cama de Úrsula. Sí. Lo has adivinado. Un colchón firme y cómodo, perfecto para descansar. Y un enorme rubí.

(Gabrielle fue hasta el otro lado de la hoguera y se recostó sobre el brazo de Xena. Con los ojos como platos, esperó pacientemente a escuchar el final de aquella fascinante historia.)

Por desgracia, no había previsto que los Ursa dieran por concluido su paseo tan pronto. Les oí entrar en la cueva, sin tiempo de encontrar un lugar en el que esconderme. Así que me metí bajo las sábanas de la cama de Úrsula, entre una enorme cantidad de almohadones, con lo que supuse que un bulto más pasaría desapercibido, y contuve el aliento. Le había dejado mi espada a mi lugarteniente, y si me atrapaban... bueno, la última persona que había robado a los Ursa terminó hecha trocitos y agonizando hasta la muerte... aunque la versión oficial fue "suicidio".

Entonces, escuché a Ursa Mayor.

—¡Alguien ha estado comiendo en mi plato!

Ursa Menor, con su tono particular, afirmó.

—¡Alguien ha estado comiendo en mi plato!

Y después Úrsula exclamó.

—¡Alguien ha estado comiendo también en mi plato, y no me ha dejado nada! ¡Que las Harpías le devoren las entrañas!

Verás, Úrsula era una chica grande y fuerte que disfrutaba de verdad con su ración de pan diaria... y su carne, y sus pepinillos, y su chorrito de aceite de oliva... ya te haces una idea.

Esperé, aguantando la respiración...

Entonces escuché el retumbar de unos pasos por el pasillo.

—¡Alguien ha dormido en mi cama! —aulló Ursa Mayor.

—¡Alguien ha dormido también en mi cama! —siseó Ursa Menor.

Sentí una mano dando golpecitos sobre mi cuerpo... Cerré los ojos, haciéndome a la idea de que iba a morir.

—¡Alguien ha dormido aquí también! Pero parece que ya se ha ido y no se ha llevado nada, así que olvidémoslo.

Dejé escapar el aire que había estado conteniendo y escuché dos pares de pies alejándose hacia el comedor. Pero la mano que tenía encima no se apartó y lentamente, hizo a un lado la manta que me cubría.

Úrsula estaba allí, mirándome con una curiosa expresión en la cara.

—Buscas el rubí, ¿verdad?

Asentí.

—Bueno... no puedo dejar que te lo lleves, ¿sabes? —Sus ojos refulgieron con una emoción difícil de determinar, y su magnífic... em... enorme e impresionante pecho se agitó bajo la túnica—. En cualquier caso, ya que te he salvado la vida, me debes algo.

Asentí de nuevo. Ella tenía razón; un grito y todo el Hades me caería encima.

Lo siguiente que vi en su rostro fue una amplia sonrisa.

—Estamos de acuerdo entonces —dijo—. Te daré una pequeña... em... pista.

Al final, hicimos un trato, ella y yo. Y poco después me escabullí de aquella cueva con el rubí en mi poder.

Regresé junto a mi ejército y lo demás ya es historia.

***

Habla la narradora:

—¡Xena! —exclamó la bardo, estremeciéndose, ¿qué pasó entre tú y Úrsula?

La guerrera se sonrojó... o tal vez no fuese más que el calor de la hoguera en sus mejillas.

—¿Es necesario que hablemos de eso, Gabrielle? —contestó—. Le di algo que ella quería, y cuando se durmió me escapé.

—¿Cuándo se durmió? Xena, ¡no lo entiendo! ¿Te refieres a que tú...?

Xena asintió.

—¿Y Úrsula?

Xena asintió de nuevo.

Gabrielle estaba estupefacta. Durante un buen rato, pareció que se le había comido la lengua el gato.

—¿Pero cómo conseguiste sacar la gema de allí?

—Me la tragué.

Una vez más, la bardo se estremeció.

—¿Que hiciste qué?

Xena se ruborizó de nuevo... ¿o era otra vez el calor del fuego el que teñía su cara de rojo?

—La verdad es que no había otra opción, Gabrielle. Úrsula habría descubierto cualquier otro lugar en el que lo hubiese escondido, y eso habría arruinado todo el plan.

Los ojos de Gabrielle se entrecerraron.

Ya veo.

Y cayó el silencio.

Poco después, Xena habló por última vez.

—Tragármelo no fue difícil... pero recuperarlo... ¡eso sí que casi acaba conmigo!

Y por fin, incapaz de contenerse más tiempo, la bardo dejó escapar su risa...

Y extendieron sus mantas bajo las estrellas.

FIN

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