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XWP Gen » Una semana cualquiera o Lo que pasó en una semana » 02
:: UNA SEMANA CUALQUIERA o LO QUE PASÓ EN UNA SEMANA::
(A WEEK IN THE LIVES or THE WEEK THAT WAS)
—Quizás sea más fuerte de lo que parece.
—Eso espero —dijo la guerrera con tristeza—. No estamos ni a mitad de camino.
Las mujeres siguieron caminando en silencio durante casi una hora. Ninguna parecía estar por la labor de expresar en voz alta la idea de que tal vez no pudieran cumplir la última voluntad del anciano. Ninguna quería admitir la posibilidad de que la edad y la condición de Cadmus les hiciera perderle.
Hacia media tarde Xena se preocupó al no escuchar ningún sonido proveniente del viajero. Dirigió sus pasos hacia un lado del camino, detuvo a Argo y retrocedió para echar un vistazo a su pasajero. La guerrera se preocupó más aún al notar la palidez que había empezado a colorear la durmiente cara del viejo.
Sacó con rapidez el odre de agua de las alforjas que portaba el caballo en su lomo, se deshizo del corcho que mantenía sellada la piel y se arrodilló junto a la silueta del viajero.
—¿Abuelo? —dijo con dulzura—. Abuelo —repitió colocando su mano sobre el hombro del anciano.
Sus ojos se abrieron a duras penas y miró a su alrededor un momento, antes de posarse con fatiga sobre la leve sonrisa de la guerrera.
—¿Quieres un poco de agua?
La sonrisa del anciano surgió lentamente de sus labios. Trató de incorporarse solo y tomar el odre, pero era obvio que sus fuerzas estaban mermando con rapidez.
Xena alcanzó por detrás los hombros del viejo y elevó su frágil cuerpo. Gabrielle se reunió con ella junto a la litera y se arrodilló para ayudar a Cadmus a llevarse el cuero a los labios. Tomó un pequeño trago, sonrió a la bardo y se las arregló para tomar uno más.
La muchacha apartó el odre y se sentó para volver a taparlo antes de dirigir una sonrisa de consuelo al debilitado hombre.
La guerrera hizo descender la espalda del anciano otra vez sobre las suaves ramas y, una vez más, se inclinó para tocar su arrugada frente. Los ojos del hombre volvieron a abrirse.
—¿Cuánto? —preguntó con un tono cansado y afligido.
—No mucho.
Xena miró a los ojos verdes de la bardo. Su barbilla temblaba visiblemente, pero mantenía una sonrisa decidida y firme.
El hombre se recostó, acomodándose en la camilla verdosa, con gran esfuerzo. Luego, sus ojos buscaron los de la guerrera una vez más. Ella observó que trataba de alcanzar el pequeño petate que yacía a su lado y se inclinó para acercárselo.
—Éste es mi traje de bodas. Quiero llevarlo cuando vuelva a ver a mi Atalanta.
Xena sonrió al afligido y envejecido viajero. Le dio unas palmaditas en la mano y asintió.
—Nos encargaremos de que estés lo más elegante posible.
El anciano sonrió de nuevo y cerró los ojos. Abrazó amorosamente el pequeño bulto acariciándolo con sus delgados dedos como si se tratara de un preciado tesoro.
Las dos mujeres se levantaron y, después de que Xena devolviera el odre al lomo del animal, caminaron hasta quedar frente a ella. La yegua relinchó suavemente y acarició con su cabeza el pecho de Xena. Con aire ausente, la guerrera comenzó a acariciarle la frente y, por un momento, pareció perderse en sus propios pensamientos. Luego recogió las riendas de cuero.
Gabrielle se movió para caminar a su lado. Sin saber por qué, sentía tranquilidad al estar cerca de su amiga. Xena posó una mano, cariñosamente, en el hombro de su amiga. Durante una docena de zancadas ninguna de las dos habló. Finalmente la guerrera se giró hacia la bardo.
—Ya sabes, nunca tuve la oportunidad de decir adiós a Boupa… mi propio abuelo —Gabrielle observó el estoico rostro de su amiga.
—Eso es lo que Liceus y yo solíamos llamarle. Era un hombre enorme, casi como un oso, siempre feliz, siempre deseando regalarnos su atención.
La bardo siempre se sentía bastante especial cuando la guerrera compartía algún recuerdo íntimo con ella. Esperó a que su amiga continuase, pero se había vuelto a sumir en sus propios pensamientos.
La chica esperó pacientemente. Podía ver la privada angustia claramente reflejada en su expresión. El corazón de la joven rubia le dolió al vislumbrar el sufrimiento de su compañera, pero había aprendido precisamente cuándo podía pincharla y embromarla y cuándo no. Finalmente la guerrera empezó a hablar de nuevo, con una voz débil y arrepentida.
—He tenido este prendedor del pelo desde que Boupa me lo regaló por mi décimo cumpleaños. Nunca he estado sin él. No importa si está en las alforjas de Argo o en mi pelo… siempre, incluso cuando era… incluso durante aquellos días de lucha.
La pequeña bardo observó la agitación de la mandíbula de la guerrera.
—Al año siguiente, me hizo una pequeña espada. Era pequeña, claro, del tamaño adecuado para mi mano por aquel entonces.
Puso las manos enfrente de ellas, no muy separadas entre sí, para mostrar la largura de tan diminuta arma.
La cara de la chica se iluminó con una divertida sonrisa.
Por un momento sus ojos azules se volvieron amables al rememorar aquellos felices recuerdos, después su mirada se lleno de remordimientos y vergüenza.
—Cuando recibí el mensaje de que Boupa estaba enfermo, ni siquiera reaccioné. Leí las palabras que madre había escrito, enrollé el pergamino y lo lancé al fuego —la voz de la guerrera se quebró, y se tragó todo el sufrimiento que atenazaba su garganta—. Cuando mi cabeza se dio cuenta de lo que realmente significaba el mensaje, era demasiado tarde. Se había ido. Y ni siquiera me había molestado en tomarme tiempo para decirle cuanto había significado para mí.
La joven rubia observó como las lágrimas surcaban el torturado rostro de su mejor amiga.
—Intenté encontrar su cripta una vez, pero madre se negó a decirme donde está. Quizá algún día lo haga. AL menos me gustaría visitarla… decirle adiós y cuánto… le quise.
Gabrielle se quitó en silencio sus propias lágrimas. Las dos mujeres siguieron andando, cada una envuelta en sus visiones personales.
Finalmente Xena detuvo a Argo, con una clara decisión en su cara. La alta mujer se volvió con alguna intención hacia Gabrielle y, echando un rápido vistazo, bajó la cabeza para hablarle en voz baja a la bardo. La chica inclinó la cabeza para escuchar mejor las palabras de la guerrera.
—Estaremos cerca del Golfo de Astavia dentro de muy poco. Si no llegamos a Lataera, le daremos un funeral amazona en las aguas del Astavia. ¿Qué te parece?
Los ojos de la bardo eran amables dentro de su adorable cara. Sintió una gran oleada de afecto por la honorable mujer que llamaba su mejor amiga y un gran orgullo por la decencia y la bondad de la guerrera hincharon su corazón. La pequeña rubia puso su mano con cariño alrededor del musculoso brazo de la guerrera.
—Es una idea maravillosa. Me siento orgullosa de que pienses así.
Las dos amigas intercambiaron sonrisas de afecto. Después la guerrera azuzó al caballo a seguir adelante.
Pronto el sol se hundió lentamente hacia el horizonte, encima de ellas en el cielo. Durante toda la noche, las mujeres habían establecido turnos para comprobar el estado del cuerpo que dormía en la camilla.
Ahora, mientras Gabrielle sostenía las riendas de Argo, escuchó una voz triste y silenciosa que flotaba hacia ellas.
—‘Taia.
La guerrera se giró inmediatamente y comenzó a andar hacia la camilla, mientras la bardo detenía a Argo. Cuando el caballo estuvo seguro, la bardo se apresuró para unirse a ella. Se detuvo abruptamente en cuanto vio a Xena acunando al anciano cariñosamente entre sus brazos. Gabrielle permaneció de pie atónita mientras el anciano tomaba la temblorosa mano de la guerrera.
—Esperé demasiado tiempo, ‘Taia —susurró la voz—. No tengo la fuerza que creí tener.
—Aguanta, abuelo —dijo Xena con voz trémula—. Casi hemos llegado.
El abuelo recorrió con cuidadosos dedos el rostro de la llorosa mujer, entonces ella volvió a capturar su mano entre las suyas.
—No pasa nada, cariño. Lo intentamos. Hiciste todo lo que pudiste. Es todo lo que una persona puede hacer. Recuérdalo. Tu abuela lo comprenderá. Y tú debes aprender a hacer lo mismo. Tienes que creer en la bondad de tu corazón.
Gabrielle alzó sus manos para cubrir sus sollozos mientras se arrodillaba silenciosamente junto a la guerrera.
El anciano parpadeó lentamente, entonces se esforzó para enfocarlos de nuevo en la guerrera. —Ninguna lágrima por mi, mi dulce ‘Taia. He tenido una vida larga y gloriosa. Ahora voy a reunirme con mi amor y pasar la eternidad junto a ella.
Los sollozos sacudieron el cuerpo de la guerrera. Llevó los largos y delgados dedos hasta sus labios.
—Nos veremos de nuevo —dijo la debilitada voz—. En los Elíseos —el anciano movió la barbilla de la guerrera hacia su mirada—. Lo sé —dijo claramente—. Tendremos de nuevo momentos mágicos juntos.
Los cansados ojos azules se volvieron hacia la joven mujer arrodillada junto a la guerrera.
—Adiós, pequeña bardo —le dijo a los lacrimosos ojos verdes—. Me alegra saber que vosotras dos cuidaréis bien la una de la otra. Sed felices y cuidaos, queridas.
Los límpidos ojos azules se cerraron lentamente y la delgada y frágil mano se relajó.
Las dos mujeres se encontraban arrodilladas sin decir nada junto a la camilla. Xena se inclinó para tocar el arrugado cuello, busco esperanzadamente pulso. Cuando sus dedos no encontraron ninguno, se sentó resignada con las manos temblando ligeramente.
Se giró hacia la llorosa bardo y pasó un brazo alrededor del tembloroso cuerpo de la chica. Las dos amigas lloraron juntas por el amable anciano al que ambas habían llegado a apreciar en el corto tiempo en el que había bendecido sus vidas.
Finalmente la guerrera secó su rostro, inspiró profundamente y se volvió hacia su compañera. —Construiremos una balsa y la pondremos a flote en las aguas del golfo. Entonces su espíritu será libre para viajar el resto del camino —tomó la mano de la bardo—. ¿De acuerdo?
La chica asintió, disminuyendo los sollozos y devolviendo a la normalidad su comportamiento.
Mientras los últimos rayos del crepúsculo se deslizaban por el cielo tornándolo de color salmón, las dos figuras sentadas en la orilla del golfo de Astavia contemplaron cómo la pequeña balsa navegaba lánguidamente a través del agua, que ya brillaba débilmente. Las brillantes llamas que rodeaban la plataforma se reflejaban en las gentiles olas del estanque.
Una melodía persistente y respetuosa flotó desde la figura que se encontraba de pie junto al oleaje. Mientras la última nota de la canción se desvanecía en la noche, se escuchó un único suspiro entre los silenciosos sonidos del atardecer.
—Adiós, Boupa.
DÍA DOS: LA SORPRESA
Por PeriBear
—Odio las mañanas —gruñó Gabrielle mientras comenzaba a avivar la hoguera y bostezaba interminablemente. Algunas mañanas simplemente le costaba más despertarse que otras. Y ésta era definitivamente una de esas mañanas. Mientras añadía otra pieza de madera a las llamas, miró desconsoladamente a su manta, entonces sacudió la cabeza.
"Detente", pensó. "Es una preciosa mañana: fresca, serena, se avecina otro día de aventuras. O tal vez simplemente otro día de caminar, y caminar, y caminar… y de tratar de mantener una conversación, por lo que voy a terminar desolada y ¡totalmente enojada!".
De nuevo, contempló con cierta nostalgia la manta, y lo siguiente que deseó fue ir a cuatro patas de regreso al cálido lecho y al sueño que había sido interrumpido al despertarse.
"Oh, no, no lo hagas", pensó mientras se forzaba a permanecer en el lugar donde se había parado. "Si no tengo un fuego en marcha y el asador preparado y esperando cuando Xena regrese con lo que sea que haya conseguido para desayunar… bueno, ha estado muy tierna últimamente, no quieres que se termine, ¿verdad?".
"No, tienes razón", meditó la bardo para sí misma.
Era una persona tan parlanchina que, cuando no había nadie con quien hablar, mantenía conversaciones consigo misma, a veces olvidando lo que hacía y siempre sin ser consciente de que mucha gente, incluida su mejor amiga, podría pensar que era un poco extraño que hiciese eso.
"No puedes empujarla a que se acerque tanto al filo como hiciste la semana pasada", reflexionó Gabrielle continuando con su conversación interna. "Cuando vas demasiado deprisa, te castiga rehuyendo del todo hablar y entonces, ¿dónde estás?".
"Tienes razón. Sé que tienes razón, pero a veces no puedo ayudarla", pensó, entonces comenzó a burlarse e imitar a la guerrera por lo que había dicho unos días antes. "Dijo que te iba a hacer pagar por eso, y normalmente le gusta esperar hasta que has olvidado lo que hiciste de modo que te pueda tomar totalmente por sorpresa. Algo sobre que la venganza es un plato que se come frío. Tienes que ser firme. Ahora más que nunca. Probablemente dé el golpe hoy o tal vez mañana. Ahora, ¡vamos! ¡Levántate! ¡Guarda tu imaginación, jovencita!
El estómago de la pequeña bardo comenzó a rugir al tiempo que sacudía la cabeza y se estiraba lánguidamente antes de ponerse en pie y acercarse de nuevo al fuego. Añadió unos pocos trozos de madera a las llamas, después se giró para levantar su manta, la cual dobló al tiempo que una bocanada de aire frío llevó el pelo a su rostro.
Una ramita crujió detrás de ella. Con un movimiento fluido, dejó caer la manta, agachándose, agarró su cayado y lo giró en redondo, poniéndose al instante en posición de ataque.
—¡Vale, vale! —advirtió la guerrera—. Sólo soy yo.
Incorporándose de la posición que había adquirido automáticamente, Gabrielle apoyó uno de los extremos del cayado en la tierra y se percató de la apariencia de Xena desde sus pies descalzos, pasando por los dos grandes peces de su mano izquierda, hasta llegar a su cabello húmedo pegado a su cara y goteando por su espalda.
—¿Qué? —inquirió Xena mientras se contemplaba a sí misma y después a la bardo.
—¿Tomaste un baño?
—¿Y?
—¡¿Me estaba muriendo de hambre mientras tú tomabas un baño?!
—Sí, bueno… sí.
Gabrielle suspiró, dejó caer su cayado y comenzó a caminar por el campamento en dirección a la guerrera, con la mano extendida para recibir el pescado. Al mismo tiempo, Xena lanzó el desayuno al suelo y respondió a los movimientos de su amiga permaneciendo en todo momento justo enfrente, dejando el fuego entre ambas.
—¿Qué pasa hoy contigo? —preguntó la rubia al tiempo que se detenía para agarrar el pescado y tomaba aire para mirar a la guerrera.
—¿De qué hablas? No me pasa nada hoy.
De pronto, un potente hedor almizclado alcanzó a Gabrielle y arrugó la nariz en señal de disgusto.
—¡Agh! ¿Qué es eso? —exclamó, y se giró primero a un lado y luego al otro, oliendo el aire para tratar de localizar el objeto que provocaba el horrible hedor que atacaba su nariz. Finalmente, su olfato regresó a la dirección en que se encontraba su amiga—. Oh, muy divertido. ¡Ja!, ¡ja!
—¿De qué hablas?
—Dijiste que las pagaría y ya lo he hecho. ¡Ahora vete a enterrar lo que sea que huele tan mal!
—No puedo.
—¿Qué significa que no puedes?
—Sólo lo que ya he dicho. No trato de hacerte pagar nada, soy yo quien las ha pagado.
Gabrielle arrugó su nariz. —¡Oh, genial! ¡Bien, haz algo!
Xena suspiró profundamente e hizo un movimiento circular en el aire con su dedo, indicándole que deberían regresar a sus posiciones originales, las cuales la colocarían, una vez más, de cara al viento frente a la bardo.
Mientras Gabrielle regresaba donde había estado al regreso de la guerrera con el desayuno, el asqueroso olor se disipó considerablemente y su cara se relajó.
—Puag, Xena, qué apestoso.
La guerrera hizo rodar sus ojos, y al verlo, la pequeña bardo no pudo contenerse por más tiempo y se echó a reír.
—Oh, eres de mucha ayuda.
—Lo siento —logró decir Gabrielle entre carcajadas—, ¡pero creí que tendrías la capacidad suficiente de esquivar a una mofeta!
—Bueno, no iba exactamente buscándola. Cuando me di cuenta de que la tenía a mis pies, estaba tan sorprendida como lo estaba ella. Simplemente tuvo una forma distinta a la mía de enfrentar la sorpresa.
La pequeña rubia estaba empezando a recuperar su compostura, pero esta última escena la hizo estallar otra vez, debilitando sus piernas y cayéndose al suelo.
Una mirada de poca tolerancia cruzó el rostro de Xena.
—¡¿Piensas ayudarme a salir de esto o vas a pasar el día revolcándote a carcajadas por el suelo?!
—Lo siento —jadeó Gabrielle, limpiándose las lágrimas de sus ojos—, ¡pero ésta es la cosa mas ridícula que nunca te ha ocurrido.
—¡¿Crees que no lo sé?! Ahora, ven, ¡acércate! ¡Tenemos que ver que hacemos!
—Tienes razón, lo primero es lo primero. Vamos a comer.
—¡¿Qué?!
—Estoy hambrienta.
—¡Y yo apesto, por el gran Olimpo!
—Ya, me di cuenta.
—¡No puedes comer mientras tenga esto!
—Oh, seguro que puedo. Me conoces. Puedo comer a cualquier hora, en cualquier lugar, cualquier cosa.
—¡Gabrielle!
—¿Mmm?
—¡Déjalo ya!
—Vale, vale —dijo la bardo, comenzando a reírse, pero tratando de mantener el control—. Obviamente, esto es debido a que decidiste tomar un baño a primera hora.
—¡Sí!
—No ayudó mucho, ¿eh?
—Bueno, ¿tú qué crees?
Gabrielle casi vuelve de nuevo, pero una penetrante mirada de la guerrera le advirtió que no seria una buena idea hacerlo. Cuando finalmente consiguió mantenerse de pie, dijo: —Vale, ¿dónde te tocó?
—En mis piernas.
—¿Las dos?
Xena asintió.
—Bueno, al menos no llevabas tus botas y no impregnó el cuero. No hubiésemos podido nunca quitarlo de allí.
—Oh, eso me hace sentir muuuuucho mejor.
—Vamos, podría haber sido mucho peor.
—Es fácil para ti decirlo. Tú puedes ponerte contra el viento detrás de mí. ¡Yo no puedo!
La pequeña bardo pudo sentir la risa pugnando por salir de nuevo y se mordió el labio mientras la guerrera rodeaba la fogata para dirigirse a sus alforjas.
—¡Uau! —dijo la bardo, arrugando la nariz y señalando a la posición original de Xena con el viento soplando a su favor—. ¡Por favor! Ten un poco de piedad.
—Bueno, entonces tira mi armadura allá —gruñó la guerrera.
Gabrielle obedeció y Xena se puso el peto mientras la rubia se ponía a preparar el desayuno.
—De acuerdo, vamos a ver. Supongo que lo primero que necesitamos hacer es dar un pequeño rodeo hasta Pharsalus.
—¿Para qué? —preguntó la guerrera mientras se sentaba en el suelo y comenzaba a ponerse la botas.
—¡Hey! ¡No hagas eso!
—¿Por qué no?
—Porque el mal olor penetrará en el cuero de la parte interior y acabaremos teniendo que comprarte unas nuevas.
—Oh.
La bardo detuvo lo que estaba haciendo y miró a su amiga. —No tienes experiencia en esto, ¿verdad?
—Por supuesto, yo… había un montón de… mis tropas solían… no.
Gabrielle comenzó a reírse de nuevo y Xena lanzó su bota a la basura.
—De acuerdo, ríete.
La pequeña bardo la miró, limpiándose las lágrimas, intentando recobrar algo de decoro.
—No, en serio. Ríete. Desahógate.
—De acuerdo —contestó Gabrielle y se derrumbó en el suelo de nuevo, sujetándose el estómago.
Xena respiró profundamente y se recostó, esperando que el último torrente de risas se agotase.
—Vas a pagar por eso, lo sabes.
—Lo sé —chilló la rubia.
La guerrera enrolló los ojos y esperó que la histeria de su amiga llegase a su fin. Finalmente, habló: —¿Ya está? ¿Ya te has desahogado?
—Por el momento —contestó la bardo, aún riéndose.
—Bien. Por el momento, lo daré por bueno. Así que, ¿por qué tenemos que ir a Pharsalus?
—Zumo de tomate —jadeó la rubia, comenzando a rendirse ante la risa una vez más.
—¡¿Zumo de tomate?! ¿Para qué necesitamos zumo de tomate?
—Vas a remojarte en él.
—¡Oh, eso es repugnante!
—Lo sé —chilló Gabrielle, riendo tan fuerte que apenas podía respirar.
De pronto, Xena vio una mirada de pánico invadir el rostro de la bardo y observó como su amiga trastabillaba hasta ponerse de pie y, con las rodillas juntas, se apresuraba hacia los matorrales.
—¡Espero que no te lo hayas hecho! —exclamó la guerrera, sonriendo.
Unas horas más tarde, Xena caminaba pesadamente y descalza por el camino a Pharsalus. De pronto, se detuvo y agarró su pie derecho, saltando sobre el izquierdo.
—¿Estás bien? —inquirió la pequeña bardo veinte pasos detrás de ella, con la brisa empujándole el cabello sobre su rostro.
—No. ¡No estoy bien! Estas piedras me están matando.
—Oh —dijo Gabrielle, intentando denodadamente no sonreír—. ¿Quieres probar con Argo otra vez?
—No. No necesito ser rechazada por mi mejor amiga dos veces en un día.
—¡Hey! Pensé que yo era tu mejor amiga.
—No, hoy no lo eres —replicó la guerrera y se puso en camino de nuevo, cojeando ligeramente.
—Eso es algo terrible. Ahora has herido mis sentimientos.
—¡Bien! —gritó Xena sobre su hombro. Entonces apretó los dientes al alcanzar la risa de la bardo sus oídos.
Mientras el camino serpenteaba entre los bosques y el viento cambiaba de dirección, la bardo se encontró en la situación poco envidiable de estar a favor del viento detrás de la princesa guerrera.
—Xena.
—¿Qué?
—Tenemos que cambiar.
—¿Cambiar qué?
—¡Vamos! El viento ha cambiado de dirección.
—¿Y?
—¿Quieres ponerte al otro lado del viento, por favor?
La guerrera se detuvo totalmente con mirada de disgusto. Después se giró y pesadamente se volvió y deshizo la distancia que ya había cubierto.
Mientras se acercaba, Gabrielle sonrió y se sujetó la nariz, lo que ya era suficientemente malo, pero entonces Argo relinchó y se asustó, tirando de las riendas intentando poner más distancia entre sí misma y su ama.
Xena le lanzó una mustia mirada a la yegua y murmuró: —¡Traidora!
La risa de la bardo murió en su garganta cuando notó un movimiento por el rabillo del ojo. Miró hacia atrás al camino justo a tiempo de ver a tres hombres acercándose por la siguiente curva. Dada su indumentaria y su conducta, era obvio que el trío no buscaba nada bueno.
—Xena.
—Los veo —anunció la guerrera mientras se cambiaba de dirección de nuevo y retomaba sus pasos. Estaba sacando la espada de su funda cuando la bardo puso una mano en su brazo.
—No vas a necesitar eso.
—¿Bromeas? —gruñó la morena—. Échales un vistazo. No se van a ir sin una buena pelea.
—Oh, creo que sí.
—Oh, ¿de verdad? ¿Y cómo lo sabes?
La rubia se giró hacia su alta amiga, con los ojos llorosos por su proximidad a la extremadamente odorífera guerrera.
—De acuerdo. Vas a pensar que estoy bromeando de nuevo —explicó Gabrielle con los ojos brillando a través de las lágrimas—, pero te juro que no. Todo lo que tienes que hacer es ponerte cerca de esos tipos y se irán de aquí.
Xena apretó las mandíbulas y miró fijamente a la bardo.
—En serio. ¿Tú te quedarías justo aquí en este momento, si no tuvieras que hacerlo?
La guerrera la miró veladamente, después volvió a guardar la espada en su funda. Inspiró profundamente, expulsó los nocivos gases de sus pulmones fijando una sonrisa en su rostro, se giró y caminó hacia el trío de matones.
La bardo observó cómo los tres hombres sacaban sus armas y avanzaban hacia su amiga. Dándose cuenta de que la guerrera obviamente no iba a pelear, sus miradas maliciosas se incrementaron y comenzaron a burlarse de la alta mujer.
De pronto, uno de los hombres se detuvo en mitad del camino y comenzó a olfatear el aire. La mirada de malicia desapareció del rostro de otro de ellos mientras arrugaba la nariz y entornaba los ojos. Finalmente, el tercero se detuvo, con una expresión similar en su rostro, y miró a la guerrera mientras se aproximaba a ellos.
El tercer hombre se giró hacia sus amigos y les dirigió algunas palabras, que Gabrielle apenas pudo oír. Después los tres se volvieron y comenzaron a retirarse tan rápido como pudieron.
Xena aceleró el paso y la bardo la oyó llamarlos: —¡Esperad, chicos! —Mientras la guerrera comenzaba a correr tras ellos, los hombres salieron disparados. Justo cuando desaparecieron en un recodo del camino, Xena se detuvo y oyó a Gabrielle gritarla algo—: ¿Fue algo que dije?
Xena oyó risas tras ella y se volvió para ver a la bardo riéndose y aplaudiendo. La guerrera vaciló un momento, después hizo una enorme y majestuosa reverencia, ampliando su sonrisa al oír el aplauso de su amiga incrementarse y gritos de "¡bravo! ¡bravo!".
En una hora habían pasado los bosques y Pharsalus estaba a la vista. Establecieron un campamento cerca de un enorme estanque, después Gabrielle llevó a Argo al pueblo. Rápidamente localizó una tienda y compró lo que necesitaba, después fue a la taberna.
Al ser media tarde, sólo había un grupito de clientes presente. La bardo caminó hasta la barra, elevó dos contenedores y los colocó sobre la larga y lisa superficie y pidió al tabernero: —Dos cubos de zumo de tomate, por favor. Para llevar.
El hombre simplemente la miró, sin creer lo que oían sus oídos.
—Perdón. ¿Señor? —llamó Gabrielle—. ¿Podría llenármelos? Tengo un poquito de prisa.
El tabernero parpadeó y salió de su aturdimiento. Después sonrió y dijo: —Por supuesto, señorita. Solo tardaré un momento.
Unos minutos después, volvió, arrastrando los ahora llenos y muy pesados cubos. — ¿Quieres que te los lleve a tu… a… donde sea que vas a llevarlos, señorita?
—Oh, sí, muchas gracias —contestó la bardo—. Mi caballo está justo ahí fuera.
Con el alivio claramente asomando en su rostro, el hombre siguió a Gabrielle al exterior y la ayudó a sujetar los cubos a ambos lados de la silla de Argo. Después de pagarle, la bardo dirigió a la yegua fuera de la ciudad. El tabernero la observó, con el ceño fruncido y rascándose la cabeza.
Entretanto, de vuelta al campamento, Xena estaba sentada en el suelo, recostada en una piedra, extendiendo sus musculosas piernas por delante.
"Vamos a ver", pensaba, "¿qué será esta vez? Siempre podría… no, probablemente ella está esperando algo así. ¿Qué tal…? No, lo hice el mes pasado".
Pensó durante un momento, después, suavemente, una malvada sonrisa comenzó a invadir su rostro, alcanzando incluso a sus ojos. —¡Eso es! —exclamó en voz alta, después se levantó y paseó, porque pensaba mejor de pie, y comenzó a planear su venganza.
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