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XWP Gen » Señales
DESCARGO:
Esto es un fanfic. Los personajes de Xena,
Gabrielle y Argo son propiedad de MCA/Universal
y Renaissance Pictures. Su inclusión
en esta historia no conlleva ánimo
de lucro.
ADVERTENCIA DE
CONTENIDO: Esta historia tiene contenidos
sexuales leves y bastante violencia, incluso
contra uno de los personajes principales.
Si esto te incomoda, por favor no lo leas.
Señales
(Signals). Traducción de
Xenafanfics. Traducción y
publicación autorizada por la autora,
Whishes. Si quieres hacernos
algún comentario escríbenos
a: xenafanfics@hotmail.com
:: SEÑALES
::
(SIGNALS)
Por
Whishes jkp@bright.net
PRÓLOGO.
Tal ternura no tiene lugar
en el corazón de un guerrero.
Conseguiré que
me maten.
O a ella.
Tengo que enterrar estos
sentimientos. No puedo preocuparme por ella.
No puedo preocuparme demasiado por esto. Casi
le dije cuanto significa para mí. Y
a pesar de todo sé que la asusté.
No sabe qué hacer con tal intensidad.
Ni yo.
CAPÍTULO
1.
El ritmo de los movimientos
de caballo calmó a ambas mujeres. Sus
cuerpos unidos, igual que sus pensamientos,
balanceándose hipnóticamente,
con la esperanza de no distanciarse nunca.
El peligro pasó, las lealtades se habían
probado, cabalgaban por un territorio pacífico,
en una misión para un aliado. Entregarían
un mensaje, disfrutarían de un merecido
descanso, y después hacia nuevas aventuras.
—Xena, ¿cuánto
tiempo hace que no ves a Demitros? —La
bardo había permanecio en silencio
más tiempo que de costumbre.—
¿Crees que habrá cambiado?
—Hace alrededor
de dos años, y él aún
no era rey. —consideró Xena.—
No, no creo que haya cambiado. No realmente.
Aunque sólo hablé con él
en una ocasión, podría decir
que es un buen chico.
—¿Eras una
señora de la guerra entonces?
—No. Yo había…
comenzado a cambiar, gracias a Hércules.
Sólo que no estaba segura de qué
hacer. Estaba descubriendo que es más
fácil decir que vas a hacer las cosas
bien, que hacerlas. —Gabrielle hubiera
jurado que Xena estaba aún preocupada
por aquellos momentos de su pasado, casi tan
preocupada como lo estaba por los diez años
que los precedieron.
—Tú siempre
has sido buena, Xena, —dijo Gabrielle.—
Simplemente perdiste tu camino durante un
tiempo.
—Después
de las últimas dos semanas, de la forma
en que me he comportado, ¿todavía
puedes creer eso? —El desprecio en la
voz de la guerrera era un tono que reservaba
para intimidar a los cobardes, y para sí
misma.
—Hiciste lo que
pensaste que era necesario… para salvarme.
—O para salvarme
yo. —Xena detuvo el caballo.—
Está demasiado oscuro para llegar al
castillo esta noche. Acamparemos y seguiremos
por la mañana. —Utilizó
una ridícula voz severa.— A primera
hora.
—Sí, Señora,
—replicó la joven. Xena la tomó
de la mano y la ayudó a bajarse del
alto lomo del caballo antes de desmontar ella
misma. Después de haber montado el
campamento tantas veces en los últimos
dos años ya no había discusión
sobre sus roles. Xena se ocupó rápidamente
de su yegua dorada y después ayudó
a Gabrielle a terminar las tareas más
sencillas. Por una vez estaban bien suministradas
de comida fresca, un regalo por acceder a
entregar el mensaje de Tibor.
Más tarde, se
relajaron junto a la hoguera, bien alimentadas
y sin temor. Sin temor. Gabrielle estudió
el perfil de su amiga y pensó en el
miedo de Xena. Dos semanas atrás no
habría podido imaginar que pudiera
existir una Xena asustada. Había visto
a su amiga feliz, absurda, irritada, enojada,
preocupada e incluso furiosa. Pero verla asustada
por una fuerza sobre la que no tenía
control… Por supuesto, Xena se equivocaba.
Había controlado la situación,
poniendo finalmente su vida en peligro para
salvar a todos los demás. Gabrielle
tembló en el cálido aire de
la noche. Esto no pasó desapercibido
a los agudos ojos de su amiga.
—¿La Horda?
—Sí, —pero
la pequeña pelirroja sabía que
eso no era todo. Había visto a Xena
de una forma que pensaba que no sería
posible. La había visto completamente
humana; la había visto casi irracional
por el miedo. Había visto a Xena dejar
caer sus viejas armas, sus viejos modos, y
tratar de luchar contra salvajes de una forma
salvaje. Tembló de nuevo, sabiendo
que esa reacción la causaba la Horda,
pero también algo más que la
Horda.
Viendo el segundo temblor,
Xena se acercó al lado del fuego en
el que estaba Gabrielle. Sentándose
tras la mujer más pequeña, colocó
una manta, y sus brazos, alrededor de ella.
Sabía que la noche era cálida
pero también sabía que aquel
era un frío que no venía del
aire o del suelo. Aquel frío venía
de dentro, y sólo se contrarrestaba
con el contacto humano. Cuando era niña
Xena sabía que aquella simple cercanía
podía reconfortar, pero lo había
olvidado. Gabrielle se lo había enseñado
de nuevo.
Gabrielle se recostó,
satisfecha, y dijo:
—Háblame
de nuevo de los problemas entre los dos reinos.
Aún no entiendo eso.
Xena rió entre
dientes.
—Sí que
lo entiendes. Simplemente estás llena
y perezosa y quieres que haga yo de bardo.
Gabrielle no lo negó,
pero dijo:
—Por favor, cuéntamelo.
—Está bien.
—Xena comenzó imitando el tono
de narradora de su compañera, pero
pronto regresó a su propia voz baja.—
Tibor y Demitros son primos. Ahora cada uno
gobierna el reino de sus padres, hermanos
enemistados, manteniéndose en el filo
de la guerra.
—La pelea fue por
la religión, —interrumpió
Gabrielle.
—O por cuál
hermano era el preferido de mamá. Pero,
sí, la excusa fue la religión.
—Xena pensó en todas las cosas
que se hacían en nombre de la religión.
¿Era eso por lo que ella, que conocía
a más dioses que la mayoría
de los mortales, tenía tan poca fé?
—Los bardos tienen
que hablar… preferiblemente en voz alta.
—Estoy totalmente
de acuerdo contigo. —Xena pensó
en donde lo había dejado pero no mucho
después Gabrielle se lo recordaría.—
Los hermanos había crecido en la misma
religión, por supuesto, pero cada uno
siguió como adulto a un sacerdote distinto.
Yo nunca vi las diferencias, pero los hermanos
estaban convecidos de que eran reales. Cuando
cada uno heredó un reino distinto…
—Cada uno había
heredado un reino de un abuelo.
—Exacto. Una línea
de sucesión era paterna, la otra materna,
así que cada uno tenía un reino
que gobernar.
Como un niño apresurando
a su personaje favorito en el cuento de antes
de dormir, Gabrielle preguntó:
—¿Cómo
te viste envuelta en esto?
—Mi primera participación
fue como señora de la guerra. —A
Xena no le gustaba hablar de esta parte, pero
era demasiado honesta como para obviarla.
—El reino del padre de Tibor era más
próspero en aquellos momentos, así
que él podría pagarme más.
Gabrielle se dio cuenta
de que ella no había oído esta
parte antes.
—¿De modo
que te pagó para que atacaras el reino
de su hermano?
—No, me pagó
para que no atacara el suyo. El otro ataque
fue cosa mía.
—¿Cómo
acabó aquello?
—El padre de Demitros
consiguió el dinero suficiente para
que me fuera. Así que yo dejé
ambas tierras en paz y encontré a otra
gente a la que atacar. —Sacudió
su cabeza como si se asombrara de su propia
capacidad para el mal.— Hace dos años
me volví a ver envuelta. Fue en el
tiempo entre que dejé a Hércules
y cuando nos conocimos.
—Cuando me salvaste,
quieres decir. La primera vez.
Xena ignoró la
interrupción, siempre se avergonzaba
por lo que ella consideraba "el culto
al héroe" de Gabrielle.
—Me topé
con un grupo de personas que estaban siendo
conducidos en manada como animales a un redil.
Pensé que estaban siendo raptados por
negreros y yo… interferí.
—Puedo imaginármelo.
—Cuando fueron
liberados y la gente que los había
retenido se había… marchado,
descubrí que lo que pasaba no tenía
que ver con la esclavitud. Era una persecución
religiosa. Verás, aquella gente vivía
en tierras regidas por el padre de Demitros,
pero seguían la religión del
otro reino. Habían sido golpeados y
sacados por la fuerza de sus hogares, y estaban
a punto de ser encarcelados. Todo porque ellos
no se arrodillaban en el momento "correcto"
o no decían sus oraciones en el orden
"correcto".
—Así que
fuiste a hablar con el rey.
—Sí, lo
hice. Estaba llena de este afán mío
por hacer el bien. Sabía que yo convencería
al rey de que tratara mejor a aquellas personas.
—Pero no funcionó.
—No, no funcionó.
—Xena miraba fijamente el fuego.—
Mientras que yo hablaba con el rey, algunos
buenos vecinos de aquellas personas, que habían
regresado ya a sus casas, los capturaron,
torturaron y quemaron hasta matarlos.
Gabrielle colocó
su pequeña mano sobre la de su amiga.
El consuelo brotaba tanto de aquella acción
como de sus palabras.
—Pero tú
hiciste algo bueno.
—Sí, pero
sólo por casualidad. El corazón
del rey se había endurecido contra
cualquiera que no creyera exactamente lo mismo
que él. —Xena sintió como
su propio corazón se endurecía
al recordar los resultados de la testarudez
de aquel anciano.— Pero su hijo, un
chico de sólo dieciocho años,
oyó lo que dije. Me detuvo cuando estaba
abandonando el castillo. Dijo que cuando él
fuera rey, llevaría la paz a los dos
reinos y haría que fuera seguro para
la gente en su propia nación seguir
el culto que ellos desearan.
—¿Le creíste?
—preguntó Gabrielle.
—Creí que
pensaba así, pero aún no era
rey. Salí corriendo del castillo para
decirle a la gente que yo los ayudaría
a conseguir su seguridad. —Xena se tensó
de nuevo por el recuerdo de lo que había
encontrado, los cuerpos mutilados de hombres
y mujeres y…
Gabrielle apretó
su mano y Xena se preguntó quién
sostenía a quién.
—Pero se convirtió
en rey un año después y mantuvo
su promesa, —dijo Gabrielle.
—Sí, él
y su primo Tibor se convirtieron en reyes
de sus respectivos países con pocos
meses de diferencia. Demitros cambió
las leyes religiosas en su propio reino y
envió una oferta de paz a Tibor.
—Y ahí es
donde tú entras de nuevo en la historia,
—comentó Gabrielle con satisfacción.
—Donde nosotras
entramos. —sonrió por primera
vez Xena.— Durante dos años he
creído que la masacre de aquella pobre
gente fue mi peor fracaso. Aquello me hizo
huir de la misión que le había
dicho a Hércules que tomaría,
de la promesa de compensar algunas de las
terribles cosas que había hecho. Decidí
enterrar mi pasado, mis armas, enterrarme
a mí misma. —Se perdió
de nuevo en sus pensamientos, pero regresó
al momento.— De cualquier modo, hace
unos días Tibor fue finalmente capaz
de ponerse en contacto con nosotras. Demitros
había solicitado que yo fuera la persona
que llevara el tratado a los dos reinos. El
tratado que garantizaría la paz y la
tolerancia religiosa en ambas naciones.
—Ya que tú
fuiste la responsable de ello, la que convenció
a Demitros para que arreglara los errores
de su padre, —dijo Gabrielle orgullosa.
—No, —le
corrigió Xena,— porque él
es un buen hombre que estaba preparado para
escuchar lo que yo tenía que decir.
Lo habría hecho incluso sin mí.
—Quizá.
—Gabrielle trató de evitar un
bostezo.— Así que mañana
entraremos en el reino de Demitros. Y tú
establecerás una era dorada, un tiempo
de paz, un día de…
Xena se inclinó
para darle a su amiga un beso en la frente.
Gabrielle estaba tan sorprendida que dejó
de hablar y preguntó:
—¿Y eso
por qué?
—No lo sé,
—respondió Xena.— Pero
funciona.
CAPÍTULO
2.
Las flechas silbaban
por el aire. Los soldados se agrupaban bajo
la muralla y sostenían los pequeños
escudos sobre sus cabezas. Cuando las flechas
encontraban sus objetivos, los gritos de los
heridos dentro de la fortaleza se entremezclaban
con los lamentos de los enemigos moribundos.
Xena estaba fuera de la fortaleza, luchando
a través de una masa de carne, cortando
con su espada gargantas y miembros, amontonando
cadáveres… Por más que
cayeran muchos, otros ocuparían su
lugar. La empuñadura de su espada se
estaba volviendo resbaladiza con el sudor
y la sangre, y ella aún no estaba cerca.
—¡Gabrielle,
Gabrielle!
—¡Xena!
—¿Gabrielle?
Xena notó que
estaba tendida sobre la hierba. Sentía
como si tuviera un peso sobre su pecho. ¿Había
sido herida? ¡Oh, no! ¿Quién
salvaría a Gabrielle?
—Xena, estoy aquí.
—La voz estaba muy cerca de su oído.
Calmada.— No estoy herida. Estamos en
nuestro campamento.
La guerrera abrió
los ojos a la luz de la lumbre. La cara de
su amiga estaba a pocos centímetros,
y su cuerpo era el peso que Xena sentía
sobre su pecho. Viendo la comprensión
en los ojos de Xena, Gabrielle se deslizó
a su lado, pero siguió sosteniendo
la barbilla de Xena con su mano.
—Tú estás
bien, —la apaciguó.— Yo
estoy bien. Nadie ha sido herido. —Sus
tranquilizadoras palabras continuaron hasta
que la respiración de Xena se volvió
más calmada, y sus ojos menos salvajes.
—Lo siento.
—Has tenido una
pesadilla. —Gabrielle impulsivamente
acercó su mejilla a la de Xena. Alejándose
miró la cara de la mujer en la que
confiaba más que en cualquier otro.
Recordando el consueño que ella había
recibido a través de un beso de la
mujer, dulcemente rozó sus labios con
los de ella. El beso se alargó, y entonces
unas fuertes manos giraron a la pequeña
pelirroja sobre su espalda. El peso de Xena
presionaba a Gabrielle y el beso cambió,
la suavidad de una mujer se transformó
en la urgencia de la otra.
Las manos de la más
pequeña estaban apresadas entre las
dos y ella luchó por liberarlas. Xena
colocó sus manos a ambos lados de la
cabeza de Gabrielle y alzó su cuerpo
permitiendo a sus hombros y sus antebrazos
sostener su propio peso. Capaz de moverse,
Gabrielle empujó hacia arriba con todas
sus fuerzas. Sorprendida Xena levantó
la cabeza para observar la cara de su amiga.
—Alto. —Gabrielle
jadeó.— No… —La otra
mujer encontró sorpresa donde había
pensado encontrar deseo.
Xena se alejó
y se tumbó sobre su espalda con un
brazo cubriendo su cara.
—Lo siento.
Gabrielle se sentó.
—Está bien.
Sólo estaba asustada. Ha sido toda
una sorpresa.
—Nunca te haría
daño.
—Ha sido culpa
mía. Aún no estabas despierta
y yo prácticamente trepé sobre
ti. —Gabrielle tocó la mano de
Xena y sintió como su amiga retrocedía.
Xena se sentó y miró el rostro
amado. Sentía que aquello era lo más
duro que había hecho jamás.
—No ha sido culpa
tuya. Estaba despierta y sabía exactamente
lo que estaba haciendo.
—Xena…
—Tú eres
quien siempre dice que tenemos que hablar.
Escúchame ahora. —Gabrielle asintió.—
Tengo estos sentimientos hacia ti. —Tomó
la mano de Gabrielle y la colocó sobre
su propio corazón. —Aquí.—
Gabrielle sintió el fuerte latido,
y en ese momento retiró la mano. —Me
siento completa contigo. Con preocupación.
Con una ternura como nunca he sentido antes.
¿Me puedes decir que no sabías
esto? Aunque sólo sea eso has tenido
que sentir mi miedo.
—¿Miedo?
La Horda
—La Hoda. Simplemente
la Horda, no. Cualquier cosa que amenace tu
seguridad. —Gabrielle estaba quieta,
tan quieta que a Xena le recordó a
una liebre justo antes de ser atrapada por
un zorro…— ¿No has visto
cómo me he comportado las últimas
semanas? ¿Comprendes que haría
cualquier cosa, renunciaría a cualquier
cosa, mi vista, mi vida, mi honor… por
defenderte de todo aquello que pudiera dañarte?
—Lo entiendo.
—¿Pero no
te diste cuenta del porqué? —Xena
se sentó sobre sus heals y miró
a la distancia.— Tampoco yo. Aún
no estoy segura. ¿Pero qué más
puede ser este sentimiento? ¿Qué
puede causar tal desesperación?
—Te quiero, Xena.
Tú lo sabes.
—Y sé que
has hecho sacrificios por mí, Gabrielle.
Pero yo no sólo tengo este cariño.
Hay un deseo con él, un deseo de algo,
pero de algo que yo no sabía. Simplemente
sabía que necesitaba algo. —Devolvió
su fija mirada a la cara de Gabrielle.—
Algo.
—Xena, ¿he
hecho yo algo…?
—No, Gabrielle.
—La risa de Xena tenía un matiz
de ironía.— Tú no has
hecho nada. Yo no he hecho nada. Sólo
me he hecho preguntas.
—No lo sabía.
—Ahora sí.
—Al mirar el rostro de Gabrielle, Xena
sonrió con sinceridad. — Ah,
Gabrielle no lo veas tan trágico. Pregunté,
respondiste. Eso es todo lo que esta pasando
aquí. Somos las mismas que éramos
hace un momento. Y todavía somos amigas.
Los ojos de Gabrielle
brillaron al humedecerse por las lágrimas.
—Las mejores amigas.
Xena asintió.
—Vamos, pronto
será de día. Levantemos el campamento
y vámonos. No creo que ninguna de las
dos tenga muchas ganas de dormir.
CAPÍTULO
3.
El pueblo del castillo
estaba decorado con pancartas y banderines
de vivos colores, y lleno de gente que se
divertía. Montando sobre Argo, Xena
y Gabrielle se abrían paso entre los
alegres grupos, eran asediadas con ofertas
de comida, bebida y otras diversiones. Gabrielle
aceptaba la comida, Xena la bebida, y el ceño
fruncido de la alta guerrera rechazaba las
otras ofertas.
Alcanzaron las puertas
del castillo que permanecían abiertas
y fueron saludadas por soldados quienes, con
esfuerzo, podían llamarse guardias.
Xena empezó a regañarles pero
luego lo dejó pasar. No era su problema.
Ató a Argo con otros caballos, y tanto
ella como Gabrielle entraron en el castillo.
Fueron interrogadas cuando pidieron ser recibidas
en el Gran Salón y, cuando Xena se
identificó, fueron anunciadas con gran
pompa y ceremonia. Dentro del Gran Salón,
un joven vestido de forma sencilla pero con
el porte de un noble, se acercó a ellas
para saludarlas.
Xena incó una
rodilla y tiró hacia abajo de su compañera
que estaba a su lado.
—Su majestad, —dijo
sin inclinar del todo la cabeza.
El joven le ofreció
sus manos y la levantó sobre sus pies.
Tuvo que mirar hacia arriba para sonreir ante
sus ojos.
—Xena. —Miró
a Gabrielle, quien apenas se estaba levantando.—
Aquí hay alguien que tiene que mirarme
hacia arriba.
—Esta es Gabrielle.
Mi amiga.
—Gabrielle. —El
joven rey soltó las manos de Xena y
tocó levemente las de la joven. Gabrielle
pensó en lo agradable que parecía.
Para ser rey. Y lo joven, no mucho mayor que
ella.
Xena pareció recordar
la bolsa de cuero que llevaba a su lado.
—Su majestad, he
traído el tratado y un mensaje del
Rey Tibor. —Comenzó a darle la
bolsa al monarca, pero él la lanzó
lejos.
—Haremos eso en
las ceremonias oficiales de esta noche. Necesiamos
hablar sobre tu papel en ellas.
—¿Mi papel?
—Gabrielle vió como Xena comenzaba
a ponerse tensa. Conocía bien la aversión
que sentía su amiga hacia cualquier
tipo de ritual público.
—Debeis estar cansadas
por el viaje, —dijo el rey.— Quizá
os gustaría descansar en vuestras habitaciones
antes de que discutamos todo eso.
—No, —contestó
la guerrera.— Creo que prefiero discutir
"todo eso" ahora.
—Muy bien. —El
rey indicó el camino hacia su cámara
privada justo al lado del Gran Salón.
Por el camino, le hizo señales a dos
hombres para que los acompañaran. Uno
era alto y cadavéricamente delgado.
El otro era un poco más bajo que Xena,
musculoso y evidentemente un soldado veterano.
El rey se sentó
en una larga mesa y asintió con la
cabeza como señal de permiso para que
los demás se sentaran, Xena a su derecha
y Gabrielle a su izquierda. Demitros le indicó
al tipo delgado que se sentara junto a Xena.
—Este es Pedicles.
Es mi ministro de protocolo. El tipo robusto
que está junto a Gabrielle es Medoc,
el responsable de la seguridad de la ciudad.
—Seguridad, —gruñó
Medoc. —Hay bastante poco sobre lo que
estar a cargo.
Xena asintió con
la cabeza.
—He notado que
las coasa parecen esta un poco… abiertas.
—¿Abiertas?
Intento que estén completamente expuestas.
—Medoc, —le
advirtió el rey,— Te dije que
la gente del pueblo vienen juntos para una
celebración, por primera vez como un
solo pueblo, sin distinciones según
sus creencias religiosas. No quiero que mi
castillo parezca un campo armado.
El viejo soldado dijo:
—Sí, su
majestad, —pero sus cejas levantadas
comunicaron otro mensaje a su colega guerrera.
—Pedicles, —ordenó
Demitros, —explícale las ceremonias
de esta noche a Xena. Necesita comprender
su parte en ellas.
—Sí, su
majestad. —El ministro sacó de
debajo de su toga de trabajo un pergamino
enrollado. Después de consultarlo,
se lo mostró a Xena.— Habrá
algunas fiestas para la gente esta noche.
Después, cuando la mitad del orbe del
sol esté tras el Monte Themos, el Rey
Demitros aparecerá sobre la plataforma
levantada en la base de la montaña.
Él dará la señal levantando
y bajando su mano. ¿Entiendes? —Miró
detenidamente a Xena y pareció esperar
una respuesta.
—Sí. Levanta
y baja la mano.
—Bien. —Consultó
de nuevo el pergamino antes de seguir.—
A la señal del rey, sonarán
tambores y trompetas, y la guardia real marchará
desde las puestas del castillo hasta formar
una guardia de honor. Esta será la
señal para que montes tu caballo a
través de la guardia de honor…
—¿Perdón?
—Montarás
tu caballo a través de la guardia de
honor. Cuando llegues a la plataforma del
rey, le alcanzarás, aún a caballo,
el tratado y el mensaje que has traído
del Rey Tibor. —Esperó por si
Xena tenía alguna pregunta. Ella no
parecía tenerla.— Desmontarás
y permanecerás de pie mientras el rey
coloca su sello sobre el tratado. Ya ha sido
asignado un heraldo para que se lleve tu caballo.
Después, cuando el rey te entregue
la antorcha de la paz…
—¿La antorcha
de la paz? —Xena parecía tan
incómoda en ese momento que Gabrielle
apenas pudo evitar reír tontamente.
Para evitar mirar a Xena y probablemente acabar
en carcajadas, el bardo miró al joven
rey. Sus ojos se abrieron de par en par cuando
comprendió que él también
luchaba por controlar su risa.
—Sí, la
antorcha de la paz, —continuó
Pedicles, completamente ajeno a la expresión
cada vez más rebelde de la guerrera.—
Subirás corriendo el monte Themos sosteniendo
la antorcha.
—¿Subir
corriendo la montaña?
—Sí, no
te preocupes. El ascenso es gradual la mayor
parte del camino. Y los escalones fueron reducidos
en la cumbre hace tiempo para ocasiones ceremoniales
tales como esta. —Por primera vez, pareció
estudiar a la guerrera.— Además,
pareces estar en bastante buena forma. Dudo
que tengas algún problema en subir
a la cima.
—Gracias. Creo.
—En la cima, usarás
la antorcha para encender una pira.
—¿Hay una
pria en la cima? —preguntó Gabrielle.
—Puramente simbólica,
—le aseguró el ministro.—
La muerte de los prejuicios y la guerra. —consultó
su pergamino una última vez.—
El que enciendas la pira será la señal
para que los arqueros, colocados alrededor
de toda la montaña, lancen flechas
incendiarias. No te preocupes. Las flechas
caerán inofensivamente sobre la rocosa
falda.
—¿Eso es
todo?
—¿Todo?
Sí. Eso es todo. Habrá comida
y bebida, por supuesto. Y música y
baile para los ciudadanos. Lo normal.
—Ya veo. —Xena
se volvió hacia el rey.— No.
Él le dijo severamente:
—No se le dice
que no al rey.
—No voy a subir
corriendo por montañas con antorchas.
Por un momento, la guerrera
y el rey cerraron ojos y voluntades. Después
el dijo con voz suave:
—Xena, cuando era
un niño, sabía que algo iba
mal en el reino de mi padre. La buena gente
estaba asustada, de sus vecinos y de los soldados
que deberían haber sido sus protectores.
Nadie sabía cuando alguien podría
hacer una acusación que conduciría
a su encarcelamiento… o peor. La tierra
era rica, pero la mayor parte de sus réditos
era para apoyar nuestra preparación
para la guerra, una guerra que consistió
en escaramuzas a lo largo de la frontera.
A veces, tuvimos que utilizar las reservas
del tesoro para pagar a los señores
de la guerra que sabían que no podíamos
permitirnos ser debilitados por otro enemigo.
Xena miró a lo
lejos por un momento al escuchar estas palabras,
y cuando volvió la mirada, su expresión
era menos desafiante.
—Sabía que
algo iba mal, Xena, pero mi corazón
era simplemente el corazón de un muchacho,
y no sabía qué. Entonces llegó
una guerrera que tenía el fuego de
la honradez en su corazón. Permaneció
de pie ante mi padre y le dijo lo que iba
mal en el reino. —Extendió la
mano y brevemente tocó las de ella
que estaban dobladas sobre la mesa.—
Él no te oyó, Xena, pero yo
sí. Yo sabía que tenías
razón. Si lo recuerdas, yo te lo dije.
—Tuve suerte de
que tu padre no me matara.
—Oh, lo hubiera
hecho, excepto por una cosa. —Rió
Demitros entre dientes.— Sus consejeros
le recordaron que tú podrías
tener un ejército en algún lugar
tras las puertas de la ciudad. Decidió
no arriesgarse a una venganza por tu muerte.
—Pero la gente
que trataba de salvar fue asesinada de todos
modos.
—No fue culpa tuya.
Estoy convencido de que mi padre nunca supo
lo que estaba pasando. —Gabrielle podría
jurar que aquella era la esperanza de un joven
que quería creer algo bueno sobre su
padre.— Xena, te considero la autora
de las nuevas leyes de mi reino y de este
tratado. Ambos están basados en las
palabras que le dirigiste a mi padre. No te
niegues a tomar tu parte por derecho en la
ceremonia para honrar estos cambios. —Después
dijo dos palabras que rara vez eran dichas
por los líderes y casi nunca por los
reyes.— Por favor.
CAPÍTULO
4.
A las dos mujeres les
dieron habitaciones separadas y, por una vez,
ninguna objetó nada. Gabrielle se acostó
sobre un mullido colchón de plumas.
Sobre su cabeza había un hermoso dosel
verde salpicado de pequeñas flores
amarillas. Ella, que habitualmente disfrutaba
del gusto por el lujo, no prestó más
atención que si estuviera tendida sobre
el duro suelo del bosque bajo un dosel de
ramas. ¿Había herido a su amiga
de una forma que no sanaría? ¿A
qué se refería Xena con "un
deseo"? Siendo Gabrielle, sus pensamientos
pronto giraron sobre qué hacer para
que las cosas estuvieran bien para su amiga.
Habiendo determinado una forma de acción,
levantó su pequeña barbilla
y se encaminó hacia la habitación
de Xena. Lo que vio al abrir la puerta casi
la obligó a desistir de sus planes.
Xena estaba de pie en medio de la habitación,
de espaldas a la puerta. Al oír a Gabrielle
entrar, se giró y sonrió.
—Bien. Puedes ayudarme
con estas correas. ¿Alguna vez has
visto algo más complicado? ¿O
más ridículo?
—Es… es precioso.
—Vale. Ahora ven
a ayudarme.
Gabrielle interrumpió
su discurso y fue hacia Xena, que vestía,
no su habitual traje negro de batalla, sino
un vestido del mismo estilo hecho en cuero
blanco. Gabrielle tuvo que tocarlo para asegurarse
de que el cuero podía ser de ese color
y lo encontró tan suave y flexible
como la tela. Sobre el traje blanco, Xena
luchaba para sujetar la armadura de oro de
intrincados diseños y ornamentación.
Cada pieza, desde las canilleras pasando por
la armadura hasta los brazaletes había
sido moldeados y pulidos hasta que brillaron
como el sol y encajaron como si hubieran sido
diseñados exclusivamente para Xena.
—Esto es complicado,
—dijo Gabrielle. Después de estudiarlo
un poco, se hico una idea de la combinación
de correas y cordones que uniría todas
las piezas en un todo.
—¿Puedes
imaginarme corriendo a la batalla vestida
con algo así? —rió Xena,
entonces lo pensó por un momento.—
Bueno, hace tiempo tuve una armadura como
esta. En otra vida. Ahora algo como esto es
simplemente… embarazoso.
—Te verás
maravillosa montando a Argo. —dijo Gabrielle.
Sus ojos brillaron al comenzar a montar la
historia que se formaría esa noche.—
La dorada princesa guerrera sobre el dorado
caballo…
—¿Sabes?
Creo que esta armadura podría ser realmente
de oro, Gabrielle, —comentó Xena.—
Siente lo suave que es. Flaco servicio haría
en una lucha.
—Es para lucirla,
Xena, no para protegerte, —dijo Gabrielle.—
A veces, las cosas deben ser apreciadas simplemente
porque son encantadoras.
Hubo un silencio y finalmente
Xena dijo:
—¿Qué
vas a llevar tú para la celebración
de esta noche?
—No te preocupes
por eso. Nadie va a mirarme. —Gabrielle
jugueteó con una correa como si no
estuviera correctamente atada ya.— Xena,
¿podemos hablar sobre algo más?
La atención de
Xena se centró en la correa como si
tratara de averiguar si algo iba mal con ella.
—Claro. ¿Qué
pasa?
—Quisiera hablar
sobre lo que ha pasado esta mañana.
—¿Esta mañana?
—de repente Gabrielle tenía toda
la atención de Xena. —Creía
que habíamos solucionado eso.
—Bueno, no creo
que esté todo solucionado. He estado
pensando.
Xena suavemente retiró
las manos de su amiga de la correa.
—No hay nada mal
con eso. Déjala así.
—Xena, sé
que tu harías cualquier cosa por mí.
Has hecho cualquier cosa por mí. —Gabrielle
mantenía la cabeza gacha, y su cara
estaba más sonrojada de lo habitual.—
No estaría bien si yo rechazara algo
que tú necesitas.
—¿Algo que
yo necesito? —la voz de Xena era cuidadosamente
neutral. —¿Simplemente, qué
es lo que yo necesito, Gabrielle?
—Bueno, sé
que debes necesitar… cosas que…
cosas que estabas acostumbrada a…
—Gabrielle, ¿crees
que se trata de mis necesidades sexuales?
Gabrielle miró
a los ojos azules que ardían con cólera.
De mala gana, asintió.
—¿Y estás
dispuesta a sacrificarte por mis "necesidades"?
¿Porque nosotras somo tan buenas amigas?
—La mujer más pequeña
parecía tan triste, que Xena sintió
como su ira se iba tan rápido como
había llegado.— Gabrielle, si
todo lo que yo necesito es un hombre…
o una mujer… para las noches, puedo
conseguirlo en cualquier taberna o posada
de la carretera. ¿No te das cuenta?
Gabrielle miró
a su amiga y supo que aquello era cierto.
Asintió de nuevo intentando no llorar.
—Gabrielle, sueles
decir que no te respeto. Creo que ahora puede
ser de otra forma. Tú no me respetas.
¿Pensar que no puedo controlarme a
mí misma mejor de lo que estas sugiriendo?
¿Me he mostrado alguna vez tan indisciplinada?
—No. —Gabrielle
recordó las veces que había
tratado de controlar el tipo de emociones
con las que Xena luchaba todos los días.—
Eres la persona más disciplinada que
conozco. Simplemente pensé que podría
ayudar, no me parecería justo no hacerlo.
—No vuelvas a hacer
eso jamás. —Xena puso las manos
sobre los hombros de Gabrielle y la obligó
a mirarla.— Nunca te ofrezcas a nadie,
a nadie por ninguna otra razón que
no sea que quieres estar con esa persona más
que otra cosa en el mundo. ¿Me lo prometes?
—Sí, lo
prometo. —Gabrielle se preguntó
cómo el plan que parecía tan
perfecto cuando entró en la habitación
podía haber resultado tan equivocado.
¿Por qué no podía entender
lo que la guerrera estaba sintiendo?—
Xena, cuando me besaste y hablaste sobre un
"deseo", te referías al sexo
o no solamente al sexo. ¿A qué
te referías?
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