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Esta historia ha sido traducida por el Equipo de Inglés de Xenafanfics y cuenta con el permiso de la autora para su traducción y publicación en español en Internet.

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AVISO LEGAL: MCA/Universal posee los derechos sobre Xena, Gabrielle, etc. Tan sólo los he tomado prestados, una vez más, para mis retorcidos propósitos. No se pretende infringir los derechos de autor.

NOTA DE LA AUTORA: Esta historia está dedicada a mi madre.

:: MADRES ::
(MOTHERS)

De B. L. Miller

Cyrene estaba limpiando la barra del bar cuando entró la amazona. La canosa mujer dejó el paño y sonrió.

—¿Qué puedo hacer por ti, querida?

La amazona rubia miró a la anciana.

—Estoy buscando a una mujer llamada Cyrene. ¿Es usted? —«Esto está siendo demasiado fácil » , pensó para sí misma.

—Si, yo soy Cyrene —la amigable sonrisa de la cara de la posadera desapareció cuando vio un cuchillo saliendo de su vaina—. ¿Qué quieres? Aquí no hay mucho dinero —Estaba aterrorizada; nunca se había oído que las amazonas robaran a la gente.

La amazona se acercó.

—A Gabrielle —dijo la amazona; sus labios se curvaron en una mueca; la ira y el odio se notaban en su voz.

Toris estaba reparando una valla rota cuando un hombre corpulento llegó corriendo hacia él, con la cara roja de esfuerzo.

—¡Toris! ¡Toris! —el hombre agitaba la mano desesperadamente.

—¿Qué ocurre, tío Ariss? —le preguntó al preocupado hombre, al tropezárselo a mitad de camino. Ariss apoyó las manos en las rodillas y se agachó, intentando recuperar el aliento. Toris le sujetó por los hombros.

—Tu madre… —jadeó Ariss— hay… una nota… un cuchillo —los ojos de Toris se abrieron de par en par y se lanzó a una carrera mortal hacia la posada; las palabras de su tío resonaban en su mente.

Al entrar en la posada, Toris notó enseguida que allí había habido una batalla. Alrededor de la barra había cristales rotos por todas partes. El trapo de limpiar de Cyrene estaba salpicado de gotas de sangre. Había un pergamino clavado a la barra con una daga. Fue hacia la barra despacio, asustado de las palabras que pudiera contener la nota. Con manos temblorosas, aflojó el cuchillo, profundamente encajado, y liberó la nota.

Ariss estaba ya a mitad del camino de regreso cuando vio a su sobrino cabalgando hacia él.

—Tío, cuida de la posada. Tengo que encontrar a Xena.

Antes de que Ariss pudiese protestar, el negro semental le pasó rugiendo al lado, azuzado por el bondadoso granjero. Toris no se detuvo a pensar que carecía de armas, salvo la daga que había cogido de la posada, ni se dio cuenta de que no tenía equipo de viaje de ningún tipo, ni siquiera una cantimplora. Sólo pensaba en la nota, en su querida madre, y en encontrar a su hermana antes de que fuera demasiado tarde.

La amazona rubia estaba mirando a una chica morena que cepillaba un pony. «Bueno, no llega ni a ser una mujer » , pensó. Tendría alrededor de dieciséis veranos, no muchos más: no era la mujer que andaba buscando.

Otra figura salió de la casa grande. Tenía que ser ella: una mujer delgada de al menos cuarenta y cinco veranos, de pelo ligeramente gris, pero todavía rico en profundos tonos miel: tenía que ser Hécuba. Los ojos de la amazona se empequeñecieron como si acechara una presa.

Lila habló con su madre durante un momento, antes de dejar el cepillo y entrar. Hécuba agarró las riendas del caballo y lo llevó de vuelta al establo.

Lila se preocupó viendo que su madre no volvía de cuidar a Nicoli, la pequeña pero leal yegua.

—¿Madre?

No hubo respuesta.

Lo intentó otra vez, con el mismo resultado. Al entrar en el establo se sorprendió de ver a Nicoli fuera de su sitio. Lila fue hacia ella y la guió hasta su puesto con unos golpecitos en el cuello. Una vez que la yegua estuvo bien sujeta, volvió de nuevo a buscar a su madre. Sus ojos se detuvieron en una daga que sujetaba una nota en la pared más alejada.

—¡Lila! ¡Lila! —oía gritar a su padre, mientras ensillaba a Nicoli.

Cogió dos odres de un gancho; reunió algo de la ropa de caza de su padre en un saco de la silla de montar, pensando en cuál sería la ruta más segura para ir; ató una manta enrollada en la parte trasera de la silla de montar y después sacó al caballo del establo. Su padre llegó en el momento en que lo montaba.

—¿Dónde vas? Está muy oscuro ahí fuera —gritaba señalando al cielo nocturno.

—¡Alguien ha raptado a Madre! —chilló— ¡tengo que encontrar a Gabrielle! ¡Jia!

El caballo se sobresaltó un poco ante la inusual exigencia de su amable propietaria, después se adentró en la noche. Pasara lo que pasara, Lila sabía que, de alguna forma, la culpa era de Xena.

Toris miró alrededor, al camino desconocido. Sabía qué ruta debía tomar, pero nunca había viajado antes en esa dirección. El aire frío de la noche le hizo temblar un poco y lamentar la apresurada marcha de Amphipolis. Un rápido inventario mental le confirmó lo estúpida que era la decisión que había tomado.

Al divisar un pequeño sendero, hizo girar al caballo para seguirlo. Seguramente conduciría hacia el agua, o hacia algún sitio habitado. No quería dormir en el suelo si podía evitarlo; eso estaba bien para Xena, la poderosa hermana guerrera, pero él no había dormido en el suelo ni una sola vez en su vida. Aún así, Toris sabía que no podía permitirse perder el tiempo buscando aldeas para dormir. Un arroyuelo apareció delante de un pequeño claro. Alzó la mirada al cielo nocturno para juzgar el tiempo. La luna llena que iluminaba el cielo le daba unas cuantas horas más de luz para el viaje.

—Vamos, Lunac, toma un poco de agua y nos marchamos.

Dirigió al caballo negro hacia el borde del arroyo y soltó las riendas. Lunac sorbió ávidamente el agua. Toris se arrodilló y. bebió todo el agua que pudo haciendo cuenco con las manos. No satisfecho con los resultados, sobre todo por la camisa, que se le había empapado, metió la cara en el agua y bebió directamente. Le dio unos minutos a Lunac para comer algo de hierba antes de montar y dirigirse de vuelta al camino.

Lila tomó unos cuantos sorbos de agua mientras buscaba alrededor un lugar donde poder encender el fuego de campamento. Por la posición de la luna, dedujo que faltaban unas pocas horas antes de que Apolo comenzara su ascenso matutino por el cielo. Eligió el lugar adecuado y se dispuso a encender el fuego. Mientras recogía trozos ligeros de madera, pronunció una pequeña plegaria a Artemisa para que cuidara de su madre y de ella durante la noche; sabía que Artemisa era la divinidad de la luna y la protectora de las amazonas, de quienes su hermana era ahora la reina.

Además, sabía que Artemisa cuidaba de Gabrielle, cosa que le hacía mucha falta desde que su dulce hermana viajaba con ese temible señor de la guerra, Xena. Si había una persona que le disgustara, incluso que odiara, era ella: Xena se había llevado a su hermana lejos de ella. En la última visita de Gabrielle, las dos hermanas no habían hecho otra cosa que discutir por tonterías y pelearse.

Tumbada allí, cubierta con la manta, Lila pensaba en los cambios que se habían producido en su hermana durante los últimos dos años. Por una parte, Gabrielle tenía muchas más cicatrices, de lo que Lila culpaba a Xena: por eso había empezado la segunda pelea. La primera pelea se había producido por la insistencia de Gabrielle en que fuera amable con Xena. Lo último que la joven quisiera ser con la guerrera era amable. Esa alta mujer de aspecto amenazador, cargada de armas, era la que había alejado a Gabrielle de ella; no podía ser amable con ella, y así se lo dijo a Gabrielle.

Mientras iba cayendo en el sueño, Lila sonreía al recordar a su hermana y a ella jugando en los prados cuando eran pequeñas. Era un sueño que había tenido con frecuencia la primera vez que se marchó Gabrielle; era la única forma de dormir. A medida que el tiempo fue pasando, dejó de soñar con ello. Esta noche era la primera vez, en un ciclo completo de estaciones, en que ese sueño regresaba a Lila.

Acercándose con rapidez a la frontera del territorio amazona, Toris cometió un error al no advertir las señales de alerta. Una flecha salió disparada, traspasándole la pierna. Otra le hirió debajo de la primera.

—¡Esperad, estoy desarmado! —gritó, alzando las manos vacías.

—Esta zona está prohibida a los hombres: abandónala ahora —respondió una invisible amazona.

—Necesito vuestra ayuda. Tengo que encontrar a Xena.

Comenzaba a sentirse débil a causa de la sangre que manaba de las heridas de flecha y le corría por la pierna. Exhausto por la interminable cabalgata y mareado de ver su propia sangre, Toris se dejó resbalar de la silla hasta el suelo, asiéndose el muslo herido con las dos manos. Un par de espadas surgieron de la nada junto a su garganta. Alzó la mirada y vio a las amazonas que las portaban, contemplándole con aspecto iracundo.

—Márchate —ordenó la centinela—. Xena no está aquí.

Aparecieron varias amazonas más a sus espaldas y de entre los árboles. Eponin surgió del recién llegado grupo y empujó al atemorizado hombre, haciéndole caer al suelo.

—¿Qué tienes que ver con ella? —dijo con su tono de voz más autoritario.

—Soy su hermano —respondió él sin perder de vista un momento las afiladas hojas que amenazaban su garganta—. Nuestra madre ha sido secuestrada. Tengo que encontrar a Xena.

—No está aquí —contestó Eponin, en tono cortante y severo. Al fin y al cabo, ese hombre no se parecía en nada a la guerrera.

—Tengo una nota.

Comenzó a mover la mano hacia el interior de su camisa, ante lo cual una de las armas salió disparada, cortándole en la mejilla. Eponin frunció el ceño, pero no dijo nada; no debería haberse movido.

—¿Dónde está?

—En mi camisa.

Una de las centinelas bajó su arco, se le acercó y rasgó la tela. Luego sacó el pedazo doblado y, al descubrir la daga, la sacó también. Sostuvo ambas cosas en alto para que Eponin las viera.

—Vaya, al parecer no venías tan desarmado después de todo —los ojos de la amazona se entrecerraron al ver el diseño que adornaba la empuñadura—. ¿De dónde has sacado esta daga?

—Era lo que mantenía la nota clavada al mostrador —contestó—. Por favor, estoy sangrando mucho.

Eponin señaló la nota. La centinela se la entregó y otra de ellas le acercó una antorcha para que pudiera leerla. Cerró los ojos mientras la doblaba de nuevo y la guardó. Aspiró profundamente, luego abrió los ojos y miró a Toris.

—Xena no está aquí, eso es cierto, como también lo es que no puedes quedarte en estas tierras —susurró algo al oído de la centinela, quien se encaminó de inmediato hacia la aldea—. He mandado buscar a alguien que te cure esas heridas. Entrar en nuestro territorio ha sido algo muy estúpido por tu parte.

—Tenía que encontrar a mi hermana. No sabía a dónde más acudir.

—En cualquier caso, no puedes quedarte y no estás en condiciones de montar. Haré que te lleven a tierra de centauros. Actualmente tenemos un tratado de paz con ellos, así que no te harán daño.

—¿Me ayudaréis a encontrar a Xena?

—Enviaré algunas guerreras en su busca a primera hora de la mañana.

Las guerreras se marcharon al alba, dispersándose en varias direcciones. El último contacto con Xena y Gabrielle había sido cuatro lunas atrás, cuando ayudaron a proteger la aldea de unos jinetes en la famosa “Batalla del Muro Sur”. El ataque se había cobrado la vida de muchas de las mejores guerreras y mujeres. La guardia real al completo había muerto allí, así como multitud de mujeres que se habían levantado en armas para evitar la toma de la ciudad. Tras la batalla, muchas amazonas regresaron a casa para ocupar el lugar de sus hermanas caídas y fortalecer la aldea. Por todo ello, Ephiny sólo pudo enviar a seis guerreras en su busca. La regente rezó para que las encontraran pronto.

Lila se acercó al límite del territorio y detuvo su caballo.

—¡Ayudadme! ¡Necesito ayuda! —miró a su alrededor, pero no vio a nadie; luego desmontó y se internó en el bosque—. Soy Lila, la hermana de la reina Gabrielle. Por favor, salid.

—¿Qué ocurre, niña? —dijo Eponin saliendo de detrás de un árbol.

—Alguien ha secuestrado a mi madre.

La hoguera estaba dispuesta para que durara toda la noche. Xena y Gabrielle descansaban plácidamente, con sus mantas una junto a la otra. Un leve sonido interrumpió el descanso de la guerrera. Alzó la cabeza, rastreando a su alrededor con la mirada.

—Xena, ¿qué... —murmuró Gabrielle, despierta por el repentino movimiento. La mano de la guerrera le tapó la boca y cortó su frase a la mitad.

—Vístete.

Xena dio media vuelta, alcanzó su espada y se confundió con las sombras de los árboles. La bardo, ya de pie, asió su cayado y se situó en posición de defensa.

Silencio. Un suave canto de paloma rasgó el aire.

Gabrielle lo respondió rápidamente con otro similar. Xena permanecía quieta entre las sombras. Una amazona cruzó entonces la hilera de árboles que las rodeaban, con las manos vacías y a la vista.

—No quiero hacerte daño, mi reina —dijo la amazona—. Traigo un mensaje urgente para Xena.

—¿De qué se trata? —Xena se mostró a su vez, y sus grandes zancadas la situaron en pocos segundos junto a la mujer.

—Alguien se ha llevado a tu madre. Tu hermano está herido. —Decidió no contarle a la Princesa Guerrera que eso era obra suya; no tenía sentido condenar al mensajero. Xena se alejó deprisa y comenzó a recoger sus cosas, para mantener las manos ocupadas en algo. Gabrielle también enrollaba ya sus mantas.

Entre las tres mujeres levantaron el campamento en un tiempo récord. Sin mediar palabra, Xena montó a Argo y tendió el brazo; Gabrielle montó enseguida detrás de ella.

—¡Jia! —Xena puso a Argo a galope tendido, sin perder de vista los alrededores. La amazona dirigió su montura en dirección contraria y se dispuso a alcanzar a las otras rastreadoras.

Gabrielle se agarró con fuerza, en parte por miedo a caer y en parte preocupada por Xena, que no decía una palabra y tampoco mostraba intención de disminuir la velocidad. Sólo lo hizo cuando Argo empezó a protestar, permitiéndole entonces que se acomodara a un trote lento.

—No llegarás nunca si matas a Argo —le regañó Gabrielle cariñosamente. Los brazos y el trasero le dolían por la presión del galope. Además tenía el estómago revuelto, pero decidió ignorarlo.

—Lo siento.

Detuvo a Argo y Gabrielle se deslizó hasta el suelo. Xena desmontó y condujo a ambas por entre los árboles, en busca de un pequeño claro. De todas formas estaba demasiado oscuro como para seguir adelante. Decidieron no hacer fuego, era demasiado esfuerzo para tan poco tiempo. Sacaron sus mantas y un odre de agua, y se dispusieron a dormir unas cuantas horas. Xena tuvo sueños llenos de culpabilidad por haber puesto en peligro a su madre una vez más, y ahora también a su hermano; los de Gabrielle revelaban su preocupación por su amiga.

Un leve llanto despertó a Gabrielle. Instintivamente, supo que Xena necesitaba consuelo; se dio media vuelta y rodeó con su brazo la cintura de la guerrera. Xena miraba al cielo nocturno. Colocó su brazo alrededor de los hombros de Gabrielle, acercándola a ella.

—Xena, seguro que está bien; la encontraremos. —Xena no contestó, pero agradeció esas palabras con una pequeña caricia sobre el hombro de la bardo.

—Lo sé, Xena, lo sé.

El ir y venir de Lila estaba volviendo loca a Ephiny.

—Niña, ¿es que no te puedes estar quieta?

—No soy una niña, soy una mujer —gruñó.

La amazona miró al techo con desesperación al recordar esas mismas palabras en boca de su reina.

—Por favor, me estás mareando.

—¿Por qué tardan tanto? —Lila se detuvo y miró a la reina regente.

—Estarán aquí lo antes posible. Estoy segura de que Xena...

—¿Xena? ¡Todo esto es culpa suya! ¡Si no se hubiera llevado a Gabrielle nada de esto hubiese ocurrido! ¡Hemos perdido a nuestra madre por su culpa! —Lila golpeó la mesa con furia.

—¡Mira, jovencita! —Ephiny ya había tenido bastante—. ¡Hermana o no de la reina, no te voy a permitir que te quedes ahí y que tengas una rabieta! La madre de Xena está perdida también, ¿sabes? Llegarán en cuanto puedan. Hasta entonces, o te sientas y te callas, o te vas a otra parte y te avisamos cuando lleguen.

Un pensamiento cruzó por la mente de Ephiny. Se preguntaba si Gabrielle se enfadaría si su hermana recibía un par de tortazos a la vieja usanza; puede que eso contuviera su afilada lengua. «Debe venir de familia » , reflexionó. Lila se calmó y se sentó en una silla, mirando con ira a las amazonas.

Un golpecito en la puerta despertó a Toris.

—Adelante.

Entró un niño con el pelo rubio y unos ojos azules iguales que los suyos, llevando una bandeja con una jarra de agua.

—Buenos días, señor. Espero que haya dormido bien.

El muchacho puso la bandeja sobre la mesa.

—Sí, bien, si no fuera por el dolor de la pierna. —contestó.

—Mi nombre es Solan. Está usted en casa de mi tío

El muchacho ofreció su mano.

—Soy Toris. ¿Está tu tío aquí?

—Sí, ahora está hablando con unos hombres. Me pidió que le trajera agua. ¿Es usted realmente el hermano de Xena?

—Sí.

—Se parece mucho a ella. Es muy hermosa.

—¿La conoces? —Toris se sentó y miró al muchacho otra vez—. ¿Cómo la conociste?

—La conocí el año pasado, a ella y a Gabrielle. Xena era amiga de mi madre —Solan bajó los ojos y su cara se entristeció—. Murió hace mucho tiempo, al nacer yo. Xena me trajo aquí a vivir con el tío Kaleipus.

Los ojos del hombre se agrandaron al pensar una pregunta que no se atrevió a realizar. Pero ¿no era la verdad quien lo miraba fijamente a la cara?

—Solan, me gustaría encontrarme con tu tío cuanto antes, ¿puedes decírselo por mí?

Tenía que ser... Si la madre del muchacho realmente hubiera muerto durante el parto, seguramente Xena hubiera encontrado parientes con quienes dejarlo. Si fuera verdad, ¿cómo había podido mantenerlo en secreto? ¿Madre lo sabría? Las preguntas y las posibilidades le daban vueltas en la cabeza, mientras intentaba recordar el pasado de su hermana. El muchacho no aparentaba más de diez u once veranos. ¿Qué estaba haciendo Xena por aquel entonces? Era un señor de la guerra, desde luego. Él no se acordaba en qué parte del país estaba entonces, pero era un señor de la guerra, sanguinaria, despiadada, la Destructora de Naciones. ¿Cómo era posible que hubiera tenido un niño? No podía ser. ¿O sí?

Ephiny y Lila las recibieron en la misma puerta. Los ojos de Gabrielle se encendieron de alegría al ver su querida hermana.

—¡Lila! —gritó, bajándose de Argo atropelladamente. Se abrazaron con fuerza—.¿Cómo estás? ¿Qué haces aquí?

—Gabrielle —Ephiny le puso la mano en el hombro. Gabrielle vio que Lila tenía lágrimas en los ojos. La amazona habló otra vez—. Ven dentro —la bardo miró a su hermana otra vez.

—¿Es Madre? —Lila asintió tristemente. Pero su cara pasó de la tristeza al enfado cuando la alta guerrera entró y puso las manos sobre los hombros de Gabrielle.

—Lila —la voz de Ephiny, severa y autoritaria, le advertía silenciosamente que se comportarse. La joven frunció el ceño. Ephiny no le hizo caso—. Vamos dentro. Hay mucho de qué hablar.

Una vez dentro del salón del trono, cada una tomó asiento. El trono se quedó vacío, ninguna mujer quería ofender a la otra usándolo. Se sentaron todas en sillas alrededor de una pequeña mesa. Ephiny sacó una nota plegada. Había un corte en medio del documento que atravesaba el pergamino.

—Esta nota fue encontrada clavada a la barra de la posada de tu madre. Todo lo que dice es que morirá si interfieres.

—¿Ningún nombre? ¿Ninguna explicación? —la nota era demasiado misteriosa.

— No. Todo lo que tenemos es esto —Ephiny sacó una de las dagas. Xena le dio la vuelta sobre su mano, estudiando la empuñadura.

—Amazona —dijo Xena con serenidad. Gabrielle la miró; era imposible confundir el diseño.

—Esta nota fue encontrada en tu granero—dijo Ephiny mientras sacaba la otra nota. Tiene el mismo tipo de agujero.

—No fue en el granero, fue en el establo —le corrigió Lila con un toque de irritación en la voz. Gabrielle le echó una de sus miradas

—En el establo —gruñó Ephiny—. Ésta es la verdadera razón de los ataques —le pasó la nota a Gabrielle.

«Tu no debes estar aquí, ¡impostora! Te reto a que demuestres tu valía. Tengo a tu madre y no dudaré en matarla si no la demuestras. También tengo a la madre de Xena. Si ella aparece, no dudaré en matarlas. Y luego iré por el resto de vuestras familias. Ve a encontrarte con tu destino en las antiguas ruinas, la víspera de la luna llena. Sólo una verdadera amazona debe gobernar a las hijas de Artemisa. »

—¿Quién es? —preguntó Gabrielle con aparente tranquilidad, aunque sentía que su estomago se revolvía.

—Las marcas en la daga muestran que es de los poblados del norte, no quedan muchos. Es sabido que no se han callado su oposición a tu ascenso al trono; podría ser cualquiera de ellas.

Ephiny miró los tristes rostros de sus hermanas y la estoica cara de la guerrera.

—¿Dónde está mi hermano? Me dijeron que estaba herido —Ephiny tragó saliva y miró hacia la mesa, como si estudiara el dibujo de la madera—. ¿Ephiny?

—Está con los centauros. No es nada serio; un par de heridas de flecha y un corte de espada.

La amazona avanzó un paso mientras hablaba. Xena miraba la mesa.

—¿Dónde los recibió, Ephiny? —el rostro de Xena no mostraba ninguna emoción.

—Cruzó la frontera; ellas no sabían quién era, Xena. Después de todo lo sucedido en el Muro Sur, cómo podíamos… —Xena levantó la mano para callar a la amazona.

—Lo sé. ¿Cómo esta? —Había cambiado de tema con ligereza; no era momento de enfadarse por lo que más bien había sido culpa de la estupidez de su hermano.

—Necesitaba unos puntos, pero no debería haber complicaciones. Está con Kaleipus.

El nombre del guardián de Solan hizo que Xena y Gabrielle intercambiaran miradas. Las dos amigas estaban pensando lo mismo: «Si Toris ve a Solan…»

Las cocineras se sorprendieron un poco al descubrir que la joven hermana de la reina tenía tan buen apetito como la misma bardo. Una cocinera le comentó a otra que no estaban preparadas para tener a ambas mujeres de Potedaia en el poblado al mismo tiempo, a no ser que las cazadoras trabajasen a doble turno. Se sintieron mortificadas cuando vieron a las dos mujeres entrar a la choza de la comida juntas. En la cocina se armó un pandemonio increíble mientras ponían más comida al fuego.

Cyrene abrió los ojos al ver a una mujer no mucho más joven que ella, con cabello color miel que empezaba a encanecer. La mujer estaba arrodillada a su lado, visiblemente aliviada de verla despierta.

—Buenos días. ¿Cómo te sientes?

—Me duele la cabeza. ¿Quién eres?

—Mi nombre es Hécuba.

—Cyrene —se presentó. Hécuba levantó la vista.

—¿Tú eres la madre de Xena? Yo soy la madre de Gabrielle —los ojos de Cyrene brillaron al oír el nombre de la chispeante joven mujer que estaba ayudando a su única hija en su búsqueda de redención.

—Encantada de conocerte, Hécuba. Tienes una hija increíble.

—Gracias —Hécuba no devolvió el cumplido—. ¿Tienes alguna idea de dónde estamos?

—No. Yo estaba trabajando en mi posada cuando vino una amazona y me atacó. —Cyrene se tocó la cabeza en el lugar en que las amazonas le habían golpeado con el jarro.

—A mí me atacó en el establo —Hécuba asintió con la cabeza—. ¿Qué crees que quiere?

—A nuestras hijas —contestó Cyrene.

Aún faltaban tres días hasta la siguiente luna llena. Aparentemente la anónima amazona confiaba en la habilidad de los aldeanos para encontrar a las viajeras. Conscientes de que no había nada que hacer por el momento, consintieron en quedarse en la aldea. Xena no mostró intención de ir a ver a su hermano.

Las dos hermanas se pasaron la cena interrumpiéndose la una a la otra: Gabrielle trataba de contar sus aventuras con Xena y Lila narraba su vida en Potedaia. Xena estaba allí sentada, encajando las ocasionales miradas de odio de la más joven y disfrutando de las sonrisas especiales de la mayor. Las cocineras suspiraron aliviadas cuando la reina y su hermana abandonaron la choza.

Sólo cuando se hizo tarde y tuvieron que ir a sus habitaciones se plantearon cómo iban a dormir. Gabrielle no quería pasarse la noche escuchando el parloteo de su hermana acerca de lo poco que le convenía seguir recorriendo Grecia arriba y abajo en compañía de un ex señor de la guerra.

—Eh, tú puedes quedarte en esa habitación de ahí, Lila. Yo dormiré en ésta con Xena.

—No está bien, Gabrielle. Que se quede ella la otra habitación. Será como cuando éramos pequeñas.

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