XWP Gen » Ha nacido un cisne

Esta historia ha sido traducida por Eidel, previa petición y concesión de permiso para ello por parte de su autora, Nene Adams. Cualquier comentario, bueno o no tan bueno, así como preguntas, etc., será bien recibido y, por supuesto, contestado.

:: HA NACIDO UN CISNE ::

©1998 Todos los derechos reservados.
Por Nene Adams

Habla la narradora:

Hace mucho tiempo, en la tierra de Grecia, en la humilde aldea de Poteidaia, habitó una doncella llamada Gabrielle.

Gabrielle vivía con su padre, su madre y su hermana en una pequeña choza. Formaban una familia normal y corriente, con ambiciones y sueños normales y corrientes, conformes con sobrevivir en el día a día sin sobresaltos, y sin anticiparse a lo que vendría después. Todos los habitantes de aquel pueblo pensaban así.

Todos, excepto Gabrielle.

***

—¿Gabrielle? ¡GABRIELLE! —Hécuba suspiró y se limpió la harina de las manos en el delantal—. ¿Dónde se habrá metido esta niña?

Lila levantó la vista de su trabajo de costura.

—Seguro que leyendo otra vez —dijo la chica con tono de desprecio.

Hécuba suspiró de nuevo.

—¡Por Hera! ¿Cuándo bajará de las nubes y empezará a prestar atención al mundo real? —La madre de Gabrielle asestó un último golpe a la masa de pan que estaba haciendo antes de comenzar a modelarlo en forma de barras—. Ven Lila. Mete éstas en el horno.

—¡Oh madre! ¿Por qué yo? —lloriqueó Lila.

—¡Porque yo lo digo! ¿Quieres que tu padre llegue a casa y no encuentre la cena en la mesa? Vamos, jovencita. Yo voy a buscar a tu alocada hermana. Ella también tiene faena que hacer, ¡y que Hera le ayude si no la ha terminado!

Hécuba salió en tromba de la casa, casi atropellando a unos cuantos pollos por el camino.

Gabrielle estaba sentada en una de las ramas más gruesas del retorcido olivo que presidía la cala en que se amarraban los botes tras las jornadas de pesca. Inmersa en la lectura de un pergamino, no oyó a su madre acercarse hasta que ya fue demasiado tarde.

—¡Gabrielle! —La joven se irguió tanto que estuvo a punto de caerse del árbol. Su precioso pergamino, que había comprado hacía poco a un mercader, planeó hasta el suelo, de donde Hécuba lo recogió—. ¿Y bien? —dijo la mujer, aplastando el pliego de papel en el puño—. ¡Baja de ahí ahora mismo, jovencita!

Gabrielle bajó por el tronco a trompicones.

—Madre, por favor, ¿me devuelves mi pergamino?

—¡No, no te lo devuelvo! ¡Mírate! Eres la hermana mayor y en lugar de dedicarte a tus quehaceres no haces otra cosa que mirar las nubes. ¡Oh, Gabrielle! ¿Cuándo vas a aprender?

La muchacha se mantuvo firme, y no apartó la vista de la mano de su madre ni un momento.

—Voy a ser bardo, madre. Es mi destino.

—¡Por los dioses, niña! ¡Que no te oiga tu padre decir eso! Ahora, ve a ayudar a tu hermana con el bordado. Y después, hay mucho más trabajo que hacer. Cuando vuelva Herodoto, le ayudarás a limpiar el pescado y a salarlo para el almacén. Vamos.

Hécuba echó a andar de vuelta a la aldea, con Gabrielle pisándole los talones.

—¿Me devuelves al menos el pergamino, madre?

No le contestó hasta que entraron en la cabaña. Una vez allí, su tono fue cortante.

—Ve a ayudar a tu hermana, Gabrielle.

La joven lanzó una mirada desesperada a su preciado pergamino.

—Pero madre…

¡YA BASTA! —exclamó Hécuba haciendo una bola con el pliego escrito para horror de Gabrielle—. No puedo comprender por qué los dioses me han maldecido con una hija tan perezosa. ¡Se acabó la discusión, Gabrielle! No eres mejor que el resto de nosotros, y ya es hora de que te entre en la cabeza. —Arrojó el papel al fuego y sujetó por los hombros a su lloriqueante hija, para evitar que se quemara, en su vano y desesperado intento de rescatar el pliego de las llamas. Luego la obligó a volverse hacia ella—. Se acabó el leer y se acabó el escribir. Se acabaron las tonterías, ¿está claro? Eres una mujer joven, casi en edad de casarte, y ya va siendo hora de que dejes a un lado tus fantasías infantiles. Ahora, deja de llorar y haz tu trabajo antes de que llegue tu padre y te dé una buena razón para hacerlo.

Gabrielle contempló cómo las llamas devoraban su pergamino… el artículo más preciado que poseía, y en realidad de las pocas cosas que podía considerar realmente suyas. Lo miró fijamente hasta que no quedó de él más que un puñado de cenizas, inclinó la cabeza y fue a cumplir con lo que le había sido ordenado.

***

Habla la narradora:

Gabrielle era considerada poco menos que un bicho raro en la aldea; no pasaba un día sin que los niños se burlaran de ella por sus sueños de convertirse en algo más que aquellos que la rodeaban.

Su progenitor, Herodoto, era aún más directo en su desaprobación.

—¿Por qué pierdes el tiempo en soñar, muchacha? Nunca serás más que la esposa de un granjero, igual que tu madre, y su madre antes que ella. Escúchame con atención —le espetó, apuntando con uno de sus dedos, encallecido por el trabajo del campo, directamente a la chica—. Deja a un lado esas fantasías y entra de una vez en el mundo real. Tu destino está aquí, en Poteidaia, en la tierra que ha pisado mi familia durante generaciones.

Gabrielle protestó.

¡Pero padre! ¿Por qué no puedo estar destinada a ser algo que tú no eres?

Enfurecido, Herodoto abofeteó a su hija con tanta fuerza que la arrojó al suelo.

—¿Es que te crees mejor que yo? ¿Que tu madre? ¿Que la gente de esta aldea? ¡No eres más que una niñata con la cabeza llena de pájaros! ¡A partir de hoy no quiero volverte a oír hablar de esas historias de bardos!

Y así, Herodoto dejó a una sollozante Gabrielle y se fue a hablar con su esposa, a discutir lo que iban a hacer con la rebeldía innata de su hija.

***

Los días y las semanas que siguieron a aquello, Gabrielle apenas tuvo un momento para ella misma. Del amanecer al anochecer, trabajaba bajo la estricta vigilancia de su madre, su padre y lo que era aún más humillante, de su hermana pequeña.

Sin embargo, y aunque no le dejaban descansar hasta que caía rendida en la cama, no podían quitarle sus pensamientos. Y Gabrielle comenzó a darse cuenta de que no quería pasar el resto de sus días en esa diminuta aldea en que nada, ni nadie, cambiaba jamás.

Ella era diferente. Ansiaba la aventura, no la paz; ser aclamada, y no la seguridad de un aburrido anonimato; Gabrielle quería ver el mundo, no quedarse sentada en casa junto al fuego y servir a un marido y unos hijos. Tenía ambiciones, sueños de cuento de héroes y visiones de un futuro brillante en el que no tuviese que luchar por encajar en un molde que ella no había determinado.

Pero un día, sus sueños quedaron sesgados por un brutal giro de la realidad.

***

—¡Madre! ¡Padre! ¡Debéis reconsiderarlo! —exclamó Gabrielle con un tono marcado por el terror.

Herodoto negó con la cabeza.

—Ya te lo ha dicho tu madre, hija. Vas a casarte con Pérdicas.

A continuación, fue Hécuba quien intervino.

—Es un buen partido, Gabrielle. Y ya hace tiempo que deberías haberte casado.

Gabrielle se defendió con rabia.

¡No! ¡No! ¡No me casaré con Pérdicas!

Herodoto se levantó de golpe.

—¿Te atreves a desafiar a tu padre? ¡Mocosa! ¿Qué tipo de gratitud es esa? Tu madre y yo llevamos mucho tiempo pensando en cuál sería el marido perfecto para ti. Sólo te deseamos lo mejor, ¿y así es como nos lo pagas?

—Padre, por favor… —Gabrielle se retorció las manos—. ¿Es que no he hecho todo lo que me habéis mandado durante estas últimas semanas? Os lo suplico, ¡no me obliguéis a casarme contra mi voluntad!

—¡Vas a casarte con Pérdicas, Gabrielle! —Herodoto estaba ya harto de aquella discusión inútil—. ¡Así lo ordeno, y así se hará! Lo quieras o no, ya está decidido.

Y cuando Gabrielle se giró hacia su madre, sólo encontró silencio.

Desesperada, la joven apeló a toda su elocuencia, utilizando la lógica y razonando tal y como había aprendido de los pocos pergaminos que había podido leer. Pero nada funcionó. Por fin, con la fuerza que otorga el terror, pudo dar su última respuesta.

No voy a casarme, padre. Me da igual lo que me hagas.

Y Herodoto se tomó esas palabras al pie de la letra.

***

Lila examinó a Gabrielle con cuidado.

—Bueno, no te ha herido… demasiado.

Gabrielle se estremeció cuando su hermana pequeña le tocó la espalda. Estaba desnuda, tumbada boca abajo sobre la cama que ambas compartían.

—Y también ha tenido cuidado de no tocarme la cara.

Lila suspiró.

—De todas formas, ¿por qué no quieres casarte con Pérdicas? Es bien parecido. No como Cyroneus, con esos ojos torcidos… ¡Ugh!

—No quiero casarme con nadie. —Se limpió la nariz con el dorso de la mano y gimió cuando Lila le aplicó un puñado de ungüento sobre los arañazos y los moratones. Herodoto había utilizado una gruesa tira de cuero, pero sólo después de que las manos le empezaran a doler.

—Será mejor que lleves un vestido de manga larga en la boda, Gabrielle. —Lila terminó de curarla y se limpió las manos—. Aún falta una semana, pero no creo que estés recuperada para entonces.

Gabrielle suspiró y apoyó la cabeza sobre sus brazos cruzados. El dolor de la paliza no menguaría en varios días, y lo sabía. Pero lo que también sabía era que, pasara lo que pasara, no podía quedarse en Poteidaia.

Aquella noche, Gabrielle rezó. Abrió su corazón a los dioses, dejó surgir sus pensamientos, hasta los más secretos, que mantenía escondidos y a salvo del mundo. Les contó sus anhelos, sus sueños, su deseo de ser lo que sabía que era, y no la hija de un campesino en una aldea diminuta y perdida de todos.

Gabrielle rezó por un milagro.

Y los dioses la escucharon.

***

Habla la narradora:

Y así fue como un día soleado, la una vez señor de la guerra Xena acababa de enterrar sus armas cuando, por casualidad, se topó con una escena demasiado familiar para ella. Una joven amenazada… y al ver una oportunidad para enmendar su comportamiento en el pasado, intervino y rescató a la muchacha, a su madre y a algunos más.

También Gabrielle vio una oportunidad, y reconoció en la presencia de la guerrera un regalo de los dioses.

Su tarea requeriría persistencia, pero Gabrielle persistió.

Y por fin descubrió su verdadero destino… junto a Xena.

FIN

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