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:: MADRES ::
(MOTHERS)

El tiempo pasaba con Cyrene vigilando alternativamente a Gabrielle y su hermana. Las tres mujeres esperaban silenciosamente, sin que ninguna se decidiera a expresar sus miedos o sus preocupaciones. Cyrene había informado a Gabrielle de la presencia de Lila y, de mala gana, de que los seres amados continuaban perdidos. Los sollozos del bardo, de miedo y dolor, hicieron que su herida continuase sangrando. Cyrene hizo lo posible para calmar a las dos hermanas mientras luchaba por contener sus propias lagrimas, pero falló varias veces, y se fue a algún sitio lejos de las dos hermanas a llorar quedamente en privado. Las muchachas necesitaban que fuera fuerte delante de ellas. Su tiempo de duelo, si es que fuese necesario, tendría que venir más tarde.

Kaleipus alimentó el fuego mientras Solan estaba sentado con Toris en la cama. El hombre trataba de contestar a todas las preguntas del muchacho. Después de las lagrimas iniciales, el centauro había descubierto que Solan sospechaba la verdad desde que conoció a Xena el año anterior. Ahora mismo parecía mas interesado en averiguar todo lo que pudiera sobre su recién descubierto tío que en discutir los cómos y los porqués de cómo llegó a vivir con los centauros.

Gabrielle oyó cantos de paloma a lo lejos. Sólo la llorosa Cyrene, que permanecía apoyada en un muro cercano, donde la reina no podía verla, oyó sus débiles llamadas de auxilio. La mujer llegó junto a Gabrielle tan aprisa como le permitieron sus cansadas piernas.

—Gabrielle, ¿qué ocurre?

—En aquella dirección —señaló hacia el bosque—. Pide ayuda, hay amazonas por ahí, ¡Vamos! —Gabrielle vio a la anciana correr hacia los árboles, agitando los brazos en la oscuridad y gritando tan alto como podía. Al poco rato aparecieron varias amazonas, con las armas en la mano, temerosas de una trampa. Eponin se adelantó y se dio cuenta de que aquella pequeña mujer debía ser una de las madres que buscaban. Indicó a las guerreras que bajaran las armas y se aproximó a ella.

—¿Dónde están?

—Gabrielle está herida —Cyrene señaló hacia donde se encontraba tumbada la reina, dándose cuenta de que varias amazonas ya se dirigían hacia allí—. Xena está… —dejó de hablar e inesperadamente se echó en brazos de la fornida amazona—... una cueva detrás del edificio principal, hay antorchas.

Las lágrimas de una madre destrozada empaparon la ropa de Eponin. La amazona indicó a algunas guerreras que fueran a la cueva, luego envió a dos más en busca de Saras, la curandera, y de unas literas. Furtivas lágrimas se empezaron a acumular en los ojos de la joven mientras sostenía a la afligida madre. Hizo propósito de ir a visitar a la suya tan pronto como volvieran a la aldea, para decirle lo mucho que la quería. Pasito a pasito, acompañó a Cyrene de vuelta al pequeño fuego junto a Gabrielle. Dos guerreras habían ido a buscar leña para mantenerlo vivo. Era obvio que no iban a moverse de allí hasta el amanecer.

La última cueva estaba anegada, impidiendo a las mujeres aliviar la agonizante presión de sus pulmones. Xena descubrió horrorizada lo lejos que se encontraba del río. Sabía que no le quedaba aire suficiente para llegar, y menos aún a la mujer que llevaba agarrada a ella. Por dos veces Hécuba había empezado a tragar agua, obligando a Xena a retroceder hasta la cueva más cercana para que recuperara el aliento. Aquello se había revelado un error fatal. La mente de la guerrera estaba centrada en su amiga de ojos verazulados. Xena se impulsó con todas sus fuerzas, arrastrando consigo a la madre de Gabrielle.

Hécuba empezó a ahogarse cuando les quedaban tan sólo unas cuantas brazadas para llegar a la orilla. Xena se obligó a ignorar el aterrorizado braceo de la mujer y sacó la mano hacia la suave ribera, buscando un un asidero desde el que impulsarse. Tuvo la suerte de encontrar una especie de pequeño asa. Tensando su brazo dolorosamente, impulsó sus cuerpos hacia la superficie.

Nunca antes una bocanada de aire le había sentado tan bien a Xena. Sacó la cabeza de Hécuba fuera del agua al tiempo que dos amazonas nadaban hacia ellas. La mujer tosió hasta expulsar el agua que había entrado en sus pulmones y poder volver a llenarlos de aire. A lo lejos, Xena oía gritar a Lila, pero no estaba pensando precisamente en aquella mujer de Potedaia. Se dejó ayudar por una de las guerreras, y alcanzó la orilla. A pesar de lo desesperada que estaba por encontrar a Gabrielle, las fuerzas la abandonaron en el mismo momento en que tocó tierra firme. Xena estaba demasiado débil para protestar cuando una amazona extraordinariamente fuerte la levantó en sus brazos y la sacó de la caverna. Al darse cuenta de que la llevaban con Gabrielle, se relajó y sucumbió al agotamiento.

Lila abrazó a su madre, meciéndola cariñosamente.

—Ya ha pasado todo. Estás a salvo, madre. Tranquila... shhh. —Acarició su cabello grisáceo con delicadeza.

Las cubrieron con mantas para que la madre se secara y entrara en calor y echaron unos cuantos troncos más a la hoguera.

Con todas aquellas emociones, Cyrene se había olvidado completamente de la herida de la cabeza, que ahora le martilleaba dolorosamente. Se llevó una mano hasta allí y sintió el inconfundible calor de la infección. Eponin se dio cuenta también y fue hasta ella para prestarle ayuda inmediata.

El improvisado campamento fue dividido en tres partes. Una estaba dentro de la caverna, para cobijar a Lila y a Hécuba. La hija se negó a moverse del lado de su madre, que ahora dormía profundamente entre sus brazos. Las guerreras que sabían algo de curar estaban atendiendo las numerosas heridas de las mujeres, incluyendo la sutura del corte de Gabrielle. Mientras la guerrera hacia la costura, imploraba silenciosamente para que fueran pequeñas, limpias y uniformes. No quería dejar ninguna cicatriz innecesaria sobre su querida reina. La tercera sección estaba formada por el resto de las guerreras, que esperaban para escoltar al grupo cuando regresara a la villa con las primeras luces.

Saras y las camillas llegaron justo antes del amanecer. Lila era la única capaz de cabalgar. Tomó las riendas de Argo y aceptó agradecida la mano de una amazona para encaramarse a la silla; mirando hacia abajo comprendió porque Gabrielle iba siempre a pie. A todas las demás las llevaron a caballo, incluso a la poderosa princesa guerrera, que sólo accedió después de intentar caminar y encontrar el esfuerzo demasiado doloroso. Le dolían todos los músculos de nadar durante tanto tiempo o de haber contenido la respiración. Ni siquiera podía respirar hondo sin que protestaran músculos de su pecho. Gabrielle estaba despierta y receptiva, charlando con las mujeres que llevaban su camilla, contándoles lo que había ocurrido y preguntándoles por el estado de todos sus seres amados. Las madres no hablaron mucho, necesitaban descansar después de sus terribles experiencias. A diferencia de sus viajeras hijas, ninguna estaba acostumbrada a tal esfuerzo físico. Tendría que pasar un cuarto de luna, o más, antes de que tuvieran fuerzas para regresar a sus casas.

Todas las mujeres de la villa esperaban su llegada. Fueron recibidas con vítores por su heroísmo. Aún estando tan agotada como estaba, Xena todavía se encontraba profundamente avergonzada por haber sido llevada a la villa en lugar de ir por su propio pie. Gabrielle sonrió y saludó, asegurándoles que no estaba tan maltrecha como parecía. No tuvo que mirar hacia abajo para saber que el lado derecho de su camisa estaba completamente cubierto de sangre. Habían puesto vendas limpias sobre la herida, pero no había nada más con lo que pudiera vestirse, por lo que se colocó de nuevo su manchada camisa carmesí.

Gabrielle, Hécuba, y Cyrene fueron llevadas a la choza de Saras. Xena y Lila fueron al palacio, subieron a sus cuartos y cayeron dormidas nada más tocar la cama. Se envió un mensajero para comunicar las buenas noticias a Toris y otros dos a Amphipolis y Potedaia para avisar a las familias.

Gabrielle entró silenciosamente en su habitación, intentando no molestar a Xena. Se desvistió rápidamente y se deslizó bajo las sabanas.

—Hey, ¿estás bien? —preguntó bajito Xena mientras se daba la vuelta para ponerse de cara a su amiga.

—Sí, bien. Sólo he necesitado unos pocos puntos. Oh, buenas noticias: mi camisa está destrozada. —Xena celebró las noticias. Oh, cómo odiaba aquella horrible cosa verde...

—Tal vez pueda ayudarte a hacer la siguiente —levantó ligeramente la ceja.

—Ya veo que te encuentras mejor —respondió Gabrielle, golpeando juguetonamente el brazo de la guerrera.

—Mmm —contestó Xena—. ¿Cómo está mi madre? ¿Cómo está tu madre?

—Cyrene está bien. Necesita un par de puntos en la cabeza, pero aparte de unos pocos golpes y contusiones, salió bien librada. Madre está cansada, pero se recuperará. —Gabrielle miró profundamente a los ojos azules—. Gracias.

—Shh, tú habrías hecho lo mismo por Cyrene —Gabrielle asintió con la cabeza; amaba a la madre de Xena casi tanto como a la suya.

Sintiendo llegar el cansancio, Gabrielle se acurrucó contra Xena y suspiró contenta. Xena la abrazó y cerró los ojos, con una sonrisa serena jugueteando en los labios.

—¿Cómo te sientes, Madre? —preguntó Xena mientras entraba en la choza de Saras y se acercaba al lado de su cama.

—Estoy bien, querida. Sólo un poco cansada de tanta excitación —Cyrene intentó incorporarse, pero las amables manos de su hija la obligaron a tumbarse.

—Descansa —dijo Xena mientras tomaba la mano de su madre entre las suyas y se sentaba en la cama junto a ella. Desde que Gabrielle había abierto su corazón, la guerrera, normalmente poco afectuosa, encontraba un poco más fácil hacerle a su madre un gesto de ternura. Parte de ella todavía se sentía todavía culpable por que su madre hubiera sido la primera en verse en este aprieto. Sólo Gabrielle sabía cómo le partía el corazón a la guerrera ver a los que quería sufrir por su culpa.

Cyrene estaba a la vez sorprendida y complacida por la conducta de su hija. Colocó la otra mano encima y la enlazó con la de Xena.

—¿Cómo estás? Estaba preocupada por si moría mientras te esperaba.

—Hecha polvo —estiró la dolorida espalda.

—¿Cómo está Toris? Gabrielle dijo que estaba herido —la cara de Xena se volvió inescrutable al mencionar a su hermano. Intentaba con todas sus fuerzas no pensar en su estancia con los centauros y en lo que podría haber notado.

—Está bien. Debería haber sabido que no se puede penetrar en tierra amazona. Tiene suerte de estar vivo.

—Trataba de salvarme la vida. Y avisarte a ti, he de añadir —reprendió Cyrene a su hija—. Sé que no os lleváis tan bien como me gustaría, pero todavía es tu hermano y puso su vida en peligro para salvarnos —Cyrene se apoyó de nuevo en la almohada, satisfecha por haber expuesto su opinión. Xena respiró profundamente y contó hasta cinco antes de hablar.

—Lo sé, madre. Pero debería haber tenido más cuidado.

—Es un granjero, no un guerrero, Xena. No estaba preocupado por su seguridad, todo lo que le preocupaba era encontrarte.

—Ya era hora de que Toris hiciera algo para ayudar a su familia —murmuró, olvidando que el oído de su madre era casi tan bueno como el suyo.

—¡Xena! Eso no es justo. ¿Cómo puedes sentarte ahí y juzgar sus decisiones? Después de lo de Cortese, regresó a casa y empezó a labrar el campo; su tierra da de comer a la mitad de la aldea. No tienes derecho a juzgarle. Él era todo lo que me quedaba después de que te marcharas.

—Madre, yo…

—¡Xena! ¡Deja de molestarla! —la voz de Hécuba emergió de detrás de un biombo. La cabeza de la guerrera se volvió hacia el sonido y arqueó una ceja.

—Gracias, Hécuba —dijo Cyrene —. Xena, sé lo que sentís el uno por el otro, pero él es de la familia. Tan pronto como estés bien, espero que vayas a verlo, ¿has entendido? —Xena asintió ligeramente, lo justo para que se percibiera.

—Gabrielle y yo iremos a verlo mañana, si ella se encuentra bien —Xena sintió la necesidad de ir al campo de entrenamiento y aliviar su frustración sobre algún contrincante—; tengo que ir a comprobar cómo está. Vendré a verte más tarde.

—Trae a Gabrielle contigo, me encantaría verla.

—Vale —se levantó para marcharse.

—Xena —la llamó Hécuba—. Lo primero que hizo Lila esta mañana fue venir a verme. Dile a Gabrielle que no me importa que sea reina, será mejor que venga a verme pronto si sabe lo que le conviene.

—Le daré el mensaje —la mano de Xena estaba en la puerta.

—Y espero que tú vuelvas más tarde y estés con tu madre algo más que unos pocos minutos, jovencita —Xena contó hasta diez y después se marchó a buscar a Gabrielle.

Gabrielle estaba en el Salón del Trono, hablando de los acontecimientos recientes con Ephiny, cuando Xena entró furiosa.

—Tenemos que hablar —afirmó Xena, al tiempo que agarraba el brazo de la reina y la empujaba fuera de la habitación.

—Tranquila, parece que fueras a estallar —Gabrielle observaba cómo Xena caminaba de un lado a otro, mascullando entre dientes al tiempo que trataba de recuperar el control.

—¿Sabes lo que me dijo? ¿A mí?

—¿Quién?

—¡Tu madre, quién si no! Me regañó como si fuese una niña — Xena agitaba los brazos en el aire, incapaz de creerse que alguien se hubiera atrevido a hablarle así.

—¿Te estabas comportando como una niña, Xena? —bromeó Gabrielle.

—No creas que tú no tienes problemas, mi pequeña reina. Tu madre me dio un mensaje para ti también —Xena sonrió al ver a Gabrielle entornar los ojos.

—Oh, oh. No me va a gustar, ¿verdad? —la bardo se tapó la cara con las manos y sacudió la cabeza. La sonrisa de Xena se ensanchó y dejó de pasear.

—Oh, no creo. Dijo que reina o no reina, esperaba que fueras a verla inmediatamente. —Se rió entre dientes ante el gruñido que lanzó Gabrielle.

—Apostaría a que Lila ya ha ido a verla.

—Es lo primero que ha hecho esta mañana —se mofó Xena. Gabrielle gruñó de nuevo antes de mirarla. Un terrible pensamiento cruzó la mente de la bardo.

—Xena…

La mirada de Xena cambió de la burla a la preocupación cuando observó la expresión de temor de Gabrielle.

—¿Qué?

—No creerás que han hablado… —Gabrielle ya se había puesto en pie y se encaminaba hacia la puerta. Los ojos de Xena se agrandaron cuando pensó lo que significaba que ambas mujeres hablaran.

—Estuvieron solas en el cuarto largo rato —dijo Xena mientras seguía a Gabrielle fuera de la puerta.

—Si le cuenta a Cyrene cuando yo… —Gabrielle se detuvo y observó a Xena, que también estaba pensando en momentos embarazosos de su niñez.

—¡Oh, dioses! —dijeron al unísono.

Afortunadamente, Cyrene descansaba cuando llegaron. Xena comprobó rápidamente su estado; luego aprovechó de la oportunidad de escapar que se le ofrecía y regresó al palacio. Gabrielle le clavó la mirada cuando se marchaba, pero Xena se encogió de hombros. Los ojos de la bardo se estrecharon al pensar en las diferentes formas en que se iba a vengar de la traidora guerrera por dejarla sola con su furiosa madre.

—¡Gabrielle! ¡Ven aquí!

—¿Sí, madre? —dijo Gabrielle, lo más dulcemente que fue capaz, mientras se volvía para hacer frente a su madre. La noche anterior habían intercambiado efusivos abrazos, pero no habían hablado realmente. Esta vez se abrazaron cariñosamente.

—¿Cómo te sientes?

—Yo estoy mucho mejor, Gabrielle; eres tú la que me preocupa. Todavía no deberías estar levantada y por aquí. —Hécuba no estaba satisfecha con el aumento de cicatrices de su hija.

—Estoy bien, madre, de verdad —rió nerviosamente—. Además, recibí los golpes donde tenía más relleno —sonrió dulcemente, tratando de sacar el lado alegre de su madre. Hécuba le sonrió y dio golpecitos en la cama para que Gabrielle se sentara con ella. Tuvieron una breve charla antes de que Lila volviera a visitar a su madre. Gabrielle se excusó, alegando sus deberes de reina. Seguramente habría algo que demandara a la reina de las amazonas, incluso si eso suponía inspeccionar la cocina y probar el menú de la cena.

A la mañana siguiente, Xena y Gabrielle se marcharon pronto para comprobar el estado de Toris. Xena no parecía interesada en hablar o compartir sus sentimientos, a pesar de los esfuerzos de Gabrielle incitándola a que los expresara.

Sus peores temores se cumplieron cuando vio a Kaleipus y a Toris hablando fuera de la cabaña de los centauros. Xena se paró en seco. Gabrielle también los vio y se situó entre ellos y la guerrera.

—Xena… —esperó hasta que la guerrera la miró—: estoy contigo, para lo que sea.

—Lo sé —Xena encontró su mirada, que le proporcionó fuerza y coraje. Respiró unas cuántas veces y después asintió ligeramente para indicar que estaba preparada. Gabrielle se retiró y dejó que Xena guiara.

Toris vio que Xena se acercaba; no mostraba ninguna emoción. Toris miró primero a Kaleipus, y luego se giró hacia su hermana.

—Me dijeron que Madre está bien —dijo ella después que los dos se unieran en un corto abrazo. A pesar de todo eran familia, por eso Xena se alegraba de las amazonas no lo hubieran herido de gravedad.

—Sí, recibí el mensaje hace algunas horas. Me alegro de ver que estás tan bien como siempre… —contestó Toris. Se miraron uno al otro un momento, leyéndose en los ojos las cosas que sabían desde su niñez. Él fue el primero que retiró la mirada y la dirigió hacia unos árboles cercanos, sin darse cuenta aparente de la presencia de Gabrielle. — Tenemos que hablar, Xena.

—Ya sabes —le dijo con calma a Gabrielle, sin dejar que su mirada se posara en ningún árbol. Gabrielle se acercó a la guerrera, le puso la mano en el brazo y apretó con fuerza. Xena sonrío amablemente a su contacto.

—Sí. —no obstante, el tono de su voz reveló su furia apenas contenida.

Rápidamente, Gabrielle decidió que en el centro del pueblo no era un buen lugar para que comenzaran a discutir.

—¿Por qué no vamos a otro lugar … más privado para esta discusión? —sugirió, mientras se colocaba en medio de los dos hermanos.

Toris andaba de un lado a otro por el gran salón. Xena estaba apoyada en la pared, en una postura decididamente relajada. Gabrielle estaba entre los dos, tratando de ingeniar algo para mantener la situación en calma. Kaleipus había traído a Solan de casa de un amigo y habían salido por la puerta de atrás para evitar pasar entre las dos mujeres.

—¿Por qué? —la educada pregunta del hombre las de sus pensamientos.

—Hice lo que tenía que hacer —el tono de su voz reveló lo culpable que se sentía cada día de su vida por esa decisión.

La mano de Toris se estrelló contra un pedestal que estaba cerca.

—¿Cómo puedes mostrarte tan fría, Xena? ¡Es tu hijo!

—Sé quien es —dijo ella, apretando los dientes.

—Entonces, ¿cómo pudiste dejarlo atrás? —Toris avanzó hacia su hermana, olvidando por un momento la amenaza física que representaba para él. —. Es de la familia, Xena. ¡Pertenece a nuestra familia!

—¡Aquí está a salvo, Toris!

—¿A salvo? —gritó, sin acabar de creérselo.— ¿Estás segura de que no era más fácil dejar plantado a tu hijo bastardo…? —no pudo terminar la frase; Xena se abalanzó sobre él. Pasó casi rozando a Gabrielle, agarró a su hermano mayor por la garganta y le golpeó en las piernas hasta tirarlo al suelo.

—¡No te atrevas jamás…jamás…a hablar sobre él de esa forma!

Xena tuvo que utilizar toda su energía para contenerse y no partirle la tráquea a su hermano. No se daba cuenta de los impacientes tirones que Gabrielle le daba en el hombro; sólo oía, débilmente, las súplicas angustiadas de la bardo. Tenía la mirada fija en la cara de su hermano, que se había vuelto de un rojo brillante. Obligándose a sí misma aflojar la presión, hablo serena y firmemente como si quisiera grabar su mirada en los ojos de su hermano.

—No tenía elección, Toris. Era demasiado peligroso para él quedarse conmigo. —El dolor que su confesión le producía la atravesó. Soltándole definitivamente la garganta, Xena se levantó y caminó hasta un rincón alejado, junto a Gabrielle.

Toris se incorporó lentamente y observó a su hermana. Para su sorpresa, era Gabrielle quien abrazaba a Xena; le acariciaba cariñosamente la espalda y le hablaba muy suavemente. Se puso de pie, frotándose el cuello, y se acercó a ellas.

—Xena…

Ya no tenía ganas de pelear, la imagen que tenía de Xena se había hecho añicos.

Las mujeres no le prestaban atención, las dos envueltas en el dolor de Xena. Se acercó más y volvió a hablarles.

—No lo sabía. Había dado por supuesto que…

Gabrielle se dio la vuelta y le miró fijamente, sus ojos verdeazulados ardían de furia.

—¡Es verdad, lo diste por supuesto! —le espetó—. No estabas allí, Toris. No sabes lo duro que fue tomar esa decisión para Xena —la mano de Gabrielle no dejaba de acariciar la espalda de Xena mientras reprendía a Toris—. Dijiste que su sitio estaba con su familia: ¿quién le hubiera protegido cuando los señores de la guerra hubieran ido a buscar al hijo de Xena? ¿Tú? —bufó; le estaba recordaba cómo se había escapado cuando las tropas de Cortese atacaron Amphipolis—. Aquí estaba protegido por una nación de centauros; ¿le hubieras podido dar tú un hogar más seguro? —Gabrielle notó que a Toris se le relajaba la cara, derrotado: otra víctima de su método de la palabra.

Xena se puso rígida, recuperaba la compostura. Gabrielle le dio un suave apretón en el brazo antes de apartar la mano.

—Xena, yo… —una mano alzada le hizo callar.

—Olvídalo, Toris. Lo más importante es mantenerlo en secreto para Solan —Toris hundió la mirada en las tablas del suelo. Gabrielle agrandó los ojos; al comprender, los achicó otra vez. Xena los cerró al pensarlo. Se hizo un sobrecogedor silencio en la habitación. Un segundo después dijo:

—Lo sabe —era una afirmación, no una pregunta.

—Nos oyó por casualidad a Kaleipus y a mí hablando —dijo en tono de disculpa.

—Madre no debe saberlo —dijo Xena quedamente, la mirada fija en algún punto de la pared; no se atrevía a mirar a los ojos sabios de la bardo. Toris le lanzó una mirada de sorpresa.

—¿Cómo puedes seguir ocultándoselo? Es su nieto, Xena. Su único nieto. No le puedes ocultar algo así.

—Lo he hecho durante casi once veranos —le recordó que era un hecho consumado.

—Pero ahora yo lo sé. Xena, no eres como antes. Déjale regresar a casa conmigo. Se merece conocer a su familia.

—Su familia está aquí, con los centauros. Es la única vida que ha conocido. Es mejor de este modo, Toris. Déjalo así —se giró para marcharse, Gabrielle la seguía.

Cuando ya alcanzaban la puerta, Toris la llamó:

—Xena —se detuvo, la mano sobre el pomo—, antes de dejar esto, voy a preguntarle a Solan si quiere venir conmigo. Dejaré que él tome la decisión. Kaleipus y yo ya hemos hablado de esto.

Xena apretó tan fuerte el pomo que Gabrielle creyó que la madera saltaría de tanta presión. Instintivamente dio un pequeño paso atrás.

—No tienes derecho a interferir en esto, Toris —la voz de Xena transmitía una ira apenas controlada—; no tienes ni idea del peligro al que le expones si lo alejas de la seguridad de los centauros. No puedes dejar una decisión como ésa en las manos de un niño.

E incapaz de resistirse a la burla, añadió:

—Por una vez sé un hombre, Toris.

Xena dio un portazo y se alejó como un huracán.

—¿Tienes idea de todo el dolor que le has causado? —preguntó Gabrielle mientras la miraba alejarse hacia los árboles; sabía que Xena se detendría en algún lugar fuera del alcance de la vista para esperarla—. Ella te quiere y lo sabes.

—Ahora ya lo sé —dijo Toris con calma—. Pero Solan se merece estar con su familia.

—¿Familia? —Gabrielle se volvió para hacerle frente—. Déjame decirte algunas cosas que he aprendido sobre la familia. Una familia no es sólo la gente ligada por matrimonio o por sangre, es también la gente a la que le une el amor. La primera vez que dejé Potedaia, pensé que ésa sería siempre mi única familia, pero después aprendí a ser la familia de Xena, y después de las amazonas. Solan tiene una familia, Toris. Esa familia es esta aldea de centauros que le ha querido y cuidado desde que nació; tu único argumento es la sangre que corre por tus venas. ¿Cómo puedes compararlo a lo que le une a Kaleipus? —Toris permanecía callado— ¿Deberíamos ir preparando a Cyrene para las noticias?

Toris peleó en silencio con la pregunta durante unos segundo. Luego respondió:

—No le digas nada por ahora. Si es necesario, yo se lo explicaré más adelante.

Gabrielle alcanzó a Xena y le explicó lo que había pasado. Se tomaron una tiempo antes de volver a Amazonia, para que Xena tuviera oportunidad de digerir el nuevo giro de los acontecimientos. Cuando por fin regresaron a la aldea, ya había anochecido. Una rápida parada en la choza de Sara les reveló que las madres se sentían bastante bien —para estar recién liberadas— y ahora se encontraban en el palacio, con Lila.

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