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XWP Gen » Madres » 03
:: MADRES ::
(MOTHERS)
El tiempo pasaba
con Cyrene vigilando alternativamente a Gabrielle
y su hermana. Las tres mujeres esperaban silenciosamente,
sin que ninguna se decidiera a expresar sus miedos
o sus preocupaciones. Cyrene había informado
a Gabrielle de la presencia de Lila y, de mala
gana, de que los seres amados continuaban perdidos.
Los sollozos del bardo, de miedo y dolor, hicieron
que su herida continuase sangrando. Cyrene hizo
lo posible para calmar a las dos hermanas mientras
luchaba por contener sus propias lagrimas, pero
falló varias veces, y se fue a algún
sitio lejos de las dos hermanas a llorar quedamente
en privado. Las muchachas necesitaban que fuera
fuerte delante de ellas. Su tiempo de duelo, si
es que fuese necesario, tendría que venir
más tarde.
Kaleipus alimentó
el fuego mientras Solan estaba sentado con Toris
en la cama. El hombre trataba de contestar a todas
las preguntas del muchacho. Después de
las lagrimas iniciales, el centauro había
descubierto que Solan sospechaba la verdad desde
que conoció a Xena el año anterior.
Ahora mismo parecía mas interesado en averiguar
todo lo que pudiera sobre su recién descubierto
tío que en discutir los cómos y
los porqués de cómo llegó
a vivir con los centauros.
Gabrielle oyó
cantos de paloma a lo lejos. Sólo la llorosa
Cyrene, que permanecía apoyada en un muro
cercano, donde la reina no podía verla,
oyó sus débiles llamadas de auxilio.
La mujer llegó junto a Gabrielle tan aprisa
como le permitieron sus cansadas piernas.
—Gabrielle,
¿qué ocurre?
—En
aquella dirección —señaló
hacia el bosque—. Pide ayuda, hay amazonas
por ahí, ¡Vamos! —Gabrielle
vio a la anciana correr hacia los árboles,
agitando los brazos en la oscuridad y gritando
tan alto como podía. Al poco rato aparecieron
varias amazonas, con las armas en la mano, temerosas
de una trampa. Eponin se adelantó y se
dio cuenta de que aquella pequeña mujer
debía ser una de las madres que buscaban.
Indicó a las guerreras que bajaran las
armas y se aproximó a ella.
—¿Dónde
están?
—Gabrielle
está herida —Cyrene señaló
hacia donde se encontraba tumbada la reina, dándose
cuenta de que varias amazonas ya se dirigían
hacia allí—. Xena está…
—dejó de hablar e inesperadamente
se echó en brazos de la fornida amazona—...
una cueva detrás del edificio principal,
hay antorchas.
Las lágrimas
de una madre destrozada empaparon la ropa de Eponin.
La amazona indicó a algunas guerreras que
fueran a la cueva, luego envió a dos más
en busca de Saras, la curandera, y de unas literas.
Furtivas lágrimas se empezaron a acumular
en los ojos de la joven mientras sostenía
a la afligida madre. Hizo propósito de
ir a visitar a la suya tan pronto como volvieran
a la aldea, para decirle lo mucho que la quería.
Pasito a pasito, acompañó a Cyrene
de vuelta al pequeño fuego junto a Gabrielle.
Dos guerreras habían ido a buscar leña
para mantenerlo vivo. Era obvio que no iban a
moverse de allí hasta el amanecer.
La última
cueva estaba anegada, impidiendo a las mujeres
aliviar la agonizante presión de sus pulmones.
Xena descubrió horrorizada lo lejos que
se encontraba del río. Sabía que
no le quedaba aire suficiente para llegar, y menos
aún a la mujer que llevaba agarrada a ella.
Por dos veces Hécuba había empezado
a tragar agua, obligando a Xena a retroceder hasta
la cueva más cercana para que recuperara
el aliento. Aquello se había revelado un
error fatal. La mente de la guerrera estaba centrada
en su amiga de ojos verazulados. Xena se impulsó
con todas sus fuerzas, arrastrando consigo a la
madre de Gabrielle.
Hécuba
empezó a ahogarse cuando les quedaban tan
sólo unas cuantas brazadas para llegar
a la orilla. Xena se obligó a ignorar el
aterrorizado braceo de la mujer y sacó
la mano hacia la suave ribera, buscando un un
asidero desde el que impulsarse. Tuvo la suerte
de encontrar una especie de pequeño asa.
Tensando su brazo dolorosamente, impulsó
sus cuerpos hacia la superficie.
Nunca antes
una bocanada de aire le había sentado tan
bien a Xena. Sacó la cabeza de Hécuba
fuera del agua al tiempo que dos amazonas nadaban
hacia ellas. La mujer tosió hasta expulsar
el agua que había entrado en sus pulmones
y poder volver a llenarlos de aire. A lo lejos,
Xena oía gritar a Lila, pero no estaba
pensando precisamente en aquella mujer de Potedaia.
Se dejó ayudar por una de las guerreras,
y alcanzó la orilla. A pesar de lo desesperada
que estaba por encontrar a Gabrielle, las fuerzas
la abandonaron en el mismo momento en que tocó
tierra firme. Xena estaba demasiado débil
para protestar cuando una amazona extraordinariamente
fuerte la levantó en sus brazos y la sacó
de la caverna. Al darse cuenta de que la llevaban
con Gabrielle, se relajó y sucumbió
al agotamiento.
Lila abrazó
a su madre, meciéndola cariñosamente.
—Ya
ha pasado todo. Estás a salvo, madre. Tranquila...
shhh. —Acarició su cabello grisáceo
con delicadeza.
Las cubrieron
con mantas para que la madre se secara y entrara
en calor y echaron unos cuantos troncos más
a la hoguera.
Con todas aquellas
emociones, Cyrene se había olvidado completamente
de la herida de la cabeza, que ahora le martilleaba
dolorosamente. Se llevó una mano hasta
allí y sintió el inconfundible calor
de la infección. Eponin se dio cuenta también
y fue hasta ella para prestarle ayuda inmediata.
El improvisado
campamento fue dividido en tres partes. Una estaba
dentro de la caverna, para cobijar a Lila y a
Hécuba. La hija se negó a moverse
del lado de su madre, que ahora dormía
profundamente entre sus brazos. Las guerreras
que sabían algo de curar estaban atendiendo
las numerosas heridas de las mujeres, incluyendo
la sutura del corte de Gabrielle. Mientras la
guerrera hacia la costura, imploraba silenciosamente
para que fueran pequeñas, limpias y uniformes.
No quería dejar ninguna cicatriz innecesaria
sobre su querida reina. La tercera sección
estaba formada por el resto de las guerreras,
que esperaban para escoltar al grupo cuando regresara
a la villa con las primeras luces.
Saras y las
camillas llegaron justo antes del amanecer. Lila
era la única capaz de cabalgar. Tomó
las riendas de Argo y aceptó agradecida
la mano de una amazona para encaramarse a la silla;
mirando hacia abajo comprendió porque Gabrielle
iba siempre a pie. A todas las demás las
llevaron a caballo, incluso a la poderosa princesa
guerrera, que sólo accedió después
de intentar caminar y encontrar el esfuerzo demasiado
doloroso. Le dolían todos los músculos
de nadar durante tanto tiempo o de haber contenido
la respiración. Ni siquiera podía
respirar hondo sin que protestaran músculos
de su pecho. Gabrielle estaba despierta y receptiva,
charlando con las mujeres que llevaban su camilla,
contándoles lo que había ocurrido
y preguntándoles por el estado de todos
sus seres amados. Las madres no hablaron mucho,
necesitaban descansar después de sus terribles
experiencias. A diferencia de sus viajeras hijas,
ninguna estaba acostumbrada a tal esfuerzo físico.
Tendría que pasar un cuarto de luna, o
más, antes de que tuvieran fuerzas para
regresar a sus casas.
Todas las mujeres
de la villa esperaban su llegada. Fueron recibidas
con vítores por su heroísmo. Aún
estando tan agotada como estaba, Xena todavía
se encontraba profundamente avergonzada por haber
sido llevada a la villa en lugar de ir por su
propio pie. Gabrielle sonrió y saludó,
asegurándoles que no estaba tan maltrecha
como parecía. No tuvo que mirar hacia abajo
para saber que el lado derecho de su camisa estaba
completamente cubierto de sangre. Habían
puesto vendas limpias sobre la herida, pero no
había nada más con lo que pudiera
vestirse, por lo que se colocó de nuevo
su manchada camisa carmesí.
Gabrielle, Hécuba,
y Cyrene fueron llevadas a la choza de Saras.
Xena y Lila fueron al palacio, subieron a sus
cuartos y cayeron dormidas nada más tocar
la cama. Se envió un mensajero para comunicar
las buenas noticias a Toris y otros dos a Amphipolis
y Potedaia para avisar a las familias.
Gabrielle entró
silenciosamente en su habitación, intentando
no molestar a Xena. Se desvistió rápidamente
y se deslizó bajo las sabanas.
—Hey,
¿estás bien? —preguntó
bajito Xena mientras se daba la vuelta para ponerse
de cara a su amiga.
—Sí,
bien. Sólo he necesitado unos pocos puntos.
Oh, buenas noticias: mi camisa está destrozada.
—Xena celebró las noticias. Oh, cómo
odiaba aquella horrible cosa verde...
—Tal
vez pueda ayudarte a hacer la siguiente —levantó
ligeramente la ceja.
—Ya
veo que te encuentras mejor —respondió
Gabrielle, golpeando juguetonamente el brazo de
la guerrera.
—Mmm
—contestó Xena—. ¿Cómo
está mi madre? ¿Cómo está
tu madre?
—Cyrene
está bien. Necesita un par de puntos en
la cabeza, pero aparte de unos pocos golpes y
contusiones, salió bien librada. Madre
está cansada, pero se recuperará.
—Gabrielle miró profundamente a los
ojos azules—. Gracias.
—Shh,
tú habrías hecho lo mismo por Cyrene
—Gabrielle asintió con la cabeza;
amaba a la madre de Xena casi tanto como a la
suya.
Sintiendo llegar
el cansancio, Gabrielle se acurrucó contra
Xena y suspiró contenta. Xena la abrazó
y cerró los ojos, con una sonrisa serena
jugueteando en los labios.
—¿Cómo
te sientes, Madre? —preguntó Xena
mientras entraba en la choza de Saras y se acercaba
al lado de su cama.
—Estoy
bien, querida. Sólo un poco cansada de
tanta excitación —Cyrene intentó
incorporarse, pero las amables manos de su hija
la obligaron a tumbarse.
—Descansa
—dijo Xena mientras tomaba la mano de su
madre entre las suyas y se sentaba en la cama
junto a ella. Desde que Gabrielle había
abierto su corazón, la guerrera, normalmente
poco afectuosa, encontraba un poco más
fácil hacerle a su madre un gesto de ternura.
Parte de ella todavía se sentía
todavía culpable por que su madre hubiera
sido la primera en verse en este aprieto. Sólo
Gabrielle sabía cómo le partía
el corazón a la guerrera ver a los que
quería sufrir por su culpa.
Cyrene estaba
a la vez sorprendida y complacida por la conducta
de su hija. Colocó la otra mano encima
y la enlazó con la de Xena.
—¿Cómo
estás? Estaba preocupada por si moría
mientras te esperaba.
—Hecha
polvo —estiró la dolorida espalda.
—¿Cómo
está Toris? Gabrielle dijo que estaba herido
—la cara de Xena se volvió inescrutable
al mencionar a su hermano. Intentaba con todas
sus fuerzas no pensar en su estancia con los centauros
y en lo que podría haber notado.
—Está
bien. Debería haber sabido que no se puede
penetrar en tierra amazona. Tiene suerte de estar
vivo.
—Trataba
de salvarme la vida. Y avisarte a ti, he de añadir
—reprendió Cyrene a su hija—.
Sé que no os lleváis tan bien como
me gustaría, pero todavía es tu
hermano y puso su vida en peligro para salvarnos
—Cyrene se apoyó de nuevo en la almohada,
satisfecha por haber expuesto su opinión.
Xena respiró profundamente y contó
hasta cinco antes de hablar.
—Lo
sé, madre. Pero debería haber tenido
más cuidado.
—Es
un granjero, no un guerrero, Xena. No estaba preocupado
por su seguridad, todo lo que le preocupaba era
encontrarte.
—Ya
era hora de que Toris hiciera algo para ayudar
a su familia —murmuró, olvidando
que el oído de su madre era casi tan bueno
como el suyo.
—¡Xena!
Eso no es justo. ¿Cómo puedes sentarte
ahí y juzgar sus decisiones? Después
de lo de Cortese, regresó a casa y empezó
a labrar el campo; su tierra da de comer a la
mitad de la aldea. No tienes derecho a juzgarle.
Él era todo lo que me quedaba después
de que te marcharas.
—Madre,
yo…
—¡Xena!
¡Deja de molestarla! —la voz de Hécuba
emergió de detrás de un biombo.
La cabeza de la guerrera se volvió hacia
el sonido y arqueó una ceja.
—Gracias,
Hécuba —dijo Cyrene —. Xena,
sé lo que sentís el uno por el otro,
pero él es de la familia. Tan pronto como
estés bien, espero que vayas a verlo, ¿has
entendido? —Xena asintió ligeramente,
lo justo para que se percibiera.
—Gabrielle
y yo iremos a verlo mañana, si ella se
encuentra bien —Xena sintió la necesidad
de ir al campo de entrenamiento y aliviar su frustración
sobre algún contrincante—; tengo
que ir a comprobar cómo está. Vendré
a verte más tarde.
—Trae
a Gabrielle contigo, me encantaría verla.
—Vale
—se levantó para marcharse.
—Xena
—la llamó Hécuba—. Lo
primero que hizo Lila esta mañana fue venir
a verme. Dile a Gabrielle que no me importa que
sea reina, será mejor que venga a verme
pronto si sabe lo que le conviene.
—Le
daré el mensaje —la mano de Xena
estaba en la puerta.
—Y
espero que tú vuelvas más tarde
y estés con tu madre algo más que
unos pocos minutos, jovencita —Xena contó
hasta diez y después se marchó a
buscar a Gabrielle.
Gabrielle estaba
en el Salón del Trono, hablando de los
acontecimientos recientes con Ephiny, cuando Xena
entró furiosa.
—Tenemos
que hablar —afirmó Xena, al tiempo
que agarraba el brazo de la reina y la empujaba
fuera de la habitación.
—Tranquila,
parece que fueras a estallar —Gabrielle
observaba cómo Xena caminaba de un lado
a otro, mascullando entre dientes al tiempo que
trataba de recuperar el control.
—¿Sabes
lo que me dijo? ¿A mí?
—¿Quién?
—¡Tu
madre, quién si no! Me regañó
como si fuese una niña — Xena agitaba
los brazos en el aire, incapaz de creerse que
alguien se hubiera atrevido a hablarle así.
—¿Te
estabas comportando como una niña, Xena?
—bromeó Gabrielle.
—No
creas que tú no tienes problemas, mi pequeña
reina. Tu madre me dio un mensaje para ti también
—Xena sonrió al ver a Gabrielle entornar
los ojos.
—Oh,
oh. No me va a gustar, ¿verdad? —la
bardo se tapó la cara con las manos y sacudió
la cabeza. La sonrisa de Xena se ensanchó
y dejó de pasear.
—Oh,
no creo. Dijo que reina o no reina, esperaba que
fueras a verla inmediatamente. —Se rió
entre dientes ante el gruñido que lanzó
Gabrielle.
—Apostaría
a que Lila ya ha ido a verla.
—Es
lo primero que ha hecho esta mañana —se
mofó Xena. Gabrielle gruñó
de nuevo antes de mirarla. Un terrible pensamiento
cruzó la mente de la bardo.
—Xena…
La mirada de
Xena cambió de la burla a la preocupación
cuando observó la expresión de temor
de Gabrielle.
—¿Qué?
—No
creerás que han hablado… —Gabrielle
ya se había puesto en pie y se encaminaba
hacia la puerta. Los ojos de Xena se agrandaron
cuando pensó lo que significaba que ambas
mujeres hablaran.
—Estuvieron
solas en el cuarto largo rato —dijo Xena
mientras seguía a Gabrielle fuera de la
puerta.
—Si
le cuenta a Cyrene cuando yo… —Gabrielle
se detuvo y observó a Xena, que también
estaba pensando en momentos embarazosos de su
niñez.
—¡Oh,
dioses! —dijeron al unísono.
Afortunadamente,
Cyrene descansaba cuando llegaron. Xena comprobó
rápidamente su estado; luego aprovechó
de la oportunidad de escapar que se le ofrecía
y regresó al palacio. Gabrielle le clavó
la mirada cuando se marchaba, pero Xena se encogió
de hombros. Los ojos de la bardo se estrecharon
al pensar en las diferentes formas en que se iba
a vengar de la traidora guerrera por dejarla sola
con su furiosa madre.
—¡Gabrielle!
¡Ven aquí!
—¿Sí,
madre? —dijo Gabrielle, lo más dulcemente
que fue capaz, mientras se volvía para
hacer frente a su madre. La noche anterior habían
intercambiado efusivos abrazos, pero no habían
hablado realmente. Esta vez se abrazaron cariñosamente.
—¿Cómo
te sientes?
—Yo
estoy mucho mejor, Gabrielle; eres tú la
que me preocupa. Todavía no deberías
estar levantada y por aquí. —Hécuba
no estaba satisfecha con el aumento de cicatrices
de su hija.
—Estoy
bien, madre, de verdad —rió nerviosamente—.
Además, recibí los golpes donde
tenía más relleno —sonrió
dulcemente, tratando de sacar el lado alegre de
su madre. Hécuba le sonrió y dio
golpecitos en la cama para que Gabrielle se sentara
con ella. Tuvieron una breve charla antes de que
Lila volviera a visitar a su madre. Gabrielle
se excusó, alegando sus deberes de reina.
Seguramente habría algo que demandara a
la reina de las amazonas, incluso si eso suponía
inspeccionar la cocina y probar el menú
de la cena.
A la mañana
siguiente, Xena y Gabrielle se marcharon pronto
para comprobar el estado de Toris. Xena no parecía
interesada en hablar o compartir sus sentimientos,
a pesar de los esfuerzos de Gabrielle incitándola
a que los expresara.
Sus peores temores
se cumplieron cuando vio a Kaleipus y a Toris
hablando fuera de la cabaña de los centauros.
Xena se paró en seco. Gabrielle también
los vio y se situó entre ellos y la guerrera.
—Xena…
—esperó hasta que la guerrera la
miró—: estoy contigo, para lo que
sea.
—Lo
sé —Xena encontró su mirada,
que le proporcionó fuerza y coraje. Respiró
unas cuántas veces y después asintió
ligeramente para indicar que estaba preparada.
Gabrielle se retiró y dejó que Xena
guiara.
Toris vio que
Xena se acercaba; no mostraba ninguna emoción.
Toris miró primero a Kaleipus, y luego
se giró hacia su hermana.
—Me
dijeron que Madre está bien —dijo
ella después que los dos se unieran en
un corto abrazo. A pesar de todo eran familia,
por eso Xena se alegraba de las amazonas no lo
hubieran herido de gravedad.
—Sí,
recibí el mensaje hace algunas horas. Me
alegro de ver que estás tan bien como siempre…
—contestó Toris. Se miraron uno al
otro un momento, leyéndose en los ojos
las cosas que sabían desde su niñez.
Él fue el primero que retiró la
mirada y la dirigió hacia unos árboles
cercanos, sin darse cuenta aparente de la presencia
de Gabrielle. — Tenemos que hablar, Xena.
—Ya
sabes —le dijo con calma a Gabrielle, sin
dejar que su mirada se posara en ningún
árbol. Gabrielle se acercó a la
guerrera, le puso la mano en el brazo y apretó
con fuerza. Xena sonrío amablemente a su
contacto.
—Sí.
—no obstante, el tono de su voz reveló
su furia apenas contenida.
Rápidamente,
Gabrielle decidió que en el centro del
pueblo no era un buen lugar para que comenzaran
a discutir.
—¿Por
qué no vamos a otro lugar … más
privado para esta discusión? —sugirió,
mientras se colocaba en medio de los dos hermanos.
Toris andaba
de un lado a otro por el gran salón. Xena
estaba apoyada en la pared, en una postura decididamente
relajada. Gabrielle estaba entre los dos, tratando
de ingeniar algo para mantener la situación
en calma. Kaleipus había traído
a Solan de casa de un amigo y habían salido
por la puerta de atrás para evitar pasar
entre las dos mujeres.
—¿Por
qué? —la educada pregunta del hombre
las de sus pensamientos.
—Hice
lo que tenía que hacer —el tono de
su voz reveló lo culpable que se sentía
cada día de su vida por esa decisión.
La mano de Toris
se estrelló contra un pedestal que estaba
cerca.
—¿Cómo
puedes mostrarte tan fría, Xena? ¡Es
tu hijo!
—Sé
quien es —dijo ella, apretando los dientes.
—Entonces,
¿cómo pudiste dejarlo atrás?
—Toris avanzó hacia su hermana, olvidando
por un momento la amenaza física que representaba
para él. —. Es de la familia, Xena.
¡Pertenece a nuestra familia!
—¡Aquí
está a salvo, Toris!
—¿A
salvo? —gritó, sin acabar de creérselo.—
¿Estás segura de que no era más
fácil dejar plantado a tu hijo bastardo…?
—no pudo terminar la frase; Xena se abalanzó
sobre él. Pasó casi rozando a Gabrielle,
agarró a su hermano mayor por la garganta
y le golpeó en las piernas hasta tirarlo
al suelo.
—¡No
te atrevas jamás…jamás…a
hablar sobre él de esa forma!
Xena tuvo que
utilizar toda su energía para contenerse
y no partirle la tráquea a su hermano.
No se daba cuenta de los impacientes tirones que
Gabrielle le daba en el hombro; sólo oía,
débilmente, las súplicas angustiadas
de la bardo. Tenía la mirada fija en la
cara de su hermano, que se había vuelto
de un rojo brillante. Obligándose a sí
misma aflojar la presión, hablo serena
y firmemente como si quisiera grabar su mirada
en los ojos de su hermano.
—No
tenía elección, Toris. Era demasiado
peligroso para él quedarse conmigo. —El
dolor que su confesión le producía
la atravesó. Soltándole definitivamente
la garganta, Xena se levantó y caminó
hasta un rincón alejado, junto a Gabrielle.
Toris se incorporó
lentamente y observó a su hermana. Para
su sorpresa, era Gabrielle quien abrazaba a Xena;
le acariciaba cariñosamente la espalda
y le hablaba muy suavemente. Se puso de pie, frotándose
el cuello, y se acercó a ellas.
—Xena…
Ya no tenía
ganas de pelear, la imagen que tenía de
Xena se había hecho añicos.
Las mujeres
no le prestaban atención, las dos envueltas
en el dolor de Xena. Se acercó más
y volvió a hablarles.
—No
lo sabía. Había dado por supuesto
que…
Gabrielle se
dio la vuelta y le miró fijamente, sus
ojos verdeazulados ardían de furia.
—¡Es
verdad, lo diste por supuesto! —le espetó—.
No estabas allí, Toris. No sabes lo duro
que fue tomar esa decisión para Xena —la
mano de Gabrielle no dejaba de acariciar la espalda
de Xena mientras reprendía a Toris—.
Dijiste que su sitio estaba con su familia: ¿quién
le hubiera protegido cuando los señores
de la guerra hubieran ido a buscar al hijo de
Xena? ¿Tú? —bufó; le
estaba recordaba cómo se había escapado
cuando las tropas de Cortese atacaron Amphipolis—.
Aquí estaba protegido por una nación
de centauros; ¿le hubieras podido dar tú
un hogar más seguro? —Gabrielle notó
que a Toris se le relajaba la cara, derrotado:
otra víctima de su método de la
palabra.
Xena se puso
rígida, recuperaba la compostura. Gabrielle
le dio un suave apretón en el brazo antes
de apartar la mano.
—Xena,
yo… —una mano alzada le hizo callar.
—Olvídalo,
Toris. Lo más importante es mantenerlo
en secreto para Solan —Toris hundió
la mirada en las tablas del suelo. Gabrielle agrandó
los ojos; al comprender, los achicó otra
vez. Xena los cerró al pensarlo. Se hizo
un sobrecogedor silencio en la habitación.
Un segundo después dijo:
—Lo
sabe —era una afirmación, no una
pregunta.
—Nos
oyó por casualidad a Kaleipus y a mí
hablando —dijo en tono de disculpa.
—Madre
no debe saberlo —dijo Xena quedamente, la
mirada fija en algún punto de la pared;
no se atrevía a mirar a los ojos sabios
de la bardo. Toris le lanzó una mirada
de sorpresa.
—¿Cómo
puedes seguir ocultándoselo? Es su nieto,
Xena. Su único nieto. No le puedes ocultar
algo así.
—Lo
he hecho durante casi once veranos —le recordó
que era un hecho consumado.
—Pero
ahora yo lo sé. Xena, no eres como antes.
Déjale regresar a casa conmigo. Se merece
conocer a su familia.
—Su
familia está aquí, con los centauros.
Es la única vida que ha conocido. Es mejor
de este modo, Toris. Déjalo así
—se giró para marcharse, Gabrielle
la seguía.
Cuando ya alcanzaban
la puerta, Toris la llamó:
—Xena
—se detuvo, la mano sobre el pomo—,
antes de dejar esto, voy a preguntarle a Solan
si quiere venir conmigo. Dejaré que él
tome la decisión. Kaleipus y yo ya hemos
hablado de esto.
Xena apretó
tan fuerte el pomo que Gabrielle creyó
que la madera saltaría de tanta presión.
Instintivamente dio un pequeño paso atrás.
—No
tienes derecho a interferir en esto, Toris —la
voz de Xena transmitía una ira apenas controlada—;
no tienes ni idea del peligro al que le expones
si lo alejas de la seguridad de los centauros.
No puedes dejar una decisión como ésa
en las manos de un niño.
E incapaz de
resistirse a la burla, añadió:
—Por
una vez sé un hombre, Toris.
Xena dio un
portazo y se alejó como un huracán.
—¿Tienes
idea de todo el dolor que le has causado? —preguntó
Gabrielle mientras la miraba alejarse hacia los
árboles; sabía que Xena se detendría
en algún lugar fuera del alcance de la
vista para esperarla—. Ella te quiere y
lo sabes.
—Ahora
ya lo sé —dijo Toris con calma—.
Pero Solan se merece estar con su familia.
—¿Familia?
—Gabrielle se volvió para hacerle
frente—. Déjame decirte algunas cosas
que he aprendido sobre la familia. Una familia
no es sólo la gente ligada por matrimonio
o por sangre, es también la gente a la
que le une el amor. La primera vez que dejé
Potedaia, pensé que ésa sería
siempre mi única familia, pero después
aprendí a ser la familia de Xena, y después
de las amazonas. Solan tiene una familia, Toris.
Esa familia es esta aldea de centauros que le
ha querido y cuidado desde que nació; tu
único argumento es la sangre que corre
por tus venas. ¿Cómo puedes compararlo
a lo que le une a Kaleipus? —Toris permanecía
callado— ¿Deberíamos ir preparando
a Cyrene para las noticias?
Toris peleó
en silencio con la pregunta durante unos segundo.
Luego respondió:
—No
le digas nada por ahora. Si es necesario, yo se
lo explicaré más adelante.
Gabrielle alcanzó
a Xena y le explicó lo que había
pasado. Se tomaron una tiempo antes de volver
a Amazonia, para que Xena tuviera oportunidad
de digerir el nuevo giro de los acontecimientos.
Cuando por fin regresaron a la aldea, ya había
anochecido. Una rápida parada en la choza
de Sara les reveló que las madres se sentían
bastante bien —para estar recién
liberadas— y ahora se encontraban en el
palacio, con Lila.
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