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XWP Gen » El sacrificio de la belleza
Esta historia ha sido traducida por Eidel, previa petición y concesión de permiso para ello por parte de su autora, Nene Adams. Cualquier comentario, bueno o no tan bueno, así como preguntas, etc., será bien recibido y, por supuesto, contestado.
NOTA: Esta historia da un segundo punto de vista a los hechos acontecidos en «La Bella en la Bestia»: el de Gabrielle. Al menos, podréis descubrir cómo fue a visitar al señor de la Guerra Xena… y por qué.
:: EL SACRIFICIO DE LA BELLEZA ::
©1998 Todos los derechos reservados.
Por Nene Adams
Xena contempló el pergamino que tenía en la mano y luego el inerte rostro de la única persona a quien había considerado como una amiga… en toda su vida. No, más que una amiga. Gabrielle era su amante, su mejor amiga, su confidente y como una hermana pequeña. Todo a la vez.
La guerrera tensó la mandíbula, luchando por contener las lágrimas, y luego se dirigió al paciente sacerdote.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
Él ladeó la cabeza, estudiando mentalmente la mirada de preocupación y pena que la mujer no era capaz de esconder del todo, antes de contestar.
—Como una hora desde que la trajeron. Unos cuantos aldeanos la encontraron en el bosque, y su estado no ha cambiado desde entonces. Permanece inconsciente, a pesar de que no hemos conseguido encontrar ni la más mínima herida en su cuerpo. En cuanto al veneno… es posible que haya ingerido algo, pero repito que no sabemos de ninguna hierba o droga que cause estos efectos sin matar después. El pergamino estaba en su mano; no lo tocamos, puesto que iba dirigido a ti.
Xena aspiró profundamente y se inclinó hacia delante para tocar, con su mano temblorosa, la mejilla de Gabrielle; parecía estar hecha de mármol. La piel que tenía bajo los dedos estaba tan fría…
—Dejadnos —ordenó de repente, y esperó hasta que el hombre hubo salido y cerrado la puerta tras él.
Reteniendo las lágrimas a duras penas, desenrolló el pergamino y comenzó a leer las palabras de la bardo.
***
Xena:
Cuando me desperté esta mañana, no estabas.
Registré el campamento, pero no fui capaz de encontrar el más mínimo rastro de ti. No parecía que hubieses recogido tus cosas durante la noche y me hubieses abandonado; era más bien como si nunca hubieses estado aquí. Ni huellas, ni restos de comida, ni siquiera una rama quebrada o una pista de Argo en el lugar en que la habías dejado atada la noche anterior. Era como si ni siquiera existieses.
Fue entonces cuando apareció Artemisa.
Me dijo que, de alguna forma, Ares se había hecho con el poder de cambiar el tiempo. O mejor aún, de dar marcha atrás y alterar la historia. La Xena que yo conocí nunca había existido, nunca habíamos sido amigas… ni algo más. Ahora había conseguido matar a Hércules, y en este extraño tiempo en que me encontraba se había hecho con el control de prácticamente todo el mundo conocido, como una vez hizo Alejandro. Pero, al contrario que el general macedonio, no había muerto en Babilonia durante lo que iba a ser su más grande triunfo. En este mundo, Xena se había convertido en la cabeza de un poderoso imperio que abarcaba desde Grecia hasta el Índico, e incluso más allá.
Y Artemisa me dijo que yo debía arreglarlo. Los otros dioses, aun sabiendo de semejante alteración, rehusaron implicarse en el asunto; un mortal tendría que devolver el mundo, y la Historia, a su curso normal.
Cuando Ella me dijo que la única forma era utilizar cierta joya que la Emperatriz guardaba en sus aposentos, casi me eché a llorar de frustración y de rabia. Pero pude convencerme a tiempo de que aquello debía hacerse; el destino del mundo estaba en mis manos… y si quería recuperar a la Xena que amaba con todo mi corazón y mi alma, tendría que encontrar el valor para enfrentarme a otra, corrompida por el remordimiento y la culpa; una Xena consumida por la sangre y el fuego… O lo que es lo mismo, mi peor pesadilla.
Con Artemisa como guía, encontré el camino hacia una ciudad y, siguiendo su consejo, me vendí a un traficante de esclavos. Los oficiales de la Emperatriz solían acudir a las subastas en busca de jóvenes talentosas o bellas para proveer su harem. Tras demostrar mis dotes como bardo, me encontré en una litera con otra media docena de chicas de camino a la capital del Imperio.
El harem de la Emperatriz estaba compuesto literalmente por cientos de mujeres; su favorita en aquel momento era una bailarina egipcia llamada Sajet. Sobre el lugar pesaba una atmósfera siniestra, de intriga y muerte. Aquellas mujeres competían por los favores de la Emperatriz Xena como lo harían por los de un rey… y yo sólo era una de tantas.
Pasé una semana allí antes de que los eunucos anunciasen que la Emperatriz iba a visitarnos aquella noche. Las demás chicas corrieron a prepararse, casi arrebatándose por la fuerza toda clase de vestidos y joyas. Pero yo elegí quedarme con mi escueto atuendo de amazona para disgusto de nuestros vigilantes.
Cuando ella llegó, acompañada siempre por sus guardias, sentí que el corazón se me paraba en el pecho. Aquella Xena me era familiar, con la misma aura de poder, pero había cambiado tanto su aspecto que casi sentí ganas de llorar.
Los años de vida ociosa y abusiva habían emplazado una capa de grasa sobre sus músculos, su rostro estaba tenso por la desconfianza y sus ojos rebosaban odio y furia. Había oído que era aficionada a la bebida y a veces también a las drogas… Aparentemente la egipcia era su favorita… pero nunca habría esperado lo que ocurrió entonces.
Para mi sorpresa, me eligió de entre toda la fila de mujeres que se habían formado para su inspección. Sajet me dirigió una mirada iracunda al pasar junto a mí, pero supe que de alguna forma la Emperatriz me había reconocido, como también nuestras almas.
La primera noche le conté historias sobre ti, mi Xena… cambiando los nombres, por supuesto. Se mostró intrigada y ansiosa por escuchar cada palabra. No se me exigió nada más; nunca osó tocarme excepto para acariciarme el pelo u ofrecerme un trozo de fruta. Cuando terminé, se quedó dormida, abrazándome como si de una muñeca se tratara.
Y así comenzó mi existencia como favorita de la Emperatriz.
Mis obligaciones quedaron claras tras unos días. Velaba por las necesidades privadas de la Emperatriz; le contaba historias cuando se aburría; y le permitía tratarme como a la más adorada de sus mascotas. A pesar de las crueldades que le atribuían, conmigo jamás tuvo un arranque violento. Pronto aprendí que muchos de sus impulsos más sádicos se habían ido adormeciendo con el tiempo, aunque escuché historias sobre sus excesos cuando era joven que harían temblar de miedo al más fuerte de los hombres.
De noche, cuando se quedaba dormida, me dedicaba a buscar la gema de la que me había hablado Artemisa. Los aposentos de la Emperatriz eran vastos y lujosos, decorados a base de las deudas cobradas durante toda una vida de conquistas y sometimiento de otros estados, y me llevó mucho tiempo dar con lo que buscaba. Después, tras casi dos meses, la encontré por fin. Un enorme diamante amarillo llamado La Lágrima del Titán.
Gracias al hechizo que la diosa me había enseñado, abrí el Portal que contenía la gema y me encontré proyectada hacia el pasado. Fue frustrante comprobar que, si bien podía comunicarme contigo de joven, mi presencia allí no era física. Por otro lado, y teniendo en cuenta que intentaste atravesar mi cuerpo con tu espada la primera vez que me viste, tal vez fuese lo mejor.
Fue difícil y mermó mucho mis fuerzas. Artemisa ya me había prevenido sobre el modo en que la gema absorbería mi energía vital; usarla demasiado me mataría. Pero estaba decidida a traspasar esa Puerta una y otra vez hasta convencerte de que tomaras la decisión correcta, el camino correcto, y te convirtieras en la Xena que yo amaba.
Me fui debilitando más y más con el paso de los días; la Emperatriz, visiblemente preocupada, llamó a sus médicos personales para que me atendieran. Sin embargo, se vieron sobrepasados por mi enfermedad; nadie, ni siquiera la Emperatriz, conocía el singular poder de la Lágrima del Titán, robada quién sabe cuánto tiempo atrás de algún oscuro templo de Tracia.
La séptima noche me encontré tan débil que apenas pude salir de la cama. La Emperatriz había despedido a los médicos y me atendía con sus propias manos. Pero pronto se quedó dormida, y supe que ya sólo me restaban fuerzas para un último intento. Después, si fallaba, moriría… pero no me importó. Tenía que seguir intentándolo.
La Emperatriz no debía despertarse, pero lo hizo. Me sorprendió en mitad del cántico inicial, y tuve que detenerme.
Insistió en que le dijera qué estaba pasando, y lo hice. La verdad es que no encontré la fuerza o la decisión para resistirme a ella. Para cuando terminé de hablar, estaba llorando. Y fue entonces cuando ella hizo algo que yo no esperaba.
En lugar de llamar a los guardias y arrestarme por traición, o matarme allí mismo, y de acuerdo con mis esperanzas, simplemente asintió. Me dijo que sabía que yo había sido enviada allí por alguna razón, que lo supo desde el primer momento en que me vio. La Emperatriz dijo que yo era un regalo de los dioses, un tesoro para ella. La miré a los ojos, iguales a los tuyos, y descubrí amor en ellos, uno que surgía de lo más profundo de su alma. Volví a llorar, porque la verdad, Xena, es que yo también amaba a la Emperatriz. Pero no tenía alternativa. Tenía que sellar la brecha temporal que Ares había creado, y dado que tú volverías, la emperatriz tenía que morir.
Me encontré atrapada entre Escila y Caribdis.
Estaba tan débil, tan confusa… y ella tomó la decisión por mí. Me devolvió la gema y me pidió que acabara con todo aquello. Y por primera y última vez, me besó, con tanta dulzura y cariño… que casi me rompió el corazón.
Utilicé la gema una última vez, y cuando regresé al mundo a través del Portal supe, de alguna forma, que lo había conseguido. Me senté, y he escrito lo antes posible este pergamino con mis últimas fuerzas, a medida que siento la oscuridad del olvido caer sobre mí.
Te quiero, Xena. Ahora y siempre.
Tu bardo,
Gabrielle.
***
Xena dejó el pergamino a un lado y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
Miró una vez más a Gabrielle. Tan pequeña, tan frágil, tan indefensa… pero con un alma de acero y más valor en su interior que cien guerreros.
Sintió que las lágrimas surgían de nuevo y enterró la cara entre las manos, cediendo al dolor, a la pena, a la culpa que la desgarraba como el azote de un látigo.
Y en el momento más oscuro, cuando las tinieblas amenazaban con consumirla, y la soledad que sentía le hizo pensar en arrojarse sobre su propia espada… una voz débil y áspera se abrió paso hacia su interior.
—¿Xena?
La guerrera elevó la vista con la cara bañada en lágrimas.
Y vio a Gabrielle, mirándola. Viva.
¡¡Viva!!
¡¡VIVA!!
***
El Viejo sacerdote entró en la habitación… y luego se dio media vuelta desandando sus pasos con una sonrisa en los labios.
Desde la puerta, tosió discretamente y habló sin mirar atrás.
—Cuando hayáis acabado, necesitamos la habitación para otros pacientes.
Un bufido ahogado fue lo único que obtuvo como respuesta.
Y el mundo volvió a la normalidad, con todo en su lugar, y el tiempo giró con un rumbo guiado por la redención y el amor… como siempre lo había hecho.
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