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XWP Gen » Caperucita roja amazona
Esta historia ha sido traducida por Eidel, previa petición y concesión de permiso para ello por parte de su autora, Nene Adams. Cualquier comentario, bueno o no tan bueno, así como preguntas, etc., será bien recibido y, por supuesto, contestado.
:: CAPERUCITA ROJA AMAZONA ::
©1998 Todos los derechos reservados.
Por Nene Adams
Habla la narradora:
Sucedió una vez que Xena, Defensora de la Justicia, y su compañera Gabrielle, afamada bardo y Reina de las amazonas, viajaban hacia el poblado de Delros para investigar una serie de hechos malignos cuya noticia, como un perro rabioso, había llegado a sus oídos. Se estaban sucediendo asesinatos… La muerte había acechado y sorprendido a dos ancianos de la aldea, y nadie sabía la causa, ni quién era el responsable.
Cuando las dos mujeres iban atravesando el bosque que precedía al poblado, el caballo de batalla llamado Argo pisó en falso, hiriéndose una pata. Xena, tremendamente preocupada por el animal que la había acompañado con valentía en incontables batallas, le dijo a Gabrielle que continuara hasta Delros mientras ella atendía a su corcel.
Así fue como Gabrielle, cayado en mano, echó a andar entre los árboles… sola.
***
"Estos árboles tienen un aspecto fantasmal", pensó Gabrielle estrechando la bolsa de cuero contra su pecho para darse seguridad. Recorrió con la vista los alrededores y permaneció atenta a cada sonido, a cada susurro de la maleza. Estaba anocheciendo, y las sombras que quedaban al otro lado de los árboles se iban espesando poco a poco.
De repente, captó un destello a un lado. Se giró y vio a una niña pequeña, envuelta en una impecable capa roja y con una cesta en la mano.
—¡Oh! —Gabrielle se arrodilló—. Es tarde, pequeña. ¿Qué estás haciendo en el bosque?
La niña respondió.
—Mi abuela vive sola en su cabaña desde que murió mi abuelo. Mamá me dijo que le llevara algo de cenar. Ella está enferma y no puede ir.
—Ya veo. —Gabrielle se levantó y tomó la mano de la niña—. ¿Qué te parece si te acompaño a casa de tu abuela? Y así luego podrás enseñarme el camino a Delros.
La pequeña asintió y, tirando de la mano de Gabrielle, echó a andar hacia casa de su abuela, cantando con voz aguda… sin sospechar que unos ojos llenos de odio las observaban.
***
Habla la narradora:
Su nombre de pila había sido olvidado, si es que alguna vez tuvo uno. Los aldeanos le llamaban Lupos, por su complexión fuerte y su tremenda estatura, y su mente estaba desquiciada como consecuencia de una infancia en manos de un padre inútil y una madre malvada. Vivía solo en una choza en la linde del bosque, y en los días de luna llena, en todos y cada uno de sus ciclos, aullaba y se enfurecía como un lobo contemplando su brillante forma redondeada en lo alto del cielo.
Los aldeanos no le temían, sino que sentían lástima de él; los más viejos sabían que su alma había sido destrozada por su madre hacía mucho tiempo. No habían hecho nada entonces, pensando que lo mejor para el niño era quedarse con sus padres… aunque lo único que recibiera de ellos fuese crueldad, y no amor; golpes en lugar de besos; castigos en lugar de abrazos.
Ahora, Lupos contemplaba a la pequeña y a la extraña mujer que iba con ella por su bosque. Conocía a la niña… y conocía a su abuela. Sus ojos relampaguearon de ira y odio. Los ancianos le habían conocido en su niñez, y no habían movido un dedo para sacarle del incesante infierno que había sido su vida. Incluso después de haber puesto fin a semejante tortura con sus propias manos, le habían negado la muerte que tanto deseaba.
Había enterrado sus cuerpos y guardado silencio.
Y ahora Lupos clamaba venganza.
Se deslizó en silencio por el bosque, siguiendo un camino más corto hasta la cabaña de la abuela. Uno que sólo él conocía.
***
Les llevó un buen rato llegar a la aislada choza. Delros contaba con una costumbre de la que Gabrielle ya había oído hablar. Al llegar a cierta edad, los ancianos se mudaban a una zona alejada de la aldea y eran atendidos por sus hijos. Si no los tenían, la comunidad entera contribuía para que no les faltara de nada.
Gabrielle, sin soltar aún la sudorosa mano de la niña, se aproximó a la vivienda. El vello de los brazos se le erizó y un estremecimiento la recorrió de pies a cabeza. Algo… no podía decir qué exactamente… iba mal. Muy mal.
La pequeña, ajena a la preocupación de su compañera, la dejó atrás balanceando su cesta alegremente. La puerta estaba entreabierta, pero ella no se dio cuenta.
—¡Abuela! Te he traído la cena.
Del fuego sólo quedaba un puñado de carbones brillantes amontonados sobre la chimenea de piedra; había muy poca luz en el interior, y Gabrielle parpadeó tratando de distinguir algo. Apenas percibió un bulto envuelto en mantas sobre un catre, en una de las esquinas de la estancia.
La pequeña dejó la canasta sobre la mesa y se acercó.
—Abuela —dijo—, ¡qué ojos tan grandes tienes!
—Para verte mejor, querida —respondió una voz tremendamente ronca.
Gabrielle sintió que algo no iba bien, y dio un paso adelante con el cayado firmemente sujeto.
—¡Abuelita! ¡Qué orejas tan grandes tienes!
—Para oírte mejor, querida mía —respondió la abuela.
Gabrielle dio un paso más… y su pie resbaló sobre algo húmedo y pegajoso. A la débil luz de las brasas, que apenas alumbraban el suelo, distinguió una serie de pequeñas manchas de un líquido oscuro, mezcladas con polvo.
—Abuelita… ¡Qué dientes tan grandes tienes! —La capa roja de la niña parecía casi negra en la oscuridad.
La figura apartó de un manotazo las mantas y rugió.
—¡Para comerte mejor, querida!
Y saltó.
La niña lanzó un grito.
Gabrielle dio un último paso…
***
Habla la narradora:
Cuando Xena llegó a Delros todo allí era nerviosismo y confusión. El cuerpo de un hombre enorme, cubierto con una bata de mujer, era la fuente de todo aquel revuelo.
Gabrielle consolaba a una niña llorosa sosteniéndola en sus brazos. Los ojos de Xena se abrieron como platos al contemplar el cayado ensangrentado de su compañera apoyado contra el tosco muro de una cabaña.
Con rapidez, Xena tomó el control de la situación y eligió a un hombre para que le contara lo que había sucedido allí tras acallar todo el tumulto de voces.
Y cuando el leñador hubo terminado, la Defensora de la Justicia vio a su compañera con nuevos ojos
***
—Iba andando por el bosque buscando madera para el fuego cuando oí un grito —dijo el leñador—. Corrí hacia la cabaña de la anciana… —tragó saliva—, y vi a Lupos atacando a tu amiga. Defendía a la pequeña con su cayado. Lupos ya estaba herido, pero arremetía contra ellas una y otra vez.
Los cristalinos ojos azules de Xena buscaron a Gabrielle y ésta negó con la cabeza. Estaba herida. Volvió a mirar la pálida cara del hombre y le hizo un gesto para que continuara.
—Todos sabíamos que Lupos no era… bueno, del todo normal, si sabes a lo que me refiero —continuó, tras golpearse la frente repetidamente con uno de sus temblorosos dedos—. Pero nadie se imaginaba que llegaría a… —Volvió a tragar saliva—. Tuve que usar mi hacha —dijo al fin—. Lupos no iba a detenerse. Encontramos a la anciana detrás de la cabaña, muerta. Ha sido horrible.
Gabrielle habló por primera vez.
—Él era el responsable de los asesinatos, Xena. Lo que no puedo imaginarme es por qué lo hizo.
—Tal vez sólo estuviera loco —supuso Xena con un lamentable tono de voz—. Los locos hacen cosas raras, hasta violentas a veces.
—Lo sé. Pero algo me dice que no es sólo eso.
Un anciano salió de entre la multitud y se aclaró la garganta.
—Ella tiene razón —dijo, y en pocas palabras contó a todos la historia de la infancia de Lupos… y el por qué del comportamiento del hombre muerto quedaron claras de pronto.
Gabrielle entregó a la niña a su madre y rodeó a Xena con los brazos, buscando su propio consuelo. Cuando el anciano terminó de hablar, Xena pensó un momento y habló, sin soltar a su compañera.
—Lo que hizo Lupos estuvo mal; sus actos no pueden ser justificados por la locura ni ninguna otra cosa. El modo en que eligió vengarse fue horrible. Pero en cualquier caso, lo que vosotros le hicisteis fue igual de abominable. —Los aldeanos empezaron a cuchichear y la guerrera continuó, acallándolos con sus gélidos ojos azules—. Si sabíais lo que estaba ocurriendo durante todos aquellos años, debisteis detenerlo. Cualquiera podría haberle sacado de aquella casa y acogerle, o incluso pedir audiencia al rey y recurrir a las leyes. Pero no lo hicisteis. Elegisteis hacer oídos sordos, no implicaros, y ahora habéis pagado el precio. Un precio alto, no lo niego. Pero a veces los dioses tienen un sentido de la justicia que los mortales no podemos entender.
Xena miró por última vez el cuerpo que yacía en medio de la aldea. Luego, sin mediar palabra, se llevó a Gabrielle de entre aquella silenciosa muchedumbre. Ellos también miraron al depredador que habían creado… e inclinaron sus cabezas por el peso de la vergüenza.
***
Habla la narradora:
Y así sucedió que la Defensora de la Justicia y la Reina de la amazonas abandonaron Delros.
Gabrielle lloró por el dolor que Lupos había infligido al mundo…
Y el corazón de Xena lloró por el dolor que el mundo le había infligido a él.
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