XWP Gen » Señales

DESCARGO: Esto es un fanfic. Los personajes de Xena, Gabrielle y Argo son propiedad de MCA/Universal y Renaissance Pictures. Su inclusión en esta historia no conlleva ánimo de lucro.

ADVERTENCIA DE CONTENIDO: Esta historia tiene contenidos sexuales leves y bastante violencia, incluso contra uno de los personajes principales. Si esto te incomoda, por favor no lo leas.

Señales (Signals). Traducción de Xenafanfics. Traducción y publicación autorizada por la autora, Whishes. Si quieres hacernos algún comentario escríbenos a: xenafanfics@hotmail.com

:: SEÑALES ::
(SIGNALS)

Por Whishes jkp@bright.net

PRÓLOGO.

Tal ternura no tiene lugar en el corazón de un guerrero.

Conseguiré que me maten.

O a ella.

Tengo que enterrar estos sentimientos. No puedo preocuparme por ella. No puedo preocuparme demasiado por esto. Casi le dije cuanto significa para mí. Y a pesar de todo sé que la asusté. No sabe qué hacer con tal intensidad. Ni yo.

CAPÍTULO 1.

El ritmo de los movimientos de caballo calmó a ambas mujeres. Sus cuerpos unidos, igual que sus pensamientos, balanceándose hipnóticamente, con la esperanza de no distanciarse nunca. El peligro pasó, las lealtades se habían probado, cabalgaban por un territorio pacífico, en una misión para un aliado. Entregarían un mensaje, disfrutarían de un merecido descanso, y después hacia nuevas aventuras.

—Xena, ¿cuánto tiempo hace que no ves a Demitros? —La bardo había permanecio en silencio más tiempo que de costumbre.— ¿Crees que habrá cambiado?

—Hace alrededor de dos años, y él aún no era rey. —consideró Xena.— No, no creo que haya cambiado. No realmente. Aunque sólo hablé con él en una ocasión, podría decir que es un buen chico.

—¿Eras una señora de la guerra entonces?

—No. Yo había… comenzado a cambiar, gracias a Hércules. Sólo que no estaba segura de qué hacer. Estaba descubriendo que es más fácil decir que vas a hacer las cosas bien, que hacerlas. —Gabrielle hubiera jurado que Xena estaba aún preocupada por aquellos momentos de su pasado, casi tan preocupada como lo estaba por los diez años que los precedieron.

—Tú siempre has sido buena, Xena, —dijo Gabrielle.— Simplemente perdiste tu camino durante un tiempo.

—Después de las últimas dos semanas, de la forma en que me he comportado, ¿todavía puedes creer eso? —El desprecio en la voz de la guerrera era un tono que reservaba para intimidar a los cobardes, y para sí misma.

—Hiciste lo que pensaste que era necesario… para salvarme.

—O para salvarme yo. —Xena detuvo el caballo.— Está demasiado oscuro para llegar al castillo esta noche. Acamparemos y seguiremos por la mañana. —Utilizó una ridícula voz severa.— A primera hora.

—Sí, Señora, —replicó la joven. Xena la tomó de la mano y la ayudó a bajarse del alto lomo del caballo antes de desmontar ella misma. Después de haber montado el campamento tantas veces en los últimos dos años ya no había discusión sobre sus roles. Xena se ocupó rápidamente de su yegua dorada y después ayudó a Gabrielle a terminar las tareas más sencillas. Por una vez estaban bien suministradas de comida fresca, un regalo por acceder a entregar el mensaje de Tibor.

Más tarde, se relajaron junto a la hoguera, bien alimentadas y sin temor. Sin temor. Gabrielle estudió el perfil de su amiga y pensó en el miedo de Xena. Dos semanas atrás no habría podido imaginar que pudiera existir una Xena asustada. Había visto a su amiga feliz, absurda, irritada, enojada, preocupada e incluso furiosa. Pero verla asustada por una fuerza sobre la que no tenía control… Por supuesto, Xena se equivocaba. Había controlado la situación, poniendo finalmente su vida en peligro para salvar a todos los demás. Gabrielle tembló en el cálido aire de la noche. Esto no pasó desapercibido a los agudos ojos de su amiga.

—¿La Horda?

—Sí, —pero la pequeña pelirroja sabía que eso no era todo. Había visto a Xena de una forma que pensaba que no sería posible. La había visto completamente humana; la había visto casi irracional por el miedo. Había visto a Xena dejar caer sus viejas armas, sus viejos modos, y tratar de luchar contra salvajes de una forma salvaje. Tembló de nuevo, sabiendo que esa reacción la causaba la Horda, pero también algo más que la Horda.

Viendo el segundo temblor, Xena se acercó al lado del fuego en el que estaba Gabrielle. Sentándose tras la mujer más pequeña, colocó una manta, y sus brazos, alrededor de ella. Sabía que la noche era cálida pero también sabía que aquel era un frío que no venía del aire o del suelo. Aquel frío venía de dentro, y sólo se contrarrestaba con el contacto humano. Cuando era niña Xena sabía que aquella simple cercanía podía reconfortar, pero lo había olvidado. Gabrielle se lo había enseñado de nuevo.

Gabrielle se recostó, satisfecha, y dijo:

—Háblame de nuevo de los problemas entre los dos reinos. Aún no entiendo eso.

Xena rió entre dientes.

—Sí que lo entiendes. Simplemente estás llena y perezosa y quieres que haga yo de bardo.

Gabrielle no lo negó, pero dijo:

—Por favor, cuéntamelo.

—Está bien. —Xena comenzó imitando el tono de narradora de su compañera, pero pronto regresó a su propia voz baja.— Tibor y Demitros son primos. Ahora cada uno gobierna el reino de sus padres, hermanos enemistados, manteniéndose en el filo de la guerra.

—La pelea fue por la religión, —interrumpió Gabrielle.

—O por cuál hermano era el preferido de mamá. Pero, sí, la excusa fue la religión. —Xena pensó en todas las cosas que se hacían en nombre de la religión. ¿Era eso por lo que ella, que conocía a más dioses que la mayoría de los mortales, tenía tan poca fé?

—Los bardos tienen que hablar… preferiblemente en voz alta.

—Estoy totalmente de acuerdo contigo. —Xena pensó en donde lo había dejado pero no mucho después Gabrielle se lo recordaría.— Los hermanos había crecido en la misma religión, por supuesto, pero cada uno siguió como adulto a un sacerdote distinto. Yo nunca vi las diferencias, pero los hermanos estaban convecidos de que eran reales. Cuando cada uno heredó un reino distinto…

—Cada uno había heredado un reino de un abuelo.

—Exacto. Una línea de sucesión era paterna, la otra materna, así que cada uno tenía un reino que gobernar.

Como un niño apresurando a su personaje favorito en el cuento de antes de dormir, Gabrielle preguntó:

—¿Cómo te viste envuelta en esto?

—Mi primera participación fue como señora de la guerra. —A Xena no le gustaba hablar de esta parte, pero era demasiado honesta como para obviarla. —El reino del padre de Tibor era más próspero en aquellos momentos, así que él podría pagarme más.

Gabrielle se dio cuenta de que ella no había oído esta parte antes.

—¿De modo que te pagó para que atacaras el reino de su hermano?

—No, me pagó para que no atacara el suyo. El otro ataque fue cosa mía.

—¿Cómo acabó aquello?

—El padre de Demitros consiguió el dinero suficiente para que me fuera. Así que yo dejé ambas tierras en paz y encontré a otra gente a la que atacar. —Sacudió su cabeza como si se asombrara de su propia capacidad para el mal.— Hace dos años me volví a ver envuelta. Fue en el tiempo entre que dejé a Hércules y cuando nos conocimos.

—Cuando me salvaste, quieres decir. La primera vez.

Xena ignoró la interrupción, siempre se avergonzaba por lo que ella consideraba "el culto al héroe" de Gabrielle.

—Me topé con un grupo de personas que estaban siendo conducidos en manada como animales a un redil. Pensé que estaban siendo raptados por negreros y yo… interferí.

—Puedo imaginármelo.

—Cuando fueron liberados y la gente que los había retenido se había… marchado, descubrí que lo que pasaba no tenía que ver con la esclavitud. Era una persecución religiosa. Verás, aquella gente vivía en tierras regidas por el padre de Demitros, pero seguían la religión del otro reino. Habían sido golpeados y sacados por la fuerza de sus hogares, y estaban a punto de ser encarcelados. Todo porque ellos no se arrodillaban en el momento "correcto" o no decían sus oraciones en el orden "correcto".

—Así que fuiste a hablar con el rey.

—Sí, lo hice. Estaba llena de este afán mío por hacer el bien. Sabía que yo convencería al rey de que tratara mejor a aquellas personas.

—Pero no funcionó.

—No, no funcionó. —Xena miraba fijamente el fuego.— Mientras que yo hablaba con el rey, algunos buenos vecinos de aquellas personas, que habían regresado ya a sus casas, los capturaron, torturaron y quemaron hasta matarlos.

Gabrielle colocó su pequeña mano sobre la de su amiga. El consuelo brotaba tanto de aquella acción como de sus palabras.

—Pero tú hiciste algo bueno.

—Sí, pero sólo por casualidad. El corazón del rey se había endurecido contra cualquiera que no creyera exactamente lo mismo que él. —Xena sintió como su propio corazón se endurecía al recordar los resultados de la testarudez de aquel anciano.— Pero su hijo, un chico de sólo dieciocho años, oyó lo que dije. Me detuvo cuando estaba abandonando el castillo. Dijo que cuando él fuera rey, llevaría la paz a los dos reinos y haría que fuera seguro para la gente en su propia nación seguir el culto que ellos desearan.

—¿Le creíste? —preguntó Gabrielle.

—Creí que pensaba así, pero aún no era rey. Salí corriendo del castillo para decirle a la gente que yo los ayudaría a conseguir su seguridad. —Xena se tensó de nuevo por el recuerdo de lo que había encontrado, los cuerpos mutilados de hombres y mujeres y…

Gabrielle apretó su mano y Xena se preguntó quién sostenía a quién.

—Pero se convirtió en rey un año después y mantuvo su promesa, —dijo Gabrielle.

—Sí, él y su primo Tibor se convirtieron en reyes de sus respectivos países con pocos meses de diferencia. Demitros cambió las leyes religiosas en su propio reino y envió una oferta de paz a Tibor.

—Y ahí es donde tú entras de nuevo en la historia, —comentó Gabrielle con satisfacción.

—Donde nosotras entramos. —sonrió por primera vez Xena.— Durante dos años he creído que la masacre de aquella pobre gente fue mi peor fracaso. Aquello me hizo huir de la misión que le había dicho a Hércules que tomaría, de la promesa de compensar algunas de las terribles cosas que había hecho. Decidí enterrar mi pasado, mis armas, enterrarme a mí misma. —Se perdió de nuevo en sus pensamientos, pero regresó al momento.— De cualquier modo, hace unos días Tibor fue finalmente capaz de ponerse en contacto con nosotras. Demitros había solicitado que yo fuera la persona que llevara el tratado a los dos reinos. El tratado que garantizaría la paz y la tolerancia religiosa en ambas naciones.

—Ya que tú fuiste la responsable de ello, la que convenció a Demitros para que arreglara los errores de su padre, —dijo Gabrielle orgullosa.

—No, —le corrigió Xena,— porque él es un buen hombre que estaba preparado para escuchar lo que yo tenía que decir. Lo habría hecho incluso sin mí.

—Quizá. —Gabrielle trató de evitar un bostezo.— Así que mañana entraremos en el reino de Demitros. Y tú establecerás una era dorada, un tiempo de paz, un día de…

Xena se inclinó para darle a su amiga un beso en la frente. Gabrielle estaba tan sorprendida que dejó de hablar y preguntó:

—¿Y eso por qué?

—No lo sé, —respondió Xena.— Pero funciona.

CAPÍTULO 2.

Las flechas silbaban por el aire. Los soldados se agrupaban bajo la muralla y sostenían los pequeños escudos sobre sus cabezas. Cuando las flechas encontraban sus objetivos, los gritos de los heridos dentro de la fortaleza se entremezclaban con los lamentos de los enemigos moribundos. Xena estaba fuera de la fortaleza, luchando a través de una masa de carne, cortando con su espada gargantas y miembros, amontonando cadáveres… Por más que cayeran muchos, otros ocuparían su lugar. La empuñadura de su espada se estaba volviendo resbaladiza con el sudor y la sangre, y ella aún no estaba cerca.

—¡Gabrielle, Gabrielle!

—¡Xena!

—¿Gabrielle?

Xena notó que estaba tendida sobre la hierba. Sentía como si tuviera un peso sobre su pecho. ¿Había sido herida? ¡Oh, no! ¿Quién salvaría a Gabrielle?

—Xena, estoy aquí. —La voz estaba muy cerca de su oído. Calmada.— No estoy herida. Estamos en nuestro campamento.

La guerrera abrió los ojos a la luz de la lumbre. La cara de su amiga estaba a pocos centímetros, y su cuerpo era el peso que Xena sentía sobre su pecho. Viendo la comprensión en los ojos de Xena, Gabrielle se deslizó a su lado, pero siguió sosteniendo la barbilla de Xena con su mano.

—Tú estás bien, —la apaciguó.— Yo estoy bien. Nadie ha sido herido. —Sus tranquilizadoras palabras continuaron hasta que la respiración de Xena se volvió más calmada, y sus ojos menos salvajes.

—Lo siento.

—Has tenido una pesadilla. —Gabrielle impulsivamente acercó su mejilla a la de Xena. Alejándose miró la cara de la mujer en la que confiaba más que en cualquier otro. Recordando el consueño que ella había recibido a través de un beso de la mujer, dulcemente rozó sus labios con los de ella. El beso se alargó, y entonces unas fuertes manos giraron a la pequeña pelirroja sobre su espalda. El peso de Xena presionaba a Gabrielle y el beso cambió, la suavidad de una mujer se transformó en la urgencia de la otra.

Las manos de la más pequeña estaban apresadas entre las dos y ella luchó por liberarlas. Xena colocó sus manos a ambos lados de la cabeza de Gabrielle y alzó su cuerpo permitiendo a sus hombros y sus antebrazos sostener su propio peso. Capaz de moverse, Gabrielle empujó hacia arriba con todas sus fuerzas. Sorprendida Xena levantó la cabeza para observar la cara de su amiga.

—Alto. —Gabrielle jadeó.— No… —La otra mujer encontró sorpresa donde había pensado encontrar deseo.

Xena se alejó y se tumbó sobre su espalda con un brazo cubriendo su cara.

—Lo siento.

Gabrielle se sentó.

—Está bien. Sólo estaba asustada. Ha sido toda una sorpresa.

—Nunca te haría daño.

—Ha sido culpa mía. Aún no estabas despierta y yo prácticamente trepé sobre ti. —Gabrielle tocó la mano de Xena y sintió como su amiga retrocedía. Xena se sentó y miró el rostro amado. Sentía que aquello era lo más duro que había hecho jamás.

—No ha sido culpa tuya. Estaba despierta y sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—Xena…

—Tú eres quien siempre dice que tenemos que hablar. Escúchame ahora. —Gabrielle asintió.— Tengo estos sentimientos hacia ti. —Tomó la mano de Gabrielle y la colocó sobre su propio corazón. —Aquí.— Gabrielle sintió el fuerte latido, y en ese momento retiró la mano. —Me siento completa contigo. Con preocupación. Con una ternura como nunca he sentido antes. ¿Me puedes decir que no sabías esto? Aunque sólo sea eso has tenido que sentir mi miedo.

—¿Miedo? La Horda

—La Hoda. Simplemente la Horda, no. Cualquier cosa que amenace tu seguridad. —Gabrielle estaba quieta, tan quieta que a Xena le recordó a una liebre justo antes de ser atrapada por un zorro…— ¿No has visto cómo me he comportado las últimas semanas? ¿Comprendes que haría cualquier cosa, renunciaría a cualquier cosa, mi vista, mi vida, mi honor… por defenderte de todo aquello que pudiera dañarte?

—Lo entiendo.

—¿Pero no te diste cuenta del porqué? —Xena se sentó sobre sus heals y miró a la distancia.— Tampoco yo. Aún no estoy segura. ¿Pero qué más puede ser este sentimiento? ¿Qué puede causar tal desesperación?

—Te quiero, Xena. Tú lo sabes.

—Y sé que has hecho sacrificios por mí, Gabrielle. Pero yo no sólo tengo este cariño. Hay un deseo con él, un deseo de algo, pero de algo que yo no sabía. Simplemente sabía que necesitaba algo. —Devolvió su fija mirada a la cara de Gabrielle.— Algo.

—Xena, ¿he hecho yo algo…?

—No, Gabrielle. —La risa de Xena tenía un matiz de ironía.— Tú no has hecho nada. Yo no he hecho nada. Sólo me he hecho preguntas.

—No lo sabía.

—Ahora sí. —Al mirar el rostro de Gabrielle, Xena sonrió con sinceridad. — Ah, Gabrielle no lo veas tan trágico. Pregunté, respondiste. Eso es todo lo que esta pasando aquí. Somos las mismas que éramos hace un momento. Y todavía somos amigas.

Los ojos de Gabrielle brillaron al humedecerse por las lágrimas.

—Las mejores amigas.

Xena asintió.

—Vamos, pronto será de día. Levantemos el campamento y vámonos. No creo que ninguna de las dos tenga muchas ganas de dormir.

CAPÍTULO 3.

El pueblo del castillo estaba decorado con pancartas y banderines de vivos colores, y lleno de gente que se divertía. Montando sobre Argo, Xena y Gabrielle se abrían paso entre los alegres grupos, eran asediadas con ofertas de comida, bebida y otras diversiones. Gabrielle aceptaba la comida, Xena la bebida, y el ceño fruncido de la alta guerrera rechazaba las otras ofertas.

Alcanzaron las puertas del castillo que permanecían abiertas y fueron saludadas por soldados quienes, con esfuerzo, podían llamarse guardias. Xena empezó a regañarles pero luego lo dejó pasar. No era su problema. Ató a Argo con otros caballos, y tanto ella como Gabrielle entraron en el castillo. Fueron interrogadas cuando pidieron ser recibidas en el Gran Salón y, cuando Xena se identificó, fueron anunciadas con gran pompa y ceremonia. Dentro del Gran Salón, un joven vestido de forma sencilla pero con el porte de un noble, se acercó a ellas para saludarlas.

Xena incó una rodilla y tiró hacia abajo de su compañera que estaba a su lado.

—Su majestad, —dijo sin inclinar del todo la cabeza.

El joven le ofreció sus manos y la levantó sobre sus pies. Tuvo que mirar hacia arriba para sonreir ante sus ojos.

—Xena. —Miró a Gabrielle, quien apenas se estaba levantando.— Aquí hay alguien que tiene que mirarme hacia arriba.

—Esta es Gabrielle. Mi amiga.

—Gabrielle. —El joven rey soltó las manos de Xena y tocó levemente las de la joven. Gabrielle pensó en lo agradable que parecía. Para ser rey. Y lo joven, no mucho mayor que ella.

Xena pareció recordar la bolsa de cuero que llevaba a su lado.

—Su majestad, he traído el tratado y un mensaje del Rey Tibor. —Comenzó a darle la bolsa al monarca, pero él la lanzó lejos.

—Haremos eso en las ceremonias oficiales de esta noche. Necesiamos hablar sobre tu papel en ellas.

—¿Mi papel? —Gabrielle vió como Xena comenzaba a ponerse tensa. Conocía bien la aversión que sentía su amiga hacia cualquier tipo de ritual público.

—Debeis estar cansadas por el viaje, —dijo el rey.— Quizá os gustaría descansar en vuestras habitaciones antes de que discutamos todo eso.

—No, —contestó la guerrera.— Creo que prefiero discutir "todo eso" ahora.

—Muy bien. —El rey indicó el camino hacia su cámara privada justo al lado del Gran Salón. Por el camino, le hizo señales a dos hombres para que los acompañaran. Uno era alto y cadavéricamente delgado. El otro era un poco más bajo que Xena, musculoso y evidentemente un soldado veterano.

El rey se sentó en una larga mesa y asintió con la cabeza como señal de permiso para que los demás se sentaran, Xena a su derecha y Gabrielle a su izquierda. Demitros le indicó al tipo delgado que se sentara junto a Xena.

—Este es Pedicles. Es mi ministro de protocolo. El tipo robusto que está junto a Gabrielle es Medoc, el responsable de la seguridad de la ciudad.

—Seguridad, —gruñó Medoc. —Hay bastante poco sobre lo que estar a cargo.

Xena asintió con la cabeza.

—He notado que las coasa parecen esta un poco… abiertas.

—¿Abiertas? Intento que estén completamente expuestas.

—Medoc, —le advirtió el rey,— Te dije que la gente del pueblo vienen juntos para una celebración, por primera vez como un solo pueblo, sin distinciones según sus creencias religiosas. No quiero que mi castillo parezca un campo armado.

El viejo soldado dijo:

—Sí, su majestad, —pero sus cejas levantadas comunicaron otro mensaje a su colega guerrera.

—Pedicles, —ordenó Demitros, —explícale las ceremonias de esta noche a Xena. Necesita comprender su parte en ellas.

—Sí, su majestad. —El ministro sacó de debajo de su toga de trabajo un pergamino enrollado. Después de consultarlo, se lo mostró a Xena.— Habrá algunas fiestas para la gente esta noche. Después, cuando la mitad del orbe del sol esté tras el Monte Themos, el Rey Demitros aparecerá sobre la plataforma levantada en la base de la montaña. Él dará la señal levantando y bajando su mano. ¿Entiendes? —Miró detenidamente a Xena y pareció esperar una respuesta.

—Sí. Levanta y baja la mano.

—Bien. —Consultó de nuevo el pergamino antes de seguir.— A la señal del rey, sonarán tambores y trompetas, y la guardia real marchará desde las puestas del castillo hasta formar una guardia de honor. Esta será la señal para que montes tu caballo a través de la guardia de honor…

—¿Perdón?

—Montarás tu caballo a través de la guardia de honor. Cuando llegues a la plataforma del rey, le alcanzarás, aún a caballo, el tratado y el mensaje que has traído del Rey Tibor. —Esperó por si Xena tenía alguna pregunta. Ella no parecía tenerla.— Desmontarás y permanecerás de pie mientras el rey coloca su sello sobre el tratado. Ya ha sido asignado un heraldo para que se lleve tu caballo. Después, cuando el rey te entregue la antorcha de la paz…

—¿La antorcha de la paz? —Xena parecía tan incómoda en ese momento que Gabrielle apenas pudo evitar reír tontamente. Para evitar mirar a Xena y probablemente acabar en carcajadas, el bardo miró al joven rey. Sus ojos se abrieron de par en par cuando comprendió que él también luchaba por controlar su risa.

—Sí, la antorcha de la paz, —continuó Pedicles, completamente ajeno a la expresión cada vez más rebelde de la guerrera.— Subirás corriendo el monte Themos sosteniendo la antorcha.

—¿Subir corriendo la montaña?

—Sí, no te preocupes. El ascenso es gradual la mayor parte del camino. Y los escalones fueron reducidos en la cumbre hace tiempo para ocasiones ceremoniales tales como esta. —Por primera vez, pareció estudiar a la guerrera.— Además, pareces estar en bastante buena forma. Dudo que tengas algún problema en subir a la cima.

—Gracias. Creo.

—En la cima, usarás la antorcha para encender una pira.

—¿Hay una pria en la cima? —preguntó Gabrielle.

—Puramente simbólica, —le aseguró el ministro.— La muerte de los prejuicios y la guerra. —consultó su pergamino una última vez.— El que enciendas la pira será la señal para que los arqueros, colocados alrededor de toda la montaña, lancen flechas incendiarias. No te preocupes. Las flechas caerán inofensivamente sobre la rocosa falda.

—¿Eso es todo?

—¿Todo? Sí. Eso es todo. Habrá comida y bebida, por supuesto. Y música y baile para los ciudadanos. Lo normal.

—Ya veo. —Xena se volvió hacia el rey.— No.

Él le dijo severamente:

—No se le dice que no al rey.

—No voy a subir corriendo por montañas con antorchas.

Por un momento, la guerrera y el rey cerraron ojos y voluntades. Después el dijo con voz suave:

—Xena, cuando era un niño, sabía que algo iba mal en el reino de mi padre. La buena gente estaba asustada, de sus vecinos y de los soldados que deberían haber sido sus protectores. Nadie sabía cuando alguien podría hacer una acusación que conduciría a su encarcelamiento… o peor. La tierra era rica, pero la mayor parte de sus réditos era para apoyar nuestra preparación para la guerra, una guerra que consistió en escaramuzas a lo largo de la frontera. A veces, tuvimos que utilizar las reservas del tesoro para pagar a los señores de la guerra que sabían que no podíamos permitirnos ser debilitados por otro enemigo.

Xena miró a lo lejos por un momento al escuchar estas palabras, y cuando volvió la mirada, su expresión era menos desafiante.

—Sabía que algo iba mal, Xena, pero mi corazón era simplemente el corazón de un muchacho, y no sabía qué. Entonces llegó una guerrera que tenía el fuego de la honradez en su corazón. Permaneció de pie ante mi padre y le dijo lo que iba mal en el reino. —Extendió la mano y brevemente tocó las de ella que estaban dobladas sobre la mesa.— Él no te oyó, Xena, pero yo sí. Yo sabía que tenías razón. Si lo recuerdas, yo te lo dije.

—Tuve suerte de que tu padre no me matara.

—Oh, lo hubiera hecho, excepto por una cosa. —Rió Demitros entre dientes.— Sus consejeros le recordaron que tú podrías tener un ejército en algún lugar tras las puertas de la ciudad. Decidió no arriesgarse a una venganza por tu muerte.

—Pero la gente que trataba de salvar fue asesinada de todos modos.

—No fue culpa tuya. Estoy convencido de que mi padre nunca supo lo que estaba pasando. —Gabrielle podría jurar que aquella era la esperanza de un joven que quería creer algo bueno sobre su padre.— Xena, te considero la autora de las nuevas leyes de mi reino y de este tratado. Ambos están basados en las palabras que le dirigiste a mi padre. No te niegues a tomar tu parte por derecho en la ceremonia para honrar estos cambios. —Después dijo dos palabras que rara vez eran dichas por los líderes y casi nunca por los reyes.— Por favor.

CAPÍTULO 4.

A las dos mujeres les dieron habitaciones separadas y, por una vez, ninguna objetó nada. Gabrielle se acostó sobre un mullido colchón de plumas. Sobre su cabeza había un hermoso dosel verde salpicado de pequeñas flores amarillas. Ella, que habitualmente disfrutaba del gusto por el lujo, no prestó más atención que si estuviera tendida sobre el duro suelo del bosque bajo un dosel de ramas. ¿Había herido a su amiga de una forma que no sanaría? ¿A qué se refería Xena con "un deseo"? Siendo Gabrielle, sus pensamientos pronto giraron sobre qué hacer para que las cosas estuvieran bien para su amiga. Habiendo determinado una forma de acción, levantó su pequeña barbilla y se encaminó hacia la habitación de Xena. Lo que vio al abrir la puerta casi la obligó a desistir de sus planes. Xena estaba de pie en medio de la habitación, de espaldas a la puerta. Al oír a Gabrielle entrar, se giró y sonrió.

—Bien. Puedes ayudarme con estas correas. ¿Alguna vez has visto algo más complicado? ¿O más ridículo?

—Es… es precioso.

—Vale. Ahora ven a ayudarme.

Gabrielle interrumpió su discurso y fue hacia Xena, que vestía, no su habitual traje negro de batalla, sino un vestido del mismo estilo hecho en cuero blanco. Gabrielle tuvo que tocarlo para asegurarse de que el cuero podía ser de ese color y lo encontró tan suave y flexible como la tela. Sobre el traje blanco, Xena luchaba para sujetar la armadura de oro de intrincados diseños y ornamentación. Cada pieza, desde las canilleras pasando por la armadura hasta los brazaletes había sido moldeados y pulidos hasta que brillaron como el sol y encajaron como si hubieran sido diseñados exclusivamente para Xena.

—Esto es complicado, —dijo Gabrielle. Después de estudiarlo un poco, se hico una idea de la combinación de correas y cordones que uniría todas las piezas en un todo.

—¿Puedes imaginarme corriendo a la batalla vestida con algo así? —rió Xena, entonces lo pensó por un momento.— Bueno, hace tiempo tuve una armadura como esta. En otra vida. Ahora algo como esto es simplemente… embarazoso.

—Te verás maravillosa montando a Argo. —dijo Gabrielle. Sus ojos brillaron al comenzar a montar la historia que se formaría esa noche.— La dorada princesa guerrera sobre el dorado caballo…

—¿Sabes? Creo que esta armadura podría ser realmente de oro, Gabrielle, —comentó Xena.— Siente lo suave que es. Flaco servicio haría en una lucha.

—Es para lucirla, Xena, no para protegerte, —dijo Gabrielle.— A veces, las cosas deben ser apreciadas simplemente porque son encantadoras.

Hubo un silencio y finalmente Xena dijo:

—¿Qué vas a llevar tú para la celebración de esta noche?

—No te preocupes por eso. Nadie va a mirarme. —Gabrielle jugueteó con una correa como si no estuviera correctamente atada ya.— Xena, ¿podemos hablar sobre algo más?

La atención de Xena se centró en la correa como si tratara de averiguar si algo iba mal con ella.

—Claro. ¿Qué pasa?

—Quisiera hablar sobre lo que ha pasado esta mañana.

—¿Esta mañana? —de repente Gabrielle tenía toda la atención de Xena. —Creía que habíamos solucionado eso.

—Bueno, no creo que esté todo solucionado. He estado pensando.

Xena suavemente retiró las manos de su amiga de la correa.

—No hay nada mal con eso. Déjala así.

—Xena, sé que tu harías cualquier cosa por mí. Has hecho cualquier cosa por mí. —Gabrielle mantenía la cabeza gacha, y su cara estaba más sonrojada de lo habitual.— No estaría bien si yo rechazara algo que tú necesitas.

—¿Algo que yo necesito? —la voz de Xena era cuidadosamente neutral. —¿Simplemente, qué es lo que yo necesito, Gabrielle?

—Bueno, sé que debes necesitar… cosas que… cosas que estabas acostumbrada a…

—Gabrielle, ¿crees que se trata de mis necesidades sexuales?

Gabrielle miró a los ojos azules que ardían con cólera. De mala gana, asintió.

—¿Y estás dispuesta a sacrificarte por mis "necesidades"? ¿Porque nosotras somo tan buenas amigas? —La mujer más pequeña parecía tan triste, que Xena sintió como su ira se iba tan rápido como había llegado.— Gabrielle, si todo lo que yo necesito es un hombre… o una mujer… para las noches, puedo conseguirlo en cualquier taberna o posada de la carretera. ¿No te das cuenta?

Gabrielle miró a su amiga y supo que aquello era cierto. Asintió de nuevo intentando no llorar.

—Gabrielle, sueles decir que no te respeto. Creo que ahora puede ser de otra forma. Tú no me respetas. ¿Pensar que no puedo controlarme a mí misma mejor de lo que estas sugiriendo? ¿Me he mostrado alguna vez tan indisciplinada?

—No. —Gabrielle recordó las veces que había tratado de controlar el tipo de emociones con las que Xena luchaba todos los días.— Eres la persona más disciplinada que conozco. Simplemente pensé que podría ayudar, no me parecería justo no hacerlo.

—No vuelvas a hacer eso jamás. —Xena puso las manos sobre los hombros de Gabrielle y la obligó a mirarla.— Nunca te ofrezcas a nadie, a nadie por ninguna otra razón que no sea que quieres estar con esa persona más que otra cosa en el mundo. ¿Me lo prometes?

—Sí, lo prometo. —Gabrielle se preguntó cómo el plan que parecía tan perfecto cuando entró en la habitación podía haber resultado tan equivocado. ¿Por qué no podía entender lo que la guerrera estaba sintiendo?— Xena, cuando me besaste y hablaste sobre un "deseo", te referías al sexo o no solamente al sexo. ¿A qué te referías?

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