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Dedicación
(Dedications). Traducción
de Sway de XenaFanfics. Traducción
y publicación autorizada por la autora,
Wishes. Si quieres hacernos algún comentario
escríbenos a: xenafanfics@hotmail.com
:: DEDICACIÓN
::
(DEDICATIONS)
Por
Wishes jkp@bright.net
Al advertir que el hombre
se acercaba, la mujer pensó en huir.
Pero, ¿dónde iría? Debilitada
aún por un complicado parto, llevando
un niño pequeño y un bebé,
¿cómo podría viajar sola?
Nadie los ayudaría ni escondería.
El miedo a la ira de aquel hombre era demasiado
grande. Tendría que trazar otro plan.
Despertó al niño,
lo vistió, y lo sentó en una
silla cerca del fuego. Cuándo él,
dormido, protestó, ella dijo:
—Quédate
aquí, cariño. Demuéstrale
que este hogar tiene un hijo.
Con la energía
que aún le quedaba, cocinó un
espeso guiso y sacó vino, queso y pan.
Si tan sólo pudiera hacer que el hombre
se calmara y pensara en lo que tenían...
Si pudiera llenar su estómago y apaciguarlo
como había hecho en otras noches…
Su dolorido cuerpo se encogió con ese
pensamiento, pero haría el amor con
él si eso la favorecía en sus
planes.
El bebé hizo un
pequeño ruido, y fue a tomarlo en brazos.
Destapando un seno, lo amamantó con
suaves tirones que también tiraban
de su corazón.
—No te llevará,
mi amor. Él… o yo… moriremos
antes. —Acarició el manojo oscuro
de pelo del bebé antes de volver a
acostarlo. Un chorro del frío aire
de la noche acompañó al estruendo
de la puerta al ser abierta por la fuerza.
El sólido apoyo que había colocado
contra la puerta chasqueó y el cuerpo
del hombre llenó el dintel. Tenía
barba y aspecto lóbrego, iba cubierto
de lodo por el viaje, vestido para la guerra.
Sus ojos escudriñaron
el cuarto, aceptó la presencia del
niño y luego la descartó, decidiéndose
entonces por la cuna.
—¡No! —ante
el ahogado sonido, miró fijamente a
la mujer. Ella mostró una forzada calma
que no sentía—. Siéntate
al fuego y abraza a tu hijo. Descansa mientras
te traigo la comida. —Ignorando sus
palabras él cruzó a zancadas
la habitación y miró a su preciosidad.
Cuando levantó la mirada sus ojos vislumbraban
una pregunta—. ¡No! —exclamó
ella de nuevo y trató de interponer
su cuerpo entre él y aquella nueva
vida. Sin esfuerzo, la empujó toscamente,
y ella cayó, aturdida, cerca de la
chimenea. Alcanzando la cuna, agarró
la mantilla y colocó al bebé.
Sacudió la cabeza, de cólera
o de pena. Levantando al niño y a la
sábana, miró una vez más
a la mujer y a su hijo, después salió
por la puerta.
Mientras se alejaba a
galope con su negro caballo de guerra, el
lamento fúnebre de la mujer le siguió.
"Deja que grite su pena", pensó
él. "Es por eso que las mujeres,
al contrario que los hombres, se recuperan".
Llevando el paquete en
su brazo derecho, con el que a menudo esgrimía
una espada, fustigó a su montura con
mayor velocidad que nunca hasta que alcanzaron
la base de una montaña segura. Deslizándose
de su alto caballo, caminó hacia una
gran piedra plana por arriba, como un altar.
Allí colocó a la criatura. Casi
suavemente, destapó su cuerpo otra
vez. Mientras miraba al bebé por última
vez como un ser vivo, le habló.
—No vas a sufrir.
Sólo vas a dormir. Podría dejarte
con tu madre para que crecieras hermosa como
ella, para que amaras y acompañaras
a un hombre como ella me ha amado y acompañado.
Pero no hace mucho le hice una promesa a un
dios que no perdona. Fue en el campo de batalla,
y yo estaba rodeado. Sabiendo que estaba a
punto de morir, le rogué al dios de
la guerra. Ares, dije para salvar mi vida,
necesito la fuerza de diez hombres. Si me
das lo que necesito, el próximo hijo
que tenga lo dedicaré a tu servicio.
El enemigo atacó, y hombre tras hombre
cayeron ante mi espada. Cuando la batalla
acabó, tuve que pasar sobre sus cadáveres
para volver con mis propios hombres. —Deslizó
un áspero dedo por la suave mejilla
del retoño—. No tienes la culpa,
pequeña. No es tu culpa que hayas nacido
niña. La culpa es mía por hacer
tal promesa. Debes morir antes de haber vivido,
pero te dedicaré a Artemisa, la diosa
de la caza. Puede que ella tome tu espíritu
y te permita viajar con su banda de vírgenes.
Con esas palabras, se
alejó un poco para sentarse y reflexionar
bajo las distantes estrellas como había
hecho muchas veces en el campo de batalla.
No dejaría aquella pequeña forma
para que los animales la despedazaran. Esperaría,
vigilando hasta que el frío aire de
la noche hubiera hecho su trabajo.
Hacia el amanecer, cuando
ya hacía mucho que había oído
los fuertes llantos debilitarse y convertirse
en quejidos y finalmente en silencio, el hombre
se levantó y volvió a la piedra.
El bebé estaba pálido y frío,
una estatua de mármol de un bebé
perfecto. Estudió las manos estrechas,
largos dedos que podrían haber aprendido
a manejar una espada, el torso estrecho, y
las rectas piernas que nunca caminarían
ni correrían. Enterraría a la
niña aquí, en esta montaña,
cubriendo su cuerpo con rocas, su propia tumba
de piedra. Entonces el bebé lloriqueó.
El corazón del hombre saltó,
después se endureció. Alcanzó
la delgada daga que guardaba junto a su espada.
Entonces los ojos del bebé se abrieron,
y él vio en la mirada azul, los celestes
ojos de su propia madre.
Devolviendo la daga a
su vaina, el hombre sacó su espada.
Levantó a la niña con una gran
mano y la espada con la otra.
—Ares —gritó—.
Mantengo mi promesa. Ésta, mi hija
viva, te la dedico. Le doy la fuerza que me
has concedido, y yo lucharé mis próximas
batallas como un hombre normal. Ella será
una guerrera como el mundo nunca ha conocido.
En honor al campo de batalla donde hice mi
promesa, su nombre será Xena.
Sosteniendo a la niña,
dedicada por él a dos celosos dioses,
el hombre galopó en su oscuro caballo
hacia casa.
FIN
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