XWP Gen » La doncella y los siete señores de la guerra

Esta historia ha sido traducida por Eidel, previa petición y concesión de permiso para ello por parte de su autora, Nene Adams. Cualquier comentario, bueno o no tan bueno, así como preguntas, etc., será bien recibido y, por supuesto, contestado.

:: LA DONCELLA Y LOS SIETE SEÑORES DE LA GUERRA ::

©1998 Todos los derechos reservados.
Por Nene Adams

Habla la narradora:

Y ocurrió una vez que, en un tiempo que ya nadie recuerda, Xena la Princesa Guerrera, Defensora de la Justicia, se hallaba inmersa en una batalla contra siete malvados señores de la guerra que habían unido sus ejércitos con el fin de hacerse dueños de aquellas tierras.

Esos señores de la guerra eran el epítome de la ambición, y se llamaban: Letargus, Michina, Gauisus, Bardus, Medicus, Iratus, y Vercundus.

Xena, a pesar de que luchó con todas sus fuerzas, fue pronto desarmada y capturada por aquellos hombres perversos.

Y su compañera bardo, Gabrielle, Reina de las amazonas, les siguió para ver a dónde se la llevaban, prisionera en el campamento de los señores. Al saber que no estaba suficientemente capacitada para las artes de la lucha, comprendió que enfrentarse directamente con aquellos ejércitos sería un suicidio. Así que, sumida en la desesperanza, y al ser consciente de sus limitaciones, un plan comenzó a abrirse paso en su mente.

***

—Hola, hombretón —dijo la mujer desde detrás de un velo, haciendo ondular su cuerpo con sensualidad.

Letargus parpadeó con aire soñoliento. Había pasado mucho tiempo con la prisionera Xena, y después de un duro día de mandatos a sus hombres y de discusiones con sus seis aliados, estaba prácticamente exhausto. Aun así, reunió fuerzas para dirigir a su perseguidora una leve sonrisa.

—Estoy agotado, preciosa. Ven a verme mañana.

La mujer, ataviada únicamente con un par de pañuelos de seda y dos o tres lentejuelas estratégicamente situadas, movió las caderas aún con más ímpetu.

—Soy de Tracia, amorcito —dijo con voz sugerente—. ¿Sabes lo que dicen de las mujeres de Tracia?

Aquellas palabras reclamaron la atención de Letargus.

—No, ¿qué? —Ella se inclinó hacia él y le susurró algo al oído. Y mientras lo hacía, las cejas del hombre se fueron elevando poco a poco, cada vez más, hasta que prácticamente le llegaron al cogote—. ¿En serio?

Ella asintió.

Con una sonrisa de satisfacción, Letargus arrojó un dinar al suelo, a los pies de aquella muchacha de cuerpo escultural.

—De acuerdo, preciosa. ¡Tú ganas! Y después, nos tomaremos un pequeño descanso y repetiremos todo eso.

Se llevó a la chica a su tienda, apartando con simples gestos de su mano a los soldados que reclamaban su atención.

Letargus cumplió en efecto su deseo de descansar, pero sólo cuando Gabrielle le asestó un puñetazo y lo envió directamente a los brazos de Morfeo.

***

Michina caminaba por su tienda cuando fue sorprendido por una joven campesina. Al verla, frunció el ceño.

—¿Qué tienes escondido en la espalda, pequeña?

Un segundo después, un enorme ramo de flores le fue estampado en plena cara.

Michina sintió que los ojos empezaban a picarle. Intentó retroceder, pero ella le siguió hasta el interior de la tienda, amenazándole con las flores como si de un arma se tratase.

Incapaz de resistir aquel asalto de polen, Michina se rindió a la evidencia de la alergia y estornudó… y estornudó… y estornudó…

***

Gauisus silbaba despreocupado paseando por entre las tiendas del campamento.

De pronto, percibió una respuesta a su tonada. Sonriendo, volvió a silbar… y fue respondido por una melodía aún más compleja.

Con curiosidad, empezó a merodear por los alrededores, deseando compartir unas cuantas jarras de vino con el misterioso músico que había añadido otra nota de alegría a un día ya de por sí propicio para él.

La canción de Gausius aún no había expirado en sus labios cuando tropezó con una pierna extendida estratégicamente y cayó de bruces al suelo como un ganso el día del Solsticio… y cuando Gabrielle le arrastró hasta las sombras, él aún intentaba concluir su melodía a través de la tela que le amordazaba.

***

Bardus se rascó la cabeza con uno de sus regordetes dedos. Pensar no era su fuerte, casi tan poco como para un buey, con quienes por cierto guardaba cierto parecido.

—Así que eres amiga de Xena. —Gabrielle asintió. Su coronilla apenas si alcanzaba a la altura de la barbilla peluda de Bardus—. Y has venido a rescatarla, ¿cierto? —Gabrielle asintió de nuevo—. ¿Y qué se supone que tengo que hacer yo?

La joven suspiró. Era la tercera vez que llegaban a ese punto de la conversación.

—Mira Bardus… en situaciones como esta… —La expresión de Bardus reveló a la bardo amazona que lo mejor era volver a empezar desde el principio—. Verás, es muy sencillo. El Manual de Señores de la Guerra dice que si una amiga va a tu campamento para rescatar a una prisionera, debes dejar que lo haga.

La frente del gigantón se arrugó como si estuviera considerando gravemente la situación.

—De acuerdo. ¿Y cómo hago eso?

—Bueno… —Gabrielle fingió pensar el tema con detenimiento—. Podrías golpearte en la cabeza con tu mazo de batalla.

Una vez más, Bardus se quedó callado. Al fin, levantó su arma con una mano y convino en voz baja.

—Vale. Si tú lo dices…

Gabrielle asintió ferviertemente… el mazo cayó… y ella se hizo a un lado para evitar ser aplastada por el cuerpo de Bardus, que se estampó contra el suelo como la fuerza de un roble milenario.

***

Medicus se encontraba dando los últimos retoques a su más reciente tratado de anatomía cuando se vio interrumpido por la entrada de una mujer joven. Llevaba la mano vendada contra el estómago, la túnica manchada de sangre y su aspecto era débil y como de estar gravemente herida.

—Ayúdame —susurró, agarrándose a uno de los postes de la tienda con la única mano que le quedaba sana.

Medicus se humedeció los labios. Como el experimentado viviseccionador que era, tenía contadas oportunidades de examinar el interior de una hembra, por así decir. Y una herida en el estómago como la que aquella había recibido suponía la excusa perfecta para ver cómo funcionaban todos esos órganos misteriosos. Los cadáveres no tenían lo que se dice mucha actividad interior.

—Ven por aquí —dijo Medicus, lanzándose prácticamente encima de la joven y ayudándola a llegar hasta la mesa que ocupaba el fondo de la tienda. Estaba regada de tiras de cuero y marcas profundas, lo cual le atribuía alguna función no demasiado agradable—. Relájate, querida —dijo el hombre, rebuscando por los alrededores y trayendo condigo una bandeja repleta de instrumentos afilados y puntiagudos—. No te dolerá… demasiado.

Cuando se volvió hacia su paciente, frotándose las manos con satisfacción, se encontró para su sorpresa que le acababan de arrojar un gran puñado de polvo a la cara.

Segundos antes de quedar inconsciente, se recordó a sí mismo no volver a dejar sus tranquilizantes sobre el mostrador…

Y Gabrielle echo un vistazo a su túnica pringosa y suspiró. ¡Qué desperdicio de jugo de bayas!

A continuación, fue en busca de su siguiente víctima.

***

Iratus estaba furioso. Aunque bien mirado, ése era su estado natural.

Apartó de una patada una de las piedras que se le atravesaban en el camino y soltó una maldición en cuando sintió el dolor. En parte, su pésimo humor se debía a que tenía un uñero en el dedo gordo del pie izquierdo que le había dejado postrado en cama durante días. Pero no estaba dispuesto a dejar que Medicus le tocase. ¡Ese idiota sería capaz de amputárselo sólo para añadirlo a su colección anatómica!

Cuando la sirvienta de su tienda no acudió al momento para servirle vino, Iratus dejó surgir su ira.

—¿Qué pasa? ¿Es que no hay manera de que le sirvan bien a uno aquí?

Al instante, una copa a rebosar de líquido le cayó entre las manos y él la vació de un solo trago. Iratus también encontró faltas al cordero (no lo bastante crudo), a la ensalada (demasiadas aceitunas) y se ensañó especialmente con el baklava (¡pringoso!).

Por fin, se giró hacia la temblorosa sirvienta con la cara enrojecida por la ira.

—¿A esto llamas tú uvas? —resolló, apuntando con un dedo a la fruta que le acababa de traer—. Esto no es más que…

Cayó hacia delante, de bruces contra el queso de cabra, antes de acabar la frase, cuando Gabrielle… harta ya de semejante cúmulo de insensateces… le golpeó en la cabeza con el plato de metal en el que acababa de comer

***

Vercundus sonrió tímidamente a Xena. La guerrera cautiva estaba colgada por los pulgares del crucero de la tienda de mando; apenas tocaba el suelo con los pies.

—¿Te apetece un poco de compota de manzana? —le preguntó Vercundus. Estaba en cuclillas junto al caldero de manzanas trituradas que había dejado cociendo. Estaba ahora retirado de las brasas y despedía un olor dulzón que llenaba toda la tienda.

Los ojos de Xena le miraron como dos cercenadores pedazos de hielo azul.

—No —contestó con una voz que pudiese haber hecho astillas el acero—. No quiero compota.

—Como quieras —respondió Vercundus sonrojado. Volvió a ocuparse de su caldera, removiendo la espesa masa con un cucharón de madera. A Vercundus nunca se le habían dado bien las mujeres; se volvía tremendamente tímido con ellas, aunque al menos había conseguido superar el tartamudeo.

Los ojos de Xena pasaron sobre su hombro… y se abrieron de par en par. Gabrielle acababa de entrar a hurtadillas y le indicaba mediante gestos que no delatara su presencia allí. Levantó el cayado y lo lanzó contra la cabeza del distraído Vercundus.

***

Habla la narradora:

¡Y falló! Gabrielle no calculó bien la fuerza ni la solidez de la cabezota de Vercundus. Éste se levantó al recibir el primer golpe y, desenvainando su espada, reprendió a Gabrielle por su torpeza, sonrojándose más y más a medida que hablaba.

Por tanto, Gabrielle se vio obligada a defenderse, madera contra acero, mientras la desvalida Xena contemplaba la escena y luchaba por desatarse y socorrer a su amiga.

Una de las salvajes embestidas de Vercundus cortó la cuerda que mantenía sujeta a la guerrera, que cayó de bruces sobre el caldero de compota. El poste central se quebró por su peso y cayó tras ella, cubriendo a los combatientes con un manto de algodón y eclipsando la escasa luz del sol que entraba en la tienda.

Al fin, Gabrielle consiguió dejar inconsciente a Vercundus y se lanzó rápidamente a por su amiga. Cortó la tela de la tienda con la daga de Xena y se la llevó a un lugar más seguro, tras el campamento, cuando comenzó la confusión de guerreros que salían a toda prisa de sus tiendas, sin saber dónde estaban sus comandantes.

Sólo cuando se encontraron seguras en el interior de una cueva, Gabrielle comprobó el estado de su amiga. Y sólo entonces se empezó a preocupar. Xena, incapaz de liberarse de sus ligaduras, y asfixiada bajo el peso de la tienda y la compota… ¡no respiraba!

***

—¿Xena? —Gabrielle pasó la mano por el rostro de la inconsciente guerrera y le quitó parte de la compota que la cubría—. Xena, ¿estás bien? —No obtuvo respuesta—. Oh dioses…

Empezó a sentir auténtico terror. Se las había arreglado para dejar fuera de combate a siete señores de la guerra y salir del campamento con Xena a rastras, pero no había sido consciente de que, durante el trayecto, su amiga había permanecido extrañamente silenciosa. ¡No estaba respirando!

Gabrielle cerró los ojos e intentó recordar.

Con manos temblorosas, entreabrió los labios de Xena y la limpió de compota, despejando sus vías respiratorias. Después llevó su boca hasta la de ella e insufló aire una, y otra, y otra vez…

"Puedo hacerlo", pensó. "Tengo que estar centrada… ¡por Xena!"

El sonido que produjo la guerrera al empezar a respirar de nuevo por sí misma pareció a Gabrielle el más dulce que había oído jamás.

***

Habla la narradora:

Y así fue como la astuta Gabrielle venció a siete señores de la guerra para salvar a su querida amiga.

Aquellos hombres abandonaron Grecia, avergonzados hasta la médula por el hecho de que una jovencita ciertamente desentrenada en el arte de la batalla hubiese podido con ellos… y en parte también temerosos de la venganza de Xena. Se dispersaron a los cuatro vientos para dedicarse a sus negocios en paz, lejos de la Defensora de la Justicia y de su ingeniosa amiga.

De cualquier modo, en el futuro… la mente de Xena volvería a aquel momento en que, al despertar, sintió la suavidad de unos labios sobre los suyos…

Pero eso es otra historia…

(Nota de la Autora: los nombres en latín de los señores de la Guerra, por si alguien se lo pregunta, pueden traducirse como Feliz, Gruñón, Dormilón, Sabio, Mudito, Mocoso y Tímido).

FIN

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