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XWP Gen » Madres » 02
:: MADRES ::
(MOTHERS)
Lila lanzó
otra mirada feroz a la guerrera, que ya empezaba
a cansarse de aquel juego y la devolvió
esta vez. Gabrielle las miró y frunció
el ceño.
—Lila,
ya sabes que no paras de dar vueltas y moverte.
Por favor, duerme tú allí.
—Vale
—miró otra vez con odio a Xena antes
de entrar en el cuarto de invitados.
—¿Qué
crees que estarán haciendo las chicas ahora?
—preguntó Cyrene.
—Buscarnos,
probablemente —contestó Hécuba—.
Espero que tengan cuidado.
—Estoy
segura de que sí. Xena va siempre dos pasos
por delante de todo. No le gusta correr riesgos.
—Había un tinte de orgullo en la
voz de la mujer.
—Mi
Gabrielle es muy inteligente. Estoy segura de
que encontrará un modo de salvarnos. Después
de todo, es la Reina de las Amazonas. —La
voz de Hécuba no podía disimular
su orgullo.
—Ha
hecho mucho bien a Xena. No sé que habría
sido de mi hija sin esa muchacha tuya. Pienso
en ella como si fuera mi hija. Es una muchacha
tan dulce, siempre cuidando a los demás...
—De
pequeña ya era así, desde que encontró
una ardilla herida e insistió en cuidarla
hasta que estuvo bien; después lo convirtió
en costumbre.
—Xena
no tenía tanta mano con las mascotas. Una
vez tuvimos un perro, pero Xena era aún
demasiado pequeña, diez años más
o menos. Intentó sacar de paseo a esa montaña
de animal y al final acabó paseándola
él. ¡Vaya escena! Aquella pequeñez
de chiquilla a rastras por toda la ciudad detrás
del enorme perrazo negro —ambas mujeres
rieron—. Pero no soltó la correa;
si algo es, es obstinada.
—Gabrielle
es también bastante cabezota. Deberías
oírla discutir con Lila. Cuando estaban
creciendo, hubiese jurado que a veces se enzarzaban
sólo para poder lanzarse los insultos más
coloristas la una a la otra —Hécuba
sonrió al recordar a sus hijas de pequeñas,
jugando bajo el sol veraniego. Se acercó
a Cyrene—. Pero háblame de los otros...
Gabrielle me dijo que tienes un hijo...
Ephiny y Xena
contemplaban a las dos hermanas de Potedaia dando
buena cuenta del trabajo matutino de las cocineras.
—¿Cómo
pueden comer tanto? —preguntó la
amazona en voz baja al ver que les ponían
delante otro plato de comida.
—Piernas
huecas. Debe ser cosa de familia —contestó
Xena con los ojos fijos en su amiga—. Voy
a tener que presentarme voluntaria para la partida
de caza y asegurarme de que el pueblo no se muere
de hambre.
—Dejad
de meteros con nosotras —Gabrielle alzó
la vista y las miró—. No creáis
que no os he oído.
—Sí
—añadió Lila—. No tenemos
las piernas huecas, sólo un apetito saludable
—devolvió su atención al plato,
ahora casi vacío—. ¡Gabrielle!
Te has comido el último higo.
—Sí
—dijo Gabrielle con tono sardónico
mientras saboreaba la fruta en su boca—.
Éste también está muy bueno.
—Hola,
Toris —dijo Kaleipus al entrar en la habitación—.
Me han dicho que quieres hablar conmigo.
—Sí
—Toris se incorporó hasta quedar
sentado sobre la cama—. Háblame de
Solan.
—Solan
—los ojos del centauro mostraron sin querer
su preocupación—. ¿Qué
quieres saber, Toris? Yo soy su protector.
—¿Quién
es su madre? —Toris vio cómo Kaleipus
intentaba evitar una respuesta.
—¿Por
qué lo preguntas?
—No
eludas el tema. ¿Es sobrino mío?
—Kaleipus se alejó y miró
por la ventana.
—No
debes decirle nada. Él cree que su madre
está muerta.
—¿Por
qué no le dices la verdad?
—Es
mejor para Solan no saberla.
—Tiene
derecho de conocer a su familia, Kaleipus. No
sé cómo llegó hasta ti y
tampoco me importa. Cuando me marche de aquí,
el hijo de mi hermana vendrá conmigo. Merece
vivir con su familia.
—¡Yo
soy su familia! —rugió Kaleipus encarándose
con él —-. Ha estado conmigo desde
que tenía menos de un cuarto de luna. A
pesar de que me llama “tío”,
en mi corazón es mi hijo.
Sus conmovedoras
palabras aplacaron un poco la ira del hombre.
—Yo
también soy su familia, Kaleipus. Merece
saber eso.
—No
puedo permitir que se lo digas, Toris. Juré
a Xena que el niño nunca sabría
de dónde procede.
—Pero
yo nunca hice esa promesa. Puede que Xena sea
una descastada, pero yo no. —La voz de Toris
subió de volumen por la rabia que sentía
hacia su hermana.
—No
lo hizo por indiferencia, Toris. Le envió
aquí para protegerle. ¿Sabes lo
que habría sido de él si hubiese
corrido la voz de que era el hijo de Xena?
—¿Tío?
—el muchacho apareció en el marco
de la puerta, con la sorpresa y la confusión
pintadas en el rostro. Los dos hombres se volvieron
a mirarle.
—Solan,
¿cuánto tiempo llevas ahí?
—Kaleipus fue hasta él y le puso
una mano sobre el hombro.
—Tío,
¿es cierto? ¿Xena es mi madre? —las
lágrimas empezaron a inundar sus ojos.
El centauro miró con furia a Toris. Ya
no había vuelta atrás.
—No
hay forma de que cambies de opinión, ¿verdad?
—dijo Gabrielle mientras Xena montaba a
Argo y le tendía la mano.
—No.
Se trata de mi madre; tengo que ir —ayudó
a la bardo a montar detrás de ella.
—Pero
dijo que la mataría si intervienes —objetó
Gabrielle.
—Gabrielle,
lo hará de todas formas. Ya sabes que no
se puede confiar en la palabra de una loca. Además,
quiere matarte a ti. Las dos personas más
importantes de mi vida están en peligro,
¿qué esperas que haga?
—Supongo
que vas a intentar salvarnos, ¿no? —Gabrielle
abrazó la cintura de su amiga cariñosamente.
—Voy
a salvaros a todas, incluida tu madre.
—Sé
que no dejarás que le ocurra nada, Xena,
a pesar de lo que siente hacia ti.
—No
me preocupa lo que ella piense de mí; me
preocupa lo que pienses tú.
Eso era sólo
una verdad a medias. Lo que Gabrielle pensara
de ella le importaba más que nada en el
mundo, pero la guerrera anhelaba en silencio que
algún día la familia de la bardo
la aceptase. Aunque nunca había revelado
sus sentimientos sobre la actitud de la familia
de Gabrielle, Xena se sentía herida cuando
iban de visita. La hostilidad hacia ella era palpable,
sobre todo por parte de la hermana pequeña.
—Bueno,
yo te quiero, Xena. Si mi familia no puede aceptarlo,
es su problema. No voy a dejarte, y tú
tampoco a mí.
—Vámonos
ya. Quiero estar en posición antes del
atardecer. ¡Jia!
Puso a Argo
a galope tendido, dejando atrás la aldea.
No podía sospechar que Lila estaba ensillando
su montura, decidida a seguirlas.
Las ruinas eran
una colección de edificios, parte de una
pequeña ciudad que había muerto
mucho tiempo atrás. Los únicos testimonios
de que alguna vez hubiera estado habitada eran
esos edificios, que ahora se caían a pedazos.
El derruido conjunto urbano estaba situado entre
un grupo de montañas. Tiempo atrás,
se habían labrado cavernas y túneles
en la roca, creando casi otra ciudad dentro de
las montañas. La zona había pertenecido
una vez a un dictador miserable, que gozaba con
las más inventivas formas de muerte y tortura.
A Maka no le
llevó mucho tiempo encontrar los túneles
y cámaras de ejecución ocultos entre
los muros de las cuevas. La amazona miró
al cielo: tan sólo unas cuantas horas más
y la corona volvería a pertenecer a las
amazonas. Estaba llevando a cabo sus planes, lo
primero era tender la trampa. Cuando se dirigía
abajo, por el largo pasadizo que llevaba las mazmorras,
escuchó un ruido extraño. Eran las
dos mujeres riéndose; Maka se tranquilizó
enseguida.
—…
como un pajarillo, corriendo calle abajo, blandiendo
su supuesta espada —Cyrene terminó
su turno de contar historias embarazosas.
—Bueno,
déjame contarte cuando a Gabrielle y Lila
se les metió la idea en la cabeza de coger
miel directamente de la colmena —Hécuba
estaba punto de empezar su cuento cuando escuchó
pasos. Las dos mujeres se callaron mientras la
amazona se acercaba.
Maka abrió
la puerta y entró.
—Parecía
que había un montón de gallinas
cacareando aquí dentro —la amazonas
miró a las dos mujeres, complacida de verlas
asustadas. Desenvainó la espada —.
Llegó el momento de colocar la trampa.
Tú… —señalando a Cyrene—.Ven
conmigo.
—Por
favor, no hagas esto —suplicó Cyrene.
Maka se acercó a la anciana y la cogió
con fuerza del brazo, poniéndola de pie
de un tirón.
—¿Quieres
ver a tu hija viva o muerta? —la amenazó,
apretando la espada contra su vientre—.
A mi me da lo mismo...
Maka arrastró
a Cyrene fuera del edificio en ruinas, hacia el
centro de la aldea abandonada. Allí había
un aparato alto de madera, con la cubierta sostenida
por tres troncos delgados de por lo menos la altura
de un hombre y dos columnas, de al menos el doble
de altura, que sostenían un tercera viga,
apoyada en la parte superior. Un lazo atado alrededor
colgaba llamativamente. Debajo del lazo se extendía
una pequeña plataforma, sostenida en posición
horizontal por una soga que se enroscaba sobre
un pequeño poste y que estaba atada a la
plataforma. Había un gran hoyo debajo de
la plataforma y de la soga. Cyrene comprendió
rápidamente: un corte en la soga bajaría
la plataforma, colgándola. Empezó
a llorar y a temblar.
—Por
favor, no, por favor.
Maka no hacía
caso de sus súplicas mientras la arrastraba
a la posición donde colocar el nudo alrededor
de su cuello. Cyrene alzó las manos para
protegerse; Maka la maldijo y la golpeó
con fuerza suficiente como para mandarla contra
la plataforma.
—Debería
matarte ahora, vieja —la amenazó
mientras la arrastraba a sus pies y le ataba las
manos a la espalda—. No me tientes, mujer;
me sirves de cualquier forma.
Cyrene sollozó
silenciosamente pero no volvió a luchar.
Envió una silenciosa plegaria a Artemisa
para que protegiera a sus hijas y a las madres
de éstas.
Luego de colocar
a Cyrene, Maka fue a ocuparse del otro problema.
«Esta mujer no vivirá; ha dado a
luz a la reina impostora: debe morir » . Maka
pensó en quitarle la vida ella misma, pero
decidió que sería mejor de una manera
más creativa. En su exploración
de los túneles de las montañas,
había encontrado un río que corría
bajo una roca. Después de varias búsquedas
finalmente encontró una caverna escondida,
accesible solo a través del río
y entrando en él desde abajo. Cuando la
luna estaba en su punto mas alto, el río
crecía y llenaba la pequeña cueva.
«Sí, esta muerte será mucha
más dolorosa que la muerte por espada » ,
pensó Maka. La madre de Gabrielle tendría
el horror de conocer lo que era ahogarse, una
muerte ciertamente desagradable.
Tras desmontar
de Argo y enviar al caballo a esperarlas a un
lugar más seguro, Xena y Gabrielle comenzaron
el largo camino al interior de las ruinas. Ninguna
de las mujeres habló de sus miedos mientras
pensaban, cada una a su manera, en escenas de
antiguas batallas y esqueletos muertos hace tiempo.
Verlo dos veces había sido demasiado para
la joven reina y tuvo que volver a los firmes
brazos de Xena para soportarlo. Hacía tiempo,
mucho tiempo, que la guerrera se había
insensibilizado a las escenas de muerte y masacre,
aunque si le preguntaban, se vería forzada
a reconocer que la Batalla del Muro Sur le había
provocado varias pesadillas en las últimas
lunas. Las escenas que veían en estos momentos
no tenían efecto sobre ella, excepto la
tristeza de que afectaran a Gabrielle.
Gabrielle fue
incapaz de reprimir un grito sofocado cuando vio
a Cyrene sujeta en la soga de los ahorcados. Una
alta y musculosa amazona estaba de pie delante
de ella, apretando la espada contra una delgada
cuerda.
—Xena…
—susurró la bardo.
—Ya
lo veo —contestó gravemente.
No había
forma de lograr alcanzar a la amazona antes de
que cortara la cuerda. Incluso el chakram sería
inútil en esta situación; aunque
cortara el nudo, la amazona todavía podría
llegar hasta su madre y escapar antes de que Xena
llegara. Había demasiado espacio libre
entre ellas para que la guerrera fuera capaz de
sorprender a la amazona.
—No
veo a tu madre por ningún sitio.
—No,
yo tampoco —respondió Gabrielle quedamente.
Xena comprendió su miedo y posó
una mano cariñosa sobre la rodilla de la
bardo—. Xena, tienes que quedarte aquí.
Si te ve …
—Lo
sé. Esperaré hasta que la distraigas,
entonces rescataré a tu madre. Ten cuidado,
por favor —Xena levantó la mano para
acariciar la mejilla de la narradora de historias.
—Lo
haré, tú también —tomando
aliento profundamente, Gabrielle agarró
con fuerza el cayado y avanzó fuera de
la protección de los árboles.
—Ah,
así que después de todo, has tenido
el valor de mostrarte. Estaba empezando a preguntarme
si eras una cobarde además de una ladrona
—gritó Maka en cuanto vio acercarse
a la mujer de pelo color miel.
—No
soy una ladrona. ¿Quién eres tú?
—chilló Gabrielle en respuesta, barriendo
con los ojos los alrededores a la búsqueda
de algún indicio de trampa. Otra de las
muchas habilidades de Xena que estaba enseñando
a su joven compañera.
—Soy
Maka, nacida de sangre amazona. Tú no tienes
derecho a llevar el título de reina —movió
la espada ligeramente apuntando más hacia
la mujer del cayado que se aproximaba que a la
anciana indefensa situada detrás de ella.
—Tengo
derecho al título de reina por el derecho
de casta que me brindó Terreis en su lecho
de muerte.
—¡No
eres una amazona, mujer! —la furia de Maka
quedaba patente en sus palabras— y ahora
morirás por robar la corona.
Avanzó
con rapidez, sorprendiendo a la bardo sólo
durante una fracción de segundo, inmediatamente
se repuso y alzó el cayado para interceptar
un golpe dirigido directamente a su cabeza. La
batalla había comenzado.
Maka se cercioró
de mantener a fácil alcance la cuerda que
sujetaba la plataforma sobre la que Cyrene se
encontraba. La amazona estaba segura de que Xena
estaba fuera, en algún lugar entre los
árboles.
—Tu
madre debería haberte enseñado mejores
modales para robar, mujer —se mofaba Maka
al tiempo que intercambiaban golpes y bloqueos.
—Y
tu madre debería haberte dado algo de valor
—vio Gabrielle devolvió un golpe—;
sólo una cobarde secuestra a las madres
de las personas —paró otro golpe
que apuntaba a su estómago.
—¿Dónde
está mi madre? —la madera chocó
ruidosamente contra el metal.
Todavía
estaban demasiado cerca de la cuerda para que
Xena intentara cualquier tipo de movimiento. Gabrielle
comenzó a echarse hacia atrás, alejándose
de la cuerda y del lugar donde estaba escondida
Xena, tratando de atraer a Maka.
—Si
la has hecho daño, te juro que te mataré.
Xena alzó
una ceja cuando escuchó la amenaza. Iba
contra los ideales de Gabrielle quitar una vida,
a pesar de lo cual ahí estaba, prometiendo
hacer justamente eso.
—No
le he hecho nada… aún —se burló
Maka—. Está en una cueva subterránea
cerca de la orilla del río. ¿Quieres
saber qué le sucederá cuando el
río crezca?
Gabrielle le
lanzó una mirada de pura rabia mientras
se abalanzaba sobre la amazona con toda su fuerza.
Maka esquivó el golpe y levantó
la espada, hiriendo en el brazo a la bardo.
—A
primera sangre, mujer. No pasará mucho
tiempo antes de que las dos estéis muertas
Se abalanzó
de nuevo, pero sólo para ser interceptada
por el cayado de la bardo. En su obsesión
por matar a la reina, Maka prestó poca
atención a la distancia que había
entre ella y la cuerda.
Lila siguió
las huellas que salían del edificio principal.
Conducían a un túnel oculto en la
montaña. Hubiera sido imposible encontrar
la entrada de no haber sido por las huellas. Una
vez dentro, siguió el ruido del agua corriente
hasta que encontró el río. Ahora,
todo lo que tenía que hacer era encontrar
la cueva. Mirando alrededor, vio un punto donde
el suelo estaba mojado, de alguien que había
salido del río. Lila saltó hacia
allá y empezó tantear a lo largo
de la orilla del río, dudosa de en qué
lado estaba la caverna o, incluso, de si se encontraba
en la zona correcta.
Xena vio como
Maka acorralaba a Gabrielle. La amazona lanzaba
golpe tras golpe contra el cayado de Gabrielle.
Se dio cuenta de que la bardo no resistiría
mucho. Sólo quedaban unos pocos pasos...
Gabrielle vio
a Xena por el rabillo del ojo y se dio cuenta
de lo que tenía que hacer. Empezó
a retroceder aún más, arrastrando
por fin a la amazona fuera del alcance de las
cuerdas. Xena lanzó el chakram y corrió
hacia el claro, desviando de Gabrielle la atención
de Maka. La bardo no perdió tiempo en lanzar
su cayado a la cabeza de la amazona. Maka aulló
de dolor y levantó su espada en una curva
feroz, alcanzando a Gabrielle bajo el pezón
derecho. La amazona saltó para interceptar
a la guerrera. El chakram cortó limpiamente
la cuerda bajo la garganta de Cyrene. La cara
de la posadera se iluminó a la vista de
su hija corriendo hacia ella. Xena estaba más
cerca que Maka, pero la amazona lanzó su
espada, con toda su fuerza, hacia la cuerda. Desde
la plataforma hasta el suelo, la altura era suficiente
para herir gravemente, si no matar, a la anciana.
Tenía las manos aún atadas a la
espalda, no habría manera de que pudiera
evitar la caída.
Cuando la espada
hubo cortado la cuerda, Xena se giró hacia
delante, lanzándose a través del
agujero. La pequeña plataforma se desplomó,
mandando a Cyrene sobre la espalda de su hija.
—Arrgg.
Xena usó
los antebrazos y las piernas para arrastrarse
de lado hasta que estuvieron fuera del agujero.
Rodó para quitarse, literalmente, a su
madre de encima; entonces se irguió y salió
tras la amazona, que había recuperado su
arma y perseguía a Gabrielle.
Gabrielle sentía
los brazos tan pesados como ramas de árbol
de haber peleado con Maka. El lado derecho de
su camisa era ahora de un brillante carmesí
bajo del pecho. Xena fue contra ellas como un
relámpago, mandando su espada directamente
contra la espalda de la amazona; sólo se
detuvo cuando la empuñadura, finalmente,
topó con la carne. Gabrielle rodó
fuera del camino mientras Maka se desplomaba sin
vida en el suelo. Xena vio la sangre e inmediatamente
corrió al lado de Gabrielle
—No
te levantes —empujó por los hombros
a la bardo, obligándola a tumbarse. Rompiendo
la ropa a tirones para abrir sobre el punto donde
la espada se había introducido, la guerrera
vio la profunda herida—. Sólo ha
afectado a la carne, estarás bien; sólo
túmbate tranquila—. Miró el
corte en el brazo de la bardo—. No está
mal del todo, sólo es un rasguño.
Es el otro el que necesita puntos.
—Vaya
un sitio para ser herida, ¿eh? —el
intento de Gabrielle de hacer una broma no cayó
en saco roto; Xena le sonrió amablemente.
—Tengo
que ir a ver como está Madre y conseguir
algo para esa herida. Aguanta. —Se volvió
para dirigirse a Cyrene, que se había sentado.
—¡Xena!
—¿Qué?
—Encuentra
a mi madre. Yo estaré bien. —Xena
oyó las palabras como si se refirieran
a su propia madre.
—Madre,
necesito algo para la herida de Gabrielle.
—Usa
mi delantal. —Xena asintió y desató
las manos de su madre.
—Ve
a ver a Gabrielle. Yo buscaré a su madre.
¿Tienes alguna idea de dónde puede
estar la cueva escondida?
—Todo
lo que sé es que tiene que estar detrás
del edificio. Primero me sacó fuera, después
no la volví a ver, por lo que debe de estar
por allí detrás. Siento no saber
nada más. —Xena frunció el
ceño mientras reflexionaba sobre la situación.
Había anochecido casi por completo y el
río crecería pronto.
—Madre,
ve a ver a Gabrielle —Xena dio la vuelta
alrededor del edificio. Cyrene se movió
lentamente, permitiendo que su espalda y sus piernas
se acomodaran de nuevo al movimiento, al tiempo
que se encaminaba hacia la joven reina.
—Tu
madre está bien, Gabrielle. Xena la encontrará,
no te preocupes —dijo Cyrene tranquilizadoramente
al tiempo que presionaba una parte limpia del
delantal contra la herida. La bardo asintió,
pero no dijo nada, sentía que su voz la
traicionaría mostrando el miedo que le
recorría el cuerpo. Las lágrimas
en sus ojos no hicieron caso a su cabeza, y comenzaron
a rodar por la cara. Incapaz de controlarse por
más tiempo, comenzó a sollozar
—Oh,
pobre pequeña, ven aquí —Cyrene
colocó sus brazos alrededor de los hombros
de Gabrielle y la dejó llorar—. Shh,
ahora todo va bien, niña. Hécuba
está bien; Xena la encontrará, shh,
no te preocupes —la posadera la mecía
dulcemente tratando de consolarla.
Xena distinguió
de inmediato el rastro que llevaba a la entrada
oculta. Vio varios pasadizos diferentes delante
de ella. Insegura, se quedó escuchando:
movimiento de agua. Se dirigió hacia el
sonido, vagamente consciente de que la oscuridad
crecía. Pronto se encontró en una
completa negrura, tanteando el camino a lo largo
de los muros mientras avanzaba. Sus oídos
distinguieron un suave lloriqueo.
—¿Lila?
¿Lila, estás aquí?
—Por
aquí —respondió la débil
voz. Xena siguió la voz hasta alcanzar
la orilla del río—. No puedo encontrarlo.
He buscado y buscado —la joven estaba llorando
quedamente. Xena la agarró del brazo para
llamar su atención.
—Lila,
consigue algunas antorchas e ilumina el camino.
Después de eso, enciende un fuego aquí
—ordenó Xena al tiempo que se despojaba
de la armadura y de sus armas, conservando sólo
la daga del pecho. Lila clavó los ojos
en el río, tratando de ver a través
de la profundidad el esquivo túnel. La
guerrera agitó el brazo con fuerza—.
¡Lila! ¡Vamos!
—Antorchas…
fuego —la chica de la granja estaba saliendo
de su ligero trance. Xena se adentró en
el río. Lila se dirigió a la entrada
de la cueva.
Toris creyó
que se le rompía el corazón al ver
cómo se le saltaban las lágrimas
al chico. Kaleipus corrió a tomar a Solan
en sus brazos. El chico perdió su determinación
y lloró las duras y entrecortadas lágrimas
de un niño abrumado por las emociones.
El centauro mantuvo al chico en sus brazos, meciéndole
suavemente mientras esperaba que el precoz chaval
recuperara su compostura. Toris contempló
silenciosamente la escena, plenamente consciente
de la iracunda mirada del centauro sobre él.
Puesto que Maka
se había llevado a la madre de Gabrielle
durante la marea baja, Xena sabía que el
acceso debía de estar en algún lado
profundo de la roca. Ahora mismo, la mano de la
guerrera había tratado de alcanzarlo y
había sentido más agua en lugar
de roca sólida. Ascendió rápidamente
a la superficie para aliviar sus pulmones resecos
y marcar su posición. Al emerger del agua,
tomó varias bocanadas de aire mientras
desprendía su daga y la lanzaba hacia la
tierra, lo bastante lejos del agua que subía
como para que no lo sumergiera la marea alta.
No era fácil
bucear por el túnel. Xena ni siquiera podía
estar segura de que fuera el túnel correcto.
Calculó mentalmente el tiempo que podía
permanecer abajo antes de regresar por aire. Cuando
alcanzó un punto sin retorno, tomó
en fracciones de segundo la decisión de
continuar o no. Se lanzó hacia delante,
sumergiéndose más profundamente
para tratar de cubrir el mayor espacio posible
antes de quedarse sin aire.
Lila agarró
todas las antorchas que pudo encontrar e iluminó
el sendero desde la entrada de la cueva hasta
la orilla del río, donde había hecho
un pequeño fuego. Erguida en la orilla,
miraba arriba y abajo todo lo lejos que podía
en la zona iluminada por el fuego. Ninguna señal
de su madre o de la guerrera. Sus pensamientos
oscilaban entre su madre y su hermana: Xena no
la había mencionado. Lila quería
ir a comprobar cómo estaba su hermana,
pero no se arriesgó a dejar la vigilancia.
La cabeza de
Xena se hundió, sus pulmones ardían
dolorosamente. El suelo de la pequeña cueva
estaba completamente inundado. Una rápida
comprobación a la oscuridad le indicó
que no había nadie en esta cueva concreta.
El agua subió hasta sus rodillas. Xena
esperaba que la cueva de Hécuba fuera mas
alta que ésta. Se tomó un momento
para devolver su respiración a un nivel
adecuado, después llenó los pulmones
y se zambulló, buceando hacia mas abajo
del túnel. Mentalmente se maldijo por no
tener ningún conocimiento de la mente de
su enemigo. No había ninguna manera de
saber cuántas de éstas pequeñas
cavidades existirían dentro de la montaña.
Tampoco había bastante tiempo para explorarlas
todas.
Xena subió
a otra vacía y oscura cavidad. Para desmayo
de sus pulmones y pánico verdadero, el
agua había llenado completamente la cueva.
Salió deprisa y volvió a la caverna
anterior, que estaba cerca, para reemplazar el
aire. Se quedaba sin tiempo.
Hécuba
observaba con terror como el agua continuaba subiendo.
Con las manos todavía atadas, no había
manera de que pudiese intentar nadar hasta la
salida. Ahora estaba completamente estirada, el
agua por la barbilla. Le temblaba el labio de
miedo y le castañeteaban los dientes castañeteaban
por el principio de hipotermia. No había
visto otra cosa que la oscuridad del paso del
tiempo, volviéndose casi loca por la ausencia
de luz. Escuchó un chapoteo, seguido de
alguien que luchaba por respirar.
—¡A…
ayuda! —el castañeteo de sus dientes
le impedía calmar su voz, pero fue suficiente
para que Xena lo escuchara.
—Sigue
hablando. Iré hacia ti —se dirigió
hacia los sonidos.
—¿Xena?
Oh, gracias a los dioses, Xena —Hécuba
dijo su nombre casi reverentemente. Notó
cómo se extendía la fuerte mano
de la guerrera hasta tocar su hombro.
—No
tenemos mucho tiempo, las cuevas se inundan rápidamente.
¡Tenemos que irnos ya! Agarra mi falda y
no la sueltes; te sacaré. Aguanta la respiración
todo lo que puedas —Xena no podía
permitirse descansar ahora para recuperar aliento.
Tomando aire, las dos mujeres se zambulleron en
el agua.
Lila era una
pura lágrima cuando Cyrene la encontró.
—¿Quién
eres tú? —le preguntó la posadera
cuando la encontró.
—Lila.
—¿Donde
están, niña? —la madre de
Xena decidió no preguntar porqué
la niña estaba aquí, bastaba con
saber que la hermana había venido con su
hija y con Gabrielle.
—No
lo sé. Xena me mandó encender antorchas
y hacer un fuego. Eso fue al menos hace tres horas
—Lila desvió sus ojos del río
creciente para mirar por primera vez a la madre
de Xena— ¿Dónde esta Gabrielle?
La anciana bajo
la mirada y eligió cuidadosamente sus palabras.
—Ha
sido herida —ahora Lila se percató
de la sangre en el pecho de Cyrene—. Ahora
está segura. He venido para ver si Xena
necesitaba mi ayuda.
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