XWP Gen » Una semana cualquiera o Lo que pasó en una semana

Esta historia ha sido traducida íntegramente por el Equipo de Inglés de Xenafanfics, y cuenta con el permiso de la autora para su traducción y publicación en español en internet.

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RENUNCIA: Xena, Gabrielle, Ephiny, Cyrene y Argo son propiedad de MCA/Universal, no pretendemos infringir ningún copyright con el presente texto. El resto de personajes y tramas de la historia incluida aquí, provienen de la fértil imaginación de sus autoras.

NOTA: Esto ha sido el resultado de un esfuerzo de colaboración; los comentarios, alabanzas y críticas puedes enviarlos a cada una de las autoras o a ambas, en las direcciones que encontrarás.

Simplemente pensamos que si tener "un día" había sido estupendo, ¿por qué no tener una semana entera? Por eso decidimos averiguarlo. Empieza con…

:: UNA SEMANA CUALQUIERA o LO QUE PASÓ EN UNA SEMANA ::
(A WEEK IN THE LIVES or THE WEEK THAT WAS)

Por Maggie y PeriBear

DÍA UNO: EL ABUELO

Por Maggie

Cuando Gabrielle llegó a la parte alta del camino, vio al anciano sentado en silencio sobre una gran roca bajo un árbol. Por un momento, pensó que estaba echando la siesta. Pero después, levantó su cara de querubín para encontrarse con su mirada, sonrió y le envió un cordial saludo.

La joven bardo caminó hacia el anciano caballero, con las riendas de Argo colgando flojas de sus dedos. Se encontró a sí misma devolviendo la amplia sonrisa del hombre.

—¿Qué tenemos aquí, Argo?

La yegua relinchó, con un poco menos de curiosidad que la bardo.

Xena había ido a recoger algunas hierbas medicinales que había divisado en la pequeña pradera de unos de los lados del camino.

—Nos veremos dentro de un poco ahí arriba —había dicho mientras le pasaba las riendas de Argo—. No será mucho. —Acto seguido se encaminó con grandes pasos hacia la zona llena de hierbas, con sus largas piernas llevándola velozmente.

Cuando Gabrielle alcanzó al anciano, se dio cuenta de que vestía una larga túnica multicolor cubierta por una chaqueta de montar acolchada y cosida a mano. Su vestimenta estaba gastada, pero limpia, y la capa mostraba diferentes parches, situados discretamente dentro de los inusuales patrones de la prenda.

Una nudosa mano se asía alrededor de un bastón de caminante bellamente tallado. Su pelo, bigote y barba cortada a cepillo, resplandecían bajo el brillante sol de la mañana, reflejando el color de la plata recién pulida. Cerca de sus pies, en el suelo, tenía una pequeña bolsa atada fuertemente con un cordón y un lazo largo y de cuero en uno de los extremos.

—Buenos días, señorita. ¿No es un precioso día?

Los brillantes ojos azules del caballero centellearon en la dirección de la bardo. Cambió la posición de su bastón y extendió su esbelta mano de largos dedos hacia ella. Gabrielle cambió las riendas a la mano que sostenía el cayado y estrechó la del anciano. El apretón era firme, pero agradable, y su piel suave, casi transparente.

—Soy Cadmus de Ekhinos —dijo el anciano—. ¿Y quién podrá ser usted, bella señorita?

—Soy Gabrielle —dijo— de Potidaea —añadió sin preocupación—.

La amplia sonrisa del anciano era realmente contagiosa. El hombre cerró los ojos, tomó una profunda bocanada de aire y se dio la vuelta hacia la joven. —No hay nada como una mañana en el bosque, es lo que yo digo —el anciano gorgojeó mientras encaraba a Gabrielle de nuevo—. ¿Viajas sola?

—No, mi amiga vendrá dentro de poco. Está recogiendo algunas hierbas del prado aquel.

Argo relinchó y meneó su portentosa y dorada cabeza. El viejo se giró hacia el animal con una sonrisa aún mayor en el rostro.

—Y tú, preciosa, ¿también estás disfrutando de la mañana?

La majestuosa yegua se acercó lentamente a la marchita figura de la roca. El anciano levantó una mano para acariciarle la frente mientras Gabrielle miraba, ligeramente sorprendida. Normalmente, Argo sólo cedía ante Xena o sus caricias.

La pequeña rubia contempló de nuevo el camino por donde Xena había desaparecido. Aún no había ni rastro de ella, así que se volvió hacia el hombre.

—¿Te diriges hacia algún sitio en particular?

Éste seguía concentrado en la frente de la yegua.

—Voy de camino a Lataera.

—¿Lataera? Mi amiga y yo vamos en esa dirección —afirmó la bardo señalando el camino que se perdía a lo lejos—. De hecho, nos dirigimos a Amphipolis, pero estaremos encantadas de ayudarte a llegar a Lataera, si quieres.

La frente del hombre se arrugó y sus redondeadas mejillas cobraron un tono rosado bajo la barba plateada. Palmeó la cabeza de Argo una vez más y luego devolvió la mano a su regazo.

—Eres muy amable, Gabrielle de Potidaea. Me gustará tener compañía en mi viaje.

En ese momento, Xena salió del bosque con un buen montón de raíces, hierbas y hojas en las manos. Abrió una de las alforjas que Argo llevaba encima y guardó sus nuevas reservas. Finalmente, se giró hacia la bardo y su anciano compañero.

—¿Quién es tu amigo? —preguntó la guerrera con una sonrisa en la cara.

—Éste es Cadmus de Ekhinos —le informó Gabrielle con una mano extendida frente al hombre—. Y ésta es mi amiga Xe…

Detuvo la presentación a media frase al ver la expresión del rostro de Cadmus. Miraba fijamente a la alta guerrera con una mezcla de asombro y alegría cruzando su semblante.

—¡Galetaia! —exclamó el anciano. Extendió una de sus venosas manos hacia el fornido brazo de Xena y antes de que ésta pudiera reaccionar, la había atraído hacia donde él estaba—. Los dioses han oído mis súplicas.

Xena trató de alejarse con delicadeza del viejo.

—Lo siento, buen hombre —dijo amablemente—. Creo que me confunde con otra…

—¡Galetaia! —repitió él antes de levantarse y dar a la confundida guerrera un rápido y fuerte abrazo. Su cabeza apenas le llegaba a la barbilla. Por encima de la plateada cabellera, Xena dirigió una mirada atónita a la bardo.

La amplia sonrisa de Gabrielle respondió a la expresión avergonzada de la guerrera. Estaba disfrutando demasiado de la incómoda situación en que aquel hombre había puesto a su estóica amiga, y su risa sólo sirvió para profundizar la desazón de la guerrera.

Xena se zafó con cuidado del abrazo del anciano. Tomándole de sus delgados hombros, dobló ligeramente las rodillas para poder mirarle a los ojos.

—Me llamo Xena —le dijo suavemente—. Creo que me estás confundiendo con…

—¡Mi querida nietecita! —exclamó Cadmus antes de tomar la cara de la guerrera entre las manos—. ¡Mírate! —continuó, acariciándole los brazos—. ¡Qué mujer tan hermosa y encantadora! Y una guerrera además. La última vez que nos vimos sólo eras una joven doncella. ¡Y ahora te has hecho mayor!

El desconcierto de Xena iba en aumento. Finalmente, lanzó a la bardo una mirada de desesperación. La pequeña rubia decidió entonces que ya era hora de recuperar la compostura.

—Cadmus —pronunció colocando una mano sobre el manto del anciano—. Ésta es mi amiga Xena —le informó haciendo especial hincapié en el nombre de la guerrera.

Durante un segundo, la emoción del hombre enmudeció. Miró a la bardo y después otra vez a la guerrera. La brillante sonrisa que había iluminado su rostro decayó ligeramente, pero sólo para volver aún con más fuerza.

—He rogado a los dioses que volvieras —canturreó el anciano—, para llevarme de vuelta a Lataera.

Xena miró a la bardo. Al ver la expresión de entendimiento en la cara de su compañera, esperó a que la bardo explicara a lo que se refería aquel hombre.

—Cadmus va de camino a Lataera —comenzó la bardo—. Le dije que tal vez podríamos ayudarle a llegar allí.

La guerrera volvió a mirar el vetusto rostro del viajero y se vio a sí misma respondiendo a su enorme sonrisa.

—Oh, ya veo —dijo Xena suavemente—. Bien, por supuesto que sí. Te acompañaremos hasta Lataera. Nos pilla de paso.

La imponente guerrera sonrió cálidamente al anciano que estaba a su lado. La adoración que encontró en sus ojos le incomodaba un poco, pero aun así tomó su mano.

—Te acompañaremos en tu viaje. ¿Qué te parece?

La enjuta cara de Cadmus volvió a brillar de alegría. Se arregló las ropas y se peinó pasándose la mano por el raído y canoso pelo.

—Gracias, Taia —dijo a la guerrera—. Sabía que podía confiar en ti. —Le acarició el brazo amorosamente—. Y a ti también, Gabrielle. Me alegra tenerte con nosotros.

Los ojos de Xena interrogaron de nuevo a los de la bardo. La rubia se encogió de hombros y le devolvió una encantadora sonrisa.

"Se ve que está disfrutando de toda esta farsa", pensó la guerrera. Luego sacudió la cabeza levemente y agarró las riendas de Argo.

El anciano, por su parte, recogió su pequeño hato del suelo, se echó el asa de cuero al hombro y se irguió tanto como le permitió su envejecido cuerpo, situándose entre las dos mujeres. Así, el trío se puso en camino.

El pequeño grupo había recorrido menos de un cuarto de legua cuando se hizo patente que la condición física y la edad de Cadmus le dificultaban enormemente la marcha. A menudo tenía la respiración entrecortada y encontraba grandes problemas para encarar la más leve inclinación de terreno.

Xena decidió detenerse y dejarle descansar. Sugirió indirectamente que todos podrían parar un poco y dirigió al viejo hacia un claro sombreado junto al camino.

Cuando los tres viajeros se hubieron sentado para disfrutar de una pequeña comida a base de manzanas, Xena se volvió para encontrar los brillantes ojos azules del anciano sobre su cara. Tragó con dificultad el bocado que tenía en la boca y le sonrió.

—Cadmus, ¿está buena tu manzana?

El anciano rió felizmente y la guerrera no pudo evitar responderle de la misma forma.

—¿Por qué no me llamas "abuelo" como hacías antes?

Xena aspiró profundamente para intentar convencer una vez más a aquel hombre de que estaba en un error sobre su identidad.

—Solíamos inventar juegos fantásticos, ¿te acuerdas, Taia? —preguntó Cadmus con un brillo especial en los ojos—. ¡Tu madre se volvía loca! —El anciano rió abiertamente con un rubor más que notable cubriéndole su redondeado y amigable rostro.

La guerrera sintió los ojos de Gabrielle clavados en ella y se volvió para devolverle la mirada.

"Como si no la conociera", pensó Xena. "Me juego el cuello a que me está lanzando una advertencia con sus enormes ojos verdes".

La bardo se inclinó hacia su amiga con las cejas enarcadas seriamente.

—¡Ni se te ocurra pensarlo! —susurró la muchacha.

—¿Qué? —interrogó la guerrera, ligeramente desorientada por la frase de la bardo.

—Romper el corazón de ese anciano. Tú síguele la corriente por ahora.

Xena dirigió al cielo una mirada de impaciencia y dejó escapar un ligero suspiro antes de volverse a mirar al viejo un momento. Su agradable rostro mostraba emoción y masticaba a dos carrillos un trozo de manzana. Inesperadamente, el corazón de la guerrera de rindió a aquel hombre; sintió que su presencia emanaba calma y calidez. A continuación arrojó lejos el resto de fruta que se estaba comiendo, se frotó las manos y, descruzando sus largas piernas, se levantó del suelo.

—Gabrielle, ¿puedes venir a ayudarme un momento, por favor?

La bardo se giró hacia su amiga un poco sorprendida, luego se levantó y fue hacia ella.

—Enseguida volvemos —informó Xena al anciano, agarrando a continuación el brazo de Gabrielle y llevándosela con ella hacia el lugar en que la yegua pastaba tranquilamente.

—Jamás será capaz de llegar a Lataera a pie —sentenció Xena cuando quedaron ocultas detrás del animal—. O monta a Argo o tendremos que construirle una camilla.

La pequeña bardo sintió cerrársele la garganta. Estaba orgullosa de la dulzura que su amiga dejaba translucir hacia aquel hombre. No era algo con que la guerrera obsequiase a muchos, pero la bardo conocía bien toda la compasión que cabía en el corazón de aquella mujer.

—No podrá cabalgar, ¿no crees? Es demasiado… frágil.

Los labios de la guerrera se curvaron formando una sonrisa.

—Yo no me aventuraría a tildar su espíritu de frágil. Tiene el corazón de un águila.

La joven rubia sonrió a su amiga. Sabía que la guerrera se sentía más apegada a aquel hombre de lo que jamás sería capaz de admitir. Sin embargo, razonó la bardo, su generosa intención quedaba de sobra patente en sus actos.

—De acuerdo, yo voto por la camilla. ¿Cuánto nos llevará contruir una?

—Yo me encargo de eso. Tú hazle compañía. No tardaré demasiado.

La guerrera desenvainó la espada y se dirigió hacia la zona arbolada más cercana al camino.

—Xena —dijo la bardo agarrando a la mujer por el brazo y obligándola a mirarla—. Gracias… por complacerle. Es un anciano tan dulce… No me gustaría verle desilusionado.

Xena contempló al hombre, que aún seguía a la sombra, disfrutando de su manzana.

—Es todo un personaje, eso sin duda. Me recuerda un poco a mi abuelo. Cariñoso, agradable, con una buena dosis de picardía en los ojos. —Volvió a mirar a la bardo—. Era forjador —añadió la guerrera recordando a su antecesor con expresión ausente—. Me hizo este prendedor —dijo llevándose la mano al pelo—. También labró la empuñadura de mi primera espada. Casi hizo que mi madre le regañara por aquello.

De repente la expresión de la guerrera se volvió solemne e introspectiva.

—¿Ocurre algo? —le preguntó la bardo.

La guerrera devolvió bruscamente la atención a la joven.

—¿Perdona?

—Pareces enfadada por algo.

Durante un segundo Xena pareció querer compartir aquel desagradable recuerdo, pero el infranqueable muro de granito volvió a caer a su alrededor un segundo después.

—No, no es nada. No te preocupes.

Gabrielle reconoció el velo protector que su amiga empleaba a menudo para aislar sus emociones y sumergió su propia curiosidad por respeto a los deseos de la mujer. Entonces, la expresión de la guerrera se hizo deslumbrante y dirigió una mirada juguetona a la bardo.

—Es lo correcto, lo que hay que hacer si queremos… ayudarle.

Gabrielle asintió y acarició levemente el firme brazo de su amiga. La guerrera señaló con el pulgar en dirección al anciano y desapareció entre los árboles.

La pequeña bardo atravesó el claro hacia donde éste esperaba. Sus amigables ojos le dieron la bienvenida y luego comenzaron a buscar la estilizada silueta de la guerrera.

—Xe… uh, Taia —se corrigió la bardo— ha ido a buscar algo de leña. Quiere facilitarte un poco el viaje.

La muchacha se sentó con las piernas cruzadas en la hierba, junto al anciano, y dejó su cayado al otro lado. Luego empezó a trazar en el suelo figuras con los dedos.

—Apuesto a que eres muy buena con ese cayado —le dijo el viejo—. Se nota por cómo lo sostienes.

La bardo se sintió repentinamente ruborizada por el cumplido. Dirigió una enorme sonrisa al hombre y contestó.

—Aún estoy aprendiendo, pero voy mejorando con el tiempo —le informó la chica.

—¿Cuánto tiempo llevas viajando con mi Taia?

—Desde hace casi dos veranos y medio.

—Y sois buenas amigas, ¿verdad?

—Es mi mejor amiga —dijo Gabrielle—. La mejor amiga que se puede tener.

Cadmus puso su mano sobre la rubia cabeza de la bardo. Gabrielle, por su parte, sintió que una calidez la inundaba con el contacto del hombre. Levantó la vista para encontrarse con sus agradables ojos.

—Le viene de su abuela, mi dulce Atalanta.

Los ojos del anciano brillaron al pronunciar el nombre de esa mujer. La bardo dedujo, rápidamente, que debía tratarse de su esposa.

La mirada de Cadmus vagó hacia el lugar por donde había desaparecido Xena.

—A pesar de ello, mi pequeña sigue siendo muy dura consigo misma, ¿verdad?

Gabrielle miró de nuevo al viejo, sorprendida por ese comentario personal sobre su amiga. Antes de que pudiera contestar a la extraña afirmación, Xena apareció de entre los árboles. Traía consigo la estructura de una camilla a base de ramas largas y gruesas atravesadas por otras más cortas.

—Esto debería hacerte el viaje más agradable, Cad… —se interrumpió la guerrera ante esa señal de familiaridad por su parte—. Gabrielle, vamos a necesitar una cuantas ramas de aquellos abetos de allí.

La chica se levantó, agarró la pequeña daga que la guerrera le ofrecía y desapareció en el bosque.

Xena vigiló la marcha de la chica y luego se volvió hacia el anciano. Su insistente mirada sobre ella le hizo sentir un poco incómoda, aunque se le devolvió junto a una tímida sonrisa.

—Tienes los ojos de tu abuela, ¿sabes? —dijo Cadmus en voz baja—. Hermosos y dulces. Los mismos ojos, delicados, dulces y hermosos.

Por alguna razón inexplicable, la atención de la guerrera quedó clavada en el rostro de aquel hombre. No era capaz de apartarlos de los suyos. Sintió una vibración rondar en su estómago cuando la mirada del viejo quedó fija en la suya.

La guerrera tragó saliva con dificultad y se humedeció los labios con la lengua.

—Re… recuerdo… cuando me enseñó a… coser.

Esa leve afirmación hizo estremecerse el interior de la mujer.

"¿De dónde diablos ha salido eso?", gritó su mente. Se giró y miró al suelo, buscando cualquier indicio que justificara aquella fisura en su normalmente inquebrantable reserva. Al elevar la vista de nuevo hacia el hombre, la radiante luminosidad que encontró en su semblante llenó su pecho de tensión.

Xena rozó con delicadeza la manga de su desgastada túnica, sintiendo el débil brazo que cubría. Después de dirigirle otra sonrisa, fue a acoplar la camilla en la silla de montar de Argo y aseguró el mecanismo detrás de la yegua, la cual aguantaba con paciencia e impasibilidad el peso adicional.

Para cuando la camilla quedó lista, Gabrielle estaba de vuelta con un enorme montón de ramas de abeto. Ambas se emplearon en formar una mullida alfombra verde sobre los travesaños de madera, perfecta para proveer al hombre de una superficie cómoda en la que tumbarse.

—Bueno, creo que esto quiere decir que me he convertido en un anciano, ¿verdad? —dijo Cadmus con tono de fastidio, contemplando el catre de ramas. Su animado rostro se elevó hacia la azul mirada de la guerrera—. Lo cual también conlleva una serie de privilegios. —Sonrió ligeramente—. Así que a disfrutar.

Él recogió sus largas túnicas a su alrededor y se sentó en el medio de las ramas con una amplia sonrisa aún visible. Cuando estuvo segura de que el hombre se encontraba cómodo, Gabrielle le ofreció su bastón y el pequeño fardo que había estado cargando en el hombro.

Xena fue hasta las bolsas en la montura y sacó una de sus mantas. La puso sobre la delgada figura del hombre y lo rodeó firmemente con el material. El anciano rió ligeramente y fijó sus ojos azules en la amable expresión de la guerrera.

—Cómoda como una chinche en una alfombra. ¿Recuerdas?

La anciana figura sonrió cariñosamente a la alta mujer junto a la cama, cuya mirada se suavizó en respuesta. Una gentil risa escapó de la guerrera y la bardo sonrió sorprendida.

Cadmus hizo una seña con una cansada mano hacia la guerrera y ella se inclinó más cerca de él. Tomó su mano con la suya y miró cariñosamente a la cristalina mirada azul.

—Gracias, mi dulce ‘Taia. Sabía que no me decepcionarías.

Xena estudió la expresión angelical por un largo momento. Entonces dio un ligero apretón a los huesudos dedos y se inclinó para acariciar el plateado cabello. Finalmente le habló suavemente al hombre.

—¿Por qué es este viaje tan importante para ti? —preguntó gentilmente.

La suave mirada azul del anciano viajó sobre el rostro de la guerrera. Alzó su mano para acariciar su mejilla suavemente.

—Finalmente voy a reunirme con tu querida abuela. Al fin dormiré junto a mi Atalanta.

Una única lágrima recorrió lentamente su camino hacia la barba plateada. El anciano parpadeó, y entonces devolvió su mirada a la de la guerrera.

—Ha estado esperando casi cuarenta veranos para que regrese junto a ella. Cuando estábamos casados, le prometí que nunca estaríamos separados. Entonces la fiebre se la llevó con los dioses… y yo tuve que ocuparme de los niños… tu padre y sus hermanos tan sólo eran bebés por entonces.

La garganta de Xena comenzó a contraerse.

—Así que me los llevé a Ekhinos conmigo… a mi casa de la infancia —la mirada del anciano parecía fija en su lejano pasado—. Ahora todos son hombres adultos, con sus propias familias. Todos mis hermosos nietos, como tú, están allí.

El anciano se giró ligeramente, encontrando su mirada los ojos de la guerrera directamente. —Ellos no… pueden entender por qué tengo que hacer esto —dijo con los ojos azules de repente muy serios—. Es hora de que regrese junto a mi Atalanta. La he extrañado tanto… y ella ha esperado tanto tiempo —su amable sonrisa suavizó su longeva expresión una vez más—. Pero sabía que tú lo entenderías. Lo haces, ¿verdad?

La alta y delgada mujer se encontró respondiendo ante la urgencia del anciano. Una cálida sonrisa cruzó el cincelado rostro. El asentimiento de la guerrera fue casi imperceptible.

Los ojos del anciano se cerraron y pareció quedarse dormido, con una feliz y dulce sonrisa en el marchito rostro. Soltó su agarre de la mano de la guerrera lentamente y su respiración se volvió profunda y regular.

La guerrera parpadeó sus lágrimas y se acercó para acariciar gentilmente el canoso, hirsuto rostro. Un profundo sentimiento de afecto surgió en el pecho de la mujer. Observó la pacífica figura durante un largo y quedo momento.

—Descansa ahora, abuelo —susurró—. Te llevaremos a casa. Lo prometo.

Xena cuidadosamente retiró su mano de la palma del anciano y se puso en pie lentamente. Cuando se dio la vuelta para buscar a la bardo, vio a la chica justo detrás de ella con lágrimas cayendo libremente sobre el suave y joven rostro.

La guerrera puso un dedo sobre sus labios y dirigió a la bardo hasta Argo. Rodeó sus hombros con un cariñoso abrazo y acercó a la chica confortándola.

Silenciosamente, Xena liberó las riendas del caballo y suavemente guió al animal hacia delante. El paso de Argo era firme y suave mientras regresaban al camino. Las dos amigas caminaban lado a lado.

Ambas permanecieron en silencio un buen rato. Finalmente Gabrielle, que parecía haber recuperado un mínimo de compostura, se giró con solemnidad hacia la guerrera.

—Vuelve a su casa en Lataera para morir, ¿verdad?

La guerrera miró un momento a la bardo. La alta y robusta mujer asintió, contempló el camino que tenían por delante y después volvió a girarse hacia la bardo, cuya cara estaba surcada de lágrimas.

—Lataera está a más de un día de camino de aquí, Gabrielle. No creo que le quede tanto tiempo.

La bardo se giró hacia la figura durmiente del viajero. Las lágrimas volvieron a correr sobre su apenada expresión.

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