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:: MADRES ::
(MOTHERS)

Lila lanzó otra mirada feroz a la guerrera, que ya empezaba a cansarse de aquel juego y la devolvió esta vez. Gabrielle las miró y frunció el ceño.

—Lila, ya sabes que no paras de dar vueltas y moverte. Por favor, duerme tú allí.

—Vale —miró otra vez con odio a Xena antes de entrar en el cuarto de invitados.

—¿Qué crees que estarán haciendo las chicas ahora? —preguntó Cyrene.

—Buscarnos, probablemente —contestó Hécuba—. Espero que tengan cuidado.

—Estoy segura de que sí. Xena va siempre dos pasos por delante de todo. No le gusta correr riesgos. —Había un tinte de orgullo en la voz de la mujer.

—Mi Gabrielle es muy inteligente. Estoy segura de que encontrará un modo de salvarnos. Después de todo, es la Reina de las Amazonas. —La voz de Hécuba no podía disimular su orgullo.

—Ha hecho mucho bien a Xena. No sé que habría sido de mi hija sin esa muchacha tuya. Pienso en ella como si fuera mi hija. Es una muchacha tan dulce, siempre cuidando a los demás...

—De pequeña ya era así, desde que encontró una ardilla herida e insistió en cuidarla hasta que estuvo bien; después lo convirtió en costumbre.

—Xena no tenía tanta mano con las mascotas. Una vez tuvimos un perro, pero Xena era aún demasiado pequeña, diez años más o menos. Intentó sacar de paseo a esa montaña de animal y al final acabó paseándola él. ¡Vaya escena! Aquella pequeñez de chiquilla a rastras por toda la ciudad detrás del enorme perrazo negro —ambas mujeres rieron—. Pero no soltó la correa; si algo es, es obstinada.

—Gabrielle es también bastante cabezota. Deberías oírla discutir con Lila. Cuando estaban creciendo, hubiese jurado que a veces se enzarzaban sólo para poder lanzarse los insultos más coloristas la una a la otra —Hécuba sonrió al recordar a sus hijas de pequeñas, jugando bajo el sol veraniego. Se acercó a Cyrene—. Pero háblame de los otros... Gabrielle me dijo que tienes un hijo...

Ephiny y Xena contemplaban a las dos hermanas de Potedaia dando buena cuenta del trabajo matutino de las cocineras.

—¿Cómo pueden comer tanto? —preguntó la amazona en voz baja al ver que les ponían delante otro plato de comida.

—Piernas huecas. Debe ser cosa de familia —contestó Xena con los ojos fijos en su amiga—. Voy a tener que presentarme voluntaria para la partida de caza y asegurarme de que el pueblo no se muere de hambre.

—Dejad de meteros con nosotras —Gabrielle alzó la vista y las miró—. No creáis que no os he oído.

—Sí —añadió Lila—. No tenemos las piernas huecas, sólo un apetito saludable —devolvió su atención al plato, ahora casi vacío—. ¡Gabrielle! Te has comido el último higo.

—Sí —dijo Gabrielle con tono sardónico mientras saboreaba la fruta en su boca—. Éste también está muy bueno.

—Hola, Toris —dijo Kaleipus al entrar en la habitación—. Me han dicho que quieres hablar conmigo.

—Sí —Toris se incorporó hasta quedar sentado sobre la cama—. Háblame de Solan.

—Solan —los ojos del centauro mostraron sin querer su preocupación—. ¿Qué quieres saber, Toris? Yo soy su protector.

—¿Quién es su madre? —Toris vio cómo Kaleipus intentaba evitar una respuesta.

—¿Por qué lo preguntas?

—No eludas el tema. ¿Es sobrino mío? —Kaleipus se alejó y miró por la ventana.

—No debes decirle nada. Él cree que su madre está muerta.

—¿Por qué no le dices la verdad?

—Es mejor para Solan no saberla.

—Tiene derecho de conocer a su familia, Kaleipus. No sé cómo llegó hasta ti y tampoco me importa. Cuando me marche de aquí, el hijo de mi hermana vendrá conmigo. Merece vivir con su familia.

—¡Yo soy su familia! —rugió Kaleipus encarándose con él —-. Ha estado conmigo desde que tenía menos de un cuarto de luna. A pesar de que me llama “tío”, en mi corazón es mi hijo.

Sus conmovedoras palabras aplacaron un poco la ira del hombre.

—Yo también soy su familia, Kaleipus. Merece saber eso.

—No puedo permitir que se lo digas, Toris. Juré a Xena que el niño nunca sabría de dónde procede.

—Pero yo nunca hice esa promesa. Puede que Xena sea una descastada, pero yo no. —La voz de Toris subió de volumen por la rabia que sentía hacia su hermana.

—No lo hizo por indiferencia, Toris. Le envió aquí para protegerle. ¿Sabes lo que habría sido de él si hubiese corrido la voz de que era el hijo de Xena?

—¿Tío? —el muchacho apareció en el marco de la puerta, con la sorpresa y la confusión pintadas en el rostro. Los dos hombres se volvieron a mirarle.

—Solan, ¿cuánto tiempo llevas ahí? —Kaleipus fue hasta él y le puso una mano sobre el hombro.

—Tío, ¿es cierto? ¿Xena es mi madre? —las lágrimas empezaron a inundar sus ojos. El centauro miró con furia a Toris. Ya no había vuelta atrás.

—No hay forma de que cambies de opinión, ¿verdad? —dijo Gabrielle mientras Xena montaba a Argo y le tendía la mano.

—No. Se trata de mi madre; tengo que ir —ayudó a la bardo a montar detrás de ella.

—Pero dijo que la mataría si intervienes —objetó Gabrielle.

—Gabrielle, lo hará de todas formas. Ya sabes que no se puede confiar en la palabra de una loca. Además, quiere matarte a ti. Las dos personas más importantes de mi vida están en peligro, ¿qué esperas que haga?

—Supongo que vas a intentar salvarnos, ¿no? —Gabrielle abrazó la cintura de su amiga cariñosamente.

—Voy a salvaros a todas, incluida tu madre.

—Sé que no dejarás que le ocurra nada, Xena, a pesar de lo que siente hacia ti.

—No me preocupa lo que ella piense de mí; me preocupa lo que pienses tú.

Eso era sólo una verdad a medias. Lo que Gabrielle pensara de ella le importaba más que nada en el mundo, pero la guerrera anhelaba en silencio que algún día la familia de la bardo la aceptase. Aunque nunca había revelado sus sentimientos sobre la actitud de la familia de Gabrielle, Xena se sentía herida cuando iban de visita. La hostilidad hacia ella era palpable, sobre todo por parte de la hermana pequeña.

—Bueno, yo te quiero, Xena. Si mi familia no puede aceptarlo, es su problema. No voy a dejarte, y tú tampoco a mí.

—Vámonos ya. Quiero estar en posición antes del atardecer. ¡Jia!

Puso a Argo a galope tendido, dejando atrás la aldea. No podía sospechar que Lila estaba ensillando su montura, decidida a seguirlas.

Las ruinas eran una colección de edificios, parte de una pequeña ciudad que había muerto mucho tiempo atrás. Los únicos testimonios de que alguna vez hubiera estado habitada eran esos edificios, que ahora se caían a pedazos. El derruido conjunto urbano estaba situado entre un grupo de montañas. Tiempo atrás, se habían labrado cavernas y túneles en la roca, creando casi otra ciudad dentro de las montañas. La zona había pertenecido una vez a un dictador miserable, que gozaba con las más inventivas formas de muerte y tortura.

A Maka no le llevó mucho tiempo encontrar los túneles y cámaras de ejecución ocultos entre los muros de las cuevas. La amazona miró al cielo: tan sólo unas cuantas horas más y la corona volvería a pertenecer a las amazonas. Estaba llevando a cabo sus planes, lo primero era tender la trampa. Cuando se dirigía abajo, por el largo pasadizo que llevaba las mazmorras, escuchó un ruido extraño. Eran las dos mujeres riéndose; Maka se tranquilizó enseguida.

—… como un pajarillo, corriendo calle abajo, blandiendo su supuesta espada —Cyrene terminó su turno de contar historias embarazosas.

—Bueno, déjame contarte cuando a Gabrielle y Lila se les metió la idea en la cabeza de coger miel directamente de la colmena —Hécuba estaba punto de empezar su cuento cuando escuchó pasos. Las dos mujeres se callaron mientras la amazona se acercaba.

Maka abrió la puerta y entró.

—Parecía que había un montón de gallinas cacareando aquí dentro —la amazonas miró a las dos mujeres, complacida de verlas asustadas. Desenvainó la espada —. Llegó el momento de colocar la trampa. Tú… —señalando a Cyrene—.Ven conmigo.

—Por favor, no hagas esto —suplicó Cyrene. Maka se acercó a la anciana y la cogió con fuerza del brazo, poniéndola de pie de un tirón.

—¿Quieres ver a tu hija viva o muerta? —la amenazó, apretando la espada contra su vientre—. A mi me da lo mismo...

Maka arrastró a Cyrene fuera del edificio en ruinas, hacia el centro de la aldea abandonada. Allí había un aparato alto de madera, con la cubierta sostenida por tres troncos delgados de por lo menos la altura de un hombre y dos columnas, de al menos el doble de altura, que sostenían un tercera viga, apoyada en la parte superior. Un lazo atado alrededor colgaba llamativamente. Debajo del lazo se extendía una pequeña plataforma, sostenida en posición horizontal por una soga que se enroscaba sobre un pequeño poste y que estaba atada a la plataforma. Había un gran hoyo debajo de la plataforma y de la soga. Cyrene comprendió rápidamente: un corte en la soga bajaría la plataforma, colgándola. Empezó a llorar y a temblar.

—Por favor, no, por favor.

Maka no hacía caso de sus súplicas mientras la arrastraba a la posición donde colocar el nudo alrededor de su cuello. Cyrene alzó las manos para protegerse; Maka la maldijo y la golpeó con fuerza suficiente como para mandarla contra la plataforma.

—Debería matarte ahora, vieja —la amenazó mientras la arrastraba a sus pies y le ataba las manos a la espalda—. No me tientes, mujer; me sirves de cualquier forma.

Cyrene sollozó silenciosamente pero no volvió a luchar. Envió una silenciosa plegaria a Artemisa para que protegiera a sus hijas y a las madres de éstas.

Luego de colocar a Cyrene, Maka fue a ocuparse del otro problema. «Esta mujer no vivirá; ha dado a luz a la reina impostora: debe morir » . Maka pensó en quitarle la vida ella misma, pero decidió que sería mejor de una manera más creativa. En su exploración de los túneles de las montañas, había encontrado un río que corría bajo una roca. Después de varias búsquedas finalmente encontró una caverna escondida, accesible solo a través del río y entrando en él desde abajo. Cuando la luna estaba en su punto mas alto, el río crecía y llenaba la pequeña cueva. «Sí, esta muerte será mucha más dolorosa que la muerte por espada » , pensó Maka. La madre de Gabrielle tendría el horror de conocer lo que era ahogarse, una muerte ciertamente desagradable.

Tras desmontar de Argo y enviar al caballo a esperarlas a un lugar más seguro, Xena y Gabrielle comenzaron el largo camino al interior de las ruinas. Ninguna de las mujeres habló de sus miedos mientras pensaban, cada una a su manera, en escenas de antiguas batallas y esqueletos muertos hace tiempo. Verlo dos veces había sido demasiado para la joven reina y tuvo que volver a los firmes brazos de Xena para soportarlo. Hacía tiempo, mucho tiempo, que la guerrera se había insensibilizado a las escenas de muerte y masacre, aunque si le preguntaban, se vería forzada a reconocer que la Batalla del Muro Sur le había provocado varias pesadillas en las últimas lunas. Las escenas que veían en estos momentos no tenían efecto sobre ella, excepto la tristeza de que afectaran a Gabrielle.

Gabrielle fue incapaz de reprimir un grito sofocado cuando vio a Cyrene sujeta en la soga de los ahorcados. Una alta y musculosa amazona estaba de pie delante de ella, apretando la espada contra una delgada cuerda.

—Xena… —susurró la bardo.

—Ya lo veo —contestó gravemente.

No había forma de lograr alcanzar a la amazona antes de que cortara la cuerda. Incluso el chakram sería inútil en esta situación; aunque cortara el nudo, la amazona todavía podría llegar hasta su madre y escapar antes de que Xena llegara. Había demasiado espacio libre entre ellas para que la guerrera fuera capaz de sorprender a la amazona.

—No veo a tu madre por ningún sitio.

—No, yo tampoco —respondió Gabrielle quedamente. Xena comprendió su miedo y posó una mano cariñosa sobre la rodilla de la bardo—. Xena, tienes que quedarte aquí. Si te ve …

—Lo sé. Esperaré hasta que la distraigas, entonces rescataré a tu madre. Ten cuidado, por favor —Xena levantó la mano para acariciar la mejilla de la narradora de historias.

—Lo haré, tú también —tomando aliento profundamente, Gabrielle agarró con fuerza el cayado y avanzó fuera de la protección de los árboles.

—Ah, así que después de todo, has tenido el valor de mostrarte. Estaba empezando a preguntarme si eras una cobarde además de una ladrona —gritó Maka en cuanto vio acercarse a la mujer de pelo color miel.

—No soy una ladrona. ¿Quién eres tú? —chilló Gabrielle en respuesta, barriendo con los ojos los alrededores a la búsqueda de algún indicio de trampa. Otra de las muchas habilidades de Xena que estaba enseñando a su joven compañera.

—Soy Maka, nacida de sangre amazona. Tú no tienes derecho a llevar el título de reina —movió la espada ligeramente apuntando más hacia la mujer del cayado que se aproximaba que a la anciana indefensa situada detrás de ella.

—Tengo derecho al título de reina por el derecho de casta que me brindó Terreis en su lecho de muerte.

—¡No eres una amazona, mujer! —la furia de Maka quedaba patente en sus palabras— y ahora morirás por robar la corona.

Avanzó con rapidez, sorprendiendo a la bardo sólo durante una fracción de segundo, inmediatamente se repuso y alzó el cayado para interceptar un golpe dirigido directamente a su cabeza. La batalla había comenzado.

Maka se cercioró de mantener a fácil alcance la cuerda que sujetaba la plataforma sobre la que Cyrene se encontraba. La amazona estaba segura de que Xena estaba fuera, en algún lugar entre los árboles.

—Tu madre debería haberte enseñado mejores modales para robar, mujer —se mofaba Maka al tiempo que intercambiaban golpes y bloqueos.

—Y tu madre debería haberte dado algo de valor —vio Gabrielle devolvió un golpe—; sólo una cobarde secuestra a las madres de las personas —paró otro golpe que apuntaba a su estómago.

—¿Dónde está mi madre? —la madera chocó ruidosamente contra el metal.

Todavía estaban demasiado cerca de la cuerda para que Xena intentara cualquier tipo de movimiento. Gabrielle comenzó a echarse hacia atrás, alejándose de la cuerda y del lugar donde estaba escondida Xena, tratando de atraer a Maka.

—Si la has hecho daño, te juro que te mataré.

Xena alzó una ceja cuando escuchó la amenaza. Iba contra los ideales de Gabrielle quitar una vida, a pesar de lo cual ahí estaba, prometiendo hacer justamente eso.

—No le he hecho nada… aún —se burló Maka—. Está en una cueva subterránea cerca de la orilla del río. ¿Quieres saber qué le sucederá cuando el río crezca?

Gabrielle le lanzó una mirada de pura rabia mientras se abalanzaba sobre la amazona con toda su fuerza. Maka esquivó el golpe y levantó la espada, hiriendo en el brazo a la bardo.

—A primera sangre, mujer. No pasará mucho tiempo antes de que las dos estéis muertas

Se abalanzó de nuevo, pero sólo para ser interceptada por el cayado de la bardo. En su obsesión por matar a la reina, Maka prestó poca atención a la distancia que había entre ella y la cuerda.

Lila siguió las huellas que salían del edificio principal. Conducían a un túnel oculto en la montaña. Hubiera sido imposible encontrar la entrada de no haber sido por las huellas. Una vez dentro, siguió el ruido del agua corriente hasta que encontró el río. Ahora, todo lo que tenía que hacer era encontrar la cueva. Mirando alrededor, vio un punto donde el suelo estaba mojado, de alguien que había salido del río. Lila saltó hacia allá y empezó tantear a lo largo de la orilla del río, dudosa de en qué lado estaba la caverna o, incluso, de si se encontraba en la zona correcta.

Xena vio como Maka acorralaba a Gabrielle. La amazona lanzaba golpe tras golpe contra el cayado de Gabrielle. Se dio cuenta de que la bardo no resistiría mucho. Sólo quedaban unos pocos pasos...

Gabrielle vio a Xena por el rabillo del ojo y se dio cuenta de lo que tenía que hacer. Empezó a retroceder aún más, arrastrando por fin a la amazona fuera del alcance de las cuerdas. Xena lanzó el chakram y corrió hacia el claro, desviando de Gabrielle la atención de Maka. La bardo no perdió tiempo en lanzar su cayado a la cabeza de la amazona. Maka aulló de dolor y levantó su espada en una curva feroz, alcanzando a Gabrielle bajo el pezón derecho. La amazona saltó para interceptar a la guerrera. El chakram cortó limpiamente la cuerda bajo la garganta de Cyrene. La cara de la posadera se iluminó a la vista de su hija corriendo hacia ella. Xena estaba más cerca que Maka, pero la amazona lanzó su espada, con toda su fuerza, hacia la cuerda. Desde la plataforma hasta el suelo, la altura era suficiente para herir gravemente, si no matar, a la anciana. Tenía las manos aún atadas a la espalda, no habría manera de que pudiera evitar la caída.

Cuando la espada hubo cortado la cuerda, Xena se giró hacia delante, lanzándose a través del agujero. La pequeña plataforma se desplomó, mandando a Cyrene sobre la espalda de su hija.

—Arrgg.

Xena usó los antebrazos y las piernas para arrastrarse de lado hasta que estuvieron fuera del agujero. Rodó para quitarse, literalmente, a su madre de encima; entonces se irguió y salió tras la amazona, que había recuperado su arma y perseguía a Gabrielle.

Gabrielle sentía los brazos tan pesados como ramas de árbol de haber peleado con Maka. El lado derecho de su camisa era ahora de un brillante carmesí bajo del pecho. Xena fue contra ellas como un relámpago, mandando su espada directamente contra la espalda de la amazona; sólo se detuvo cuando la empuñadura, finalmente, topó con la carne. Gabrielle rodó fuera del camino mientras Maka se desplomaba sin vida en el suelo. Xena vio la sangre e inmediatamente corrió al lado de Gabrielle

—No te levantes —empujó por los hombros a la bardo, obligándola a tumbarse. Rompiendo la ropa a tirones para abrir sobre el punto donde la espada se había introducido, la guerrera vio la profunda herida—. Sólo ha afectado a la carne, estarás bien; sólo túmbate tranquila—. Miró el corte en el brazo de la bardo—. No está mal del todo, sólo es un rasguño. Es el otro el que necesita puntos.

—Vaya un sitio para ser herida, ¿eh? —el intento de Gabrielle de hacer una broma no cayó en saco roto; Xena le sonrió amablemente.

—Tengo que ir a ver como está Madre y conseguir algo para esa herida. Aguanta. —Se volvió para dirigirse a Cyrene, que se había sentado.

—¡Xena!

—¿Qué?

—Encuentra a mi madre. Yo estaré bien. —Xena oyó las palabras como si se refirieran a su propia madre.

—Madre, necesito algo para la herida de Gabrielle.

—Usa mi delantal. —Xena asintió y desató las manos de su madre.

—Ve a ver a Gabrielle. Yo buscaré a su madre. ¿Tienes alguna idea de dónde puede estar la cueva escondida?

—Todo lo que sé es que tiene que estar detrás del edificio. Primero me sacó fuera, después no la volví a ver, por lo que debe de estar por allí detrás. Siento no saber nada más. —Xena frunció el ceño mientras reflexionaba sobre la situación. Había anochecido casi por completo y el río crecería pronto.

—Madre, ve a ver a Gabrielle —Xena dio la vuelta alrededor del edificio. Cyrene se movió lentamente, permitiendo que su espalda y sus piernas se acomodaran de nuevo al movimiento, al tiempo que se encaminaba hacia la joven reina.

—Tu madre está bien, Gabrielle. Xena la encontrará, no te preocupes —dijo Cyrene tranquilizadoramente al tiempo que presionaba una parte limpia del delantal contra la herida. La bardo asintió, pero no dijo nada, sentía que su voz la traicionaría mostrando el miedo que le recorría el cuerpo. Las lágrimas en sus ojos no hicieron caso a su cabeza, y comenzaron a rodar por la cara. Incapaz de controlarse por más tiempo, comenzó a sollozar

—Oh, pobre pequeña, ven aquí —Cyrene colocó sus brazos alrededor de los hombros de Gabrielle y la dejó llorar—. Shh, ahora todo va bien, niña. Hécuba está bien; Xena la encontrará, shh, no te preocupes —la posadera la mecía dulcemente tratando de consolarla.

Xena distinguió de inmediato el rastro que llevaba a la entrada oculta. Vio varios pasadizos diferentes delante de ella. Insegura, se quedó escuchando: movimiento de agua. Se dirigió hacia el sonido, vagamente consciente de que la oscuridad crecía. Pronto se encontró en una completa negrura, tanteando el camino a lo largo de los muros mientras avanzaba. Sus oídos distinguieron un suave lloriqueo.

—¿Lila? ¿Lila, estás aquí?

—Por aquí —respondió la débil voz. Xena siguió la voz hasta alcanzar la orilla del río—. No puedo encontrarlo. He buscado y buscado —la joven estaba llorando quedamente. Xena la agarró del brazo para llamar su atención.

—Lila, consigue algunas antorchas e ilumina el camino. Después de eso, enciende un fuego aquí —ordenó Xena al tiempo que se despojaba de la armadura y de sus armas, conservando sólo la daga del pecho. Lila clavó los ojos en el río, tratando de ver a través de la profundidad el esquivo túnel. La guerrera agitó el brazo con fuerza—. ¡Lila! ¡Vamos!

—Antorchas… fuego —la chica de la granja estaba saliendo de su ligero trance. Xena se adentró en el río. Lila se dirigió a la entrada de la cueva.

Toris creyó que se le rompía el corazón al ver cómo se le saltaban las lágrimas al chico. Kaleipus corrió a tomar a Solan en sus brazos. El chico perdió su determinación y lloró las duras y entrecortadas lágrimas de un niño abrumado por las emociones. El centauro mantuvo al chico en sus brazos, meciéndole suavemente mientras esperaba que el precoz chaval recuperara su compostura. Toris contempló silenciosamente la escena, plenamente consciente de la iracunda mirada del centauro sobre él.

Puesto que Maka se había llevado a la madre de Gabrielle durante la marea baja, Xena sabía que el acceso debía de estar en algún lado profundo de la roca. Ahora mismo, la mano de la guerrera había tratado de alcanzarlo y había sentido más agua en lugar de roca sólida. Ascendió rápidamente a la superficie para aliviar sus pulmones resecos y marcar su posición. Al emerger del agua, tomó varias bocanadas de aire mientras desprendía su daga y la lanzaba hacia la tierra, lo bastante lejos del agua que subía como para que no lo sumergiera la marea alta.

No era fácil bucear por el túnel. Xena ni siquiera podía estar segura de que fuera el túnel correcto. Calculó mentalmente el tiempo que podía permanecer abajo antes de regresar por aire. Cuando alcanzó un punto sin retorno, tomó en fracciones de segundo la decisión de continuar o no. Se lanzó hacia delante, sumergiéndose más profundamente para tratar de cubrir el mayor espacio posible antes de quedarse sin aire.

Lila agarró todas las antorchas que pudo encontrar e iluminó el sendero desde la entrada de la cueva hasta la orilla del río, donde había hecho un pequeño fuego. Erguida en la orilla, miraba arriba y abajo todo lo lejos que podía en la zona iluminada por el fuego. Ninguna señal de su madre o de la guerrera. Sus pensamientos oscilaban entre su madre y su hermana: Xena no la había mencionado. Lila quería ir a comprobar cómo estaba su hermana, pero no se arriesgó a dejar la vigilancia.

La cabeza de Xena se hundió, sus pulmones ardían dolorosamente. El suelo de la pequeña cueva estaba completamente inundado. Una rápida comprobación a la oscuridad le indicó que no había nadie en esta cueva concreta. El agua subió hasta sus rodillas. Xena esperaba que la cueva de Hécuba fuera mas alta que ésta. Se tomó un momento para devolver su respiración a un nivel adecuado, después llenó los pulmones y se zambulló, buceando hacia mas abajo del túnel. Mentalmente se maldijo por no tener ningún conocimiento de la mente de su enemigo. No había ninguna manera de saber cuántas de éstas pequeñas cavidades existirían dentro de la montaña. Tampoco había bastante tiempo para explorarlas todas.

Xena subió a otra vacía y oscura cavidad. Para desmayo de sus pulmones y pánico verdadero, el agua había llenado completamente la cueva. Salió deprisa y volvió a la caverna anterior, que estaba cerca, para reemplazar el aire. Se quedaba sin tiempo.

Hécuba observaba con terror como el agua continuaba subiendo. Con las manos todavía atadas, no había manera de que pudiese intentar nadar hasta la salida. Ahora estaba completamente estirada, el agua por la barbilla. Le temblaba el labio de miedo y le castañeteaban los dientes castañeteaban por el principio de hipotermia. No había visto otra cosa que la oscuridad del paso del tiempo, volviéndose casi loca por la ausencia de luz. Escuchó un chapoteo, seguido de alguien que luchaba por respirar.

—¡A… ayuda! —el castañeteo de sus dientes le impedía calmar su voz, pero fue suficiente para que Xena lo escuchara.

—Sigue hablando. Iré hacia ti —se dirigió hacia los sonidos.

—¿Xena? Oh, gracias a los dioses, Xena —Hécuba dijo su nombre casi reverentemente. Notó cómo se extendía la fuerte mano de la guerrera hasta tocar su hombro.

—No tenemos mucho tiempo, las cuevas se inundan rápidamente. ¡Tenemos que irnos ya! Agarra mi falda y no la sueltes; te sacaré. Aguanta la respiración todo lo que puedas —Xena no podía permitirse descansar ahora para recuperar aliento. Tomando aire, las dos mujeres se zambulleron en el agua.

Lila era una pura lágrima cuando Cyrene la encontró.

—¿Quién eres tú? —le preguntó la posadera cuando la encontró.

—Lila.

—¿Donde están, niña? —la madre de Xena decidió no preguntar porqué la niña estaba aquí, bastaba con saber que la hermana había venido con su hija y con Gabrielle.

—No lo sé. Xena me mandó encender antorchas y hacer un fuego. Eso fue al menos hace tres horas —Lila desvió sus ojos del río creciente para mirar por primera vez a la madre de Xena— ¿Dónde esta Gabrielle?

La anciana bajo la mirada y eligió cuidadosamente sus palabras.

—Ha sido herida —ahora Lila se percató de la sangre en el pecho de Cyrene—. Ahora está segura. He venido para ver si Xena necesitaba mi ayuda.

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