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XWP Gen » Una
semana cualquiera o Lo que pasó en
una semana
Esta historia ha sido
traducida íntegramente por el Equipo
de Inglés de Xenafanfics,
y cuenta con el permiso de la autora para
su traducción y publicación
en español en internet.
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de nuestro grupo de traducción de fanficción
de «Xena Warrior Princess » ,
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RENUNCIA:
Xena, Gabrielle, Ephiny, Cyrene y Argo son
propiedad de MCA/Universal, no pretendemos
infringir ningún copyright con el presente
texto. El resto de personajes y tramas de
la historia incluida aquí, provienen
de la fértil imaginación de
sus autoras.
NOTA:
Esto ha sido el resultado de un esfuerzo de
colaboración; los comentarios, alabanzas
y críticas puedes enviarlos a cada
una de las autoras o a ambas, en las direcciones
que encontrarás.
Simplemente pensamos
que si tener "un día" había
sido estupendo, ¿por qué no
tener una semana entera? Por eso decidimos
averiguarlo. Empieza con…
:: UNA
SEMANA CUALQUIERA o LO QUE PASÓ EN
UNA SEMANA ::
(A WEEK IN THE LIVES
or THE WEEK THAT WAS)
Por
Maggie
y PeriBear
DÍA UNO:
EL ABUELO
Por Maggie
Cuando Gabrielle llegó
a la parte alta del camino, vio al anciano
sentado en silencio sobre una gran roca bajo
un árbol. Por un momento, pensó
que estaba echando la siesta. Pero después,
levantó su cara de querubín
para encontrarse con su mirada, sonrió
y le envió un cordial saludo.
La joven bardo caminó
hacia el anciano caballero, con las riendas
de Argo colgando flojas de sus dedos. Se encontró
a sí misma devolviendo la amplia sonrisa
del hombre.
—¿Qué
tenemos aquí, Argo?
La yegua relinchó,
con un poco menos de curiosidad que la bardo.
Xena había ido
a recoger algunas hierbas medicinales que
había divisado en la pequeña
pradera de unos de los lados del camino.
—Nos veremos dentro
de un poco ahí arriba —había
dicho mientras le pasaba las riendas de Argo—.
No será mucho. —Acto seguido
se encaminó con grandes pasos hacia
la zona llena de hierbas, con sus largas piernas
llevándola velozmente.
Cuando Gabrielle alcanzó
al anciano, se dio cuenta de que vestía
una larga túnica multicolor cubierta
por una chaqueta de montar acolchada y cosida
a mano. Su vestimenta estaba gastada, pero
limpia, y la capa mostraba diferentes parches,
situados discretamente dentro de los inusuales
patrones de la prenda.
Una nudosa mano se asía
alrededor de un bastón de caminante
bellamente tallado. Su pelo, bigote y barba
cortada a cepillo, resplandecían bajo
el brillante sol de la mañana, reflejando
el color de la plata recién pulida.
Cerca de sus pies, en el suelo, tenía
una pequeña bolsa atada fuertemente
con un cordón y un lazo largo y de
cuero en uno de los extremos.
—Buenos días,
señorita. ¿No es un precioso
día?
Los brillantes ojos azules
del caballero centellearon en la dirección
de la bardo. Cambió la posición
de su bastón y extendió su esbelta
mano de largos dedos hacia ella. Gabrielle
cambió las riendas a la mano que sostenía
el cayado y estrechó la del anciano.
El apretón era firme, pero agradable,
y su piel suave, casi transparente.
—Soy Cadmus de
Ekhinos —dijo el anciano—. ¿Y
quién podrá ser usted, bella
señorita?
—Soy Gabrielle
—dijo— de Potidaea —añadió
sin preocupación—.
La amplia sonrisa del
anciano era realmente contagiosa. El hombre
cerró los ojos, tomó una profunda
bocanada de aire y se dio la vuelta hacia
la joven. —No hay nada como una mañana
en el bosque, es lo que yo digo —el
anciano gorgojeó mientras encaraba
a Gabrielle de nuevo—. ¿Viajas
sola?
—No, mi amiga vendrá
dentro de poco. Está recogiendo algunas
hierbas del prado aquel.
Argo relinchó
y meneó su portentosa y dorada cabeza.
El viejo se giró hacia el animal con
una sonrisa aún mayor en el rostro.
—Y tú, preciosa,
¿también estás disfrutando
de la mañana?
La majestuosa yegua se
acercó lentamente a la marchita figura
de la roca. El anciano levantó una
mano para acariciarle la frente mientras Gabrielle
miraba, ligeramente sorprendida. Normalmente,
Argo sólo cedía ante Xena o
sus caricias.
La pequeña rubia
contempló de nuevo el camino por donde
Xena había desaparecido. Aún
no había ni rastro de ella, así
que se volvió hacia el hombre.
—¿Te diriges
hacia algún sitio en particular?
Éste seguía
concentrado en la frente de la yegua.
—Voy de camino
a Lataera.
—¿Lataera?
Mi amiga y yo vamos en esa dirección
—afirmó la bardo señalando
el camino que se perdía a lo lejos—.
De hecho, nos dirigimos a Amphipolis, pero
estaremos encantadas de ayudarte a llegar
a Lataera, si quieres.
La frente del hombre
se arrugó y sus redondeadas mejillas
cobraron un tono rosado bajo la barba plateada.
Palmeó la cabeza de Argo una vez más
y luego devolvió la mano a su regazo.
—Eres muy amable,
Gabrielle de Potidaea. Me gustará tener
compañía en mi viaje.
En ese momento, Xena
salió del bosque con un buen montón
de raíces, hierbas y hojas en las manos.
Abrió una de las alforjas que Argo
llevaba encima y guardó sus nuevas
reservas. Finalmente, se giró hacia
la bardo y su anciano compañero.
—¿Quién
es tu amigo? —preguntó la guerrera
con una sonrisa en la cara.
—Éste es
Cadmus de Ekhinos —le informó
Gabrielle con una mano extendida frente al
hombre—. Y ésta es mi amiga Xe…
Detuvo la presentación
a media frase al ver la expresión del
rostro de Cadmus. Miraba fijamente a la alta
guerrera con una mezcla de asombro y alegría
cruzando su semblante.
—¡Galetaia!
—exclamó el anciano. Extendió
una de sus venosas manos hacia el fornido
brazo de Xena y antes de que ésta pudiera
reaccionar, la había atraído
hacia donde él estaba—. Los dioses
han oído mis súplicas.
Xena trató de
alejarse con delicadeza del viejo.
—Lo siento, buen
hombre —dijo amablemente—. Creo
que me confunde con otra…
—¡Galetaia!
—repitió él antes de levantarse
y dar a la confundida guerrera un rápido
y fuerte abrazo. Su cabeza apenas le llegaba
a la barbilla. Por encima de la plateada cabellera,
Xena dirigió una mirada atónita
a la bardo.
La amplia sonrisa de
Gabrielle respondió a la expresión
avergonzada de la guerrera. Estaba disfrutando
demasiado de la incómoda situación
en que aquel hombre había puesto a
su estóica amiga, y su risa sólo
sirvió para profundizar la desazón
de la guerrera.
Xena se zafó con
cuidado del abrazo del anciano. Tomándole
de sus delgados hombros, dobló ligeramente
las rodillas para poder mirarle a los ojos.
—Me llamo Xena
—le dijo suavemente—. Creo que
me estás confundiendo con…
—¡Mi querida
nietecita! —exclamó Cadmus antes
de tomar la cara de la guerrera entre las
manos—. ¡Mírate! —continuó,
acariciándole los brazos—. ¡Qué
mujer tan hermosa y encantadora! Y una guerrera
además. La última vez que nos
vimos sólo eras una joven doncella.
¡Y ahora te has hecho mayor!
El desconcierto de Xena
iba en aumento. Finalmente, lanzó a
la bardo una mirada de desesperación.
La pequeña rubia decidió entonces
que ya era hora de recuperar la compostura.
—Cadmus —pronunció
colocando una mano sobre el manto del anciano—.
Ésta es mi amiga Xena —le informó
haciendo especial hincapié en el nombre
de la guerrera.
Durante un segundo, la
emoción del hombre enmudeció.
Miró a la bardo y después otra
vez a la guerrera. La brillante sonrisa que
había iluminado su rostro decayó
ligeramente, pero sólo para volver
aún con más fuerza.
—He rogado a los
dioses que volvieras —canturreó
el anciano—, para llevarme de vuelta
a Lataera.
Xena miró a la
bardo. Al ver la expresión de entendimiento
en la cara de su compañera, esperó
a que la bardo explicara a lo que se refería
aquel hombre.
—Cadmus va de camino
a Lataera —comenzó la bardo—.
Le dije que tal vez podríamos ayudarle
a llegar allí.
La guerrera volvió
a mirar el vetusto rostro del viajero y se
vio a sí misma respondiendo a su enorme
sonrisa.
—Oh, ya veo —dijo
Xena suavemente—. Bien, por supuesto
que sí. Te acompañaremos hasta
Lataera. Nos pilla de paso.
La imponente guerrera
sonrió cálidamente al anciano
que estaba a su lado. La adoración
que encontró en sus ojos le incomodaba
un poco, pero aun así tomó su
mano.
—Te acompañaremos
en tu viaje. ¿Qué te parece?
La enjuta cara de Cadmus
volvió a brillar de alegría.
Se arregló las ropas y se peinó
pasándose la mano por el raído
y canoso pelo.
—Gracias, Taia
—dijo a la guerrera—. Sabía
que podía confiar en ti. —Le
acarició el brazo amorosamente—.
Y a ti también, Gabrielle. Me alegra
tenerte con nosotros.
Los ojos de Xena interrogaron
de nuevo a los de la bardo. La rubia se encogió
de hombros y le devolvió una encantadora
sonrisa.
"Se ve que está
disfrutando de toda esta farsa", pensó
la guerrera. Luego sacudió la cabeza
levemente y agarró las riendas de Argo.
El anciano, por su parte,
recogió su pequeño hato del
suelo, se echó el asa de cuero al hombro
y se irguió tanto como le permitió
su envejecido cuerpo, situándose entre
las dos mujeres. Así, el trío
se puso en camino.
El pequeño grupo
había recorrido menos de un cuarto
de legua cuando se hizo patente que la condición
física y la edad de Cadmus le dificultaban
enormemente la marcha. A menudo tenía
la respiración entrecortada y encontraba
grandes problemas para encarar la más
leve inclinación de terreno.
Xena decidió detenerse
y dejarle descansar. Sugirió indirectamente
que todos podrían parar un poco y dirigió
al viejo hacia un claro sombreado junto al
camino.
Cuando los tres viajeros
se hubieron sentado para disfrutar de una
pequeña comida a base de manzanas,
Xena se volvió para encontrar los brillantes
ojos azules del anciano sobre su cara. Tragó
con dificultad el bocado que tenía
en la boca y le sonrió.
—Cadmus, ¿está
buena tu manzana?
El anciano rió
felizmente y la guerrera no pudo evitar responderle
de la misma forma.
—¿Por qué
no me llamas "abuelo" como hacías
antes?
Xena aspiró profundamente
para intentar convencer una vez más
a aquel hombre de que estaba en un error sobre
su identidad.
—Solíamos
inventar juegos fantásticos, ¿te
acuerdas, Taia? —preguntó Cadmus
con un brillo especial en los ojos—.
¡Tu madre se volvía loca! —El
anciano rió abiertamente con un rubor
más que notable cubriéndole
su redondeado y amigable rostro.
La guerrera sintió
los ojos de Gabrielle clavados en ella y se
volvió para devolverle la mirada.
"Como si no la conociera",
pensó Xena. "Me juego el cuello
a que me está lanzando una advertencia
con sus enormes ojos verdes".
La bardo se inclinó
hacia su amiga con las cejas enarcadas seriamente.
—¡Ni se te
ocurra pensarlo! —susurró la
muchacha.
—¿Qué?
—interrogó la guerrera, ligeramente
desorientada por la frase de la bardo.
—Romper el corazón
de ese anciano. Tú síguele la
corriente por ahora.
Xena dirigió al
cielo una mirada de impaciencia y dejó
escapar un ligero suspiro antes de volverse
a mirar al viejo un momento. Su agradable
rostro mostraba emoción y masticaba
a dos carrillos un trozo de manzana. Inesperadamente,
el corazón de la guerrera de rindió
a aquel hombre; sintió que su presencia
emanaba calma y calidez. A continuación
arrojó lejos el resto de fruta que
se estaba comiendo, se frotó las manos
y, descruzando sus largas piernas, se levantó
del suelo.
—Gabrielle, ¿puedes
venir a ayudarme un momento, por favor?
La bardo se giró
hacia su amiga un poco sorprendida, luego
se levantó y fue hacia ella.
—Enseguida volvemos
—informó Xena al anciano, agarrando
a continuación el brazo de Gabrielle
y llevándosela con ella hacia el lugar
en que la yegua pastaba tranquilamente.
—Jamás será
capaz de llegar a Lataera a pie —sentenció
Xena cuando quedaron ocultas detrás
del animal—. O monta a Argo o tendremos
que construirle una camilla.
La pequeña bardo
sintió cerrársele la garganta.
Estaba orgullosa de la dulzura que su amiga
dejaba translucir hacia aquel hombre. No era
algo con que la guerrera obsequiase a muchos,
pero la bardo conocía bien toda la
compasión que cabía en el corazón
de aquella mujer.
—No podrá
cabalgar, ¿no crees? Es demasiado…
frágil.
Los labios de la guerrera
se curvaron formando una sonrisa.
—Yo no me aventuraría
a tildar su espíritu de frágil.
Tiene el corazón de un águila.
La joven rubia sonrió
a su amiga. Sabía que la guerrera se
sentía más apegada a aquel hombre
de lo que jamás sería capaz
de admitir. Sin embargo, razonó la
bardo, su generosa intención quedaba
de sobra patente en sus actos.
—De acuerdo, yo
voto por la camilla. ¿Cuánto
nos llevará contruir una?
—Yo me encargo
de eso. Tú hazle compañía.
No tardaré demasiado.
La guerrera desenvainó
la espada y se dirigió hacia la zona
arbolada más cercana al camino.
—Xena —dijo
la bardo agarrando a la mujer por el brazo
y obligándola a mirarla—. Gracias…
por complacerle. Es un anciano tan dulce…
No me gustaría verle desilusionado.
Xena contempló
al hombre, que aún seguía a
la sombra, disfrutando de su manzana.
—Es todo un personaje,
eso sin duda. Me recuerda un poco a mi abuelo.
Cariñoso, agradable, con una buena
dosis de picardía en los ojos. —Volvió
a mirar a la bardo—. Era forjador —añadió
la guerrera recordando a su antecesor con
expresión ausente—. Me hizo este
prendedor —dijo llevándose la
mano al pelo—. También labró
la empuñadura de mi primera espada.
Casi hizo que mi madre le regañara
por aquello.
De repente la expresión
de la guerrera se volvió solemne e
introspectiva.
—¿Ocurre
algo? —le preguntó la bardo.
La guerrera devolvió
bruscamente la atención a la joven.
—¿Perdona?
—Pareces enfadada
por algo.
Durante un segundo Xena
pareció querer compartir aquel desagradable
recuerdo, pero el infranqueable muro de granito
volvió a caer a su alrededor un segundo
después.
—No, no es nada.
No te preocupes.
Gabrielle reconoció
el velo protector que su amiga empleaba a
menudo para aislar sus emociones y sumergió
su propia curiosidad por respeto a los deseos
de la mujer. Entonces, la expresión
de la guerrera se hizo deslumbrante y dirigió
una mirada juguetona a la bardo.
—Es lo correcto,
lo que hay que hacer si queremos… ayudarle.
Gabrielle asintió
y acarició levemente el firme brazo
de su amiga. La guerrera señaló
con el pulgar en dirección al anciano
y desapareció entre los árboles.
La pequeña bardo
atravesó el claro hacia donde éste
esperaba. Sus amigables ojos le dieron la
bienvenida y luego comenzaron a buscar la
estilizada silueta de la guerrera.
—Xe… uh,
Taia —se corrigió la bardo—
ha ido a buscar algo de leña. Quiere
facilitarte un poco el viaje.
La muchacha se sentó
con las piernas cruzadas en la hierba, junto
al anciano, y dejó su cayado al otro
lado. Luego empezó a trazar en el suelo
figuras con los dedos.
—Apuesto a que
eres muy buena con ese cayado —le dijo
el viejo—. Se nota por cómo lo
sostienes.
La bardo se sintió
repentinamente ruborizada por el cumplido.
Dirigió una enorme sonrisa al hombre
y contestó.
—Aún estoy
aprendiendo, pero voy mejorando con el tiempo
—le informó la chica.
—¿Cuánto
tiempo llevas viajando con mi Taia?
—Desde hace casi
dos veranos y medio.
—Y sois buenas
amigas, ¿verdad?
—Es mi mejor amiga
—dijo Gabrielle—. La mejor amiga
que se puede tener.
Cadmus puso su mano sobre
la rubia cabeza de la bardo. Gabrielle, por
su parte, sintió que una calidez la
inundaba con el contacto del hombre. Levantó
la vista para encontrarse con sus agradables
ojos.
—Le viene de su
abuela, mi dulce Atalanta.
Los ojos del anciano
brillaron al pronunciar el nombre de esa mujer.
La bardo dedujo, rápidamente, que debía
tratarse de su esposa.
La mirada de Cadmus vagó
hacia el lugar por donde había desaparecido
Xena.
—A pesar de ello,
mi pequeña sigue siendo muy dura consigo
misma, ¿verdad?
Gabrielle miró
de nuevo al viejo, sorprendida por ese comentario
personal sobre su amiga. Antes de que pudiera
contestar a la extraña afirmación,
Xena apareció de entre los árboles.
Traía consigo la estructura de una
camilla a base de ramas largas y gruesas atravesadas
por otras más cortas.
—Esto debería
hacerte el viaje más agradable, Cad…
—se interrumpió la guerrera ante
esa señal de familiaridad por su parte—.
Gabrielle, vamos a necesitar una cuantas ramas
de aquellos abetos de allí.
La chica se levantó,
agarró la pequeña daga que la
guerrera le ofrecía y desapareció
en el bosque.
Xena vigiló la
marcha de la chica y luego se volvió
hacia el anciano. Su insistente mirada sobre
ella le hizo sentir un poco incómoda,
aunque se le devolvió junto a una tímida
sonrisa.
—Tienes los ojos
de tu abuela, ¿sabes? —dijo Cadmus
en voz baja—. Hermosos y dulces. Los
mismos ojos, delicados, dulces y hermosos.
Por alguna razón
inexplicable, la atención de la guerrera
quedó clavada en el rostro de aquel
hombre. No era capaz de apartarlos de los
suyos. Sintió una vibración
rondar en su estómago cuando la mirada
del viejo quedó fija en la suya.
La guerrera tragó
saliva con dificultad y se humedeció
los labios con la lengua.
—Re… recuerdo…
cuando me enseñó a… coser.
Esa leve afirmación
hizo estremecerse el interior de la mujer.
"¿De dónde
diablos ha salido eso?", gritó
su mente. Se giró y miró al
suelo, buscando cualquier indicio que justificara
aquella fisura en su normalmente inquebrantable
reserva. Al elevar la vista de nuevo hacia
el hombre, la radiante luminosidad que encontró
en su semblante llenó su pecho de tensión.
Xena rozó con
delicadeza la manga de su desgastada túnica,
sintiendo el débil brazo que cubría.
Después de dirigirle otra sonrisa,
fue a acoplar la camilla en la silla de montar
de Argo y aseguró el mecanismo detrás
de la yegua, la cual aguantaba con paciencia
e impasibilidad el peso adicional.
Para cuando la camilla
quedó lista, Gabrielle estaba de vuelta
con un enorme montón de ramas de abeto.
Ambas se emplearon en formar una mullida alfombra
verde sobre los travesaños de madera,
perfecta para proveer al hombre de una superficie
cómoda en la que tumbarse.
—Bueno, creo que
esto quiere decir que me he convertido en
un anciano, ¿verdad? —dijo Cadmus
con tono de fastidio, contemplando el catre
de ramas. Su animado rostro se elevó
hacia la azul mirada de la guerrera—.
Lo cual también conlleva una serie
de privilegios. —Sonrió ligeramente—.
Así que a disfrutar.
Él recogió
sus largas túnicas a su alrededor y
se sentó en el medio de las ramas con
una amplia sonrisa aún visible. Cuando
estuvo segura de que el hombre se encontraba
cómodo, Gabrielle le ofreció
su bastón y el pequeño fardo
que había estado cargando en el hombro.
Xena fue hasta las bolsas
en la montura y sacó una de sus mantas.
La puso sobre la delgada figura del hombre
y lo rodeó firmemente con el material.
El anciano rió ligeramente y fijó
sus ojos azules en la amable expresión
de la guerrera.
—Cómoda
como una chinche en una alfombra. ¿Recuerdas?
La anciana figura sonrió
cariñosamente a la alta mujer junto
a la cama, cuya mirada se suavizó en
respuesta. Una gentil risa escapó de
la guerrera y la bardo sonrió sorprendida.
Cadmus hizo una seña
con una cansada mano hacia la guerrera y ella
se inclinó más cerca de él.
Tomó su mano con la suya y miró
cariñosamente a la cristalina mirada
azul.
—Gracias, mi dulce
‘Taia. Sabía que no me decepcionarías.
Xena estudió la
expresión angelical por un largo momento.
Entonces dio un ligero apretón a los
huesudos dedos y se inclinó para acariciar
el plateado cabello. Finalmente le habló
suavemente al hombre.
—¿Por qué
es este viaje tan importante para ti? —preguntó
gentilmente.
La suave mirada azul
del anciano viajó sobre el rostro de
la guerrera. Alzó su mano para acariciar
su mejilla suavemente.
—Finalmente voy
a reunirme con tu querida abuela. Al fin dormiré
junto a mi Atalanta.
Una única lágrima
recorrió lentamente su camino hacia
la barba plateada. El anciano parpadeó,
y entonces devolvió su mirada a la
de la guerrera.
—Ha estado esperando
casi cuarenta veranos para que regrese junto
a ella. Cuando estábamos casados, le
prometí que nunca estaríamos
separados. Entonces la fiebre se la llevó
con los dioses… y yo tuve que ocuparme
de los niños… tu padre y sus
hermanos tan sólo eran bebés
por entonces.
La garganta de Xena comenzó
a contraerse.
—Así que
me los llevé a Ekhinos conmigo…
a mi casa de la infancia —la mirada
del anciano parecía fija en su lejano
pasado—. Ahora todos son hombres adultos,
con sus propias familias. Todos mis hermosos
nietos, como tú, están allí.
El anciano se giró
ligeramente, encontrando su mirada los ojos
de la guerrera directamente. —Ellos
no… pueden entender por qué tengo
que hacer esto —dijo con los ojos azules
de repente muy serios—. Es hora de que
regrese junto a mi Atalanta. La he extrañado
tanto… y ella ha esperado tanto tiempo
—su amable sonrisa suavizó su
longeva expresión una vez más—.
Pero sabía que tú lo entenderías.
Lo haces, ¿verdad?
La alta y delgada mujer
se encontró respondiendo ante la urgencia
del anciano. Una cálida sonrisa cruzó
el cincelado rostro. El asentimiento de la
guerrera fue casi imperceptible.
Los ojos del anciano
se cerraron y pareció quedarse dormido,
con una feliz y dulce sonrisa en el marchito
rostro. Soltó su agarre de la mano
de la guerrera lentamente y su respiración
se volvió profunda y regular.
La guerrera parpadeó
sus lágrimas y se acercó para
acariciar gentilmente el canoso, hirsuto rostro.
Un profundo sentimiento de afecto surgió
en el pecho de la mujer. Observó la
pacífica figura durante un largo y
quedo momento.
—Descansa ahora,
abuelo —susurró—. Te llevaremos
a casa. Lo prometo.
Xena cuidadosamente retiró
su mano de la palma del anciano y se puso
en pie lentamente. Cuando se dio la vuelta
para buscar a la bardo, vio a la chica justo
detrás de ella con lágrimas
cayendo libremente sobre el suave y joven
rostro.
La guerrera puso un dedo
sobre sus labios y dirigió a la bardo
hasta Argo. Rodeó sus hombros con un
cariñoso abrazo y acercó a la
chica confortándola.
Silenciosamente, Xena
liberó las riendas del caballo y suavemente
guió al animal hacia delante. El paso
de Argo era firme y suave mientras regresaban
al camino. Las dos amigas caminaban lado a
lado.
Ambas permanecieron en
silencio un buen rato. Finalmente Gabrielle,
que parecía haber recuperado un mínimo
de compostura, se giró con solemnidad
hacia la guerrera.
—Vuelve a su casa
en Lataera para morir, ¿verdad?
La guerrera miró
un momento a la bardo. La alta y robusta mujer
asintió, contempló el camino
que tenían por delante y después
volvió a girarse hacia la bardo, cuya
cara estaba surcada de lágrimas.
—Lataera está
a más de un día de camino de
aquí, Gabrielle. No creo que le quede
tanto tiempo.
La bardo se giró
hacia la figura durmiente del viajero. Las
lágrimas volvieron a correr sobre su
apenada expresión.
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