XWP Gen » La princesa feliz

Esta historia ha sido traducida por Eidel, previa petición y concesión de permiso para ello por parte de su autora, Nene Adams. Cualquier comentario, bueno o no tan bueno, así como preguntas, etc., será bien recibido y, por supuesto, contestado.

:: LA PRINCESA FELIZ ::

©1998 Todos los derechos reservados.
Por Nene Adams

La anciana avanzó cojeando, con un cayado lleno de astillas y resquebrajado como único apoyo en su camino hacia la plaza del pueblo.

Los habitantes de la poderosa Amphipolus estaban más que acostumbrados a ver mendigos; la ciudad era un hervidero de ellos, sobre todo en los barrios más pobres. Por tanto, ni siquiera repararon en la mujer mientras se derrumbaba a los dorados pies de una estatua, el orgullo local, y se envolvía mejor en los harapos que cubrían su cuerpo.

Un maestro guiaba en ese momento a un grupo de niños respetuosamente silenciosos hacia aquel mismo lugar. Dirigió una mirada desaprobatoria a la anciana, pero dado que ésta tenía los ojos cerrados y parecía dormir, optó por ignorar su presencia.

—Bien, niños —les dijo—. Acercaos más, acercaos. ¿Podéis ver todos esta estatua? —Apuntó con su dedo al pedestal—. Como habéis aprendido en clase de Historia, antes Amphipolus no era más que una pequeña aldea. Sin embargo, gracias al esfuerzo de la Primera Ciudadana Xena, creció y creció hasta convertirse en una poderosa metrópoli… un centro de cultura y aprendizaje de fama mundial.

El hombre sonrió ampliamente.

—Después de su muerte, los agradecidos habitantes de Amphipolus erigieron esta estatua para honrar a la mujer a la que tanto debemos todos. Una reformadora social sin precedentes, de una filantropía y un aprecio por el arte notables, mecenas de la historia y la cultura… y en fin, la Madre de Amphipolus. La llamamos “La Princesa Feliz”, porque su corazón fue puro y alegre.

La anciana, en este punto, se desperezó.

—Es la mayor sarta de estupideces que he oído en mi vida.

Los niños se echaron a reír por lo bajo, y su maestro adquirió una pose de profundo malestar.

—¿Pretende decirme que debería pedirle perdón? —preguntó con ironía, enarcando las cejas.

—A mí no. A ella. —La mujer señaló a la estatua con el dedo pulgar—. Xena fue un señor de la guerra, una asesina viciosa y sedienta de sangre. Después se reformó y pasó gran parte de su vida luchando contra sus propios demonios. Se convirtió en una cobarde; renunció a todo, incluido el amor, porque tenía miedo de su pasado. Esta mujer no es la Xena de la que hablas.

El profesor carraspeó, echó un último vistazo a la vieja por encima del hombro y se llevó de allí a sus alumnos para evitar que quedaran corrompidos por la ignorancia.

Ella, por su parte, lanzó un suspiro… y cerrando los ojos una vez más, dejó que la cálida luz del sol la arrullara hasta quedarse dormida.

***

Una gota de agua se estrelló y recorrió la piel apergaminada de su mejilla, lo que hizo que se despertara con un sobresalto.

—Maldita lluvia…

Y de repente una voz.

—NO ES LLUVIA. SON MIS LÁGRIMAS.

La mujer quedó perpleja un momento, pero acto seguido sacudió la cabeza.

—Estoy senil, eso es lo que pasa. Estoy perdiendo la cabeza…

—NO. SOY YO.

Y miró hacia arriba.

—Por los dioses… —susurró—. ¿Xena?

La estatua parecía sonreír. Bajo la atenta mirada de la vieja, una lágrima se deslizó desde uno de sus ojos de zafiro y por su mejilla dorada.

—SÍ, MI BARDO. ES VERDAD.

—Pero, ¿cómo? —Negó con la cabeza, con incredulidad, y unos mechones de canoso pelo rubio rojizo quedaron sueltos sobre su cuello.

—SE PUEDE DECIR QUE HICE UN PACTO. TRAS MI MUERTE, HADES ME CONDENÓ AL TÁRTARO PARA QUE PAGARA TODOS MIS CRÍMENES. PERO EL DIOS DE LA MUERTE ES ESCRUPULOSAMENTE JUSTO, GABRIELLE. ME DIJO QUE SI ERA CAPAZ DE ENCONTRAR A ALGUIEN QUE REALIZASE UNA ÚLTIMA COSA EN MI NOMBRE, PODRÍA REDIMIRME DEL TORMENTO ETERNO.

—¿En serio? Pues parece que por ahora no has tenido demasiada suerte. —La antigua bardo apartó la vista. Parecía amargada, como si la vida se hubiese convertido para ella en algo difícil de sobrellevar.

—GABRIELLE… —La luz de la luna bañaba la estatua; ya había anochecido, y Amphipolus estaba desierto y silencioso—. ¿ENTONCES ES VERDAD? ¿TANTO ME ODIAS?

La anciana suspiró, se sentó de tal forma que pudiese recostarse con comodidad contra la base de la estatua y contempló de nuevo a su, una vez, amante.

—No. Nunca pude odiarte, Xena. Ni siquiera después de que me abandonaras.

—LO SIENTO TANTO, GABRIELLE… NUNCA QUISE HACERTE DAÑO. —El silencio cayó entre ambas, el espíritu y la bardo, antes de que Xena hablase de nuevo—. ¿QUÉ PLANES TIENES?

—Voy de camino a Egipto. El sacerdote de Atenas predijo que el invierno va a ser muy crudo este año; y dado que lo único que hago es vagar de un lado a otro últimamente, pensé en llevar mis viejos huesos hacia un lugar más cálido antes del cambio de estación. —Gabrielle tembló cuando una ráfaga de aire helado le rozó la nuca, y se abrigó como pudo—. Me iré por la mañana.

—¿PODRÍAS…? ¿QUERRÍAS AYUDARME? —suplicó la voz de Xena—. NADIE MÁS PUEDE OÍRME, GABRIELLE. LLEVO AÑOS INTENTÁNDOLO.

La bardo permaneció callada.

—¿ME AYUDARÁS? POR FAVOR…

En ese momento, Gabrielle lanzó un sonoro suspiro.

—Xena… me abandonaste hace mucho tiempo. Me dejaste sola. Sin una palabra, sin un mensaje, nada. Como si todo el tiempo que estuvimos juntas, todas las promesas que nos hicimos, estuvieran vacíos. ¿Y ahora quieres mi ayuda? ¿Con el invierno casi encima? No, Xena. Siempre tenías que llevar la razón; siempre tenías que sacrificarte, como una mártir de tu pasado… Ahora estás sola.

—¿NI SIQUIERA EN NOMBRE DEL AMOR QUE UNA VEZ COMPARTIMOS?

La bardo cerró los ojos con fuerza; sus manos se convirtieron en puños mientras luchaba por tragarse las lágrimas. Así, cuando recuperó el control, dejó caer los hombros y habló suavemente.

—De acuerdo. Te ayudaré. Dime qué quieres que haga.

***

Los días se hicieron más fríos, al igual que las noches.

Y los desposeídos de los barrios más bajos de la ciudad comenzaron a encontrar magníficos regalos que aparecían, misteriosamente, dentro de sus chozas.

Un rubí (desincrustado de la empuñadura de una espada dorada…)

Una pareja de zafiros (que una vez fueran los ojos de una princesa…)

Un puñadito de diamantes (dolorosamente arrancados de un escudo…)

Esmeraldas, ámbar y turquesas (sacadas una a una de la estatua de la plaza por la bardo, y entregadas a los más miserables, según las indicaciones de Xena…)

Hasta que al fin, no quedó más; la estatua estaba totalmente desnuda de las valiosas gemas que una vez la habían adornado. Y la bardo temblaba; la temperatura había caído de una forma dramática, y parecía que iba a nevar.

—¿Y bien? He hecho lo que me pediste. Espero que aún me quede tiempo de llegar a Egipto.

—ESPERA UN POCO MÁS, GABRIELLE. AÚN QUEDA MUCHA GENTE NECESITADA EN LA CIUDAD. ARRANCA EL ORO QUE RECUBRE MI ESTATUA; LLÉVASELO, LÁMINA A LÁMINA, PORQUE SI ESO ALIVIA SU SUFRIMIENTO, TAMBIÉN ALIVIARÁ EL MÍO.

Gabrielle suspiró… y apretando la ropa contra su cuerpo, comenzó a arañar la pierna dorada de la estatua.

***

Nadie se quedaba ya mucho tiempo fuera; cada vez hacía más frío, y los sacerdotes habían recomendado a la gente que se quedara en casa, junto a un buen fuego. Incluso los mendigos encontraron agujeros en los que cobijarse, hacinados junto a sus hijos… Todos, excepto una.

Gabrielle tosió; un sonido rasposo y estertóreo. Cada vez con más frecuencia, tanta que incluso a veces podía ver chispas danzando sobre la oscuridad en que se convertía su visión. Se dejó caer con la espalda contra el pedestal y se limpió la nariz con el dorso de la mano.

Sus ojos esmeralda, una vez brillantes a pesar de las arrugas que los circundaban, se mostraban ahora nublados y vidriosos. Algo le ocurría, estaba claro.

—¿GABRIELLE?

—¿Sí, Xena?

—MÍRAME.

Gabrielle giro la cabeza hacia arriba. La estatua mostraba un brillo ceniciento a la luz de la luna; sin el baño dorado, todo lo que quedaba de la figura de Xena era un bloque de plomo.

La bardo tosió de nuevo. Le dolía tanto el pecho, y estaba tan cansada…

—¿GABRIELLE?

—¿Sí?

—SE ACABÓ.

—¿Qué se ha acabado?

—TU TAREA. NUESTRA TAREA. ESTOY LIBRE, GABRIELLE. LIBRE DEL TÁRTARO AL FIN. GRACIAS, MI BARDO. CON TODO MI CORAZÓN.

Gabrielle no contestó; empezó a toser otra vez, con una serie de violentos espasmos que la dejaron débil, y sus labios manchados de sangre.

—¿GABRIELLE? TÚ TAMBIÉN ERES LIBRE. VETE A EGIPTO; VE A CALENTARTE JUNTO AL NILO Y PIENSA EN MÍ CUANDO EL SOL TIÑA SUS AGUAS DE ORO.

—No… no voy a ir a Egipto, Xena. —Gabrielle se tumbó, con la cabeza sobre el frío suelo. Las estrellas ya empezaban a vislumbrarse sobre el aterciopelado cielo nocturno.

—AÚN HAY TIEMPO. POR FAVOR, GABRIELLE. VE A EGIPTO.

—Xena… me estoy muriendo. —Un velo de oscuridad rompió la silueta de la luna.

—¿MURIENDO? NO, GABRIELLE. POR FAVOR… ABANDONA AMPHIPOLUS.

—¿Xena?

—SÍ, GABRIELLE… —La voz de Xena surgió calmada, suave, como un bálsamo.

—Nunca he dejado de amarte. Ni un solo momento. Todos estos años…

—YO TAMPOCO, MI BARDO. —Se entrecortó, como sobrecogida por la emoción, antes de continuar—. DUERME AHORA, GABRILLE. DUERME Y SUEÑA CON CAMPOS VERDES, CON RISAS DE NIÑOS… CON LA LUZ DEL SOL…

—Tengo frío… tanto frío… —La oscuridad creció…

—AQUÍ NO, GABRIELLE. MIS BRAZOS TE DARÁN CALOR… PARA SIEMPRE…

Y con un último suspiro… la bardo murió.

***

La nieve cayó aquella noche. Una gruesa capa blanca cubrió cada calle, cada tejado, cada jardín. Incluso las fuentes se convirtieron en hielo brillante. Nadie había visto nunca nada semejante.

Cuando finalmente paró, los ciudadanos salieron de sus casas maravillados por el espectáculo que tenían delante. Los efectos más fuertes se notaron en la plaza, y llevó muchos hombres y mucho tiempo despejarla lo suficiente como para hacerla de nuevo transitable. Cuando acabaron, todo el mundo se reunió allí para contemplar un suceso poco común.

La estatua de La Princesa Feliz había cambiado. Ya no brillaba ni refulgía bajo la luz del sol; en lugar de eso, estaba apagada… despojada de sus joyas, y de su piel de oro, sólo un pegote de plomo. Pero lo más maravilloso era esto: la estatua de verdad había cambiado.

Porque en lugar de su espada y su escudo, los brazos de la Princesa sujetaban la estatua de mármol de una mujer… joven, fuerte y hermosa, de brillantes ojos esmeralda y una sonrisa tan radiante que todo aquel que la miraba no podía evitar sonreír también.

Encontraron un cayado roto en la base del pedestal, y aunque unos pocos de ellos recordaban a la mísera anciana a quien habían visto durmiendo allí unas noches antes, la mayoría estaba demasiado sorprendida por los recientes acontecimientos como para preocuparse de nimiedades.

Se decidió dejar la estatua tal y como estaba, considerando el hecho como alguna especie de señal de los dioses… a pesar de que los sacerdotes y los oráculos tenían todo un repertorio de posibles explicaciones al fenómeno.

Y de noche, cuando sopla el viento, y las estrellas brillan sobre la negro-azulada bóveda de los cielos, hay quien dice que se puede oír la voz de dos mujeres surgiendo del interior de la estatua… riendo, susurrándose palabras de amor, hasta que el carro de Apolo asoma sobre las montañas, y las voces de las Amantes Reunidas se pierde en los Campos Elíseos… para regresar de nuevo cada la noche.

FIN

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