XWP Gen » La princesa fascia

Esta historia ha sido traducida por Eidel, previa petición y concesión de permiso para ello por parte de su autora, Nene Adams. Cualquier comentario, bueno o no tan bueno, así como preguntas, etc., será bien recibido y, por supuesto, contestado.

:: LA PRINCESA FASCIA ::

©1999 Todos los derechos reservados.
Por Nene Adams

Xena irrumpió en el salón del trono, no sólo como si éste le perteneciera, sino también como si fuese ella quien pagara las rentas del castillo, quien cepillase y limpiase la piel de armiño del manto real cada mañana y quien ordenase ocasionalmente que la cabeza de un mal bufón fuese separada de su cuerpo, por el mero hecho de estar de buen humor.

—¿Me has mandado llamar? —preguntó la guerrera con sequedad, las manos en las caderas y una elegante sonrisa de impaciencia en los labios.

El Rey Capillus la miró desde la posición elevada de su estrado real. Las lágrimas cruzaban sus pecosas mejillas y empapaban su barba, plateada y larga hasta el suelo, que en esa ocasión descansaba sobre su regazo. Cuando se limpió enérgicamente la nariz con un pañuelo, el Barbero Real se apresuró para dejarlo caer al interior de un cubo de plata.

—¡Ah, sí, Xena! —sollozó el Rey—. ¡Gracias por venir!

Xena le atajó con un gesto de su mano.

—¿Qué puedo hacer por vos, Majestad?

La guerrera daba muestras de tener prisa; había dejado a su compañera, Gabrielle, en una región boscosa justo al límite del reino de Capillus y estaba impaciente por regresar. La bardo acababa de recibir un nuevo número del catálogo del "Victorix's Secret" y ambas contaban con una buena cantidad de dinero para gastar.

—¿Un señor de la guerra dispuesto a violar, asesinar y robar? ¿Una horda de monstruos? —Sus ojos de color pálido relampagueaban sin cesar—. ¿Sacerdotes borrachos? ¿Nobles ladrones? ¿Alguna boda no deseada?

El Rey sacudió la cabeza con fuerza, lo cual casi hizo que su corona saliera volando.

—No, no, ¡nada de eso! Se trata de mi hija, la Princesa Fascia…

—Déjame adivinar. —Xena suspiró y le dirigió una mirada de impaciencia—. Se ha enamorado del tipo equivocado. Algún conde pretencioso que piensa asesinarte a traición para quedarse con tu trono, ayudado, por supuesto, de un señor de la guerra cuyos malvados planes yo seré capaz de frustrar en base a mi experiencia como Destructora de Naciones hace diez años…

El Rey sacudió su cabeza una vez más, y esta vez la corona salió despedida por el aire. Mientras el Real Cuidador de la Corona la atrapaba al vuelo con estudiada precisión, el Rey prosiguió.

—¡Nada de eso, Xena!

—Oh. —La guerrera dejó entrever lo poco que le interesaba todo aquello un momento, pero pronto le siguió el juego—. Bueno, ¿entonces cuál es la emergencia?

El Rey ahogó un enorme suspiro y se sonó la nariz una vez más.

—Pues verás… mi hija, la Princesa Fascia, acaba de cumplir su decimoctavo invierno. Cuando su madre, la Reina Longina, estaba encinta, desarrolló un curioso antojo por cierto tipo de hierbas que sólo se encuentran en una región inexplorada al otro lado de mis dominios. Yo mismo fui a buscarlas… y me vi enfrentado cara a cara con una bruja que me amenazó de muerte…

Xena le atajó una vez más.

—Debe haber, espero, un final para esta historia. Uno que explique por qué te viste forzado a llamarme con la urgencia suficiente como para hacerme viajar cien millas por territorio hostil, abandonar a mi bardo en el bosque con un estupendo catálogo de lencería de seda en las manos y, lo peor de todo, obligarme a hacer toda una serie de erróneas suposiciones que degradarán para siempre mi perfecta reputación de guerrera intuitiva.

—¡Por supuesto, por supuesto! —El Rey se enjugó la cara con el faldón de su túnica—. Le expliqué a la bruja que mi mujer esperaba un hijo y le juré que se moriría si yo no le llevaba esas hierbas. La bruja me permitió tomarlas… pero sólo con una condición. A cambio, debía ofrecerle la vida de mi primogénita.

—Ya veo. —Xena miró en derredor; la sala estaba vacía excepto por los asistentes uniformados del Rey y el trono en sí. Balanceó su peso entre ambos pies durante unos segundos, y sólo entonces continuó.

—A ver si puedo adivinar el resto. Te negaste a cumplir tu parte del trato porque no fuiste capaz de entregar a Fascia cuando llegó el momento de hacerlo. Así que cuando la Princesa cumplió dieciocho años y le preparaste su fiesta de mayoría de edad, la bruja apareció y secuestró a Fascia.

Acto seguido, desplegó una sonrisa complacida.

El Rey asintió y aplaudió, aunque sus aplausos sonaron extrañamente apagados.

—¡Absolutamente perfecto, Xena!

—Y quieres que yo rescate a tu hija y la devuelva al seno familiar sana y salva.

El Rey aplaudió otra vez.

—¡Dos de dos, guerrera! —exclamó.

La sonrisa de Xena se ensanchó aún más.

—Y dime, ¿dónde la tiene retenida la bruja?

—En una torre, en medio del bosque —dijo el Rey Capillus, dejando que su Lavador de Manos Real le quitara de las mismas ciertos restos de una sustancia pegajosa que sería mejor no describir.

—¿Tienes por ahí algún retrato de la Princesa? Sólo para poder reconocerla.

—¡Oh, eso no será ningún problema! ¡La Princesa Fascia tiene la melena más larga y delicada del mundo! Increíblemente larga, en verdad. Herencia de su madre —añadió con orgullo.

—¿Hay algo más que deba saber?

—No, no, ¡nada en absoluto! —afirmó el Rey, ignorando los incesantes silbidos que le dirigía su Consejero Real.

—¡Pero Majestad! —exclamó finalmente el Consejero—. ¡¿No deberíais contarle lo de los otros?!

—¿Qué otros? —preguntó Xena, entrecerrando los ojos con aire sospechoso.

—Bueno, verás… Hace unos meses enviamos noticia a todos los héroes del mundo —dijo el Consejero, ignorando ahora los carraspeos del Rey—. Muchos de ellos han fracasado y… —Su voz fue reduciéndose a la nada al darse cuenta de la feroz mirada que Xena le estaba lanzando— … tú estabas en la lista… —añadió a media voz.

—Aparentemente bastante cerca del final —replicó Xena con ira.

—¡Héroes! Bastante sobrevalorados, en mi opinión —dijo el Rey Capillus—. ¿Sabes que uno de esos pobres tontos se empeñó en luchar contra un rosal? Decía que estaba encantado o algo así… Casi se saca los ojos con tanta espina…

Xena aspiró aire profundamente, contó hasta diez en macedonio, y para asegurarse, también en fenicio, babilonio y sumerio, antes de aventurarse a abrir la boca y que lo que saliera de ella no fuere un grito de batalla que hiciera que todos los hombres en millas a la redonda salieron corriendo.

—De acuerdo. Doy por supuesto que ninguno de esos héroes ha tenido éxito, ¿correcto?

—Así es. —El Rey meneó la cabeza con aire apesadumbrado; el Real Cuidador de la Corona se puso en guardia, pero esta vez el círculo dorado permaneció en su lugar—. Tú eres… eres… —aventuró chasqueando los dedos en busca de la expresión correcta.

—¿El último resto que arañar del fondo del barril? —propuso el Consejero, intentando ayudar.

—¡No! ¡Nuestra última esperanza! —exclamó el Rey, más que nada para rellenar el incómodo silencio surgido tras aquellas palabras.

La pétrea expresión de Xena parecía una copia de la de Medusa, después de ser decapitada por un héroe peludo ataviado con un taparrabos demasiado estrecho.

Al verla, el Rey añadió.

—¡La última y única esperanza para mi pobre hija, que no está acostumbrada a permanecer cautiva en una torre con una malvada bruja que los-dioses-saben-lo-que-le-estará-haciendo como única compañía!

Los sirvientes aplaudieron aquella magistral forma de salvar una situación comprometida.

Aun así, los feroces ojos azules de Xena paralizaron a todos los presentes en mitad de una de aquellas palmadas. A continuación, con forzada educación, dijo:

—Ya veo. Bueno, no te tomaré en cuenta esa opinión sobre los héroes, pero… —y se detuvo, dirigiendo tal mirada al Rey que su corona pareció temblar por sí misma, antes de continuar—… pero la próxima vez recurre de primeras a un experto en lugar de confiar en el primer saco de músculos vestido con piel de león que se te ponga delante.

El Rey asintió, sonándose de nuevo la nariz con el pañuelo limpio que le ofrecía su Real Limpiador de Orificios Faciales.

—Siento no haberte llamado antes, Xena —afirmó Capillus con sinceridad—. ¿Ayudarás a mi hija? ¿La rescatarás de las garras de esa horrible y malvada bruja vieja y la devolverás a los amorosos brazos de su padre? Mi preciosa Fascia es todo lo que tengo en el mundo —gimoteó.

Xena, por su parte, lanzó un sonoro suspiro.

—Lo haré —dijo—. Puedes confiar en mí.

Y el Rey, olvidándose completamente del pañuelo que tenía en las manos, aplaudió con tanta energía que todos los asistentes quedaron cubiertos con su mucoso contenido de pies a cabeza.

Xena dio media vuelta y abandonó el salón del trono con estilo, elegancia y la poca dignidad que aún le quedaba, y se lanzó al galope hacia el bosque en el que esperaba Gabrielle… y el siempre presente y obsesionante catálogo de sedosas e ingeniosas travesuras.

Pero primero, buscó un arroyo tranquilo y se bañó. A conciencia. Con jabón. Y piedra pómez como tratamiento de belleza añadido.

***

Tras explicar a Gabrielle la necesidad de posponer su estudio del catálogo del "Victorix's Secrets" y aguantar la rabieta y la decepción de la bardo, Xena guió a su compañera a través del bosque, en busca de la torre de piedra de la bruja, con el fin de rescatar a la Princesa Fascia.

Cuando aquel absurdo hubiese acabado, guerrera y bardo se prometieron una tarde medio tranquila de juegos, imaginándose la una a la otra con cierto atuendo y confeccionando sus respectivas listas de la compra.

Cabalgaron por el silencioso bosque, con Gabrielle a la espalda de Xena, abrazada fuertemente a su torso; el único sonido que les llegaba eran las amortiguadas pisadas de Argo sobre la hierba. Algo en verdad espeluznante.

—¡Ooooh, Xena! —exclamó Gabrielle, mirando a su alrededor sin parar—. ¿No te da miedo este lugar?

—No más que un templo abandonado lleno de telarañas gigantescas y esqueletos que gritan en el que las manchas de sangre seca hablan de inenarrables sacrificios a algún olvidado dios antediluviano con forma de calamar —respondió la mujer con toda la tranquilidad del mundo.

—¡Oooooh! —exclamó la bardo, abrazándose con tanta fuerza a Xena que podría haberla partido por la mitad—. No vamos a un sitio así, ¿verdad?

—No hasta el próximo martes —respondió la guerrera.

Cabalgaron en silencio hasta llegar a un claro. En mitad de la verde explanada de hierba se alzaba una enorme torre de piedra; tan alta que un gigante podría aposentar allí sus nalgas para jugar una amistosa partida de dados.

Xena y Gabrielle desmontaron y rodearon la torre. El lugar parecía estar desierto, no había puerta alguna y sólo una ventana, aunque más cerca del tejado que del suelo.

—¿De verdad crees que la Princesa Fascia se encuentra aquí? —le preguntó Gabrielle—. A mí me parece que no hay nadie en casa.

—Tal vez… —Xena echó una mirada furibunda a la torre—. Al menos, el rosal del que me habló el Rey sí está aquí.

De repente, una voz masculina surgió del interior del bosque.

—¡Ya estoy aquí, pichoncito!

Tras dirigirse una significativa mirada, las dos mujeres corrieron a esconderse tras unos arbustos cercanos.

Una heroica figura salió corriendo de la espesura. Su piel brillaba como si se la hubiera untado con aceite; su pelo caía en rubios tirabuzones, enmarcando un bello rostro de mandíbula cuadrada y facciones bien delineadas. El taparrabos de piel de león se encontraba estratégicamente situado, aunque sólo servía para enfatizar aquel ya de por sí musculoso físico.

—¡He venido a rescatarte, mi pequeño caramelito! —canturreó—. ¡Oh, Fascia, Fascia, deja caer tu cabello!

La cabeza de una muchacha asomó en ese momento por la ventana de la torre.

—¡Eeeeeeeh! ¿Quién eres tú? —gritó a pleno pulmón.

—¡Soy Biendotadus el Poderoso! —gritó él a su vez, hinchando el pecho—. ¡Un héroe extraordinario!

La chica suspiró.

—Maldita sea mi suerte… otro más. —A continuación, dirigió una mirada de disgusto hacia el hombre—. Has estado espiando a la bruja, ¿verdad?

—¡Así es, palomita! ¡Así es como yo, Biendotadus el Poderoso, he llegado a conocer la contraseña que me garantizará la entrada en tu mazmorra y podré rescatarte de las nefastas garras de la malvada y, aún más, horrenda hechicera Fricatrice!

—Hay que fastidiarse… —La Princesa Fascia levantó una de las macetas que decoraban el alféizar de la ventana—. ¡Lárgate ya, pesado!

—¡Pero muñequita mía! —Biendotadus pasó a adoptar toda una serie de poses masculinas, mostrando sus músculos con la esperanza de conseguir algo—. ¡He venido a rescatarte para que podamos vivir felices por siempre jamás!

—¡He dicho que te largues! —Fascia arrojó la maceta, con tanto tino que acertó al tipo en mitad de la cabeza sin que él tuviese tiempo de esquivarla—. ¡No necesito que me salve ningún proyecto de héroe con el cerebro lleno de estiércol! ¡Maldición!

Xena y Gabrielle esperaron hasta que el tipo recuperó la consciencia y regresó al bosque del que había salido, con el rabo que decoraba la parte trasera de su taparrabos de león arrastrando tristemente por el suelo.

—Supongo que debe estar bajo los efectos de un hechizo o algo así —susurró Gabrielle.

Las dos mujeres intercambiaron una nueva mirada… y de mutuo y silencioso acuerdo, decidieron esperar a que se hiciera de noche para poner en marcha el plan de Xena:

Engañar a la Princesa, supuestamente-bajo-los-efectos-de-un-maleficio, para que dejara caer la escala de pelo, subir a la torre, agarrar a la susodicha Princesa, salir de allí más deprisa de lo que saldría un murciélago del mismísimo Hades, regresar al castillo, presentar a la rescatada, denegar cualquier ofrecimiento de honores o recompensas, encontrar una cueva abandonada-aunque-seca-cálida-y-agradable y pasar el resto de la jornada disfrutando de Gabrielle y de toda suerte de censurables actividades.

Y Xena confiaba en que ese plan se cumpliese, punto por punto.

***

La luna había quedado oculta por los árboles que crecían arracimados alrededor de la torre.

Xena avanzó a hurtadillas sin que sus pies sobre las hojas caídas durante el último año hicieran más ruido que un ratón en plena orgía de pan horneado.

Cuando alcanzó la base, exclamó.

—¡Oh, Fascia, Fascia! ¡Deja caer tu cabello!

En ese momento, un débil resplandor iluminó el marco de la ventana.

—¡Eeeeeh! ¿Por qué has tardado tanto? —gritó la princesa, sacando medio cuerpo fuera y con una vela en la mano—. Dijiste que sólo ibas a buscar arenques en vinagre y esas frutas escarchadas que tanto me gustan.

—¡Lo siento! —contestó Xena, pensando deprisa—. No les quedaban frutas. Pero en lugar de eso te he traído los dulces más caros de toda la Galia.

—¡Oh! Bien, ¡trato hecho! Espera un momento, amor… Acabo de arreglarme el pelo para esta noche.

Xena esperó hasta que la increíble mata de pelo dorado de Fascia se hubo descolgado por la ventana hasta el suelo. Dio un suave tirón para comprobar que era estable, y le hizo un gesto a Gabrielle, que había estado esperando a ver cómo se desarrollaba el asunto, para que se acercara.

Así, juntas, comenzaron a escalar por el cabello de Fascia, ignorando los gritos que incesantemente profería, tales como: "¡Cuidado ahí abajo! ¿Qué demonios has estado comiendo, mujer? Parece que has ganado peso desde la última vez que… ¡Ay! ¡Pesas como dos personas juntas! Espero que esos dulces me compensen tanto tirón de pelo."

Al llegar arriba, Xena saltó el alféizar en primer lugar. Por lo demás, los constantes farfulleos de Fascia y su esfuerzo por devolver la inaudita escala al interior de la torre evitaron que se diera cuenta del momento en que la guerrera ayudó a Gabrielle a entrar.

La Princesa Fascia, cuando al fin hubo recuperado el control de sus bucles, se giró en redondo. Sus ojos se abrieron como platos y exclamó:

—¡Que me aspen! ¿Y vosotras quiénes sois? ¿Qué queréis de mí?

Xena le ofreció la mejor de sus sonrisas.

—Me llamo Xena y ésta es mi amiga, Gabrielle. Hemos venido a rescatarte de…

—Lo sé, lo sé. —Fascia emitió un sonoro suspiro—. Déjame adivinar. "De las nefastas garras de la malvada y, aún más, horrenda hechicera Fricatrice", ¿verdad?

—Así es. —Gabrielle echó un vistazo en derredor; la estancia era sorprendentemente espaciosa, y estaba decorada con el más lujoso de los mobiliarios—. Em… Te encuentras bien, ¿no es así? Quiero decir… que no te ha hecho daño ni nada…

—Pues claro que no —afirmó con el tono típico de alguien que dice una obviedad, y a continuación aspiró hondo antes de seguir hablando—. Oye, ya podéis ir diciéndole a mi padre que no pienso volver a ese viejo y apestoso palacio. Soy una mujer adulta y puedo tomar mis propias decisiones. Estoy harta de que no dejen de venir esos proyectos de héroe a no dejarnos dormir ni nada una maldita noche… ¿Sabéis que a uno no se le ocurrió otra cosa que aparcar su maldito caballo bajo la ventana y lapidarnos los oíros con serenatas de amor durante dos semanas? Casi le abro la cabeza con mi mejor par de zapatos, claro que sí.

—Ah… entonces… ¿es que no quieres que te rescaten? —preguntó Xena con el ceño fruncido.

—¡¿Pero rescatarme de qué?! —Fascia abarcó la habitación en la que se encontraban con un amplio gesto de sus brazos—. Tengo un montón de sirvientes invisibles que cumplen todos mis deseos… armarios a rebosar con las mejores galas del mundo… todo tipo de objetos fantásticos, incluyendo joyas… Mi padre nunca me dio joyas, ¡ni siquiera un maldito collar de perlas para mi puesta de largo! Todo lo que una chica delicada como yo podría desear… ¿Y queréis que regrese a un castillo ordinario y aburrido lleno de gente aún más ordinaria y aburrida? ¿Estáis piradas o qué?

Antes de que Xena o Gabrielle tuviesen tiempo de pensar una respuesta, Fascia añadió:

—Además, Fricatrice y yo estamos enamoradas. Planeamos casarnos en primavera. ¿Queréis venir? Justo ahora estaba pensando que los vestidos de las damas de honor deberían ir en un tono granate que…

***

Así las cosas, resultó que la Princesa Fascia no había sido secuestrada en absoluto; se había fugado con la fascinadora Fricatrice después de conocerse en una de las fiestas del castillo y atiborrarse de vino y queso de cabra.

—¿Pero no te das cuenta de que podría ser tu abuela? —preguntó Gabrielle, haciendo como que no había sentido el fuerte codazo que Xena acababa de propinarle—. Por lo que el Rey le dijo a Xena, esa mujer es básicamente una bruja vieja.

—¡Oh, no! —contestó Fascia—. La que tenía fama de bruja era su madre. La pobre perdió la chaveta… Le dio por decir que podía transformar calabazas en no sé qué cosas y que había conocido a no sé cuántas princesas… Se volvió un auténtico incordio, la verdad. Cuando nos vinimos aquí, la metimos en un hospital geriátrico precioso para viejas hechiceras en Tracia. La visitamos todos los miércoles por la tarde.

—¿Y exactamente qué es lo que quieres que le digamos a tu padre? —le interrogó Xena—. Te echa mucho de menos, ¿sabes? No puede parar de llorar…

—¡Sandeces! —exclamó Fascia con desgana mientras uno de sus rubios mechones de pelo le caía por los ojos—. Mi padre no deja de llorar porque un mago, al que quiso engañar en una apuesta, le maldijo con que las uñas de los pies le crecieran hacia adentro. ¡Ese hombre es más tacaño que una rata! Seguirá agarrado a sus dinares hasta que el maldito Minotauro deje de pegar voces en su laberinto. En mi opinión, sólo tiene lo que se merece. ¡Y punto!

—Oh. —Xena parpadeó rápidamente un par de veces; todo aquello se estaba convirtiendo en el mayor cúmulo de despropósitos que había visto jamás, y su infalible instinto de guerrera se tambaleaba con cada nuevo dato que iban descubriendo.

Pero lo que más sentía la guerrera de todo aquello era haber perdido el tiempo tan soberanamente; un tiempo que podría haber empleado con cierta bardo y cierto catálogo repleto de satén y seda. Así, Xena se encontró indecisa entre cortar el incesante parloteo de Fascia, agarrar a Gabrielle, bajar de la torre y correr hacia la quietud del bosque… o simplemente empezar a darse cabezazos contra el muro que le quedara más cerca.

Gabrielle, por su parte, sonrió a la Princesa a medida que una idea iba abriéndose paso en su mente.

—¿Por qué no le escribes una carta a tu padre, Fascia? Cuéntale lo de Fricatrice y la boda. Xena y yo se la llevaremos; a lo mejor deja de enviar héroes a por ti cuando se dé cuenta de lo feliz que eres.

—Pues eso tendré que hacer —convino Fascia suspirando de nuevo—. ¡Pero el tipo es un auténtico reptil testarudo, os lo aseguro! Sin embargo… si tu Xena aquí presente le lanzara una de sus amenazantes miradas de guerrera, tal vez se apaciguaría lo suficiente y dejaría de fastidiar.

—Puedes apostar a que sí —convino Gabrielle, dedicándole a Xena la más deslumbrante de sus sonrisas.

La mujer, por su parte, adoptó un aire derrotado y afirmó:

—Sí, qué remedio.

***

Y bien está lo que bien acaba.

Tras explicarle al desolado Rey Capillus durante una hora o más el estilo de vida que su hija había elegido y su determinación de quedarse con Fricatrice, Xena consiguió al fin que se diera cuenta de que la felicidad de Fascia era lo más importante en todo aquel asunto.

Y mientras el Real Enjugador de la Barba Real cumplía con su trabajo por partida doble, el Rey, cuyas lágrimas brotaban ahora de felicidad y por el dolor de sus reales uñas en igual proporción, ordenó que se organizara un cóctel informal para celebrar el reciente compromiso de la Princesa Fascia.

Xena y Gabrielle recibieron el encargo de llevar personalmente la invitación a la pareja, para total desolación de Xena.

Y una vez cumplido, recibieron el título de invitadas de honor al banquete, lo cual produjo una fuerte jaqueca a la guerrera.

Así pues, mientras un deslumbrante-aunque-no-menos-lloroso Rey confería todo tipo de medallas, honores y títulos a la pasmada Fricatrice, cuyo aspecto distaba mucho del de una malvada bruja y muy poco de un cruce entre una atleta olímpica amazona y la modelo escultórica de uno de esos artistas romanos en decadencia, y la Princesa Fascia inundaba los salones del castillo con sus carcajadas y demás expresiones de júbilo, Xena y Gabrielle encontraron al fin la oportunidad de escabullirse hacia el jardín trasero del palacio.

Solas.

Excepto por una copia de ese catálogo lleno hasta los bordes de concupiscencia carnal y libidinosa lujuria…

Y un par de plumas para escribir, algunos pedazos de pergamino y su indómita imaginación.

FIN

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