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XWP Gen » Madres
Esta historia ha sido
traducida por el Equipo de Inglés
de Xenafanfics y cuenta con el permiso
de la autora para su traducción y publicación
en español en Internet.
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fictions de Xena, Warrior Princess, escribe
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AVISO
LEGAL: MCA/Universal posee los derechos
sobre Xena, Gabrielle, etc. Tan sólo
los he tomado prestados, una vez más,
para mis retorcidos propósitos. No
se pretende infringir los derechos de autor.
NOTA
DE LA AUTORA: Esta historia está
dedicada a mi madre.
:: MADRES
::
(MOTHERS)
De
B. L. Miller
Cyrene estaba limpiando
la barra del bar cuando entró la amazona.
La canosa mujer dejó el paño
y sonrió.
—¿Qué
puedo hacer por ti, querida?
La amazona rubia miró
a la anciana.
—Estoy
buscando a una mujer llamada Cyrene. ¿Es
usted? —«Esto está siendo
demasiado fácil » , pensó
para sí misma.
—Si,
yo soy Cyrene —la amigable sonrisa de
la cara de la posadera desapareció
cuando vio un cuchillo saliendo de su vaina—.
¿Qué quieres? Aquí no
hay mucho dinero —Estaba aterrorizada;
nunca se había oído que las
amazonas robaran a la gente.
La amazona se acercó.
—A
Gabrielle —dijo la amazona; sus labios
se curvaron en una mueca; la ira y el odio
se notaban en su voz.
Toris estaba reparando
una valla rota cuando un hombre corpulento
llegó corriendo hacia él, con
la cara roja de esfuerzo.
—¡Toris!
¡Toris! —el hombre agitaba la
mano desesperadamente.
—¿Qué
ocurre, tío Ariss? —le preguntó
al preocupado hombre, al tropezárselo
a mitad de camino. Ariss apoyó las
manos en las rodillas y se agachó,
intentando recuperar el aliento. Toris le
sujetó por los hombros.
—Tu
madre… —jadeó Ariss—
hay… una nota… un cuchillo —los
ojos de Toris se abrieron de par en par y
se lanzó a una carrera mortal hacia
la posada; las palabras de su tío resonaban
en su mente.
Al entrar en la posada,
Toris notó enseguida que allí
había habido una batalla. Alrededor
de la barra había cristales rotos por
todas partes. El trapo de limpiar de Cyrene
estaba salpicado de gotas de sangre. Había
un pergamino clavado a la barra con una daga.
Fue hacia la barra despacio, asustado de las
palabras que pudiera contener la nota. Con
manos temblorosas, aflojó el cuchillo,
profundamente encajado, y liberó la
nota.
Ariss estaba ya a mitad
del camino de regreso cuando vio a su sobrino
cabalgando hacia él.
—Tío,
cuida de la posada. Tengo que encontrar a
Xena.
Antes de que Ariss pudiese
protestar, el negro semental le pasó
rugiendo al lado, azuzado por el bondadoso
granjero. Toris no se detuvo a pensar que
carecía de armas, salvo la daga que
había cogido de la posada, ni se dio
cuenta de que no tenía equipo de viaje
de ningún tipo, ni siquiera una cantimplora.
Sólo pensaba en la nota, en su querida
madre, y en encontrar a su hermana antes de
que fuera demasiado tarde.
La amazona rubia estaba
mirando a una chica morena que cepillaba un
pony. «Bueno, no llega ni a ser una
mujer » , pensó. Tendría
alrededor de dieciséis veranos, no
muchos más: no era la mujer que andaba
buscando.
Otra figura salió
de la casa grande. Tenía que ser ella:
una mujer delgada de al menos cuarenta y cinco
veranos, de pelo ligeramente gris, pero todavía
rico en profundos tonos miel: tenía
que ser Hécuba. Los ojos de la amazona
se empequeñecieron como si acechara
una presa.
Lila habló con
su madre durante un momento, antes de dejar
el cepillo y entrar. Hécuba agarró
las riendas del caballo y lo llevó
de vuelta al establo.
Lila se preocupó
viendo que su madre no volvía de cuidar
a Nicoli, la pequeña pero leal yegua.
—¿Madre?
No hubo respuesta.
Lo intentó otra
vez, con el mismo resultado. Al entrar en
el establo se sorprendió de ver a Nicoli
fuera de su sitio. Lila fue hacia ella y la
guió hasta su puesto con unos golpecitos
en el cuello. Una vez que la yegua estuvo
bien sujeta, volvió de nuevo a buscar
a su madre. Sus ojos se detuvieron en una
daga que sujetaba una nota en la pared más
alejada.
—¡Lila!
¡Lila! —oía gritar a su
padre, mientras ensillaba a Nicoli.
Cogió dos odres
de un gancho; reunió algo de la ropa
de caza de su padre en un saco de la silla
de montar, pensando en cuál sería
la ruta más segura para ir; ató
una manta enrollada en la parte trasera de
la silla de montar y después sacó
al caballo del establo. Su padre llegó
en el momento en que lo montaba.
—¿Dónde
vas? Está muy oscuro ahí fuera
—gritaba señalando al cielo nocturno.
—¡Alguien
ha raptado a Madre! —chilló—
¡tengo que encontrar a Gabrielle! ¡Jia!
El caballo se sobresaltó
un poco ante la inusual exigencia de su amable
propietaria, después se adentró
en la noche. Pasara lo que pasara, Lila sabía
que, de alguna forma, la culpa era de Xena.
Toris miró alrededor,
al camino desconocido. Sabía qué
ruta debía tomar, pero nunca había
viajado antes en esa dirección. El
aire frío de la noche le hizo temblar
un poco y lamentar la apresurada marcha de
Amphipolis. Un rápido inventario mental
le confirmó lo estúpida que
era la decisión que había tomado.
Al divisar un pequeño
sendero, hizo girar al caballo para seguirlo.
Seguramente conduciría hacia el agua,
o hacia algún sitio habitado. No quería
dormir en el suelo si podía evitarlo;
eso estaba bien para Xena, la poderosa hermana
guerrera, pero él no había dormido
en el suelo ni una sola vez en su vida. Aún
así, Toris sabía que no podía
permitirse perder el tiempo buscando aldeas
para dormir. Un arroyuelo apareció
delante de un pequeño claro. Alzó
la mirada al cielo nocturno para juzgar el
tiempo. La luna llena que iluminaba el cielo
le daba unas cuantas horas más de luz
para el viaje.
—Vamos,
Lunac, toma un poco de agua y nos marchamos.
Dirigió al caballo
negro hacia el borde del arroyo y soltó
las riendas. Lunac sorbió ávidamente
el agua. Toris se arrodilló y. bebió
todo el agua que pudo haciendo cuenco con
las manos. No satisfecho con los resultados,
sobre todo por la camisa, que se le había
empapado, metió la cara en el agua
y bebió directamente. Le dio unos minutos
a Lunac para comer algo de hierba antes de
montar y dirigirse de vuelta al camino.
Lila tomó unos
cuantos sorbos de agua mientras buscaba alrededor
un lugar donde poder encender el fuego de
campamento. Por la posición de la luna,
dedujo que faltaban unas pocas horas antes
de que Apolo comenzara su ascenso matutino
por el cielo. Eligió el lugar adecuado
y se dispuso a encender el fuego. Mientras
recogía trozos ligeros de madera, pronunció
una pequeña plegaria a Artemisa para
que cuidara de su madre y de ella durante
la noche; sabía que Artemisa era la
divinidad de la luna y la protectora de las
amazonas, de quienes su hermana era ahora
la reina.
Además, sabía
que Artemisa cuidaba de Gabrielle, cosa que
le hacía mucha falta desde que su dulce
hermana viajaba con ese temible señor
de la guerra, Xena. Si había una persona
que le disgustara, incluso que odiara, era
ella: Xena se había llevado a su hermana
lejos de ella. En la última visita
de Gabrielle, las dos hermanas no habían
hecho otra cosa que discutir por tonterías
y pelearse.
Tumbada allí,
cubierta con la manta, Lila pensaba en los
cambios que se habían producido en
su hermana durante los últimos dos
años. Por una parte, Gabrielle tenía
muchas más cicatrices, de lo que Lila
culpaba a Xena: por eso había empezado
la segunda pelea. La primera pelea se había
producido por la insistencia de Gabrielle
en que fuera amable con Xena. Lo último
que la joven quisiera ser con la guerrera
era amable. Esa alta mujer de aspecto amenazador,
cargada de armas, era la que había
alejado a Gabrielle de ella; no podía
ser amable con ella, y así se lo dijo
a Gabrielle.
Mientras iba cayendo
en el sueño, Lila sonreía al
recordar a su hermana y a ella jugando en
los prados cuando eran pequeñas. Era
un sueño que había tenido con
frecuencia la primera vez que se marchó
Gabrielle; era la única forma de dormir.
A medida que el tiempo fue pasando, dejó
de soñar con ello. Esta noche era la
primera vez, en un ciclo completo de estaciones,
en que ese sueño regresaba a Lila.
Acercándose con
rapidez a la frontera del territorio amazona,
Toris cometió un error al no advertir
las señales de alerta. Una flecha salió
disparada, traspasándole la pierna.
Otra le hirió debajo de la primera.
—¡Esperad,
estoy desarmado! —gritó, alzando
las manos vacías.
—Esta
zona está prohibida a los hombres:
abandónala ahora —respondió
una invisible amazona.
—Necesito
vuestra ayuda. Tengo que encontrar a Xena.
Comenzaba a sentirse
débil a causa de la sangre que manaba
de las heridas de flecha y le corría
por la pierna. Exhausto por la interminable
cabalgata y mareado de ver su propia sangre,
Toris se dejó resbalar de la silla
hasta el suelo, asiéndose el muslo
herido con las dos manos. Un par de espadas
surgieron de la nada junto a su garganta.
Alzó la mirada y vio a las amazonas
que las portaban, contemplándole con
aspecto iracundo.
—Márchate
—ordenó la centinela—.
Xena no está aquí.
Aparecieron varias amazonas
más a sus espaldas y de entre los árboles.
Eponin surgió del recién llegado
grupo y empujó al atemorizado hombre,
haciéndole caer al suelo.
—¿Qué
tienes que ver con ella? —dijo con su
tono de voz más autoritario.
—Soy
su hermano —respondió él
sin perder de vista un momento las afiladas
hojas que amenazaban su garganta—. Nuestra
madre ha sido secuestrada. Tengo que encontrar
a Xena.
—No
está aquí —contestó
Eponin, en tono cortante y severo. Al fin
y al cabo, ese hombre no se parecía
en nada a la guerrera.
—Tengo
una nota.
Comenzó a mover
la mano hacia el interior de su camisa, ante
lo cual una de las armas salió disparada,
cortándole en la mejilla. Eponin frunció
el ceño, pero no dijo nada; no debería
haberse movido.
—¿Dónde
está?
—En
mi camisa.
Una de las centinelas
bajó su arco, se le acercó y
rasgó la tela. Luego sacó el
pedazo doblado y, al descubrir la daga, la
sacó también. Sostuvo ambas
cosas en alto para que Eponin las viera.
—Vaya,
al parecer no venías tan desarmado
después de todo —los ojos de
la amazona se entrecerraron al ver el diseño
que adornaba la empuñadura—.
¿De dónde has sacado esta daga?
—Era
lo que mantenía la nota clavada al
mostrador —contestó—. Por
favor, estoy sangrando mucho.
Eponin señaló
la nota. La centinela se la entregó
y otra de ellas le acercó una antorcha
para que pudiera leerla. Cerró los
ojos mientras la doblaba de nuevo y la guardó.
Aspiró profundamente, luego abrió
los ojos y miró a Toris.
—Xena
no está aquí, eso es cierto,
como también lo es que no puedes quedarte
en estas tierras —susurró algo
al oído de la centinela, quien se encaminó
de inmediato hacia la aldea—. He mandado
buscar a alguien que te cure esas heridas.
Entrar en nuestro territorio ha sido algo
muy estúpido por tu parte.
—Tenía
que encontrar a mi hermana. No sabía
a dónde más acudir.
—En
cualquier caso, no puedes quedarte y no estás
en condiciones de montar. Haré que
te lleven a tierra de centauros. Actualmente
tenemos un tratado de paz con ellos, así
que no te harán daño.
—¿Me
ayudaréis a encontrar a Xena?
—Enviaré
algunas guerreras en su busca a primera hora
de la mañana.
Las guerreras se marcharon
al alba, dispersándose en varias direcciones.
El último contacto con Xena y Gabrielle
había sido cuatro lunas atrás,
cuando ayudaron a proteger la aldea de unos
jinetes en la famosa “Batalla del Muro
Sur”. El ataque se había cobrado
la vida de muchas de las mejores guerreras
y mujeres. La guardia real al completo había
muerto allí, así como multitud
de mujeres que se habían levantado
en armas para evitar la toma de la ciudad.
Tras la batalla, muchas amazonas regresaron
a casa para ocupar el lugar de sus hermanas
caídas y fortalecer la aldea. Por todo
ello, Ephiny sólo pudo enviar a seis
guerreras en su busca. La regente rezó
para que las encontraran pronto.
Lila se acercó
al límite del territorio y detuvo su
caballo.
—¡Ayudadme!
¡Necesito ayuda! —miró
a su alrededor, pero no vio a nadie; luego
desmontó y se internó en el
bosque—. Soy Lila, la hermana de la
reina Gabrielle. Por favor, salid.
—¿Qué
ocurre, niña? —dijo Eponin saliendo
de detrás de un árbol.
—Alguien
ha secuestrado a mi madre.
La hoguera estaba dispuesta
para que durara toda la noche. Xena y Gabrielle
descansaban plácidamente, con sus mantas
una junto a la otra. Un leve sonido interrumpió
el descanso de la guerrera. Alzó la
cabeza, rastreando a su alrededor con la mirada.
—Xena,
¿qué... —murmuró
Gabrielle, despierta por el repentino movimiento.
La mano de la guerrera le tapó la boca
y cortó su frase a la mitad.
—Vístete.
Xena dio media vuelta,
alcanzó su espada y se confundió
con las sombras de los árboles. La
bardo, ya de pie, asió su cayado y
se situó en posición de defensa.
Silencio. Un suave canto
de paloma rasgó el aire.
Gabrielle lo respondió
rápidamente con otro similar. Xena
permanecía quieta entre las sombras.
Una amazona cruzó entonces la hilera
de árboles que las rodeaban, con las
manos vacías y a la vista.
—No
quiero hacerte daño, mi reina —dijo
la amazona—. Traigo un mensaje urgente
para Xena.
—¿De
qué se trata? —Xena se mostró
a su vez, y sus grandes zancadas la situaron
en pocos segundos junto a la mujer.
—Alguien
se ha llevado a tu madre. Tu hermano está
herido. —Decidió no contarle
a la Princesa Guerrera que eso era obra suya;
no tenía sentido condenar al mensajero.
Xena se alejó deprisa y comenzó
a recoger sus cosas, para mantener las manos
ocupadas en algo. Gabrielle también
enrollaba ya sus mantas.
Entre las tres mujeres
levantaron el campamento en un tiempo récord.
Sin mediar palabra, Xena montó a Argo
y tendió el brazo; Gabrielle montó
enseguida detrás de ella.
—¡Jia!
—Xena puso a Argo a galope tendido,
sin perder de vista los alrededores. La amazona
dirigió su montura en dirección
contraria y se dispuso a alcanzar a las otras
rastreadoras.
Gabrielle se agarró
con fuerza, en parte por miedo a caer y en
parte preocupada por Xena, que no decía
una palabra y tampoco mostraba intención
de disminuir la velocidad. Sólo lo
hizo cuando Argo empezó a protestar,
permitiéndole entonces que se acomodara
a un trote lento.
—No
llegarás nunca si matas a Argo —le
regañó Gabrielle cariñosamente.
Los brazos y el trasero le dolían por
la presión del galope. Además
tenía el estómago revuelto,
pero decidió ignorarlo.
—Lo
siento.
Detuvo a Argo y Gabrielle
se deslizó hasta el suelo. Xena desmontó
y condujo a ambas por entre los árboles,
en busca de un pequeño claro. De todas
formas estaba demasiado oscuro como para seguir
adelante. Decidieron no hacer fuego, era demasiado
esfuerzo para tan poco tiempo. Sacaron sus
mantas y un odre de agua, y se dispusieron
a dormir unas cuantas horas. Xena tuvo sueños
llenos de culpabilidad por haber puesto en
peligro a su madre una vez más, y ahora
también a su hermano; los de Gabrielle
revelaban su preocupación por su amiga.
Un leve llanto despertó
a Gabrielle. Instintivamente, supo que Xena
necesitaba consuelo; se dio media vuelta y
rodeó con su brazo la cintura de la
guerrera. Xena miraba al cielo nocturno. Colocó
su brazo alrededor de los hombros de Gabrielle,
acercándola a ella.
—Xena,
seguro que está bien; la encontraremos.
—Xena no contestó, pero agradeció
esas palabras con una pequeña caricia
sobre el hombro de la bardo.
—Lo
sé, Xena, lo sé.
El ir y venir de Lila
estaba volviendo loca a Ephiny.
—Niña,
¿es que no te puedes estar quieta?
—No
soy una niña, soy una mujer —gruñó.
La amazona miró
al techo con desesperación al recordar
esas mismas palabras en boca de su reina.
—Por
favor, me estás mareando.
—¿Por
qué tardan tanto? —Lila se detuvo
y miró a la reina regente.
—Estarán
aquí lo antes posible. Estoy segura
de que Xena...
—¿Xena?
¡Todo esto es culpa suya! ¡Si
no se hubiera llevado a Gabrielle nada de
esto hubiese ocurrido! ¡Hemos perdido
a nuestra madre por su culpa! —Lila
golpeó la mesa con furia.
—¡Mira,
jovencita! —Ephiny ya había tenido
bastante—. ¡Hermana o no de la
reina, no te voy a permitir que te quedes
ahí y que tengas una rabieta! La madre
de Xena está perdida también,
¿sabes? Llegarán en cuanto puedan.
Hasta entonces, o te sientas y te callas,
o te vas a otra parte y te avisamos cuando
lleguen.
Un pensamiento cruzó
por la mente de Ephiny. Se preguntaba si Gabrielle
se enfadaría si su hermana recibía
un par de tortazos a la vieja usanza; puede
que eso contuviera su afilada lengua. «Debe
venir de familia » , reflexionó.
Lila se calmó y se sentó en
una silla, mirando con ira a las amazonas.
Un golpecito en la puerta
despertó a Toris.
—Adelante.
Entró un niño
con el pelo rubio y unos ojos azules iguales
que los suyos, llevando una bandeja con una
jarra de agua.
—Buenos
días, señor. Espero que haya
dormido bien.
El muchacho puso la bandeja
sobre la mesa.
—Sí,
bien, si no fuera por el dolor de la pierna.
—contestó.
—Mi
nombre es Solan. Está usted en casa
de mi tío
El muchacho ofreció
su mano.
—Soy
Toris. ¿Está tu tío aquí?
—Sí,
ahora está hablando con unos hombres.
Me pidió que le trajera agua. ¿Es
usted realmente el hermano de Xena?
—Sí.
—Se
parece mucho a ella. Es muy hermosa.
—¿La
conoces? —Toris se sentó y miró
al muchacho otra vez—. ¿Cómo
la conociste?
—La
conocí el año pasado, a ella
y a Gabrielle. Xena era amiga de mi madre
—Solan bajó los ojos y su cara
se entristeció—. Murió
hace mucho tiempo, al nacer yo. Xena me trajo
aquí a vivir con el tío Kaleipus.
Los ojos del hombre se
agrandaron al pensar una pregunta que no se
atrevió a realizar. Pero ¿no
era la verdad quien lo miraba fijamente a
la cara?
—Solan,
me gustaría encontrarme con tu tío
cuanto antes, ¿puedes decírselo
por mí?
Tenía que ser...
Si la madre del muchacho realmente hubiera
muerto durante el parto, seguramente Xena
hubiera encontrado parientes con quienes dejarlo.
Si fuera verdad, ¿cómo había
podido mantenerlo en secreto? ¿Madre
lo sabría? Las preguntas y las posibilidades
le daban vueltas en la cabeza, mientras intentaba
recordar el pasado de su hermana. El muchacho
no aparentaba más de diez u once veranos.
¿Qué estaba haciendo Xena por
aquel entonces? Era un señor de la
guerra, desde luego. Él no se acordaba
en qué parte del país estaba
entonces, pero era un señor de la guerra,
sanguinaria, despiadada, la Destructora de
Naciones. ¿Cómo era posible
que hubiera tenido un niño? No podía
ser. ¿O sí?
Ephiny y Lila las recibieron
en la misma puerta. Los ojos de Gabrielle
se encendieron de alegría al ver su
querida hermana.
—¡Lila!
—gritó, bajándose de Argo
atropelladamente. Se abrazaron con fuerza—.¿Cómo
estás? ¿Qué haces aquí?
—Gabrielle
—Ephiny le puso la mano en el hombro.
Gabrielle vio que Lila tenía lágrimas
en los ojos. La amazona habló otra
vez—. Ven dentro —la bardo miró
a su hermana otra vez.
—¿Es
Madre? —Lila asintió tristemente.
Pero su cara pasó de la tristeza al
enfado cuando la alta guerrera entró
y puso las manos sobre los hombros de Gabrielle.
—Lila
—la voz de Ephiny, severa y autoritaria,
le advertía silenciosamente que se
comportarse. La joven frunció el ceño.
Ephiny no le hizo caso—. Vamos dentro.
Hay mucho de qué hablar.
Una vez dentro del salón
del trono, cada una tomó asiento. El
trono se quedó vacío, ninguna
mujer quería ofender a la otra usándolo.
Se sentaron todas en sillas alrededor de una
pequeña mesa. Ephiny sacó una
nota plegada. Había un corte en medio
del documento que atravesaba el pergamino.
—Esta
nota fue encontrada clavada a la barra de
la posada de tu madre. Todo lo que dice es
que morirá si interfieres.
—¿Ningún
nombre? ¿Ninguna explicación?
—la nota era demasiado misteriosa.
—
No. Todo lo que tenemos es esto —Ephiny
sacó una de las dagas. Xena le dio
la vuelta sobre su mano, estudiando la empuñadura.
—Amazona
—dijo Xena con serenidad. Gabrielle
la miró; era imposible confundir el
diseño.
—Esta
nota fue encontrada en tu granero—dijo
Ephiny mientras sacaba la otra nota. Tiene
el mismo tipo de agujero.
—No
fue en el granero, fue en el establo —le
corrigió Lila con un toque de irritación
en la voz. Gabrielle le echó una de
sus miradas
—En
el establo —gruñó Ephiny—.
Ésta es la verdadera razón de
los ataques —le pasó la nota
a Gabrielle.
«Tu
no debes estar aquí, ¡impostora!
Te reto a que demuestres tu valía.
Tengo a tu madre y no dudaré en matarla
si no la demuestras. También tengo
a la madre de Xena. Si ella aparece, no dudaré
en matarlas. Y luego iré por el resto
de vuestras familias. Ve a encontrarte con
tu destino en las antiguas ruinas, la víspera
de la luna llena. Sólo una verdadera
amazona debe gobernar a las hijas de Artemisa.
»
—¿Quién
es? —preguntó Gabrielle con aparente
tranquilidad, aunque sentía que su
estomago se revolvía.
—Las
marcas en la daga muestran que es de los poblados
del norte, no quedan muchos. Es sabido que
no se han callado su oposición a tu
ascenso al trono; podría ser cualquiera
de ellas.
Ephiny miró los
tristes rostros de sus hermanas y la estoica
cara de la guerrera.
—¿Dónde
está mi hermano? Me dijeron que estaba
herido —Ephiny tragó saliva y
miró hacia la mesa, como si estudiara
el dibujo de la madera—. ¿Ephiny?
—Está
con los centauros. No es nada serio; un par
de heridas de flecha y un corte de espada.
La amazona avanzó
un paso mientras hablaba. Xena miraba la mesa.
—¿Dónde
los recibió, Ephiny? —el rostro
de Xena no mostraba ninguna emoción.
—Cruzó
la frontera; ellas no sabían quién
era, Xena. Después de todo lo sucedido
en el Muro Sur, cómo podíamos…
—Xena levantó la mano para callar
a la amazona.
—Lo
sé. ¿Cómo esta? —Había
cambiado de tema con ligereza; no era momento
de enfadarse por lo que más bien había
sido culpa de la estupidez de su hermano.
—Necesitaba
unos puntos, pero no debería haber
complicaciones. Está con Kaleipus.
El nombre del guardián
de Solan hizo que Xena y Gabrielle intercambiaran
miradas. Las dos amigas estaban pensando lo
mismo: «Si Toris ve a Solan…»
Las cocineras se sorprendieron
un poco al descubrir que la joven hermana
de la reina tenía tan buen apetito
como la misma bardo. Una cocinera le comentó
a otra que no estaban preparadas para tener
a ambas mujeres de Potedaia en el poblado
al mismo tiempo, a no ser que las cazadoras
trabajasen a doble turno. Se sintieron mortificadas
cuando vieron a las dos mujeres entrar a la
choza de la comida juntas. En la cocina se
armó un pandemonio increíble
mientras ponían más comida al
fuego.
Cyrene abrió los
ojos al ver a una mujer no mucho más
joven que ella, con cabello color miel que
empezaba a encanecer. La mujer estaba arrodillada
a su lado, visiblemente aliviada de verla
despierta.
—Buenos
días. ¿Cómo te sientes?
—Me
duele la cabeza. ¿Quién eres?
—Mi
nombre es Hécuba.
—Cyrene
—se presentó. Hécuba levantó
la vista.
—¿Tú
eres la madre de Xena? Yo soy la madre de
Gabrielle —los ojos de Cyrene brillaron
al oír el nombre de la chispeante joven
mujer que estaba ayudando a su única
hija en su búsqueda de redención.
—Encantada
de conocerte, Hécuba. Tienes una hija
increíble.
—Gracias
—Hécuba no devolvió el
cumplido—. ¿Tienes alguna idea
de dónde estamos?
—No.
Yo estaba trabajando en mi posada cuando vino
una amazona y me atacó. —Cyrene
se tocó la cabeza en el lugar en que
las amazonas le habían golpeado con
el jarro.
—A
mí me atacó en el establo —Hécuba
asintió con la cabeza—. ¿Qué
crees que quiere?
—A
nuestras hijas —contestó Cyrene.
Aún faltaban tres
días hasta la siguiente luna llena.
Aparentemente la anónima amazona confiaba
en la habilidad de los aldeanos para encontrar
a las viajeras. Conscientes de que no había
nada que hacer por el momento, consintieron
en quedarse en la aldea. Xena no mostró
intención de ir a ver a su hermano.
Las dos hermanas se pasaron
la cena interrumpiéndose la una a la
otra: Gabrielle trataba de contar sus aventuras
con Xena y Lila narraba su vida en Potedaia.
Xena estaba allí sentada, encajando
las ocasionales miradas de odio de la más
joven y disfrutando de las sonrisas especiales
de la mayor. Las cocineras suspiraron aliviadas
cuando la reina y su hermana abandonaron la
choza.
Sólo cuando se
hizo tarde y tuvieron que ir a sus habitaciones
se plantearon cómo iban a dormir. Gabrielle
no quería pasarse la noche escuchando
el parloteo de su hermana acerca de lo poco
que le convenía seguir recorriendo
Grecia arriba y abajo en compañía
de un ex señor de la guerra.
—Eh,
tú puedes quedarte en esa habitación
de ahí, Lila. Yo dormiré en
ésta con Xena.
—No
está bien, Gabrielle. Que se quede
ella la otra habitación. Será
como cuando éramos pequeñas.
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